• Doble exposición: Muerte en medio del desierto
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Secretos de fabricación
Titeuf es un crío de abultado cabolo, mechón rebelde, y un montón de preguntas sobre la vida que van acompañadas normalmente de respuestas políticamente incorrectas. De entrada, esta definición, a la que podemos añadir el dato de hijo único, nos sitúa en unas coordenadas muy similares a las de CALVIN Y HOBBES, de la misma manera que aquel se sitúa en la generosa y fructífera tradición de los niños más o menos terribles que han poblado la Historieta y en general la narrativa popular. Pero aunque se dé una inevitable confluencia de referencias por el parecido de las situaciones de inicio, el desarrollo de aquellas ha configurado una obra autónoma y que justifica su existencia no por la originalidad sino por la habilidad del autor de resolver esas situaciones comunes.
Estamos hablando, pues, de una serie con cinco álbumes publicados y un premio de Angulema 96 a la Mejor Obra para Jóvenes, que nos describe nuestra realidad con los ojos que un adulto atribuye a un niño, o mejor dicho con los ojos del niño que el adulto -alguno, no todos- aún lleva dentro. Por eso, a pesar de su innegable actualidad, en las aventuras de Titeuf hay algo de intemporal, de comportamientos similares a los que otros practicaron casi inevitablemente en generaciones anteriores. Y es que vulnerar o ridiculizar el orden de los adultos no sólo es una fuente de inspiración de gags muy generosa, sino que además es un derecho de la infancia ampliamente ejercitado.
Pero Titeuf se inscribe en un paisaje - el formato de historietas de una página facilita su descripción- en el que hay calles y hay gente paseando, comercios, pequeños coches, anuncios... que por su limpieza y comodidad no pueden pertenecer al tercer mundo y por su urbanismo cálido y próximo se alejan de los U.S.A. Pero su identidad se reafirma en la pertenencia a un paisanaje, a un grupo de amigos, a una familia de clase media-baja, a una escuela, en fin, a una tipología de personajes y comportamientos muy variada y muy bien representada. Este entorno actúa de forma muy significativa en la narración, porque Titeuf no es el niño que se encierra en sí mismo y que desarrolla sus vivencias esencialmente alrededor de la relación televisión-imaginación, sino que vive inmerso en una realidad exterior múltiple y confusa, como la de la mayoría de los niños europeos. Así, algunos de sus mejores gags son los referidos al racismo a través de los intentos frustrados de Titeuf para burlarse de Ramón, un hijo de emigrantes españoles con problemas de adaptación al lenguaje, bien sus extravagantes aproximaciones al mundo del sexo.
Cruel y débil, arriesgado y miedoso, curioso y reservado, ávido de conocimientos y refractario a la enseñanza reglada, Titeuf es el recordatorio de múltiples infancias y el anuncio de las que vienen.
Pepe Gálvez
U, el hijo de Urich #4 Mayo 1997
Cronofobia, de Sergio C. Fanjul, brinda una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad de los problemas planteados: la aceleración, la nostalgia, la edad o la finitud
Por Manel García Sánchez
Vaya por delante que Sergio C. Fanjul es licenciado en Astrofísica. La precisión es importante de inicio para aquellos que, como Nietzsche, desconfían de los periodistas como opinadores universales. Fanjul tiene un master en Periodismo y eso, por prudencia o desconfianza de filósofo, activaría la cartesiana duda hiperbólica sin la aclaración previa de que estudió la carrera de Ciencias Físicas. Mi profesión de historiador no mitiga mi escepticismo y se me arquea irónicamente la ceja cuando leo que Cronofobia trata sobre el miedo al paso del tiempo, sobre la vertiginosa aceleración de nuestra pluralidad de mundos y nuestras vidas aceleradas, líquidas y digitales, sobre la nostalgia, la disforia de edad, la juvenofilia o la heideggeriana finitud que revela nuestro miedo a la muerte. No dudo en que pronto resurgirá negro sobre blanco la manida y brillante reflexión de las Confesiones de san Agustín sobre fácil que es saber qué es el tiempo si nadie nos lo pregunta, pero lo difícil que es definirlo si alguien nos lo pregunta. Apuesto ganador a que tampoco faltará Einstein paseando en bicicleta por Berna y gestando el milagro de la teoría de la relatividad o una cita de Carlo Rovelli de El orden del tiempo de que el tiempo podría ser una ilusión. ¡Periodistas!
Hojeo de principio a fin el libro para cargarme de razón y confirmar mi desconfianza inicial cuando de pronto emerge de entre sus páginas el nombre de John Ellis McTaggart, evidencia racional, clara y distinta de que Fanjul no va de farol, sino que Cronofobia, como el Fausto de Goethe que desea detener el instante, merece que se pare por un momento el tiempo porque hay tema y rema, y eso son palabras mayores. Fanjul sabe de lo que habla cuando no pretende dar respuesta a preguntas que no la tienen, sino plantear preguntas inevitables sobre la memoria nostálgica de un pasado idealizado que nunca existió ni nunca fue mejor, la ansiedad anticipatoria por el futuro y la kunderiana levedad de nuestro ser presente de urgencias, rendimiento y eficacia denunciado por Byung-Chul Han. Cronofobia desmonta a prioris y prejuicios de legos y profanos -ese debe ser el cometido de un buen ensayo- y nos lanza a través de la flecha del tiempo y sobre el eterno retorno hacia una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad del problema planteado.
El astrofísico convertido en periodista freelance o a tiempo completo, el filósofo, nos apabulla como científico cuando reflexiona con Aristóteles y su definición del tiempo como medida del movimiento, con el Newton del tiempo absoluto o con los millones de zeptosegundos en el suspiro de un segundo de Max Planck; nos genera no poco flow cuando Fanjul, como Montaigne, se convierte en el contenido de su libro, con su existencia cotidiana y su humilde búsqueda del tiempo perdido y recuperado, del tiempo fracturado de un padre alcohólico que activó su cronofobia al fallecer cuando el autor tenía 14 años, del desgaste emocional producido por su mística madre intentando detener el cáncer a tiempo o el de la tía Vicen, diagnosticada de alzhéimer, a la que se le aniñó la memoria y a la que se le disolvió la identidad y la dignidad, del tiempo recuperado junto al tío César, que sabía que el ahora ya pasó y que ya no es ahora, el de las idas y venidas entre Oviedo y Madrid, el de la matutina alondra y el vespertino búho, el de Bill Murray del Día de la Marmota en Atrapado en el tiempo o el solipsismo de El show de Truman, el de la vendedora de flores de Lavapiés que tanto le gustan a Liliana y con las que se revelan contra el tiempo junto a Candela al hacer que merezca la pena recorrer el surco del tiempo...
La lectura de Cronofobia es una excelente manera de pasar el tiempo, pero no el del aburrimiento en el que, como dijo William James, no dirigimos nuestra atención al contenido del tiempo, sino a su propio pasar. Fanjul nos atrapa en el tiempo a través de un itinerante recorrido sobre las foucaultianas heterotopías temporales que encapsulan el tiempo fuera del fluir cotidiano, como en el Museo del Prado donde el cronófobo Saturno de Goya devora a sus hijos, sobre la ansiedad producida por la fugacidad del tempus fugit virgiliano, sobre las geografías del tiempo y el tempo de la vida, la de supermercados 24 horas o de rígidos y flexibles horarios de teletrabajo, sobre el éxtasis de un carpe diem a través del consumo de drogas recreativas o sobre si el correr del tiempo aumenta según la entropía, sobre el tiempo de la historia y la historia del tiempo, sobre por qué el lugar en el que más tiempo pasamos es el futuro y por qué se les ha arrebatado a los jóvenes del posfuturo... Quizás no sabremos, de nuevo con McTaggart, si solo existe el presente y del futuro coexisten o si son, con Bergson, una ilusión persistente de nuestra memoria emocional. Ni desde el tiempo mecánico del reloj al que según Cortazar vendimos nuestro tiempo ni desde el tiempo vivido de la subjetividad de Proust, de lo que no cabe duda alguna es de que la lectura de Cronofobia de Fanjul no es una pérdida de tiempo.
Cronofobia
Sergio C. Fanjul
Arpa, 2025. 304 páginas. 19,90 euros
Babelia Núm. 1.782. Sábado 17 de enero de 2026
SANDMAN dio vida a Vertigo, y SANDMAN casi acaba con Vertigo. La moraleja de esta simplona paradoja: cómo un gesto nuevo e interesante se vicia hasta convertirse en un tic vacío y superfluo. Neil Gaiman no creía que SANDMAN duraría más de una docena de números cuando empezó a publicarse en 1989. Unos años después, tenía entre manos el título más vendido de DC (por encima de cualquier cosa que pudiera hacer Batman), había propiciado la fundación de toda una línea específica dentro de la editorial, y había despertado el monstruo gótico-siniestro que muchos de nuestros aparentemente normales conciudadanos llevan dentro, en una manera parecida a como EXPEDIENTE-X ha despertado el monstruo paranormal-ufológico en otros. Más bien perplejo, sospecho, Gaiman se encontraba de pronto ordeñando la vaca de los sueños por algunas razones equivocadas. La peor de todas, en sus propias palabras: "Mi tesis era que es posible escribir comics con tanta inteligencia, energía y vida como la que se encuentra en cualquier otro medio. Que se pueden escribir comics con tanto peso, con tanta sustancia, como se hallan en una novela, en la buena poesía, en las películas y en la televisión." (Entrevista en THE COMICS JOURNAL n° 188, julio de 1996). Le costó, pero al fin logró su objetivo: escribir tebeos pesados.
El progresivo engreimiento de Gaiman es tan palpable en su obra como en sus declaraciones, pero no podemos ser demasiado severos con él a este respecto. ¿A quién no se le subiría la gloria a la cabeza cuando no sólo ganas dinero, sino que además tienes una entregada corte de forofos -en el más futbolístico sentido de la palabra- que te lamen el culo cada mes con poemillas, alabanzas y confesiones íntimas que, francamente, abochornarían a cualquier persona sensata? Entre los cada vez más evidentes problemas del "gran narrador" Gaiman para encontrar argumentos interesantes y la babosa adoración de su culto -dividido entre los no-lectores (y sobre todo lectoras) de tebeos con enorme sensibilidad y una nutrida biblioteca de Tolkien, Moorcock y Pratchett, los lectores de tebeos que por fin han descubierto que Conan ya no es lo que era y la gran masa sin criterio que simplemente se siente obligada a comprar el agua bendita sin rechistar- llegamos a lo que es SANDMAN pasado el número 50, y especialmente a lo que es "LAS BENÉVOLAS": un tostón de primera categoría. Aún peor: un sucedáneo literario culturalmente acomplejado y una excusa para que Gaiman acabe de pagarse la casa o algo parecido. Yo me aburro mucho leyendo "LAS BENÉVOLAS", para qué voy a decir otra cosa. Me aburro, entre otras cosas, porque gracias a los sucesos de la historia precedente, desde la primera página ya sé lo que va a pasar al final (un final que me espera más de 300 páginas más allá), y no me refiero a la segunda vez que lo leí, sino a la primera. También me aburro porque sé lo que va a pasar en medio: un desfile de ángeles, elfos, hadas, dioses y cuervos y un montón (¡pero un montón, oiga!) de pastosísimos diálogos sobre la vida y sus sutilezas, normalmente en boca de hembras extraordinariamente sensibles, perspicaces, comprensivas y articuladas. Pero, al mismo tiempo, en cada página destacan en relieve los mecanismos que han dado tanto éxito a nuestro hombre. En "LAS BENÉVOLAS", en concreto, Gaiman le devuelve la lamida de culo a sus fieles sacando a pasear entre vítores a todos sus entrañables personajes. Y entre tanta caricia recíproca, encontramos la clave de la química existente entre la serie y sus creyentes, una clave que explota sin rubor cierto subdesarrollo intelectual adolescente de cierto público: SANDMAN está sobrecargado de guiños, de manera que halaga la astucia del lector enteradillo, el cual se felicita por haber reconocido las alusiones -literarias, religiosas, mitológicas o, ya últimamente, autorreferenciales- que Gaiman ha ido desperdigando "disimuladamente".
Para acabar de rematarlo, en esta morosa saga en la que el superhéroe se enfrenta a su batalla definitiva, el argumento exige poner en carne viva la personalidad del chico, y es entonces cuando caigo en la cuenta de que Morfeo no tiene entidad propia ni carácter, ni sé por qué actúa así o asá, ni cuáles son sus motivaciones ni su función en la existencia. Lo único que sé de él es que es un paliducho lánguido con un atroz sentido de la moda y que ha visto tantas veces las películas de Vincent Price que está obsesionado con las tumbas y se deleita provocando su propia ruina. No es ningún pecado tener un protagonista insustancial después de más de 60 números (eh, lo digo en serio, esto es sin ironía), lo que sí es torpe es ponerlo en una posición en la que se le vean todas las costuras.
"LAS BENÉVOLAS" cuenta a su favor con los dibujos de Marc Hempel, niño bonito de la crítica más elegante, y ciertamente Marc Hempel es un monstruo... dibujando humor a blanco y negro. En SANDMAN se encuentra con que, por un lado, el color de Daniel Vozzo no le favorece nada, y, por otro, las exigencias del guión escapan a su registro numerosas veces, especialmente en planos generales de situación no demasiado abiertos y en las largas e interminables páginas de conversaciones, páginas en las que Hempel corretea desesperadamente por todos los rincones del decorado y por la anatomía de los conversadores a la manera de los cámaras en las entrevistas en profundidad televisivas: ahora las manos del personaje, ahora un primer plano de los ojos... Al final, Hempel nos deja un puñado de viñetas tan exquisitas como se puede esperar de él y una sensación de que no acaba de entrar en la historia y podía haberse dedicado a otra cosa. Eso sí, cuando se entinta él mismo - con un trazo brusco e imperfecto que me recuerda a los comic books de los años 40-brilla mucho más que cuando le entinta, por ejemplo, Richard Case.
¡Señor, así que no me gusta SANDMAN! Véanse los efectos nocivos de pasarse la tarde jugando al DUKE NUKEM, en vez de leyendo a Lord Byron.
Trajano Bermudez
U, el hijo de Urich #4 Mayo 1997
El guionista Patrick Cothias y el dibujante André Julliard son, sin duda, dos de las máximas estrellas actuales del panorama historietístico francés. Su saga de LAS SIETE VIDAS DEL GAVILÁN, un conjunto de siete álbumes ambientados en la Francia de Luis XIII, constituye posiblemente el mejor ejemplo de lo que los franceses entienden por un un buen tebeo histórico: serio y riguroso, admirablemente documentado y con una trama densa y rica llena de personajes que van evolucionando junto a la progresión de la propia historia.
El éxito debió ser, con toda seguridad, el impulsor de esta segunda parte de la saga del Gavilán que tan gloriosamente cerraran hace algunos años estos dos autores. PLUMA AL VIENTO es el nombre de esta nueva serie que retoma algunos de aquellos personajes y prosigue las andanzas de la baronesa Ariane de Troil y de su padre, el Caballero Cóndor. Si "LA LOCA Y EL ASESINO" (Cimoc Extra Color n° 126), el primer tomo de esta serie, continuaba la línea argumental y el mismo escenario del GAVILÁN, el segundo tomo, "EL PÁJARO TRUENO", de reciente aparición en España, rompe deliberadamente con el anterior marco histórico para llevarnos al Nuevo Mundo, concretamente a Quebec, capital de Nueva Francia. Esta ruptura, que obedece posiblemente a una búsqueda de salidas argumentales para una historia que comenzaba a resultar algo asfixiante, viene también a ejemplificar la nueva vida de su protagonista, Ariane, a quien habíamos visto morir en la última parte del GAVILÁN y a quien descubrimos viva y medio loca en el inicio de "LA LOCA Y EL ASESINO". Ariane es ahora otra persona, mucho más hermética y fría, una mujer que ha padecido grandes sufrimientos y grandes pérdidas: su hermano, su supuesto padre, su hijo. El encuentro con su verdadero padre, con quien se enfrentó a muerte sin saberlo, es ahora el objetivo de su vida y lo único que, aparentemente, puede darle sen-tido. Y para conseguirlo no duda en partir hacia el Nuevo Mundo siguiendo su rastro y dejando atrás gran parte de su pasado.
El segundo tomo comienza introduciéndonos de lleno, gracias a una magnífica elipsis narrativa, en el nuevo ambiente en el que a partir de ahora discurrirá la saga. En la secuencia inicial, desarrollada en el interior de una vivienda india, se apuntan ya muchas de las claves temáticas de esta nueva historia: el enfrentamiento entre las distintas tribus indias; la lucha interior de Ariane, un "espí-ritu vagabundo" que se debate entre la furia y la violencia ("el espíritu del trueno") y la búsqueda de un destino que le dé la paz definitiva; el abuso del hombre sobre la mujer (en este caso, en las sociedades triba-les) y la figura de Ariane como mujer rebel-de, inconformista y adelantada a su época (algo de lo que tanto y tan bien nos habló Bourgeon en sus AVENTURAS DE ISA); y como tema de fondo, la violencia, la guerra y el enfrentamiento entre pueblos como una vía traumática para resolver conflictos. A partir de esta escena, el álbum desarrolla un extenso flash-back que nos explica todo lo ocurrido desde la llegada a Quebec de Ariane, su contacto con los iroqueses y el encuentro con su padre.
Cothias, una vez más, hace gala de sus habilidades y procura sumergir siempre que puede a sus personajes en medio de los avatares históricos; en este caso, la lucha entre holandeses, ingleses y franceses en el Nuevo Mundo, sus alianzas con los pueblos indios y las luchas tribales a consecuencia de los intereses comerciales de los colonos. La presencia de los blancos se convierte en el gran elemento perturbador; así, la figura del padre de Ariane, convertido por los iroqueses en una especie de figura mítica, el pájaro-trueno", es la viva representación de esa fuerza distorsionadora capaz de remover la paz entre las distintas tribus y provocar su levantamiento contra los franceses y los blancos en general (algo que aún no se produce en este álbum pero que con seguridad está por llegar en los siguientes). El Caballero de Troil, enloquecido y cegado por su propio odio hacia sus paisanos, no duda en provocar la tormenta entre los indios para lanzarlos hacia un levantamiento de consecuencias imprevisibles. Afortunadamente, la obra no cae en el simplismo de presentar a los indios como inocentes salvajes manipulados por los maquiavélicos europeos; el comportamiento de los indios es a menudo cruel y despiadado. Pero sus luchas, a ojos de los europeos, parecen "juegos de niños" inútiles y sin demasiado sentido. Es una lucha cuerpo a cuerpo en la que gana el más fuerte, una especie de competición con sus propios códigos de honor y de hombría tras la que no se ocultan intereses económicos ni oscuras maniobras para conquistar el poder. Algo muy distinto a la forma "civilizada" de entender la guerra que tienen los colonos.
En medio de todos estos acontecimientos, Ariane aparece como un personaje que no toma partido por nadie, que no parece luchar ni defender ninguna causa, a no ser la propia búsqueda de su identidad. Cuando se produce el esperado encuentro con su padre, éste no la reconoce: la identifica con un fantasma. Y como tal parece comportarse, como una especie de alma en pena, perturbadora pero inaccesible, llevada por los acontecimientos y debatiéndose siempre entre la vida y la muerte (aquí está a punto de morir ahogada, para renacer de nuevo entre los indios mohawks).
En definitiva, este segundo álbum supone, sobre todo, un giro argumental bastante interesante que abre nuevas perspectivas a la serie. No obstante, habrá que esperar próximos capítulos para valorar en su justa medida las intenciones de Cothias, un autor que parece necesitar de grandes desarrollos argumentales para cautivar al lector (o al menos, así me sucedió con la serie del GAVILÁN, en la que hasta el tercer o cuarto álbum no conseguí engancharme del todo). De momento la obra promete más de lo que vemos por los dos primeros capítulos. Por lo que respecta al trabajo de Juillard, parece moverse más cómodamente en los ambientes históricos de la Francia del XVII que en los espacios abiertos del Canadá y en los retratos de los pueblos indios. Su trabajo es, como siempre, de una calidad incuestionable, pero a mi parecer demasiado frío, demasiado correcto y exquisito para hacernos sentir este nuevo ambiente mucho más salvaje y grandioso que el de la saga anterior.
Personalmente no puedo dejar de acordarme de otros autores que han dibujado estos mismos ambientes, posiblemente con bastante menos precisión, pero con un mayor aliento poético y una sensibilidad más intensa.
Enrique Bonet
U, el hijo de Urich #4 Mayo 1997
Ni se sabe cuánto tiempo después, aparece otro MR. BRAIN, con lo que ya van cinco en apenas cuatro años de nada. Si bien esta comatosa periodicidad sirve para poner en evidencia una vez más lo raquítico de nuestra industria (ya, ya sé que el tema cansa, prometo no volver a tocarlo... al menos en esta reseña), no es menos cierto que MR. BRAIN también confirma lo sabio del dicho popular: el hambre agudiza el ingenio. Y es que, señores, el comic español es pobre, pero no está desprovisto de talento. No me refiero a los talentos consagrados internacionalmente de los Torres y Prado, ni a los talentos aún virginales de tantos jovencitos que están llenando de ilusión montones de comic books a blanco y negro, sino al talento de gente como la de MR. BRAIN, aún joven (de nada), casi desconocida por el público y, al mismo tiempo, suficientemente experta para saber cómo hay que hacer las cosas y para estar en perfecto dominio de sus facultades artísticas.
MR. BRAIN es un tebeo de humor que por momentos roza lo excelente (estoy seguro de que con dinero y medios realmente profesionales sería más que excelente) y que hace gala de un buen gusto exquisito y de una elegancia estética intachable. Eso es lo único que a veces me molesta de MR. BRAIN, el exceso de celo en buscar la referencia cool, la alusión de buen tono. Pero para ser justos hay que decir que este mal, que afecta a casi todos los que viven de o para el ocio cultural y tienen por debajo de 40 años, casi nunca estorba al resultado final del tebeo porque MR. BRAIN no es una postura, es una actividad. Este número marca, por cierto, la adscripción de la revista a un nuevo modelo del pasado: Bruguera. Dejando de lado las portadas a lo E. C. Comics (maravillosas, sí, pero que pintan bien poco en nuestra tradición viñetera), las huestes del Señor Cerebro parecen haberse girado para mirar de frente el PULGARCITO, el Tío VIVO y el DDT, que al fin y al cabo siempre han sido el humus subyacente. Claro que aquí no hay "escuela" que valga, cada autor contribuye con su propia voz a hacer un poco más variado MR.
BRAIN. Por encima de todos, esa bestia de las viñetas que es Manel Fontdevila nos regala más carcajadas de las que podríamos pagarle, como debe ser. La historieta de Rosenda, la Gallina Mutante y Psicópata de Plutón, es tan buena como siempre (las tres primeras viñetas, de antología), pero las dos páginas de "ME SUCEDIÓ A MI", un nuevo capítulo en la saga de "Mistetas", deberían hacerle ganar directamente el premio a la mejor obra de 1.997. Se harán muchas cosas este año, pero nada podrá superar la sencilla y brillante perfección de esa pequeña historieta. Brocal (otro monstruo) y Víctor Aparicio también dan el do de pecho, y entre los demás hay sabores para elegir: algo serio, algo gracioso, algo raro, y hasta algo hecho para salir del paso (claro que salir del paso con la elegancia de Gallardo no está al alcance de cualquiera). Además, nos siguen dando lecciones de historietismo, esta vez recordando a Chaland, así que al final les queda una revista tan guapa que hay que envidiarla. Me gusta pensar que si el U fuera una revista de (y no sobre) tebeos, tendría de novio a MR. BRAIN.
Trajano Bermúdez
U, el hijo de Urich #4 Mayo de 1997
Poblada por santos, ángeles, monstruos y diablos, la pintura del románico continúa ejerciendo su poder de fascinación con un lenguaje de apariencia ingenua y un trasfondo cargado de simbolismo
Por Ana Rodríguez
En los albores del siglo XI, un monje cluniacense borgoñón llamado Raúl Glaber escribió uno de los pasajes más conocidos, evocadores y descontextualizados relativos a la Edad Media: "Cuando se avecinaba el tercer año que siguió al año mil, se vio en casi toda la tierra renovarse las basílicas de las iglesias. Era como si el mundo mismo se hubiese sacudido y, deshaciéndose de su vetustez, se hubiese puesto en todas partes un blanco manto de iglesias".
La fama del texto se debe a una más que dudosa presunción y a una potente imagen. La primera, la de un mundo que salía reforzado de una época convulsa de profecías apocalípticas y terrores ocasionados por la llegada del año 1000. Algo como los ríos de tinta que corrieron con nuestro virus del milenio, aunque más truculento. La segunda, la de un blanco manto de iglesias cubriendo los reinos cristianos como purificación y renacimiento tras la orgía milenarista. Resulta curioso que Raúl Glaber haya conseguido pasar a la posteridad gracias a dos aspectos marginales en su compendio en cinco libros de la historia de su época.
A la imagen del manto blanco de iglesias recorrió en 1937 Le Corbusier para titular el libro que recogía las experiencias de su viaje a Estados Unidos, Cuando las catedrales eran blancas - al que subtituló de curiosa manera como Viaje al país de los tímidos-, donde afirmaba que cuando las catedrales eran blancas, deslumbrantes y jóvenes, el mundo lo era también. Una metáfora con la que no se pretendía quizás hablar tanto de colores como de símbolos y esperanzas.
La anunciación a los pastores (circa 1180), en el Panteón de los Reyes de la colegiata de San Isidoro, León. Carlo Bollo (Alamy/Cordon Press)
Así que , tal como el año 1000 no alumbró un nuevo mundo, tampoco los templos medievales se pensaron como inmaculadamente blancos, sino que en su mayoría estaban magníficamente coloreados. La restauración de sus pórticos no los ha devuelto a su estado original -lastimado y desvaído por el paso de los siglos y el maltrato inflingido por propietarios, revolucionarios o simples insensatos-, pero sí ha permitido restituir parcialmente la policromía de la piedra.
Se ha añadido, así, un nuevo elemento a la fascinación que despierta el románico, la más genuina manifestación material y visual de la sociedad rural, jerarquizada, codificada y extremadamente compleja de los siglos centrales de la Edad Media. Se superponen dos registros en nuestra percepción.
Por una parte, el de iglesias y monasterios construidos en piedra, robustos y sobrios, que salpican todavía hoy algunas grandes ciudades, pero sobre todo pequeños pueblos y parajes solitarios en la mitad norte de la península Ibérica y en la mayoría de Europa. Vemos en ellos una determinación tentacular de papas, reyes, obispos, abades y grandes nobles para controlar el territorio y sus recursos, pero también intuimos algo mucho menos visible, esto es, el papel de quienes los edificaron y fueron enterrados en sus cementerios y, sobre todo, la fuerza de la comunidad, de la que formaron parte los hombres y mujeres que los levantaron con sus propias manos.
De arriba abajo, relieves policromados de la abadía de Conques (Francia); detalle de la pintura mural de la iglesia de Sant Pere de Sorpe (Alt Áneu, Lleida) y Vanitas (1946), de Pablo Picasso, que retoma el tema de la calavera. Tuul y Bruno Morandi (Alamy / Cordon Press) / Museu Nacional d´art de Catalunya / Album
Por otra, el de los programas iconográficos que, esculpidos en la piedra o pintados en los muros, combinan un amplio conocimiento de los textos bíblicos, del dogma evangélico y de la liturgia en composiciones que en ocasiones solo consiguen descifrar los especialistas, con escenas de la vida cotidiana y las faenas campesinas -sirva como ejemplo el ciclo de las labores agrícolas del panteón de San Isidoro de León-, aunque siempre conectadas al mensaje transmitido por la doctrina cristiana.
Los restos de policromía conservados en las portadas y los capiteles de las iglesias y parcialmente rescatados aplicando conocimiento experto en restauración y tecnológico permiten recrear en vivos colores los santos, ángeles, hombres y mujeres de diversa condición, animales fantásticos, monstruos y diablos cornudos que pueblan el imaginario medieval. También nos ayudan a experimentar el efecto que surtían estas biblias en piedra en sus espectadores -desplegadas en el exterior de las grandes catedrales, de santuarios rebosantes de peregrinos o dentro de pequeñas iglesias en medio de la nada- mientras, por ejemplo, observaban en el tímpano del juicio final de la abadía francesa de Santa Fe de Conques la enorme boca que abre el infierno, los demonios que torturan a los pecadores, todos en un verde grotesco, junto al bellísimo azul de los vestidos de Cristo en majestad y de la mandorla mística.
Por si estas imágenes no fueran suficientemente explícitas, la inscripción que enmarca la escena del infierno en la catedral de San Lázaro de Autun no deja margen a la duda: "Que este terror espante a los contaminados con los errores terrenales, porque el horror de estas imágenes muestra cómo será su destino". Un terror que François Villon, poeta del siglo XV, puso en boca de su madre cuando esta le pidió una balada para rezar a la Virgen: "Soy una mujer pobre y vieja, / que nada sabe, nunca leí una letra; / veo en la iglesia de la que soy feligresa. / Pintado el paraíso, en el que hay laúdes y arpas. / Y un infierno en el que los condenados son hervidos: / Uno me da pavor, el otro alegría y alborozo".
La iglesia medieval nunca terminó de resolver algunas cuestiones sobre el valor y la pertinencia de la imágenes en todas sus manifestaciones. Sus representantes se debatieron a lo largo de los siglos entre validar lo que se ha denominado la literatura de los pobres o alertar de sus peligros.
Para Gregorio Magno, papa del siglo VI, las representaciones figurativas podían leerse casi como un texto escrito, pictura quasi scriptura. Para san Isidoro, obispo de Sevilla del siglo VII y autor de Etimologías, la pintura creaba una ilusión irreal, era casi una ficción, pictura autem dicta quasi fictura. Para Hugo de San Víctor, teólogo místico a caballo entre los siglos XI y XII, una mente humana bien adiestrada podía pasar de la belleza visible a la invisible, del sentido literal al espiritual y moral. Para su contemporáneo san Bernardo, fundador de la orden cisterciense, rigorista y ardiente predicador de la Segunda Cruzada, el despliegue de pinturas y decoración en las iglesias le recordaba a los ritos de los judíos, y solo servía para desviar la atención de los fieles. En su apología contra la Orden de Cluny, Bernardo se indignaba porque "las paredes de la iglesia resplandecen de riqueza y los pobres están en la indigencia; sus piedras están cubiertas de dorados y sus hijos carecen de ropa". Se preguntaba para qué servían en los claustros, donde los religiosos en teoría debían entregarse al recogimiento y la lectura, esos monstruos ridículos, esas bellezas horribles y esos horrores hermosos (sic), los monos inmundos, los leones, los tigres, los centauros, las quimeras, los cuadrúpedos con cola de serpiente, los peces con cabeza de cuadrúpedo, los monstruos mitad caballo mitad cabra.
La policromía, dificil de imaginar en la piedra, se manifiesta con exuberancia en la pintura románica. Decoraba los ábsides y las paredes interiores de los templos. También se pintaba sobre tabla para cubrir los altares y se iluminaban las miniaturas de códices y sus marginalia rebosantes de escatología y de extraños torneos entre conejos y caracoles. La pintura mural muestra en algunos casos programas iconográficos y técnicas muy elaborados. En otros, los limitados recursos y una más escueta gama cromática se compensan con una extraordinaria capacidad narrativa. Las técnicas en los ábsides de las iglesias leridanas de Santa María y San Clemente de Taüll o de Santa María de Aneu denotan una pericia propia de talleres y artistas que trabajaron en distintas obras reputadas y utilizaron algunos pigmentos minerales para el color de procedencia lejana, como el cinabrio importado de al-Ándalus para el rojo o los azules procedentes del norte de Italia. Azul que, frente al rojo, el color arquetípico, el negro y el blanco -lo denso, lo oscuro y lo contrario a ambos-, según explica el gran especialista en la historia y la percepción de los colores Michel Pastoureau, tuvo un discreto papel social y simbólico hasta que empezó a vestir las paredes de las iglesias medievales, para convertirse a partir del siglo XVIII en el color preferido de los europeos.
Dicho esto, ¿qué es lo que nos fascina en la pintura romántica? Sin duda una mezcla contradictoria de elementos. Por una parte, la engañosa cercanía a un lenguaje pictórico figurativo, lleno de elementos conocidos, aparentemente infantil e ingenuo; una iconografía de figuras y objetos bíblicos y evangélicos que nos es familiar, la creación y el paraíso con sus estrellas, árboles y pájaros, Adán y Eva con la manzana, la costilla y la serpiente, la natividad y la adoración de los magos con sus regalos, pero también la última cena o la crucifixión, todo ello siempre con un Cristo omnipresente, rodeado de los evangelista con sus atributos y de ángeles.
Pero por otra, algo que nos resulta ajeno, rígido y ornamental, donde lo tridimensional no tiene sentido, la perspectiva parece haberse olvidado en un oscuro momento de transición desde el mundo antiguo y que nos enfrenta a un marco conceptual en la antípodas del contemporáneo a pesar del trampantojo de lo conocido. Porque cómo interpretar si no, desprovistos de las claves que conforman ese universo propio, el simbolismo y el alejamiento del mundo natural, representado en los ojos heterotópicos que invaden las manos, los pies y las seis alas de los serafines de la iglesia de Santa María de Aneu, o la cara del cordero apocalíptico de la de San Clemente de Taüll.
Pocas pinturas murales se encuentran aún en sus lugares de origen, ya que una buena parte fueron recolocadas en museos después de haber sido arrancadas de sus muros. Son en gran medida testigos mudos de los dramas del patrimonio español. Llegadas en las primeras décadas del siglo XX a las colecciones privadas y museos de la costa este norteamericana, algunas compradas a sus propietarios, la mayoría obtenidas en oscuras circunstancias o simplemente expoliados, su ajetreada vida social forma también parte de la fascinación que nos provocan. En la década de 1920 se vendieron, expoliaron y exportaron los mejores conjuntos procedentes de algunas iglesias rurales castellanas. Entre ellas los de la fascinante ermita soriana de San Baudelio de Berlanga, construida de San Baudelio de Berlanga, con struida entre los siglos XI y XII, con sus extraños animales -un elefante con un castillo encima, un dromedario- producto de referencias indirectas y grandes dosis de imaginación, que fueron arrancados de noche, con la participación estelar de unos desconocidos extranjeros y de la guardia civil, como broche a una bochornosa historia de codicia e ignorancia. a cambio del claustro del monasterio de Fuentidueña, desmontando piedra a piedra para ser embaucado y montado como un puzle en el Museo The Cloisters en Nueva York, seis paneles procedentes de San Baudelio de Berlanga fueron devueltos en 1957 y se exhiben en el Museo del Prado junto con las pinturas del ábside de la ermita de la Vera Cruz de Maderuelo.
La configuración del Museo Nacional de Arte de Cataluña a partir de la compra entre 1919 y 1923 de 10 conjuntos pictóricos románicos catalanes -345 metros cuadrados de pintura arrancada mediante la técnica del strappo- para impedir que salieran de España después de dudosas operaciones previas, es un testimonio de la complejidad de los procesos de incorporación a una colección única en el mundo, como muestra también la agria polémica sobre la devolución a Aragón del conjunto pictórico del siglo XII procedente de la sala capitular del monasterio de Santa María de Sigena, llegado al museo barcelonés después de un incendio en 1936.
A pesar de la indignación de san Bernardo, todas esas belleza horribles y horrores hermosos, estaban destinados a perdurar. Eso sí, con una diferente forma de mirar. Los protagonistas de los movimientos vanguardistas de los inicios del siglo XX encontraron en el románico la fuerza de un lenguaje onírico y la esencia de lo primitivo. Los especialistas en historia del arte románico como Manuel Castiñeiras han delineado ese viaje de lo medieval a la modernidad. La pintura mural produjo un enorme impacto en el pintor Francis Picabia cuando visitó en Barcelona en 1927 los ábsides arrancados e instalados en el museo situado entonces en el parque de la Ciutadella. Algunos de los motivos de Santa María de Aneu y de San Clemente de Taüll -los serafines heterotópicos y el cordero apocalíptico entre otros- transitan por sus obras con la fuerza del imaginario medieval. Pablo Picasso se inspiró para componer la parte inferior del Guernica en los ahogados que aparecen en la escena del diluvio universal del llamado Beato de Saint-Sever, fechado a mediados del siglo XI y conservado en París. Joan Miró siempre repitió que la fascinación por la pintura mural del románico catalán le venía de la infancia. En 1955, visitó el museo en busca de inspiración para lo que sería el mural cerámico de la sede de la Unesco en París.
Sin embargo, san Bernardo tampoco está solo en su irritación. En 1943, Francisco de Cossío, quien llegaría a ser director del Museo Nacional de Escultura, confesaba al referirse a la pinturas de la Vera Cruz de Maderuelo su incomprensión por esos balbuceos de pintura cristiana, de donde -decía- procedían los dibujos en las paredes que los chicos suelen hacer cuando salen de la escuela. Josep Pla, por su parte, se hacía eco de las reacciones de una parte de la sociedad barcelonesa -y es posible que la suya propia- ante los ábsides con las pinturas murales: "¡Aquel Pantocrátor! Ante la figura, la gente primero se quedaba atónita y sin respiración, después se les contraía la cara (...). Aquel aire de muermo rígido que presenta, su seriedad grave y tiesa acababan por indignar a la gente y a crisparla".
Pues, por todo esto, nos siguen fascinando el romántico pintado y la pintura románica.
Ana Rodríguez es profesora de Investigación en el Instituto de Historia (CSIC)
Babelia Núm. 1.776. Sábado 6 de diciembre de 2025