sábado, 25 de abril de 2026

Una noche con la lasciva Popea al lado

Popea (Julie Fuchs) y Nerón (David Hansen), durante una función de L'incoronazione di Poppea, en una imagen del Liceo.

EL FARO DEL FIN DEL MUNDO / JACINTO ANTÓN


Ya se sabe que cuando vas a ver una puesta en escena de Calixto Bieito puede pasar cualquier cosa, pero no dejó de sorprenderme el miércoles que al poco de empezar L'incoronazzione di Poppea, de Monteverdi, en el Gran Teatro del Liceo, las bragas de la Fortuna (y valga la frase) fueran a caer casi encima de Andrew Lawrence King, el arpista de Le concert des nations, la orquesta de Jordi Savall que interpreta la obra desde el foso. Los músicos se lo tomaron con filosofía, pero algunos espectadores tragaban saliva visiblemente. La soprano Rita Morais que interpreta con contagiosa alegría a la Fortuna continuaba bajándose insinuantemente las bragas, de las que llevaba puestas, a dios gracias una espectadora las enumeraba alarmada con el dramatismo de la cuenta atrás de Oppenheimer-, una gran provisión (unas encima de otras), y lanzandolas por ahí mientras cantaba. A un señor impecablemente trajeado le cayeron otras en el regazo y mantuvo la mirada imperturbablemente al frente, observando apenas de reojo a su pareja al lado, una mujer muy arreglada a la que casi le podías leer el pensamiento: "¡Ni las toques, Jordi!".

Estábamos a la sazón en un lugar privilegiado, y arriesgado: además del lanzamiento de ropa interior hubo un momento en que nos apuntaron a quemarropa con una pistola, pasaron rozándonos Séneca salpicando sangre de su suicidio, y el cornudo Otón travestido para intentar matar con un zapato de tacón a Popea (la soprano francesa Julie Fuchs, espléndida); y al final nos cayó encima una lluvia dorada. Y es que nuestras localidades se encontraban en la grada de butacas premium instalada sobre el mismísimo escenario del Liceo para estas funciones y que permite seguir la representación como si formaras parte de la misma. No había vivido nada tan excitante desde que hice de sacerdote egipcio mudo en una versión popular de Aida. Al contratenor australiano David Hansen (Nerón), que se pasa la función con el torso desnudo, le podías contar las pecas de la espalda, y a Drusila (la soprano Deanna Breiwick) ver con inquietante detalle cómo le quedaba el body negro de picardías.

La cercanía posibilitaba observar desde una proximidad insólita, además de una escena tan intensa como la de Nerón bajándole los pantalones a Lucano (Thobela Ntshanyana, que llevaba un único calzoncillo), la fisicidad de la técnica vocal, ese milagro. Y, por la posición en el escenario, asumir frente a todo el coliseo que se abría delante, platea, palcos y pisos, un protagonismo inesperado. Evelio P., al que le tocó la butaca de pasillo, pareció hacer un trío con Nerón y Popea, que se fundieron en abrazos y besos casi en su regazo. Vestida de verde ajustado, seductora y muy sexy, poderosa y segura de sí misma, Popea es de lo mejor de la función. Podría pensarse que a Calixto (y a Monteverdi) se les ha ido la mano en su caracterización de Popea como una trepa calienta togas sin escrúpulos. Pero es que parece que era de verdad así.

Se ha hablado mucho de Mesalina, pero menos de Popea, a la que aprendió a temer la mismísima Agripina la menor (madre de Nerón), que ya es suegra. He repasado en Suetonio y Tácito, por ponernos estupendos, la vida de Popea, y es de aúpa. En  comparación, lo de las bragas de Calixto (con perdón) no es nada. "Otro caso no menos notable de impudicia fue aquel año (el 58) origen de grandes males para la República", escribe Tácito para presentar a Sabina Popea. "Tenia esta mujer todas las cualidades, salvo un alma honrada".

Era originaria de Pompeya, así que no es raro que fuera tan volcanica. Sin duda muy guapa, nos ilustra Tácito, "de su madre había heredado gloria y hermosura, su conversación era grata y su inteligencia no despreciable". Pero, "aunque aparentaba recato, en la práctica se daba a la lascivia".

La mala química entre Popea y Agripina trajo de cabeza a Nerón, al que le era necesario poco para encenderse. Es una pena que no salga Agripina en L'incoronna-zione porque habría dado más juego a Monteverdi y ni digamos a Calixto (un poquito de incesto y parricidio hubiera animado aún más las butacas premium). La felicidad con que acaba por todo lo alto la opera no tuvo continuidad. Popea, "encontró la muerte a causa de un rapto de ira de su marido que le asestó una patada cuando ella se hallaba encinta", cuenta Tácito. Suetonio añade que fue porque ella le reprochó llegar tarde de una carrera de carros. Podemos imaginar qué hubiera hecho Calixto con esa escena, a la vista de cómo ha puesto a Nerón sacudiéndole la cabeza a Drusila contra el suelo (el momento que al parecer fue el que hizo desfallecer a Savall y lanzar sus insólitas críticas al montaje).

Curiosamente a Popea no se la incinero, según costumbre, sino que se la embalsamó. Vamos que por ahí debe andar la momia... Nosotros preterimos quedarnos con el recuerdo de la magnifica Popea de Julie Fuchs, fresca y descarada (quien iba ser tan tonto de preferir la momia), en competencia, eso sí, con la de Claudette Colbert en El signo de la cruz (1932), una de las pelis en que aparece la emperatriz.

Ha querido la Fortuna, que justo el día después de la intensa función del Liceo (un exitazo) viviéramos un puñado de gente, entre ellos el propio director del teatro, Victor Garcia de Gomar (muy feliz con L'incoronazione), y otro gran director de escena como Alex Ollé, una velada musical en casa de mi hermana y mi cuñado en torno a un arpa (esta vez sin bragas voladoras). Era un recital con una preciosa arpa neogótica del XIX de Erard de París que dio el joven músico Xavier Cuevas. Interpretó obras de Bach, Haendel y Debussy, entre otras, y sorprendió con una encantadora composición creada para la ocasión, Nenúfares en el riachuelo. Mientras los dedos de Xavier se movían sobre las cuerdas de su instrumento llenando de tonalidades feéricas la noche en el jardín, fue imposible no pensar en el sensual recuerdo de Popea y en otros dedos —mucho menos amables y virtuosos que los de nuestro arpista- tañendo al resplandor de Roma su incendiaria melodía.


El Pais, 22 de julio de 2023


Germán García sketchbook (Proyecto Kaleidoscope) [Mayo 1998]

 









































viernes, 24 de abril de 2026

El ángel de Notre-Dame Daniel Torres Norma


Para empezar, debo declarar que para mí esta obra supone un redescubrimiento de Daniel Torres, puesto que de sus anteriores álbumes, los dos volúmenes de El Octavo Día, tengo un conocimiento escaso. Así las cosas, mi primera reacción al hojear el primer tomo de El Angel de Notre-Dame fue de sorpresa, y de decepción al no encontrar en sus paginas la impronta visual que esperaba. Por alguna razón...no, mejor dicho, por la razón irresistible del recuerdo de pasados momentos de enorme gozo, esperaba volver a encontrame con el Torres de La Estrella Lejana, con la preciosísima claridad de su línea, el barroquismo decorativo de su puesta en escena y la solidez y compactación de su concepción de la página. Todo lo cual brilla por su ausencia en El Angel, o al menos puede parecerlo en un contacto inicial. Desde luego, esperar reencontrarme con un Torres inalterado a pesar de haber transcurrido más de diez años, supone una ingenuidad por mi parte, en la que no habrán incurrido quienes hayan seguido más de cerca su evolución posterior, sobre todo a través de los experimentos formales y temáticos de El Octavo Día. Sin embargo, incide otra circunstancia en el hecho de encontrarnos ante un Torres diferente al esperado, aparte de la evolución del autor, y es la evolución del resto del mundo. Pasó el tiempo para el autor y pasó también para los lectores, para el mercado. Y Torres es uno de los pocos historietistas, de entre los nuestros, que no han renunciado al mercado. Y el mercado, hoy, ya sabemos lo que pide.

Con el mercado en mente, pues, decide americanizar su obra, elección comprensible, dado que las otras opciones serían un mercado franco-europeo anquilosado y chauvinista, y el caprichoso emporio japonés, cuyo momento de mayor apertura parece que ya pasó. Y bajo esta perspectiva me parece que conviene analizar la obra. El Ángel fue concebido inicialmente, según el propio autor, para el formato comic book (aunque finalmente, al menos en nuestro país, haya aparecido como álbum). No es preciso más que echar un vistazo a las páginas para constatar que a la hora de afrontar este nuevo formato, Torres lo hizo de forma reflexiva, como es marca de la casa. No se trata de hacer las cosas a tu aire y reducir luego las páginas un poco más que de costumbre. No conviene pensar únicamente en el tamaño de la página, sino también en las particularidades del formato y del público al que va dirigido. Hete ahí, que surge la conveniencia de variar el grafismo, de perder preciosismo y limpieza en orden a procurar un cierto aspecto más naturalista en el trazo y en la iluminación. De descargar la puesta en escena, de dar primacía a la figura (y aún más a los rostros) frente al escenario. De aligerar la página de viñetas y de jugar continuamente con su disposición. De simplificar incluso la coloración. De restar, en resumen, las diferencias entre el concepto visual clásico del álbum europeo y el del comic book. Pero esto es sólo el 50% del trabajo, porque nos falta la historia. Con El Ángel, Torres retorna a los terrenos de la aventura y de la space opera. Retoma también la imaginería futurista y fantástica con base en un momento histórico real. Si en la saga de Roco Vargas el trasfondo escenarial era un conflicto intergaláctico, trasunto de "nuestras" dos Grandes Guerras, aquí Torres parte de una recreación del final del zarismo ruso y de su iconografía de engalanaduras militares, popes, casacas, bayonetas y gorros de astracán como punto de arranque de esta historia de una princesa enviada al futuro para escapar de la muerte y que logra reinstaurar, 300 años después, su poder dinástico, gracias a la intervención del misterioso individuo conocido como El Mecánico del Tiempo. Una historia sencilla y lineal, - excepto por el mencionado salto temporal, que puede resultar un tanto desconcertante hasta que se lee el segundo tomo-, sobre todo en comparación con la sofisticación argumental y la variedad de matices referenciales y tonales de las andanzas de Roco.


De nuevo, la simplificación. Simplificación de la trama y de la caracterización. Las noventa páginas de la historia apenas sirven de presentación de los personajes, siendo el personaje nominal de la serie, el Angel/Mecánico, el que resulta más desdibujado, sin que sepamos ni de sus orígenes, ni de sus motivaciones. Por contra, le basta a Torres con una imagen del pirata Lightfoot, la de su entrada en escena -brazos en jarras y atuendo de corsario hollywoodiense- para que reconozcamos en él a un cruce de Han Solo (acompañado de dos geniales Chewbaccas de piedra que parecen servir de referencia tanto a Lucas como a Kirby) y Errol Flynn, que se hace simpático desde el primer momento, aunque luego resulte más bien desaprovechado. La adecuación a los nuevos tiempos y a los nuevos lectores podrían también explicar el recurso a elementos netamente fantásticos, por los que hasta ahora Torres no se había mostrado interesado, en especial los "poderes temporales" del Mecánico. Todas estas concesiones no resultan, sin embargo, en una obra fallida. Al contrario, El Ángel de Notre-Dame es un tebeo imperfecto, pero estupendo, con momentos muy bonitos y de lectura más que agradable. Se que la siguiente no es una idea muy original, pero es absolutamente cierta: incluso las obras menores de un artista de los grandes (y Torres es uno de los más grandes), superan con creces a lo mejor que puedan ofrecer la legión de medianías que imperan en el medio. En este tebeo hay buenas dosis de genio de un creador que sabe como pocos de cosas que se están perdiendo: el poder de una frase de diálogo, el valor de la elegancia y el buen gusto, el latido de la aventura clásica... Cosas que, no sé a ustedes, pero a mí se me antojan imprescindibles.


U, el hijo de Urich #13 noviembre 1998