lunes, 31 de agosto de 2026

Otros mundos, nuevos villanos

Cuando Spiderman y Lobezno cruzan sus caminos, los problemas van a aparecer por doquier



Ilustración de portada.

José Luis Vidal

26 de agosto 2026

Y eso precisamente ocurre al principio de esta apasionante aventura. Ya que bajo la ciudad, en las cloacas, surge una peligrosa y letal amenaza que por razones desconocidas se ha descontrolado.

¿Y podéis imaginar quién se va lanzar de cabeza a tratar de arreglar la situación?

Pues sí, premio para los que lo hayáis resuelto, ya que el Lanzarredes más famoso del Universo Marvel, como suele hacer habitualmente, se va a jugar el pescuezo en una situación de la que tan solo puede sacarlo sano y salvo cierto mutante canadiense…



Ficha

Spiderman y Lobezno Volumen 2.

Guion: Marc Guggenheim

Dibujo: Gerardo Sandoval, Kaare Andrews

Tapa blanda

Color

120 págs.

12 euros

Panini Cómics


Pero claro, esto es solo un aperitivo, porque la verdadera peripecia del este curioso dúo comienza cuando el Reed Richards de una Tierra paralela, los invoque con un plan muy claro en mente. La venganza contra aquel que asesinó a la pareja del elástico científico.

Pero hete aquí que la sorpresa será máxima cuando el dúo conozca que la finada no era Sue Richards, sino una mujer que ha ocupado el duro corazón de Logan. Se trata, como ya habréis supuesto, de Mariko, una mujer a la que creyó perder, y que tras regresar de la muerte no ha querido saber nada de él.

Todas estas disquisiciones serán interrumpidas cuando tengan que verse las caras con un enemigo implacable y prácticamente invencible, que por caprichos del destino y del Multiverso, es una curiosa mezcla de ambos, Spiderman y Lobezno…

Su nombre es Arachnix y les va a poner las cosas muy, pero que muy difíciles a los protagonistas, que tendrán que tirar de ingenio si quieren que el villano muerda el polvo, regresar a su casa y, sobre todo, cerrar viejas heridas sentimentales.

Pero claro, decirlo así puede resultar sencillo, pero librarse de Arachnix no va a ser tarea fácil, incluso cuando crean que han acabado con él, el tipo se empeña en volver más letal que nunca. Y si a esta peliaguda situación añadimos la aparición de la última defensa contra la villanía de esta particular Tierra, pues ya la tenemos liada (Atención a las peculiares versiones de héroes ya conocidos por todos).

Esta auténtica montaña rusa de emociones con la que concluye la aventura está escrita por el guionista Marc Guggenheim, que va a estar acompañado dos genios de la viñeta como son Gerardo Sandoval y Kaare Andrews, que con su incomparable arte van a colmar estas páginas de imágenes y escenas de lo más impactante. En el caso de Andrews, homenajeando a los ya lejanos años noventa, y su manera de afrontar la creación de un cómic, con esas reconocibles y casi imposibles composiciones de página.

En fin, uno de esos team ups para recordar, que mezcla con maestría acción a raudales, su pizca de humor y drama. Una combinación única de la que surge un apasionante cómic.


Diario de Cadiz



sábado, 29 de agosto de 2026

“Oh, negro muro de España...”: el horror de Goya y Motherwell ante la guerra

 El Museo de San Telmo de San Sebastián contrapone el espanto de su recién adquirida serie ‘Los desastres de la guerra’ del pintor español con la fúnebre ‘Iberia’ del norteamericano


'Estragos de la guerra', de la serie 'Desastres de la guerra, 30', de Francisco de Goya (1810-1823), en la Colección San Telmo Museoa de San Sebastián.

Enrique Andrés Ruiz

29 AGO 2026 

Muy a comienzos de los años cuarenta, Robert Motherwell trató estrechamente, en México, a Roberto Matta y a Wolfgang Paalen, que ya eran efigies en la panoplia surrealista. A su vuelta compuso, entre otras, una pintura geométrica, casi plasticista —¡y soberanamente blanca!— que lleva por título Spanish picture with window. Era un primer homenaje a un país que no conocía; y que no conocería hasta 1958, en el viaje de novios con su tercera esposa, Helen Frankenthaler; fue entonces cuando contempló en el Prado las Pinturas negras de Goya, un pintor para él decisivo. Pero su sistema de asociaciones —algo determinante en su manera de trabajar— contaba ya desde su juventud con una imagen de España bastante bien perfilada en sus rasgos trágicos y románticos, su noche y su sangre, la poderosa imagen difundida entre tantos jóvenes norteamericanos por la guerra civil española: heroísmo, muerte y tierras calcinadas. Es posible también que por las fechas de su viaje mexicano ya conociera la poesía de Lorca. Esa España y su desgarro expresivo, tauromaquia incluida, aflorarían igualmente en Clifford Still (quien mencionó en sus diarios a Juan Belmonte como modelo de artista sujeto de una especie de inmolación) o Frank Stella (quien tituló Luis Miguel Dominguín una de sus obras) o Frank Kline (quien pintó también una Spagna bravía, blanca y negra).

Sin embargo, las relaciones de Motherwell primero con el surrealismo que, una vez trasplantado, marcó con fuerza el nuevo arte de Estados Unidos, y luego con las maneras más comunes con las que sus colegas de la gran abstracción norteamericana afrontaban sus obras, estuvieron también determinadas por diferencias decisivas. En vez de tomar del surrealismo la gestualidad automática como huella de una identidad psíquica, lo que interesó a Motherwell a partir de los cincuenta, cuando se asientan sus formas más definitorias, es el lado atávico, litúrgico, que la nostalgia primitivista del surrealismo había llamado a rescatar para la obra de arte, el sueño de su carácter ritual, diríamos, perdido en algún incierto origen imaginario. Por otro lado, y en vez de acuñar una especie de marca de fábrica inconfundible (como hicieron Rothko, Still o Pollock), Motherwell trabajaría durante toda su vida en series muy singularizadas, a las que volvía una y otra vez llevado de aquella posibilidad de repetición infinita, propia de los ritos, para añadir a la serie nuevas variaciones, como en la música. Entre esas series célebres se encuentran las Elegías (más de un centenar) o las que llevaron por título Iberia, que comenzó a pintar durante aquella luna de miel española, en 1958.

Con motivo de la reciente adquisición por el modélico Museo de San Telmo, de San Sebastián, de una colección de Los desastres de la guerra —el Goya horrorizado ante los empalamientos y las violaciones de la guerra de la Independencia—, el museo encomendó a la sabiduría de María Bolaños la tarea de hacer sonar junto a Los Desastres otra nota que —a la vez contemporánea y ancestral— sirviera de complemento, aunque también de contrapunto. En este alucinado trabajo íntimo —Goya no conoció su publicación— cualquier trozo de metal le servía, urgido por el espanto ante la gran masacre callejera de los cuerpos y las almas. Junto a las estampas horripilantes, la pintura elegida para acompañarlas terminó siendo la extraordinaria Iberia, de Motherwell, que conserva el Guggenheim de Bilbao, una pintura casi completamente negra, aunque, como decía André Malraux en un ensayo dedicado al Saturno devorando a sus hijos, hay cosas que sólo se pueden ver en la oscuridad de la noche. De hecho, en el gran lienzo fúnebre suceden muchas cosas, uñadas, barridos, depresiones, como en la tiniebla de los desmontes españoles. “Yo lo vi”, inscribió Goya bajo una de las ochenta estampas, declarando su propósito testimonial, opuesto por completo a la tradición épica de la guerra. La matanza y la saña sobrecogen. Pero, llegado un momento, el pintor se da cuenta de que no es suficiente, de que el delirio de la realidad exige que la pintura o el grabado sean sacados de sus casillas para ser auténticamente leales a los hechos, más allá de lo que ven los ojos. La última sección de la exposición, titulada ‘Qué locura!’, reúne esas estampas que rebasan el límite de lo concebible y llenan de monstruos los territorios de la locura.


'Iberia', de Robert Motherwell, en la exposición 'Negro Goya. Negro Motherwell' del San Telmo Museoa de San Sebastián.

IKER AZURMENDI (SAN TELMO MUSEOA)

La advocación goyesca de Robert Motherwell venía al menos de la mitad de los cuarenta. En las paredes del estudio siempre hubo una lámina del Saturno… Cuando su viaje a España y su encuentro directo con Goya, una Elegía a la República española había sido seleccionada para figurar en la exposición The New American Painting, que debía llegar a Madrid en pleno despliegue del arte norteamericano. El Gobierno español exigió el cambio de título, y Motherwell, muy airado, se negó (aunque fueron expuestas otras obras suyas). Unos años después, descubrió los versos de A la pintura, de Alberti, y reconoció lo que sin duda es el gran libro: un tratado de pintura. Luego compuso una veintena de litografías para editarlas con los versos; un día, en Roma, Rafael Alberti recibió una enorme caja blanca… Se conocieron en 1980, en la inolvidable exposición que dedicó al pintor la Fundación Juan March. Alberti declamó entonces ‘Negro Motherwell’, el poema que le había dedicado: “Oh, negro muro de España…”.

Parte de la elocuencia lograda en esta exposición, en la que también figuran algunas ediciones y fotografías, proviene del contraste entre dos sentidos de la temporalidad. Mientras el negro de Goya es el negro aire de la historia — “sucedió una vez”, nos vienen a decir las estampas—, la negrura pertenece para Motherwell a un espacio ceremonial, a un lugar apartado del tiempo histórico y reservado para la celebración de un conjuro que nos defienda, precisamente, del insufrible horror de la realidad histórica. Y esos son sus pinturas: ceremonias ritualmente repetidas una y otra vez.


‘Goya Black, Motherwell Black: Ochenta desastres y un abismo’. Museo San Telmo. San Sebastián. Hasta el 27 de septiembre.


Babelia Núm. 1.814. Sábado 29 de agosto de 2026


!Los colores que vinieron del espacio!

Varios trozos de roca, pertenecientes al planeta de origen de Superman, se van a convertir en una inesperada amenaza


José Luis Vidal

25 de agosto 2026

En los comic books norteamericanos, la sagrada continuidad puede llegar a convertirse en una pesada losa que hace que el cansancio creativo surja, ya que los equipos formados por guionistas y dibujantes no pueden salirse del sendero marcado por hechos del pasado.

Es por esto que suele resultar de lo más interesante cuando, editoriales como DC Comics, deja libertad absoluta para que el talento brille en la creación de una historia totalmente nueva y original.



Ficha

Superman: El espectro de la kryptonita.

Guion: W. Maxwell Prince

Dibujo: Martin Morazzo

Tapa dura

Color

184 págs.

26 euros

Panini Comics


Precisamente es el caso de este cómic, enmarcado dentro de la línea Black Label, que ya de por si es sinónimo de calidad. En El espectro de kryptonita vamos a ser testigos del descubrimiento de otros tipos de rocas provenientes del extinto planeta de nacimiento del Hombre de Acero.

Púrpura, cobalto, moteada y arcoíris serán los nuevos nombres con los que se las bauticen. Y claro, ya conocemos que Kal–El siempre ha tenido ese ansía por conocer cuando más y mejor sobre Krypton, por lo que va a pedir ayuda a la única persona que, además de tener bastantes conocimientos científicos es lo suficientemente resolutivo si algo sale mal en el experimento, Batman.

Obviamente, como ya podéis imaginar, el exponerse a la radiación de estas rocas va a meter a los protagonistas en más de un embrollo, con el consiguiente peligro para los habitantes de Metrópolis, y más concretamente para cierta intrépida reportera y un joven fotógrafo de pelo rojizo…

En este cuadro no podía faltar ese que siempre maneja los hilos, cuyas acciones y maquiavélicos planes están guiados por el rencor y el odio más extremo hacia Superman. Por supuesto, se trata del megamillonario Lex Luthor, que en vez de utilizar sus inagotables recursos para el bien, va a poner sobre el tablero a una serie de peligrosos enemigos que harán que el caos surja frente a la delicada situación de un Superman que, debido a la influencia de las diferentes rocas de colores, va a perder la noción del tiempo, llenando su cabeza de instantes del pasado, el presente y el futuro más próximo, convertidos en un auténtico galimatías.

Pero este tan solo va ser el principio de un vía crucis que llevará al protagonista a crecer de manera desmesurada, convirtiéndose sin querer en una amenaza para todos para después, en un abrir y cerrar de ojos, tenga que compartir apartamento y juventud con Billy Batson, alias Shazam.

¿Creéis que este será el final de la aventura? Para nada, con un Batman cada vez más atribulado, Kal-El será enviado de cabeza a la loca, loquísima Quinta Dimensión, donde se verá las caras con algún que otro rostro conocido.

Os preguntaréis quiénes son los padres creativos de tremenda peripecia, ¿verdad? Pues la verdad es que se trata de un muy bien avenido dúo de creadores que desde hace ya algún tiempo vienen demostrando que el horror más absoluto se esconde tras la sonrisa de un vendedor de helados.

Sí, ellos son el guionista W.Maxwell Prince (Ice Cream Man, Swan Songs, Judas: The las days…) y el dibujante argentino Martin Morazzo (She could fly, Snowfall, Art Brut…) que han creado una historia super original, sazonada con una pizca de ironía y en la que vamos a ver varias facetas de Superman que nos eran desconocidas, como los fragmentos pertenecientes a Krypton.

Ha sido tal el éxito de esta miniserie, que el tándem se ha enmarcado desde hace algunos meses en narrarnos una nueva historia protagonizada por uno de los personajes más enigmáticos del Universo DC, Deadman.


Ahí es nada.


Diario de Cadiz


martes, 18 de agosto de 2026

‘Ulises y Cyrano’: la cocina francesa y las heridas de la Segunda Guerra Mundial en uno de los mejores cómics del año

El volumen de los guionistas Antoine Cristau y Xavier Dorison y el dibujante Stéphane Servain es un tebeo sorprendente, que ofrece una mezcla temática tan improbable como conseguida


Página del cómic 'Ulises y Cyrano', de los guionistas Antoine Cristau y Xavier Dorison y el dibujante Stéphane Servain. NORMA EDITORIAL


Guillermo Altares


17 AGO 2026 


La colaboración con los ocupantes nazis durante la Segunda Guerra es todavía una herida dolorosamente abierta en Francia. No solo apareció en la campaña de las últimas elecciones presidenciales, con el negacionismo del candidato ultra Éric Zémmour, que sostuvo que el régimen filonazi de Vichy salvó a los judíos franceses (olvidándose que colaboró en las deportaciones más allá incluso de lo que exigían los alemanes). Es también un tema central del último libro de Emmanuel Carrère, Koljós (Anagrama), porque la madre del escritor, la académica Hélène Carrère d’Encausse, vivió gran parte de su vida con miedo a que se supiese el gran secreto familiar: que su padre había sido un colabo, asesinado por la Resistencia en 1945 (el escritor lo reveló en un libro anterior, lo que provocó un profundo cisma). Además, uno de los grandes éxitos de taquilla en Francia en 2026 ha provocado un intenso debate entre historiadores sobre la exactitud de la película Les Rayons et les ombres, que relata la vida del empresario Jean Luchaire, fusilado en 1946. Es como si el fango y la vergüenza de la colaboración siguiese pringando el presente de la vida cultural y política francesa.

Este tema inagotable aparece, de manera sorprendente, en uno de los mejores cómics franceses de los últimos años, Ulises y Cyrano (nada que ver con los personajes de Homero y Edmond Rostand). ¿Se puede hacer un tebeo que mezcle la cocina francesa con la depuración de los colaboracionistas y que, además, incluya un drama familiar, el relato de una amistad insólita entre dos personas que vienen de mundos muy lejanos y una historia de amor? Los guionistas Antoine Cristau y Xavier Dorison y el dibujante Stéphane Servain lo han logrado con este cómic que, cuando se publicó en Francia en 2024, ganó tanto premios para libros de cocina (incluye unas cuantas recetas al final) como galardones de novela gráfica.

Dibujado con una expresiva línea clara, coloreado con brillantez y con un trabajo documental enorme para reflejar no solo la Francia de los años cincuenta, sino la forma en que se cocinaba en aquella época, Ulises y Cyrano cuenta la historia de un joven que se refugia con su madre en una casa de campo, cuando su padre, un industrial millonario, es acusado de haber colaborado con las autoridades de Vichy (y por lo tanto con los ocupantes nazis). Allí entablará amistad con un cocinero genial, con un carácter tan intenso que fue capaz de quemar su propio restaurante (no es un spoiler, se cuenta en las primeras páginas), y descubrirá que la cocina es la pasión de su vida, aunque tenga que hacerlo a escondidas porque su padre imagina un destino muy diferente para él.

El cómic idealiza, tal vez un poco demasiado, la vida rural en la Francia profunda, pero le salva la ironía y la frescura con la que sus autores envuelven temas eternos, desde el peso de la Historia sobre vidas individuales hasta el camino de alguien que trata de salirse de los caminos trazados por sus padres. El tebeo está lleno de guiños literarios y culinarios. Las relaciones dentro de la familia, por ejemplo, recuerdan a Los Thibault, ese enorme fresco de la Francia anterior a la Primera Guerra Mundial, del premio Nobel Roger Martin du Gard (que ha reeditado recientemente Punto de Vista). También encontramos ecos de grandes cineastas franceses, de Claude Chabrol a Louis Malle, de clásicos de la literatura popular como La guerra de los botones y, por qué no, hasta Ratatouille.

Pero, más allá del amor y la familia, dos temas se imponen por encima de los demás: la huella que la colaboración dejó en la sociedad francesa (algo que ocurre en cualquier país que se enfrente al mal absoluto, cuando se pueden tomar decisiones poco honrosas solo para sobrevivir o aprovecharse de la desgracia para enriquecerse). El otro es el inmenso placer de la cocina, como una de las señas de identidad de un país que quiere reconocerse culturalmente en los fogones. Ulises y Cyrano nos muestra que, tal vez, no están tan alejados.




Ulises y Cyrano 

Xavier Dorison / Antoine Cristau / Stéphane Servain

Traducción de Eva Reyes de Uña

Norma, 2026

172 páginas. 38 euros


Babelia 17 de agosto de 2026


domingo, 16 de agosto de 2026

Cien años de Goscinny, el padre de Astérix, Lucky Luke y El Pequeño Nicolás

El guionista que revolucionó el cómic, un genio que "siempre" quiso "hacer reír a la gente", nació el 14 de agosto de 1926 en París.


El guionista René Goscinny, a la derecha, con Maurice Bévere, dibujante de 'Lucky Luke'. / Efe

Agencias

14 de agosto 2026


Los irreductibles Astérix y Obélix, el vaquero Lucky Luke, que disparaba más rápido que su sombra, el malvado visir Iznogud de Bagdad o El Pequeño Nicolás... Todos esos personajes inolvidables de cómic salieron de la imaginación del guionista René Goscinny, un genio que revolucionó el universo del cómic y de cuyo nacimiento se cumplen este viernes cien años.

"Siempre he querido hacer reír a la gente", solía decir Goscinny, que con su humor y su ternura conquistó el corazón de medio mundo y vendió 500 millones de libros y cómics traducidos a casi 150 idiomas.

"Es uno de los autores, quizá incluso el autor francés, más leído en el mundo en el siglo XX", afirma a EFE Aymar du Chatenet, administrador de la Fundación René Goscinny y autor de numerosos libros sobre él.

Un humor internacional forjado entre Argentina, Francia y Estados Unidos

Detrás de este éxito internacional había un hombre tímido y un trabajador incansable, con una mirada cosmopolita forjada entre Francia, Argentina y Estados Unidos.

Antiguo despacho de Goscinny, hoy un instituto que recuerda al guionista. / Edgar Sapiña / Efe

Nacido en París el agosto de 1926 en una familia judía de origen polaco, siendo muy niño se trasladó con sus padres a Buenos Aires, donde pasó casi toda su infancia y adolescencia, una etapa que marcaría su humor, su imaginación y su manera de contar historias.

"Empezó su vida siendo un extranjero", explica Du Chatenet. Vivió, de hecho, "más tiempo en el extranjero que en Francia", lo que, a su juicio, se refleja en un humor "internacional, cosmopolita, todo menos provinciano. Un humor internacional que todo el mundo entiende".

Su estancia en Argentina también permitió a la familia Goscinny escapar del Holocausto, aunque muchos de sus familiares y amigos que permanecieron en Europa fueron asesinados durante la Segunda Guerra Mundial. Según la página oficial de Astérix, esa tragedia le acompañó durante toda su vida y dejó una profunda huella en su obra.

El nacimiento de Astérix

En 1943, tras la muerte de su padre, Goscinny emigró a Nueva York, donde empezó a abrirse camino en el mundo del cómic. En 1951 regresó a Francia, donde comenzó una colaboración decisiva con un joven dibujante francés con raíces italianas llamado Albert Uderzo.

Fruto de esa colaboración, el 29 de octubre de 1959 apareció en la revista Pilote la primera aventura de Astérix, el pequeño guerrero que resiste al Imperio romano gracias a una poción mágica.

La serie se convirtió rápidamente en un fenómeno editorial y dio proyección internacional a un humor basado en los juegos de palabras, la sátira y las referencias culturales. Goscinny y Uderzo crearon 24 álbumes convertidos en grandes clásicos del cómic.

Según Du Chatenet, Goscinny tenía un don para convertir los pequeños rasgos culturales en situaciones cómicas. Así ocurre con los españoles, británicos, corsos o suizos que aparecen en las aventuras de Astérix: "Ponía el dedo en su particularidad y tenía un talento extraordinario para convertir pequeñas cosas en cosas extremadamente divertidas".

Una influencia intacta

Goscinny escribió, además, los guiones de 36 álbumes de Lucky Luke junto a Morris, creó con Jean Tabary al visir Iznogud y, junto a Sempé, convirtió a El Pequeño Nicolás en un clásico de la literatura infantil.

Su secreto, según Du Chatenet, está en haber sabido captar comportamientos humanos que apenas cambian. "Es esa capacidad de captar las pequeñas cosas de la vida, la intemporalidad del comportamiento humano".

El Pequeño Nicolás es quizá el mejor ejemplo: "Hay decenas de miles de personas en el mundo que han aprendido francés con El Pequeño Nicolás, desde España hasta Seúl". Creado en 1959, "no ha envejecido", dice.

Goscinny murió el 5 de noviembre de 1977, a los 51 años, durante una prueba de esfuerzo médica, cuando todavía trabajaba en Astérix en Bélgica.

Casi cincuenta años después, sigue siendo una de las figuras más influyentes del cómic europeo y un referente del humor francés.


Diario de Cadiz