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El espejo y la lámpara
180 obras de Goya, bastantes de ellas desconocidas para el público español iluminarán en el Museo del Prado las sombras de la Ilustración
Texto: Mariano Navarro
Desde el próximo 6 de octubre, en que será inaugurada por los Reyes de España, hasta el 21 de diciembre, las salas del palacio de Villahermosa albergarán la muestra Goya y la Ilustración, la más importante y numerosa en obras de las dedicadas al artista en los últimos años. La exposición viajará posteriormente al Museo de Bellas Artes de Boston, donde permanecerá los meses de enero a marzo, y al Metropolitan de Nueva York, de abril a junio.
Sesenta cuadros, 70 dibujos y aproximadamente 50 grabados, procedentes del propio Prado, de museos de otros países y de colecciones particulares, se ofrecen al público español en el año en que se conmemora la muerte de Carlos III, el monarca ilustrado por excelencia, con un ambicioso pensamiento: mostrar a Goya en su contexto, reunir buena parte de la obra del maestro a la luz de las circunstancias históricas que la acompañaron —y tantas veces la condicionaron— y de la difusa voluntad de cambio que el pensamiento ilustrado pugnaba por introducir en la vida española de esos años cruciales". Es, pues, según las palabras de Alfonso Pérez Sánchez, director del Museo del Prado, un intento de resolución de una materia polémica: la del Goya ilustrado.
Polémica, en primer lugar, por el cúmulo de leyendas y verdades a medias que difuminan o tergiversan la personalidad, el carácter y algunos de los datos biográficos del artista aragonés. En segundo lugar, por las difíciles y crispadas circunstancias de la época que le correspondió vivir: "Una de las mas criticas de la historia europea, que abarca toda la segunda mitad del siglo XVIll y más del primer tercio del siglo XIX, época de profundos cambios, decisivos en la sociedad y en el pensamiento europeos, época de profundas crisis de remoción de las ideas y creencias tradicionales y de búsquedas y nuevas orientaciones para la convivencia humana", afirma uno de los más fieles estudiosos de Goya, Enrique Lafuente Ferrari. Influyen asimismo los vaivenes a que se vio sometida la Ilustración y los ilustrados en España y la propia ideología de los estudiosos de la obra de Goya y de su tiempo.
Si atendemos a lo que nos deparan los datos biográficos, en su caso nunca excesivamente relevantes y para los que disponemos de muy escasas declaraciones tajantes del artista, destaca sobremanera el reseñado por Pérez Sánchez en el catálogo de la muestra: "Goya se mueve en su madurez entre personalidades comprometidas muy directamente en esa lucha por la renovación de la vida española".
Ese vagabundear por los aires de la Ilustración guió al artista hasta su muerte en el exilio de Burdeos y le hizo compartir los honores temporales y las desgracias de sus compañeros. Destaca esa madurez porque lo que parece inequívocamente cierto es que el pintor no recibió en Zaragoza una educación demasiado esmerada. Tampoco parece, pese a los poquísimos hechos concretos que se conocen, que ni sus primeros viajes a Madrid -en 176, justo cuando el célebre motín de Esquilache- ni su viaje a Italia le deparasen más que sucesivos fracasos en su empeño por obtener un premio de la Academia y un tantas veces afirmado como negado tercer premio en un concurso de la de Parma por un cuadro actualmente perdido. Ambas estancias, eso sí, han contribuido a la leyenda poniéndole unas veces en trance de perder la vida; otras, a punto de cobrar la de sus enemigos, y otras más encumbrándole a las cúpulas de las iglesias romanas para grabar en ellas su firma.
Es así que los primeros contactos de Goya con los ambientes ilustrados se produjeron después de su instalación definitiva en Madrid, cuando, protegido por sus cuñados Francisco y Ramón Bayeu, con quienes tanto disentía, y distinguido en sus dotes por Antonio Rafael Mengs -el pintor favorito de Carlos III, cuyo más famoso retrato pintado por su mano abre la exposición-, entró al servicio de la casa real como pintor de cartones para tapices en la fábrica de Santa Bárbara. Tenía entonces 29 años.
Destacan esas personalidades muy comprometidas, porque lo cierto es también que en 1778 conoció a Gaspar Melchor de Jovellanos, considerado justamente como una de las figuras vertebrales de la Ilustración española, con quien le unió una profunda amistad hasta la muerte del estadista en 1811 y por cuyo concurso y protección entró al servicio de las principales casas nobles y liberales del país y trabó conocimiento con los pensadores, literatos y juristas más fieles a la causa que defendían. Los nombres de don Luis de Borbón, de Ceán Bermúdez, de Cabarrús, de Meléndez Valdés o de Moratín dan fe de ese compromiso.
Si atendemos a la historia de su época, es inevitable destacar que durante la vida de Goya España perdió la condición de imperio casi todopoderoso que poseía cuando nació. El reinado de los Borbones, la Revolución Francesa, la guerra contra Inglaterra y su desfavorable resultado, Napoleón, la Guerra de Independencia, constituyen elementos suficientes para enmarcar los cambios, las subversiones y las reacciones que ensombrecieron sus años. Una frase de Georges Bataille centra, con su lucidez, la cuestión: "Goya y Sade son contemporáneos".
Por lo que respecta a los avatares de la Ilustración en España, basta con señalar el calificativo de "difusa" atribuido por Pérez Sánchez a su voluntad de cambio, y también, pese a las dificultades que se viese obligada a asumir, la decadencia y corrupción de la Corte y buena parte de los políticos, la temible influencia de la Iglesia y del puño represor de la Inquisición, la miseria económica del país, devastado por la rapiña y por los gastos bélicos, el analfabetismo de la gran mayoría de la población y, frente a todo ello, con una virulencia hasta entonces desconocida, pero también con una enorme debilidad en su base, el hambre de libertad y de mejora que como un sólido fantasma recorría Europa y en ella a España.
Bea Lema, dibujante: “Lolita’ me resultó demasiado incómodo y desgarrador”
En pocas palabras
La autora ha trasladado al cortometraje su libro ‘El cuerpo de Cristo’, por el que recibió el Premio Nacional de Cómic en 2024
Alberto Vázquez
Babelia
La dibujante Bea Lema (A Coruña, 1985) ha trasladado al cortometraje su libro El cuerpo de Cristo (Astiberri), por el que recibió el Premio Nacional de Cómic en 2024. La película se proyecta la semana que viene en Madrid, en el marco del Festival Anfibia.
¿Cuál es la principal diferencia entre contar una historia en cómic y en cine? El ritmo de la narración. El cómic es un medio mucho más libre, el lector puede decidir qué tiempo le dedica a cada página, retroceder y avanzar a su antojo. Pero en el cine se han de respetar algunas normas para que el espectador no se pierda.
¿Qué cómic le hizo querer dedicarse a esto? Más que un cómic, fue todo el trabajo de Alberto Vázquez. Él ha hecho cómic, ilustración y animación. Cuando lo conocí, me fascinó su mirada cómo artista y si tuviera que quedarme con uno de sus cómics sería El Evangelio de Judas.
¿Cuál ha sido el último que le ha gustado? En vela, de Ana Penyas.
¿Qué cómic ajeno le habría gustado firmar? Frances, de Joanna Hellgren.
¿Quiénes son sus tres autores de cabecera? La lista podría ser infinita, pero en ella estarían Power Paola, Alberto Vázquez y Delphine de Vigan.
¿Se considera más historietista o ilustradora? Prefiero la palabra “dibujante”, abarca todo lo que hago. Incluso cuando bordo el dibujo es la base.
¿Cuál es la mejor crítica que ha recibido? No me acuerdo. No le doy demasiada importancia a las críticas, ni a las buenas ni a las malas. Pero me hizo mucha ilusión que una alumna de literatura de la Sorbona hiciera un trabajo donde comparaba mi cómic con Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan. Un libro que fue un referente para mí. Me pasó algo parecido con otras alumnas de una Universidad en Siberia. Que mi trabajo traspase fronteras no deja de sorprenderme.
¿Y la más demoledora? Supongo que las que cuestionan si sé dibujar. Los amantes del cómic clásico no siempre valoran positivamente lo que se sale de ese canon. Está bien así, no le podemos gustar a todos.
¿Qué libro tiene abierto en su mesilla de noche? La vida alrededor. Cuando tu día a día gira en torno a un adicto, de Antonio José Molero y Elena Benítez Cruz. Editado por Yonki Books.
¿El que más veces ha regalado? Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan.
¿Uno que no pudo terminar? Lolita, de Nabokov. Me resultó demasiado incómodo y desgarrador.
¿Qué pieza musical escogería como autorretrato? Fondu Autumn Leaves, de Lisa Harris.
¿La que suena en bucle en su cabeza? Platero, de Israel Fernández.
¿Cuál es la película que más veces ha visto? Una mujer bajo la influencia, de John Cassavetes.
¿Una que le recuerde a su infancia? Los Teleñecos en Cuento de Navidad, dirigida por Brian Henson.
¿La última serie que vio de una sentada? Kids in Crime.
¿En qué museo se quedaría a vivir? En la Halle Saint Pierre de París. Es un museo de art brut, con una librería especializada y una cafetería. Todo en un antiguo mercado acristalado. Me encanta.
¿Cuál es el suceso histórico que más admira? Diría que el movimiento antipsiquiátrico. Cuestionó la raíz de la psiquiatría tradicional, denunciando que los hospitales psiquiátricos funcionaban como herramientas de control social coercitivo y aislamiento, en lugar de espacios de curación. Este movimiento fue el principal motor para el cierre de los manicomios. El libro Nueve nombres, de María Huertas Zarco cuenta maravillosamente bien como se llevó a cabo este proceso en el hospital de Bétera en 1974.
¿Qué está socialmente sobrevalorado? La búsqueda del constante crecimiento. Hacer muchas cosas, ser productivo, no parar. Todas las ideas alrededor de optimizar el tiempo sin dejar lugar para el descanso, el vacío o la contemplación.
¿Qué encargo no aceptaría jamás? Cualquier en el que tuviera que representar algo contrario a mis valores.
¿Qué autor/a de cómics se merecería un premio Nobel? Art Spiegelman, el autor de Maus.
De haberse dedicado a otra profesión, sería… Bailarina.
Babelia
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