martes, 20 de octubre de 2026

La muerte erótica: Sabina Spielrein y la dinámica de la sombra

Tribuna Libre

La psiquiatra rusa fue paciente, alumna y amante de Jung y, cuando se produjo la ruptura entre ambos, protegida de Freud. Anticipó conceptos como el ánima, la sombra y la pulsión de muerte, de los que se apropiaron sus maestros


Un fotograma de la película 'Te doy mi alma' (2002), de Roberto Faenza, sobre la relación de Sabina Spielrein, Carl Jung y Sigmund Freud.

TCD / Prod.DB / Alamy / CORDON PRESS


Juan Arnau

25 ABR 2026

En tiempos de guerra asoma el dios de la destrucción. Una divinidad difícil de creer, que aparece también en el homicidio, el envejecimiento o la desesperación del suicida. De ahí que las personas razonables, al constatar la insidiosa presencia del sufrimiento y la muerte, la nieguen. Hay una sensibilidad en el ateo, que se traduce en el rechazo de este embajador de la muerte, que no puede existir y, si lo hiciera, mejor sería renegar de él. Una actitud inherente al candoroso dualismo occidental: Dios puede crear, pero no destruir. Nos cuesta admitir que la destrucción sea algo divino. No ocurre eso en la India, que asume con naturalidad que todo lo que nace tiene que morir. La fuerza que mueve el cosmos asume tanto la creación como la destrucción, que es un trabajo tan divino como la generación espontánea de la vida y la luz.

Esa divinidad destructiva no está ahí fuera, está en la mente. Sabina Spielrein, psiquiatra rusa que había conocido “la tierra de los muertos” lo advirtió. La importancia de esta mujer en la historia del psicoanálisis (la magia singular de la sanación mediante la palabra) es incuestionable. Sabina Spielrein fue paciente, alumna y amante de Jung y, cuando se produjo la ruptura entre ambos, protegida de Freud. Adelantó conceptos como el ánima, la sombra y la pulsión de muerte, de los que se apropiaron sus maestros (reacios a citarla públicamente, aunque en privado admitían su influencia). Spielrein había conocido la esquizofrenia, entonces llamada demencia precoz, cuando fue internada con 19 años en la clínica de Zúrich donde trabajaba Jung. Fue tratada con el método psicoanalítico y el eros la curó. Se enamoró de Jung y se convirtió en su amante. Juntos hacían “poesía”. El resto de su vida se esforzó por librarse de esa influencia. Más tarde se doctoró en psiquiatría y se convirtió en la primera mujer del círculo psicoanalítico de Freud. En esa época publica un artículo sobre la “dinámica de la sombra”. Hay una pulsión de destrucción inherente al proceso creativo. Eros convoca a Tánatos, que impulsa una transformación radical, a veces a costa de la propia integridad. La sombra no es un mero residuo inconsciente ni un conjunto de factores reprimidos, sino uno de los polos de la pulsión creativa de la psique, que crea la tensión entre la necesidad de conservar el yo y la de disolverlo para crear. La muerte es un hábito del cuerpo.

En un nivel erótico, el otro no es solo objeto del deseo, sino también amenaza para la propia identidad. La sombra propia se proyecta en el otro como forma de autodefensa. Spielrein estudia esa pulsión destructiva en la infancia. El niño destruye el juguete para entender cómo funciona, o para crear uno nuevo. En el adulto esa tendencia sigue itinerarios más complejos. Uno puede arruinar una relación para no verse atrapado en la dependencia, o autosabotear su éxito por miedo a perder la identidad previa. El inconsciente genera el fracaso para recuperar su tensión interna. Cuando un deseo se cumple, la energía que lo sostiene se disipa y con ella su vitalidad. “Algunos neuróticos que temen la relación sexual porque con la emisión de semen se pierde parte del individuo”. La consumación del acto tiene un componente depresivo: el esperma como excremento. El deseo incumplido mantiene la tensión. Schiller lo advirtió: “Sólo lo que no ha ocurrido no envejece”. Saboteamos el logro para mantener vivo el deseo. Ese es el cometido de la sombra. Un rayo de tiniebla, dirían los místicos.

“El arte es un complejo que se ha independizado y cuyo impulso salvaje tiene la máxima necesidad de expresión. Cuando el artista crea no es por comunicarse con otros. El complejo quiere salir, nada más”. Lo mismo se puede aplicar a las teorías que surgen del inconsciente del genio científico. La destrucción es también estrategia creativa y evolutiva. De ahí la desconfianza en la acumulación del conocimiento. Spielrein adelanta ideas de Paul Feyerabend. La ciencia no consiste tanto en descubrir lo que está ahí, como en inventar y crear. Lo que conmueve aspira a ser compartido. La disolución y asimilación de una experiencia “personal” cobra forma en la obra de arte y en la teoría científica. Lo personal se transforma en experiencia de la especie, el yo en nosotros. Vivimos en una mente extendida y compartida. Los científicos de vanguardia que no hacen “ciencia normal” (en el sentido de Kuhn) son verdaderos artistas. Y como tales no siguen un método, sino sus propias intuiciones.

Las ideas de Spielrein están presentes en varios libros de reciente publicación. En Catafalco (Atalanta), Peter Kingsley explora de un modo hipnótico y envolvente al Jung más visionario. Stefan Zweig presenta una hagiografía: Freud (Bauplan), donde el ataúd es símbolo del vientre materno. La hipnoterapia del trance (Herder), de Giorgio Nardone, nos presenta la magia de la hipnosis como un viejo y desacreditado microscopio de la psique. Eucaristía en el infierno (El hilo de Ariadna), es un audaz viaje imaginal del psiconauta Antonio de Diego por los Libros negros del Jung más chamánico. Todos estos libros hablan del paradigma de la “mente extendida”. A diferencia del cuerpo, la mente carece de contornos. Tanto la memoria como el deseo, el lenguaje o la percepción (esencias de lo mental), son fenómenos extendidos que desbordan al cuerpo. Por eso explicar la mente desde el cuerpo es insuficiente. Por mucho empeño que ponga el materialismo que domina las neurociencias de hoy.


Babelia Núm. 1.796 Sábado 25 de abril de 2026



lunes, 19 de octubre de 2026

Quino en El Pais Semanal

 


El Pais Semanal Núm. 1.171 Domingo 7 de Marzo de 1999

El mundo contra mí

La Hora del Bocadillo

Albert Monteys lleva a las páginas de cómic una de las grandes novelas contemporáneas con el talento que le caracteriza



José Luis Vidal

11 de octubre 2026

Trasladar a viñetas los textos de un autor no es tarea sencilla, y más cuando en esta los numerosos diálogos tienen una importancia vital, así que la calidad de esta adaptación es aún mayor, ya que Monteys, que ya se enfrentó a una esta misma tarea con Matadero Cinco, esta vez junto al guionista norteamericano Ryan North, ha sabido meterse en la cabecita de este peculiar personaje y salir victorioso de la tarea.

Y es que Ignatius J. Reilly es un tipo, digamos, de lo más curioso. Ya solo su pinta te llama la atención, y seguro que volverías la cabeza si te lo cruzas por la calle para poder verlo mejor: un llamativo gorro con unas orejeras que parecen tener vida propia, enorme chaquetón de cazador que se quita en muy pocas ocasiones, ya que se siente protegido con él puesto y una bufanda para proteger su garganta de las inclemencias del tiempo en su ciudad, New Orleans.

Una urbe en la que, acompañado por su sufrida progenitora, Irene, y debido a su actitud y planta, se convierte en el objetivo de un policía poco hábil en sus tareas, ya que entre una multitud de viandantes, precisamente es Ignatius el que le llama la atención, etiquetándolo como sospechoso.

La algarada que se forma en el lugar llevará al oficial Mancuso a vivir un auténtico vía crucis en las siguientes semanas para demostrarle a su comisario que no es un completo y total inútil.

Y hablando precisamente de inutilidad, este calificativo se forma en la cabeza de Irene a medida que ver pasar el tiempo e Ignatius, que además de tener estudios universitarios que no aprovechó, se jacta siempre de poseer un intelecto superior a la mayoría de sus congéneres, pero que al final, como vamos a poder comprobar a través de sus peripecias, lo que lo caracteriza es una vagancia total y una cara de lo más pétrea, que siempre que se ve acosado por los reproches utiliza su válvula pilórica como excusa.

Si no, que se lo digan a sus compañeros en la empresa Pantalones Levy, donde además de dar un palo al agua, se convertirá en airado líder de una rebelión obrera que culminará de la manera más caótica posible, como no podía ser de otra manera con Ignatius implicado en ella…

Entre problema y problema, el flemático protagonista aprovecha sus largas horas de asueto para redactar soflamas laborales, aplicando su propia y particular filosofía. Eso sí, nunca las firma con su nombre, no sea que se busque un problema.

Historia coral, a lo largo de sus páginas vamos a ir conociendo a su poblado dramatis persoane: desde los trabajadores del bar de alterne Night of Joy, como Jones el barrendero, que no se quita las gafas de sol ni para dormir; Darlene, una inocente prostituta o Lee, la propietaria, que guarda algún que otro secreto.

También tenemos al señor Levy y su esposa, que siente una devoción y especial preocupación por la Srta. Trixie, una anciana que vive absolutamente en su mundo, y que ‘trabaja’ en la fábrica de pantalones junto a su encargado, el sufrido Jones.

O el propietario de Longanizas Paraíso que, desesperado por la falta de trabajadores, tiene la ‘genial’ idea de poner a Ignatius en la calle a vender perritos calientes, hecho este que no solo no reportará ningún beneficio a la empresa, sino que contribuirá a que el negado trabajador gane bastante peso.

No quiero olvidarme de alguien, aunque él no la trate demasiado bien, muy especial para Ignatius. Se trata de su antigua compañera de universidad Myrna Minkoff, una chica que no tiene muy claro qué ser en la vida, directora de cine, activista política…

Su autor, el prematuramente desaparecido John Kennedy Toole, los mete a todos en una imaginaria coctelera, creando una obra que rebosa genialidad, humor, ironía en todas y cada una de sus páginas.

En fin, esta es una genial historia, dotada de un sentido del humor que desafía a los más estoicos del lugar, ya que las disparatadas situaciones que el protagonista provoca van a ir embrollando más y más la trama, mezclando con genialidad a todos los personajes que orbitan alrededor de Reilly.

Y todo ello resuelto con talento por uno de los grandes autores de cómic con el que contamos en nuestro país, Albert Monteys.

Diario de Cadiz


Vida y olvido de Mercedes Formica

Alicia Pena rescata en 'Mercedes Formica. La reformica' la figura de aquella intelectual valiente que acabaría erosionada por el alzheimer

La novela gráfica. / D. S.


Javier González-Cotta

11 de octubre 2026

En realidad, la editorial Renacimiento sí ha publicado la obra toda de Mercedes Formica-Corsi Hezode (Cádiz, 1913-Málaga, 2002), quien fuera jurista, novelista y formidable defensora de los derechos de la mujer en España bajo la larga noche de Franco. En sentido estricto no ha sido olvidada en cuanto al rescate de su obra (sobre todo sus tres tomos de memorias recogidas en Pequeña historia de ayer o su novela Monte de Sancha, ambientada en la Málaga de la guerra civil).

Así y todo, a diferencia de Clara Campoamor o de Victoria Kent, Mercedes Formica quedó difuminada y hasta orillada entre el progresismo democrático por haber pertenecido a Falange Española, lo que la convertiría en una heterodoxa sin ubicación en el canon del cainismo español. Nunca renunció a los postulados sociales y revolucionarios de la primera Falange. Repudió desde primera hora la unión decretada por Franco entre tradicionalistas y falangistas. Ella lo llamó “el albondigón”, donde el pensamiento de José Antonio quedó diluido bajo el hálito franquista. Sólo dio su conformidad a las medidas sociales que el franquismo llevó a cabo en la oscura década de los cuarenta (la creación del Instituto Nacional de la Vivienda, la puesta en marcha de universidades laborales o la actividad reconstructora a través de Regiones Devastadas).

Esta hermosa novela gráfica, obra de Alicia Pena y con prólogo de Anna Caballé, vuelve a rescatar la figura de aquella intelectual valiente que acabaría erosionada por el alzheimer. La sedación de los recuerdos y los traspiés de identidad forman parte de esta historia reconvertida en viñetas por Alicia Pena. Una ya anciana Mercedes conversa en su piso de Málaga con una joven que acude para cuidarla y para charlar con ella mientras los grumos del alzheimer lo permiten.

Cádiz, Sevilla, Málaga, Madrid y de nuevo Málaga. La vida de Mercedes Formica (sería una las tres únicas abogadas ejercientes en Madrid), fue la de una lucha por liberar a la mujer de toda atadura jurídica respecto al régimen conyugal. Se enfrentó a la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera al no soportar la idea que la institución tenía acerca de la mujer sumisa y sometida al dilecto. Su feminismo batallador en el Código Civil (de ahí la ley conocida como “la reformica”), su interés parejo por la infancia, su elegancia natural y su cultivo personal e intelectual sin sesgo de ideología, marcarían su trayectoria profesional, periodística y literaria.

Conocida es la controversia creada en Cádiz, su ciudad natal, cuando el otrora alcalde José María González “Kichi” decidió retirar el busto que la abogada y escritora tenía en la Plaza del Palillero aduciendo que no merecía tal honor por su pasado falangista. Ocurrió en 2015. Como sugiere Anna Caballé, la indigencia intelectual de ciertos vates y vatas (ellos y ellas) evidencia “una desenvuelta y desafiante ignorancia que ha venido a ocupar el lugar del conocimiento histórico”.


Diario de Cadiz


domingo, 18 de octubre de 2026

La tragedia griega desde la visión del soldado Esquilo

Marta González González propone releer al autor griego, uno de los grandes tragediógrafos junto a Sófocles y Eurípides, como testigo de la violencia bélica y las guerras de devastación en Maratón y Salamina





Estatua del poeta griego Esquilo.

Zoonar GmbH / Alamy / CORDON PRESS

Manel García Sánchez

13 JUN 2026

Imaginen que Cervantes o Tolstoi hubiesen querido que en su epitafio se recordase que habían luchado en Lepanto o Crimea o que las últimas voluntades de los epitafios de Hemingway o Orwell hubieran sido que vivieron en primera persona la Guerra Civil Española. No son pocos los ejemplos de escritores-soldados, escritores-enfermeros o escritores-corresponsales, entre otros Descartes, Nietzsche, Wittgenstein, Jünger o Pérez Reverte. Lo inverosímil, como en la buena literatura, es realidad en Esquilo (525-456 a.C.), que no quiso ser recordado en su epitafio por ser el padre de la tragedia ática, sino por haber combatido contra los persas en Maratón.

Marta González González propone una relectura novedosa de Esquilo al ampliar el angular desde la consagrada condición de miembro de la tríada de grandes tragediógrafos formada por él, Sófocles y Eurípides, hacia una dimensión más traumática, vivencial y tan clásica como las otras tramas de sus tragedias: la de testigo —y en cierto modo cronista, si pensamos en su única tragedia histórica, Los persas— de la violencia bélica y las guerras de devastación. Un mérito no menor del ensayo es incorporar la perpectiva de género, porque no siempre es la misma la suerte de los hombres y las mujeres en la guerra, y como defiende la autora, aquí hay tema de reflexión porque ellas, mujeres y niñas, si no son, como los varones, exterminadas, son dominadas y explotadas como cautivas de guerra.

La tesis central del volumen es inequívoca: Esquilo no solo dramatizó luchas míticas, sino que articuló una poética de la guerra —como antes Homero en la Ilíada con la bella muerte de Aquiles o Héctor y el trágico destino de Andrómaca o Hécuba— profundamente marcada por su experiencia como combatiente en Maratón y Salamina. González González sitúa ese episodio biográfico en el epicentro de su interpretación, defendiendo que las tragedias de Esquilo, como género ciudadano por excelencia, de la totalidad de la polis, definen un espacio simbólico del trauma colectivo que nos invita también a reflexionar sobre el enigma de lo que el espectador se llevaba consigo a casa de estos espectáculos. No tratan las tragedias únicamente del drama de héroes y de dioses, sino de los aciertos y errores, de elecciones afortunadas o desafortunadas, de la vulnerabilidad del ser humano y de esa pasión irracional por la voluntad de poder que destruye vidas, devasta y arruina comunidades cívicas.

Marta González González es una reconocida especialista de los estudios de género en nuestro país y alguien desconfiará por ello de que su libro preste demasiada atención a las voces subalternas, las de las mujeres en particular. Nada más a ajeno a la verdad porque su enfoque es ecuánime desde el principio, incluso cuando denuncia una cierta tendencia a exagerar las polaridades masculino/femenino en los análisis de los textos de la Antigüedad. Sin desatender la dimensión política o religiosa de las tragedias, la autora destaca cómo figuras como Casandra, las suplicantes o las mujeres de Tebas, deben ser vistas también en su rol de portavoces de los vencidos. En este sentido, el ensayo analiza la perspectiva de las víctimas, destacando cuestiones como la violencia sexual, el exilio o el duelo, pero sin caer en lo que lúcidamente Pascal Bruckner ha denunciado como el mal hábito de nuestra sociedad victimista de convertir a la víctima en héroe y erigir el sufrimiento en valor supremo en detrimento de los verdaderos desgraciados.

Una estructura que alterna capítulos temáticos con otros centrados en tragedias concretas nos muestra que Esquilo fue un poeta de la guerra porque supo analizar las contradicciones morales del conflicto y el dolor del enemigo o la suerte del vencido. Quizás se podría objetar a la autora que se mueve más cómodamente en el ámbito de la historia cultural que en de la historia político-militar, pero su honesto enfoque nos enseña a descubrir en la lectura de Esquilo un ejercicio de empatía, algo que en su tiempo se definió como simpatía o capacidad de sentir o sufrir con el otro.

Al interpretar humanamente a Esquilo como un autor profundamente marcado por la experiencia de la guerra, se lo convierte en un lúcido interlocutor para comprender esa nada complaciente propensión del ser humano, como diría Heráclito, en hacer de la guerra el padre y el rey de todas las cosas.




Esquilo: poeta de la guerra

Marta González González

Alianza Editorial, 2026

304 páginas. 13,95 euros


Babelia Núm. 1.803 Sábado 13 de junio de 2026




viernes, 16 de octubre de 2026

Cuatro comidas pesadas por Maitena

 


El Pais Semanal 

‘El lago de la creación’, de Rachel Kushner: la humanidad involuciona, y la culpa es de los ricos

La escritora firma una potente novela de espías existencial en la que dispara contra el conservadurismo extremo de la época, el más feroz de los lobos


Rachel Kushner. SCIAMMARELLA



Laura Fernández

20 DIC 2025

Bruno Lacombe es un ideólogo, una suerte de Nuevo Mesías, el tipo que ha entendido que el capitalismo no se puede desmantelar, que lo único que podemos hacer para librarnos de él es apartarnos. ¿De qué? De la vida como lleva siendo entendida desde que el Homo sapiens sustituyó al neandertal, y permitió a nuestros prehistóricos antepasados abandonar las cuevas y empezar a demostrar de qué forma éramos mejores que los demás, cómo nuestro césped siempre es más verde que el del vecino —o debería—. Bruno Lacombe vive en un cobertizo y desde allí predica Su Palabra en filosóficamente pomposos —puro narcisismo desatado— correos electrónicos que envía a sus adeptos —a los siguientes en la cadena de mando de su peculiar secta ecorradical afincada en la campiña francesa— y que la protagonista de la nueva novela de Rachel Kushner (Oregón, Estados Unidos, 57 años), Sadie, Sadie Smith, está leyendo a escondidas. ¿Por qué? Porque Sadie es una espía. Pero una que hizo algo terriblemente mal y fue despedida del Gobierno. Ahora se dedica a trabajar para misteriosos clientes externos de los que nada sabe, ¿y no es eso peligroso?

Aquello alrededor de lo que gira la novela, una bomba meticulosamente construida —el destilado de las frases de Kushner persigue la perfección que ha hecho único a Don DeLillo, pero en su caso, es una perfección no flotante, sino en extremo arraigada a la tierra—, es la perdición, es decir, la Humanidad está por completo perdida, prácticamente desaparecida en un ir y venir de mensajes contradictorios —eso que se ha dado en llamar el turbocapitalismo, y que Lacombe prefiere considerar un capitalismo tardío, crepuscular, desesperado—, y para encontrarse, está dispuesta a dar un par de millones de pasos atrás y volver a las cuevas. No la humanidad al completo, por supuesto, sino el tal Lacombe y su corte de seguidores. Un tipo en exceso privilegiado —un rico, un alguien sofisticado, clasista— que considera a los thales —así llama a los neandertales— sus iguales. No había en ellos, dice, la sed capitalista que dominó desde el principio, dice, a los Homo sapiens, ese querer ser mejor todo el tiempo, y aplastar al otro.

No admite Lacombe, ni siquiera se plantea, en esos correos electrónicos aceptados en la cueva, que nada de lo que le ha llevado a pensar así, a siquiera pensar, existiría sin esa ansia de progreso. Entiende el progreso como un atraso, y he aquí la flecha —el nido, en realidad, de ellas— que Kushner —no olviden, autora de Los lanzallamas, activista, a su manera, de un despertar de la conciencia ante la injusticia pasada, presente y futura— dispara contra el conservadurismo extremo de la época. Un conservadurismo que se presenta como un cordero al que el lobo trata de zamparse cuando es el más feroz de los lobos o, mejor, de los buitres, pues se alimenta de lo ya muerto, en el caso de Lacombe, de lo muerto hace millones de años, la especie no conectada y no superviviente, vendida como una exquisitez dedicada únicamente al pensamiento en sus cuevas, a solas, en una hipotética ucronía utópica. La mirada cínica y poderosa de la descarriada agente Smith convierte la aproximación a semejante burbuja en un apasionante tira y afloja metafísico existencial (muy muy terrenal).

He aquí, pues, una novela de espías en la que el objeto de estudio no es único porque, en un juego de espejos tan sutil que se vive como un viaje lector, la propia Sadie se disecciona a sí misma o a aquello que queda de ella después de haber sido invadida por su condición de espía, o pieza de una sociedad en la que ella misma no tiene tiempo de pensar, porque ¿qué es su vida sino servir a sus clientes? Hasta sus relaciones personales —el sexo, ningún tipo de amor— están marcadas por aquello que no puede dejar de ser, es decir, algo usable, un producto más del sistema que, desde la cueva, Lacombe critica. Sí, la reflexión está servida. Y es intensa. Y también muy divertida.



El lago de la creación

Rachel Kushner

Traducción de Javier Calvo

AdN, 2025

448 páginas. 21,95 euros


Babelia Núm. 1.778 Sábado 20 de noviembre de 2025