jueves, 14 de mayo de 2026

De hombres y cucarachas

De la mano de ese Genio llamado Will Eisner regresamos a la Avenida Dropsie


José Luis Vidal

08 de mayo 2026



Y lo hacemos para colarnos en sus vidas y comprobar que muchos de los problemas que en los años treinta padecían los habitantes de barrios marginales son perfectamente trasladables a nuestros días, lo que convierte al autor de este cómic (por si aún no nos habíamos percatado) en un auténtico visionario.

La mala vida que cubre a todos estos personajes como un invisible sudario nos lleva a conocer, en su dramatis personae, a Jacob Shtarkah, un carpintero que ha superado los cincuenta y que, de golpe y porrazo pierde su trabajo, con todo lo que ello puede conllevar en aquellos años en los que la pobreza y la crisis azotaba sin piedad a buena parte del pueblo norteamericano.

Rifka es su sufrida esposa, que siempre se está quejando de las pocas visitas que su hijo Daniel, médico, les hace. Y eso que Rebecca, la otra hija del matrimonio, que ya ha perdido la esperanza de casarse, aún vive con ellos.

Ellos aún no lo saben, pero en el devenir de sus existencias va a introducirse un elemento que hasta ahora ha sido ajeno a estas calles y manera de vivir. Su nombre es Elton Shaftsbury, hasta ahora un niño de papá, vástago de una familia con posibles que por su mala cabeza termina en medio de la calle vendiendo manzanas.

Muchos más personajes harán su aparición en estas páginas, en un curioso ejercicio de 'vidas cruzadas'. Gente como el inflexible rabino Bensohn, su enferma mujer Beckeleh; Aaron, un hombre mentalmente afectado; Angelo, amigo de Jacob, que verá como una oportunidad única llega a sus manos y no podrá rechazar el ofrecimiento de dos tipos que se mueven por los bajos fondos y utilizan métodos violentos para extorsionar…

Pero hay ocasiones en las que la vida parece darte una nueva oportunidad a la que agarrarse como un clavo ardiendo, y justo esto le sucederá a varios personajes de la trama, que ven cómo sus vidas pueden llegar a cambiar a mejor. Aunque, como ya todos sabemos, cada uno de nosotros y nosotras llegamos a la vida con un destino, y es prácticamente imposible variarlo, por lo que este relato, en el que el amor, la mentira, la mala suerte, la violencia y, sobre todo, el drama, es un perfectísimo ejemplo de la vida real vista a través de los ojos del magistral Will Eisner que, página a página, nos da una lección de cómo narrar gráficamente, con una historia que fluye con total naturalidad, saltando de una existencia a otra (incluso la de una obstinada cucaracha), con el apoyo histórico de esos recortes de periódico que, tan bien situados, nos abren los ojos a una complicada época.

Norma Editorial recupera por separado o reunidas en un pack una trilogía (Contrato con Dios, Avenida Dropsie, Ansia de vivir) que pueden considerarse dentro de su larga carrera el culmen de la genialidad y que, más allá de ser unas magníficas historias, se convierten en manuales para todo a aquel o aquella que quieran aprender las técnicas narrativas para realizar un buen cómic.


Diario de Cadiz



miércoles, 13 de mayo de 2026

El país del olvido

Acompañar a personas que padecen enfermedades neurodegenerativas no es tarea fácil


José Luis Vidal

09 de mayo 2026 



Después de quince años de insistencia, y tras muchos noes, Ètienne Davodeau consiguió que su pareja Françoise le permitiera compartir sus experiencias y trabajo junto a diversos casos, muchos de ellos Alzheimer, y plasmarlos en las viñetas de su siguiente obra con todo el conocimiento y responsabilidad necesarios para no herir susceptibilidades.

Una labor esta, la de acompañante, que no es para todo el mundo, ya que hay que tener una empatía total a la hora de observar ese pequeño resquicio por el que poder colarse y ayudar al enfermo en lo cotidiano, ya que en muchas ocasiones se muestra contrario a la presencia de una persona extraña en su vida.

Durante dos años, Ètienne entrevistará a Françoise, entrando imaginariamente en la vida de una serie de persona, todos y cada uno de estos casos diferentes. Y podrá ver lo gran profesional que es su pareja, que pone toda su pasión y conocimiento a la hora de ayudar, de acompañar y también, por qué no decirlo, aliviar del inmenso peso y dolor que se instala en el seno familiar cuando esta enfermedad ataca a uno de sus componentes.

Y lo más sorprendente es que la manera de acometer su labor se basa principalmente en dos cosas, toneladas de paciencia y el hallar con diferentes métodos la llave de esa puerta por la que entrar en el día a día de la persona, y poder caminar junto a él o ella, muchas veces en silencio, pero aportando un brazo en el que apoyarse ante el vacío al que se enfrentan, donde los rostros, los nombres y los recuerdos se van desvaneciendo.

El Sr. Saunier, las Sras. Marchand, Maleau, Viannot y Cédric serán los casos que vamos a compartir como espectadores, y resulta increíble y muy emocionante ver como en todos y cada uno de ellos, el método de trabajo de Françoise funciona.

Por supuesto, Davodeau no estará presente en ninguno de estos, contando siempre con la revisión constante de las páginas que va produciendo y que su pareja revisa en profundidad, no solo el retrato que hace de los pacientes, sino la manera de expresar términos, etc.

Pero habrá una única excepción en todos ellos en los que el autor sí que podrá entrar en el círculo familiar y ver como la implicación de sus miembros, en diferentes niveles, funciona a la perfección en todos los casos y, pese a que ya conocemos que por desgracia el final del camino está predestinado, este se le hace mucho más agradable a la persona.

La labor de documentación del autor es tan intensa que incluso llegará a viajar junto a Françoise a Canadá, para conocer las instalaciones de Carpe Diem, un lugar donde contemplará en primera persona los increíbles métodos de su alma mater y fundadora.

En fin, una obra esta que es muy necesaria, ya que en ocasiones nos resulta difícil empatizar con las personas que padecen este tipo de enfermedades. Es de agradecer la manera tan natural y efectiva con la que la pareja nos deja acompañarlos en este camino.


Diario de Cadiz


Jean-Baptiste Andréae

 

















































martes, 12 de mayo de 2026

Heavy Metal: The best of Richard Corben special Varios/Richard Corben Heavy Metal



Estoy convencido de que ni uno solo de los lectores del U de mi generación (o sea, todos aquellos que andan en estos momentos alrededor de los treinta años, lustro arriba, lustro abajo) ignoran quién es Richard Corben y lo que supuso para la industria del cómic español durante los años 80 debido a su abrumadora presencia en las revistas de Josep Toutain, especialmente en 1984 y en su sucesora Zona 84. Gracias a series como la fantaheroica Den, protagonizada por un musculoso guerrero calvo que combatía desnudo contra brujas y monstruos y tenía como rasgo físico distintivo un enorme (y cimbreante) pene, o la magnífica adaptación de Robert E. Howard Bloodstar, épica a no poder más, llena de planchas memorables, Corben se convirtió en una superestrella, un filón de oro que Toutain supo exprimir al máximo.

Aunque ahora resulte difícil de creer, visto lo poco conocido que es por los lectores de hoy en día, lo del filón no era sólo una metáfora. Corben daba dinero, y mucho, tanto que el mismo Toutain llegó a encargarle directamente álbumes que luego eran revendidos a la editorial Warren en Estados Unidos e incluso se le dedicó la mitad (estaban divididos en dos partes separadas por una historieta central) de uno de los fascículos de la Historia de los Comics que, como no, editó también Toutain; un privilegio reservado únicamente a autores de peso incontestable dentro de la historia del medio.

Yo tengo que reconocer que acabé harto de Corben o, más bien, harto de la agotadora propaganda de Toutain, empeñado en venderlo como lo más grande que le había pasado al cómic desde Will Eisner. Quizá fue eso, pero también porque, a que negarlo, con diecisiete años resulta mucho más atractivo ser fan de un ignoto dibujante de vete a saber donde que de un tipo sonriente con aspecto de leñador tejano que ¡horror! parece gustarle a todo el mundo.

Sin embargo, gracias a las historietas cortas que ha dibujado para varias antologías de DC como Batman Black and White o Weird War Tales, he vuelto a reconciliarme con Corben. Su dibujo me sigue pareciendo tosco, sus personajes (esas mujeronas de pechos enormes y esos hombres cabezones), a veces parecen la versión comiquera de los grotescos guiñoles del plus, y no hay duda de que coloreando -sobre todo ahora que utiliza ordenador y no su famosa técnica de colores superpuestos cuya mecánica jamás logré entender-, ha sido siempre un hortera; pero al releerle me han sorprendido varias cosas: que es un narrador de una eficiencia asombrosa, capaz de resolver con soltura el planteamiento más embrollado, y que, con todos sus defectos, es uno de los dibujantes más personales que ha dado la industria del tebeo, tanto que, probablemente, es uno de los pocos al que no puede ubicarse dentro de una tendencia o escuela concreta. De hecho, aunque puedan encontrarse rastros de su influencia en el trabajo de otros amantes de las musculaturas hipertrofiadas como Simon Bisley, la tremenda dificultad técnica de su páginas ha hecho que ni siquiera haya creado dicha escuela él mismo.

Frente al amaneramiento y la "finura" de compañeros de generación como Barry Smith, Kaluta o Wrightson, los dibujos de Corben (y sus violentas historietas) rebosan energía y dinamismo. En sus escenas de acción, milimétricamente coreografiadas, los rostros se contorsionan al recibir el impacto de un puñetazo, los puñales provocan riadas de sangre al clavarse, todo parece contagiado de brutalidad animal. Además, sus mujeres, bastorras, vestidas y peinadas como si hubieran escapado de un casposo casting de serie Z de los años 70, de una agresiva voluptuosidad que las hermana con las rotundas féminas de Robert Crumb, resultan mucho más atractivas en estos años 90 de top models andróginas y superheroínas siliconadas que hace una década.

Incluso su estridente color, una especie de expresionismo policromático dominado por ocres apastelados y tremendos contrastes de verdes y rojos que casi dañan la vista, parecen ahora de una enorme valentía y de una tremenda efectividad narrativa en un momento en el que los colores planos y la contención más "artística" parecen marcar la pauta del coloreado de las buenas historietas. En él todo es hiperbólico, descomunal, visceral, pero, después de digerir una de las minimalistas historietas de Chris Ware o Daniel Clowes, leer a Corben se convierte en un verdadero festín emocional, en un goloso atracón de irrefrenable gula visual.

Coincidiendo con mi epifanía, la revista americana Heavy Metal ha editado un especial de más de 100 páginas que recoge algunas de las historietas que dibujó Corben para las revistas de la Warren (Creepy, Eerie) y que aquí aparecieron publicadas en su mayoría en las revistas de Toutain, pero también en Vampirella, Rufus o las cutrísimas Delta y Dossier Negro. Curtido en innumerables fanzines, Corben comenzó a trabajar para Warren en los 70. Y se nota. Todas las historias de este álbum, que muestran a un Corben en un momento de transición entre el estilo caricaturista de su época underground y el hiperrealismo de sus trabajos posteriores, tienen un curioso saborcillo a cine macarra setentero, que, pese a deberle mucho en su planteamientos argumentales a los tebeos de la E.C. (abundan las fábulas apocalípticas, los relatos de terror con sorpresa final, y en todas predominan un tono sórdido, fatalista, desesperanzado) son, evidentemente, hijas de su tiempo. Mientras las leía lo que me venía a la memoria no eran las historietas de la E.C, si no las películas de John Carpenter, George A. Romero y Tobe Hooper o las producciones más demenciales de Roger Corman, el rey del pastiche, que, por decirlo de una manera fina, no se cortaba un pelo a la hora de "adaptar" ideas y conceptos ajenos de éxito probado, para, añadiéndoles algún toque personal, llevarlos sin problemas a su terreno. Y eso es exactamente lo que hacen aquí los guionistas de Corben (Bruce Jones, Bil Dubay, Gerry Boudreau y Greg Potter, entre otros): amalgamar ideas recogidas de casi cualquier sitio (Frankestein, El Exorcista, innumerables relatos y películas de ciencia ficción), y esperar que el resultado, una vez "corbenizado" no dé mucho el cante. Si al leer la historia de la chica que no para de crecer, la del Papa Noel asesino o la de la criatura artificial de buen corazón que sólo quiere que le dejen en paz y sin embargo es acusado de crímenes que no ha cometido, os parece que lo habéis leído antes, no os preocupéis, es que probablemente ha sido así. Pero de todos ellos los más interesantes son los guiones de Bruce Jones, que, además, es el autor de una de las pocas historietas cuya lectura ha conseguido siempre darme verdadero miedo.


Abre el álbum, se titula In Deep y cuenta la historia de dos náufragos que intentan sobrevivir en un mar infestado de tiburones. El pausado ritmo de las primeras páginas, con los náufragos pensando en como sobrevivir hasta ser rescatados, agarrados a un salvavidas y flotando a la deriva en un mar de inabarcables dimensiones, ignorantes de la que se les viene encima, resueltas intercalando planos generales y contrapicados con una serie de planos aéreos que cada vez se alejan más de los protagonistas, me sigue poniendo los pelos de punta.

Desgraciadamente, aunque ya digo que el contenido merece la pena, no puedo recomendaros que os compréis este especial porque, no es que la edición deje que desear, es que es sencillamente impresentable: la calidad del papel en el que se ha impreso y de la reproducción es ínfima, con lo que el color de muchas páginas tiene muy poco que ver con lo que pintó realmente Corben e incluso algunas viñetas se han convertido en cuadrados negros en los que no se distingue nada de nada. Pero, lo que ya no tiene perdón de Dios es que falten páginas de alguna historieta y que varias se publiquen censuradas.

Lo que si os recomiendo es que, armandoos de paciencia, os dediquéis a buscar las mismas historietas en sus dignas ediciones españolas. Es más fácil (y barato, al menos en Madrid y Barcelona) de lo que parece. Eso, o tener paciencia y esperar a que algún editor se anime a publicar de nuevo las obras clásicas de Corben en España. Seguro que para buena parte de la generación treinta y tantos que mencionaba al principio de este texto sería una buena noticia.

David Muñoz


U, el hijo de Urich #14 enero 1999