sábado, 2 de mayo de 2026

La nueva glaciación

Escrito por Álvaro Pons  8 abril, 2026



Hace ya casi una década, en el periódico El País, se publicaba un panorama de la situación del tebeo patrio que generó no poca controversia por su título: “la edad de oro del cómic español”, decía, y se recibió con alegría y estupor a partes iguales, y aunque se consideró en general exagerado, cierto es que muy pocos pasaron del titular para descubrir en el texto que se hablaba de una edad de oro para los lectores y una edad de hielo para la autoría, resaltando el abismo de diferencia que existía entonces entre una calidad creativa auténticamente explosiva en su brillantez y la precaria situación que vivían aquellos y aquellas que querían vivir de las viñetas.

Hoy, por desgracia, el calentamiento global no ha llegado a esa gélida glaciación que viven los autores y autoras de nuestro país, y lo máximo que se ha conseguido es certificar esa dolencia ya como patológica a partir de los pocos datos interesantes que aporta la oportunidad perdida que fue el Libro Blanco del Cómic Español publicado hace un par de años. Síntoma evidente de una industria enferma, pero de la que no se sabe mucho más: la falta de datos reales de facturación, ventas o tiradas no permite pasar de una capa superficial de análisis de la que es poco posible obtener conclusiones. De hecho, los pocos datos que se saben suelen venir de la mano de escándalos con alguna editorial que, según parece por las denuncias que llegan a la prensa, se ensañan con ese eslabón de debilidad extrema que es la autoría.

Los escasísimos datos objetivos de esta industria, los que proporciona el Informe Tebeosfera, hablan de un mercado asentado en una locura publicadora que tímidamente va a menos, pero sigue por encima de 4500 ediciones  mensuales cada vez más dominadas por el manga y con una presencia de autoría patria estancada alrededor de un 25% en el que hay mucha presencia de obra indirecta, publicada primero en otros países antes de llegar a España como parte de franquicias superheroicas o traducciones.

Y eso que, supuestamente, la presencia de España como país invitado de nuevo en el festival de Angoulême parecía abrir el año con cierta ilusión. Pero el festival galo ya no era el de aquél 2012 donde nuestro país fue también protagonista, y pese al intento, la ya indudable mala salud de un certamen que cayó en barrena meses después eclipsó en parte el importante desembarco de creatividad hispana que olvidó durante unos instantes la precariedad congelante al sur de los Pirineos. 

Sin embargo, hoy resulta difícil no seguir contagiado de ese optimismo al ver los rebosantes anaqueles de las librerías y la incesante actividad del cómic en el mundo cultural. Vaya por delante que, calidad autoral, a borbotones: las listas de “lo mejor del año” que puntualmente acuden a nuestra prensa mucho antes de que acabe diciembre para animar las ventas navideñas se han llenado de obras con acento claramente español, protagonista por cierto de ferias del libro internacionales en Guadalajara o Frankfurt con encendido apoyo institucional. Cada año, esas listas se llenan de nuevos nombres mientras las firmas veteranas siguen manteniendo un ritmo de producción envidiable en equilibrada convivencia: frente a una revolucionaria Natalia Velarde encontramos a Kim; junto a una ya consolidada Ana Penyas, a un chispeante Genis Rigol; mientras María Medem nos deja encandilados con una flor, Paco Roca sigue destilando obras maestras abisales; al tiempo que los premios nacionales apuestan por la modernidad de Bea Lema, Roco Vargas vuelve de la mano de Daniel Torres.  No es cuestión de hacer en este limitado espacio un listado exhaustivo de nombres, sirva como ejemplo de esa rutilante presencia de unos y otros, unas y otras, demostrando que esa edad de oro para el lector sigue intacta. La de hielo, también, porque ni la presencia en grandes ferias, ni el desembarco en festivales a golpe de jamón ibérico parece haber conseguido que la situación de los que tienen que dibujar mejore lo más mínimo.

Eso sí, la ilusión, intacta: vean si no la espectacular efervescencia de la autoedición y el fanzinismo, el primero tanto como forma de rebeldía como de supervivencia obligada y el segundo como expresión de libertad creativa que ya no es solo expresión juvenil, sino que atiende a cualquier edad. La multiplicación hasta la saciedad de eventos de fanzines en toda la geografía constata la indudable vitalidad de estos movimientos, que han tenido incluso espacio en un museo como el IVAM, que durante seis meses expuso en las paredes de su galería 6 la muestra “¡Esto (no) es cómic!”, comisariada por Noelia Ibarra y el que esto escribe. Fanzines como objetos de fascinación que se multiplican desde sus ínfimas tiradas que, quizás son también burbujas sostenidas precisamente por esos ecosistemas que se crean alrededor de ellos, pero que resultan en continua renovación del lenguaje del cómic y dan fe de una capacidad de evolución imparable.

Porque lo cierto es que parece que, desde las instituciones, el apoyo está llegando a las viñetas: durante estos años hemos podido ver cómo la academia ha encontrado en el cómic un tema de investigación con la misma pasión que durante años lo ignoró, multiplicando las actividades dedicadas al cómic desde las universidades, desde congresos a tesis doctorales que tienen el cómic como eje principal y aceptando por fin que lo que decían ya en su día gente como Antonio Altarriba o Juan Antonio Ramírez va y resulta que era cierto. Le llevó su tiempo, pero ya se sabe que la comprobación científica requiere de minuciosidad y tiempo.

Pero la implicación más esperada era la del ministerio de Cultura, curioso, en tanto las competencias industriales y culturales están delegadas casi en su totalidad a las comunidades autónomas y su capacidad de maniobra es relativamente limitada, pero al césar lo que es del césar: no solo ha incluido al noveno arte en el renovado nombre de la Dirección General del Libro, del Cómic y de Bibliotecas, sino que inesperadamente ha ido más allá del cambio nominal y ha demostrado una clara implicación con la puesta en marcha de una mesa de trabajo que debe aglutinar a todo el sector más allá de la coincidencia, de nuevo nominal, de alguna asociación, recordando que la pluralidad es garantía de ecuanimidad. Y oigan, que sobre la mesa se han puesto hechos como las ayudas a la creación de 25.000 que han llegado a 40 autores y autoras para conformar ese rumboso número de un millón de euros, siempre evocador de fortunas interminables, pero que se queda en evidencia cuando resulta que las ayudas a la cinematografía son de 37 de esos millones y solo a la escritura de guiones de largometrajes, de 8 millones. Que sí, que los números de ambas industrias son incomparables, pero duele, claro, aunque hay que agradecer el intento aunque haya generado no pocas polémicas por sus criterios, pero que seguro que puede ir mejorándose cada año y mejor ese millón con polémicas que nada limpio cual patena de debates.

Veremos si esa inyección en vena creativa se traduce en una ebullición de nuevas obras que hagan de necesaria cardioversión del ceniciento ritmo de la industria del cómic o bien alimenta la larga lista de libros de que no superan los 100 ejemplares vendidos, pero es seguro que ha sacado a la luz a un colectivo callado, y tan callado teniendo en cuenta que están al borde de la inanición, que necesita ese foco de atención. El gesto del ministerio debería ser acompañado por réplicas a nivel autonómico, donde están las competencias, para multiplicar la inversión y realmente poner en marcha ese motor artístico que más que gripado, está completamente oxidado, antes que los webtoons coreanos invadan todos los espacios con alegre aquiescencia lectora a la espera de la serie en Netflix que dé supuesta carta de madurez a la creación en viñetas ya no catódicas, sino de OLED.

Eso sí, recordemos lo de enseñar a pescar o dar peces, que en este caso debe ser entendido como la necesidad de ambas, porque cuando la cosa está tan mal, la ayuda pecuniaria se hace indispensable, pero no está de más mirar al futuro y pensar en acciones que fomenten la lectura del tebeo, que serán también acciones de fomento lector y cultural. No caigamos en el error otra vez de “donde hoy hay un tebeo mañana habrá un libro”, pero reconozcamos abiertamente que el cómic es la mejor puerta de entrada en el hábito cultural. Y ahí la lista de instituciones es amplia, empezando por aquellas dedicadas a la cultura y terminando por las educativas. El éxito de proyectos europeos focalizados en el uso del cómic como herramienta educativa, como el proyecto Erasmus+ CLI-MIC dirigido desde la Universitat de València son ejemplos claros de líneas de trabajo que pueden ser replicados desde las autoridades educativas para aprovechar el potencial del cómic en el aula. Autores como Pedro Cifuentes, pioneros en su uso, están demostrando con sus obras que esa realidad es no solo factible, sino que tiene el apoyo entusiasta del profesorado. De nuevo, la acción de las autoridades para hacer llegar a los docentes la información y las herramientas, así como la decidida labor de las bibliotecas es fundamental.

Quizás, en ese sentido, sea necesaria una mayor atención al público infantil: recordemos que los grandes éxitos de ventas del cómic en España no son exclusivamente series japonesas, sino que autoras como Raina Telgemeir o Dav Pilkey replican en aquí su éxito mundial. Nombres que no parece, ni son, patrios, cierto, pero muchas editoriales están apostando por la producción de títulos para ese rango de edades de lectores ávidos y progenitores desesperados de encontrar libros para su prole, y precisamente están apostando por los artistas de aquí. El brutal éxito del Superpatata de Artur Laperla es un ejemplo, al que hay que añadir el de autores como Jaume Copons y Liliana Fortuny, que encuentra eco por muchísimos países, demostrando que la senda de la creación para los más pequeños de la casa es rentable, exitosa y con muchísimas ventajas futuras.

Una línea que es compatible tanto por la apuesta por la producción cercana a los gustos de la juventud, con el excelente ejemplo de la revista PlanetaManga de series creadas por autores y autoras de aquí como por la necesaria reivindicación de las obras clásicas de nuestro cómic, desde las creaciones de los autores que trabajaron para el extranjero durante la época de las agencias a la apuesta por un cómic de autor que triunfó en otros momentos: ver reivindicados a nombres como los de Alfonso Font o Marika Vila debería ser una realidad constante.

Pero el frío persiste, y el cómic hecho aquí sigue instalado en esa perpetua edad de hielo de la que parece difícil salir. Queda mucho por hacer, y todos podemos poner nuestro granito de arena: sigan el ejemplo iniciado por @AspirinaWoolf en redes y compartan viñetas de su lecturas patrias, alentando y contagiando el placer de leer tebeos. Y si encima son de aquí, mejor.


Revista Mercurio (Jot Down)



La extraña comunidad

Danide regresa a las librerías con la edición integral de la que tal vez sea su obra más ambiciosa


José Luis Vidal

01 de mayo 2026 


Caminando por el bosque, al ir internándonos, nos percatamos que tanto la vegetación como los árboles tienen algo diferente. De sus ramas y tallos cuelgan cables, circuitos que los transforman en entidades tecno-orgánicas, pintando un paisaje insólito.



Ficha
Aprendiz de cuervo

Autor: Danide

Color

Tapa dura

348 págs.

39,59 euros

Norma Editorial


Pero esta no es la única sorpresa que nos aguarda, ya que por fin llegaremos a un lugar donde sus habitantes se comportan como animales, portan grandes cabezas que los representan e identifican (Gata, Osa…), y todos y todas siguen los mandamientos del Hombre-Dios, un tipo que junto a su mano derecha, Ciervo- Fantasma, controlan que todos los miembros de esta peculiar tribu cumplan a rajatabla con sus preceptos.

Una de estas 'criaturas' es la silenciosa Cuervo, protagonista de este relato. Su vida está dominada por las tareas que debe realizar a diario, sin olvidar ninguna, y que convierte su existencia en un monótono cuadro, salvo cuando tiene que ejecutar una de ellas, que tiene relación con los usuales fallecimientos de alguno de sus compañeros.

Afortunadamente, hay momentos para compartir con su mejor amigo, Batracio, con el que se pasa las horas enganchados a un imposible videojuego y sumidos en la somnolencia de los vapores de uno de esos hongos con los que su colega tiene una especial conexión.

Echando un vistazo al lugar, veremos que se encuentra rodeado por una valla electrificada, a la que está totalmente prohibido acercarse, salvo que suceda alguna avería, hecho este que se convertirá en un momento en el que la violencia desatada hará su temida aparición en el lugar.

Y es que el temido Lobo, un ser que parece salido de una pesadilla, aguarda su momento…

Pero, ¿por qué estas personas se han recluido en este lugar? ¿Qué ha ocurrido más allá de la valla que los rodea? ¿Cuáles son los verdaderos planes de Hombre-Dios y Ciervo-Fantasma?

Todas estas preguntas serán contestadas a lo largo de este cómic, del que por primera vez podemos disfrutar de su versión íntegra, ya que en su momento el sello Spaceman Project tan solo publicó el Libro 1, y el relato completo está formado por tres partes donde se demuestra el poder gráfico de Danide (Fagocitocis, Revolution Complex, Máculas, Exsolteros…), autor con una ya larga trayectoria en la que ha tocado múltiples géneros, y que con realmente pocos diálogos consigue hacer que el lector se sumerja en una historia que al principio pone sobre la mesa muchos misterios pero que, poco a poco, gracias al periplo (visualmente espectacular) que inician dos de sus protagonistas, se irán contestando y ante nosotros se abrirán unos paisajes que parecen salidos de una autentica pesadilla lisérgica.

Y, ¿quién sabe? Tal vez la gris realidad que vive Cuervo y sus congéneres tan solo sea un bizarro decorado, esperando ser tumbado para poder observar que la realidad es tal vez otra.

Obra potente, ambiciosa, la más extensa hasta el momento el autor, que temáticamente se sale de lo que habitualmente el lector español está acostumbrado a consumir, y que pienso va a gustar especialmente a los fans de George Orwell y J.G. Ballard, cuyas sombras son muy alargadas y pueden identificarse a lo largo y ancho de esta historia.


Diario de Cadiz


viernes, 1 de mayo de 2026

La extraña familia

Cinco personajes viajan a lo largo de un río en busca de un legendario animal que puede cambiar sus existencias


José Luis Vidal

29 de abril 2026


Este peculiar quinteto es fruto del azar, ya que sus caminos se han unido y, debido a las condiciones físicas y vitales de todos y cada uno de ellos, han terminado por convertirse en lo más parecido a una familia.



Ficha
La barca de los cinco colores

Autora: Yoko Kondo (adaptación del relato de Yasumi Tsuhara).

Tapa blanda

Blanco y negro

208 págs.

26 euros

Gallo Nero Editorial


El papel de padre recae sobre Yukinosoke, un ex actor que solía interpretar papeles femeninos sobre el escenario, pero una galopante enfermedad hizo que perdiera ambas piernas, por lo que decidió buscar a otras personas que, como él, por diversas causas, podían formar parte de un espectáculo de fenómenos.

Shosuke que, pese a su corta estatura, es el forzudo del grupo, y se encarga de soportar el peso de su padre adoptivo.

Kyoko es en apariencia, una mujer totalmente normal, pero sus piernas, y ciertos retoques físicos, harán que sea bautizada como la Mujer Vaca.

Sakura sobrevive a una complicada operación que la separa de su hermana fallecida, perdiendo la capacidad de poder comunicarse con la gente que la rodea.

Y finalmente, este quinteto se completa con el que va a convertirse en narrador del relato. Kazuo no tiene brazos y tampoco logra expresarse con palabras, pero mantiene con Sakura una relación muy especial.

Son tiempos difíciles para los habitantes del País del Sol Naciente, ya que su papel en el conflicto bélico, la segunda Guerra Mundial, hace que la vida y economía de sus gentes se vea afectada gravemente. Es por esto que Padre (Yukinosoke) decide viajar en una destartalada barcaza junto al resto de compañeros del espectáculo, con una información que puede hacer que la vida de todos cambie a mejor.

Y es la existencia y el hallazgo de una criatura que parece sacada de las leyendas de los Yokai, esos seres mitológicos, fantásticos, que forman parte del imaginario nipón.

A medida que recorren el río vamos a conocer las historias y avatares de estos peculiares personajes, sus secretos y anhelos. Y tal vez logren su objetivo…

Yoko Kondo, la autora de este manga, tuvo una carrera de lo más variada. Compañera en la escuela de un auténtico mito del manga más comercial como es Rumiko Takahashi, su pasión por el manga nació leyendo el Kamui de Sanpei Shirato, y años después debutaría en la mítica cabecera Garo, trabajando en varias publicaciones centradas en el género gekiga, para más tarde dar el salto a relatos de corte erótico.

Tendrían que llegar los años ochenta para que la la labor de esta autora obtuviera sus frutos, llegando a ganar el premio de la Japan Cartoonist Association.

Con La Barca de los cinco colores, Yoko Kondo adapta con talento a Yasumi Tsuhara que, como bien expresa al final del manga, se muestra totalmente satisfecho con esta versión de su obra.


Diario de Cadiz



Kagurabachi: una serie de Tetsuya Takeuchi y Cypic (basada en el manga)

El primer avance de " Kagurabachi " es bastante prometedor artísticamente , una próxima serie de anime japonesa dirigida por Tetsuya Takeuchi en el estudio Cypic .


 



Está basada en el manga de Takeru Hokazono y su estreno está previsto para abril de 2027.



Via Catsuka

Dos modelos clásicos del cómic español: el duelo entre TBO y Pulgarcito

Recordar el nacimiento de TBO y Pulgarcito nos permite entender cómo era el sector editorial en otros tiempos; evocar a sus autores y series más populares ayuda a diferenciar estos dos modelos que definieron una parte de la historieta española y modelaron el imaginario de todo un país

Escrito por Jordi Canyissà on 28 marzo, 2026




Un juguete literario

“El chico necesita un juguete literario. TBO es el juguete que hemos confeccionado”, contaban en el primer editorial de TBO. La revista nació por iniciativa de Arturo Suárez, un impresor-editor —figura habitual entonces—, y al parecer no arrancó muy bien pues empezaron a acumularse las devoluciones. Fue Joaquim Buigas quien se fijó en esos ejemplares sobrantes durante una visita a la imprenta. Miembro de la burguesía catalana, Buigas adquirió la cabecera y pasó a editarla y dirigirla a partir del número 10, dándole la forma con la que TBO alcanzará la fama. Con Buigas al mando, la revista pasa a editarse a dos tintas, aumenta su tamaño y potencia la presencia de historietas, aunque todavía con farragosos textos al pie de las viñetas. Se incorporan nuevos autores como Urda, destinado a ser un pilar de la revista, y rediseña la cabecera gracias a un nuevo logotipo diseñado por el pintor e historietista Ricard Opisso. Las letras que nos vienen a la cabeza al hablar de TBO son precisamente esas.

En los siguientes años, la firma Opisso será habitual tanto en historietas como en portadas que darán buena prueba de su elegante trazo. Se sumarán Tínez, Nit, Serra Massana e incluso autores extranjeros como el norteamericano George McManus o el alemán Wilhelm Busch. Otra colaboración importante, aunque fugaz, fue la de Cabrero Arnal, pues fue uno de los primeros en adoptar sistemáticamente el uso de los bocadillos de texto en sus viñetas.

La década de 1930 marca la gran popularización de la cabecera. Según escriben Antoni Guiral y Lluís Giralt en 100 años de TBO, es entonces cuando en la calle empieza a usarse el término “tebeo” para referirse a una revista de historietas. Hasta se acuñó la frase “está más visto que el TBO”, porque todo el mundo lo conocía.

La respuesta de Bruguera

En junio de 1921, cuatro años después de TBO, nace Pulgarcito por iniciativa de Juan Bruguera Teixidó bajo el sello El Gato Negro, que hacia 1939 se convertirá en Editorial Bruguera. En la portada del primer número aparece una protohistorieta de seis viñetas (El paraguas) cuyos textos al pie de la ocupan más espacio que los dibujos. Estamos muy lejos del cómic sintético y dinámico que caracterizará a la publicación años después.

El tamaño de ese primer Pulgarcito era menor que el de TBO. Su precio también, mientras la veterana revista valía 10 céntimos, su flamante competidora costaba la mitad. Ese será uno de los signos distintivos de Bruguera: publicar obras populares, accesibles incluso para economías modestas. Esta filosofía se extenderá a todas las publicaciones de la empresa, pues supo ser popular tanto al editar tebeos como a grandes novelistas de la historia. Popular en formatos, en precios y en difusión.

La revista se interrumpe durante la Guerra Civil y cuando reaparece, en 1944, empiezan a asomar firmas que luego serán fundamentales, como Cifré, Escobar o Miguel Bernet, quien más tarde adoptará el seudónimo de Jorge. Pero aún falta dar el verdadero empujón al proyecto. Eso ocurrirá en diciembre de 1946, con el primer número dirigido por Rafael González, un antiguo periodista represaliado que había colaborado en diarios como La Vanguardia y a quien Francisco Bruguera le encomendó reformar la histórica cabecera. Y lo hizo. Si en el caso de TBO Buigas fijó la filosofía de la revista, en Pulgarcito, quien marcó la línea, el tono humorístico y hasta el tipo de lenguaje a utilizar fue “el señor” González. Puso a los personajes en el centro de su proyecto y con ellos fijó también un tipo de humor distinto del de su competidora.

Dos estilos de humor

Pese a los cambios de dirección y de formato, TBO se mantuvo fiel al modelo de Buigas, con un humor blanco y atemporal, con historietas que recurrían a un humor cotidiano y costumbrista, familiar y amable. No pretendía adoctrinar, pretendía divertir sin sobresaltos. “La marca TBO es garantía de ingenio y buen gusto”, como proclamaba el lema impreso durante años en la correspondencia de la editorial.

En cambio, las historietas de Pulgarcito mostraban otra cara de la sociedad española de posguerra, en la cual los oficinistas odian a unos jefes que les explotan y donde varios personajes usan la picaresca como única manera para sobrevivir. Carpanta, uno de sus personajes más queridos, pasa un hambre atroz y contradice así la propaganda del régimen que asegura que en la España franquista no se pasa hambre. Y Don Pío vive atemorizado por su esposa en unos años en el que el matrimonio no solo es indisoluble sino sagrado. En Pulgarcito, palabras como dromedario, percebe, batracio, besugo o merluzo se convierten en insultos, y en sus viñetas campa una violencia —verbal o física— tan exagerada como cómica: hay golpes, trompazos, individuos que van por la calle con un garrote y castigos hoy sorprendentes en una publicación infantil.

El humor de Bruguera es el humor del perdedor —no en vano muchos de sus autores y el propio director eran antiguos represaliados—, es el humor del subordinado que se venga de su jefe. Deriva de la rabia de quien se rebela contra un orden injusto y despiadado. La realidad no se podía cambiar, pero esos tebeos tuvieron la osadía de reírse de ella y convertirse en una válvula de escape para muchos lectores. Y de esta manera nos dejaron uno de los mejores retratos de esos años. Un humor no exento de acidez al que la censura franquista puso freno a partir de 1955.

Series y autores faro

Hemos dicho que en Pulgarcito todo gira en torno a las series y los personajes recurrentes, y es cierto que en TBO abundan las historietas con personajes anónimos, que intervienen en un número y desaparecen al siguiente. Los protagonistas de TBO son la tipología de gente: el que pasea por la ciudad, el que va en coche, el explorador de la sabana, el pobre, el rico, el criado, el niño o la madre de familia. Y de la tipología nace la situación concreta, el chiste, pero no se cronifica en forma de serie, no se convierte en recurrente, aunque indirectamente se establecen conexiones entre las historietas de un mismo autor que retrata una y otra vez un mismo escenario: así, las múltiples historietas de Coll sobre náufragos o sobre cazadores en África podrían tomarse como una serie si un mismo título las agrupara.

Josep Coll es uno de los más brillantes historietistas del país, con una personalidad gráfica apabullante. Sus figuras altas, estilizadas y flexibles se movían como en un dibujo animado y eran reconocibles a simple vista. Un extraordinario narrador gráfico capaz de contar una historieta con una envidiable economía de medios. Eternamente moderno.

Sin embargo, en TBO también hubo series, y no menores. La más popular fue La familia Ulises, un trabajo humorístico-costumbrista de Buigas y Benejam, luego retomado por otras manos. Los Ulises son una familia de clase media típica de la época, aspiran a disfrutar de algún día de fiesta o comprar un electrodoméstico para modernizar la casa. Junto al matrimonio, los niños y el perro, está la abuela, doña Filomena, el personaje más carismático.

Otras sagas recordadas son Josechu el Vasco (de Muntañola), Melitón Pérez (de Benejam), Altamiro de la Cueva (de Bernet Toledano) o Los grandes inventos de TBO, en la que participaron Urda, Nit, F. Tur y muy especialmente, Sabatés. En su etapa más recordada, estos inventos inverosímiles —aparatos gigantes para conseguir resultados más bien dudosos— eran presentados por el eminente profesor Franz de Copenhaguen, cuyo aspecto glacial y su sonoro apellido parecía garantía de calidad en tiempos de autarquía, cuando todo lo que procedía de más allá de los Pirineos era sinónimo de progreso tecnológico.

En Pulgarcito, en cambio, las series fueron multitud y solían estar protagonizadas por personajes frustrados, rencorosos o raros. Uno de los mejores ejemplos de esta tipología de criaturas —y claro antagonista del modelo TBO— fue la pérfida Doña Urraca, de Jorge, quien disfrutaba haciendo el mal, aunque sus innobles acciones se le acababan girando en su contra y así la moral de la época quedaba salvaguardada. A ella se sumaron otros seres infames como Don Berrinche, de Peñarroya, capaz también de crear un personaje completamente opuesto, un orondo bonachón llamado Gordito Relleno. En el terreno laboral, destacó el retrato de la oficina y de los superiores despóticos que ofreció El repórter Tribulete, de Cifré, mientras que los conflictos familiares pudieron verse reflejados en series como Zipi y Zape, de Escobar, La familia Pepe, de Iranzo, o Don Pío, del citado Peñarroya. Entre los tipos solitarios destacaron el enamoradizo Cucufaro Pi, de Cifré, Casildo Calasparra, de Nadal, o el impredecible Carioco, de Conti. Dos solteronas de caracteres muy dispares protagonizaron uno de los grandes éxitos de Manuel Vázquez, Las hermanas Gilda. Humorista genial, dotado de un dibujo simple y a la vez eficaz, muy imaginativo en sus composiciones, Vázquez se convirtió en un puntal del humor Bruguera. Alumbró otras series icónicas como La familia Cebolleta, Angelito y, más tarde, Anacleto. Su humor marcará a toda una generación de historietistas empezando por Francisco Ibáñez, que en 1958 publica su primera serie en Pulgarcito: Mortadelo y Filemón, el gran éxito de ventas de la editorial y la serie más popular de la historieta española.

Ibáñez se afirmará luego con un estilo personal basado en la multiplicación de los gags, el dinamismo de sus viñetas y un eficaz uso del humor absurdo que lo convertirán en el modelo a seguir por los nuevos dibujantes. A diferencia de las series mencionadas hasta aquí, Mortadelo y Filemón dejan de lado el retrato directo de la sociedad de la época y optan por abrazar la parodia detectivesca, la pura evasión, sin ese poso amargo que encontramos en personajes creados antes, sin duda porque se trata de un autor joven, nacido justo al término de la Guerra Civil, y porque la sociedad española de 1958 ya no es la de la inmediata posguerra. Hay visos de esperanza en la economía y eso se traslada en series más desenfadadas. Mortadelo y Filemón son hijos de su tiempo como lo fueron también sus predecesores.

Ibáñez forma parte de la segunda generación de autores de Bruguera, en donde también figuran Martz-Schmidt con El doctor Cataplasma o Segura con un atractivo soltero llamado Rigoberto Picaporte. También pertenece a esa segunda hornada Raf, quien empezó su colaboración en Pulgarcito con un retrato muy de la época, Doña Lío Portapartes, pero firmaría su gran creación más tarde al desvincularse del costumbrismo y abrazar la parodia detectivesca con Sir Tim O’Theo, una de las series más atemporales del universo Bruguera.

Fin de una época

El TBO, ese TBO clásico, desapareció en 1983. Ironías de la vida, su fondo lo adquirió su gran competidora, Editorial Bruguera, que cerró sus puertas tres años después. La sociedad había cambiado. Ni TBO ni Pulgarcito buscaron ser reconocidas por su arte, simplemente quisieron divertir y entretener. Resulta imperativo fijarnos sus autores y las páginas que nos dejaron, reconociendo su valor plástico, narrativo y cultural. Hoy sabemos que conviene estudiarlos, reivindicarlos y editarlos como merecen. Porque en eso, también, la sociedad ha cambiado. Afortunadamente.


Revista Mercurio (Jot Down)



jueves, 30 de abril de 2026

El trazo en el papel, la sombra en la pantalla

El cine de animación español apunta hacia nuevos horizontes gracias a sus sinergias crecientes con el universo de la viñeta. Analizamos los potenciales y condicionantes de este paradigma creativo con la ayuda de los autores y autoras de cómic Candela Sierra, Alberto Vázquez, María Herreros y Carla Berrocal.

Escrito por Diego Salgado y Elisa McCausland on 13 abril, 2026

Ilustración: Sofía Fernández Carrera

En las últimas dos décadas, las intersecciones entre cómic y animación se han multiplicado, a causa de varios factores de orden creativo pero, también, económico, que ponen de manifiesto cambios profundos en nuestra concepción del audiovisual.

El cómic se ha convertido en un medio de prestigio, en un valor de marca para producciones animadas destinadas a pequeños y mayores, y estas a su vez procuran a los autores y autoras de cómic una visibilidad muy superior a la que se deduce de las ventas de sus obras impresas. El mundo del cómic peca a nivel económico de una extraordinaria opacidad, que oculta la cruda realidad de que no es oro todo lo que reluce, mientras que la supervivencia del audiovisual se cifra, por el contrario, en la transparencia de las cifras de producción y de audiencia.

La traslación desde el cómic a la imagen animada presenta, por otro lado, una vertiente experimental evidente, a la que contribuyen herramientas digitales de diseño, color y maquetación capaces de diluir con naturalidad las barreras entre lo dibujado para el papel y lo generado para el cine, la televisión y las plataformas de streaming. Esta simbiosis entre lenguajes derivada de las herramientas de trabajo resulta clave en un momento en el cual autores y autoras de cómic consumen y piensan la cultura —como cualquiera de nosotros— en clave de imagen en movimiento, lo que ha incidido de forma decisiva en las formas del cómic.

Los webtoons o cómics creados para dispositivos y tablets, con su lectura de viñetas en vertical al ritmo del scrolling y el añadido frecuente de efectos de sonido y animación, constituyen uno de los ejemplos más normalizados de hibridación entre la plástica del cómic y las dinámicas de la imagen animada, por otro lado legitimada cada vez en mayor medida por un aspecto generacional: para los creadores pertenecientes a la generación millennial y posteriores, la animación debida a Disney, Pixar y el estudio Ghibli, así como las producciones animadas emitidas en las sobremesas televisivas, han sido el origen de una serie de códigos argumentales y estéticos que hermanan al cómic y vuelcan en la actualidad sin complejos en sus obras.

Este juego de espejos, de hibridaciones entre el cómic y la animación —lenguajes, he aquí la paradoja, no tan asimilables como podría pensarse en un primer momento— fue objeto antaño de una explotación comercial consagrada al público infantil y adolescente, con animales antropomorfos, aventureros y superhéroes como protagonistas. A partir de los años sesenta y setenta, autores de cómic imbricados en registros más realistas y maduros, como Robert Crumb o Charles Schultz, vieron trasladados asimismo sus trazos a la gran pantalla.

No es sin embargo hasta la primera mitad del siglo XXI cuando títulos como Persépolis (2007) y, en nuestro país, Arrugas (2011), y, más tarde, Memorias de un hombre en pijama (2011) —con base ambas en obras de Paco Roca— acostumbran a públicos de todo tipo y condición a las sinergias entre cómic y cine animado para narrar historias con rasgos expresivos únicos y, en la mayor parte de las ocasiones, más baratas de lo que costaría una adaptación mediante imágenes fotorrealistas.

A la hora de escribir estas líneas, dos de los cinco largometrajes candidatos al Oscar a la mejor película de animación tienen relaciones estrechas con el cómic: la franco-estadounidense Arco (2025), del realizador y autor de bande dessinée Ugo Bienvenu, y la japonesa Chainsaw Man – La película: El arco de Reze (2025), de Tatsuya Yoshihara, último eslabón de una franquicia desarrollada a través de diversos medios, pero con origen en un manga de Tatsuki Fujimoto.

No podemos olvidarnos del fenómeno global Robot Dreams (2023), realización del bilbaíno Pablo Berger basada en la novela gráfica homónima de Sara Varon. Robot Dreams nos permite señalar un último aspecto importante a la hora de pensar los vínculos entre historieta y animación: el éxito de la literatura y el cómic enfocados al lector infantil y juvenil, que, en una economía cultural marcada como decíamos por la conversión de determinados títulos y personajes en marcas multimedia, ha naturalizado el trasvase de unos a otros formatos de cara a un fan/consumidor asegurado; más aún, ha propiciado que muchos cómics se planteen como mera propiedad intelectual susceptible de llamar la atención de productores cinematográficos o televisivos.

En nuestro país existe una tradición de cómic reformulado como animación que se remonta a El toro fenómeno (1917), del historietista valenciano Fernando Marco, y los trabajos del ilustrador y caricaturista Joaquín Xaudaró, oriundo de la Filipinas bajo dominio español. Tras la Guerra Civil, José Escobar, Arturo Moreno y José Peñarroya comparten un perfil similar al de los anteriores, mientras Francisco Ibáñez inspira la producción de las tres temporadas de la serie Mortadelo y Filemón (1966-1971), basada en sus célebres personajes.

En la línea de Ibáñez cabe mencionar Goomer (1999), que parte de la historieta homónima del dúo de humoristas gráficos Ricardo & Nacho, y Marco Antonio, rescate en Hong Kong (2000), cuyo germen hay que rastrearlo en las historietas del valenciano Mique Beltrán para el diario El País. El salto definitivo hacia una animación adulta, o, para ser más precisos, una animación para todos los públicos, puede situarse quizá en De profundis (2006), única película hasta la fecha del autor de cómic Miguelanxo Prado, realizada con pinturas al óleo a partir de diez mil dibujos.

En cualquier caso, es Alberto Vázquez quien representa la modernidad absoluta a la hora de concebir los nexos entre cómic y animación. El artista gallego ha sido tan pionero como constante a la hora de combinar su vocación por el cómic con la de realizador de un cine animado para adultos de personalidad inconfundible. Vázquez, ganador de cuatro premios Goya por los cortometrajes Birdboy (2012) y Decorado (2017) y los largos Psiconautas, los niños olvidados (2017) y Unicorn Wars (2022), todos ellos basados en mayor o menor medida en su labor como dibujante, se adentró en la aventura de la animación «hace quince años, por lo que he podido apreciar cambios importantes. Cuando yo me puse con Psiconautas, los niños olvidados, se producían en España dos, a lo sumo tres largometrajes al año. Ahora están viendo la luz siete u ocho. Y, con los cortometrajes, lo mismo: la cantidad se ha multiplicado por tres. Cada vez hay más escuelas y más estudios dedicados a la animación, sin duda el registro ha crecido».

Podría decirse que Alberto Vázquez ha abierto la puerta para que las relaciones entre el mundo del cómic y el de la animación sean más fructíferas. «El cómic y el cine son medios bastante conectados, y la animación se encuentra entre ambos medios expresivos. Se trata de un cine cuya dinámica de producción se parece más a la de un estudio de videojuegos que a la propia del rodaje de una película de imagen real», explica.

La ilustradora e historietista María Herreros, firmante entre otros cómics de Fenómeno (2012) y Georgia O’Keeffe (2021), ha sido consciente de las complejidades propias de la animación al trabajar por primera vez en el cortometraje Pinchu es así, «una fábula disparatada e incómoda sobre la justificación del abuso», a cargo de la directora Carmen Córdoba. «El trabajo de ilustradora es muy solitario», reflexiona Herreros, «verte envuelta en una actividad tan diferente como es la dirección de arte con un equipo de más de veinte personas me ha permitido darme cuenta de lo ardua que es esta tarea, y de la cantidad de esfuerzo que requiere un corto para hacerse realidad».

Pinchu es así comienza en breve su periplo por festivales con el ánimo de compartir el trabajo realizado con la mayor cantidad posible de público, algo que Herreros estima que ha de extenderse a otros ámbitos: «solo pido un trato justo en plataformas y demás espacios de exhibición a la hora de adquirir este tipo de audiovisual; que se ofrezcan buenos contratos, de forma que los artistas no tengamos que depender tanto de inversores y subvenciones».

Las palabras de Herreros sobre la necesidad de visibilizar y rentabilizar la animación son compartidas por Alberto Vázquez: «A la animación española le falta mucho para que se la pueda considerar una industria. Hay cierta precariedad, y falta una masa crítica de proyectos que permita tener a los equipos de animación un trabajo regular. Muchos se tienen que ir fuera. La financiación ahora mismo es de dinero público en un 90%. Está bien, es necesaria, pero también se precisan incentivos para que las empresas privadas dispongan de exenciones fiscales para invertir».

En línea con las ayudas de instituciones públicas y privadas, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España ha dado cabida en las dos últimas ediciones de sus residencias a proyectos de animación, con el objetivo de expandir el universo creado en los tebeos al medio audiovisual. Candela Sierra, ganadora del Premio Nacional de Cómic 2025 por Lo sabes aunque no te lo he dicho (2024) y residente el año pasado en la Academia, considera que, «inmersas como estamos en la cultura audiovisual, es muy fácil caer cuando hacemos cómic en soluciones que nos propone el cine. Pero, por alguna razón, en el sentido opuesto, el tránsito del cómic al cine, todo se me antoja mucho más complejo».

Sierra se refiere a su labor en Rotunda (2024), cómic que trabajó con una plantilla de guion cinematográfico, lo que le permitió establecer una estructura, aunque a partir de la misma potenció la especificidad del medio cómic. «Nadie podía saber que luego la vida me llevaría a la beca de la Academia para escribir la adaptación de Rotunda al cine». Su residencia comenzó «con tranquilidad», pues «tenía un contexto, unos personajes y una trama sencilla. Me faltaba, eso sí, toda la magia que hace que el cine sea cine».

Un trabajo todavía en proceso, el de reescribir y adaptar, que Sierra define como «sufrido» y «estimulante». En el cómic «es muy fácil dibujar algo y ver si funciona o no, y corregirlo. Pero en el cine tienes que controlar el tiempo en el espacio, por ejemplo, algo muy complicado. Yo tengo un pensamiento bastante visual, pero la velocidad narrativa propia del cine me abruma».

Expandir el universo de ficción del cómic La Tierra Yerma (2024) a la animación es el motivo que ha llevado a su vez a Carla Berrocal a embarcarse en la residencia de la Academia de Cine. «La curiosidad me ha llevado a esta aventura de ver cómo trasladar un mundo muy particular, creado con toda intención para un medio tan específico como es el cómic, a otro como es el audiovisual, y explorar las diferencias; ver qué vale y qué no a la hora de trasladar uno a otro, y crecer a nivel creativo». En resumidas cuentas, los autores y autoras de cómic de nuestro país se hallan embarcados hoy por hoy en una experimentación sobre los potenciales del medio en relación con la animación cinematográfica que promete en el futuro gratas sorpresas, siempre que sus desvelos se ven acompañados por la confianza de la industria audiovisual.


Revista Mercurio (Jot Down)