Recordar el nacimiento de TBO y Pulgarcito nos permite entender cómo era el sector editorial en otros tiempos; evocar a sus autores y series más populares ayuda a diferenciar estos dos modelos que definieron una parte de la historieta española y modelaron el imaginario de todo un país
Escrito por Jordi Canyissà on 28 marzo, 2026
Un juguete literario
“El chico necesita un juguete literario. TBO es el juguete que hemos confeccionado”, contaban en el primer editorial de TBO. La revista nació por iniciativa de Arturo Suárez, un impresor-editor —figura habitual entonces—, y al parecer no arrancó muy bien pues empezaron a acumularse las devoluciones. Fue Joaquim Buigas quien se fijó en esos ejemplares sobrantes durante una visita a la imprenta. Miembro de la burguesía catalana, Buigas adquirió la cabecera y pasó a editarla y dirigirla a partir del número 10, dándole la forma con la que TBO alcanzará la fama. Con Buigas al mando, la revista pasa a editarse a dos tintas, aumenta su tamaño y potencia la presencia de historietas, aunque todavía con farragosos textos al pie de las viñetas. Se incorporan nuevos autores como Urda, destinado a ser un pilar de la revista, y rediseña la cabecera gracias a un nuevo logotipo diseñado por el pintor e historietista Ricard Opisso. Las letras que nos vienen a la cabeza al hablar de TBO son precisamente esas.
En los siguientes años, la firma Opisso será habitual tanto en historietas como en portadas que darán buena prueba de su elegante trazo. Se sumarán Tínez, Nit, Serra Massana e incluso autores extranjeros como el norteamericano George McManus o el alemán Wilhelm Busch. Otra colaboración importante, aunque fugaz, fue la de Cabrero Arnal, pues fue uno de los primeros en adoptar sistemáticamente el uso de los bocadillos de texto en sus viñetas.
La década de 1930 marca la gran popularización de la cabecera. Según escriben Antoni Guiral y Lluís Giralt en 100 años de TBO, es entonces cuando en la calle empieza a usarse el término “tebeo” para referirse a una revista de historietas. Hasta se acuñó la frase “está más visto que el TBO”, porque todo el mundo lo conocía.
La respuesta de Bruguera
En junio de 1921, cuatro años después de TBO, nace Pulgarcito por iniciativa de Juan Bruguera Teixidó bajo el sello El Gato Negro, que hacia 1939 se convertirá en Editorial Bruguera. En la portada del primer número aparece una protohistorieta de seis viñetas (El paraguas) cuyos textos al pie de la ocupan más espacio que los dibujos. Estamos muy lejos del cómic sintético y dinámico que caracterizará a la publicación años después.
El tamaño de ese primer Pulgarcito era menor que el de TBO. Su precio también, mientras la veterana revista valía 10 céntimos, su flamante competidora costaba la mitad. Ese será uno de los signos distintivos de Bruguera: publicar obras populares, accesibles incluso para economías modestas. Esta filosofía se extenderá a todas las publicaciones de la empresa, pues supo ser popular tanto al editar tebeos como a grandes novelistas de la historia. Popular en formatos, en precios y en difusión.
La revista se interrumpe durante la Guerra Civil y cuando reaparece, en 1944, empiezan a asomar firmas que luego serán fundamentales, como Cifré, Escobar o Miguel Bernet, quien más tarde adoptará el seudónimo de Jorge. Pero aún falta dar el verdadero empujón al proyecto. Eso ocurrirá en diciembre de 1946, con el primer número dirigido por Rafael González, un antiguo periodista represaliado que había colaborado en diarios como La Vanguardia y a quien Francisco Bruguera le encomendó reformar la histórica cabecera. Y lo hizo. Si en el caso de TBO Buigas fijó la filosofía de la revista, en Pulgarcito, quien marcó la línea, el tono humorístico y hasta el tipo de lenguaje a utilizar fue “el señor” González. Puso a los personajes en el centro de su proyecto y con ellos fijó también un tipo de humor distinto del de su competidora.
Dos estilos de humor
Pese a los cambios de dirección y de formato, TBO se mantuvo fiel al modelo de Buigas, con un humor blanco y atemporal, con historietas que recurrían a un humor cotidiano y costumbrista, familiar y amable. No pretendía adoctrinar, pretendía divertir sin sobresaltos. “La marca TBO es garantía de ingenio y buen gusto”, como proclamaba el lema impreso durante años en la correspondencia de la editorial.
En cambio, las historietas de Pulgarcito mostraban otra cara de la sociedad española de posguerra, en la cual los oficinistas odian a unos jefes que les explotan y donde varios personajes usan la picaresca como única manera para sobrevivir. Carpanta, uno de sus personajes más queridos, pasa un hambre atroz y contradice así la propaganda del régimen que asegura que en la España franquista no se pasa hambre. Y Don Pío vive atemorizado por su esposa en unos años en el que el matrimonio no solo es indisoluble sino sagrado. En Pulgarcito, palabras como dromedario, percebe, batracio, besugo o merluzo se convierten en insultos, y en sus viñetas campa una violencia —verbal o física— tan exagerada como cómica: hay golpes, trompazos, individuos que van por la calle con un garrote y castigos hoy sorprendentes en una publicación infantil.
El humor de Bruguera es el humor del perdedor —no en vano muchos de sus autores y el propio director eran antiguos represaliados—, es el humor del subordinado que se venga de su jefe. Deriva de la rabia de quien se rebela contra un orden injusto y despiadado. La realidad no se podía cambiar, pero esos tebeos tuvieron la osadía de reírse de ella y convertirse en una válvula de escape para muchos lectores. Y de esta manera nos dejaron uno de los mejores retratos de esos años. Un humor no exento de acidez al que la censura franquista puso freno a partir de 1955.
Series y autores faro
Hemos dicho que en Pulgarcito todo gira en torno a las series y los personajes recurrentes, y es cierto que en TBO abundan las historietas con personajes anónimos, que intervienen en un número y desaparecen al siguiente. Los protagonistas de TBO son la tipología de gente: el que pasea por la ciudad, el que va en coche, el explorador de la sabana, el pobre, el rico, el criado, el niño o la madre de familia. Y de la tipología nace la situación concreta, el chiste, pero no se cronifica en forma de serie, no se convierte en recurrente, aunque indirectamente se establecen conexiones entre las historietas de un mismo autor que retrata una y otra vez un mismo escenario: así, las múltiples historietas de Coll sobre náufragos o sobre cazadores en África podrían tomarse como una serie si un mismo título las agrupara.
Josep Coll es uno de los más brillantes historietistas del país, con una personalidad gráfica apabullante. Sus figuras altas, estilizadas y flexibles se movían como en un dibujo animado y eran reconocibles a simple vista. Un extraordinario narrador gráfico capaz de contar una historieta con una envidiable economía de medios. Eternamente moderno.
Sin embargo, en TBO también hubo series, y no menores. La más popular fue La familia Ulises, un trabajo humorístico-costumbrista de Buigas y Benejam, luego retomado por otras manos. Los Ulises son una familia de clase media típica de la época, aspiran a disfrutar de algún día de fiesta o comprar un electrodoméstico para modernizar la casa. Junto al matrimonio, los niños y el perro, está la abuela, doña Filomena, el personaje más carismático.
Otras sagas recordadas son Josechu el Vasco (de Muntañola), Melitón Pérez (de Benejam), Altamiro de la Cueva (de Bernet Toledano) o Los grandes inventos de TBO, en la que participaron Urda, Nit, F. Tur y muy especialmente, Sabatés. En su etapa más recordada, estos inventos inverosímiles —aparatos gigantes para conseguir resultados más bien dudosos— eran presentados por el eminente profesor Franz de Copenhaguen, cuyo aspecto glacial y su sonoro apellido parecía garantía de calidad en tiempos de autarquía, cuando todo lo que procedía de más allá de los Pirineos era sinónimo de progreso tecnológico.
En Pulgarcito, en cambio, las series fueron multitud y solían estar protagonizadas por personajes frustrados, rencorosos o raros. Uno de los mejores ejemplos de esta tipología de criaturas —y claro antagonista del modelo TBO— fue la pérfida Doña Urraca, de Jorge, quien disfrutaba haciendo el mal, aunque sus innobles acciones se le acababan girando en su contra y así la moral de la época quedaba salvaguardada. A ella se sumaron otros seres infames como Don Berrinche, de Peñarroya, capaz también de crear un personaje completamente opuesto, un orondo bonachón llamado Gordito Relleno. En el terreno laboral, destacó el retrato de la oficina y de los superiores despóticos que ofreció El repórter Tribulete, de Cifré, mientras que los conflictos familiares pudieron verse reflejados en series como Zipi y Zape, de Escobar, La familia Pepe, de Iranzo, o Don Pío, del citado Peñarroya. Entre los tipos solitarios destacaron el enamoradizo Cucufaro Pi, de Cifré, Casildo Calasparra, de Nadal, o el impredecible Carioco, de Conti. Dos solteronas de caracteres muy dispares protagonizaron uno de los grandes éxitos de Manuel Vázquez, Las hermanas Gilda. Humorista genial, dotado de un dibujo simple y a la vez eficaz, muy imaginativo en sus composiciones, Vázquez se convirtió en un puntal del humor Bruguera. Alumbró otras series icónicas como La familia Cebolleta, Angelito y, más tarde, Anacleto. Su humor marcará a toda una generación de historietistas empezando por Francisco Ibáñez, que en 1958 publica su primera serie en Pulgarcito: Mortadelo y Filemón, el gran éxito de ventas de la editorial y la serie más popular de la historieta española.
Ibáñez se afirmará luego con un estilo personal basado en la multiplicación de los gags, el dinamismo de sus viñetas y un eficaz uso del humor absurdo que lo convertirán en el modelo a seguir por los nuevos dibujantes. A diferencia de las series mencionadas hasta aquí, Mortadelo y Filemón dejan de lado el retrato directo de la sociedad de la época y optan por abrazar la parodia detectivesca, la pura evasión, sin ese poso amargo que encontramos en personajes creados antes, sin duda porque se trata de un autor joven, nacido justo al término de la Guerra Civil, y porque la sociedad española de 1958 ya no es la de la inmediata posguerra. Hay visos de esperanza en la economía y eso se traslada en series más desenfadadas. Mortadelo y Filemón son hijos de su tiempo como lo fueron también sus predecesores.
Ibáñez forma parte de la segunda generación de autores de Bruguera, en donde también figuran Martz-Schmidt con El doctor Cataplasma o Segura con un atractivo soltero llamado Rigoberto Picaporte. También pertenece a esa segunda hornada Raf, quien empezó su colaboración en Pulgarcito con un retrato muy de la época, Doña Lío Portapartes, pero firmaría su gran creación más tarde al desvincularse del costumbrismo y abrazar la parodia detectivesca con Sir Tim O’Theo, una de las series más atemporales del universo Bruguera.
Fin de una época
El TBO, ese TBO clásico, desapareció en 1983. Ironías de la vida, su fondo lo adquirió su gran competidora, Editorial Bruguera, que cerró sus puertas tres años después. La sociedad había cambiado. Ni TBO ni Pulgarcito buscaron ser reconocidas por su arte, simplemente quisieron divertir y entretener. Resulta imperativo fijarnos sus autores y las páginas que nos dejaron, reconociendo su valor plástico, narrativo y cultural. Hoy sabemos que conviene estudiarlos, reivindicarlos y editarlos como merecen. Porque en eso, también, la sociedad ha cambiado. Afortunadamente.
Revista Mercurio (Jot Down)