viernes, 22 de mayo de 2026

El sueño del monstruo Enki Bilal Norma



El mismo extraño futuro geopolítico que Bilal venía perfilando en la llamada Trilogía de Nikopol le sirve de pertinaz teatro de operaciones para esta nueva historia que ahora, aparentemente de modo tangencial, como propiamente viniendo de alguien que lo ha vivido desde fuera pero innegablemente emocionalmente implicado, entronca con un pasado (presente nuestro) concreto, real, actual de su nativa Yugoslavia. A diferencia de la mencionada trilogía, o bien el tema o su momento personal, despojan este nuevo álbum del ligero tono de comedia surrealista, un poco a la Boris Vian, con que se teñían los negros futuros fantacientíficos de La feria de los inmortales y sus secuelas. Donde surgían giros argumentales, mutilaciones y muertes que servían al propósito de la parodia política, personajes absurdamente destructores e indiferentes, donde se provocaba la sonrisa, aparecen ahora, con la misma negrura biotecnológica por marco, interacciones emocionales cuyas consecuencias ya no nos apetece, como lectores, saldar con una risita cómplice.


Limitado en su dibujo, con unos referentes muy claros en lo gráfico que se remontan hasta el fértil tronco de Moebius, Bilal nos devuelve, álbum tras álbum, las mismas caras protagonistas con distintos (no tanto: Nike, Niko, ¿Enki?) nombres y diferentes colores de pelo. El aspecto de sus páginas continúa bajo la servidumbre, pese a todo, de un dibujo-espectáculo que no deja del todo de pretender el lucimiento, personal e inconfundible a pesar de sus nada ocultas deudas, que lo convirtieron en estrella del cómic en otra época, muchos de cuyos valores ya no tienen vigencia. Por ello, miradas desde una sensibilidad abierta, sin el influjo del fanatismo que en otro tiempo despertara, sus páginas pesan visualmente, se atragantan. A ello contribuyen también los negros y cuadrados textos de apoyo, tipografías y recortes de prensa que suele intercalar en sus narraciones. Incluso el color y el diseño con los que quizá se aparta más de sus referentes originales y revela unas direcciones e ideas algo más locas, responde a pautas estéticas que difícilmente estimularán un ojo de los 90.

Nos engañaríamos, sin embargo, si no le concedemos a este álbum la oportunidad de la lectura. Porque, como narrador, sí que Bilal se ha depurado y ha afilado sus armas y todo lo pesado que podía haber resultado leerle, con todo ese tiempo que te hace detenerte en viñetas 10x20, ha conseguido moderarlo, acompañarlo de textos medidos, incluso un poco prosa poética que sabe utilizar de contrapunto nada redundante, para entregarnos una narración sorprendentemente rítmica en alguien tan... sólido.

Poniendo en juego el recurso de la memoria que va ejecutando a golpe de flash una regresión hasta el día cero, Bilal va segregando su relato hasta completar una historia cíclica (que estaríamos tentados de adjetivar de redonda) de recuperación emocional de vidas destrozadas que podrían ser las de cualquier persona atrapada en, o sobreviviendo a, la guerra de Bosnia. Prudentemente, el yugoslavo elige no desarrollar ese desierto, ese destrozo emocional entre acontecimientos y localizaciones de la propia guerra en los años 90 de nuestro siglo. Sólo 18 días de retrorreflexión poética desde la cuna de un hospital bombardeado pertenecen realmente al segmento espaciotemporal del conflicto yugoslavo, que una añagaza típica de escritor de ficción científica le permite al protagonista narrarnos con todo detalle y al historietista, el ejercicio de adoptar el punto de vista del recién nacido.

Sin embargo, ningún relato de Bilal hasta éste había tenido la virtud de dejar al lector tocado, impregnado de un regusto amargo con viscosidad de caramelo. Si, desde luego, el yugoslavo nunca ha resultado un optimista, si sus futuros siempre han sido irrespirables, al menos hasta ahora, parecían irreales. Pero esa declaración con que comienza el relato, ese "Yo soy el mayor y juro por las estrellas que brillan por encima del techo desaparecido que los protegeré siempre", marca el álbum no sólo con un objetivo argumental, sino con un tono emocional que no deja margen para la comedia o la parodia. Y el resto del decorado típico de Bilal, en realidad, no se ha ido. Sigue ahí la crítica política, sigue incluso algún toque de cinismo irreverente que recuerda el Nikopol, las organizaciones opresoras, la ciencia-ficción... Pero la gente, es más gente que nunca y el relato, con seguir las normas clásicas que le marca su propio planteamiento, no es cerrado: el reencuentro previsto desde aquella primera frase no se produce del todo, la imagen programática de la portada no llega a concretarse en el interior.

Si existe una diferencia. una madurez en este cuento está ahí. Lo irreparable es irreparable. La contradicción perenne que es la vida nos golpea en la cara:

-Llega en mal momento... Estoy perdiendo a mi padre.

- Lo siento... ¿Está muy enfermo?

- No. Está muy feliz.

A pesar de todas sus limitaciones y del bagaje que arrastra, Bilal ha producido con El sueño del monstruo una auténtica historia de personajes que el lector vive como dolorosamente reales, que le deja el ánimo de distinto fario que antes de empezar a leerlo, en el que se ve sorprendido, cuando termina, del cariño que les ha cogido a esos personajes desesperados del ladrillo del Bilal, que ya se le van para siempre.

Enrique Vela


U, el hijo de Urich 15 marzo 1999


jueves, 21 de mayo de 2026

Reencuentro con Nijinsky en el Liceo

 EL FARO DEL FIN DEL MUNDO / JACINTO ANTÓN

El magnífico espectáculo del Hamburg Ballet sobre el bailarín es una buena ocasión para repasar la vida del legendario personaje, su locura y su fabuloso salto


Una escena de 'Nijinsky'.

KIRAN WEST


Jacinto Antón

25 ABR 2026 

Entre las diversas cosas que he querido ser y no me ha dado la vida para ello está bailarín de danza clásica. Me parecía más fácil que actor porque no había que memorizar texto y la verdad es que algunos maestros de lo corporal como Pawel Rouba o su mujer Irene consideraban que tenía aptitudes e incluso un salto de elevación más que notable. Ahora ya no, y ni digamos cómo me quedan las mallas. En su momento hice mucha barra, lo que me permitía intimar con las bailarinas que, con las sirenas y las amazonas, han sido siempre mi perdición. Pensaba en ello mientras releía el otro día, tras ver el tan exitoso y espectacular (medio centenar de bailarines en escena) Nijinsky de John Neumeier en el Liceo, mi vieja y baqueteada edición de La danza de Sergei Lifar (Labor, 1973), uno de los libros que marcaron mi interés por el ballet y en el que el creador y bailarín de Ícaro repasaba la historia del arte de la danza desde los griegos hasta Béjart pasando por los Ballets Rusos de Diaghilev y su estrella Nijinsky y poniéndose él, Lifar, modestamente en el centro de su desarrollo. A mi entonces Serge Lifar me parecía la repera y tengo todo su libro subrayado trémulamente desde la cita del principio, "la Danse est mon foyer ardent", que es una frase del propio Lifar, claro, y en la que foyer, vaya, significa hogar. Luego he sabido que este mi primer "dios de la danza" era un tipo de aúpa que se peleó con la viuda de Nijinsky, Romola, por quién se enterraría más cerca del legendario bailarín y que confraternizó con los nazis.

En fin, decía que fui a ver Nijinsky, al que descubrí precisamente en el libro de Lifar y que es el verdadero "dios de la danza" pese a que el autor lo ningunea un poco ("bailarín genial, desprovisto de toda clase de cultura"). Vaslav Nijoinsky (nacido en 1889 en Kiev de padres polacos) es palabras mayores y para mí el propio nombre resulta una onomatopeya del salto. Es decir Nijinsky y se me ensancha el corazón y sueño con volar, inmaterial,  sobre el escenario (la Paulova miraba en el interior de las zapatillas del bailarín para ver si estaba ahí el secreto de sus saltos prodigiosos) y comerme el mundo a base de grand jetés, tours en l´air y sissonnés. Comulgo menos con algunas de las inclinaciones sexuales de Nijinsky y sobre todo con su obsesión culpable (pero sostenida) por la masturbación, que encontró un eco artístico (y provocó escándalo) en el momento en que su fauno plus nu que nu de La siesta de un fauno se autosatisfacía visiblemente en el escenario sobre el pañuelo de una ninfa. a ver si la locura le habrá venido de eso como sostenían los curas.

Me gustó mucho el planteamiento de Neumeier de situar el arranque de su espectáculo en la famosa velada en el salón de baile del hotel Suvretta House de Saint-Moritz, donde Nijinsky bailó ante el público por última vez, el 19 de enero de 1919, calificando la actuación -ya andaba un poco loco- de sus "bodas con Dios". Los presentes vieron a Nijinsky bailar, recoge Lucy Moore en su impactante biografía Nijinsky (Profile Books, 2013, que tengo dedicada por Mijaíl Baryshnikov de una vez que estuvo en Barcelona, ya que el propio Nijinsky, que murió en 1950, no se encontraba a mano), como si estuviera en un campo de batalla. El Nijinsky del Hamburg Ballet recoge eso casi al pie de la letra con una danza de inmenso nivel técnico, aunque a mi profano parecer algo fría, para continuar como un ballet narrativo y alucinado en el que parece que entremos en la atormentada mente del gran bailarín (Aleix Martínez en el reparto que yo vi) para repasar momentos de su vida. El ballet de Neumeier se abona a la teoría de que fueron la Gran Guerra y sus horrores lo que lo desestabilizaron y no la ruptura sentimental y profesional con Diaghilev.

El reencuentro con Nijinsky ha sido muy emocionante, aunque ya advirtió Darysnikov (que le interpretó en Letter to a Man) que ningún bailarín contemporáneo puede bailar los papeles en los que brilló Nijinsky mejor que él, y que esas obras no funcionan con nadie más. O sea que el salto de Nijinsky es inigualable, aunque podamos soñar en darlo.


El Pais. Cultura. Sábado 25 de abril de 2026

Una historia de violencia

 La Hora del Bocadillo

Los tres hermanos protagonistas de este cómic ambientado en el lejano oeste vivirán un auténtico vía crucis en la búsqueda de su huidiza madre



José Luis Vidal

17 de mayo 2026 


Daniel Blood dejará constancia sobre el papel de su historia y la de sus dos hermanos, Simon y el pequeño Jack, al que apodaban Conejo.

Llegó un momento en el que la vida, pese a las duras condiciones y la rectitud del reverendo Blood, pareció más plácida para aquellos niños que habían sido acogidos junto a Anna, su madre.

Pero como suele repetirse una y mil veces, el pasado vuelve en el momento más inesperado y con gran violencia, ya que Carter Cain sale de una cárcel mexicana en la que ha vivido un auténtico infierno, y en su cabeza solo hay dos ideas: Hacerle una breve visita al director de la prisión y, sobre todo, reencontrarse con el amor de su vida, que no es otro que Anna.

En este camino, el pistolero, junto a sus dos acompañantes, Levi y Billy Roy, miembros de la misma banda de forajidos, van a ir dejando un reguero de cadáveres, que tan solo parará momentáneamente cuando su mirada se cruce con la de la mujer, que ante el cadáver de Blood, no se lo piensa dos veces y sube a su caballo, huyendo del lugar y dejando a sus hijos abandonados…

Solos, sin un recurso, los chicos emprenderán un camino que los lleve a reunirse de nuevo con su progenitora. Pero la vida en esas tierras es dura, mucho, y los peligros acechan por doquier.

Afortunadamente, la suerte aparece en el momento más crítico, y se cruzarán con una mujer perseguida por la justicia, Buho Loco, por cuyas venas corre sangre cherokee, y que va a convertirse en esa importante ayuda que el desamparado trío de niños necesita en un ambiente totalmente hostil.

Mientras eso sucede, seremos testigos de la brutal y traicionera manera de ser de Carter, que para sobrevivir es capaz de hacer cualquier cosa, vaciando el cargador de su pistola ante la menor amenaza. Y también vamos a saber que la relación entre estos personajes no es lo que parecía en un primer momento.

Brian Azzarello, el guionista de este cómic, ya recorrió el Far West durante las exitosas veinticuatro entregas de la serie publicada en el renacido sello Vertigo, Loveless, junto al dibujante argentino Marcelo Frusin. Volver a estas tierras es reencontrarse con la violencia del western más duro, con pocos personajes (tan solo los niños protagonistas) que expresen algún sentimiento positivo.

Y regresa junto al que se puede considerar ya a estas alturas, su partner in crime preferido, junto al que ha transitado los terrenos del mundo criminal en la miniserie Johnny Double, y encontrado un merecido éxito con ese oscuro retrato en viñetas titulado 100 Balas. Y no ha sido el único trabajo realizado con Eduardo Risso, un auténtico maestro de las viñetas, que maneja el blanco y negro como nadie, pero que en esta ocasión despliega una paleta de colores, de acuarela, que al que suscribe y seguro al resto de lectores, va a sumir en un estado cercano al síndrome de Stendhal, maravillados por los bellos paisajes que el artista argentino plasma en sus páginas, obras de arte para enmarcar.

Clara representante del bautizado como Neo Western, La madre de los hermanos Blood se circunscribe a ese universo cinematográfico en el que el llamado ‘genero de convoys’ ha ido regalándonos obras con argumentos alejados del típico relato del sheriff heroico, para adentrarse en terrenos más oscuros y realistas que ya transitó directores como Sergio Leone y sus spaghetti western, y que ha ido evolucionando con el paso del tiempo hasta regalarnos joyas del séptimo arte como El Jinete Pálido, Sin perdón o la magnífica serie de televisión Deadwood, donde se nos ha mostrado la verdadera cara de una época dura y extremadamente violenta.

Y en este relato escrito por el puño y letra de Daniel Blood seremos testigos de que en las vidas de algunos hijos pesa una oscura condena, y es la repetir los pecados de sus padres.


Diario de Cadiz

Un mundo feliz

La tierra prometida está más allá de las estrellas… ¿O tal vez no?


José Luis Vidal

16 de mayo 2026


Cuando los recursos naturales del planeta Tierra comenzaron a escasear y su superficie se convirtió en un eterno incendio, las grandes mentes trazaron un plan, una huida del antaño planeta verde en busca de un lugar en el que la raza humana pudiera seguir viviendo.

A ese enclave lo bautizaron como Edén.

A bordo de una enorme nave espacial llamada ARCA se ha establecido una jerarquía que hasta ahora ha funcionado a la perfección, como un reloj suizo.

Una eficiente colmena.


Ficha

ARCA

Guion: Van Jensen

Dibujo: Jesse Lonergan

Tapa blanda

Color

176 págs.

25 euros

Nuevo Nueve


Los Ciudadanos, un grupo formado por grandes mentes y fortunas, son los que han establecido una serie de normas, que los coloca por encima de los Ayudantes, la fuerza de seguridad del lugar y los Colonos, el resto de la población, encargados del resto de tareas que hacen que no falte el alimento y todas la necesidades en este lugar.

Nadie a bordo de estos trabajadores se ha cuestionado nunca el por qué de una ceremonia, en la que al cumplir los dieciocho años, los colonos ya no vuelven a ser vistos y son trasladados a otra zona de la nave.

Pero claro, a estos obreros se les ha privado desde su nacimiento de la capacidad de la lectura, por lo que toda su existencia, sin ningún tipo de reparo, es realizar su tarea lo mejor posible y servir a todos los deseos de los Ciudadanos. Y cuando digo todos, me refiero a 'todos'.

En medio de toda esta eficiencia está la protagonista del relato, Perséfone, una muchacha a la que todos conocen como Effie. Gracias a un secreto que atesora comienza a preguntarse a sí misma sobre algunos hechos que suceden a su alrededor.

Y es que Effie sabe leer. Gracias a la generosidad de Nahyan Al Said, el encargado de preservar la literatura humana, la chica ha podido disfrutar de todas esas historias que sus compañeros Mat, Key, Bet y Don nunca conocerán.

Obviamente, el vigilante ojo del líder del lugar, Denton Graves, se posará sobre la protagonista, que comienza a traspasar líneas hasta ahora prohibidas para ella o sus compañeros, siendo testigo de que en esa nave están sucediendo hechos bastante oscuros…

¿Cuál será la verdad que se esconde en algún lugar de la enorme nave ARCA?

Van Jensen, guionista de este cómic, demuestra que para la salvación de unos pocos afortunados, una cruel élite que mira hacia otro lado mientras sus vidas sigan siendo cómodas. La crueldad, la mentira y el secreto serán las herramientas a utilizar para este fin, por muy desoladores que sean sus resultados.

Junto a este el dibujante Jesse Lonergan (Drome, Planet Paradise, Hedra…), un artista que tiene un sello especial a la hora de plasmar las historias en viñetas, ya que le gusta jugar con estas, planteando un mapa narrativo totalmente apasionante, que te lleva de la mano a través de un relato absorbente, en el que a lo largo del camino nos vamos a encontrar con no pocas sorpresas, algunas de ellas totalmente inesperadas y escalofriantes.


Diario de Cadiz


miércoles, 20 de mayo de 2026

Strangers in Paradise Terry Moore Dude


Algún día se podrá medir el daño que han hecho a los comics obras y autores que, por su carácter innovador, se han convertido en verdaderos hitos en la historia del medio y han supuesto una influencia tan grande, han dejado una huella tan profunda, que otros profesionales, considerablemente menos talentosos que los pioneros, han pretendido seguir sus pasos con mucha menor fortuna. inundando el mercado de títulos, personajes y estilos que, en su torpeza, sólo han podido bastardizar y encanallar el concepto original. Hay algunos casos muy llamativos, como los de Neal Adams y Jim Steranko, ambos figuras gigantescas, que sin embargo engendraron toda una caterva de seguidores que han hecho más mal que bien, quedándose la innovación narrativa y la potencia gráfica de los primeros en los amaneramientos de los segundos. Algo muy semejante sucedió con Watchmen o The Dark Knight Returns, obras muy meritorias que tristemente desencadenaron que durante casi toda una década (¿alguien recuerda el funesto lema "¡Los comics ya no son para niños!"?) los lectores de superhéroes nos tragásemos o bien la penúltima paja mental de un guionista con un ego del tamaño de la Península Ibérica o bien rollos macabeos que trataban temas supuestamente trascendentes con el rigor de un episodio de Padres forzosos. Pero esto no sucedía tan sólo con los comics mainstream, que al fin y al cabo buscan explotar el filón que tan buenos resultados comerciales les había dado, sino que se podían y se pueden ver sus equivalentes en las llamadas editoriales independientes (por cierto, independientes ¿de qué?). Desde el primer artista que decidió que su ombligo era un lugar donde ocurrían cosas apasionantes que debían interesarnos a todos, el aluvión de comics autobiográficos nos llegó al cuello y amenazó con cubrirnos por completo (de mierda, naturalmente). Con las slices of life ha ocurrido exactamente lo mismo, y la escena independiente se ha llenado de personajes pretendidamente originales, encantadores y vaya usted a saber cuántas cosas más. Strangers in Paradise pertenece a este último grupo.

Partiendo de la base de que siempre es bienvenido cualquier título que amplíe un poco el escaso espectro temático de los tebeos en español, he de añadir rápidamente que eso es prácticamente lo único que cabe celebrar de la llegada de Strangers in Paradise a nuestro país.


Los cuatro primeros números de la serie presentan a los personajes protagonistas: Francine, una chica dulce y confiada que no es capaz de encontrar un buen hombre que la quiera de verdad; Katchoo, su mejor amiga y compañera de piso, una chica impulsiva que puede o no ser lesbiana y estar o no enamorada de Francine; y David, un pringadete que se cuelga de Katchoo. Vaya mimbres. Terry Moore, que quiere ganarse a pulso en sus declaraciones el título de Antonio Gala de los comics por salidas como "Estoy más interesado en estas dos mujeres de quienes podría enamorarme- y en averiguar qué las hace reaccionar- que en la historia de cualquier hombre", sin embargo pinta a Francine como a una pobre desgraciada dispuesta a humillarse en público ofreciendo su virginidad y perdonar al pichabrava de su novio con tal de que no la deje, porque al fin y al cabo las mujeres necesitan a un hombre de verdad, o nos desvela que Katchoo es una impulsiva mediante el sutil recurso de hacerle apagar el despertador a tiros. Madre mía. Eso sí, todos los tíos son o unos calzonazos (como el vecino de las chicas o el mismo David, que es muy, pero que muy sensible) o unos cabrones, como el incorregible sátiro con el que sale Francine. O sea, el feminismo entendido a la manera de Thelma y Louise. Este tufillo políticamente correcto mezclado con nociones sexuales sacadas de la enciclopedia del Reader's Digest rampa por los cuatro números que componen el primer arco argumental de Strangers in Paradise, y Terry Moore no mejora las cosas con declaraciones del tipo: "Mi única intención es satirizar América". Por Dios, en cualquier tebeo de los estudios de Rob Liefeld la sátira de los Estados Unidos es mucho más sangrante (y lo hacen sin querer).

Por mucho que diga el ex guitarrista de un grupo de rock duro (estos gustos musicales explican muchas cosas) Terry Moore que "la vida es más complicada que elegir la opción A o la B. La gente es más compleja" refiriéndose a su indefinición sobre la homosexualidad de Katchoo, no nos podemos quitar de la cabeza que es la salida de los cobardes, mucho más propia de una editorial como Marvel que de los supuestos adalides de la libertad creativa, quienes al fin y al cabo se muestran igual de acojonados que las grandes empresas ante la posibilidad de ofender a algún lector, no vaya a ser que decida dejar de gastarse sus dos dólares setenta y cinco en las aventuras de una bollera. Muy triste.

Para terminar de mejorar la cosa, Moore también es de los que abundan en la opinión de que los personajes se escriben solos. Según él, Francine y compañía actúan y hablan mientras Moore se queda observándolos en un rincón. Esta opinión, que puede parecer graciosa en un comentario de texto de tercero de BUP, resulta triste cuando se la oye en boca de un artista hablando de sus creaciones. Ya puestos, ¿por qué no repartir los beneficios con ellos? ¿No son seres vivos? Si se les pincha, ¿no san-gran?, etc, etc. En fin, que como la vida sigue, también lo hacen las de los personajes de la serie y Moore, en su afán de mejorar la colección (hay que decir que no quedó muy contento de estos primeros cuatro números, pero no por ninguna de las razones que hemos descrito más arriba) y como "la vida es una experiencia multimedia, y los tebeos también deberían serlo", Moore dixit, en próximos números tendremos letras de canciones incluidas en el tebeo y listas de discos que el señor Moore escucha mientras perpetra Strangers in Paradise. Toma experiencia multimedia.

Mientras que la única explicación que cabe al respecto del contenido de Strangers in Paradise es que su autor, por mucho que se empeñe en ser un tío legal y enrollado, no deja de ser el típico cuarentón de clase media americano con mujer e hijos y un montón de facturas que pagar, lo del dibujo tiene explicación. Es un trabajo primerizo (aunque Moore ya tenía sus buenos 37 tacos cuando empezó con esto) y, aunque un poco feo, considerando que Moore en su vida había dibujado antes un tebeo, no se puede decir que lo haga tan mal. Es más, quienes han tenido el valor de seguir leyéndolo más allá de los cuatro primeros números dicen que mejora bastante. Yo lo creo. Pero la verdad, me da lo mismo. Le echaré la culpa a mis prejuicios, pero no puedo evitar pensar que nada bueno puede salir de la cabeza de alguien que cree que Yesterday es una de las mejores canciones de todos los tiempos.

gonzalo quesada


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999


‘La banda sonora de nuestras vidas’: canciones para recordar quiénes somos

De REM a Kraftwerk y de Neneh Cherry a The Breeders, el ensayo de Jude Rogers llega a través de 12 canciones inolvidables a la idea de que somos, en parte, aquello que escuchamos


Las componentes de Martha & The Vandellas, hacia 1964.

Michael Ochs Archives / GETTY IMAGES


Use Lahoz

25 ABR 2026 

El libro que ha escrito la crítica musical Jude Rogers, La banda sonora de nuestras vidas, posee el indomable encanto de mezclar la teoría y la práctica, el arte y la vida. Rogers ha construido un memoir a partir de la capacidad emotiva que tienen doce canciones que componen un recorrido íntimo: melodías y letras que se quedaron en ella para moldear su vida como se nos quedan a cada uno de nosotros las nuestras, canciones a las que acudimos para salir a flote, para sentirnos comprendidos o simplemente alegrarnos. La autora construye un ensayo híbrido de memoria, emoción y cultura popular ilustrado por voces académicas (psicólogos, antropólogos, musicoterapéutas o arqueólogos). Cada capítulo se articula en torno a una etapa vital —de la infancia a la madurez— y a una canción significativa, lo que le permite a Rogers explorar cómo la música acompaña nuestros recuerdos. Conmovedor es el arranque, con un antológico capítulo (el segundo) dedicado a la canción ‘Only you’, de The Flying Pickets, virtuosa crónica que mezcla el poder evocador de la música con la muerte del padre de la autora cuando esta tenía cinco años. Es uno de esos capítulos que justifican un libro.

Igualmente emotivo resulta, en ese periodo de formación, la historia de Adam and the Ants y su canción ‘Prince Charming’. Hay músicas que logran expresar lo inefable y enviarnos mensajes. La impresión que le causó a Rogers ver en televisión a los siete años la figura de ese príncipe de chaqueta negra con botones dorados que se balanceaba sobre un candelabro hacia ella, le hizo querer moverse como él, saltar como él, convertirse en él, emularle en todo. Muchos años después, siendo una reputada cronista musical, coincidió con su príncipe en vivo, en el backstage de un concierto de Tony Bennett, y se quedó sin palabras ante él, cuya presencia (como si rellenara una ausencia) le hizo pensar en aquella niña triste y ansiosa a la que despertó guiándola hacia el mejor lugar desde el que desarrollar sus restantes años de infancia: el desbordante reino de la imaginación.

La cuarta canción es ‘Buffalo Stance’, de Neneh Cherry, que supuso para la autora el chute de emoción intensa que su adolescencia requería, y que hoy le sirve para indagar sobre los efectos del rap en poblaciones de mujeres jóvenes. Otro significativo capítulo es el dedicado a ‘Drive’, de REM, con el videoclip oficial y el efecto caleidoscópico que tuvo el grupo en su avanzada adolescencia, cuando la música es un manantial cultural e informativo, cuando forramos las paredes de la habitación de posters y el mundo interior se ve trastocado por la aparición del amor. ‘Radioactivity’ de Kraftwerk ilustra cómo entró en la música electrónica y ciertos grupos (Underworld, Orbital, Chemical Brothers…) derribaron nuestra férrea determinación de que siempre seriamos indies y nunca comerciales, y de cómo el apático bajo de Kim Deal unifica prodigiosamente el desmadrado tema ‘Cannonball’ de The Breeders para hacernos bailar, que es lo que hacemos cuando estamos felices.

‘Heat Wave’ de Martha Reeves and The Vandellas analiza cómo la música nos diseña el amor y por qué las canciones y las historias son útiles para dar forma a sentimientos abrumadores. Así resuenan canciones que todavía la vinculan a personas y otras que lo hacen a los viajes a los festivales que nos hicieron peregrinar religiosamente por prados y montañas en los noventa, a los pisos compartidos, las autopistas, a las cintas de casete que se grababan para esa otra persona como si nos fuera la vida en ello.

Rogers incide en las siguientes canciones en que la música habita en nosotros desde el inicio mismo de la vida, cuando nuestra madre da forma melódica a su voz y nos habla y balbucea con sintonías empáticas cargadas de sentimiento.

La obra consigue interpelar al lector de manera directa. Dice Fernando Navarro en el prólogo que “la música nos revela cosas que ni conocemos de nosotros mismos”. Así, más que una simple lectura, invita a un ejercicio de introspección, a preguntarnos cuáles son los temas que han marcado nuestras propias etapas vitales.

Un ensayo sensible y perspicaz que interesará tanto a melómanos como a quienes disfrutan de la escritura autobiográfica con vocación reflexiva; que, sin estridencias, deja resonando una idea tan sencilla como poderosa: la de que somos, en parte, aquello que escuchamos. Con un estilo cercano, íntimo, emotivo y reflexivo, Rogers ha dado forma a un ensayo fuera de lo común en el que nos vemos tan reflejados que parece escrito para cada uno de nosotros, solo tenemos que cambiar las canciones y poner las nuestras.




La banda sonora de nuestras vidas 

Jude Rogers 

Prólogo de Fernando Navarro

Traducción de Gabriela Bustelo

Libros del Kultrum, 2026

288 páginas. 22 euros


Babelia Núm. 1.796 Sábado 25 de abril de 2026


martes, 19 de mayo de 2026

Steam Detectives Kia Asamiya Planeta-DeAgostini



Hay una particular fascinación en la moderna ficción por la imaginería victoriana que entronca seguramente, con una cierta aproximación nostálgica a géneros pretéritos como el folletín más rancio o a la figura del detective infalible y su invencible némesis. La pervivencia de la sombra de Holmes (pero también de Lupin, no lo olvidemos), las cíclicas revisitaciones de los sucesos de Whitechapel o el rescate inminente de Fu-Manchú son síntomas de una sensibilidad que se resiste a desaparecer con el inminente cambio de siglo, una sensibilidad que ha generado una cierta variante en el amplio corpus de la ciencia-ficción contemporánea que ha dado en llamarse, no sin cierto deje de ironía, steam-punk. Las obras adscritas a esta corriente recuperan algunas constantes de la vieja tradición de la ucronía y se aplican a la reinvención de una Inglaterra victoriana alterada por adelantos científicos inéditos, en un ejercicio que tiene mucho de lúdico y de pirueta estética. Son trabajos en los que pesa especialmente la reconstrucción de una atmósfera y de una manera de narrar, amén del ingenio a la hora de abordar asuntos contemporáneos con una mirada de otra época (o viceversa).

Kia Asamiya, autor conocido por los mangakas españoles gracias a trabajos anteriores tan relevantes como Compiler, se adentra en los brumosos territorios del género con un correcto equipaje en el que se codean el detective de Baker Street, la sombra de Erik (también llamado el Fantasma de la Opera) y un espíritu gótico más cercano al Batman post-Miller que a las andanzas del Destripador, pero que no desentona en un relato claramente destinado a la conquista del mercado occidental, me parece (más concretamente, el estadounidense, si se me permite una presunción sin más pruebas que mi mala fe y un superficial análisis de este primer volumen de Steam Detectives). La consciente simplificación del dibujo, reducido en ocasiones a mera caricatura, la liviandad del relato y la discutible asimilación de las constantes más superficiales del universo plástico de Mignola, por citar el préstamo más obvio, definen una obra que fracasa, a mi juicio, en lo fundamental: la creación de una atmósfera. El universo en que los personajes se desenvuelven parece una acumulación de lugares comunes a los que apenas se hace mención ocasionalmente (utilizando, además, el texto de apoyo): el vapor de agua que enrarece el paisaje urbano (eso se nos dice, al menos; de hecho, es lo único que se nos dice), el viejo policía entrañable, el joven policía patán, la joven ayudante con tendencia a rasgarse el perenne uniforme de enfermera (¡!) y un protagonista de irritante aire adolescente y diseño inverosímil. Que la tecnología tenga su base en la venerable máquina de vapor justifica, supon-go, el detalle de la niebla perma-nente, y quizá el aire victoriano del vestuario. Por lo demás, la peripecia podría desarrollarse en cualquier otro ambiente. Un equi-paje, pues, correcto, y un libro de estilo lleno de citas convenientes, pero un conjunto excesivamente desangelado, me parece, apto sólo para seguidores del autor.

Mención aparte merece el envoltorio. Presentado en el agradecido formato de la Biblioteca Manga, Steam Detectives se beneficia del impecable diseño de producción de la pareja Ruiz/ Sempere, de cuyo buen gusto sería redundante hablar a estas alturas (o acaso no lo sea tanto: no es habitual comentar las ediciones en que se nos venden los manga, no se lee a menudo que tal título no parece escrito en castellano o que tal otro parece rotulado con los pies, así que a lo mejor convendría ir rompiendo lanzas en favor de quien sí hace las cosas bien, e incluso muy bien, como es el caso). En realidad, el librito es tan atractivo que a uno le tienta la idea de conservarlo, a pesar de lo insustancial de su lectura.

(Para leer un par de buenos ejemplos de steam-punk, los anglófilos pueden buscar The Diference Engine, una notable novela escrita mano a mano por Bruce Sterling y William Gibson, o bien inclinarse por la estupenda Antihielo, traducida por Ediciones B, un pastiche a la manera de Julio Verne firmado por el hiperactivo Stephen Baxter. Para comprobar cómo trabajar de verdad una atmósfera y convertirla, además, en artefacto narrativo, nadie como el ya mencionado Mignola o el muy eficaz Guy Davis, responsable de Sandman Mistery Theatre y de la seminal Baker Street, una recuperación mucho más punk que steam del mito de Holmes.)

francisco naranjo


U, el hijo de Urich #14 enero 1999