lunes, 1 de junio de 2026

Mr. Natural Robert Crumb La Cúpula


Empecemos por el final: recientemente, Robert Crumb ha retornado al personaje de Mr. Natural, en un tebeo a color (de momento, sin continuidad) que desconozco, pero que, sin duda sería muy interesante comparar con este álbum y comprobar cómo puede haber variado la perspectiva del autor. A falta de ello, nos concentraremos en las andanzas que recoge este libro (por cierto, en una edición bonita y muy correcta, aunque, como de costumbre, falten los datos de las publicaciones originales de las historietas), y que van de lo subversivo (ese Mr. Natural ya anciano -pero presentado, significativamente, en la primera página del álbum- que patea traseros de jovencitas), a lo psicodélico (Mr. Natural conoce a "El Chico"), lo sarcástico (carteles que rezan "Deja que Mr. Natural piense por ti" y "Discutamos, sé lo que es eso", presiden la mesa del despacho de Mr. Natural) y lo profundo (esa conversación junto a la mesa de la cocina). Todo ello aderezado con dosis masivas de un humor absurdo que está bastante ausente en la obra reciente de Crumb, abocada a la autobiografía más pura y dura.

Llevan fecha, las primeras historietas recogidas en este tomo, de 1969, el mismo año en que nació quien firma estas líneas. Comprenderán que esta distancia temporal -a la que se suma la física-, dificulta mi conocimiento exacto acerca de la forma en que debieron repercutir estas historietas entre sus lectores de entonces. Pero sí me da por pensar que seguro que resultaban mucho más graciosas entonces que ahora.

Con esto no quiero decir que me parezcan caducas, que su valor haya prescrito. De hecho, y muy al contrario, la mayor sorpresa del tebeo puede ser su escasa coyunturalidad, su carácter atemporal y universal. Para una obra nacida en un momento histórico que ha devenido tan estereotipado por el paso del tiempo, su capacidad de vigencia resulta admirable (la sorpresa tampoco tendría por qué ser tal, si pensamos que Crumb tiende a hablar de sí mismo y no tanto de lo que le rodea). Aún así, insisto, no cabe duda de que el lector de hoy, al menos el que esté mínimamente familiarizado con la herencia de la contracultura, no ya en el ámbito historietístico, sino en todas las expresiones de la cultura popular, se sorprenderá y se reirá mucho menos que un lector del 69, con el cínico gurú Mr. Natural y la extravagante relación de amor/odio con su reticente y vacilante discípulo Flakey Foont. Esta ausencia de sorpresa es el mayor tributo a la importancia y trascendencia de la obra de Crumb. No nos sorprendemos porque ya estamos acostumbrados a la irreverencia, a la neurosis, a la brutalidad y al patetismo en las páginas de los tebeos. Pues bien, Crumb estaba ahí casi al principio. Él es un pionero de todo esto y de más. Su legado está patente (en los EE UU, casi de forma estigmática) en la mayoría de historietistas libres y creativos que desde entonces han sido en todo el mundo. En nuestro país, éste es, tan sólo, el sexto volumen de la edición de sus Obras Completas (el anterior, por cierto, apareció hace ya tres años); únicamente un fragmento de una obra vastísima (el Complete Crumb de Fantagraphics ya alcanza los once volúmenes, cada uno de ellos con el doble de páginas que la edición de La Cúpula).

Pero no es de extrañar. Crumb es aún, pese a los años, a su condición "oficializada" de pope del underground, a las películas y a todo, un autor difícil de asimilar que ni en los mejores tiempos de El Víbora contaba con el debido tirón popular. Y es que, en la obra de Crumb, el humor y la caricatura que siempre la revisten no ocultan (no creo que lo pretendan) plenamente el dolor y el miedo que subyace en la misma. Crumb puede ser muy divertido, pero casi siempre es más inquietante. Y eso mismo que hace de Crumb un autor difícil, es lo que le destaca y eleva respecto a coetáneos y correligionarios.

J. Edén


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999


viernes, 29 de mayo de 2026

Adèle Blanc-Sec: El misterio de las profundidades Jacques Tardi Norma



La saga de Adèle Blanc-Sec, que con éste suma ya su octavo álbum, continúa gozando de una enorme popularidad en el país vecino. Gracias a ella, su autor ha podido consolidar una posición privilegiada dentro de la industria, lo cual le ha permitido afrontar con ciertas garantías de éxito otros proyectos más personales y arriesgados. Esta doble faceta de Tardi es, posiblemente, una de las claves de su éxito y su prestigio: ha sabido mantenerse fiel a un público que le sigue pidiendo más de lo mismo y que le da cierta estabilidad comercial, pero al mismo tiempo ha podido desviarse del camino marcado para profundizar en los temas que le obsesionan como autor y plasmarlos en un puñado de obras maestras.

A estas alturas, un nuevo álbum de Adèle Blanc-Sec, para qué nos vamos a engañar, aporta bien poco. Confieso que no me he leído, ni mucho menos, los siete anteriores; confieso, todo sea dicho, que las aventuras de esta señorita (que, por otro lado, no es demasiado simpática ni se esfuerza en disimularlo) siempre me resultaron demasiado complicadas y enrevesadas, y que nunca conseguí enganchar del todo con el particular universo de personajes, bestias y monstruos incluidos, que pueblan sus páginas. Pero eso no impide que reconozca el valor del enorme trabajo de Tardi, su innegable capacidad gráfica, su magnífico poder de ambientación y recreación, y, sobre todo, la enorme coherencia que destila el mundo caótico y singularmente disparatado que nos traza en esta Francia del primer cuarto de siglo. A partir de un enorme despliegue de documentación, Tardi consigue crear un mundo fantástico pegado indisolublemente a la realidad; crea, de hecho, otro mundo real, una especie de mundo paralelo (o de París paralelo, para ser exactos) en el que los monstruos, los sabios locos, las máquinas fantásticas y los artefactos más disparatados campan a sus anchas con total naturalidad. La saga de Adèle comenzó como un homenaje en clave de parodia a la literatura popular del siglo XIX, una especie de cajón de sastre en el que el autor podía permitirse fantasear con todos los mitos del optimismo científico y de la revolución industrial; además de eso, es un homenaje a un París que nunca existió, una visión más de las múltiples desde la que este autor ha retratado a la capital francesa.



Las únicas sorpresas de este nuevo episodio son de carácter estrictamente argumental. Pero es que cuando la sorpresa continua y el enrevesamiento sistemático se convierten en el hilo conductor, ni una cosa ni otra funcionan correctamente. El tono deliberadamente folletinesco y paródico, llevado a extremos casi caricaturescos. hacen que el lector sea incapaz de sorprenderse ante nada porque ya sabe de antemano que todo está permitido y todo puede ocurrir. Por otro lado, el lío de personajes y nombres que aparecen, desaparecen y se mezclan de un álbum a otro es tan grande que, la verdad, haría falta algún croquis explicativo o un árbol genealógico para seguir la lectura sin fatiga. El lector que, como yo, no sea especialmente amigo de las tramas difíciles (máxime cuando se supone que estás ante un tebeo de evasión que no debe complicarte demasiado la existencia), puede buscar, sin embargo, otros motivos de disfrute: el enorme ingenio de Tardi para fabular continuamente nuevos monstruos y artefactos; sus divertidísimos diálogos y un singular sentido del humor, más acentuado en esta ocasión que nunca, que conduce la historia hacia la farsa total; y, por supuesto, como en cualquier obra de este autor, la enorme capacidad de evocación de los paisajes urbanos que nos dibuja.

En definitiva, un tebeo de entretenimiento que, me temo, sólo entretendrá plenamente a los seguidores habituales de la serie. El resto sonreiremos con los puntuales destellos de ingenio de su autor, mientras seguimos esperando la aparición del verdadero genio de Tardi en otras obras más ambiciosas y personales.

Enrique Bonet


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999



miércoles, 27 de mayo de 2026

El destino de Mónica Claire Bretécher Beta



Siempre es agradable saludar a una vieja amiga. Puede uno hablar de los viejos tiempos, recordar anécdotas, compartir unos cuantos chistes, unas risas... antiguas o nuevas, tanto da. Se le caldean a uno las entrañas, se respira, por una vez, mejor. Reencontrarse con la Bretécher es casi lo mismo. Da gusto comprobar, además, que sigue en plena forma, brillante, afilada como una navaja. Y tan francesa como siempre. Claro que no debería ser una sorpresa para nadie. Al menos, para nadie que sepa quién fue (quién es, aún hoy) Claire Bretécher. Lo que sí constituye una novedad inesperada es la iniciativa de Beta Editorial: nada menos que una colección dedicada exclusivamente a la autora francesa, de la que han aparecido ya dos títulos cuando escribo estas líneas. Y una colección lujosa, además, con un papel excelente, su tapa dura... y una rotulación lamentable que imita, sí, el estilo de la caligrafía original, pero olvida las más elementales reglas de ortografía e ignora olímpicamente cualquier asomo de puntuación. ¿No va ya siendo hora de exigir un mínimo de dignidad y respeto?

Claire Bretécher forma parte de una cierta tradición francesa de historieta satírica que ha dado nombres clave de la BD en las últimas décadas: Lauzier, Reiser, Binet.. Todos tienen en común una extraordinaria sensibilidad para la creación de tipos, la inteligencia de sus observaciones sociológicas, la perdurabilidad de una obra que por su misma naturaleza corre siempre el riesgo de quedar reducida al chiste coyuntural. Como sus compañeros de viaje, Bretécher parece trabajar sus páginas con vitriolo, pero a la vez deja patente su cariño por los personajes, humanizándolos en su colosal patetismo y arrancándonos la sonrisa más tierna cuando menos lo esperamos.

Como Lauzier o Reiser, la autora de El Destino de Mónica renunció desde el primer momento a una espectacularidad gráfica que no haría más que distraer al lector de lo que de verdad importa: el asunto, la peripecia, el diálogo, el torpe teatrillo de vanidades que sus personajes van improvisando a trancas y barrancas. De ahí el plano sostenido, la estilización de los fondos, su ausencia incluso, la aparente monotonía de sus páginas. Y por eso la expresividad, la gestualidad. (Naturalmente, estas cosas no son aplicables únicamente a los humoristas galos. Podrían decirse cosas muy similares de gente como Feiffer, por citar a un norteamericano, o de bestias del calibre de un Oscar, para recurrir a la opción más obvia en nuestro país. Sin embargo, ni Lauzier ni Bretécher tienen parangón fuera de su país, me parece. Quizá es una manera de abordar su trabajo, una forma de hacer, un especial cinismo... A eso me refería, supongo, cuando, al abrir el texto, me congratulaba de lo francesa que seguía nuestra vieja conocida.)

En cuanto a El Destino de Mónica, una vez señalada la imperdonable chapuza de la rotulación, sólo cabe decir que se trata de otra de esas odiseas minúsculas en las que las mujeres de la Bretécher se ven embarcadas sin comerlo ni beberlo, un viaje que nos permite vislumbrar toneladas de cochambre en las orillas de la gran Europa casi confluente, que nos lleva por una Francia tan llena de remiendos y cutrerío que a ratos nos recuerda poderosamente a nuestra propia tierra. El bisturí de la autora, afilado y envenenado, arremete por igual contra burgueses e inmigrantes, deja al descubierto las relaciones de poder más humillantes y los egoísmos privados más desoladores, castiga a los nuevos ecologistas y a los viejos granjeros... no deja, en suma, títere con cabeza. Como en los viejos tiempos. Hay, sin embargo, una cierta desconfianza hacia las nuevas tecnologías que no termina de oler bien, a mi juicio. Se ataca desde demasiados frentes a todo lo que tiene que ver con la fecundación in vitro, la congelación de embriones, etc. Quizá es una falsa impresión. Tal vez me estoy volviendo suspicaz con los años, pero me ha parecido detectar, precisamente ahí, un tufillo reaccionario... No importa, en cualquier caso sería un mal menor en lo que por lo demás constituye una lectura estimulante y agradecida que sólo por el personaje principal, enternecedor en su vano intento de trascender su propia inanidad, ya merece la pena.

El Destino de Mónica, segundo volumen de la Colección Bretécher, supone, al menos, el reencuentro con una autora vital y lúcida. No son características que abunden en el mundillo de la historieta. Sería deseable, insisto, que la editorial se preocupase de subsanar el lamentable descuido de la rotulación: no se pagan 2.000 pesetas para leer cosas del calibre de "voy ha llamar al hospital" (página 17, viñeta 8), o "es cierto la adoro ... ¿vendrá ha hacer los cristales mañana?" (página 20, viñeta 11). Sería deseable, también, que la iniciativa tuviera continuidad: llevamos demasiado tiempo aislados de la obra de gentes como Claire Bretécher. (¿A lo mejor por eso hay tanto advenedizo que insiste en considerarse a sí mismo, contra toda evidencia, humorista?)

francisco naranjo


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999



martes, 26 de mayo de 2026

No puedo dar más Álvarez Rabo La Cúpula



En esta época dominada por lo políticamente correcto, las historietas de Álvarez Rabo no pueden más que suscitar las iras y el rechazo de una mayoría bienpensante que se escandaliza de las formas sin preocuparse por meditar sobre el fondo. Sólo así puede explicarse la acusación de inducción al abuso sexual de la que ha sido objeto su Consejos sexuales en Italia. En la misma línea han de situarse las calificaciones de machismo que continuamente recaen sobre muchos de sus trabajos, emitidas desde esa concepción imperante del feminismo, de tintes muy puritanos, que asocia, sin entrar en consideraciones de otro tipo, toda representación de actos sexuales como perpetuación de una imagen sumisa de la mujer. Y nada más lejos de la realidad, porque sobrarían dedos de la mano para contar casos similares al suyo de puesta en valor del género femenino. Preocuparse más por cómo se hacen las cosas que por lo que éstas son en realidad es, como decía, el signo de los tiempos que vivimos. Y un lastre para Álvarez Rabo, que debe su relativa fama más a un supuesto afán provocador que a sus inteligentes bofetadas gráficas y sus verdades como puños.

Se ha convertido en lugar común afirmar que Alvarez Rabo es como Mauro Entrialgo, pero más bestia. Puede que sea porque manejan el mismo formato de una página, porque sean paisanos y amigos o porque ambos comenzaron a alcanzar cierta notoriedad en las páginas de Tmeo, pero la identificación suele ser inmediata. Verdad es que ambos alimentan su obra del análisis de la condición humana, pero no es menos cierto que Alvarez Rabo siempre llega unos pasos más allá (desde su interesada perspectiva, su amigo "tiene menos mordacidad que Leticia Sabater"). Mientras en la mayoría de las ocasiones el enfoque de Mauro permite que el lector se considere a salvo, distanciándole de las actitudes objeto de ironía, leer a Rabo puede llegar a resultar muy incómodo porque es imposible enajenarse a su sátira. Todos, más temprano que tarde y sin excepción, nos vemos reflejados en unas viñetas hirientes (enfrentarse a la verdad duele) que, lejos de caer en la demagogia del juicio moral, se limitan a reflejarnos tal como somos... y seguiremos siendo.

No puedo dar más es una nueva recopilación de sus historietas y en ella, como contradiciendo el título, Alvarez Rabo ofrece mucho: nada ni nadie está a salvo de su punto de mira y él menos que otra persona. El transcurso de los años ha cambiado la vida del autor. El matrimonio, la paternidad y el éxito internacional de su obra pictórica le han situado como ejemplo de una clase media acomodada. Su trayectoria vital ha entrado en contradicción con sus ideas juveniles y gran parte de las historietas incluidas en este álbum están dedicadas a hacer escarnio de sí mismo en un sanísimo ejercicio de higiene mental que, además, contribuye a superar el escollo de la reiteración y el hastío. Es consciente de que en su situación actual ya no puede tener la misma frescura a la hora de tratar aquellos temas que ha dejado de conocer de primera mano y, remontando momentos titubeantes como "Vino blanco" o "Polla flecha", parece haber decidido reconducir definitivamente su producción hacia la temática autobiográfica, con excelentes resultados y sin dejar de ser fiel a sí mismo. Porque el hecho de que la mayor parte del tiempo se dedique a hablar sobre sí no significa que deje de hablar sobre todos nosotros.

En cuanto al apartado gráfico, todo lo que se pueda comentar es harto conocido. La base de su técnica es perder el menor tiempo posible en hacer tebeos porque, en sus propias palabras, con ellos pierde dinero. Y, aunque la primera impresión es que sus resultados parecen los propios de aplicar a rajatabla dicho principio, una mirada más atenta descubre que ningún elemento es aleatorio o superfluo. Se trata de un estilo muy efectivo que cumple una premisa básica para lograr sus objetivos: proporcionar la información necesaria y situar ésta en el lugar adecuado para facilitar comprensión del lector. En definitiva, disiento del prologuillo de Santiago Segura, porque precisamente lo mejor es el conjunto. Alvarez Rabo no quiere dar más, ni falta que le hace.

Eduardo García Sánchez


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999




lunes, 25 de mayo de 2026

Un lugar muy especial

 La Hora del Bocadillo

¿Quién iba a pensar que aquel paraje contenía tantos secretos y sorpresas?


José Luis Vidal

24 de mayo 2026 


Ahh, el campo. Qué gustazo pasear entre los árboles de un bosque, que la fresca brisa te acaricie el rostro, escuchar el canto de los pajarillos y encontrarte de frente con una pequeña ardilla que educadamente te da los buenos días…

¿Ehh? P-pero, ¿qué está pasando aquí?

Justamente esto mismo le sucede a Hanna, la pequeña protagonista de este cómic, El bosque de Oreka, cuando acompañada por sus padres va a visitar a su abuelo, el guardabosques del lugar. Lo que en principio parecía que iba a ser un verano de lo más soso y aburrido, cansada de las inagotables anécdotas del anciano, de golpe y porrazo se transforma en una apasionante peripecia que conseguirá que la niña abra los ojos ante una nueva y fantástica realidad.


Ficha

El bosque de Oreka

Autor: Paco Sordo

Tapa blanda

Color

28 págs.

20 euros

Astiberri


El cómic infantil y juvenil, en los últimos tiempos, se ha revitalizado con historias que huyen de lo ñoño y que, como esta, componen una aventura con momentos surreales y una gran dosis de imaginación, en la que su autor, Paco Sordo, consigue sacarnos más de una sonora carcajada con su divertidas ocurrencias.

Y es que Sordo no puede, y no quiere, evitar esa vena humorística que posee y con la que se explayó en El Jueves y la digital Orgullo & Satisfacción, para dejarnos a todos alucinados con ese genial homenaje a los tebeos bruguera, El Pacto, que le hizo justo merecedor del Premio Nacional de Cómic en 2022 y una prometedora carrera en el mercado franco belga, donde también ha sido el creador de las peripecias de Niko, cuya cuarta entrega acaba de ser publicada en nuestro país.

Pero volvamos a Hanna, que en este inesperado viaje iniciático por el bosque se va a encontrar con que los animales hablan, y mucho. Uno de los que la va a acompañar es Cerdo Infinito, un marrano que viste bombín y cuando las cosas se pongan algo feas hará todo lo que pueda para ayudar a la chiquilla, ya que resulta que este bosque está gobernado por unas entidades extremadamente poderosas que, años atrás, llegaron a una entente cordiale para repartirse la noche y el día.

Lo malo es que la llegada de Hanna, sin ella proponérselo, va a alterar las cosas, y ese eterno sol que cubre la parte del bosque donde vive su abuelo va a darle la bienvenida a la temida oscuridad y la noche…

Desgraciadamente, el pobre abuelo será la primera víctima de la enfurecida Dama del día, que lo convierte en la diana de su enfado. Y a partir de ese momento, Hanna tendrá que buscar una solución para que las cosas vuelvan a ser como antes de su llegada. Menos mal que junto al gorrino, tendrá la ayuda del un peculiar cuervo al que no conviene mirar muy fijamente (ya sabréis por qué) y un gnomo, Roland, que pese a su juventud (solo tiene ciento veinte años) y su mal carácter, tiene mucho que ver con Katya, la madre de Hanna, con la que compartió muchos momentos en el pasado.

Una peripecia esta que va a llevar a la niña a enfrentarse a no pocos peligros, como la aparición de unos glotones lobos o los numerosos caracoles vampiro, que menos mal que son la lentitud personificada, porque si no…

El bosque de Oreka no es tan solo una increíblemente divertida lectura para los más pequeños de la casa, y os aseguro que cualquier adulto que se acerque a esta va a pasar un muy buen rato. Y no solo por el argumento, sino también disfrutará del maravilloso trabajo gráfico que ha realizado Paco Sordo (con la inestimable ayuda en el color de la ilustradora Inés Jiménez), con unas páginas y viñetas en las que merece la pena detenerse.

¿Podrán Hanna y sus nuevos amigos devolver la luz del sol al bosque? ¿Calmarán el enfado del misterioso Espíritu del bosque? ¿Cuáles son las verdaderas intenciones de los coloridos fantasmillas?


Diario de Cadiz



domingo, 24 de mayo de 2026

El que tienes delante

Opinión por Anatxu Zabalbeascoa

En un poema, atribuido durante años falsamente a Borges, un verso hacía balance de su vida: "Si volviera a nacer comería más helados". Era, claro, una llamada a averiguar lo importante. También la constatación de que, hagamos lo que hagamos, nos equivocaremos porque, cuando consigamos acertar, ya no seremos los mismos. La vida es cambio. En aceptar, sobrellevar, observar, observar, aprovechar, celebrar, fomentar o disfrutar los cambios consiste vivir. "Que te pasen cosas", deseaba Manuel Vicent a sus lectores.

Si pudiera volver a empezar. Si lo conociera hoy. Si volviéramos a estudiar. Si fuera de nuevo madre. Si pudiéramos volver a ver a nuestros padres... ¿qué haríamos? Las emergencias sirven para pensar en eso. Para aprender a priorizar. Priorizar no es fácil porque tiene truco. Ver las cosas de manera sencilla se llama ver claro. Quien consigue hacerlo es clarividente. Pero la clarividencia es un don que poco tiene que ver con la sencillez. O mucho. Los clarividentes perciben lo no evidente a través de sentidos comunes. Es decir: desarrollan una capacidad excepcional. Y lo excepcional es el reino de lo inesperado. El milagro de las emergencias es que nos convierten a todos en clarividentes. Por un momento nos ponen de acuerdo. Todos queremos lo mismo: sobrevivir. Cuando lo contingente desaparece, la mente se aclara. El civismo manda. Y el civismo es emocionante. Sirve para plantearnos por qué tenemos que llegar hasta esa urgencia para darnos cuenta de que un bocinazo, una mala palabra o cualquier falta de amabilidad tiene un recorrido muy corto Y no beneficia a nadie. Nos sirve para constatar que, transcurridos unos meses, volveremos a descuidar esa clave tan sencilla para poder convivir en paz.

Hace unos días España se apagó. Pero, permítanme la cursilería, descubrimos otra luz. La tía de mi amigo G tuvo que quedarse a dormir en casa de su sobrino. Nunca habían dormido en la misma casa. Ese día les tocó compartir cama. Una vez al año, mi amiga A queda con M, su ex, en un bar cuando visita su ciudad. Quedan allí porque E, la mujer de M, se ha negado siempre a conocerla. El lunes 28, M apareció en su casa con A. Y... sorpresa. No tuvo que decirle a E "ya está bien de tonterías". Ella abrió una botella de vino. Se pasaron la noche hablando a oscuras. De nuevo, la oscuridad iluminó.

En su última y extraordinaria novela, Amélie Nothomb nos recuerda que en 1990 aún era posible no contar con más compañía que la que tenías delante. Eso sucedió durante el apagón. En una era de soledades normalizadas, fomentadas y, a veces, conquistadas, las emergencias nos recuerdan que formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos. Comprometerse con los demás multiplica la vida. Por eso una emergencia es, además de muchas otras cosas, una oportunidad. Nos recuerda el regalo que es tener la oportunidad de confiar.

"¿Qué significa portarse bien?", se pregunta Nothomb en El libro de las hermanas. Marguerite Duras escribió que vivir es callar algunas cosas. Sentir para no decirlas. En buena medida, comportarse es no hacer algo. Por eso Huxley apuntó que la mitad de la moral es negativa. Pero la vida escapa a recetas. Hace convivir contrarios para que tengamos la libertad de elegir. Así, no hacer algo podría ser el camino para no ser. O... podría ser también la vía para llegar a ser.


ICON DESIGN Nº17 junio 2025

sábado, 23 de mayo de 2026

Corto Maltes:Tango Hugo Pratt Norma



Por extraño que parezca, conozco a bastantes aficionados a la historieta que han sido incapaces de leerse un tebeo de Hugo Pratt. Por el contrario, también conozco a quienes, sin ser en absoluto lectores habituales de cómic, son fanáticos seguidores de las aventuras de Corto Maltés. Supongo que entre los miles de eruditos en la vida y milagros del marino de Malta habrá quien tenga respuestas a esta paradoja; yo sólo me espanto al pensar qué hubiera sido de la historieta si Hugo Pratt no hubiera existido.

Y todo a media luz, aparecida originalmente en 1985 de forma seriada en la publicación italiana Corto Maltese, conoce ahora su edición definitiva en España de la mano de Norma, tras una anterior, en forma de fascículos, dentro de la revista Corto Maltés de la editorial New Comic. No es, me parece, el mejor modo de persuadir a los descreídos de lo mucho que se pierden. Tango es un tebeo para iniciados convencidos, para seguidores habituales del ciclo vital y aventurero del marino más famoso que ha cruzado el mar salado. Posiblemente éste sea uno de los episodios de Corto Maltés en el que mayores concesiones hemos de hacer, en el que se nos pide un mayor grado de complicidad, o de condescendencia, hacia algunos de los vicios narrativos de su autor, lo que puede llevar a lectores poco avisados a la desorientación o al aburrimiento. Sin embargo, puedo asegurar que no hay obra de Hugo Pratt que no encierre algunos personajes, frases o secuencias inolvidables, tocadas de la singular belleza con la que el italiano lograba conectar íntimamente con sus lectores. Y este tebeo, a pesar de todo lo dicho, está lleno de muchos de esos momentos impagables.

Quince años después de su anterior aventura por tierras sudamericanas (la que constituía el siguiente episodio previsto dentro del ciclo de La Juventud, que desgraciadamente ya nunca veremos), Corto Maltés regresa a Argentina. Vuelve, como casi siempre, por la llamada de un amigo, en este caso de una mujer, Louise Brookszowyk, personaje que nos enlaza con Fábula de Venecia. La búsqueda de esa mujer y, posteriormente, la de su hija, envolverá a Corto en una sucia trama de redes de prostitución y proxenetismo, de corrupciones. de oscuras luchas de intereses entre las grandes familias de terratenientes, de asesinos a sueldo, de políticos y policías vendidos. Pero también le hará reencontrarse con viejos amigos y antiguas nostalgias. La misma nostalgia, me parece, que debió sentir el propio autor al trazar estas páginas, al dibujar las calles, los tugurios, los ambientes que él mismo conoció en su juventud; en el prólogo de la primera edición argentina de esta obra, Juan Sasturain nos dice que Pratt refleja con gran verosimilitud, y con su acostumbrada erudición, el momento histórico del Buenos Aires de 1923, pero que, sin embargo, la escenografía y la ambientación que nos plasma gráficamente tienen mucho de oníricos y poco de realistas; Pratt prefirió dibujar Buenos Aires como él lo sentía en los años 50, más que como le dictaban las fotos y la documentación de la época.



El episodio comparte muchas de las mejores virtudes distintivas del estilo de Pratt: la abundancia y riqueza de personajes, todos ellos perfectamente definidos y cargados de matices, por pequeña que sea su intervención; la inteligencia y brillantez de los diálogos, plenos de ironía; la presencia de elementos mágicos que se insertan en la historia de forma natural, no para interrumpir o modificar el curso de la acción, sino para aportarle una nueva dimensión, una resonancia onírica y poética (en este caso, las dos lunas que sólo aparecen para Corto). Hay también, como siempre, algunas secuencias antológicas, planificadas con la soltura y brillantez de un narrador y dibujante genial: el asesinato de Kazinsky, el reencuentro de Corto y Butch Cassidy, o toda la escena final en casa de Habban y el asalto a Corto; y, por supuesto, la famosa secuencia del baile de tango y el impagable guiño para los mitómanos: ver al mismísimo Corto engominado al mejor estilo de Gardel.

Pero junto a todos estos momentos de verdadera altura, la peripecia argentina de Corto parece marcada por un tono general de cansancio y abandono. Hay demasiadas páginas en las que su autor no se complica la vida en absoluto y se limita a coleccionar cabezas parlantes con enormes bocadillos y prolijas explicaciones, o a encargarle a Lelle Vianello, su ayudante en cuestión de "maquinarias", que le dibuje coches en diversas posiciones. El exceso de viñetas discursivas, la escasa presencia de escenas de acción y la propia complejidad de la trama, unido a la gran variedad de personajes, hace también que la narración avance menos fluidamente que de costumbre y sea, en ocasiones, difícil de seguir. Pero es evidente que a Hugo Pratt, en el momento de su inmensa carrera en el que dibujó esta obra, todo eso había dejado de importarle. Él seguía cuidando, por encima de todo, el tratamiento de los personajes y de las relaciones humanas, y en esa línea intimista está concebida Tango, con un predominio casi absoluto de la palabra y la reflexión sobre la acción. Esta es, sobre todo, una historia sobre el paso del tiempo y las huellas del pasado. Los personajes principales, incluido el propio Corto, parecen rodeados de un hálito de hastío y derrota. Todos miran al pasado y buscan en él referencias y viejos anhelos. El concepto de aventura, omnipresente en toda la obra de Pratt, se diluye; aquí ya no se encuentran villanos románticos, ni locos soñadores, ni extrañas sociedades secretas, sino una sórdida lucha de intereses económicos entre grupos de poder. Quizá por eso el propio Corto Maltés parece estar fuera de sitio, sin apenas controlar ni intervenir en el desarrollo de los acontecimientos. Como le dice Esmeralda, "es más fácil quedarse románticamente enganchados al pasado". El tiempo de los aventureros empezaba a pasar, y Pratt decidió anunciárnoslo en una Argentina de tonos oscuros, donde el aire melancólico y crepuscular característico de su estilo encontraba el mejor paisaje para desarrollarse.

Enrique Bonet


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999