Pocas personalidades como la de Lope de Aguirre (Oñate, Guipúzcoa, c. 1515- Barquisimeto, Venezuela, 1561) aúnan en su empeño visionario y crueldad las luces y sombras que tiñeron el proceso de invasión/conquista del Nuevo Mundo. Hidalgo sin herencia, domador de potros de profesión, llegó a tierra de Indias en 1537 buscando fama y fortuna para acumular años azarosos en los que, en lugar de riqueza, amasó una merecida fama de díscolo y pendenciero, adquirió los apodos de loco y tirano, desarrolló una acusada manía persecutoria aderezada con delirios de grandeza y se erigió en protagonista de la expedición al Marañón, nombre con el cual era conocido el Amazonas en su época, por la que ha pasado a la Historia.
Tras combatir contra la sublevación liderada por Hernández Girón, redimiendo así su pasado de rebeldía, Aguirre se enroló como Maese de Campo en la expedición en busca de la tierra de Omagua y El Dorado que el marqués de Cañete, a la sazón virrey del Perú, autorizó comandar al inexperto Pedro de Ursua en 1559. El resultado de esta exploración de las cuencas de los ríos Orinoco y Amazonas, infructuosa y accidentada, sembró el descontento entre el grueso de los expedicionarios, situación que aprovechó el de Oñate para liderar un motín que el 1 de enero de 1561 acabó con la vida de don Pedro. Fernando de Guzmán, natural de Sevilla y hombre de paja de don Lope, tuvo bajo sus órdenes a los sublevados, autodenominados marañones, hasta el 22 de mayo de 1561.
Aguirre, en aquel momento dueño absoluto de la situación, se deshizo del andaluz y de todo aquel que pudiera estorbarle para tomar el mando, asumiendo el título de "Príncipe del Perú, Tierra Adentro y Chile" otorgado anteriormente a Guzmán. El envío de una carta de desnaturalización y declaración de guerra a Felipe II y la toma de la isla Margarita supusieron los prolegómenos de la puesta en marcha de un plan demencial desde una perspectiva actual: apoderarse del Perú para constituir un reino independiente gobernado por él. A partir de aquel momento, la jornada en busca de El Dorado se convirtió en un viaje alucinante y desquiciado por la selva amazónica hasta que tropas reales y marañones desertores pusieron fin a esta aventura, hoy día fantástica y disparatada, en tierras venezolanas el 27 de octubre de 1561.
Los tres tebeos sobre estos hechos escritos por Felipe Hernández Cava, aun formando un conjunto homogéneo, permiten su lectura individual. La aventura, con dibujos de Enrique Breccia, fue el primero en aparecer y estaba dedicado al tedio de los prolegómenos del viaje. El segundo, La conjura, ilustrado por Federico del Barrio, se centraba en las habilidades políticas de Aguirre y su dominio de la situación. El que aquí nos ocupa, La expiación, aunque fue, según palabras del propio Hernández Cava, el primero en ser escrito, se centra en los últimos días de vida del guipuzcoano. Sus páginas nos presentan un Lope de Aguirre crepuscular, enfermo, consciente de que se acerca el fin de sus sueños y de cómo la lealtad de sus marañones se desvanece junto a la fascinación y el terror que su figura inspiraba en ellos; sus viñetas y diálogos retratan un Aguirre rebelde hasta que muere, vencido y abandonado de todos los suyos, sin tan siquiera pisar tierras peruanas.
En verdad, pocos personajes históricos como Aguirre se prestan a disquisiciones de este tipo. A pesar de la damnatio memorie decretada sobre él por la justicia de Felipe II, son multitud los documentos de la época y posteriores en torno a los acontecimientos de la expedición. A las crónicas de algunos marañones supervivientes, necesariamente sesgadas en sus juicios porque buscaban justificar el indulto que les había sido otorgado, les han seguido multitud de análisis históricos, estudios psicológicos sobre don Lope que diagnosticaron un cuadro de paranoia psicótica, novelas de todo tipo, películas e, incluso, historietas. A pesar de la memoria interesada de los relatos de primera mano, lo que en ellos se refleja parece haber sobrecogido más a sus lectores que a sus protagonistas. Dicha impresión se ha magnificado y agrandado con el transcurso del tiempo, convirtiendo a Aguirre en un personaje de leyenda, singular y extraordinario. En él se ha querido ver, entre otras cosas, un tirano loco y cruel, un héroe del nacionalismo vasco o un precursor del independentismo americano. Esta última visión parece ser la asumida por Felipe Hernández Cava en La expiación, acercándose a las ideas vertidas por Miguel Otero Silva en su novela Aguirre, príncipe de la libertad, con la atinada invocación final de Simón Bolivar y José de San Martín. La carta de desnaturalización de Felipe II, transcrita en el álbum, encierra una crítica interesada a la administración colonial, al nepotismo, ineptitud y abusos de las autoridades civiles, a la corrupción y los excesos religiosos y a la falta de recompensa para los protagonistas de la conquista. Todo ello acerca las intenciones de Lope de Aguirre a los movimientos de emancipación hispanoamericana del siglo XIX. Estos, lejos de pretender la reivindicación indígena, se encaminaron a desvincular las colonias de la corona española para que las élites criollas pudieran disfrutar sin cortapisas del control de las riquezas del continente.
El guión de Felipe Hernández Cava, sólido, impecable en su estructura, de narrativa muy ortodoxa y dotado de unos diálogos muy fluidos, supone un jalón más en su busca declarada de acercar a un público menos minoritario del que por sí misma tendría la investigación gráfica de dibujantes con los que ha colaborado, como Federico del Barrio, Raúl o el propio Ricardo Castells. El presupuesto es aproximarse al lector a través de relatos de vocación universalista. Tal es el caso de La expiación donde, aparte de introducir las reflexiones sobre ls Historia ya mencionadas, articula tres elementos de carga dramática presentes en manifestaciones literarias, visuales y escénicas de todo tiempo y lugar. Uno, implícito, es el del desengaño traumático que todo soñador visionario afronta al topar con la realidad. Otro, el mejor desarrollado en mi opinión, es el tema de la traición. En este sentido, la reacción de Aguirre cuando se consuma la deserción de su lugarteniente remite, por citar el ejemplo más obvio, al estupor que según Shakespeare hubo de sentir Julio César al comprobar la participación activa de Bruto en su asesinato. El último de ellos, el amor paterno-filial encarnado en la relación del protagonista con su hija, queda desdibujado, tanto por esa dificultad crónica que Cava parece tener a la hora de construir personajes femeninos como por el poco espacio que ocupa en el total de la obra.
Mientras el apartado literario personalidad de La expiación supone su elemento más accesible en la "vía intermedia" emprendida por el escritor madrileño dentro de su obra historietística, la aportación de Ricard Castells entra de lleno en cambio en el eso que ha dado en mal calificarse estilo gráfico, como "vanguardia estética" y constituye un ejercicio de abstracción impresionante, radical y arriesgado. A causa de la técnica empleada entre expresión en estas planchas, las referencias -que surgen en forma automática -son la pintura y el grabado japonés. Sin embargo, el arte esquemático levantino no puede dejar de invocarse a la hora de buscar puntos de referencia que quizás sólo existan en la mente del analista. Lo primero que llama la atención del trabajo de Castells en este álbum es la sobriedad de la puesta en escena y la síntesis del grafismo.
El dibujo, casi siempre eficaz, despojado de todo elemento superfluo y alarde cromático, sujeto al ritmo impuesto por Hernández Cava, alcanza sus mejores momentos en los silencios y recrea a la perfección, al tiempo que la convierte en una protagonista más, la atmósfera tensa, sofocante y desolada de la historia. Sin embargo, no siempre acierta a la hora de facilitar la comprensión del lector, como ocurre en laguna escena nocturna y, especialmente, en la confusa página de la muerte de Elvira. En este último caso la elección tomada por Castells hurta el episodio, importante para entender la personalidad de Aguirre, de toda su carga dramática. En estas secuencias del libro y en algún cambio en el estilo gráfico, leve pero arbitrario, se rompe el equilibrio entre expresión plástica y necesidades narrativas que en todo tebeo que se mueva en las coordenadas de La expiación debe prevalecer. Sin olvidar dos viñetas, una correspondiente a la primera aparición de Elvira y la otra, más adelante, a la siguiente conversación que ésta mantiene con su padre, en las cuales la busca de una composición armónica de sus elementos ha llevado a situar la rotulación de los diálogos sin seguir el orden lógico de lectura.
Las vicisitudes, expuestas con detalle en el epílogo del libro, por las que ha pasado La expiación durante los seis años transcurridos desde su realización hasta que los responsables de Edicions de Ponent asumieran el reto de publicarla, constituyen una trayectoria, tan accidentada como la expedición de los marañones, que ilustra claramente las dificultades que tienen determinadas propuestas para encontrar un hueco en el mercado. Es posible que, hojeando distraídamente sus páginas, los lectores potenciales de La expiación difícilmente se hagan una idea cabal del álbum. El estilo gráfico empleado por Castells no coincide con los cánones de aquello que se considera mayoritariamente como un tebeo bien dibujado. Ante esta certeza pienso que si los términos de la ecuación fueran Miller, Sienkiewicz y Daredevil, en lugar de Hernández Cava, Castells y Lope de Aguirre, el tebeo que ocupa estas líneas tendría una repercusión mayor de la que está teniendo. Tal vez exagerada, porque, salvando las diferencias más obvias, lo que ofrecen ambos productos no es tan diferente entre sí, ni se aleja tanto de obras tenidas como más convencionales.
Eduardo García Sánchez
U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999












