jueves, 30 de julio de 2026

El castillo, el teleférico y los nazis

 EL FARO DEL FIN DEL MUNDO

Regreso al Schloss Adler y a ‘El desafío de las águilas’

Un entusiasta y divertidísimo libro de Geoff Dyer invita a revisar la icónica película bélica de Richard Burton y Clint Eastwood y la novela de Alistair MacLean

Clint Eastwood, Richard Burton y Mary Ure en una escena de 'El desafío de las águilas'.

Pictorial Press Ltd (Alamy Stock Photo)


Jacinto Antón

18 JUL 2026 


Me ha sorprendido descubrir cuánta gente conocida es fan de la película El desafío de las águilas (1968) y del autor de la historia, escrita directamente para la pantalla, Alistair MacLean, que la convirtió luego en una novela tan estupenda como el filme. Entre los que admiran la película de Brian G. Hutton y al autor escocés están nada menos que Michael Ondaatje, el novelista de El paciente inglés (una historia bastante más sutil, ciertamente), Steven Spielberg, que la ha destacado como su favorita del género bélico, y un escritor que me encanta desde que leí su preciosa —especialmente la primera parte— Amor en Venecia, muerte en Benarés (Random House, 2010), Geoff Dyer.

Con Dyer nos unen varias cosas: somos casi de la misma edad (68 años, él unos meses más joven), a los dos nos gusta viajar y hemos tenido desencuentros con la aurora boreal —véase el capítulo al respecto en su libro Arenas blancas (Random House, 2017)—, y nos tiene robada el alma la espada Stormbringer del Elric de Melniboné de Michael Moorcock. Además, ambos hemos estado a bordo de un portaviones estadounidense en misión de combate para escribir una historia. Dyer embarcó en el USS George H. W. Bush y yo lo hice, con el fotógrafo Guillermo Cervera y mucho susto, en el USS Harry S. Truman, también puro musculado estrépito. De mi estancia salió un reportaje y de la del escritor un libro estupendo, Another great day at sea (Pantheon Books, 2014). Tanto él como yo éramos de largo los mayores en nuestros barcos y Dyer el más alto.

Geoff Dyer.

Agence Opale (Alamy Stock Photo)

Pues bien, el otro día, husmeando por la librería Foyles de Londres fui a dar con un librito (120 páginas) del escritor que no tenía ni idea de que existía. Se trata de Broadsword calling Danny Boy (Penguin, 2018) y al tomarlo en mis manos me puse literalmente a temblar de emoción (y mira que hacía calor en Londres). El libro está consagrado a hablar de la película El desafío de las águilas y su título alude, como habrán deducido los fans del filme, al código radiofónico que usa el mayor británico Jonathan Smith (Richard Burton) para comunicarse con los que lo han enviado, junto al teniente estadounidense de los Rangers Morris Schaffer (Clint Eastwood) y la agente Mary Ellison (Mary Ure), a una peligrosa misión de comandos en un castillo nazi, Schloss Adler, el Castillo de las Águilas, en las montañas bávaras. En la versión española de la película, el código, que Smith/Burton emplea en diversas comunicaciones, con su inolvidable énfasis shakespeariano, era “Espada llamando a Daniel”. En inglés la frase se ha convertido en un lugar común instalado en la psique nacional.

Descubrir que Dyer es un apasionado de El desafío de las águilas, Where eagles dare, Donde se atreven las águilas, que es el título original de esa apoteosis de la aventura con castillo, teleférico, nazis y agentes dobles y triples, me ha encantado. Pero es que al leer el libro me he enterado de que compartimos todavía muchas más cosas de lo que creía. Por ejemplo, Dyer cita con entusiasmo el libro que yo también tengo The nazis, de Piotr Uklański (Patrick Frey Edition 1999), un volumen convertido casi en obra de culto que recoge a toda página 164 fotos de actores de cine que se han caracterizado de personajes del III Reich para otras tantas películas. Están ahí en uniforme pardo o negro, desde Robert Duvall y Michael Caine en otra peli de águilas, Ha llegado el águila, hasta Lee Marvin y Charles Bronson en Doce del patíbulo, pasando por James Coburn en La cruz de Hierro, Marlon Brando en El baile de los malditos, James Mason como el Rommel de El zorro del desierto, Ralph Fiennes en La lista de Schindler, Helmut Berger en Salon Kitty o Robert Vaughn en El puente de Remagen, entre otros muchos.


Derren Nesbitt (de negro SS), Anton Diffring y Ferdy Mayne encarnando a los nazis principales de 'El desafío de las águilas'.

LANDMARK MEDIA (Alamy Stock Photo)

Dyer habla en Broadsword calling Danny Boy de su pasión juvenil por el Action Man con la equipación de patrulla de esquí que remite tanto a Los héroes de Telemark, otro atrevido raid y otra gran película, como a las parkas blancas de las rudas tropas de montaña alemanas, Gebirgsjäger, los tipos de la Edelweiss, que custodian el abrupto reducto alpino de El desafío de las águilas y con cuyo uniforme se disfrazan Burton y sus comandos. También confiesa su fascinación por la metralleta Schmeisser y la pistola Luger (esos iconos de la Segunda Guerra Mundial y que en nuestra inocencia de niños de los años sesenta pedíamos por Navidad). Y su largo romance con las maquetas de aviones para ensamblar de Airfix (sus favoritos son el B-17 y el Avro Lancaster). Vamos, Dyer, uno de los nuestros (o nosotros unos de los suyos).

El libro, dice su autor, es un “inventario narrativo de mi propio repertorio de detalles y observaciones, acumulados a lo largo de muchos años y múltiples —y a menudo parciales— visitas”. Vamos, que dicho de otra manera, es un recorrido personal por El desafío de las águilas, “que forma parte de quien soy”, en el que Dyer desmenuza el argumento y profundiza en aspectos que le interesan o divierten. En buena medida es una gran, genial gamberrada, llena de ingeniosos y a veces disparatados comentarios de ribetes montepythonianos, juegos de palabras y mucha ironía, y que ofrece abundante información sobre la creación y desarrollo de la película. Por ejemplo, el fallo de que salga un helicóptero Bell 47, que no existían aún, pistolas con silenciador dignas de las pelis de James Bond o que uno de los mandos alemanes tenga el rango de Reichsmarschall, que solo ostentaba Goering.


El escritor Alistair MacLean.

National Portrait Gallery London - www.npg.org.uk (National Portrait Gallery London)

Dyer comienza con la primera secuencia, en el avión que lleva a los comandos y que sobrevuela un paisaje alpino nevado mientras se suceden los títulos de crédito. Subraya que aunque parezca que estamos en un filme de horror de la Hammer dirigiéndonos al castillo de Drácula en Transilvania, nos encontramos a bordo de un Ju-52 capturado a los alemanes. Pasa a describir a los siete pasajeros, entre ellos Burton y Eastwood. Apunta que la razón de Burton para meterse en esta película es claramente monetaria: sacará un montón de dinero que le servirá para comprar a su moderna Cleopatra (Elizabeth Taylor) cosas como un reactor privado o joyas fastuosas, entre ellas el diamante Krupp y la perla La Peregrina. De hecho, Liz visitará a menudo el set de rodaje (los contratos de ambos estipulaban que tenían que poder comer juntos) y se hará fotos con Burton y el resto del elenco caracterizados de militares alemanes. A Burton le convence para participar en la película, además de la pasta, el que Gregory Peck haya quedado tan digno protagonizando ocho años antes la similar, aunque climatológicamente tan distinta, Los cañones de Navarone.

El autor recuerda que el título de la película (y la subsiguiente novela) no es de MacLean, que era muy malo poniéndolos, sino que, aunque suena al lema del SAS “Who dares wins”, quien se atreve vence, lo inspiró el nombre del propio castillo, Adler, y es en realidad de Shakespeare, del Ricardo III, cuando se dice que el mundo está yendo tan mal que los chochines cazan donde las águilas no se atreven (dare not) a posarse.


Clint Eastwood con una Schmeisser en el set de rodaje de 'El desafío de las águilas'.

Dyer comenta con bastante sorna el personaje de Eastwood, con un peinado “post-Elvis”, señala, y un laconismo y falta de expresividad dignos de un pistolero con poncho. Dice de su método actoral que su único registro es entrecerrar los ojos, lo que lo hace monosilábico en términos de expresión facial. Al respecto, lo compara con Steve McQueen, maestro, dice, en la manifestación de una nada interior, y con otros actores sobrios como Charles Bronson o Marvin. Al que no se le puede aplicar lo de actor sobrio es a Burton, que, esto lo recuerda Jack Webster en su biografía de Alistair MacLean (Chapmans, 1991), paró, para charlar con el escritor, una escena en la que debía trepar por un muro y en una hora y media se zampó cinco vodkas largos. Entonces volvió al set y subió el muro sin contratiempos. En un encuentro posterior, el actor y MacLean, que bebía como un escocés, se liaron a puñetazos y Burton acabó en el suelo de un derechazo a la nariz.

El autor reflexiona sobre el grado de eficacia de las operaciones secretas del SOE británico tras las líneas enemigas (cuestionando de paso el concepto) y trae a colación a John Keegan y a Max Hastings y el juicio de ambos de que la aportación de ese tipo de guerra no fue mucha. El comando tiene que rescatar a un general capturado que posee secretos sobre la apertura del segundo frente, pero Burton tiene su propia agenda (y valga la palabra dado que las agendas tienen un papel tan importante en la trama; como lo tiene la Escopolamina).

Las escenas en el teleférico —el castillo es tan inaccesible que deja Colditz a la altura de un balneario— son de lo más emocionante del filme, sobre todo para los que se caen. Dyer les dedica espacio a esas escenas y también a la de la reunión en que se enreda y se desenreda el intríngulis de espionaje de la historia y ya no sabes quién es quién (siempre hay un último giro), excepto el bueno de Clint Eastwood que frunce el entrecejo más de lo habitual. Dyer relaciona la escena con la de la taberna de Malditos bastardos de Tarantino, una de las muchas influencias de El desafío de las águilas en ese filme.



Foto publicitaria de 'El desafío de las águilas'.

Aunque Dyer se empeña en buscarle carga erótica a la relación entre el SS-Sturmbannführer Von Hapen (Derren Nesbitt), “la bestia rubia”, y las dos chicas en el bando de los buenos, Mary y Heidi (Ingrid Pitt), sugiriendo incluso que el nazi, tan malo que sale dos veces en el libro de Uklanski, trata de montar un trío, la verdad es que en El desafío de las águilas como en otras pelis y novelas de MacLean no hay prácticamente sexo: todo va demasiado deprisa y el escritor era bastante puritano. Lo más libidinoso es la manera en que Eastwood lubrica la Schmeisser.



El Pais Sábado 18 de julio 2026


Gato por liebre por Antonio Hernández Palacios

Es un trabajo divertido y apasionante, pero duro, el resucitar gentes que fueron, imaginando su entorno en un intento de reconstrucción visual. Analizar su tiempo y circunstancias leyendo todo lo escrito sobre los que tratamos de recuperar del olvido para ponerlos de nuevo en pie, con una imagen creíble y adecuada.

Pero no basta leer. Hay que digerir lo leído para encontrar la forma de transmitirlo gráficamente en una sucesión de viñetas que harán de nuestro lector un analista visual de cada página. Ese análisis iconográfico es imprescindible si se desea disfrutar de esta suerte de narración dibujada, ya que hay detalles en una viñeta, nunca caprichosos, que unos verán y otros no. Todo un clima que intenta contarnos cosas, reforzado por los textos en bocadillos o globos, la palabra de nuestras gentes o las apoyaturas escritas para aclarar conceptos que la imagen nos propone.

Una narración inventada, pero casi siempre nacida en el pasado, en la historia, en lo ya sucedido y casi siempre olvidado. A veces, en el más documentado trabajo biográfico se producen lagunas que los historiadores no han podido salvar. Nada nos impide tapar esos huecos con imaginación, en una emocionante pirueta de que casi siempre carecen los austeros y voluminosos libros de historia. Creo que hasta podríamos hacer digerible la interminable nómina de los reyes godos, siempre evitando la pretensión de dar gato por liebre.


El Pais. Historia de los Comics. Clásicos y modernos. Capítulo 10. Año 1987


















El Cid. La Toma de Coimbra por Antonio Hernández Palacios (páginas 12 a 28)




miércoles, 29 de julio de 2026

BIENVENIDOS A MI BIBLIOTECA : KENNY RUIZ

 EL RINCÓN DE LOS LECTORES


¿Sería España un cruce de caminos para el cómic? En cualquier caso, sus autores se nutren del cómic estadounidense, el franco-belga y el manga, y esa mezcla de influencias ha dado lugar a Télémaque y Team Phoenix.

¿Tienes muchos libros?

RUIZ Más libros que espacio para guardarlos. ¡A medida que compro más, se van formando terribles montones de cómics!

¿Qué libros te influyen?

> Los libros de arte de películas, los cómics cuya composición y narrativa me gustan. Releerlos a veces me ayuda a desbloquearme. También hay libros de arquitectura o de fotografía.

¿La lectura ocupa mucho de tu tiempo?

> Un poco menos. Hubo una época en la que pasaba todos los domingos leyendo cómics, ¡y era el mejor momento de la semana! Ahora sobre todo le leo Petit Poilu y Pokémon a mi hijo de cuatro años. ¡Jaja!

¿Y tú, cuál es tu primer recuerdo de lectura?

> ¡Me encantaban las pequeñas historias que venían en las cajas de mis G.I. Joe! También me gustaba mucho El Capitán Trueno, un cómic de aventuras español que recibía en casa, y los X-Men que compraba mi hermano mayor.

¿Tuviste enseguida ganas de hacer cómics?

> Me encantaba inventar historias cuando jugaba con mis figuritas. Dibujar fue una evolución lógica, para poder contárselas a mis compañeros de escuela. Durante mucho tiempo fui «el niño que dibuja en clase».

¿Conocías Spirou y el cómic franco-belga?

> Astérix era el único cómic de la biblioteca de la escuela. Más tarde, cuando fui a estudiar a Barcelona, a la escuela Joso, descubrí un universo de cómic infinito y variado con autores como Frank Pé, Marini, Alex Alice, Loisel o Buchet. Solo conocía Spirou de nombre, aparte de algunos álbumes de Le Petit Spirou. Cuando Munuera y Morvan retomaron el personaje, me fascinó su trabajo. Mi Spirou favorito sigue siendo Paris-sous-Seine [Paris bajo el Sena, volumen 47 de Spirou y Fantasio] , incluso después de haber leído los clásicos de Franquin y Tome y Janry.

¿Y ahora, qué lees?

> Bastantes mangas: L'Atelier des sorciers, Radiant, Yotsuba &! y Gunnm. Pero también novelas gráficas como Oleg, de Frederik Peeters, Le plongeon, de Victor L. Pinel y Séverine Vidal  [La inmersión, publicado por Nuevo Nueve en España]. Me encanta el Lucky Luke de Matthieu Bonhomme, Blacksad o Contrapaso, de Teresa Valero. Y, por supuesto, los X-Men, mientras los dibuje Pepe Larraz.

¿Y literatura?

> Me gustaría leer más. En este momento estoy releyendo Dune y relatos de Phillip K. Dick. ¡Mis amigos me han hecho millones de recomendaciones que nunca consigo leer!

¿Y tú, qué nos recomiendas?

> El juego de Ender, de Orson Scott Card, y Siddhartha, de Hermann Hesse, dos libros relativamente cortos. Cada uno, a su manera, cambió mi comprensión de la vida.


P. S.


Entrevista encontrada en la revista Le Journal de Spirou, pero no se en que número de los más de 4000 que cumple ya la revista de comics. 




martes, 28 de julio de 2026

Entre el laberinto y la mazmorra


Un fotograma de la película 'Backrooms', de Kane Parsons.

Ent-movie / Alamy / CORDON PRESS

Marta Peirano

25 JUL 2026

Dédalo creó el laberinto para guardar un oscuro secreto en el corazón de una familia real. El minotauro era hijo de un encuentro prohibido entre Pasífae y un toro blanco que Poseidón le había regalado a su marido Minos, rey de Creta, para apoyar su derecho al trono. Minos tenía que sacrificar al toro en honor al dios, pero el animal es tan bello que decide quedárselo y matar a otro en su lugar. Como castigo por el engaño, los dioses instalan en su esposa un deseo salvaje por el animal, al que seduce paseándose con un lomo de madera con la forma y la piel de una vaca. De esa unión nace un hijo monstruoso y divino, un minotauro llamado Asterión.

El rey le encarga a Dédalo una prisión para esconderlo. De esta colaboración entre la culpa y el ingenio nace una arquitectura con forma de cerebro, con un camino serpenteante cuyos giros conducen al centro una y otra vez. Es tan intrincada que ni su creador es capaz de encontrar una salida, y se tiene que fabricar unas alas para poder escapar, aunque paga un precio alto por el atajo. El mundo antiguo no perdona ni al apuntador. El plan tiene éxito, el minotauro está atrapado. Pero tiene hambre. El precio para mantenerlo a raya es más alto aún.

Minos debe sacrificar a siete jóvenes y siete doncellas cada nueve años, que manda traer no de Creta, sino de Atenas. Un detalle finísimo sobre los tributos del trauma que merece ser contado en otra ocasión. Lo importante es entender que el laberinto no es un acertijo que se resuelve con ingenio o del que se sale con fuerza bruta, sino una arquitectura diseñada para esconder un secreto monstruoso que devora vidas inocentes con su oscura potencia destructiva. Teseo sale victorioso porque recorre el camino sin coger atajos y se enfrenta al monstruo voluntariamente, pero también porque tiene la ayuda apropiada. El hilo de Ariadna es el vínculo con el mundo que lo ayuda a regresar.

En Backrooms, la película de Kane Parsons, la puerta al otro lado está escondida a plena luz fluorescente en el sótano de una tienda vacía de muebles pirata. El dueño es Clark (Chiwetel Ejiofor), un divorciado alcohólico y emocionalmente inestable al que encontramos con su terapeuta Mary (Renate Reinsve), autora de un libro titulado The Window Within (la ventana hacia adentro). Están revisitando la última conversación que tuvo con su mujer, y ella lo anima a romper el patrón escogiendo una ruta distinta.

¿Es este el sortilegio que accidentalmente genera el portal o ha estado esperándolo desde siempre? Sea como sea, la retórica psicoanalítica parece ofrecernos una ventana hacia el centro del subsconciente donde se almacenan los traumas que debemos enfrentar para enderezar nuestras vidas. Los protagonistas de Backrooms han perdido sus vínculos con el mundo, hay sacrificios de jóvenes y doncellas. Parece un laberinto, pero es su asfixiante hermano contemporáneo, cuyo nombre no viene del griego sino del inglés mediaval: maze.

Desde fuera parecen lo mismo, pero hay notables diferencias que delatan su naturaleza contrapuesta. El laberinto tiene un solo camino, que se expande de forma horizontal, como una isla, mientras que el maze se expande en vertical, como un garaje, y tiene muchos niveles con caminos múltiples incluyendo bifurcaciones, callejones sin salida y otras trampas diseñadas para perderse de forma improductiva. El laberinto sólo se parece a sí mismo y conserva la simetría de los animales bellos, con un centro perfecto que hace de corazón; mientras que el maze es una imitación enferma de la realidad que se expande de manera anárquica, como un tumor. Es un estado de burocracia infinita cuyo único objetivo es la parálisis y la ofuscación.

Uno representa el camino de la vida, una experiencia ritual de autoconocimiento en la que se liberan secretos que necesitan ser descubiertos, mientras que el otro es una trampa alienante que nos atrapa sin enseñarnos nada porque no tiene sentido ni solución. La banda sonora de la película, creada por Parsons y Edo van Breemen, mantiene esa cualidad que Freud llamó das unheimliche, la sensación siniestra de que algo familiar se ha vuelto extraño, de algo que parece que no es.

La backroom original nació como post anónimo de 4chan en 2019, en forma de foto borrosa de una oficina amarillenta y desierta, a medio camino entre el departamento de contabilidad de alguna antigua República Socialista Soviética y el pasillo de El resplandor. Decía: "Si no tienes cuidado y te sales de la realidad en las áreas equivocadas terminarás en los backrooms, donde no hay nada más que el olor a alfombra húmeda, la locura del amarillo monocromático, el intermitente zumbido de las luces fluorescentes y aproximadamente 600 millones de millas cuadradas segmentadas de manera aleatoria, en las que puedes quedar atrapado". Sobre esto se ha construido un universo de manera colectiva siguiendo el mismo proceso de la investigación creativa de la que nació QAnon y otras teorías de la conspiración.

La película es irrelevante fuera de este contexto. No está a la altura de los maestros a los que homenajea, de Kubrick a la Alicia de Disney y, sobre todo, Alien, el octavo pasajero, del que hereda el género del espacio cerrado con presencia desconocida, un guión de 12.000 palabras y la habilidad de sostener una hora y media de película sólo con ambientación. Pero esta cultura de los espacios liminares como manifestaciones puramente estéticas de mundos diseñados para vidas que ya no recordamos es tan potente y masiva que ha abierto una línea de investigación que podemos llamar arqueología del folklore de internet.

La aportación más notable, en este caso, es de la historiadora y comisaria italiana Valentina Tanni. Su ensayo Estéticas liminales (Caja Negra, 2026) cartografía estos espacios y elucubraciones que renegocian los límites de lo real. Son nuestros intentos de recomponer el mundo con los fragmentos de nuestra existencia híbrida en este mundo donde lo nuevo aún no ha nacido y lo viejo se resiste a morir.


Babelia Núm. 1.809 Sábado 25 de julio de 2026



AMARGURA Y ESCEPTICISMO: BALADA EN «SPY FICTION» por Jacques de PIERPONT

Fíjense en las manos de Max Fridman. En cuanto se produce una explosión (un disparo... o un neumático reventado), más generalmente en cualquier ocasión que genere una emoción violenta, implacables primeros planos ponen al descubierto sus incontrolables temblores de miedo. Al «héroe» no le queda más remedio que intentar, como buenamente pueda, disimular su turbación encendiendo una reconfortante pipa...

Este hombre, más espía por obligación que agente secreto por vocación, pasea su flema desencantada de hombre maduro por el vientre blando de una Europa enferma por el auge de los fascismos. Bien podría pasar por primo de Philip Mortimer: rostro redondo, barba pelirroja, aspecto bonachón ligeramente rechoncho, ropa cálida y acomodada. Pero cuesta imaginarlo enfrentándose a algún Olrik de los Balcanes: apenas responde a los principios heroicos de la acción al estilo de Jacobs, teatral, lírica y maniquea. Fridman sería más bien el Alack Sinner del relato de espionaje...

Si existen correspondencias, hay que buscarlas en las novelas de Graham Greene (El tercer hombre, El agente secreto), así como en El espía que surgió del frío, de John le Carré, autores por los que Giardino no oculta en absoluto su admiración; y aún más en las sofisticadas intrigas de su modelo común, Eric Ambler (La máscara de Dimitrios).

Curiosamente, la serie Max Fridman no tiene ninguna rival en el cómic. Incluso la omnipresente moda del género policíaco ha desdeñado el relato de espionaje en favor de la tradición estadounidense «universalizada» de la novela negra (Sam Pezzo...), cuando no ha sustituido este género, complejo y exigente como pocos, por los viejos cachivaches del folletín conspirativo de color desvaído (1).

En solitario, Giardino ha logrado adentrarse en los tortuosos entresijos de la guerra secreta, con un agudo sentido del relativismo ideológico y un amargo escepticismo que constituyen el sello distintivo de las novelas emblemáticas de la «spy fiction» moderna —y, la mayoría de las veces, inglesa—. O, dicho de otro modo: la novela de espionaje como herramienta de crítica moral y de análisis social a escala planetaria.

...Implacables primeros planos...

Desde luego, no es por casualidad que Giardino haya elegido como telón de fondo para las peripecias de su personaje el período decisivo de la posguerra de Múnich.

Particularmente, la geopolítica enrevesada de la Europa balcánica se presta de maravilla a los enfrentamientos oscuros y confusos; un patio trasero maloliente donde se urden las más diversas intrigas ocultas, poco conocido y ya lejano, por tanto misterioso, el eje Budapest-Estambul puede cargarse a voluntad de un exotismo peligroso sin que el realismo de la acción se vea afectado.

Sobre todo, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial fue testigo del verdadero desarrollo del «oficio» de espía... y, simultáneamente, del de la literatura de espionaje. El «Gran Juego», tan querido por Kipling, deja paso al examen desencantado de ambientes malsanos cuyos peones libran batallas irrisorias entre bastidores de una Historia que supuestamente habría de ser modificada por ellas...

Giardino llevaría a cabo así un doble retorno a los orígenes histórico-geográfico: deja de lado las exigencias de contemporaneidad de sus ilustres predecesores, que describían el mundo tal como podían observarlo en su propio tiempo. Podría especularse largo y tendido sobre las razones de esta elección: ¿inclinación personal? ¿Marcada predilección del cómic por las incursiones en el pasado? ¿Temor a dominar insuficientemente los datos estratégicos, de difícil acceso, de los grandes enfrentamientos del momento?

Ficcional: aquella época fue el marco privilegiado de intrigas ejemplares de las que intentaría hacer una síntesis, reuniendo las grandes reglas dispersas de la novela de «ramificación» en el contexto de los años que la vieron nacer.

De Ambler, Giardino conservaría así las psicologías profundamente trabajadas de personajes para quienes los fracasos y las experiencias dolorosas solo aportan amargura y desilusión: el relato de iniciación... en negativo. Nada de heroísmo, salvo para salvar el propio pellejo: «morir siempre es una estupidez», recuerda Fridman. Búsquedas siempre vanas en relación con los sacrificios consentidos: informaciones fragmentarias o confusas, intoxicaciones y maniobras de distracción; así, la red «Rapsodia» es descabezada con el único propósito de dirigir a los agentes franceses hacia un hipotético cargamento de armas destinado a Franco, mientras en la sombra se prepara el Anschluss...

De Greene tomaría ese humanismo obstinado que lo llevó a privilegiar las emociones, las dudas y los conflictos interiores que agitan a seres todavía capaces de amistad. Fridman es capaz de implicarse, sin recibir órdenes, en una operación para proteger a un ingeniero soviético disidente, una búsqueda que culmina finalmente con la entrega del perseguido a los servicios de Stalin. Ahí asoma la sombra de Le Carré, que ya no ve en el espía más que a un títere marginado, engañado, manipulable a voluntad, incapaz de alterar ni siquiera de abandonar el universo kafkiano que fundamenta su existencia, pero asesina a sus seres queridos. La realpolitik obliga: «nunca se es tan bien traicionado como por los propios», murmura Fridman como credo de su impotencia.

Ethel: una mujer corriente arrojada a una historia que la supera.

A través de un personaje muy «sintético» se perfila así un panorama de los códigos que definen la novela de espionaje. Contenido: éticas elásticas y verdades inciertas; mentiras y traiciones de múltiples niveles; ambigüedad de los personajes y de las situaciones que los extravían... Tratamiento: neutralidad fría del desciframiento del microcosmos del espionaje; rigor histórico impecable que sustenta una desconfianza hacia los grandes sistemas devoradores de hombres; preeminencia de lo no dicho, que deja entrever la inestable amplitud de unas telarañas cuyas ramificaciones nunca podrían abarcarse por completo.

Imágenes de síntesis, aunque también los retratos de agentes de todas las nacionalidades con los que Giardino salpica su relato. Codiciosos, cobardes o feroces, pequeños delincuentes hipócritas o temibles aprendices de brujo, a veces pobres diablos marginados, estos numerosos personajes secundarios parecen desprovistos de todo poder real, perdidos en los meandros de su cinismo paranoico, incapaces de comprender con exactitud el alcance o incluso el porqué de sus actos. Con sutileza, Giardino llega incluso a sugerir que son víctimas de los conflictos que pueden enfrentar a los distintos servicios rivales de una misma nación.

Imágenes de síntesis también las de esos no profesionales ingenuos, llenos de escrúpulos e ideales, que se ven arrastrados (por amor, chantaje o aburrimiento) a un mundo, en definitiva, aterrador; «son personas corrientes, bastante simpáticas, que se ven arrojadas a una historia que las supera». Este juicio de Hitchcock sobre los personajes de Ambler se aplica a buen número de las figuras (a menudo femeninas) que acaban cruzándose en el camino de Fridman.

Él parece pertenecer al mismo tiempo a esas dos categorías extremas de marionetas. Ni profesional ni aficionado; actor y espectador. De Latimer (el novelista investigador de Ambler) hereda una curiosidad angustiada por un mundo que se precipita a paso acelerado hacia la guerra; de Alec Leamas (el héroe trágico de Le Carré) posee la conciencia de las intrigas de las que quizá sea la primera víctima, pero sin llegar él, eso sí, hasta el suicidio; del «agente secreto» (Greene) conserva la nostalgia de una juventud militante sin componendas.

Con todos ellos comparte la lucidez. Fridman sabe que oficia en una «procesión de necios vanidosos, de miserables canallas» —así califica Le Carré a los espías, «ni santos ni mártires»—. A él le corresponde, por ejemplo, recordar algunas reglas elementales de supervivencia a los inocentes que lo acompañan en los peligros. Precepto n.º 1: «No hay límite ni para la desconfianza ni para la credulidad».

Su pasado solo se deja entrever a retazos. Comerciante de tabaco, judío francés emigrado por oscuras razones a Ginebra, padre de una niña de once años, ex-agente retirado vulnerable a no se sabe qué chantajes que lo obligan a volver al servicio.

Pero Giardino tiene todo el tiempo del mundo. Las manos de Fridman seguirán temblando a lo largo de hazañas que seguirán sin servir para nada, en un lento deslizamiento hacia el gran conflicto.

Giardino ha elegido un camino peligroso dentro del género que cultiva. Porque la novela de espionaje realista se construyó contra los principios del folletín (a menudo emparentados con los que rigen las series) y se ha deslucido por su contacto reiterado con ellos (James Bond y compañía).

Autor de una novela cerrada y que podía permanecer como tal (Rapsodia húngara), Giardino podía enorgullecerse de un brillante éxito. El milagro es que no la haya desvirtuado añadiéndole una continuación.


Les Cahiers de la Bande Dessiné Nº71 Bimestral Sept-Oct 1986





lunes, 27 de julio de 2026

Lo mejor del mes. Lesbianas del XIX, la filosofía de Max y Barcelona antes de 1992

 Por Álvaro Pons y Noelia Ibarra

1. Charity y Sylvia. Tillie Walden. Traducción de Eva Reyes de Uña. La Cúpula, 2026

A través de cartas y documentos reales, Walden reconstruye la historia de Sylvia y Drake. y Charity Bryant, una pareja lesbiana en el Vermont de principios del XIX. Juega con la literatura decimonónica americana para trasladar al comic un relato que conjuga a la perfección el espacio íntimo con el contexto histórico, mostrando el paso del tiempo en los rostros de sus protagonistas mientras evita la mirada dramática centrándose en ese triunfo silencioso de la belleza de los cotidiano, que no lo elude confrontar su valentía con las dudas que la educación recibida les impone, pero que sabe deshacer la crudeza gracias a la calidez que desprende su relación. Un discurso de esperanza desde un panorama histórico de la percepción LGTBIG+.

2. Bardín el Superrealista. Max. La Cúpula, 2026.

El Premio Nacional del Comic se estrenaba reconociendo una nueva vuelta de tuerca en la obra de Max, autor referente del underground que supo protagonizar una evolución fascinante a través de los estilos para crear este particular personaje, en el que se funde la innovadora aproximación de Chris Ware a la historieta con la tradición más cáustica de la Bruguera de los años cincuenta, de los Conti, Nadal, Cifré, Vázquez o Peñarroya que compartían desde las viñetas el espiritu burlón azconiano. Desde la línea pulcra, Bardín se sumerge en el surrealismo daliniano para salir a respirar reconvertido en maestro del absurdo desde cuya lógica filosófica expone las contradicciones y vergüenzas de esta sociedad y cuyo humor desemboca en esa lectura inteligente que no tiene miedo al desafío.

3. Sangre de barrio. Jaime Martín. Norma, 2026.

Necesaria reedición recopilatoria de una obra que desde las páginas de la revista El Vñibora, supo seguir el ejemplo de autores como Carlos Giménez y Alfredo Pons para relatar la vida cotidiana de la juventud de los arrabales de una Barcelona preolímpica, de ese purgatorio de la periferia donde las drogas, el paro y la prostitución convivían con la música y el cómic como evasión. Retrato veraz de unas tribus urbanas que protagonizaban el sentimiento de pertenencia antes de la llegada de las redes sociales, que habla de supervivencia cuando el no future parecía real y cercano, sin condescendencia pero manteniendo la dignidad desde una conciencia de clase que se cantaba en los conciertos. Casi 40 años después , una clase de historia que no aparecerá nunca en los manuales.

4. Paraíso. Park Kun-Woong. Traducción de Alba Verea. Tengu Ediciones, 2026

Cada nueva entrega de Park Kun-Woong lo consolida como una de las voces más sugerentes del comic coreano, instalado en la compleja tarea de reivindicar la memoria histórica de Corea del Sur dando voz a los olvidados de diferentes tragedias que marcaron el país. Sin embargo, el dibujante opta siempre por una lectura sorprendente, trasladando la realidad a miradas desde el género, en este caso a través de la ciencia ficción, para que las viñetas se transformen en contundente artefacto de justicia social, sin abandonar la exploración formal que le permite el lenguaje del comic para analizar el papel del tiempo como cura del trauma, pero desde una mirada onírica que transforma el dolor de la pérdida en un tránsito casi surrealista desde ese blanco y negro cortante y opresivo.

5. Dulce basura. Kayla E. Traducción de Juan Navarro. Reservoir Books, 2026.

Tan difícil de categorizar como de describir, la obra que propone Kayla E. es un objeto caleidoscópico, que cambia a cada giro que le damos, a cada página que pasamos. Aparente popurrí de posibilidades narrativas, mezcla de referentes infantiles que transitan del cuento a la publicidad festiva, de colores vivos y brillantes, al que nos acercamos indefensos para descubrir, demasiado tarde, que la autora ha sabido atraernos al otro lado de esa ingenuidad, a un durísimo relato de abusos que nos deja prisioneros, en una lectura desasosegante de una infancia rota que destruye cualquier esperanza para inyectarnos su dolor y sentir como propio el olor nauseabundo de una sociedad podrida.

Babelia Núm. 1.809. Sábado 25 de julio de 2026


Un pequeño desvío…

La vida de este famoso personaje, Corto Maltese, tal como reza la canción, “…está llena de sorpresas”


José Luis Vidal

16 de julio 2026


Lo que tan solo era una fugaz visita a un antiguo amigo, antes de marcharse de Sidney, dio un giro radical a aquel día.

Marcus, antiguo compañero de peripecias piratiles de Corto, vive entre la basura, totalmente abandonado en el abismo de las drogas, por lo que la inesperada llegada del protagonista tan solo sirve para que el aviador se sumerja aún más en sus difusos recuerdos.



Ficha

Corto Maltés: El día antes.

Guion: Martin Quenehen

Dibujo: Bastien Vivès

Tapa dura

Color

176 págs.

28 euros

Norma Editorial


Hay personas que se rinden a su destino, por lo que Corto regresa a su auto con la intención de llegar a tiempo al aeropuerto. Y justo en ese momento es abordado por dos mujeres que se cuelan en su coche sin casi mediar palabra.

Cuando alguien te apunta con un arma tu disponibilidad a la hora de escuchar sus planes se hace total, y si encima en la breve conversación entre el trío sale a relucir el nombre de la esquiva Ai-Ling, esa mujer a la que Corto lleva buscando desde hace mucho tiempo, la luz del interés surge de repente.

Las dos nuevas compañeras de viaje son Piper, una ex militar, perteneciente al ejército australiano, que suele disparar antes que hablar, y porta con una invisible mochila de remordimiento debido a la violencia de su pasado.

Pero la que llevará la voz cantante a la hora de explicar sus planes al protagonista será una abogada, Teana, super comprometida con lo que está ocurriendo en una franja del mapa muy cercana a Australia, concretamente en las islas Salomón y Tuvalu, una zona que en principio no parecía tener mucho interés sociopolítico, pero que se van a convertir en un suculento botín para el gobierno chino, que desea poseer este lugar a toda costa.

Aunque ha perdido en una apuesta su hidroavión, un reticente Marcus se unirá al peculiar grupo, y en cuando lleguen a Honiara, en las Islas Salomón, comenzarán los problemas, metiendo a los protagonistas en una aventura en la que el peligro y la amenaza aparecerán de la mano de unos mafiosos chinos pertenecientes a las peligrosas tríadas.

Jugándose el cuello, Corto y sus acompañantes deberán iniciar una carrera que los llevará, tras algún que otro inesperado aterrizaje forzoso, al lugar donde está aprisionada Ai-Ling, un cárcel bastante más distinta a las que estamos acostumbrados a ver habitualmente.

Pero claro, los mafiosos chinos les siguen la pista, y no se andarán con chiquitas para conseguir sus planes…

Me parece muy acertado contar con grandes nombres de la viñeta para continuar con las aventuras de personajes icónicos del cómic (Blueberry, Lucky Luke, Blake & Mortimer…), ya que no solo se les puede insuflar nueva vida, sino que la visión de otros creadores resulta muy interesante. En el caso de este 'nuevo' Corto Maltés, metido de lleno dentro de un conflicto sociopolítico, pero añadiendo grandes dosis de acción y aventura, hacen que la lectura de este cómic, el último del tándem formado por el guionista Martin Quenehen y el enfant terrible de la BD franco belga, Batien Vivès, sea una apasionante experiencia para los fans del personaje o simplemente para esos lectores que tan solo quieran pasar un muy buen rato.


Diario de Cadiz