miércoles, 1 de julio de 2026

Seis típicas cosas típicas por Maitena


 El Pais Semanal nº 1.220 Domingo 13 de febrero de 2000

Lawrence de Arabia en la Feria del Libro

 El Faro del Fin del Mundo / Jacinto Antón

Misterioso, desconcertante, genial, sabio, estratega, romántico, escritor, inconformista, visiona-rio, arrojado, profundamente contradictorio...". Leía y releía como una letanía febril las palabras del prólogo de la biografía de Lawrence de Arabia de Richard Perceval Graves, el sobrino de Robert Graves, haciéndome la vana ilusión de que se referían a mí, mientras atravesaba el parque del Retiro por su parte más soleada y con 35 grados a la sombra. Era como cruzar el desierto del Nefuz y no tuve pudor en sacar de la bolsa el salacot que me había llevado de casa para firmar en la Feria del Libro de Madrid y encasquetármelo a fin de protegerme de la que estaba cayendo. La gente me miraba, pero yo me limitaba a soltarles unas frases sentidas de Los siete pilares de la sabiduría, que también cargaba por si a alguien le sabía a poco que le firmara mi libro, rematadas por el inexcusable -si portas salacot- "doctor Livingstone, supongo".

Llegado como pude al recinto ferial, la primera firma fue de 12 a 2 de la tarde, una franja horaria ideal para beduinos, en la caseta de Visor. Me trataron muy bien, me abanicaron y me devolvieron a la vida con largos tragos de agua. Observaron con cierta sorpresa cómo desplegaba en el mostrador que me habían reservado el salacot, algunos talismanes y unas fotos de mis héroes, exploradores y aventureros favoritos. Para mi sorpresa empezó a aparecer gente para que les firmara. Algunos hasta me traían regalos como si fuera el niño Jesús. Un joven que se plantó ante mí me entregó un pequeño trozo de hierro oxidado. "Es un clip de sujeción de los railes del ferrocarril turco de Medina a Damasco, la antigua línea del Hejaz que atacaba Lawrence, del tramo de Abu Na'am", me dijo el joven, Álvaro García Ruano, mientras yo ponía ojos como platos. "Lo he encontrado yo mismo", continuó. No me había repuesto aún de la sorpresa cuando una visitante me pidió que le dedicara un ejemplar a su marido, Enrique, que no había podido venir él mismo pero me enviaba saludos y unas fotos que había tomado en la Antártida. Pasé a la caseta de la librería La Lectora Infiel y apareció Ángel Carlos Pérez Aguayo, que me traía un sobre con arena de la tumba de Akenatón y un fragmento de pizarra del tejado de la casa natal de Lawrence de Arabia en Tremadoc, Gales.

Peter O'Toole, protagonista deLawrence de Arabia.

Pero con todo y tantas visitas y sorpresas (el domingo en Sin Tarima una chica me pidió que le firmara El extranjero de Camus, confundiéndome con el autor), lo más emotivo fue el recuerdo de su padre que me dejó Teresa Jiménez Tostado. Me preguntó si por casualidad no habría conocido al teniente Eduardo Jiménez Tostado. ¡Por supuesto! Era uno de los dos con los que fuimos la Compañía número 1 de Policía Militar la noche del 23-F al Congreso: también fueron arrastrados a aquella parda aventura sin saber a dónde iban.

Recordé al teniente, bajito, con gafas. Me encontré hablándole bien a su hija del viejo soldado. Ella me explicó que había muerto, que había alcanzado el rango de comandante y que siempre se llevaba las manos a la cabeza cuando recordaba el 23-F y lo que vivimos. Se le humedecieron los ojos y compartimos un extraño momento de intimidad, entregados ambos a la nostalgia de nuestros recuerdos.

Partí de vuelta a Barcelona cargado de experiencias y objetos variados, como un viejo mercader del clan de los hariz. Acomodado en el tren y mientras con un ojo vigilaba nuestro progreso y que no hubiera algún árabe con gelignita agazapado junto a las vías, abrí al azar Los siete pilares y leí, adormilándome, con el deber cumplido: "El Rum era vasto, resonante y casi divino, y el insondable silencio de Azrak estaba embebido del saber de poetas errantes, de adalides, de reinos perdidos, y de todo el crimen, la caballerosidad y la perdida magnificencia de Hira y de Ghassan".


El Pais Sábado 6 de junio de 2026


La Guerra Civil en versión Generación Z

España partida en dos | Críticas


El historiador Julián Casanova, el guionista Miguel Casanova y el ilustrador Carles Esquembre adaptan el cómic ‘España partida en dos’ (Planeta Cómic), que publicó el primero en 2013.




Javier González-Cotta

14 de junio 2026 




La ficha

España partida en dos. Julián Casanova. Adaptación de Miguel Casanova e ilustraciones de Carles Esquembre. Crítica (Planeta Cómic). 160 páginas. 20,90 euros


La guerra civil española fue uno de los grandes episodios de la historia en el convulso siglo XX. Aquella balacera, tan trágica y goyesca, fue en buena parte un ensayo europeo que habría de alcanzar su formato más devastador en la Segunda Guerra Mundial, cuyo estallido ya se barruntaba pese a la inopia de las democracias liberales. Con ser importante, a menudo el ombliguismo propio nos ha hecho olvidar la tragedia de otras guerras civiles europeas ocurridas en plena hecatombe mundial.

En Italia Mussolini fue colgado bocabajo de un palitroque en una gasolinera de Milán. El fascismo había sido vencido por la Italia partisana más allá de la ayuda militar aliada y del pulso de egos entre Montgomery y Patton por llegar a Roma el primero. En Yugoslavia (fue el país con más muertos en proporción a su población), el avispero civil entre los partisanos de Tito, los ustachas croatas y los chetniks serbios se desató con extrema violencia al alimón que acontecían las grandes batallas contra alemanes e italianos (caso de la épica batalla del Neretva). Y en Grecia, tras el atroz sufrimiento padecido bajo la ocupación nazi, estalló como corolario la guerra civil griega (1946-1949) entre monárquicos y comunistas y que habría de marcar a generaciones enteras durante décadas. El cine de Theo Angelopoulos no se entiende sin el eco de la guerra civil griega.

Quiere decirse, pues, que la guerra civil española no fue el único referente de la quiebra fratricida entre paisanos. Lo que sí la hizo peculiar fue, por una parte, la aterradora posguerra que la siguió con aquellos fusilamientos al por mayor, con sus morideros aún hoy no descubiertos del todo, y la larga noche del franquismo que se sucedió durante décadas. Por otra parte, algunos rasgos propios sí que la definieron respecto a otros conflictos civiles, como fue su violento anticlericalismo y la vesania cometida en la retaguardia de ambos bandos (la matanza de Badajoz, Paracuellos). El anticlericalismo es precisamente uno de los temas –véase el capítulo 3– que aparece reflejado en esta estupenda y difícil adaptación al cómic de España partida en dos, el clásico ensayo del historiador Julián Casanova, aparecido en origen y en lengua inglesa en 2013 (ampliado y revisado en 2022), y que ahora se versiona como narrativa gráfica con guión adaptado de Miguel Casanova e ilustraciones de Carles Esquembre.

En tiempos de revisionismo histórico, fruto de la indecente ignorancia y avivado por el albañal de las redes sociales (TikTok sobre todo), este libro se dirige especialmente para los hijos más extraviados de la Generación X. Como dice Julián Casanova, hacer un cómic de la guerra civil española no es devaluarla sino una manera de hacerla atractiva para aquellos que se amedrentan ante un copioso volumen. La era digital está obligando a modificar la manera de explicar y enseñar la Historia a los millennials. Sin perder rigor, España partida en dos ofrece entre ilustraciones y bocadillos de texto un resumido friso acerca de los antecedentes, el desarrollo y las consecuencias que tuvo la contienda española. De hecho el volumen comienza con la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos el 24 de octubre de 2019, ochenta y siete años después de la guerra.


El ilustrador Carles Esquembre, a partir del guión adaptado por Miguel Casanova, se ha servido del patrón estético de la fotografía antigua. El blanco y el negro. Los grises graduales. El simbolismo de la oscuridad. Todo para mostrar la fidelidad debida respecto a la documentación gráfica que se tiene de la guerra sucedida entre 1936 y 1939. La figura de Franco, no exenta de cierta aura pop, se diversifica entre el Franco juvenil, el de mediana edad y el anciano. Por edad y generación, el propio ilustrador ilustra –valga la redundancia– la catástrofe de la enseñanza en colegios e institutos respecto a la Historia contemporánea de España. Como a miles de estudiantes de su misma quinta, el espacio dedicado a la Guerra Civil quedó lastrado por la premura del tiempo ante la preparación urgente para la Selectividad (hoy la PAU). De aquellos barros estos lodos: bulos y tiktokers revisionistas convertidos en mercachifles de opinión.

Con un prólogo (el referido a la exhumación del Valle de los Caídos), una introducción (Las raíces del conflicto), siete capítulos (España partida en dos, Armas y paseos, Guerra santa y odio anticlerical, Una guerra internacional en suelo español, La República en guerra, El nuevo orden, La guerra larga) y un epílogo (Una paz incivil), este libro concebido a tres manos (historiador, guionista e ilustrador) consigue en gran medida –se podría matizar algún que otro enfoque– que la fuerza visual y gráfica del relato no está reñida con el rigor histórico.


Diario de Cadiz



lunes, 29 de junio de 2026

Dossier Giardino- Les Cahiers de la Bande Dessinée Bimestral nº71 sept-oct 86

 



Al día siguiente de la guerra y en vísperas de Navidad: fue el 24 de diciembre de 1946 cuando Vittorio Giardino vino al mundo en Bolonia. Sus primeras historietas aparecerían en el periódico de su instituto, pero el futuro autor de Rapsodia húngara ejercería la profesión de ingeniero durante casi diez años antes de volver a su primera pasión.

Sus verdaderos comienzos tienen lugar en el semanario CITTA FUTURA en julio de 1978. Después llega la creación del detective Sam Pezzo en 1979, seguida por la del espía Max Fridman en 1982 y, por último, la de Little Ego (una fantasía erótica basada en el principio del sueño con desenlace sorpresa, tan apreciado por Winsor McCay) al año siguiente. A los 40 años, este autor meticuloso y en constante evolución que es Giardino ya tiene el prestigio de un clásico y ve su obra traducida en toda Europa.


 ENTREVISTA CON VITTORIO GIARDINO

(Foto Thierry Groensteen)



Autorretrato del autor como Max Fridman.


LOS CUADERNOS: Me gustaría que habláramos primero de Max Fridman, ya que su último álbum publicado, La Puerta de Oriente, está dedicado a él. Fridman es un judío francés. ¿Por qué judío?

GIARDINO: Hay varias razones para ello. La primera es de orden práctico: la burguesía judía siempre se ha caracterizado por sus ramificaciones internacionales. Fridman, que forma parte de ella, puede por tanto recurrir a contactos en todos los países a los que lo llevan sus misiones, sin que ello resulte demasiado inverosímil. La segunda razón es muy diferente: los pequeños enfrentamientos entre espías que describo parecen bastante insignificantes en esos años que preceden a la Segunda Guerra Mundial, para nosotros que hoy sabemos qué destino mucho más trágico aguardaba al pueblo judío. Fridman arriesga constantemente su vida, pero la arriesga por cuestiones que no tienen comparación con el genocidio totalmente irracional que se está preparando. Para un judío, el peligro nazi prevalecía entonces sobre cualquier otro. La tercera y última razón es que siento simpatía por los judíos en general, aunque yo mismo no lo sea.

¿Cree usted que hombres en la sombra como Fridman tienen el poder de cambiar el curso de la historia?

No, no lo creo, y me gustaría mostrarlo en un próximo episodio en el que una importante operación de espionaje tendría un éxito total, pero se revelaría, sin embargo, incapaz de frenar la tragedia, ya inevitable.

Independientemente de este contexto histórico tan marcado, las aventuras de Fridman podrían desarrollarse igualmente hoy en día...

Por supuesto. De hecho, situé mis relatos en el período de preguerra precisamente para hablar mejor del mundo actual. Ahora, como entonces, observo una cierta exacerbación de los antagonismos ideológicos. El primer enfrentamiento sangriento entre lo que llamamos la izquierda y la derecha fue la Guerra de España, de la que se habla con frecuencia en las aventuras de Fridman y que será el tema del próximo relato, cronológicamente anterior a los dos primeros. Los eslóganes políticos en uso en aquella época eran casi los mismos que los eslóganes lanzados por los estudiantes en mayo del 68. 

¿Cómo eligió el nombre de su héroe?

Necesitaba un nombre judío, que se percibiera como tal tanto en Italia como en Francia. Al principio pensé en Cohen, luego en Meyer, y finalmente me decidí por Fridman.

«Friede» significa paz. Entonces, su personaje sería un hombre de paz...

Sí, evidentemente ese fue un elemento que influyó en la elección de ese nombre. También había pensado en Liebman, pero es el apellido de soltera de mi suegra y podría haber visto en ello no sé qué alusión... (risas)

Sea un hombre de paz o no, mucha gente muere a su alrededor...

¡Espero que no demasiada! No me gustan las historias en las que hay un muerto en cada página, y no creo ser capaz de escribir algo parecido. La muerte a veces es necesaria para la lógica de mi relato, pero no quiero convertirla en una recompensa para el lector; cuando introduzco una escena de violencia, siempre es muy breve. (Lo cual, por otra parte, se corresponde con la realidad. Solo en los wésterns los personajes intercambian interminables series de puñetazos. En la vida real, si recibes un puñetazo en la cara, ya no te levantas, a menos que seas un boxeador profesional). Son cosas delicadas de manejar. Para un autor que busca crear emoción, es difícil no recurrir a la muerte. La emoción más intensa que se puede provocar es hacer morir a un personaje simpático. Recuerdo que me impresionó mucho la muerte del teniente Slütter al final de La balada del mar salado...

Muy pronto lo compararon con los grandes maestros de la literatura de espionaje. ¿Los ha leído y cuáles son sus preferencias?

Tengo una predilección por Graham Greene. También me gustan John Le Carré y Eric Ambler, pero en ellos no existe esa ironía constante que tanto aprecio en Greene. Además, Graham Greene siempre da a sus personajes motivaciones verosímiles, cosa que no ocurre, por ejemplo, con Ambler. Lean La máscara de Dimitrios: el narrador no tiene ninguna razón válida para embarcarse en esa aventura en la que arriesga la vida. Eso no me parece muy creíble. Uno no juega a ser espía sin tener una buena razón para hacerlo.

¿Ha intentado introducir ironía en Rapsodia húngara?

La hay, pero es una ironía discreta. Se basa sobre todo en el personaje de Fridman, que es de baja estatura y que siempre adopta una seriedad imperturbable.

En una entrevista reciente, Le Carré hablaba de las cartas que espías retirados le envían regularmente para proporcionarle «argumentos». ¿Ha recibido usted alguna vez correspondencia de ese tipo?

No, por suerte. Si ocurriera, al principio pensaría que es una broma, una jugarreta organizada por unos amigos. Y si resultara ser algo serio, probablemente sentiría cierto miedo, que solo podría perjudicar mi trabajo. El miedo es necesario para los espías, no para quienes hacen de ellos héroes de ficción.

¿Se inspiran algunos de sus personajes en modelos reales?

Todavía nunca he introducido a una persona real en mis relatos. Solo hay una alusión a Arthur Koestler, de quien Fridman afirma haber sido conocido y cuya vida, por cierto, es tan apasionante que daría para un apasionante cómic. También puedo citar al personaje de Guy Varand, el agente francés destinado en Estambul, que se parece físicamente a un amigo periodista que trabaja tanto para la prensa francesa como para la prensa turca.

Dibujo inédito realizado para la librería Papiers Gras, en Ginebra.


¿Por qué hay tan pocos buenos cómics de espionaje?

Porque es un género exigente, que no admite aproximaciones. Un relato de espionaje es un mecanismo que debe estar perfectamente engrasado. Cada peripecia debe ser lógica, estar motivada, también desde el punto de vista de la psicología.

Una vez que se ha conseguido perfeccionar el mecanismo de la trama hasta en sus más mínimos detalles, la dificultad consiste en ocultar sus engranajes, de modo que el lector no pueda anticipar el desarrollo del relato. Aun así, no conviene que las dos últimas páginas estén abarrotadas de largas explicaciones sobre el porqué y el cómo de lo sucedido. La información debe repartirse a lo largo de todo el relato. En definitiva, hay que ser un poco matemático para escribir un buen relato de espionaje, y mi formación como ingeniero quizá no sea ajena a mi gusto por este género.

Portada que anuncia el comienzo de La Puerta de Oriente en la revista mensual española CAIRO; debajo, dibujo inédito que anticipa el próximo álbum de Max Fridman.

© Vittorio Giardino


Las primeras secuencias de Rapsodia húngara son bastante complejas. Hace falta un tiempo antes de que el lector comprenda quiénes son los personajes y qué quieren...

Por supuesto. Las primeras páginas solo se comprenden a posteriori. Quizá sea un error, pero lo quise así. Al mostrar una serie de acontecimientos muy alejados unos de otros, intrigo al lector, doy velocidad al relato y pongo en marcha todos los elementos de un rompecabezas cuyo dibujo general se irá completando poco a poco. También quería insistir desde el principio en el conjunto de circunstancias que acabarán atrayendo inexorablemente a Fridman hacia Budapest.

¿Forma también Hitchcock parte de sus maestros?

Por supuesto. He prestado una gran atención a sus películas. No creo que los hallazgos visuales de Hitchcock —o de cualquier otro cineasta— puedan trasladarse tal cual a un cómic, donde los problemas de representación, montaje y organización del espacio se plantean de manera diferente. Pero he aprendido mucho de Hitchcock en el plano del guion. Me hizo comprender la importancia del ritmo en un relato y me enseñó la técnica del suspense.

Nunca olvidaré la secuencia de Notorious [Encadenados en España] en la que, mientras se celebra una recepción mundana en el piso de arriba, Ingrid Bergman visita el sótano de su marido después de haberle «tomado prestada» la llave. Durante un tiempo que parece interminable, el espectador, al ver que las botellas de champán se van vaciando una tras otra, se pregunta si el dueño de la casa no enviará a buscar más botellas al sótano, en cuyo caso el doble juego de Ingrid Bergman quedaría al descubierto. Esa secuencia es verdaderamente diabólica porque un hecho anodino, el consumo de champán, adquiere una intensidad dramática excepcional. Ese es el tipo de efecto que me gustaría conseguir: hacer temblar a mis lectores con pequeñeces.

Hay otro aspecto del cine de Hitchcock que me gustaría hacer mío: su manera de abordar ciertos grandes problemas sin que parezca que lo hace, a través de simples historias policíacas o de espionaje. No quiero caer en la trampa de las ficciones de tesis, donde la Muerte

Se escribe con mayúscula, pero intento, con los modestos medios de que dispongo, ir «un poco más allá» del encadenamiento sin fin de peripecias más o menos apasionantes. Por ejemplo, cuando Guy le dice a Fridman, en la página 21 de La Puerta de Oriente: «No hay retirada para nosotros, Max... No se puede borrar el pasado», es una idea que creo verdadera, no solo para los espías, sino para cada uno de nosotros.

Sé que una de las principales dificultades con las que se encuentra al elaborar sus guiones es la limitación del número de páginas. ¿Puede analizar qué le impulsa a hacerlos tan largos?

Esa necesidad que siento de añadir constantemente nuevas secuencias está relacionada, creo, con ese famoso mecanismo del relato de espionaje del que he hablado. No puedo permitirme dejar sin respuesta la más mínima cuestión planteada a lo largo de la historia y, si esta es compleja, eso requiere muchas páginas. Sin embargo, también hay otra razón: me gusta el héroe que he imaginado y sé mucho más sobre él de lo que revelan sus aventuras. Por eso siempre tengo que hacer recortes. Eliminé numerosas secuencias en La Puerta de Oriente, y dos personajes fueron prácticamente sacrificados.

Personalmente, hay una elipsis que me incomoda al final del álbum. Solo tres viñetas separan el embarque de Magda y su reaparición totalmente inesperada.

Me parece demasiado breve: no se tiene la sensación de que haya podido ocurrir algo en ese intervalo; es como si Magda nunca se hubiera marchado.

En efecto, es un error. Una vez más, me faltó espacio para desarrollar ese episodio como habría sido necesario. Debería haber mostrado una parte de la travesía y detenerme en el momento en que los pasajeros divisan el gran barco que los espera mar adentro...

Ya sabe, antes de dibujar La Puerta de Oriente, había empezado otra aventura de Fridman cuyo comienzo transcurría en Suiza durante la Navidad y cuya acción se trasladaba muy pronto a España, en plena Guerra Civil. Dibujé algunas planchas mientras terminaba de escribir el guion y, al final, abandoné la historia al darme cuenta de que habría sido demasiado larga. Había material para varios álbumes. Espero conseguir dividirla en varios episodios...

Se habla a menudo de la guerra en los dos primeros álbumes de Fridman, pero nunca se la ve.

Tengo que decidirme a abordar ese tema de frente, porque tengo muchas cosas que contar sobre la guerra.

A mis ojos, tanto La Puerta de Oriente como Rapsodia húngara terminan con fracasos de Fridman. No supo impedir que los rusos recuperaran a Stern, del mismo modo que había corrido tras un cargamento fantasma.

¿Se niega a hacer triunfar a su héroe?

No creo que pueda hablarse de fracaso. En una aventura de Fridman siempre hay dos objetivos. Cumplir la misión que le ha sido encomendada es uno; seguir con vida es otro. Fridman escapa constantemente de la muerte, lo cual ya no es poca cosa.

No podría hacerlo triunfar en todos los frentes sin convertirlo en una especie de superhéroe, un nuevo James Bond. Evidentemente, ese no es mi propósito.

Cuando empieza a dibujar una historia, ¿dispone ya de un guion muy preciso? ¿De qué margen de improvisación dispone?

Necesito saber exactamente adónde voy. Los personajes y los lugares están definidos con precisión, pero los detalles de la planificación y los diálogos se elaboran sobre la marcha, por secuencias de unas pocas planchas.

¿Bajo qué forma se le presentaron por primera vez las tramas de Rapsodia y de La Puerta? ¿Cuál fue la idea inicial en cada caso?

Cuando empecé Rapsodia, no estaba en absoluto seguro de que más adelante fuera a dibujar una segunda aventura de Fridman. Tardé un año en dar forma al personaje, en definir cómo serían su familia, su casa, etc. La idea de contar una historia sobre el Anschluss se me ocurrió cuando los rusos invadieron Afganistán. Evidentemente, la situación no era en absoluto similar en Austria, pero eso fue lo que desencadenó en mí el proceso de elaboración de Rapsodia. En cuanto a La Puerta de Oriente, es una historia que nació a partir de un pequeño viaje a Estambul.

Como simple turista, quedé muy impresionado por esa ciudad tan diversa y cambiante que parece capaz de sorprenderle a uno durante toda una vida. El guion nació como un homenaje a la ciudad.

Detalle de un dibujo publicado en la revista italiana TANGO


Primera plancha de un nuevo episodio de Little Ego publicado en COMIC ART: el reencuentro entre McCay y Moebius...

¿Ha vuelto allí para hacer trabajo de documentación?

No. Prácticamente nunca hago trabajo de documentación sobre el terreno. Dicen que mis escenarios tienen un aire de autenticidad. Sin embargo, trabajo con muy poca documentación y no intento ser absolutamente fiel a los lugares que describo. Me basta con que el ambiente creado resulte verosímil. A menudo reúno, en una misma viñeta, elementos tomados de distintos lugares. Incluso le he prestado a Budapest unas farolas que se encuentran en Bolonia, a dos pasos de mi casa.

Creo que el cómic no tiene necesidad de una exactitud rigurosa.

Ha mencionado a la familia de Fridman. Hasta ahora, conocemos bastante poco la vida que lleva cuando no está de misión. Su hija, por ejemplo, aparece muy poco. ¿Tiene la intención de hacernos entrar más en la intimidad de su héroe?

Si tengo la oportunidad, me gustaría hacerlo, en efecto. Es una lástima que dibuje tan despacio; de lo contrario, ya habría realizado diez aventuras de Fridman y sabrían mucho más sobre él. Por ejemplo, me gustaría mostrar a su madre, que sigue viva y es bastante excéntrica. Frecuenta todos los grandes hoteles de Europa, desde Biarritz hasta Mónaco pasando por Ostende; juega a la ruleta y siempre lleva a algún apuesto joven tras ella. La esposa de Fridman también sigue viva. Es muy hermosa y dejó a Max porque lo consideraba demasiado aburrido. También contaré por qué tuvo que abandonar Francia, por qué tiembla de pies a cabeza cada vez que oye una detonación, y muchas otras cosas que hasta ahora he tenido que dejar en la sombra.

La caracterización de los personajes es realmente una tarea a la que concedo una importancia extrema. Necesito saber exactamente quién es Fridman para poner en su boca palabras que suenen auténticas. En la página 50 de La Puerta de Oriente puede leerse el título de un libro que ha llevado en su equipaje: Die Flucht ohne Ende, de Joseph Roth. No solo elegí una novela publicada en 1936, sino sobre todo un libro que Fridman habría tenido ganas de leer.

Hay otro parámetro que tampoco se deja al azar: me refiero a los colores. Son muy diferentes en los dos álbumes de Fridman. Los rosas y los azules de La Puerta de Oriente tienen efectivamente algo oriental, incluso un punto almibarado...

Rapsodia transcurre en Budapest durante el invierno: predomina el gris, con ligeros matices de color. En cambio, La Puerta de Oriente se desarrolla en Estambul, y durante el verano: los colores son mucho más intensos.

Como he decidido no mostrar las sombras, no tengo otro recurso técnico para evocar el calor que utilizar colores vivos y cálidos.

En la serie Sam Pezzo, publicada en blanco y negro, las sombras daban lugar a contrastes muy marcados. El cambio de estilo adoptado para Max Fridman se acerca a las opciones de la «línea clara». ¿Ha estado influido por esa corriente?

No creo haber cambiado de estilo; simplemente concebí mi dibujo pensando en una publicación en color. Sucede que, como Sam Pezzo pertenecía al género negro, la presencia de las sombras era muy importante en mis planchas.

Intento adaptar mi dibujo a las exigencias particulares de cada proyecto. Dicho esto, me gustan mucho Hergé y Jacobs, pero creo que tomaron los fundamentos de la línea clara de los dibujantes franceses del siglo pasado, quienes a su vez los habían tomado de dibujantes japoneses, por los que siento una enorme admiración. Así que, si he recibido influencias, quizá no sean las que imaginan los aficionados al cómic.

Entre la manera en que dibuja Sam Pezzo y la de los Max Fridman, ¿hay alguna que le resulte más natural que la otra?

El dibujo hecho únicamente con líneas me sale de forma más espontánea. Pero veo claramente que es más fácil trabajar con sombras. Ahorran tiempo, permiten ocultar ciertas debilidades y autorizan al dibujante a sugerir las cosas en lugar de mostrarlas.

Milo Manara ha ido abandonando progresivamente todo el arsenal de rayados que utilizaba antes, y él también llegó al color con El verano indio. Su evolución es un poco paralela a la suya y, curiosamente, los personajes femeninos de La Puerta de Oriente recuerdan a las mujeres que dibuja Manara...

Prefiero al Manara actual antes que al de sus comienzos.

Es un dibujante increíblemente dotado cuyo trabajo siempre he seguido con mucha atención. Me gustan mucho las mujeres que dibuja, por supuesto, pero creo que las mías se inspiran en modelos más antiguos y menos «agresivos» desde el punto de vista sexual. Uno de los modelos de Manara es Brigitte Bardot (fíjese en la manera en que dibuja las bocas); el mío sería más bien Ingrid Bergman o Katharine Hepburn. Las mujeres que imagino, por tanto, no son las de Manara, pero si las encuentra tan bellas y fascinantes como las suyas, lo tomaré como un grandísimo cumplido.

¿Cuáles son los otros dibujantes que admira?


Cuando Moebius no recarga demasiado sus dibujos, es fabuloso. Quizá sea el más grande de todos. De hecho, voy a rendirle un modesto homenaje en un episodio de Little Ego que estoy preparando, en el que aparecerá el Mayor Grubert. Me he dado cuenta de que Moebius dibujó ciudades muy parecidas a las imaginadas por Winsor McCay. Me divertirá unir esos dos universos.

Ya que hemos retrocedido para hablar más extensamente de Sam Pezzo, quizá podamos retomar el hilo de su biografía. Hace un momento recordaba que, antes de dedicarse al cómic, era ingeniero electrónico. Creo que su decisión de cambiar de profesión fue consecuencia de una enfermedad...

No sé hasta qué punto esa enfermedad influyó en mi decisión. Sin duda me hizo tomar conciencia de que, en la vida, es muy importante hacer aquello que uno realmente desea hacer, aunque eso nunca esté exento de riesgos. De lo contrario, quizá uno sobreviva, pero no vive de verdad. Me di cuenta de que había dejado que otros tomaran las decisiones importantes por mí. Me había resignado a ser ingeniero creyendo que elegía la opción más sensata, porque era una profesión más segura que la de autor de cómics. Si a los veinte años hubiera sabido cómo eran realmente esas dos profesiones, habría elegido sin dudar el cómic. En lugar de eso, trabajé como ingeniero durante nueve años.

¿Ya dibujaba por aquella época?

Sí, siempre he dibujado. Hice algo de pintura y también algo de grabado. En el instituto ya había publicado algunas planchas (¡horribles!) de cómic satírico, muy inspiradas en Feiffer. También había montado algunos espectáculos de teatro e intenté rodar un pequeño cortometraje con unos amigos; pero, por falta de dinero, no pudimos terminarlo.

Supongo que es más fácil lanzarse al cómic a los veinte años que a los treinta, cuando ya se tienen responsabilidades familiares...

Por supuesto. Mi mujer no intentó disuadirme de dedicarme al cómic, pero durante algunos años tuvo miedo de las consecuencias de mi decisión.

Tenía buenas razones para tener miedo, y por eso le agradezco aún más que me apoyara a pesar de todo. Por mi parte, estaba completamente decidido a cambiar de vida, aunque no confiaba excesivamente en mis posibilidades de éxito. Pues bien, tuve suerte.

Había ahorrado dinero, lo suficiente para aguantar tres años (contando también con el sueldo de mi mujer).

No era un margen de seguridad excesivo, porque necesité exactamente dos años y medio para ganarme la vida gracias al cómic.

La serie de Sam Pezzo le sirvió para aprender el oficio, pero también le dio un comienzo de notoriedad...

Sam Pezzo fue mi primer personaje de verdad. Siempre he sido un gran aficionado a las novelas y películas policíacas. Por eso, la idea de crear un héroe detective me surgió de forma natural. Como suele ocurrir con los dibujantes principiantes, le di a Pezzo rasgos bastante parecidos a los míos. En mi imaginación, además, vive en Bolonia. Pero no quise reproducir exactamente la ciudad donde vivo, para no encerrarme en un universo demasiado limitado. Bolonia no tiene la dimensión de París o Londres; enseguida se le da la vuelta.

Me parece que usted da a la ciudad de Pezzo un aspecto muy americano. La importancia de la comunidad china, por ejemplo (cf. Shit City), refuerza esa impresión...

Por supuesto, ahora todo el mundo me habla de El año del dragón, pero mi historia es anterior a la película de Cimino. Ya sabe, en Bolonia hay un barrio chino muy pequeño. Bueno, no es Chinatown, apenas cuenta con un centenar de habitantes. Resulta que conozco a uno de ellos, y eso bastó para darme la idea de ese escenario.



Plancha extraída de La Pratica ab, una de las primeras historias publicadas por Giardino, que figura en el álbum colectivo Indagini nell´altroquando (1978).


Dicho esto, el hecho de no querer nombrar la ciudad de Pezzo me creó ciertas dificultades. Era imposible mostrar policías sin dibujar un uniforme preciso y reconocible: si mostraba carabineros italianos, todo el mundo pensaría inmediatamente que estaba contando una historia de la mafia. Si creé a Fridman fue, en parte, para escapar de ese tipo de problemas.

La ironía que usted ha señalado a propósito de Max Fridman está mucho más acentuada en Sam Pezzo...

Sí, pero las obras de Chandler y Hammett ya eran muy irónicas. Es casi una constante del género. Si me aparté un poco de la norma, fue procurando que Sam Pezzo no tuviera demasiada suerte con las mujeres, mientras que el detective tradicional suele ser un conquistador. Desde ese punto de vista, Pezzo refleja más mi experiencia personal.

Aun así consigue conquistar a Lia Wang, a quien usted ha hecho realmente muy atractiva...

Es cierto, a muchos lectores les ha gustado, y yo mismo le tengo un cariño especial. Es curioso: me impliqué del mismo modo en la creación de otros personajes, pero diría que Lia Wang tenía unas ganas irresistibles de vivir. Se impuso con tanta fuerza que voy a recuperarla en la próxima investigación de Sam Pezzo. Seguirá siendo su compañera, durante un tiempo.

¿Así que no has abandonado a Sam Pezzo a favor de Max Fridman...?

No, para nada. Continuarán sus carreras, cada uno por su cuenta. Dibujé Shit City entre Rapsodia Húngara y La Puerta de Oriente.

¿No tiene Glénat planes de colorear los cuatro álbumes de Sam Pezzo ya publicados?

Se ha hablado del tema, pero no sé si se hará. Si Glénat realmente quiere (y desde luego espero que sí) consideran que el color es un activo comercial importante), daré mi aprobación, aunque no me encargaré personalmente del proyecto. En cuanto a mí, siempre imaginaré a Sam Pezzo en blanco y negro, del mismo modo que no concibo a Alack Sinner a color.



Dotaste de una dimensión política a la historia de Sam Pezzo titulada Merry Christmas, la cual marca también una transición de la novela negra clásica a una historia de espionaje.
Me gusta mucho esa historia, en la que poco a poco te das cuenta de que los «buenos» y los «malos» no son necesariamente quienes crees. Muestras con gran eficacia que existen circunstancias en las que la inocencia resulta imposible...

Eso es, precisamente, lo que quería transmitir. La cuestión de la inmigración —que constituye el núcleo de Merry Christmas— no es especialmente crítica en Italia. No obstante, los etíopes conforman la comunidad de inmigrantes más numerosa y muchos de ellos mantienen una actividad política. Quienes organizan la entrada clandestina de eritreos son considerados delincuentes. Sin embargo, desde cierto punto de vista, tal vez sean menos delincuentes que los Estados que se niegan a permitir la entrada de extranjeros. En cualquier caso, es uno de esos muchos ámbitos en los que resulta muy difícil determinar dónde reside la verdadera responsabilidad.

Retrato de Lia Wang para ORIENT EXPRESS nº13.



¿La política juega un papel importante en tu vida?

Nunca he sido miembro activo de ningún partido político, pero siempre me ha interesado la historia política y me inclino hacia la izquierda. Terminé mis estudios en 1969, lo que significa que viví una época particularmente turbulenta en la universidad. Participé en los acontecimientos, aunque no fui de los más extremistas. Sin embargo, hoy, cuando me encuentro con viejos amigos que eran más radicales que yo, noto que se han olvidado por completo de la política y ya no les interesa nada de lo que sucede. Yo, en cambio, he permanecido atento a ese aspecto del mundo y sigo manteniéndome informado.

Mi última pregunta es: si tuvieras que definir los ingredientes de un buen cómic, ¿darías la misma importancia al dibujo y al guion?

El mayor desafío —tanto para un creador de cómics como para un escritor o cineasta— es tener una buena idea que valga la pena contar y que no parezca algo que ya se haya visto mil veces.
En los cómics que leo, veo muchas páginas impresionantes que, en realidad, no tienen mucho que decir. Ahí radica el verdadero problema; todo lo demás es secundario y viene después. Francamente, no me considero un gran artista. Pero sí creo que dibujo con la suficiente eficacia como para ilustrar el tipo de guiones que escribo. Quizás no tenga el talento gráfico de un dibujante de carteles, pero soy un creador de cómics perfectamente competente.

(Entrevista realizada en Bolonia por Thierry Groensteen el 3 de julio de 1986).


Les Cahiers de la Bande Dessinée Bimestral nº71 sept-oct 86 Special Italie

Muerte accidental de la sátira

TRIBUNA LIBRE / SILVIA CRUZ LAPEÑA


En Lo intolerable. Repulsión, vergüenza y responsabilidad colectiva ante la crueldad contemporánea (Nuevos Cuadernos Anagrama, 2026), Enrique Díaz Alvarez escribe: "No es solo que tendamos a movernos más por los afectos que por la razón,

sino que, al obviarlo, se escriben éticas y teorías políticas que devienen sátiras. Totalmente inaplicables". Sus páginas son una llamada a salir del letargo frente al sufrimiento ajeno y ese fragmento hace referencia a la sátira, recurso con el que la cultura evita que las conciencias hibernen.

Stephen Colbert la usó en The Late Show, del que le han echado. La censura es la forma más violenta de asesinar la sátira, pero hay otra mas sibilina: deformar el contexto hasta que crearla y entenderla parezca imposible y anular así su valor político, que no es solo hacer reír, sino reflexionar.

En la cuarta temporada de El encargado hay ejemplos de cómo se ha reducido ese valor. Cuando el presidente argentino acaba un mensaje a la nación llamando "hijos de puta" a quienes cuestionan sus de-cisiones, el siniestro conserje convertido en asesor "por hablar claro" — le critica el tono del maquillaje, no el insulto. Es ficción, pero en 2026 cuesta creerla menos que hace cuatro años, cuando se estrenó la serie y Javier Milei no era presidente.

Sus creadores, Mariano Cohn y Gastón Duprat, no son más torpes que en 2022. Como no lo fue Jonathan Swift en 1729 cuando publicó Una humilde propuesta y algunos lectores creyeron que defendía de verdad vender y comerse a los bebés para acabar con la hambruna en Irlanda. Lo que pasa hoy es que quien planea una crueldad como convertir la Franja de Gaza en un resort es Donald Trump, presidente de Estados Unidos.

La tradición satírica, de Grecia a Roma y de ahí a Inglaterra o al Saturday Night Live, distorsiona la realidad para evidenciarla, y para que funcione debe haber una distancia entre lo real y lo creado. Trump y sus émulos no dan ese margen y la sátira queda, si no muerta, sí am-putada. Para un género que el académico Northrop Frye definió como "ironía militante contra los abusos del poder", supone una pérdida democrática.

Ironía militante es la de Dario Fo en Muerte accidental de un anarquista, donde ataca a jueces, políticos, policías y periodistas por permitir la impunidad del poder. Apuntaba a un sistema, no a un partido, y despertó conciencias, pues como escribió el periodista Carlos Monsivais: "La sátira no crea politización por sí sola, pero la alienta". No es eso lo que hacen Trump y los suyos.

Los memes de la ultraderecha no son sátira, pero usan mucho uno de sus recursos: la burla. Muchas veces, desde la Casa Blanca o la Rosada, pues en la era de la revancha el rey también quiere ser bufón, algo que desvirtúa la sátira, mecanismo creado para controlar a los que mandan.

Lo contrario es propaganda, y su objetivo no es politizar sino polarizar.

Es lo que hacen algunos programas de tertulia en Argentina con sus vídeos hechos con IA. La crisis del kirchnerismo es uno de los temas preferidos y los vídeos, burdos, solo dan risa a los convencidos y vergüenza ajena a quienes esperan algo mas del periodismo. Algo como No habrá más penas ni olvidos (1978), de Osvaldo Soriano, un relato descacharrante y negrísimo sobre la lucha fratricida entre peronistas que aún invita a tomar nota. Esos vídeos, no; y ese empobrecimiento afecta al entendimiento, un bien menos reivindicado que la libertad de expresión, pero imprescindible para ejercerla.

La burla es más facilona y destructora que la sátira, y en un mundo donde prolifera el delirio, es tentadora. Colbert no podía ser tan duro con Barack Obama porque no imponía caprichos y formas deleznables, pero tampoco le apretó las tuercas, y cayó en la misma zafiedad de Trump, a quien le dijo que su boca solo servia como funda para el pene de Putin. Quizá sea hora de agudizar el ingenio y revitalizar la sátira.


Stephen Colbert apaga las luces del plató de The Late Show en su último programa, el pasado 21 de mayo, tras ser cancelado por la CBS. SCOTT KOWALGHYK (CBS / GETTY IMAGES)

¿Qué pueden hacer los que votan?

Reaprender a leer. Algo falla cuando webs dedicadas a verificar noticias como Myth Detector tienen secciones llamadas "Sátira" donde incluyen memes que, tras analizarlos, concluyen que solo son chistes de publicaciones satíricas, cuya tarea no es engañar. Tampoco difamar, por más que Abogados Cr logre que El Jueves pague 6.000 euros a su portavoz por violar su derecho al honor. Otra forma de asfixiar la sátira.

Es coherente: la ultraderecha detesta la cultura y prefiere la lucha libre, a poder ser en las redes. Pero ni todo esta en sus manos. ni internet es un infierno inevitable. Lo recuerdan Jordi Pérez Colomé y Sandra González-Bailón en El vuelco. Historia personal y política de como las redes han cambiado el mundo para siempre (Deusto, 2026), donde desmontan lugares comunes y planteamientos deterministas sobre un espacio que comparan con la madriguera donde cayó Alicia, la del País de las Maravillas. La diferencia es que nosotros entramos voluntariamente y por eso El vuelco describe el cambio, pero también invita a tomar las riendas.

Está escrito, por cierto, en una primera persona del singular que contiene a ambos autores, una declaración de intenciones entre tanto egomaniaco, que conecta con la que hace Díaz Alvarez: "Ser intolerantes con lo intolerable. Usar como motor el asco que sentimos ante los abusos y no actuar como si fueran irremediables. Ideas que apelan a lo que está en nuestra mano y nos hace humanos: los afectos, el humor, la cultura o un "no" a tiempo. No son propuestas satíricas, son aplicables.


Babelia 1.803 Sábado 13 de junio de 2026





Crisis en el Paraíso

El perfecto equilibrio va a romperse en Temiscira cuando dos hechos totalmente inesperados ocurran…


José Luis Vidal

11 de junio 2026 


En un lugar oculto a los ojos de todos existe un lugar habitado por una raza de mujeres. Ellas son Las Amazonas, féminas de férreos músculos y belleza extrema, que han sabido borrar de sus existencias el papel del hombre, creando una serie de leyes que no han de ser incumplidas por ninguna de sus habitantes.



Ficha
Wonder Woman/Harley Quinn: La bendición y el castigo

Guion: Sylvain Runberg

Dibujo: Miki Montlló

Tapa dura

Color

144 págs.

38 euros

Panini Cómics


Tan solo una de ellas, la hija de la reina Hipólita, ha sido autorizada para poder caminar por el mundo de los hombres, pero con una misión muy clara. Luchar contra el Mal y traer la paz en aquellos lugares donde esta palabra casi no existe.

Ella, como todos ya sabréis, es la amazona más conocida de las viñetas, Diana, esa heroína conocida como Wonder Woman. Y al comienzo de este relato la veremos con sus hermanas disfrutando de un duro entrenamiento que culminará de manera inesperada cuando la verdad sobre el estado de una de estas mujeres sea revelado, helando el ambiente y provocando que algo acontezca. La aparición de un sentimiento que hasta ahora no era conocido entre la población.

La semilla de la duda, el rencor y la desconfianza se afianzará en estas tierras, ya que en algunos corazones de estas guerreras se esconde la ambición, y se pondrá en tela de juicio el hasta ahora respetado papel de la reina Hipólita, a la que todas han respetado.

El comienzo del caos llegará a bordo de una avioneta que 'ameriza' en el lugar, dejando a todas boquiabiertas. ¿Quién tiene el poder y conocimiento para traspasar la invisible barrera que rodea a Temiscira?

Pues nada más y nada menos que Harley Quinn que, magullada y con una visible cantidad de moratones en su cuerpo, pide asilo en el lugar, hecho este que Wonder Woman defenderá pese a la oposición de Aleka y sus seguidoras.

¿Qué ocurre realmente en este lugar? ¿Por qué se han roto las reglas? ¿Quién está realmente tras estos sucesos, tirando de los unos invisibles hilos?

Está muy bien que una editorial como DC mire hacia el exterior y deje que autores de otros mercados, como el franco belga en este caso, tengan la libertad para crear nuevas historias con sus personajes más icónicos, fuera de la continuidad y aportando su talento.

Sylvain Runberg y Miki Montlló son una pareja artística muy bien avenida, ya que han trabajado en varias obras juntos, y se nota su perfecta conexión al disfrutar de las páginas de este cómic, en el que además del magnífico aspecto gráfico, se habla de temas tan importantes en la sociedad actual como la sororidad, la elección de la maternidad de una mujer sola o la lacra de la violencia de género.

Todo ello junto a dos personajes tan icónicos como son Wonder Woman y Harley Quinn, que pese a su maltrecho aspecto, pone el contrapunto divertido en algunos momentos, y cuando el telón caiga va a reencontrarse con alguien muy importante para ella.


Diario de Cadiz


sábado, 27 de junio de 2026

¡Vade Retro, vampiro!

Solo hay un lugar en el que los supervivientes humanos estén a salvo de la sangrienta invasión de las criaturas de la noche


José Luis Vidal

10 de junio 2026 



¿Quién iba a imaginar que una simple y casi rutinaria entrevista de trabajo iba a dar un vuelco a la vida del protagonista de este cómic?

Y es que Guido Cavelti tenía una ilusión. Debido a su formación como piloto y militar pensaba que poseía la experiencia necesaria para obtener un puesto en la prestigiosa Guardia Suiza del Vaticano.



Ficha
Vatican City

Guion: Mark Millar

Dibujo: Per Berg

Tapa dura

Color

104 págs.

21 euros

Panini Cómics


Las cosas empezaron a torcerse desde el momento que le comunican que ese día no se ha presentado ningún miembro del afamado Cuerpo que desde hace siglos ha defendido al Santo Padre que, casualmente, en esos momentos no se encontraba en la ciudad del Vaticano.

Qué afortunado.

Pasaron los minutos y un invisible y rojizo telón cayó para mostrar la cruda realidad, que dejó a todos paralizados…

Una imparable invasión vampírica se había iniciado, como proclamaba el líder de los chupasangres, el despiadado Karl. Excepto Rusia y China, todos los países del globo terráqueo se encontraban dentro del puño de estos monstruos.

Pero curiosamente, pese a esto, el principal objetivo de la legión de la noche era precisamente el país más pequeño del mundo, el Vaticano.

¿Qué querían? ¿Cuál era el plan último para la total dominación y exterminio de la raza humana?

Guido, rodeado de caos y terror, se va a convertir en el inesperado héroe de la función cuando, con la ayuda de un sacerdote y algunos supervivientes, elabore un plan para que los monstruos no consigan su objetivo real, que se encuentra justo bajo sus pies, sepultado a varios metros bajo la dura roca.

Junto a una pareja de hermanos que acaban de quedarse huérfanos, Emelia y Aldo, el protagonista tendrá que tirar de ingenio si no quiere que un oscuro manto caiga sobre el planeta.

Vatican City es un cómic que se lee de un tirón, donde priman la acción y el terror, que enfrenta a sus protagonistas a una aparentemente imparable invasión. Y claro, esta historia viene de la mano de un guionista cuyo nombre es sinónimo de éxito, Mark Millar, cuyos cómics se devoran como las palomitas de maíz.

El aspecto gráfico es cosa de Per Berg, que sabe dotar a sus páginas del necesario atractivo para que vayamos pasándolas una tras otra, impacientes por conocer el destino de los atribulados protagonistas, un una batalla desigual, donde todas las cartas parecen beneficiar a la horda vampírica.

Pero, ¿quién sabe si las tornas pueden cambiar cuando menos lo esperemos?


Diario de Cadiz