viernes, 6 de febrero de 2026

Tokio, día a día

¿Qué vidas e historias se esconden en las calles de la ciudad nipona?


José Luis Vidal

05 de febrero 2026


Hace diez años el cómic venido del País del Sol Naciente, el manga, ya llevaba bastante tiempo establecido en nuestro país. Los lectores estaban acostumbrados a encontrar en las librerías multitud de títulos, sobre todo dirigidos al público más joven, de ahí su éxito multitudinario.



Ficha
La chica de los cigarrillos

Autor: Masahiko Matsumoto

Tapa blanda

Blanco y negro

272 págs.

26 euros

Editorial Gallo Nero


Tan solo alguna editorial había tenido la valentía de editar material dirigido a un público más adulto, que buscaba otras propuestas gráficas y argumentales. Yoshihiro Tatsumi y su obra vino a abrirnos los ojos hacia otras historias, enmarcadas todas ellas dentro de un género bautizado como gekiga, en el que el autor o autora ponía su lupa sobre la gente de a pie, con las que, pese a la distancia que nos separa, podías empatizar.

Y justo hace diez años, una editorial como Gallo Nero quiso que de una vez por todas conociéramos un buen puñado de nombres del medio, la mayoría independientes, y tener a día de hoy uno de los catálogos más interesantes y variados en lo que al manga adulto concierne.

La chica de los cigarrillos regresa a las librerías en una nueva edición revisada, para que todos aquellos que no tuvieron la oportunidad de disfrutar de ella conozca esta obra de otro de los grandes nombres del gekiga, Masahiko Matsumoto, que curiosamente, ya con tan solo ver la portada, utiliza un estilo gráfico que está totalmente alejado de esas historias dramáticas encuadradas en este género tan concreto.

Pero eso no es óbice para que, a lo largo de once relatos, regresemos a ese Tokio de los años setenta, en el que los habitantes de la urbe, la mayoría con pocos recursos económicos, hacía lo que podía para mantenerse a flote en un país que todavía padecía las heridas causadas por su derrota en la Segunda Guerra Mundial y la posterior ocupación yanqui.

Estas son historias sencillas en apariencia, como la de esa mujer silenciosa que, con no mucha fortuna, trata de ganar unos yenes vendiendo preservativos. Excusa que utiliza el autor para mostrar la soledad más absoluta en una urbe repleta de gente, personas cada una con su propia historia que, acompañando a esta solitaria protagonista, Señorita Felicidad, iremos conociendo.

Un encuentro fortuito al ir a comprar tabaco puede transformar la vida de alguien que, día tras día, irá regresando, tan solo para poder cruzar unas palabras con esa chica que da título al volumen. Lo malo es que el destino te puede deparar un súbito cambio, y borrar de un plumazo es ilusión que comenzaba a crecer dentro de ti…

Pese al tono dramático con el que impregna a la mayoría de sus relatos, gracias a su estilo de dibujo hace que el lector sonría en algunas ocasiones y acompañe a estos personajes por las calles de la ciudad, que retrata con fidelidad.

Una lectura que para aquellos que buscan ese otro tipo de manga será totalmente satisfactoria, y tal vez sea una puerta de entrada al numeroso catálogo que Gallo Nero ofrece a sus lectores.


Diario de Cadiz


Un tipo muy particular

Tal vez os lo crucéis por la calle y quiera ser vuestro amigo. O, mejor no…


José Luis Vidal

04 de febrero 2026



La vida, en ocasiones, se convierte en una gran y pesada roca para el protagonista de este puñado de historias.

Y es que Tedward, en el fondo, es un chico de lo más sencillo. Se conforma con su trabajo cultivando ruibarbos en el jardín comunitario, pese a las malas miradas de su vecina, que tampoco es que se lleve demasiado bien con su sufrida madre.

Lo reconocerás porque tiene una singular manera de vestir, y sobre todo nos fijaremos en él por ese peinado que desafía a la gravedad.



Ficha
Tedward

Autor: Josh Pettinger

Tapa blanda

Color

174 págs.

27 euros

Ediciones La Cúpula


Su hobby preferido es construir maquetas de su serie de televisión favorita, Los Thunderbirds. Gracias a esta habilidad ha ganado el campeonato del centro social Buttonwillow, ganando el trofeo y la envidia de algún que otro competidor.

Pero como os decía, la tranquila existencia de este muchachote se verá alterada por varias razones, y es que siempre puede aparecer alguien que pretende aprovecharse de su timidez e inocencia, como cuando es abordado en plena calle y, en un abrir y cerrar de ojos se encuentra contratado por una 'extraña' empresa dedicada a la limpieza coital.

Esa experiencia laboral le dejará un poso de pesadillas, y sobre todo, una deuda que en algún momento, y de la manera más inesperada, deberá pagar…

Menos mal que, sin embargo, en otros trabajos sí que se encuentra cómodo, como por ejemplo alquilando pequeños televisores que funcionan con monedas. Lo malo es que Tedward es tan cuadriculado en ocasiones que no deja pasar ni una.

Finalmente, hablemos de relaciones humanas, ese terreno en el que Tedward no se mueve demasiado bien, y comprobaremos en varias de las historias contenidas en este volumen, que lo suyo, pese a que se esfuerza, no es el romance.

Y no hablemos tampoco de amistades, ya que lo que nace como un común interés por un modelo de motocicleta puede derivar en una pesadillesca experiencia dentro de algo parecido a una sauna…

Josh Pettinger (Goiter), el padre artístico de Tedward, nos agarra con fuerza de la mano, y junto a él, nos introduce en el surreal mundo de su personaje, donde todo puede ocurrirle y que, pese a lo extraño y bizarro de algunas situaciones, en la mayoría de ellas terminaremos riendo a mandíbula batiente.

¿Conseguirá el protagonista encontrar la tan deseada paz, alejado de los problemas que como setas crecen a su alrededor? Y sobre todo, ¿Podrá junto a su madre cultivar la suficiente cantidad de ruibarbos?

Quién sabe, ya que en el mundo de Tedward todo, hasta lo más inaudito, puede suceder.


Diario de Cadiz


Contrato con Dios Will Eisner Norma Editorial



Tal relatividad implica el hecho creativo que, si para muchos auto res la consagración de un personaje colma sus afanes profesionales, para otros no parece más que un aprendizaje preceptivo antes del auténtico tour de force. Al igual que Quino con su Mafalda, Spirit fue un punto de partida para Will Eisner. Despreocupado de una edad que para tantos marca la jubilación intelectual o define estancamientos más o menos regresivos (cuando no reciclajes fuera de tono), nuestro autor inició, rebasados los sesenta, su más definitiva etapa publicando en 1.978 el título que motiva estas líneas. Ello no sólo significó su regreso a la ficción dibujada, sino el comienzo de su más poderosa contribución a la misma, justo en el cénit de sus facultades, esto es, tras el maravilloso campo de pruebas que conformó The Spirit y depurada su capacidad comunicativa en subsiguientes décadas de utilizar la historieta como herramienta didáctica.

Y una encomiable fe en las infrautilizadas posibilidades del medio junto a la convicción de que el cómic podía significar algo más que superhéroes o tiras de prensa fue quizá la causa de su adscripción a la por entonces naciente y socialmente relevante novela gráfica, ese inútil mestizaje entre ilustración y literatura donde precisamente los escasos productos de valor para el cómic son aquellos que eluden los presupuestos que la definen. Cosa que se apresuró a hacer Eisner tras el primero de los cuatro relatos que componen este Contrato con Dios. Por lo que asombra la insistencia en identificarle de continuo con la tal "graphic novel" o "cómic novela": no sólo no la inventa, sino que la deconstruye, se sirve del formato álbum (añejo ya en Europa por aquellas fechas) para profundizar en el puro lenguaje del cómic, para desgranar hasta la disección sus claves y ofrecer apabullantes lecciones de asignaturas tan ele mentales como, por ejemplo, planificación y montaje. Porque no hallaremos en Eisner innovador alguno; todos sus recursos ya estaban allí, aunque rara vez se utilizan con semejante intensidad o pericia y tan a menudo son pasmosamente obviados.



Contrato con Dios, El cantante callejero, El Super y Cookalein son las "historias de Nueva York" que componen el volumen, primeros escarceos autobiográficos en esa reivindicación de la memoria vivencial y racial que nos remonta a los años de la Depresión. Cuando, según palabras introductorias del autor, "el mundo era la Avenida Dropsie". Mundo novedoso como campo de trabajo y recurrente hasta la actualidad en su obra: Eisner había cambiado el thriller por el drama y el espectáculo por la vida misma. Ciertamente, la fábula que cuestiona los cimientos de la propia fe, ese Contrato con Dios que da título al álbum, será lo más cercano a la novela gráfica en tanto que se sirve de un generoso texto como esqueleto del artificio narrativo, puntuado por unas imágenes que, con todo, soportan por sí solas los acentos dramáticos. Sin embargo, no existen alardes literarios compitiendo con presunciones gráficas ni un verbo redundante que esclerotice el ritmo narrativo, sino que imagen y texto interactúan con precisión relojera en un proceso de integración casi osmótico. Y en ese punto concluye la relación del autor con la "graphic novel" a nivel de lenguaje, llámese como más plazca al soporte en que se publican sus obras. Porque, innecesario ya el tono grandilocuente del primer relato, Eisner reduce en el resto el protagonismo de la voz en off a la breve introducción o al somero epílogo, estado en que se mantiene hasta la fecha presente. No es éste, por otra parte, lugar para extenderse sobre la extinción natural de los postulados originales de la novela gráfica ni sobre la prodigalidad con que se utiliza hoy por hoy como simple formato.

Sobra, decíamos, la retórica en esta crónica de la desesperanza que niega el optimismo presunto de Eisner, muy lejos de Frank Capra en semejante muestrario de mezquindad y amargura, en absoluto mitigada por un prepotente dios bíblico. La estética también elude aquella impactante Central City de sombras ominosas pero perfectas. Y el preciosismo gráfico, ahora disipado en pinceladas rotundas y trazos rápidos, casi reminiscentes del underground; el mundo ya no es en color, abunda el gris y ni siquiera el negro es absolutamente oscuro.

La revisión de Norma, en fin, se demuestra oportuna en su coincidencia con el octogésimo aniversario de Will Eisner y competente con una edición más fiel a la original de la que nos brindara Toutain hace 18 años, respetando, entre otras cosas, esa tinta sepia que nos advierte del filtro nostálgico de la memoria. Sólo resta reivindicar el completismo clamando por ediciones sucesivas de Vida en otro planeta y Afán de vida, inéditos aún en forma de álbum. Que no de novela gráfica.

Yexus


U, el hijo de Urich #6 septiembre 1997


jueves, 5 de febrero de 2026

¡Gotham bajo el terror!

Una serie de horribles crímenes azotan la ciudad donde un oscuro desconocido lucha contra el Mal


José Luis Vidal

03 de febrero 2026


Años treinta, desde Europa llegan vientos de guerra. Y si a eso sumamos la terrible depresión económica que golpeó a los Estados Unidos, no es el mejor momento para que varios concejales de la ciudad de Gotham aparezcan brutalmente asesinados.

No hay pistas de quién o el por qué de estas cruentas muertes, pero en la urbe ha sido avistado, sobre las azoteas del lugar, la sombra de alguien o algo que se mueve entre ellas.



Ficha
The Bat-Man: First Knight

Guion: Dan Jurgens

Dibujo: Mike Perkins

Tapa dura

Color

160 págs.

38 euros

Panini Cómics


Hay mil rumores, y tan solo dos hombres conocen la verdad. Uno de ellos es el esforzado comisario de policía, James Gordon, al que de vez en cuando este extraño le hace una fugaz visita y que, con el paso del tiempo, se ha convertido en un fiel aliado en la lucha de ambos contra el crimen. Su nombre es Bat-Man.

Pero ¿quién es el amo del crimen en Gotham y está tras esta campaña del horror?

Pocas personas, tan solo un grupo de secuaces conocen su rostro, pero todos saben su alias. La Voz, un tipo que tira de los hilos, y maneja una subterránea organización que, a base de fuerza bruta, acomete un plan para hacerse con la ciudad.

Contra él, el rumor, la leyenda, el autentico Hombre Murciélago, Bat-Man, que no es sino otro que el heredero de la fortuna Wayne, el en apariencia playboy desocupado, pero que en realidad habita una enorme y vacía mansión en la que está rodeado de recuerdos de su vida junto a sus asesinados padres.

Gracias a su fuerza de voluntad y medios se ha convertido en el oscuro defensor de la ciudad. Pero tal vez la buena voluntad no sea suficiente, ya que una horda de muertos vivientes son la mano ejecutora de las órdenes de La Voz, y Bruce Wayne va a conocer en su propia carne lo dura que es la existencia del vigilante…

¿Os gustan aquellas películas en blanco y negro, protagonizadas por rostros clásicos del cine como James Cagney o Humphrey Bogart? Historias protagonizadas por tipos rudos, que con una metralleta Thompson en las manos se abrían camino en la jungla del asfalto.

Pues bien, si sois fans del género negro, noir o criminal, este es vuestro cómic. Una historia en la que su guionista, Dan Jurgens, acompañado por un espectacular Mike Perkins, nos trasladan a una versión alternativa de las peripecias del Caballero Oscuro, pero es este caso pasadas por el filtro de un argumento totalmente alejado del cómic de superhéroes.

Aquí nos vamos a encontrar con políticos corruptos, sádicos alcaides de prisiones, femme fatales, policías íntegros y, por supuesto, con un heroico joven cuyo rostro nos recuerda a uno de los grandes nombres del Séptimo Arte, el gran Gregory Peck.

Si ya el argumento de este cómic es espectacular, no lo es menos el enorme formato en el que Panini Cómics lo edita, convirtiendo su lectura en un puro deleite.


Diario de Cadiz




La palabra más bonita es leopardo

Un leopardo en la reserva de Masái Mara, en Kenia. Getty

El faro del fin del mundo / Jacinto Antón

Los leopardos forman parte importante de mi vida. Desde los iniciáticos de los libros - los de Kenneh Anderson, Jim Corbett y luego el de Hemingway- y del cine de sesión continua- el leopardo de Sarawak, enemigo mortal del tigre de Mompracem-, hasta los de verdad, vistos o entrevistos en la India y en África. El primero que vi de carne y hueso, si exceptuamos los del zoo, fue el que se cruzó ante los faros de nuestro camión viajando del Ngorongoro al lago Manyara en Tanzania, en 1986. Fue una fulguración moteada que me hizo lanzar un grito digno de Mogambo: "¡Chui!", leopardo, una de mis pocas palabras en swahili, junto a safari, hatari y daktari, esa letanía.

Apenas un par de semanas después volví a ver otro leopardo, este mucho menos fugaz. Recorríamos las pistas del Masái Mara y nuestro conductor, un kikuyo hosco, abandonó repentinamente el seguimiento de un gran león para llevarnos al pie de un árbol. Mientras le llamábamos de todo señaló una de las ramas: en ella descansaba un enorme leopardo que abrió disciplientemente los párpados para, en un momento inolvidable, mirarme directamente con unos ojos dorados en los que destellaban toda la maravilla y el misterio de su especie.

Después he visto otros, uno enorme en Zimbabue en compañía del fotógrafo Marcel.lí Sáenz -no siempre se puede ir por África con Ava Gardner- y en una ocasión memorable seguí un ratito a pie el rastro de un ejemplar en los montes Aberdare.

Leopardos, "los más perfectos de los grandes felinos", así los considera un acreditado zoólogo y fotógrafo suizo C. A. W. Guggisberg en su enciclopédico Wild cats if the world (David & Charles, 1975), "hermosos  de aspectos y gráciles en sus movimientos".

Si hablamos de leopardos africanos, nuestro hombre es Ionides. El white hunter griego con inclinación por las mambas estaba fascinado con los leopardos devoradores de hombres, que no son tan frecuentes en África como en la India -entre los más célebres en el subcontinente, el de Kahani (más de 200 personas muertas) y el de Rudraprayag (al menos 125 víctimas)- pero los hay. Cazó varios en Tanganika, como al de Rupondo (16 años en su horrenda cuenta, entre ellos un bebé de seis meses).

El leopardo, a menudo llamado pantera en Asia, puede ser incluso más temible que el tigre por su familiaridad con el ser humano y el desparpajo por así decirlo, con el que se introduce en las casas de las aldeas para llevarse a sus presas humanas, con terrible preferencia por las más pequeñas que le resultan más manejables. Sin duda es injusto -aunque sigue habiendo casos de depredación de personas y la persecución de esas fieras moteadas antropófagas ha dado por relatos inolvidables de la literatura de aventuras -reducir a esos maravillosos animales a su aspecto más feroz.

Hablábamos muchos de leopardos con el añorado Jorge de Pallejá, que llegó a cazar uno en la India, aunque le dejó mal sabor de boca (peor ha de ser dejarle mal sabor al leopardo, imagino), en lo que fue el principio de su conversión al conservacionismo. A Jorge le recuerdo en el zoo de Barcelona, frente a la jaula del leopardo de Sri Lanka donde se le humedecían los ojos ante aquella belleza que él un día arrebató.

Precisamente el otro día estaba con mi yerno y mi nieto de un año y medio en el mismo lugar, algo triste pensando en Jorge, en que ya no hay tigres en el zoo de Barcelona y en que se ha muerto la elefanta Susi, cuando el pequeño Mateo señaló con el dedito al leopardo y dijo claramente: "leopardo". Ramón y yo nos quedamos de piedra. Es verdad que yo llevaba ratos hablando de esos felinos y contando historias como la de la pantera negra de Sivanipalli. Pero oírle decir a Mateo por primera vez en su vida "leopardo" me puso al borde de las lágrimas. ¡Si aún no sabe decir abuelo ni yogur! El leopardo parecía tan sorprendido y emocionado como yo: detuvo su paseo por su estrecha jungla y miró a Mateo con un brillo de reconocimiento en los ojos ambarinos. La fiera y el niño quedaron unidos en un instante mágico en el que el resto del mundo se transfiguraba en un escenario de selvas y aventuras. Finalmente el leopardo lanzó un sordo rugido como de sierra -grunt-ha, grunt-ha- y Mateo rió con una risa pequeña y cristalina. "Leopardo, leopardo".


El Pais, sábado 31 de enero de 2026


Un corte en el tiempo

 Por Anna Caballé

El autorretrato constituye, en la historia de la pintura, una práctica fascinante: el pintor se utiliza a sí mismo como modelo y se observa atentamente. ¿Con qué objeto? Imposible dar una respuesta sencilla a este recurso que puede cumplir funciones de lo más variadas. Desde el deseo de fijar un hic et nunc, un aquí y ahora del artista en plena potencia de sus facultades (un bellísimo Durero en torno a los 28 años), hasta la obsesión de Rembrandt por reparar en su rostro las sacudidas del tiempo a lo largo de su vida. O bien pensemos en Frida Khalo presentando las heridas del cuerpo como baluarte de un sufrimiento escondido que se desea hacer público. O bien mostrar el propio rostro como un muñón del ser irreconocible, como hizo Francis Bacon. Sin olvidarnos del autorretrato como entrenamiento, como ejercicio de taller que permite el libre aprendizaje del cuerpo humano.

La columna rota (1944), de Frida Khalo, que evoca las secuelas del accidente de autobús que sufrió en 1925. 

El crítico Manuel Alberca, reconocido académicamente sobre todo por sus luminosas aportaciones teóricas a la autoficción, acomete en Mírame. Enigma y razón de los autorretratos un completo repaso a este género pictórico. El libro tiene mucho de útil inventario, pues son numerosos los pintores que van desfilando, desde su rotunda explosión en el Renacimiento hasta los autorretratos expresionistas que exponen el descoyuntamiento del sujeto  contemporáneo. Todo cabe en la autorrepresentación pictórica, en este esfuerzo del artista por verse a sí mismo cuya frenética deriva actual -el selfi- nos fuerza a hacernos muchas preguntas sobre nuestros íntimos deseos de ser, de estar en el mundo y, sobre todo, de ser vistos. De ahí que sea un acierto el título del ensayo, Mírame, porque esta es, en definitiva, su clave de bóveda. ¿Narcisismo exacerbado?, se pregunta Alberca con razón ante la pasión por el selfi que inunda las redes sociales, causando en más de una ocasión la muerte de quien se hacer la foto corriendo un riesgo desproporcionado.

Como siempre, el arte (también la fotografía) nos proporciona la teoría que permite el retorno a lo existencial, porque viendo a los demás, como sostiene Alberca, nos vemos y, sobre todo, nos medimos y juzgamos. Es nuestra incertidumbre ontológica frente a otro la que nos conduce a esa dialéctica de ver y de ser visto. el autor de Mírame sostiene que hace falta una disciplina para conseguir descifrar las claves del autorretrato. Hay que ver muchas telas para aprender de qué modo cada pintor se abandona experimentalmente al ejercicio de verse, que, como se ha dicho, exige un corte temporal. A la pregunta ¿cómo soy?, solo puedo responder observando en qué momento preciso de la vida que me hago. ¿Cuándo? ¿A qué edad? ¿Bajo qué influencias? ¿Con qué animo? ¿En qué lugar? El autorretratismo aborda todas estas cuestiones que han ido acumulándose en su cuerpo -porque es el cuerpo el que registra las conmociones, el paso del tiempo, el acuse de los menores desórdenes, ya no digamos los más graves-, y lleva a cabo la operación de verse y pintarse. Y ¿cómo se ve?

Yo recuperaría para dicha compleja operación el concepto de hápax (voz de origen griego, redefinida por Michael Onfray). Un hápax en filología sirve para definir una palabra que ha aparecido registrada una sola vez, ya sea en una lengua, en una obra, un corpus... El autorretrato es, podría considerarse, un hápax existencial, una imagen única, resultado de la interacción de un cuerpo que dice yo en un momento preciso de su historia y del mundo que lo contiene. Un corte en el tiempo de una vida y en ese corte descarga el pintor, por decirlo así, su propio destino. Alberca queda a las puertas de aventurar una filosofía del cuerpo a partir del autorretrato, pero nos invita a pensar en ello.



Mírame. Enigma y razón de los autorretratos

Manuel Alberca

Confluencias, 2025

414 páginas. 21,90 euros



Babelia  Núm. 1.784. Sábado 31 de enero de 2026


miércoles, 4 de febrero de 2026

JLA Grant Morrison & Howard Porter/John Dell DC Comics



El título que más vende de DC en estos momentos, por encima del cinematográfico Batman y del renovadísimo Superman, a las puertas de entrar en el lucrativo Top 10 (según el oráculo Wizard), dejando atrás a mutantes y arácnidos marvelianos y a primeros espadas de Image como Gen 13, y aquí en la Iberia sin enterarnos de nada. Mientras nuestros hermanos de México acaban con la sequía, bueno será que vayamos comentando lo que se cuece en la más veterana casa superheroica y cómo la baqueteada Liga de la Justicia de América es de pronto lo más emocionante del mercado yanqui.

Curioso (y aleccionador, probablemente) es que el guionista de esta encarnación de la Liga, Grant Morrison, que se ha ganado a pulso una reputación de heterodoxo desde sus Animal Man y Doom Patrol de hace una década hasta sus Flex Mentallo e Invisibles de ahora mismo, haya conseguido por fin el éxito masivo con la serie más convencional que ha escrito en toda su vida. La palabra convencional, por cierto, es clave para entender todo el entramado sobre el que se aguanta JLA, que explota el atractivo de lo establecido, de las cosas hechas a la vieja usanza y como dios manda, de las historias contadas con un solo propósito, sin dobleces ni ironías. Por eso probablemente tiene encandilados a un montón de chavales ansiosos de llevarse a los ojos un tebeo de superhéroes de una pieza, de la misma manera que habrá arrastrado a un grupo de lectores convencidos de que si lo escribe Morrison tiene que encerrar algún ocurrente y astutamente disimulado mecanismo de deconstrucción posmoderna.

Pues me temo que no, amiguitos.

Sospecho más bien que Morrison, como cualquier hijo de vecino, quería en primer lugar ganarse unos cuartos más de los que habrá podido amasar hasta ahora, con tantas páginas ya emborronadas, y en segundo lugar, necesitaba exudar la cantidad de lecturas superheroicas que parece haber absorbido y que le rebosan por las orejas.

Para relanzar al supergrupo santo y seña de DC, pues, se ha decidido hacer las cosas bien, sin reparar en gastos, empezando por la alineación, que es la original que presentaba la Liga hace ya casi cuarenta años: Superman, Batman, Flash, Linterna Verde, Wonder Woman, Aquaman, Detective Marciano y, a las primeras de cambio, la incorporación de Flecha Verde. Un equipo como éste, obviamente, sólo puede funcionar a gran escala, implicándose en amenazas descomunales que, como mínimo, pongan en peligro el destino de todo el planeta, el futuro de la humanidad y la Vía Láctea y el inicio de la temporada de fútbol profesional. Para cualquier otra cosa sería ridículo llamar a un puñado de tipos con semejante pedigrí y que responden a un nombre tan escandalosamente desfasado como la Liga de la Justicia de América sin abochornarse un pelo. Morrison se pone a la altura y no siente ninguna vergüenza de jugar a lo grande, echando mano de decorados y efectos especiales a mansalva: los marcianos invaden la Tierra, los ángeles del cielo se pelean en nuestro mundo mientras la Luna se cae, un supervillano intenta hacerse el amo de todo lo que existe superando las últimas barreras del universo... amenazas a las que la JLA replica con la confianza y la determinación que hacían creíble a John Wayne quitándose de encima legiones de malnacidos como quien espanta moscas con la mano. La JLA es la alianza de los héroes más poderosos del mundo, así que ¡pobre del que se cruce en su camino! Virtud de Morrison es entender no sólo la esencia del conjunto, sino la de cada uno de sus icónicos miembros, todos ellos cargados de historia y de significado y perfectamente retratados con una fugacidad llena de precisión: Superman es el símbolo, el representante de puertas afuera, y su liderazgo lo complementa Batman, el que organiza estrategias y da soluciones en la sombra, su falta de poderes compensada por una supereficiencia pasmosa; Flash y Linterna Verde son la pareja cómica, los jovenzuelos que aportan chispa y vida; Aquaman y Wonder Woman confirman que, cuando los otros están presentes, ellos sólo pueden aspirar a segundones; el Detective Marciano es un Superman sin carisma público y algo tristón y solitario. Manejar un reparto tan grande (y además integrado por personajes que llevan su propia vida en sus propias series, así que aquí sólo pueden vivir aventuras) es tarea delicada, que Morrison solventa jerarquizando las relaciones mediante las tres parejas y el individuo-comodín que he mencionado. No es casualidad que el Detective Marciano sea el único sin cabecera personal. El lector de JLA ya conoce (y bien, probablemente) a todos y cada uno de los personajes por su experiencia previa, así que la caracterización huye sabiamente de prolijas presentaciones para subrayar los rasgos, a veces inesperados, de la personalidad de estas estrellas del superheroísmo con los que el autor prefiere jugar.

Unos diálogos francamente divertidos cuando hace falta (no te puedes tomar en serio todo el rato un tebeo como éste) contrastan maravillosamente con los momentos más épicos, esos de la viñeta a toda página con Superman enganchado a un Ángel del Señor en medio de una ciudad arrasada y semejantes.

Cada escena está primorosamente planteada, aunque la relación entre unas y otras escenas a veces resulte un tanto brusca. O bien el guionista tiene más facilidad para el detalle que para los grandes esquemas (que es lo que yo sospecho) o simplemente hace un uso muy sui generis de la elipsis.

A Morrison no le importa volver a contarnos historias que pertenecen al capítulo de los lugares comunes para cualquier aficionado al tebeo de superhéroes (¿y qué otro lector se va a comprar JLA?). ¿Hay algo más sobado que el argumento de los "salvadores del mundo" extraterrestres que en realidad son enemigos camuflados? En la primera saga, la Liga entera es capturada por un puñado de supercriminales con poderes equivalentes a los de Superman (y más variados aún) cada uno de ellos. Únicamente Batman, que es "sólo un hombre", sigue libre, y por supuesto que el adusto Señor de la Noche se basta y se sobra para sojuzgar sigilosa y contundentemente a la pandilla de supermalvados, en un episodio que respira el mismo aire que aquel mítico "Lobezno solo" de Claremont y Byrne hace ya un montón de años. Posteriormente, la Llave (sí, hay un malo que se llama así, ¿qué pasa?) atrapa a todo el grupo en sus propios sueños, proyectados en un mundo imaginario, utilizando una estratagema que recuerda poderosamente a la legendaria historia de Superman "El hombre que lo tenía todo", de Alan Moore y Dave Gibbons. Pero, ¿cómo escapa de esta trampa la Liga? Gracias a la intervención de su más reciente y menospreciado miembro, el arquero Flecha Verde, que finalmente noquea con sus saetas al villano de rango cósmico. En The Avengers 174 (1978, pero el dato lo he tenido que mirar, no se piensen que soy tan friki como para sabérmelo de memoria) el galáctico Coleccionista captura a los poderosos Vengadores. A todos, excepto a Ojo de Halcón (¡el arquero, para los menos duchos en superherología!), que acaba tumbando al malhechor con sus rudimentarias armas.

Pero nada de esto importa, porque Morrison es el primero que parece plenamente consciente de lo que está haciendo y por qué lo está haciendo, y esa convicción insufla vida al tebeo y restaura con efectividad parte del aura mágica que siempre debería desprender este género. Quizás el amable lector pueda deducir de mis palabras que JLA sólo son textos, pero no, también está dibujada, y la aportación de Howard Porter (al menos hasta el número 7, tras el que le sustituye Oscar Jiménez, esperemos que de manera provisional) no puede ser más ajustada al tono de la colección, con un estilo que es vulgar a la vez que grandioso. Supongo que los editores pensarían que ya que los héroes son clásicos, equilibrarían poniendo un dibujante de hechuras modernas, lo cual no les voy a discutir mientras Porter siga dibujando a Batman con los viejos tebeos de Michael Golden abiertos encima del tablero.

De despedida, una advertencia. Ojito con el especial JLA/WildC. A

T. S.: es ilegible

Trajano Bermúdez


U, el hijo de Urich #6 septiembre 1997