miércoles, 20 de mayo de 2026

Strangers in Paradise Terry Moore Dude


Algún día se podrá medir el daño que han hecho a los comics obras y autores que, por su carácter innovador, se han convertido en verdaderos hitos en la historia del medio y han supuesto una influencia tan grande, han dejado una huella tan profunda, que otros profesionales, considerablemente menos talentosos que los pioneros, han pretendido seguir sus pasos con mucha menor fortuna. inundando el mercado de títulos, personajes y estilos que, en su torpeza, sólo han podido bastardizar y encanallar el concepto original. Hay algunos casos muy llamativos, como los de Neal Adams y Jim Steranko, ambos figuras gigantescas, que sin embargo engendraron toda una caterva de seguidores que han hecho más mal que bien, quedándose la innovación narrativa y la potencia gráfica de los primeros en los amaneramientos de los segundos. Algo muy semejante sucedió con Watchmen o The Dark Knight Returns, obras muy meritorias que tristemente desencadenaron que durante casi toda una década (¿alguien recuerda el funesto lema "¡Los comics ya no son para niños!"?) los lectores de superhéroes nos tragásemos o bien la penúltima paja mental de un guionista con un ego del tamaño de la Península Ibérica o bien rollos macabeos que trataban temas supuestamente trascendentes con el rigor de un episodio de Padres forzosos. Pero esto no sucedía tan sólo con los comics mainstream, que al fin y al cabo buscan explotar el filón que tan buenos resultados comerciales les había dado, sino que se podían y se pueden ver sus equivalentes en las llamadas editoriales independientes (por cierto, independientes ¿de qué?). Desde el primer artista que decidió que su ombligo era un lugar donde ocurrían cosas apasionantes que debían interesarnos a todos, el aluvión de comics autobiográficos nos llegó al cuello y amenazó con cubrirnos por completo (de mierda, naturalmente). Con las slices of life ha ocurrido exactamente lo mismo, y la escena independiente se ha llenado de personajes pretendidamente originales, encantadores y vaya usted a saber cuántas cosas más. Strangers in Paradise pertenece a este último grupo.

Partiendo de la base de que siempre es bienvenido cualquier título que amplíe un poco el escaso espectro temático de los tebeos en español, he de añadir rápidamente que eso es prácticamente lo único que cabe celebrar de la llegada de Strangers in Paradise a nuestro país.


Los cuatro primeros números de la serie presentan a los personajes protagonistas: Francine, una chica dulce y confiada que no es capaz de encontrar un buen hombre que la quiera de verdad; Katchoo, su mejor amiga y compañera de piso, una chica impulsiva que puede o no ser lesbiana y estar o no enamorada de Francine; y David, un pringadete que se cuelga de Katchoo. Vaya mimbres. Terry Moore, que quiere ganarse a pulso en sus declaraciones el título de Antonio Gala de los comics por salidas como "Estoy más interesado en estas dos mujeres de quienes podría enamorarme- y en averiguar qué las hace reaccionar- que en la historia de cualquier hombre", sin embargo pinta a Francine como a una pobre desgraciada dispuesta a humillarse en público ofreciendo su virginidad y perdonar al pichabrava de su novio con tal de que no la deje, porque al fin y al cabo las mujeres necesitan a un hombre de verdad, o nos desvela que Katchoo es una impulsiva mediante el sutil recurso de hacerle apagar el despertador a tiros. Madre mía. Eso sí, todos los tíos son o unos calzonazos (como el vecino de las chicas o el mismo David, que es muy, pero que muy sensible) o unos cabrones, como el incorregible sátiro con el que sale Francine. O sea, el feminismo entendido a la manera de Thelma y Louise. Este tufillo políticamente correcto mezclado con nociones sexuales sacadas de la enciclopedia del Reader's Digest rampa por los cuatro números que componen el primer arco argumental de Strangers in Paradise, y Terry Moore no mejora las cosas con declaraciones del tipo: "Mi única intención es satirizar América". Por Dios, en cualquier tebeo de los estudios de Rob Liefeld la sátira de los Estados Unidos es mucho más sangrante (y lo hacen sin querer).

Por mucho que diga el ex guitarrista de un grupo de rock duro (estos gustos musicales explican muchas cosas) Terry Moore que "la vida es más complicada que elegir la opción A o la B. La gente es más compleja" refiriéndose a su indefinición sobre la homosexualidad de Katchoo, no nos podemos quitar de la cabeza que es la salida de los cobardes, mucho más propia de una editorial como Marvel que de los supuestos adalides de la libertad creativa, quienes al fin y al cabo se muestran igual de acojonados que las grandes empresas ante la posibilidad de ofender a algún lector, no vaya a ser que decida dejar de gastarse sus dos dólares setenta y cinco en las aventuras de una bollera. Muy triste.

Para terminar de mejorar la cosa, Moore también es de los que abundan en la opinión de que los personajes se escriben solos. Según él, Francine y compañía actúan y hablan mientras Moore se queda observándolos en un rincón. Esta opinión, que puede parecer graciosa en un comentario de texto de tercero de BUP, resulta triste cuando se la oye en boca de un artista hablando de sus creaciones. Ya puestos, ¿por qué no repartir los beneficios con ellos? ¿No son seres vivos? Si se les pincha, ¿no san-gran?, etc, etc. En fin, que como la vida sigue, también lo hacen las de los personajes de la serie y Moore, en su afán de mejorar la colección (hay que decir que no quedó muy contento de estos primeros cuatro números, pero no por ninguna de las razones que hemos descrito más arriba) y como "la vida es una experiencia multimedia, y los tebeos también deberían serlo", Moore dixit, en próximos números tendremos letras de canciones incluidas en el tebeo y listas de discos que el señor Moore escucha mientras perpetra Strangers in Paradise. Toma experiencia multimedia.

Mientras que la única explicación que cabe al respecto del contenido de Strangers in Paradise es que su autor, por mucho que se empeñe en ser un tío legal y enrollado, no deja de ser el típico cuarentón de clase media americano con mujer e hijos y un montón de facturas que pagar, lo del dibujo tiene explicación. Es un trabajo primerizo (aunque Moore ya tenía sus buenos 37 tacos cuando empezó con esto) y, aunque un poco feo, considerando que Moore en su vida había dibujado antes un tebeo, no se puede decir que lo haga tan mal. Es más, quienes han tenido el valor de seguir leyéndolo más allá de los cuatro primeros números dicen que mejora bastante. Yo lo creo. Pero la verdad, me da lo mismo. Le echaré la culpa a mis prejuicios, pero no puedo evitar pensar que nada bueno puede salir de la cabeza de alguien que cree que Yesterday es una de las mejores canciones de todos los tiempos.

gonzalo quesada


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999


‘La banda sonora de nuestras vidas’: canciones para recordar quiénes somos

De REM a Kraftwerk y de Neneh Cherry a The Breeders, el ensayo de Jude Rogers llega a través de 12 canciones inolvidables a la idea de que somos, en parte, aquello que escuchamos


Las componentes de Martha & The Vandellas, hacia 1964.

Michael Ochs Archives / GETTY IMAGES


Use Lahoz

25 ABR 2026 

El libro que ha escrito la crítica musical Jude Rogers, La banda sonora de nuestras vidas, posee el indomable encanto de mezclar la teoría y la práctica, el arte y la vida. Rogers ha construido un memoir a partir de la capacidad emotiva que tienen doce canciones que componen un recorrido íntimo: melodías y letras que se quedaron en ella para moldear su vida como se nos quedan a cada uno de nosotros las nuestras, canciones a las que acudimos para salir a flote, para sentirnos comprendidos o simplemente alegrarnos. La autora construye un ensayo híbrido de memoria, emoción y cultura popular ilustrado por voces académicas (psicólogos, antropólogos, musicoterapéutas o arqueólogos). Cada capítulo se articula en torno a una etapa vital —de la infancia a la madurez— y a una canción significativa, lo que le permite a Rogers explorar cómo la música acompaña nuestros recuerdos. Conmovedor es el arranque, con un antológico capítulo (el segundo) dedicado a la canción ‘Only you’, de The Flying Pickets, virtuosa crónica que mezcla el poder evocador de la música con la muerte del padre de la autora cuando esta tenía cinco años. Es uno de esos capítulos que justifican un libro.

Igualmente emotivo resulta, en ese periodo de formación, la historia de Adam and the Ants y su canción ‘Prince Charming’. Hay músicas que logran expresar lo inefable y enviarnos mensajes. La impresión que le causó a Rogers ver en televisión a los siete años la figura de ese príncipe de chaqueta negra con botones dorados que se balanceaba sobre un candelabro hacia ella, le hizo querer moverse como él, saltar como él, convertirse en él, emularle en todo. Muchos años después, siendo una reputada cronista musical, coincidió con su príncipe en vivo, en el backstage de un concierto de Tony Bennett, y se quedó sin palabras ante él, cuya presencia (como si rellenara una ausencia) le hizo pensar en aquella niña triste y ansiosa a la que despertó guiándola hacia el mejor lugar desde el que desarrollar sus restantes años de infancia: el desbordante reino de la imaginación.

La cuarta canción es ‘Buffalo Stance’, de Neneh Cherry, que supuso para la autora el chute de emoción intensa que su adolescencia requería, y que hoy le sirve para indagar sobre los efectos del rap en poblaciones de mujeres jóvenes. Otro significativo capítulo es el dedicado a ‘Drive’, de REM, con el videoclip oficial y el efecto caleidoscópico que tuvo el grupo en su avanzada adolescencia, cuando la música es un manantial cultural e informativo, cuando forramos las paredes de la habitación de posters y el mundo interior se ve trastocado por la aparición del amor. ‘Radioactivity’ de Kraftwerk ilustra cómo entró en la música electrónica y ciertos grupos (Underworld, Orbital, Chemical Brothers…) derribaron nuestra férrea determinación de que siempre seriamos indies y nunca comerciales, y de cómo el apático bajo de Kim Deal unifica prodigiosamente el desmadrado tema ‘Cannonball’ de The Breeders para hacernos bailar, que es lo que hacemos cuando estamos felices.

‘Heat Wave’ de Martha Reeves and The Vandellas analiza cómo la música nos diseña el amor y por qué las canciones y las historias son útiles para dar forma a sentimientos abrumadores. Así resuenan canciones que todavía la vinculan a personas y otras que lo hacen a los viajes a los festivales que nos hicieron peregrinar religiosamente por prados y montañas en los noventa, a los pisos compartidos, las autopistas, a las cintas de casete que se grababan para esa otra persona como si nos fuera la vida en ello.

Rogers incide en las siguientes canciones en que la música habita en nosotros desde el inicio mismo de la vida, cuando nuestra madre da forma melódica a su voz y nos habla y balbucea con sintonías empáticas cargadas de sentimiento.

La obra consigue interpelar al lector de manera directa. Dice Fernando Navarro en el prólogo que “la música nos revela cosas que ni conocemos de nosotros mismos”. Así, más que una simple lectura, invita a un ejercicio de introspección, a preguntarnos cuáles son los temas que han marcado nuestras propias etapas vitales.

Un ensayo sensible y perspicaz que interesará tanto a melómanos como a quienes disfrutan de la escritura autobiográfica con vocación reflexiva; que, sin estridencias, deja resonando una idea tan sencilla como poderosa: la de que somos, en parte, aquello que escuchamos. Con un estilo cercano, íntimo, emotivo y reflexivo, Rogers ha dado forma a un ensayo fuera de lo común en el que nos vemos tan reflejados que parece escrito para cada uno de nosotros, solo tenemos que cambiar las canciones y poner las nuestras.




La banda sonora de nuestras vidas 

Jude Rogers 

Prólogo de Fernando Navarro

Traducción de Gabriela Bustelo

Libros del Kultrum, 2026

288 páginas. 22 euros


Babelia Núm. 1.796 Sábado 25 de abril de 2026


martes, 19 de mayo de 2026

Steam Detectives Kia Asamiya Planeta-DeAgostini



Hay una particular fascinación en la moderna ficción por la imaginería victoriana que entronca seguramente, con una cierta aproximación nostálgica a géneros pretéritos como el folletín más rancio o a la figura del detective infalible y su invencible némesis. La pervivencia de la sombra de Holmes (pero también de Lupin, no lo olvidemos), las cíclicas revisitaciones de los sucesos de Whitechapel o el rescate inminente de Fu-Manchú son síntomas de una sensibilidad que se resiste a desaparecer con el inminente cambio de siglo, una sensibilidad que ha generado una cierta variante en el amplio corpus de la ciencia-ficción contemporánea que ha dado en llamarse, no sin cierto deje de ironía, steam-punk. Las obras adscritas a esta corriente recuperan algunas constantes de la vieja tradición de la ucronía y se aplican a la reinvención de una Inglaterra victoriana alterada por adelantos científicos inéditos, en un ejercicio que tiene mucho de lúdico y de pirueta estética. Son trabajos en los que pesa especialmente la reconstrucción de una atmósfera y de una manera de narrar, amén del ingenio a la hora de abordar asuntos contemporáneos con una mirada de otra época (o viceversa).

Kia Asamiya, autor conocido por los mangakas españoles gracias a trabajos anteriores tan relevantes como Compiler, se adentra en los brumosos territorios del género con un correcto equipaje en el que se codean el detective de Baker Street, la sombra de Erik (también llamado el Fantasma de la Opera) y un espíritu gótico más cercano al Batman post-Miller que a las andanzas del Destripador, pero que no desentona en un relato claramente destinado a la conquista del mercado occidental, me parece (más concretamente, el estadounidense, si se me permite una presunción sin más pruebas que mi mala fe y un superficial análisis de este primer volumen de Steam Detectives). La consciente simplificación del dibujo, reducido en ocasiones a mera caricatura, la liviandad del relato y la discutible asimilación de las constantes más superficiales del universo plástico de Mignola, por citar el préstamo más obvio, definen una obra que fracasa, a mi juicio, en lo fundamental: la creación de una atmósfera. El universo en que los personajes se desenvuelven parece una acumulación de lugares comunes a los que apenas se hace mención ocasionalmente (utilizando, además, el texto de apoyo): el vapor de agua que enrarece el paisaje urbano (eso se nos dice, al menos; de hecho, es lo único que se nos dice), el viejo policía entrañable, el joven policía patán, la joven ayudante con tendencia a rasgarse el perenne uniforme de enfermera (¡!) y un protagonista de irritante aire adolescente y diseño inverosímil. Que la tecnología tenga su base en la venerable máquina de vapor justifica, supon-go, el detalle de la niebla perma-nente, y quizá el aire victoriano del vestuario. Por lo demás, la peripecia podría desarrollarse en cualquier otro ambiente. Un equi-paje, pues, correcto, y un libro de estilo lleno de citas convenientes, pero un conjunto excesivamente desangelado, me parece, apto sólo para seguidores del autor.

Mención aparte merece el envoltorio. Presentado en el agradecido formato de la Biblioteca Manga, Steam Detectives se beneficia del impecable diseño de producción de la pareja Ruiz/ Sempere, de cuyo buen gusto sería redundante hablar a estas alturas (o acaso no lo sea tanto: no es habitual comentar las ediciones en que se nos venden los manga, no se lee a menudo que tal título no parece escrito en castellano o que tal otro parece rotulado con los pies, así que a lo mejor convendría ir rompiendo lanzas en favor de quien sí hace las cosas bien, e incluso muy bien, como es el caso). En realidad, el librito es tan atractivo que a uno le tienta la idea de conservarlo, a pesar de lo insustancial de su lectura.

(Para leer un par de buenos ejemplos de steam-punk, los anglófilos pueden buscar The Diference Engine, una notable novela escrita mano a mano por Bruce Sterling y William Gibson, o bien inclinarse por la estupenda Antihielo, traducida por Ediciones B, un pastiche a la manera de Julio Verne firmado por el hiperactivo Stephen Baxter. Para comprobar cómo trabajar de verdad una atmósfera y convertirla, además, en artefacto narrativo, nadie como el ya mencionado Mignola o el muy eficaz Guy Davis, responsable de Sandman Mistery Theatre y de la seminal Baker Street, una recuperación mucho más punk que steam del mito de Holmes.)

francisco naranjo


U, el hijo de Urich #14 enero 1999


30.000 ojos arrancados en la mirada de David Toscana

El autor, que comenzó su vida laboral como ingeniero en las maquiladoras mexicanas, ha ganado el premio Alfaguara con ‘El ejército ciego’, donde fabula con fantasía y humor negro sobre un hecho histórico


El premio Alfaguara de novela, David Toscana, en el café Manuela, en Madrid, el 8 de abril.

Inés Arcones


Sergio C. Fanjul

Madrid - 25 ABR 2026

Fue ingeniero antes que escritor, aunque es escritor antes que ingeniero. El mexicano David Toscana trabajó durante diez años en la industria, en empresas como General Motors, Mattel (“Fabricando muñecas Barbies”, dice) o Coca-Cola. Se desempeñó en las maquiladoras, esas fábricas en la frontera norte mexicana donde son ensambladas por mano de obra local piezas que se reciben de otras partes del mundo. El costoso laberinto de la producción globalizada.

Dice que su trabajo como ingeniero no le ayudó a ensamblar novelas. “En ingeniería hay esa cosa tan japonesa de hacer las cosas bien a la primera, los diseños que no fallen... En la escritura más bien funciono por prueba y error. Aunque creo en el concepto de eficiencia: decir el significado con las palabras justas”, cuenta. Aunque aquellos trabajos sí que le llevaron a estar cerca de la gloria: “Lo más cerca que estuve del Nobel fue trabajando en una empresa de nailon y poliéster que era socia de la química Nobel”, bromea. Ahora ya solo se dedica a escribir. El Nobel todavía no ha caído, pero, por lo pronto, es el actual Premio Alfaguara de Novela por El ejército ciego.

Toscana, sonriente y de voz calmada, no sabe muy bien dónde vive, porque vive en muchos sitios. En México, porque es mexicano; en Cracovia, porque su mujer es polaca; y en Madrid, porque le gusta mucho: “Paso aquí todo el tiempo que la ley me permite”. Lo dice en el clásico café Manuela, en el barrio de Malasaña, donde ha sopesado la hora (es la una de la tarde) antes de decidirse a pedir una cerveza. En el momento del encuentro está a punto de comenzar la extensa gira de presentaciones asociada al premio, primero por algunas ciudades de España, luego por algunos países de Latinoamérica. Lo de la promoción lo lleva bien. “Yo creo que a todos los escritores les gusta, pero algunos lo niegan en las entrevistas, por animar la conversación”, dice. “¡Pero más se lamentan cuando no tienen promoción!“.

El ejército ciego parte de un hecho insólito. En el año 1014, el emperador bizantino Basilio II (conocido como Basilio Matabúlgaros), después de vencer en la batalla de Klyuch, manda sacar los ojos a 15.000 soldados búlgaros. En una especie de acto de ingeniería de la crueldad, deja tuerto a uno de cada cien, para que guíe al resto camino a casa. Cuando la tropa de ciegos desarrapados llega a la capital búlgara, el zar Samuel sufre tal impacto que fallece a los pocos días de la humillación y la pena. Su hijo Gavril, heredero del trono, se ve en el trance de elevar la moral de la tropa y gestionar a aquella multitud de vencidos, porque nunca ha sido fácil encontrar acomodo a los que vuelven de las guerras con lesiones y traumas.

La historia se cuenta en el códice bizantino del siglo XII, el Skylitzes Matritensis, una especie de cómic medieval con miniaturas en oro y lapislázuli que se encuentra, precisamente, en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid: la idea del encuentro con Toscana era visitar el manuscrito, pero como la Biblioteca está en obras, la cosa derivó en unas cañas. Aunque parezca una historia legendaria, los historiadores la consideran veraz, aunque puede que exagerada en la cifra de cegados.

Algunos historiadores, además, lo consideran material novelesco, y como nadie en Bulgaria ha abordado el tema, Toscana vio hueco y se lanzó. “Tuve en la cabeza durante años la historia de los 15.000 ciegos volviendo a casa, pero no sabía cómo contarla”, dice. A pesar de lo trágico del suceso, lo trata con cierto humor, dándole a la narración un aire de cuento popular, de relato fantástico, de leyenda: “Es casi como una narración infantil, pero que no tiene mucho de juego de niños”.

Los ojos, su manipulación, su ausencia, son centrales en la novela. Uno de los particulares personajes es maese Zósimo, sacaojos de la corte de Constantinopla, que considera lo suyo un arte. “Lo de sacar ojos era un castigo habitual, aunque sobre todo para casos individuales, un traidor, un aspirante al trono”, dice el escritor. Da referencias: un zar búlgaro que dejó el trono a su hijo y, cuando este le decepcionó, regresó y le sacó los ojos. Una de las primeras referencias puede ser la Biblia, en la que a Sansón le arrancan los ojos. En alguna versión, Edipo se saca los ojos con los dedos. Y sí, tiene algo de arte: según refiere Toscana, hay crónicas de extracciones de ojos muy torpes que causaron infecciones, hemorragias y hasta una muerte entre tormentos. Para evitar escabechinas el uso de los dedos siempre es más adecuado que el de los instrumentos punzantes y cortantes. Pero no se apuren: en la novela Toscana se ahorra los detalles más gore. Ismaíl Kadaré, por cierto, tiene una novela difícil de hallar, El firmán de la ceguera (Anaya & Mario Muchnik), donde se hace un buen repaso a las técnicas de extracción de globos oculares. No lo intenten en casa.

Crueldades del pasado

Era aquella una época cruel. “Aunque habría que juzgar si es más cruel sacar los ojos o bombardear una escuela”, dice el escritor, “estamos menos acostumbrados a las crueldades del pasado, que muchas veces se achacaban a castigos divinos, pero no creo que hayamos progresado demasiado”. Cita el sitio de la Babilonia rebelde por Darío, que relata Heródoto: los babilonios mataron a sus mujeres —“excepto a algunas pocas, para cocinar”, dice el autor— y cuando Darío entró en la ciudad, empaló a 3.000. O la crucifixión de los 6.000 esclavos liderados por Espartaco, en el camino entre Capua y Roma. “No quiero imaginar lo que es eso”, dice el autor, “pero hace solo 80 años tuvimos cámaras de gas y campos de exterminio”. La guerra nunca ha cesado, pero ahora repunta especialmente, por eso Toscana admira a la Unión Europea: “Supone el entendimiento de gente que se había peleado. En esa misma generación se hizo una unión, se compartieron fronteras y la moneda. Ojalá hubiera algo así en Latinoamérica”, opina.

Lo que sí tiene El ejército ciego es cierta épica de la derrota: los que vuelven a casa, aun derrotados y cegados, conservan su dignidad, su postura, su reivindicación, su camino a recorrer. Y Toscana imagina una peripecia sobre lo que no está escrito en las crónicas. Vemos cómo es el reencuentro con su ciudad y su familia, cómo algunos —un ceramista, un carpintero, un criador de cerdos, un panadero— tratan de retomar su cotidianidad e incluso encontrar nuevos nichos de mercado. O qué puede aportar uno de ellos, Kozaro, el copista, imaginando historias, a la nueva situación. “En realidad, la novela trata sobre la literatura. La literatura no se lee con los ojos sino con el entendimiento. Siempre me he preguntado cuál es la mejor novela para un ciego, qué novela llega a la esencia de la percepción”.

Toscana huye de los temas de actualidad, del realismo contemporáneo, aunque no es que le disgusten: “No hago una bandera de ello: es necesario, por ejemplo, gente que escriba en México sobre los feminicidios, el narcotráfico o la corrupción. Hay que ventilar eso”, dice. Pero prefiere que su escritura sea una “aventura” que le introduzca en nuevos mundos. Sus novelas suelen tener un punto de partida imaginativo, otra vuelta de tuerca: si aquí se habla de un ejército de 15.000 ciegos, en Evangelia (Alfaguara, 2016) se imagina qué hubiera pasado si la virgen María hubiera tenido una hija mujer, en Santa María del Circo (Plaza & Janes, 1998; ahora en Candaya) describe a una extraña sociedad formada por artistas de circo en El peso de vivir en la tierra (Candaya, 2024) imagina a una especie de Quijote mexicano que, en vez de intentar recrear novelas de caballerías, hace lo propio con los novelones rusos. “Hablar de mí mismo me aburre, porque ya me conozco. No me importa leer sobre el yo de los otros. Pero prefiero dedicar dos años a descubrir un mundo: leer evangelios, textos medievales, estrategias militares, arqueología, teología, alfabetos… Escribir para mí es una aventura”.



El Pais Cultura Sábado 25 de abril de 2026


Max Fridman, el aventurero prudente

Los primos Meyer | Crítica

Norma Editorial publica el cómic 'Los primos Meyer', guionizado y dibujado por uno de los maestros vivos de la historieta europea, Vittorio Giardino, un viaje a Viena en los meses previos a la Segunda Guerra Mundial.


Julián Ruesga Bono

10 de mayo 2026




La ficha

Los primos Meyer. Vittorio Giardino. Norma Editorial. Barcelona, 2026. 200 páginas. 32 euros


Vittorio Giardino (Bolonia, 1946) es uno de los autores más relevantes del cómic europeo. Ha creado series ya clásicas como la protagonizada por el detective Sam Pezzo (1979-1982), la saga de espionaje Max Fridman (1982-2026), Little Ego (1985-1989) homenaje-parodia al clásico Little Nemo de Winsor McCay, Jonas Fink (1991-2018) la historia de un joven en la Praga de posguerra o los relatos cortos Vacaciones fatales (1990-2003). Todos sus álbumes están publicados en España por la editorial Norma que, el pasado febrero, lanzó una nueva entrega de su personaje más emblemático Max Fridman, un nuevo thriller ambientado en 1938, en la Austria anexionada por el Tercer Reich, con la persecución de los judíos como telón de fondo.

La primera aventura de Max Fridman, Rapsodia húngara, se publicó en 1982 y supuso la consagración internacional para su autor. En 1985 se editó la segunda entrega, La puerta de Oriente, mucho más pulida argumental, gráfica y narrativamente, más tarde con ¡No pasarán!, publicada en tres volúmenes en 2000, 2002 y 2008, la serie se consolida como una de las grandes referencias del cómic histórico europeo. Con el esperado nuevo volumen, Los primos Meyer (2025), nos encontramos un trabajo que, en el aspecto gráfico y narrativo, muestra a un Vittorio Giardino en plenitud de facultades artísticas.

Las aventuras de Max Fridman se desarrollan en los meses previos a la Segunda Guerra Mundial, 1938-39, y exploran el tenso momento que vivía Europa. Giardino consigue plasmar a la perfección la situación de tensión de la época dotando a sus historias de una especial gravedad que parece suspendida en el ambiente contagiando a todos los personajes que pueblan las viñetas.

El personaje central de la serie, Max Fridman, es un comerciante de tabaco judío que trabajó tiempo atrás como agente de contrainteligencia para el gobierno francés y que, en el presente de la serie, vive en Suiza con su hija de diez años. De su vida pasada se sabe poco, Giardino dosifica la información sobre su pasado desvelándolo esporádicamente en diálogos casuales con sus compañeros de aventura. Es de carácter frío, una persona introvertida y solitaria, reflexivo y lacónico con un punto cínico en sus comentarios, pero leal y solidario. Sin quererlo se involucra en conflictos en los que no quiere estar, alguien obligado a actuar por presiones externas que se ve inmerso en situaciones que preferiría quedaran al margen. No lleva armas, ni goza de una buena forma física, consciente de su vulnerabilidad es precavido y hábil, sus métodos no son espectaculares pero resultan efectivos para salir airoso de las difíciles situaciones en las que se ve envuelto. Su buen ojo táctico y su costumbre de no confiar en nadie más que en sí mismo le ayudan en las situaciones más peligrosas. Su máxima refleja su carácter, “si no se tiene miedo es imposible sobrevivir”.

Giardino sitúa las aventuras de Fridman en un entorno plagado de referencias históricas que enmarcan tanto el desarrollo de la acción como la caracterización de los numerosos personajes secundarios que deambulan por las viñetas –dibujadas con detalle minucioso y preciosismo gráfico-. En su primera aventura, Rapsodia húngara, la destrucción de una célula de espionaje francesa en Budapest provoca que el servicio secreto francés fuerce a Fridman a dejar su relajada vida en Ginebra y partir a Hungría a investigar los asesinatos. La puerta de Oriente nos sitúa en la ciudad de Estambul a donde Max Fridman llega en un viaje de negocios para su empresa de importación de tabaco y se ve involucrado accidentalmente en una intriga que nada tiene que ver con él. Giardino aprovecha el exótico entorno que ofrece Estambul para desarrollar la historia a través de un dibujo elegante y detallista, lleno de color, mostrando la exuberante belleza de la ciudad y la luz del Mediterráneo en primavera. En ¡No pasarán!, traslada la acción a la Guerra Civil Española. Fridman se ve obligado a viajar a Barcelona en busca de un amigo, antiguo compañero de armas, que ha desaparecido. Su periplo por conocer la verdad sobre el destino de su amigo desvela al lector los peligros y tensiones de la compleja vida cotidiana en la ciudad de Barcelona durante la guerra y los avatares en el frente de batalla. Ambientada en la Cataluña de 1938 es una historia de ficción enmarcada en un contexto construido con un gran respeto a la realidad histórica.

Una obra profundamente humana

Por su parte, la nueva aventura, Los primos Meyer, es un cómic de enorme calidad gráfica y narrativa, una obra profundamente humana que convierte los sucesos que viven los protagonistas en excusa para hablar de identidad, empatía y xenofobia. Los Meyer, una familia judía de la burguesía vienesa, busca la forma de salir de Austria, convertida en un infierno para los judíos desde su anexión al Tercer Reich y la instauración de las leyes antijudías. Fridman, primo lejano, los ayudará a escapar burlando la persecución constante de la Gestapo.

La historia arranca en la Viena de abril de 1938. En la primera parte asistimos a las agresiones y humillaciones públicas que sufre la familia Meyer: expropiaciones, despidos y amenazas constantes en una progresiva asfixia social y miedo que los empuja a tomar la decisión de huir de su país. En la segunda parte Max Fridman viaja desde Ginebra para intentar organizar la fuga de sus primos. En esta historia el espionaje no es el tema principal de la trama, Giardino pone el foco en el drama humano mostrando cómo un Estado transforma a una parte de sus ciudadanos en enemigo interno, cómo la violencia se normaliza y la xenofobia se institucionaliza, haciendo del miedo un instrumento de control social.

Igual que en otras las ediciones integrales de Norma, en las 200 páginas del volumen, se incluye un apéndice que aporta información importante sobre el proceso creativo y documentación de la aventura. 40 páginas con una selección de imágenes de referencia para los escenarios, bocetos y dibujos preliminares en blanco y negro junto a unos apuntes históricos con los que Giardino amplía la información contextual.



Diario de Cadiz


lunes, 18 de mayo de 2026

Lope de Aguirre: La expiación Felipe Hernández Cava/Ricard Castells Edicions de Ponent



Pocas personalidades como la de Lope de Aguirre (Oñate, Guipúzcoa, c. 1515- Barquisimeto, Venezuela, 1561) aúnan en su empeño visionario y crueldad las luces y sombras que tiñeron el proceso de invasión/conquista del Nuevo Mundo. Hidalgo sin herencia, domador de potros de profesión, llegó a tierra de Indias en 1537 buscando fama y fortuna para acumular años azarosos en los que, en lugar de riqueza, amasó una merecida fama de díscolo y pendenciero, adquirió los apodos de loco y tirano, desarrolló una acusada manía persecutoria aderezada con delirios de grandeza y se erigió en protagonista de la expedición al Marañón, nombre con el cual era conocido el Amazonas en su época, por la que ha pasado a la Historia.

Tras combatir contra la sublevación liderada por Hernández Girón, redimiendo así su pasado de rebeldía, Aguirre se enroló como Maese de Campo en la expedición en busca de la tierra de Omagua y El Dorado que el marqués de Cañete, a la sazón virrey del Perú, autorizó comandar al inexperto Pedro de Ursua en 1559. El resultado de esta exploración de las cuencas de los ríos Orinoco y Amazonas, infructuosa y accidentada, sembró el descontento entre el grueso de los expedicionarios, situación que aprovechó el de Oñate para liderar un motín que el 1 de enero de 1561 acabó con la vida de don Pedro. Fernando de Guzmán, natural de Sevilla y hombre de paja de don Lope, tuvo bajo sus órdenes a los sublevados, autodenominados marañones, hasta el 22 de mayo de 1561.

Aguirre, en aquel momento dueño absoluto de la situación, se deshizo del andaluz y de todo aquel que pudiera estorbarle para tomar el mando, asumiendo el título de "Príncipe del Perú, Tierra Adentro y Chile" otorgado anteriormente a Guzmán. El envío de una carta de desnaturalización y declaración de guerra a Felipe II y la toma de la isla Margarita supusieron los prolegómenos de la puesta en marcha de un plan demencial desde una perspectiva actual: apoderarse del Perú para constituir un reino independiente gobernado por él. A partir de aquel momento, la jornada en busca de El Dorado se convirtió en un viaje alucinante y desquiciado por la selva amazónica hasta que tropas reales y marañones desertores pusieron fin a esta aventura, hoy día fantástica y disparatada, en tierras venezolanas el 27 de octubre de 1561.

Los tres tebeos sobre estos hechos escritos por Felipe Hernández Cava, aun formando un conjunto homogéneo, permiten su lectura individual. La aventura, con dibujos de Enrique Breccia, fue el primero en aparecer y estaba dedicado al tedio de los prolegómenos del viaje. El segundo, La conjura, ilustrado por Federico del Barrio, se centraba en las habilidades políticas de Aguirre y su dominio de la situación. El que aquí nos ocupa, La expiación, aunque fue, según palabras del propio Hernández Cava, el primero en ser escrito, se centra en los últimos días de vida del guipuzcoano. Sus páginas nos presentan un Lope de Aguirre crepuscular, enfermo, consciente de que se acerca el fin de sus sueños y de cómo la lealtad de sus marañones se desvanece junto a la fascinación y el terror que su figura inspiraba en ellos; sus viñetas y diálogos retratan un Aguirre rebelde hasta que muere, vencido y abandonado de todos los suyos, sin tan siquiera pisar tierras peruanas.


Trascendiendo el relato de estos sucesos y la personalidad de su protagonista principal, el guionista propone al lector, tal vez en forma poco sutil, una reflexión en torno a la veracidad reflejada en el registro de los hechos históricos y la imagen que todo tiempo deja de sí mismo a la posteridad. En definitiva, sobre las dos caras que ofrecen todo acto y sus consecuencias, algo expresado muy bien desde la perspectiva de don Lope: "Quedará la Historia. Y la Historia se escribe con mentiras".

En verdad, pocos personajes históricos como Aguirre se prestan a disquisiciones de este tipo. A pesar de la damnatio memorie decretada sobre él por la justicia de Felipe II, son multitud los documentos de la época y posteriores en torno a los acontecimientos de la expedición. A las crónicas de algunos marañones supervivientes, necesariamente sesgadas en sus juicios porque buscaban justificar el indulto que les había sido otorgado, les han seguido multitud de análisis históricos, estudios psicológicos sobre don Lope que diagnosticaron un cuadro de paranoia psicótica, novelas de todo tipo, películas e, incluso, historietas. A pesar de la memoria interesada de los relatos de primera mano, lo que en ellos se refleja parece haber sobrecogido más a sus lectores que a sus protagonistas. Dicha impresión se ha magnificado y agrandado con el transcurso del tiempo, convirtiendo a Aguirre en un personaje de leyenda, singular y extraordinario. En él se ha querido ver, entre otras cosas, un tirano loco y cruel, un héroe del nacionalismo vasco o un precursor del independentismo americano. Esta última visión parece ser la asumida por Felipe Hernández Cava en La expiación, acercándose a las ideas vertidas por Miguel Otero Silva en su novela Aguirre, príncipe de la libertad, con la atinada invocación final de Simón Bolivar y José de San Martín. La carta de desnaturalización de Felipe II, transcrita en el álbum, encierra una crítica interesada a la administración colonial, al nepotismo, ineptitud y abusos de las autoridades civiles, a la corrupción y los excesos religiosos y a la falta de recompensa para los protagonistas de la conquista. Todo ello acerca las intenciones de Lope de Aguirre a los movimientos de emancipación hispanoamericana del siglo XIX. Estos, lejos de pretender la reivindicación indígena, se encaminaron a desvincular las colonias de la corona española para que las élites criollas pudieran disfrutar sin cortapisas del control de las riquezas del continente.

El guión de Felipe Hernández Cava, sólido, impecable en su estructura, de narrativa muy ortodoxa y dotado de unos diálogos muy fluidos, supone un jalón más en su busca declarada de acercar a un público menos minoritario del que por sí misma tendría la investigación gráfica de dibujantes con los que ha colaborado, como Federico del Barrio, Raúl o el propio Ricardo Castells. El presupuesto es aproximarse al lector a través de relatos de vocación universalista. Tal es el caso de La expiación donde, aparte de introducir las reflexiones sobre ls Historia ya mencionadas, articula tres elementos de carga dramática presentes en manifestaciones literarias, visuales y escénicas de todo tiempo y lugar. Uno, implícito, es el del desengaño traumático que todo soñador visionario afronta al topar con la realidad. Otro, el mejor desarrollado en mi opinión, es el tema de la traición. En este sentido, la reacción de Aguirre cuando se consuma la deserción de su lugarteniente remite, por citar el ejemplo más obvio, al estupor que según Shakespeare hubo de sentir Julio César al comprobar la participación activa de Bruto en su asesinato. El último de ellos, el amor paterno-filial encarnado en la relación del protagonista con su hija, queda desdibujado, tanto por esa dificultad crónica que Cava parece tener a la hora de construir personajes femeninos como por el poco espacio que ocupa en el total de la obra.

Mientras el apartado literario personalidad de La expiación supone su elemento más accesible en la "vía intermedia" emprendida por el escritor madrileño dentro de su obra historietística, la aportación de Ricard Castells entra de lleno en cambio en el eso que ha dado en mal calificarse estilo gráfico, como "vanguardia estética" y constituye un ejercicio de abstracción impresionante, radical y arriesgado. A causa de la técnica empleada entre expresión en estas planchas, las referencias -que surgen en forma automática -son la pintura y el grabado japonés. Sin embargo, el arte esquemático levantino no puede dejar de invocarse a la hora de buscar puntos de referencia que quizás sólo existan en la mente del analista. Lo primero que llama la atención del trabajo de Castells en este álbum es la sobriedad de la puesta en escena y la síntesis del grafismo.

El dibujo, casi siempre eficaz, despojado de todo elemento superfluo y alarde cromático, sujeto al ritmo impuesto por Hernández Cava, alcanza sus mejores momentos en los silencios y recrea a la perfección, al tiempo que la convierte en una protagonista más, la atmósfera tensa, sofocante y desolada de la historia. Sin embargo, no siempre acierta a la hora de facilitar la comprensión del lector, como ocurre en laguna escena nocturna y, especialmente, en la confusa página de la muerte de Elvira. En este último caso la elección tomada por Castells hurta el episodio, importante para entender la personalidad de Aguirre, de toda su carga dramática. En estas secuencias del libro y en algún cambio en el estilo gráfico, leve pero arbitrario, se rompe el equilibrio entre expresión plástica y necesidades narrativas que en todo tebeo que se mueva en las coordenadas de La expiación debe prevalecer. Sin olvidar dos viñetas, una correspondiente a la primera aparición de Elvira y la otra, más adelante, a la siguiente conversación que ésta mantiene con su padre, en las cuales la busca de una composición armónica de sus elementos ha llevado a situar la rotulación de los diálogos sin seguir el orden lógico de lectura.

Las vicisitudes, expuestas con detalle en el epílogo del libro, por las que ha pasado La expiación durante los seis años transcurridos desde su realización hasta que los responsables de Edicions de Ponent asumieran el reto de publicarla, constituyen una trayectoria, tan accidentada como la expedición de los marañones, que ilustra claramente las dificultades que tienen determinadas propuestas para encontrar un hueco en el mercado. Es posible que, hojeando distraídamente sus páginas, los lectores potenciales de La expiación difícilmente se hagan una idea cabal del álbum. El estilo gráfico empleado por Castells no coincide con los cánones de aquello que se considera mayoritariamente como un tebeo bien dibujado. Ante esta certeza pienso que si los términos de la ecuación fueran Miller, Sienkiewicz y Daredevil, en lugar de Hernández Cava, Castells y Lope de Aguirre, el tebeo que ocupa estas líneas tendría una repercusión mayor de la que está teniendo. Tal vez exagerada, porque, salvando las diferencias más obvias, lo que ofrecen ambos productos no es tan diferente entre sí, ni se aleja tanto de obras tenidas como más convencionales.

Eduardo García Sánchez


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999


La muerte erótica

Sabina Spielrein y la dinámica de la sombra


La psiquiatra rusa fue paciente, alumna y amante de Jung y, cuando se produjo la ruptura entre ambos, protegida de Freud. Anticipó conceptos como el ánima, la sombra y la pulsión de muerte, de los que se apropiaron sus maestros


Un fotograma de la película 'Te doy mi alma' (2002), de Roberto Faenza, sobre la relación de Sabina Spielrein, Carl Jung y Sigmund Freud.

TCD / Prod.DB / Alamy / CORDON PRESS


Juan Arnau

25 ABR 2026

En tiempos de guerra asoma el dios de la destrucción. Una divinidad difícil de creer, que aparece también en el homicidio, el envejecimiento o la desesperación del suicida. De ahí que las personas razonables, al constatar la insidiosa presencia del sufrimiento y la muerte, la nieguen. Hay una sensibilidad en el ateo, que se traduce en el rechazo de este embajador de la muerte, que no puede existir y, si lo hiciera, mejor sería renegar de él. Una actitud inherente al candoroso dualismo occidental: Dios puede crear, pero no destruir. Nos cuesta admitir que la destrucción sea algo divino. No ocurre eso en la India, que asume con naturalidad que todo lo que nace tiene que morir. La fuerza que mueve el cosmos asume tanto la creación como la destrucción, que es un trabajo tan divino como la generación espontánea de la vida y la luz.

Esa divinidad destructiva no está ahí fuera, está en la mente. Sabina Spielrein psiquiatra rusa que había conocido "la tierra de los muertos", lo advirtió. La importancia de esta mujer en la historia del psicoanálisis (la magia singular de la sanación mediante la palabra) es incuestionable. Sabina Spielrein fue paciente, alumna y amante de Jung y, cuando se produjo la ruptura entre ambos, protegida de Freud. Adelantó conceptos como el ánima, la sombra y la pulsión de muerte, de los que se apropiaron sus maestros (reacios a citarla públicamente, aunque en privado admitían su influencia). Spielrein había conocido la esquizofrenia, entonces llamada demencia precoz, cuando fue internada con 19 años en la clínica de Zúrich donde trabajaba Jung. Fue tratada con el método psicoanalítico y el eros la curó. Se enamoró de Jung y se convirtió en su amante. Juntos hacían "poesía". El resto de su vida se esforzó por librarse de esa influencia. Mas tarde se doctoró en Psiquiatría y se convirtió en la primera mujer del círculo psicoanalítico de Freud. En esa época publica un artículo sobre la "dinámica de la sombra". Hay una pulsión de destrucción inherente al proceso creativo. Eros convoca a Tánatos, que impulsa una transformación radical, a veces a costa de la propia integridad. La sombra no es un mero residuo inconsciente ni un conjunto de factores reprimidos, sino uno de los polos de la pulsión creativa de la psique, que crea la tensión entre la necesidad de conservar el yo y la de disolverlo para crear. La muerte es el hábito del cuerpo.

En un nivel erótico, el otro no es solo objeto del deseo, sino también amenaza para la propia identidad. La sombra propia se proyecta en el otro como forma de autodefensa. Spielrein estudia esa pulsión destructiva en la infancia. El niño destruye el juguete para entender cómo funciona, o para crear uno nuevo. En el adulto esa tendencia sigue itinerarios más complejos. Uno puede arruinar una relación para no verse atrapado en la dependencia, o autosabotear su éxito por miedo a perder la identidad previa. El inconsciente genera el fracaso para recuperar su tensión interna. Cuando un deseo se cumple, la energía que lo sostiene se disipa y con ella su vitalidad. "Algunos neuróticos que temen la relación sexual porque con la emisión de semen se pierde parte del individuo". La consumación del acto tiene un componente depresivo: el esperma como excremento. El deseo incumplido mantiene la tensión. Schiller lo advirtió: "Sólo lo que no ha ocurrido no envejece". Saboteamos el logro para mantener vivo el deseo. Ese es el cometido de la sombra. Un rayo de tiniebla, dirían los místicos.

"El arte es un complejo que se ha independizado y cuyo impulso salvaje tiene la máxima necesidad de expresión. Cuando el artista crea no es por comunicarse con otros. El complejo quiere salir, nada más". Lo mismo se puede aplicar a las teorías que surgen del inconsciente genio científico. La destrucción es también estrategia creativa y evolutiva. De ahí la desconfianza en la acumulación del conocimiento. Spielrein adelanta ideas a Paul Feyerabend. La ciencia no consiste tanto en descubrir lo que está ahí como en inventar y crear. Lo que conmueve aspira a ser compartido. La disolución y asimilación de una experiencia "personal" cobra forma en la obra de arte y en la teoría científica. Lo personal se transforma en experiencia de la especie, el yo en nosotros. Vivimos en una mente extendida y compartida. Los científicos de vanguardia que no hacen "ciencia normal" (en el sentido de Kuhn) son verdaderos artistas. Y como tales no siguen un método, siguen sus propias intuiciones.

Las ideas de Spielrein están presentes en varios libros de reciente publicación. En Catafalco (Atalanta), Peter Kingsley explora de un modo hipnótico y envolvente al Jung más visionario. Stefan Zweig presenta una hagiografía: Freud (Bauplan), donde el ataud es símbolo del vientre materno. Hipnoterápia sin trance (Herder), de Giorgio Nardone, nos presenta la magia de la hipnosis como un viejo y desacreditado microscopio de la psique. Eucaristía en el infierno (El Hilo de Ariadna) es un audaz viaje imaginal del psiconauta Antonio de Diego por los Libros negros del Jung más chamánico. Todos estos libros hablan del paradigma de la "mente extendida". A diferencia del cuerpo, la mente carece de contornos. Tanto la memoria como el deseo, el lenguaje o la percepción (esencias de lo mental), son fenómenos extendidos que desbordan el cuerpo. Por eso explicar la mente desde el cuerpo es insuficiente. Por mucho empeño que ponga el materialismo que domina las neurociencias de hoy.


Babelia Núm. 1.796 Sábado 25 de abril de 2026