Con El prolongado sueño del Sr. T. (Premio al Mejor Guión en el Saló de Barcelona de 1998), Max ha salido en busca de una quimera a la que parece haber renunciado la inmensa mayoría de los supuestos grandes autores del cómic español: la obra adulta, personal y de envergadura. La obra importante, que se sitúe en un paso de madurez superior a los personajes de éxito, los géneros o las fórmulas comerciales.
Para lograrlo, Max ha concebido un viaje onírico de 75 páginas. Se trata del sueño de Cristóbal T., empleado de ferretería que permanece 40 días dormido y, al despertar, redacta lo que ha soñado, de manera que la obra sólo nos cuenta su experiencia interior (el resto de la información viene dada en el prólogo literario). El sueño, que incluye diferentes personajes y episodios (El sueño de Su, El sueño de Sara, El sueño de Scallywax) es, obviamente, un proceso de renacimiento y aprendizaje para el soñador, una epifanía que le hará reevaluar su vida con nuevos ojos. Como no sabemos de la vida de Cristóbal T. sino lo mínimo (el nombre ya anuncia la austeridad kafkiana de la caracterización), la historia toma tintes universalistas y generacionales. Lo que nos está contando Max no se refiere a un personaje concreto, al desnudo - gráfica y emocionalmente- Cristóbal T., sino a todos los que compartimos su rasgo definidor: entrar en la madurez -pasar la treintena- aplicados al desalentador molde que nos impone este modelo social. Flotar a la deriva en ese mar de agua psíquica que comunica todos los rincones de la mente del Sr. T. sin encontrar un tablón al que agarrarnos.
El problema de tocar estos temas utilizando como vehículo el mundo de los sueños y su conocida y flexible simbología, reside en las dificultades que encontrará el autor para eludir la simpleza y la laxitud en un escenario donde, al fin y al cabo, todo se rige por unas reglas desconocidas que el guionista puede ir inventando sobre la marcha. Es decir, es muy sencillo hacer parábolas sobre la vida recurriendo al lenguaje de los sueños, lo difícil es conseguir un resultado serio. Max lo logra con éxito durante buena parte de la obra, gracias a sabias artimañas como construir un thriller onírico cuyo misterio nos inquieta constantemente (a pesar de la incomprensible torpeza de anunciar en el prólogo que "Las páginas que siguen son una transcripción gráfica de su relato", lo cual quita cualquier dramatismo a las amenazas que sufre el protagonista a lo largo del mismo, pues ya sabemos que ha sobrevivido) o el intercalado de historias menores dentro de la global, que permiten variar el registro del relato y distraer la atención del lector del esqueleto principal, dándole una impresión de mayor complejidad. También el tratamiento gráfico ayuda a añadir densidad a la historia. Max, que como historietista e ilustrador está dotado para la más elaborada filigrana, lleva años buscando deshacerse de la brillantez y el resplandor de los tiempos de El canto del gallo, en un viaje hacia las profundidades de la expresividad que le honra y aumenta su talla como autor. El prolongado sueño del Sr. T. le muestra en su estado de mayor despojamiento hasta ahora, zambulléndose deliberadamente en lo feo, lo roto, lo vacío, lo simple, y obteniendo páginas de una bellísima crudeza que, realmente, no necesitaban del en ocasiones excesivo texto para transmitir la textura literaria a la que la obra tan decididamente aspira. Este inconformismo define el tono gráfico de El prolongado sueño, pero no todos sus matices, porque a lo largo del tebeo afloran otros estilos, según lo requieran las circunstancias, que se diferencian del principal por la planificación, por el diseño de página o por el entintado. Todo, por supuesto, al servicio del relato, ya que Max es un narrador excelente y su único empeño es contar una historia mediante viñetas con la mayor claridad y efectividad posibles.
Lo cual me hace preguntarme qué clase de absurda inseguridad o miedo a la incomprensión le ha hecho rematar El prolongado sueño del Sr. T. de manera tan obvia e innecesaria como lo remata. El final (las seis últimas páginas, desde luego, aunque yo lo ampliaría hasta las 12 últimas, incluyendo la "clave" en plan Calpurnio) no deja cabos sueltos, pero no porque los ate, sino porque los disuelve. Tras el sueño, el psicoanálisis barre las ambigüedades. Es como desarrollar una alegoría en un soneto y emplear el último terceto en explicar de qué se trata. Tan anticlimático y tan explícito es este final, que hace añicos la atmósfera creada por las páginas anteriores y reduce drásticamente su potencial evocativo.
Habrá quien piense inmediatamente en la New Age. Yo no llegaré tan lejos, entre otras cosas porque me temo que la relación entre la ficción moderna, el newagismo y el alma perdida de Occidente es tema demasiado gordo para meterlo en cintura aquí.
Así que al fin, ¿cazó Max a la quimera? Tal vez no, pero al menos pegó un par de tiros en la dirección por la que agitaba los arbustos. El prolongado sueño del Sr. T. es una obra demasiado ingenua, pero también es por momentos vibrante, siempre arriesgada y ambiciosa, fascinante visualmente e indudablemente inquietante si abandonamos su lectura en la página 64 (según la numeración interior de las viñetas). Ojalá Max tenga estímulos y ánimo para insistir en este camino, porque necesitamos esfuerzos de este calibre por parte de autores de su calibre, de los cuales no hay muchos y menos aún dispuestos a intentarlo. Sea con El mapa de la oscuridad, sea con otra cosa, ahora es cuando debería empezar de verdad su obra.
Trajano Bermúdez
U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999







