martes, 27 de octubre de 2026

La 'generación Cienfuegos' se reúne en la Seminci

Profesionales de los festivales de Gijón, Sevilla y Valladolid celebran a un gestor que "derribó muros" y reinventó el concepto de certamen cinematográfico.


José Luis Cienfuegos, en el cartel que ha diseñado Paco Alcázar de 'Seminci Noche'. / Seminci


Braulio Ortiz

26 de octubre 2026

Javier Miranda, director artístico de Alcances, recuerda que siempre tuvo la labor de José Luis Cienfuegos como un modelo. “No es que me leyera las programaciones que elaboraba para ver que ponía; es que me las estudiaba, porque combinaba todos los registros y todos los estilos de cine, te mostraba el trabajo de gente de la industria más industria, digamos, y del cine más alternativo. Los festivales de José Luis Cienfuegos acababan siendo un impresionante punto de encuentro”, asegura Miranda, para quien el asturiano era “un maestro que introdujo el festival moderno, un formato que traspasaba las salas, que se abría a la ciudad, que programaba conciertos además de proyecciones, que no se limitaba a una sucesión de películas, sino que era un evento cultural”.

Casi un año después de su inesperado fallecimiento, el pasado diciembre, los amigos de José Luis Cienfuegos se reunieron este fin de semana en la Seminci para reivindicar que ese asturiano de sonrisa irónica y palabra siempre certera seguía asombrosamente vivo. En la memoria, en los corazones y también en esa visión exigente y aventurada del cine que él defendió y que hoy prolongan Mariona Viader y Javier H. Estrada, que tras años a su lado tomaron el relevo en la dirección de la Seminci. Colaboradores de los tres festivales que coordinó a lo largo de su trayectoria, Gijón, Sevilla y Valladolid; responsables de otros certámenes de la geografía española, distribuidores, programadores, cineastas y también aficionados que ampliaron su mirada gracias a la intuición de Cienfuegos, brindaron este sábado en el Círculo de Recreo para celebrar la numerosa familia que rodeaba al homenajeado. “Nadie nos dijo que no a esta invitación”, señaló una emocionada Viader, a quien le gusta recuperar un concepto acuñado por la directora Elena López Riera. “Todos somos generación Cienfuegos: José Luis no sólo marcó a ese grupo de jóvenes directores a los que programó. Dejó huella y nos influyó a muchos de nosotros”.

“Él nos hizo mejores”, celebra por su parte Javier H. Estrada, que identifica como un “privilegio” el haber colaborado con “una persona que, más que ninguna otra que hayamos conocido, hizo de los festivales de cine un lugar de encuentro, de amor, de mucho amor, de mucho humor…”, dice este crítico y profesor, orgulloso de seguir junto a Viader la estela de Cienfuegos. “Que estemos mostrando este año una película como Woman Unknown, que ganó el León de Oro en Venecia, pondría muy feliz a José Luis. Esta es la Seminci por la que trabajó”.

El periodista y dj José Antonio Vega, que fue testigo de la proyección que alcanzó el Festival de Gijón en las manos de Cienfuegos y que después acudió a arropar a su amigo cada edición del Festival de Sevilla y de la Seminci, recurre a Walls Come Tumbling Down, de The Style Council, para resumir la trayectoria del gestor cultural. “Ese tema habla de derribar muros, y eso es lo que hizo José Luis. Rompió las barreras que existían en los festivales. Todo el mundo en Gijón recuerda haberse tomado una cerveza con Harmony Korine o con Chloë Sevigny”, dice uno de los djs de Maribel&Sebastian, quienes por la 71 edición de la Seminci han compilado una playlist con el mismo número de cortes, “una banda sonora con canciones que aparecen en películas que José Luis Cienfuegos nos descubrió a lo largo de tres décadas” en la que suenan voces tan diversas como Nick Cave, Mina, Blur, Damien Jurado o Tindersticks y que remite al universo de creadores como Leos Carax, Kelly Reichardt, Pietro Marcello, Mia Hansen-Love o Miguel Gomes. “La música era tan determinante para José Luis”, prosigue Vega, “que se inventó la figura del cinéfilo melómano, esos directores que terminaban pinchando, o la de esos músicos que empezaban a ser, por qué no, jurados de festivales de cine”, rememora.

Ese estimulante cruce de disciplinas que siempre abrazó Cienfuegos se aprecia en las sesiones que programa Seminci Noche, en la que se mezclan cineastas y músicos como como Chema García Ibarra, Pablo Maqueda; Miqui Puig o Jorge Explosión, y que en estos días da cobijo también a gente tan diversa como el viñetista Paco Alcázar, que ha diseñado para la ocasión un cartel en el que entre una multitud de espectadores aparece el añorado Cienfuegos; Paco Campano, autor de aquellos sorprendentes y celebrados spots con los que se anunciaba el SEFF, o Herminio Afonso, el peluquero “responsable de aquellas patillas tan recordadas”, como destacan desde la Seminci.

El sábado pasado, colaboradores de los tres festivales que dirigió Cienfuegos, unidos bajo el apodo de Colectivo Northern Sur, pincharon en varios bares de Valladolid -el Berlín, el Bizarro y El Desierto Rojo- para homenajear “al boss, como muchos lo llamábamos, ese jefe que convertía a cada colaborador en amigo y a cada equipo en una familia”, contaban. Desde el sur venía, entre otros, Tali Carreto, codirector del Monkey Week y un nombre asiduo en los carteles del SEFF, que rememora así al amigo, un tipo “perfeccionista” que “sacaba lo mejor de cada uno”: “Era capaz de aglutinar alrededor de él un montón de satélites, y hacer que todos brillaran”. El destello de la generación Cienfuegos, dispuesta a alumbrar la noche de Valladolid.


Diario de Cadiz


Física y metafísica del váter

ILUSTRACIÓN DE MONTSE BERNAL

Por Javier Cercas

Hace muchos años leí en una novela de Ernesto Sábato (o quizá lo soñé) que el váter es el lugar metafísico de la casa. O que es el único lugar metafísico de la casa. O que es el lugar más metafísico de la casa. En fin: sea lo que sea lo que leí, lo cierto es que sonaba con el tintineo inconfundible de la verdad. Tiempo después le oí decir a Mario Vargas Llosa que había leído en el váter casi toda la obra ingente de Fiódor Dostolevski, y pensé en Sábato y en que, a juzgar por el modo en que Vargas Llosa había asimilado al novelista ruso, Sábato tenía razón, así que a partir de aquel mismo día decidí imitar a Vargas Llosa, con la única diferencia de que, por alguna razón que todavía no he entendido, o simplemente para ser aún más fiel al dictamen de Sábato, lo que me llevé al váter fue Sobre la esencia, el libro capital de Xabier Zubiri. Desde entonces creo haber leído en el váter la obra completa de nuestro último gran metafisico. Puedo asegurarles que, pese a mis encarnizados esfuerzos, aún no he entendido ni una sola palabra -ni siquiera sé con seguridad de qué demonios habla ese buen hombre, pero jamás se me ha pasado por la cabeza cambiar de lectura, en parte porque ya considero a Zubiri un amigo del alma y en parte desaconsejado por mi médico, que ha comprobado el efecto laxante que tiene la lectura del filósofo y desde hace tiempo se la prescribe con éxito a sus demás pacientes.

Así que, igual que existe una física evidente del vater, existe también una metafisica del váter. La segunda es casi imposible de desentrañar del todo (o quizá sería posible hacerlo en el caso improbable de que alguien Ile-gara a su vez a desentrañar de qué demonios habla Zubiri); la primera, en cambio, es de dominio público. Quiero decir que todo el mundo ha vivido experiencias notables en el váter, cosa lógica si se piensa en la cantidad descomunal de horas que al cabo de una vida consagrada a comer y beber nos pasamos en ese lugar injustificadamente desprestigiado. Hay quien ha hecho amistades indestructibles en el váter y quien ha tenido hijos en el váter y quien ha gozado de la mejor experiencia sexual de su vida en el váter y quien ha descubierto su vocación verdadera en el vater y quien ha visto a Dios en el vater y quien ha conocido a su padre en el váter y quien ha sabido en el váter, sin posibilidad de duda, que su vida era un absoluto fracaso, y también quien ha descubierto en el vater que siempre había sido feliz sin saberlo, porque la felicidad consiste en estar vivo. Por mi parte, huérfano a perpetuidad de tales epifanías y resignado sin tristeza a la mediocridad de la física del váter, voy que ardo con salir ileso de algún encuentro inesperado.

El último ocurrió hace unos meses, precisamente en una cena en honor de Vargas Llosa por su setenta cumpleaños. Antes de sentarme a la mesa fui al váter y, mientras me lavaba las manos, se abrió la puerta y apareció la infanta Cristina de Borbón. No lo soné: era ella. Desconcertada, sonrió; desconcertado, sonreí, pero menos: era evidente que uno de los dos se había equivocado de váter. Fue un interminable momento de pánico, que a punto estuve de resolver tirándome en plancha al suelo en una reverencia servil, con el fin de mostrar mi absoluta sumisión a la monarquía y de evitar que cuatro previsibles guardaespaldas irrumpieran en el vater y me estrangularan antes de que pudieran explicarse mi inexplicable presencia allí. No aparecieron los guardaespaldas, pero tampoco desapareció el pánico; entonces me acordé del rockero Ramoncín y del escritor Jorge Wagensberg.

A Ramoncín le preguntaron una vez qué es lo que más detestaba en esta vida; contestó que estar orinando en el váter de una discoteca y que su compañero de mingitorio lo reconociera y, volviéndose hacia él, exclamara mientras le empapaba los pantalones: "¡Coño, Ramoncín!". En cuanto a Wagensberg, una vez acudio a Michael's Bar, el club de Nueva York donde Woody Allen tocaba o toca cada semana el saxo. Antes del concierto, Wagensberg fue al váter y, mientras estaba en su mingitorio, notó que alguien se colocaba en el de al lado; se volvió: era Woody Allen. Como le pareció ridículo estar orinando junto a su ídolo sin decirle nada, murmuró: "Cuando cuente esto en Barcelona, nadie me va a creer". "¡Coño!", le dije por fin a la infanta Cristina, que seguía sonriendo igual que Allen le había sonreído a Wagensberg, igual que Ramoncín a sus admiradores de váter de discoteca. "¡Es la primera vez en mi vida que me encuentro a una Infanta en el váter!"

"No te creo", se rió la Infanta, y luego preguntó si aquel váter era unisex. "Me temo que no", dije. "Así que uno de los dos se ha equivocado", añadí, rezando para que no fuera yo. Riéndose todavía, la Infanta salió del váter, volvió a entrar, triunfalmente dijo: "Fuiste tú". Y ahí acabó todo. El resto de la cena transcurrió sin incidentes, aunque me mantuve vigilante por si aparecían los guardaespaldas; por lo demás, hice cuanto pude para no mirar a la mesa donde se sentaba la Infanta quien, según me pareció, apenas dejó de reirse en toda la noche y también para pasar inadvertido, enfrascándome en una conversación de enorme altura intelectual. Incluso en algún momento llegué a preguntarme para mis adentros, con verdadera curiosidad, qué habría opinado Zubiri al respecto. •


El Pais Semanal Número 1.577 Domingo 17 de diciembre de 2006



¡Conspiración!

En la lejana época del sogunato nipón, se desarrolla una trama apasionante para los amantes del mundo de los samuráis


José Luis Vidal

23 de octubre 2026

Año 1898. Rodeado por varios acompañantes, Katsu Kaishû va a relatarles una historia que todos escucharán en silencio, ya que los hará retroceder al pasado, al ya lejano periodo Edo.

Un hábil shinobi sustrae algo que puede desestabilizar el gobierno del clan Tokuwaga y hacer que el imaginario cetro del poder recaiga sobre las manos del emperador emérito Go Mizunoo, que hasta ahora ha permanecido recluido en su palacio.



Ficha
La leyenda del samurái

Guion: Ken Furuyama

Dibujo: Jiro Taniguchi

Tapa blanda

Blanco y negro

232 págs.

18,95 euros

Planeta Cómic

La tarea de recuperar el preciado objeto y su contenido recae en el clan Yagyû, y sobre todo en su más aventajado alumno, un guerrero que reúne todas las cualidades para iniciar la misión de su vida.

Su nombre es Yagyû Jûbee.

Apoyado por su hermano menor, Rokumaru, recorrerán las tierras niponas para tratar de averiguar qué se trama. Pero su investigación va a ser de todo menos sencilla, ya que la traición aguarda cuando menos te lo esperas para golpear con fuerza, y a lo largo del camino se verán las caras con una cantidad ingente de espadachines que pertenecen a la facción que quiere derrocar a los Tokuwaga.

Afortunadamente, Jûbee es un hábil samurái, observador, y que ha aprendido a lo largo de los años, gracias a las enseñanzas de su clan, multitud de movimientos que lo convierten en un oponente al que es casi imposible abatir.

Pero he dicho 'casi', ya que el shinobi Yashamaru se va a convertir en una sombra, una némesis que también posee una especial habilidad a la hora de portar la katana, ya que es un maestro ejecutando un inesperado movimiento que deja a sus oponente congelados y, por supuesto, muertos.

Con la continuidad del régimen en una balanza, el Bakufu, el tiempo apremia y el protagonista deberá poner todo su empeño y habilidad como espadachín si quiere frustrar los oscuros planes de Go Mizunoo y sus hombres.

¿A quién no le gusta una buena historia de samuráis? Desgraciadamente, estas no son muy comunes entre la arrolladora cantidad de mangas que se publican en la actualidad en nuestro país, por lo que es una auténtica alegría para todos aquellos que somos fanáticos del género Jidaigeki el poder regresar a esa lejana época en la que discusiones se resolvían a golpe de katana.

Y si esta Leyenda del samurái es un genial relato guionizado por Kan Furuyama, qué decir de su dibujante, Jiro Taniguchi, que por méritos propios ocupa un lugar de honor en el imaginario Olimpo de los Grandes Autores del Cómic de todos los tiempos, y que aquí, una vez más, nos deja boquiabiertos con esta perfecta inmersión en un periodo de la historia de Japón. Días convulsos que el artista retrata a la perfección.


Diario de Cadiz

martes, 20 de octubre de 2026

La muerte erótica: Sabina Spielrein y la dinámica de la sombra

Tribuna Libre

La psiquiatra rusa fue paciente, alumna y amante de Jung y, cuando se produjo la ruptura entre ambos, protegida de Freud. Anticipó conceptos como el ánima, la sombra y la pulsión de muerte, de los que se apropiaron sus maestros


Un fotograma de la película 'Te doy mi alma' (2002), de Roberto Faenza, sobre la relación de Sabina Spielrein, Carl Jung y Sigmund Freud.

TCD / Prod.DB / Alamy / CORDON PRESS


Juan Arnau

25 ABR 2026

En tiempos de guerra asoma el dios de la destrucción. Una divinidad difícil de creer, que aparece también en el homicidio, el envejecimiento o la desesperación del suicida. De ahí que las personas razonables, al constatar la insidiosa presencia del sufrimiento y la muerte, la nieguen. Hay una sensibilidad en el ateo, que se traduce en el rechazo de este embajador de la muerte, que no puede existir y, si lo hiciera, mejor sería renegar de él. Una actitud inherente al candoroso dualismo occidental: Dios puede crear, pero no destruir. Nos cuesta admitir que la destrucción sea algo divino. No ocurre eso en la India, que asume con naturalidad que todo lo que nace tiene que morir. La fuerza que mueve el cosmos asume tanto la creación como la destrucción, que es un trabajo tan divino como la generación espontánea de la vida y la luz.

Esa divinidad destructiva no está ahí fuera, está en la mente. Sabina Spielrein, psiquiatra rusa que había conocido “la tierra de los muertos” lo advirtió. La importancia de esta mujer en la historia del psicoanálisis (la magia singular de la sanación mediante la palabra) es incuestionable. Sabina Spielrein fue paciente, alumna y amante de Jung y, cuando se produjo la ruptura entre ambos, protegida de Freud. Adelantó conceptos como el ánima, la sombra y la pulsión de muerte, de los que se apropiaron sus maestros (reacios a citarla públicamente, aunque en privado admitían su influencia). Spielrein había conocido la esquizofrenia, entonces llamada demencia precoz, cuando fue internada con 19 años en la clínica de Zúrich donde trabajaba Jung. Fue tratada con el método psicoanalítico y el eros la curó. Se enamoró de Jung y se convirtió en su amante. Juntos hacían “poesía”. El resto de su vida se esforzó por librarse de esa influencia. Más tarde se doctoró en psiquiatría y se convirtió en la primera mujer del círculo psicoanalítico de Freud. En esa época publica un artículo sobre la “dinámica de la sombra”. Hay una pulsión de destrucción inherente al proceso creativo. Eros convoca a Tánatos, que impulsa una transformación radical, a veces a costa de la propia integridad. La sombra no es un mero residuo inconsciente ni un conjunto de factores reprimidos, sino uno de los polos de la pulsión creativa de la psique, que crea la tensión entre la necesidad de conservar el yo y la de disolverlo para crear. La muerte es un hábito del cuerpo.

En un nivel erótico, el otro no es solo objeto del deseo, sino también amenaza para la propia identidad. La sombra propia se proyecta en el otro como forma de autodefensa. Spielrein estudia esa pulsión destructiva en la infancia. El niño destruye el juguete para entender cómo funciona, o para crear uno nuevo. En el adulto esa tendencia sigue itinerarios más complejos. Uno puede arruinar una relación para no verse atrapado en la dependencia, o autosabotear su éxito por miedo a perder la identidad previa. El inconsciente genera el fracaso para recuperar su tensión interna. Cuando un deseo se cumple, la energía que lo sostiene se disipa y con ella su vitalidad. “Algunos neuróticos que temen la relación sexual porque con la emisión de semen se pierde parte del individuo”. La consumación del acto tiene un componente depresivo: el esperma como excremento. El deseo incumplido mantiene la tensión. Schiller lo advirtió: “Sólo lo que no ha ocurrido no envejece”. Saboteamos el logro para mantener vivo el deseo. Ese es el cometido de la sombra. Un rayo de tiniebla, dirían los místicos.

“El arte es un complejo que se ha independizado y cuyo impulso salvaje tiene la máxima necesidad de expresión. Cuando el artista crea no es por comunicarse con otros. El complejo quiere salir, nada más”. Lo mismo se puede aplicar a las teorías que surgen del inconsciente del genio científico. La destrucción es también estrategia creativa y evolutiva. De ahí la desconfianza en la acumulación del conocimiento. Spielrein adelanta ideas de Paul Feyerabend. La ciencia no consiste tanto en descubrir lo que está ahí, como en inventar y crear. Lo que conmueve aspira a ser compartido. La disolución y asimilación de una experiencia “personal” cobra forma en la obra de arte y en la teoría científica. Lo personal se transforma en experiencia de la especie, el yo en nosotros. Vivimos en una mente extendida y compartida. Los científicos de vanguardia que no hacen “ciencia normal” (en el sentido de Kuhn) son verdaderos artistas. Y como tales no siguen un método, sino sus propias intuiciones.

Las ideas de Spielrein están presentes en varios libros de reciente publicación. En Catafalco (Atalanta), Peter Kingsley explora de un modo hipnótico y envolvente al Jung más visionario. Stefan Zweig presenta una hagiografía: Freud (Bauplan), donde el ataúd es símbolo del vientre materno. La hipnoterapia del trance (Herder), de Giorgio Nardone, nos presenta la magia de la hipnosis como un viejo y desacreditado microscopio de la psique. Eucaristía en el infierno (El hilo de Ariadna), es un audaz viaje imaginal del psiconauta Antonio de Diego por los Libros negros del Jung más chamánico. Todos estos libros hablan del paradigma de la “mente extendida”. A diferencia del cuerpo, la mente carece de contornos. Tanto la memoria como el deseo, el lenguaje o la percepción (esencias de lo mental), son fenómenos extendidos que desbordan al cuerpo. Por eso explicar la mente desde el cuerpo es insuficiente. Por mucho empeño que ponga el materialismo que domina las neurociencias de hoy.


Babelia Núm. 1.796 Sábado 25 de abril de 2026



lunes, 19 de octubre de 2026

Quino en El Pais Semanal

 


El Pais Semanal Núm. 1.171 Domingo 7 de Marzo de 1999

El mundo contra mí

La Hora del Bocadillo

Albert Monteys lleva a las páginas de cómic una de las grandes novelas contemporáneas con el talento que le caracteriza



José Luis Vidal

11 de octubre 2026

Trasladar a viñetas los textos de un autor no es tarea sencilla, y más cuando en esta los numerosos diálogos tienen una importancia vital, así que la calidad de esta adaptación es aún mayor, ya que Monteys, que ya se enfrentó a una esta misma tarea con Matadero Cinco, esta vez junto al guionista norteamericano Ryan North, ha sabido meterse en la cabecita de este peculiar personaje y salir victorioso de la tarea.

Y es que Ignatius J. Reilly es un tipo, digamos, de lo más curioso. Ya solo su pinta te llama la atención, y seguro que volverías la cabeza si te lo cruzas por la calle para poder verlo mejor: un llamativo gorro con unas orejeras que parecen tener vida propia, enorme chaquetón de cazador que se quita en muy pocas ocasiones, ya que se siente protegido con él puesto y una bufanda para proteger su garganta de las inclemencias del tiempo en su ciudad, New Orleans.

Una urbe en la que, acompañado por su sufrida progenitora, Irene, y debido a su actitud y planta, se convierte en el objetivo de un policía poco hábil en sus tareas, ya que entre una multitud de viandantes, precisamente es Ignatius el que le llama la atención, etiquetándolo como sospechoso.

La algarada que se forma en el lugar llevará al oficial Mancuso a vivir un auténtico vía crucis en las siguientes semanas para demostrarle a su comisario que no es un completo y total inútil.

Y hablando precisamente de inutilidad, este calificativo se forma en la cabeza de Irene a medida que ver pasar el tiempo e Ignatius, que además de tener estudios universitarios que no aprovechó, se jacta siempre de poseer un intelecto superior a la mayoría de sus congéneres, pero que al final, como vamos a poder comprobar a través de sus peripecias, lo que lo caracteriza es una vagancia total y una cara de lo más pétrea, que siempre que se ve acosado por los reproches utiliza su válvula pilórica como excusa.

Si no, que se lo digan a sus compañeros en la empresa Pantalones Levy, donde además de dar un palo al agua, se convertirá en airado líder de una rebelión obrera que culminará de la manera más caótica posible, como no podía ser de otra manera con Ignatius implicado en ella…

Entre problema y problema, el flemático protagonista aprovecha sus largas horas de asueto para redactar soflamas laborales, aplicando su propia y particular filosofía. Eso sí, nunca las firma con su nombre, no sea que se busque un problema.

Historia coral, a lo largo de sus páginas vamos a ir conociendo a su poblado dramatis persoane: desde los trabajadores del bar de alterne Night of Joy, como Jones el barrendero, que no se quita las gafas de sol ni para dormir; Darlene, una inocente prostituta o Lee, la propietaria, que guarda algún que otro secreto.

También tenemos al señor Levy y su esposa, que siente una devoción y especial preocupación por la Srta. Trixie, una anciana que vive absolutamente en su mundo, y que ‘trabaja’ en la fábrica de pantalones junto a su encargado, el sufrido Jones.

O el propietario de Longanizas Paraíso que, desesperado por la falta de trabajadores, tiene la ‘genial’ idea de poner a Ignatius en la calle a vender perritos calientes, hecho este que no solo no reportará ningún beneficio a la empresa, sino que contribuirá a que el negado trabajador gane bastante peso.

No quiero olvidarme de alguien, aunque él no la trate demasiado bien, muy especial para Ignatius. Se trata de su antigua compañera de universidad Myrna Minkoff, una chica que no tiene muy claro qué ser en la vida, directora de cine, activista política…

Su autor, el prematuramente desaparecido John Kennedy Toole, los mete a todos en una imaginaria coctelera, creando una obra que rebosa genialidad, humor, ironía en todas y cada una de sus páginas.

En fin, esta es una genial historia, dotada de un sentido del humor que desafía a los más estoicos del lugar, ya que las disparatadas situaciones que el protagonista provoca van a ir embrollando más y más la trama, mezclando con genialidad a todos los personajes que orbitan alrededor de Reilly.

Y todo ello resuelto con talento por uno de los grandes autores de cómic con el que contamos en nuestro país, Albert Monteys.

Diario de Cadiz


Vida y olvido de Mercedes Formica

Alicia Pena rescata en 'Mercedes Formica. La reformica' la figura de aquella intelectual valiente que acabaría erosionada por el alzheimer

La novela gráfica. / D. S.


Javier González-Cotta

11 de octubre 2026

En realidad, la editorial Renacimiento sí ha publicado la obra toda de Mercedes Formica-Corsi Hezode (Cádiz, 1913-Málaga, 2002), quien fuera jurista, novelista y formidable defensora de los derechos de la mujer en España bajo la larga noche de Franco. En sentido estricto no ha sido olvidada en cuanto al rescate de su obra (sobre todo sus tres tomos de memorias recogidas en Pequeña historia de ayer o su novela Monte de Sancha, ambientada en la Málaga de la guerra civil).

Así y todo, a diferencia de Clara Campoamor o de Victoria Kent, Mercedes Formica quedó difuminada y hasta orillada entre el progresismo democrático por haber pertenecido a Falange Española, lo que la convertiría en una heterodoxa sin ubicación en el canon del cainismo español. Nunca renunció a los postulados sociales y revolucionarios de la primera Falange. Repudió desde primera hora la unión decretada por Franco entre tradicionalistas y falangistas. Ella lo llamó “el albondigón”, donde el pensamiento de José Antonio quedó diluido bajo el hálito franquista. Sólo dio su conformidad a las medidas sociales que el franquismo llevó a cabo en la oscura década de los cuarenta (la creación del Instituto Nacional de la Vivienda, la puesta en marcha de universidades laborales o la actividad reconstructora a través de Regiones Devastadas).

Esta hermosa novela gráfica, obra de Alicia Pena y con prólogo de Anna Caballé, vuelve a rescatar la figura de aquella intelectual valiente que acabaría erosionada por el alzheimer. La sedación de los recuerdos y los traspiés de identidad forman parte de esta historia reconvertida en viñetas por Alicia Pena. Una ya anciana Mercedes conversa en su piso de Málaga con una joven que acude para cuidarla y para charlar con ella mientras los grumos del alzheimer lo permiten.

Cádiz, Sevilla, Málaga, Madrid y de nuevo Málaga. La vida de Mercedes Formica (sería una las tres únicas abogadas ejercientes en Madrid), fue la de una lucha por liberar a la mujer de toda atadura jurídica respecto al régimen conyugal. Se enfrentó a la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera al no soportar la idea que la institución tenía acerca de la mujer sumisa y sometida al dilecto. Su feminismo batallador en el Código Civil (de ahí la ley conocida como “la reformica”), su interés parejo por la infancia, su elegancia natural y su cultivo personal e intelectual sin sesgo de ideología, marcarían su trayectoria profesional, periodística y literaria.

Conocida es la controversia creada en Cádiz, su ciudad natal, cuando el otrora alcalde José María González “Kichi” decidió retirar el busto que la abogada y escritora tenía en la Plaza del Palillero aduciendo que no merecía tal honor por su pasado falangista. Ocurrió en 2015. Como sugiere Anna Caballé, la indigencia intelectual de ciertos vates y vatas (ellos y ellas) evidencia “una desenvuelta y desafiante ignorancia que ha venido a ocupar el lugar del conocimiento histórico”.


Diario de Cadiz