miércoles, 24 de junio de 2026

Azulejos y otras historias

 Ximena Maier dejó la ciudad para vivir en el campo y pintar cerámica. Lo narra en "Una casa portuguesa", un diario ilustrado y a la vez un repaso histórico que va de Jan Floris y Felipe II a los gatos que viven en su quinta

Texto: Ana Fernandez Abad

Ximena Maier nació en un quinto sin ascensor de la Calle Mayor de Madrid. "Hacía esquina con Factor y la ventana de mi cuarto daba a Poniente, siempre me sentaba ahí a ver la puesta de sol, después de Barrio Sésamo. Creo que por eso me gusta mucho ver la línea del horizonte, y también me ayudó a pensármelo bien antes de salir de casa, porque no se suben tantas escaleras así como así. Por eso soy muy casera", cuenta la ilustradora. Acaba de llegar a su ciudad natal desde el Alentejo portugués, todo un cambio de ritmo. Allí vive en el campo, en una quinta [finca rústica tradicional] cerca de Évora, donde se instaló hace 11 años, tras un lustro en la nubosa Aberdeen (Escocia). En Una casa portuguesa (Lumen) escribe que ha pasado "de urbanita a quintaneira, de ilustradora a ceramista, de la nada a jardinera". Y ese giro vital iniciado a los 44 años (ahora tiene 50) es clave en su libro, un diario ilustrado de una mudanza y una reforma llena de imprevistos, pero también del descubrimiento de una pasión: los azulejos y la pintura en cerámica.

Cuando empezó su carrera, Maier vivía en Malasaña y soñaba con hacer portadas para The New Yorker. Ahora tiene un huerto, muchos cestos, gatos y perros. Vive a lo Gerald Durrell y viaja para rastrear la historia del azulejo renacentista; se pierde en ermitas para replicar sus patrones en su cuaderno y luego decora sus piezas. Por eso su libro es una crónica de los cambios de expectativas en la vida, una defensa de lo inesperado, casi un tratado neoludita sobre los cambios y los ritmos. "Las piezas que uso son hechas a mano por el señor Baeta en su alfar de Redondo, a 30 km de mi casa, y otro alfarero de Lebrija [Sevilla], que las hacen a mano con el barro que obtienen tamizando tierra de su zona, y también de unos chicos jóvenes que acaban de montar su estudio en Talavera [de la Reina, Toledo]", explica, "las pinto como cuando hago acuarelas y luego hay que esperar porque al meterlas en el horno tiene que llegar a 1.000 grados. Los primeros 600 tienen que ir muy despacio para que no estallen, el polvo se va fundiendo y convirtiendo en vidrio, y luego ya se asienta el esmalte y tiene que bajar gradualmente. Puede tardar un día y medio, depende...".

Esa capacidad de sorpresa fue un imán para ella. "Es que lo artificial ya cansa. Y la cerámica está muy viva, no puedes controlarlo todo, hay muchas cosas que no dependen de ti", defiende. Comenzó a combinar historia e ilustración con Cuaderno del Prado, un viaje por la pinacoteca y sus obras, y luego decidió embarcarse en una exploración del azulejo renacentista que la ha llevado a entremezclar esos datos históricos con su propia vida. "El azulejo en sí es árabe, pero ellos no pintaban figuras, luego está el azulejo morisco de Valencia... Y de repente todo cambió cuando un italiano, Niculoso Pisano, llegó a Sevilla y comenzó a pintar como si lo hiciera en caballete pero en azulejos", relata con entusiasmo, "cuando él murió, murió la técnica, que reapareció 30 años después en Amberes y luego llegó aquí con Jan Floris, que hizo muchísimos azulejos para El Escorial, aunque no están documentados, y que llegó a ningunear al rey Felipe II".

Maier recoge su pelo con una pañoleta para pintar. Suele arrancar el día calentando la muñeca con bocetos mientras habla por teléfono con su madre y luego, si no tiene una ilustración con fecha de entrega, se pone a pintar y hornear cerámica.
(Abajo derecha)Uno de sus primeros proyectos en la casa fue crear unos azulejos para la ducha. Se inspiró en los viajes del botánico Alexander von Humboldt, explorador alemán nacido en 1769; en la imagen, el dibujo y el resultado.


Maier recita de carrerilla una "ruta Floris", que comienza en la Quinta da Bacalhoa, cerca de Lisboa, sigue en las localidades cacereñas de Garrovillas y Cañaveral, continúa en Plasencia y Garganta de la Olla y llega hasta Oropesa (Toledo). "Lo que me maravilla de él es que no sabemos hasta dónde habría podido llegar, sabemos que hizo obras, hoy perdidas, para el Alcázar de Madrid y el Palacio de Valsaín, debían de ser unas escenas preciosas", imagina. En el Museo de la Cerámica Ruiz de Luna de Talavera, donde Floris trabajó y murió en 1567, Maier expone este verano De Évora a Ébora: un viaje cerámico. Porque para ella, a través de la evolución de esta técnica se podría mapear el Renacimiento español: "El Imperio, la imprenta que hizo que se pudieran reproducir estampitas, las guerras de religión, el comercio que podía llevar a la escasez materiales como el estaño y determinar cómo eran las piezas... Por ejemplo, en esa época surgieron los "contrahechos", que hoy es deforme, pero quería decir de imitación, "a la manera de". La cerámica lo resume todo.


Smoda Nº 335 - Julio 2026

Lo que se ha roto…

 La hora del bocadillo

¡Que paren las rotativas! Llega a las librerías la esperadísima nueva obra de Paco Roca

Portada de la nueva novela gráfica de Paco Roca.

José Luis Vidal

31 de mayo 2026


Para todos aquellos que amamos el noveno arte, él es nuestro artista más internacional. Creo que no me equivoco al decir que a estas alturas ha trascendido el medio del cómic, ya que no solo se publican sus obras a lo largo y ancho del planeta; además ha realizado un trabajo (sin ser él un dibujante de tipos con mallas y máscara) para una de las editoriales norteamericanas más grandes, DC Comics, narrando las peripecias vacacionales del Señor Oscuro por nuestras tierras. Y por si esto no fuera suficiente, varios de sus cómics más famosos han tenido una exitosa traslación al medio cinematográfico o el catódico. ¿Qué autor de cómics español puede decir que tiene un premio Goya en su estantería?

Si le seguimos por sus redes sociales, veremos que la vida de Paco Roca es un imparable calendario en el que se acumulan presentaciones, charlas, viajes, etc… Y en los últimos años, ha tenido el inmenso honor de plasma su arte en las paredes de su ciudad, Valencia, siendo merecido profeta en su tierra.

Cada nueva obra es esperada con impaciencia por sus lectores que, como él mismo comenta: “Muchos de ellos no leen otros cómics…”.

Este hecho queda refrendado por la vertiginosa cifra de ventas a sus espaldas, convirtiéndole en un auténtico best seller, habiéndosele concedido todos los galardones habidos y por haber, no solo en nuestras tierras, ya que posee varios premios Eisner.

A lo largo de su trayectoria como autor ha tocado multitud de temas, desde el drama de una temible enfermedad como es el alzheimer, pasando por la crisis familiar que puede suponer la posesión de una casa con los recuerdos que esta guarda, o la peripecia política, judicial y personal que supuso el hallazgo de un tesoro bajo el mar…

Pues bien, ahora Paco Roca nos propone que le acompañemos en un particular viaje, en el que, como ya hizo en Arrugas, La Casa y Regreso al Edén, hay buena parte de él, de su propia historia.

Conoceremos a Fran Gisbert, un escritor que, por circunstancias que se nos explican, está literalmente atrapado en las solitarias tierras de la Patagonia argentina, esperando el deseado vuelo en el que pueda regresar a España.

En este lugar, los recuerdos van a comenzar a caer sobre él, ya que tan solo hace unos pocos meses que en su vida se rompió algo. Tras veinte años de vida en común, Susana, su pareja, pronunció esas cuatro palabras que pueden derribar los más altos y gruesos muros.


“Ya no te quiero”.

Padres de dos niñas de corta edad, Fran repasa todos esos momentos previos al abandono, sin terminar de comprender el por qué de la ruptura. En una imaginaria máquina de tiempo viajará al principio de su relación, cuando todo iba bien, y poco a poco, con el paso de los años, se irá dando cuenta de las razones para que Susana haya tomado esa determinante resolución que aún duele, dejando solo paso al rencor.

Esperando, las horas pasan. Aunque por momentos está rodeado de gente, otros impacientes pasajeros, Fran se siente más solo que nunca. Tan solo el móvil se convierte en ese invisible cordón umbilical que aún le une a Marta y Ana, sus hijas que, como podrá comprobar, también son víctimas colaterales de lo que ha sucedido.

Y todo podía haber seguido así, en este ventoso y frío paraje, seguido por los perros abandonados que lo pueblan. Observando ese infinito horizonte.

Pero en ocasiones la casualidad actúa, y el protagonista conocerá a alguien, Sonia. Ella, de manera inconsciente, va a convertirse en ese tópico tan argentino del psicoanalista cuando ya en un ambiente más relajado, las palabras y las confidencias fluyan.

El viaje es una obra de ficción en la que Paco Roca vuelca parte de su experiencia personal, demostrando el poder sanador del arte y la creación. Y, cómo no, vuelve a regalarnos una historia en la que te sumerges ya en las primeras páginas, con un fuerte componente humano, y que probablemente se convierta en un espejo en la que muchos lectores y lectoras puedan mirarse, ya que comparten una experiencia similar en sus vidas.


Diario de Cadiz



martes, 23 de junio de 2026

Dance Central Intro (2010, Xbox, Robert Valley)

Introducción del juego " Dance Central " (2010, Xbox).  Por obra y gracia de Robert Valley, a quien pude ver en persona y escucharle la Primera Comic-con de Málaga

En esta secuencia, fue codirector (junto con Dan Sumich), diseñador de personajes y director de animación.

Otros animadores (además de Robert Valley y Dan Sumich) fueron Riseon Kim, Peter Dodd, Calvin Barreto, Benoît Féroumont, Andy Bouchard, Jeff Carroll y Tabitha O'Connell.

lunes, 22 de junio de 2026

LA IA ya escribe novelas y poemas

La irrupción de la inteligencia artificial en el ámbito de la escritura plantea un dilema crucial: ¿seguirá siendo literatura?


DIEGO QUIJANO (CON IMAGEN DE GETTY)

Nadal Suau

Hoy la IA es el tabú y el terror de la literatura. Cuando la premio Nobel Olga Tokarczuk confesó que la utiliza para investigar o incluso testear estructuras, el templo se partió en dos, y vuelve a hacerlo cada vez que un relato premiado levanta sospechas de haber sido intervenido por algoritmos. Sin embargo, la IA ya no dejará jamás de ser un agente real operando en el mundo, y es en ese mundo en el que escribiremos. A medio y largo plazo, resulta imposible especular con lo que ocurrirá, pero a corto plazo (tan corto que ya estamos ahí) diría que van a convivir tres fenómenos: la escritura de IA, la escritura con IA y la escritura sin IA. Debemos exigir, mientras aún sea posible, que nadie nos cuele una cosa por otra. 

Por supuesto que la IA escribirá (ya escribe) artículos, papers, novelas, poemas. Lo hará, además, con cierto grado de competencia, puesto que la mayor parte de la producción escrita responde a fórmulas predecibles. Esto resulta evidente en la literatura comercial rutinaria, basada en repetir tramas, arquetipos o escenas, pero también en la literatura "de prestigio" convencional. En ambos casos, el mercado, sea mainstream o de nicho, le plantea en la práctica prompts ineludibles al autor, al exigir tal tipo de confesiones, giros narrativos o discursos de fondo. Si hablamos de la ficción literaria (esa redundancia anglosajona tonta, pero útil), a eso se añaden los tics que imponen las escuelas de escritura y, sobre todo, los requisitos de las becas de creación, esos paliativos insuficientes de la pobreza, que poco a poco están obligando a que todos los libros parezcan escritos por una sola voz dando vueltas a los mismos temas, imaginario y bibliografía. No parece descabellado que un estándar medio de calidad, homologable en ambas circunscripciones, esté al alcance de Claude -otra cosa son las obras excepcionales-.

Pero aquí topamos con la paradoja. Para que la IA escriba, alguien tiene que proporcionarle directrices que le expliquen qué escribir. De hecho, la escritura de IA implica la aparición de un nuevo género extraño, el prompt, una forma breve de escritura humana que exige precisión, especificidad y síntesis, eso sí, alejada radicalmente de lo que siempre habíamos considerado literatura. En semejante proceso, ¿el prompt es escritura subsidiaria o central?

En segundo lugar, existe la escritura con IA. Me temo que, si hiciéramos una macroencuesta entre periodistas, guionistas, académicos o novelistas suministrándoles una buena dosis previa de Pentotal, pronto descubriríamos que esta ya es hoy la forma de escritura hegemónica: el autor escribe con autonomía, pero acude al chatbot para acelerar el estudio previo, proponer frases o pasajes alternativos para escoger mejor, corregir ortografía o gramática, someter un inédito a escrutinio, etcétera. ¿Hasta qué punto podrán un lector o un programa fiscalizar esta clase de operaciones? Soy escéptico al respecto.

La escritura con IA tampoco es inocente ni aséptica, y tendrá consecuencias: aplanamiento del estilo, homogenización del trasfondo ideológico, pérdida del control del lenguaje. Por otro lado, parece complicado que la industria y sus trabajadores renuncien indefinidamente a una herramienta tan poderosa. Es aquí donde se sustentan el tabú y el terror, en la vergüenza de admitirlo y en el recelo que despierta la amenaza de que el proceso creativo, por mucho que lo parapetemos tras una mística ancestral, se acabe revelando un hecho tan estadístico y automatizable como otro cualquiera.

Claro que la hipótesis verdaderamente provocativa sería que una colaboración intensa entre la IA y el creador ofreciera posibilidades literarias no ya legítimas, sino estimulantes. De momento, los intentos han sido escasos y decepcionantes, pero no sé si eso significa que vayan a serlo indefinidamente. La clave estará en cómo se aborda el proceso, que es lo único importante en las creación artística.

Por último, la escritura sin IA sobrevivirá en busca de un territorio propio, de unas señas de identidad inconfundibles. De momento, la escritura sin IA es la única que los actores del mundo literario (autores, editores, lectores, libreros, críticos) consideramos legítima, en un consenso que todavía no presenta desgaste. Pero no me extrañaría que en breve tenga que conformarse con ser solo la más prestigiosa. Minoritaria, anticomercial, signo de resistencia, ubicada ahí donde la industria del libro adopta formas y cifras artesanales.

En ese panorama, las prácticas más disruptivas serán las más conservacionistas, y a medida que el mercado y las instituciones normalicen el empleo del algoritmo, la escritura sin IA se irá convirtiendo en una escritura contra la IA, es decir, una escritura obligada a estudiar las marcas de autoría de la IA para esquivarlas y confrontarlas con aquello que un humano siga pudiendo escribir por sí solo, y que se parecerá mucho al error, a la reivindicación del error. La perfección siempre ha sido un objetivo artístico un tanto banal, pero estamos a las puertas de que se convierta en un rasgo directamente sospechoso. Así, escribiremos sin IA, de acuerdo, pero con la IA teniendo un papel activo en nuestro trabajo, condicionándolo, haciéndose presente en forma de ausencia forzada, definiendo lo literario como su negativo. Entonces, lo que haremos, ¿seguirá siendo literatura? Porque lo que no va a ocurrir es que volvamos a un mundo sin IA.

O tal vez haya margen para ciertas alternativas al bucle. Un escritor podría (sin dejar de serlo, ¡menuda alquimia!) no escribir, convertir su propia escritura en ausencia activa. O renunciar a leer su contemporaneidad, aislándose en una cabaña. O no publicar, en un gesto que impugnase las condiciones del juego. Sin embargo, si una literatura no se concreta, no se pregunta por cuánto le rodea ni se comunica, ¿sigue siendo literatura? Al parecer, en el siglo XXI todo conduce a la pregunta por la supervivencia.

Babelia Núm. 1.804 Sábado 20 de junio de 2026


domingo, 21 de junio de 2026

Misterioso incidente en Wilberton

Un inesperado y oscuro suceso hará que se remuevan los cimientos de esta escuela para señoritas


José Luis Vidal

29 de mayo 2026


Aquel día era especial, ya que se celebraba la representación de la inmortal obra de Shakespeare, Romeo y Julieta.

Todos permanecieron en silencio hasta su trágica conclusión, con aquellos dos jóvenes amantes que llegaron hasta las últimas consecuencias por su amor. Un irrefrenable aplauso, vítores, sonrisas, emoción, embargaron a los profesores y alumnado de este centro, Wilberton, con una larga tradición de enseñanza y calidad.



Ficha
Este sitio me mata

Guion: Mariko Tamaki

Dibujo: Nicole Goux

Tapa blanda

Color

272 págs.

29,90 euros

Ediciones La Cúpula


¿He dicho todos?

Sentada en su silla, hay una chica que no está disfrutando para nada del espectáculo. Su nombre es Abby, y aunque está rodeada por sus compañeras, desde que llegó a este centro de enseñanza se siente más sola que nunca. Y tampoco es que su carácter algo huraño y solitario ayude demasiado, ya que se pasa la mayor parte del tiempo con los auriculares de su walkman colocados, escuchando esa música con la que pretende evadirse de todo lo que la rodea.

De hecho, no siquiera mantiene una buena relación con su compañera de dormitorio, Claire, que se ocupa del periódico del lugar, y a la que todos admiran por sus brillantes artículos.

Lo que Abby y Claire no saben es que, pese a sus diferencias, esa misma noche, cuando los aplausos y las felicitaciones se acallen, va a acontecer algo, un hecho dramático.

Una de las protagonistas de la obra se va a quitar la vida. Su nombre era Elizabeth Woodward, y su muerte llegará de manera inesperada en este lugar en el que, aparentemente, nunca ha pasado algo tan terrible.

¿Y podéis imaginar quién descubre en el bosque el cuerpo sin vida de la muchacha, verdad?

Por si ya su existencia no fuera de lo más complicada, a partir de ese momento, todas las miradas y sospechas van a recaer sobre Abby que, sin poder evitarlo, y siguiendo algunas pistas que irán apareciendo a lo largo del relato, se va a meter en el pellejo de la Srta. Marple o Jessica Fletcher, investigadoras aficionadas, acostumbradas a estar rodeadas siempre de hechos en apariencia explicables, pero que tal vez escondan un trasfondo mucho más oscuro y terrible…

A la guionista Mariko Tamaki la conocemos y admiramos mucho, ya que ha creado magnificas historias como Aquel verano, Roaming o Laura Dean me ha vuelto a dejar. En esta ocasión, junto a la talentosa ilustradora Nicole Goux, este tándem nos regala una historia que te atrapa desde el principio, un whodonit clásico que se desarrolla en un ambiente juvenil, donde las lacras de la homofobia y el temido bullying no tardarán en aparecer, cayendo como una inaguantable losa sobre la protagonista, que además también carga con una mochila repleta de tristes recuerdos y remordimiento.

Y es que nada es lo que parece en Wilberton…


Diario de Cadiz



sábado, 20 de junio de 2026

CLÁSICOS EN B/N:PANTERA NEGRA Don McGregor y Billy Graham/Rich Buckler/Gil Kane Forum


Es justo pagar las deudas, y es por eso que me encuentro redactando estas líneas sobre un tebeo que pasará inadvertido a la mayoría y será abordado con incomprensión por los pocos que lo lean. Pero la huella que me dejó su lectura a una edad demasiado temprana me obliga, como mínimo, a dedicarle un reconocimiento.

"La furia de la Pantera" apareció originalmente en Jungle Action nos. 6 al 18 (1973-1975). Es, pues, contemporáneo de Luke Cage, Héroe de Alquiler - la primera serie con protagonista negro de Marvel-, y de la edad de oro de las blaxplotaition movies, con tres películas de Shaft entre 1971 y 1973, dos de Superfly) en 1972 y 1973, y la reina Pam Grier arrasando en Coffy (1973) y Foxy Brown (1974). También es contemporánea, y esto resulta aun más significativo, de la Saga de Thanos de Jim Starlin en Capitán Marvel. Y digo que es más significativo porque, si bien la Pantera siempre fue, obviamente, icono de la negritud, y su toma de protagonismo individual ha de relacionarse necesariamente con el apogeo de la blaxploitaition, también es cierto que, como reconocía Don McGregor recientemente en una entrevista en Comic Book Artist, aunque en "La furia de la Pantera" fue la primera vez que se vio un reparto de personajes integrado completamente por negros, sin embargo pocos lectores repararon en ese detalle. En "La furia de la Pantera", la cuestión racial queda en segundo plano, pues al ambientar toda la acción en un país negro y entre actores negros, el rasgo pierde su matiz diferenciador. No quiere esto decir que McGregor fuera insensible a la problemática racial, ni mucho menos, y de hecho la siguiente aventura del rey africano sería, ya de regreso en América, "La Pantera contra el Klan", así, sin contemplaciones. Pero en "La furia de la Pantera" son otros los temas que quiere abordar McGregor. Son, como en gran medida en La Saga de Thanos de Capitán Marvel, temas relacionados con la condición humana, con la sociedad con la política, con la revolución. Temas, en resumidas cuentas, muy hippies. Muy de su tiempo

Ahí está una de las grandes virtudes de "La furia de la Pantera", en haber sabido convertirse en una obra de su tiempo, un manojo de páginas que nos da una fiel muestra no de cómo fue esa primera mitad de los 70, pero sí de cómo sentían que era quienes la vivían, de cómo la percibían, idealizada e ingenuamente, pero tambien de forma absolutamente honesta. Estética y éticamente, "La furia de la Pantera" quiere romper con la tradición superheroica en la que se ha criado para buscar algo más. Si los tebeos de superhéroes habían prosperado durante los 60 como producto pop, amparado hasta cierto punto bajo la coartada de la expresión juvenil e ingenua, en los 70 muchos de esos críos que habían crecido con Lee, Kirby, Ditko, Romita y Colan, decidieron que serían capaces de continuar su viaje hacia la vida sin desprenderse de equipaje de los justicieros enmascarados. Hablo de McGregor, y de Steve Englehart, Starlin, Len Wein, Marv Wolfman, Doug Moench... Todos ellos quisieron hacer adulto al superhéroe, darle una nueva dimensión y llevarle hasta una nueva época, más compleja y matizada. Se puede discutir el mayor o menor acierto no ya sólo de la empresa, sino incluso de la idea, pues con el paso de los años se reivindica cada vez más la inocente efervescencia de los sencillos superhéroes de los 60, mientras que se observan con cre ciente sospecha los intentos de continuación adulta de los 70. Pero el caso es que esa intención está ahí, y esa intención alienta "La furia de la Pantera" en ese intento McGregor y sus colaboradores especialmente Billy Graham- se ven obligados a desarrollar temas y técnicas que se liberen de la tiranía impuesta por el estilo Kirby. Lo consiguen: este tebeo de 1973 se parece menos a Los Cuatro Fantásticos serie, por cierto, donde nació la Pantera Negra- de Lee y Kirby de 1968, que la mayoría de los tebeos de 1999. No sólo eso: si vamos a compararlo con otros tebeos, sólo se parece a sí mismo. La osadía creativa de McGregor y Graham es inmensa: realmente. estaban recorriendo territorio inexplorado.


Por la brecha que abrieron, se colarían en los ochenta autores como Frank Miller y Alan Moore, quienes sin duda habían comprendido que se podían conjugar gravedad y superhéroes leyendo en su adolescencia cosas como "La furia de la Pantera". No cito esto dos nombres alegremente. Temáticamente, hay en "La furia de la l'antera mucho de lo que luego se verá en Miller. De hecho, podríamos decir que si despojamos a T'Challa de sus sentimientos de duda y escepticismo, lo que nos queda es un héroe puramente milleriano sometido al impulso imperativo de hacer lo que es justo por encima de cualquier satisfacción personal. En efecto, la Pantera Negra no es un superheroe al uso. Su cargo le viene otorgado por su posición como gobernante de los Wakanda, y es a pesar de sus propios deseos, y en virtud de su responsabilidad regia, que se ve obligado a emprender la mayoría de las acciones que emprende, y a administrar la violencia que administra. Pero sus dudas no le impiden cumplir con su deber, cueste lo que cueste. La expresión gráfica de ese sacrificio nos deja algunas escenas que Miller podría haber firmado, especialmente la crucifixión de T"Challa en el arbusto de espinos. De hecho, la tortura acompaña a la Pantera a lo largo de todo su camino, como un motivo con un significado superior, que refleja cierta purificación espiritual y que se representa a través del uniforme continuamente hecho jirones. La diferencia esencial entre un héroe de Miller y la Pantera Negra es que el primero se desenvuelve en un mundo en blanco y negro, donde siempre hay un enemigo a quien aplastar, mientras que la Pantera se mueve en un mundo gris, en el que el enemigo es uno mismo y sus relaciones con los otros, y hasta el gran adversario, el rebelde Kilmonger, tiene tantos elementos de nobleza y es descrito con tal simpatía que puede captar la lealtad del lector. Es lógico: McGregor está reflejando un momento de incertidumbre, la desagradable resaca del final del sueño de los 60, el terror de la crisis del petróleo y de las fases más deprimentes de la Guerra del Vietnam. Incluso el declive comercial del comic book, al cual se auguraba un final rápido por entonces. Como cualquier otro hippie, la Pantera lucha contra un mundo demasiado complejo y contra el cual ni siquiera está seguro de que debería estar luchando, en vez de hacer el amor, hermano. Pero no le queda otro remedio.

La relación con Moore es fácil de ver en unos textos de apoyo que recuerdan más de una vez a los que se pueden encontrar en muchos episodios de La Cosa del Pantano. Hasta entonces, los textos de apoyo habían sido exactamente eso: frases que cumplían una función subalterna de ambientación temporal o espacial, pequeños puntos de soporte para la narración visual, o descripciones redundantes de lo que mostraban las imágenes (esto, cuando los escribían guionistas malos sin confianza en sus dibujantes, o guionistas buenos intentando arreglar el estropicio causado por un dibujante malo). Con McGregor, los textos de apoyo cobran vida, desarrollan su propio universo.

Aportan una dimensión emotiva y reflexiva que no se puede encontrar en el dibujo, en su afán de añadir densidad a la obra. Muchas veces, los textos nos están contando lo que no vemos, lo que ocurre en la cabeza de los personajes; también, cómo viven los personajes lo que nos muestran las imágenes. A menudo, añaden digresiones filosóficas en paralelo a la acción, o describen con minuciosidad las pruebas físicas que padece la Pantera, con el fin de hacerlas más palpables para el lector. Es una trampa literarizante en la que resulta fácil tropezar, y que ha dado lugar a grandes excesos -en "La furia de la Pantera", sin ir más lejos, a veces de prosa pomposa hasta lo sonrojante-, pero que también demuestra una voluntad inconformista y que abrió muchas puertas para el futuro. De la misma manera, hay que valorar el afán innovador de Billy Graham, empeñado en los diseños de página más sorprendentes y en combinaciones de secuencias que nunca se dejan caer en la comodidad. Aunque consigue un retrato nervioso y expresivo de T'Challa y los demás secundarios, no es en el dibujo donde está su mayor virtud, sino en su brillante sentido del equilibrio compositivo y en sus numerosos hallazgos narrativos.

"La furia de la Pantera" es un tebeo ambicioso, y es en esa ambición donde están sus virtudes y sus pecados. Es esa ambición la que le permite elevarse sobre tantos otros tebeos de superhéroes puramente imitativos, y esa ambición la que hace que, una vez elevado, su silueta resulte a veces demasiado estridente y vulgar. Pero su voluntad de abrir caminos y alejarse de la cómoda reiteración del molde kirbyano, la sintonía con el momento vital al que pertenece (un valor que ya nunca perderá), y lo interesante de algunas de las situaciones y personajes planteados por McGregor, así como de las imaginativas y brillantes páginas de Graham, lo convierten en una obra excepcional a la cual es justo recordar 25 años más tarde. Y sí, tal vez los pocos que se acerquen a ella ahora la consideren sólo una farragosa pesadilla del post-hippismo, pero yo, al menos, he pagado mi deuda.

TRAJANO BERMÚDEZ


U, el hijo de Urich #18 Diciembre 1999


miércoles, 17 de junio de 2026

300 Frank Miller Norma


Bueno, pues ya está aquí de nuevo Miller: Vuelve El Hombre. "El" autor por antonomasia de los años ochenta, el tipo que hizo avanzar el medio varios pasos de gigante, gracias a su exagerado talento para narrar y experimentar recursos -siempre al servicio de esa narración, justo como debe ser-, a una prodigiosa imaginación visual que compensaba sus limitaciones como dibujante, a un insólito olfato para contar historias de acción que emocionaban por su entreverado psicológico y humano, a una apabullante capacidad para dramatizar esas historias con un talante épico intransferible.

Pero como es ley de vida que todo tiene su decadencia, ésta también le llega a los genios. Y ahí está Miller, empantanado en Sin City, una saga que, desde unas primeras entregas sorprendentes, se ha tornado luego en, digámoslo ya sin eufemismos, un verdadero tostonazo, un regodeo indulgente y repetitivo en los clichés del género negro, del que sólo se salvan sus aciertos gráficos y narrativos. Y de repente, Miller, culo inquieto donde los haya -esto no se le puede negar-, decide tomarse un kit kat en su pecaminosa saga para dar un giro supuestamente de "300" grados -perdonen el chiste fácil- y volver al Miller "de antaño", tal como sugería la publicidad de Dark Horse. Entonces, ¿es 300 realmente tan distinto de Sin City? ¿Es verdad que Miller "ha vuelto"? Hombre, para empezar, es que nunca se ha ido, puesto que desde Ronin lleva años haciendo más o menos lo mismo, sólo que cambiando los ropajes; no, mejor dicho, no cambiando sino despojándose de ellos en una tarea de síntesis, purificación y sublimacion del mismo mito heroico que le obsesiona. En 300, ese mito adopta la forma de un relato "histórico" -o eso se supone, porque Miller da su propia versión del género, tan marciana e idealizada como la que ofrece de la serie negra en Sin City- sobre la batalla del desfiladero de Las Termópilas, donde tan sólo trescientos espartanos consiguieron frenar al descomunal ejército persa en su invasión de Grecia, resistiendo para ello hasta morir. Normal que a Miller le atrajese tal gesta histórica, pues tenía todo lo que a él le pone: héroes muy sacrificados -vuelta a la noción del "sacrificio heroico", en terminología de Miller-, obsesionados por alcanzar un ideal de honor, justicia y gloria al precio que cueste, caiga quien caiga, aun a costa del sufrimiento y la muerte propias.

Con dos cojones. De hecho, Miller ya nos había avisado de su fijación por esta historia cuando metió, sin venir a cuento, aquella pagina-morcilla sobre Las Termópilas en La gran masacre, uno de los peores relatos de Sin City.

El balance de la obra resulta, en mi opinión, bastante aceptable. A pesar del montón de defectos que tiene 300, muchos ya señalados aquí por David Muñoz (ver U #15), a mí me gusta. Vale que sí, que hay algunos diálogos muy macarras, igualitos a los de Sin City y que aquí quedan fuera de contexto; que Miller se ha malacostumbrado en su city a no dibujar fondos, algo que si allí funciona, aquí no, o no siempre, porque estorba a la ambientación del relato en el remoto 480 a. C.; que se pasa mucno con la pose viril y chulesca de los espartanos, quizás por querer subrayar en exceso la radicalidad de su código de conducta militarista, su valor y dureza inhumanas.

Pero a mí 300 me gusta, insisto, porque sus virtudes compensan esas fallas. Me gusta porque se lee ávidamente, gracias sobre todo a ese hálito épico -presente en casi todas sus obras y desgraciadamente ya casi perdido en Sin City- que aquí consigue de nuevo, aunque sólo sea a ratos. Me encanta la estructura inicial de flashbacks, muy lograda y que coadyuva al tono épico, donde el Rey Leónidas de Esparta recuerda cómo se han metido —él les ha metido a todos- en la batalla a la cual se dirigen. De hecho, esa marcha inicial hacia una muerte segura, hacia la catarsis guerrera final, es casi más emocionante que la propia batalla en si, quizás demasiado alargada.


Batalla que, por cierto, nos ofrece las secuencias mas explícitamente violentas en toda la carrera de Miller. De una brutalidad y barbarie inusitadas, resultan casi siempre justificadas por aquello de plasmar en la página el inimaginable horror en que debe consistir la guerra real: esas escabechinas, esas barricadas que los espartanos construyen con los persas muertos, y ese final cruentísimo, una carnicería que no por estar anunciada de antemano deja de sobrecoger y trastornar en su salvajismo. Me deslumbran también esas panorámicas a doble página -a una sola en el tomo recopilatorio, apaisado-, influidas, dice Miller, por Kubrick y su uso del scope, tan pictórico y simétrico. Entre otros ejemplos, esas espléndidas cuatro primeras planchas, tan sencillas y vacías, casi silentes, con un vasto paisaje donde se recortan los espartanos, una autentica obertura operística que ya anuncia lo épico del relato, que aquí va a va pasar algo importante". Me impresionan también los rompedores diseños de página, sencillamente alucinantes, claramente inspirados en el Steranko de Atmósfera Cero (1981, Eurocómic), pero varios pasos más allá en resultados narrativos y estéticos: así, Miller suele situar en cada doble página una serie de pequeñas viñetas donde enclava la narración, junto a un enorme panel central a modo de leit motif, que idealiza y descontextualiza la imagen representada convirtiéndola en un icono con relevancia épica e "histórica". Me asombra igualmente la abstracción, cada vez mayor, que esta consiguiendo Miller, tanto en guion como en dibujo, en una búsqueda de historias mas puras y simples", en sus propias palabras. Una síntesis que resulta muy acertada en los diálogos, porque dota al relato de un tono tan lacónico y ascético, tan espartano, como los propios protagonistas. De esos escuetos textos. llaman la atención dos cosas: una, la exploración del "diálogo colectivo" en donde varios protagonistas se turnan en réplicas y contrarréplicas, un verdadero encaje de bolillos muy difícil de trasladar a la página, pero que Miller ha resuelto portentosamente, sobre todo por esa perfecta sensación de simultaneidad temporal en los distintos puntos de vista de los interlocutores; dos, el innovador uso de la primera persona del plural en los textos de monólogo interior -"Marchamos... Cargamos..."-, junto a la ya habitual reiteración en la estructura de frases. Así, los 300 espartanos parecen existir como un solo ente con vida propia, un protagonista colectivo que se convierte en narrador del relato. O sea. mas madera para el tono épico. En este sentido, la elección de la doble página como espacio para narrar y la peculiar diagramación no resultan casuales, porque le permiten a Miller manejar a ese protagonista colectivo, manipular el tempo narrativo y, sobre todo, representar con la máxima idealización y poesía un pasado tan mítico y distante como el de la Antigua Grecia. En cinesmascope, además. Ahora bien, el inconveniente de esa síntesis y estilización —en las antípodas ya del naturalismo que tan bien utilizó en Born Again o en Año Uno-, es el maniqueísmo del que adolecen la historia y los personajes, la falta de matices.

Por lo que respecta al dibujo, esa buscada síntesis suele resultar muy bella, por esa geometría de las formas, tan atrevida; por esas viñetas icónicas, esas ingentes masas de negro con las que representa escenarios o figuras humanas, las cuales quedan reducidas así a meras sombras chinescas o a imagenes que parecen escapadas de los antiguos vasos griegos: otro recurso más para idealizar el relato. Pero hay veces en que esa exagerada estilización sencillamente no funciona, por la mencionada falta de fondos, pero sobre todo porque hay viñetas que son sólo garabatos confusos que distraen y te sacan de la narración.

Ahora bien, lo que más me fascina de toda esa abstracción es el arrollador avance de Miller, muy espartano él también, hacia historias cada vez más parecidas a los clásicos griegos -y no es sólo por la cercanía cronológica de 300-, en donde ya ha idealizado y sublimado tanto a sus protagonistas que realmente maneja arquetipos en vez de personajes. Su Rey Leónidas no es mas que el Bruce Wayne de Dark Knight, sólo que reducido a la esencia, puro, desprovisto de ornamentos. Un arquetipo que Miller ha utilizado en la mayoría de sus obras, unas veces con más acierto y otras con menos: el del héroe obsesivo, torturado, a caballo entre el romanticismo desaforado en pos de un ideal de justicia y/o moralidad que no admite dudas, y el pesimismo nihilista. la desesperanza de conocer la negrura sin fondo del alma humana. Porque su Bruce, su Gordon, su Dwight o su Leónidas dan la impresión de ser tipos que saben, que conocen la verdad de la naturaleza humana porque han visto lo peor de ella, han contemplado cómo es el hombre en realidad cuando es despojado de convencionalismos y ataduras morales y sociales ("El horror...El horror", que diría el Marlon Brando/Comandante Kurtz de Apocalypse Now). Un arquetipo que, sospecho, no es más que el reflejo de la personalidad de Miller, al que me atrevería a llamar desde ya el romántico nihilista, término tan paradójico, y por ello tan subyugante, como lo son sus propias obras. Porque Miller, a pesar de su educación cristiana plena de valores como la disciplina, la lealtad o el servicio a los demás -tal como se aprecia en las entrevistas- y de que su visión del mundo es romántica. también es un tipo, creo yo, que sabe del lado oscuro, terrible, del ser humano. Y de esa tensión surgen sus argumentos y personajes, por eso le gustan esas tremendas epopeyas con esos héroes masocas, extremos, esos sargentos de hierro obcecados en cruzadas utópicas. Héroes individualistas con un estricto sentido de lo justo, que, tras descubrir horrorizados la realidad de la existencia, asqueados de ella, situados ya "más allá del bien y del mal", se convierten en mavericks que tiran por el camino de en medio, adoptando un comportamiento radical y a veces amoral en apariencia -aunque en realidad su moral siga ahí para torturarles-, que suele conducirles bien a su autodestrucción, bien a su redención personal.


Por ese romanticismo nihilista, y también por cierta estética de la violencia, Miller siempre me ha recordado a cineastas como John Ford (sobre todo en Centauros del desierto), Sam Peckinpah (leyendo 300 es inevitable acordarse de Grupo Salvaje) o Clint Eastwood. Todos ellos son creadores que, como Miller, han usado el armazón de los géneros para contar historias que les interesan, repletas de trasfondo humano, pobladas de personajes parecidos.

Hay otras películas recientes que, a mi parecer, se emparentan con el trabajo de Miller, como esa pequeña obra maestra de Joel Schumacher que es Un dia de Furia (Falling Down, 1992), con un protagonista que a mí me pareció muy milleriano, ya no sé si por influencia consciente o no: ese hombre derrotado que, rotos sus ideales por la realidad de la vida y su tremendo vacío, se enfrasca en una cruzada en línea recta -literalmente-contra toda injusticia que se cruza en su camino. O ya, en el registro milleriano más paródico, algunos filmes del entrañable cafre Paul Verhoeven como RoboCop (1987), muy influida por Dark Knight tanto en el fondo el héroe, Murphy, es puro Miller- como en las formas - ese tonillo de sátira política, incluyendo el uso irónico de la televisión-; o su divertidísima y polémica Starship Troopers (1997), más cercana a Give Me Liberty o Hard Boiled. Todos ellos son autores criticados en ocasiones por abordar temas y personajes "delicados", de una moral "sospechosa" y ciertamente ambigua. Pues qué quieren que les diga, a mí me parecen creadores interesantísimos, porque hablan de personajes con unas motivaciones bastante reales y comprensibles, profundas, de índole existencial; unos comportamientos que son humanos y atañen a nuestra naturaleza, forman parte de ella, aunque sea de nuestro lado más feo y siniestro. Y no me parece mal, sino todo lo contrario, que se hable sobre ello: en las películas, en las novelas, en los cómics, donde sea. Además, hay que recordar un par de cosas que a veces olvidamos: primero, que todos esos personajes son seres de ficción, no son reales, y lo más importante, sus autores no los presentan como modelos de comportamiento para nadie. Segundo, que una cosa son los personajes e historias que se eligen para contar, y otra bien distinta el que el autor se identifique realmente con ellos. Como dice Miller, qué aburridos serían sus personajes si siempre les hiciera decir lo que él piensa, si siempre les hiciera actuar como él actuaría. O sea, que estamos ante un provocador de conciencias, lo cual me parece fenomenal en unos tiempos éstos tan aborregados, con esa mentalidad dominante de la corrección política, tan generalizada ya en los media que se ha convertido en un nuevo orden casi orwelliano, aunque más perfecto por su mayor sutilidad y encubrimiento. Precisamente es esa ambigüedad en los personajes lo que hace tan fascinantes a todos los autores mencionados; una ambigüedad fruto de las contradicciones propias del género humano. Y por ello sus obras se prestan a diferentes lecturas, nunca son panfletos ni moralinas en donde se nos diga cómo hemos de pensar y sentir; son obras complejas, abiertas, nada dogmáticas; que hacen reflexionar y meditar, además de emocionar, porque hablan del ser humano, de nosotros. Y porque no tratan al público como imbéciles sino como personas inteligentes que piensan por sí mismas. ¿Es que acaso todos los filmes, novelas o cómics que aborden personajes políticamente incorrectos ya no son válidos, son nocivos y deberían ser proscritos? ¿Porque son ambiguos? ¿Se acuerdan del Comics Code? ¿O del Código Hays del cine?

Retomo y finalizo, de una vez, la reseña, disculpen si esto se ha convertido ya en "el artículo que se quedó fuera del U Especial Miller" Por un lado, 300 no está tan lejos de Sin City como en un principio cabía suponer: la misma escritura fragmentaria, los mismos temas, incluso el dibujo se parece bastante, aunque algo más sintético, para dejar sitio a las acuarelas de Lynn Varley, intencionadamente desleídas y con predominio de los ocres por aquello de recrear la sensación de "antigüedad". Un color bonito pero tampoco para tirar cohetes, sobre todo por esas manchas tan guarras de algunos cielos (puagg); eso sí, el contraste entre la paleta de Varley y las masas de negro de su esposo es absolutamente majestuoso. Sin City y 300 también tienen en común la sublimación de personajes y decorados, en una búsqueda de una Ciudad Negra y una Antigua Grecia completamente arquetípicas e irreales que están instaladas en el subconsciente colectivo, por debajo de la realidad, en un sustrato de ficciones acumuladas por años de consumir productos de género. Posiblemente esta irrealidad del trabajo de Miller pueda "justificar", si es que ello resulta necesario, esa supuesta ideología "sospechosa" de la que se le acusa: porque él ya no habla del mundo real, sino del de ficción, mundo genérico hecho a su medida, porque proviene de los géneros que aborda: el negro en Sin City, el histórico griego en 300. Por eso sus personajes son tan de una pieza, y sus mensajes, tan en blanco y negro.

Así pues, ¿en qué quedamos? Pues en que, a pesar de que ambos trabajos se parecen más de lo que Miller piensa, para mí al menos existe una (gran) diferencia: mientras que desde hace tiempo Sin City ya no me funciona porque no me la creo, 300 sí me la creo y por eso me conmueve a veces. ¿Por qué, siendo ambas igual de idealizadas e irreales? Supongo que algo tendrá que ver el que los hechos esenciales de 300 -quitando las licencias dramáticas que Miller se ha tomado- sucedieron en realidad. Pero también, creo, es porque a la historia de 300 sí le sienta bien ese romanticismo exacerbado; los protagonistas pertenecen a una sociedad tan distinta a la actual que puedes llegar a pensar que realmente se comportaban así, tan duros, tan valientes, tan héroes. Es más fácil creerse a Leónidas y sus machotes que al Dwight o al Hartigan de Sin City, porque hoy en día nadie es así. Bueno, probablemente tampoco los espartanos fueran tan así, pero ésa es la imagen que nos ha quedado de ellos, la que surge del humus de los libros de texto del colegio, de las viejas películas de griegos y romanos.

Por otro lado, 300 es un trabajo fallido de Miller, para nada la gran obra que quería realizar. Asegura él que era una historia que tenía en mente desde que la vio de niño en un film -El León de Esparta (1962)-, y que llevaba aguardando años hasta estar preparado para llevarla al cómic, lo cual me recuerda al mentado Clint Easwood, que dijo lo mismo del guión de su Sin perdón. Desgraciadamente, el resultado de 300 queda bastante lejos de ese gran western: más le hubiera valido a Miller seguir esperando. Aun así, la obra merece la pena. Está llena de hallazgos de guión y narrativos, visualmente es una maravilla, emociona a ratos. Pero también es muy irregular, porque Miller es capaz de lo peor, como ese discurso final de Leónidas sobre una nueva era de razón y justicia, tan panfletario e impropio del autor, tan contradictorio con el papel de caudillo militar de Leónidas que no se lo cree ni él (de hecho, parece que a Miller se le ha olvidado el resto de la historia griega, porque el totalitarismo espartano se impuso años después a la democracia ateniense); pero también es capaz de lo mejor, como ese plano subjetivo desde el interior del yelmo de Leónidas, digno del mismísimo Eisner; o esa reflexión que Leónidas piensa sobre sus soldados, una perla que pocos autores son capaces de escribir, diciendo tanto con tan pocas palabras, una frase aparentemente simple pero aterradora en su existencialismo: "Preparados para morir. Creen que saben lo que eso significa"

Entonces: el mejor Miller sí "ha vuelto", al menos en parte. Estamos de enhorabuena. Y parece que 300 le ha sentado muy bien, porque, aunque ya ha está pecando otra vez con Hell and Back, lo nuevo de Sin City, su arranque no está nada mal, con un retorno a cierto naturalismo en la historia y una narrativa cautivadora, muy influida por 300. Así que puede que tengamos aquí una de las mejores historias de la Ciudad del Pecado, si luego no se tuerce. Pues que no se rompa la noche, que no se rompa.

PEPO PÉREZ


U, el hijo de Urich #18 Diciembre 1999