jueves, 5 de febrero de 2026

¡Gotham bajo el terror!

Una serie de horribles crímenes azotan la ciudad donde un oscuro desconocido lucha contra el Mal


José Luis Vidal

03 de febrero 2026


Años treinta, desde Europa llegan vientos de guerra. Y si a eso sumamos la terrible depresión económica que golpeó a los Estados Unidos, no es el mejor momento para que varios concejales de la ciudad de Gotham aparezcan brutalmente asesinados.

No hay pistas de quién o el por qué de estas cruentas muertes, pero en la urbe ha sido avistado, sobre las azoteas del lugar, la sombra de alguien o algo que se mueve entre ellas.



Ficha
The Bat-Man: First Knight

Guion: Dan Jurgens

Dibujo: Mike Perkins

Tapa dura

Color

160 págs.

38 euros

Panini Cómics


Hay mil rumores, y tan solo dos hombres conocen la verdad. Uno de ellos es el esforzado comisario de policía, James Gordon, al que de vez en cuando este extraño le hace una fugaz visita y que, con el paso del tiempo, se ha convertido en un fiel aliado en la lucha de ambos contra el crimen. Su nombre es Bat-Man.

Pero ¿quién es el amo del crimen en Gotham y está tras esta campaña del horror?

Pocas personas, tan solo un grupo de secuaces conocen su rostro, pero todos saben su alias. La Voz, un tipo que tira de los hilos, y maneja una subterránea organización que, a base de fuerza bruta, acomete un plan para hacerse con la ciudad.

Contra él, el rumor, la leyenda, el autentico Hombre Murciélago, Bat-Man, que no es sino otro que el heredero de la fortuna Wayne, el en apariencia playboy desocupado, pero que en realidad habita una enorme y vacía mansión en la que está rodeado de recuerdos de su vida junto a sus asesinados padres.

Gracias a su fuerza de voluntad y medios se ha convertido en el oscuro defensor de la ciudad. Pero tal vez la buena voluntad no sea suficiente, ya que una horda de muertos vivientes son la mano ejecutora de las órdenes de La Voz, y Bruce Wayne va a conocer en su propia carne lo dura que es la existencia del vigilante…

¿Os gustan aquellas películas en blanco y negro, protagonizadas por rostros clásicos del cine como James Cagney o Humphrey Bogart? Historias protagonizadas por tipos rudos, que con una metralleta Thompson en las manos se abrían camino en la jungla del asfalto.

Pues bien, si sois fans del género negro, noir o criminal, este es vuestro cómic. Una historia en la que su guionista, Dan Jurgens, acompañado por un espectacular Mike Perkins, nos trasladan a una versión alternativa de las peripecias del Caballero Oscuro, pero es este caso pasadas por el filtro de un argumento totalmente alejado del cómic de superhéroes.

Aquí nos vamos a encontrar con políticos corruptos, sádicos alcaides de prisiones, femme fatales, policías íntegros y, por supuesto, con un heroico joven cuyo rostro nos recuerda a uno de los grandes nombres del Séptimo Arte, el gran Gregory Peck.

Si ya el argumento de este cómic es espectacular, no lo es menos el enorme formato en el que Panini Cómics lo edita, convirtiendo su lectura en un puro deleite.


Diario de Cadiz




La palabra más bonita es leopardo

Un leopardo en la reserva de Masái Mara, en Kenia. Getty

El faro del fin del mundo / Jacinto Antón

Los leopardos forman parte importante de mi vida. Desde los iniciáticos de los libros - los de Kenneh Anderson, Jim Corbett y luego el de Hemingway- y del cine de sesión continua- el leopardo de Sarawak, enemigo mortal del tigre de Mompracem-, hasta los de verdad, vistos o entrevistos en la India y en África. El primero que vi de carne y hueso, si exceptuamos los del zoo, fue el que se cruzó ante los faros de nuestro camión viajando del Ngorongoro al lago Manyara en Tanzania, en 1986. Fue una fulguración moteada que me hizo lanzar un grito digno de Mogambo: "¡Chui!", leopardo, una de mis pocas palabras en swahili, junto a safari, hatari y daktari, esa letanía.

Apenas un par de semanas después volví a ver otro leopardo, este mucho menos fugaz. Recorríamos las pistas del Masái Mara y nuestro conductor, un kikuyo hosco, abandonó repentinamente el seguimiento de un gran león para llevarnos al pie de un árbol. Mientras le llamábamos de todo señaló una de las ramas: en ella descansaba un enorme leopardo que abrió disciplientemente los párpados para, en un momento inolvidable, mirarme directamente con unos ojos dorados en los que destellaban toda la maravilla y el misterio de su especie.

Después he visto otros, uno enorme en Zimbabue en compañía del fotógrafo Marcel.lí Sáenz -no siempre se puede ir por África con Ava Gardner- y en una ocasión memorable seguí un ratito a pie el rastro de un ejemplar en los montes Aberdare.

Leopardos, "los más perfectos de los grandes felinos", así los considera un acreditado zoólogo y fotógrafo suizo C. A. W. Guggisberg en su enciclopédico Wild cats if the world (David & Charles, 1975), "hermosos  de aspectos y gráciles en sus movimientos".

Si hablamos de leopardos africanos, nuestro hombre es Ionides. El white hunter griego con inclinación por las mambas estaba fascinado con los leopardos devoradores de hombres, que no son tan frecuentes en África como en la India -entre los más célebres en el subcontinente, el de Kahani (más de 200 personas muertas) y el de Rudraprayag (al menos 125 víctimas)- pero los hay. Cazó varios en Tanganika, como al de Rupondo (16 años en su horrenda cuenta, entre ellos un bebé de seis meses).

El leopardo, a menudo llamado pantera en Asia, puede ser incluso más temible que el tigre por su familiaridad con el ser humano y el desparpajo por así decirlo, con el que se introduce en las casas de las aldeas para llevarse a sus presas humanas, con terrible preferencia por las más pequeñas que le resultan más manejables. Sin duda es injusto -aunque sigue habiendo casos de depredación de personas y la persecución de esas fieras moteadas antropófagas ha dado por relatos inolvidables de la literatura de aventuras -reducir a esos maravillosos animales a su aspecto más feroz.

Hablábamos muchos de leopardos con el añorado Jorge de Pallejá, que llegó a cazar uno en la India, aunque le dejó mal sabor de boca (peor ha de ser dejarle mal sabor al leopardo, imagino), en lo que fue el principio de su conversión al conservacionismo. A Jorge le recuerdo en el zoo de Barcelona, frente a la jaula del leopardo de Sri Lanka donde se le humedecían los ojos ante aquella belleza que él un día arrebató.

Precisamente el otro día estaba con mi yerno y mi nieto de un año y medio en el mismo lugar, algo triste pensando en Jorge, en que ya no hay tigres en el zoo de Barcelona y en que se ha muerto la elefanta Susi, cuando el pequeño Mateo señaló con el dedito al leopardo y dijo claramente: "leopardo". Ramón y yo nos quedamos de piedra. Es verdad que yo llevaba ratos hablando de esos felinos y contando historias como la de la pantera negra de Sivanipalli. Pero oírle decir a Mateo por primera vez en su vida "leopardo" me puso al borde de las lágrimas. ¡Si aún no sabe decir abuelo ni yogur! El leopardo parecía tan sorprendido y emocionado como yo: detuvo su paseo por su estrecha jungla y miró a Mateo con un brillo de reconocimiento en los ojos ambarinos. La fiera y el niño quedaron unidos en un instante mágico en el que el resto del mundo se transfiguraba en un escenario de selvas y aventuras. Finalmente el leopardo lanzó un sordo rugido como de sierra -grunt-ha, grunt-ha- y Mateo rió con una risa pequeña y cristalina. "Leopardo, leopardo".


El Pais, sábado 31 de enero de 2026


Un corte en el tiempo

 Por Anna Caballé

El autorretrato constituye, en la historia de la pintura, una práctica fascinante: el pintor se utiliza a sí mismo como modelo y se observa atentamente. ¿Con qué objeto? Imposible dar una respuesta sencilla a este recurso que puede cumplir funciones de lo más variadas. Desde el deseo de fijar un hic et nunc, un aquí y ahora del artista en plena potencia de sus facultades (un bellísimo Durero en torno a los 28 años), hasta la obsesión de Rembrandt por reparar en su rostro las sacudidas del tiempo a lo largo de su vida. O bien pensemos en Frida Khalo presentando las heridas del cuerpo como baluarte de un sufrimiento escondido que se desea hacer público. O bien mostrar el propio rostro como un muñón del ser irreconocible, como hizo Francis Bacon. Sin olvidarnos del autorretrato como entrenamiento, como ejercicio de taller que permite el libre aprendizaje del cuerpo humano.

La columna rota (1944), de Frida Khalo, que evoca las secuelas del accidente de autobús que sufrió en 1925. 

El crítico Manuel Alberca, reconocido académicamente sobre todo por sus luminosas aportaciones teóricas a la autoficción, acomete en Mírame. Enigma y razón de los autorretratos un completo repaso a este género pictórico. El libro tiene mucho de útil inventario, pues son numerosos los pintores que van desfilando, desde su rotunda explosión en el Renacimiento hasta los autorretratos expresionistas que exponen el descoyuntamiento del sujeto  contemporáneo. Todo cabe en la autorrepresentación pictórica, en este esfuerzo del artista por verse a sí mismo cuya frenética deriva actual -el selfi- nos fuerza a hacernos muchas preguntas sobre nuestros íntimos deseos de ser, de estar en el mundo y, sobre todo, de ser vistos. De ahí que sea un acierto el título del ensayo, Mírame, porque esta es, en definitiva, su clave de bóveda. ¿Narcisismo exacerbado?, se pregunta Alberca con razón ante la pasión por el selfi que inunda las redes sociales, causando en más de una ocasión la muerte de quien se hacer la foto corriendo un riesgo desproporcionado.

Como siempre, el arte (también la fotografía) nos proporciona la teoría que permite el retorno a lo existencial, porque viendo a los demás, como sostiene Alberca, nos vemos y, sobre todo, nos medimos y juzgamos. Es nuestra incertidumbre ontológica frente a otro la que nos conduce a esa dialéctica de ver y de ser visto. el autor de Mírame sostiene que hace falta una disciplina para conseguir descifrar las claves del autorretrato. Hay que ver muchas telas para aprender de qué modo cada pintor se abandona experimentalmente al ejercicio de verse, que, como se ha dicho, exige un corte temporal. A la pregunta ¿cómo soy?, solo puedo responder observando en qué momento preciso de la vida que me hago. ¿Cuándo? ¿A qué edad? ¿Bajo qué influencias? ¿Con qué animo? ¿En qué lugar? El autorretratismo aborda todas estas cuestiones que han ido acumulándose en su cuerpo -porque es el cuerpo el que registra las conmociones, el paso del tiempo, el acuse de los menores desórdenes, ya no digamos los más graves-, y lleva a cabo la operación de verse y pintarse. Y ¿cómo se ve?

Yo recuperaría para dicha compleja operación el concepto de hápax (voz de origen griego, redefinida por Michael Onfray). Un hápax en filología sirve para definir una palabra que ha aparecido registrada una sola vez, ya sea en una lengua, en una obra, un corpus... El autorretrato es, podría considerarse, un hápax existencial, una imagen única, resultado de la interacción de un cuerpo que dice yo en un momento preciso de su historia y del mundo que lo contiene. Un corte en el tiempo de una vida y en ese corte descarga el pintor, por decirlo así, su propio destino. Alberca queda a las puertas de aventurar una filosofía del cuerpo a partir del autorretrato, pero nos invita a pensar en ello.



Mírame. Enigma y razón de los autorretratos

Manuel Alberca

Confluencias, 2025

414 páginas. 21,90 euros



Babelia  Núm. 1.784. Sábado 31 de enero de 2026


miércoles, 4 de febrero de 2026

JLA Grant Morrison & Howard Porter/John Dell DC Comics



El título que más vende de DC en estos momentos, por encima del cinematográfico Batman y del renovadísimo Superman, a las puertas de entrar en el lucrativo Top 10 (según el oráculo Wizard), dejando atrás a mutantes y arácnidos marvelianos y a primeros espadas de Image como Gen 13, y aquí en la Iberia sin enterarnos de nada. Mientras nuestros hermanos de México acaban con la sequía, bueno será que vayamos comentando lo que se cuece en la más veterana casa superheroica y cómo la baqueteada Liga de la Justicia de América es de pronto lo más emocionante del mercado yanqui.

Curioso (y aleccionador, probablemente) es que el guionista de esta encarnación de la Liga, Grant Morrison, que se ha ganado a pulso una reputación de heterodoxo desde sus Animal Man y Doom Patrol de hace una década hasta sus Flex Mentallo e Invisibles de ahora mismo, haya conseguido por fin el éxito masivo con la serie más convencional que ha escrito en toda su vida. La palabra convencional, por cierto, es clave para entender todo el entramado sobre el que se aguanta JLA, que explota el atractivo de lo establecido, de las cosas hechas a la vieja usanza y como dios manda, de las historias contadas con un solo propósito, sin dobleces ni ironías. Por eso probablemente tiene encandilados a un montón de chavales ansiosos de llevarse a los ojos un tebeo de superhéroes de una pieza, de la misma manera que habrá arrastrado a un grupo de lectores convencidos de que si lo escribe Morrison tiene que encerrar algún ocurrente y astutamente disimulado mecanismo de deconstrucción posmoderna.

Pues me temo que no, amiguitos.

Sospecho más bien que Morrison, como cualquier hijo de vecino, quería en primer lugar ganarse unos cuartos más de los que habrá podido amasar hasta ahora, con tantas páginas ya emborronadas, y en segundo lugar, necesitaba exudar la cantidad de lecturas superheroicas que parece haber absorbido y que le rebosan por las orejas.

Para relanzar al supergrupo santo y seña de DC, pues, se ha decidido hacer las cosas bien, sin reparar en gastos, empezando por la alineación, que es la original que presentaba la Liga hace ya casi cuarenta años: Superman, Batman, Flash, Linterna Verde, Wonder Woman, Aquaman, Detective Marciano y, a las primeras de cambio, la incorporación de Flecha Verde. Un equipo como éste, obviamente, sólo puede funcionar a gran escala, implicándose en amenazas descomunales que, como mínimo, pongan en peligro el destino de todo el planeta, el futuro de la humanidad y la Vía Láctea y el inicio de la temporada de fútbol profesional. Para cualquier otra cosa sería ridículo llamar a un puñado de tipos con semejante pedigrí y que responden a un nombre tan escandalosamente desfasado como la Liga de la Justicia de América sin abochornarse un pelo. Morrison se pone a la altura y no siente ninguna vergüenza de jugar a lo grande, echando mano de decorados y efectos especiales a mansalva: los marcianos invaden la Tierra, los ángeles del cielo se pelean en nuestro mundo mientras la Luna se cae, un supervillano intenta hacerse el amo de todo lo que existe superando las últimas barreras del universo... amenazas a las que la JLA replica con la confianza y la determinación que hacían creíble a John Wayne quitándose de encima legiones de malnacidos como quien espanta moscas con la mano. La JLA es la alianza de los héroes más poderosos del mundo, así que ¡pobre del que se cruce en su camino! Virtud de Morrison es entender no sólo la esencia del conjunto, sino la de cada uno de sus icónicos miembros, todos ellos cargados de historia y de significado y perfectamente retratados con una fugacidad llena de precisión: Superman es el símbolo, el representante de puertas afuera, y su liderazgo lo complementa Batman, el que organiza estrategias y da soluciones en la sombra, su falta de poderes compensada por una supereficiencia pasmosa; Flash y Linterna Verde son la pareja cómica, los jovenzuelos que aportan chispa y vida; Aquaman y Wonder Woman confirman que, cuando los otros están presentes, ellos sólo pueden aspirar a segundones; el Detective Marciano es un Superman sin carisma público y algo tristón y solitario. Manejar un reparto tan grande (y además integrado por personajes que llevan su propia vida en sus propias series, así que aquí sólo pueden vivir aventuras) es tarea delicada, que Morrison solventa jerarquizando las relaciones mediante las tres parejas y el individuo-comodín que he mencionado. No es casualidad que el Detective Marciano sea el único sin cabecera personal. El lector de JLA ya conoce (y bien, probablemente) a todos y cada uno de los personajes por su experiencia previa, así que la caracterización huye sabiamente de prolijas presentaciones para subrayar los rasgos, a veces inesperados, de la personalidad de estas estrellas del superheroísmo con los que el autor prefiere jugar.

Unos diálogos francamente divertidos cuando hace falta (no te puedes tomar en serio todo el rato un tebeo como éste) contrastan maravillosamente con los momentos más épicos, esos de la viñeta a toda página con Superman enganchado a un Ángel del Señor en medio de una ciudad arrasada y semejantes.

Cada escena está primorosamente planteada, aunque la relación entre unas y otras escenas a veces resulte un tanto brusca. O bien el guionista tiene más facilidad para el detalle que para los grandes esquemas (que es lo que yo sospecho) o simplemente hace un uso muy sui generis de la elipsis.

A Morrison no le importa volver a contarnos historias que pertenecen al capítulo de los lugares comunes para cualquier aficionado al tebeo de superhéroes (¿y qué otro lector se va a comprar JLA?). ¿Hay algo más sobado que el argumento de los "salvadores del mundo" extraterrestres que en realidad son enemigos camuflados? En la primera saga, la Liga entera es capturada por un puñado de supercriminales con poderes equivalentes a los de Superman (y más variados aún) cada uno de ellos. Únicamente Batman, que es "sólo un hombre", sigue libre, y por supuesto que el adusto Señor de la Noche se basta y se sobra para sojuzgar sigilosa y contundentemente a la pandilla de supermalvados, en un episodio que respira el mismo aire que aquel mítico "Lobezno solo" de Claremont y Byrne hace ya un montón de años. Posteriormente, la Llave (sí, hay un malo que se llama así, ¿qué pasa?) atrapa a todo el grupo en sus propios sueños, proyectados en un mundo imaginario, utilizando una estratagema que recuerda poderosamente a la legendaria historia de Superman "El hombre que lo tenía todo", de Alan Moore y Dave Gibbons. Pero, ¿cómo escapa de esta trampa la Liga? Gracias a la intervención de su más reciente y menospreciado miembro, el arquero Flecha Verde, que finalmente noquea con sus saetas al villano de rango cósmico. En The Avengers 174 (1978, pero el dato lo he tenido que mirar, no se piensen que soy tan friki como para sabérmelo de memoria) el galáctico Coleccionista captura a los poderosos Vengadores. A todos, excepto a Ojo de Halcón (¡el arquero, para los menos duchos en superherología!), que acaba tumbando al malhechor con sus rudimentarias armas.

Pero nada de esto importa, porque Morrison es el primero que parece plenamente consciente de lo que está haciendo y por qué lo está haciendo, y esa convicción insufla vida al tebeo y restaura con efectividad parte del aura mágica que siempre debería desprender este género. Quizás el amable lector pueda deducir de mis palabras que JLA sólo son textos, pero no, también está dibujada, y la aportación de Howard Porter (al menos hasta el número 7, tras el que le sustituye Oscar Jiménez, esperemos que de manera provisional) no puede ser más ajustada al tono de la colección, con un estilo que es vulgar a la vez que grandioso. Supongo que los editores pensarían que ya que los héroes son clásicos, equilibrarían poniendo un dibujante de hechuras modernas, lo cual no les voy a discutir mientras Porter siga dibujando a Batman con los viejos tebeos de Michael Golden abiertos encima del tablero.

De despedida, una advertencia. Ojito con el especial JLA/WildC. A

T. S.: es ilegible

Trajano Bermúdez


U, el hijo de Urich #6 septiembre 1997


Rio Veneno Beto Hernández La Cúpula



Si trazásemos un mapa de Palomar (el mítico pueblo centroamericano en que Beto Hernández ha situado el grueso de su producción), tendríamos que disponerlo en torno a Luba, un centro telúrico, volcán en perpetua, lenta erupción. Luba, que durante años dirigió con mano de hierro la casa de baños del pueblo (centro de gravedad sexual de toda la región), matrona arrogante y de porte legendario, feroz y firme como las Rocosas, ha sido el personaje alrededor del que Beto ha ido construyendo su obra más importante (en sus páginas más desgarradas y emocionantes está siempre ella, su mirada salvaje, su sombra inmensa). Y Luba es, también, la protagonista de esta última (y definitiva, parece) entrega de la saga de Palomar.

(Ya que estamos con agudas metáforas, si hubiera que elaborar un árbol genealógico de la historieta alternativa norteamericana, sin duda encontraríamos a los hermanos Hernández en un lugar privilegiado, allá al principio de los '80: recogiendo influencias tan dispares como Dan DeCarlo, Kirby o Crumb y convirtiéndose en generadores a su vez de todo un torrente de seguidores que configurarán buena parte del actual paisaje independiente no ya de los USA, sino mundial -ahí están, aquí y ahora, gente como Germán García, del que cabe esperar mucho más de lo que hasta hoy ha ofrecido.

Si no sabes quiénes son Jaime y Beto, si Love & Rockets sólo te suena a nombre de banda inglesa, si nada sabes de Pipo y Luba, de Hopey, de Penny Century... ¿qué haces leyendo esto?)

Así pues, he aquí nada menos que el origen de Luba, la historia de su vida desde su accidentado nacimiento (en realidad, desde unos meses antes ...) hasta que llegó a Palomar por primera vez. Y la historia, también, de su madre. O un intrigante atisbo, al menos. Gilbert Hernández, que siempre ha sido considerado el narrador por excelencia de la familia (quedando para su hermano Jaime la medalla de oro al mejor dibujante), nos ofrece un complejo entramado de personajes en una vertiginosa estructura que en algunos momentos recuerda al mejor Scorsese (Goodfellas; con esto está todo dicho, supongo). Sin concesiones para el lector, que puede llegar a perderse en el carrusel de una narración extremadamente elíptica y poco dada al adorno o al exhibicionismo vacuo. (Es decir, como siempre, pero afilando aún más las transiciones, bordeando a veces el peligroso y árido terreno de la abstracción.)

Una lectura difícil pero, admitámoslo, gratificante. (Y eso que, a título personal, debo reconocer que me ha dejado más bien frío. Primero, no entiendo la necesidad de desentrañar el pasado de los personajes, especialmente de uno tan emblemático y de dimensiones tan míticas: ¿no funciona mejor si no sabemos quién fue, de dónde vino? Es una opinión, insisto, estrictamente personal.

Por otra parte, ya que hemos abierto la sección de reproches, me da un poco de miedo comprobar cómo en los últimos años ese gran caracterizador de personajes que es Beto -capaz de ternuras y crueldades exquisitas, sí- se ha visto más y más atrapado en una especie de dudoso juego de transgresión sexual. Quiero decir, y llamadme algo feo si os parece que saco las cosas de madre, ¿no hay un momento de Rio Veneno en que uno distingue a los distintos personajes únicamente por sus respectivas peculiaridades eróticas?

Puede que en los últimos tiempos sea casi obligatorio fichar, como mínimo, un par de secundarios homosexuales, y en esto también los Hernández fueron pioneros, pero no acabo de asimilar el desfile de fetichismos, pedofilias, masoquismos y mujeres con penes descomunales en que acaban por convertirse las páginas de la historia. ¿Estoy ya muy viejo para estas cosas, a lo mejor?)

Un trabajo, de cualquier forma, imprescindible, modélico en ocasiones, lleno de personajes memorables (y no hablo de sus atributos blandos), como de costumbre, en el que además comprobamos hasta qué punto Beto se ha convertido en un excelente dibujante. Aunque yo prefiera, qué voy a hacerle, entregas anteriores (recuperad, si podéis, cosas como Sopa De Gran Pena o Calor Humano, que publicó La Cúpula en su ya desaparecida Colección Historias Completas). Y aunque la edición de Brut peque, como siempre, de un formato poco adecuado y el encargado de las portadas merezca el destierro.

Francisco Naranjo.

U, el hijo de Urich #6 septiembre 1997



martes, 3 de febrero de 2026

Ten cuidado con lo que deseas…

La hora del bocadillo

Estimado lector, ¿qué harías si en tu mano estuviera ejecutar milagros?



José Luis Vidal

01 de febrero 2026

Precisamente esta es la pregunta que queda en el aire tras la apasionante lectura de la última obra de José Luis Munuera que, tras habernos encogido el corazón con la adaptación a las viñetas de Su olor después de la lluvia, novela del escritor galo Cédric Sapin-Defour (ambas publicadas por la editorial Astiberri), cambia radicalmente de registro y se sumerge en un relato creado por uno de los padres de la ciencia ficción, nada más y nada menos que el británico H.G. Wells.

Vamos a hacer un viaje a Immering, un pueblecito inglés en el que nunca ha sucedido nada especialmente destacable. Sus parroquianos suelen reunirse a charlar en el pub del lugar, el Long Lion, donde intercambian opiniones sobre los más diversos temas.

Y hete aquí que justamente en su interior comienza esta historia y conoceremos a su protagonista, George McWirther Fotheringay, un espigado oficinista que, rodeado por algunos de los clientes del lugar, porfía sobre la posible existencia de los milagros.

Lo que él, ni el resto de sus acompañantes saben, es que justamente al querer hacer una demostración, un sorprendido Fotheringay se dará cuenta que algo inusual ocurre cuando desea algo, hecho que va a comprobar de camino a casa, ya que es puesto de patitas en la calle con muy buenas maneras por el agente Winch, que a lo largo del relato se va a convertir en su némesis.

Ya en la comodidad de su hogar, el protagonista constatará una y otra vez que algo le ocurre, un hecho que puede ser totalmente maravilloso y que da título a esta historia, ya que él es El hombre que podía hacer milagros.

Este hecho hará que, en principio, la jornada laboral del oficinista sea bastante más llevadera pero, con el paso de los días, un invisible peso caerá sobre su cabeza. Las dudas le acosan, poniendo en la balanza hasta su propia cordura, así que decide ponerse en las manos de varios profesionales de diferentes campos que traten de darle una respuesta a sus preguntas.

Una médium tremendamente parecida a la actriz Elsa Lanchester, la eterna novia del Monstruo, será el apartado místico; acto seguido, la medicina tampoco le aclarará el tema, más bien lo contrario. Tan solo una sesión de hipnotismo en manos de un freudiano psiquiatra tal vez ofrezca algo de luz ante lo que le ocurre…

Y en este camino sembrado de dudas, el último paso será el de la creencia, la fe, la religión. Para ello acude al rechoncho Padre Maydig, el cual queda boquiabierto ante lo que Fotheringay le muestra, convirtiéndose ambos desde en ese momento en uña y carne, arreglando algunos problemillas del lugar.

Pero el brillo de la ambición se esconde tras la mirada del párroco, que tiene un plan en mente y lleva hasta la extenuación al demasiado inocente protagonista, que tan solo desea cerrar los ojos por un rato, descansar.

La solución que Maydig le propone es tan descabellada y radical que dará un vuelco total a la narración, llevándonos junto a un protagonista que por fin abre los ojos y toma una decisión.

José Luis Munuera nos regala un relato donde el fino humor british brilla, poniendo una sonrisa en nuestras caras en más de una ocasión, como por ejemplo con el atribulado destino del agente Winch.

Pero la lectura de esta historia también tiene una clara moraleja, que nos coloca en la disyuntiva de qué haríamos si pudiéramos hacer que nuestros deseos se convirtieran en realidad.

Seguro que todos y todas tenemos una respuesta diferente. Desde borrar del mapa a algún que otro líder mundial, pasando por vivir rodeado de comodidades, dinero y en la mejor compañía.

¿Qué haríais vosotros?

Con la magistral manera que Munuera tiene de mover y caracterizar a sus personajes, vamos a recorrer junto a Fotheringay unas viñetas que, bellamente coloreadas por Seydas, nos harán detenernos en uno y mil detalles de este pueblecito, los interiores de las casas, el pub, la oficina…

Y todo para llevarnos a un final totalmente inesperado, una vuelta de tuerca muy especial.

Como siempre, chapeau para esta personal visión del relato de H.G.Wells que curiosamente, recuerdo haber visto hace ya muchos años, cuando aún en la televisión nacional se emitían películas en blanco y negro, en su versión fílmica, dirigida por Lothar Mendes.

Y una buena nueva, ya nos llegan noticias de las dos próximas alegrías que José Luis Munuera va a darnos a todos los lectores que le seguimos. En la que será la primera, recreará el ambiente y la historia del festival de música más famoso y caótico de todos los tiempos. Y de ahí a llevar a las viñetas las peripecias de un famosísimo personaje del manga y el anime.

Ambas obras contarán con el guion de Kid Toussaint. Así que tan solo nos queda ir contando las horas para tenerlas en nuestras manos.


Diario de Cadiz


lunes, 2 de febrero de 2026

Mondo bizarro

Existen lugares donde la realidad se distorsiona hasta límites casi incomprensibles


José Luis Vidal

31 de enero 2026 


¡Bienvenido a uno de los mejores centros donde relajarse, donde nuestros servicios cubrirán todas sus necesidades y cuando se marche, se habrá convertido en una nueva persona!

Este podría ser el texto publicitario de este lugar, un spa que, en apariencia, funciona como una maquinaria de relojería, ofreciendo a sus clientes todo tipo de cuidados. Para ello cuenta con unos trabajadores que se dejan la piel en el día a día del lugar, todos ellos y ellas comandos por el director del lugar, un hombre metódico, que ha convertido una inesperada herencia en un compromiso con todo aquel que acude a las instalaciones.




Ficha

SPA

Autor: Erik Svetoft

Tapa dura

Blanco y negro

324 págs.

30 euros

Planeta Cómic


¿Os parece un lugar atractivo al que acudir?

Tal vez si miráis detrás del 'decorado' que ofrece a su clientela, os encontréis con detalles, personas y situaciones que escapan a toda lógica, sumergiéndoos en una realidad bien distinta, que puede conducir a la más absoluta de las locuras.

No hay un principio y final para este relato, y una vez flanqueadas sus puertas, ya nada volverá a ser igual. Conocerás a una pareja que decide acudir para regenerarse en cuerpo y alma, así como un petulante millonario que exige lo mejor durante su estancia, y va a encontrarse con lo violentamente inesperado; un dedicado masajista al que todos sus compañeros hacen el vacío; la peculiar y torpe pareja de técnicos que se enfrentan a una irreparable avería, dejando el caos tras ellos; el amor secreto que una de las encargadas profesa hacia el aparentemente omnipotente director, un tipo que se quebrará ante lo que comienza a suceder a su alrededor; una pareja de acreedores, por llamarlos de alguna manera, que acuden puntualmente para salir del centro con un maletín lleno de dinero…

Y así podría llevarme un buen rato más, ya que el dramatis personae de este cómic es muy amplio, sin haber un protagonista fijo, e iremos saltando de uno a otro, acompañándolos en este surreal viaje a los límites de la cordura.

Su autor, el artista sueco multidisciplinar Erik Svetoft, nos ofrece en esta, su quinta novela gráfica, un intrincado argumento en el que utiliza por primera vez la palabra, ya que hasta ahora, sus anteriores incursiones en el mundo de la viñeta, Limbo, Hakken, Mondo y Domus, eran totalmente mudas.

Si una vez consumida esta obra, primera que llega a nuestro país, os interesa saber más de él, haced una visita a su web , donde podéis disfrutar de un paseo por su personal universo.

Como él mismo explica, su método de trabajo consiste en ir plasmando ideas, situaciones que, una vez unidas, se convierten en un todo, dando como resultado una obra en la que se unen lo naif en lo gráfico, con un salto a de cabeza a ese otro mundo en el que lo inesperado y bizarro son el peculiar caldo que nos da a probar.

Y siguiendo con el símil gastronómico, hay platos para los que es necesario tener un estómago preparado. SPA es uno de ellos, tal vez una obra que no está concebida para todo tipo de lectores, pero en la que una vez que te has sumergido, se convierte en una experiencia totalmente hipnótica, en la que un rictus parecido a una leve sonrisa aparecerá en tu rostro a la vez que un imparable escalofrío recorre tu espinazo.



Diario de Cadiz