El Pais Semanal Núm. 1.228 Domingo 9 de abril de 2000
Ojo de Melkart
miércoles, 5 de agosto de 2026
martes, 4 de agosto de 2026
Un dibujante de cine

CARLOS GRANGEL. En su estudio, con los bocetos para la película de Tim Burton.
Carlos Grangel lleva años siendo la mano española de Spielberg. Creador de personajes de 'El príncipe de Egipto, 'Spirit' o 'Madagascar', estrena ahora la película 'La novia cadáver', de Tim Burton. Un artista anónimo al que Hollywood reconoce su talento.
Por Julia Luzán. Fotografía de Vicens Giménez.
Ésta es la historia de una casualidad. El azar cogido por los pelos, la suerte de estar en el sitio adecuado en el momento justo. Eso y unas manos que dibujan como los ángeles y con las que Carlos Grangel (Barcelona, 1963) se ha ganado el respeto de Steven Spielberg y, más recientemente, del director Tim Burton, con el que ha llevado a la pantalla La novia cadáver, una película animada que cuenta una antigua leyenda rusa, la de una joven desposada muerta en extrañas circunstancias.
Pero para llegar a este punto en el que algunos de los mejores directores de cine se lo disputan tuvieron que producirse un cúmulo de coincidencias. Hay que remontarse al verano de 1989, cuando Carlos Grangel decide tomarse unas vacaciones y conocer Inglaterra. Ha podido enterarse de que Spielberg acaba de inaugurar un estudio de películas de animación en Londres, Amblimation, junto a la productora Universal(esta ponía el dinero, y Spielberg supervisaba como productor ejecutivo), y que el director preparaba allí un nuevo filme con un superratón de protagonista, Fievel va al Oeste. Un húmedo día del mes de julio, Grangel aterriza en Londres, y Spielberg también. Primera casualidad, porque el director de La lista de Schindler vive habitualmente en Los Angeles y sólo se desplaza a Amblimation una vez al año. “Llame al estudio y me dijeron que no recibían a nadie, pero que, si quería, podía enviar mis dibujos y ya me contestarían". Metió en un sobre sus ilustraciones, adjunto su dirección en Londres y le llamaron:“Me sentí como los actores cuando les eligen en un casting". Los dos directores de Amblimation nombrados por Spielberg recibieron al joven Carlos, que escuchó temblando las palabras mágicas. “Nos gustaría que trabajaras aquí". Se pasó tres días en el estudio dibujando a prueba, y segunda casualidad: “Entra Spielberg donde yo estoy, me ve en una mesa y me pregunta por las escaleras (tiene fobia a los ascensores). Le acompañé y charlé con él en mi macarrónico spanglish". Dias después, cuando Spielberg vio los dibujos de Grangel -"yo habia dibujado una niña, un niño y un dinosaurio", exclamó: "We've got it!" (¡Lo tenemos!). Fue como el grito de ¡tierra! de Colón".
Buscaban un creativo y lo encontraron. Grangel fue contratado por tres meses, una relación que ha ido creciendo con los años y las peliculas. Desde entonces vive con un pie en su estudio de Barcelona, en el que trabaja con su hermano Jordi y un reputado creativo, Carlos Burges, y otro en Bourban (California), donde están situados los estudios Dream Works. De esta fábrica de sueños han salido todas las películas de animación en las que el estudio Grangel ha colaborado: El principe de Egipto, Spirit (por la que Carlos Grangel recibió en 2002 el Premio Annie, el Oscar a la animación), Simbad, El espantatiburones y Madagascar.
El escritor estadounidense Paul Auster encontraría seguramente en la vida de Carlos Grangel la historia perfecta para una de sus novelas. El azar ha desempeñado un papel protagonista en la carrera profesional de este barcelonés, desconocido para el público, pero un maestro en el campo de la creación de personajes para el cine y la publicidad. Otro ejemplo más de su buena suerte será el encuentro con el director de Pesadilla antes de Navidad (2003), Tim Burton.
A finales de los años noventa, Steffen Schäffler, un jovencísimo director alemán de la escuela de Berlín, contacta con Carlos Grangel y le propone rodar un corto con una historia de Daniel Defoe protagonizada por marionetas en stop-motion (un movimiento, un fotograma). Y así, de otra casualidad, nació The Periwig-Maker, una cinta de animación con muñecos. Ian Mackinnon y Peter Saunders, los mejores en este campo, fabrican las marionetas, salidas de los dibujos de Grangel, en su taller de Manchester (Inglaterra), donde al mismo tiempo trabajan en la construcción de un prototipo de marciano para la película Mars Attack, que dirige Tim Burton. Cuando éste ve las marionetas de The Periwig-Maker se entusiasma y de nuevo el destino toca con su varita mágica a Grangel. "Burton me pidió que acudiera a su casa de Londres. Me hablo de un guión sobre el que ya había hecho algunos bocetos -es un buen dibujante que ha publicado algunos libros para niños- y de que le gustaría que yo crease esos personajes. He visto lo que hacéis y me encanta', me dijo. Cuando yo le planteo que lo puedo hacer, pero desde mi estudio en España, me contesto lo mismo que Spielberg: Si tú creas bien en Barcelona y a mí me gusta tu trabajo, debes estar donde crees mejor. Una prueba de que Burton es un tipo muy inteligente y sabe que con un cruce de sangre el producto sale ganando".
Nació así la colaboración para La novia cadáver. Grangel y su equipo se pusieron manos a la obra, idearon mas de 82 personajes y les proporcionaron vida con unos trazos finos, ágiles. El papel del novio, Víctor, estaba prefigurado por los bocetos de Burton. Un hombre alto, estilizado, con los rasgos físicos del actor Johnny Deep. A la novia, Carlos la dibujó con dos hermosos ojos, una frente ancha y despejada y una boca sensual, carnosa. De un vistazo se reconocía en ella a la compañera y musa de Burton, la actriz Helena Bonham Carter. Dos años y medio después, el resultado les colma de orgullo. "El mundo de Hollywood es muy egocentrista y yo soy contrario a eso. Yo soy yo y mi equipo. Spielberg no hace películas sin nosotros y yo no creo ningún personaje sin mis compañeros. Un directivo de DreamWorks me dijo una vez que nosotros éramos como un pájaro exótico, que siempre les dábamos algo más que no se esperaban".
Aquellos dibujos de Tim Burton, estilizados, tiernos, han dado como resultado La novia cadáver, una fábula gótico-romántica, una poesía macabra muy divertida. Todo un cambio. El que va de dibujar unos personajes tan tiernos como la hipopótama Gloria o el desubicado león Alex, de Madagascar, al de imaginar unas figuras de ultratumba simpáticas, siniestras, pero humanas. "No ha supuesto ninguna contradicción. Me gusta esta estilización del dibujo, estas figuras tan altas en plan Giacometti".
Grangel se muestra entusiasmado con la última película de Tim Burton, de la que asegura que tiene otro nivel de exigencia que Pesadilla antes de Navidad. "Los personajes son más fluidos, más elegantes. La animación es más sofisticada, hay una ingeniería que no se ve". El interior de las marionetas, comenta el dibujante, es una maquinaria compleja. "Los cuerpos tienen un delicado mecanismo; los movimientos faciales son asombrosos; los fondos, la luz, todo es un trabajo más laborioso". La novia cadáver está inspirada en una fábula que cuenta cómo un joven, la víspera de su boda, decide irse a un bosque para ensayar la ceremonia nupcial. Cuando sus labios pronuncian el "sí quiero", coloca el anillo en la rama de un arbusto que empieza a moverse y entonces el joven descubre horrorizado la mano de una joven muerta, sepultada con su vestido de novia. La acción la sitúa Burton en la Inglaterra victoriana y refleja un mundo rígido, aburrido, donde sus habitantes se mueren de asco, mientras en otro mundo, alegre, feliz, desbordante de bailes, fiestas y risas, se desplazan los muertos, unos seres gorditos y risueños, contrapuestos a los rígidos seres del mundo real. "A Tim Burton le atrae el más allá; la vida después de la vida es para él algo mucho más divertido. Utiliza la rigidez de la época victoriana", comenta Grangel, "la ropa gris, negra, para hacer una parodia que contrasta con el color y la alegría del mundo de los muertos. Es una critica a la sociedad de consumo; en La novia cadáver te planteas para qué ganar dinero, para qué sufrir si en la otra vida te lo vas a pasar pipa".
LA NOVIA CADÁVER.
Marionetas de la película The Periwig-Maker de Steffen Schäffler (a la izquierda). Arriba, los personajes de Grangel para La novia cadáver, de Tim Burton. A la derecha, el protagonista Víctor, al que le presta la voz el actor Johnny Depp, y el rostro de la "novia".
En su estudio barcelonés de Hospitalet, muy cerca del barrio de la Torrassa donde nació, la mesa que ocupa está plagada de dibujos. Libros de arte, catálogos de exposiciones y un grueso volumen de Rock art in Africa que da pistas sobre el próximo tema para el que se inspira -la imagen de sus próximas producciones "es un top secret total"- se amontonan en las estanterías. En las paredes, sus criaturas: el perro Balto, el león Álex... En cambio, de sus primeros pinitos creativos no hay señales visibles. Carlos Grangel trabajó en los años ochenta para la editorial Bruguera. Creó un dúo, Andy y Charlie, la historia de dos reporteros que se metian en líos, pero a los dos meses de su debú la editorial cerró. Fan de Uderzo, de Gaston Lagaffe (un dibujante belga afincado en Francia) y los cómics de Tintín, Grangel creció entre su afición a dibujar, heredada de sus padres, y la admiración por los grandes dibujantes españoles de tebeos y cómics como Carlos Giménez (el autor de Paracuellos, Barrio), Ibáñez (Mortadelo y Filemón), Vázquez, Adolfo Usero, Segrelles... "Yo empezaba, tenía 17 años y ellos eran y son mis héroes", dice con nostalgia."Los jóvenes que empezábamos lo teníamos duro para ganarnos la vida con el cómic. Sobrevivían los cracks, y creo que ahora pasa lo mismo. Para la nueva generación, subirse al tren es imposible porque el tren está lleno y, además, los que están en él tampoco están a gusto porque no se les remunera como se les tenía que pagar.
Hay que reivindicar un precio por página digno. La mano de obra es excelente, es de primera fila. Si un dibujante de aquí trabajase en Los Ángeles, ganaría cuatro veces más y además estaría mucho mejor considerado profesionalmente".
Sabe de lo que habla. En sus inicios, Grangel trabajó desde Barcelona para las producciones Disney en la agencia de José Cánovas. Los trazos de Mickey Mouse, el Pato Donald o Winnie the Pooh no le son desconocidos. "Sí, yo hice muchos años eso. No me arrepiento en absoluto porque fue para mí una escuela, un modo de ganarme la vida y de que se me reconociera en ese sector". De ahí dio el salto a la animación, a dar vida a un personaje a través de miles de dibujos. "Un dibujante de cómic no es nunca un animador. Veinticuatro fotogramas por segundo pueden ser 12 dibujos por segundo. Por eso me inscribí en una escuela y aprendí la técnica".
En 1993, el estudio de Amblimation en Londres se cierra. Carlos Grangel no se siente a gusto en Londres, un país duro para el carácter latino, y está harto de llevar siempre el paraguas en la mochila. "Me acuerdo de un invierno en el que en seis meses no vi el sol". Regresa a Barcelona. Un año después, Spielberg funda DreamWorks SKG con Jeffrey Katzenberg -el hombre que dio nuevo impulso a los estudios Disney con La bella y la bestia, Aladino, Pocahontas, y David Geffen y Spielberg se acuerda entonces del chico moreno y nervioso que conoció en Londres. "Me propuso trabajar un año y medio en Los Angeles en la primera producción del nuevo estudio, El principe de Egipto. Y yo acepté". Lo recuerda con gratitud:
"Tú sabes lo que es que una compañía como DreamWorks, que tiene a toda la gente [más de 700 empleados] en su central de Bourban (California), me permita trabajar desde Barcelona... es algo que no se suele hacer". Y así fue como nació el mito de un dibujante español en Hollywood. "Ha habido un trato, un respeto, y hemos cumplido desde el primer día con una calidad y una creatividad que ellos buscan y nosotros se la podemos dar". Con la nueva que tiene en cartera, serán 12 películas las que Grangel Studio ha realizado para DreamWorks. "Tratamos de reinventarnos cada vez, queremos que nuestro trabajo tenga un sello, un grafismo y, como en EE UU, una piel. Ha de ser un dibujo que te diga algo. Es como la buena pintura, no puedes ir por modas, tienes que ir por sensaciones, porque por modas te quedarás siempre ahí; en cambio, por sensaciones te reinventas".
Quienes conocen cómo trabaja Grangel coinciden en definir sus creaciones como dibujos de formas muy elegantes. Y posiblemente sea ésa su principal cualidad. Su amor por la pintura -"absorbo y me inspiro. Veo un ingres, un velázquez o un vermeer y me apasiono"- es el que le da ese toque a sus personajes, muy construidos, con una base artística que se aprecia a simple vista. "Hacer un león en tres dimensiones, como el de Madagascar, no se consigue sin una buena base porque, si no, el resultado sería un muñeco absolutamente plano".
A la pregunta de si ha notado grandes diferencias entre trabajar con Tim Burton o con Steven Spielberg, Grangel afirma que pocas: "Spielberg es un gran visionario, tiene una camara en su cabeza, rueda antes de hablar. Tim Burton te lo dibuja. Spielberg es un gran entertrainer, es increíble lo que puede hacer. Las carreras de cuadrigas en El principe de Egipto las rodó con una audacia increible. Es un adelantado en el cine de animación".
Con Tim Burton sintonizó a la primera en cuanto vio los bocetos que le presento el director de Eduardo Manostijeras. "Decía que le leíamos el pensamiento cada vez que le presentábamos los diseños". Junto a Mike Johnson, Carlos Grangel y Mackinonn y Saunders, Burton desplegó su increíble fantasía en unos muñecos de alrededor de 45 centímetros de altura que se mueven, bailan y se sientan en incómodos sillones curvos, de clara inspiración gaudiniana. "Enseñamos Barcelona a Johnson y su equipo y se entusiasmaron con los edificios de Gaudi", aclara. Los muñecos de La novia cadáver han sido esculpidos por siete escultores británicos (algunos con la experiencia de haber trabajado en El señor de los anillos) y supervisados por Jordi Grangel, también escultor. Un trabajo que ha durado dos años y medio -"junto con El príncipe de Egipto y Spirit, es la película en la que hemos estado implicados más tiempo" -. Tanto lo han hecho que Tim Burton ha decidido que sea Grangel Studio el que controle la calidad y la producción de la comercialización de los muñecos. "Pero, ojo, no somos unos genios. Somos currantes. Cuando estas en racha no puedes parar. Como decía Picasso, si aparecen las musas, que te pillen trabajando".
El Pais Semanal Núm. 1.516 Domingo 16 octubre de 2005
Gente de ciudad por Laura Pérez
lunes, 3 de agosto de 2026
Verónica Grech, la ilustradora asturiana que conquistó en silencio a la prensa internacional
Además de trabajar para algunas de las cabeceras más importantes de Estados Unidos, también ha colaborado con marcas. Ha construido un universo visual basado en grandes planos de color, figuras sintetizadas y composiciones geométricas donde la línea desaparece
Verónica Grech en su estudio de Avilés (Asturias), en julio de 2026.
NICO RODRÍGUEZ
Ángela Rico
Avilés - 02 AGO 2026
Cuando Verónica Grech era una niña, en clase siempre se referían a ella como “la que dibujaba bien”. Tenía una habilidad natural. En el momento en el que se empezaron a encaminar los estudios, parecía que la opción más clara era Bellas Artes. Lo que no imaginó entonces era que acabaría ilustrando algunas de las cabeceras estadounidenses más influyentes desde su estudio en Asturias. “Cuando yo estudié, no se hablaba de ilustración, tampoco de cómic. Se estudiaba para ser artista, profesora, restauradora...”, recuerda Grech. “Era una gran lectora de cómic, pero no sabía que te podías dedicar a esto”, confirma.
Nació en Avilés y se licenció en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia. Pertenece a esa generación que vivió la transición entre el dibujo analógico y la revolución digital. Cuando empezó a trabajar, internet apenas comenzaba a transformar las profesiones creativas. Ella inició su carrera como diseñadora gráfica porque la ilustración no parecía una opción profesional. “En esa época fue cuando internet se popularizó. Mi interés por la ilustración surgió con internet; yo empecé como diseñadora gráfica, y de ahí di el salto”, explica Grech.
Ese recorrido dio un giro de 180 grados en 2013. Un trabajo para una revista canadiense llamó la atención de un director de arte del Boston Globe, que le encargó una ilustración para una portada relacionada con los deportes de invierno. Aquella imagen fue seleccionada posteriormente para una exposición de la Sociedad de Ilustradores de Nueva York y se convirtió en el punto de inflexión de su carrera. “Cuando publicas en un periódico de tanta tirada y te ven otros directores de arte, empiezan a llamarte”, explica.
Ilustraciones de Verónica Grech.
NICO RODRÍGUEZ
Esta historia resulta especialmente llamativa porque no siguió el camino habitual de muchos ilustradores españoles. Mientras intentaba abrirse paso en el mercado nacional, fue Estados Unidos quien primero entendió su lenguaje visual. “Incluso me han dicho que mi estilo no era muy español. Sin embargo, en Estados Unidos encajó. Mis imágenes creo que allí se leen bien”, considera. Ahora trabaja para algunas de las cabeceras estadounidenses más influyentes, como The Washington Post, The Wall Street Journal, Los Angeles Times, The Boston Globe o la revista femenina The Persistent. “La primera vez que me publicaron fue un subidón. Sentí muchísima emoción”, recuerda Grech, y reconoce que siente una especial afinidad por este tipo de medios que “hacen una labor de investigación muy importante, destapan escándalos y cuentan historias que ayudan a entender mejor el mundo”.
También ha trabajado con algunas marcas como Urban Outfitters, Vogue, Reebok, Desigual o Ford. Su trabajo ha sido reconocido por instituciones como la Society of Illustrators, American Illustration o Communication Arts Illustration. Su estilo es fácilmente reconocible. Durante años construyó un universo visual basado en grandes planos de color, figuras sintetizadas y composiciones geométricas donde la línea prácticamente desaparece. “Decidí que lo mejor era hacerlo sin línea. Mis ilustraciones se definen porque el propio dibujo lo generan los contrastes entre los colores. Me gusta mucho la geometría”, explica la artista.
Verónica Grech repasando una de sus ilustraciones.
NICO RODRÍGUEZ
En sus imágenes predominan los colores vivos, los personajes estilizados y una mirada optimista que rehúye el dramatismo, incluso cuando aborda asuntos complejos. “Quiero que mis ilustraciones gusten. Me gusta contar cosas que transmitan belleza, que arranquen una sonrisa. Me gusta hacer ilustraciones bonitas”, asegura Grech. Y admite: “Uso los colores a mi favor, juego con el color de una manera que no se espera”.
Detrás de la aparente universalidad de sus ilustraciones siempre asoma Asturias. Aunque sus trabajos hablan de moda, sociedad, cultura o estilos de vida contemporáneos, hay elementos que remiten una y otra vez al paisaje y al imaginario de su tierra. “Me encantan los chubasqueros amarillos, las camisetas de rayas o las gaviotas. Supongo que esa es mi influencia asturiana”, comenta. Esta huella se percibe con más claridad en algunos encargos. Estrella Galicia le pidió una etiqueta especial para celebrar el Día de Asturias y Grech imaginó una escena donde el protagonista era el puente romano de Cangas de Onís, varios personajes y unas madreñas voladoras.
Verónica Grech en su estudio.
NICO RODRÍGUEZ
Esa conexión con su territorio convive con proyectos de alcance global. Una de sus ilustraciones terminó formando parte de una campaña de la marca de helados Serendipity y acabó apareciendo en un videoclip protagonizado por Selena Gomez y BLACKPINK. Otra colaboración con la tienda Urban Outfitters hizo que sus dibujos se convirtieran en pósteres distribuidos por las tiendas de la firma estadounidense.
Después de años trabajando en digital, Grech parece estar regresando al origen. “He recuperado el rotulador y el papel. Quiero volver a la esencia. También al dibujo en blanco y negro”, cuenta, y matiza: “Cuando dibujo para prensa, es algo en lo que necesito ser rápida, entonces trabajo con la tablet; en prensa se trabaja en digital”.
Actualmente, desarrolla un proyecto personal centrado en retratar escritoras como Joan Didion o Sylvia Plath, mientras continúa colaborando con medios internacionales. Una vuelta a lo manual que no supone una ruptura, sino una nueva etapa dentro de una trayectoria construida con paciencia. Porque si hay una idea que atraviesa toda su historia, es la misma que repite cuando habla de su oficio. “Esto es una carrera de fondo, no un sprint. El estilo se va creando con los años. El estilo evoluciona, ya que se construye a partir de tus vivencias, tus intereses, tu personalidad. Si veo trabajos míos de hace años, hay alguno que cambiaría totalmente”, asegura la ilustradora. Al fin y al cabo, toda su carrera parece darle la razón. Desde Asturias, casi sin hacer ruido, acabó encontrando su sitio en alguna de las cabeceras más influyentes del planeta.
El Pais
domingo, 2 de agosto de 2026
sábado, 1 de agosto de 2026
Aventuras con un parche en el ojo
EL FARO DEL FIN DEL MUNDO
Una leve intervención ocular invita a repasar la lista de grandes personajes tuertos de la historia y la ficción
El conde Von Stauffenberg, en el centro con el parche en el ojo.
ZDF / Karl Höffkes
Jacinto Antón
23 MAY 2026
Una leve intervención ocular que me ha hecho llevar tapado el ojo izquierdo unos días y luego ver muy borroso (no se les ocurra ir a visitar así, como hice yo, la exposición Desenfocado, que acoge ahora Caixaforum Barcelona) me ha conducido a repasar la lista de grandes personajes tuertos de la historia y la ficción. Cuando vives la experiencia en tu propia piel, descubres, aparte del aire aventurero y fiero que te da el parche, lo de muy mala leche que te pone no ver por un lado, y lo difícil que es, por ejemplo, batirte en duelo o mirar por un catalejo si te equivocas de ojo.
Cada cual tendrá sus tuertos favoritos, pero yo, si he de escoger, me quedo de entrada con dos, uno real y otro ficticio. El primero es Claus von Stauffenberg, el valiente coronel del Estado Mayor alemán que le puso la bomba a Hitler en las postrimerías de la II Guerra Mundial. Stauffenberg había perdido el ojo izquierdo (el mismo que llevo tapado mientras escribo estas líneas) en Túnez, en febrero de 1943, a causa de un ataque aéreo que le costó también la mano derecha y dos dedos de la izquierda, entre otras heridas. Cómo, mutilado así, pudo introducir y montar su artefacto explosivo en la Guarida del Lobo es sorprendente (y explica en parte que fallara). Me imagino la sensación opresiva de sentirte tan limitado en el cuartel general del Führer, rodeado de tantos nazis y observando a Hitler solo a medias, y se me hace un nudo en el estómago. También me pongo con mucha angustia en el lugar de Stauffenberg mirando con su único ojo en sus últimos momentos al pelotón de fusilamiento a la luz de los faros de un coche en el patio del Bendlerblock, la noche de la fracasada Operación Valquiria.
Alain Delon con Claudia Cardinale, en 'El Gatopardo'.
Como al mutilado conde, le faltaba un ojo también a otro arrojado personaje de la segunda contienda, John Pendlebury, arqueólogo y agente británico fusilado por los enojados paracaidistas alemanes —Pendlebury había organizado la correosa resistencia local— durante la sangrienta invasión aerotransportada de Creta en mayo de 1941. En este caso, el ojo era también el izquierdo, aunque la pérdida fue de niño al herirse con unos espinos. Ambos, Stauffenberg y Pendlebury empleaban ojos de cristal (yo no he tenido que llegar a tanto, afortunadamente), alternando con el parche. Y se cuenta que Hitler pidió que le enviaran el ojo (artificial) del británico para certificar su muerte. Un tercer militar sin un ojo que combatió en la Segunda Guerra Mundial es el muy condecorado francocanadiense Léo Major, le fantôme borgne, el fantasma tuerto, que lo perdió (el izquierdo) en 1944, poco después de desembarcar en Normandía y a causa de la granada de fósforo arrojada por un SS. Ello no fue óbice para que continuara en la brecha y hasta como francotirador (!), y capturara en los Países Bajos, él solo, a 93 soldados alemanes, con lo complicado que sería contarlos. Luego se reenganchó para luchar en la guerra de Corea. Varios pilotos volaron con un único ojo en la segunda contienda, entre ellos el piloto de Zero japonés Saburo Sakai. El as de la Luftwaffe Karl-Wilhelm Hofmann usaba un parche porque a resultas de una herida en el izquierdo, no enfocaba bien.
Kirk Douglas como Einar, en la película 'Los vikingos', de 1958.
Decía que tengo un tuerto de ficción favorito, y este es el inolvidable vikingo Einar que encarna Kirk Douglas en Los vikingos, de Richard Fleischer (1957). A Einar, que había perdido el ojo (también el izquierdo: estoy en sintonía) al lanzarle a la cara su rival y hermano putativo Eric (Tony Curtis) un halcón, que ya es manera de que te desgracien la vista, le recuerdo sobre todo tratando de ajustar la visión con el parche para lanzar hachas a fin de cortar las trenzas a una joven acusada por su marido de adulterio (con el propio Einar). Eso es más desaconsejable con un solo ojo incluso que visitar la exposición Desenfocado.
En lo de perder un ojo, por cierto, Einar no hacía sino seguir la tradición escandinava que nos lleva a otro ilustre tuerto, el dios Odín, del que se dice que sacrificó uno de los suyos (de nuevo el izquierdo) para obtener el don de la visión profética. Los cómics de Thor y sus versiones cinematográficas muestran a su padre Odín con un parche dorado, incluso a veces integrado en el casco asgardiano. Sin salir de Marvel, tenemos ese gran tuerto (ojo izquierdo, a causa de la metralla nazi) que es Nick Fury.
James Joyce y Silvia Beach, revisando las reseñas sobre 'Ulises'.
Si hablamos de parches en el ojo, es obligado referirnos a los piratas. El más famoso de ficción, Long John Silver no llevaba (bastante tenía con lo de la pierna), pero la iconografía clásica suele brindarnos piratas, bucaneros y corsarios tuertos, entre ellos el patoso Ragetti de Piratas del Caribe. En realidad, parece que el uso del parche era para conservar la buena visión de al menos un ojo al pasar de la cubierta del barco a los niveles inferiores y viceversa sin deslumbrarse, de forma que se podía apuntar mejor las armas personales y la artillería del buque. No sabría decir, aún no he practicado lo bastante. El único otro pirata con problemas de visión que me viene a la cabeza es Pew, nefasto y malhadado mensajero de La isla del tesoro, pero era totalmente ciego: no sé si vale por dos piratas tuertos.
Angelina Jolie, en una imagen de 'Sky captain y el mundo del mañana'.
En el mundo clásico tenemos los cíclopes, a los que se puede considerar bastante tuertos. Las hermanas grises, engañadas por Perseo, tenían un solo ojo para las tres. Uno de mis romanos favoritos, Horacio Cocles, el héroe del puente Sublicio y de Macaulay, capitán de la puerta, defensor de las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses, se apellidaba así, Cocles, por ser tuerto, a causa de un combate según algunas fuentes. Curiosamente, al igual que Cocles, uno de los personajes míticos de Roma, era tuerto también el mayor enemigo que tuvo la ciudad eterna: Aníbal. El general cartaginés perdió el ojo derecho (y todos sus elefantes menos uno, que debían costar un ojo de la cara, y perdón por el chiste) durante el arduo cruce de los Alpes para invadir Italia, lo que no le afectó para conseguir victorias con gran visión estratégica como la de Trasimeno o la de Cannas.
Tuerto asimismo (ojo derecho), a causa de una flecha que le hirió durante la campaña contra la colonia ateniense de Metone, era el padre de Alejandro Magno y creador del ejército que le permitió conquistar Asia, Filipo II de Macedonia. Le trató la herida (gracias desde aquí por la información oftalmológica a los doctores Miserachs y Castillo) el célebre médico griego Critóbulo, un as en el uso de la así llamada “cuchara de Diocles”, instrumento muy efectivo para retirar puntas de flecha.
Gijs Naber como Hagen en la serie sobre el personaje.
Stanislav Honzík (Constantin Film)
No tuvo la suerte de Filipo de sobrevivir a un flechazo en el ojo el rey sajón Harold, alcanzado durante la batalla de Hastings (1066), así que solo podemos considerarlo tuerto un rato muy corto. También sería tuerto Hagen, el legendario guerrero rival y némesis de Sigfrido, lo que no le impidió acertarle al héroe donde más le dolía.
Entre los militares famosos tuertos destaca, por supuesto, Moshé Dayán, al que le quedaba el parche como a nadie (he tratado de colocármelo así y no es fácil, claro que yo tengo mucho más pelo). Perdió el ojo (izquierdo) cuando luchaba en la Segunda Guerra Mundial contra los franceses de Vichy, al recibir un disparo mientras miraba por los prismáticos y entrarle cristales en el globo ocular. He de matizar que si buscamos a alguien que haya ejemplificado lo bien que puede quedar un parche de ojo (en este caso provisionalmente) hemos de referirnos a Alain Delon encarnando al guapo Tancredi Falconeri, el oportunista sobrino garibaldino del Príncipe Fabrizio de El Gatopardo. Ahora caigo en la casualidad de que un tuerto que nos impactó tanto en nuestra juventud (gracias por recordármelo, Toni Polo), el irredento malvado Falconetti de Hombre rico, hombre pobre, tenía un apellido casi homónimo del personaje de Lampedusa. ¿Casualidad o un guiño (!) del novelista Irwin Shaw al clásico?
Moshé Dayán, político y militar israelí, habla ante la prensa en Tel Aviv en su primera comparecencia tras tomar posesión como ministro de Defensa del país, el 3 de junio de 1967.
AP
También era tuerto el general Wavell (ojo izquierdo, Ypres). Y en la ficción, al igual que el Stauffenberg de Tom Cruise en Operación Valquiria, el coronel de la Abwehr Max Radl (James Duvall) en otra película de nazis: Ha llegado el águila. Ah, y casi me dejo al almirante Nelson (ojo derecho, al entrarle tierra de un cañonazo en el asedio de Calvi), que debía guiñarle el bueno a Lady Hamilton. Entre las mujeres tuertas, la princesa de Éboli (gran combinación de parche en ojo derecho con gorguera). Se le atribuye sufrir estrabismo (severo) o haber recibido una estocada de florete practicando con un paje, que es más romántico (y doloroso). Otra mujer con parche era la piloto de Fórmula 1 María de Villota (ojo derecho, terrible accidente como piloto de pruebas para Marussia en 2012, a resultas del que murió un año después tras parecer recuperarse).
La piloto de carreras María de Villota.
efe
En este repaso no podemos dejar de mencionar cuántos directores de cine han sido, paradójicamente, tuertos: Fritz Lang, John Ford, Raoul Walsh, Nicholas Ray y —da que pensar— no les salieron malas películas. Sin dejar el cine, mezclando actores y personajes, Rochefort, el secuaz de Richelieu, que lleva parche en las adaptaciones cinematográficas de Los tres mosqueteros, pero no en la novela; Elle Driver, la asesina tuerta de Kill Bill; Sammy Davis Jr., Peter Falk (retinoblastoma en el ojo derecho), el Snake Plissken de Kurt Russell de Rescate en Nueva York (1980), la aviadora naval Francesca Cook de Angelina Jolie en Sky Captain and the World of tomorrow, el villanesco Diácono de Dennis Hopper en Waterwold, el pistolero cazarrecompensas Rooster Cogburn de John Wayne y (remake) Jeff Bridges en Valor de ley… Incluso a Sauron lo podríamos considerar tuerto, ya que estamos.
Jeff Bridges, en el 'remake' de los hermanos Coen de 'Valor de ley'.
Pintores como Degas sufrieron problemas oculares. No olvidemos al torero del parche, Juan José Padilla, El pirata (ojo izquierdo, cornada). Entre los escritores, Alice Walker, Tísner y Joyce (glaucoma, ojo izquierdo). Y Rushdie, tras el último atentado.
Y hasta aquí hemos llegado, que se me emborrona ya la vista: “Este que —de Neptuno hijo fiero—/ De un ojo ilustra el orbe de su frente,/ Émulo casi del mayor lucero”, Polifemo.
El Pais Sábado 23 de mayo de 2026
jueves, 30 de julio de 2026
El castillo, el teleférico y los nazis
EL FARO DEL FIN DEL MUNDO
Regreso al Schloss Adler y a ‘El desafío de las águilas’
Un entusiasta y divertidísimo libro de Geoff Dyer invita a revisar la icónica película bélica de Richard Burton y Clint Eastwood y la novela de Alistair MacLean
Clint Eastwood, Richard Burton y Mary Ure en una escena de 'El desafío de las águilas'.
Pictorial Press Ltd (Alamy Stock Photo)
Jacinto Antón
18 JUL 2026
Me ha sorprendido descubrir cuánta gente conocida es fan de la película El desafío de las águilas (1968) y del autor de la historia, escrita directamente para la pantalla, Alistair MacLean, que la convirtió luego en una novela tan estupenda como el filme. Entre los que admiran la película de Brian G. Hutton y al autor escocés están nada menos que Michael Ondaatje, el novelista de El paciente inglés (una historia bastante más sutil, ciertamente), Steven Spielberg, que la ha destacado como su favorita del género bélico, y un escritor que me encanta desde que leí su preciosa —especialmente la primera parte— Amor en Venecia, muerte en Benarés (Random House, 2010), Geoff Dyer.
Con Dyer nos unen varias cosas: somos casi de la misma edad (68 años, él unos meses más joven), a los dos nos gusta viajar y hemos tenido desencuentros con la aurora boreal —véase el capítulo al respecto en su libro Arenas blancas (Random House, 2017)—, y nos tiene robada el alma la espada Stormbringer del Elric de Melniboné de Michael Moorcock. Además, ambos hemos estado a bordo de un portaviones estadounidense en misión de combate para escribir una historia. Dyer embarcó en el USS George H. W. Bush y yo lo hice, con el fotógrafo Guillermo Cervera y mucho susto, en el USS Harry S. Truman, también puro musculado estrépito. De mi estancia salió un reportaje y de la del escritor un libro estupendo, Another great day at sea (Pantheon Books, 2014). Tanto él como yo éramos de largo los mayores en nuestros barcos y Dyer el más alto.
Geoff Dyer.
Agence Opale (Alamy Stock Photo)
Pues bien, el otro día, husmeando por la librería Foyles de Londres fui a dar con un librito (120 páginas) del escritor que no tenía ni idea de que existía. Se trata de Broadsword calling Danny Boy (Penguin, 2018) y al tomarlo en mis manos me puse literalmente a temblar de emoción (y mira que hacía calor en Londres). El libro está consagrado a hablar de la película El desafío de las águilas y su título alude, como habrán deducido los fans del filme, al código radiofónico que usa el mayor británico Jonathan Smith (Richard Burton) para comunicarse con los que lo han enviado, junto al teniente estadounidense de los Rangers Morris Schaffer (Clint Eastwood) y la agente Mary Ellison (Mary Ure), a una peligrosa misión de comandos en un castillo nazi, Schloss Adler, el Castillo de las Águilas, en las montañas bávaras. En la versión española de la película, el código, que Smith/Burton emplea en diversas comunicaciones, con su inolvidable énfasis shakespeariano, era “Espada llamando a Daniel”. En inglés la frase se ha convertido en un lugar común instalado en la psique nacional.
Descubrir que Dyer es un apasionado de El desafío de las águilas, Where eagles dare, Donde se atreven las águilas, que es el título original de esa apoteosis de la aventura con castillo, teleférico, nazis y agentes dobles y triples, me ha encantado. Pero es que al leer el libro me he enterado de que compartimos todavía muchas más cosas de lo que creía. Por ejemplo, Dyer cita con entusiasmo el libro que yo también tengo The nazis, de Piotr Uklański (Patrick Frey Edition 1999), un volumen convertido casi en obra de culto que recoge a toda página 164 fotos de actores de cine que se han caracterizado de personajes del III Reich para otras tantas películas. Están ahí en uniforme pardo o negro, desde Robert Duvall y Michael Caine en otra peli de águilas, Ha llegado el águila, hasta Lee Marvin y Charles Bronson en Doce del patíbulo, pasando por James Coburn en La cruz de Hierro, Marlon Brando en El baile de los malditos, James Mason como el Rommel de El zorro del desierto, Ralph Fiennes en La lista de Schindler, Helmut Berger en Salon Kitty o Robert Vaughn en El puente de Remagen, entre otros muchos.
Derren Nesbitt (de negro SS), Anton Diffring y Ferdy Mayne encarnando a los nazis principales de 'El desafío de las águilas'.
LANDMARK MEDIA (Alamy Stock Photo)
Dyer habla en Broadsword calling Danny Boy de su pasión juvenil por el Action Man con la equipación de patrulla de esquí que remite tanto a Los héroes de Telemark, otro atrevido raid y otra gran película, como a las parkas blancas de las rudas tropas de montaña alemanas, Gebirgsjäger, los tipos de la Edelweiss, que custodian el abrupto reducto alpino de El desafío de las águilas y con cuyo uniforme se disfrazan Burton y sus comandos. También confiesa su fascinación por la metralleta Schmeisser y la pistola Luger (esos iconos de la Segunda Guerra Mundial y que en nuestra inocencia de niños de los años sesenta pedíamos por Navidad). Y su largo romance con las maquetas de aviones para ensamblar de Airfix (sus favoritos son el B-17 y el Avro Lancaster). Vamos, Dyer, uno de los nuestros (o nosotros unos de los suyos).
El libro, dice su autor, es un “inventario narrativo de mi propio repertorio de detalles y observaciones, acumulados a lo largo de muchos años y múltiples —y a menudo parciales— visitas”. Vamos, que dicho de otra manera, es un recorrido personal por El desafío de las águilas, “que forma parte de quien soy”, en el que Dyer desmenuza el argumento y profundiza en aspectos que le interesan o divierten. En buena medida es una gran, genial gamberrada, llena de ingeniosos y a veces disparatados comentarios de ribetes montepythonianos, juegos de palabras y mucha ironía, y que ofrece abundante información sobre la creación y desarrollo de la película. Por ejemplo, el fallo de que salga un helicóptero Bell 47, que no existían aún, pistolas con silenciador dignas de las pelis de James Bond o que uno de los mandos alemanes tenga el rango de Reichsmarschall, que solo ostentaba Goering.
El escritor Alistair MacLean.
National Portrait Gallery London - www.npg.org.uk (National Portrait Gallery London)
Dyer comienza con la primera secuencia, en el avión que lleva a los comandos y que sobrevuela un paisaje alpino nevado mientras se suceden los títulos de crédito. Subraya que aunque parezca que estamos en un filme de horror de la Hammer dirigiéndonos al castillo de Drácula en Transilvania, nos encontramos a bordo de un Ju-52 capturado a los alemanes. Pasa a describir a los siete pasajeros, entre ellos Burton y Eastwood. Apunta que la razón de Burton para meterse en esta película es claramente monetaria: sacará un montón de dinero que le servirá para comprar a su moderna Cleopatra (Elizabeth Taylor) cosas como un reactor privado o joyas fastuosas, entre ellas el diamante Krupp y la perla La Peregrina. De hecho, Liz visitará a menudo el set de rodaje (los contratos de ambos estipulaban que tenían que poder comer juntos) y se hará fotos con Burton y el resto del elenco caracterizados de militares alemanes. A Burton le convence para participar en la película, además de la pasta, el que Gregory Peck haya quedado tan digno protagonizando ocho años antes la similar, aunque climatológicamente tan distinta, Los cañones de Navarone.
El autor recuerda que el título de la película (y la subsiguiente novela) no es de MacLean, que era muy malo poniéndolos, sino que, aunque suena al lema del SAS “Who dares wins”, quien se atreve vence, lo inspiró el nombre del propio castillo, Adler, y es en realidad de Shakespeare, del Ricardo III, cuando se dice que el mundo está yendo tan mal que los chochines cazan donde las águilas no se atreven (dare not) a posarse.
Clint Eastwood con una Schmeisser en el set de rodaje de 'El desafío de las águilas'.
Dyer comenta con bastante sorna el personaje de Eastwood, con un peinado “post-Elvis”, señala, y un laconismo y falta de expresividad dignos de un pistolero con poncho. Dice de su método actoral que su único registro es entrecerrar los ojos, lo que lo hace monosilábico en términos de expresión facial. Al respecto, lo compara con Steve McQueen, maestro, dice, en la manifestación de una nada interior, y con otros actores sobrios como Charles Bronson o Marvin. Al que no se le puede aplicar lo de actor sobrio es a Burton, que, esto lo recuerda Jack Webster en su biografía de Alistair MacLean (Chapmans, 1991), paró, para charlar con el escritor, una escena en la que debía trepar por un muro y en una hora y media se zampó cinco vodkas largos. Entonces volvió al set y subió el muro sin contratiempos. En un encuentro posterior, el actor y MacLean, que bebía como un escocés, se liaron a puñetazos y Burton acabó en el suelo de un derechazo a la nariz.
El autor reflexiona sobre el grado de eficacia de las operaciones secretas del SOE británico tras las líneas enemigas (cuestionando de paso el concepto) y trae a colación a John Keegan y a Max Hastings y el juicio de ambos de que la aportación de ese tipo de guerra no fue mucha. El comando tiene que rescatar a un general capturado que posee secretos sobre la apertura del segundo frente, pero Burton tiene su propia agenda (y valga la palabra dado que las agendas tienen un papel tan importante en la trama; como lo tiene la Escopolamina).
Las escenas en el teleférico —el castillo es tan inaccesible que deja Colditz a la altura de un balneario— son de lo más emocionante del filme, sobre todo para los que se caen. Dyer les dedica espacio a esas escenas y también a la de la reunión en que se enreda y se desenreda el intríngulis de espionaje de la historia y ya no sabes quién es quién (siempre hay un último giro), excepto el bueno de Clint Eastwood que frunce el entrecejo más de lo habitual. Dyer relaciona la escena con la de la taberna de Malditos bastardos de Tarantino, una de las muchas influencias de El desafío de las águilas en ese filme.
Foto publicitaria de 'El desafío de las águilas'.
Aunque Dyer se empeña en buscarle carga erótica a la relación entre el SS-Sturmbannführer Von Hapen (Derren Nesbitt), “la bestia rubia”, y las dos chicas en el bando de los buenos, Mary y Heidi (Ingrid Pitt), sugiriendo incluso que el nazi, tan malo que sale dos veces en el libro de Uklanski, trata de montar un trío, la verdad es que en El desafío de las águilas como en otras pelis y novelas de MacLean no hay prácticamente sexo: todo va demasiado deprisa y el escritor era bastante puritano. Lo más libidinoso es la manera en que Eastwood lubrica la Schmeisser.
El Pais Sábado 18 de julio 2026
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