sábado, 11 de abril de 2026

Un mapa desconocido

La Hora del Bocadillo


De la fértil imaginación de uno de los grandes nombres del Cómic nacen personajes, criaturas y parajes pertenecientes a un nuevo mundo



José Luis Vidal

05 de abril 2026 


Hablar de Mike Mignola es referirse a este autor norteamericano como el creador de un famosísimo personaje, que incluso ha traspasado el mundo de las viñetas para saltar al medio cinematográfico (con desigual éxito, todo hay que decirlo) e incluso al de la animación y los videojuegos.

Por supuesto, me estoy refiriendo a este grandullón de piel roja, cuernos cercenados y que lucha dentro de la organización ultra secreta AIPD contra el Mal en todas sus manifestaciones, ya sean vampiros, ghoules, hombres lobo o temibles supervivientes del nazismo.

Mignola comenzó trabajando para una de las grandes editoriales norteamericanas, Marvel, ilustrando las aventuras de un peculiar y malhablado mapache que, curiosamente, se haría ultrafamoso años después gracias a su versión fílmica.

De ahí llevó a las viñetas, dentro del sello First Comics, Las Crónicas de Corum, escritas por uno de los grandes del género fantástico, Michael Moorcock, y, dando un salto, se coló en las páginas de DC Comics para encontrarse con uno de sus personajes más clásicos, Phantom Stranger.

La reputación de Mignola como artista que comenzaba a despuntar y que tenía un especial gusto y talento para llevar a las viñetas mundos fantásticos le convirtió en una presencia necesaria en proyectos tan especiales como Mundo de Krypton (junto a John Byrne) u Odisea Cósmica, escrita por Jim Starlin, obra esta que hace que su status como autor suba como la espuma del champán.

A partir de aquí, innumerables portadas para diferentes editoriales, que las consideraban un auténtico lujo, y proyectos en los que el talento del dibujante brillaba, dando rienda suelta a un estilo que hoy en día es totalmente reconocible: Triunfo y Tormento, Gotham Luz de Gas

Pero el inquieto Mignola, en su cuaderno de bocetos, había plasmado a un tipo bastante peculiar. Un enorme demonio, con expresión de enfado, que con el tiempo se fue transformado y adquiriendo el aspecto que hoy en día todos reconocemos. Fue bautizado como Hellboy, y el resto, como suele decirse, es Historia del Cómic, ya que a lo largo de los años, dentro de la editorial independiente Dark Horse, Mignola ha ido construyendo, como si de un afamado arquitecto se tratara, un vasto universo de ficción, genial combinación de terror, fantasía y, por qué no decirlo, algunas pizcas de humor.

Basándose en mitos y leyendas, Mignola los ha utilizado como argamasa para crear personajes tan potentes como Abe Sapine, Koshchei, Miss Truedale, o todos y cada uno de los miembros de la organización AIDP a los que iremos conociendo.

Pero claro, un solo hombre, por muy talentoso que sea, es incapaz de llevar adelante este vasto universo, por lo que con la generosidad y buen ojo que le caracteriza, Mignola ha cedido sus creaciones a otros grandes de la viñeta como John Arcudi, Christopher Golden, James Harren, Richard Corben, Gabriel Hernández Walta o una de las últimas y talentosas incorporaciones, el también español Álex Nieto.

Pero en esta ocasión, tras este largo pero necesario preámbulo, vengo a hablaros del último trabajo de Mignola, que en su momento nos dio un gran disgusto a sus fans haciendo pública su retirada de los cómics.

Afortunadamente, este fue un pensamiento pasajero, y como él mismo relata en este volumen publicado por Norma Editorial, de sus lápices comenzaron a surgir nuevos personajes y lugares, inesperadas piezas de lo que, con el tiempo, se convertiría en el contenido de Jugando a bolos con cadáveres y otras historias extrañas en tierras desconocidas, largo título que nos lleva a un recién estrenado mundo, dentro de un entorno que recuerda al periodo medieval, hábilmente mezclado con ese tono tétrico que tan bien se le da al autor. En el camino vamos a toparnos con muertos vivientes, demonios, vampiras y animalillos parlantes, entre otros.

En un buen puñado de relatos conoceremos la peripecia de Yeb, apodado El Cuchara, que marchará de su pueblo para conocer mundo. ¡Y vaya si lo hará! Ya que sin él proponérselo, librará a un pueblo de una oscura presencia.

Obviamente, toda creación de un nuevo mundo tiene sus mitos, leyendas y deidades, y este no podía ser menos, así que Mignola nos presentará, entre otros, al poderoso Dragón, Padre de todo lo que existe sobre la faz de esta tierra.

La búsqueda de la vida eterna puede acarrear más de un problema, y si no que se lo digan al protagonista del relato titulado La inmortalidad es polvo

Y así, varias geniales historias más que, como si de partes de un enorme tapiz se trataran, irán conformando unos lugares a los que vamos a querer regresar otra vez, de la mano de su talentoso creador, Mike Mignola, que nos sirve de imprescindible guía en estas desconocidas tierras.


Diario de Cadiz



jueves, 9 de abril de 2026

Nuevo descubrimiento de Veronese

El Museo del Prado dedica una exposición al maestro con la que desmiente su reputación en la historiografía oficial y lo reivindica como figura clave en la evolución de la pintura europea


La cena en casa de Simon (1556-1560), de Paolo Veronese, procedente de los Museos Reales de Turín.

Por Enrique Andrés Ruiz

Mientras lo estuvimos llamando "Veronés", era un pintor -uno de los grandes, desde luego— aunque algo difuminado entre las otras personalidades, más estridentes y ruidosas, de Tiziano o de Tintoretto, cuyas siluetas se recortaban con más nitidez al contraluz de aquella época, ya de por sí una cima histórica. Con la magnifica exposición dedicada ahora a Paolo Veronese (1528-1588) concluye el recorrido de casi 20 años (los Bassano, liziano, Tintoretto...) con el que el Prado ha descrito la línea troncal de la colección veneciana de los Austrias que anima su propia identidad de museo y, de paso, la genealogía mas ilustre de la pintura española.

Pero esa condición específicamente pratense no es lo que más im-porta. Las interdependencias entre las diversas secciones de la muestra tienen la virtud de plantarnos ante un pintor muy diferente, en gran medida redescubierto. Por un lado, está su difícil cronología, los maestros (Rafael o el Parmigianino) cuyos ecos recoge el joven pintor que forja su estilo, y están los discípulos (Rubens) imposibles mas tarde sin su influencia. Por otro, está la recreación de su proceso de trabajo y el del taller, que debieron de ser trepidantes, al menos desde que los encargos venecianos se hicieron abrumadores. Y está la crucial implicación de la arquitectura, el teatro en el que se hacía realidad la ficción celeste de la pintura, superior a la verdad de la vida.

En la sala principal, la arquitectura sirve, sobre todo, para acusar el contraste entre la serenidad escénica de Veronese y la abismada perspectiva de Tintoretto, sobre la que cualquier elemento parece desperdigado. Y está, finalmente, el dramático pintor en que se convirtió al cabo de su vida quien había sido antaño el artista más jubiloso del Renacimiento. Quiero decir que todo esto contradice aquella visión, casi espontánea, de un pintor que se agotaba en su papel de hilo musical de época.


Disputa de Jesús con los doctores 1550 - 1556, de Paolo Veronese, Museo del Prado, Madrid.


Nacido en Verona en una familia de canteros y familiarizado desde niño con las edificaciones, el joven Paolo llegó muy joven a Venecia, después de trabajar en Roma y en otras ciudades del norte. Verona, entonces, caía bajo la jurisdicción de Venecia, el emporio mediterráneo del comercio, la política y el arte — y la exhibición de su magnificencia—. No batalló como otros con las uñas y los dientes; desplegó una irresistible habilidad social entre los grandes, del tipo de los Gonzaga. Sirvió, en la bandeja más resplandeciente y suntuosa, a sus demandas de refinamiento y de alegría de vivir. Fue celebrado unánimemente, no despertó desavenencias. Vasari le dedicó un capítulo en las Vidas. De él bebieron el Greco, Rubens, Van Dyck y desde luego Velázquez, quien compró algunas de sus obras maestras para el lúgubre alcázar del que Felipe IV quería hacer un palacio italiano, entre ellos, el extraordinario Venus y Adonis —el temblor de la luz filtrada entre las hojas...—. En el Prado se pueden ver cualquier día el pequeño Moisés salvado de las aguas o la imponente Disputa de Jesús con los doctores... Pero otras obras maestras llegan ahora desde más lejos: de Turín, La cena en casa de Simón, y de Edimburgo, el encantador Marte, Venus y Cupido; de la Borghese, La predicación de san Juan Bautista, una extraña escena hecha con nada, a punto de quedar disuelta en el charco de las imprimaciones.

Una cierta mirada moderna posterior al Romanticismo, a grandes rasgos, se aferró a la personalidad de los artistas y buscó en la gestualidad sus huellas más idiosincráticas, la rúbrica del estilo. La apresurada narración histórica fue hilvanada, así como una epopeya de héroes diferenciales y casi incomunicados. A las melodías apacibles y a los compases equilibra dos se les supuso falta de profundidad, de personalidad. Pero hay que fijarse mejor. Vemos figuras al abrigo de una sombra coloreada (Martirio de san Mena) que abre el camino a las de Velázquez; bizarrías tan retorcidas como las de Cupido entre dos perros, de Múnich; arboledas y ensenadas de miniaturista que prefiguran a Watteau; abismos visionarios, como el de San Antonio predicando, que hubiese querido para sí, no sé, Arnold Böcklin...

En varios de sus Salones, Baudelaire constató lo que Delacroix le debía. El deseo de Cézanne de pintar cuadros "como los de los museos" se refería, sobre todo, a Veronese, de quien su madre le dijo que debía aprender. Para Bernard Berenson, Paolo Caliari era todavía superior a Tiziano y Tintoretto. Sin embargo, un día, de pronto, ese renombre como faro del futuro - pintor de pintores", se ha dicho - se desvaneció coincidiendo con el esquematismo de la popularización cultural y con las derivaciones de la historia formalista.

Entre sus desmentidos, esta exposición nos ofrece el de un pintor superficial y homogéneo, en gran parte resultado de su consideración, casi exclusiva, como autor de las colosales bodas o cenas del Louvre o de Turín, verdaderas gestas técnicas demasiado apoteósicas para una subjetividad más lírica, por decirlo así. Por el contrario, descubrimos aquí a un artista inesperadamente diverso: está, sí, el luminoso pintor del día soleado -"Tintoretto (verano), Veronés (primavera), que decía Alberti en su tratado—, pero también otro barroco y truculento, y otro prácticamente rococó. Al final, tras la terrible peste de 1575 y la represión herética que siguió a Trento, hay un pintor que ha renunciado a la fiesta tras las balaustradas y a la audacia colorista, y se ha replegado en unos lienzos aflictivos y patéticos, como Moisés ante la zarza ardiente. Fue a partir de entonces cuando Venecia construyó, en una imagen retrospectiva de lo perdido, la leyenda que buscaron los poetas: Byron y James, Proust y Thomas Mann. En su versión más clásica, esa imagen es de Veronese. Murió antes de cumplir los 60 años. Fue otro del que llamábamos "Veronés". Fue muchos en uno, y en cada uno de ellos fue siempre inconfundible, eso es lo misterioso.Paolo Veronese. Museo del Prado.

Madrid. Hasta el 21 de septiembre.


Babelia Núm. 1.750   Sábado 7 de junio de 2025




Sketchbook John Byrne (y 2) (Kaleidoscope Producciones)

 




























Sketchbook John Byrne (Kaleidoscope Producciones)

 



Kaleidoscope Producciones Sketchbook John Byrne Enero/Febrero 2000. 
Edición limitada sin ánimo de lucro y de indole informativa.
Dedicamos este número a Manuel Muñoz, por su colaboración y ante todo "amor" a la obra de John Byrne.
Santiago Navarro Carretero (Editor), Marc Salinas (Diseño), José M.R. Bouza (Mentor), Rosa Salado (Traductora), Manuel Muñoz, Gonzalo Masó, Julian Soriano y Santiago Hidalgo (Colaboradores Especiales).
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