martes, 2 de junio de 2026

El prolongado sueño del Sr. T. Max La Cúpula


Con El prolongado sueño del Sr. T. (Premio al Mejor Guión en el Saló de Barcelona de 1998), Max ha salido en busca de una quimera a la que parece haber renunciado la inmensa mayoría de los supuestos grandes autores del cómic español: la obra adulta, personal y de envergadura. La obra importante, que se sitúe en un paso de madurez superior a los personajes de éxito, los géneros o las fórmulas comerciales.

Para lograrlo, Max ha concebido un viaje onírico de 75 páginas. Se trata del sueño de Cristóbal T., empleado de ferretería que permanece 40 días dormido y, al despertar, redacta lo que ha soñado, de manera que la obra sólo nos cuenta su experiencia interior (el resto de la información viene dada en el prólogo literario). El sueño, que incluye diferentes personajes y episodios (El sueño de Su, El sueño de Sara, El sueño de Scallywax) es, obviamente, un proceso de renacimiento y aprendizaje para el soñador, una epifanía que le hará reevaluar su vida con nuevos ojos. Como no sabemos de la vida de Cristóbal T. sino lo mínimo (el nombre ya anuncia la austeridad kafkiana de la caracterización), la historia toma tintes universalistas y generacionales. Lo que nos está contando Max no se refiere a un personaje concreto, al desnudo - gráfica y emocionalmente- Cristóbal T., sino a todos los que compartimos su rasgo definidor: entrar en la madurez -pasar la treintena- aplicados al desalentador molde que nos impone este modelo social. Flotar a la deriva en ese mar de agua psíquica que comunica todos los rincones de la mente del Sr. T. sin encontrar un tablón al que agarrarnos.


El problema de tocar estos temas utilizando como vehículo el mundo de los sueños y su conocida y flexible simbología, reside en las dificultades que encontrará el autor para eludir la simpleza y la laxitud en un escenario donde, al fin y al cabo, todo se rige por unas reglas desconocidas que el guionista puede ir inventando sobre la marcha. Es decir, es muy sencillo hacer parábolas sobre la vida recurriendo al lenguaje de los sueños, lo difícil es conseguir un resultado serio. Max lo logra con éxito durante buena parte de la obra, gracias a sabias artimañas como construir un thriller onírico cuyo misterio nos inquieta constantemente (a pesar de la incomprensible torpeza de anunciar en el prólogo que "Las páginas que siguen son una transcripción gráfica de su relato", lo cual quita cualquier dramatismo a las amenazas que sufre el protagonista a lo largo del mismo, pues ya sabemos que ha sobrevivido) o el intercalado de historias menores dentro de la global, que permiten variar el registro del relato y distraer la atención del lector del esqueleto principal, dándole una impresión de mayor complejidad. También el tratamiento gráfico ayuda a añadir densidad a la historia. Max, que como historietista e ilustrador está dotado para la más elaborada filigrana, lleva años buscando deshacerse de la brillantez y el resplandor de los tiempos de El canto del gallo, en un viaje hacia las profundidades de la expresividad que le honra y aumenta su talla como autor. El prolongado sueño del Sr. T. le muestra en su estado de mayor despojamiento hasta ahora, zambulléndose deliberadamente en lo feo, lo roto, lo vacío, lo simple, y obteniendo páginas de una bellísima crudeza que, realmente, no necesitaban del en ocasiones excesivo texto para transmitir la textura literaria a la que la obra tan decididamente aspira. Este inconformismo define el tono gráfico de El prolongado sueño, pero no todos sus matices, porque a lo largo del tebeo afloran otros estilos, según lo requieran las circunstancias, que se diferencian del principal por la planificación, por el diseño de página o por el entintado. Todo, por supuesto, al servicio del relato, ya que Max es un narrador excelente y su único empeño es contar una historia mediante viñetas con la mayor claridad y efectividad posibles.

Lo cual me hace preguntarme qué clase de absurda inseguridad o miedo a la incomprensión le ha hecho rematar El prolongado sueño del Sr. T. de manera tan obvia e innecesaria como lo remata. El final (las seis últimas páginas, desde luego, aunque yo lo ampliaría hasta las 12 últimas, incluyendo la "clave" en plan Calpurnio) no deja cabos sueltos, pero no porque los ate, sino porque los disuelve. Tras el sueño, el psicoanálisis barre las ambigüedades. Es como desarrollar una alegoría en un soneto y emplear el último terceto en explicar de qué se trata. Tan anticlimático y tan explícito es este final, que hace añicos la atmósfera creada por las páginas anteriores y reduce drásticamente su potencial evocativo.

Habrá quien piense inmediatamente en la New Age. Yo no llegaré tan lejos, entre otras cosas porque me temo que la relación entre la ficción moderna, el newagismo y el alma perdida de Occidente es tema demasiado gordo para meterlo en cintura aquí.

Así que al fin, ¿cazó Max a la quimera? Tal vez no, pero al menos pegó un par de tiros en la dirección por la que agitaba los arbustos. El prolongado sueño del Sr. T. es una obra demasiado ingenua, pero también es por momentos vibrante, siempre arriesgada y ambiciosa, fascinante visualmente e indudablemente inquietante si abandonamos su lectura en la página 64 (según la numeración interior de las viñetas). Ojalá Max tenga estímulos y ánimo para insistir en este camino, porque necesitamos esfuerzos de este calibre por parte de autores de su calibre, de los cuales no hay muchos y menos aún dispuestos a intentarlo. Sea con El mapa de la oscuridad, sea con otra cosa, ahora es cuando debería empezar de verdad su obra.

Trajano Bermúdez


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999



lunes, 1 de junio de 2026

Mr. Natural Robert Crumb La Cúpula


Empecemos por el final: recientemente, Robert Crumb ha retornado al personaje de Mr. Natural, en un tebeo a color (de momento, sin continuidad) que desconozco, pero que, sin duda sería muy interesante comparar con este álbum y comprobar cómo puede haber variado la perspectiva del autor. A falta de ello, nos concentraremos en las andanzas que recoge este libro (por cierto, en una edición bonita y muy correcta, aunque, como de costumbre, falten los datos de las publicaciones originales de las historietas), y que van de lo subversivo (ese Mr. Natural ya anciano -pero presentado, significativamente, en la primera página del álbum- que patea traseros de jovencitas), a lo psicodélico (Mr. Natural conoce a "El Chico"), lo sarcástico (carteles que rezan "Deja que Mr. Natural piense por ti" y "Discutamos, sé lo que es eso", presiden la mesa del despacho de Mr. Natural) y lo profundo (esa conversación junto a la mesa de la cocina). Todo ello aderezado con dosis masivas de un humor absurdo que está bastante ausente en la obra reciente de Crumb, abocada a la autobiografía más pura y dura.

Llevan fecha, las primeras historietas recogidas en este tomo, de 1969, el mismo año en que nació quien firma estas líneas. Comprenderán que esta distancia temporal -a la que se suma la física-, dificulta mi conocimiento exacto acerca de la forma en que debieron repercutir estas historietas entre sus lectores de entonces. Pero sí me da por pensar que seguro que resultaban mucho más graciosas entonces que ahora.

Con esto no quiero decir que me parezcan caducas, que su valor haya prescrito. De hecho, y muy al contrario, la mayor sorpresa del tebeo puede ser su escasa coyunturalidad, su carácter atemporal y universal. Para una obra nacida en un momento histórico que ha devenido tan estereotipado por el paso del tiempo, su capacidad de vigencia resulta admirable (la sorpresa tampoco tendría por qué ser tal, si pensamos que Crumb tiende a hablar de sí mismo y no tanto de lo que le rodea). Aún así, insisto, no cabe duda de que el lector de hoy, al menos el que esté mínimamente familiarizado con la herencia de la contracultura, no ya en el ámbito historietístico, sino en todas las expresiones de la cultura popular, se sorprenderá y se reirá mucho menos que un lector del 69, con el cínico gurú Mr. Natural y la extravagante relación de amor/odio con su reticente y vacilante discípulo Flakey Foont. Esta ausencia de sorpresa es el mayor tributo a la importancia y trascendencia de la obra de Crumb. No nos sorprendemos porque ya estamos acostumbrados a la irreverencia, a la neurosis, a la brutalidad y al patetismo en las páginas de los tebeos. Pues bien, Crumb estaba ahí casi al principio. Él es un pionero de todo esto y de más. Su legado está patente (en los EE UU, casi de forma estigmática) en la mayoría de historietistas libres y creativos que desde entonces han sido en todo el mundo. En nuestro país, éste es, tan sólo, el sexto volumen de la edición de sus Obras Completas (el anterior, por cierto, apareció hace ya tres años); únicamente un fragmento de una obra vastísima (el Complete Crumb de Fantagraphics ya alcanza los once volúmenes, cada uno de ellos con el doble de páginas que la edición de La Cúpula).

Pero no es de extrañar. Crumb es aún, pese a los años, a su condición "oficializada" de pope del underground, a las películas y a todo, un autor difícil de asimilar que ni en los mejores tiempos de El Víbora contaba con el debido tirón popular. Y es que, en la obra de Crumb, el humor y la caricatura que siempre la revisten no ocultan (no creo que lo pretendan) plenamente el dolor y el miedo que subyace en la misma. Crumb puede ser muy divertido, pero casi siempre es más inquietante. Y eso mismo que hace de Crumb un autor difícil, es lo que le destaca y eleva respecto a coetáneos y correligionarios.

J. Edén


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999


viernes, 29 de mayo de 2026

Adèle Blanc-Sec: El misterio de las profundidades Jacques Tardi Norma



La saga de Adèle Blanc-Sec, que con éste suma ya su octavo álbum, continúa gozando de una enorme popularidad en el país vecino. Gracias a ella, su autor ha podido consolidar una posición privilegiada dentro de la industria, lo cual le ha permitido afrontar con ciertas garantías de éxito otros proyectos más personales y arriesgados. Esta doble faceta de Tardi es, posiblemente, una de las claves de su éxito y su prestigio: ha sabido mantenerse fiel a un público que le sigue pidiendo más de lo mismo y que le da cierta estabilidad comercial, pero al mismo tiempo ha podido desviarse del camino marcado para profundizar en los temas que le obsesionan como autor y plasmarlos en un puñado de obras maestras.

A estas alturas, un nuevo álbum de Adèle Blanc-Sec, para qué nos vamos a engañar, aporta bien poco. Confieso que no me he leído, ni mucho menos, los siete anteriores; confieso, todo sea dicho, que las aventuras de esta señorita (que, por otro lado, no es demasiado simpática ni se esfuerza en disimularlo) siempre me resultaron demasiado complicadas y enrevesadas, y que nunca conseguí enganchar del todo con el particular universo de personajes, bestias y monstruos incluidos, que pueblan sus páginas. Pero eso no impide que reconozca el valor del enorme trabajo de Tardi, su innegable capacidad gráfica, su magnífico poder de ambientación y recreación, y, sobre todo, la enorme coherencia que destila el mundo caótico y singularmente disparatado que nos traza en esta Francia del primer cuarto de siglo. A partir de un enorme despliegue de documentación, Tardi consigue crear un mundo fantástico pegado indisolublemente a la realidad; crea, de hecho, otro mundo real, una especie de mundo paralelo (o de París paralelo, para ser exactos) en el que los monstruos, los sabios locos, las máquinas fantásticas y los artefactos más disparatados campan a sus anchas con total naturalidad. La saga de Adèle comenzó como un homenaje en clave de parodia a la literatura popular del siglo XIX, una especie de cajón de sastre en el que el autor podía permitirse fantasear con todos los mitos del optimismo científico y de la revolución industrial; además de eso, es un homenaje a un París que nunca existió, una visión más de las múltiples desde la que este autor ha retratado a la capital francesa.



Las únicas sorpresas de este nuevo episodio son de carácter estrictamente argumental. Pero es que cuando la sorpresa continua y el enrevesamiento sistemático se convierten en el hilo conductor, ni una cosa ni otra funcionan correctamente. El tono deliberadamente folletinesco y paródico, llevado a extremos casi caricaturescos. hacen que el lector sea incapaz de sorprenderse ante nada porque ya sabe de antemano que todo está permitido y todo puede ocurrir. Por otro lado, el lío de personajes y nombres que aparecen, desaparecen y se mezclan de un álbum a otro es tan grande que, la verdad, haría falta algún croquis explicativo o un árbol genealógico para seguir la lectura sin fatiga. El lector que, como yo, no sea especialmente amigo de las tramas difíciles (máxime cuando se supone que estás ante un tebeo de evasión que no debe complicarte demasiado la existencia), puede buscar, sin embargo, otros motivos de disfrute: el enorme ingenio de Tardi para fabular continuamente nuevos monstruos y artefactos; sus divertidísimos diálogos y un singular sentido del humor, más acentuado en esta ocasión que nunca, que conduce la historia hacia la farsa total; y, por supuesto, como en cualquier obra de este autor, la enorme capacidad de evocación de los paisajes urbanos que nos dibuja.

En definitiva, un tebeo de entretenimiento que, me temo, sólo entretendrá plenamente a los seguidores habituales de la serie. El resto sonreiremos con los puntuales destellos de ingenio de su autor, mientras seguimos esperando la aparición del verdadero genio de Tardi en otras obras más ambiciosas y personales.

Enrique Bonet


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999



miércoles, 27 de mayo de 2026

El destino de Mónica Claire Bretécher Beta



Siempre es agradable saludar a una vieja amiga. Puede uno hablar de los viejos tiempos, recordar anécdotas, compartir unos cuantos chistes, unas risas... antiguas o nuevas, tanto da. Se le caldean a uno las entrañas, se respira, por una vez, mejor. Reencontrarse con la Bretécher es casi lo mismo. Da gusto comprobar, además, que sigue en plena forma, brillante, afilada como una navaja. Y tan francesa como siempre. Claro que no debería ser una sorpresa para nadie. Al menos, para nadie que sepa quién fue (quién es, aún hoy) Claire Bretécher. Lo que sí constituye una novedad inesperada es la iniciativa de Beta Editorial: nada menos que una colección dedicada exclusivamente a la autora francesa, de la que han aparecido ya dos títulos cuando escribo estas líneas. Y una colección lujosa, además, con un papel excelente, su tapa dura... y una rotulación lamentable que imita, sí, el estilo de la caligrafía original, pero olvida las más elementales reglas de ortografía e ignora olímpicamente cualquier asomo de puntuación. ¿No va ya siendo hora de exigir un mínimo de dignidad y respeto?

Claire Bretécher forma parte de una cierta tradición francesa de historieta satírica que ha dado nombres clave de la BD en las últimas décadas: Lauzier, Reiser, Binet.. Todos tienen en común una extraordinaria sensibilidad para la creación de tipos, la inteligencia de sus observaciones sociológicas, la perdurabilidad de una obra que por su misma naturaleza corre siempre el riesgo de quedar reducida al chiste coyuntural. Como sus compañeros de viaje, Bretécher parece trabajar sus páginas con vitriolo, pero a la vez deja patente su cariño por los personajes, humanizándolos en su colosal patetismo y arrancándonos la sonrisa más tierna cuando menos lo esperamos.

Como Lauzier o Reiser, la autora de El Destino de Mónica renunció desde el primer momento a una espectacularidad gráfica que no haría más que distraer al lector de lo que de verdad importa: el asunto, la peripecia, el diálogo, el torpe teatrillo de vanidades que sus personajes van improvisando a trancas y barrancas. De ahí el plano sostenido, la estilización de los fondos, su ausencia incluso, la aparente monotonía de sus páginas. Y por eso la expresividad, la gestualidad. (Naturalmente, estas cosas no son aplicables únicamente a los humoristas galos. Podrían decirse cosas muy similares de gente como Feiffer, por citar a un norteamericano, o de bestias del calibre de un Oscar, para recurrir a la opción más obvia en nuestro país. Sin embargo, ni Lauzier ni Bretécher tienen parangón fuera de su país, me parece. Quizá es una manera de abordar su trabajo, una forma de hacer, un especial cinismo... A eso me refería, supongo, cuando, al abrir el texto, me congratulaba de lo francesa que seguía nuestra vieja conocida.)

En cuanto a El Destino de Mónica, una vez señalada la imperdonable chapuza de la rotulación, sólo cabe decir que se trata de otra de esas odiseas minúsculas en las que las mujeres de la Bretécher se ven embarcadas sin comerlo ni beberlo, un viaje que nos permite vislumbrar toneladas de cochambre en las orillas de la gran Europa casi confluente, que nos lleva por una Francia tan llena de remiendos y cutrerío que a ratos nos recuerda poderosamente a nuestra propia tierra. El bisturí de la autora, afilado y envenenado, arremete por igual contra burgueses e inmigrantes, deja al descubierto las relaciones de poder más humillantes y los egoísmos privados más desoladores, castiga a los nuevos ecologistas y a los viejos granjeros... no deja, en suma, títere con cabeza. Como en los viejos tiempos. Hay, sin embargo, una cierta desconfianza hacia las nuevas tecnologías que no termina de oler bien, a mi juicio. Se ataca desde demasiados frentes a todo lo que tiene que ver con la fecundación in vitro, la congelación de embriones, etc. Quizá es una falsa impresión. Tal vez me estoy volviendo suspicaz con los años, pero me ha parecido detectar, precisamente ahí, un tufillo reaccionario... No importa, en cualquier caso sería un mal menor en lo que por lo demás constituye una lectura estimulante y agradecida que sólo por el personaje principal, enternecedor en su vano intento de trascender su propia inanidad, ya merece la pena.

El Destino de Mónica, segundo volumen de la Colección Bretécher, supone, al menos, el reencuentro con una autora vital y lúcida. No son características que abunden en el mundillo de la historieta. Sería deseable, insisto, que la editorial se preocupase de subsanar el lamentable descuido de la rotulación: no se pagan 2.000 pesetas para leer cosas del calibre de "voy ha llamar al hospital" (página 17, viñeta 8), o "es cierto la adoro ... ¿vendrá ha hacer los cristales mañana?" (página 20, viñeta 11). Sería deseable, también, que la iniciativa tuviera continuidad: llevamos demasiado tiempo aislados de la obra de gentes como Claire Bretécher. (¿A lo mejor por eso hay tanto advenedizo que insiste en considerarse a sí mismo, contra toda evidencia, humorista?)

francisco naranjo


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999



martes, 26 de mayo de 2026

No puedo dar más Álvarez Rabo La Cúpula



En esta época dominada por lo políticamente correcto, las historietas de Álvarez Rabo no pueden más que suscitar las iras y el rechazo de una mayoría bienpensante que se escandaliza de las formas sin preocuparse por meditar sobre el fondo. Sólo así puede explicarse la acusación de inducción al abuso sexual de la que ha sido objeto su Consejos sexuales en Italia. En la misma línea han de situarse las calificaciones de machismo que continuamente recaen sobre muchos de sus trabajos, emitidas desde esa concepción imperante del feminismo, de tintes muy puritanos, que asocia, sin entrar en consideraciones de otro tipo, toda representación de actos sexuales como perpetuación de una imagen sumisa de la mujer. Y nada más lejos de la realidad, porque sobrarían dedos de la mano para contar casos similares al suyo de puesta en valor del género femenino. Preocuparse más por cómo se hacen las cosas que por lo que éstas son en realidad es, como decía, el signo de los tiempos que vivimos. Y un lastre para Álvarez Rabo, que debe su relativa fama más a un supuesto afán provocador que a sus inteligentes bofetadas gráficas y sus verdades como puños.

Se ha convertido en lugar común afirmar que Alvarez Rabo es como Mauro Entrialgo, pero más bestia. Puede que sea porque manejan el mismo formato de una página, porque sean paisanos y amigos o porque ambos comenzaron a alcanzar cierta notoriedad en las páginas de Tmeo, pero la identificación suele ser inmediata. Verdad es que ambos alimentan su obra del análisis de la condición humana, pero no es menos cierto que Alvarez Rabo siempre llega unos pasos más allá (desde su interesada perspectiva, su amigo "tiene menos mordacidad que Leticia Sabater"). Mientras en la mayoría de las ocasiones el enfoque de Mauro permite que el lector se considere a salvo, distanciándole de las actitudes objeto de ironía, leer a Rabo puede llegar a resultar muy incómodo porque es imposible enajenarse a su sátira. Todos, más temprano que tarde y sin excepción, nos vemos reflejados en unas viñetas hirientes (enfrentarse a la verdad duele) que, lejos de caer en la demagogia del juicio moral, se limitan a reflejarnos tal como somos... y seguiremos siendo.

No puedo dar más es una nueva recopilación de sus historietas y en ella, como contradiciendo el título, Alvarez Rabo ofrece mucho: nada ni nadie está a salvo de su punto de mira y él menos que otra persona. El transcurso de los años ha cambiado la vida del autor. El matrimonio, la paternidad y el éxito internacional de su obra pictórica le han situado como ejemplo de una clase media acomodada. Su trayectoria vital ha entrado en contradicción con sus ideas juveniles y gran parte de las historietas incluidas en este álbum están dedicadas a hacer escarnio de sí mismo en un sanísimo ejercicio de higiene mental que, además, contribuye a superar el escollo de la reiteración y el hastío. Es consciente de que en su situación actual ya no puede tener la misma frescura a la hora de tratar aquellos temas que ha dejado de conocer de primera mano y, remontando momentos titubeantes como "Vino blanco" o "Polla flecha", parece haber decidido reconducir definitivamente su producción hacia la temática autobiográfica, con excelentes resultados y sin dejar de ser fiel a sí mismo. Porque el hecho de que la mayor parte del tiempo se dedique a hablar sobre sí no significa que deje de hablar sobre todos nosotros.

En cuanto al apartado gráfico, todo lo que se pueda comentar es harto conocido. La base de su técnica es perder el menor tiempo posible en hacer tebeos porque, en sus propias palabras, con ellos pierde dinero. Y, aunque la primera impresión es que sus resultados parecen los propios de aplicar a rajatabla dicho principio, una mirada más atenta descubre que ningún elemento es aleatorio o superfluo. Se trata de un estilo muy efectivo que cumple una premisa básica para lograr sus objetivos: proporcionar la información necesaria y situar ésta en el lugar adecuado para facilitar comprensión del lector. En definitiva, disiento del prologuillo de Santiago Segura, porque precisamente lo mejor es el conjunto. Alvarez Rabo no quiere dar más, ni falta que le hace.

Eduardo García Sánchez


U, el hijo de Urich #15 Marzo 1999




lunes, 25 de mayo de 2026

Un lugar muy especial

 La Hora del Bocadillo

¿Quién iba a pensar que aquel paraje contenía tantos secretos y sorpresas?


José Luis Vidal

24 de mayo 2026 


Ahh, el campo. Qué gustazo pasear entre los árboles de un bosque, que la fresca brisa te acaricie el rostro, escuchar el canto de los pajarillos y encontrarte de frente con una pequeña ardilla que educadamente te da los buenos días…

¿Ehh? P-pero, ¿qué está pasando aquí?

Justamente esto mismo le sucede a Hanna, la pequeña protagonista de este cómic, El bosque de Oreka, cuando acompañada por sus padres va a visitar a su abuelo, el guardabosques del lugar. Lo que en principio parecía que iba a ser un verano de lo más soso y aburrido, cansada de las inagotables anécdotas del anciano, de golpe y porrazo se transforma en una apasionante peripecia que conseguirá que la niña abra los ojos ante una nueva y fantástica realidad.


Ficha

El bosque de Oreka

Autor: Paco Sordo

Tapa blanda

Color

28 págs.

20 euros

Astiberri


El cómic infantil y juvenil, en los últimos tiempos, se ha revitalizado con historias que huyen de lo ñoño y que, como esta, componen una aventura con momentos surreales y una gran dosis de imaginación, en la que su autor, Paco Sordo, consigue sacarnos más de una sonora carcajada con su divertidas ocurrencias.

Y es que Sordo no puede, y no quiere, evitar esa vena humorística que posee y con la que se explayó en El Jueves y la digital Orgullo & Satisfacción, para dejarnos a todos alucinados con ese genial homenaje a los tebeos bruguera, El Pacto, que le hizo justo merecedor del Premio Nacional de Cómic en 2022 y una prometedora carrera en el mercado franco belga, donde también ha sido el creador de las peripecias de Niko, cuya cuarta entrega acaba de ser publicada en nuestro país.

Pero volvamos a Hanna, que en este inesperado viaje iniciático por el bosque se va a encontrar con que los animales hablan, y mucho. Uno de los que la va a acompañar es Cerdo Infinito, un marrano que viste bombín y cuando las cosas se pongan algo feas hará todo lo que pueda para ayudar a la chiquilla, ya que resulta que este bosque está gobernado por unas entidades extremadamente poderosas que, años atrás, llegaron a una entente cordiale para repartirse la noche y el día.

Lo malo es que la llegada de Hanna, sin ella proponérselo, va a alterar las cosas, y ese eterno sol que cubre la parte del bosque donde vive su abuelo va a darle la bienvenida a la temida oscuridad y la noche…

Desgraciadamente, el pobre abuelo será la primera víctima de la enfurecida Dama del día, que lo convierte en la diana de su enfado. Y a partir de ese momento, Hanna tendrá que buscar una solución para que las cosas vuelvan a ser como antes de su llegada. Menos mal que junto al gorrino, tendrá la ayuda del un peculiar cuervo al que no conviene mirar muy fijamente (ya sabréis por qué) y un gnomo, Roland, que pese a su juventud (solo tiene ciento veinte años) y su mal carácter, tiene mucho que ver con Katya, la madre de Hanna, con la que compartió muchos momentos en el pasado.

Una peripecia esta que va a llevar a la niña a enfrentarse a no pocos peligros, como la aparición de unos glotones lobos o los numerosos caracoles vampiro, que menos mal que son la lentitud personificada, porque si no…

El bosque de Oreka no es tan solo una increíblemente divertida lectura para los más pequeños de la casa, y os aseguro que cualquier adulto que se acerque a esta va a pasar un muy buen rato. Y no solo por el argumento, sino también disfrutará del maravilloso trabajo gráfico que ha realizado Paco Sordo (con la inestimable ayuda en el color de la ilustradora Inés Jiménez), con unas páginas y viñetas en las que merece la pena detenerse.

¿Podrán Hanna y sus nuevos amigos devolver la luz del sol al bosque? ¿Calmarán el enfado del misterioso Espíritu del bosque? ¿Cuáles son las verdaderas intenciones de los coloridos fantasmillas?


Diario de Cadiz



domingo, 24 de mayo de 2026

El que tienes delante

Opinión por Anatxu Zabalbeascoa

En un poema, atribuido durante años falsamente a Borges, un verso hacía balance de su vida: "Si volviera a nacer comería más helados". Era, claro, una llamada a averiguar lo importante. También la constatación de que, hagamos lo que hagamos, nos equivocaremos porque, cuando consigamos acertar, ya no seremos los mismos. La vida es cambio. En aceptar, sobrellevar, observar, observar, aprovechar, celebrar, fomentar o disfrutar los cambios consiste vivir. "Que te pasen cosas", deseaba Manuel Vicent a sus lectores.

Si pudiera volver a empezar. Si lo conociera hoy. Si volviéramos a estudiar. Si fuera de nuevo madre. Si pudiéramos volver a ver a nuestros padres... ¿qué haríamos? Las emergencias sirven para pensar en eso. Para aprender a priorizar. Priorizar no es fácil porque tiene truco. Ver las cosas de manera sencilla se llama ver claro. Quien consigue hacerlo es clarividente. Pero la clarividencia es un don que poco tiene que ver con la sencillez. O mucho. Los clarividentes perciben lo no evidente a través de sentidos comunes. Es decir: desarrollan una capacidad excepcional. Y lo excepcional es el reino de lo inesperado. El milagro de las emergencias es que nos convierten a todos en clarividentes. Por un momento nos ponen de acuerdo. Todos queremos lo mismo: sobrevivir. Cuando lo contingente desaparece, la mente se aclara. El civismo manda. Y el civismo es emocionante. Sirve para plantearnos por qué tenemos que llegar hasta esa urgencia para darnos cuenta de que un bocinazo, una mala palabra o cualquier falta de amabilidad tiene un recorrido muy corto Y no beneficia a nadie. Nos sirve para constatar que, transcurridos unos meses, volveremos a descuidar esa clave tan sencilla para poder convivir en paz.

Hace unos días España se apagó. Pero, permítanme la cursilería, descubrimos otra luz. La tía de mi amigo G tuvo que quedarse a dormir en casa de su sobrino. Nunca habían dormido en la misma casa. Ese día les tocó compartir cama. Una vez al año, mi amiga A queda con M, su ex, en un bar cuando visita su ciudad. Quedan allí porque E, la mujer de M, se ha negado siempre a conocerla. El lunes 28, M apareció en su casa con A. Y... sorpresa. No tuvo que decirle a E "ya está bien de tonterías". Ella abrió una botella de vino. Se pasaron la noche hablando a oscuras. De nuevo, la oscuridad iluminó.

En su última y extraordinaria novela, Amélie Nothomb nos recuerda que en 1990 aún era posible no contar con más compañía que la que tenías delante. Eso sucedió durante el apagón. En una era de soledades normalizadas, fomentadas y, a veces, conquistadas, las emergencias nos recuerdan que formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos. Comprometerse con los demás multiplica la vida. Por eso una emergencia es, además de muchas otras cosas, una oportunidad. Nos recuerda el regalo que es tener la oportunidad de confiar.

"¿Qué significa portarse bien?", se pregunta Nothomb en El libro de las hermanas. Marguerite Duras escribió que vivir es callar algunas cosas. Sentir para no decirlas. En buena medida, comportarse es no hacer algo. Por eso Huxley apuntó que la mitad de la moral es negativa. Pero la vida escapa a recetas. Hace convivir contrarios para que tengamos la libertad de elegir. Así, no hacer algo podría ser el camino para no ser. O... podría ser también la vía para llegar a ser.


ICON DESIGN Nº17 junio 2025