domingo, 19 de abril de 2026

Viaje al inframundo cotidiano

David B. convierte al señor Búho en un Virgilio que acompaña a una joven con miedo a su sombra en su descenso al más allá

Por Álvaro Pons y Noelia Ibarra

La joven Marie vive espantada por su sombra, que, díscola como la de Peter Pan, la ataca y muerde en cuanto la luz la ilumina, obligándola a moverse entre la oscuridad. El dibujo barroco y expresionista de David B. toma ese punto de partida para que su blanco y negro vuelva a explorar el simbolismo de esos contrastes, alimentados de referencias africanas y asiáticas hasta el horror vacui, para seguir los caminos de Dante y bajar a los infiernos acompañados de una particular criatura que vive entre el mundo de los vivos y los muertos, el señor Búho.

 "El señor Búho y el País de los Muertos" de David B. Salamandra Graphic


De la mano de este particular Virgilio aficionado a la fiesta. Marie deberá enfrentarse a sus miedos para poder comprender las razones de la rebeldía de su sombra, entrando en un mundo de los muertos donde hace tiempo que la muerte no se deja ver, mientras las ciudades se acumulan y mutan sin sentido aunque el tiempo haya dejado de correr por sus calles. Fallecidos que muchas veces no saben que expiraron ya, que siguen repitiendo una y otra vez sus rutinas, como proyecciones deformadas de la realidad cotidiana de los vivos, pero también como potentes metáforas de ese existir por el que transitamos de forma automática, fingiendo que comemos alimentos que no degustamos, que dormimos mientras el insomnio invade nuestra mente y los pensamientos nos alejan del mundo del sueño. El reino de los muertos que dibuja el creador de la magistral Epiléptico no se aleja de lo que vemos a nuestro alrededor cada día.

Para Marie, como para la humanidad, enfrentarse a la muerte constituye la única forma de superar los miedos con los que convivimos, esa muerte que no infunde terror por sí misma, sino por cómo ese Cerbero que deambula por la ciudad matando y aterrando a los sin vida, supuestamente a las órdenes de una parca que nadie ha visto nunca. Enfrentarse también a la soledad, a esa soledad inmensa que nos hace invisibles, condenándonos a una jaula de la que es imposible escapar, como la pobre Marie sabiendo que los difuntos no pueden ver a los vivos y los vivos no pueden ver a los fallecidos. Entre ese caos en constante mutación, Marie deberá encontrar su camino no venciendo a sus miedos, sino comprendiéndolos, asimilando a esos fantasmas que nos rodean sutilmente, que nos rozan cada día sin ser vistos, solo apenas percibidos por el vello erizado de nuestra piel. Fantasmas que mudan de piel y se transforman continuamente como nuestros miedos, que cambian y mutan para que los cerrojos de nuestras cárceles sigan bien cerrados.

En viñetas que beben de la fuerza de los grabados de Frans Masereel y Otto Nückel, el dibujante francés va componiendo un relato simbólico en el límite entre la vigilia y los deseos, en esas grietas entre dos mundos que conviven necesariamente, en el que la luz de nuestra mirada representa la única guía segura para comprender que nuestros terrores son parte de nosotros y que aceptarlos es parte de nuestro trayecto obligado entre uno y otro reino. Una obra extraordinaria llena de relecturas.

El señor Búho y el País de los Muertos

David B.

Traducción de Julia C- Gómez

Salamandra Graphic, 2026

264 páginas. 27,96 euros


Babelia Núm. 1.795 Sábado 18 de abril de 2026


Ponette n° 2 Varios autores Sandra Valencia

A lo mejor es una mera cuestión de opciones. Quiero decir que, tal como yo lo veo, la vida es un puro amontonar momentos intrascendentes, una inevitable sucesión de insignificancias que van, casi sin que nos demos cuenta, definiendo un cierto paisaje emocional. La voluntad tiene poco que ver, nos guste o no. Otra cosa es que decidamos aceptar las vistas, disfrutar de ellas, incluso, o que prefiramos alicatarnos hasta el techo.

Opciones, en suma. Personalmente, hace tiempo que decidí viajar sin apartar la vista de la ventanilla (los ojos bien abiertos y la lengua fuera, como los perros copiloto) y disfrutar, sin más pudor que el estrictamente necesario, de las mil bobadas con que me gusta ir amueblando mis días: una cancioncilla desvergonzadamente pop, el vértigo de un ombligo entrevisto a la puerta de un instituto, conversaciones alrededor de un buen café, llorar por enésima vez viendo El Apartamento o Desayuno con diamantes, descubrir un nuevo escritor, un nuevo grupo, un tebeo sorprendente... Pero es tan difícil ya encontrar tebeos sorprendentes. Rebuscar entre el mucho papel impreso que ve la luz mes a mes va convirtiéndose en un trabajo agotador e insatisfactorio, especialmente si uno carece de la fascinación general por el máximo común denominador y aspira a descubrir alguna joya atípica que reafirme su fe más o menos inquebrantable en el medio. Títulos norteamericanos como Castle Waiting o Penny Century (Linda Medley y el grandísimo Jaime Hernández, respectivamente), la cada vez más espaciada cita con los exquisitos Dupuy, Berberian y su Monsieur Jean (la última entrega, Vivons heureux sans en avoir l'air, es el mejor álbum que he tenido oportunidad de leer en lo que va de año, como era de esperar), la ocasional recopilación de Mutts o For Better or for Worse, no son más que oasis en un desierto descorazonador.


Estimulantes, sí, pero oasis. Por eso, a la espera de que DC ponga por fin en la calle el nuevo libro de Kyle Baker y mientras The Gotham Adventures continúa, afortunadamente, manteniendo el listón muy alto, el hallazgo de este delicioso fanzine de atmósfera naif y gesto afrancesado constituye, a mi juicio, un auténtico soplo de aire fresco, la sorpresa más agradable de los últimos meses. Un hallazgo que encaja, además, con precisión mágica en mi particular salita de estar emocional.

Explicar qué es Ponette no es fácil, sin embargo. Un fanzine, sí, pequeño y apaisado, de diseño exquisitamente descuidado y corazón adolescente. Una deslumbrante colección de momentos minúsculos atrapados con ternura minimalista por el desarmante buen hacer de Sandra Uve. Una deliciosa antología de romanticismo pop, una radiante sonrisa con sabor a fresa. Una excepción marcianísima en las muy grises mesas de novedades de nuestras librerías.

¿Qué más es Ponette? No hace mucho me contaba una buena amiga, encantadora, de su primer beso: trece años y bajo un paraguas, la húmeda noche se iluminó durante unos segundos con sabor a para siempre, piernas de algodón y un blando aletear de mariposas en el estómago. (Los ojos aún le brillaban de pura magia cuando lo contaba.) Ponette es eso, justamente: el sabor a para siempre del primer beso, el olor a lluvia y caramelo de los trece años.

Excepto alguna colaboración puntual de Raule y Pablo Soler, de Pedro Calleja y Alex Zeta, el grueso del fanzine es responsabilidad de Sandra (Uve) Valencia, una historietista sorprendente que insiste en un miniaturismo elegante y muy eficaz, de grafismo despojado y expresivo. El trazo desgarbado y una intuición brillantísima para el contraste de blancos y negros son quizá sus características más llamativas, pero lo que de verdad importa es el tratamiento del tiempo muerto, la construcción del momento, del silencio. Y la absoluta falta de pretensiones, la ausencia de esa vacía arrogancia tan común entre otros jóvenes historietistas con mucho menos que contar. En Ponette, la ternura y el humor van de la mano en unas páginas equilibradas y cuidadosas que no desmerecerían en publicaciones de mayor ambición y resultados minúsculos.

A pesar de mi entusiasmo, no nos engañemos: no es Ponette bocado para todos los paladares. Si tú que me lees te sientes incapaz de disfrutar de las canciones de Françoise Hardy (incluso en esas tardes lluviosas en las que, seamos serios, qué otra cosa puedes escuchar si no), de Belle & Sebastian, de Heavenly; si prefieres declararte inmune a Audrey Hepburn, incluso cuando susurra Moon River; si en tus tebeos japoneses hay mas peleas y muertes que sonrisas y miradas lánguidas. Si para ti las chicas hablan otro idioma, si una ortodoncia es un mero estorbo donde enganchar la lengua. Si no eres capaz de apreciar las cosas más pequeñas, la belleza tonta de un corazón de peluche, entonces Ponette no es para ti. Date, sin embargo, una oportunidad a ti mismo (nunca se sabe).

francisco naranjo


U, el hijo de Urich #12 septiembre 1998


sábado, 18 de abril de 2026

Kyrie nuevo europeo Miguel Ángel Martín La Factoría de Ideas



Que autores como Miguel Ángel Martín o Mauro sean dos de los más prolíficos, publicados y populares (hasta donde cabe) de nuestro país, es síntoma preclaro de lo marciano que es nuestro mercado. Entiéndaseme, que no digo que no se merezcan Martín y Mauro su (relativo) éxito. Que lo que digo es que nuestro mercado es raro, en tanto que carece de un mainstream (¿" corriente comercial" sería una buena traducción?) autóctono, (lo más parecido a eso que tenemos es Mortadelo y El Jueves), mientras el resto de producción local queda relegada a la marginalidad y a la fanedición, de entre la cual, francotiradores como Martín y Mauro destacan, precisamente, por su condición radical.

La principal editora de los trabajos de Miguel Ángel Martín es La Factoría de Ideas, empresa madrileña ligada a la distribuidora Distrimagen y a la cadena de tiendas Arte-9, que parece determinada a recopilar en libro su obra completa (y que, por cierto, también ha fichado recientemente a Mauro). Al mismo tiempo que compendia series como Keibol Black y Space Between, La Factoría está recogiendo, en albumcitos de atractivo formato y presentación, el más atípico trabajo de Martín, Kyrie Nuevo Europeo, serie de tiras diarias creada para el periódico La Crónica de León.

No hace falta decir que Martín es mayormente conocido por sus historietas cuasi documentales, o así, sobre actividades sexuales extremas y psicopatías criminales (o al menos a eso se suele remitir la gente cuando habla de él). Sin embargo, este Kyrie es un trabajo destinado a un medio que difícilmente toleraría semejantes excesos y, por tanto, en el cual Martín se ve forzado a controlarse. ¿O no?

Lo cierto es que la serie arrancó (como vimos en el tomo I) con una serie de anécdotas anodinas y de ambientación playera (es de suponer que Kyrie debutó como un relleno veraniego del periódico que dejaban a las claras una cosa: el humor no es uno de los rasgos más destacados de la personalidad de Martín (al menos, como historietista). Pero, hete aquí que no pasaron muchas entregas hasta que Martín encontró la forma de introducir, en los diálogos de sus personajes, cada vez más frecuentes aguijonazos de impropiedad opinativa. Los primeros en destacar por sus declaraciones controvertidas fueron los radikales ratones que forman el dúo musical Big Whack (que si Dylan y los Beatles son horteras y carcamales; que si "no tomamos drogas, pero algunas de nuestras canciones hablan de drogas y de gente que muere a causa de ellas", y, por tanto: "¡estamos totalmente a favor!" de ellas; que si lo que más detestan es "la salsa y los tíos que llevan coleta... ¡y desde luego, a Garfield y Snoopy!"). Pero pronto el resto del reparto se sumó a las diatribas sobre los temas más variopintos: desde la cretinez de los intelectuales y la inutilidad del funcionariado, hasta el cinismo de las cruzadas conservadoras en contra del sexo y la violencia en los medios de comunicación. Martín ejerce de (como se autodenomina Jody, uno de sus personajes, en una secuencia del tomo segundo) "terrorista sicológico", lo cual consiste en decir a la gente lo que piensa de ella. Con ánimo de irritar, claro. "La crítica más despiadada a las grandes lacras sociales de hoy", reza parte del texto promocional de la contraportada de los álbumes de la serie. ¿Es para tanto? Pues no, no creo que lo sea. Lo de Kyrie son dardos, lanzados con más puntería unos que otros, pero de escaso impacto. Mucho más despiadado se muestra Martín en otras páginas.


Cuatro tomos después, la cosa sigue más o menos igual. La tira se lee como si fuera yanqui (lo cual no sé si a Martín le resultará un elogio o una ofensa). Cada personaje tiene su papel establecido que interpreta con fidelidad. No hay "continuará", pero Martín produce con habilidad secuencias de tiras unidas por temas o variaciones en torno a un mismo chiste (alguna vez cae en cierta reiteración). Es una lectura, en sus mejores momentos, entretenidilla, simpática, pero que bastantes veces cae en la nimiedad total. E, incluso, y aún peor, en el lugar común: véanse esas tiras en las que aparecen neo-nazis caricaturizados metafóricamente como simios o deficientes mentales. ¿No resultan, no sólo tópicas, sino, diría yo, ingenuas (sobre todo en Martín)? (Entre otras cosas, se me ocurre que si los neo-nazis fueran realmente subnormales, como se sugiere, serian menos peligrosos de lo que lo son).

Pues eso, un Martín descafeinado y soso que sólo incomodará a los que se incomoden fácilmente y que enturbia su reputación de creador arriesgado e indomable.

J.Edén


U, el hijo de Urich #12 Septiembre 1998



La lengua de las víboras: tráiler animado de POTTO para el cómic de Juliette Brocal.

Otro hermoso tráiler animado para una novela gráfica francesa, " La Langue des Vipères " (La lengua de las víboras), de Juliette Brocal , exalumna de Gobelins que (como suele ocurrir con este tipo de tráileres) reunió a otros exalumnos de Gobelins para esta animación, en particular al colectivo POTTO al mando. 


 


Esta novela gráfica fue publicada hoy en Francia por Rue de Sèvres .


El equipo de animación para este tráiler incluye a: Luc Armanet, Louis Holmes, Estelle Charrié, Sandy Lachkar, Antoine David, Charlotte Saunders y Matthieu Chavane. Fanou Lefebvre se encargó de la composición.


Via Catsuka

viernes, 17 de abril de 2026

Kaleidoscope Arte n.° 6. Frank Miller

 


Kaleidoscope Arte n.° 6. Diciembre de 1996.
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