sábado, 25 de julio de 2026

Frío en el corazón

La Hora del Bocadillo

En las heladas tierras montañosas, el camino del conejo ronin esconde peligros inimaginables


José Luis Vidal

19 de julio 2026



Son muchos los kilómetros recorridos ya por Usagi en solitario o, como en sus últimas historias, junto a su joven primo Yukichi, hecho este que ha librado a la pareja de más de un momento de extremo peligro gracias a la habilidad que ambos poseen con la espada.

Pero el camino desgasta, cansa. Y si además te encuentras en unos parajes en los que la temperatura es demasiado baja, tus sentidos se embotan y puede que no estén tan preparados, alerta para las ‘sorpresas’ que pueden encontrar…

Una de estas será la aparición de un numeroso grupo de bandidos, ladrones que tras haber escuchado la conversación de los protagonistas, hacen su aparición con no muy buenas intenciones.

Por fortuna, las espadas hablarán, y el conflicto se va a resolver con rapidez, dejando que el dúo de guerreros pueda continuar su camino, teniendo la enorme suerte de toparse con una solitaria cabaña en la que los recibe una bella joven, Yuki, que dará muestra de una enorme hospitalidad, al permitir que ambos puedan pasar la noche resguardados del letal frío.

Lo malo es que, como ya sabéis los seguidores de esta colección, hay alguien que sigue los pasos de Usagi. Un ser incansable, cuya malévola sonrisa te puede dejar congelado, y que no tendrá ningún problema en arrojar a su paso un rastro de cadáveres, sobre todo de los ladrones a los que ya hemos conocido.

El malvado Jei siempre aparece acompañado por la solitaria melodía de la flauta que su joven sobrina Keiko porta, una muchacha que no parece percatarse de la extrema maldad de este ser que ha regresado del más allá en multitud de ocasiones, con un solo plan en la cabeza, aniquilar a Usagi.

En este nuevo volumen, los peligros van a rodear a los protagonistas, apareciendo de manera inesperada en la forma de los famosos Yokai, esos seres que forman parte de los mitos nipones. La mayoría son monstruos que pueden adoptar la apariencia humana para en el momento menos esperado, asesinar sin piedad a sus víctimas.

Y por desgracia, Usagi y Yukichi van a tener que vérselas con varios de estos peligrosos seres, y además, por si esto ya no fuera poco, la imparable amenaza de Jei, que acorta la distancia que le separa de su objetivo, será una imaginaria espada de Damocles que espera su momento para caer, imparable.

Lo dicho, Stan Sakai, el genial autor de este cómic, nos prepara un apasionante argumento en el que el gélido ambiente se mezcla con la aparición de diversos seres sedientos de sangre y la letal presencia del demoniaco Jei.

¿Qué más se le puede pedir a esta colección, una de las más longevas del mercado estadounidense?

Stan Sakai ha conseguido lo que pocos, ha creado una historia en la que la aventura es primordial, pero también las relaciones humanas (sí, ya sé que el protagonista es un conejo…) y, por si esto no fuera poco, acerca a los lectores a una lejana época de la historia de Japón en la que conoceremos usos y costumbres de sus habitantes, por lo que es innegable el valor didáctico de estas páginas.

No lo dudo ni un momento, ya que este cómic y su lectura me ha acompañado durante los últimos años, siempre gracias a Planeta Cómic, y en cada ocasión que se presenta lo recomiendo para chicos y mayores, ya que considero su lectura una de las mejores experiencias que pueden tenerse si eres amante del Cómic con mayúsculas.

El volumen se completa con una jugosa sección en la que podemos disfrutar no tan solo de las portadas de Sakai para la edición original, sino de todas las cubiertas alternativas, las versiones que artistas de gran renombre han sumado al universo de Usagi Yojimbo. Nombres como Jared Cullum, David Petersen, Skottie Young, Mathew Armstrong o Ethan Young.

Y es que imagino el placer y alegría que ha supuesto para todos estos autores el poder sumarse al universo de este personaje al que ya se le puede adjudicar el calificativo de mítico.


Diario de Cadiz



El español Javier Rodríguez conquista tres Premios Eisner en la Comic-Con de San Diego

La también española Laura Pérez, ilustradora, se hace con otro de los galardones en el mayor encuentro internacional dedicado al cómic y la cultura popular






El dibujante español Javier Rodríguez firmó una de las grandes actuaciones de la edición 2026 de los Premios Eisner al alzarse con tres galardones durante la ceremonia celebrada en el marco de la Comic-Con de San Diego, el mayor encuentro internacional dedicado al cómic y la cultura popular. Considerados los premios más prestigiosos de la industria, los Eisner reconocieron el talento del artista gallego por su trabajo en la miniserie Absolute Martian Manhunter, publicada por DC Comics.Rodríguez obtuvo el premio a la mejor miniserie junto al guionista Deniz Camp, además del reconocimiento a mejor dibujante/entintador por la misma obra. El tercer galardón recompensó su labor gráfica en Absolute Martian Manhunter, Batman & Robin: Year One #7 y The New Gods #8, consolidándolo como uno de los grandes protagonistas de la noche. La miniserie Absolute Martian Manhunter fue, además, la producción más premiada de la gala al sumar un cuarto Eisner gracias al premio a la mejor rotulación, concedido a Hassan Otsmane-Elhaou. La obra forma parte de la línea editorial Absolute Universe, impulsada por DC Comics para reinventar algunos de sus personajes más emblemáticos. En este caso, la historia sigue a un agente del FBI cuya mente queda fusionada con la conciencia de un ser extraterrestre.

Estos nuevos reconocimientos refuerzan la trayectoria ascendente de Rodríguez en el mercado estadounidense. En 2025 ya había logrado su primer Premio Eisner al imponerse en la categoría de mejor serie limitada por Zatanna: Bring Down the House, realizada junto a la guionista canadiense Mariko Tamaki.

La representación española también brilló gracias a la ilustradora Laura Pérez, que obtuvo el premio a la mejor edición estadounidense de material internacional por Nocturnos, publicada en Estados Unidos por Fantagraphics y traducida por Andrea Rosenberg. La presencia hispana tuvo otro momento destacado con el ingreso del argentino Héctor Germán Oesterheld, creador de El Eternauta, en el Salón de la Fama de los Premios Eisner, un reconocimiento a su legado en la historia del noveno arte.

El éxito de Rodríguez y Pérez confirma la consolidación del talento español entre los autores más influyentes de la industria del cómic estadounidense, una tendencia que se ha mantenido de forma constante durante la última década


El Pais 25 julio 2026

Más bien "mágica humanitas"

 Tribuna libre / Luna Miguel

De jovencilla creía que magia y mística eran la misma cosa. Utilizaba indistintamente esas palabras para pensar lo sobrenatural, la fantasía, el amor hacia eso que no entendemos, pues escapa a nuestros sentidos, etcétera. En verdad, no iba tan desencaminada. Muchos años, lecturas y sueños después, entendí que toda magia y toda mística nacen de nuestro gusto por las mitologías y los mundos de ficción, por la creencia desmesurada en la creación literaria y por la voluntad de jugar con las palabras hasta que estas nos atraviesen la carne, quién sabe si para darnos placer, o para unirnos a los otros, o para vencer el miedo a la muerte; o quizás para todo y nada de eso a la vez. La magia, entonces, como la mística, es la fe en la imaginación, esto es, en esa sustancia lenta y fantasiosa que nace de nuestras vísceras, aunque prenda como el fuego o nos arrastre como una ponientá. Pienso en esa definición creciente, en esa forma de fe fantástica, cuando llegan a mis manos los últimos tomos de Atelier of Witch Hat, de Kamome Shirahama, un manga que comenzó a editarse hace ya una década en Japón y algo más tarde en España, pero que se ha hecho especialmente popular en todo el mundo tras el estreno de un anime basado en sus páginas.

Viñeta de Atelier of Witch Hat, de Kamome Shirahama. Milky Way

Atelier of Witch Hat es la historia de Coco, una niña de origen humilde, aprendiz de artesana, que quiere ser maga en un mundo en el que la magia está, en apariencia, reservada sólo a unos cuantos. Nada más provocar un hechizo que casi le hace perder a su madre, un profesor de magia ve en ella no ya a una elegida, pero sí a esa figura genuina y sincera que podría liberar de sus reglas conservadoras y elitistas a la sociedad de quienes tienen permitida la burjería. A partir de esta manida premisa, Shirahama va construyendo un universo cada vez más original y propio, basado en pequeñas tramas de intimidad y esfuerzo personal, y no tanto en grandes revueltas o ansias por salvar el mundo de un terrible destructor. Dicen que la nueva fantasía está perdiendo el interés por los antagonistas excesivos y maléficos, por los enemigos innombrables y por las resoluciones de siempre violentas, belicistas. Kamome Shirahama, que en entrevistas reconoce haber sido una devoradora de Las crónicas de Narnia o El Señor de los anillos, pone el foco sin embargo en el dibujo tierno, detallista y tan cálido como la personalidad de las magas a las que nos va presentando, cuyos traumas y miedos personales suelen causar tanto o más pavor que las babas de un demonio. Hay magia, sí, pero podría no haberla -y esa es la clave de esta y otras ficciones fantasiosas del momento- pues su existencia no está al servicio de la trama, sino que es un elemento más de su particular universo lento, reflexivo, hondo en su exploración de la nostalgia, del amor, de la justicia o de la fe. Así, en Atelier of Witch Hat, como había pasado también en la dulce y sofisticada Frieren, en la filosófica To Your Eternity, o mucho antes en la poética Mushi-shi, lo que se explora no es tanto la idea de poder y de victoria como la de cuidado, belleza y perseverancia.

En una de sus muchas definiciones de lo sobrenatural, escondidas en sus famosas cartas sobre demonología, el escritor Walter Scott dijo que la brujería es "una forma de alejarse de Dios". Atendiendo a la fuerza de los mangas citados, pero también y, sobre todo, a sus adaptaciones audiovisuales, debo dar algo de razón al romántico: en todas estas obras la magia no es exactamente un don, ni viene dada por una deidad para que sus protagonistas cumplan con un propósito concreto, sino que es una disciplina que se aprende trabajando, practicando, pensando. Es la humanidad la que produce lo mágico. Son el estudio, el saber y la técnica artística -en la obra de Shirahama todo poder surge de la tinta y del dibujo, pero también de una celebración de la imaginación- lo que nos permite hacer brujería. Son los humanos, pues, y no los dioses, los que con el sudor de su frente lograrán cambian sus respectivos destinos, ayudar al prójimo o entender la soledad. En efecto, cuanto más alejado de cualquier Dios, más se acercará el humano a la magia, a la mística, y mucho más poderosa será su ficción. No en vano, otra de las razones por las que Atelier of Witch Hat está causando furor desde que llegó a las pantallas es por la resonancia de su mensaje a favor de la creatividad en tiempos de IA. Conocidas son las cruzadas de la artista Mimei Aoume -colaboradora en Frieren, pero también en One Piece, para las que hizo escenas dibujando a lápiz, sólo a mano- o de Hayao Miyazaki contra ese "insulto a la vida" que para él es el uso cada vez más extendido de inteligencias artificiales en el cómic y la animación. Por eso, ahora que para muchos crear ya no es trabajar, ya no es desarrollar una técnica propia, ya no es darse contra el muro del error, ya no es "perder el tiempo" frente al papel en blanco, sino más bien mandar, ordenar o exigir la resolución inmediata de nuestras ideas - y es curioso que en estos casos prevalezca el placer de la propiedad por encima del placer de la ejecución o del desarrollo de la habilidad-, las enseñanzas de Coco, Agott o Qifrey en Atelier of Witch Hat nos ponen frente al siempre complejo dilema de la honestidad. ¿Pues no es ese el único material posible para dar vida a las fantasías?


Babelia Núm. 1.808 Sábado 18 de julio de 2026

viernes, 24 de julio de 2026

Dos aviadores y un destino

 EL FARO DEL FIN DEL MUNDO


La publicación de la conmovedora novela ‘Cassada’, de James Salter, que estaba inédita en castellano, y un intenso cómic sobre un piloto de los reactores alemanes de la Segunda Guerra Mundial invitan a levantar el vuelo



Un reactor F-100 Super Sabre en vuelo.

Bettmann Archive


Jacinto Antón

04 JUL 2026

Para esos días en que el suelo, con sus miserias y su ruindad, te parece insoportable, nada como ascender al firmamento para tener otra perspectiva, amplia y limpia, panorámica. Yo me he ido a volar (literariamente) con dos jóvenes e intrépidos pilotos de caza, el teniente de la fuerza aérea estadounidense Robert Cassada y el feldwebel —suboficial— de la Luftwaffe del final de la Segunda Guerra Mundial Nikolaus Wedekind. Ambos son ficticios pero con mimbres de personajes auténticos. El primero, inolvidable desde su sonoro nombre, es el principal carácter de Cassada, novela primeriza y basada en sus recuerdos de aviador del gran James Salter, y que es noticia porque estaba inédita en castellano y se acaba de traducir por primera vez (por Eugenia Vázquez Nacarino, Salamandra, 2026). Y el segundo, el alemán, protagoniza Ciel en ruine, una estupenda y documentadísima serie de cómic en francés (cinco volúmenes) con guion de Philippe Pinard y dibujo de Olivier Dauger (Paquet). Pinard es el autor de aquel álbum sobrecogedor sobre el bombardeo de Hamburgo, Inferno, que publicó Norma en 2022.

Cassada vuela en los años cincuenta reactores F-86 Sabre y F-100 Super Sabre del 44 º Escuadrón de caza de EE UU desde varias bases en la Alemania ocupada por los Aliados como la de Bitburg (Renania) en la que estuvo el propio Salter o la de Giebelstadt, en Baviera, que curiosamente fue diez años antes nido de los legendarios Me-262, mi avión favorito, los pioneros reactores alemanes que tanto sorprendieron al final de la segunda contienda mundial y que pilota nuestro otro aviador, Wedekind. Este tiene su base en otro aeródromo cercano, Lechfeld (a unos 250 kilómetros del primero) y sus vuelos, dibujados con maestría y emoción, son desesperadas misiones de combate, siempre a vida o muerte, en el umbral de que la Alemania nazi pierda la guerra.



Un reactor Messerschmitt Me-262 en vuelo.

Photo 12 (Universal Images Group via Getty Images)

Pinard y Dauger, los autores, solventan el problema moral de poner a un piloto del III Reich como protagonista de su historia haciendo de Nikolaus Wedekind un personaje muy especial: es un opositor contra el régimen nazi que incluso abuchea al Gauletier Giesler en su alocución a los estudiantes de la Universidad de Múnich, redacta octavillas de la Rosa Blanca y tiene una hermana a la que detiene y condena a muerte la Gestapo y que se llama Sophie (como Sophie Scholl); además su hermano mayor, as de caza en los reactores se suicida tras fracasar el atentado contra Hitler del 20 de julio, del que era cómplice. Ciertamente, con esos antecedentes, es un poco increíble que pongan en las manos del joven Nikolaus un rutilante y secreto Me-262 —con el que inicialmente trata de desertar a Suiza—, pero es verdad que al final de la guerra la Luftwaffe era un desbarajuste total, una casa de locos con los pilotos de caza enfrentados a Goering (el famoso “motín”) y Hitler que echaba pestes del orondo mariscal y su fuerza aérea.


Una página del cuarto álbum de la serie 'Ciel en ruine' de Pinard / Dauger, 'Piège en Pomèranie'.

PAQUET

A Wedekind lo adoptan los camaradas de su hermano, todos fogueados y bastante pasados de vueltas Experten con la Cruz de Caballero al cuello, y lo reclutan para su unidad, la Jagdgeschwader, ala de caza, JG 7, la más prolífica operadora del Me-262, formada en la estela del abatido as Nowotny y que se embarca en misiones de aúpa. El cómic es tan pormenorizado que casi crees que con lo que te explican en las viñetas podrías pilotar tú mismo ese reactor, verdadero tiburón del cielo. Hay dos cameos sensacionales: aparecen Johanes Steinhoff, el célebre y ex guapo as de caza que se dejó literalmente la cara en un terrible accidente con su Me-262 (destino que compartirá nuestro joven aviador en el quinto álbum, Eden Hôtel), y el mismísimo diablo, en forma de un mastín omnisciente y cabronazo llamado elocuentemente Fisto que hereda Nikolaus de su hermano y que remite a Fausto (pero tranquilos: el elemento sobrenatural funciona muy bien en la trama).


James Salter durante sus años de aviador.

El encaje de un piloto en una unidad, y por extensión de cualquiera en un grupo, es el tema también de Cassada, de la que Salter no estaba muy contento —fue una reescritura de su segunda novela The arm of flesh, de 1961, que le parecía un fracaso y que revisó porque su editor consideró que podía complementar su gran novela de aviación, la primera, Los cazadores—. Cassada está ambientada en la Guerra Fría y no hay combates reales, a diferencia de Los cazadores que transcurre durante la Guerra de Corea, en la que Salter participó como piloto de caza. Sin embargo, es una maravilla, una verdadera lección de orfebrería literaria con pasajes que te estrangulan de emoción (“miró hacia el este, allí se alzaban los pilares de la noche, los azules profundos, insondables, tras la estela del sol”). La fría, contenida y sobria emoción de Salter, que te abre en canal como la estela de condensación de un reactor en un cielo deslumbrante. Cuando vuelves a Salter, como he hecho ahora releyendo Cassada en castellano (tengo la edición original de Counterpoint del 2000 dedicada por el mismo autor con la frase “Jacinto, here’s some bad wk!”) te preguntas cómo has podido estar sin él, sin su irresistible prosa lapidaria, cortante y depurada.

Reactores F-100 en vuelo.

U.S. Air Force

Aquí la aventura vital del piloto que no acaba de cuadrar en la escuadrilla y de alcanzar sus ideales y sueños se revela más esencial y desgarradora que en Los cazadores porque no hay guerra de telón de fondo sino la cotidianeidad —nunca exenta de peligro, esto es la aviación militar— construida alrededor de la aparente rutina operacional. Los personajes y sus sentimientos destacan más en ese vacío existencial en el que el enemigo no son los Migs sino los elementos, la mecánica, la rivalidad o la indiferencia. El drama, envuelto en la paradójica sensación de inmortalidad y plenitud del vuelo que Salter describe tan bien (“sentía el cuerpo etéreo, la mente purificada”), se encuentra especialmente en tierra, donde Cassada, ese extraño portorriqueño rubio y de ojos azul marino, con algunos rasgos de Lord Jim y de Billy Budd, no consigue integrarse entre los que deberían ser sus pares, ni destacar y ganarse la aceptación y hasta una reputación —un asunto que obsesionó siempre a Salter, tanto al aviador como al escritor—. Lo más doloroso es que no hay ninguna causa objetiva para ello. Cuántos hemos sentido ese no encajar, en un equipo de fútbol, en una redacción, en una relación sentimental, inexorablemente, inexplicablemente, sin poder hacer nada para remediarlo, carentes de aura.

Al estar los pilotos en las bases con sus familias, Salter puede mezclar además mejor sus dos temas favoritos, la aviación y las relaciones de pareja, que disecciona como nadie. En Cassada aparecen incluso la mujer de un mando que seduce a los pilotos jóvenes como una sosias de la señora Robinson de El graduado, y una muchacha, Karen, de la que se prenda el protagonista y que resulta —mira que hay chicas en Alemania— ser la amante de su capitán (situación reflejo de una que vivió Salter, véanse sus imprescindibles memorias Quemar los días, Salamandra, 2010). La temperatura de algunas de esas escenas, como cuando Cassada trata de limpiar el champán que ha vertido accidentalmente sobre la chorreante señora Dunning (“sécalo tú”), supera a la de las turbinas de los reactores. Curiosamente, Cassada parece una novela más adulta que Los cazadores, constreñida a una trayectoria rectilínea que conduce al enfrentamiento final de Cleve con el rayado as ruso Casey Jones, el Keyser Söze de los Migs.

En Cassada, pese a la mala consideración que le tenía, Salter consigue describir magníficamente la polarización entre las fuerzas que arrastran a los pilotos en tierra (la competitividad, el sexo adúltero o con las “sirenas” de los bares de Múnich, “diosas con la piel como la leche”, la frustración) y la exultante experiencia del vuelo, que describe con tonos elegíacos (“volaban serenos, puros como ángeles”). Volar, una metamorfosis, una epifanía: “El avión de Cassada pasó de negro a gris acero, después a plateado mientras se balanceaba de un lado a otro en la luz radiante”.


Un Super Sabre North American F-100A ascendiendo

U.S. Army

En la novela, en la que salen dos cosas inesperadas, las cerillas de Marienbad y la ciudad romana de Tréveris y su Porta Nigra, hay mucha aventura: el despliegue en el Norte de África del escuadrón de las colas rojas para unos ejercicios de combate aéreo, el episodio central de los dos reactores que tratan de llegar a la base con mal tiempo, cortos de combustible y con fallos en las comunicaciones (algo que vivió el propio Salter). Pero lo que permanece es sobre todo la sensación de una belleza inasible, que se escapa, inalcanzable como los confines del cielo de un azul profundo e inmaculado; y la constatación de lo aleatorio, evanescente y en última instancia inútil que es todo.


El Pais, Sábado 4 de julio de 2026


El lado oscuro

Si se carga con una mochila repleta de traumas, es complicado ser el 'sidekick' del Caballero Oscuro…


José Luis Vidal

18 de julio 2026


Batman, además de haberse convertido por méritos propios, en el defensor de la ciudad de Gotham, tras la máscara que oculta el rostro del multimillonario Bruce Wayne podemos encontrar a una persona que además de ser un benefactor de las clases más bajas de la urbe también juega el papel de padre adoptivo de varios niños a los que con el paso del tiempo ha instruido y convertido en sus ayudantes para esa lucha contra el crimen que nunca cesa.



Ficha

Robin y Batman. Jason Todd.

Guion: Jeff Lemire

Dibujo: Dustin Nguyen

Tapa blanda

Color

128 págs.

12 euros

Panini Cómics


Dick Grayson, Barbara Gordon, Tim Drake, Damian Wayne… Y, Por supuesto, Jason Todd, un joven acosado por los recuerdos del pasado, de su desestructurada familia.

Recorriendo la ciudad por la noche, el chico va a demostrar que aún no está totalmente preparado para vestir el manto de Robin, ya que utiliza la violencia más extrema cada vez que se enfrenta a un criminal como, por ejemplo, Cuckoo.

Este hecho hará que Batman se plantee que tal vez con Jason se ha equivocado, ya que con esa actitud tan extrema, el muchacho se pone en peligro él mismo.

Afortunadamente, Bruce Wayne ha contado desde la desaparición de sus padres con la compañía y consejos de estoico Alfred que, más que un mayordomo, ha sido para él un padre adoptivo y su relación con todos los chicos que ha vivido bajo el techo de la mansión Wayne ha sido la de una especie de abuelo.

Lo malo de la historia es que el propio Jason, agobiado por la presión de Batman, tendrá la oportunidad perfecta para lanzarse de cabeza al lado más violento y expeditivo de la labor de vigilante, ya que en la ciudad aparece Wraith, un tipo enmascarado que no se lo piensa dos veces a la hora de disparar contra los que se saltan la ley, sin darles ningún tipo de oportunidad.

Pese a la oportuna ayuda de Dick Grayson, la cosa no irá bien, y acosado una y otra vez por los dolorosos recuerdos del pasado, Jason emprenderá junto a su nuevo acompañante un peligroso camino que puede poner su vida en verdadero peligro…

¿Podrá Batman llegar a tiempo y salvarlo?

El tándem artístico formado por el guionista Jeff Lemire y el dibujante Dustin Nguyen funciona a la perfección, como ya han demostrado en infinidad de trabajos anteriores (Descender, Ascender, Little Monsters), y bajo el paraguas de la editorial DC Comics ya revisaron la relación de Batman con el primer Robin, Dick Grayson, y esta nueva incursión en el universo del Caballero Oscuro es un apasionante capítulo en el que Lemire demuestra una vez más la habilidad que tiene como escritor a la hora de hacernos empatizar con los personajes que suelen tener problemas muy reales.

Dustin Nguyen pone al servicio de la historia su arte que, una vez más, funciona a la perfección en este dúo tan dinámico de artistas. Tan fértil es su colaboración, que ya se anuncia un nuevo trabajo de ambos para la editorial Image, Crowbound.


Diario de Cadiz


jueves, 23 de julio de 2026

ÍNDICES EN FEMENINO por Vincent AMIEL

Como muchos de sus correligionarios, espías de vuelta, ocasionales o improvisados, pero también profesionales curtidos, Max Fridman es víctima de un engaño que constituye el encanto de sus aventuras: contratado para perseguir un objetivo determinado, toda la energía que pone en ello queda absorbida por encuentros fortuitos. Toda una vertiente del relato de espionaje funciona según este principio, que podría compararse con el célebre «MacGuffin» de Hitchcock, si este no estuviera, dentro de la duración cinematográfica, obligado a una mayor linealidad. La Operación Hase en Rapsodia húngara puede, por supuesto, considerarse emblemática de este tipo de persecución provocada por un señuelo. Lo que importa, por tanto, más que el cumplimiento de la misión o la finalidad del recorrido, son los obstáculos del camino; y quizá aún más, la amenaza que representan esos obstáculos. El final de cada uno de los dos álbumes pone claramente de manifiesto, de manera muy irónica, la fútil pretensión de las misiones de Max frente a la inexorable expansión del nazismo en Europa. Ahora bien, esa vanidad solo resulta soportable (tanto para el héroe como para el lector) con la condición de que el relato haya situado precisamente lo esencial en otra parte.

Paris: Un cierto color del aire...

En Giardino, lo esencial es afectivo y concierne a esa parte del ser tan impregnada de misterio como lo están las aventuras de un espía. Sabrosa imbricación de los secretos, las intuiciones y las reminiscencias, tan indispensables y delicados tanto para el amante como para el agente secreto. Y los puntos en común de estos misterios del corazón y de la guerra son aquí las mujeres y los lugares.

Ginebra, París, Budapest, Estambul, no son solamente las etapas obligadas de un aventurero del siglo. Sus rincones o sus nombres legendarios son otros tantos medios para relanzar la intriga, inflarla aquí, tensarla allá, dando relieve a la sucesión de los instantes. La determinación de los lugares tiene una doble función; permite ante todo una resonancia afectiva tanto antes como después de la historia, que mantiene, anuncia o recuerda los acontecimientos de los que son escenario, y de los que podría decirse que los contienen, aunque solo sea potencialmente o en el recuerdo. De ahí la segunda posibilidad narrativa, la de entrelazar personajes o acontecimientos incluso al margen de toda lógica o cronología: la sola frecuentación de un lugar añade al relato como una historia en sí misma, más o menos autónoma.

Aquí se abandona la simple habilidad del guionista para considerar el trabajo del dibujante. Porque la determinación de los lugares supera con mucho, evidentemente, la simple caracterización nominal; el burdel de Budapest, las calles de Estambul, las islas griegas o la plaza Victor Hugo de París existen por su atmósfera, el tono de sus colores, la saturación del espacio. Pocos cómics han trabajado de manera tan clara la caracterización de los lugares (podría compararse, en la producción reciente, el intento totalmente fallido, desde este punto de vista, del último álbum de Berthet, por lo demás tan hábil), y de una forma tan completa. En efecto, si estos rincones de ciudad existen de manera autónoma, nunca es gracias al elemento característico que permitiría reconocerlos en una postal. Muy al contrario, es un estilo de vida (algunos alimentos al sol durante los días de espera en Grecia), una hora privilegiada (la tarde en las calles estrechas de Galata que descienden hacia el mar), un color del aire (los grises de París, vistos desde la ventana o cuando los personajes deambulan) los que cargan afectivamente estos lugares, tejen una historia de otro orden que los diálogos no explicitan. Se alcanza un límite, casi caricaturesco, durante el paseo por los jardines del amigo francés en Estambul. El enorme albaricoque en primer plano, las flores, las mariposas, la vegetación exuberante, componen en unas pocas viñetas una escena casi onírica, desfasada con respecto a las demás. El texto, en contrapunto, elogia las delicias del lugar, y se sabe muy bien que hay ahí una especie de trampa.

Rapsodia húngara: una persecución provocada por un señuelo, o mucho ruido y pocas nueces.


Torpeza del trazo, acentuación de los efectos? La puesta en imágenes resulta inquietante en este jardín visto desde un ángulo particular. Es la experiencia extrema, en estos álbumes, la que ilumina tantas otras escenas cuya composición (los volúmenes vaciados de la isla griega) o el cromatismo están al servicio, sistemáticamente, de una personalización del instante que tiene valor de información narrativa.  

Estos lugares se bastan tanto a sí mismos que, curiosamente, su utilización en la portada de los álbumes ha requerido una modificación: en Rapsodia Húngara, la viñeta ampliada que sirve de guarda, representando a Max en un café de la plaza Victor Hugo, incluye un texto de localización, «...en París», que ha desaparecido en el interior; en La Puerta de Oriente, la calle de Estambul que aparece en la contraportada está ocupada por un personaje presa del pánico; en el álbum está vacía. Así pues, en cada caso, dentro del relato, el lugar queda reducido a su sola representación, sin apoyo de texto ni de acción. Es lo bastante poderoso, cargado de significado, como para que su evocación icónica introduzca en el curso de la narración ese «bolsillo», ese fragmento de universo propicio para la evasión.


Ethel, cuyo recuerdo quedará ligado a una posada perdida en el bosque...


Irónicamente, los lugares reconocibles, exóticos, turísticos, son los de las citas previstas, estériles o ilusorias. Palacio en Budapest o mezquita en Estambul, estos monumentos para guías no son escenarios de ninguna relación: demasiado públicos para ser habitados, demasiado imponentes para asociarse a una historia. Los encuentros que señalan son fracasos; será en otra parte donde Max encontrará a las mujeres que lo siguieron hasta allí: en una habitación bajo los tejados, una posada perdida en el bosque, un hotel aislado en la playa.

Allí es donde se ahonda la historia de Max Fridman, donde el relato cambia de rumbo, y esas habitaciones convierten a los agentes secretos de traje gris en personajes muy secundarios. A cada uno de esos lugares se vincula una mujer, y con ella el recuerdo, el deseo, la desconfianza. Sea cual sea el sentimiento que despierte, ella también viene a tejer los hilos entrecruzados del afecto y la sospecha, de las misteriosas y frágiles alianzas.

Una escena casi onírica (La Puerta de Oriente)

«¿Por qué Budapest?», se pregunta Max al comienzo de Rapsodia Húngara, pensando que el recuerdo de Eva debe de seguir flotando allí; a lo que responde, al final de La Puerta de Oriente, la pregunta de otra mujer: ¿por qué este retiro?, ¿de qué mujer es el recuerdo? Así, cada habitación queda impregnada de las mujeres que vemos moverse por ella medio desnudas; pero, habitadas por el recuerdo de aquellas que no conocemos, seguirán siendo el receptáculo de otros recuerdos o de otros malentendidos, en torno a Max, en torno a Eva.

Así, cada mujer da lugar a una historia original, cuyas ramificaciones se extienden mucho más allá del momento, gracias a la íntima relación que mantuvo con un lugar. Pero, al mismo tiempo, permite el mínimo de linealidad que exige el género. Imprevisibles hasta el final, llegadas de quién sabe dónde, las mujeres que encuentra Max son también resortes dramáticos. Demasiado bellas o demasiado arropadas para ser del todo honestas, atraen la mirada, despiertan la curiosidad al mismo tiempo que los sentidos. La atención particular que Giardino no solo debe relacionarse con su interés por el «Glamour»; tiene una finalidad narrativa precisa. Es del propio dibujo, y no de un montaje o un encuadre particular, de donde nace, por ejemplo, nuestra curiosidad por esa mujer con vestido azul sobre una tumbona, al fondo, detrás de Max apoyado en la borda; mientras poco después se encuentra con uno de sus antiguos compañeros de armas y hablan de traición y de política internacional, es ella quien nos interesa, y cuya presencia conocemos (deseamos) para más adelante. Más tarde, en la habitación del hotel, su abandono lascivo resulta tanto más sospechoso cuanto que nos complace, y solo despierta desconfianza porque hemos admirado a esa mujer durante toda la velada, reservada primero y luego provocadora, corriendo descalza sobre la arena, arrojada al suelo, con el cuerpo tenso, empapada al fin, con el cabello pegado al rostro. A lo largo de toda esa agitada velada hay una puesta en escena del deseo tan calculada que su propia fatalidad nos pone en guardia respecto a ella (lo que no ocurría del todo, por ejemplo, con Olimpia, que no había tenido derecho a semejantes preliminares...). Hasta el final, el misterio de esa mujer nos atrae, y la confesión de su identidad, en la playa aislada, no resuelve nada. Quizá porque ella misma ha acabado imponiéndose a sus hipotéticas maquinaciones, y ahora nos interesa más como mujer que como espía. Y el círculo se cierra: el deseo inicial nos pone sobre la pista de un misterio exterior, y la relación continuada reintroduce lo afectivo como valor privilegiado. Es un proceso/procedimiento típico de un cierto tipo de novela de aventuras, que encontraríamos con frecuencia, por ejemplo, en los encuentros femeninos de Arsène Lupin.



Como un espacio cuyo color se enriquece con el paso de los instantes que lo habitan, las mujeres reflejan, al compás de los vaivenes sentimentales, los destellos del relato. Un mecanismo tanto más notable cuanto que el cómic, a diferencia de la descripción literaria, no puede permitirse hacer evolucionar de manera significativa la apariencia de un personaje (facilidad de la que, sin embargo, Giardino hace uso en el primer tomo) y que un mismo dibujo debe sostener las metamorfosis de la mirada.

Una escena, como un guiño, manifiesta la riqueza y la ambigüedad de este trabajo del dibujante sobre los cuerpos femeninos, cuando, fingiendo ir a ducharse, Max observa a la joven, todavía desnuda, en su habitación. A través de la puerta entreabierta contempla, de espaldas, ese cuerpo que se inclina, como un voyeur, y el efecto de erotismo se acentúa por el encuadre de la viñeta. Sin embargo, ella está registrando el equipaje de Max, y eso es precisamente lo que él trataba de sorprender. La puesta en escena de las formas redondeadas tenía, por tanto, otra función además del voyeurismo. Pero esa función secundaria, y su pretexto narrativo, no «se sostienen» y apenas disimulan su artificiosidad, puesto que Max no descubre nada más sobre la mujer y no hay nada que encontrar en su maleta.



La historia que se trama más allá de los cuerpos no es su razón de ser; es, en efecto, secundaria, y Giardino se divierte aquí explícitamente con las peripecias de una mirada que no puede limitarse al deseo.

Las mujeres y los lugares componen así el verdadero recorrido de Max Fridman, imponiendo sus formas y su profundidad al gesto demasiado simple de los espías. Son ellas, con su sonrisa irónica, y la habitación que eligen para entreabrir los labios, los agentes secretos que tensan o suspenden el hilo de una vida fragmentada, en la que cada etapa es más importante de lo que jamás lo será la continuidad acabada. Y la redondez de un hombro o la claridad de una ventana abierta al mar son los únicos indicios plenos de una carrera tras el engaño que no logra retenerlos.

Cahiers de la Bande Dessinée Nº71 Bimestral Sept-Oct. 1986


De acuerdo con sus gustos a la hora de dormir ¡sepa qué relación le espera junto a él! Por Maitena


 El Pais Semanal Núm. 1.222 Domingo 27 febrero de 2000