miércoles, 25 de febrero de 2026

Pin-up Yann y Berthet Norma


La estrategia comercial y publicitaria que acompaña a esta serie en Francia, y que ha conseguido convertirla en un auténtico éxito en el país vecino, se ha apoyado, más que en sus valores intrínsecamente historietísticos, en la impactante apariencia y el potencial fetichista-erótico-festivo de su bella protagonista. Un personaje, Poison Ivy, creado a imagen y semejanza de aquellas lujuriosas pin-ups de los años 40, nacidas para satisfacer las fantasías eróticas de la sociedad americana, y muy especialmente las de la pobre tropa destinada a combatir en la ll Guerra Mundial. Por si esto fuera poco, Pin-up se presenta abiertamente como un supuesto homenaje a las tiras americanas de prensa, y de forma explícita, al maestro Milton Caniff, que aparece en cuerpo y alma como personaje destacado de la trama, y a su serie Male Call, protagonizada por la vampiresa Miss Lace.

Sin embargo, a poco que uno escarbe, la brillante superficie de glamour empieza a resquebrajarse, y las sucesivas capas de homenaje, "revival" y guiños referenciales acaban convirtiéndose en un relato cínico y amargo bien alejado de lo que en un principio se nos intenta vender.

Pin-up narra la transformación de Dottie, la típica chica americana con novio en el frente, en un mito erótico destinado a inflamar los bajos instintos de la tropa. En un minucioso y complejo proceso, los autores nos describen el nacimiento de una heroína de papel (Poison Ivy) a partir de la modelo Dottie, y cómo poco a poco la personalidad del personaje de ficción se va imponiendo sobre su modelo para acabar anulándolo. La transformación física y moral de la joven Dottie en el personaje nacido de ella adquiere tintes casi trágicos, y el resto de personajes que la rodean actúan igualmente marcados por esa idea central: la de la ficción capaz de imponerse a la realidad. De este modo, el novio de Dottie, Joe, acaba olvidándose de la mujer de carne y hueso que dejó en su país y se enamora perdidamente de la heroína de las tiras de prensa, sin saber de quién se trata en realidad (aún a riesgo de resultar inverosímil para el lector, incapaz de explicarse cómo puñetas este imbécil no reconoce a su novia tras el disfraz de vampiresa); Earl. el aviador enamorado de Dottie. acaba chiflado por su imagen dibujada en el fuselaje de su avión; el creador de la farsa, el propio Milton (tratado con muy poco cariño para tratarse de un homenaje, todo hay que decirlo), da una vuelta de tuerca al viejo mito de Pigmalión y desea poseer no ya a su criatura, sino a la mujer que la ha inspirado.

Este juego entre realidad y ficción tiene su mejor exponente en la intercalación de las tiras cómicas de Poison Ivy, un magnífico recurso que permite a los autores dirigir y manejar a su antojo la relación entre Dottie y su novio, convertido también en un personaje de la tira. O sea, el cómic dentro del cómic, la historieta que se va modificando a impulsos de la vida real de sus personajes, y los personajes que ven su vida alterada y manejada por la propia ficción de la que supuestamente son protagonistas. La cosa podría quedarse simplemente en eso, en un complejo juego metalingüístico (que de por sí no es moco de pavo y que puede dar para mucho más de lo que aquí simplemente esbozo), pero espero no rizar mucho el rizo si, además, intuyo otras intencionalidades en el trabajo de Yann. Porque en realidad, Pin-up es una historia sobre la manipulación, una reflexión sobre los mecanismos del poder y de los medios de comunicación para transformarnos, para dirigirnos, para hacernos creer una realidad hecha a medida, acotada y falseada.

Al igual que en otros trabajos, Yann, en estrecha colaboración con su dibujante, utiliza un elemento simbólico recurrente para representar sus ideas; en este caso, la continua presencia del tabaco, de las cerillas, del fuego. apoyada también por el trabajo (nada casual) del colorista Topaze, basado en una reducidísima paleta centrada en el rojo y el ocre. La imagen que mejor representa esta serie no es, a mi entender, la sugerente y sensual pose de la pin-up de la portada, sino la de esa cerilla con forma de mujer que deja ver sólamente el cuerpo desnudo, consumida ya la cabeza por el fuego, de una modelo sin rostro ni personalidad.

Sin embargo, y a pesar de su indudable interés, Pin-up no llega a emocionarnos plenamente. A ello contribuye, en parte, el excesivo academicismo de Berthet, un dibujante muy del gusto francés pero que por estas tierras se nos antoja poco sugerente (resulta más brillante en su recreación de las tiras de Milton Caniff que en el desarrollo de su propio universo).

Pero fundamentalmente este tebeo se resiente del excesivo lastre de unos personajes poco creíbles, con los que cuesta trabajo conectar como lector: Se les nota demasiado que forman parte del juego, que no representan a personas de carne y hueso, sino a muñecos sobre papel al servicio de una historia preconcebida. En este sentido el final de este segundo tomo. una supuesta broma con un tono antimachista bastante burdo, me resulta particularmente ridículo por lo poco convincente. No deja de ser curioso que las fugaces e intermitentes inmersiones en las aventuras de Poison Ivy resultan, amén de más divertidas, más creíbles, porque se nos presentan como lo que son realmente: un tebeo, una divertida mentira sobre papel. Más carnaza, qué duda cabe, para los amantes de perderse por los laberintos del lenguaje de la historieta.

Enrique Bonet


U, el hijo de Urich #9 marzo 1998






Superman: El último hijo del planeta Krypton



Producción: Alan Burnett, Paul Dini y Bruce Timm. 

Guión: A. y P. Dini.

Productora ejecutiva: Jean MacCurdy.

Dirección: Curt Geda, Scott Jeralds, Dan Riba y Bruce Timm.

Dirección artistica: Glen Murakami

Warner Bros. (1997). 58 minutos.

El mismo equipo que dio esplendor a Batman se ha ocupado ahora de trasladar a los dibujos animados al otro gran icono de DC, un Superman que calienta motores en el año de la celebración de su 60 Aniversario. A la venta ha salido el pasado diciembre una cinta de video que recoge el episodio piloto de la serie televisiva estrenada por Warner en Estados Unidos durante 1997, y cuyos derechos son aquí propiedad de Canal+. A pesar de la garantía que supuestamente suponen las firmas de los Timm, Dini, Burnett, Murakami y demás tras el excelente trabajo que desarrollaron con el Señor de la Noche, lo cierto es que El último hijo del planeta Krypton no es precisamente un debut arrollador. Condenado a sufrir comparaciones con los legendarios episodios de los estudios Fleischer (1941-43), el nuevo Superman sale malparado en el cotejo, y sin que medie nostalgia alguna (me he revisado las primitivas peliculitas para corroborarlo). No se trata sólo de que la animación resulte incomprensiblemente menos fluida (¿por qué estos chicos saben hacer que la gente vuele, salte y corra, pero no que camine con normalidad?), sino que el equipo de Warner no ha sabido encontrar una estética adecuada para darle ese punto maravilloso y elegante que sí tenía el trabajo de los Fleischer, e incluso el suyo mismo en Batman. Pero claro, en Batman recogían la herencia de los diseños cinematográficos de Anton Furst y se manejaban en escenarios oscuros y evocativos, en desfiladeros urbanos repletos de sombras y cornisas art dèco. En su lugar, ahora tenemos paisajes de ciencia ficción y una ciudad, Metrópolis, que no posee unos rasgos tan definidos como Gotham, pero que exige cielos más despejados, luz a raudales y un predominio absoluto de la acción diurna, frente a la noctámbula del Murciélago. En este episodio piloto, la ambientación es decepcionantemente vulgar, sin un rasgo de genialidad. Los edificios, las maquinarias, las naves, los monstruos, los robots, los coches: nada resulta convincente ni fascinante.

Pero más graves que los problemas estéticos, siempre subsanables, son las deficencias del guión, probablemente una de las razones por las que el espectador, aburrido, deja pasear la mirada por esos detalles de ambientación que, de otra forma, deberían pasar más desapercibidos. El problema de El último hijo de Krypton es que se obliga a contarnos !otra vez! el origen completo del Hombre de Acero, empezando por un Krypton sacudido por los temblores y acabando por su establecimiento como gran héroe de Metrópolis. La historia de Superman ya nos la sabemos todos, y esta versión animada no aporta ni un gramo de novedad, de originalidad o de sorpresa, con lo cual el relato queda reducido a un desembarazarse pesadamente de tópicos más bien cansinos. La obsesión por presentar a todos los personajes de la serie, principales y secundarios, provoca el destile apresurado de Jor-El y Lara, Brainiac, Jonathan y Martha Kent, Lana Lang, Perry White, Lois Lane, Jimmy Olsen, Lex Luthor, Bibbo y, por supuesto, las dos estrellas de la serie, Clark Kent y Superman, un reparto excesivo para tan pocos minutos. Los acontecimientos están tan comprimidos que el espectador apenas tiene tiempo de respirar y dejar que cale en él el efecto dramático que deberían tener, lo que se traduce en una narración formularia y poco animada, además de desarticulada, pues se divide en tres segmentos de argumento claramente diferenciados, Krypton, Smallville y Metrópolis, que se suceden el uno al otro sin ensamblarse nunca, sin que jamás uno sea consecuencia del anterior y sin que los acontecimientos presentados en uno tengan repercusión en el posterior. A estas alturas ya debería resultar obvio que el origen de Superman sólo se puede presentar en flash-back, y desde luego nunca en una narración lineal tan prolija. Claro que igual opinaba de otra manera si tuviera siete años y éste fuera mi primer contacto con "Big Blue"

La batalla final entre Superman y el traje de combate de Luthor deja, sin embargo, un buen sabor de boca. Hay que confiar en que Dini, Timm y Burnett sabrán aprovechar el potencial para el asombro que posee un personaje todopoderoso trasladado a un medio donde podemos verle hacer cualquier cosa, y a menos que alguna misteriosa enfermedad les haya privado de su ingenio, es seguro que sabrán confeccionar guiones mucho más interesantes una vez librados del lastre de contarnos el origen.

Así que seguiremos esperando nuevas entregas de esta serie con la fe casi intacta, aunque este primer video sólo se puede recomendar a los más fieles seguidores de las andanzas del kryptoniano. Yo encontré otro argumento para adquirirlo: incluyen con el paquete un maravilloso muñeco articulado de Superman.


U, el hijo de Urich #8 enero 1998


Capricornio (1): El objeto Andreas Norma



Parece que fascinado por la estética y la inocencia de la emergente ciencia revolucionaria de los comienzos de siglo, Andreas ha decidido tomar pie de su anterior serie larga, Rork, con un personaje secundario de aquella para quedarse durante otra porción de álbumes desarrollando su particular visión de ciencia-ficción mezclada con mística prehistórica.

Comienza por remontarse, en la mejor tradición folletinesca, a estadios anteriores a la aparición del personaje en Rork para entretejer lo que podría entenderse como un "El origen de...", que, a su vez, promete desgranarse a lo largo de quizá tantos episodios como el propio Rork (7 álbumes y quién sabe si llegar tan lejos. En Francia han aparecido ya dos tomos y ahora aparece en España el primer episodio de la saga de Capricornio, en tapa blanda.

No obstante, el tono de esta primera entrega se inclina más hacia la aventura con intriga que hacia la investigación sobrenatural y la reflexión sobre la existencia que se proponía a lo largo y ancho de tiempos y espacios atravesados por Rork en su inacabable misterio.

Capricornio, aun dedicándose a la astrología, se nos presenta como un ser humano aparentemente corriente, más cerca del detective privado que del nigromante, y sus aventuras se centran más en la tecnología nivel años 30. Da la impresión de que Andreas extrae una cierta comodidad y relax vagando por los cañones de cemento del Nueva York de los rascacielos, para seguir un poco con el complejo volumen de ideas y asociaciones que desplegaba en Rork o Cyrrus, sin meterse en berenjenales pero manteniendo la diversión.

Detalles de ambientación, ideas científicas, personajes del hampa, todo ello son motivos de disfrute y nostalgia para un guionista que está montando una de aventuras fantacientíficas clásicas sin demasiadas pretensiones.

Pero sus extrañas ideas no se le han ido de la cabeza y, desde luego, tampoco su capacidad para conferir el misterio a personajes y argumento lo cual hace dejando un poso de sabor inclasificable que te obliga a seguir la lectura con genuino desconocimiento de hacia dónde va a ir a parar la interpretación final que Andreas le dé a, en este caso, el origen del misterioso "Objeto", su funcionamiento, las implicaciones con el pasado indígena (hasta a eso se remonta) de Nueva York y, por último, a quién es este Capricornio, que aparece en Central Park con una maleta de ropa y es rebautizado con ese nombre por los mundialmente famosos anónimos habitantes de las extensas cloacas neoyorquinas.

Establecido ya su estilo gráfico desde hace un puñado de álbumes en una curiosa mezcla de estilización y narrativa de inspiración yanqui junto con un grafismo ya más propio de la aventura realista que del superhéroe, con un toque de infantilismo en los personajes (su gestualización e iconografía) proveniente de la tradición franco-belga, lo que Andreas sigue ofreciéndonos con maestría ya depurada es una narrativa muy rítmica y bien compensada llena de detalles que cuentan para la historia, bien metidos y retomados cuando la información lo necesita. El álbum resulta extraordinariamente fluido de leer, estimulado por las pinceladas de misterio, entre inexplicable y sobrenatural, que Andreas va dejando planteadas para resolver en éste o en futuros álbumes. Este es un episodio de comienzo de saga y, como tal, resulta prometedor de fascinaciones y sensaciones e, incluso, de ideas nuevas, porque dentro del trillado terreno de la ciencia-ficción, Andreas es de los pocos cuyas ideas tienen un trasfondo propio original, pese a rastreársele muchas fuentes en los detalles.

Un álbum de este hombre, aventuras o no, no es nunca sólamente una lectura de evasión. Siempre desarrolla de modo implícito una visión del mundo y de la vida en la que se entretejen la mitología prearia, la ciencia moderna y un cierto concepto de lo sobrenatural y las relaciones dentro de un universo que consigue hacerte parecer ajeno, fascinante y aterrador. El que haya leído con continuidad los álbumes de Rork no habrá dejado de sorprenderse ante la originalidad y fuerza de la reflexión que allí se planteaba sobre la vida, la ficción, la creación de la ficción y la relatividad de la superioridad del hombre entre las criaturas de la naturaleza.

A este álbum, sin embargo, cabe reprocharle quizá el exceso de cabos que van apareciendo para, en un futuro, perder su condición de sueltos, que pueden resultar un poco como introducidos haciendo uso del reloj y el compás: hay que ir dejándolos aquí y luego allá porque el álbum tiene este número de páginas y, en este primer tomo, sólo se averigua hasta aquí. No es excesivo pero sí resulta un efecto de falta de naturalidad a la hora de dejar fluir el relato, muy plagado de detalles, bien construidos, que aumentan el interés, pero eso, plagado. La reducción a un ámbito más convencional y divertido de su tratamiento del hombre-misterio no sabemos seguro si va a conducir al éxito, produciendo una serie de álbumes jugosos, como este primero o, por el contrario, la ficción se desinflará de su fuerza antes del previsto final.

Tampoco todos los álbumes de Rork le salieron igual de redondos.

Enrique Vela


U, el hijo de Urich #8 enero 1998



martes, 24 de febrero de 2026

How to draw boobs from Adam Hugues

 
















Fábula de Venecia Hugo Pratt Norma Editorial



(Antes de empezar, debo admitir que soy incapaz de leer las novelas de Conrad, de puro aburridas. Aprecio más a Stevenson como personaje que como escritor, y de London prefiero con mucho las ocasionales adaptaciones de Carlos Giménez que los relatos originales. Con Kipling, en cambio, aún no acabo de aclararme. En fin, que lo mío no es la Aventura. Y sin embargo, la obra de Pratt consigue fascinarme casi siempre.

Especialmente, los distintos títulos por los que deambula el muy icónico Corto Maltés. Acaso por la solidez narrativa del veneciano, por su capacidad de crear personajes poderosos, enigmáticos, inolvidables. O por su condición de historietista nato, uno de los mejores que el medio ha dado en su historia.)

En su política de rescate de autores esenciales, Norma continúa lo que podríamos considerar la edición definitiva de los títulos de Hugo Pratt con un libro que no es, probablemente, su obra más redonda (a mi juicio, semejante galardón correspondería a Corto Maltés en Siberia), pero que sí constituye una pieza fundamental para comprender la evolución de su autor. Edición definitiva, por cierto, en la que se sustituye el brillante blanco y negro del original por un color de tonos desvaídos que, sin llegar a aportar nada al conjunto, tampoco molesta y entronca con el gusto de Pratt por la acuarela suelta y vagamente atmosférica.

Además, incluye un prólogo lleno de información prescindible que nos permitirá comprobar, si es que algún día reunimos suficiente ánimo para leerlo, que el autor veneciano sabía mucho de todo, y además se documentaba de manera exhaustiva, por si acaso. Información, creo yo, perfectamente irrelevante a la hora de disfrutar de la historieta.)

Verán, tengo una teoría en lo que a los tebeos de Corto Maltés se refiere. Para mí, en la trayectoria del mítico marinero se pueden distinguir dos etapas perfectamente diferenciadas. En la primera, que empezaría en La Balada del Mar Salado y continuaría con todas las historias cortas hasta culminar en su aventura más conseguida (insisto: Corto Maltés en Siberia), nos hallamos ante un Hugo Pratt respetuoso con sus mayores literarios, narrador aplicado y fabulador de aliento poderoso en cuyo trabajo se adivinan los ecos de Conrad y Kipling, de London, de todos los grandes del género. Son trabajos sólidos, apasionantes, de una eficacia incuestionable, y le valieron a su autor la consideración de crítica y público (más que merecida: hay algunas historias cortas, de las que luego se recopilaron en Las Célticas o Las Etiópicas, de una belleza que algún pedante calificaría de clásica).

Fábula de Venecia y La Casa Dorada de Samarcanda inauguran una segunda etapa (para mí, más interesante) en la que la Aventura se intelectualiza, los personajes se transforman en iconos autoconscientes y el autor transita sendas paralelas a las recorridas por Umberto Eco en sus novelas.

Quizá hayamos perdido un cierto aliento épico, una manera de poetizar, pero tenemos a cambio el placer del juego, la autorreterencia, el distanciamiento irónico, la reflexión en torno a las claves del género (y las claves, también, de la vida, del ser humano). Y recuperamos a un dibujante que regresa a la mancha, que limpia su trazo hasta lo esencial en un equilibrio hermosísimo, de ecos orientales. Las páginas de Fábula de Venecia son, en este sentido, reveladoras. (Será, sin embargo, en Mu donde Pratt conseguirá cuajar de manera definitiva la manera de hacer de esta segunda época.)

En lo que al álbum en sí mismo respecta, y si dejamos de lado disquisiciones estilísticas y semióticas, ¿qué decir? Un Corto Maltés irónico y sagaz como siempre, misterios y templarios en las calles de una Venecia llena de enigmas y de gatos, de pozos mágicos, de mujeres hermosas, de aventuras, de sombras... La búsqueda de la Clavícula de Salomón como excusa para darnos un paseo por una ciudad mítica, por sus canales mohosos, por sus noches de magia y musgo. Y, como siempre, una mujer, una bruja, alguien que acecha en la sombra, viejos amigos... Corto Maltés, en suma: Hugo Pratt. (Un libro, un autor, por si no ha quedado claro, imprescindibles.)

francisco naranjo


U, el hijo de Urich #8 enero 1998


Obras escogidas Joaquín López Cruces Camaleón Ediciones/ Masalosombra Ediciones




El autor de esta reseña quiere comenzar declarando su absoluta falta de objetividad a la hora de juzgar este tebeo. Porque al revisar estas páginas ha vuelto a convertirse en aquel adolescente abrumado que tuvo el privilegio de acceder al estudio granadino donde entonces (primeros años ochenta) trabajaban Joaquín López Cruces y Rubén Garrido, el adolescente impactado que volvía a casa envuelto en la magia de aquellos originales que aún olían a tinta fresca, de aquellos dibujos sublimes, impecables, hermosos, de aquel trabajo que empequeñecía hasta el ridículo los incipientes intentos de dibujar una historieta mínimamente correcta. Entre los dibujantes imberbes de mi generación, hablar de Joaquín López Cruces era hablar de la perfección exquisita. Y a pesar de todo, a pesar de la casi nula presencia de nuevas páginas de Joaquín en el panorama comiquero, a pesar de que dejamos de ser imberbes y adolescentes, los dibujantes de mi generación seguimos hablando de Joaquín y seguimos odiándolo por su maldita perfección.

Quien no tenga ni idea de lo que estoy hablando haría muy bien en correr a las librerías y hacerse con esta pequeña joya que Camaleón y Malasombra nos regalan ahora. Obras encogidas es una magnífica recopilación de historietas cortas realizadas desperdigadamente para diversas publicaciones (Madriz, La Granada de Papel, Don Pablito, Olvidos de Granada...). En los guiones, además de los de propia autoría, podemos ver las firmas de Almudena Martínez, Rubén y, sobre todo, de Santi (M° Isabel Santisteban), con quien también realizó el sensacional álbum Sol poniente, una obra que a mi entender nunca fue suficientemente valorada y que hoy día constituye toda una rareza.

Cada una de las historietas que componen esta recopilación es un trozo de vida; recogen fugazmente escenas cotidianas, pequeñas anécdotas banales, ráfagas en la existencia de personajes absolutamente corrientes, pero narradas con una sensibilidad que convierte lo aparentemente intrascendente en poético, emocionante o mágico. Esa especial sutileza para ver la vida y para contarla es la verdadera esencia del arte de Joaquín López Cruces, un camino que la historieta ha tomado en contadas ocasiones. Y bajo este planteamiento, la precisión documental y la perfección de su dibujo, más allá del puro goce estético, se convierten en un elemento narrativo más, en armas fundamentales para envolvernos en el hálito poético de sus historias, a veces mágicas, a veces nostálgicas y melancólicas, a veces incluso irónicas y humorísticas. A pesar de la variedad de estilos que el autor ha ido ensayando (desde el realismo casi absoluto al trazo más suelto y expresivo, pasando por el más puro humorismo), hay en todos ellos un denominador común: la absoluta precisión con que se dibujan todos y cada uno de los elementos que componen la viñeta, cuidando al máximo los detalles, los objetos, los vestuarios, los gestos..todo lo que, de un modo u otro, aportan densidad y riqueza a la lectura. Esta riqueza gráfica es fundamental, sobre todo en sus trabajos bajo los espléndidos guiones de Santi, basados en los silencios y las elipsis. Son historietas que sugieren más de lo que narran, que esconden mucho más de lo que enseñan. Es la puesta en escena la que nos describe ambientes, la que nos revela, o nos sugiere, algunos de esos secretos que parecen ocultarse bajo las modestas vidas de sus personajes.



Esta recopilación nos ofrece también la extraordinaria oportunidad de apreciar en su conjunto el dominio que Joaquín López Cruces ejerce sobre la historieta breve, un género cada vez menos cultivado ante la práctica inexistencia de revistas y la creciente tendencia al formato comic-book y la novela gráfica. Si quisiéramos hacer comparaciones (ya lo sé, siempre odiosas con otros medios, las historias de Joaquín serían equiparables a un cuento corto o a un poema, según los casos.

Siempre parten de premisas argumentales muy escuetas, en algunos casos prácticamente inexistentes, en las que lo realmente importante es el modo de narrar y la capacidad de interpretación del lector, al que continuamente se le dejan resquicios para que construya la historia a su modo. En este sentido, una historia tan aparentemente intrascendente como "En algún lugar de Escocia" (un diálogo en inglés entre dos chicas que se preparan para dar un paseo en coche) puede convertirse en un verdadero ejercicio de provocación para la imaginación y la capacidad emotiva del público. Si uno quiere, puede construir miles de historias distintas a partir de lo que nos ofrecen los autores (Joaquín y Rubén, en este caso): la mera descripción de un ambiente y una levísima presentación de personajes de los que nada sabemos pero sobre los que podemos sospechar muchas cosas. Este mismo esquema se repite en casi todas las historias: en "La aventura", con guión de Santi, la trama gira en torno al descubrimiento de unos niños de un libro "guarro" (El Decamerón), pero lo que realmente importa no es el descubrimiento en sí, sino la tensión y la intensidad con la que los niños acceden a lo prohibido y el impacto emocional que les causa (un tema, el de la infancia, muy presente en toda la obra de Joaquín). "Orfeo", también con la misma guionista, describe la crueldad y el dolor de la muerte con una eficacia y una elegancia admirables, gracias a una planificación de páginas que confronta pero a la vez confunde la vida y la muerte, el sueño y la realidad, el pasado y el presente. Y todo eso en sólo dos páginas y usando apenas tres o cuatro pequeños bocadillos.

En definitiva, cada una de las brevísimas piezas que componen este trabajo son modélicas en su construcción; insisto, son historietas que carecen de grandes pretensiones, construídas con la modestia de quien trabaja con el material que permanece agazapado tras las pequeñas historias de todos los días: el misterio, la fascinación, las pequeñas sorpresas, las emociones, los sentimientos, la recreación de ambientes y sensaciones. Y todo ello con el regusto tan especial que desprenden las obras trabajadas concienzudamente y con cariño. Quizá ahí radique la verdadera causa de por qué un autor de esta talla no haya continuado publicando profesionalmente como historietista y se haya desviado hacia otras facetas profesionales más rentables (ilustración y diseño, fundamentalmente); en contra de lo que podría pensarse, creo que Joaquín no ha abandonado la historieta porque haya dejado de gustarle, sino por todo lo contrario: respeta tanto este medio que sería incapaz de hacer páginas sin la entrega, el entusiasmo, la dedicación y la búsqueda de calidad que se merece. Joaquín López Cruces pertenece a una raza de autores que, me temo, la industria es incapaz de absorber y asimilar por su ritmo de producción y sus planteamientos de trabajo, poco rentables comercialmente. En cualquier caso, siga o no haciendo historietas (es muy posible que dentro de poco nos sorprenda con alguna pequeña cosita de nueva producción), Obras encogidas, con toda su brevedad y su modestia, es un nuevo ejemplo de resistencia, un recordatorio de lo que se hizo en otros tiempos quizá más felices para la historieta y un catálogo de sugerencias de muchas de las cosas que quedan por hacer.

Enrique Bonet


U, el hijo de Urich #8 enero 1998




lunes, 23 de febrero de 2026

Zerocalcare desnuda ante el lector su imperfección

Dibujo de Más allá de los escombros. Zerocalcare

Por Álvaro Pons  y Noelia Ibarra

La obra de Zerocalcare se ha convertido en un auténtico fenómeno social en su Italia natal. Todo un millonario éxito de ventas que ha traspasado la viñeta para llegar a tener serie de animación en Netflix, en un camino que en otros autores podría constituir una vía de domesticación y gentrificación del mensaje, pero que el historietista ha aprovechado para crear una obra tan compleja como reivindicativa y honesta.

Desde una concepción autoficcional de la creación, sus obras se articulan en torno a dos grandes ejes: por un lado, el cuaderno de viajes a zonas de conflicto como Turquía, Irak o Siria, y, por otro, el relato personal e íntimo de su vida, en el que reflexiona sobre todos los temas cotidianos con un compromiso político militante y exigente ante la realidad que nos rodea. El espíritu punk de su juventud se encuentra siempre presente en sus obras, pero su relato vital se ha ido forjando desde la introducción de elementos fantásticos que sirven como reflejos metafóricos de la realidad, como la introducción de un armadillo como alter ego, pero también desde la interpelación a la cultura popular como argamasa de la construcción de nuestra identidad.

En esta nueva entrega, el autor repasa esos momentos de maduración y crecimiento, ese paso de la utopía juvenil a la resignación adulta, que le permite reflexionar sobre las relaciones con su familia o sus amigos. Sin filtro alguno, Zerocalcare se confiesa ante el lector a través de la liberación de una rabia interior que tendrá que dialogar con esas ficciones que definen los rasgos de la personalidad individual desde un humor ácido y cortante, a veces pura hipérbole descarnada que deja un poso amargo, pero que transforma la realidad en una ficción más digerible, nunca menos impactante en la lectura. Revisa sin ambages los traumas que arrastramos desde la infancia, ocultos y sin verbalizar, en una búsqueda que le permita comprender quiénes somos hoy, pero también desde una mirada crítica hacia ese concepto tan voluble que puede ser la integridad a uno mismo, jugando con los diferentes periodos vitales y comprobando cómo esa supuesta solidez supone tan solo una frágil edificación que va dejando escombros tras de sí como muestra de los encontronazos con la vida. Sin embargo, la dureza de su mirada encuentra refugio en la necesidad de apoyarse en los demás para poder mantener esos fragmentos en apariencia desechados en su lugar, para conseguir que esa delicada y endeble composición resquebrajada pueda seguir unida. Aceptar la imperfección de ese equilibrio imposible de piezas al que reconocemos con dificultad bajo la etiqueta de "yo" para poder entender y tolerar a los demás. Resulta imposible leer esta obra y no sentirse reflejado en algún momento, en algún silencio, en algún diálogo: Zerocalcare consigue siempre ir mucho más allá del escombro para empatizar y, al tiempo, tender la mano al lector para avanzar juntos en la lectura sin perder nunca su compromiso con la realidad.



Más allá de los escombros

Zerocalcare

Traducción de Irene Oliva Luque

Reservoir Gráfica, 2026. 384 páginas. 28,41 euros


Babelia Núm. 1.787 Sábado 21 de febrero de 2026