miércoles, 6 de mayo de 2026

Una cuestión de familia Will Eisner Norma



Will Eisner ha sido durante las dos últimas décadas el referente ineludible a la hora de hablar de una historieta adulta en los EEUU (y en el mundo, por tanto; mal que nos pese). Mucho antes de que Spiegelman y su Maus encandilasen a los lectores del New Yorker y demás burgueses enteradillos, obras como Contrato con Dios o Afán de vida mostraban ya a quien quisiera mirar la capacidad dramática del medio y la honda calidad poética del que fuera creador de Spirit. Que a su avanzada edad continúe trabajando a un ritmo más que razonable, entregando a la imprenta, además, joyas como To the heart of the storm (a mi juicio, su obra más redonda después del ya citado Contrato con Dios), sólo puede significar que nos hallamos ante uno de esos creadores privilegiados que nos ofrecerán lo mejor de sí mismos hasta el mismo día de su muerte.

Naturalmente, por mucho que sea su talento, ningún narrador acierta siempre en su empeño, y Eisner ha tenido sus altibajos en los últimos años. Eso sí, lo que en el conjunto de su carrera podríamos calificar de obras flojas, de títulos menores (pienso en El Edificio o Crepúsculo en Sunshine City, por ejemplo), sigue estando muy por encima de las posibilidades de la mayor parte de sus compañeros de profesión. Por eso, a la hora de hablar de su último libro, este Una cuestión de familia que Norma edita con una puntualidad digna de aplauso, conviene tener muy claro en qué contexto decimos que se trata de una obra "menor". De lectura fácil y peripecia más bien previsible, el álbum ejemplifica algunas de las mayores virtudes del mejor Eisner: la solidez narrativa, la fuerza de unos personajes perfectamente caracterizados (el complejo lenguaje corporal resulta fundamental en ese sentido), la eficacia del montaje invisible, del personalísimo diseño de página. También puede considerarse compendio de algunos de sus defectos (la endeblez del argumento y una debilidad irritante por determinados estereotipos a la hora del desarrollo de los personajes, por ejemplo). Con todo, a pesar de no volar tan alto como en sus mejores obras, Eisner nos ofrece una lectura satisfactoria, que no es poco.

El libro narra una reunión familiar celebrada en torno al abuelo, un anciano condenado a la parálisis y sumido en un mutismo engañoso. Cada miembro de la familia tiene sus razones para acudir, y por supuesto todas giran alrededor de la inminente muerte del patriarca y la posible herencia. Antes de que el día termine, los intereses encontrados y las mezquindades comunes acabarán por hacer estallar una auténtica tempestad de hipocresía y bilioso rencor. Una historia, como vemos, no demasiado original, pero resuelta con la elegante soltura de que sólo Will Eisner es capaz. Estructurado a la manera de una obra de teatro con un prólogo (superfluo, me parece, dado que en sus páginas se presenta a los distintos personajes y se da cuenta de sus intenciones, algo que ellos mismos harán a lo largo del resto del álbum y un solo acto en el que los actores, enganchados todos a la escuela de sobreinterpretación latina que tanto éxito está dando a nuestro Banderas, acabarán desencadenando la tragedia, el libro no está a la altura de (para seguir citando el mejor) Contrato con Dios, pero es que nadie puede estar siempre a la altura de su mejor obra.

(Y ya que estamos, dado lo acertado de las ediciones que Norma está ofreciéndonos del último Eisner, a pesar del tropezón de Moby Dick, no estaría de más que se decidieran a recuperar viejos títulos como Afán de vida o Signal from space. Muchos lo agradeceríamos.)

francisco naranjo

U, el hijo de Urich #13 noviembre 1998

En busca del unicornio Emilio Ruiz/Ana Miralles Glénat



Aún a falta del volumen que cierre la trilogía, la trasposición en viñetas del best-seller medievalista de Juan Eslava no sólo confirma la presencia en Europa de Ana Miralles, sino que, en realidad, y al margen de sus valores intrínsecos, materializa uno de los escasos proyectos de autoría hispana con cierta relevancia en la coyuntura actual. Aunque sólo fuera por su extensión y calidad técnica o por su edición simultánea en España y Francia, considerando el contexto de la paupérrima producción nacional. Tanto, que la obra se orienta más bien hacia el mercado del país vecino -bajo los acogedores auspicios de Glénat- ya desde la planificación del arco argumental en forma de sucesivos álbumes hasta su inclusión en la prolífica tradición francobelga del cómic histórico, especialidad en la que por cierto dicha editorial es responsable de numerosos títulos de prestigio. Lo que, desde luego, implica esa escrupulosa ambientación casi rayana en lo didáctico tan al gusto de público y editores galos, trabajo de investigación documental que en esta ocasión obtiene la valiosa colaboración del padre literario del relato. También participa la serie del género de aventuras (en el que la dibujante ya se inició con los irregulares guiones de Antonio Segura) para el caso con el subtítulo "de viajes" , a modo de road movie medieval y comanditaria. Y, claro está, de la corriente que se nutre de la novelística, cuyas más recientes muestras en España, recordemos, han sido La ciudad de cristal y Moby Dick, además de la obra que ahora nos ocupa.

Curiosamente los tres casos se revelan paradigmáticos de otros tantos resultados posibles a la hora de trasladar a la historieta un texto impreso; en contadas ocasiones el cómic aporta lecturas diferentes en función del nuevo lenguaje narrativo e incluso reinterpreta las claves del original escrito, virtud aplicable a la labor de Karasik y Mazzucchelli (¿otros ejemplos?: Nazario, Breccia o Giménez); los más, se limitan a escenificar mecánicamente bloques del texto originario, hecho que lamentablemente refleja el mencionado trabajo de mister Eisner por culpa de su destino al soporte CD-ROM; y además existen historietas que se prestan simplemente a la encomiable tarea de reconstruir con fidelidad un universo escrito, de recrear su ritmo y atmósfera, transmitir el vigor de las imágenes literarias o representar la presunta sensibilidad del autor: el Poe visto por Richard Corben o el Oscar Wilde de Craig Russell pueden ser adecuados ejemplos, y es en este marco donde se inscribe el propósito de Ruiz y Miralles con En busca del Unicornio.

Su adscripción a los parámetros francobelgas también alcanza al ámbito formal. Así, la expedición de Juan de Olid tras el cuerno quimérico que restaure el vigor amatorio de su rey observa un desarrollo lineal, tradicional en la angulación de sus planos, y, sobre todo, absolutamente clásico en el diseño de página. Distribución uniforme de viñetas (la mayoría en tiras), casi todas cerradas y de las que jamás escapa una fracción de dibujos o texto. Viñetas, por lo demás, muy numerosas en el primer álbum (a menudo cuatro filas por página), hasta excesivas, a pesar de que muchas de ellas resultan prescindibles incluso considerando lo prolijo de la novela que adaptan. Y tan somera aplicación de la elipsis no puede haber sido obviada por dibujante y guionista de forma inconsciente, máxime a tenor de su producción previa. Por añadidura, si bien el segundo tomo regulariza el uso de las tres filas, cada viñeta rebosa en mayor medida si cabe de información visual. Tal intención puede tener, pues, conexión con la mencionada necesidad de describir minuciosamente los elementos que aportan credibilidad al género histórico, de desplegar el atrezzo y la parafernalia frutos del evidente esfuerzo documental. Pero lo cierto es que todo ello produce además un efecto global que remite a los códigos miniados, las abigarradas vidrieras y los retablos del Medievo, plenos de personajes y detalles, tanto como las pinturas de un Renacimiento ya esplendoroso en los días del rey Enrique IV que motiva el argumento. Al efecto contribuye sin duda el empleo por parte de Ana Miralles de colores cálidos con predominio de rojos, verdes, marrones y ocres: no por casualidad, el cromatismo pictórico de tal período. Además de una luminosidad mediterránea deudora de su afinidad con la tierra valenciana, particularmente evidente en el periplo africano del segundo álbum. El propio estilo de dibujo se ciñe a un clasicismo consecuente, voluntariamente realista y depurado en Eva Medusa; su trazo es aquí más contenido pero sereno, siempre vitalista y sensual. Definitivamente superados ya los titubeos de los primeros días y muy lejos del estilismo de diseño de los ochenta, en una suerte de recorrido inverso al habitual. De la experimentación inicial a la madurez académica.

Efectivamente, es el trayecto lo que determina esta obra. Inevitable camino iniciático pero también objeto en si mismo. Reverso luminoso del viaje al corazón de las tinieblas es, al fin y al cabo, una búsqueda de la pureza encarnada (aun a pesar de sus prosaicos fines) si bien tal apunte mitológico no es óbice para un relato de corte realista que. aun incidiendo en el retrato de época, no deja de trasponer planteamientos que se revelan universales cuando no patéticamente cercanos. No extraña, por tanto, que en la adaptación de este premio Planeta predominen los planos generales sobre las tomas cortas -sintomáticamente, una vez iniciado el viaje- ya que ciertamente prima la peripecia colectiva sobre el hecho individual. Sin duda la gesta es más importante que sus protagonistas. Lo que por otra parte no propicia en exceso la implicación emocional del lector: el argumento no avanza en base a recursos dramáticos sino al paso de la expedición real: el argumento es la propia expedición. No excluye la obra, sin embargo, la anécdota personal que pueble un evento grandilocuente de seres humanos, evitando el tono aséptico de quien se limita a encadenar una serie de cuadros históricos sin vida. No, los autores atienden mas a la narratividad global que a la espectacularidad aislada, si bien abundan viñetas de hermosura plástica innegable.

Como quiera que el trayecto es una sucesión de espacios. aparece insoslayable el devenir del tiempo, pieza esencial. Difícil tarea la de otorgar al flujo temporal la naturalidad que precisa, más aún en lapso tan amplio como el de este viaje y sus prolegómenos. La adaptación elude con elegancia los textos de apoyo temporales y locativos en base a los mecanismos elípticos de rigor; la transición entre escenas y tramos cronológicos tan pronto es directa como por medio de viñetas mudas a modo de encadenado espacio-temporal Y si la mencionada profusión de tales viñetas genera en el primer tomo un ritmo tan extraño como vacante, paulatinamente se estabiliza, justo a medida que la fantástica expedición define su rumbo. Son instantáneas de la marcha incesante o de nuevas etapas geográficas, como letras capitulares que marcan la pauta argumental y del propio viaje. Un arduo itinerario, sin duda, igualmente complejo para el dúo creativo y con destino, a desear, menos incierto que el de sus protagonistas dibujados.

Resultado mucho mas que digno, globalmente, y ¿por qué no? competitivo en un mercado francés aquejado de problemas propios pero siempre mas apetecible que el autóctono.

Yexus

U, el hijo de Urich #13 noviembre 1998


lunes, 4 de mayo de 2026

La prórroga Gibrat Norma




De entrada, confieso que Jean Pierre Gibrat, el autor de La prórroga, ha sido un verdadero descubrimiento, una auténtica sorpresa, a pesar de no tratarse, en absoluto, de un autor nuevo. Antes de la edición en nuestro país de La próroga, ya habían podido leerse dos obras dibujadas por él, publicadas igualmente por Norma: Pinocha y Marea baja, dos productos que se mueven dentro de criterios estrictamente comerciales, y de los que apenas podemos recordar la especial habilidad de Gibrat en el dibujo de los volúmenes femeninos y su facilidad para el diseño de escenarios fantásticos. Un buen dibujante, solvente, espectacular a menudo, hábil colorista y magnífico diseñador de ambientes. En definitiva, un dibujante eficaz y muy profesional del que no cabía esperar grandes sorpresas.

Que un dibujante así, con una tranquila carrera asegurada como ilustrador de fantasías ajenas, haya decidido liarse la manta a la cabeza para lanzarse a la autoría de sus propias obras, merece un respeto. Y que lo haga con un tebeo como La prórroga merece admiración. Gibrat ha decidido iniciar su carrera como autor apartándose del género que hasta ahora le había dado de comer para abordar un relato intimista, centrado en el estudio de los personajes y la descripción de ambientes, aunque eso sí, sin dejarnos olvidar que es un gran dibujante y que le gusta lucirse como tal. Como él mismo nos explica en el revelador prólogo de esta edición, la historia de La prórroga nace a partir de sus inquietudes y sus gustos como dibujante. A partir de esa atracción gráfica por una época concreta y unos lugares determinados (la Francia rural durante los años de la Ocupación nazi), Gibrat fue construyendo la historia de Julien, un muchacho que decide desertar y refugiarse en su pueblo, Cambeyrac, cuando era conducido a Alemania. La casualidad querrá que se le dé oficialmente por muerto, lo que le obligará a permanecer permanentemente escondido en una casa abandonada, bajo la única protección de su tía Angèle, sin que nadie, más que su tía y él mismo, sepan de su existencia. Desde el estratégico lugar elegido como refugio, un ático desde el que domina todo el pueblo, Julien se convertirá en un testigo privilegiado, con una mirada algo distante y socarrona, de la vida de Cambeyrac; gracias a la ayuda de un telescopio, Julien observa y estudia con detalle a sus vecinos, apenas alterados por los inconvenientes e incomodidades de una guerra que parece vivirse con bastante distancia, y se dedica a espiar como un auténtico voyeur a Cécile, su gran amor. La guerra se vive en las charlas del café, en las conversaciones y discusiones cotidianas, que enfrentan sin demasiada virulencia a los amigos de la Resistencia con los milicianos colaboracionistas, pero la actitud general del pueblo hacia la ocupación, en realidad, es un poco como la del mismo Julien: la de desentenderse de todo. Poco a poco, Gibrat consigue que no sea la guerra ni los nazis lo que nos preocupe, centrando paulatinamente el punto de mira de su interés (y del nuestro) en los anhelos y sufrimientos amorosos de Julien. Conscientemente, Gibrat ha trazado la historia de un pueblo ocupado sin que la Ocupación ni la guerra sean el principal tema; más bien son el telón de fondo, la excusa perfecta para poder situar a un personaje como Julien en una situación extrema y paradigmática: aislado, solo, invisible, necesariamente mudo e imposibilitado de expresar todo lo que siente y de actuar ante todo lo que ve, cuando eso es lo único que puede hacer, ver y observar. Julien es como nosotros, los lectores, o como Gibrat, el autor que nos lo ha puesto delante para que miremos por sus ojos, espiemos junto a él a la bella Cécile u observemos a los personajes que pueblan la aldea.



La narración avanza lentamente, al ritmo de los días monótonos del pueblo y del triste encierro de Julien. Habra quien objetara que el tono general de la obra es demasiado amable para tratarse de una historia ambientada en plena Ocupación; creo que es una decisión personal del autor, una decisión que, ademas, consigue dar un mayor contraste, y por tanto, mayor fuerza dramática. a la única escena de violencia que encontramos en sus páginas. todo transcurre con cierta placidez hasta la llegada repentina de ese momento fatal, de una muerte cruel e innecesaria que, fatalmente, cambia la vida de los habitantes del pueblo y les hace recordar violentamente que, a pesar de todo, el horror y la muerte rondan muy cerca.

No cabe duda de que para un guionista primerizo como Gibrat, describir la vida de un pueblo desde el único punto de vista de un personaje que debe permanecer prácticamente inmóvil es francamente un reto difícil (si en vez de Gibrat se llamara Hitchcock, la cosa sería diferente). Pero lo hace con soltura y con elegancia, con un magnífico sentido del ritmo y del encuadre que consigue que apenas nos demos cuenta de que la mayor parte de la historia se nos esta narrando desde la ventana de una habitación. Gibrat se apoya, por supuesto, en la enorme calidad de su dibujo, detallista y preciso, sin el cual, insisto, una historia como esta apenas tendría sentido. Ha optado también por un colorido cálido y suave y por una ausencia de entintado (dejando a la vista el trazo del lápiz) que refuerza el tono general amable, intimista y algo nostálgico de la obra. Pero por encima de la riqueza de sus decorados y ambientes, del rigor y del gusto por los detalles, la labor del Gibrat dibujante brilla, sobre todo, en su gran sentido de la expresión y el movimiento. Sus personajes siempre están haciendo algo: moviendose de un lado a otro, gesticulando, sirviéndose la comida, hablando con la mirada. Todas las escenas que se desarrollan entre Julien y su tia Angèle son, en este aspecto, magistrales, un prodigio de expresividad, movimiento, planificación y encuadre.



La lectura del segundo y último tomo, sin embargo, es imprescindible para valorar en su justa medida esta obra. De momento habrá lectores que echen en falta algo más de enjundia narrativa, una trama más elaborada y compleja que ayude a acelerar el interés. En esa dirección avanza el final de este tomo, lo suficientemente interesante -e intrigante- para animar a conocer la conclusión de la historia. En las manos de Gibrat está el pasar de ser una agradable sorpresa a consolidarse como uno de los grandes autores de la historieta europea del momento.

Enrique Bonet


U, el hijo de Urich #13 noviembre 1998


Grapeando, que es gerundio

Llegan a las librerías dos perfectos ejemplos de lo que fue, y es hoy en día, un buen cómic


José Luis Vidal

03 de mayo 2026 


La grapa, ese tebeo que todos los que ya peinamos canas (algunos ni eso…) buscábamos todos los meses en nuestros quioscos, papelerías y algunas librerías como si de un auténtico safari se tratara. Hace años la distribución y, sobre todo, la importancia que se le daba a este medio, el cómic, era muy, muy diferente a la de hoy en día, por lo que encontrar números consecutivos de aquella colección que seguías podía convertirse en un auténtico vía crucis para la chavalada de los años ochenta y noventa.

Afortunadamente, aunque más tarde que en el resto del país, llegó en momento en el que por estas tierras surgieron las primeras librerías especializadas y, de golpe y porrazo, los ahorros de todos aquellos jóvenes lectores se vieron consumidos, ya que en las maravillosas estanterías de aquellos lugares de peregrinación podían encontrar los números atrasados que faltaban en sus colecciones.

Como ya os digo, el tiempo ha pasado, los quioscos son un producto del pasado y la grapa ha pasado a ser algo común en toda tienda de cómics que se precie. Y justamente, en este mes de abril, llegan a los estantes dos cómics que son un perfecto ejemplo de este formato que, desde hace ya tiempo, salvo por algunos nostálgicos, está perdiendo la partida ante el tomo, ya sea de tapa dura o blanda, ya que muchos lectores prefieren disfrutar de un arco argumental completo que no tener que estar mes tras mes esperando que llegue la nueva ración de veintidós páginas que, en la actualidad, se consumen con una rapidez extraordinaria.


El primero de estos cómics a los que me refiero es un Clásico con mayúsculas, y se convirtió en el primer comic en el que, allá por 1939, los chicos norteamericanos pudieron disfrutar de las aventuras de un tipo, un superhombre que, aunque aún no volaba, si que ejecutaba increíbles saltos, tenía una fuerza descomunal y era lo más veloz que habían visto en sus vidas…

Su nombre era, y sigue siendo, Superman. En este primer número, que ahora de la mano de Panini Cómics nos llega en formato facsímil, conoceremos el origen del protagonista, y cómo es encontrado por el matrimonio Kent, que más tarde lo adoptará.

Y de ahí, en un abrir y cerrar de ojos, Clark Kent llegará a Metrópolis, donde tratará de encontrar un trabajo donde se entere el primero de los crímenes, accidentes y de más hechos que acontezcan en la gran urbe.

Y qué mejor que presentarse ante el editor del Daily Star (sí, ya lo sé, pero a lo largo de la lectura de este cómic comprobaréis que hay más de un cambio) que lo rechaza sin casi mirarlo a lo cara.

Afortunadamente, las circunstancias y su otra identidad harán que finalmente consiga el trabajo y conozca a una compañera de redacción, la esquiva (y por qué no decirlo, algo borde) Lois Lane.

Y el resto es historia de los cómics, firmada por los padres de la criatura, Joe Shuster y Jerry Siegel, que curiosamente, en estas primeras páginas, no enfrenta a Superman contra supervillanos, sino criminales, mafiosos, empresarios sin escrúpulos…

Una delicia de edición que todos los que hemos crecido disfrutando de las aventuras del Hombre de Acero deberíamos tener.

Y de ahí a un universo sito en la editorial Marvel, un nuevo y exitoso intento creativo en el que las versiones Ultimate vuelven a tomar el protagonismo. Y en este número especial, lo que se conoce como un one shot, titulado Universo Ultimate: Dos años después, seremos testigos de que las maquinaciones del malvado Hacedor han tenido éxito, dejando a un grupo de personajes, héroes, desperdigados en el lejano siglo LXI…

Tan solo un grupo de personajes, pertenecientes a los extintos Guardianes de la galaxia, van a tratar de reconstruir el grupo y recuperar esa esperanza perdida.

Ellos y ellas son la Capitana Marvel, Starlord, Nulificador Supremo y el canino Cosmo que, gracias a su prodigioso olfato, los llevará a otro lugar, otro tiempo ya muy lejano, en el pasado, donde se reencuentran con un conocido.

Y así, su periplo continuará por diversos lugares, en busca del resto de miembros, cosa que no va a ser nada fácil.

Este cómic es un perfecto ejemplo de libertad creativa, en el que los guionistas Deniz Camp (uno de los mejores y más originales escritores del momento), junto a Alex Paknadel, juegan con diferentes versiones de estos personajes, en un tablero totalmente novedoso, y acompañados por una talentosa legión de dibujantes como Patrick Boutin, Phil Noto, Francesco Manna, Lee Ferguson y el extraordinario Javier Pulido, que nos regala una alucinante versión de Daredevil.


Diario de Cadiz




domingo, 3 de mayo de 2026

Black Jack Osamu Tezuka Glénat




Me pregunto cuántas personas estarán interesadas en leer una historieta titulada "El quiste teratógeno". Imagino que pocas en una primera impresión, y que Black Jack va a pasarlo muy mal para atraer la atención del público español. Espero equivocarme, porque esta colección de deliciosos tomitos que acaba de poner a la venta Glénat constituye, dentro del ámbito de la historieta, lo que de producirse en otros campos de la cultura habría sido saludado por la prensa general como un verdadero acontecimiento: la primera aparición dentro de nuestras fronteras de una obra de quien fue el dios del manga y padre fundador de la historieta moderna japonesa, Osamu Tezuka (1928-1989). Es decir. algo comparable a lo que significaría que a estas alturas se publicara en España por primera vez una novela de Yukio Mishima o que se estrenara en nuestras pantalla una película de Akira Kurosawa. Excepto que Tezuka fue más importante para el manga que Mishima y Kurosawa para la literatura y el cine, respecti-vamente.

Pero como no creo que acudir a semejantes razonamientos sea la mejor manera de popularizar un producto, olvidémonos de argumentaciones historicistas y concentrémonos en el tebeo en sí. ¿Qué es este Black Jack que nos sirve de carta de presentación de Tezuka? Black Jack probablemente sea una de las más populares series del maestro nipón, publicada originalmente en entregas semanales entre 1973 y 1978, hasta sumar un total de 4.000 páginas. Al contrario que la mayoría de los mangas publicados en español, Black Jack se divide en capítulos autoconclusivos de una extensión media (sobre las 20 páginas), y no existe una trama o desarrollo argumental continuado de una entrega a otra. Por el contrario, sigue más bien el esquema de las series televisivas con protagonista fijo que en cada episodio desarrollan una historia completa y cambian de ambientación. Black Jack es el médico protagonista, personaje de rasgos psicológicos escasamente definidos y que por lo general tiende a reaccionar a las dramas y peripecias de los otros, verdaderos motores de la acción. Lo curioso de este médico es que ejerce sin licencia, lo cual no le impide ser el cirujano más extraordinario que jamás haya existido y pasar unas facturas que hacen tragar saliva incluso a los más ricos y poderosos del mundo. O mejor sería decir: especialmente a los más ricos y poderosos. Black Jack es capaz de enfrentarse a cualquier operación y salir bien librado de ella -a menudo impulsado por un viril sentido del honor-, aunque sea haciendo trampa, es decir, buscando una solución para el paciente que no sea exactamente la eliminación de su mal tal y como se esperaba. Las intervenciones son mostradas con una naturalidad casi documental, enfocando órganos y vísceras como si se tratase de un reportaje sanitario, a lo cual sin duda contribuyen los conocimientos de Tezuka y la pasión del autor por el oficio: no en vano tenía la profesión de médico, que nunca ejerció. Sin embargo, Tezuka es demasiado inquieto para plegarse a las limitaciones de un escenario reduccionista.



Las historias de Black Jack no siguen un esquema fijo, ni en cuanto al desarrollo de la acción, ni en cuanto a la ambientación, ni en cuanto a la resolución final de las tramas. Así que la serie no es un interminable desfilar de casos médicos extravagantes a los que el superhéroe quirúrgico responda con las pertinentes hazañas médicas. A menudo nos alejamos de los quirófanos para seguir alguna historia de acción, de crimen o de aventura, y en otras ocasiones el problema médico es sólo uno más de los elementos que se ensamblan en una historia más compleja de lo que se puede resolver con un tratamiento. Eso sí, si de operaciones se trata, en Black Jack se ofrecen las más espeluznantes e imaginativas, de las que el primer tomo da sólo una muestra, pero cuyo repertorio no se agota ahí, ni mucho menos (rizando el rizo, el facultativo de la capa negra llegará incluso a operarse a sí mismo).

Además de a la incomprensión generalizada que suele despertar el manga entre los no lectores de manga y la incomprensión generalizada que suele despertar el manga no parecido a Dragon Ball entre los lectores habituales de manga, para ganar al público Black Jack también tendrá que enfrentarse al desconcertante efecto que produce el primer contacto con el grafismo de Tezuka, una especie de versión sencillota y algo descuidada de los dibujos de la Disney de los años 30. Infantil y caricaturesco, lleno de iconografía humorística, la mezcla de este estilo de dibujo con unos contenidos adultos y a menudo incluso crueles y altamente emotivos, resulta chocante para nuestra sensibilidad actual. El lector que se encuentra de buenas a primeras con una viñeta hiperenérgica y grotesca en la que un divertido doctorcillo agita el brazo mientras dice "Tiene fractura craneal, el cuello roto, los pulmones aplastados, el estómago descolgado, y el intestino le ha estallado con evacuación de excrementos..." no sabe muy bien cómo reaccionar. ¿Debe considerar seria y estremecedora una escena representada por tan curioso monigote? Por el contrario, ¿debe reírse y tomarse a la ligera una desgracia tan monumental como la que describe el diálogo? Hace falta algo de tiempo y de voluntad para penetrar en el mundo de Tezuka.

Afortunadamente, la forma de narrar de Tezuka ayuda, ya que resulta mucho mas occidental que la de mangakas más modernos. La historia se desarrolla a un ritmo mucho más accesible para nuestros hábitos de lectura, sin detenciones morosas que alarguen durante páginas un mismo instante, sin recrearse en diferentes aspectos de una misma escena, sin bombardearnos con personajes cuyo rostro y nombre nos resulta imposible recordar sin un esfuerzo deliberado. Black Jack se lee con agilidad, con viveza y con comodidad, el autor sabe aplicar movimiento y variedad incluso a los más áridos pasajes -es curioso como ocasionalmente intercala una página muda que sólo nos muestra un desplazamiento en coche, aparentemente intrascendente, pero que en realidad dinamiza la narración cuando la historia amenaza con quedarse dormida-, y demuestra continuamente que todo su virtuosismo está aplicado, no al dibujo exhibicionista, sino a la narrativa más eficaz. No quiere esto decir que no haya soluciones mejorables, porque Tezuka trabajó casi toda su vida bajo unas exigencias inhumanas y una presión insoportable, de manera que a veces da la sensación de que las prisas han pesado más que el control de calidad, lo cual es perdonable porque cuando uno tiene el inmenso talento narrador de Tezuka, bien puede relajarse y confiar en el desleal instinto para aumentar un poquito el ritmo de producción.

Como Jack Kirby y Hergé, que son en Estados Unidos y Europa las figuras más aproximadas a lo que representa Tezuka en Japón, nuestro autor supo fundar un estilo universal a partir de unos presupuestos industriales de extrema voracidad. Como ellos también, y como cualquier otro artista del entretenimiento masivo que haya llegado a esa estratosfera donde están los modelos a imitar o a destruir, la obra de Tezuka está impregnada de un humanismo creciente, de una reflexión primaria y aglomeradora sobre la condición humana y un posicionamiento activo a favor de la bondad, la solidaridad y la generosidad. Pero Tezuka es más radical que Kirby y que Hergé, llegando a poner la pureza de los ideales por encima del bien personal y a la justicia, siempre, por encima de la ley, que a menudo no sólo es inútil, sino directamente nociva y opresiva. No en vano Black Jack es un auténtico justiciero ilegal, de carácter más bien adusto y maneras brutales, como un ángel que sirviera a una verdad más luminosa que la de los hombres. ", ¿Dónde está el médico?!", la historieta que abre el primer tomo de Black Jack, es un buen ejemplo de los complicados caminos que sigue el autor para conseguir un bien que nos resulta tan extraño y oblicuo que casi podríamos considerarlo intolerable. Quizás la víctima de la historia se encuentre al final de la misma en una situación indudablemente peor que la que tenía al principio, pero no es eso lo que observa o subraya Tezuka, sino la ejecución de un bien que casi podría calificarse de equilibrio cósmico, un bien separado y superior de las mismas personas que se han de beneficiar de él.

El ideario de Tezuka no admitía concesiones, y Black Jack lo demuestra con su intenso revoltijo de emotividad exagerada y gestos grandilocuentes desplegados a lo largo de historias escritas con un puño tan firme y un ritmo tan rápido que a veces extravía un par de pasos. Olvídense de los valores históricos, Black Jack es una lectura continuamente sorprendente para espíritus intrépidos.

Trajano Bermúdez


U, el hijo de Urich #13 noviembre 1998


Sinergias artísticas: el cómic y otras artes

Escrito por Nerea Fernández 20 abril, 2026


 ¡Ah, el cómic! Ese arte, que ya contempla la inclusión de elementos de otras artes en su ser, no ha cambiado tanto desde sus orígenes hasta la actualidad… Al menos, no en cuanto a los elementos que lo conforman: dibujo, línea, color (o su ausencia), presencia del sonido y del movimiento a través de la línea y la palabra… Es más, paulatinamente fue ampliando sus horizontes y diversificándose en cuanto a formatos y temáticas, desarrollando una serie de subgéneros y una industria sobre los hombros (o las manos y la vista) de sus seguidores.

Este artículo pretende dar una muestra de las sinergias entre el cómic y otras artes, más allá del cine y la televisión. De esta manera, se incidirá en la pintura, la música y la literatura intentando, en la medida de lo posible, ofrecer una muestra equitativa en cuanto a ejemplos y espacio; sin embargo, desde este momento, y por una debilidad manifiesta hacia la última frente a las dos primeras, advierto al lector o lectora de que es más que probable que encuentre más información literaria que pictórica o musical. Esto, y que seguramente falte alguna obra o autor, debido a las limitaciones de espacio, por lo que ruego disculpe si no aparece algo que pueda echar en falta y disfrute del resto.

Y, como todo tiene que comenzar por alguna parte, daremos el pistoletazo de salida con la pintura…

Se puede afirmar, sin demasiadas discusiones, que el cómic y la pintura comparten conexiones profundas en cuanto al uso de la narrativa visual, la composición, el color y la emoción que puede provocarse en el receptor (quien no haya sentido impacto alguno ante la contemplación de algún cuadro puede afirmar que nada lo perturbará). Así, desde una base puramente visual y de un lenguaje gráfico, cómic y pintura han visto cómo se diluían sus fronteras y entre ellos surgía, a veces, una colaboración. Por ejemplo, en el caso de la pintura tenemos al conocidísimo (al menos, sus obras así lo son) Roy Lichtenstein, quien reprodujo a gran escala imágenes del cómic.

Por otro lado, en el caso que nos ocupa, el cómic, podemos encontrar novelas gráficas que se centran en un autor y su biografía o su obra, otras que exploran ciertos conceptos o periodos artísticos, y alguna que incide en técnicas o materiales.

Ejemplo de los primeros tenemos varios autores patrios como Javier Olivares y Santiago García con Las meninas (en ella se utiliza la obra de Velázquez para mostrar cómo ha servido de inspiración para autores posteriores), Paco Roca y su El juego lúgubre (en torno a la figura de Dalí), María Hesse y su biografía sobre Frida Kahlo, Max y El tríptico de los encantados (acerca de El Bosco), Antonio Altarriba y Keko con El perdón y la furia (que se centra en la figura de José de Rivera), Álvaro Ortiz y Dos españoles en Nápoles (acerca de la influencia de Caravaggio en otros pintores del norte de Europa), o las obras acerca de la figura de Goya de El Torres y Fran Galán, por un lado, y Manuel Gutiérrez y Manuel Romero, por otro; entre otros muchos ejemplos.

En cuanto a los periodos artísticos, destacaría Au fil de l’Art, dos volúmenes a cargo de Ivana y Gradimir Smudja que comienzan en las cuevas de Lascaux y realizan un recorrido a través de la historia de la pintura y sus autores más representativos con un dibujo que, a veces, se adecúa al pintor que está tratando (el Cubismo de Picasso o el uso de la perspectiva de Velázquez, por ejemplo). Desde aquí, ojalá lo publicaran en castellano, porque, de momento, solo puede encontrarse en francés… Una mención a Pedro Cifuentes y su Historia del arte en cómic es obligatoria (ya se han publicado los volúmenes 1 al 5, el último sobre el periodo de las revoluciones), o al ensayo de Luis Gasca y Asier Mensuro La pintura en el cómic (por si os quedáis con las ganas de un acercamiento más académico y profundo).

Por último, destacaría Un mundo de «art brut», de Oriol Malet y Christian Berst, que juega constantemente con el dibujo, el color y el diseño para acercarnos al art brut; las obras en tándem de Jorge Carrión y Sagar, Gótico y El museo (no os destripo nada para picar vuestra curiosidad y que os acerquéis a ellos), Feminist art de Valentina Grande y Eva Rossetti sobre los cambios en el arte en los años 60 y 70 y, por último, Máculas de Jordi Pastor y Danide (aunque no alude directamente a técnicas pictóricas, sí realiza un trabajo acerca del cómic, su historia y las formas de presentarse ante el lector).

En cuanto a las relaciones entre el cómic y la música, en apariencia, estas son menores y menos profundas que las establecidas entre la pintura y el tebeo. Sin embargo, del mismo modo que existen biografías de pintoras en cómic, también las hay de músicos (John Lennon, Ozzy Osborne, AC/DC, los Beatles, Freddy Mercury, David Bowie, Iron Maiden, Beethoven…), incluso siguiendo ciertas teorías de suplantación de originales por dobles (seguro que todos conocemos la historia sobre Avril Lavigne…) como Paul ha muerto de Paolo Baron y Ernesto Carbonetti.

También existen numerosos ejemplos de obras que tratan un género en concreto (soul, black music, underground, blues, metal, pop…), con cierto predominio del rock por encima de los demás, incluso conectando, en algunos casos, también el Arte a través de carátulas y pósteres.

Mención aparte merece El anillo del Nibelungo, adaptación al cómic de Craig Russell de la versión operística de Richard Wagner del Cantar de los nibelungos (y aquí encontramos una conexión con la literatura a través de la música y el cómic).

Hemos de señalar, además, la existencia de dibujantes de cómic que diseñan portadas de álbumes musicales (Robert Crumb, Alex Ross, Art Spiegelman, Bill Sienkiewicz, Dave McKean, Bernie Wrightson, Todd MacFarlane, Greg Capullo, Frank Quitely o Mauro Entrialgo, entre otros muchos), de grupos de música animados (la conocidísima Gorillaz) o los personajes de cómic que inspiran o se mencionan en canciones (por ejemplo, Something Just Like This de The Chainsmokers y Coldplay).

También existen cómics en los que la música aparece de una manera u otra, como aquellos en los que los personajes protagonista actúan en una banda (aquí habría que mencionar, entre otras, a la de Spider Gwen o Scott Pilgrim, en el que te animan a tocar con ellos), o los que incluyen información para poder tocar uno mismo la música de las páginas (como en V de Vendetta). Cabe mencionar al autor Kieron Gillen (The Phonogram y The Wicked and the Divine), quien elaboraba listas de canciones con las que poder seguir o leer sus obras, al igual que David Aja con sus Hawkeye; o a Matthew Rosenberg, cuya edición de lujo de ¿Qué lugar está más lejos de aquí? incluía un vinilo (hay que tener en cuenta que la historia se centra en un grupo de niños y adolescentes que guarda con celo cada uno de ellos un vinilo como lo más preciado de sus vidas).

Por último, en lo referente a las conexiones con el cómic y la literatura (como si el cómic no lo fuera…), estas conexiones son innumerables, desde las biografías de autores (por ejemplo, los poetas de la generación del 98 o del 27: Antonio Machado, en Penguin Random House y Diábolo; Miguel Hernández, en Planeta; o Federico García Lorca, en Lunwerg, Lumen o Planeta; entre muchos otros), a la metaficción (Masacre matalustrado, en el que el mercenario se dedica a asesinar a los grandes personajes de la Historia de la Literatura) o las adaptaciones y versiones de clásicos (o no tan clásicos…).

Desde la literatura me gustaría destacar a Luis Alberto de Cuenca, quien le dedicó un poema a Sonja la Roja, o José Luis Pérez Pastor y su Superhéroes; pero hay muchos más poetas, novelistas o dramaturgos que incluyen el cómic de una manera u otra en sus obras, como Margaret Atwood, quien también ha visto su obra versionada al cómic.

Así, podemos señalar algunos ejemplos de biografías dibujadas como el Kafka de Robert Crumb y David Zane Mairowitz, Dublinés de Alfonso Zapico (sobre James Joyce), Samuel & Beckett de Javier Olivares y Jorge Carrión, La divina comedia de Oscar Wilde de Javier de Isusi, Virginia Woolf de Michèlle Gazier y Bernard Ciccolini, los cómics sobre Galdós de El Torres y Alberto Belmonte, o Fernández Etreros y Menéndez Quirós, el de las hermanas Brontë de Isabel Greenberg, o las distintas biografías (completas o no) sobre Emilia Pardo Bazán (Bululú y Cascaborra), Unamuno (El gallo de oro), o las Sin Sombrero (Ponent Mon).

En cuanto a ejemplos de cómics sobre periodos históricos y movimientos se encuentran Está escrito. De la escritura cuneiforme al emoji de Vitali Konstantinov, editado por Libros del Zorro Rojo; la genial La comedia literaria de Catherine Meurisse, Un viaje por las letras de Pedro Cifuentes, o la adaptación del aclamado El infinito en un junco de Irene Vallejo (quien suscribe estas líneas, después de disfrutar enormemente de la Historia disparatada de España de Traité a cargo del dibujante Exprai aguarda con interés que decidan en algún momento, hacer lo mismo con su Historia torcida de la literatura…).

Por otro lado, relacionados con la literatura y todo lo que se mueve a su alrededor son dignos de mención El mundillo literario de Posy Simonds, La venganza de los bibliotecarios de Tom Gauld, Bibliomanías de Laura Pacheco y The Wild Detectives, o el interesantísimo (sobre todo, en cuanto a cómo se editó) Warburg y Beach de Javier Olivares y Jorge Carrión.

Finalmente, el número de adaptaciones al cómic de obras de la Historia de la Literatura es proverbial, desde la Antigüedad con Las troyanas de Rosanna Bruno y Anne Carson, The Epic of Gilgamesh de Dixon y Dixon, o el Gilgamesh de Arnau López Mazorriaga, la versión de la historia de Goliat de Tom Gauld o la de Medea de Fermín Solís, The Odyssey de Seymour Chwast, o el Apocalipsis de Castelli y Roi; pasando por grandes clásicos de la literatura occidental como Tristan & Yseult de Agnès Maupré y Signeon, Tito Andrónico de Shakespeare a cargo de Marcos Prior y Gustavo Rico, El hombre que ríe de Victor Hugo (David Hine y Mark Stafford), las numerosas versiones de Frankenstein (Moztros, ECC o Norma) y de Drácula (dos editadas por Moztros, y dos por Norma), las del personaje dual de Stevenson (SM y Clasicomix), 1984 de Fido Nesti, Fahrenheit 451 de Víctor Santos, el premiado El paraíso perdido de Milton (adaptado por Auladell) o las versiones de Astiberri de Bartleby, el escribiente (de Herman Melville), La guerra de los mundos (de H. G. Wells), La metamorfosis y otros cuentos (de Kafka) o Solomon Kane (de Robert E. Howard), o las versiones abreviadas que publica la editorial Herder bajo el sello La otra hache.

De aquellas obras de la literatura española citaré solo una pequeña muestra como el Amadís de Gaula (Ricardo Gómez y Emma Ríos), el Miguel en Cervantes de Miguelanxo Prado y David Rubín (en la páginas del Instituto Cervantes), o las ediciones de poesía a cargo de Laura Pérez Vernetti.

Y aquí acaba todo… Ni conclusión ni despedida. Tan solo la esperanza de que quien haya llegado hasta aquí desconociera alguno de los títulos mencionados y se aproxime a ellos para descubrirlos. Que lo disfrutes.


Revista Mercurio (Jot Down)



Solo no puedo…

Separados, los protagonistas de este adictivo manga se van a enfrentar a unos enemigos implacables


José Luis Vidal

30 de abril 2026


Desde que Nozomi, Akami y Sakura separaron sus caminos, las cosas han ido de mal en peor para este inusual trío de jóvenes que, después de una traumática experiencia, volvieron a la vida con poderes sobrehumanos que han ido aumentando en potencia número tras número.



Ficha
EVOL 9

Autor: Atsushi Kaneko

Tapa blanda

Blanco y negro

272 págs.

15,95 euros

Panini Cómics


El hartazgo y algún que otro trauma del pasado harán que la principal misión del trío sea hacer llegar el fin del mundo, el apocalipsis. Pero las cosas no van a ser para nada fáciles, ya que los bautizados como 'héroes', un extraño y oscuro grupo que permanece expectante en otra dimensión, hará todo lo posible para aguar los planes de los rebeldes muchachos, aunque utilizando métodos poco ortodoxos y muy expeditivos, que los alejan de esas heroicidad de la que presumen…

Y ahora, a las puertas del desenlace de esta impactante historia, los protagonistas tendrán que enfrentarse a tres nuevos oponentes cuyos poderes son muy letales, tanto que incluso la ciudad de Hiiragi será evacuada de sus habitantes que, en la lejanía y ya a salvo momentáneamente, podrán observar el terrible combate que enfrenta a Akari, Sakura y Nozomi contra sus particulares némesis.

Lo malo es que el trío funcionaba a la perfección cuando estaban juntos, sus tres poderes combinados se convertían en un arma casi invencible. Pero ahora, solos y, sobre todo, con una Sakura que ha desaparecido dentro de la oscuridad de su propio trauma, que ha tomado forma, convirtiéndose en el terrorífico y letal Conegro, hará que la invisible balanza se incline del lado de sus oponentes.

Solo habrá una solución, una vida de escape para esta situación, y una única manera de conseguirlo. Pero como podréis suponer las cosas no van a ser fáciles para llegar a este fin, y Atsushi Kaneko, con un increíble manera de narrar, nos va introducir en un combate a vida o muerte en unas páginas en las que la acción sale de sus viñetas, golpeándonos con fuerza a los que disfrutamos de su impactante lectura. Hecho este que han convertido a este manga, EVOL, en uno de los mejores y más adictivos de los que se publican en este momento.

Una trama genial, en la que el autor mezcla a la perfección temas de hoy en día que afectan a la juventud, como son el bullying, el maltrato dentro del seno familiar o las influencia y el mal uso de las redes sociales, con un fantástico y oscuro universo donde existe la gente con letales poderes. Todo junto a un estilo narrativo con una fuerte influencia de la narrativa occidental convierten a EVOL y, por qué no decirlo, al resto de original obra de Kaneko en una de las trayectorias más originales dentro del mundo del manga actual.

¿Podrá Sakura escapar de la terrible influencia de Conegro? ¿Lograrán Nozomi y Akami librarse de sus letales némesis? ¿Ya está aquí el tan deseado fin del mundo? ¿Y quién observa, en silencio, para aparecer en el momento más inesperado?

¡Todo esto mucho más en la penúltima entrega de EVOL!


Diario de Cadiz