En 1983 The Mighty Thor era terreno baldío, una serie al borde de la cancelación que, tras una etapa brillante a cargo de Len Wein, Roy Thomas y John Buscema, había sufrido una lenta, progresiva e imparable decadencia. Como sucediera tres años antes con Daredevil y Frank Miller, el personaje, desahuciado, le fue ofrecido a Walter Simonson (quien ya se ocupó de los dibujos a lápiz de la colección entre sus números 260 a 271) para que hiciera con él aquello que literalmente le viniera en gana. Si conseguía que remontara el vuelo, estupendo; si no... alea jacta est.
En 1983 Simonson no arrastraba tras sí masas de lectores, aunque sí contaba con el aprecio de la industria por su capacidad narrativa. Era un dibujante honesto con su trabajo que, Manhunter aparte, durante diez años de profesión había paseado sus lápices, la mayoría de las ocasiones enmascarados por entintados en absoluto adecuados, de cabecera en cabecera y de editorial en editorial y que aquel mismo año había conocido un éxito relativo con el álbum Star Slammers. Seguidor en su juventud de las aventuras del dios del trueno, el historietista de Knoxville aceptó el encargo y en el número 337 de The Mighty Thor (noviembre de 1983) inauguró una larga y productiva, tanto en el ámbito creativo como económico, etapa de la colección. Primero como autor completo hasta el número 368; después dejando el dibujo, que retomaría en algún episodio puntual, en manos de Sal Buscema, quien mimetizaría el estilo gráfico y narrativo de Simonson sin perder su propia personalidad. Juntos continuarían ocupándose del rubicundo asgardiano hasta el número 382 (agosto de 1987), momento en el cual cedieron el testigo a Tom de Falco y Ron Frenz.
La dimensión trágica inherente en el universo Marvel a la reflexión en torno a la responsabilidad que grava la posesión de poder ya no tenía -nunca tuvo, en realidad-cabida en su figura. Sin embargo, esta dicotomía no fue soslayada por Simonson, quien la desarrolló en figuras secundarias del relato. Tal es el caso de la misión mesiánica de Bill Rayo Beta, los dilemas morales de Balder, el sacrificio de Eilik, la salvaguarda no deseada del Cofre de los Antiguos Inviernos por parte de Roger Willis y, sobre todo, la angustia serena que para Odín supone conocer y afrontar un destino al cual no tiene derecho a renunciar.
Al tiempo que Thor recuperó su plena dimensión divina y su genealogía nórdica, a la cual su nuevo alias civil - Sigurd Jarlson- nos remite bien a las claras, las referencias y la continuidad de la serie se insertaron en la cosmología escandinava para ilustrar por enésima vez el Ragnarök, el Crepúsculo de los Dioses. La versión entonces propuesta, siendo aquella más imbricada en el mundo contemporáneo, es la más fiel a la letra y el espíritu del mito escatológico. No en vano bebe de su fuente escrita más prístina, la recopilación finlandesa del siglo X d. C. conocida como Völuspa (Profecía de la Sibila), en detrimento de la variante ofrecida por Snorri Sturluson en la Edda Prosificada, que ya fuera unos años antes la base del trabajo en la colección de Roy Thomas. La Saga de Surtur constituye la extensa narración de este Götterdammerung de tintes wagnerianos y ecos del mejor Kirby, al tiempo que supuso la consagración definitiva de Simonson como guionista.El relato fluye contenido, dentro de su grandilocuencia, hacia el clímax final; funciona como una maquinaria ajustada y bien engrasada en la cual cada engranaje cumple perfectamente su función. Realizando un símil musical, desde las primeras páginas del número de debut de Simonson una melodía rítmica se inicia como preludio en segundo plano para cobrar de forma paulatina el protagonismo y terminar orquestando el resto de temas.
Los insertos de Surtur forjando su espada Crepúsculo en las fraguas ignotas y sofocantes de Muspell se dosifican conforme las hebras argumentales que tejen la trama convergen su punto de intersección. El recurso pretende, y es en ello eficaz, crear tensión en el lector ante acontecimientos futuros que se adivinan ominosos. Thor no deja de ser el eje central de la colección, pero el protagonismo adquiere tintes corales. La caracterización matizada del elenco que aparece en estos números de la serie no sólo demuestra los conocimientos mitológicos de su responsable, sino también su habilidad a la hora de construir diálogos acordes con la personalidad de quien los emite. Inmersos en esta tónica, tres personajes merecen mención especial por lo logrado de sus intervenciones: Loki, hermoso como nunca, hace gala de una amoralidad socarrona; Balder, quien mantiene su digna nobleza a pesar de encontrarse inmerso en una depresiva crisis de valores; y Karnilla, consciente de representar todo aquello que su objeto de deseo aborrece. En cuanto a la figura de Thor, sufre por parte de Simonson un tratamiento burlesco que se verá potenciado con posterioridad en la serie.
La valía gráfica de Walter Simonson no puede buscarse en la corrección académica. No cuenta con un estilo preciosista o minucioso y sus viñetas ofrecen a la vista una impresión que puede calificarse como de aparente descuido formal. Tampoco domina la anatomía y la expresividad de sus personajes debe mucho a las personas, famosas y anónimas, utilizadas como modelos. En sus páginas puede reconocerse, entre otros, el rostro de Sigourney Weaver en Lady Sif; Debbie Harry, la cantante de Blondie, en Lorelei; Gary Cooper en Loki; o Cary Grant en Balder. En cuanto a Surtur, tras él podemos adivinar el Diablo encarnado por Tim Curry en Legend. Francisco Pérez Navarro contaba que el lugar de trabajo de Simonson estaba organizado en torno a un artilugio, conocido como ampliadora, que permite proyectar sobre el tablero cualquier imagen que se desee "interpretar". Pero él no es un ilustrador, sino un historietista dotado de una inconmensurable capacidad narrativa, talento apreciable en la elección de planos, en la composición de elementos dentro de las viñetas, en la disposición de las mismas en el seno de la página y en la continuidad de las acción... En su trayectoria, más particularmente en la obra que aquí nos ocupa, hace gala de una maestría poco habitual a la hora de conjugar el repertorio de recursos que constituyen algo difícil de aprehender que ha dado en llamarse puesta en escena, fundamento de todo buen tebeo que se mueva en los parámetros en los que él lo hace. Su estilo de dibujo, vigoroso y dinámico, se beneficia en The Mighty Thor de la ausencia de entintados inapropiados. El mismo Simonson se hizo responsable de los mismos a costa, según sus propias palabras, de destrozar multitud de plumillas.
Tan sólo cedería esta fase de trabajo a Terry Austin (capítulos II y VI de La Saga de Surtur), Bob Wiaceck (capítulo VII) y, más adelante, a Sal Buscema. Austin y Wiaceck realizaron un trabajo correcto, aunque el resultado final adolece de cierto envaramiento; Buscema se identifica a duras penas en un trazo ligeramente más fino, menos brusco que el de Simonson. Los fogonazos de energía, los volúmenes hiper-desarrollados de contornos rotundos, los escorzos cinéticos, todos ellos elementos deudores de Kirby, y las líneas, angulosas, ásperas y dinámicas, armonizan en equilibrio inestable con el diseño de unas onomatopeyas trazadas con regla y rotring escrupulosos por John Workman (rotulista habitual en los trabajos de Simonson desde que ambos colaboraran en la adaptación de Alien, el octavo pasajero), que se integran en el conjunto y, más que leerse, se escuchan. La documentación exhaustiva de Simonson en torno a la mitología y las creencias vikingas no sólo es apreciable en el desarrollo y el tono argumental de la serie. La ambientación demuestra que se ha empapado de la iconografía escandinava y, sin retratarla fielmente, adapta ésta a sus necesidades. El resultado final ofrece el aspecto de talla en madera, una apariencia orgánica coherente con las creencias de las cuales se nutre. No en vano la cosmovisión nórdica sitúa el eje del universo y la fuente de toda vida, saber y destino en Yggdrasill, el fresno cósmico.
Respecto a la edición que ahora nos ofrece Forum, supera ampliamente aquella coordinada (sería más preciso decir perpetrada) en 1986 por Mariano Ayuso (el inefable Dr. Osuya, para los despistados). Se ha realizado una nueva traducción, más completa y fiel al original, y se han paliado las incompresibles e injustificadas manipulaciones que sufrieron entonces algunas de las onomatopeyas, un elemento cuyo respeto no resulta baladí a la hora de apreciar la puesta en escena ideada por Simonson.
Se ha procurado homogeneizar el formato del volumen con el de aquel que hace seis años recopilara los episodios inmediatamente anteriores, publicado como ya se ha dicho como número 3 de la colección Obras Maestras. Claro, que esta vez también hay objeciones que hacer. Para empezar, la calidad del papel empleado, entiendo que por hacer más asequible el producto, ha propiciado una gran absorción de tintas, siendo esto causa de la pérdida de detalle en el dibujo y del emborronamiento de muchas viñetas. Tampoco se han corregido las inversiones de color de algunas páginas, en su mayoría ya presentes en su edición original estadounidense. Puestos a pedir, ¿por qué no se ha empleado en portada la logoforma que caracterizó la etapa de Simonson en la colección desde su número 338? El cambio de diseño no fue tanto un lavado de cara como el uso de una caligrafía en consonancia con el nuevo enfoque. Para terminar, y quizás lo más grave, por el camino se ha perdido la última página del número 340 USA.
En ella se narraba la emersión de Fafnir frente a las costas de Nueva York. En su momento no se incluyó en La Balada de Bill Rayo Beta con la intención discutible de no dejar abierto el final de un tomo al cual se vislumbraba una continuidad dudosa. Sin embargo, no creo que recuperarla como prólogo al primer capítulo de La Saga de Surtur hubiera sido improcedente. Mas bien, todo lo contrario. Tampoco estaría de más que los responsables de confeccionar el volumen hubieran coordinado más sus esfuerzos. En el prólogo, obra de Alejandro Martínez Viturtia, se afirma que la etapa de Walter Simonson se alejó "(...) en gran medida de los conceptos de Lee y Kirby que definieron la serie". Por el contrario, Francis Fabens comenta en la introducción que éste vuelve "(...) a barajar los conceptos clásicos acuñados por Lee y Kirby (...)". No niego que ambas opiniones poseen su punto de razón, dependiendo del enfoque que se tome a la hora de abordar el análisis. Las diferencias de criterio son muy saludables, sobre todo cuando se mantiene en términos amistosos, pero este tipo de contradicciones podrían tomarse como índice de cierto descuido a la hora de dotar al producto de formato final. Claro, que podría ser peor. Podría caerse -y se cae- en la chapuza de publicar un texto paradójico en sí mismo. Martínez Viturtia termina el prólogo mencionado anteriormente con la siguiente frase: "Hay que remontarse a los tiempos de Stan Lee y Jack Kirby para encontrar aventuras como la que nos ofrece nuestro artista. (...)". Uno empieza a creer que las Norns castigan a Simonson por su atrevimiento y sabotean las ediciones en España de la obra que lo consagró como uno de los historietistas estadounidenses más importantes de la década pasada.
Eduardo García Sánchez
U, el hijo de Urich #13 Noviembre 1998


























































