sábado, 31 de octubre de 2026

Ultimate Universe nº6

 

Ultimate Spider-Man (2024) 11
MARCO CHECCHETTO


Ultimate Spider-Man (2024) 12
MARCO CHECCHETTO


Ultimate X-Men (2024) 9
PEACH MOMOKO


Ultimate X-Men (2024) 10
 PEACH MOMOKO


Ultimate Black Panther (2024) 9
STEFANO CASELLI


Ultimate Black Panther (2024) 10
STEFANO CASELLI


Ultimates (2024) 7
DIKE RUAN


Ultimates (2024) 7
MIGUEL MERCADO


Ultimate Spider-Man (2024) 11
 CORIN HOWELL


Ultimate Spider-Man (2024) 11
TERRY DODSON


Ultimate Spider-Man (2024) 12
JEEHYUNG LEE


Ultimate Spider-Man (2024) 12
PEPE LARRAZ


Ultimate Spider-Man (2024) 12
portada alternativa : PACO MEDINA


Ultimate X-Men (2024) 9
portada alternativa : PEACH MOMOKO


Ultimate X-Men (2024) 10
portada alternativa: PEACH MOMOKO


Ultimate X-Men (2024) 10
portada alternativa : MATEUS MANHANINI


Ultimate Black Panther (2024) 9
portada alternativa : RAFAEL ALBUQUERQUE


Ultimate Black Panther (2024) 10
portada alternativa : GREG LAND


Ultimates (2024) 7
portada alternativa : MAHMUD ASRAR






viernes, 30 de octubre de 2026

El espejo y la lámpara

 180 obras de Goya, bastantes de ellas desconocidas para el público español iluminarán en el Museo del Prado las sombras de la Ilustración


Izquierda: La familia del infante don Luis de Borbón. Fundación Magnani-Rocca, Parma.
Derecha: Autorretrato. Metropolitan Museum of Arts, Nueva York.

Texto: Mariano Navarro

Desde el próximo 6 de octubre, en que será inaugurada por los Reyes de España, hasta el 21 de diciembre, las salas del palacio de Villahermosa albergarán la muestra Goya y la Ilustración, la más importante y numerosa en obras de las dedicadas al artista en los últimos años. La exposición viajará posteriormente al Museo de Bellas Artes de Boston, donde permanecerá los meses de enero a marzo, y al Metropolitan de Nueva York, de abril a junio.

Sesenta cuadros, 70 dibujos y aproximadamente 50 grabados, procedentes del propio Prado, de museos de otros países y de colecciones particulares, se ofrecen al público español en el año en que se conmemora la muerte de Carlos III, el monarca ilustrado por excelencia, con un ambicioso pensamiento: mostrar a Goya en su contexto, reunir buena parte de la obra del maestro a la luz de las circunstancias históricas que la acompañaron —y tantas veces la condicionaron— y de la difusa voluntad de cambio que el pensamiento ilustrado pugnaba por introducir en la vida española de esos años cruciales". Es, pues, según las palabras de Alfonso Pérez Sánchez, director del Museo del Prado, un intento de resolución de una materia polémica: la del Goya ilustrado.

Polémica, en primer lugar, por el cúmulo de leyendas y verdades a medias que difuminan o tergiversan la personalidad, el carácter y algunos de los datos biográficos del artista aragonés. En segundo lugar, por las difíciles y crispadas circunstancias de la época que le correspondió vivir: "Una de las mas criticas de la historia europea, que abarca toda la segunda mitad del siglo XVIll y más del primer tercio del siglo XIX, época de profundos cambios, decisivos en la sociedad y en el pensamiento europeos, época de profundas crisis de remoción de las ideas y creencias tradicionales y de búsquedas y nuevas orientaciones para la convivencia humana", afirma uno de los más fieles estudiosos de Goya, Enrique Lafuente Ferrari. Influyen asimismo los vaivenes a que se vio sometida la Ilustración y los ilustrados en España y la propia ideología de los estudiosos de la obra de Goya y de su tiempo.

Si atendemos a lo que nos deparan los datos biográficos, en su caso nunca excesivamente relevantes y para los que disponemos de muy escasas declaraciones tajantes del artista, destaca sobremanera el reseñado por Pérez Sánchez en el catálogo de la muestra: "Goya se mueve en su madurez entre personalidades comprometidas muy directamente en esa lucha por la renovación de la vida española".

Ese vagabundear por los aires de la Ilustración guió al artista hasta su muerte en el exilio de Burdeos y le hizo compartir los honores temporales y las desgracias de sus compañeros. Destaca esa madurez porque lo que parece inequívocamente cierto es que el pintor no recibió en Zaragoza una educación demasiado esmerada. Tampoco parece, pese a los poquísimos hechos concretos que se conocen, que ni sus primeros viajes a Madrid -en 176, justo cuando el célebre motín de Esquilache- ni su viaje a Italia le deparasen más que sucesivos fracasos en su empeño por obtener un premio de la Academia y un tantas veces afirmado como negado tercer premio en un concurso de la de Parma por un cuadro actualmente perdido. Ambas estancias, eso sí, han contribuido a la leyenda poniéndole unas veces en trance de perder la vida; otras, a punto de cobrar la de sus enemigos, y otras más encumbrándole a las cúpulas de las iglesias romanas para grabar en ellas su firma.

Es así que los primeros contactos de Goya con los ambientes ilustrados se produjeron después de su instalación definitiva en Madrid, cuando, protegido por sus cuñados Francisco y Ramón Bayeu, con quienes tanto disentía, y distinguido en sus dotes por Antonio Rafael Mengs -el pintor favorito de Carlos III, cuyo más famoso retrato pintado por su mano abre la exposición-, entró al servicio de la casa real como pintor de cartones para tapices en la fábrica de Santa Bárbara. Tenía entonces 29 años.

Destacan esas personalidades muy comprometidas, porque lo cierto es también que en 1778 conoció a Gaspar Melchor de Jovellanos, considerado justamente como una de las figuras vertebrales de la Ilustración española, con quien le unió una profunda amistad hasta la muerte del estadista en 1811 y por cuyo concurso y protección entró al servicio de las principales casas nobles y liberales del país y trabó conocimiento con los pensadores, literatos y juristas más fieles a la causa que defendían. Los nombres de don Luis de Borbón, de Ceán Bermúdez, de Cabarrús, de Meléndez Valdés o de Moratín dan fe de ese compromiso.

Si atendemos a la historia de su época, es inevitable destacar que durante la vida de Goya España perdió la condición de imperio casi todopoderoso que poseía cuando nació. El reinado de los Borbones, la Revolución Francesa, la guerra contra Inglaterra y su desfavorable resultado, Napoleón, la Guerra de Independencia, constituyen elementos suficientes para enmarcar los cambios, las subversiones y las reacciones que ensombrecieron sus años. Una frase de Georges Bataille centra, con su lucidez, la cuestión: "Goya y Sade son contemporáneos".


izq: Ferdinand Guillemardet.                 der: Gaspar Melchor de Jovellanos. Museo del Prado, Madrid.
Museo del Louvre, París.        Divina razón: No dejes ninguno. Museo del Prado, Madrid.

La lámpara del diablo. National Gallery, Londres.      Interior de prisión. Bowes Museum, Bernard                                                                                               Castle, Durham.
                                                                        Corral de locos.Meadows Museum, Dallas.
                                                                                Por linaje de hebreos. British Museum, Londres.

 Por lo que respecta a los avatares de la Ilustración en España, basta con señalar el calificativo de "difusa" atribuido por Pérez Sánchez a su voluntad de cambio, y también, pese a las dificultades que se viese obligada a asumir, la decadencia y corrupción de la Corte y buena parte de los políticos, la temible influencia de la Iglesia y del puño represor de la Inquisición, la miseria económica del país, devastado por la rapiña y por los gastos bélicos, el analfabetismo de la gran mayoría de la población y, frente a todo ello, con una virulencia hasta entonces desconocida, pero también con una enorme debilidad en su base, el hambre de libertad y de mejora que como un sólido fantasma recorría Europa y en ella a España.

La posición de Francisco de Goya se vio desde el principio sometida a una prolija serie de paradojas y ambigüedades que caracterizarían toda su andadura. Por un lado, su ambición personal y sus apetencias económicas —a las que no renunció jamas— y el papel reservado entonces a los artistas le empujaban y obligaban a someterse a la voluntad y a los limites que designaran la corte, los aristócratas y, en menor medida, los escasos burgueses enriquecidos que podían adquirir su obra. Por eso pintó tanto cartones para Carlos III como los retratos de Carlos IV y María Luisa, los de Godoy o los de Guillerdamet, José Bonaparte o el propio y aborrecido Fernando VII. Por lo mismo, tambien, sus dotes indudables y su fortuna le llevaron a introducirse en la pequeña corte del infante don Luis de Borbón, hermano menor del rey Carlos III, aficionado como él y como Goya a la caza y, como ambos, aunque con mayor independencia que su hermano, a la pintura. La exposición brinda, como joya y por primera vez casi en lo que va de siglo, la contemplación de una de las obras más interesantes del pintor: La familia de don Luis de Borbón. Este cuadro —que permanece fuera de España desde 1904—, con los demás que pintó para el mecenas, le valió su entrada en las mejores casas nobles. Quizá fruto y herencia de su deuda y afecto para con don Luis sea ese prodigio de retrato que es La condesa de Chinchón, hija del infante, a la que pintó de niña y también ya muchacha y casada por imposición de la corte con el valido Godoy. Pero no es menos cierto también que sus propias querencias llevaron a Goya a mezclarse íntimamente
con las figuras más radicales y significadas de la renovación. Y así, pinto, y con especial afecto, a Jovellanos, a Meléndez Valdés, a Cabarrús, a Moratín, a Sebastián Martínez, a todos ellos, y quizá no es coincidencia, en los años más independientes de su existencia y que coincidían con aquellos en los que éstos triunfaban.

En todos los casos mencionados —desde los cartones para tapices hasta los retratos, pasando por las obras destinadas a glorificar la industria o cierto entendimiento de lo religioso—, Goya se comporta como un bruñido espejo en el que las cosas y las personas se ven como fueron o las vemos como suponemos que fueron.

El retrato de Carlos IV, cazador, procedente del Patrimonio Nacional, señala la debilidad y la indolencia de un rey bonachón que se reviste aquí, como apunta el catálogo, de su aspecto más oficial, aquel que resuma el empleo que daba a sus días: "Todos, en invierno y en verano, iba de caza hasta las 12, comía, y al instante volvía al cazadero hasta la caída de la tarde. Manuel [Godoy] me informaba de cómo iban las cosas, y me iba a acostar para comenzar la misma vida al día siguiente, a menos de impedírmelo alguna ceremonia importante", le decía el monarca a Napoleón en Bayona después de la abdicación.

La seguridad de un reo no exige. Bequest of W.G. Russell Allen.
La aguadora. S. M. Budapest.
El afilador. S. M. Budapest.

El cuadro La reina Maria Luisa con mantilla, propiedad también del Patrimonio, es al que la reina hace referencia en una carta de 24 de septiembre de 1799 a su secretario y amante, Godoy: "Me retrata Goya de mantilla de cuerpo entero, y dicen sale muy bien". El punto de vista elegido y las mejoras en el desgraciado físico de la reina la conceden empaque y belleza, al tiempo que es fácil recordar la anotación enviada en aquellos días por el embajador danés Herman de Schubart: "La reina impuso a las mujeres la obligación de vestirse con mantillas y basquiñas; y debido a su alto coste, por lo magnífico de las puntillas, se han arruinado muchas familias".

El retrato de Ferdinand Guillemardet es el primero de Goya que entró en las colecciones del Louvre; era, según testimonios de la época, uno de los preferidos de Goya, del que decía que "nunca había hecho nada mejor". Guillemardet llegó a España como embajador francés en 1798, era miembro de la Convención, de agrio talante, y regicida.

Talantes muy opuestos a los anteriores son los que reflejan los retratos de sus amigos más cercanos. El de Gaspar Melchor de Jovellanos es calificado en el catálogo de "retrato emblematico de un intelectual como Jovellanos en el poder, pues Goya refleja la expectación de los ilustrados en el momento en que su figura más prestigiosa accedia al poder, y también los sentimientos de quien acepta este reto". Señala también la apreciación de Nordstrom emparejando la similitud entre la postura del estadista y la que el pintor refleja de si mismo en el dibujo y los grabados de El sueño de la razón produce monstruos, como si aquella amistad que mantuvieron y que hizo a sus contemporáneos compararlos con Aretino y Rafael, Giulio Romano o Tiziano, llevase a Goya a identificar en una sola las desazones del mando y las de la creación artística.

El retrato de Juan Meléndez Valdés, del Bowes Museum, fue descrito por Demerson en los términos que siguen: "Si las cejas fruncidas, el aire serio, la ausencia de sonrisa en la boca expresan la desilusión y la amargura, hay, sin embargo, en la mirada una energía, una determinación y casi una provocación que hablan de su voluntad de combatir, de proseguir la lucha". Se corresponde bien con la personalidad descrita por Manuel José Quintana: "Los principios de su filosofía eran la humanidad, la beneficencia y la tolerancia; él pertenece a esa clase de hombres respetables que esperan del adelantamiento de la razón la mejora de la especie humana".

Por otro lado, Goya fue siempre un hombre imbuido de su origen humilde, por más que incluso sus alardes de lujo exhibieran su cuna. Fue también un hombre curioso, atento a los acontecimientos y a las circunstancias tanto de las gentes nobles como de las bajas y perspicaz a la hora de observar los trabajos y los días de los que por semejantes no alcanzaban a distinguirse en su retrato. No es difícil imaginarle paseando por las calles de Madrid o por las de los pueblos y ciudades que recorrió en sus viajes, y no es difícil tampoco imaginarle

Autorretrato con el doctor Arrieta. The Minneapolis Institut of Arts.



El sueño de la razón produce monstruos. Biblioteca Nacional, Madrid.


en la tertulia que se reunía en casa de Jovellanos, en torno a una mesa que Varela describe en su biografía como bien surtida de los productos de su tierra -salmón, quesos, manzanas y la inevitable sidra- y que deparaba, en palabras del poeta Quintana. "un espectáculo tan bello y grato como raro y singular: ver la afluencia de todos los estudios, de todos los talentos, a aquella casa que parecía el asilo y el templo de las musas". Allí se reunían habitualmente todos los nombres anteriormente citados y con todos ellos mantenía Goya lazos de admiración y amistad.

Con Manuel Meléndez Valdés, al que Jovellanos protegia; con Leandro Fernández de Moratin, con el que Goya acostumbraba a pasear por Madrid, con el que quizá vio las primeras caricaturas inglesas de Hogarth y Rowlandson que llegaron a España y al que debemos algunos de los últimos testimonios de la vida del pintor en Burdeos; con Juan Agustín Ceán Bermúdez, secretario entonces de Jovellanos y famoso desde 1800 por su Diccionario histórico de los mas ilustres profesores de las Bellas Artes en España, y que llamaba a Goya "impertinentísimo" por su tozudez cuando defendía de boca o con los pinceles sus convicciones artísticas, opuestas a las del estudioso; con el conde de Cabarrús y el citado Manuel José Quintana, que le dedicó un poema, algunas de cuyas estrofas convienen a esta exposición:
"¡Oh, tú, extranjero, / que, abandonando los paternos lares/ para ver y admirar, hiendes los mares! / Apresura gozoso tu camino / y a España ven: dos siglos de ignorancia/ aún no apagaron el ardor divino / que a Murillo y a Velázquez encendía. / Con él naturaleza ornó la frente / de Goya, y a su enérgica osadía / otra vez ella sorprender se siente".

"¿De qué hablarían Goya y Jovellanos en sus primeros encuentros?", se pregunta Edith Helman en su libro Trasfondo de Goya, en el que intenta dar respuesta a la pregunta. ¿A qué atendería el sordo Goya que acudia a la tertulia? Nada o casi nada sabemos de sus ideas o sus declaraciones personales.
El más numeroso testimonio escrito, las cartas que envió a su amigo y confidente Martín Zapater, son, como las describió Ortega, "cartas de ebanistas", que a lo más que alcanzan es a una comedida chanza de los hábitos de luto de la corte por Carlos III y a sus ruinosos dispendios en gasas. Sin embargo, por sus grabados y dibujos podemos suponer con certeza que atendía, y quizá incluso participaba, en las discusiones relativas al logro de un más equitativo y más justo reparto de la riqueza y de las fatigas del trabajo sin necesidad de recurrir a las trampas y dolos de la caridad; en las que se delineaba la reforma de la agricultura; en las que hacían referencia a las mejoras precisas en la educación de los niños; en las que, conmovidas por el trato humillante que torturaba a los reos, procuraban un dictado más generoso de las sentencias y un trato mas humano; en las que en susurros o con valentía y en voz alta denunciaban las artimañas de la Inquisición y proyectaban su desaparición y la de los muros alzados contra el conocimiento científico y la libertad de expresión y la caída de los que defendían la superstición, las milagrerías y el dominio de los hombres por el miedo; en las que se sometía a revisión la doble moral vigente en la corte y entre los ciudadanos.

En definitiva, en todas aquellas discusiones que, según Fred Licht, tenían que ver con la tarea que se habian impuesto los ilustrados: "Hallar un código moral que reconciliara las facultades superiores, intocables, del hombre con la necesidad de regular las relaciones sociales y políticas sin las que ninguna comunidad humana podía esperar supervivencia".

Este cuadro, voluntariamente idílico, puede ser discutido tanto por la obra misma del aragonés como por el respectivo comportamiento de los propios lustrados en los diferentes y crueles avatares que tuvieron que soportar o en sus más reducidos beneficios y prebendas, pero no es menos cierto que ése fue el ideal que rigió sus ideas y sus acciones y, en instancia nada desdeñable, el que marcó la producción más comprometida y mas critica del pintor.

Sus caprichos, Los desastres de la guerra, las que él denominaba obras de gabinete, las pinturas negras de la Quinta del Sordo y otras más, transformaron el bruñido espejo en una lámpara de intensa y ambigua luz. Así, "los caprichos han sido interpretados, y con razón, como la expresión visual culminante y más catártica de la Ilustración".

Había además otro Francisco de Goya más recóndito y oscuro; un Goya que observaba sus devaneos en la corte, sus silencios prudentes y sus estallidos de ira; un Goya preso de la memoria de sus actos y de sus pasiones, sordo al susurro de la bondad y pronto a las cabalgatas de la sangre movida a sus pasiones; un Goya que exploraba en sus pesadillas y se enfrentaba incluso a sus dudas y titubeos respecto al triunfo final de las ideas que compartia y de las consecuencias que dicho triunfo acarrearía a los que para nada habían intervenido en ellas. Es el Goya de los caprichos, de los álbumes de dibujos, de los disparates; ese Goya que todavía nos enfrenta a los enigmas figurados por su mano y que en la resolución de los mismos sofoca la llama de la lámpara y se nos vuelve una vez más, a la mirada que le dirigimos, espejo donde contemplarnos.


El Pais Semanal Núm. 599 Domingo 2 de Octubre de 1988



Bea Lema, dibujante: “Lolita’ me resultó demasiado incómodo y desgarrador”

 En pocas palabras

La autora ha trasladado al cortometraje su libro ‘El cuerpo de Cristo’, por el que recibió el Premio Nacional de Cómic en 2024


Alberto Vázquez

Babelia

La dibujante Bea Lema (A Coruña, 1985) ha trasladado al cortometraje su libro El cuerpo de Cristo (Astiberri), por el que recibió el Premio Nacional de Cómic en 2024. La película se proyecta la semana que viene en Madrid, en el marco del Festival Anfibia.

¿Cuál es la principal diferencia entre contar una historia en cómic y en cine? El ritmo de la narración. El cómic es un medio mucho más libre, el lector puede decidir qué tiempo le dedica a cada página, retroceder y avanzar a su antojo. Pero en el cine se han de respetar algunas normas para que el espectador no se pierda.

¿Qué cómic le hizo querer dedicarse a esto? Más que un cómic, fue todo el trabajo de Alberto Vázquez. Él ha hecho cómic, ilustración y animación. Cuando lo conocí, me fascinó su mirada cómo artista y si tuviera que quedarme con uno de sus cómics sería El Evangelio de Judas.

¿Cuál ha sido el último que le ha gustado? En vela, de Ana Penyas.

¿Qué cómic ajeno le habría gustado firmar? Frances, de Joanna Hellgren.

¿Quiénes son sus tres autores de cabecera? La lista podría ser infinita, pero en ella estarían Power Paola, Alberto Vázquez y Delphine de Vigan.

¿Se considera más historietista o ilustradora? Prefiero la palabra “dibujante”, abarca todo lo que hago. Incluso cuando bordo el dibujo es la base.

¿Cuál es la mejor crítica que ha recibido? No me acuerdo. No le doy demasiada importancia a las críticas, ni a las buenas ni a las malas. Pero me hizo mucha ilusión que una alumna de literatura de la Sorbona hiciera un trabajo donde comparaba mi cómic con Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan. Un libro que fue un referente para mí. Me pasó algo parecido con otras alumnas de una Universidad en Siberia. Que mi trabajo traspase fronteras no deja de sorprenderme.

¿Y la más demoledora? Supongo que las que cuestionan si sé dibujar. Los amantes del cómic clásico no siempre valoran positivamente lo que se sale de ese canon. Está bien así, no le podemos gustar a todos.

¿Qué libro tiene abierto en su mesilla de noche? La vida alrededor. Cuando tu día a día gira en torno a un adicto, de Antonio José Molero y Elena Benítez Cruz. Editado por Yonki Books.

¿El que más veces ha regalado? Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan.

¿Uno que no pudo terminar? Lolita, de Nabokov. Me resultó demasiado incómodo y desgarrador.

¿Qué pieza musical escogería como autorretrato? Fondu Autumn Leaves, de Lisa Harris.

¿La que suena en bucle en su cabeza? Platero, de Israel Fernández.

¿Cuál es la película que más veces ha visto? Una mujer bajo la influencia, de John Cassavetes.

¿Una que le recuerde a su infancia? Los Teleñecos en Cuento de Navidad, dirigida por Brian Henson.

¿La última serie que vio de una sentada? Kids in Crime.

¿En qué museo se quedaría a vivir? En la Halle Saint Pierre de París. Es un museo de art brut, con una librería especializada y una cafetería. Todo en un antiguo mercado acristalado. Me encanta.

¿Cuál es el suceso histórico que más admira? Diría que el movimiento antipsiquiátrico. Cuestionó la raíz de la psiquiatría tradicional, denunciando que los hospitales psiquiátricos funcionaban como herramientas de control social coercitivo y aislamiento, en lugar de espacios de curación. Este movimiento fue el principal motor para el cierre de los manicomios. El libro Nueve nombres, de María Huertas Zarco cuenta maravillosamente bien como se llevó a cabo este proceso en el hospital de Bétera en 1974.

¿Qué está socialmente sobrevalorado? La búsqueda del constante crecimiento. Hacer muchas cosas, ser productivo, no parar. Todas las ideas alrededor de optimizar el tiempo sin dejar lugar para el descanso, el vacío o la contemplación.

¿Qué encargo no aceptaría jamás? Cualquier en el que tuviera que representar algo contrario a mis valores.

¿Qué autor/a de cómics se merecería un premio Nobel? Art Spiegelman, el autor de Maus.

De haberse dedicado a otra profesión, sería… Bailarina.


Babelia










¿Por qué el cómic no interesa a los intelectuales?

Declaraciones recogidas por Lucie Servin



El historiador y filósofo Marcel Gauchet es el redactor jefe de la revista *Le Débat*, fundada por el historiador y académico Pierre Nora en 1980.

La pasada primavera, un número titulado *Le Sacre de la bande dessinée* (La consagración del cómic) estuvo dedicado a la historieta. Un título que suena a consagración y que vuelve a plantear la cuestión de la legitimidad del cómic en la esfera intelectual. Eso suponiendo que la necesite.

¿No resulta un poco tardío dedicar un número de *Le Débat* al cómic en 2017?

Es el primer número que dedicamos íntegramente al cómic, pero no es la primera vez que hablamos de él.

El título alude al de Pierre Bénichou, *Le Sacre de l'écrivain* (La consagración del escritor). Da fe de nuestra voluntad de reconocer la irrupción y el ascenso masivo, en el panorama cultural, de un arte que en sus inicios se consideraba infantil, marginal y popular.

¿Por qué el cómic no interesa a los intelectuales?

La legitimidad del cómic es, ante todo, económica. Sin embargo, esta legitimidad resulta menos generalizada cuando se consulta a conservadores de museos o a bibliotecarios, tal como señala Antoine Torrens en nuestro número.

Además, se trata de un arte difícil de abordar para quien le es ajeno. El «noveno arte» no constituye un género homogéneo; en su interior se produce una selección entre lo que se considera digno —y lo que no— de ser valorado desde una perspectiva artística e intelectual. Coexisten un clasicismo y tendencias ultramodernas que conducen al cómic hacia las formas más sofisticadas del arte contemporáneo.

Ha surgido cierto esnobismo —similar al que rodea al rock—, junto con una vanguardia de puristas a la que Pascal Ory, también en nuestro número, compara con el movimiento surrealista.

¿Acaso no ha terminado, pues, la batalla por la legitimación del cómic?

Desde dentro, uno puede tener esa sensación. Pero, según el sistema intelectual, no estamos ahí como actores en dicha batalla, sino como analistas. Como el búho de Minerva que emprende el vuelo al caer la noche, damos cuenta de los trastornos con cierto retraso. Una cosa es estar en primera línea, en la vanguardia de un campo, y otra muy distinta no llegar a comprender lo que está ocurriendo. El cine trajo consigo una nueva forma de narración. Hoy resulta tan evidente que ya ni siquiera hablamos de ello. Del mismo modo, a través del cómic se está gestando una nueva técnica narrativa. Al igual que la novela en el siglo XIX, posee la capacidad de combinar elementos extraordinariamente dispares: imagen y texto, géneros elevados y cotidianos, lo noble y lo innoble. Hallar puntos de convergencia entre mundos muy distintos constituye, precisamente, el principio fundamental de nuestra modernidad.

El libro

A excepción del texto lamentable de J. M. G. Le Clézio y de la contribución del crítico de arte Philippe Dagen —que habría sido deseable que se centrara tanto en la heterogeneidad como en el arte—, la lectura de este número —el 195.º— de *Le Débat* resulta esclarecedora.

Cabe destacar, en particular, la entrevista apasionante del historiador Pascal Ory y el texto del escritor Tristan Garcia, quien desarrolla ideas interesantes sobre las relaciones tradicionales entre las imágenes y el cómic. Thierry Groensteen, Benoît Peeters y Jean-Pierre Mercier aportan sus contribuciones sobre temas que dominan a la perfección. El objetivo, al parecer, no era tanto abrir el cómic al debate intelectual, sino más bien introducir a los lectores habituales de la revista en el mundo del cómic.



Le Debat, nº195

ed. Gallimard

208 páginas


Les Cahiers de la BD (Série.2)- n°01 Oct-Dic 2017

miércoles, 28 de octubre de 2026

Los hombres del hielo

Rudos, solitarios y algo locos. Así son los protagonistas de estos relatos


José Luis Vidal

17 de octubre 2026

Y es que vivir rodeado de la gélida blancura de unas tierras como las de Groenlandia te cambia como persona. Instalado en una pequeña edificación, sirviéndote de la comida que te proporciona la misma naturaleza y tu habilidad con el rifle. Calentándote con las pieles de los animales que se han cruzado en tu camino, y engullendo el licor tú mismo destilas, que baja por tu pecho, quemándote.



Ficha
Cuentos Árticos

Autores: Jon Riel, Gwen de Bonneval, Hervé Tanquerelle

Tapa blanda

Blanco y negro

384 págs.

35 euros

Nuevo Nueve


Lo peor de todo es ir tachando días al calendario sin contar con la compañía de nadie o, en todo caso, teniendo que soportar las manías de otro hombre que, como tú, tendrá que superar la dura prueba que supone vivir en estas solitarias tierras durante largas temporadas, a la espera siempre que en el horizonte aparezca la silueta del Vesle Mari, el navío capitaneado por Olsen, y con este la posibilidad de alejarte del lugar…

Jon Riel vivió en sus propias carnes la experiencia, y plasmó en el papel las peripecias de un puñado de adustos hombres, tipos duros la mayoría, que no se achantaban tan fácilmente. Esos Cuentos Árticos que Gwen de Bonneval, junto a Hervé Tanquerelle han trasladado con tanto talento a las viñetas de un cómic que, compuesto de un puñado de relatos, nos sumerge desde su primeras páginas en estas tierras donde el invierno es prácticamente eterno, y el peligro y la muerte llaman a tu puerta día sí, día no.

Pasan las horas, los días, y la mejor manera de aguantar es valerse de la imaginación y los recuerdos, rememorando anécdotas que, frente a un vaso de aguardiente, harán que el paso del tiempo sea más soportable.

Nos encontraremos con algunas que rozan lo fantástico, tal vez adornadas por la persona que la relata. Algunas son tan increíbles que no se duda de su verosimilitud, ya que en las condiciones que han vivido estos hombres, y con los pocos medios que contaban, no me extraña que por ejemplo, la mala suerte se cebe con dos de ellos y terminen 'navegando' sobre un trozo de iceberg que se ha desprendido de una gran superficie del glaciar.

Y este solo es un pequeño ejemplo, ya que la simple presencia de un tatuador en el lugar, dará inicio a una competición para ver quién posee la mejor ilustración sobre su piel.

Por no hablar de los osos polares. En concreto uno que, extrañamente, no guardó su obligado periodo de hibernación, convirtiéndose en un letal peligro para otro de los solitarios habitantes del lugar, que sin proponérselo o desearlo, iniciará un juego del gato y el ratón con semejante bestia.

Aunque, si tuviera que elegir, me quedaría con dos de los relatos: La pequeña gran guerra que se inicia entre Lause y Silverts debido a la construcción de una letrina.

El otro, por supuesto, será el protagonizado por Emma, esa mujer con mil rostros y cuerpos, cada uno adecuado a su acompañante, y que se convertirá en una presencia, un deseo en los corazones de estos hombres, que terminarán peleando por el amor de la ubicua hembra.

Una genial y original lectura, que nos transporta a unas tierras desconocidas por la mayoría, gracias al magistral trabajo gráfico de sus autores, que dan vida a los protagonistas de estos gélidos relatos.


Diario de Cadiz



martes, 27 de octubre de 2026

La 'generación Cienfuegos' se reúne en la Seminci

Profesionales de los festivales de Gijón, Sevilla y Valladolid celebran a un gestor que "derribó muros" y reinventó el concepto de certamen cinematográfico.


José Luis Cienfuegos, en el cartel que ha diseñado Paco Alcázar de 'Seminci Noche'. / Seminci


Braulio Ortiz

26 de octubre 2026

Javier Miranda, director artístico de Alcances, recuerda que siempre tuvo la labor de José Luis Cienfuegos como un modelo. “No es que me leyera las programaciones que elaboraba para ver que ponía; es que me las estudiaba, porque combinaba todos los registros y todos los estilos de cine, te mostraba el trabajo de gente de la industria más industria, digamos, y del cine más alternativo. Los festivales de José Luis Cienfuegos acababan siendo un impresionante punto de encuentro”, asegura Miranda, para quien el asturiano era “un maestro que introdujo el festival moderno, un formato que traspasaba las salas, que se abría a la ciudad, que programaba conciertos además de proyecciones, que no se limitaba a una sucesión de películas, sino que era un evento cultural”.

Casi un año después de su inesperado fallecimiento, el pasado diciembre, los amigos de José Luis Cienfuegos se reunieron este fin de semana en la Seminci para reivindicar que ese asturiano de sonrisa irónica y palabra siempre certera seguía asombrosamente vivo. En la memoria, en los corazones y también en esa visión exigente y aventurada del cine que él defendió y que hoy prolongan Mariona Viader y Javier H. Estrada, que tras años a su lado tomaron el relevo en la dirección de la Seminci. Colaboradores de los tres festivales que coordinó a lo largo de su trayectoria, Gijón, Sevilla y Valladolid; responsables de otros certámenes de la geografía española, distribuidores, programadores, cineastas y también aficionados que ampliaron su mirada gracias a la intuición de Cienfuegos, brindaron este sábado en el Círculo de Recreo para celebrar la numerosa familia que rodeaba al homenajeado. “Nadie nos dijo que no a esta invitación”, señaló una emocionada Viader, a quien le gusta recuperar un concepto acuñado por la directora Elena López Riera. “Todos somos generación Cienfuegos: José Luis no sólo marcó a ese grupo de jóvenes directores a los que programó. Dejó huella y nos influyó a muchos de nosotros”.

“Él nos hizo mejores”, celebra por su parte Javier H. Estrada, que identifica como un “privilegio” el haber colaborado con “una persona que, más que ninguna otra que hayamos conocido, hizo de los festivales de cine un lugar de encuentro, de amor, de mucho amor, de mucho humor…”, dice este crítico y profesor, orgulloso de seguir junto a Viader la estela de Cienfuegos. “Que estemos mostrando este año una película como Woman Unknown, que ganó el León de Oro en Venecia, pondría muy feliz a José Luis. Esta es la Seminci por la que trabajó”.

El periodista y dj José Antonio Vega, que fue testigo de la proyección que alcanzó el Festival de Gijón en las manos de Cienfuegos y que después acudió a arropar a su amigo cada edición del Festival de Sevilla y de la Seminci, recurre a Walls Come Tumbling Down, de The Style Council, para resumir la trayectoria del gestor cultural. “Ese tema habla de derribar muros, y eso es lo que hizo José Luis. Rompió las barreras que existían en los festivales. Todo el mundo en Gijón recuerda haberse tomado una cerveza con Harmony Korine o con Chloë Sevigny”, dice uno de los djs de Maribel&Sebastian, quienes por la 71 edición de la Seminci han compilado una playlist con el mismo número de cortes, “una banda sonora con canciones que aparecen en películas que José Luis Cienfuegos nos descubrió a lo largo de tres décadas” en la que suenan voces tan diversas como Nick Cave, Mina, Blur, Damien Jurado o Tindersticks y que remite al universo de creadores como Leos Carax, Kelly Reichardt, Pietro Marcello, Mia Hansen-Love o Miguel Gomes. “La música era tan determinante para José Luis”, prosigue Vega, “que se inventó la figura del cinéfilo melómano, esos directores que terminaban pinchando, o la de esos músicos que empezaban a ser, por qué no, jurados de festivales de cine”, rememora.

Ese estimulante cruce de disciplinas que siempre abrazó Cienfuegos se aprecia en las sesiones que programa Seminci Noche, en la que se mezclan cineastas y músicos como como Chema García Ibarra, Pablo Maqueda; Miqui Puig o Jorge Explosión, y que en estos días da cobijo también a gente tan diversa como el viñetista Paco Alcázar, que ha diseñado para la ocasión un cartel en el que entre una multitud de espectadores aparece el añorado Cienfuegos; Paco Campano, autor de aquellos sorprendentes y celebrados spots con los que se anunciaba el SEFF, o Herminio Afonso, el peluquero “responsable de aquellas patillas tan recordadas”, como destacan desde la Seminci.

El sábado pasado, colaboradores de los tres festivales que dirigió Cienfuegos, unidos bajo el apodo de Colectivo Northern Sur, pincharon en varios bares de Valladolid -el Berlín, el Bizarro y El Desierto Rojo- para homenajear “al boss, como muchos lo llamábamos, ese jefe que convertía a cada colaborador en amigo y a cada equipo en una familia”, contaban. Desde el sur venía, entre otros, Tali Carreto, codirector del Monkey Week y un nombre asiduo en los carteles del SEFF, que rememora así al amigo, un tipo “perfeccionista” que “sacaba lo mejor de cada uno”: “Era capaz de aglutinar alrededor de él un montón de satélites, y hacer que todos brillaran”. El destello de la generación Cienfuegos, dispuesta a alumbrar la noche de Valladolid.


Diario de Cadiz


Física y metafísica del váter

ILUSTRACIÓN DE MONTSE BERNAL

Por Javier Cercas

Hace muchos años leí en una novela de Ernesto Sábato (o quizá lo soñé) que el váter es el lugar metafísico de la casa. O que es el único lugar metafísico de la casa. O que es el lugar más metafísico de la casa. En fin: sea lo que sea lo que leí, lo cierto es que sonaba con el tintineo inconfundible de la verdad. Tiempo después le oí decir a Mario Vargas Llosa que había leído en el váter casi toda la obra ingente de Fiódor Dostolevski, y pensé en Sábato y en que, a juzgar por el modo en que Vargas Llosa había asimilado al novelista ruso, Sábato tenía razón, así que a partir de aquel mismo día decidí imitar a Vargas Llosa, con la única diferencia de que, por alguna razón que todavía no he entendido, o simplemente para ser aún más fiel al dictamen de Sábato, lo que me llevé al váter fue Sobre la esencia, el libro capital de Xabier Zubiri. Desde entonces creo haber leído en el váter la obra completa de nuestro último gran metafisico. Puedo asegurarles que, pese a mis encarnizados esfuerzos, aún no he entendido ni una sola palabra -ni siquiera sé con seguridad de qué demonios habla ese buen hombre, pero jamás se me ha pasado por la cabeza cambiar de lectura, en parte porque ya considero a Zubiri un amigo del alma y en parte desaconsejado por mi médico, que ha comprobado el efecto laxante que tiene la lectura del filósofo y desde hace tiempo se la prescribe con éxito a sus demás pacientes.

Así que, igual que existe una física evidente del vater, existe también una metafisica del váter. La segunda es casi imposible de desentrañar del todo (o quizá sería posible hacerlo en el caso improbable de que alguien Ile-gara a su vez a desentrañar de qué demonios habla Zubiri); la primera, en cambio, es de dominio público. Quiero decir que todo el mundo ha vivido experiencias notables en el váter, cosa lógica si se piensa en la cantidad descomunal de horas que al cabo de una vida consagrada a comer y beber nos pasamos en ese lugar injustificadamente desprestigiado. Hay quien ha hecho amistades indestructibles en el váter y quien ha tenido hijos en el váter y quien ha gozado de la mejor experiencia sexual de su vida en el váter y quien ha descubierto su vocación verdadera en el vater y quien ha visto a Dios en el vater y quien ha conocido a su padre en el váter y quien ha sabido en el váter, sin posibilidad de duda, que su vida era un absoluto fracaso, y también quien ha descubierto en el vater que siempre había sido feliz sin saberlo, porque la felicidad consiste en estar vivo. Por mi parte, huérfano a perpetuidad de tales epifanías y resignado sin tristeza a la mediocridad de la física del váter, voy que ardo con salir ileso de algún encuentro inesperado.

El último ocurrió hace unos meses, precisamente en una cena en honor de Vargas Llosa por su setenta cumpleaños. Antes de sentarme a la mesa fui al váter y, mientras me lavaba las manos, se abrió la puerta y apareció la infanta Cristina de Borbón. No lo soné: era ella. Desconcertada, sonrió; desconcertado, sonreí, pero menos: era evidente que uno de los dos se había equivocado de váter. Fue un interminable momento de pánico, que a punto estuve de resolver tirándome en plancha al suelo en una reverencia servil, con el fin de mostrar mi absoluta sumisión a la monarquía y de evitar que cuatro previsibles guardaespaldas irrumpieran en el vater y me estrangularan antes de que pudieran explicarse mi inexplicable presencia allí. No aparecieron los guardaespaldas, pero tampoco desapareció el pánico; entonces me acordé del rockero Ramoncín y del escritor Jorge Wagensberg.

A Ramoncín le preguntaron una vez qué es lo que más detestaba en esta vida; contestó que estar orinando en el váter de una discoteca y que su compañero de mingitorio lo reconociera y, volviéndose hacia él, exclamara mientras le empapaba los pantalones: "¡Coño, Ramoncín!". En cuanto a Wagensberg, una vez acudio a Michael's Bar, el club de Nueva York donde Woody Allen tocaba o toca cada semana el saxo. Antes del concierto, Wagensberg fue al váter y, mientras estaba en su mingitorio, notó que alguien se colocaba en el de al lado; se volvió: era Woody Allen. Como le pareció ridículo estar orinando junto a su ídolo sin decirle nada, murmuró: "Cuando cuente esto en Barcelona, nadie me va a creer". "¡Coño!", le dije por fin a la infanta Cristina, que seguía sonriendo igual que Allen le había sonreído a Wagensberg, igual que Ramoncín a sus admiradores de váter de discoteca. "¡Es la primera vez en mi vida que me encuentro a una Infanta en el váter!"

"No te creo", se rió la Infanta, y luego preguntó si aquel váter era unisex. "Me temo que no", dije. "Así que uno de los dos se ha equivocado", añadí, rezando para que no fuera yo. Riéndose todavía, la Infanta salió del váter, volvió a entrar, triunfalmente dijo: "Fuiste tú". Y ahí acabó todo. El resto de la cena transcurrió sin incidentes, aunque me mantuve vigilante por si aparecían los guardaespaldas; por lo demás, hice cuanto pude para no mirar a la mesa donde se sentaba la Infanta quien, según me pareció, apenas dejó de reirse en toda la noche y también para pasar inadvertido, enfrascándome en una conversación de enorme altura intelectual. Incluso en algún momento llegué a preguntarme para mis adentros, con verdadera curiosidad, qué habría opinado Zubiri al respecto. •


El Pais Semanal Número 1.577 Domingo 17 de diciembre de 2006