domingo, 16 de agosto de 2026

Cien años de Goscinny, el padre de Astérix, Lucky Luke y El Pequeño Nicolás

El guionista que revolucionó el cómic, un genio que "siempre" quiso "hacer reír a la gente", nació el 14 de agosto de 1926 en París.


El guionista René Goscinny, a la derecha, con Maurice Bévere, dibujante de 'Lucky Luke'. / Efe

Agencias

14 de agosto 2026


Los irreductibles Astérix y Obélix, el vaquero Lucky Luke, que disparaba más rápido que su sombra, el malvado visir Iznogud de Bagdad o El Pequeño Nicolás... Todos esos personajes inolvidables de cómic salieron de la imaginación del guionista René Goscinny, un genio que revolucionó el universo del cómic y de cuyo nacimiento se cumplen este viernes cien años.

"Siempre he querido hacer reír a la gente", solía decir Goscinny, que con su humor y su ternura conquistó el corazón de medio mundo y vendió 500 millones de libros y cómics traducidos a casi 150 idiomas.

"Es uno de los autores, quizá incluso el autor francés, más leído en el mundo en el siglo XX", afirma a EFE Aymar du Chatenet, administrador de la Fundación René Goscinny y autor de numerosos libros sobre él.

Un humor internacional forjado entre Argentina, Francia y Estados Unidos

Detrás de este éxito internacional había un hombre tímido y un trabajador incansable, con una mirada cosmopolita forjada entre Francia, Argentina y Estados Unidos.

Antiguo despacho de Goscinny, hoy un instituto que recuerda al guionista. / Edgar Sapiña / Efe

Nacido en París el agosto de 1926 en una familia judía de origen polaco, siendo muy niño se trasladó con sus padres a Buenos Aires, donde pasó casi toda su infancia y adolescencia, una etapa que marcaría su humor, su imaginación y su manera de contar historias.

"Empezó su vida siendo un extranjero", explica Du Chatenet. Vivió, de hecho, "más tiempo en el extranjero que en Francia", lo que, a su juicio, se refleja en un humor "internacional, cosmopolita, todo menos provinciano. Un humor internacional que todo el mundo entiende".

Su estancia en Argentina también permitió a la familia Goscinny escapar del Holocausto, aunque muchos de sus familiares y amigos que permanecieron en Europa fueron asesinados durante la Segunda Guerra Mundial. Según la página oficial de Astérix, esa tragedia le acompañó durante toda su vida y dejó una profunda huella en su obra.

El nacimiento de Astérix

En 1943, tras la muerte de su padre, Goscinny emigró a Nueva York, donde empezó a abrirse camino en el mundo del cómic. En 1951 regresó a Francia, donde comenzó una colaboración decisiva con un joven dibujante francés con raíces italianas llamado Albert Uderzo.

Fruto de esa colaboración, el 29 de octubre de 1959 apareció en la revista Pilote la primera aventura de Astérix, el pequeño guerrero que resiste al Imperio romano gracias a una poción mágica.

La serie se convirtió rápidamente en un fenómeno editorial y dio proyección internacional a un humor basado en los juegos de palabras, la sátira y las referencias culturales. Goscinny y Uderzo crearon 24 álbumes convertidos en grandes clásicos del cómic.

Según Du Chatenet, Goscinny tenía un don para convertir los pequeños rasgos culturales en situaciones cómicas. Así ocurre con los españoles, británicos, corsos o suizos que aparecen en las aventuras de Astérix: "Ponía el dedo en su particularidad y tenía un talento extraordinario para convertir pequeñas cosas en cosas extremadamente divertidas".

Una influencia intacta

Goscinny escribió, además, los guiones de 36 álbumes de Lucky Luke junto a Morris, creó con Jean Tabary al visir Iznogud y, junto a Sempé, convirtió a El Pequeño Nicolás en un clásico de la literatura infantil.

Su secreto, según Du Chatenet, está en haber sabido captar comportamientos humanos que apenas cambian. "Es esa capacidad de captar las pequeñas cosas de la vida, la intemporalidad del comportamiento humano".

El Pequeño Nicolás es quizá el mejor ejemplo: "Hay decenas de miles de personas en el mundo que han aprendido francés con El Pequeño Nicolás, desde España hasta Seúl". Creado en 1959, "no ha envejecido", dice.

Goscinny murió el 5 de noviembre de 1977, a los 51 años, durante una prueba de esfuerzo médica, cuando todavía trabajaba en Astérix en Bélgica.

Casi cincuenta años después, sigue siendo una de las figuras más influyentes del cómic europeo y un referente del humor francés.


Diario de Cadiz


viernes, 14 de agosto de 2026

La pintora sensual

Tamara de Lempicka es una de las pintoras con más fuerza y personalidad del siglo XX. Venerada como una diosa en la Europa de entreguerras, sus cuadros, tan sensuales y voluptuosos como su vida, quedaron arrinconados hasta mediados de los noventa. Un libro lo cuenta todo. Por Julia Luzán.

Avasalladora, excéntrica y con gran talento, la pintora Tamara de Lempicka ha sido una de las personalidades más seductoras del arte contemporáneo. Escandalizó a la sociedad de entreguerras con sus aventuras sexuales y con el ambiente de sus fiestas, en las que no faltaban las drogas y en las que criados desnudos atendían a los invitados. Sus pinturas fueron calificadas a veces de porno blando, pero sus obras de los años veinte y treinta han sido comparadas con las de dos grandes del siglo XX, Léger y Picasso. Hoy es una de las pintoras más buscadas por los coleccionistas, y su influencia en muchos de los artistas actuales ha sido finalmente reconocida. El hedonismo de su pintura es uno de sus rasgos más atrayentes. Tanta sensualidad desprenden algunos de sus cuadros que la leyenda de que antes de pintarlos se acostaba con los modelos ha sentado cátedra.

El misterio rodea su vida. Tamara de Lempicka se dedico a falsear su propia identidad sembrando de mentiras, como si fueran minas, toda su biografía. Oculto hasta su fecha de nacimiento, probablemente en un gesto de coquetería. Se calcula que nació entre 1894 y 1902. Unas veces afirmaba que nació en Polonia, otras que en Rusia.

Por eso, reconstruir la vida de Tamara, nombre que le dio su madre en recuerdo de la heroína de un poema ruso, ha desanimado a más de un biógrafo. Hasta que una profesora norteamericana, Laura Claridge, ha conseguido desbrozar la leyenda de la realidad y ha escrito la que puede ser su biografía definitiva (Tamara de Lempicka, publicada por la editorial Circe).

'GLAMOUROSA: Tamara de Lempicka, con aire a Greta Garbo, fotografiada cuando se encontraba en la cúspide de su fama, en los años treinta, en París.

El 19 de marzo de 1994, Tamara de Lempicka renace de sus cenizas gracias a la subasta de la colección de arte de la actriz y cantante Barbra Streisand. El todo Nueva York asistía en la sala Christie's de la Quinta Avenida neoyorquina a una lujosa exhibición de cuadros, lamparas y muebles. Cuando apareció el cuadro Adán y Eva, pintado por Tamara de Lempicka en 1931, un grito de admiración se levantó entre el público. La sensual y luminosa pintura fue adjudicada por dos millones de dólares (alrededor de 400 millones de pesetas) y significó la vuelta a la vida artística de la pintora. El afán de poseer un lempicka se apoderó de Hollywood: Jack Nicholson, Madonna y Sharon Stone compraron su obras. Finalmente fue reivindicada como un icono deslumbrante de la edad del jazz.

Tamara de Lempicka es una de las pintoras con más fuerza del siglo XX, pero también de las más olvidadas. Su nombre no aparece en ninguna de las principales enciclopedias de arte moderno y hasta la subasta de Christie's ha sido prácticamente ignorada. Influida por los cubistas franceses y por los maestros del Renacimiento, se inventó un estilo propio que etiquetaron como art déco. Cuando vivía en París se pasaba horas y horas en el Museo del Louvre delante de los cuadros de sus admirados Bellini y Caravaggio para intentar captar el efecto translucido de sus pinturas, recordando el viaje que a la edad de 12 años hizo con su abuela desde su Polonia natal hasta el sur de Italia. El descubrimiento de Boticcelli fue para su mirada ingenua un fogonazo, y su influencia le marcó para el resto de su vida. Eso, y las clases de pintura que recibió en Montecarlo mientras su abuela jugaba a la ruleta en el casino.

Su vida no presagiaba una dedicación a las artes. La joven Tamara se integró en la rica sociedad de San Petersburgo, donde acudía con frecuencia a visitar a sus tíos. Fue allí, en 1912, en un baile de disfraces, donde conoció a un elegante Tadeusz Lempicki, un joven abogado de 22 años. "Al momento me enamoré de él por ser tan guapo", confesaría años después una vulnerable Tamara. En 1917, el matrimonio Lempicki sufrió los efectos de la revolución bolchevique. Una noche, la policía secreta entró de noche, por sorpresa, en su casa y detuvieron a Tadeusz "por actividades contrarrevolucionarias"



LOS MEJORES AÑOS. Arriba, Tamara de Lempicka en su estudio (1940), en Hollywood. Grupo de cuatro desnudos pintado en 1926. Con su única hija, Kizette, en 1919, en el sur de Francia. Mujer en un coche verde" (1929), autorretrato que hizo para la revista 'Die Dame! A la izquierda, 'Adán y Eva' (1931), el cuadro que revalorizó en 1994 la pintura de Lempicka.


Cuenta Claridge que la impresión que sufrió Tamara ante esos policías con chaquetas de cuero negro fue tal que la persiguió de por vida. Consiguió escapar de Rusia, pero ya nada volvió a ser como era. Cada vez que en su presencia se pronunciaba la palabra comunismo, Tamara palidecía. A partir de entonces decidió, como Scarlata O'Hara ante las ruinas de Tara, que nunca más pasaría hambre ni privaciones.

Europa vivía el final de la Primera Guerra Mundial cuando los Lempicki se instalan en París. El matrimonio y su pequeña hija pasan las amarguras tipicas de una familia de refugiados, agravadas por las tensiones entre Tamara y Tadeusz: "No tenemos dinero y él me pega", comentó en una ocasión. Fue en aquel momento cuando el destino marcó su vocación de pintora, como un oficio para poder trabajar. Un ano después ya había vendido sus primeros cuadros. 

Es el principio de su carrera artística. Siente que ha conquistado París. Alquila un piso en Montparnasse, frecuenta los cafés e inicia una relación con "una muchacha muy rica que vivía al otro lado de la calle", una pelirroja que posó para muchos de sus cuadros. Es la época de Jugador de cartas (1920), un lienzo en el que se aprecian fuertes influencias de los colores de Gauguin y pinceladas que recuerdan a las de Van Gogh. Su estilo tan característico se define ya claramente: los cuerpos con volumen llenan todo el cuadro y la perspectiva se aplana. "En mis pinturas apenas hay fondo, lo que yo quiero es que se vea la figura", comenta. Esculpía más que pintaba.

Durante el día lleva una vida convencional, pero al caer el sol se transforma en otra mujer. Tamara de noche se mueve en ambientes sórdidos, consume cocaína y tiene encuentros sexuales en los chamizos que se levantan al lado del Sena. Por las mañanas consume valeriana para calmar los nervios y se codea con duquesas y princesas. Frecuenta salones literarios, como los de Gertrude Stein; conoce a André Gide, a Jean Cocteau y al italiano Marinetti, creador del manifiesto fu-turista. Su parecido con Greta Garbo despierta admiración. Quiere convertirse en una mujer nueva, pero rechaza el ideal físico de la mujer liberada creada por Coco Chanel.


VIDA EN HOLLYWOOD. Con uno de sus sempiternos cigarrillos, en la casa que alquilo a King Vidor durante su estancia en Hollywood. Abajo, 'Modelo, pintado en 1925, y 'Hombre inacabado' (1927), el retrato de su primer marido, Tadeusz Lempicki, pintura que interrumpió (la mano izquierda está sin terminar) cuando se separaron. Abajo, con sus nietas, Chacha y Victoria, en Houston (Tejas), en 1963. Tamara prefiere retratar a una mujer voluptuosa y narcisista, como La bella Rafaela, "quizá el desnudo más importante del siglo XX".

Claridge dice en su libro que la pintora hizo un pacto con el placer que le duró toda la vida. En 1925 ya gana dinero con sus cuadros, y los ricos y famosos la adulan. Se entusiasma con el jazz y los musicales de Cole Porter, y asiste al estreno de Rapsody in blue, del compositor Gershwin. Consigue apalabrar una exposición en Milán y participa también en el Salón de Otoño de París.

Conoce al poeta italiano Gabrielle d'Annunzio, y éste la invita a visitarle en su palacio en el lago de Garda, un lugar que también frecuentaba Mussolini, donde iniciaron una corta relación. Fue la gota que colmó el vaso de su matrimonio con Tadeusz, del que pinta su Retrato de hombre inacabado, cuadro que abandona cuando, en 1928, él le anuncia que se separa de ella.

Viaja a Nueva York y descubre Harlem, "un barrio con los mejores clubes del mundo", y los rascacielos de Manhattan, que encajan de maravilla en sus pinturas. De vuelta a París, Tamara de Lempicka pinta algunos de sus mejores cuadros, entre ellos una obra clave, Adán y Eva (1931); dibuja las portadas de la revista alemana de moda Die Dame, y se casa con el barón Raoul Kuffner, un aristócrata alemán coleccionista de dureros y paisajes del siglo XVII.

La llegada de Hitler al poder hace comprender a Tamara que su situación en Europa no va a ser fácil. Entra en una fase depresiva que ni siquiera sus estancias en casas de reposo suizas logran mitigar. "Cuando uno crea, saca tantas cosas de dentro que acaba por secarse y deprimirse". Sus orígenes judíos son un problema, y, aterrada, decide poner tierra de por medio. En 1939 se instala con su marido en el Waldorf Astoria, y desde allí la pintora polaca inicia su estrategia para conquistar Manhattan. Expone sus pinturas en la galería de Paul Reinhardt, en la Quinta Avenida, confiando en su consagración definitiva, pero aquellas obras (Músico viejo, Virgen santa, San Antonio...) no eran las que los neoyorquinos esperaban de ella. Desengañados, los Kuffner eligen como residencia Hollywood, con el objetivo de establecer adecuadas relaciones sociales con ayuda de gacetillas pagadas en los periódicos: "Tamara de Lempicka, la baronesa polaca Kuffner, acaba de llegar a Norteamerica, y sus pinturas serán expuestas en Chicago, Los Ángeles y San Francisco". En otro empujón artístico, Tamara decide distanciarse de lo que para ella era anticuado modernismo y abraza el surrealismo, algo que su amigo Salvador Dalí aplaude.

En Hollywood alquila la lujosa mansión del director de cine King Vidor. Las fiestas de la condesa polaca deslumbran a los actores de Los  Ángeles. Cuando se aburre de ellos, regresan a Nueva York, donde compran un glamouroso apartamento con vistas al East River. Tamara de Lempicka reanuda su vida social, pero sus pinturas no despiertan ningún interés. Se siente profundamente dolida cuando Peggy Guggenheim inaugura su museo dedicado al arte del siglo XX y no cuenta con ninguna de sus obras.

Los últimos años de su vida, Tamara de Lempicka los pasa con más pena que gloria. Ya no es una mujer fatal, sino una vieja ridícula. Se traslada a vivir a Cuernavaca (México), donde muere, en 1980, entre el humo de sus cigarrillos, un vicio que no abandonó jamás, a pesar de tener que inhalar, entre calada y calada de tabaco, un chupito de oxigeno para que sus pulmones atacados por el enfisema pudieran bombear algo de aire.

Dejó como legado 500 pinturas que han entrado en la historia del arte. •

'Tamara de Lempicka", de Laura Claridge publicada por la editorial Circe). la biografía de una de las más interesantes artistas del siglo XX.


El Pais Semanal Núm. 1.263 Domingo 10 de Diciembre de 2000



domingo, 9 de agosto de 2026

Zurbarán o el precio de aparecer

La retrospectiva del maestro del Siglo de Oro no solo produce beneficios para Londres o la National Gallery: actúa como altavoz del patrimonio español

Vista de la exposición de Zurbarán en la National Gallery de Londres.

Justin Ng (Avalon / Europa Press / CONTACTO)

Catalina Tejero Mayor

23 MAY 2026 


Uno de los españoles que más atención internacional está generando esta primavera murió en 1664. Se llamaba Francisco de Zurbarán y, casi cuatro siglos después, coloca a España en la agenda cultural global.

La National Gallery de Londres acaba de inaugurar una gran exposición dedicada al pintor. La institución la presenta como la primera gran muestra monográfica de Zurbarán en el Reino Unido, organizada junto con el Louvre y el Instituto de Arte de Chicago, adonde viajará después: una operación que une tres ciudades globales alrededor de un artista español del siglo XVII.

El dato debería interesar también a quienes se ocupan de economía, reputación y marca país. España aspira, con razón, a ganar espacio internacional por su innovación, su industria, su ciencia o sus empresas tecnológicas. Pero una parte relevante de la atención que recibe en los grandes medios procede aún de activos creados hace siglos.

La clave económica está en la atención. En un mundo saturado de mensajes, aparecer se ha vuelto caro. Zurbarán, sin embargo, obtiene visibilidad sin comprarla porque museos y medios de referencia le conceden espacio propio. Eso es earned media: atención con credibilidad. La publicidad produce visibilidad y la validación institucional produce además prestigio.

Una exposición temporal opera en dos planos. El primero es inmediato y local: da ritmo al museo, hace volver a públicos que ya conocen la colección permanente y activa entradas, tienda, catálogo, patrocinios y consumo cultural asociado. En las cuentas 2024-2025 de la National Gallery, los ingresos por exposiciones fueron 6,6 millones de libras, apenas un 6,4% de sus ingresos totales. Pero esa cifra no captura toda la función económica de las muestras temporales. En el mismo ejercicio, las actividades comerciales de la institución generaron 23,5 millones de libras, un 22,6% de sus ingresos: ahí se incluyen restaurante y café, tienda física y online, publicaciones, merchandising, eventos, alquiler de espacios, patrocinios, membresías y programa corporativo.

Pero hay un segundo plano, menos contable y más estratégico. Una exposición como la de Zurbarán no solo produce beneficios para Londres o para la National Gallery; también actúa como altavoz internacional del patrimonio español. Convierte a nuestra pintura en noticia cultural global. Hace que museos, críticos, medios y públicos vuelvan a hablar de España desde un lugar de excelencia. Ese impacto no se mide solo en taquilla ni en ventas de catálogo, sino en reputación, presencia y legitimidad. Y esa legitimidad no se queda en el museo. Contribuye, aunque sea de forma difusa, al marco reputacional en el que comparecen otros productos, empresas y proyectos españoles. En marketing internacional se habla del country-of-origin effect: la procedencia influye en cómo se perciben la calidad, fiabilidad o deseabilidad de un producto. Antes de que un producto hable por sí mismo, su origen ya ha empezado a hablar.

Países como Italia y Francia han convertido esa lógica en una ventaja formidable. España cuenta con reputación en turismo, gastronomía, deporte o moda, pero no siempre disfruta de la misma prima automática. Por eso Zurbarán importa, porque no hace mejores los productos españoles, pero enriquece el campo semántico de lo español porque añade profundidad, excelencia, historia y autoridad cultural. Zurbarán no vende aceite, software ni servicios financieros por sí solo, pero ayuda a que la palabra “España” llegue menos desnuda cuando una empresa española sale al mundo. La cultura no sustituye a la competitividad, pero puede reducir la fricción reputacional con la que esa competitividad se presenta.

También importa la geografía de sus obras. Los grandes zurbaranes no están concentrados en una sola colección nacional: viven en Madrid y Sevilla, pero también en Londres, París, Chicago, Pasadena, Cleveland, Hartford o Bishop Auckland. La exposición londinense reúne temporalmente una parte de esa diáspora patrimonial. Cada museo que conserva una de sus grandes obras funciona como un nodo de relato y prestigio sobre la pintura española y de alguna manera de lo español.

Tampoco es irrelevante la mirada del director de la National Gallery, Gabriele Finaldi: uno de los grandes conocedores y prescriptores internacionales de la pintura española. Su paso por el Prado y su investigación ayudan a explicar que Londres no mire a Zurbarán como una curiosidad barroca, sino como una figura central del canon europeo.

La exposición de Zurbarán es por tanto una cadena de validación internacional y, en esa cadena, España aparece asociada a profundidad histórica y excelencia artística. No es un ingreso que se registre de forma directa en las cuentas nacionales, pero sí una forma de capital reputacional.

Ese capital no sustituye al futuro. España necesita generar también los zurbaranes del siglo XXI: ciencia, tecnología, empresas, diseño, arquitectura y creación contemporánea capaces de ocupar mañana las mismas salas y titulares. Sin embargo, sería poco práctico despreciar un activo que ya tenemos. Zurbarán no hace mejores los productos españoles, pero hace más prestigioso el adjetivo “español”. En el siglo XVII pintaba silencio. En el XXI, ese silencio sigue capturando una de las cosas más caras del mundo, la atención.


Catalina Tejero Mayor es decana de la escuela de Humanidades de IE University.



Babelia Núm. 1.800 Sábado 23 de mayo de 2026


Pistolas, caballos, fin del mundo

 TRIBUNA LIBRE / JAVIER APARICIO MAYDEU


Pistolas, caballos y graneros. Pero versos de Yeats junto a reflexiones de Valéry. Destemplanza, sordidez y conflicto. Pero historias de redención y de conocimiento. Iras los pasos de Melville en la lucha del hombre contra la naturaleza desolada y contra sí mismo. Y tras los pasos de Faulkner a la hora de asumir que el mejor estilo posible es el que uno mismo pergeña para la ocasión, más allá siempre de modelos y de consignas. Cormac McCarthy, fallecido este martes, ha sido un narrador excepcional por su obra sobrecogedora, pero no lo ha sido menos por su dominio del equilibrio entre épica y ética. Harold Bloom lo entronizó, y en la nómina de sus adoradores figuran John Banville y Javier Marías. Estas son cinco palabras clave en su universo personal.

Soledad

En el volumen "El mudo" y otros textos se incluye un ensayo de la gran sureña Carson McCullers titulado 'Soledad..., una enfermedad americana, un texto en el que se subraya que "la madurez es la historia de las mutaciones que revelan al individuo su relación con el mundo en el que se encuentra" y que la sensación de aislamiento moral resulta insoportable". Mucho sabe el lector de McCarthy acerca de las constataciones de McCullers. La soledad made in USA de los espacios metafísicos de la pintura de Hopper, la del héroe y la del villano, la de Cornelius, el protagonista de Suttree (1979) que abandona todo vínculo con el mundo rutinario y se libra a un destino en solitario, sin ataduras.

Naturaleza

Con su querencia por el mundo rural y por el paisaje salvaje, McCarthy parece haber querido subrayar la ancestral vinculación de la literatura norteamericana con la madre naturaleza, los espacios ilimitados y la tierra. Desde Fenimore Cooper a Zane Grey. Todos los hermosos caballos (1992) es una de las novelas que mejor reflejan la importancia seminal de la naturaleza en la obra del autor, y no solo desde una perspectiva temática, sino también genérica en la medida en que el medio natural se da la mano con el wéstern tanto como con el gótico sureño y con el relato distópico que tanta fama le dio a McCarthy por medio del cine.

Violencia

Merodea por toda su obra porque a McCarthy le obsesiona llegar a fotografiar la cara oculta de la condición humana, que es la que se esconde bajo las convenciones sociales y la que reflejan los facinerosos, sociópatas, forajidos y loosers que pueblan su universo literario. Su violencia no es artificial, solo es visceral, consustancial al mundo como la de Grupo salvaje de Sam Peckinpah o la que lleva consigo el nihilismo y la amoralidad de la narrativa de Jim Thompson. Meridiano de sangre (1985), la obra maestra del autor, constituye la mejor prueba de que al maestro McCarthy le fascinó siempre la pesadilla cotidiana, aque-Ila con id que sus persolla es tenem que convivir. Como Lester Ballard, el violento protagonista de Hijo de Dios, como el asesino Anton Chigurh de No es país para viejos (2005), como tantas otras criaturas del autor privadas del don de la benevolencia, el diabólico albino juez Holden de Meridiano de sangre encarna las virtudes del mal. Como el mapa que pintó Botticelli del infierno de Dante, Meridiano de sangre cartografía el abismo.

Distopía

La carretera (2006) es la novela con la que el autor penetra en el terreno de la literatura posapocalíptica de la que para siempre será un nombre indiscutible. Escrito con un estilo más accesible que el de sus primeras obras, parece querer recrear un mundo desolado con una prosa simple, como si la devastación de nuestro mundo no se permitiese ser descrita sino con la máxima aridez del lenguaje.

Estilo

Más que en ninguna otra obra suya, que McCarthy es un hijo de Faulkner se advierte en Hijo de Dios (1973), la tercera de sus novelas y en la que se adiestra en un singular estilo híbrido que juega con la poesía y sus ritmos y versificaciones a la vez que poda los diálogos hasta convertirlos en árboles desnudos como los que se recortan en el cielo en invierno. Frases como ramas afiladas, como movimientos de esgrima, escuálidas y trufadas de elipsis como las de Los asesinos, de Hemingway. La impronta de Faulkner en McCarthy es poderosa, y en la prosa del autor de la Trilogía de la frontera habitan los shiftings, la sintaxis sincopada, el fraseo sentencioso y la retórica bíblica de El ruido y la furia o ¡Absalón, Absalón!


Babelia Núm.1.647 Sábado 17 de junio de 2023