martes, 14 de abril de 2026

Lo mejor del mes. Gran Canaria en tiempos del cólera, alegato contra el edadismo y una vampira con sed de vida

 Por Álvaro Pons y Noelia Ibarra

1. Saquen sus muertos. Rayco Pulido. Astiberri

Pulido adapta la novela del autor canario Claudio de la Torre para crear una sólida reflexión sobre el comportamiento del ser humano en la situación extrema de la epidemia de cólera sufrida en Gran Canaria en 1851. Resulta fácil lanzar comparaciones con la covid, pero el dibujante va más allá del tiempo y del espacio para analizar esos límites que son traspasados como estrategia de supervivencia ante la ausencia del Estado. El entorno cerrado de una isla constituye el perfecto escenario de esta claustrofóbica trama, donde el poder sigue teniendo sus privilegios y los marginados solo pueden aspirar a la muerte, abandonados y olvidados. Incluso el amor que parece puro entre la desgracia sucumbe ante los intereses creados. Una obra contundente.

2. Max Fridman. Los primos Meyer. Vittorio Giardino. Traducción de Emma Moraleda. Norma Editorial.

Tras su paso por España, el personaje creado por Vittorio Giardino vuelve con su habitual elegancia al momento clave del ascenso del nazismo en Alemania. Con su exquisito detallismo documental, Giardino va creando una intriga de espionaje canónica desde la que traza una documentada cronología histórica de la persecución judía, de ese avance de la intolerancia que deja sin efecto las convenciones sociales para traducir la aparición de nuevas trabas burocráticas en un relato de terror, que se extiende sin la tradicional excepción de las clases sociales. Con esa influencia visible de Le Carré, el italiano consigue componer una sólida historia que transita entre el testimonio histórico y la aventura desde la sugerente lectura.



3. Marcie. Cati Baur. Traducción de Montse Terrones. Garbuix Ediciones.

Con la referencia estilística evidente de la británica Posy Simmonds, Baur construye una atractiva reinvención del género detectivesco desde una lectura a medio camino entre la parodia y los relatos de Highsmith para lanzar un mensaje rotundo sobre ese edadismo que castiga a la mujer y su reclusión forzosa en ese espacio de apariencias impuestas que marcan su visibilidad y que, cuando deja de ser deseable, la condena al olvido. Con un tono vitalista que evita caer en la crisis existencial, Baur denuncia con una acidez disfrazada de amabilidad a una sociedad que condena a las mujeres de todos los estamentos a partir de cierta edad, demostrando que es posible sentirse viva desde sus acciones hasta ese trazo contagioso.



4. Los domingos también. Juan Berrio. Salamandra Graphic.

Juan Berrio siempre ha mirado con especial atención esos pequeños detalles cotidianos que componen ese extraño concepto que denominamos "felicidad". Como una continuación natural de Miercoles, llegamos a ese día casi condenado a la inutilidad semanal, en el que parece que no pasa nada, pero que para el madrileño compone el perfecto espacio de esa cartografía humana que nos rodea. Con una estructura fragmentaria y coral. Berrio borda el proceso de enamoramiento, definiendo ese inasible sentimiento desde las cosas diminutas que lo componen y rodean. Su estilo minimalista actúa como un abrazo lleno de luz y esperanza, profundamente vitalista, mientras juega con una composición abierta que permite sumergirse como un personaje más de la comunidad de Claudia y Tristán. Los domingos también pueden ser buenos días para amar.

5. Sedienta. Paula Guerrero. Apa Apa Cómic.

Desde el fanzine militante, Guerrero ya había demostrado que el espíritu combativo del underground era compatible con los géneros tradicionales, y más con uno como el vampírico, tan amante de la mutación. En su paso a la narración larga, retoma personajes y ahonda en esa sed por beberse una vida que parece obligada a la insatisfacción existencial. Nihilismo que convive con una sexualidad abierta y espontánea y que transita con naturalidad hacia las convenciones más sangrientas del género, pero sin perder la mirada en las preocupaciones actuales de la juventud, en esa metáfora de la diferencia que habla de la dificultad de poder compatibilizar la vida real con los problemas a los que se enfrenta su generación. No es fácil que una vampira pueda pagar el alquiler, tenga amigos y un amor.


Babelia Núm. 1.794 Sábado 11 de abril de 2026

domingo, 12 de abril de 2026

Sketchbook Alex Toth (Proyecto Kaleidoscope)

 

SKETCHBOOK ALEX TOTH

MAYO 2003

































Sara Pichelli Dibujante

 

Sara Pichelli, en una imagen facilitada por la autora


Tommaso Koch

Madrid

Al día que cambió su vida, Sara Pichelli llegó con retraso. Cosa de las dudas, o de la "honestidad intelectual", dice ella. Cuenta que apenas tenía dibujos para enviar al concurso y que repetía: "Pero ¿qué voy a mandar?". A lo que su entorno oponía sentido común: "¿Qué más da? Prueba, es gratis". Finalmente, la convencieron. Así que, pese a su portafolio reducido, se apuntó a Chesterquest, la gira mundial con la que Marvel buscaba en 2008 nuevos talentos. A fuerza de procastinar, eso sí, el plazo había caducado.

Tiempo después, recibió igualmente una respuesta. Entre los 12 ganadores planetarios figuraba su nombre. Fue la intuición de C. B. Cebulski, a la sazón cazatalentos de la célebre casa de tantos superhéroes. La creadora confiesa por videollamada: "A día de hoy, cuando coincidimos, le pregunto que vio en esas láminas". Lo mismo, en realidad, que han acabado detectando otros directivos, premios y miles de lectores. Porque hoy Pichelli es una de las artistas más respetadas de la compañía, invitada estrella de la Comic-Con de Nápoles que se celebrará del 30 de abril al 3 de mayo. Guardianes de la galaxia, Los cuatro fantásticos, La patrulla-X y otros muchos iconos han viajado desde Estados Unidos a Roma, donde reside, para dejarse cuidar por su lápiz. Y hasta dio a luz ella misma a un nuevo mito: en 2012, cocreó a Miles Morales, una de las últimas personalidades de Spiderman. Dicho de otra forma, es la mamma de Spiderman.

Un dibujo de Miles Morales, realizado por su cocreadora, Sara Pichelli, para Marvel.
Marvel



Y eso que los cómics casi ni llegaban a su pueblo natal. Siempre había diseñado, por influencia de la madre, pintora. En el instituto, se hizo "camello oficial de dibujos": quien quisiera un retrato de Goku o Sailor Moon podía acudir a su pupitre. "Pero no pensaba en hacer carrera en el arte. No leía muchos tebeos, ni tenía alrededor tiendas especializadas o escuelas de formación", recuerda la autora. De ahí que, cuando se mudó a Roma para la universidad, se apuntara a Lenguas Orientales: en concreto, chino e hindú.

Duró, sin embargo, cuatro meses. El tiempo suficiente para descubrir que cerca de su casa había una Escuela Internacional de Cómic. Hoy Pichelli ejerce de profesora allí donde fue alumna. "Cuando empecé estaba asentado un cierto tipo de lenguaje artístico, un poco de la vieja escuela. Y entre muchísimos autores hemos contribuido a diversificarlo", reflexiona la italiana. De su trazo se celebra que es versátil, realista, leve, capaz de reflejar el interior del personaje. Pichelli también ofreció una mirada distinta Marvel. Entre sus influencias estaban más Egon Schiele, Gustav Klimt o Claire Wedling que los superhéroes.

Manuales de lucha

En 2012 su arte y la escritura de Brian Michael Bendis parieron a Miles Morales, un Spiderman para el siglo XXI: afrolatino, jovencísimo, en sus primeras páginas lograba acceder solo a través de un sorteo a un colegio que su familia no podía permitirse. "Al principio no había guión, ni sinopsis, solo una idea. Brian me pasó un documental sobre el tejido social de EE UU y sus minorías. Y de ahí sacamos el arranque del personaje. Estaba entusiasmada. Nadie se esperaba eso de Spiderman, ni tampoco se había contado en tebeos de superhéroes", rememora.

Probó muchas opciones, con rastas, rapado o con cinturón blanco. Hasta la versión final: muy esbelto, con cabello afro y un disfraz donde dominan el negro y el minimalismo, por empeño de la dibujante. Estudió incluso manuales de lucha, para que el encuentro entre el nuevo y el viejo Spiderman resultara realista: Peter Parker debería evocar la capoeira, mientras que los movimientos de Morales recordaban a un bailarín. "Lo considero el hito hasta ahora de mi carrera. Nos preguntábamos si funcionaría. Cuando estalló, nos dimos cuenta de la suerte que habíamos tenido: esa libertad y diversión no he vuelto a experimentarlas. Ha creado una base de seguidores estupenda, y cada vez que voy a eventos en EE UU me doy cuenta de lo mucho que significa", asegura.

Hace seis décadas que el Hombre Araña enseña que grandes poderes conllevan grandes responsabilidades. Y Pichelli sintió una muy relevante sobre sus hombros: una europea, caucásica, creando un símbolo para un colectivo al que no pertenecían ni ella ni el guionista, que tiene una hija afrodescendiente. "Entonces no estaba tan sensibilizada, no me planteé tantos problemas. Como diseñadora de personajes, estaba acostumbrada a ocuparme de cualquier criatura. Ciertas reflexiones las he hecho a posteriori. Ahora, en 2026, no me veo como la primera elección para ello, y estaría bien dar una oportunidad de ser escuchada a una voz que provenga de esa comunidad", sostiene la autora.

El Pais, Sábado 11 de abril de 2026


sábado, 11 de abril de 2026

Un mapa desconocido

La Hora del Bocadillo


De la fértil imaginación de uno de los grandes nombres del Cómic nacen personajes, criaturas y parajes pertenecientes a un nuevo mundo



José Luis Vidal

05 de abril 2026 


Hablar de Mike Mignola es referirse a este autor norteamericano como el creador de un famosísimo personaje, que incluso ha traspasado el mundo de las viñetas para saltar al medio cinematográfico (con desigual éxito, todo hay que decirlo) e incluso al de la animación y los videojuegos.

Por supuesto, me estoy refiriendo a este grandullón de piel roja, cuernos cercenados y que lucha dentro de la organización ultra secreta AIPD contra el Mal en todas sus manifestaciones, ya sean vampiros, ghoules, hombres lobo o temibles supervivientes del nazismo.

Mignola comenzó trabajando para una de las grandes editoriales norteamericanas, Marvel, ilustrando las aventuras de un peculiar y malhablado mapache que, curiosamente, se haría ultrafamoso años después gracias a su versión fílmica.

De ahí llevó a las viñetas, dentro del sello First Comics, Las Crónicas de Corum, escritas por uno de los grandes del género fantástico, Michael Moorcock, y, dando un salto, se coló en las páginas de DC Comics para encontrarse con uno de sus personajes más clásicos, Phantom Stranger.

La reputación de Mignola como artista que comenzaba a despuntar y que tenía un especial gusto y talento para llevar a las viñetas mundos fantásticos le convirtió en una presencia necesaria en proyectos tan especiales como Mundo de Krypton (junto a John Byrne) u Odisea Cósmica, escrita por Jim Starlin, obra esta que hace que su status como autor suba como la espuma del champán.

A partir de aquí, innumerables portadas para diferentes editoriales, que las consideraban un auténtico lujo, y proyectos en los que el talento del dibujante brillaba, dando rienda suelta a un estilo que hoy en día es totalmente reconocible: Triunfo y Tormento, Gotham Luz de Gas

Pero el inquieto Mignola, en su cuaderno de bocetos, había plasmado a un tipo bastante peculiar. Un enorme demonio, con expresión de enfado, que con el tiempo se fue transformado y adquiriendo el aspecto que hoy en día todos reconocemos. Fue bautizado como Hellboy, y el resto, como suele decirse, es Historia del Cómic, ya que a lo largo de los años, dentro de la editorial independiente Dark Horse, Mignola ha ido construyendo, como si de un afamado arquitecto se tratara, un vasto universo de ficción, genial combinación de terror, fantasía y, por qué no decirlo, algunas pizcas de humor.

Basándose en mitos y leyendas, Mignola los ha utilizado como argamasa para crear personajes tan potentes como Abe Sapine, Koshchei, Miss Truedale, o todos y cada uno de los miembros de la organización AIDP a los que iremos conociendo.

Pero claro, un solo hombre, por muy talentoso que sea, es incapaz de llevar adelante este vasto universo, por lo que con la generosidad y buen ojo que le caracteriza, Mignola ha cedido sus creaciones a otros grandes de la viñeta como John Arcudi, Christopher Golden, James Harren, Richard Corben, Gabriel Hernández Walta o una de las últimas y talentosas incorporaciones, el también español Álex Nieto.

Pero en esta ocasión, tras este largo pero necesario preámbulo, vengo a hablaros del último trabajo de Mignola, que en su momento nos dio un gran disgusto a sus fans haciendo pública su retirada de los cómics.

Afortunadamente, este fue un pensamiento pasajero, y como él mismo relata en este volumen publicado por Norma Editorial, de sus lápices comenzaron a surgir nuevos personajes y lugares, inesperadas piezas de lo que, con el tiempo, se convertiría en el contenido de Jugando a bolos con cadáveres y otras historias extrañas en tierras desconocidas, largo título que nos lleva a un recién estrenado mundo, dentro de un entorno que recuerda al periodo medieval, hábilmente mezclado con ese tono tétrico que tan bien se le da al autor. En el camino vamos a toparnos con muertos vivientes, demonios, vampiras y animalillos parlantes, entre otros.

En un buen puñado de relatos conoceremos la peripecia de Yeb, apodado El Cuchara, que marchará de su pueblo para conocer mundo. ¡Y vaya si lo hará! Ya que sin él proponérselo, librará a un pueblo de una oscura presencia.

Obviamente, toda creación de un nuevo mundo tiene sus mitos, leyendas y deidades, y este no podía ser menos, así que Mignola nos presentará, entre otros, al poderoso Dragón, Padre de todo lo que existe sobre la faz de esta tierra.

La búsqueda de la vida eterna puede acarrear más de un problema, y si no que se lo digan al protagonista del relato titulado La inmortalidad es polvo

Y así, varias geniales historias más que, como si de partes de un enorme tapiz se trataran, irán conformando unos lugares a los que vamos a querer regresar otra vez, de la mano de su talentoso creador, Mike Mignola, que nos sirve de imprescindible guía en estas desconocidas tierras.


Diario de Cadiz



jueves, 9 de abril de 2026

Nuevo descubrimiento de Veronese

El Museo del Prado dedica una exposición al maestro con la que desmiente su reputación en la historiografía oficial y lo reivindica como figura clave en la evolución de la pintura europea


La cena en casa de Simon (1556-1560), de Paolo Veronese, procedente de los Museos Reales de Turín.

Por Enrique Andrés Ruiz

Mientras lo estuvimos llamando "Veronés", era un pintor -uno de los grandes, desde luego— aunque algo difuminado entre las otras personalidades, más estridentes y ruidosas, de Tiziano o de Tintoretto, cuyas siluetas se recortaban con más nitidez al contraluz de aquella época, ya de por sí una cima histórica. Con la magnifica exposición dedicada ahora a Paolo Veronese (1528-1588) concluye el recorrido de casi 20 años (los Bassano, liziano, Tintoretto...) con el que el Prado ha descrito la línea troncal de la colección veneciana de los Austrias que anima su propia identidad de museo y, de paso, la genealogía mas ilustre de la pintura española.

Pero esa condición específicamente pratense no es lo que más im-porta. Las interdependencias entre las diversas secciones de la muestra tienen la virtud de plantarnos ante un pintor muy diferente, en gran medida redescubierto. Por un lado, está su difícil cronología, los maestros (Rafael o el Parmigianino) cuyos ecos recoge el joven pintor que forja su estilo, y están los discípulos (Rubens) imposibles mas tarde sin su influencia. Por otro, está la recreación de su proceso de trabajo y el del taller, que debieron de ser trepidantes, al menos desde que los encargos venecianos se hicieron abrumadores. Y está la crucial implicación de la arquitectura, el teatro en el que se hacía realidad la ficción celeste de la pintura, superior a la verdad de la vida.

En la sala principal, la arquitectura sirve, sobre todo, para acusar el contraste entre la serenidad escénica de Veronese y la abismada perspectiva de Tintoretto, sobre la que cualquier elemento parece desperdigado. Y está, finalmente, el dramático pintor en que se convirtió al cabo de su vida quien había sido antaño el artista más jubiloso del Renacimiento. Quiero decir que todo esto contradice aquella visión, casi espontánea, de un pintor que se agotaba en su papel de hilo musical de época.


Disputa de Jesús con los doctores 1550 - 1556, de Paolo Veronese, Museo del Prado, Madrid.


Nacido en Verona en una familia de canteros y familiarizado desde niño con las edificaciones, el joven Paolo llegó muy joven a Venecia, después de trabajar en Roma y en otras ciudades del norte. Verona, entonces, caía bajo la jurisdicción de Venecia, el emporio mediterráneo del comercio, la política y el arte — y la exhibición de su magnificencia—. No batalló como otros con las uñas y los dientes; desplegó una irresistible habilidad social entre los grandes, del tipo de los Gonzaga. Sirvió, en la bandeja más resplandeciente y suntuosa, a sus demandas de refinamiento y de alegría de vivir. Fue celebrado unánimemente, no despertó desavenencias. Vasari le dedicó un capítulo en las Vidas. De él bebieron el Greco, Rubens, Van Dyck y desde luego Velázquez, quien compró algunas de sus obras maestras para el lúgubre alcázar del que Felipe IV quería hacer un palacio italiano, entre ellos, el extraordinario Venus y Adonis —el temblor de la luz filtrada entre las hojas...—. En el Prado se pueden ver cualquier día el pequeño Moisés salvado de las aguas o la imponente Disputa de Jesús con los doctores... Pero otras obras maestras llegan ahora desde más lejos: de Turín, La cena en casa de Simón, y de Edimburgo, el encantador Marte, Venus y Cupido; de la Borghese, La predicación de san Juan Bautista, una extraña escena hecha con nada, a punto de quedar disuelta en el charco de las imprimaciones.

Una cierta mirada moderna posterior al Romanticismo, a grandes rasgos, se aferró a la personalidad de los artistas y buscó en la gestualidad sus huellas más idiosincráticas, la rúbrica del estilo. La apresurada narración histórica fue hilvanada, así como una epopeya de héroes diferenciales y casi incomunicados. A las melodías apacibles y a los compases equilibra dos se les supuso falta de profundidad, de personalidad. Pero hay que fijarse mejor. Vemos figuras al abrigo de una sombra coloreada (Martirio de san Mena) que abre el camino a las de Velázquez; bizarrías tan retorcidas como las de Cupido entre dos perros, de Múnich; arboledas y ensenadas de miniaturista que prefiguran a Watteau; abismos visionarios, como el de San Antonio predicando, que hubiese querido para sí, no sé, Arnold Böcklin...

En varios de sus Salones, Baudelaire constató lo que Delacroix le debía. El deseo de Cézanne de pintar cuadros "como los de los museos" se refería, sobre todo, a Veronese, de quien su madre le dijo que debía aprender. Para Bernard Berenson, Paolo Caliari era todavía superior a Tiziano y Tintoretto. Sin embargo, un día, de pronto, ese renombre como faro del futuro - pintor de pintores", se ha dicho - se desvaneció coincidiendo con el esquematismo de la popularización cultural y con las derivaciones de la historia formalista.

Entre sus desmentidos, esta exposición nos ofrece el de un pintor superficial y homogéneo, en gran parte resultado de su consideración, casi exclusiva, como autor de las colosales bodas o cenas del Louvre o de Turín, verdaderas gestas técnicas demasiado apoteósicas para una subjetividad más lírica, por decirlo así. Por el contrario, descubrimos aquí a un artista inesperadamente diverso: está, sí, el luminoso pintor del día soleado -"Tintoretto (verano), Veronés (primavera), que decía Alberti en su tratado—, pero también otro barroco y truculento, y otro prácticamente rococó. Al final, tras la terrible peste de 1575 y la represión herética que siguió a Trento, hay un pintor que ha renunciado a la fiesta tras las balaustradas y a la audacia colorista, y se ha replegado en unos lienzos aflictivos y patéticos, como Moisés ante la zarza ardiente. Fue a partir de entonces cuando Venecia construyó, en una imagen retrospectiva de lo perdido, la leyenda que buscaron los poetas: Byron y James, Proust y Thomas Mann. En su versión más clásica, esa imagen es de Veronese. Murió antes de cumplir los 60 años. Fue otro del que llamábamos "Veronés". Fue muchos en uno, y en cada uno de ellos fue siempre inconfundible, eso es lo misterioso.Paolo Veronese. Museo del Prado.

Madrid. Hasta el 21 de septiembre.


Babelia Núm. 1.750   Sábado 7 de junio de 2025




Sketchbook John Byrne (y 2) (Kaleidoscope Producciones)