sábado, 26 de julio de 2025

“Lo importante es el viaje”

Una tierra extraña, ajena y peligrosa aguarda al protagonista de este apasionante periplo



José Luis Vidal

20 de julio 2025


Despojaos de prejuicios e ideas preconcebidas, ya que este camino que se inicia deberemos realizarlo con todos los sentidos abiertos al máximo, y ojo avizor. Y es que en cada viñeta de este cómic se esconden multitud de señales que aportan pistas al, en principio, misterioso relato.

El silencioso caminante aparece en medio de este paisaje rocoso, portando una lanza que en más de una ocasión le salvará la vida.

Ante él, un largo camino que habrá (habremos) de recorrer, plagado de incógnitas y acechantes peligros que surgen de pronto.

Nada sabemos de este hombre, dibujado a la imagen y semejanza de su creador, que ha decidido darle su cuerpo y rasgos, trazados con la precisión de una milimétrica plumilla.

¿Quién es? ¿Qué busca? ¿Hacia dónde dirige sus pasos?

Estas tierras, inhóspitas, supuran muerte. Cada paso que das te lleva, enfrenta, a un nuevo horror. Ya sea contra un letal Minotauro que ha envenenado sus aguas, o una horda de arpías y otras monstruosidades que parecen surgidos de la peor de las pesadillas.

Pero la fuerza de voluntad o, incluso, la suerte, harán que el protagonista, este hombre que vino de otro lugar muy lejano, avance en su camino.

Y como si de un oasis en medio del desierto se tratara, aparecerá una casa. Lugar de descanso y ¿salvación?

¿Quién sabe? Tal vez en estas paredes se esconda más de un secreto…

El polifacético autor portugués Zé Burnay nos ofrece un cóctel fantástico en el que ha vertido multitud de detalles, referencias históricas, mitológicas, religiosas, folk horror, musicales e incluso cinematográficas. Y nos transporta a un escenario que, en un primer vistazo, nos puede trasladar a cualquier western. Esas tierras áridas, rocosas, que esconden riachuelos de los que más vale alejarse. Bosques en los que las bestias campan a sus anchas, y en cualquier momento tu mirada puede cruzarse con la de un peligroso predador y comenzar un duelo de voluntades.

Y Burnay vuelve a demostrar que en el cómic nos encontramos con un medio eminentemente gráfico, donde se puede prescindir casi totalmente de los diálogos y el texto, ya que la increíble narrativa que el autor posee es suficiente.

Creo que este cómic, Andrómeda o El largo camino a casa, plagado de cualidades posee una que considero la principal y más importante. Y es que cada lector puede extraer de él un mensaje totalmente distinto. Las relecturas harán que descubras detalles, imágenes que tal vez te pasaron desapercibidas, obnubilado por el increíble y minucioso arte del autor, un blanco y negro brutal, detallista, que convierte cada viñeta en una obligada parada en la que, a la que te descuides, puedes caer preso del síndrome de Stendhal.

El volumen incluye dos historias que son solo una, la que da título al volumen, y Días perros. Pero esto no es todo, ya que Zé Burnay nos ofrece la posibilidad de disfrutar de una banda sonora, creada en su faceta de músico.

Y como colofón es este increíble viaje, unos extras la mar de jugosos, que incluyen diseños de todo el dramatis personae, postales de los paisajes que vamos a recorrer, increíbles ilustraciones para enmarcar y una galería de artistas invitados de lujo que quita el hipo.

Ah, y si quieren saber más sobre este autor luso, les recomiendo encarecidamente un paseo por sus redes sociales o su web (www.zeburnay.bigcartel.com), donde podrán encontrar una auténtica galería de maravillas gráficas, dibujos que dan aún más sentido a su personal universo gráfico y temático.

La editorial sevillana Mondo Cane Books lo ha hecho de nuevo, y nos ofrece a los lectores ávidos de emociones un relato que nos saca de este mundo donde la repetición y falta de originalidad son el pan nuestro de cada día, hecho que es de agradecer. Si no me creen, pásense por su más que interesante y personal catálogo de publicaciones.

Y ahora, sin más dilación, ha llegado la hora de emprender el camino. ¿Nos acompañáis?


Diario de Cadiz



viernes, 25 de julio de 2025

Entre lo normal y lo extraordinario Jota Lynnot




Spiderwoman: Cambio de marcha

Dennis Hopeless (guion), Javier Rodríguez (dibujo, color), Álvaro

López (tinta) y Rachelle Rosenberg (color)

Panini Cómics 

Estados Unidos 

Rústica con solapas 

120 págs.

Color

Obra relacionada

Hulka

Charles Soule y Javier Pulido

(Panini Cómics)

Capitana Marvel

Kelly Sue DeConnick y David López

(Panini Cómics)

Ms. Marvel

G. Willow Wilson, Adrian Alphona y otros autores

(Panini Cómics)

El nombramiento de Axel Alonso como editor en jefe de Marvel Cómics ha supuesto un au- téntico revulsivo dentro de la Casa de las Ideas.

Consciente de la popularidad de sus personajes gracias a las producciones de Disney o Netflix, Alonso ha reorganizado sus líneas editoriales apostando por los nuevos lectores, dando un mayor protagonismo a las superheroínas o introduciendo cabeceras protagonizadas por personajes LGBT o musulmanes. La actual encarnación de Spiderwoman es un claro reflejo de esta Marvel de Alonso.

Creada en 1977 por Archie Goodwin y Sal Buscema para proteger el copyright de la marca Spiderman, Jessica Drew apenas compartía similitudes con Peter Parker más allá del nombre de su alter ego. Su origen la presentaba como una renegada exagente de la organización criminal Hydra, cuya cabecera no superó los cincuenta números. Personaje claramente menor dentro del universo Marvel, es rescatado en 2005 por Brian Michael Bendis para sus Nuevos Vengadores, renovando su esencia como superespía antes de volver a contar con su propia serie mensual.

Tras los acontecimientos del evento Universo Spiderman, Jessica Drew abandona a Los Vengadores y, hastiada de lidiar con grandes amenazas globales, decide poner los pies en el suelo y reconvertirse en una suerte de investigadora privada con la ayuda del antiguo supervillano Puercoespín y el periodista Ben Urich. Un nuevo uniforme, un nuevo estatus y un nuevo equipo creativo (Dennis Hopeless y los españoles Javier Rodríguez y Álvaro López) sientan las bases de un perfecto punto de partida para jugar con un personaje con potencial. Si bien la propuesta podría ser el enésimo relanzamiento que pasa desapercibido, la nueva Spiderwoman añade una novedad destacable: está embarazada.

En plena baja por maternidad arranca Cambio de marcha, con una superheroína que intenta vivir una vida normal en sus últimos días de embarazo. Con las incomodidades, dudas, antojos y temores que conllevan su estado, Jessica Drew no deja de ser más que una mujer corriente con un trabajo extraordinario. Una mujer embarazada y soltera, que no tiene por qué desvelar la identidad del padre de su hijo ni aunque le interrogue el mismísimo Iron Man. Una mujer que acude a la matrona pero cuya clínica se encuentra en una nave espacial, donde es atacada por unos secuestradores alienígenas. Una mujer que se embarca en una aventura extraordinaria, tanto la de ser madre como la inherente a su condición de superheroína.

Dennis Hopeless plantea una carrera contrarreloj que alcanza su clímax en la consulta del obstetra, el repentino parto en mitad del ataque de los secuestradores y que llega a su desenlace con la depresión posparto de la ex-Vengadora. Sin condescendencias, Hopeless consigue que Spiderwoman piense y hable como una mujer embarazada/madre primeriza auténtica, y el tándem Rodríguez-López, que se mueva como tal. Sobresaliente es el trabajo de Javier Rodríguez, que fue padre mientras trabajaba en el cómic, dando un recital de storytelling, lleno de recursos y con un impecable uso del color. Como un alumno aventajado de Steve Ditko y Jaime Hernández, Rodríguez se siente tan cómodo en los momentos más costumbristas como en aquellos en los que la acción se desencadena o se traslada a entornos de ciencia ficción.

Spiderwoman: Cambio de marcha, tomo que se puede leer de forma independiente a pesar de su numeración española, no es solo un excelente cómic de superhéroes sino también un gran tratado sobre la maternidad en clave de cómic.


Jot Down - Cómics Esenciales (2016)


Fantasmas, secretos y ninjas

Un nuevo camino se inicia para el conejo samurai, en el que vivirá muchas y apasionantes peripecias


17 de julio 2025


Y es que la vida de este espadachín sin amo, un ronin, es un constante caminar, ya sea en solitario o, como en los últimos tiempos, junto a su primo Yukichi. Ambos se van a enfrentar en más de una ocasión a lo inesperado.

En la primera historia contenida en este nuevo volumen, 'Una historia de fantasmas', la pareja de protagonistas llega a un bosque que tiene una oscura leyenda, ya que hace tiempo, una joven llamada Midori se quitó la vida en él…




Usagi Yojimbo Vol. 39: El dragón verde

Autor: Stan Sakai

Tapa dura

Color

144 págs.

18,95 euros

Planeta Cómic


Muchas muchachas regresan al lugar y rezan en un pequeño altar justo en el lugar donde Midori falleció. Es el caso de Shizuye, cuya vida estará en peligro cuando un grupo de asesinos aparezca.

Afortunadamente, Usagi y Yukichi son incapaces de ignorar el peligro, por lo que salvan la vida de Shizuye, que les cuenta su historia, su estado de buena esperanza y la relación que le une a su señor… Hecho este que ha hecho que alguien ponga precio a su cabeza.

En el siguiente relato, como prólogo al nuevo arco argumental, los primos samuráis salvarán de nuevo la vida de un hombre que transporta un valioso objeto para el mercader Awase, por lo que desde ese momento, sin comerlo ni beberlo, Usagi y Yukichi se van a ver metidos de cabeza en un oscuro plan en el que sus vidas van a estar en peligro en más de una ocasión, sobre todo por la súbita aparición de un letal grupo de ninjas, que pertenecen al clan Komori, unos asesinos sin piedad que van en busca del dragón de jade que es el motivo de tantas persecuciones y ataques.

Afortunadamente, todos los que conocéis esta longeva serie ya sabéis que en su eterno caminar, el protagonista ha cultivado la amistad de infinidad de personajes, por lo que no es nada raro que se reencuentre con alguno de ellos en los momentos más peligrosos.

Y este, obviamente es uno de ellos. Justo cuando parecía que la balanza se inclinaba ante el ataque de los viles Komori, aparece en escena una vieja conocida. Chizu fue en su momento la cabecilla de otro clan ninja, Neko, y mantiene intactas sus habilidades y contactos para ayudar a Usagi y compañía.

Ya lo he comentado mil y una veces, esta serie es de lo mejor que puede encontrarse en el panorama internacional, con un autor, Stan Sakai, al frente, imaginando nuevas historias que nos siguen apasionando y, de paso, enseñándonos cosas sobre ese lejano Japón en el periodo Edo.

Recomendable para los más jóvenes, resulta una lectura genial para el resto de la familia y afortunadamente su publicación está asegurada por Planeta Cómic, que incluso está reeditando en tapa dura aquellas primeras andanzas del conejo samurai más famoso de los cómics.


Diario de Cadiz




jueves, 24 de julio de 2025

A propósito de "Sirat": cine puñetazo

El faro del fin del mundo / Jacinto Antón

Un momento de Sirat


Fui a ver Sirat a los cines Verdi, dudando hasta el último momento si meterme en la proyección del filme de Oliver Laxe, o, como me pedía el cuerpo, en la de Jurassic World: el renacer, o en F1, la película. Me habían hablado tanto de la dureza de Sirat, de lo mal que se pasa y de esas escenas ya legendarias que nadie te quiere desvelar pero que te advierten que te dejan hecho polvo, que me hacía casi irresistible la tentación de ver a Scarlett Johansson con un T. Rex. Finalmente, fiel al deber, entré a Sirat como quien entra al tren de la bruja y decidido a salirme en cuanto la cosa se pusiera demasiado chunga, opción que ha tomado algunos conocidos.

He de decir que a mí desde el principio, aunque no me llegaba la camisa al cuerpo, me atrapó la película: las imágenes de las manos colocando los altavoces, la panorámica de la gente bailando en la arena, la música, me parecieron sensacionales. A ver, los raveros de Sirat no son la gente con la que yo iría al Sónar, pero me resultaron simpáticos, así que por ahí no iba a venir al estropicio emocional.

Llegó, claro, en las montañas marroquíes, y luego, de nuevo, Sirat dejó a la sala en un enmudecido espanto con la escena que da un nuevo sentido a los conceptos de trance y de baile explosivo. Cuando se encendieron las luces, estudié las caras de otras personas presentes en el cine, entre ellos el actor Lluís Homar, la editora Anik Lapointe y el cocinero Isma Prados y pensé que si yo tenía la misma expresión ya podía pegarme un lingotazo de coñac o de Agua del Carmen, Homar -que anda enfrascado en los ensayos de Memorias de Adriano, donde encarna al sosegado emperador del animula, vagula, blandula (nada más distinto)- no se podía levantar de la butaca de la impresión. "Hay que verla", repetía como un boxeador sonado, "hay que verla". Una semana después se lo encontró el director Xavier Albertí y seguía diciendo lo mismo. Yo no paro de enredarme en conversaciones sobre Sirat en las cuales hago igual que todos, decir "¡que fuerte!", advertir del batacazo emocional y hasta existencial que te pega la peli (sin hacer espóiler) y recomendar no verla si eres demasiado sensible y a la vez sostener que nadie debería dejar de verla, oye: con lo cual los que te escuchan quedan muy confusos.

En fin, valga este largo preámbulo para traer a colación otros momentos en el cine que nos han producido impactos similares a los de Sirat, momentos desazonadores, turbadores, de dolor de barriga. Esta es, claro, una selección personal. (a cada uno le vendrán a la cabeza los suyos).

Dejando de lado la muerte de la madre de Bambi hay que referirse a la violación de Bobby (Ned Beatty) en Deliverance (1972), de John Bormann. En Tarantino hay varias escenas de ese calibre: el baile con la navaja de Mr. Blonde (el recientemente desaparecido Michael Madsen) en Revervoir Dogs (1992), por ejemplo. Tenemos asimismo el momento culminante de El cazador (1978), de Michael Cimino en que los dos amigos Michael (Robert de Niro) y Nick (Christopher Walken) juegan a la ruleta rusa en un tugurio de Saigón: la implacabilidad del destino en el rostro de Nick en el último disparo y la desesperación de Michael tratando inútilmente de restañar la sangre que brota en el agujero en la sien. Para situaciones inolvidables por la casi insoportable conmoción que provocan también la de Salvar al soldado Ryan de la lucha cuerpo a cuerpo entre el soldado judío Mellish (Adam Goldberg) y un alemán que acaba hundiéndole progresivamente la bayoneta en el torso de una manera casi tierna e íntima mientras le musita suavemente para que se deje morir: durísimo. Imborrable de igual manera la escena en que se rompe definitivamente el recluta Patoso (Vincent D´Onofrio) en los lavabos en La Chaqueta metálica (Stanley Kubrick, 1987).

Otra escena que cuesta arrancarse de la cabeza es la de La decisión de Sophie (1982, Alan J. Pakula) en el que la protagonista (Meryl Streep) se ve obligada a elegir frente al infame doctor Mengele entre su hijo o su hija; finalmente es la niña la que se va a las cámaras de gas.

Hay tantos momentos perturbadores que nos han dejado para el arrastre emocional: el devastador final de Seven (1995, David Fincher), la decapitación de Ned Stark (Sean Bean) en Juego de tronos. También en teatro ha habido alguna escena demoledora: es el caso de los cinco minutos atroces de Purgatorio, de Romeo Castellucci, en los que el escenario permanece vacío mientras fuera de escena un padre abusa de su hijo. Para volver a casa abierto en canal. ¡No dejen de ver Sirat!, creo.


El Pais. Cultura. Sábado 12 de julio de 2025

100 Balas / Brian Azzarello y Eduardo Risso



¿A cuánta gente querría matar? No enarque las cejas, claro que lo ha pensado. Fugazmente, si quiere, pero esta no es la primera vez que le sobrevuela la idea. «Si pudiera...», se dice. Hasta que salta el resorte automático: los principios, la moralidad y ese sentido embotado de la culpa. Pero no es eso lo que le frena, claro que no. Puede repetirse incesantemente la perorata sobre la sacralidad de la vida humana y la superación de la barbarie. Pero esa pulsión va a seguir ahí, traqueteando. Como los hijos de puta que le arruinaron la vida y no están ni en la tumba ni en la cárcel. Puede seguir bramando a la justicia, o escuchar a ese desconocido que se ha sentado a su lado en el autobús y sabe perfectamente cómo se llama. Porque además de un maletín, porta aquello que realmente nos frena para no abandonarnos al instinto, el antídoto contra el miedo que nos paraliza: la promesa de que después no tendrá que pagar la factura, porque no la habrá. Nada de coartadas, ni bofia, ni vertederos donde dejar pudrirse al finado. Simplemente, 100 balas y la certeza de la impunidad. ¿Continúa pensando en la moralidad, o sus dedos comienzan el recuento, pergeñando si será suficiente munición?

Ante las fauces tenemos el delicioso manjar de la venganza, punto de arranque de 100 balas (Vértigo), una de las series de cómic más laureadas de las últimas décadas, escrita por Brian Azzarello y dibujada por Eduardo Risso. Bajo este aperitivo potente, de premisa aparentemente sencilla —¿dónde queda la moralidad cuándo tenemos impunidad?— palpita una historia con infinidad de aristas que se irán desgranando a través de sus cien números. El agente Graves, el tipo del autobús, llama a la puerta con el misterio, el maletín y las balas para arrastrarnos por el barro del dilema ético, sin más exigencia que un apretón de manos. Los primeros volúmenes seremos cualquiera de los personajes que dejan de chapotear en la miasma de su fracaso para matar o no matar. Historias pequeñas, sórdidas y terribles, que van componiendo el intrincado tablero en el que jugaremos después. Seremos la joven expresidiaria Lizzy Córdova, el dueño de un antro Lee Dolan, el jugador de dados Chucky Spinks o el vendedor de helados Cole Burns. Parias, en cualquier caso, víctimas que han de elegir si convertirse en verdugos o esperar a que a cualquier don nadie con el mono se le escape un tiro y acabe con su miserable existencia.

El camuflaje es una historia coral, magistralmente dibujada y tan violenta como una ensoñación tarantinesca. Pútrida, desesperanzada, inserta en el género noir, aunque hay mucho más. Porque con el retorno del mefistofélico Graves tras el crimen, arranca lo que ha hecho de 100 balas una obra imprescindible, mucho más que un relato sobre el exquisito poder de la venganza y la moral del crimen y la violencia. Y es que el agente trajeado regresa, mascando una sonrisa malévola. El misterioso benefactor vuelve a sentarse a nuestro lado, desvelando poco a poco el juego en el que esas balas nos han involucrado. Las pistas que nos iba dejando no eran fallidas: bajo esos maletines había un descomunal puzzle, con más de cien intrigas intrincadas y fatales, cuyas ramificaciones se remontan mucho tiempo atrás.

Pisando charcos de sangre y esquivando las ráfagas de plomo se avanza en este thriller conspiranoico que sabe a Raymond Chandler y suena a la furia de un saxo en el peor garito de la ciudad. En este universo de zorras fatales y gángsters de pelo entero, lo complicado será comprender que lo que está en juego no es quién mueve los hilos, si no quién los moverá. Descubriremos esa poderosa y milenaria organización del Trust, y a las trece familias que han equilibrado las fuerzas en la sombra: Medici, Vermeer, Vasco, Madrid, Kotias, Simone, Peres, Dietrich, Carlito, Nagel, Rhone, D’Arcy y Von Hagen. El dilema sobre el asesinato sonará a chiste con el emerger de los Milicianos y su reactivación, cuando la furia, el dolor y el odio lo inunden todo y matar sea ya solo una rutina más de esta pesadilla que comenzó con un maletín. Fulminados los límites morales, vemos claramente el terreno que estaba bajo nuestros pies: que esto fue siempre un tablero de ajedrez y nosotros, los peones.

Ilustres entendidos han comparado 100 balas con la gran novela negra americana, algo tan cierto como injusto. Porque si bien es cierto que sus guiones harían palidecer a la mayoría de noirs, la comparativa entraña ese indefectible menosprecio al cómic en sí mismo. La obra de Azzarello y Risso no necesita ser elevada al género de novela para brillar: fraguada durante una década, constituye probablemente una de las mejores sagas de cómic negro hasta la fecha, sino la mejor. Una historia potente tanto argumental como visualmente, que consigue entretejer decenas de historias y personajes, sin dejar un cabo suelto en su final. Y ese es uno de los mayores méritos de 100 balas: llegar a la meta, una década y centenares de conspiraciones después, con una gran conflagración que cierra el círculo sin dejar porqués sin contestar. Matar o no matar nunca fue el dilema. Como diría el legendario personaje de Robert E. Howard: lo mejor de la vida es aplastar enemigos, verles destrozados y oír el lamento de sus mujeres. Y sí: para eso cien balas se antojan muy pocas.


Jot Down - Cien Tebeos Imprescindibles (2014)


miércoles, 23 de julio de 2025

…Y Ana Miralles creó a la Mujer

Llega a las librerías la cuarta entrega de esta imprescindible revista, que protagoniza una de las grandes autoras españolas


José Luis Vidal

16 de julio 2025


En este complicado mercado en el que vivimos los que nos dedicamos a esto del cómic, ya sea en la faceta que sea, es duro encontrar un espacio, pero cuando las cosas se hacen con profesionalidad y de una manera rigurosa, es normal que se alcance el objetivo deseado.

Eso mismo ha ocurrido con toda producción que surge de la pequeña editorial sevillana Isla de Nabumbu que, poco a poco, están elaborando un catálogo de obras que, con una increíble calidad, son un sincero homenaje a sus autores y autoras.




Autora de Cómic: Ana Miralles

Tapa blanda

Color

124 págs.

15 euros

Isla de Nabumbu


Y una de ellas es este formato, una revista que cuando uno termina su lectura ya está deseando que llegue a sus manos la siguiente entrega, ya que se ha convertido en el perfecto vehículo para que conozcamos la trayectoria de grandes nombres del cómic español.

En esta ocasión, como es costumbre, el ejemplar se abre con una extensa entrevista, en la que Ana Miralles, junto a su pareja, el guionista Emilio Ruiz, va a cogernos de la mano y conducirnos a aquella ya lejana época en la que hacer tebeos en nuestro país estaba visto como un simple hobby, una manera de pasar el tiempo.

Pero la resolutiva Ana, cargada de sueños y talento, consiguió abrir esa puerta por la que pocas autoras pasaban en los años ochenta y, sin ella darse cuenta ni proponérselo, se estaba convirtiendo en una pionera de las viñetas.

Recorreremos aquellos primeros caminos junto a ella, nos regala alguna que otra curiosa anécdota, como su relación de amor-odio con el servicio de Correos, o su familiar relación con uno de los grandes guionistas españoles de todos los tiempos, Antonio Segura, junto al que dio el gran salto a la industria francesa, donde crearon a la voluptuosa Eva Medusa, y donde paso a paso, tratando de evitar más de un inesperado puntapié, logró con el tiempo el merecido éxito.

Se lanzará a la búsqueda de un mitológico animal y hablará extensamente de su relación, tempestuosa, con el guionista de Djinn, que causó más de un dolor de cabeza a la artista. Tanto que cuando llegar el momento de aprovechar el éxito logrado por las peripecias de estas mujeres, decidió seguir junto a Emilio Ruiz el rastro de un billete de veinte euros…

Y de ahí al Polo Norte para, en los últimos tiempos, compartir la noche brasileña con un mito del Séptimo Arte.

Este número viene trufado por infinidad de ilustraciones, bocetos, páginas, dejándonos boquiabiertos ante la belleza de todas y cada una de ellas, así como con varias historias que hasta ahora habían permanecido prácticamente inéditas para sus seguidores y, como es costumbre, la visión de varios teóricos del medio sobre las obras y trayectoria artística de Miralles.

He de confesar que, para un servidor, la apasionante lectura de esta nueva entrega ha supuesto el descubrimiento de una gran artista, una luchadora de inmenso talento que merece todos los honores habidos y por haber.

¿Qué esperan? ¡Corran a la librería más cercana y háganse con un ejemplar!


Diario de Cadiz


El mensajero alanceado

 El faro del fin del mundo / Jacinto Antón

Probablemente el sistema de mensajería  más bestia de la historia sea el que empleaban los antiguos getas, "los tracios más valerosos y más justos", según Heródoto, que estaban emparentados al parecer con los dacios, pueblo que presentó resistencia a los romanos en el siglo I. Cuenta el escritor y viajero griego en el libro IV de su Historia que los getas "cada cuatro años despachan en calidad de mensajero, para que se entreviste con [el dios] Salmoxis [Zalmoxis], a aquel miembro de su pueblo que en dicha ocasión resulte elegido por sorteo y le encargan lo que en según el momento necesitan. Y he aquí como lo envían", continúa el padre de la historia: "Los encargados de ese menester sostienen tres venablos, en tanto que otros cogen de las manos y de los pies al que va a ser enviado a entrevistarse con Salmoxis; y tras haberlo balanceado en el aire, lo echan a las picas".

Mircea Eliade, en París en 1978. Getty

A mí esa ceremonia cruenta me obsesiona desde que vi de niño la única película -que yo sepa- en la que aparece representada. Los guerreros del imperio (1967), un péplum de aquellos de tarde de sábado y sesión doble. Recuerdo que me fascinaron las imágenes de las legiones romanas y las batallas pero sobre todo me impactó la historia de los dos hijos del rey dacio Decébalo en el filme, una chica, Meda (Maria-Jose Nat), y un chico, Cotyso (Alexander Herescu, el Alain Delon rumano), muy unidos. De qué manera el joven es seleccionado como el mejor guerrero dacio en una serie de pruebas. El caso es que el chico para lo que está compitiendo y gana, para horror de su hermana (y mío al ver la película), es para ser el mensajero hacia Zalmoxis, vía sacrificio humano.

De forma que vemos cómo el pueblo dacio se reúne ante un montículo, Cotyso se echa sobre el altar de piedra que hay en la cúspide, donde queda observando cómo pasan las nubes; un sacerdote tipo druida hace una invocación al dios (no vayan a estar comunicando) y dos acólitos toman al joven por pies y manos y lo lanzan sobre tres largos pinchos metálicos.

La escena me traumatizó, pese a que me tranquilizaba algo que mi hermano mayor fuera mejor que yo en todo. Puede parecer raro que de niños en los años sesenta descubriéramos en el cine, entre palomitas y caramelos Darlins, la existencia de los dacios, Zalmoxis y un rito descrito por Heródoto, pero luego he sabido que Los guerreros del imperio era una producción rumano-francesa auspiciada por Ceaucescu para divulgar las viejas glorias del reino de la Dacia y también recordar el crisol dacio romano, la "etnogénesis" de la nación rumana.

Muchos años después, el plena etapa de entusiasmo por Mircea Eliade me reencontré con la ceremonia del mensajero en el ensayo del historiador de las religiones De Zalmoxis a Gengis-Khan. Eliade ve revelando que se sacrifique en el aire (lanzándolo en plan manteo), lo que apuntaría que Zalmoxis era un dios celeste. Y relaciona la cruenta mensajería con un rito que reactualiza la situación primordial en que los hombres podían establecer comunicación directa con los dioses.

Recientemente, he vuelto a encontrarme con el mensajero en un libro editado por Desperta Ferro, Tracios, getas y dacios, de Radu Oltean. En una de las páginas aparece representado el sacrificio humano a Zalmoxis, en una "recreación ideal basada en los escritos de Heródoto".

Sea como sea, cine y escatología, drama y misterio, la imagen del joven mirando al cielo recostado aguardando sobre la piedra sacrificial (¿qué otra cosa es la vida?), y ese instante de fulgor y esperanza en el aire antes de caer sobre las puntas afiladas, resuenan de una manera extraña en el corazón, despertando un eco en los largos días de verano, mientras las espigas agitan su dorado esplendor en la inexorable ceremonia del transcurrir de los días.


El Pais. Cultura. Sábado 19 de julio de 2025