miércoles, 20 de septiembre de 2017

Miguelanxo Prado TRAZO DE TIZA


Carlos Portela


Norma Editorial

Hay historias e historias. Historias para disfrutar con la cabeza e historias que se disfrutan con el corazón, aunque haya también quien diga que se pueden apreciar con el estómago. Esta que nos ocupa es de las que se entienden mejor desde el lado del sentimiento, porque, Trazo de Tiza, es, por encima de cualquier otra cosa, una historia de sentimientos.

Trazo de Tiza es, además de la última obra de uno de los más importantes autores de la historieta española actual, la primera incursión de Miguelanxo Prado en el campo de la narración larga. Hasta la fecha, todos sus álbumes se habían nutrido de historias cortas. El acto de asumir una narración larga se constituye como un verdadero punto de inflexión en la carrera de un autor que ha demostrado sobremanera que es un maestro consumado en el manejo de los registros del relato corto(Fragmentos de la Enciclopedia Deifica o Stratos), y hasta me atrevería a decir ultracorto (Quotidianía Delirante), llama la atención el hecho de que este cambio en la forma habitual de trabajar de Prado se lleve a cabo cuando se supone que posee una más que considerable madurez en el manejo del relato corto, y bien podría seguir exprimiendo ese modo de narración sobre el que, hasta la fecha, ha cimentado su carrera. De todas maneras no debe pensarse que Trazo de Tiza sea un salto al vacío, pues este ha sido un proyecto largamente madurado por el autor.

Hablemos ahora de la obra en sí. No son demasiado habituales en el campo de la historieta las historias en las que el aislamiento de los personajes determine el discurrir de la trama; me vienen a la memoria El Cometa de Cartago y Huracán. Aún lo son menos aquellas en las que este aislamiento es buscado por los propios protagonistas, con la paradoja que acarrea el encuentro de las distintas soledades. Y de eso precisamente es de lo que trata Trazo de Tiza; de encuentros, y de cómo el choque de las distintas formas de ser y de sentir afecta a cada uno de los protagonistas. Pero también trata de una isla, del mar, del viento, de las gaviotas y de la luz. La luz como un elemento vivo; este es uno de los grandes hallazgos gráficos de Trazo de Tiza, al utilizar el color base de la página, lejos del neutro blanco habitual, como reflejo de la luz que rodea en cada momento a los personajes, y que, en ciertos pasajes, parece reflejar también el sentir de los mismos; además de resultar un referente inmediato para facilitar la medición, por parte del lector, sobre el paso del tiempo.

Hay en Trazo de Tiza una explosión gráfica de lo que hasta ahora habíamos conocido como el estilo Prado: ya no encontramos esas grotescas deformaciones cercanas al esperpento, ni esa fantástica arquitectura del desequilibrio, sino un conjunto de elementos de gran fidelidad a la realidad, que con todo, y a pesar de los demás aditamentos, ayuda a crear una atmósfera de total verismo. El conjunto no deja de transmitir un aire de irrealidad, un olor a fábula como el que se respira en algunas de las novelas del llamado realismo mágico. Y es que en toda la historia está presente esa brumosa sensación que envuelve los sueños, a veces más vividos que la propia realidad: en el diario que escribe uno de los protagonistas, en el faro que preside el islote, en esa especie de pensión fantasma, eje de los encuentros, y, sobre todo, en el largo malecón donde se acumulan los mensajes que han ido depositando los distintos viajeros que por la isla han ido pasando y que constituye más que ningún otro elemento o personaje, la memoria viva de la propia isla.

Como resumen, cabría decir que Trazo de Tiza se nos presenta como un paso más allá en la ya magnífica trayectoria gráfica de Miguelanxo Prado, demostrando que su dominio del dibujo abarca con maestría cualquier registro que pueda requerir el tipo de narración que en cada momento decida afrontar este inquieto dibujante gallego.






Katsuhiro Otomo AKIRA


Enrique Vela
 Ediciones B

Durante este año, la edición en castellano de Akira, culebrón japonés por excelencia, ha alcanzado el desarrollo cronológico de la edición americana. El largo periodo en el que viene siendo conocida por el público aficionado ha ido asentando su status de estandarte del manga, paradigma de los elementos que configuran esta especie de género entre la ciencia ficción y los superhéroes. En efecto, dentro de las coordenadas de tan manoseado género, el comic de superhéroes japonés se mueve sobre unas premisas más específicas que el occidental y atiende a una diferente concepción de la ideología. El poder representado como de origen mutante y desarrollo psíquico, exageradamente devastador, transmitiendo la idea de comparación de fuerzas, de escalafón, la incomprensible supervivencia de los personajes son rasgos hacia los que el comic americano viene tendiendo en las últimas décadas de forma irreversible, y que el manga, Akira, no hace sino profundizar y depurar. Incluso podría decirse que esa misma pureza devuelve al lector la clase de emociones que buscaba en él y que sus predecesores yanquis comenzaban a dejarse en el tintero.

La lectura de Akira es compulsiva. Su sencillo mecanismo narrativo impone con suprema eficacia le necesidad del siguiente episodio. En este sentido funciona como cualquier folletín al que estamos acostumbrados, sólo que acelerado. Por tanto, mantiene un misterio por descubrir que abarca toda la obra (centrado en el quién, cómo y por qué de Akira) que se revela en dosis que plantean nuevas preguntas... y, salvo las escasas coordenadas que distinguen a los «buenos» de los «malos», desconocemos palmariamente hacia dónde va a ir la ficción. Decir esto de un tebeo con tan prodigiosa cantidad de páginas es, en efecto, estar hablando de algo más de lo que uno se imagina como folletín.

Al comienzo de la lectura, la historia se interpreta como de estructura clásica, llevada a cierto exceso barroco por la emoción.Sin embargo, el climax va dejando el poso de que, tras tan aparente movilidad, la acción, el argumento, no progresa hacia nada, no se resuelve en una afirmación de los presupuestos ideológicos de los protagonistas. El relato desarrolla una espiral cada vez más abierta de bandos y situaciones que posponen la esperada revelación sobre Akira.

Así pues, la única conclusión posible es que lo que nos parece exceso, sea, en realidad, estructura, y lo que se presenta como forma sea, sin más, el contenido. Y este rasgo, chocante, de ausencia de sustancia debe tomarse como el signo de un paradigma de lenguaje originado en una mentalidad no occidental, como la profusión de viñetas de intercambio mudo de miradas, la superabundancia de líneas cinéticas o la secuenciación pormenorizada de las escenas de acción.

Roland Barthes, en un estudio sobre las relaciones de signo y significado en la cultura japonesa,ofrecía un ejemplo bastante revelador de las diferencias existentes con nuestra cultura, al hablar sobre los gritos de guerra. Mientras en Occidente tales gritos se emiten en función de «La Causa» (¡Por España!, ¡Por la justicia!, y tantos que conocemos), en Japón se trata de gritos sin referente directo fuera del propio grupo de atacantes: cosas como ¡Banzai! tendrían pues su equivalente en algo así como ¡Vamos! o ¡Nosotros!.

Visto a la luz de lo que este pequeño ejemplo nos enseña sobre la mentalidad japonesa, la falta de escrúpulos con la que se «justifican» los bandos rivales, la ausencia de un planteamiento claro que distinga héroes de monstruos, fascistas de revolucionarios, la dificultad de la catarsis, dejan de ser una barrera para la aceptación de un culebrón tan hipertrofiado. Por el contrario, adquiere valor en si mismo porque nos pone delante una forma de ver el mundo genuinamente distinta de la nuestra. Y nos permite disfrutar de la acción por la acción, con toda una serie de cargas ideológicas contradictorias o difusas que desvían el acento hacia la coreografía, liberan en algo el destino.




domingo, 17 de septiembre de 2017

Willy Ronis o el compromiso poético con la sociedad

El Jeu de Paume expone en la ciudad francesa de Tours los archivos de este gran maestro de la fotografía humanista

GLORIA CRESPO MACLENNAN
15 SEP 2017


Desnudo con punto a rayas, París, 1970 WILLY RONIS

Miraba, interpretaba y plasmaba. Willy Ronis (París, 1910-2009) andaba siempre a cuestas con su cámara, de la que orgullosamente decía que no se separaba ni para comprar el pan. Buscando la belleza y la emoción en lo banal, y consciente de que la fotografía “es la mirada. O se tiene o no se tiene”, pasó a la historia como uno de los grandes fotógrafos humanistas. Su ojo de poeta nunca se dejó engañar por una visión placentera momentánea; con afán introspectivo y mirada fresca quiso ser un hombre de su tiempo.

“Lo interesante de Ronis es su compromiso poético con la sociedad en la que le ha tocado vivir”, señala Marta Gili, directora del Jeu de Paume de París. “No se trata del compromiso de un fotoperiodista”. Forma parte de la fotografía humanista de la posguerra en Europa, donde el hombre adquiere un protagonismo central. Su obra puede verse hasta el 29 de octubre en una retrospectiva organizada por el Jeu de Paume en el Château de Tours, con los fondos que el propio fotógrafo donó al estado francés en 1983. Le exposición recorre la larga y prolifera trayectoria del artista. Junto a sus fotografías más icónicas desvela imágenes aún desconocidas.


Los amantes de la Bastilla, 1957, París WILLY RONIS

Fue Willy Ronis, junto con otros fotógrafos, entre ellos Robert Doisneau, Izis, André Kertész y Brassaï, responsable de esa imagen en blanco y negro, cándida y romántica del París de mediados del siglo XX. Vistas desde la perspectiva actual, estas imágenes conservan una indudable aura de nostalgia, pero podrían resultar en cierto modo un cliché. “El humanismo de los años 50 y 60 adopta una forma de representación visual que no deja de ser naíf y utópica, pero también una mirada crítica e irónica (en España podríamos incluir en esta corriente a Català Roca, a Masats y Miserachs), destaca Gili, quien es comisaria de la exposición junto con Matthieu Rivallin. Ronis participa de esta mirada optimista y un poco azucarada, pero como militante del partido comunista “no se deja intimidar por esa necesidad de edulcorar la vida después de haber vivido dos guerras mundiales en el mismo territorio. Su trabajo no es tan dulce; hay una cierta melancolía por la vida”.

“Nací con un meticuloso gusto por la música. Durante mucho tiempo, hasta los 16 o 18 años pensé que iba a ser compositor”, recordaba el artista en una entrevista grabada en los últimos años de su vida. Su madre, profesora de piano, le inculcó la pasión por la música. Fue también quien le aconsejó visitar el Louvre. Admiraba a los pintores flamencos. De la descripción de lo cotidiano que observó en su pintura surgió la búsqueda del fotógrafo por los momentos triviales y fugaces de la vida diaria. Su padre era fotógrafo y dueño de un estudio de fotografía de retrato. A los 15 años le regaló su primera cámara y cuando enfermó de cáncer le pidió que se hiciera cargo de su negocio. Las paredes del estudio pronto quedaron estrechas para este fotógrafo que se describía a sí mismo como “un hombre de acción, de la calle”. El 14 julio de 1936 se lanzó a la calle para documentar el ascenso del frente popular en París.

La fragua de Renault, Boulogne-Billancourt, 1950 WILLY RONIS

Las clases más desfavorecidas y desestabilizadas encontraron siempre un lugar en la mirada del autor. “Su sensibilidad hacía el mundo laboral lo diferencia de los fotógrafos humanistas de la época, como Doisneau, Boubat o Izis”, destaca Gili. “Es un hombre muy implicado en la voluntad de un cambio social. No se queda en el intento de unificar la humanidad bajo azucarados lemas que hablan de la bondad intrínseca del ser humano, sino que se aprecia en él una voluntad real de lucha y de reivindicación de los derechos humanos”. Cubrirá, como encargos para distintas publicaciones, los conflictos de Citroën o Renault, y documentará entre otros a los trabajadores textiles de la Alsacia y a los mineros de SaintÉtienne. Sus proyectos no glorifican la esperanza ciega en el ser humano, como intentaba preconizar la mítica exposición The Family of Men, organizada por Steichen en 1955, y en la que participó Ronis.

Trabajó para la agencia Rapho, y entre sus mejores amigos se encontraban David Seymour y Robert Capa, fundadores de Magnum. Con ellos compartía la necesidad de reivindicar los derechos de autor del fotógrafo. “Reivindicaba la fotografía como medio de expresión al que hay que respetar, no como una mera ilustración, sino una micronarración”, destaca la comisaria. Así, exigía su derecho a decidir qué imagen había de publicarse, cómo debía cortarse y de qué pie de foto debía ir acompañada. Esto le creó muchos problemas dentro del mundo de la prensa.

Autorretrato con flash, París, 1951 WILLY RONIS

Perfeccionista en la técnica, cuidaba con exquisitez la composición y la proporción. La mayoría de sus imágenes están tomadas en la calle. Le gustaba trabajar en proyectos de largo recorrido. “No va al evento sino que intenta crear una serie de narraciones que explican el contexto en el que suceden las cosas”, explica Gili. Catalogaba y referenciaba cada uno de sus negativos. Estos iban acompañados de una pequeña narración escrita donde explicaba los detalles de cada toma, con la intención de contextualizarlos. “Ronis es consciente de que la fotografía es un momento. Que hay un antes y un después, y que el antes y el después a veces cuenta más que la propia fotografía”, añade la comisaria.

Tocó múltiples géneros, entre ellos el desnudo. Una de sus fotos más famosas, El desnudo provenzal, es la que tomó a su mujer Mari Anne Lansiaux cuando la sorprendió lavándose en su cabaña de Gordes (Provenza): “Fueron dos minutos. Los milagros existen. Lo pude comprobar. Nunca antes había sentido tanta ansiedad como cuando revelé esa película. Sentí que la imagen era buena, técnica y estéticamente. Fue un gran momento en mi vida, un momento prosaico de extrema poesía”, recordaba el fotógrafo francés.

Esperaba con paciencia el momento, no salía en su búsqueda. Receptivo a ese instante de epifanía que se revela por sí mismo, supo documentar con belleza y realismo una época. “Nunca he ido en busca del momento extraordinario de la primicia. He buscado aquello que complementaba mi vida. La belleza de lo ordinario fue siempre la fuente de mis grandes emociones”, diría.

Willy Ronis. Jeu de Paume, Château de Tours, Francia. Hasta el 29 de octubre.

GALERIA:


El circo de Achille Zavatta, París, 1949
WILLY RONIS

Manifestación en Vimy-Lorette, 1949
WILLY RONIS 

Desnudo provenzal, Gordes, 1949
WILLY RONIS 

El pequeño parisino, 1952
WILLY RONIS

En crucero, 1994
WILLY RONIS

Estación, Châtelet-Les-Halles. París, 1979
WILLY RONIS 


















El Pais Babelia

Nine / Zentner RELATOS DEL NUEVO MUNDO


Antonio Trashorras





Planeta-DeAgostini

Entre mucha inutilidad vergonzante (Ortiz, Prunes, Font, Redondo,...), pagada encima a precio de oro, alguna que otra cosita curiosona o cuando menos profesional (Max, Enrique Breccia, Mattoti, Pellejero...) y cierta calamitosa decepción (¡Ay, Muñoz!), la megacolección Relatos del Nuevo Mundo, lanzada a lo bestia por Planeta-DeAgostini con motivo del puñetero Quinto Centenario, ha servido, por lo menos, para que vieran la luz tres verdaderas gemas de la historieta, a guardar entre algodones por cualquier aficionado perspicaz, a saber: La Desaparición de Gonzalo Guerrero, del apabullante Miguel Calatayud, la última obra del incombustible Alberto Breccia y este La Adelantada del Pacífico, debida al tándem argentino compuesto por el guionista Jorge Zentner y el indómito grafista Carlos Nine.

Para empezar decir que, en mi opinión, Zentner (quien tampoco lo hizo mal con Mattoti y Pellejero) ha conseguido con este libro uno de los más legibles y, por fortuna, menos discursivos guiones de tan errática colección, en general caracterizada por unos textos entre lo barbitúrico y lo puramente oligofrénico. Ahora bien, discúlpeme el señor Zentner y, de paso, el resto del (exiguo) gremio de guionistas si, por una vez, minimizo un tanto su aportación, para dar mayor relevancia a la soberbia, salvaje e inconmensurable labor del siempre acertado Nine, un coloso del tebeo de cuya obra el lector de papelotes nacionales conocerá bien poco (apenas han aparecido por aquí un manojito de páginas suyas dispersas por las fallecidas revistas de Toutain y en alguno de los fardones álbumes temáticos de Ikusager), y que si existiese justicia en este mundo, debería estar ya ganando por lo menos tantos billetes como ciertos zampabollos llenapáginas de esos que cada vez que agarran un lápiz se pasan por los fondillos más de 100 años de Historieta.

Contemplando cualquiera de las viscerales, furiosas planchas de Nine a uno le asalta, ante todo, una indefinible sensación de vértigo escénico, de riesgo expresivo, que choca frontalmente con el rutinario y vegetativo cartesianismo imperante, para nuestra desgracia, en este cada vez más anoréxico medio. Tanto la correosa fisicidad de sus encuadres más vibrantes (nunca histéricos) y primitivos como la apacible textura medusina lograda en los pasajes arropados por un mayor sosiego (sin llegar a la catatonía de otros), delatan una filosofía estética en perpetua beligerancia contra el formalismo orgánico y la maquinal atonía compositiva. O sea, la repera. Hay que comer muchos "Bollicaos" para dibujar como Carlos Nine.



Miralles / Segura EVA MEDUSA

Juanvi Chuliá





Ediciones Glénat

Incluso antes de iniciar una reseña crítica de la serie que nos ocupa, se hace necesaria una puntualización que creo ayudará a entender, en un contexto adecuado, el trabajo realizado por los autores.

Cuando Ediciones Glénat decidió establecer una filial editorial en nuestro país, Miralles y Segura ya llevaban dos álbumes de Eva Medusa realizados para el mercado francés. Más tarde, la coordinación de la trilogía pasó a manos de Joan Navarro. Pero, insisto, la serie es un producto de Glénat Francia.

¿Qué importancia puede tener esta puntualización?: Mucha. En el ánimo de los autores (muy especialmente en el del guionista, Antonio Segura) estaba el realizar un producto que entroncara, sin tapujos, con unos criterios estéticos muy en boga en el mercado galo. La conocida capacidad de Segura para adoptar los modos y la temática adecuados a cada momento, haciendo un constante uso de referentes más cercanos al plagio que al homenaje, ha sido tanto su mejor virtud como su mayor defecto. En Eva Medusa, Segura consigue equilibrar esa constante hasta lograr un producto que se encaja entre el grueso de la producción de Glénat sin desmerecer del resto. Y sin destacar, por supuesto. La corrección del desarrollo argumental, su pura y simple eficacia, hacen de este trabajo uno de los más dignos realizados por Antonio Segura. No hay que tirar muy alto tampoco: Él mismo se ha encargado de mantener bien bajo el listón hasta la fecha. Decía que es un producto al gusto del mercado galo: No en vano ha sido preparado para serlo. Localización exótica, ciertapulcritud en la ambientación histórica y pasiones al límite son las claves por las que se han regido buena parte de los productos franceses de los últimos años (baste repasar algunos de los títulos publicados en España en el año 93, salvando las diferencias: Tako, Muñeca de Marfil, Sambre...). Hasta Marguerite Duras ha ganado algún Goncourt que otro con tal pretexto. Segura delimitó muy claramente sus pretensiones desde la primera página, y es por ello por lo que el producto final (las desventuras de una mujer cuasi-mitológica a lo largo y ancho de la selva amazónica), ni sorprendieron ni desagradaron a los franceses, los cuales acogieron la serie con tibieza.

El trabajo de Ana Miralles en la serie ha sufrido una paulatina transformación: Enfrentada a su primera obra larga a todo color, sale airosa a nivel de composición y tratamiento plástico, y se somete con lealtad al guión de Segura y a los cánones franceses. A mi entender, con excesiva lealtad. Si en el primer álbum, Miralles permite que cohabite su habitual tendencia a la caricatura y la simplificación, con un estilo descriptivo de tintes academicistas, en el segundo volumen se entrega por completo a una representación de ambientes y personajes donde la frialdad en el retrato es la nota predominante. Su excelente sentido del color (especialmente su acertada elección cromática para estados de ánimo y momentos climáticos), es una de sus mejores bazas. Es, si el tiempo y las circunstancias lo permiten, una dibujante de amplio futuro.

Eva Medusa es, en fin, un producto cuya corrección destaca por encima de cualquier otra cualidad: Corrección a la hora de adaptarse a estructuras y demandas de un mercado, el francés, que en tiempos de recesión económica se ha concretado y definido hasta límites exasperantes.



Mique MARCO ANTONIO

Jordi Sánchez






Ediciones Glénat



El estrecho espacio de una página no permite medias tintas ni altibajos. Cualquier error de cálculo, el menor despiste, puede tirar por tierra el brillante contenido de las siete, ocho o nueve viñetas anteriores. La página es, por tanto, un formato incómodo para el autor, y un perfecto blanco para las iras de lectores con paladares inconformistas. Cuando dicho formato se adentra en el pantanoso terreno de la infancia, conviene extremar el ojo avizor: las tropelías de algunos mentecatos alcanzan las más altas cotas de la infamia.

No es el caso de Mique Beltrán; el valenciano pertenece a una estirpe, como el Bill Watterson de Calvin y Hobbes o el Tome de El Pequeño Spirou, de niños de talla grande, capaces de revisar conceptos elementales de la historieta infantil sin exigir que el niño lector posea un cerebro privilegiado. Marco Antonio, como Calvin o el pequeño Spirou, es, más que un personaje, un concepto, el resumen de una actitud creativa.

Nacido de Cleopatra, uno de los más grandes, a la par que poco usados, personajes de la historieta española (La Pirámide de Cristal y Macao son dos obras maestras), nuestro protagonista es un pequeño monstruo de imaginación inabarcable y alucinada ética, incapaz de privarse de usar su poderes mentales para huir del colegio o lanzar un mordisco a la tarta de chocolate de Mamá Gutanda. Marco Antonio es, como cualquier niño que se precie (¿como Mique?), ese encarnizado enemigo de las absurdas convenciones adultas que todos querríamos ser. En una postura narrativa intermedia entre la cotidianeidad de las anécdotas de Tome y Janry y la desbocada fantasía del personaje de Bill Watterson, Mique Beltrán apuesta por un extraño registro, un lenguaje híbrido; una suerte de realismo mágico. En la página 23, Basilio es testigo de una espectacular pelea entre sus padres; en la plancha siguiente, Mamá Gutanda y Marco Antonio sobreviven a un naufragio, son apresados por unos caníbales, y, cuando están a punto de ser devorados, escapan gracias a los poderes del pequeño para llegar a una playa (¿valenciana?).

Es esa opción argumental la que hace de Marco Antonio un gran libro; un gran libro que, no obstante, contiene algunas de esas páginas malditas que se refieren en el principio de este texto. Unos pocos gags de desarrollo previsible y escasa gracia -pág. 7, pág. 16- que, pese a lastrar el conjunto, no consiguen enturbiar los logros de un buen puñado de planchas que destilan sabiduría y ternura. Como la del retrato de Verónica o la del niño repipí que pretende imponer reglas en un partido de fútbol, páginas que demuestran el genio y la sensibilidad de Mique.




Frank Miller SIN CITY


Jordi   Costa


 Norma Editorial

Como ya viene siendo moneda corriente en los últimos años, cada vez que Frank Miller asoma la cabeza con uno de sus arriesgados trabajos, se alzan unas cuantas voces prestas a informar a todo aquel que no se haya enterado de que "este Miller anda de capa caída". Consideraciones tan poco generosas como ésta las recibió Hardboiled, obra maestra de la ultraviolencia de vanguardia que el autor de Batman Dark Knight escribió para el mayúsculo Geoff Darrow. Sin City, sin duda la obra en la que Miller ha alcanzado el mayor grado de radicalidad plástica, no ha sido menos: como los grandes, el historietista se vuelve a mostrar como generador de pasiones extremas; grandes odios, pero también grandes amores. El problema es que esos grandes odios se antojan antes signo de la cicatería militante del habitual lector de comic books que no reflexivo voto de censura, pronunciado desde el conocimiento profundo de la obra milleriana.

Como en Perro Nick de Miguel Ángel Gallardo, el norteamericano parte aquí de referentes muy zafios, de esas novelas de serie negra de cuatro centavos escritas -como diría James M. Cain- no con el cerebro, sino con los testículos; en suma, una escritura genital cargada de hipérboles, de lenguaje cazallero y áspero, atravesado de cierta visión del mundo desesperada, sin posibilidad alguna de redención. Si Gallardo utilizaba ese punto de referencia para elaborar una pequeña, pero logradísima filigrana conceptual (lanzar un buen puñado de clichés, lugares comunes y personajes arquetípicos a un Twilight Zone post-pop), Miller tiene la osadía de querer construir un relato hardboiled siguiendo a rajatabla las reglas de esa literatura basura, impostando la voz hasta las últimas consecuencias, confundiendo su mirada con la de ese Marv de mentón cuadrado y facciones imposibles que siembra de muertos las impecables composiciones de página de Sin City.

Con todo, subyace la parodia, y Miller se lo pasa de lo lindo acumulando un cliché machista tras otro (los comentarios de Marv sobre la posible curación del lesbianismo de su amiga no tienen precio), una escena de exasperada truculencia tras otra (aquí, la suerte última del asesino silencioso se lleva la palma), hasta desembocar en una sorpresa final que, intencionadamente, linda con lo risible. Un epílogo en el que Marv, en tanto que único personaje de historieta capaz de aguantar el tipo incluso después de la muerte, demuestra ser el más duro entre los duros, pone espléndido punto final a una incuestionable obra maestra del Miller post-Dark Knight, en la que se juega constantemente a la burla del machismo por la vía de la exaltación grotesca del mismo. Algo así como lo que se propone hacer el gran John Kricfalusi, castigado creador de Ren y Stimpy, en su previsto largometraje The Ripping Friends, el primer dibujo animado sólo para hombres en la rica y polimórfica historia del género.

En el apartado gráfico, Miller logra unir a su ya habitual maestría compositiva una concisión de trazo llevada a las últimas consecuencias: las luces y sombras de todo el cine negro clásico parecen una chirriante y verbenera explosión de matices del gris frente al extremo planteamiento de la iluminación que propone Miller. Momentos como el de la aparición de las strippers, bajo unas sensuales ráfagas de luz blanca ,o ese paseo mastuerzo-reflexivo bajo la lluvia son sólo algunos de los momentos de oro dentro de una obra planteada como un tour de forcé desde su primera página hasta su seca conclusión. No hay que cogérsela con papel de fumar a la hora de hablar de Miller. Hay vida después de Batman Dark Knight... Vida y exceso de genio.