jueves, 25 de junio de 2026

Tigres del frío para el calor

 El faro del fin del mundo / Jacinto Antón

Hasta la hora del ocaso amarillo / cuántas veces habré mirado / al poderoso tigre de Bengala". Me sentía como Borges, huérfano de tigres, perdidos el oro de la fiera y sus violentas rayas. Había ido al zoo de Barcelona a verlos, como suelo, y no estaban. En la instalación frente a la que desde niño he soñado tanto no se veía ni uno. Pensé que igual me había quedado ciego como el poeta, pero no, un letrero daba cuenta de que allí ya no había ni volvería a haber tigres. Signo de los tiempos.

Ya en casa llamé por teléfono a Pilar Padilla, conservadora de mamíferos del parque. "Sí, se murió en octubre el último, la hembra Pertama, de 18 años, una edad geriátrica, a causa de una enfermedad renal, y se ha decidido que ya no tendremos más, una pena, es doloroso, pero así son las cosas". Detecté una nota de melancolía en la voz de Padilla, quizá un alma gemela, y nos sumimos en una conversación sobre tigres, para pasar el duelo. "Teníamos dos, ambos tigres de Sumatra; Tibor, el macho, murió primero, tres meses antes". La conservadora evocó al animal, magnífico, aunque era tuerto.

Un tigre siberiano o del Amur

Ya no habrá tigres, pues. "Si, un final de época. La modernización exige espacios más grandes y optar por unas especies en detrimento de otras".

Afortunadamente, los libros del felino rayado siempre vienen al rescate. Y me he zampado para compensar Tigers Between Empires, del naturalista virginiano Jonathan C. Slaght (Allen Lane, 2025), el nuevo libro del autor de aquel estupendo Búhos de los hielos del Este (Siruela, 2022) y que trata sobre los tigres más majestuosos que existen, los intimidadores tigres del Amur, popularmente conocidos como tigres siberianos, unas bestias formidables, de pelajes deslumbrantes en la nieve y ojos de un ámbar frío.

Slaght, que ya nos llevó a las remotas y heladas regiones del extremo oriental de Rusia en pos del búho manchú, nos hace seguir ahora en los mismos parajes, la provincia de Primorye (capital Vladivostok), fronteriza con China, el rastro de los enormes tigres (pueden llegar a pesar 300 kilos), una peripecia muchísimo más peligrosa.

En Tigers Between Empires, tigres entre imperios, Rusia y China, que publicará en octubre Slaght relata la gran aventura de investigar a unos animales casi legendarios, paradojas de gracia y violencia, a través de las sensacionales experiencias de un puñado de naturalistas rusos y estadounidenses unidos por su amor a la naturaleza. Slaght explica la gestación y el desarrollo a lo largo de tres décadas del Siberian Tiger Project, central en el estudio y la preservación de los tigres del Amur.

Los rusos ponían en la aventura científica el conocimiento del terreno y de los tigres del Amur, de los que en la actualidad quedan unos 450 individuos en estado salvaje, y los estadounidenses, además de también sus redaños, la tecnología para hacerles el seguimiento una vez se les colocaba los collares GPS para monitorizarlos. Como se puede imaginar, colocarle un collar a un tigre del Amur salvaje no es cosa fácil, y Slaght describe el emocionante proceso de rastreo, la captura empleando dardos anestésicos y el peligro de que el bicho se te despierte en plena faena. En una ocasión, con la tigresa Olga, a la que había que recapturar para cambiarle el collar por fallo de la batería, uno de los valientes naturalistas tuvo que dispararle el tranquilizante suspendido de una cuerda que colgaba del helicóptero en que la perseguían.

El libro está lleno de peripecias semejantes y además de constituir una privilegiada inmersión en la vida de los misteriosos tigres del Amur, de los que el proyecto ha revelado innumerables novedades, ofrece una panoramica excepcional de uno de los rincones de vida salvaje más extraordinarios de nuestro planeta. Slaght se mueve magistralmente entre el relato científico, la aventura vital, la fascinación que provocan los tigres del Amur y los parajes extremos e inhóspitos pero arrebatadoramente hermosos en que viven.

Es uno de los mejores libros de tigres que conozco, a la altura de El tigre (Debate, 2011), aquel fenomenal relato de John Vaillant sobre la caza real de un tigre siberiano, precisamente, devorador de hombres, episodio que recoge Slaght junto a otros igualmente dramáticos. La guerra de Ucrania, señala el autor, ha exacerbado de rebote la tensa atmósfera en las regiones del tigre siberiano. En todo caso, el proyecto ruso-estadounidense ha dejado, además de un gran impacto en la causa de la conservación de los tigres, una enorme cantidad de experiencia y conocimiento, y ha contribuido a arrojar luz sobre la ecología de los felinos. Y parece que, a diferencia de lo que ocurre con otros tigres, tigres siberianos tenemos para rato. Aunque su territorio nos pille más a desmano que el zoo de Barcelona, no deja de ser un consuelo que allí los tigres sigan rugiendo.


El Pais. Sábado 20 de junio de 2026


miércoles, 24 de junio de 2026

Azulejos y otras historias

 Ximena Maier dejó la ciudad para vivir en el campo y pintar cerámica. Lo narra en "Una casa portuguesa", un diario ilustrado y a la vez un repaso histórico que va de Jan Floris y Felipe II a los gatos que viven en su quinta

Texto: Ana Fernandez Abad

Ximena Maier nació en un quinto sin ascensor de la Calle Mayor de Madrid. "Hacía esquina con Factor y la ventana de mi cuarto daba a Poniente, siempre me sentaba ahí a ver la puesta de sol, después de Barrio Sésamo. Creo que por eso me gusta mucho ver la línea del horizonte, y también me ayudó a pensármelo bien antes de salir de casa, porque no se suben tantas escaleras así como así. Por eso soy muy casera", cuenta la ilustradora. Acaba de llegar a su ciudad natal desde el Alentejo portugués, todo un cambio de ritmo. Allí vive en el campo, en una quinta [finca rústica tradicional] cerca de Évora, donde se instaló hace 11 años, tras un lustro en la nubosa Aberdeen (Escocia). En Una casa portuguesa (Lumen) escribe que ha pasado "de urbanita a quintaneira, de ilustradora a ceramista, de la nada a jardinera". Y ese giro vital iniciado a los 44 años (ahora tiene 50) es clave en su libro, un diario ilustrado de una mudanza y una reforma llena de imprevistos, pero también del descubrimiento de una pasión: los azulejos y la pintura en cerámica.

Cuando empezó su carrera, Maier vivía en Malasaña y soñaba con hacer portadas para The New Yorker. Ahora tiene un huerto, muchos cestos, gatos y perros. Vive a lo Gerald Durrell y viaja para rastrear la historia del azulejo renacentista; se pierde en ermitas para replicar sus patrones en su cuaderno y luego decora sus piezas. Por eso su libro es una crónica de los cambios de expectativas en la vida, una defensa de lo inesperado, casi un tratado neoludita sobre los cambios y los ritmos. "Las piezas que uso son hechas a mano por el señor Baeta en su alfar de Redondo, a 30 km de mi casa, y otro alfarero de Lebrija [Sevilla], que las hacen a mano con el barro que obtienen tamizando tierra de su zona, y también de unos chicos jóvenes que acaban de montar su estudio en Talavera [de la Reina, Toledo]", explica, "las pinto como cuando hago acuarelas y luego hay que esperar porque al meterlas en el horno tiene que llegar a 1.000 grados. Los primeros 600 tienen que ir muy despacio para que no estallen, el polvo se va fundiendo y convirtiendo en vidrio, y luego ya se asienta el esmalte y tiene que bajar gradualmente. Puede tardar un día y medio, depende...".

Esa capacidad de sorpresa fue un imán para ella. "Es que lo artificial ya cansa. Y la cerámica está muy viva, no puedes controlarlo todo, hay muchas cosas que no dependen de ti", defiende. Comenzó a combinar historia e ilustración con Cuaderno del Prado, un viaje por la pinacoteca y sus obras, y luego decidió embarcarse en una exploración del azulejo renacentista que la ha llevado a entremezclar esos datos históricos con su propia vida. "El azulejo en sí es árabe, pero ellos no pintaban figuras, luego está el azulejo morisco de Valencia... Y de repente todo cambió cuando un italiano, Niculoso Pisano, llegó a Sevilla y comenzó a pintar como si lo hiciera en caballete pero en azulejos", relata con entusiasmo, "cuando él murió, murió la técnica, que reapareció 30 años después en Amberes y luego llegó aquí con Jan Floris, que hizo muchísimos azulejos para El Escorial, aunque no están documentados, y que llegó a ningunear al rey Felipe II".

Maier recoge su pelo con una pañoleta para pintar. Suele arrancar el día calentando la muñeca con bocetos mientras habla por teléfono con su madre y luego, si no tiene una ilustración con fecha de entrega, se pone a pintar y hornear cerámica.
(Abajo derecha)Uno de sus primeros proyectos en la casa fue crear unos azulejos para la ducha. Se inspiró en los viajes del botánico Alexander von Humboldt, explorador alemán nacido en 1769; en la imagen, el dibujo y el resultado.


Maier recita de carrerilla una "ruta Floris", que comienza en la Quinta da Bacalhoa, cerca de Lisboa, sigue en las localidades cacereñas de Garrovillas y Cañaveral, continúa en Plasencia y Garganta de la Olla y llega hasta Oropesa (Toledo). "Lo que me maravilla de él es que no sabemos hasta dónde habría podido llegar, sabemos que hizo obras, hoy perdidas, para el Alcázar de Madrid y el Palacio de Valsaín, debían de ser unas escenas preciosas", imagina. En el Museo de la Cerámica Ruiz de Luna de Talavera, donde Floris trabajó y murió en 1567, Maier expone este verano De Évora a Ébora: un viaje cerámico. Porque para ella, a través de la evolución de esta técnica se podría mapear el Renacimiento español: "El Imperio, la imprenta que hizo que se pudieran reproducir estampitas, las guerras de religión, el comercio que podía llevar a la escasez materiales como el estaño y determinar cómo eran las piezas... Por ejemplo, en esa época surgieron los "contrahechos", que hoy es deforme, pero quería decir de imitación, "a la manera de". La cerámica lo resume todo.


Smoda Nº 335 - Julio 2026

Lo que se ha roto…

 La hora del bocadillo

¡Que paren las rotativas! Llega a las librerías la esperadísima nueva obra de Paco Roca

Portada de la nueva novela gráfica de Paco Roca.

José Luis Vidal

31 de mayo 2026


Para todos aquellos que amamos el noveno arte, él es nuestro artista más internacional. Creo que no me equivoco al decir que a estas alturas ha trascendido el medio del cómic, ya que no solo se publican sus obras a lo largo y ancho del planeta; además ha realizado un trabajo (sin ser él un dibujante de tipos con mallas y máscara) para una de las editoriales norteamericanas más grandes, DC Comics, narrando las peripecias vacacionales del Señor Oscuro por nuestras tierras. Y por si esto no fuera suficiente, varios de sus cómics más famosos han tenido una exitosa traslación al medio cinematográfico o el catódico. ¿Qué autor de cómics español puede decir que tiene un premio Goya en su estantería?

Si le seguimos por sus redes sociales, veremos que la vida de Paco Roca es un imparable calendario en el que se acumulan presentaciones, charlas, viajes, etc… Y en los últimos años, ha tenido el inmenso honor de plasma su arte en las paredes de su ciudad, Valencia, siendo merecido profeta en su tierra.

Cada nueva obra es esperada con impaciencia por sus lectores que, como él mismo comenta: “Muchos de ellos no leen otros cómics…”.

Este hecho queda refrendado por la vertiginosa cifra de ventas a sus espaldas, convirtiéndole en un auténtico best seller, habiéndosele concedido todos los galardones habidos y por haber, no solo en nuestras tierras, ya que posee varios premios Eisner.

A lo largo de su trayectoria como autor ha tocado multitud de temas, desde el drama de una temible enfermedad como es el alzheimer, pasando por la crisis familiar que puede suponer la posesión de una casa con los recuerdos que esta guarda, o la peripecia política, judicial y personal que supuso el hallazgo de un tesoro bajo el mar…

Pues bien, ahora Paco Roca nos propone que le acompañemos en un particular viaje, en el que, como ya hizo en Arrugas, La Casa y Regreso al Edén, hay buena parte de él, de su propia historia.

Conoceremos a Fran Gisbert, un escritor que, por circunstancias que se nos explican, está literalmente atrapado en las solitarias tierras de la Patagonia argentina, esperando el deseado vuelo en el que pueda regresar a España.

En este lugar, los recuerdos van a comenzar a caer sobre él, ya que tan solo hace unos pocos meses que en su vida se rompió algo. Tras veinte años de vida en común, Susana, su pareja, pronunció esas cuatro palabras que pueden derribar los más altos y gruesos muros.


“Ya no te quiero”.

Padres de dos niñas de corta edad, Fran repasa todos esos momentos previos al abandono, sin terminar de comprender el por qué de la ruptura. En una imaginaria máquina de tiempo viajará al principio de su relación, cuando todo iba bien, y poco a poco, con el paso de los años, se irá dando cuenta de las razones para que Susana haya tomado esa determinante resolución que aún duele, dejando solo paso al rencor.

Esperando, las horas pasan. Aunque por momentos está rodeado de gente, otros impacientes pasajeros, Fran se siente más solo que nunca. Tan solo el móvil se convierte en ese invisible cordón umbilical que aún le une a Marta y Ana, sus hijas que, como podrá comprobar, también son víctimas colaterales de lo que ha sucedido.

Y todo podía haber seguido así, en este ventoso y frío paraje, seguido por los perros abandonados que lo pueblan. Observando ese infinito horizonte.

Pero en ocasiones la casualidad actúa, y el protagonista conocerá a alguien, Sonia. Ella, de manera inconsciente, va a convertirse en ese tópico tan argentino del psicoanalista cuando ya en un ambiente más relajado, las palabras y las confidencias fluyan.

El viaje es una obra de ficción en la que Paco Roca vuelca parte de su experiencia personal, demostrando el poder sanador del arte y la creación. Y, cómo no, vuelve a regalarnos una historia en la que te sumerges ya en las primeras páginas, con un fuerte componente humano, y que probablemente se convierta en un espejo en la que muchos lectores y lectoras puedan mirarse, ya que comparten una experiencia similar en sus vidas.


Diario de Cadiz



martes, 23 de junio de 2026

Dance Central Intro (2010, Xbox, Robert Valley)

Introducción del juego " Dance Central " (2010, Xbox).  Por obra y gracia de Robert Valley, a quien pude ver en persona y escucharle la Primera Comic-con de Málaga

En esta secuencia, fue codirector (junto con Dan Sumich), diseñador de personajes y director de animación.

Otros animadores (además de Robert Valley y Dan Sumich) fueron Riseon Kim, Peter Dodd, Calvin Barreto, Benoît Féroumont, Andy Bouchard, Jeff Carroll y Tabitha O'Connell.

lunes, 22 de junio de 2026

LA IA ya escribe novelas y poemas

La irrupción de la inteligencia artificial en el ámbito de la escritura plantea un dilema crucial: ¿seguirá siendo literatura?


DIEGO QUIJANO (CON IMAGEN DE GETTY)

Nadal Suau

Hoy la IA es el tabú y el terror de la literatura. Cuando la premio Nobel Olga Tokarczuk confesó que la utiliza para investigar o incluso testear estructuras, el templo se partió en dos, y vuelve a hacerlo cada vez que un relato premiado levanta sospechas de haber sido intervenido por algoritmos. Sin embargo, la IA ya no dejará jamás de ser un agente real operando en el mundo, y es en ese mundo en el que escribiremos. A medio y largo plazo, resulta imposible especular con lo que ocurrirá, pero a corto plazo (tan corto que ya estamos ahí) diría que van a convivir tres fenómenos: la escritura de IA, la escritura con IA y la escritura sin IA. Debemos exigir, mientras aún sea posible, que nadie nos cuele una cosa por otra. 

Por supuesto que la IA escribirá (ya escribe) artículos, papers, novelas, poemas. Lo hará, además, con cierto grado de competencia, puesto que la mayor parte de la producción escrita responde a fórmulas predecibles. Esto resulta evidente en la literatura comercial rutinaria, basada en repetir tramas, arquetipos o escenas, pero también en la literatura "de prestigio" convencional. En ambos casos, el mercado, sea mainstream o de nicho, le plantea en la práctica prompts ineludibles al autor, al exigir tal tipo de confesiones, giros narrativos o discursos de fondo. Si hablamos de la ficción literaria (esa redundancia anglosajona tonta, pero útil), a eso se añaden los tics que imponen las escuelas de escritura y, sobre todo, los requisitos de las becas de creación, esos paliativos insuficientes de la pobreza, que poco a poco están obligando a que todos los libros parezcan escritos por una sola voz dando vueltas a los mismos temas, imaginario y bibliografía. No parece descabellado que un estándar medio de calidad, homologable en ambas circunscripciones, esté al alcance de Claude -otra cosa son las obras excepcionales-.

Pero aquí topamos con la paradoja. Para que la IA escriba, alguien tiene que proporcionarle directrices que le expliquen qué escribir. De hecho, la escritura de IA implica la aparición de un nuevo género extraño, el prompt, una forma breve de escritura humana que exige precisión, especificidad y síntesis, eso sí, alejada radicalmente de lo que siempre habíamos considerado literatura. En semejante proceso, ¿el prompt es escritura subsidiaria o central?

En segundo lugar, existe la escritura con IA. Me temo que, si hiciéramos una macroencuesta entre periodistas, guionistas, académicos o novelistas suministrándoles una buena dosis previa de Pentotal, pronto descubriríamos que esta ya es hoy la forma de escritura hegemónica: el autor escribe con autonomía, pero acude al chatbot para acelerar el estudio previo, proponer frases o pasajes alternativos para escoger mejor, corregir ortografía o gramática, someter un inédito a escrutinio, etcétera. ¿Hasta qué punto podrán un lector o un programa fiscalizar esta clase de operaciones? Soy escéptico al respecto.

La escritura con IA tampoco es inocente ni aséptica, y tendrá consecuencias: aplanamiento del estilo, homogenización del trasfondo ideológico, pérdida del control del lenguaje. Por otro lado, parece complicado que la industria y sus trabajadores renuncien indefinidamente a una herramienta tan poderosa. Es aquí donde se sustentan el tabú y el terror, en la vergüenza de admitirlo y en el recelo que despierta la amenaza de que el proceso creativo, por mucho que lo parapetemos tras una mística ancestral, se acabe revelando un hecho tan estadístico y automatizable como otro cualquiera.

Claro que la hipótesis verdaderamente provocativa sería que una colaboración intensa entre la IA y el creador ofreciera posibilidades literarias no ya legítimas, sino estimulantes. De momento, los intentos han sido escasos y decepcionantes, pero no sé si eso significa que vayan a serlo indefinidamente. La clave estará en cómo se aborda el proceso, que es lo único importante en las creación artística.

Por último, la escritura sin IA sobrevivirá en busca de un territorio propio, de unas señas de identidad inconfundibles. De momento, la escritura sin IA es la única que los actores del mundo literario (autores, editores, lectores, libreros, críticos) consideramos legítima, en un consenso que todavía no presenta desgaste. Pero no me extrañaría que en breve tenga que conformarse con ser solo la más prestigiosa. Minoritaria, anticomercial, signo de resistencia, ubicada ahí donde la industria del libro adopta formas y cifras artesanales.

En ese panorama, las prácticas más disruptivas serán las más conservacionistas, y a medida que el mercado y las instituciones normalicen el empleo del algoritmo, la escritura sin IA se irá convirtiendo en una escritura contra la IA, es decir, una escritura obligada a estudiar las marcas de autoría de la IA para esquivarlas y confrontarlas con aquello que un humano siga pudiendo escribir por sí solo, y que se parecerá mucho al error, a la reivindicación del error. La perfección siempre ha sido un objetivo artístico un tanto banal, pero estamos a las puertas de que se convierta en un rasgo directamente sospechoso. Así, escribiremos sin IA, de acuerdo, pero con la IA teniendo un papel activo en nuestro trabajo, condicionándolo, haciéndose presente en forma de ausencia forzada, definiendo lo literario como su negativo. Entonces, lo que haremos, ¿seguirá siendo literatura? Porque lo que no va a ocurrir es que volvamos a un mundo sin IA.

O tal vez haya margen para ciertas alternativas al bucle. Un escritor podría (sin dejar de serlo, ¡menuda alquimia!) no escribir, convertir su propia escritura en ausencia activa. O renunciar a leer su contemporaneidad, aislándose en una cabaña. O no publicar, en un gesto que impugnase las condiciones del juego. Sin embargo, si una literatura no se concreta, no se pregunta por cuánto le rodea ni se comunica, ¿sigue siendo literatura? Al parecer, en el siglo XXI todo conduce a la pregunta por la supervivencia.

Babelia Núm. 1.804 Sábado 20 de junio de 2026


domingo, 21 de junio de 2026

Misterioso incidente en Wilberton

Un inesperado y oscuro suceso hará que se remuevan los cimientos de esta escuela para señoritas


José Luis Vidal

29 de mayo 2026


Aquel día era especial, ya que se celebraba la representación de la inmortal obra de Shakespeare, Romeo y Julieta.

Todos permanecieron en silencio hasta su trágica conclusión, con aquellos dos jóvenes amantes que llegaron hasta las últimas consecuencias por su amor. Un irrefrenable aplauso, vítores, sonrisas, emoción, embargaron a los profesores y alumnado de este centro, Wilberton, con una larga tradición de enseñanza y calidad.



Ficha
Este sitio me mata

Guion: Mariko Tamaki

Dibujo: Nicole Goux

Tapa blanda

Color

272 págs.

29,90 euros

Ediciones La Cúpula


¿He dicho todos?

Sentada en su silla, hay una chica que no está disfrutando para nada del espectáculo. Su nombre es Abby, y aunque está rodeada por sus compañeras, desde que llegó a este centro de enseñanza se siente más sola que nunca. Y tampoco es que su carácter algo huraño y solitario ayude demasiado, ya que se pasa la mayor parte del tiempo con los auriculares de su walkman colocados, escuchando esa música con la que pretende evadirse de todo lo que la rodea.

De hecho, no siquiera mantiene una buena relación con su compañera de dormitorio, Claire, que se ocupa del periódico del lugar, y a la que todos admiran por sus brillantes artículos.

Lo que Abby y Claire no saben es que, pese a sus diferencias, esa misma noche, cuando los aplausos y las felicitaciones se acallen, va a acontecer algo, un hecho dramático.

Una de las protagonistas de la obra se va a quitar la vida. Su nombre era Elizabeth Woodward, y su muerte llegará de manera inesperada en este lugar en el que, aparentemente, nunca ha pasado algo tan terrible.

¿Y podéis imaginar quién descubre en el bosque el cuerpo sin vida de la muchacha, verdad?

Por si ya su existencia no fuera de lo más complicada, a partir de ese momento, todas las miradas y sospechas van a recaer sobre Abby que, sin poder evitarlo, y siguiendo algunas pistas que irán apareciendo a lo largo del relato, se va a meter en el pellejo de la Srta. Marple o Jessica Fletcher, investigadoras aficionadas, acostumbradas a estar rodeadas siempre de hechos en apariencia explicables, pero que tal vez escondan un trasfondo mucho más oscuro y terrible…

A la guionista Mariko Tamaki la conocemos y admiramos mucho, ya que ha creado magnificas historias como Aquel verano, Roaming o Laura Dean me ha vuelto a dejar. En esta ocasión, junto a la talentosa ilustradora Nicole Goux, este tándem nos regala una historia que te atrapa desde el principio, un whodonit clásico que se desarrolla en un ambiente juvenil, donde las lacras de la homofobia y el temido bullying no tardarán en aparecer, cayendo como una inaguantable losa sobre la protagonista, que además también carga con una mochila repleta de tristes recuerdos y remordimiento.

Y es que nada es lo que parece en Wilberton…


Diario de Cadiz



sábado, 20 de junio de 2026

CLÁSICOS EN B/N:PANTERA NEGRA Don McGregor y Billy Graham/Rich Buckler/Gil Kane Forum


Es justo pagar las deudas, y es por eso que me encuentro redactando estas líneas sobre un tebeo que pasará inadvertido a la mayoría y será abordado con incomprensión por los pocos que lo lean. Pero la huella que me dejó su lectura a una edad demasiado temprana me obliga, como mínimo, a dedicarle un reconocimiento.

"La furia de la Pantera" apareció originalmente en Jungle Action nos. 6 al 18 (1973-1975). Es, pues, contemporáneo de Luke Cage, Héroe de Alquiler - la primera serie con protagonista negro de Marvel-, y de la edad de oro de las blaxplotaition movies, con tres películas de Shaft entre 1971 y 1973, dos de Superfly) en 1972 y 1973, y la reina Pam Grier arrasando en Coffy (1973) y Foxy Brown (1974). También es contemporánea, y esto resulta aun más significativo, de la Saga de Thanos de Jim Starlin en Capitán Marvel. Y digo que es más significativo porque, si bien la Pantera siempre fue, obviamente, icono de la negritud, y su toma de protagonismo individual ha de relacionarse necesariamente con el apogeo de la blaxploitaition, también es cierto que, como reconocía Don McGregor recientemente en una entrevista en Comic Book Artist, aunque en "La furia de la Pantera" fue la primera vez que se vio un reparto de personajes integrado completamente por negros, sin embargo pocos lectores repararon en ese detalle. En "La furia de la Pantera", la cuestión racial queda en segundo plano, pues al ambientar toda la acción en un país negro y entre actores negros, el rasgo pierde su matiz diferenciador. No quiere esto decir que McGregor fuera insensible a la problemática racial, ni mucho menos, y de hecho la siguiente aventura del rey africano sería, ya de regreso en América, "La Pantera contra el Klan", así, sin contemplaciones. Pero en "La furia de la Pantera" son otros los temas que quiere abordar McGregor. Son, como en gran medida en La Saga de Thanos de Capitán Marvel, temas relacionados con la condición humana, con la sociedad con la política, con la revolución. Temas, en resumidas cuentas, muy hippies. Muy de su tiempo

Ahí está una de las grandes virtudes de "La furia de la Pantera", en haber sabido convertirse en una obra de su tiempo, un manojo de páginas que nos da una fiel muestra no de cómo fue esa primera mitad de los 70, pero sí de cómo sentían que era quienes la vivían, de cómo la percibían, idealizada e ingenuamente, pero tambien de forma absolutamente honesta. Estética y éticamente, "La furia de la Pantera" quiere romper con la tradición superheroica en la que se ha criado para buscar algo más. Si los tebeos de superhéroes habían prosperado durante los 60 como producto pop, amparado hasta cierto punto bajo la coartada de la expresión juvenil e ingenua, en los 70 muchos de esos críos que habían crecido con Lee, Kirby, Ditko, Romita y Colan, decidieron que serían capaces de continuar su viaje hacia la vida sin desprenderse de equipaje de los justicieros enmascarados. Hablo de McGregor, y de Steve Englehart, Starlin, Len Wein, Marv Wolfman, Doug Moench... Todos ellos quisieron hacer adulto al superhéroe, darle una nueva dimensión y llevarle hasta una nueva época, más compleja y matizada. Se puede discutir el mayor o menor acierto no ya sólo de la empresa, sino incluso de la idea, pues con el paso de los años se reivindica cada vez más la inocente efervescencia de los sencillos superhéroes de los 60, mientras que se observan con cre ciente sospecha los intentos de continuación adulta de los 70. Pero el caso es que esa intención está ahí, y esa intención alienta "La furia de la Pantera" en ese intento McGregor y sus colaboradores especialmente Billy Graham- se ven obligados a desarrollar temas y técnicas que se liberen de la tiranía impuesta por el estilo Kirby. Lo consiguen: este tebeo de 1973 se parece menos a Los Cuatro Fantásticos serie, por cierto, donde nació la Pantera Negra- de Lee y Kirby de 1968, que la mayoría de los tebeos de 1999. No sólo eso: si vamos a compararlo con otros tebeos, sólo se parece a sí mismo. La osadía creativa de McGregor y Graham es inmensa: realmente. estaban recorriendo territorio inexplorado.


Por la brecha que abrieron, se colarían en los ochenta autores como Frank Miller y Alan Moore, quienes sin duda habían comprendido que se podían conjugar gravedad y superhéroes leyendo en su adolescencia cosas como "La furia de la Pantera". No cito esto dos nombres alegremente. Temáticamente, hay en "La furia de la l'antera mucho de lo que luego se verá en Miller. De hecho, podríamos decir que si despojamos a T'Challa de sus sentimientos de duda y escepticismo, lo que nos queda es un héroe puramente milleriano sometido al impulso imperativo de hacer lo que es justo por encima de cualquier satisfacción personal. En efecto, la Pantera Negra no es un superheroe al uso. Su cargo le viene otorgado por su posición como gobernante de los Wakanda, y es a pesar de sus propios deseos, y en virtud de su responsabilidad regia, que se ve obligado a emprender la mayoría de las acciones que emprende, y a administrar la violencia que administra. Pero sus dudas no le impiden cumplir con su deber, cueste lo que cueste. La expresión gráfica de ese sacrificio nos deja algunas escenas que Miller podría haber firmado, especialmente la crucifixión de T"Challa en el arbusto de espinos. De hecho, la tortura acompaña a la Pantera a lo largo de todo su camino, como un motivo con un significado superior, que refleja cierta purificación espiritual y que se representa a través del uniforme continuamente hecho jirones. La diferencia esencial entre un héroe de Miller y la Pantera Negra es que el primero se desenvuelve en un mundo en blanco y negro, donde siempre hay un enemigo a quien aplastar, mientras que la Pantera se mueve en un mundo gris, en el que el enemigo es uno mismo y sus relaciones con los otros, y hasta el gran adversario, el rebelde Kilmonger, tiene tantos elementos de nobleza y es descrito con tal simpatía que puede captar la lealtad del lector. Es lógico: McGregor está reflejando un momento de incertidumbre, la desagradable resaca del final del sueño de los 60, el terror de la crisis del petróleo y de las fases más deprimentes de la Guerra del Vietnam. Incluso el declive comercial del comic book, al cual se auguraba un final rápido por entonces. Como cualquier otro hippie, la Pantera lucha contra un mundo demasiado complejo y contra el cual ni siquiera está seguro de que debería estar luchando, en vez de hacer el amor, hermano. Pero no le queda otro remedio.

La relación con Moore es fácil de ver en unos textos de apoyo que recuerdan más de una vez a los que se pueden encontrar en muchos episodios de La Cosa del Pantano. Hasta entonces, los textos de apoyo habían sido exactamente eso: frases que cumplían una función subalterna de ambientación temporal o espacial, pequeños puntos de soporte para la narración visual, o descripciones redundantes de lo que mostraban las imágenes (esto, cuando los escribían guionistas malos sin confianza en sus dibujantes, o guionistas buenos intentando arreglar el estropicio causado por un dibujante malo). Con McGregor, los textos de apoyo cobran vida, desarrollan su propio universo.

Aportan una dimensión emotiva y reflexiva que no se puede encontrar en el dibujo, en su afán de añadir densidad a la obra. Muchas veces, los textos nos están contando lo que no vemos, lo que ocurre en la cabeza de los personajes; también, cómo viven los personajes lo que nos muestran las imágenes. A menudo, añaden digresiones filosóficas en paralelo a la acción, o describen con minuciosidad las pruebas físicas que padece la Pantera, con el fin de hacerlas más palpables para el lector. Es una trampa literarizante en la que resulta fácil tropezar, y que ha dado lugar a grandes excesos -en "La furia de la Pantera", sin ir más lejos, a veces de prosa pomposa hasta lo sonrojante-, pero que también demuestra una voluntad inconformista y que abrió muchas puertas para el futuro. De la misma manera, hay que valorar el afán innovador de Billy Graham, empeñado en los diseños de página más sorprendentes y en combinaciones de secuencias que nunca se dejan caer en la comodidad. Aunque consigue un retrato nervioso y expresivo de T'Challa y los demás secundarios, no es en el dibujo donde está su mayor virtud, sino en su brillante sentido del equilibrio compositivo y en sus numerosos hallazgos narrativos.

"La furia de la Pantera" es un tebeo ambicioso, y es en esa ambición donde están sus virtudes y sus pecados. Es esa ambición la que le permite elevarse sobre tantos otros tebeos de superhéroes puramente imitativos, y esa ambición la que hace que, una vez elevado, su silueta resulte a veces demasiado estridente y vulgar. Pero su voluntad de abrir caminos y alejarse de la cómoda reiteración del molde kirbyano, la sintonía con el momento vital al que pertenece (un valor que ya nunca perderá), y lo interesante de algunas de las situaciones y personajes planteados por McGregor, así como de las imaginativas y brillantes páginas de Graham, lo convierten en una obra excepcional a la cual es justo recordar 25 años más tarde. Y sí, tal vez los pocos que se acerquen a ella ahora la consideren sólo una farragosa pesadilla del post-hippismo, pero yo, al menos, he pagado mi deuda.

TRAJANO BERMÚDEZ


U, el hijo de Urich #18 Diciembre 1999