miércoles, 24 de junio de 2026

Azulejos y otras historias

 Ximena Maier dejó la ciudad para vivir en el campo y pintar cerámica. Lo narra en "Una casa portuguesa", un diario ilustrado y a la vez un repaso histórico que va de Jan Floris y Felipe II a los gatos que viven en su quinta

Texto: Ana Fernandez Abad

Ximena Maier nació en un quinto sin ascensor de la Calle Mayor de Madrid. "Hacía esquina con Factor y la ventana de mi cuarto daba a Poniente, siempre me sentaba ahí a ver la puesta de sol, después de Barrio Sésamo. Creo que por eso me gusta mucho ver la línea del horizonte, y también me ayudó a pensármelo bien antes de salir de casa, porque no se suben tantas escaleras así como así. Por eso soy muy casera", cuenta la ilustradora. Acaba de llegar a su ciudad natal desde el Alentejo portugués, todo un cambio de ritmo. Allí vive en el campo, en una quinta [finca rústica tradicional] cerca de Évora, donde se instaló hace 11 años, tras un lustro en la nubosa Aberdeen (Escocia). En Una casa portuguesa (Lumen) escribe que ha pasado "de urbanita a quintaneira, de ilustradora a ceramista, de la nada a jardinera". Y ese giro vital iniciado a los 44 años (ahora tiene 50) es clave en su libro, un diario ilustrado de una mudanza y una reforma llena de imprevistos, pero también del descubrimiento de una pasión: los azulejos y la pintura en cerámica.

Cuando empezó su carrera, Maier vivía en Malasaña y soñaba con hacer portadas para The New Yorker. Ahora tiene un huerto, muchos cestos, gatos y perros. Vive a lo Gerald Durrell y viaja para rastrear la historia del azulejo renacentista; se pierde en ermitas para replicar sus patrones en su cuaderno y luego decora sus piezas. Por eso su libro es una crónica de los cambios de expectativas en la vida, una defensa de lo inesperado, casi un tratado neoludita sobre los cambios y los ritmos. "Las piezas que uso son hechas a mano por el señor Baeta en su alfar de Redondo, a 30 km de mi casa, y otro alfarero de Lebrija [Sevilla], que las hacen a mano con el barro que obtienen tamizando tierra de su zona, y también de unos chicos jóvenes que acaban de montar su estudio en Talavera [de la Reina, Toledo]", explica, "las pinto como cuando hago acuarelas y luego hay que esperar porque al meterlas en el horno tiene que llegar a 1.000 grados. Los primeros 600 tienen que ir muy despacio para que no estallen, el polvo se va fundiendo y convirtiendo en vidrio, y luego ya se asienta el esmalte y tiene que bajar gradualmente. Puede tardar un día y medio, depende...".

Esa capacidad de sorpresa fue un imán para ella. "Es que lo artificial ya cansa. Y la cerámica está muy viva, no puedes controlarlo todo, hay muchas cosas que no dependen de ti", defiende. Comenzó a combinar historia e ilustración con Cuaderno del Prado, un viaje por la pinacoteca y sus obras, y luego decidió embarcarse en una exploración del azulejo renacentista que la ha llevado a entremezclar esos datos históricos con su propia vida. "El azulejo en sí es árabe, pero ellos no pintaban figuras, luego está el azulejo morisco de Valencia... Y de repente todo cambió cuando un italiano, Niculoso Pisano, llegó a Sevilla y comenzó a pintar como si lo hiciera en caballete pero en azulejos", relata con entusiasmo, "cuando él murió, murió la técnica, que reapareció 30 años después en Amberes y luego llegó aquí con Jan Floris, que hizo muchísimos azulejos para El Escorial, aunque no están documentados, y que llegó a ningunear al rey Felipe II".

Maier recoge su pelo con una pañoleta para pintar. Suele arrancar el día calentando la muñeca con bocetos mientras habla por teléfono con su madre y luego, si no tiene una ilustración con fecha de entrega, se pone a pintar y hornear cerámica.
(Abajo derecha)Uno de sus primeros proyectos en la casa fue crear unos azulejos para la ducha. Se inspiró en los viajes del botánico Alexander von Humboldt, explorador alemán nacido en 1769; en la imagen, el dibujo y el resultado.


Maier recita de carrerilla una "ruta Floris", que comienza en la Quinta da Bacalhoa, cerca de Lisboa, sigue en las localidades cacereñas de Garrovillas y Cañaveral, continúa en Plasencia y Garganta de la Olla y llega hasta Oropesa (Toledo). "Lo que me maravilla de él es que no sabemos hasta dónde habría podido llegar, sabemos que hizo obras, hoy perdidas, para el Alcázar de Madrid y el Palacio de Valsaín, debían de ser unas escenas preciosas", imagina. En el Museo de la Cerámica Ruiz de Luna de Talavera, donde Floris trabajó y murió en 1567, Maier expone este verano De Évora a Ébora: un viaje cerámico. Porque para ella, a través de la evolución de esta técnica se podría mapear el Renacimiento español: "El Imperio, la imprenta que hizo que se pudieran reproducir estampitas, las guerras de religión, el comercio que podía llevar a la escasez materiales como el estaño y determinar cómo eran las piezas... Por ejemplo, en esa época surgieron los "contrahechos", que hoy es deforme, pero quería decir de imitación, "a la manera de". La cerámica lo resume todo.


Smoda Nº 335 - Julio 2026

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