sábado, 9 de mayo de 2026

Grendel: War Child Matt Wagner/Pat McEown Planeta-DeAgostini



La saga de Grendel surgió en noviembre de 1982 a raíz de una historieta corta aparecida en las páginas del segundo número de Comico Primer, tebeo embrionario de la que con el tiempo llegaría a ser una de las editoriales más interesantes y también de las más exitosas -dentro de los límites del mercado independiente norteamericano- de la década de los 80: Comico. Historieta que derivaría en una colección propia, publicada en blanco y negro, que duraría tan solo tres números (tras los cuales su creador, Matt Wagner, probaría suerte con otro título, Mage, esta vez a color).

Inicialmente, Grendel es la historia (narrada en la mencionada serie en b/n y, luego, en páginas de complemento dentro de la serie de Mage -constituyendo éstas el ciclo Acto diabólico, editado en nuestro país por Planeta-DeAgostini) de Hunter Rose, un individuo dotado de excepcionales talentos en lo físico y en lo mental, cuya vida se ve abocada a la tragedia y a la destrucción cuando, en su afán por encontrar nuevos retos que pongan a prueba sus habilidades y que le distraigan de su angustia existencial de ser-superior-a-los-demás, adopta la identidad de Grendel para iniciarse en actividades criminales. Grendel es, según descripción del propio Wagner, un "espíritu agresivo", algo así como la representación del hálito violento que anida en el alma humana.

Un espíritu que vuelca su nefasta influencia en Hunter Rose y que, tras la muerte de éste (y ya en una nueva serie a color iniciada en octubre de 1986), se reaparece, con consecuencias igual de fatales, en una sucesión de individuos ligados a Rose directa o indirectamente: su hija, el enamorado de ésta y un policía que investiga a ambos (la historia de cada uno de los cuales constituye un nuevo ciclo de la saga).


En este punto, a la altura del número 21 de la colección, Wagner imprime un cambio radical a la serie. Tras situar la acción 100 años después de los acontecimientos anteriores (ambientados, ya de por sí, en un escenario futurista, aunque cercano, y fantástico -donde vampiros y hombres lobo cohabitan marginalmente con el hombre), la fatídica influencia de Grendel, que hasta ahora se había hecho tangible sólo para unos pocos y desdichados seres, se torna global, cuando se hace efectiva sobre el líder de una de las mega-corporaciones que dominan la economía de este mundo futuro, conduciéndolo a una locura que desemboca en nada menos que la guerra nuclear mundial. A partir de aquí, la saga de Grendel se transforma en una narración especulativa y post-apocalíptica, centrada en la evolución social y política de este nuevo mundo a lo largo de varios siglos (ocupando otros tres ciclos de la serie). Evolución que gira en torno a la figura de Grendel, adoptada universalmente como un símbolo totémico, militar, político y, finalmente, imperial, cuando un individuo llamado Orion Assante se proclama "gobernador del mundo", asumiendo el título de "Grendel-Kahn".

Lo cual nos lleva al tebeo que nos ocupa: Grendel: War Child, historia desarrollada originalmente como serie de diez números editados por Dark Horse desde agosto de 1992 (tras la debacle económica de Comico y un largo periodo de retención debido a los inevitables problemas legales) y que en el total de la saga forma los capítulos 41 a 50 (noveno ciclo).

Matt Wagner ha descrito la saga de Grendel como una reflexión en torno a la capacidad del ser humano para cometer actos violentos y un intento de responder a la pregunta "¿cuándo está justificada la violencia?". Pretensiones que se me antojan un tanto excesivas. Si bien es indudable que Wagner se muestra fascinado por la violencia, es, a mi juicio, a un nivel más estético que profundo. Wagner no es otra cosa que un historietista de acción. Y un fenomenal historietista, que no es poco

"Experimentos, experimentos.. ¿cuándo terminarán? Nunca". Estas otras palabras de Matt Wagner me parecen la clave descriptiva perfecta para analizar la saga de Grendel. El estupendo guionista y estupendo dibujante que es Wagner ha empleado esta saga como un banco de pruebas para una extensa variedad de juegos narrativos -en contraposición a su otra serie personal, Mage, que se caracteriza por un tratamiento despojado de sofisticaciones-. Los 50 y pico episodios (el número exacto depende de si incluimos los capítulos anteriores a Acto diabólico, así como los dos crossovers con Batman) escritos y ocasionalmente ilustrados por Wagner componen un muestrario espléndido de modos y formas de plantear una historieta de acción, violencia y drama. Un despliegue de inquietudes que daría para un extenso estudio, y que fue desarrollado, por cierto, en paralelo a los logros en terrenos equiparables de Miller y Moore.


En War Child, y bajo la reconocida influencia del Kozure Okami (o Lone Wolf & Cub) de Koike y Kojima, Wagner se embarca, con la complicidad del dibujante canadiense Pat McEown, en un ensayo en torno al movimiento, la velocidad y el combate puestos en viñetas. Las diez entregas de esta historia se centran en las vicisitudes de un extraño ser denominado Grendel-Prime, en la huida emprendida tras secuestrar al impúber hijo del fallecido Grendel-Khan. En alternancia con puntuales escenas ubicadas en la residencia del Khan, que nos muestran a su esposa y sucesora en el frágil gobierno mundial perdiendo gradualmente el control de los acontecimientos, la imparable marcha del Grendel y su protegido nos es mostrada con detenimiento y abundante uso de largos y meticulosamente planificados planos-secuencia, durante siete de los diez números de la serie, no siendo hasta el tramo final de la historia que ésta se frena y reorienta hacia un nuevo giro de tuerca en el particular desarrollo político del universo wagneriano.

Carreras en moto voladora a lo Retorno del Jedi, encuentros con belicosas bandas de viciosos incontrolados a lo Mad Max, una tensa escena marítima en la que el impasible Grendel sacrifica a toda la tripulación de un carguero para escapar de un abordaje pirata, combates cuerpo a cuerpo con fieras salvajes, y desenfrenadas "galopadas" (en aeromoto) por pantanos, sabanas y desiertos nucleares, son algunas de las emociones que contiene este vibrante tebeo. Todo ello, abordado dando prioridad a la imagen sobre la palabra, con abundancia de pasajes mudos y con un recreamiento premeditado y exquisito en los momentos de lucha o de proezas físicas del titánico Grendel.

La lástima es que McEown, a pesar de evolucionar notablemente entre el primero y el último número, no llega a brillar, limitándose a cumplir, al igual que ocurre con el color de Mireault. (En el Grendel Tales de diciembre del 94 titulado Homecomings, sí encontramos a un McEown espléndido, gracias sobre todo a su estrecha colaboración con Dave Cooper). Pero, con todo, este es uno de los episodios de la saga grendeliana más atractivos. Una especie de cruce entre Star Wars, Terminator y Mad Max que debería ser manjar exquisito para todo amante de la aventura cuyo paladar no se haya echado a perder todavía a causa del exceso de video-juegos, superhéroes de quinta regional y cine ultra-macarra

Y por cierto, a pesar de que es una lástima el desorden con que se está editando la serie, este capítulo de la misma (como todos, en realidad) es perfectamente disfrutable de por sí (salvo para los inevitables maniáticos de la continuidad de los universos de ficción y esos rollos, claro).

J. Edén


U, el hijo de Urich #14 enero 1999


Snuff 2000 Miguel Angel Martín La Factoría de Ideas



Los recientes incidentes italianos protagonizados por las páginas de Martín y su presunto ánimo de promover conductas moralmente desordenadas en los lectores, han recuperado una polémica que por estos pagos se agotó hace tiempo en su misma inanidad (o, en todo caso, debió hacerlo): la corrección política de un autor cuya obra demuestra una coherencia de hierro, un autor al que se le podría acusar de crecer al calor del escándalo, pero cuyo limitado éxito parece desmentir la maquiavélica imagen de artista cínico que construye su fortuna con las entrañas ajenas (que la recopilación de su trabajo sea responsabilidad de una editorial pequeña en lugar de aparecer bajo el sello de La Cúpula, como sería de ley, parece un síntoma irrefutable). Obviaremos aquí, por tanto, la naturaleza escandalosa de la obra de Miguel Angel Martín y nos centraremos en su pura faceta de narrador riguroso y creador de un mundo personalísimo que asoma en cada una de sus páginas, sean tiras cómicas (Kyrie), ciencia-ficción (The Space Between) o incluso historieta infantil (Días Felices, antecedente de su excelente Brian The Brain, que se publicó en las páginas del suplemento infantil de Diario 16 allá por 1990, para pasmo de propios y extraños).

Snuff 2000 recoge obra dispersa y reciente del autor leonés (aparecida en cabeceras tan heterogéneas como Rock de Lux, Idiota y Diminuto o diversos especiales temáticos de El Vibora), y se redondea con un par de inéditos realizados ex profeso



Todas las historias, aunque de lectura independiente, narran las espeluznantes actvidades de un par de sujetos enmascarados entregados a la creación de películas snuff, en las que el contenido sexual aparece casi siempre como un elemento secundario en el elaborado catálogo de agresiones físicas y psíquicas que sus víctimas sufren. Como Carls y Berg en un atroz universo paralelo, los personajes de Martín golpean y cortan, humillan, torturan y violan, asesinan a mujeres y niños con una precisión no exenta de humor (quirúrgico, pero humor al fin), en unas páginas trufadas, como siempre, de citas insólitas, unas páginas resueltas con la limpieza y economía de medios que se han convertido ya en seña de identidad de un autor cuya habilidad narrativa le permite dotar a sus pequeñas gemas de horror de una atmósfera de relajada cotidianidad, seguramente más desasosegante que cualquiera de las atrocidades que retratan. La lectura del libro no es una experiencia para todos los paladares, desde luego, pero más allá del contenido violento o sexual, más allá de la fascinación de lo que Cronenberg llamó la "nueva carne" (y que para justificar tantas mediocridades del peor celuloide ha servido), lo que interesa de Martín es, a mi juicio, su fidelidad a un universo propio e inconfundible (ninguno de sus hipotéticos seguidores, toda esa maraña de perpetradores adscritos a una supuesta "onda tremenda" o qué sé yo, le han llegado hasta hoy a la suela de los zapatos, y no estoy hablando de temáticas o argumentos, sino de talento), un mundo personal que no puede entenderse divorciado de un determinado estilo: las historietas de Martín no son concebibles sin el tratamiento minimalista, sin la simplicidad extrema de la puesta en escena, sin la desnudez emocional de un narrador imparcial que se limita a la exposición de un suceso con la muy distanciada frialdad del que lo contempla a través de un microscopio. Quizá la falta de posicionamiento moral sea lo que más moleste a sus detractores, pero es también, creo, el componente fundamental que transforma la obra de Martín en un ejercicio poético de una belleza estremecedora. Una poesía que se manifiesta como vector infeccioso, que florece en el devastado paisaje emocional del fin de siglo como un cultivo de células cancerosas. Una poesía que acaso defina en sus afiladas aristas, en su áspera ironía postindustrial, el advenimiento de una nueva sensibilidad, la degradación terminal de un mundo que muere, que morirá, que no puede tardar en morir.

Acaso convendría resaltar, antes de cerrar estos folios, la encomiable labor que La Factoría de Ideas está llevando a cabo al recuperar para el público la mayor parte de la obra de Martín, un autor minoritario, insisto, que recibe mucha menos atención de sus editores "grandes" (La Cúpula, que se resiste a recopilar la excelente serie Rubber Flesh, limitándose a regalarnos de pascuas a ramos con las muy estimulantes entregas de Brian The Brain).

Convendría, al hilo de esto, reflexionar un poco en torno al papel que editoriales pequeñas, más o menos independientes, pueden jugar en el minúsculo zoológico de la industria española, un papel que a lo mejor no tendría que alejarse demasiado de lo que en La Factoría hacen. No es este lugar ni momento, sin embargo.


Sólo queda, pues, recomendar Snuff 2000, un libro que, más allá de polémicas estériles, muestra el excelente tono muscular de un creador original y fiel a sí mismo, un autor coherente cuyo talento y buen hacer quizá no atraigan a un público mayoritario, bien por su despojamiento formal, bien por la dureza de sus imágenes, eficacísimas en su misma sencillez, pero que merece toda nuestra atención, creo, independientemente de su condición de generador de polémicas.

francisco naranjo


U, el hijo de Urich #14 enero 1999



Siete vidas

Aquel gato de negro pelaje nunca llegó a imaginar las peripecias que iba a vivir


José Luis Vidal

07 de mayo 2026



Solitario, el felino se encontró de pronto con alguien inesperado que, pese a su cadavérico aspecto, no tardó nada en convertirse en un buen amigo. Lo malo es que todo fue interrumpido por la irrupción de un grupo de malvados murciélagos que se llevaron volando a la calavera…



Ficha
Soy un gato

Autor. Oriol Vlak

Tapa dura

Color

176 pags.

29,50 euros

Norma Editorial


Otra vez solo, y más triste que nunca, el gato era observado en medio de la fuerte lluvia por unos ojos que pertenecían a un bello lobo blanco que, de golpe y porrazo, iba a convertirse en su fiel defensor ante todos los peligros y amenazas, que no serían pocas e iban a encontrarse a lo largo y ancho del oscuro camino que se abría ante la singular pareja.

Y sin casi tiempo para recuperarse, un grupo de bellas sirenas apareció montando unas ruidosas Vespinos. Afortunadamente, el lobo las conocía bien y no se dejó obnubilar por su presencia, descorriendo el invisible telón que ocultaba sus verdaderos y horribles rostros…

Una ominosa presencia observaba todo lo que ocurría, alguien, el gran villano de la historia, que aparecería varias veces a los largo del relato, tratando de encadenar al protagonista a una gris mesa, en un lugar donde los colores no existen, y se escucha tan solo el sonido de las ciclópeas maquinarias que funcionan sin descanso, al ritmo de la frase “¡Que el humo no pare!”.

Pero aún quedaba una compañera más de viaje en esta peculiar aventura, y Gato y Lobo la encontrarían en el lugar más inesperado, sentada en la barra de un bar junto a una pecera.

Y hasta aquí puedo leer, ya que para el lector de este relato, este cuento para adultos, en el que hay que entrar con ojos nuevos y en el que Oriol Vlak (La piel del oso, Los tres frutos, Naturalezas muertas…) ha realizado su primer trabajo como autor completo, regalándonos una historia que, a medida que avanzas en su lectura te vas dando cuenta que hay mucha simbología en ella. Está repleta de lugares, muchos de ellos identificables, por lo que obviamente, este ha sido un trabajo muy personal para el autor catalán, que tras una brillante y exitosa trayectoria en el mercado francés, ha ocupado los dos últimos dos años en crear este cómic.

Volumen que, por cierto, hay que felicitar al autor por el diseño de su formato y a Norma Editorial por llevar a las librerías una obra que ya por sus hechuras resulta muy atractiva para los ojos del posible lector o lectora, y ya no os digo nada del Arte con mayúsculas de Oriol, que plasma en estas páginas lo mejor de sí como artista.

Y por si este no fuera suficiente reclamo, Vlak nos regala, después de la gran peripecia de su personaje, una galería de ilustraciones para culminar la metafórica experiencia protagonizada por este gato tan especial.

Pero, ¿es realmente un gato?...


Diario de Cadiz



viernes, 8 de mayo de 2026

Dragon Ball Akira Toriyama Planeta-DeAgostini


Planeta-DeAgostini ha terminado por fin la mastodóntica edición completa de Dragon Ball en 42 volúmenes, un logro sólo al alcance de la serie japonesa de más éxito que haya conocido Occidente. De hecho, el fenómeno Dragon Ball ha adquirido tales proporciones que a menudo ha eclipsado al tebeo Dragon Ball, como si el mero hecho de su inmensa popularidad fuera prueba de su carencia de calidad historietística. Al menos ésa es la ecuación que le han aplicado muchos que presumen de conocedores del cómic: si le gusta mucho a muchos niños, no puede haber mucho de bueno en ella.

Como máximo, esa opinión generalizada se ha dignado conceder la frescura, originalidad y gracia de los primeros episodios, los que recuerdan más al Akira Toriyama humorístico de Dr. Slump. Pero el desarrollo posterior de Dragon Ball -las batallas superheroicas del Son Goku adulto y sus cada vez mas poderosos adversarios, los dramáticos enfrentamientos con el destino del universo en juego, el desarrollo de la compleja saga familiar- son desdeñados con la displicencia del adulto que ya no puede rebajarse a un chabacano juego infantil

Quizá sea que yo no soy tan adulto o que soy muy capaz de rebajarme, pero para mi Dragon Ball es precisamente eso: Goku ascendiendo la interminable escalera del poder hacia la inmortalidad y la divinidad; Vegeta reconcomiéndose por no ser el hombre más fuerte que existe; Freezer, los androides, Célula, el monstruo Bu, todos personificando el avance inevitable de la muerte, a la que s resiste temerariamente la humanidad representada en la familia y los amigos de Goku; los combates interminables y destructores de planetas, que se alargan durante centenares de páginas en un espectáculo perfectamente orquestado de dramas personales y energías interiores liberadas. No cuesta mucho entender por qué esta fantasía de poder cautiva la imaginación de los niños. Basta con acercarse a su lectura con algo de honestidad para dejar que nuestro propio niño ansioso de ser el mejor tome el mando de las operaciones emotivas.

Claro que, si fuera tan fácil ¿cuantos no habrían explotado la fórmula? Al fin y al cabo, Dragon Ball sólo es el tebeo de superhéroe definitivo. En realidad, la teoría sí es fácil, lo que no resulta tan sencillo es llevarla a la práctica con el virtuosismo, la pureza y la eficacia de Toriyama y su estudio, que en esta serie se elevan a la categoría de verdaderos maestros universales del cómic. Sólo un talento monstruoso puede combinar en tantas jugadas distintas las mismas fichas.

Por más que se asemejen dos situaciones, Toriyama siempre consigue que la posición límite nos desconcierte, que nos preguntemos como va a escapar el héroe (incluso ¿cómo va a escapar y cómo va a hacer resucitar a los millones de inocentes muertos por el camino? porque siempre mueren millones), que nos preguntemos qué haríamos nosotros en su misma situación, y aún más, que pasemos las páginas a toda velocidad porque, realmente, no se nos ocurre cómo va a vencer en esta ocasión Goku.


Sólo Toriyama lo sabe, y por eso Goku es especial. Desde luego, hace falta un talento monstruoso para combinar sin que nada chirrie los episodios del más exagerado patetismo con respiros cómicos como los que proporciona el desternillante Mr. Satán. Y también hace falta un talento monstruoso para descargar centenares de páginas de combates semejantes en escenarios semejantes entre contrincantes semejantes y que cada vez parezca algo nuevo, y siempre contado de la manera más vistosa, más rica y más clara. El espectáculo de las batallas de Dragon Ball no es nada ilustrativo, al peor estilo Image, es puramente narrativo, al mejor estilo de Steve Ditko en Spider-Man. Toriyama sabe que antes de que veamos el ceño fruncido del héroe, tenemos que saber por qué es un héroe y por qué frunce el ceño. También sabe que no hay mejor héroe que el villano redimido, y hace maravillas con criaturas como Vegeta o el invencible Bu, evitando cuando menos se espera la fácil salida del maniqueísmo barato. De hecho, pocas cosas me asombran más que lo mal recibido que ha sido Dragon Ball por las mentes bienpensantes occidentales. Si la serie deja enseñanzas, están todas relacionadas con el éxito a través del sacrificio (no creo que haya ningún otro tebeo en el que los héroes entrenen tanto), la solidaridad, el esfuerzo, la importancia del colectivo -familiar o universal-, el valor de la vida y la fe en la bondad, que se puede encontrar incluso bajo la más malvada apariencia. Será que las mentes bienpensantes son un poco gilipollas.

Más interesante que las enseñanzas que deje a los niños que dentro de 10 años, cuando sean larvas de críticos furibundos, reivindicarán Dragon Ball como el mayor tebeo de todos los tiempos, son las que podrían absorber muchos guionistas y dibujantes con ilusiones de profesionales.

Quien sepa despojarse del pudor y los prejuicios y se aproxime a esta obra con los ojos abiertos tiene mucho que aprender, porque Dragon Ball es la Biblia del cómic comercial de acción, de aventuras y de humor. Un tebeo enorme, en el que merece la pena perderse.

Trajano Bermúdez



U, el hijo de Urich #14 enero 1999


Elemental, querido Batman

Extraños y violentos hechos siguen aconteciendo en Gotham, y el mejor detective del lugar tendrá que esclarecerlos


José Luis Vidal

06 de mayo 2026


En la primera entrega de Patrones oscuros ya pudimos comprobar el tremendo compromiso que Bruce Wayne, en su faceta de vigilante enmascarado, tiene con la urbe que le vio nacer, exponiéndose a todo tipo de peligros, golpes, heridas y un cansancio extremo.



Ficha
Batman: Patrones oscuros 2

Guion: Dan Watters

Dibujo: Hayden Sherman

Tapa blanda

Color

144 págs.

13 euros

Panini Cómics


Pese a los consejos de su fiel mayordomo y hombre para todo, Alfred, el joven justiciero observa cómo la ciudad está ardiendo, y no es una metáfora, ya que varios fuegos están consumiendo diferentes enclaves del lugar.

Uno de ellos en el Rookery, un barrio pobre, abandonado por los mandamases de Gotham. Un lugar donde viven los oprimidos y que cuenta con una oscura leyenda que Batman conocerá a raíz del descubrimiento del cadáver quemado de una mujer, que la policía encuentra dentro de la lavadora de una lavandería…

Este será el prólogo que llevará al protagonista a indagar en la historia de la Banda de los Capuchas Rojas, una organización criminal que trajo el terror y la violencia a las calles de Gotham, y que ahora parece haber regresado.

Pero la solución a este caso es mucho más oscura e imprevista de lo que cualquier investigador podría imaginar, y pondrá al Caballero Oscuro al límite de sus fuerzas y capacidades…

Y será en 'Hijo del fuego' donde Batman se enfrente cara a cara al verdadero culpable de los incendios provocados en la ciudad, alguien que tiene un oscuro y letal plan ideado por una mente enferma, que dirige las pesquisas hacia un personaje secundario que ha estado ayudando al departamento de policía, en concreto al agente Gordon, en la investigación de los anteriores casos, y que ahora es señalado por un dedo invisible, debido a un oscuro hecho de su pasado.

Los que habéis disfrutado de la lectura del primer volumen de esta miniserie ya sabéis de quién se trata. El doctor Sereika…

Con un Batman en las peores condiciones físicas, este último tramo de la miniserie se convierte en un autentico tour de force para el personaje, que tendrá que verse las caras con el Mal reencarnado en el villano con rostro de bebé, y su desquiciado propósito.

El dúo formado por el guionista Dan Watters y el increíble dibujante Hayden Sherman componen una serie de historias en las que la pericia como detective de Bruce Wayne se pone a prueba, así como su aguante e inexperiencia como defensor de Gotham. Una miniserie que brilla tanto por la originalidad de su argumento, así como en el disfrute que supone maravillarse con la narrativa gráfica de de Sherman, dibujante que también nos alucina con su trabajo en la serie Absolute Wonder Woman.

Olvídate de la continuidad y lánzate de cabeza a disfrutar de estas historias que te mantendrán pegado a sus páginas.


Diario de Cadiz


miércoles, 6 de mayo de 2026

Una cuestión de familia Will Eisner Norma



Will Eisner ha sido durante las dos últimas décadas el referente ineludible a la hora de hablar de una historieta adulta en los EEUU (y en el mundo, por tanto; mal que nos pese). Mucho antes de que Spiegelman y su Maus encandilasen a los lectores del New Yorker y demás burgueses enteradillos, obras como Contrato con Dios o Afán de vida mostraban ya a quien quisiera mirar la capacidad dramática del medio y la honda calidad poética del que fuera creador de Spirit. Que a su avanzada edad continúe trabajando a un ritmo más que razonable, entregando a la imprenta, además, joyas como To the heart of the storm (a mi juicio, su obra más redonda después del ya citado Contrato con Dios), sólo puede significar que nos hallamos ante uno de esos creadores privilegiados que nos ofrecerán lo mejor de sí mismos hasta el mismo día de su muerte.

Naturalmente, por mucho que sea su talento, ningún narrador acierta siempre en su empeño, y Eisner ha tenido sus altibajos en los últimos años. Eso sí, lo que en el conjunto de su carrera podríamos calificar de obras flojas, de títulos menores (pienso en El Edificio o Crepúsculo en Sunshine City, por ejemplo), sigue estando muy por encima de las posibilidades de la mayor parte de sus compañeros de profesión. Por eso, a la hora de hablar de su último libro, este Una cuestión de familia que Norma edita con una puntualidad digna de aplauso, conviene tener muy claro en qué contexto decimos que se trata de una obra "menor". De lectura fácil y peripecia más bien previsible, el álbum ejemplifica algunas de las mayores virtudes del mejor Eisner: la solidez narrativa, la fuerza de unos personajes perfectamente caracterizados (el complejo lenguaje corporal resulta fundamental en ese sentido), la eficacia del montaje invisible, del personalísimo diseño de página. También puede considerarse compendio de algunos de sus defectos (la endeblez del argumento y una debilidad irritante por determinados estereotipos a la hora del desarrollo de los personajes, por ejemplo). Con todo, a pesar de no volar tan alto como en sus mejores obras, Eisner nos ofrece una lectura satisfactoria, que no es poco.

El libro narra una reunión familiar celebrada en torno al abuelo, un anciano condenado a la parálisis y sumido en un mutismo engañoso. Cada miembro de la familia tiene sus razones para acudir, y por supuesto todas giran alrededor de la inminente muerte del patriarca y la posible herencia. Antes de que el día termine, los intereses encontrados y las mezquindades comunes acabarán por hacer estallar una auténtica tempestad de hipocresía y bilioso rencor. Una historia, como vemos, no demasiado original, pero resuelta con la elegante soltura de que sólo Will Eisner es capaz. Estructurado a la manera de una obra de teatro con un prólogo (superfluo, me parece, dado que en sus páginas se presenta a los distintos personajes y se da cuenta de sus intenciones, algo que ellos mismos harán a lo largo del resto del álbum y un solo acto en el que los actores, enganchados todos a la escuela de sobreinterpretación latina que tanto éxito está dando a nuestro Banderas, acabarán desencadenando la tragedia, el libro no está a la altura de (para seguir citando el mejor) Contrato con Dios, pero es que nadie puede estar siempre a la altura de su mejor obra.

(Y ya que estamos, dado lo acertado de las ediciones que Norma está ofreciéndonos del último Eisner, a pesar del tropezón de Moby Dick, no estaría de más que se decidieran a recuperar viejos títulos como Afán de vida o Signal from space. Muchos lo agradeceríamos.)

francisco naranjo

U, el hijo de Urich #13 noviembre 1998

En busca del unicornio Emilio Ruiz/Ana Miralles Glénat



Aún a falta del volumen que cierre la trilogía, la trasposición en viñetas del best-seller medievalista de Juan Eslava no sólo confirma la presencia en Europa de Ana Miralles, sino que, en realidad, y al margen de sus valores intrínsecos, materializa uno de los escasos proyectos de autoría hispana con cierta relevancia en la coyuntura actual. Aunque sólo fuera por su extensión y calidad técnica o por su edición simultánea en España y Francia, considerando el contexto de la paupérrima producción nacional. Tanto, que la obra se orienta más bien hacia el mercado del país vecino -bajo los acogedores auspicios de Glénat- ya desde la planificación del arco argumental en forma de sucesivos álbumes hasta su inclusión en la prolífica tradición francobelga del cómic histórico, especialidad en la que por cierto dicha editorial es responsable de numerosos títulos de prestigio. Lo que, desde luego, implica esa escrupulosa ambientación casi rayana en lo didáctico tan al gusto de público y editores galos, trabajo de investigación documental que en esta ocasión obtiene la valiosa colaboración del padre literario del relato. También participa la serie del género de aventuras (en el que la dibujante ya se inició con los irregulares guiones de Antonio Segura) para el caso con el subtítulo "de viajes" , a modo de road movie medieval y comanditaria. Y, claro está, de la corriente que se nutre de la novelística, cuyas más recientes muestras en España, recordemos, han sido La ciudad de cristal y Moby Dick, además de la obra que ahora nos ocupa.

Curiosamente los tres casos se revelan paradigmáticos de otros tantos resultados posibles a la hora de trasladar a la historieta un texto impreso; en contadas ocasiones el cómic aporta lecturas diferentes en función del nuevo lenguaje narrativo e incluso reinterpreta las claves del original escrito, virtud aplicable a la labor de Karasik y Mazzucchelli (¿otros ejemplos?: Nazario, Breccia o Giménez); los más, se limitan a escenificar mecánicamente bloques del texto originario, hecho que lamentablemente refleja el mencionado trabajo de mister Eisner por culpa de su destino al soporte CD-ROM; y además existen historietas que se prestan simplemente a la encomiable tarea de reconstruir con fidelidad un universo escrito, de recrear su ritmo y atmósfera, transmitir el vigor de las imágenes literarias o representar la presunta sensibilidad del autor: el Poe visto por Richard Corben o el Oscar Wilde de Craig Russell pueden ser adecuados ejemplos, y es en este marco donde se inscribe el propósito de Ruiz y Miralles con En busca del Unicornio.

Su adscripción a los parámetros francobelgas también alcanza al ámbito formal. Así, la expedición de Juan de Olid tras el cuerno quimérico que restaure el vigor amatorio de su rey observa un desarrollo lineal, tradicional en la angulación de sus planos, y, sobre todo, absolutamente clásico en el diseño de página. Distribución uniforme de viñetas (la mayoría en tiras), casi todas cerradas y de las que jamás escapa una fracción de dibujos o texto. Viñetas, por lo demás, muy numerosas en el primer álbum (a menudo cuatro filas por página), hasta excesivas, a pesar de que muchas de ellas resultan prescindibles incluso considerando lo prolijo de la novela que adaptan. Y tan somera aplicación de la elipsis no puede haber sido obviada por dibujante y guionista de forma inconsciente, máxime a tenor de su producción previa. Por añadidura, si bien el segundo tomo regulariza el uso de las tres filas, cada viñeta rebosa en mayor medida si cabe de información visual. Tal intención puede tener, pues, conexión con la mencionada necesidad de describir minuciosamente los elementos que aportan credibilidad al género histórico, de desplegar el atrezzo y la parafernalia frutos del evidente esfuerzo documental. Pero lo cierto es que todo ello produce además un efecto global que remite a los códigos miniados, las abigarradas vidrieras y los retablos del Medievo, plenos de personajes y detalles, tanto como las pinturas de un Renacimiento ya esplendoroso en los días del rey Enrique IV que motiva el argumento. Al efecto contribuye sin duda el empleo por parte de Ana Miralles de colores cálidos con predominio de rojos, verdes, marrones y ocres: no por casualidad, el cromatismo pictórico de tal período. Además de una luminosidad mediterránea deudora de su afinidad con la tierra valenciana, particularmente evidente en el periplo africano del segundo álbum. El propio estilo de dibujo se ciñe a un clasicismo consecuente, voluntariamente realista y depurado en Eva Medusa; su trazo es aquí más contenido pero sereno, siempre vitalista y sensual. Definitivamente superados ya los titubeos de los primeros días y muy lejos del estilismo de diseño de los ochenta, en una suerte de recorrido inverso al habitual. De la experimentación inicial a la madurez académica.

Efectivamente, es el trayecto lo que determina esta obra. Inevitable camino iniciático pero también objeto en si mismo. Reverso luminoso del viaje al corazón de las tinieblas es, al fin y al cabo, una búsqueda de la pureza encarnada (aun a pesar de sus prosaicos fines) si bien tal apunte mitológico no es óbice para un relato de corte realista que. aun incidiendo en el retrato de época, no deja de trasponer planteamientos que se revelan universales cuando no patéticamente cercanos. No extraña, por tanto, que en la adaptación de este premio Planeta predominen los planos generales sobre las tomas cortas -sintomáticamente, una vez iniciado el viaje- ya que ciertamente prima la peripecia colectiva sobre el hecho individual. Sin duda la gesta es más importante que sus protagonistas. Lo que por otra parte no propicia en exceso la implicación emocional del lector: el argumento no avanza en base a recursos dramáticos sino al paso de la expedición real: el argumento es la propia expedición. No excluye la obra, sin embargo, la anécdota personal que pueble un evento grandilocuente de seres humanos, evitando el tono aséptico de quien se limita a encadenar una serie de cuadros históricos sin vida. No, los autores atienden mas a la narratividad global que a la espectacularidad aislada, si bien abundan viñetas de hermosura plástica innegable.

Como quiera que el trayecto es una sucesión de espacios. aparece insoslayable el devenir del tiempo, pieza esencial. Difícil tarea la de otorgar al flujo temporal la naturalidad que precisa, más aún en lapso tan amplio como el de este viaje y sus prolegómenos. La adaptación elude con elegancia los textos de apoyo temporales y locativos en base a los mecanismos elípticos de rigor; la transición entre escenas y tramos cronológicos tan pronto es directa como por medio de viñetas mudas a modo de encadenado espacio-temporal Y si la mencionada profusión de tales viñetas genera en el primer tomo un ritmo tan extraño como vacante, paulatinamente se estabiliza, justo a medida que la fantástica expedición define su rumbo. Son instantáneas de la marcha incesante o de nuevas etapas geográficas, como letras capitulares que marcan la pauta argumental y del propio viaje. Un arduo itinerario, sin duda, igualmente complejo para el dúo creativo y con destino, a desear, menos incierto que el de sus protagonistas dibujados.

Resultado mucho mas que digno, globalmente, y ¿por qué no? competitivo en un mercado francés aquejado de problemas propios pero siempre mas apetecible que el autóctono.

Yexus

U, el hijo de Urich #13 noviembre 1998