Aún a falta del volumen que cierre la trilogía, la trasposición en viñetas del best-seller medievalista de Juan Eslava no sólo confirma la presencia en Europa de Ana Miralles, sino que, en realidad, y al margen de sus valores intrínsecos, materializa uno de los escasos proyectos de autoría hispana con cierta relevancia en la coyuntura actual. Aunque sólo fuera por su extensión y calidad técnica o por su edición simultánea en España y Francia, considerando el contexto de la paupérrima producción nacional. Tanto, que la obra se orienta más bien hacia el mercado del país vecino -bajo los acogedores auspicios de Glénat- ya desde la planificación del arco argumental en forma de sucesivos álbumes hasta su inclusión en la prolífica tradición francobelga del cómic histórico, especialidad en la que por cierto dicha editorial es responsable de numerosos títulos de prestigio. Lo que, desde luego, implica esa escrupulosa ambientación casi rayana en lo didáctico tan al gusto de público y editores galos, trabajo de investigación documental que en esta ocasión obtiene la valiosa colaboración del padre literario del relato. También participa la serie del género de aventuras (en el que la dibujante ya se inició con los irregulares guiones de Antonio Segura) para el caso con el subtítulo "de viajes" , a modo de road movie medieval y comanditaria. Y, claro está, de la corriente que se nutre de la novelística, cuyas más recientes muestras en España, recordemos, han sido La ciudad de cristal y Moby Dick, además de la obra que ahora nos ocupa.
Curiosamente los tres casos se revelan paradigmáticos de otros tantos resultados posibles a la hora de trasladar a la historieta un texto impreso; en contadas ocasiones el cómic aporta lecturas diferentes en función del nuevo lenguaje narrativo e incluso reinterpreta las claves del original escrito, virtud aplicable a la labor de Karasik y Mazzucchelli (¿otros ejemplos?: Nazario, Breccia o Giménez); los más, se limitan a escenificar mecánicamente bloques del texto originario, hecho que lamentablemente refleja el mencionado trabajo de mister Eisner por culpa de su destino al soporte CD-ROM; y además existen historietas que se prestan simplemente a la encomiable tarea de reconstruir con fidelidad un universo escrito, de recrear su ritmo y atmósfera, transmitir el vigor de las imágenes literarias o representar la presunta sensibilidad del autor: el Poe visto por Richard Corben o el Oscar Wilde de Craig Russell pueden ser adecuados ejemplos, y es en este marco donde se inscribe el propósito de Ruiz y Miralles con En busca del Unicornio.
Su adscripción a los parámetros francobelgas también alcanza al ámbito formal. Así, la expedición de Juan de Olid tras el cuerno quimérico que restaure el vigor amatorio de su rey observa un desarrollo lineal, tradicional en la angulación de sus planos, y, sobre todo, absolutamente clásico en el diseño de página. Distribución uniforme de viñetas (la mayoría en tiras), casi todas cerradas y de las que jamás escapa una fracción de dibujos o texto. Viñetas, por lo demás, muy numerosas en el primer álbum (a menudo cuatro filas por página), hasta excesivas, a pesar de que muchas de ellas resultan prescindibles incluso considerando lo prolijo de la novela que adaptan. Y tan somera aplicación de la elipsis no puede haber sido obviada por dibujante y guionista de forma inconsciente, máxime a tenor de su producción previa. Por añadidura, si bien el segundo tomo regulariza el uso de las tres filas, cada viñeta rebosa en mayor medida si cabe de información visual. Tal intención puede tener, pues, conexión con la mencionada necesidad de describir minuciosamente los elementos que aportan credibilidad al género histórico, de desplegar el atrezzo y la parafernalia frutos del evidente esfuerzo documental. Pero lo cierto es que todo ello produce además un efecto global que remite a los códigos miniados, las abigarradas vidrieras y los retablos del Medievo, plenos de personajes y detalles, tanto como las pinturas de un Renacimiento ya esplendoroso en los días del rey Enrique IV que motiva el argumento. Al efecto contribuye sin duda el empleo por parte de Ana Miralles de colores cálidos con predominio de rojos, verdes, marrones y ocres: no por casualidad, el cromatismo pictórico de tal período. Además de una luminosidad mediterránea deudora de su afinidad con la tierra valenciana, particularmente evidente en el periplo africano del segundo álbum. El propio estilo de dibujo se ciñe a un clasicismo consecuente, voluntariamente realista y depurado en Eva Medusa; su trazo es aquí más contenido pero sereno, siempre vitalista y sensual. Definitivamente superados ya los titubeos de los primeros días y muy lejos del estilismo de diseño de los ochenta, en una suerte de recorrido inverso al habitual. De la experimentación inicial a la madurez académica.
Efectivamente, es el trayecto lo que determina esta obra. Inevitable camino iniciático pero también objeto en si mismo. Reverso luminoso del viaje al corazón de las tinieblas es, al fin y al cabo, una búsqueda de la pureza encarnada (aun a pesar de sus prosaicos fines) si bien tal apunte mitológico no es óbice para un relato de corte realista que. aun incidiendo en el retrato de época, no deja de trasponer planteamientos que se revelan universales cuando no patéticamente cercanos. No extraña, por tanto, que en la adaptación de este premio Planeta predominen los planos generales sobre las tomas cortas -sintomáticamente, una vez iniciado el viaje- ya que ciertamente prima la peripecia colectiva sobre el hecho individual. Sin duda la gesta es más importante que sus protagonistas. Lo que por otra parte no propicia en exceso la implicación emocional del lector: el argumento no avanza en base a recursos dramáticos sino al paso de la expedición real: el argumento es la propia expedición. No excluye la obra, sin embargo, la anécdota personal que pueble un evento grandilocuente de seres humanos, evitando el tono aséptico de quien se limita a encadenar una serie de cuadros históricos sin vida. No, los autores atienden mas a la narratividad global que a la espectacularidad aislada, si bien abundan viñetas de hermosura plástica innegable.
Como quiera que el trayecto es una sucesión de espacios. aparece insoslayable el devenir del tiempo, pieza esencial. Difícil tarea la de otorgar al flujo temporal la naturalidad que precisa, más aún en lapso tan amplio como el de este viaje y sus prolegómenos. La adaptación elude con elegancia los textos de apoyo temporales y locativos en base a los mecanismos elípticos de rigor; la transición entre escenas y tramos cronológicos tan pronto es directa como por medio de viñetas mudas a modo de encadenado espacio-temporal Y si la mencionada profusión de tales viñetas genera en el primer tomo un ritmo tan extraño como vacante, paulatinamente se estabiliza, justo a medida que la fantástica expedición define su rumbo. Son instantáneas de la marcha incesante o de nuevas etapas geográficas, como letras capitulares que marcan la pauta argumental y del propio viaje. Un arduo itinerario, sin duda, igualmente complejo para el dúo creativo y con destino, a desear, menos incierto que el de sus protagonistas dibujados.
Resultado mucho mas que digno, globalmente, y ¿por qué no? competitivo en un mercado francés aquejado de problemas propios pero siempre mas apetecible que el autóctono.
Yexus
U, el hijo de Urich #13 noviembre 1998


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