viernes, 8 de mayo de 2026

Dragon Ball Akira Toriyama Planeta-DeAgostini


Planeta-DeAgostini ha terminado por fin la mastodóntica edición completa de Dragon Ball en 42 volúmenes, un logro sólo al alcance de la serie japonesa de más éxito que haya conocido Occidente. De hecho, el fenómeno Dragon Ball ha adquirido tales proporciones que a menudo ha eclipsado al tebeo Dragon Ball, como si el mero hecho de su inmensa popularidad fuera prueba de su carencia de calidad historietística. Al menos ésa es la ecuación que le han aplicado muchos que presumen de conocedores del cómic: si le gusta mucho a muchos niños, no puede haber mucho de bueno en ella.

Como máximo, esa opinión generalizada se ha dignado conceder la frescura, originalidad y gracia de los primeros episodios, los que recuerdan más al Akira Toriyama humorístico de Dr. Slump. Pero el desarrollo posterior de Dragon Ball -las batallas superheroicas del Son Goku adulto y sus cada vez mas poderosos adversarios, los dramáticos enfrentamientos con el destino del universo en juego, el desarrollo de la compleja saga familiar- son desdeñados con la displicencia del adulto que ya no puede rebajarse a un chabacano juego infantil

Quizá sea que yo no soy tan adulto o que soy muy capaz de rebajarme, pero para mi Dragon Ball es precisamente eso: Goku ascendiendo la interminable escalera del poder hacia la inmortalidad y la divinidad; Vegeta reconcomiéndose por no ser el hombre más fuerte que existe; Freezer, los androides, Célula, el monstruo Bu, todos personificando el avance inevitable de la muerte, a la que s resiste temerariamente la humanidad representada en la familia y los amigos de Goku; los combates interminables y destructores de planetas, que se alargan durante centenares de páginas en un espectáculo perfectamente orquestado de dramas personales y energías interiores liberadas. No cuesta mucho entender por qué esta fantasía de poder cautiva la imaginación de los niños. Basta con acercarse a su lectura con algo de honestidad para dejar que nuestro propio niño ansioso de ser el mejor tome el mando de las operaciones emotivas.

Claro que, si fuera tan fácil ¿cuantos no habrían explotado la fórmula? Al fin y al cabo, Dragon Ball sólo es el tebeo de superhéroe definitivo. En realidad, la teoría sí es fácil, lo que no resulta tan sencillo es llevarla a la práctica con el virtuosismo, la pureza y la eficacia de Toriyama y su estudio, que en esta serie se elevan a la categoría de verdaderos maestros universales del cómic. Sólo un talento monstruoso puede combinar en tantas jugadas distintas las mismas fichas.

Por más que se asemejen dos situaciones, Toriyama siempre consigue que la posición límite nos desconcierte, que nos preguntemos como va a escapar el héroe (incluso ¿cómo va a escapar y cómo va a hacer resucitar a los millones de inocentes muertos por el camino? porque siempre mueren millones), que nos preguntemos qué haríamos nosotros en su misma situación, y aún más, que pasemos las páginas a toda velocidad porque, realmente, no se nos ocurre cómo va a vencer en esta ocasión Goku.


Sólo Toriyama lo sabe, y por eso Goku es especial. Desde luego, hace falta un talento monstruoso para combinar sin que nada chirrie los episodios del más exagerado patetismo con respiros cómicos como los que proporciona el desternillante Mr. Satán. Y también hace falta un talento monstruoso para descargar centenares de páginas de combates semejantes en escenarios semejantes entre contrincantes semejantes y que cada vez parezca algo nuevo, y siempre contado de la manera más vistosa, más rica y más clara. El espectáculo de las batallas de Dragon Ball no es nada ilustrativo, al peor estilo Image, es puramente narrativo, al mejor estilo de Steve Ditko en Spider-Man. Toriyama sabe que antes de que veamos el ceño fruncido del héroe, tenemos que saber por qué es un héroe y por qué frunce el ceño. También sabe que no hay mejor héroe que el villano redimido, y hace maravillas con criaturas como Vegeta o el invencible Bu, evitando cuando menos se espera la fácil salida del maniqueísmo barato. De hecho, pocas cosas me asombran más que lo mal recibido que ha sido Dragon Ball por las mentes bienpensantes occidentales. Si la serie deja enseñanzas, están todas relacionadas con el éxito a través del sacrificio (no creo que haya ningún otro tebeo en el que los héroes entrenen tanto), la solidaridad, el esfuerzo, la importancia del colectivo -familiar o universal-, el valor de la vida y la fe en la bondad, que se puede encontrar incluso bajo la más malvada apariencia. Será que las mentes bienpensantes son un poco gilipollas.

Más interesante que las enseñanzas que deje a los niños que dentro de 10 años, cuando sean larvas de críticos furibundos, reivindicarán Dragon Ball como el mayor tebeo de todos los tiempos, son las que podrían absorber muchos guionistas y dibujantes con ilusiones de profesionales.

Quien sepa despojarse del pudor y los prejuicios y se aproxime a esta obra con los ojos abiertos tiene mucho que aprender, porque Dragon Ball es la Biblia del cómic comercial de acción, de aventuras y de humor. Un tebeo enorme, en el que merece la pena perderse.

Trajano Bermúdez



U, el hijo de Urich #14 enero 1999


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