Los recientes incidentes italianos protagonizados por las páginas de Martín y su presunto ánimo de promover conductas moralmente desordenadas en los lectores, han recuperado una polémica que por estos pagos se agotó hace tiempo en su misma inanidad (o, en todo caso, debió hacerlo): la corrección política de un autor cuya obra demuestra una coherencia de hierro, un autor al que se le podría acusar de crecer al calor del escándalo, pero cuyo limitado éxito parece desmentir la maquiavélica imagen de artista cínico que construye su fortuna con las entrañas ajenas (que la recopilación de su trabajo sea responsabilidad de una editorial pequeña en lugar de aparecer bajo el sello de La Cúpula, como sería de ley, parece un síntoma irrefutable). Obviaremos aquí, por tanto, la naturaleza escandalosa de la obra de Miguel Angel Martín y nos centraremos en su pura faceta de narrador riguroso y creador de un mundo personalísimo que asoma en cada una de sus páginas, sean tiras cómicas (Kyrie), ciencia-ficción (The Space Between) o incluso historieta infantil (Días Felices, antecedente de su excelente Brian The Brain, que se publicó en las páginas del suplemento infantil de Diario 16 allá por 1990, para pasmo de propios y extraños).
Snuff 2000 recoge obra dispersa y reciente del autor leonés (aparecida en cabeceras tan heterogéneas como Rock de Lux, Idiota y Diminuto o diversos especiales temáticos de El Vibora), y se redondea con un par de inéditos realizados ex profeso
Todas las historias, aunque de lectura independiente, narran las espeluznantes actvidades de un par de sujetos enmascarados entregados a la creación de películas snuff, en las que el contenido sexual aparece casi siempre como un elemento secundario en el elaborado catálogo de agresiones físicas y psíquicas que sus víctimas sufren. Como Carls y Berg en un atroz universo paralelo, los personajes de Martín golpean y cortan, humillan, torturan y violan, asesinan a mujeres y niños con una precisión no exenta de humor (quirúrgico, pero humor al fin), en unas páginas trufadas, como siempre, de citas insólitas, unas páginas resueltas con la limpieza y economía de medios que se han convertido ya en seña de identidad de un autor cuya habilidad narrativa le permite dotar a sus pequeñas gemas de horror de una atmósfera de relajada cotidianidad, seguramente más desasosegante que cualquiera de las atrocidades que retratan. La lectura del libro no es una experiencia para todos los paladares, desde luego, pero más allá del contenido violento o sexual, más allá de la fascinación de lo que Cronenberg llamó la "nueva carne" (y que para justificar tantas mediocridades del peor celuloide ha servido), lo que interesa de Martín es, a mi juicio, su fidelidad a un universo propio e inconfundible (ninguno de sus hipotéticos seguidores, toda esa maraña de perpetradores adscritos a una supuesta "onda tremenda" o qué sé yo, le han llegado hasta hoy a la suela de los zapatos, y no estoy hablando de temáticas o argumentos, sino de talento), un mundo personal que no puede entenderse divorciado de un determinado estilo: las historietas de Martín no son concebibles sin el tratamiento minimalista, sin la simplicidad extrema de la puesta en escena, sin la desnudez emocional de un narrador imparcial que se limita a la exposición de un suceso con la muy distanciada frialdad del que lo contempla a través de un microscopio. Quizá la falta de posicionamiento moral sea lo que más moleste a sus detractores, pero es también, creo, el componente fundamental que transforma la obra de Martín en un ejercicio poético de una belleza estremecedora. Una poesía que se manifiesta como vector infeccioso, que florece en el devastado paisaje emocional del fin de siglo como un cultivo de células cancerosas. Una poesía que acaso defina en sus afiladas aristas, en su áspera ironía postindustrial, el advenimiento de una nueva sensibilidad, la degradación terminal de un mundo que muere, que morirá, que no puede tardar en morir.
Acaso convendría resaltar, antes de cerrar estos folios, la encomiable labor que La Factoría de Ideas está llevando a cabo al recuperar para el público la mayor parte de la obra de Martín, un autor minoritario, insisto, que recibe mucha menos atención de sus editores "grandes" (La Cúpula, que se resiste a recopilar la excelente serie Rubber Flesh, limitándose a regalarnos de pascuas a ramos con las muy estimulantes entregas de Brian The Brain).
Convendría, al hilo de esto, reflexionar un poco en torno al papel que editoriales pequeñas, más o menos independientes, pueden jugar en el minúsculo zoológico de la industria española, un papel que a lo mejor no tendría que alejarse demasiado de lo que en La Factoría hacen. No es este lugar ni momento, sin embargo.
Sólo queda, pues, recomendar Snuff 2000, un libro que, más allá de polémicas estériles, muestra el excelente tono muscular de un creador original y fiel a sí mismo, un autor coherente cuyo talento y buen hacer quizá no atraigan a un público mayoritario, bien por su despojamiento formal, bien por la dureza de sus imágenes, eficacísimas en su misma sencillez, pero que merece toda nuestra atención, creo, independientemente de su condición de generador de polémicas.
francisco naranjo
U, el hijo de Urich #14 enero 1999



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