domingo, 29 de marzo de 2026

Detective Conan Gosho Aoyama Planeta-DeAgostini


Antes que nada, y como en un programa de Nieves Herrero, he de confesar una debilidad (de las que son confesables, claro): a pesar de que habitualmente me cuesta mantener la concentración durante más de un par de segundos, sin embargo cuando detecto una mención al mito de Sherlock Holmes, bien ortodoxa como la excelente serie de Granada Television con el tristemente fallecido Jeremy Brett o bien extracanónica como la fabulosa Asesinato por Decreto, se me despierta un interés inusitado que se refleja en la necesidad imperiosa de conocer; de poseer el objeto en cuestión, sea éste un libro, una película o. como el caso que nos ocupa, un tebeo. Así pasa, claro, que normalmente el interes no se ve correspondido con el valor de la cosa en cuestión. No es éste el caso de Detective Conan.

Uno ya sabía (por lo menos, de oídas) que en el manga caben todo tipo de temas, desde el fútbol a la comedia romántica, de la ciencia ficción a las artes marciales. Pero tropezarse con Detective Conan no deja de ser una sorpresa, porque parece un compendio de todos esos géneros y un par o tres más, verbigracia la intriga detectivesca, pero de eso hablaremos luego.

El argumento es como sigue: Shinichi Kudo, un prometedor e inteligente estudiante de instituto que ejerce, como su héroe de novela. de detective consultor de la policía cuando esta se ve superada por las circunstancias, se ve metido en una intriga que acaba con él mismo convertido en... un chaval de seis años. A partir de entonces, seguiremos sus peripecias para intentar recuperar su tamaño y edad originales. Por supuesto, ahora que es un niño de seis años se le niega toda la atención de la que gozaba cuando era un reputado detective, con lo que tendrá que utilizar todos sus (divertidos) recursos para llamar la atención de los torpes investigadores sobre las pruebas que va descubriendo.

Como en los mejores mangas, llama la atención su poderoso. variopinto y dislocado reparto, caracterizado con un par de brochazos que nos dicen más de ellos que 500 páginas de X-Men nos pueden decir de los alumnos de Xavier: Poder se síntesis, que se dice. El protagonista, Shinichi, lleva a tal extremo su adoración por Holmes que, siguiendo sus consejos, decide practicar un deporte que complete su formación como detective. Si en el caso de Sherlock estos eran el boxeo y la esgrima. en el de Shinichi es, atención... ¡El fútbol! Si Holmes se estrujaba la mollera mientras rascaba perezosamente las cuerdas de su Stradivarius, Shinichi consigue el mismo efecto peloteando como Ronaldo.

Y. evidentemente, el Conan que escoge como su nombre infantil viene del nombre del escritor escocés creador de Sherlock Holmes. Ran Mouri, la chica que no podía faltar, es compañera enamorada en silencio de Shinichi, más tarde la figura protectora del pequeño Conan, capitana del equipo de karate y la hija de un policía fracasado metido a detective mediocre. Kogoro Mouri es el padre de Ran, retirado de la policía por torpe y abandonado por su mujer.

Ahora es un detective bastante patético que va a cosechar un éxito tras otro gracias a Conan, que lo va a utilizar (sin que Kogoro se dé cuenta, por supuesto) para exponer sus brillantes deducciones que de otro modo pasarían inadvertidas, porque ya decimos que a un niño de seis años no le hace caso nadie. Kogoro es el comic relief de la serie, especialmente hilarante en la ocasión en que, encargado del asesinato de un hombre en el apartamento de una famosa cantante, señala consecutivamente a todos los presentes como los posibles asesinos.

Las intrigas detectivescas de Detective Conan (ni más ni menos que 4 en apenas 180 páginas) son divertidas, entretenidas e ingeniosamente planteadas, y sus posteriores resoluciones a cargo de Shinichi/Conan son brillantes modelos de lo que Holmes llamó La Ciencia de la Deducción, mezcla de investigación y espectacularidad. Una señal en el suelo, unas gotas de agua, y, sobre todo, su capacidad de observación le bastan a Shinichi para dar inexorablemente con el culpable.

No menos inteligentes son las escenas cómicas, y las hay de todas clases, tiernas y descacharrantes, sutiles y gruesas.

Acciones paralelas, que se desarrollan en la misma viñeta que la acción principal, batacazos que oportunamente cortan momentos climáticos, todo mamado de la mejor escuela Takahashi (y no se me ocurre una escuela mejor).

Así, en Detective Conan tenemos un tebeo que resulta prácticamente un catálogo de recursos y un ejemplo de lectura inteligente, donde está perfectamente ensamblado lo romántico, lo cómico, lo decididamente bufo y lo detectivesco.

No sé cómo lo veis vosotros, pero cuando yo tenga otro caso difícil, lo primero que voy a hacer es llamar al detective Shinichi Kudo.

gonzalo quesada


U, el hijo de Urich #11 julio 1998



Vittorio Giardino, historietista y creador de Max Fridman: “No se dibuja con la mano sino con la mente”

El gran autor italiano, maestro de la línea clara, publica en España su última obra, ‘Los primos Meyer’, en la que sitúa a su personaje en la Viena nazi



El autor de cómic italiano Vittorio Giardino.

Roberto Serra (Iguana Press/Getty Images)


Jacinto Antón

Bolonia - 25 MAR 2026 

La cita con Vittorio Giardino, el grandísimo historietista italiano, uno de los más acreditados representantes de la línea clara del cómic y que una vez dibujó el fusilamiento de Corto Maltés, es a mediodía en la Biblioteca Salaborsa, en la plaza de Neptuno, en el corazón de Bolonia, la ciudad del autor. Pero es lunes y la biblioteca está cerrada así que, al haber llegado con antelación, toca esperar en sus amplias escaleras de entrada entreteniéndose con la vista del centro histórico, que parece salido de una viñeta del propio Giardino, y la lectura de la información en un panel sobre la represión fascista a raíz del atentado del yekatit 12 (el 19 de febrero en el calendario etíope) en 1937 en Adis Abeba contra el mariscal Graziani, suceso digno de una historieta de Hugo Pratt, amigo y maestro de Giardino.

El autor aparece finalmente caminando procedente de la Piazza Maggiore y la basílica de San Petronio y cuesta no dar un respingo: vestido con abrigo largo, bufanda y sombrero y luciendo barba, Vittorio Giardino (Bolonia, 79 años) se parece muchísimo a Max Fridman, su emblemático personaje, uno de esos que te acompañan toda la vida y que ha sido descrito como ambiguo, sfumato, introverso. Es cierto que Giardino tiene el pelo y la barba blancos y no pelirrojos como su detective y espía, exagente de los servicios secretos franceses, la Firma, pero la sensación es que hemos ido a parar a una página de uno de sus álbumes y está a punto de comenzar una gran aventura.

El historietista, del que acaba de publicarse en España la nueva peripecia de Fridman, Los primos Meyer (Norma, 2026), ambientada en la Viena de 1938 tras el Anchluss, la anexión de Austria por la Alemania nazi, y en la que comienzan a aplicarse las leyes contra los judíos, lleva paseando hasta una terraza tranquila, apartada de la zona más turística, en la que pedimos unos refrescos. “Me parezco, sí”, concede Giardino, pero nunca tuve el cabello como él, ni los ojos azules”. Ni habrá sido espía. “¡No!, pero al igual que Fridman no soy alto: quise hacerlo así a propósito, reivindicar a los hombres que no tienen una gran estatura. En todo caso en lo que me asemejo es en el carácter, la forma de hacer según las circunstancias, y en que a ninguno de los dos nos gusta para nada la violencia, aunque él a veces se ve obligado a emplearla”.


Max Fridman con Myriam Meyer, en una viñeta del nuevo álbum de Vittorio Giardino.

Admirador de Piero de la Francesca y de Moebius, Giardino, que muestra una desbordante afabilidad (ha departido con un griego que ocupaba la mesa de al lado, explicándole una estancia en la isla de Tinos y diciéndole que no entiende que les caigan bien los italianos, con todo lo que perpetraron en Grecia), recuerda con cariño el tiempo que pasó en Barcelona cuando hizo ¡No pasarán! (edición integral en Norma, 2025) en el que Fridman regresaba en octubre de 1938 a la España de la Guerra Civil —donde ya había estado como miembro de las Brigadas Internacionales, en la Brigada Garibaldi—, en busca de un camarada desaparecido. “Tengo buenos amigos en la ciudad, como Laura Pérez Vernetti, que cuando empezó vino a Bolonia para enseñarme su trabajo y pedir consejo; yo le dije que no lo necesitaba para nada, que era muy buena ya. Barcelona está en mi corazón. Me encanta el Mercado de Sant Antoni, donde se venden libros y tebeos viejos y todo el mundo puede llevar los suyos, maravilloso, y Barcelona tiene el mar; una de las alegrías que puede tener uno es elegir dónde vivir, pero en realidad en Barcelona me habría distraído demasiado para trabajar”. En Bolonia tenían a Umberto Eco. “Nos cruzamos varias veces. Eco tenía una curiosidad por todo, yo también. Mi mujer dice que cuando salgo de casa siempre vuelvo con algo que contar. Ah, el mundo es tan variado y sorprendente. Y la lectura: sin libros estoy perdido”.

Uno de los álbumes fundamentales de Giardino, de 1982, es el legendario Rapsodia húngara (Norma, 1984) el debut de Fridman, que transcurre en Budapest, a principios de 1938, en medio de las intrigas previas a la Segunda Guerra Mundial. “He visto la ciudad en formas muy diferentes, la primera vez era aún estalinista y la atmósfera de mucha prudencia. Luego he vuelto y he observado grandes cambios, se comprendía que había llegado la libertad pero también lo peor del capitalismo. De los viejos negocios de Budapest solo quedan las vitrinas y dentro son boutiques de cadenas como en el resto de Europa. Eso sucede en todas partes, la homogenización no me gusta”.

Del bar en el centro, Giardino lleva hasta su casa y la conversación continúa en su despacho. En las estanterías se agolpan los libros de referencia para su trabajo (por ejemplo The great spy films) y recuerdos como una pipa que remite a las de Max Fridman y a que el propio autor fumaba en ese formato. También una serie de automóviles y motos de época en miniatura como los que salen en sus libros. En una pared cuelga un mapa de Europa. En la mesa de trabajo (“Todos mis libros los he dibujado aquí encima”, dice) descansan los útiles de dibujo (lápices, pinceles, plumas, tinta) y unas páginas que está dibujando y en las que aparece un joven Fridman.


Giardino, dibujando a su personaje de Max Fridman en su casa en Bolonia.

¿Cómo definiría a Fridman? “Es el aventurero prudente”. A veces puede parecer muy frío. “Ah, eso es complicado. He puesto mucho mío. La importancia de las relaciones familiares, tiene una mujer, una hija, como yo tengo esposa, dos hijos, tres nietos”. Vive varias aventuras sentimentales (Etel Möget, la Magda Witnitz de La puerta de Oriente, Myriam Meyer). “Sí, pero no es un 007, en realidad, cuando uno está en una verdadera situación de tensión, en peligro, no piensa en términos de erotismo, aunque a alguno le puede estimular la libido. Me gustaría escribir algo así, pero no soy capaz, también me gustaría ser más irónico, pero no me sale. Probablemente es por que soy un ex ingeniero electrónico, ¿sabe?, bueno, sigo siendo ingeniero. Tengo la cabeza de ingeniero, ligada a lo concreto. Fridman tiene una parte de ese carácter. Me pregunto qué hubiera hecho yo en su situación, si hubieran venido a buscarme para hacer de espía, y luego una y otra vez, porque nunca te sueltan. Me gustaría creer que habría dicho basta muy pronto, y él, Fridman, es un espía muy reticente. Pero en fin, todos somos reclutables, a todos nos pueden captar”.

En Los primos Meyer vuelve al mundo de Rapsodia húngara, en este caso la aventura transcurre poco después (arranca en abril de 1938) y en la Viena nazi. “La misión es muy distinta, y lo es también la historia, que se compone en realidad de dos partes muy diferentes. La primera, en la que de Fridman no aparece, narra la historia de una familia burguesa judía sometida a la creciente presión de las leyes antisemitas, y la segunda, en la que entra el detective en misión privada para ayudar a escapar a los Meyer, es la crónica de esa huida peligrosísima. Para el lector apasionado de Fridman es una prueba que transcurran ochenta páginas sin él. Pero es que me interesó muchísimo esa situación de los judíos, que recuerda a lo que pasa hoy con los emigrantes a los que se quita sus derechos, como en los EE UU de Trump o en Italia. En España es distinto, de momento”.

Giardino señala cómo las medidas contra los judíos no llegaron de golpe, sino paso a paso, de forma que la gente se iba acostumbrando. “Eso me hizo pensar en que si Meloni hubiera decretado todas sus medidas anti emigración de golpe tras su victoria electoral hubiera habido reacciones de protesta, pero se ha ido haciendo progresivamente, como en el 38 en Austria con las leyes antisemitas”. En Los primos Meyer, con referencias a Freud, Kraus, Joseph Roth, Zweig o Musil y la reaparición del siniestro y pervertido agente Schmink de la Abwehr de los tiempos de Budapest ascendido a Oberst de la Gestapo en Viena, Giardino añade un prólogo conmovedor sobre lo que es llevar la vida en una maleta y unos apuntes históricos al final sobre la Conferencia de Evian de 1938, que tan poco hizo por aliviar la suerte de los judíos que trataban de emigrar para salvarse.


Viñetas de 'Los primos Meyer' de Vittorio Giardino.

NORMA EDITORIAL

El autor continúa: “Todos mis relatos de Fridman parten de algo que me ha impresionado. La Historia es un argumento que me interesa. Antes de hacer ¡No pasarán! descubrí que hacia el fin de la guerra española, en otoño del 38, durante la Batalla del Ebro, hubo un punto muerto y pareció que nadie podía ganar y se podría llegar a un compromiso. Entonces, en noviembre el ejército de Franco lanzó una ofensiva insospechada. ¿Dónde encontró la energía para ello? Hubo un pacto secreto de refuerzos militares nazis y fascistas a cambio del mineral español. Eso me hace pensar que tampoco hoy sabemos lo que pasa realmente entre bambalinas".

Giardino recalca que Los primos Meyer está hecha desde el ángulo de los judíos. “La mayoría de los protagonistas son hebreos, mi perspectiva es muy clara. Mi mujer es judía, así que mis hijos los son, y mis nietos. En ese aspecto, Fridman, que también es judío, es más pariente de mi mujer que mío. Muchas cosas las he tomado de la familia de mi ella, cuyos miembros vivieron experiencias similares”.

El autor toma un lápiz de la mesa, lo que permite ver sus dedos muy hinchados. “Sufro artritis deformante, pero me apaño. Además, no se dibuja con la mano sino con la mente”. El historietista añade otra lección del oficio: “Se empieza a dibujar por los ojos, siempre”. Lo ejemplifica dibujando el rostro de unos de los personajes de La familia Meyer, Myriam. “La mirada mueve el cuerpo, indica la posición que adopta”. Es fascinante, mágico, contemplar cómo va tomando forma la joven judía.

Giardino admira la forma de pintar de Piero della Francesca, que, recuerda, plasmaba detalles que no podía ver nadie, o casi nadie. Él lo hace también, como lo de que los libros que aparecen dibujados en sus viñetas sean títulos reales. “Dibujo para ser el señor de mi universo”, establece. “Mis historias las hago hasta el fondo”.

Una referencia fundamental al hablar del trabajo de Giardino es Hugo Pratt. “No era fácil ser su amigo. Pero tengo un gran recuerdo de él cuando en 1982 en Lucca me dio el premio Yellow Kid por Rapsodia húngara. Yo acababa de empezar a dibujar en serio en el 79 —mi esposa se había casado con un ingeniero y se encontró al lado de un fumettista- y me marcó muchísimo aquel premio. Era en un teatro y tuve que bajar al escenario desde el gallinero. Lo hice sin enterarme de nada, de la impresión. Los inicios fueron difíciles, me lo rechazaban todo. Me di tres años de plazo, y entonces llegó el éxito de Rapsodia húngara, en el momento exacto. Funcionó muy bien en Francia, y fue mi salvación. Siempre he pensado que mi carrera la guía la suerte no el mérito”.

Giardino mató una vez a Corto Maltés. “Sí, bueno, estaba trabajando en Rapsodia húngara en 1981 y me pareció natural rendir homenaje a Corto a través de Fridman. Los puse juntos en una taberna en Alicante en 1937, viendo flamenco. Y dibujé esa secuencia del fusilamiento en Málaga el 9 de febrero de ese año”. En las 9 viñetas —recogidas en el volumen de historietas cortas y perlas recuperadas de su carrera Tratti in salvo, un verdadero Giardino segreto— se ve cómo colocan a Corto, con su indumentaria típica, tabardo y gorra de marino, a otro hombre y a una mujer ante el paredón y un oficial franquista le ofrece un último cigarrillo. A continuación da la orden de disparar a un pelotón de tropas moras: “Puntate, fuoco!”, Crack! Fridman está entre los que observan la ejecución. “Pero no quedaba claro que lo hubieran matado”, señala Giardino. Por lo que dicen otros personajes de aquellas viñetas, que dudan de que se trate del auténtico Corto, es como el Emiliano Zapata de Elia Kazan. “Sí, precisamente, aquello de ¿se puede matar al viento?; seguramente al dibujar esas viñetas pensaba en el final de Viva Zapata”.

Hugo Pratt no parecía muy revolucionario. “No tenía ninguna conciencia política de joven. De mayor era muy anarco. Era un aventurero imprudente”. ¿Qué es lo que más le gusta de él? “De lo clásico suyo, todo. La balada del mar salado me parece maravillosa, Corto Maltés en Siberia. Pratt es el primero que elevó el cómic citando a escritores como Jack London, y con sus pasajes históricos y sus guiños al cine de aventuras. Comprendió que con el cómic se podía hablar de todo, y de cosas de adultos”. Tiene Pratt ese interés por la guerra y los soldados… “Su padre era militar, estuvo en la guerra de Etiopía con la milicia fascista. Hugo vio muchas cosas, vivió aventuras al final de la Segunda Guerra Mundial. Todo eso le influyó en su fascinación por los uniformes, las insignias; le gustaba la estética de lo militar y no tanto la guerra. Yo odio todo eso, no lo soporto, los regimientos, las enseñas, los distintivos, las máquinas de guerra”. Ciertamente, Giardino demuestra que no es un obseso de la exactitud militar colocando tanques alemanes King Tiger en el Anchluss al final de Rapsodia húngara, seis años antes de que se construyeran...


Vittorio Giardino, en su estudio en Bolonia.

Aparte de Fridman —al que su creador imagina en el cine con los rasgos de Spencer Tracy, Al Pacino o Robert de Niro—, Giardino tiene mucha otra creación, la mayoría publicada en España por Norma: la serie de álbumes de su primer personaje (1979) el detective Sam Pezzo, un carácter clásico de la novela negra que trabaja en Bolonia y en casos a veces muy humildes que no aceptaría un Sam Spade; la espléndida de Jonas Fink, el joven judío de Praga de los años cincuenta cuya vida se resigue en paralelo a la historia de su país y de cuatro álbumes, o Little Ego, de 1983, homenaje en clave erótica al Little Nemo de Winsor McCay.

También Vacaciones de ensueño, una colección de 13 historias que transcurren en diversos lugares del mundo (Marruecos, Capri, Tanzania, Venecia, las islas griegas) unidas vagamente por la noción de vacaciones y unas tramas en las que dominan el thriller y un concepto inquietante y perverso de las relaciones sentimentales. “Son historias más ligeras, algunas resultado de encargos, quería descansar un poco de Fridman y las otras series, necesitaba hacer algo que pudiera acabar rápido”. Hay algo muy sensual en esas historias, en las que aparecen mujeres muy seductoras. “Esa es otra razón más secreta de estas historias: me gustan las mujeres, y también dibujarlas, aquí son más abundantes y omnipresentes que en Fridman. Me divierte mucho dibujarlas”. Milo Manara sostiene que lo más difícil de dibujar de una mujer desnuda es la mirada. “Estoy de acuerdo, es la mirada porque el cuerpo es mudo y no habla, y la mirada sí. Mis mujeres pueden no ser bellas pero tienen una mirada. A Milo lo conozco bien, le critico esa manía de dibujar personajes con caras conocidas, como el Marlon Brando de su adaptación de El nombre de la rosa. La diferencia entre su erotismo y el mío es que yo soy más soft. Milo es buenísimo dibujando relaciones imposibles, yo no, yo estoy convencido de que el acto sexual es maravilloso para el que lo vive pero fastidioso para el que lo ve. Es algo repetitivo y aburrido de representar. Lo emocionante es el resto, las seducciones, pero el acto en sí es un diseño muy igual. Las particularidades anatómicas no me dicen gran cosa". ¿Y Little Ego? “Mi intención fue poner ironía y erotismo juntos y homenajear a un clásico”.

Giardino tiene buen recuerdo de Guido Crepax. “Era más amistoso que Pratt y su mujer exactamente igual a su personaje de Valentina. No sé si era él o Manara el que decía que si haces una foto a una mujer desnuda es pornografía pero que si la dibujas en la misma posición es erotismo, y no es del todo mentira. Puedes tener montones de cómics eróticos en casa sin avergonzarte, nadie te lo reprocha”.

Sorprende que entre lo que más valora Giardino del cómic esté… el Pato Donald. “Soy un gran amante y admirador de Paperino, como lo llamamos nosotros; Donald, creado por Carl Barks para Disney, me parece la quintaesencia del cómic. Es cómic 100 %. No es un pato, es una abstracción pura. Le hice un homenaje en una de mis mejores historias, A Nord Est di Bamba Issa”. En cambio, a Giardino no le gusta el wéstern. “He hecho alguna cosa aunque nunca una historia entera, porque no sé dibujar caballos; podría aprender, cierto, pero el wéstern me resulta poco verosímil”. ¿Tintín? “Me parece muy tradicional en trama y estilo, encuentro el contenido artístico del Pato Donald superior”.


El Pais



Come Yuca Victor Aparicio Camaleón/Malasombra


Si buceáramos en las profundidades del remoto Madriz, con el radar puesto de detectar supervivencias, nada nos resultaría menos coyuntural de rescatar, de tan enardecido pasado, que las aportaciones de Víctor Aparicio. Otros fueron mejores (quizá), otros rompieron mas, pero lo que se dice fuera de la coyuntura, el que mas, Víctor: Puede coincidir en la época con un cierto revivir de lo castizo y de lo latino, por lo propio, por aquel darse cuenta al final de que la cultura nativa, rancia, callejera, madrileña, existe y vale un puñao.

Pero Víctor hacía gracia entonces y hace gracia ahora.

Gracia como la tiene que hacer un historietista, presentando las situaciones desde el punto de vista que a ti se te ha pasao por ir de mal humor, regocijándose en las paradojas y quitándole peso a la gravedad de las tragedias. Y sacando las cosas de la calle y de la noche, que es donde la gente vive y hace chistes, cuenta penas o le pasan cosas. Las mil y una peripecias de toparse con la realidad al salir a ganarse el cocido.

El humor de Aparicio además, normalmente, no se queda en terminar el chiste sino que la situación le da para moraleja. Lo estupendo, lo ligero que resulta es que no parece Dios Padre el que nos suelta la charla, sino algún diablillo cabroncete escapado del frenopático de Pedro Botero, que es donde deben tener a los cuerdos a los que se les ha quitao el miedo.

Y ademas, Víctor dibuja que no es normal. De los que parece que nació sabiendo. Le ves de todo y de todos metido entre sus rayas y manchas pero no es nadie de ellos, les ha copiao muy poco.

Todo le sale con su aquél. Es seco, es envarado, es esquemático, es sencillo, pero si lo miras mas rato, ni de coña son incapacidades. El tío recorta, quiebra, planta y manda y consigue un registro de expresividad de tebeo como los de antes. pero con dibujo que, encima, es moderno.

Las historietas que nos traen, de nuevo los de Malasombra/Camaleón, en esta especie de cruzada porque no se pierda lo escaso de valioso que hemos tenido, son pocas y de diversas épocas, aunque esencialmente dos: mediados ochenta y mediados noventa.

Pocas, porque si te quedas con buen rollo siempre quieres más y también porque Víctor, como otros ya ilustres comedores de yuca, no nos han regalado tampoco tantas.

Y las épocas, no es que se noten en mucho más que el fondo negro o blanco. En la del grupo musical. que es actual, se ve que no ha perdido gracia ni ojo arrabalero.


Las primeras, en una o dos páginas, nos recuerdan esa época de africanos por la Gran Vía y garitos de salsa caribeña en liberal remix con madrilenismo gamberro. Las lecciones que imparte la parca las adereza Víctor con pasadas mortadelarias sin cortarse ni un pimiento. Te mete al destino por paradojas y a veces es para bien y otras para bastante mal. Ni toma partido ni se ablanda por unas hostias, que no hay que olvidar, por si no lo he dicho, que tratamos con humor negro, aunque lo pinte un latino.

De las de segunda época, me sobra la doble página sin viñetas y con chistes sueltos. Le falta su punto. Es mi opinión. El experimento a lo Little Lady Lovekins and the Old Man Muffaroo (ver la Historia de los Comics del Toutain pa la referencia), la verdad es que para el esfuerzo que cuesta no le veo que aporte mucho sobre la idea original que le limita más que permitirle cosas. El resto me gustan todas y echo de menos más páginas.

Lo que sí que sería interesante. en relación con esta colección, es que todos estos dibujantes que rescatan pudieran seguir trabajando en lo suyo y no se quedara, como tantos capítulos de la cultura autóctona, en anécdota de cuatro que valían y uno que se murió.

Enrique Vela


U, el hijo de Urich #11 julio 1998


sábado, 28 de marzo de 2026

La primera y última moneda

Una imparable amenaza llegará del espacio exterior, y tan solo hay un pato capaz de vencerla


José Luis Vidal

24 de marzo 2026 


Aún recuerdo a aquel niño que comenzó leyendo tebeos: las locas peripecias de dos locos agentes de una organización secreta, las increíbles aventuras de héroes de coloridos uniformes en un universo compartido… Pero, un buen día, en su aparato de televisión apareció un anuncio que le llamó la atención.



Ficha
Marvel Disney 4. El Tío Gilito: El pato más poderoso de la Tierra.

Guion: Jason Aaron

Dibujo: VV AA

Tapa blanda

Color

96 págs.

11 euros

Panini Cómics


Ya conocía a aquellos personajes porque había disfrutado de sus historias tanto en el cine como en la pequeña pantalla. Un colorido mundo protagonizado por animales antropomórficos.

Y ahora llegaba a todos los quioscos los cómics protagonizados por Miki, Donald, Los jóvenes Castores, Goofy, Los Apandadores… y, cómo no, el Tío Gilito.

Durante un buen montón de años, con la paga que le daban sus padres, pudo comprar la dosis semanal de emoción y aventura. Por si esto no fuera poco, en las librerías del lugar comenzaron a aparecer diferentes manuales, en los que esos personajes nacidos de la imaginación de Walt Disney, trataban temas de lo más útil y práctico si querías parecerte y vivir en la naturaleza como el trío de sobrinos de Donald o el enmascarado Patomas.

Así pasó el tiempo, y aquel chico creció, y otras historias llenaron sus horas de lectura. Hasta ahora, en la que a sus manos llega la que puede ser considerada la GRAN aventura protagonizada por el muchimillonario pato, que dentro de su enorme casa, reconvertida en una colosal caja fuerte, guarda su incontable fortuna, esas brillantes monedas a las que gusta lanzarse y nadar, disfrutando del placer de contarlas una y otra vez.

Pero lo inesperado sucede, y en el cielo aparecen unas extrañas naves de las que desciende un auténtico ejército de robots comandado por Los Conocedores, una raza alienígena que llega al planeta para arrebatarle a sus dueños todas las obras de arte y demás objetos valiosos que encuentre sobre la faz de La Tierra.

Y hablando de valor, no podían dejar pasar el dinero, claro está. Las monedas que Gilito ha ido acumulando a lo largo de los años, y que con tanta fiereza vigila.

Justo aquí comienza una peripecia en la que conoceremos a su protagonista y las mil caras que ha tenido a los largo de la historia, y se iniciará una carrera contra reloj en la que los malvados aliens y sus robots (que por cierto, funcionan con monedas) tratan de arrebatar a Gilito toda su fortuna.

El vaquero de las tierras yermas, el capitán del Cutty Sark, el señor del castillo McPato, el rey del Klondike, el limpiabotas con más agallas de Dublín… Recorreremos los pasillos del tiempo para conocer sus vivencias y, claro está, el as en la manga que Tío Gilito posee, y que hará que la balanza se incline hacia los habitantes de Patolandia.

Al frente de esta gran aventura, uno de los mejores guionistas del panorama norteamericano, Jason Aaron, que estará acompañado por una auténtica legión de dibujantes, la mayoría venidos de Italia, entre cuyas filas podremos disfrutar del trabajo de Esad Ribic, Pete Woods, Nick Bradshaw, Mirka Andolfo, David Lafuente…


Diario de Cadiz



viernes, 27 de marzo de 2026

El Demonio Rojo Mauro Entrialgo La Cúpula


Miércoles, 20 de mayo. Al filo de la media noche. Mientras escribo esto, hay un montón de monos en las calles que se dedica a ir de un lado para otro, accionan de forma compulsiva el claxon de sus coches, gritan no sé qué consignas. Se ha preparado para mañana, dicen, un gran Desfile de la Victoria que colapsará probablemente la ciudad. Un entusiasmo suicida caldea la atmósfera (las tormentas diarias constituyen, además, telón de fondo ideal para el Apocalipsis, con su seco látigo de ozono y su arrebato de agua tibia). Cualquiera diría que hoy se ha acabado el paro, que se ha descubierto una vacuna universal, algo trascendental para la especie humana. La alegría incendiaria se debe, sin embargo, a algo relacionado con el fútbol. El motor de la Nueva Europa.

Personalmente, en días como el que se avecina, en noches como la de hoy, preferiría poder emigrar a Urano, por ejemplo, y quedarme por allí hasta que el sol se enfríe (o hasta que al imbécil arrogante subido a los hombros de la pobre, muda Cibeles, le crezca un cerebro). Ante la imposibilidad del exilio, el último refugio bien puede ser la lectura de El Demonio Rojo, otro álbum del multinstrumentista Mauro que recopila esta vez las páginas que de su célebre personaje han ido apareciendo en El Víbora durante los últimos cuatro años, además de las tiras de Jorge y Blanca que publicó El País durante el verano de 1995. La televisión apagada, las ventanas cerradas para no escuchar los aullidos (y por si los botes de humo, que esa es otra).

Y unas risas a costa de unos personajes que demasiado a menudo se comportan como gente muy cercana, como nosotros mismos. Risas cálidas, por lo tanto, de reconocimiento.

Mauro Entrialgo, uno de los historietistas más ubicuos y activos del planeta, lleva ya un buen puñado de años desarrollando su personal universo de vidas cruzadas en distintas cabeceras y formatos. Amante del disparo de precisión y la frase brillante, cultiva como pocos el gag de una página (con un pulso que a uno le recuerda un poco a la vieja escuela terrorista de Bruguera, salvando las muy considerables distancias), apoyado siempre en unos diálogos elementales, a menudo brillantes. y en la gestualidad naif de sus muñecos de trazo blando, en su talento para una suerte de caricatura amable de tipos universales.

Lo que diferencia su trabajo del de otros compañeros de viaje menos afortunados (pienso en Rabo, por ejemplo, pero también en tmeos y comictivos varios, practicantes del tiro con perdigones y sal muy gruesa) es la creación de personajes y su fidelidad a los mismos. A lo largo de los años, hemos aprendido a reconocer y apreciar las distintas personalidades de Drugos y Rafa, de Blanca y Atomo, de Tyrex, les hemos seguido en sus idas y venidas (o más bien hemos podido disfrutar de sus varias vicisitudes gracias a las distintas recopilaciones que arqueólogos como El Pregonero o TMEO han ido poniendo en la calle), los hemos hecho un poco nuestros, como hacemos nuestros a los personajes de nuestra telecomedia preferida.


(De hecho, es precisamente eso lo que Mauro va poco a poco desarrollando en sus páginas: una fragmentaria, demencial comedia de situación que algún día podremos recuperar como cuaderno de bitácora de lo que fueron las dos últimas décadas del siglo XX, una suerte de minúsculo y personalísimo ejercicio de antropología pop que no abandona en ningún momento su vocación de comedia de costumbres: su vocación, en última instancia, y eso es lo que de verdad importa, de comedia.)

Habrá quizá gente que no acabe de entender mi insistencia en la naturaleza humorística del trabajo de Mauro, porque sigue existiendo una cierta resistencia a considerar el humor algo serio (valga la paradoja). Podríamos irnos por la tangente y hablar de sus cualidades como historietista (que las tiene, y no pocas: insisto en su capacidad para la construcción del gag de una página, que es una cosa muy difícil que empezó a cultivarse allá por los albores del medio, hace ya, dicen, un siglo, y que gente como Vázquez o Coll convirtieron en nuestros viejos tebeos en un auténtico arte de equilibrios y poesía; no esta Mauro, aun, a su altura, pero es de los que mas se acercan a alguna plancha afortunada; más al primero, desde luego, que al segundo, que continúa a años luz de todos), pero es que el humor (también el de Mauro) forma una parte esencial de lo que quiero entender por cultura. Reir los chistes mínimos (afilados en ocasiones como bisturíes) de este álbum nos aísla, durante unos momentos preciosos, del ondear frenético de banderas en que este país va convirtiéndose día sí y día también.

Cuando este verano vayan llenándose las calles abrasadas de tristes imágenes de escayola paseadas en pías danzas de la lluvia, volver a las páginas premeditadamente livianas de Mauro Entrialgo tendrá el sabor picante de la disidencia. (Leer va siendo, de cualquier forma y cada vez más, un puro disentir. Reír lo fue siempre.)

(La Cúpula inicia con este libro una nueva colección bajo la cabecera genérica ; ¡Me Parto! en la que darán cabida a gente como Alvarez Rabo, König, Wolinski.. Bienvenida sea esta iniciativa de álbumes baratos que recopilan obra dispersa y por tanto difícil de recuperar, y que además reivindican la historieta humorística por sí misma, en lugar de como relleno de paginación.)

francisco naranjo

[También La Factoría acaba de publicar como primer número de su colección Piscolabis un cuadernillo titulado El efecto solomillo. que recopila materiales diversos obra de Mauro.]

U, el hijo de Urich #11 julio 1998


Todos los trabajos son para él…

El día a día en Metrópolis se le suele complicar a menudo al Hombre de Acero


José Luis Vidal

25 de marzo 2026 


En este décimo volumen de la colección dedicada a la etapa de John Byrne y Cía al frente de la colección de Superman hay un elemento narrativo común en casi todas las historias. Habitualmente, estamos acostumbrados a que el Hijo de Krypton se vea las caras con peligrosas amenazas que, o bien provienen del espacio exterior, o de las terribles maquinaciones de sus letales enemigos, aquí en nuestro planeta.


Ficha

Biblioteca Superman 10

Guion: John Byrne, VV AA

Dibujo: John Byrne, VV AA

Tapa blanda

Color

176 págs.

16 euros

Panini Cómics


Pero si a algo nos acostumbró Byrne en su redefinición del icónico personaje, fue que de lo cotidiano también se pueden extraer buenos relatos, y como os decía, dentro de este tomo hay varios ejemplos.

A lo largo de estos números, Byrne estará acompañado por otros talentos del comic-book norteamericano como Jerry Ordway, Paul Kupperberg, Ty templeton, Karl Kesel, John Beatty, Ross Andru Y George Pérez. Y junto a ellos, vamos a sumergirnos en algo tan cotidiano como disfrutar de una tarde noche en la feria.

Junto a Jimmy Olsen, Cat y su hijo, Clark recorrerá las diferentes casetas del lugar. Pero claro, el peligro siempre acecha en los lugares más inesperados, esta vez en forma de descontrolado paquidermo.

Pero esto no será nada comparado con la sesión del mentalista Milton, que segura estar poseído por un alienígena… ¿Verdad o mentira?

También la política tendrá también cabida en estas páginas, como la llegada a Metrópolis del ministro de un país árabe, Qurac, que no tiene muy buenas intenciones.

Este hecho, unido al secuestro de un portaviones norteamericano por un grupo terrorista bautizado como 'Los ángeles de Alá', hará que la situación en la urbe se torne harto complicada.

Pero tal vez, la más loca de las historias que contiene este volumen es en la que la ciudad se verá azotada por una serie de inexplicables bromas, cometidas todas ellas por nada más y nada menos que Oswald Loomis, el Bromista. Un tipo este de sonrisa perenne. Pero no os equivoquéis, ya que puede convertirse en alguien muy peligroso…

Y así, saltaremos de una historia a otra, como el misterio de un Superman que de pronto tiene el cuerpo de un robot; o el malvado plan de Lex Luthor que implica al curioso grupo formado por los Metal Men, pasando por la presencia de Silver Banshee en la ciudad, que está buscando algo…

Y así, mucho más, y mejor.

Todo esto en una etapa que ya forma parte de la historia de los cómics, y que gracias al talento de John Byrne como dibujante y guionista aportó varios granos de arena para hacer que Superman se convirtiera en el icono que es hoy en día.


Diario de Cadiz



jueves, 26 de marzo de 2026

Claus & Simon en Hollywood Santiago Arcas/Daniel Acuña La Cúpula




El título que nos ocupa supone el estreno profesional de Santiago Arcas (Cartagena, 1974) y Daniel Acuña (Aguilas, 1974), dos licenciados en Bellas Artes que actualmente residen en Barcelona. Este joven equipo artístico se dio a conocer en el fanzine murciano El Tío Saín, para cuyas páginas crearon a los protagonistas de este volumen. Con ellos ambos autores quisieron dar forma a una pareja de personajes-actores a los que situar en épocas y circunstancias diferentes, ya sean estos el Polo Norte en los albores del siglo XX o. como es el caso, el Hollywood que vio medrar el cine sonoro en detrimento de las películas mudas.

Para esta primera entrega de lo que se pretende sea una serie. Santiago ha desempeñado la función de guionista y dibujante de un storyboard que Daniel se ha encargado de plasmar en el papel. Aún por confirmar, Hernán Migoya nos ha comentado la posibilidad de publicar un especial de 52 páginas ambientado en el siglo pasado. En él se narrarían las peripecias de Claus y Simon durante una travesía marítima. Esperamos que estos proyectos se concreten y Arcuña Productions continúe ofreciendo obras de calidad pareja a la aquí comentada.

En Claus & Simon en Hollywood Arcas y Acuña recrean el esplendor, las miserias y los excesos de una época en la cual las grandes productoras cinematográficas estadounidenses hacían negocio a la vez que ofrecían espectáculos intemporales. En su empeño aportan unas dosis de añoranza, ensoñación y magia equiparables a las vertidas por Stanley Donen y Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia y que denotan una idolatría por los artífices de aquella fábrica de sueños no exenta de desmitificación.

Ofrecen un producto que, en la línea de las mejores comedias, al finalizar deja a su consumidor en un estado de agridulce meditación. En las 32 páginas de esta perla desfilan meritorias en busca de su primer papel, astros en ciernes, estrellas resplandecientes.

ajadas glorias que han visto apagarse su brillo, figurantes que nunca saldrán del anonimato, eternos actores de reparto, espiritus pragmáticos que siempre se han adaptado a las vicisitudes, seres derrotados por la realidad, figuras cuya actitud en la vida real contrasta con la imagen que de ellas se proyecta en la pantalla... En definitiva, personalidades de carne y hueso fácilmente reconocibles tras el supuesto anonimato del juego de identidades ficticias propuesto por guionista y dibujante. Todo este "reparto" se pone al servicio de un argumento que hace de la sencillez esa virtud a menudo perdida en vacuos juegos de artificio y "recita" unos diálogos fluidos, nada impostados, que colaboran a lograr la definición de cada personaje. Un guión que tan sólo muestra una mácula destacable: el comentario redundante vertido por Dalton Fassbender tras conocer el contenido de la nota del suicida.

El dibujo de Daniel Acuña no desmerece la labor de Santiago Arcas. Las planchas hacen gala de una secuenciación y elección de planos inteligentes; nos enfrentan a una planificación meditada y madura que revela reflexión y habilidad narrativa por parte de sus artífices. Dado el sistema de trabajo seguido por los miembros de Arcuña Productions, imaginamos que el mérito de la puesta en escena deben compartirlo al alimón. Por otra parte, el estilo gráfico, preciosista y sencillo, se convierte en una herramienta más de ambientación al tiempo que el trabajo de las expresiones faciales se acopla a los diálogos para caracterizar los personajes. Incluso aquellos que, como los periodistas de la primera página, mantienen una presencia tangencial pero importante para situar al lector. Esa preocupación por crear la atmósfera adecuada a la epoca retratada ya se hace evidente desde una portada deliciosa donde tipografía e ilustración se cuidan de remedar un cartel cinematográfico del momento. Claus & Simon en Hollywood: una sorpresa muy agradable.

Eduardo García Sánchez


U, el hijo de Urich #11 julio 1998