Miércoles, 20 de mayo. Al filo de la media noche. Mientras escribo esto, hay un montón de monos en las calles que se dedica a ir de un lado para otro, accionan de forma compulsiva el claxon de sus coches, gritan no sé qué consignas. Se ha preparado para mañana, dicen, un gran Desfile de la Victoria que colapsará probablemente la ciudad. Un entusiasmo suicida caldea la atmósfera (las tormentas diarias constituyen, además, telón de fondo ideal para el Apocalipsis, con su seco látigo de ozono y su arrebato de agua tibia). Cualquiera diría que hoy se ha acabado el paro, que se ha descubierto una vacuna universal, algo trascendental para la especie humana. La alegría incendiaria se debe, sin embargo, a algo relacionado con el fútbol. El motor de la Nueva Europa.
Personalmente, en días como el que se avecina, en noches como la de hoy, preferiría poder emigrar a Urano, por ejemplo, y quedarme por allí hasta que el sol se enfríe (o hasta que al imbécil arrogante subido a los hombros de la pobre, muda Cibeles, le crezca un cerebro). Ante la imposibilidad del exilio, el último refugio bien puede ser la lectura de El Demonio Rojo, otro álbum del multinstrumentista Mauro que recopila esta vez las páginas que de su célebre personaje han ido apareciendo en El Víbora durante los últimos cuatro años, además de las tiras de Jorge y Blanca que publicó El País durante el verano de 1995. La televisión apagada, las ventanas cerradas para no escuchar los aullidos (y por si los botes de humo, que esa es otra).
Y unas risas a costa de unos personajes que demasiado a menudo se comportan como gente muy cercana, como nosotros mismos. Risas cálidas, por lo tanto, de reconocimiento.
Mauro Entrialgo, uno de los historietistas más ubicuos y activos del planeta, lleva ya un buen puñado de años desarrollando su personal universo de vidas cruzadas en distintas cabeceras y formatos. Amante del disparo de precisión y la frase brillante, cultiva como pocos el gag de una página (con un pulso que a uno le recuerda un poco a la vieja escuela terrorista de Bruguera, salvando las muy considerables distancias), apoyado siempre en unos diálogos elementales, a menudo brillantes. y en la gestualidad naif de sus muñecos de trazo blando, en su talento para una suerte de caricatura amable de tipos universales.
Lo que diferencia su trabajo del de otros compañeros de viaje menos afortunados (pienso en Rabo, por ejemplo, pero también en tmeos y comictivos varios, practicantes del tiro con perdigones y sal muy gruesa) es la creación de personajes y su fidelidad a los mismos. A lo largo de los años, hemos aprendido a reconocer y apreciar las distintas personalidades de Drugos y Rafa, de Blanca y Atomo, de Tyrex, les hemos seguido en sus idas y venidas (o más bien hemos podido disfrutar de sus varias vicisitudes gracias a las distintas recopilaciones que arqueólogos como El Pregonero o TMEO han ido poniendo en la calle), los hemos hecho un poco nuestros, como hacemos nuestros a los personajes de nuestra telecomedia preferida.
(De hecho, es precisamente eso lo que Mauro va poco a poco desarrollando en sus páginas: una fragmentaria, demencial comedia de situación que algún día podremos recuperar como cuaderno de bitácora de lo que fueron las dos últimas décadas del siglo XX, una suerte de minúsculo y personalísimo ejercicio de antropología pop que no abandona en ningún momento su vocación de comedia de costumbres: su vocación, en última instancia, y eso es lo que de verdad importa, de comedia.)
Habrá quizá gente que no acabe de entender mi insistencia en la naturaleza humorística del trabajo de Mauro, porque sigue existiendo una cierta resistencia a considerar el humor algo serio (valga la paradoja). Podríamos irnos por la tangente y hablar de sus cualidades como historietista (que las tiene, y no pocas: insisto en su capacidad para la construcción del gag de una página, que es una cosa muy difícil que empezó a cultivarse allá por los albores del medio, hace ya, dicen, un siglo, y que gente como Vázquez o Coll convirtieron en nuestros viejos tebeos en un auténtico arte de equilibrios y poesía; no esta Mauro, aun, a su altura, pero es de los que mas se acercan a alguna plancha afortunada; más al primero, desde luego, que al segundo, que continúa a años luz de todos), pero es que el humor (también el de Mauro) forma una parte esencial de lo que quiero entender por cultura. Reir los chistes mínimos (afilados en ocasiones como bisturíes) de este álbum nos aísla, durante unos momentos preciosos, del ondear frenético de banderas en que este país va convirtiéndose día sí y día también.
Cuando este verano vayan llenándose las calles abrasadas de tristes imágenes de escayola paseadas en pías danzas de la lluvia, volver a las páginas premeditadamente livianas de Mauro Entrialgo tendrá el sabor picante de la disidencia. (Leer va siendo, de cualquier forma y cada vez más, un puro disentir. Reír lo fue siempre.)
(La Cúpula inicia con este libro una nueva colección bajo la cabecera genérica ; ¡Me Parto! en la que darán cabida a gente como Alvarez Rabo, König, Wolinski.. Bienvenida sea esta iniciativa de álbumes baratos que recopilan obra dispersa y por tanto difícil de recuperar, y que además reivindican la historieta humorística por sí misma, en lugar de como relleno de paginación.)
francisco naranjo
[También La Factoría acaba de publicar como primer número de su colección Piscolabis un cuadernillo titulado El efecto solomillo. que recopila materiales diversos obra de Mauro.]
U, el hijo de Urich #11 julio 1998


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