lunes, 23 de marzo de 2026

La narración gráfica Will Eisner Norma



Hasta cierto punto es lógico que a la hora de valorar un trabajo firmado por una leyenda de la historieta como Will Eisner pese más su trayectoria anterior que la verdadera valía de la obra en cuestión y que, incluso cuando se hunde con todo el equipo (como en la nefasta adaptación de Moby Dick que publicó recientemente Norma) las pocas críticas que se han publicado sean del tipo "bueno, no está a la altura pero es un Eisner".

Pocos otros autores de historieta (vivos, claro está) se merecen más que el octogenario creador de The Spirit el haber alcanzado ese indefinible estatus de vaca sagrada ante la que no caben críticas.

Además, mientras otros dibujantes de su generación desaparecían para siempre del panorama editorial durante los años 80, incapaces de conectar con las nuevas generaciones de lectores o desencantados con un medio que nunca les dio tanto como ellos hubieran querido, Eisner se mantuvo al pie del cañón y supo reinventarse a si mismo y empezar a los 50 y tantos años una nueva -y aún más esplendorosa que la anterior- etapa en su carrera, dibujando novelas gráficas del calibre de Contrato con Dios o la excepcional Viaje al corazón de la tormenta.

Pero vayamos al grano. Si, como el mismo Eisner explica en la introducción del libro, en su anterior El comic y el arte secuencial, se ocupaba de "los principios, concepto y anatomía de los comics, así como de los requisitos del oficio", en su segundo libro sobre el lenguaje de la historieta pretende analizar "la misión y proceso de la narración mediante dibujos"

Tras una interesante introducción sobre el importante papel que puede jugar la historieta en un siglo XXI en el que la proliferación del uso de imágenes ha desplazado en muchos casos a la palabra, Eisner (apoyándose, como hará en el resto del libro, en una mezcla de prosa, ilustración e historieta) define qué es una historia, su función y explica las diferentes maneras en las que puede contarse dicha historia. El planteamiento de cada capítulo puede parecer interesante, pero, cuando el asombrado lector vuelve la página y se da cuenta de que los dos párrafos y las seis viñetas que ha leído hasta ese momento no son una introducción sino todo lo que tiene que decir Eisner sobre el tema, la sensación es, por no decir otra cosa, de absoluta perplejidad. Y el esquema de estos primeros capítulos es el que utiliza Eisner en el resto del libro: enuncia uno de sus teoremas durante unas pocas líneas (en algunos casos se trata de definiciones casi de diccionario, no sólo por su brevedad, sino por su concreción) y lo que viene a continuación es alguna de las 80 paginas (de un total de 164 que tiene el libro) de historieta, la mayoría del propio Eisner, que ilustran los conceptos anteriormente expuestos. Por poner un solo ejemplo, para ilustrar el proceso de identificación que puede llegar a producirse entre el lector y el protagonista de la historia publica una historieta de 26 páginas (en este caso reproducidas a una cuarta parte de su tamaño, para que en cada página del libro quepan cuatro páginas de historieta).

Pero el problema de La narración gráfica no es sólo su escasa densidad ni su levedad, sino que, al intentar explicar cuáles son la herramientas de las que dispone el historietista a la hora de trabajar, el tipo de historias que puede contar y los formatos que puede utilizar, Eisner cae en un error propio de aquellos teóricos que además de escribir sobre un medio son profesionales del mismo, y es, a veces de manera extremadamente ingenua, creer que la forma de hacer las cosas que ha elegido uno no sólo es que te funcione a ti, sino que es la más adecuada, la mejor, la ideal. Que existe una sola forma (la buena, o mejor dicho, la correcta) de, por ejemplo, emocionar al lector o de hacer que identifique fácilmente a los personajes. Y eso, en un libro con las ambiciones pedagógicas de éste me parece realmente grave.

Más aún cuando una y otra vez el autor demuestra un desconocimiento total de mil y una obras -y por tanto de formas de hacer- que podrían echar por tierra sus teorías (no quiero pensar mal y creer que las ideas de Eisner no son producto del estudio y la reflexión sobre el medio sino que existen de forma previa a cualquier contrastación práctica).

No dispongo de tanto espacio como para diseccionar todas y cada una de las teorías que expone Eisner en el libro (tampoco se trata de escribir un contra libro), pero hay tres o cuatro cosas sobre las que merece la pena detenerse.

"Las imágenes estáticas tienen limitaciones. Les cuesta articular abstracciones o pensamientos concretos" escribe Eisner en uno de los primeros capítulos. Este razonamiento, tan discutible como los que le siguen, le lleva a explicar que en la historieta es inevitable el uso de estereotipos, que son necesarios e inevitables, porque mientras que, por ejemplo, "en una película se dispone del tiempo necesario para mostrar a un personaje ejerciendo un trabajo" en un cómic sucede todo mucho más deprisa y si el protagonista es bombero más vale que salga con las botas y el casco puestos desde la primera viñeta.

No dudo que alguna de las características que Eisner cree propias de todo cómic no lo sean de, por ejemplo, las historietas cortas de humor, pero ¿seguro que para hacer buenas historieta hay que trazar rudimentarias equivalencias entre el aspecto de sus personajes y su valía moral (los guapos son buenos, los malos son feos, el héroes esta cachas, etc)? ¿Y dónde deja eso, sin utilizar ejemplos de dibujantes de manga, que sería lo más fácil, a aquellos historietistas que, como Dave McKean, ya que en este número hablamos de él, son capaces de utilizar 14 páginas (en el número 1 de Cages) para contar como un personaje sube por las escaleras hacia su piso?

¿Que dedican su carrera a crear personajes definidos, no por los rasgos que tienen en común con algún rancio esteoreotipo sino por los detalles que les dotan de singularidad? ¿Y al fotorrealismo de Alex Ross, de Luis García o del mismo McKean? ¿Y a las fotonovelas? ¿No existen, por fin, películas en las que los personajes están definidos de forma tan estereotipada como en "los comics según Eisner"? ¿Seguro que la caricatura, la búsqueda de la iconicidad, es la mejor forma de conectar con ese público mayoritario que adora el hiperrealismo en pintura y abomina del impresionismo y el expresionismo que predomina en la estética de los comics?



Como sabrán los lectores de Eisner, uno de sus características como historietista es, por utilizar un término cinematográfico, lo sobreactuados que están siempre sus personajes. Eisner no confía en el poder de los diálogos para transmitir información, y en sus tebeos los personajes se retuercen sobre sí mismos cuando sufren, y gesticulan como monos en una jaula cuando se alegran, son, en fin, como actores de cine mudo que aún no han comprendido que tras la llegada del sonoro a veces es mejor una frase, una mirada, que rasgarse las vestiduras dramáticamente para demostrar su desesperación. En este libro, Eisner convierte su peculiar forma de hacer en una nueva regla, olvidándose de que el mismo criterio aplicado a un dibujo algo más realista podría tener resultados desastrosos que bordearían incluso el ridículo. Como ridículo fue lo que hicieron los actores de cine mudo que no supieron adaptarse el sonoro. 

Quizá el apartado más demencial (y en el que Eisner demuestra mayores carencias) es en el que intenta explicar las influencias del cine en la lectura de historietas. Al comparar una página contada "imitando al cine" y una, al parecer, pura narración de cómic, descubrimos estupefactos que la narración cinematográfica se caracteriza por un mayor número de primeros planos y la de cómic por emplear más planos generales. Lo que parece simple y llanamente, es que Eisner ha dibujado una mala página de historieta (la de cine) y una buena y que, además, para facilitarse las cosas y conseguir que su ejemplo encaje ¡ni siquiera narran exactamente la misma acción! Reducir las diferencias entre uno y otro medio a una simple elección de planos, cuando el meollo del asunto, el hecho obvio de que una historia transcurre en el tiempo y la otra en el espacio, apenas se toca, hace sospechar una vez más que el libro es producto de una escritura muy, muy apresurada (además, todos sabemos que la misma escena en manos de directores tan distintos entre sí como Sergio Leone -que hubiera seguido más o menos la planificación de Eisner, sin ese lamentable plano del humo de la pistola ¡que sólo es posible en historieta! ¿cuándo habéis visto un disparo en una película representado por una nube de humo que flota en el vacío? - John Woo, Sam Raimi o John Ford hubiera dado resultados totalmente distintos; no olvidemos además que la elección de planos en uno o otro medio está condicionada únicamente por el componente dramático de la escena y no por la naturaleza intrínseca del medio, una de las pocas reglas comunes a ambos es que en algún momento durante el transcurso de una acción hay que mostrar un plano general para que el lector/espectador se ubique espacialmente, así que decidir de pronto que es algo más propio de la historieta es una arbitrariedad).

Por otra parte, adjudicarle al cómic una mayor capacidad de síntesis que al cine es una ingenuidad aún mayor (¿De qué cineastas e historietistas estamos hablando, de Kurosawa, de Saura, de Cameron, de Mauro, de Dave Sim, de Calatayud, de Todd McFarlane, de Tatsumi?). Y, de nuevo según Eisner "los directores de cine siempre encuentran ideas en el mundo del cómic", y sólo "el guionista de cómic es libre de inventar (...) de concebir máquinas que en la realidad no existen" .... Pero bueno ¿dónde ha vivido este hombre todos estos años?

En fin, dudo que un lector que haya profundizado mínimamente en los mecanismos de la narración gráfica (o que, simplemente haya leído muchos tebeos) vaya a sacar nada en claro de este libro que, dada la pobreza de su carga teórica y la torpeza con la que ésta está expuesta, parece indicado solamente para un público infantil.

Antes de empezar a escribir este texto se me pasó por la cabeza que quizá este libro pudiera significar para algún recién llegado a los tebeos lo que significó para mí que siendo aún un crío mis padres me regalaran Para hacer historietas, un librito publicado en España en 1981 por Editorial Popular escrito por el humorista peruano Juan Acevedo. Sin embargo, releyéndolo, me ha sorprendido que hasta este manual de bolsillo, creado para ser el libro de texto de un taller de historietas de un pueblo cercano a Lima, aborde con mayor profundidad los cómos y los porqués de la creación de historietas que el texto definitivo de uno de los creadores de cómic más importantes de todos los tiempos.

No hay que engañarse, si la materia del libro de Eisner fuera la narración cinematográfica no dudaríamos ni un momento en recomendárselo a lectores de básica. Sin embargo, aparte de que el libro cuesta casi 3.000 pesetas, me resulta imposible pensar que algún infante comiquero sea capaz de bregar con las historietas con las que ilustra sus ejemplos Eisner, en su mayor parte extraídas de sus álbumes de los 80, destinados inequívocamente a un lector adulto, o de clásicos como Príncipe Valiente, Terry y los piratas o Li'l Abner, que poco o nada pueden conectar con una sensibilidad infantil contemporánea.

Sí, hay algunos elementos aprovechables en el texto de Eisner (la explicación sobre el "tiempo" de los diálogos, por ejemplo) pero la superficialidad y la brevedad con la que están expuestos impide cualquier tipo de reflexión más sesuda que un condescendiente "ah, qué interesante".

Reducir un medio tan mestizo como la historieta, que ha sido tantas cosas y tan distintas entre sí a lo largo de su historia, a un serie de reglas inamovibles es empobrecerlo, infantilizarlo y mutilarlo. La historieta, como la literatura, la pintura o el cine, tiene sus propias especificidades, sus reglas, si queréis llamarlas así, y no dudo que resulte interesante estudiarlas, pero aun más interesante es comprobar cómo, desde el momento en el que se crearon, éstas han sido moldeadas, subvertidas e interpretadas de acuerdo a las necesidades de cada creador, que, en muchas ocasiones, desconocía incluso su existencia. Cómo, aplicadas de una u otra manera (en diferentes contextos y culturas) las mismas artimañas narrativas dan resultados bien distintos. Algo que sí estaba en el estupendo libro de Scott McCloud Así se hace un comic (Ediciones B) pero que Eisner o no ha sabido o no ha querido ver.

Una lástima. (Por cierto, en el apartado "Difusión electrónica" aparece publicada buena parte de la citada adaptación de Moby Dick. Según da a entender Eisner, ésta fue dibujada para ser editada como un CD-ROM, quizá eso explique la monótona planificación de las páginas, pensadas para ser "leídas" una a una en la pantalla de un ordenador acompañadas de sonido y música).

David Muñoz


U, el hijo de Urich #1 julio 1998


Maremagnum Miguel Angel Nieto/Enrique Ventura Planeta-DeAgostini



Entre las variadas injusticias históricas del medio, pocas hay tan sangrantes como la de Ventura y Nieto, escasamente paliada por aquel Gran Premio del Salón otorgado ya con el tándem roto y el dibujante cada vez más cerca del hastío que de las viñetas. La habitual adscripción de esta firma al género de humor o juvenil y la publicación mayoritaria en soportes como El Jueves ha enmascarado sistemáticamente la vigencia de una aportación ineludible. Por ello deviene tan afortunada la revisión que Planeta propone de este álbum de 1975, título emblemático del duo y claro ejemplo de esfuerzo creativo que excede a las pretensiones del medio que le cobija o de su publico destinatario: en este caso, ternos infantes v una revista del Movimiento; después, consumidores de un humor de usar y tirar.

Efectivamente, seria en la ya celebre revista Trinca - y previo rodaje con la serie Es que van como locos- donde causarían el estupor de sus directivos publicando este autentico maremagnum, por otra parte uno de sus relatos mas extensos hasta la techa. Fue después de las monjas progres de Molinete y antes del neurasténico Papus: concretamente entre 1972 y 1973, años de inquietud evidente donde Ventura y Nieto se sumaban a los afanes de otros autores de Trinca como Calatayud, Palacios o Victor de la Fuente por resquebrajar rigideces formales o ideológicas, al margen de las previsiones originales de la publicación. Obra primeriza y sin embargo madura, Maremagnum se muestra, paradójicamente, como germen y a la vez compendio; porque en ella se encuentra ya al Enrique Ventura plurimorfo del hallazgo visual constante y al Miguel Angel Nieto de la jocosa disonancia vital: también porque, incluso carente de la plena libertad expresiva por venir, traslucía va las claves de sus intereses estéticos y sobre todo éticos. Una autentica declaración de principios, no por candorosa menos pertinaz. Un decálogo de recursos gráfico-narrativos a explotar durante años por esta pareja de primos (en el buen sentido) cuyo modus operandi les revelo como cuerpo de trabajo bicéfalo de forma comanditaria.



No habrá muchos álbumes donde el protagonista muera en la segunda pagina. El engañoso western inicial de Maremagnum deriva desde semejante premisa hacia un estado de estrepitosa ucronía del que ya nunca se recupera y que, a golpe de macguffin, arrastra al lector al universo de bolsillo de los autores. Un universo que, por cuestión de principios, exprime los mas descarados tópicos hasta el espasmo. Para ello recurren al absurdo galopante, van del homenaje al pastiche y utilizan la sátira como defensa propia, también incluyen su particular mitomanía: personas y personajes fetiche como Buster Keaton, Mafalda, Little Lulu, Bertrand Russell y, sobretodo, sus máximos iconos ideológicos: San John Lennon y ese Groucho de sus amores, habitual y asumido alter-ego. No son los únicos recursos, con todo: el guiño multimedia. el metalenguaje, dosis de surrealismo, caricatura y, si, cierta poesía elemental son constantes de la marca Ventura y Nieto, presentes aquí como en el resto de su obra. Todo con un matiz pacifista y ecológico -también habitual en su trayectoria- y bañado por un espíritu anarquizante al que la coyuntura de la revista doto de un delicioso tono naïf, como de transgresión inocente, de gamberrismo inocuo. Lo que en ocasiones, eso si, remite en exceso a aquellos utópicos 70 ya trasnochados para la mirada escéptica de este fin de siglo. A nivel gráfico, Ventura adoptaba aquí un registro de humor con rastros de Bruguera, toques de Mad y cierto regusto francobelga del que se distanciaría paulatinamente para practicar ese dibujo camaleónico que le lleva del hiperrealismo al cartoon pasando por todas sus variaciones o permutaciones intermedias. Y no por inseguridad, ciertamente, sino por una suerte de inquietud plástica compulsiva. Igualmente nos deparaba filigranas con el montaje y el diseño, un amplio surtido de movimientos de cámara y de angulaciones e incluso efectos cinéticos o de profundidad de campo anteriores en décadas al uso de programas informáticos. Por no mencionar su paleta cromática, plena de narratividad y lirismo.

La lectura -o relectura- de Maremagnum equivale a zambullirse en una especie de constante Twilight Zone que mantiene una asombrosa coherencia dentro del caos. Son páginas de talento incomprendido en su día e infravalorado posteriormente, derrochado incluso, aunque fluyera casi como por inercia. Encaramado en aquel álbum, en breve, el propio Groucho podría clamar "Desde aquí, un cuarto de siglo nos contempla" o algo así. Porque se trata de un auténtico monumento, no lo duden: polvoriento puede, pero sólido y ejemplar:

Yexus


U, el hijo de Urich #11 julio 1998




domingo, 22 de marzo de 2026

Los Malditos

La Hora del Bocadillo


Abel Ippólito, recién nombrado académico de las Bellas Artes, nos regala una magnífica y cruda historia en el medio que mejor se mueve, el cómic



José Luis Vidal

22 de marzo 2026 


Las leyendas aún hablan de él. Aquel rudo monarca, Svlak. Llevó a la victoria a su pueblo en infinidad de luchas, empuñando su espada sin parpadear. A su paso, el rey dejaba un sendero de cuerpos sin vida, vitoreado por sus soldados, que lo miraban con admiración y, por qué no decirlo, cierto temor”.

Svlak era tremendamente estricto con las costumbres y ritos de su pueblo, no pestañeaba a la hora de cumplir con las ancestrales leyes, como por ejemplo la que dictaba la eliminación de aquellos recién nacidos que, una vez llegados a este mundo a manos de Baba Yaga, la hechicera del lugar, si estos mostraban algún signo de debilidad o enfermedad eran inmediatamente calificados como “malditos”.

El afilado puñal blandido por el rey daba cuenta de estas vidas, dejando a los padres del recién nacido sumidos en la más oscura de las desesperaciones, como en el caso de la mano derecha de Svlak, uno de sus mejores guerreros, Hamak. Este se hubiera lanzado de cabeza al mismísimo Infierno si su rey lo hubiera pedido, pero el dolor que sentirá por el sacrificio de su hijo hará que el argumento del relato dé un inesperado giro.

Y es que lo malo que tienen las leyes, los ritos, es que en algún momento te llegará tu turno de acatarlos. Y justamente esto es lo que le acontece a Svlak y su esposa que, tras varios intentos infructuosos, por fin queda encinta.

Lo malo es que el rostro de Baba Yaga reflejará la decepción cuando, tras un parto complicado, determine que el recién nacido es también uno de esos malditos…

Justo en ese instante, el apesadumbrado monarca deberá tomar una decisión que no será la que todos esperan, ya que en su lecho de muerte de su pareja deberá cumplir su último deseo.

Sin él saberlo, la leyenda comenzaría aquí, ya que su ausencia del lugar le convertiría en un auténtico misterio, marcado por un hecho dramático. Y tan solo Hamak sería el único que sospecharía que algo extraño había ocurrido, por lo que buscaría dentro de la tribu Volhojk a un compañero en su empeño de sacar a la luz qué había sucedido realmente con los desaparecidos Svlak, Baba Yaga y aquel bebé.

El resto de la historia nos sumerge en dos relatos que confluirán en algún momento. Por un lado cómo el rudo, y en momentos cruel rey, deberá aprender a aceptar lo que hasta ese momento para él era una monstruosidad nacida del vientre de su mujer. Un sentimiento, el de la paternidad, que irá creciendo poco a poco, a medida que el singular dúo viva un buen montón de peripecias y momentos de angustia.

Por otro lado, Hamak encontrará a Vook, un tipo enorme y al que le gusta disfrutar de todos los placeres que le da la vida, el complemento ideal a la hora de seguir el rastro del desaparecido monarca.

Ambos no cejarán en ningún momento en su persecución, que en algún momento deberá concluir, y lo hará de manera harto dramática.

Y hasta aquí puedo leer, prefiero dejar que los lectores disfruten de lo que acontece en este cómic tan magnífico, Kiwi, cuya primera parte llegó a nuestras manos mediante una campaña de crowdfunding en el 2018, y que ahora que ya por fin ha sido completada en un solo volumen integral, editada dentro de la línea dedicada al Noveno Arte de la revista Jot Down.

Drama, emoción, aventura, su pizca de humor, un arte que se sale de las viñetas en una historia que no podrás dejar de leer una vez la comiences, acompañando a estos carismáticos personajes, que nos llevan hasta una conclusión de lo más inesperada y sorpresiva.

En resumen, una gran obra de un magnífico autor como Ippólito que ha tardado varios años en concluir pero, como suele decirse, la espera merece totalmente la pena y tan solo queda felicitarle no solo por este trabajo sino también por su reciente y merecido ingreso en la Academia de Bellas Artes de Cádiz.

Y es que en Kiwi ha volcado todo su saber y su talento a la hora de narrar en viñetas la emocionante historia de un padre y su hijo, ese ‘maldito’ que nos va a enamorar en cuanto lo conozcamos.


Diario de Cadiz


Ikkyu Hisashi Sakaguchi Glénat



La publicación en España de la obra póstuma de Sakaguchi (hasta ahora conocido solamente por su obra Version, también editada por Glénat), debe suponer un motivo de enorme satisfacción para todos aquellos que han venido reivindicando un acercamiento al manga libre de los prejuicios, cuando no de falsas o malintencionadas informaciones, que han rodeado habitualmente al lector de historietas no acostumbrado al tebeo nipón. Un manga como este que nos ocupa - y no es el único ni el primero, por supuesto, que se edita en esta línea- debe contribuir decisivamente para que de una vez por todas se rompa el absurdo muro (falso y artificial) que separa a lectores y no lectores de mangas.

Ikkyu está basado en la biografía del Maestro Zen Ikkyu Sojun, que vivió en Japón entre 1394 y 1481, famoso, amén de por sus excentricidades, por sus continuas divergencias con las principales corrientes del pensamiento budista dominante.

Las numerosas anécdotas de su vida. recogidas fundamentalmente del acervo popular, han servido de base a Sakaguchi para trazar el perfil de su personaje. Este primer tomo comprende los primeros veinte años de vida de Ikkyu, hijo legitimo del emperador, y su iniciación en el camino del conocimiento budista, un camino que finalmente veremos lleno de dudas v dolorosas contradicciones. La obra -de dimensiones tan gigantescas como cualquier manga que se precie-, lejos de centrarse exclusivamente en la vida del monje y en los intrincados vericuetos de la fe y la religiosidad, va dibujando un amplio mosaico de temas, personajes, Situaciones y ambientes, retratados todos ellos con una enorme exactitud y precisión



Pero Sakaguchi entiende el rigor y la exuberancia documental como un medio para profundizar en la narración, una guía para hacernos vivir, sentir y comprender con toda intensidad los personajes. las situaciones históricas, los paisajes, los pueblos y ciudades por las que nos pasea. En definitiva, una forma de amar y de hacernos amar lo que se narra, alejada de visiones superficiales o incompletas.

Esa ambición por el detalle es, sin duda, el principal atractivo de una obra como esta, aun a riesgo de caer a veces en un tono didáctico demasiado evidente, poco usual en nuestra manera de entender el tebeo. A este respecto, las páginas están frecuentemente llenas de notas aclaratorias, fechas, nombres de personajes sobreinscritos, pequeñas introducciones históricas, etc, que pueden resultar algo agotadoras y llegar a recordarnos ¡oh cielos! a cualquier infumable tebeo editado por el ayuntamiento de turno para contar la historia de su pueblo. Pero la intención de Sakaguchi es muy distinta: esta enormemente interesado en fijar con precisión los datos históricos, pero prefiere hacerlo sin concesiones, es decir, transcribiéndolos directamente, como si de un documental se tratara. para dedicar todos sus esfuerzos narrativos a desarrollar personajes y situaciones. Quiere que el lector conozca con detalle el marco histórico en el que se mueve, pero no le interesa para nada como material narrativo: lo que le motiva a dibujar es, fundamentalmente, el ser humano y su relación con su entorno. Recuerdo muy pocos tebeos donde las tareas domesticas y el trabajo físico se hayan recreado con tanta exactitud y, ¿por qué no decirlo? tanta belleza, donde estén tan presentes y adquieran un protagonismo tan remarcado.



No es casual que la iniciación del niño Ikkyu (por entonces, llamado Shuken) en el primer monasterio en el que ingresa se traduzca en una agotadora sucesión de trabajos físicos; cuando abandona su cómoda vida en el monasterio para seguir a su maestro Ken.O, éste le somete, también, a un incesante machaque con los trabajos y tareas más desagradables. Y en absoluto es casual el hecho de que Sakaguchi incida con tanto detalle en aspectos puramente terrenales y mundanos para contarnos, precisamente, la historia de una iniciación y de un aprendizaje espiritual. El profundo cambio que se experimenta en Shuken, absolutamente desencantado con la vida acomodaticia que se respira en los monasterios, se produce tras su contacto directo con la miseria y el sufrimiento de los pobres. Sakaguchi nos plantea la contradicción enorme de quien quiere mantenerse puro en medio de la miseria, de quien busca la espiritualidad sumergido en el sufrimiento ajeno. Un tema que apunta al corazón mismo del budismo, y en general, del sentimiento religioso: "el buda es como la flor de loto. Se mantiene pura en medio de las aguas pantanosas".

Lo que es innegable es la intención de Sakaguchi de mostrarnos la historia de los que sufren, de los que son víctimas de los desmanes y la barbarie, de los que padecen las tramas políticas y los abusos de los poderosos. En esa visión amarga y cruda no quedan fuera ni los gobernantes ni la jerarquía religiosa, unidos firmemente en un peligroso juego de alianzas, complots políticos e intereses económicos.

Es imposible resumir aquí la infinidad de temas que se esconden en una obra tan densa y sugerente como ésta. A mi entender, para disfrutar este tebeo hay que intentar sobreponerse a la multitud de nombres, lugares y conflictos que lo inundan hasta llegar a asfixiarlo en determinados momentos. La magia de estas páginas se esconde en los pequeños detalles narrativos, en la maestría gráfica con la que su autor retrata todo lo que toca, en la elegancia, la contundencia y la rotundidad de las composiciones.

Hay todo un repertorio de soluciones gráficas y narrativas con las que Sakaguchi resuelve las situaciones más diversas: un paseo bajo la lluvia, una batalla colosal, un asalto cruel y despiadado, un sueño delirante...



En el terreno puramente gráfico, Sakaguchi desenfunda todo un arsenal de recursos, desde el tramado más sutil a la mancha negra más contundente, desde la línea más precisa y detallista al trazo apenas sugerido. Es capaz de ofrecernos viñetas colmadas de pequeños y minuciosos detalles junto a atrevidas composiciones ausentes de decorado o resueltas magistralmente con siluetas o sombras recortadas, ofreciendo todo un abanico de posibilidades que sorprende por la coherencia del conjunto, pero sobre todo, por su enorme sensibilidad.

Sakaguchi consigue algo realmente difícil: no dejarse arrastrar por la majestuosidad y la gravedad de los hechos históricos, centrarse en las vivencias y los sentimientos personales en medio de un marco y de una narración de tintes colosalistas que hubieran hecho perder la cabeza a más de uno. Es capaz de ocupar cuatro o cinco páginas describiendo un ambiente, dejando hablar a personajes del pueblo que nada tienen que ver con la narración y a los que no volveremos a ver, desarrollando escenas aparentemente intrascendentes y desconectadas del hilo argumental con la única intención de que sintamos, vivamos, respiremos una época, un lugar y unas gentes. Lo mismo podríamos decir del tratamiento de los paisajes, de los fenómenos meteorológicos, del paso de unas estaciones a otras, de las vistas de las ciudades y pueblos... escenas donde aparentemente no pasa nada, pero donde se sugieren tantas cosas que basta cerrar los ojos para escuchar el sonido de la lluvia o el soplido del viento entre las cañas de bambú.

Enrique Bonet


U, el hijo de Urich #11 julio 1998



sábado, 21 de marzo de 2026

Pussey Daniel Clowes La Cúpula



Siguiendo con la presentación temática de los comic book estrella del panorama alternativo americano, le toca a Dan Clowes turno de aparecer en Brut Comix con el segundo tomo recopilatorio extraído de su cabecera Eightball, reconvertido a este mercado latino en tebeo, aunque con las mismas 48 páginas. El material incluído comprende seis entregas diseminadas por números alternos de la revista (1, 3, 6, 9, 12, 14) a lo largo de los cuales las glándulas de los colmillos de Clowes segregan su ácido veneno sobre las facetas más freako-mainstream de su entorno profesional/fandómico.

No debemos olvidar que América es ese país en el que el 90% de la mercancía cultural en venta trata de gente y cosas irreales y toda la industria se desarrolla alrededor de ello, mientras un inmedible porcentaje de tebeos (cine, etc.) que habla de gente cotidiana que no persigue ladrones ni cambia de pistola más que de camisa, lucha con denuedo por ocupar una parcela comercial de mera supervivencia.

Una de las consecuencias que conlleva una industria cultural tan "adaptada" al tejido social que la consume, se manifiesta en las personalidades de los entes sociales que escogen profesionalmente el camino de productores de mercancía cultural: artistas, cineastas, escritores, historietistas. Y, en el caso del tebeo de Dan Clowes que comentamos, Pussey es ese tipo de pilar de la sociedad encargado. y refrendado por el respaldo del éxito, de producir el entretenimiento cultural que forma las tiernas mentes de nuestros adolescentes en esa edad tan crítica: las historietas.

Así que Clowes, como depredador inmisericorde de la América profunda, diríamos vulgarmente que aquí lo tiene fácil. Por poco esfuerzo que pusiéramos lectores y redactores, pronto saldríamos con personajes y personalidades, manías y deformaciones, psicologías inconfesables, en suma, cercanos o visibles desde nuestros círculos como seguidores del "mundillo". Ni siquiera la distancia que supone el océano hará que nos resulte ajena esta cadena trófica a cada año mejor difundida desde los centros neurálgicos del imperio: editores, dibujantes, entintadores, rotulistas, coordinadores de colección, fans, padres de los fans...



Clowes toca todos los resortes que cabe esperar que toque a la hora de puntualizar respecto del personaje de Pussey. Todas las historias y figurones de la industria USA que conocemos de leídas, adquieren en Pussey! su esperpéntico reflejo para sernos devueltas con la pátina de asco que Dan Clowes quiere que produzcan. No hay, por su parte, en esta etapa de la revista, asomo de comprensión o cariño por los personajes. En ningún punto su mirada se detiene sobre ninguno de ellos, ni sobre los criticados ni sobre los que se les oponen, con la mínima dulzura. Y esta actitud, como se sabe, de puertas adentro es mucho peor.

El asco y el rechazo que hay en Pussey!, aunque existe para casi cada freak que Clowes decide mostrarnos (incluida su propia caricatura), es aquí el que se refiere a su propio ambiente profesional, a esa industria macrocefálica que no permite la ósmosis de personajes sin poderes ni pistolas. No queda títere con cabeza y la risa socarrona que debería surgir del lector cuando reconoce las situaciones no llega a arrancar nunca, ahogada la comicidad en una sopa de negrísimo cutrerío.

Diciéndolo de otro modo, hemos ido a dar con el tema apropiado para obtener de Clowes un taponcito de su más puro veneno en fase de destilación. Concebida y presentada como complemento, entre otros, de la historieta central en la primera etapa de Eightball (la ya presentada aquí Como un guante de seda forjado en hierro). es decir; para ser leída de paso junto a otra historieta más desarrollada, sí adquiere, por reducción de consideración, un cierto toque cómico. Se sabe que el veneno, en pequeñas dosis, se puede consumir con placer. Pero despojado de apoyos, empacada toda junta de principio a fin, la historia de Dan Pussey te deja sin ganas de sonreírte y no tan sorprendido por la manera como el hombre 

-se mezcla con el mundillo de la pintura

-alcanza el éxito 

-se relaciona con las chicas 

-finalmente, muere.

Pasa lo que tiene que pasar, pasa como tiene que pasar y te deja el sabor que el artista quiere transmitir. Así pues, una historieta redonda, perfecta diríamos. Pero es tan descarnada la imagen que presenta, tan sin salida la psicología de sus muñecos, que su disfrute queda, en cierta manera, drenado.

Hay que esperar a que ese otro complemento, surgido poco a poco al amparo de las paginas finales del Eightball, vaya desarrollándose e infectando cada vez más páginas hacia atrás, para recibir de los personajes de Clowes aún más que una maravillosa y espeluznante caricatura. Pero, como decían en la tele, esto será en el próximo episodio que, sin duda, nos ofrecerá Brut Comix, titulado Mundo fantasma.

Enrique Vela


U, el hijo de Urich #11 julio 1998


viernes, 20 de marzo de 2026

Nociones de ¿realidad?

Robert Crumb, uno de los grandes de la viñeta, regresa para que compartamos sus miedos e incertidumbres


José Luis Vidal

17 de marzo 2026


Vivimos unos tiempos extraños. Los últimos años parecen sacados de una febril pesadilla, ya que nunca íbamos a imaginar todo lo que ha sucedido: una letal pandemia, el clima mundial totalmente descontrolado y, en los últimos tiempos, la temida amenaza bélica hecha realidad, poniendo al borde del conflicto total al planeta.


Ficha

Relatos de la Paranoia

Autor: Robert Crumb

Tapa blanda

Blanco y negro

42 págs.

11,50 euros

Ediciones La Cúpula


Pero detengámonos un momento, ya que precisamente de eso nos habla Robert Crumb en su nuevo cómic. ¿Y si en un mundo en el que las fake news y la IA son el pan nuestro de cada día viviéramos una realidad controlada por la falsedad?

Todos los que hemos seguido la carrera del autor norteamericano conocemos de sobra su manera de ser, probablemente influenciada por el ya lejano consumo de sustancias que tal vez, con el tiempo, han hecho que su personalidad se haya ido acercando hacia el terreno de la autentica paranoia, como él mismo confiesa.

Desgraciadamente, la soledad nos hace plantearnos cuestiones que de otra manera nos pasarían prácticamente inadvertidas, y el pobre Crumb, viudo de pareja desde el fallecimiento de Aline, su pareja en los últimos años, no hace más que sumergirse en textos y oscuras teorías que ponen en duda el por qué de la pandemia que nos convirtió a todos y todas en prisioneros en nuestras propias casas y que, sobre todo, enriqueció aún más si cabe a las compañías farmacéuticas que crearon las añoradas vacunas.

Gran parte de este volumen, cuyo título ya deja claras sus intenciones y contenido, nos muestra a Robert Crumb, entre las sábanas de su cama, atrapado en la más profunda de las oscuridades, atenazado, paralizado por el miedo más absoluto. Un monstruo invisible que le persigue allá donde va, y que hace que se plantee preguntas y trate de dar respuesta a mucha de ellas.

¿Fue todo un montaje? ¿Quién o quiénes estuvieron detrás?

Pese a los razonamientos, totalmente lógicos, de algunos allegados, el autor se encierra en su caparazón de temor, y da la vuelta a esa realidad que se nos presenta y que, según él, es tan solo un decorado que oculta la verdadera y terrorífica verdad…

Afortunadamente, este volumen también incluye otros relatos que dan un momentáneo respiro al lector, ante tanta paranoia conspirativa, concretamente una última historia junto a la desaparecida Aline que, como no podía ser de otra manera, también tiene mucho que ver con el título del volumen.

Y es que cuando a uno le cae encima el peso de la 'realidad' (sea cual creamos que sea) tan solo nos queda mirar hacia el cielo y tratar de buscar el consuelo en esa voz, la de Él. Y justamente vamos a ver cómo Crumb alza las manos y parlamenta con el mismísimo Dios.

En definitiva, una nueva obra en la trayectoria de un autor muy especial, donde vuelca todo su vitriolo, sus miedos, angustias, etc… Y, por supuesto, su maravilloso arte.

Diario de Cadiz

Lo mejor del mes. Un fontanero solitario, el horror en Corea según un niño demonio y los hermanos Grimm actualizados

 Por Álvaro Pons y Noelia Ibarra


1. El diario del demonio. Park Kun-woong. Traducción de Alba Verea. Tengu Ediciones, 2026. 400 páginas. 35 euros.

Al igual que en su anterior obra, se sumerge en un ingrato episodio de la historia de Corea mediante la introducción de elementos fantásticos que le permiten un acercamiento particular, en este caso a través de los dibujos infantiles de un niño demonio, que describen atrocidades a miles de víctimas inocentes y desamparadas, atrapadas en las luchas de las que con frecuencia ni eran conscientes. El trazo ingenuo y sencillo potencia el impacto desolador de una historia que aprovecha el cómic para subvertir el relato oficial, dando voz y sentimientos a los muertos enterrados en infinitas fosas. El coreano logra, de nuevo, que el cómic sea herramienta de denuncia de una realidad olvidada.


2. Mis rollos de cuarentona. Aude Picault. Traducción de Montserrat Terrones. Garbuix Books, 2026. 128 páginas. 21,95 euros.

A través de pequeñas instantáneas de la cotidianeidad de una mujer en los 40 que podría ser la propia autora, Picault compone una feroz denuncia de esa múltiple jornada de numerosas mujeres en la que deben ser excelentes como profesionales, madres, amas de casa y amantes, sin que nadie se detenga en esa ansiedad que el patrón patriarcal sigue imponiendo, en ese cansancio crónico causado por un estilo de vida tan insostenible como patético. El humor de la autora actúa como eficaz escalpelo para lanzar un mensaje subversivo y necesario, que pone en tela de juicio una conciliación que aparece como imposible frente a la invisibilidad social del problema.

3. Fontanero solitario. Niall Brenn Traducción de Andrés Magán. Apa Apa Cómics, 2026. 112 páginas. 17, 95 euros.

La apariencia sencilla y naif del trazo de Niall Breen, la inspiración en el clásico videojuego de ocho bits no puede ocultar la profundidad de un mensaje que recupera el valor de la amistad, del apoyo y del respeto en una sociedad que vive acelerada, perdidos en ese vacío de la monotonía de la productividad constante que nos lleva a descubrir con desilusión que aquello a lo que aspiramos un día no se ha hecho realidad y puede que nunca lo haga. Volcados sin parar en lo laboral, culpables si nos detenemos a explorar nuestros sentimientos, pero abriendo paso a esa esperanza que representa la mano tendida de una persona amiga.

4. Los maravillosos cuentos de los 7 osos. Émile Bravo. Traducción de Daniel Cortés. Hachette Héroes, 2026. 144 páginas. 17,95 euros.

Una mirada irreverente a los cuentos clásicos que sabe actualizar su discurso para un lector del siglo XXI, con un abanico de referencias culturales con las que Bravo dialoga y, en ocasiones, subvierte en virtud del humor y los valores contemporáneos. A partir de los ositos del cuento. Bravo acude a todo el repertorio clásico de los Grimm para pervertir el relato inyectándole actualidad y presente, pero sin tocar la esencia de los cuentos, buscando la necesaria formación desde pequeños de una lectura crítica con el humor más provocador, que obliga también al adulto a disfrutar reflexionando. Bravo demuestra, al igual que ya hizo con un personaje como Spirou, su magistral capacidad para reescribir los clásicos.


5. Saturnia. Alberto Martín Curto. Andana Gráfica, 2025. 152 páginas. 21,90 euros.

Retrato de una España profunda real desde una atmósfera onírica, que recupera esa sociedad intolerante que oprime y castiga la desviación del único modelo considerado correcto. Alberto Martín Curto describe el miedo de una madre soltera a perder a sus hijas y su decisión de mantenerlas escondidas en una casa que se convierte en prisión, pero también en universo de fantasía privada y seguridad que las aísla de esa realidad donde solo la noche, hermosamente simbolizada por el manto que viste la protagonista, puede proporcionar un espacio donde poder ser libres, sin imposiciones sociales que señalen la diferencia como un estigma.


Babelia Núm. 1.790 Sábado 14 de marzo de 2026