La publicación en España de la obra póstuma de Sakaguchi (hasta ahora conocido solamente por su obra Version, también editada por Glénat), debe suponer un motivo de enorme satisfacción para todos aquellos que han venido reivindicando un acercamiento al manga libre de los prejuicios, cuando no de falsas o malintencionadas informaciones, que han rodeado habitualmente al lector de historietas no acostumbrado al tebeo nipón. Un manga como este que nos ocupa - y no es el único ni el primero, por supuesto, que se edita en esta línea- debe contribuir decisivamente para que de una vez por todas se rompa el absurdo muro (falso y artificial) que separa a lectores y no lectores de mangas.
Ikkyu está basado en la biografía del Maestro Zen Ikkyu Sojun, que vivió en Japón entre 1394 y 1481, famoso, amén de por sus excentricidades, por sus continuas divergencias con las principales corrientes del pensamiento budista dominante.
Las numerosas anécdotas de su vida. recogidas fundamentalmente del acervo popular, han servido de base a Sakaguchi para trazar el perfil de su personaje. Este primer tomo comprende los primeros veinte años de vida de Ikkyu, hijo legitimo del emperador, y su iniciación en el camino del conocimiento budista, un camino que finalmente veremos lleno de dudas v dolorosas contradicciones. La obra -de dimensiones tan gigantescas como cualquier manga que se precie-, lejos de centrarse exclusivamente en la vida del monje y en los intrincados vericuetos de la fe y la religiosidad, va dibujando un amplio mosaico de temas, personajes, Situaciones y ambientes, retratados todos ellos con una enorme exactitud y precisión
Pero Sakaguchi entiende el rigor y la exuberancia documental como un medio para profundizar en la narración, una guía para hacernos vivir, sentir y comprender con toda intensidad los personajes. las situaciones históricas, los paisajes, los pueblos y ciudades por las que nos pasea. En definitiva, una forma de amar y de hacernos amar lo que se narra, alejada de visiones superficiales o incompletas.
Esa ambición por el detalle es, sin duda, el principal atractivo de una obra como esta, aun a riesgo de caer a veces en un tono didáctico demasiado evidente, poco usual en nuestra manera de entender el tebeo. A este respecto, las páginas están frecuentemente llenas de notas aclaratorias, fechas, nombres de personajes sobreinscritos, pequeñas introducciones históricas, etc, que pueden resultar algo agotadoras y llegar a recordarnos ¡oh cielos! a cualquier infumable tebeo editado por el ayuntamiento de turno para contar la historia de su pueblo. Pero la intención de Sakaguchi es muy distinta: esta enormemente interesado en fijar con precisión los datos históricos, pero prefiere hacerlo sin concesiones, es decir, transcribiéndolos directamente, como si de un documental se tratara. para dedicar todos sus esfuerzos narrativos a desarrollar personajes y situaciones. Quiere que el lector conozca con detalle el marco histórico en el que se mueve, pero no le interesa para nada como material narrativo: lo que le motiva a dibujar es, fundamentalmente, el ser humano y su relación con su entorno. Recuerdo muy pocos tebeos donde las tareas domesticas y el trabajo físico se hayan recreado con tanta exactitud y, ¿por qué no decirlo? tanta belleza, donde estén tan presentes y adquieran un protagonismo tan remarcado.
No es casual que la iniciación del niño Ikkyu (por entonces, llamado Shuken) en el primer monasterio en el que ingresa se traduzca en una agotadora sucesión de trabajos físicos; cuando abandona su cómoda vida en el monasterio para seguir a su maestro Ken.O, éste le somete, también, a un incesante machaque con los trabajos y tareas más desagradables. Y en absoluto es casual el hecho de que Sakaguchi incida con tanto detalle en aspectos puramente terrenales y mundanos para contarnos, precisamente, la historia de una iniciación y de un aprendizaje espiritual. El profundo cambio que se experimenta en Shuken, absolutamente desencantado con la vida acomodaticia que se respira en los monasterios, se produce tras su contacto directo con la miseria y el sufrimiento de los pobres. Sakaguchi nos plantea la contradicción enorme de quien quiere mantenerse puro en medio de la miseria, de quien busca la espiritualidad sumergido en el sufrimiento ajeno. Un tema que apunta al corazón mismo del budismo, y en general, del sentimiento religioso: "el buda es como la flor de loto. Se mantiene pura en medio de las aguas pantanosas".
Lo que es innegable es la intención de Sakaguchi de mostrarnos la historia de los que sufren, de los que son víctimas de los desmanes y la barbarie, de los que padecen las tramas políticas y los abusos de los poderosos. En esa visión amarga y cruda no quedan fuera ni los gobernantes ni la jerarquía religiosa, unidos firmemente en un peligroso juego de alianzas, complots políticos e intereses económicos.
Es imposible resumir aquí la infinidad de temas que se esconden en una obra tan densa y sugerente como ésta. A mi entender, para disfrutar este tebeo hay que intentar sobreponerse a la multitud de nombres, lugares y conflictos que lo inundan hasta llegar a asfixiarlo en determinados momentos. La magia de estas páginas se esconde en los pequeños detalles narrativos, en la maestría gráfica con la que su autor retrata todo lo que toca, en la elegancia, la contundencia y la rotundidad de las composiciones.
Hay todo un repertorio de soluciones gráficas y narrativas con las que Sakaguchi resuelve las situaciones más diversas: un paseo bajo la lluvia, una batalla colosal, un asalto cruel y despiadado, un sueño delirante...
En el terreno puramente gráfico, Sakaguchi desenfunda todo un arsenal de recursos, desde el tramado más sutil a la mancha negra más contundente, desde la línea más precisa y detallista al trazo apenas sugerido. Es capaz de ofrecernos viñetas colmadas de pequeños y minuciosos detalles junto a atrevidas composiciones ausentes de decorado o resueltas magistralmente con siluetas o sombras recortadas, ofreciendo todo un abanico de posibilidades que sorprende por la coherencia del conjunto, pero sobre todo, por su enorme sensibilidad.
Sakaguchi consigue algo realmente difícil: no dejarse arrastrar por la majestuosidad y la gravedad de los hechos históricos, centrarse en las vivencias y los sentimientos personales en medio de un marco y de una narración de tintes colosalistas que hubieran hecho perder la cabeza a más de uno. Es capaz de ocupar cuatro o cinco páginas describiendo un ambiente, dejando hablar a personajes del pueblo que nada tienen que ver con la narración y a los que no volveremos a ver, desarrollando escenas aparentemente intrascendentes y desconectadas del hilo argumental con la única intención de que sintamos, vivamos, respiremos una época, un lugar y unas gentes. Lo mismo podríamos decir del tratamiento de los paisajes, de los fenómenos meteorológicos, del paso de unas estaciones a otras, de las vistas de las ciudades y pueblos... escenas donde aparentemente no pasa nada, pero donde se sugieren tantas cosas que basta cerrar los ojos para escuchar el sonido de la lluvia o el soplido del viento entre las cañas de bambú.
Enrique Bonet
U, el hijo de Urich #11 julio 1998




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