sábado, 28 de febrero de 2026

Tic tac

Amigo lector, ¿tienes algo de tiempo para disfrutar del contenido de este volumen que es más que el catálogo de una exposición?


José Luis Vidal

26 de febrero 2026 


Y te darás cuenta desde el momento en el que abras sus páginas y te sumerjas en ellas.

El autor de estas es Antonio Hitos, uno de los autores españoles con un universo gráfico y narrativo más personal que, en marzo de año pasado presentó en la biblioteca Ignasi Iglésias-Can Fabra una exposición dentro de los eventos a celebrar en el festival Graf.



Ficha

Cómic radical

Autor: Antonio Hitos

Tapa dura

Blanco y negro

280 págs.

22 euros

Astiberri

Pues bien, este libro de pequeño formato es el resultado de aquella muestra, y su contenido nos lleva a transitar por una de las principales virtudes, por no decir la mejor, del cómic como medio de narración.

Y es que, como podrás observar, esta obra está compuesta por breves historietas, que cuentan con cuatro viñetas, y en las que el autor onubense va a hacer que traspasemos, casi sin darnos cuenta, ese recuadro llamado viñeta, y una vez en el interior, observemos como un invisible reloj marca el tempo de la narración, saltando de un recuadro a otro, y mostrando y demostrando que el autor de cómic posee en su mano un invisible instrumento con el que puede acelerar o ralentizar la acción que quiere narrarnos.

Para ello, en este caso particular, Hitos se lanza de cabeza a la raíz de esta cualidad, y presentándonos a su personaje, nos traslada a lo cotidiano, sin pretender nada más y nada menos que enseñarnos su capacidad a la hora de crear esa 'magia' que hace que el cómic, como medio narrativo, sea uno de los más completos, ya que en él, una sola persona, sin el soporte de nadie más, tan solo con un lápiz y un papel, es capaz de construir una historia, transportarnos a otros mundos, diferentes realidades…

Y así, a medida que vas a ir pasando las páginas de este volumen, acompañarás a su protagonista en instantes tan íntimos como la caída de de la hoja de una planta, la búsqueda de un buen plano para hacer un selfie, o cómo la luz del sol no deja disfrutar de la lectura.

Este periplo lo vas a realizar de manera totalmente inconsciente, y todo ello gracias a lo magistral del trazo de Antonio Hitos que, acostumbrados como nos tenía en toda de su obra hasta el momento a línea limpia, aquí opta por un trazo diferente, menos depurado, que no por ello pierde efectividad, donde con un simple trazo es capaz de emocionarnos al mostrar el movimiento de una tabla de skate, o esa lágrima que surge del ojos de su protagonista.

Pero esto no es todo lo que vas a encontrar en este libro, ya que el propio Hitos abandona el lápiz por unos momentos para disertar sobre el tema que protagoniza su exposición y el contenido de este volumen.

Y es que sí, querido lector, mientras has disfrutado de la lectura de este libro algo ha ocurrido y tú también has formado parte de la experiencia que demuestra cómo el tiempo, esas invisibles manecillas, avanzan dentro de las viñetas.


Diario de Cadiz


viernes, 27 de febrero de 2026

Oh, Wow by Adam Hugues

 
















Azoth Enrique Bonet Art Brook's, Jesús Saiz, Zaragoza y Eduardo Camaleón


Si existe un género realmente difícil de concretar en un tebeo. éste es el del terror. Los condicionantes del medio obligan a dominar toda una panoplia de mecanismos narrativos y recursos gráficos si se desea causar cierta sensación de inquietud -no digamos ya horror- en el lector. Sea dicho de antemano, los artífices de Azoth no se encuentran entre el grupo de elegidos capaces de ello.

Bajo esta cabecera se han distribuido en nuestras librerías tres cuadernillos de portadas ominosas. Los mismos agrupan un conjunto de historietas autoconclusivas de extensión variable y construídas en torno a posesiones demoníacas, descensos a los infiernos, genocidios, demostraciones de vampirismo postmoderno y la martirología como medio de adquirir el placer. Todo ello aderezado con la pulsión adolescente de una identidad sexual aún por definir que encubren las diferentes formas de dominio catalogadas en sus páginas. Con estos elementos Art Brook's hilvana unos guiones vacuos, repletos de tópicos, lugares comunes y diálogos pretenciosos que creen ser crípticos cuando únicamente confunden aún más la lectura de unas historias anodinas que ponen en evidencia una asimilación deficiente de las novelas de Barker y Rice, los primeros arcos argumentales de Sandman y alguna película de Ferrara.

En cuanto al apartado gráfico, Jesús Saiz se preocupa por crear la atmósfera requerida para el género, sin conseguirlo plenamente. Aunque en el primer número se encuentra cerca de ello, aún no posee el dominio de luces y sombras requerido para tal empresa y -lo que es más importante- sus dotes para el dibujo no se ven acompañadas por un sentido narrativo muy depurado. Esta lacra se hace más evidente en las confusas escenas de acción que nos regala. Si a ello unimos un deficiente tratamiento de la expresión facial -muy cercana al estreñimiento perpetuo de los personajes de Liefeld- hemos de concluir que a Saiz aún le queda un largo aprendizaje como historietista, aunque cabe reconocerle madera para expresarse en el medio. En el tercer número su labor se ve acompañada por la de J. Zaragoza y Eduardo, aún más verdes y -a juzgar por lo demostrado- con menos habilidades artísticas que él.

Se ha convertido en común el comentario de que Azoth es un tebeo que recupera el espíritu que animó las publicaciones del malogrado Toutain, tópico fomentado por los propios autores al dedicarle su primer número. (Curioso, nadie parece haberse fijado en la dedicatoria a Jack Kyrby -sic- del tercero. ¿Habrá en la carrera del Rey algo que se me escapa y por ello no entendí de qué van las historias que contiene? ¿Una de ellas no es un plagio descarado de una de Gaiman?) Aunque superficialmente pudiera parecer así, la realidad es que los productos ofrecidos por el editor y agente catalán gozaron siempre de una calidad media que Art Brook's y Jesús Saiz ni siquiera rozan con las yemas de los dedos. En cualquier caso pueden sentirse orgullosos.

Con el homenaje tributado a Filstrup han conseguido que recordara con nostalgia al entrañable Creepy.

Eduardo García Sánchez


U, el hijo de Urich #9 marzo 1998



Simpson Comics Varios autores Ediciones B


Mucho se ha escrito sobre la vocación de francotirador de Matt Groening. Desde la serie de televisión de sus desbarbilladas criaturas amarillas o desde la tira de prensa semanal Life in Hell, Groening ha disparado contra todo lo que le es sagrado al americano medio. Pero. ¡es que es tan fácil escandalizar en Estados Unidos...! ¿Que no me creen? Baste citar la columna firmada por Groening que aparece en el número 3 de la edición española de Simpson Comics, en la que se cuenta con pelos y señales cómo unos críos de una escuela primaria de Carolina del Sur no pudieron, como pretendían, bautizar su colegio con un nombre tan inofensivo como Escuela Primaria de Springfield porque ¡ése era el nombre de la escuela de Bart Simpson! Incluso las autoridades locales (las de siempre, o sea, el alcalde, el cura, el cabo de la Guardia Nacional, ya saben a quiénes me refiero) no tuvieron empacho alguno en aparecer en medios de comunicación justificando su decisión de no aceptar el nombre de Springfield en nombre de, lo han adivinado, los valores morales y esas cosas. Como dice el mismo Groening en otra de sus columnas (número 7 de Simpson Comics, edición española) "irritar a los irritables tiene un sabor muy agradable."

Mucho se ha escrito también sobre la millonaria (en audiencia y en metálico) serie televisiva y sobre su abrumador éxito: se emite en decenas de países (bueno, aquí la pone Antena 3, o sea que como si no) y ha propiciado un merchandising tan avasallador que ríase usted de Hombres Murciélago. Bart Simpson sí que es mas famoso que Jesucristo (jódete, John Lennon). sus frases se ponen de moda y la serie acapara premios

Algo menos, sin embargo, hemos podido leer sobre la serie de tebeos que edita Bongo Comics en su país de origen y aquí Ediciones B. La primera pregunta que uno se plantea es, obviamente. si el tebeo es tan bueno como su progenitor televisivo. Bueno, pues no. No me entiendan mal. en principio cualquier cosa que venga avalada por la familia mas amarilla de Pistado.

Unidos merece una lectura e incluso una compra, porque siempre hay grandes posibilidades de que aparezca alguna de esas perlas que son de rigor en la serie de televisión. Pero mientras que la mayoría de los episodios de la serie mantienen una calidad regular y constante, y los que se salen de esta norma lo hacen por arriba, lo de los tebeos es algo muy distinto. La irregularidad es en este caso la norma.

Aunque suponemos que a estas alturas Matt Groening estará demasiado ocupado contando el número de retratos de George Washington enmarcados en verde que le ha dado su creación, desde el principio su desvinculación de Simpson Comics ha sido notoria. reduciendose a firmar las portadas, escribir una columna que a veces deja trascender un tufillo progre que ya desprendían las planchas mas flojas de El Libro de Amor de Binky, recopilación de Life in Hell aparecida hace un par de años aquí en la que comenta lo que le viene en gana, eso si, muy enrolladamente, y a aparecer en los créditos como publisher de Bongo Comics. Matt Groening es ya como Walt Disney, Stan Lee o Hergé, una marca de fábrica.

Hasta el número 6 de la edición española (de la que hablaremos más adelante). el nivel de la serie es más que aceptable, tanto literario como artístico. Tiene mucho que ver, imaginamos, que son en los que están implicados de una u otra manera Steve Vance y Bill Morrison.

Pero como suele ocurrir en otras editoriales americanas que tienen entre manos personajes de éxito, pronto los autores dejan de tener importancia para la editorial y el énfasis se desplaza hacia el producto, confiando en que venderá igual porque lo verdaderamente importante es eso. el producto. Bongo Comics no es una excepción, por muy enrollados y rocanroleros que seamos. Así, a partir del número 7 comienza un desfile de dibujantes y guionistas muy conocidos en su casa a la hora de comer (o quizá sea ignorancia del que esto firma) que conducen la serie lenta pero resueltamente hacia unos abismos grfticos y literarios, pero sobre todo gráficos, que no habíamos visto desde la ultima vez que abrimos un tebeo de los Extreme Studios (elijan ustedes mismos).

Hacia el numero 15 la cosa se endereza mas o menos, de hecho más bien menos. pero a estas alturas ya no se puede pedir mucho y sigue un ritmo tambaleante, con apariciones esporádicas de Bill Morrison escribiendo guiones hasta de momento el numero 22, el último que ha aparecido a la hora de redactar esta reseña. Pero afortunadamente están los flip-books que acompañan a todos los números (exceptuando el numero 6). rinconcitos donde Matt Groening (bueno, es un decir) y los suvos pueden dar rienda suelta a su particular manera de entender algunos generos clasicos y al normal mente patetico (en este mundillo constantemente autorreferencial) ejercicio de homenajear.. ¿O no? Pues no. Sucede exactamente lo mismo que con la serie, a saber: los de los primeros números como Historias Terroríficas de Bart Simpson en el número 1. Krusty, Agente de P.A.Y.A.S.O. en el 3, McBein Comics en el 7 o, sobre todo, Las Escabrosas Aventuras de Busman en el 4 y Las Desdichadas Historietas Románticas de Patty y Selma en el numero 2 son estupendas, mientras que otras cosas (y queremos decir cosas como Historias de la Terrible Guerra en el número 12 o Los Comics Abusones de Jimbo Jones: en el 13 y muy particularmente esa cumbre del espanto que es Homer en la Sierra en el 11 son espeluznantes. Así. Sin paliativos. Desde el número 19 y hasta el 24 se han publicado las cuatro partes de Roswell. las aventuras del hombrecillo verde (bueno, ya se saben la historia del platillo volante que se estrelló en Roswell. Nuevo Méjico, ¿no?), con guión y dibujo de Bill Morrison que, si bien es una tontada, al menos los diseños tanto de personajes como de lugares son encantadores y el nivel gráfico supera en varios puntos al de la historia principal.

La edición española, para que no se diga, sigue el modelo titubeante del tebeo. Por un lado, parece que en Ediciones B se han preocupado por respetar la edición americana, y ciertos detalles como utilizar la fuente original para el rotulado. la inclusión de la columna de Groening o la publicación de los flip-books avalan esta teoría. Luego están los inconvenientes. Hallazgos de los traductores de la serie de televisión como "¡Mosquis!" o "Multiplícate por cero", lenguaje que se identifica plenamente con los Simpson se quedan en el tebeo en expresiones ramplonas como "Súpeer" o "Tope" o cualquiera de sus equivalentes, haciendo que Bart Simpson hable como los guionistas de Médico de Familia creen que hablan los jóvenes enrollados.

Pero lo mejor, con diferencia, lo encontramos en las páginas del correo. Mientras que la serie de televisión de Los Simpson se emite en su país en, como se dice ahora, prime time, aquí la siguen relegando a las horas más intempestivas de la programación infantil, sin darse cuenta de que que se trate de dibujitos no quiere decir necesariamente que se trate de un espacio para niños. Claro que lo de la emisión de Los Simpson daría para varios especiales de U, así que dejémoslo. Pero es que los responsables del tebeo siguen por la misma senda, y eso da que pensar.

Si desde el principio en Ediciones B han concebido Simpson Comics como un producto dirigido al público infantil no hacía falta molestarse en, por ejemplo, reproducir las columnas que escribe Groening, que están repletas de referencias a Frank Zappa, Gary Panter o Richard Nixon. La experiencia de leer completo un correo fluctúa entre el sonrojo vergonzante y los espasmos nerviosos. No es que sea verdaderamente importante, pero es un dato más que muestra que aquí Los Simpson no se entienden. Ya que no hay más remedio entendemos que el correo esté dirigido exclusivamente a los niños, pero ¿de verdad es necesario que esté escrito como si lo hiciera el hijo de Leticia Sabater y Joaquín Luqui? Una perla: "Y nosotros volvemos [...] dispuestos a dar caña a vuestra mente adormecida por los villancicos. ¡Juerga y cachondeo! ¡Marcha y carcajadas! ¡Jolgorio y escarnio (sic)! Allá '. Y una más: "Y, aquí se acaba mi rirrrollo, troncosss y troncasss... y todos los coleguis de mi corazón." Vale, dabuten.

Más cosas: la publicidad sugiere que la colección es quincenal. Dado que en Estados Unidos es bimestral, ¿qué van a hacer cuando alcancen la numeración americana? Y otra pregunta, aunque ésta obedezca más a una necesidad personal, ¿para cuándo nuevas recopilaciones de Life in Hell?

Si de verdad quieren comprarse algún tebeo de Los Simpson, háganse con El Hombre Radiactivo o los tres números de Krusty Comics. O esperen a que la colección regular recupere el pulso. Claro que lo mismo les daría ponerse debajo de un olmo a esperar a que caigan peras.

gonzalo quesada


U, el hijo de Urich #9 marzo 1998




jueves, 26 de febrero de 2026

La ciudad de cristal David Mazzucchelli y Paul Karasik La Cúpula


Cuando Art Spiegelman y Bob Calahan decidieron inaugurar en 1994 un esfuerzo encaminado a fomentar la lectura de historietas entre un público no habitual por la vía de la adaptación de obras literarias, me sorprendió la elección de la primera novela traspasada de un medio a otro. La Ciudad de Cristal (City of Glass; Paul Auster, 1985), primera narración de La Trilogía de Nueva York (Anagrama, 1996), no se antoja fácil de visualizar: Partiendo de las convenciones del género negro, Auster compuso un complicado relato con niveles diferentes de lectura que profundiza en las relaciones establecidas tanto entre el autor y sus personajes como entre aquél y los lectores, al tiempo que reflexiona sobre cómo el ser humano construye la realidad y sus esquemas mentales (se estructura, en definitiva) a través del lenguaje. Para ello establece un juego de desglose y suplantación de personalidades e incluye en la trama referencias al mito de Babel y al papel de la comunicación en la pérdida de la inocencia y en el reencuentro con el paraíso perdido en forma de una utópica "aldea global" que no supone más que la generalización de la cosmovisión estadounidense (encarnada en la ciudad de Nueva York) a través del idioma.

El protagonista de la historia es un novelista viudo, Daniel Quinn, enfrentado a una soledad acentuada por el olvido progresivo de las sensaciones que experimentaba en su vida familiar y que ha decidido afrontar su existencia como si cada día constituyera una metáfora del ciclo vital en la cual el sueño es muerte y el despertar renacimiento. Bien por renuncia personal, bien por incapacidad, bien por ambas, ha abandonado una carrera literaria "de prestigio para dedicarse a la producción alimenticia de novelas policíacas que publica bajo el seudónimo de William Wilson y para las cuales ha creado el personaje de Max Work, al tiempo que ha reducido su uso del lenguaje (su personalidad, en definitiva) a lo esencial. El azar encarnado en un número equivocado, un error semántico, hace que reciba repetidamente una llamada desesperada pidiendo ayuda a un detective privado llamado Paul Auster; personalidad que decide asumir tomando como modelo su creación literaria (y cerrando así un complicado juego de espejos propuesto por Auster autor). Este desglose de identidades del protagonista/autor del relato inserta el mismo -en este sentido la mención a William Wilson de E. A. Poe y los ecos narrativos de El Extraño Caso del doctor Jekyll y Mister Hide de R. L. Stevenson no se reducen a meros homenajes- en uno de los argumentos más universales: el del alter ego. La multiplicidad del individuo, el doble omnipresente que suplanta la vida de un yo indefenso y que, lejos de proceder del mundo exterior, representa la escisión de una parte de la personalidad. Este tema se ha desarrollado habitualmente entre las coordenadas de la sublimación de un aspecto reprimido del ente, con las consiguientes lecturas sociales y criminológicas, y las de una angustia existencial que conduce a la alienación autodestructiva por la vía de una multiplicidad que imposibilita la alteridad. Sin embargo, Auster lo reorienta hacia la indagación sobre uno mismo que supone toda odisea interior. De este modo, introduce otro tema universal: la recuperación de la identidad fragmentada a través de la memoria. La deconstrucción de la personalidad del protagonista por medio de la asunción de diferentes personajes y modos de actuación no es mas que una metáfora de la desintegración que sufre el individuo en las grandes urbes, en esa nueva Babel que simboliza Nueva York, al fundirse en la multitud anónima y polimorfa de sus habitantes.


El encorsetamiento de la vida social impone la necesidad de manifestar y reprimir diferentes facetas personales (y usos del lenguaje) en función de la situación, la disgregación del ser humano según unas pautas establecidas que tienden a un uniformismo artificioso. Esta es la frágil cimentación sobre la cual se intentó asentar una nueva Torre de Babel que, como se ha encargado de demostrar la Historia reciente, estaba condenada al fracaso.

El encuentro de Mazzuchelli con la novela y las inquietudes de Auster tuvo lugar en un momento de su carrera que favoreció -junto a la guía de Karasik- una comprensión/apropiación plena de las mismas. Hastiado del género de superhéroes supeditado en exceso a los gustos del público mayoritario y de una industria que restringía sus necesidades de expresión artística, había abandonado la realización de tebeos a finales de la década de los 80. (Los primeros trabajos profesionales de Mazzucchelli descubrieron un dibujante preocupado por el dominio de la forma y el movimiento. Su estilo maduró sorprendentemente rápido hasta alcanzar la maestría expresiva y narrativa manifestadas en "Born Again" Daredevil #227-233; 1987- y "Batman: Year One"-Batman #404-407; 1987-, con guiones de Frank Miller, y culminadas con una breve historia del Angel escrita por Ann Nocenti -Marvel Fanfare #40; 1988-). Su retorno al medio se concretó en Rubber Blanket #1 (1991), publicación anual autoeditada en compañía de Richmond Lewis de la que aparecieron tres números.

Las historietas elaboradas para esta y otras revistas alternativas como Drawn & Quaterly o Snake Eyes se benefician de una abstracción gráfica afín al expresionismo pictórico, al tiempo que de una perfecta asimilación de las enseñanzas estilísticas y narrativas de Herge, Toth, Eisner, Kirby y Kurtzman. Dibujo, diseño de página, elección de planos y uso de silencios atienden a las necesidades psicológicas y emocionales de los relatos. En cuanto a la temática de los mismos, el artista muestra su interés por las relaciones realidad/ficción, individuo/ambiente y autor/creación. Estas páginas concretan un trabajo de investigación en torno al lenguaje de los tebeos insólito en su ámbito, excepción hecha de los desarrollados por Chris Ware (en clave de fantasía onírica) y Scott McCloud (de carácter más teórico). Es en este contexto - durante la realización del contenido de Rubber Blanket #3- cuando el historietista italoamericano recibió la proposición de incorporarse a La Ciudad de Cristal.

Spiegelman, conocedor tanto de los intereses temáticos de su obra reciente como de su preocupación por alcanzar un público no habitual a través de canales de distribución alternativos, debió pensar en él como la persona idónea para el proyecto. El resultado final deja en buen lugar su olfato. El enfoque adoptado por Karasik (quien. al parecer, llevaba bastante tiempo acariciando la idea de adaptar la novela) proporcionó a Mazzucchelli nuevos mimbres con los que continuar tejiendo su indagación en la riqueza de matices del lenguaje de la historieta y profundizar en sus intentos de crear una gramática visual.



Karasik y Mazzucchelli (con el asesoramiento de Spiegelman y Auster) desarrollaron el encargo por la vía de transcender la excusa argumental detectivesca -el material de origen a priori menos complicado de trasladar a un tebeo- e ilustrar las ideas presentes en el texto con un lenguaje puramente gráfico que elude la literaturalización. En la novela son profusos los pasajes con contenidos y usos del idioma cuya adaptación podría haber desembocado en el recurso a la sucesión interminable de primeros planos y, por aburrimiento, en el más espantoso de los ridículos. Para salvar este obstáculo Karasik eligió el uso de la alegoría, la metáfora visual encarnada en la concatenación de imágenes e iconos que sugieren y profundizan, mas que ilustran, las reflexiones literarias de Auster. Siguiendo esta vía se transciende el objetivo minino que toda empresa de este tipo debiera perseguir, algo teóricamente simple pero tremendamente difícil en la practica y que en pocas ocasiones se logra: respetar y transmitir un mensaje expresado originalmente en un medio utilizando la sintaxis de otro diferente. En el tebeo de La Ciudad de Cristal las reflexiones del novelista sobre el lenguaje escrito y su estructura se tradujeron al campo de la iconografía v la narrativa visual.

Los artífices de la adaptación conscientes del objetivo básico del proyecto (acercar los tebeos a un público no familiarizado con el medio). toman como punto de referencia los recursos formales empleados por Spiegelman en Maus. El dibujo de Mazzucchelli se simplifica, abandonando la abstracción en beneficio de un naturalismo aparente. Según sus propias palabras, esta decisión se toma en razón tanto de facilitar una respuesta emocional hacia los personajes por parte de los lectores como de no desviar la atención de los mismos de la compleja trama. Para facilitar la lectura de esta. la puesta en escena se asienta sobre la base de una distribución básica de 9x9 viñetas. La rigidez de este diseño de pagina comienza a abrirse conforme avanza el relato, una vez logrado el objetivo de captar la atención de quien no este habituado a la narrativa gráfica y en función tanto de las necesidades del formato de publicación y de la historia como del estado emocional del protagonista. Sucesión de viñetas. variaciones de tamaño v uso del raccord marcan el ritmo de lectura y establecen un sutil sistema de puntuación; contribuyen a crear una gramática visual. En la conformación de la misma fuese un papel importante el equilibrio alcanzado ente la concepción de la pagina como unidad narrativa y la de la viñeta como unidad de comunicación. El uso de tipografías y estilos de dibujo diferentes matiza caracteres y sensaciones sobre todo en lo que a cambios psíquicos de Quinn se refiere, al tiempo que se erige en otro recurso lingüístico explorado por Karasik y Mazzucchelli.


En cuanto a la traducción castellana de La Ciudad de Cristal, despierta en el autor de estas líneas cierto sentimiento de ambigüedad. Por un lado uno no puede menos que congratularse por que La Cúpula se arriesgue a publicar en nuestro país un tebeo fundamental y claramente minoritario. Por otro. lamentar el formato elegido para asumir dicho riesgo. La fragmentación en tres cuadernos desvirtúa la lectura de una obra meditada y minuciosamente planificada para que viera la luz y se disfrutara en idéntica forma que una novela para que el seguimiento de la trama no se viera desvirtuado por el paso del tiempo inherente a cada "continuara. Eso sin entrar en la traición a los motivos que impulsaron el proyecto en origen y en tener la sensación de haber desaprovechado un material idóneo para investigar vías alternativas de distribución que pudieran contribuir a abrir el mercado moribundo de la historieta. Claro que, conociendo lo ocurrido en su momento con Maus, estas decisiones comerciales más deben circunscribirse a una cuestión de mera supervivencia que de exceso de prudencia. En cualquier caso. aconsejar al lector que aguarde pacientemente a tener en su poder los tres números antes de iniciar su lectura, bucear en todos sus recovecos y niveles de complejidad y dejarse atrapar por su despliegue de recursos narrativos y visuales.

Enrique García Sanchez


U, el hijo de Urich #9 marzo 1998


miércoles, 25 de febrero de 2026

Pin-up Yann y Berthet Norma


La estrategia comercial y publicitaria que acompaña a esta serie en Francia, y que ha conseguido convertirla en un auténtico éxito en el país vecino, se ha apoyado, más que en sus valores intrínsecamente historietísticos, en la impactante apariencia y el potencial fetichista-erótico-festivo de su bella protagonista. Un personaje, Poison Ivy, creado a imagen y semejanza de aquellas lujuriosas pin-ups de los años 40, nacidas para satisfacer las fantasías eróticas de la sociedad americana, y muy especialmente las de la pobre tropa destinada a combatir en la ll Guerra Mundial. Por si esto fuera poco, Pin-up se presenta abiertamente como un supuesto homenaje a las tiras americanas de prensa, y de forma explícita, al maestro Milton Caniff, que aparece en cuerpo y alma como personaje destacado de la trama, y a su serie Male Call, protagonizada por la vampiresa Miss Lace.

Sin embargo, a poco que uno escarbe, la brillante superficie de glamour empieza a resquebrajarse, y las sucesivas capas de homenaje, "revival" y guiños referenciales acaban convirtiéndose en un relato cínico y amargo bien alejado de lo que en un principio se nos intenta vender.

Pin-up narra la transformación de Dottie, la típica chica americana con novio en el frente, en un mito erótico destinado a inflamar los bajos instintos de la tropa. En un minucioso y complejo proceso, los autores nos describen el nacimiento de una heroína de papel (Poison Ivy) a partir de la modelo Dottie, y cómo poco a poco la personalidad del personaje de ficción se va imponiendo sobre su modelo para acabar anulándolo. La transformación física y moral de la joven Dottie en el personaje nacido de ella adquiere tintes casi trágicos, y el resto de personajes que la rodean actúan igualmente marcados por esa idea central: la de la ficción capaz de imponerse a la realidad. De este modo, el novio de Dottie, Joe, acaba olvidándose de la mujer de carne y hueso que dejó en su país y se enamora perdidamente de la heroína de las tiras de prensa, sin saber de quién se trata en realidad (aún a riesgo de resultar inverosímil para el lector, incapaz de explicarse cómo puñetas este imbécil no reconoce a su novia tras el disfraz de vampiresa); Earl. el aviador enamorado de Dottie. acaba chiflado por su imagen dibujada en el fuselaje de su avión; el creador de la farsa, el propio Milton (tratado con muy poco cariño para tratarse de un homenaje, todo hay que decirlo), da una vuelta de tuerca al viejo mito de Pigmalión y desea poseer no ya a su criatura, sino a la mujer que la ha inspirado.

Este juego entre realidad y ficción tiene su mejor exponente en la intercalación de las tiras cómicas de Poison Ivy, un magnífico recurso que permite a los autores dirigir y manejar a su antojo la relación entre Dottie y su novio, convertido también en un personaje de la tira. O sea, el cómic dentro del cómic, la historieta que se va modificando a impulsos de la vida real de sus personajes, y los personajes que ven su vida alterada y manejada por la propia ficción de la que supuestamente son protagonistas. La cosa podría quedarse simplemente en eso, en un complejo juego metalingüístico (que de por sí no es moco de pavo y que puede dar para mucho más de lo que aquí simplemente esbozo), pero espero no rizar mucho el rizo si, además, intuyo otras intencionalidades en el trabajo de Yann. Porque en realidad, Pin-up es una historia sobre la manipulación, una reflexión sobre los mecanismos del poder y de los medios de comunicación para transformarnos, para dirigirnos, para hacernos creer una realidad hecha a medida, acotada y falseada.

Al igual que en otros trabajos, Yann, en estrecha colaboración con su dibujante, utiliza un elemento simbólico recurrente para representar sus ideas; en este caso, la continua presencia del tabaco, de las cerillas, del fuego. apoyada también por el trabajo (nada casual) del colorista Topaze, basado en una reducidísima paleta centrada en el rojo y el ocre. La imagen que mejor representa esta serie no es, a mi entender, la sugerente y sensual pose de la pin-up de la portada, sino la de esa cerilla con forma de mujer que deja ver sólamente el cuerpo desnudo, consumida ya la cabeza por el fuego, de una modelo sin rostro ni personalidad.

Sin embargo, y a pesar de su indudable interés, Pin-up no llega a emocionarnos plenamente. A ello contribuye, en parte, el excesivo academicismo de Berthet, un dibujante muy del gusto francés pero que por estas tierras se nos antoja poco sugerente (resulta más brillante en su recreación de las tiras de Milton Caniff que en el desarrollo de su propio universo).

Pero fundamentalmente este tebeo se resiente del excesivo lastre de unos personajes poco creíbles, con los que cuesta trabajo conectar como lector: Se les nota demasiado que forman parte del juego, que no representan a personas de carne y hueso, sino a muñecos sobre papel al servicio de una historia preconcebida. En este sentido el final de este segundo tomo. una supuesta broma con un tono antimachista bastante burdo, me resulta particularmente ridículo por lo poco convincente. No deja de ser curioso que las fugaces e intermitentes inmersiones en las aventuras de Poison Ivy resultan, amén de más divertidas, más creíbles, porque se nos presentan como lo que son realmente: un tebeo, una divertida mentira sobre papel. Más carnaza, qué duda cabe, para los amantes de perderse por los laberintos del lenguaje de la historieta.

Enrique Bonet


U, el hijo de Urich #9 marzo 1998






Superman: El último hijo del planeta Krypton



Producción: Alan Burnett, Paul Dini y Bruce Timm. 

Guión: A. y P. Dini.

Productora ejecutiva: Jean MacCurdy.

Dirección: Curt Geda, Scott Jeralds, Dan Riba y Bruce Timm.

Dirección artistica: Glen Murakami

Warner Bros. (1997). 58 minutos.

El mismo equipo que dio esplendor a Batman se ha ocupado ahora de trasladar a los dibujos animados al otro gran icono de DC, un Superman que calienta motores en el año de la celebración de su 60 Aniversario. A la venta ha salido el pasado diciembre una cinta de video que recoge el episodio piloto de la serie televisiva estrenada por Warner en Estados Unidos durante 1997, y cuyos derechos son aquí propiedad de Canal+. A pesar de la garantía que supuestamente suponen las firmas de los Timm, Dini, Burnett, Murakami y demás tras el excelente trabajo que desarrollaron con el Señor de la Noche, lo cierto es que El último hijo del planeta Krypton no es precisamente un debut arrollador. Condenado a sufrir comparaciones con los legendarios episodios de los estudios Fleischer (1941-43), el nuevo Superman sale malparado en el cotejo, y sin que medie nostalgia alguna (me he revisado las primitivas peliculitas para corroborarlo). No se trata sólo de que la animación resulte incomprensiblemente menos fluida (¿por qué estos chicos saben hacer que la gente vuele, salte y corra, pero no que camine con normalidad?), sino que el equipo de Warner no ha sabido encontrar una estética adecuada para darle ese punto maravilloso y elegante que sí tenía el trabajo de los Fleischer, e incluso el suyo mismo en Batman. Pero claro, en Batman recogían la herencia de los diseños cinematográficos de Anton Furst y se manejaban en escenarios oscuros y evocativos, en desfiladeros urbanos repletos de sombras y cornisas art dèco. En su lugar, ahora tenemos paisajes de ciencia ficción y una ciudad, Metrópolis, que no posee unos rasgos tan definidos como Gotham, pero que exige cielos más despejados, luz a raudales y un predominio absoluto de la acción diurna, frente a la noctámbula del Murciélago. En este episodio piloto, la ambientación es decepcionantemente vulgar, sin un rasgo de genialidad. Los edificios, las maquinarias, las naves, los monstruos, los robots, los coches: nada resulta convincente ni fascinante.

Pero más graves que los problemas estéticos, siempre subsanables, son las deficencias del guión, probablemente una de las razones por las que el espectador, aburrido, deja pasear la mirada por esos detalles de ambientación que, de otra forma, deberían pasar más desapercibidos. El problema de El último hijo de Krypton es que se obliga a contarnos !otra vez! el origen completo del Hombre de Acero, empezando por un Krypton sacudido por los temblores y acabando por su establecimiento como gran héroe de Metrópolis. La historia de Superman ya nos la sabemos todos, y esta versión animada no aporta ni un gramo de novedad, de originalidad o de sorpresa, con lo cual el relato queda reducido a un desembarazarse pesadamente de tópicos más bien cansinos. La obsesión por presentar a todos los personajes de la serie, principales y secundarios, provoca el destile apresurado de Jor-El y Lara, Brainiac, Jonathan y Martha Kent, Lana Lang, Perry White, Lois Lane, Jimmy Olsen, Lex Luthor, Bibbo y, por supuesto, las dos estrellas de la serie, Clark Kent y Superman, un reparto excesivo para tan pocos minutos. Los acontecimientos están tan comprimidos que el espectador apenas tiene tiempo de respirar y dejar que cale en él el efecto dramático que deberían tener, lo que se traduce en una narración formularia y poco animada, además de desarticulada, pues se divide en tres segmentos de argumento claramente diferenciados, Krypton, Smallville y Metrópolis, que se suceden el uno al otro sin ensamblarse nunca, sin que jamás uno sea consecuencia del anterior y sin que los acontecimientos presentados en uno tengan repercusión en el posterior. A estas alturas ya debería resultar obvio que el origen de Superman sólo se puede presentar en flash-back, y desde luego nunca en una narración lineal tan prolija. Claro que igual opinaba de otra manera si tuviera siete años y éste fuera mi primer contacto con "Big Blue"

La batalla final entre Superman y el traje de combate de Luthor deja, sin embargo, un buen sabor de boca. Hay que confiar en que Dini, Timm y Burnett sabrán aprovechar el potencial para el asombro que posee un personaje todopoderoso trasladado a un medio donde podemos verle hacer cualquier cosa, y a menos que alguna misteriosa enfermedad les haya privado de su ingenio, es seguro que sabrán confeccionar guiones mucho más interesantes una vez librados del lastre de contarnos el origen.

Así que seguiremos esperando nuevas entregas de esta serie con la fe casi intacta, aunque este primer video sólo se puede recomendar a los más fieles seguidores de las andanzas del kryptoniano. Yo encontré otro argumento para adquirirlo: incluyen con el paquete un maravilloso muñeco articulado de Superman.


U, el hijo de Urich #8 enero 1998