La estrategia comercial y publicitaria que acompaña a esta serie en Francia, y que ha conseguido convertirla en un auténtico éxito en el país vecino, se ha apoyado, más que en sus valores intrínsecamente historietísticos, en la impactante apariencia y el potencial fetichista-erótico-festivo de su bella protagonista. Un personaje, Poison Ivy, creado a imagen y semejanza de aquellas lujuriosas pin-ups de los años 40, nacidas para satisfacer las fantasías eróticas de la sociedad americana, y muy especialmente las de la pobre tropa destinada a combatir en la ll Guerra Mundial. Por si esto fuera poco, Pin-up se presenta abiertamente como un supuesto homenaje a las tiras americanas de prensa, y de forma explícita, al maestro Milton Caniff, que aparece en cuerpo y alma como personaje destacado de la trama, y a su serie Male Call, protagonizada por la vampiresa Miss Lace.
Sin embargo, a poco que uno escarbe, la brillante superficie de glamour empieza a resquebrajarse, y las sucesivas capas de homenaje, "revival" y guiños referenciales acaban convirtiéndose en un relato cínico y amargo bien alejado de lo que en un principio se nos intenta vender.
Pin-up narra la transformación de Dottie, la típica chica americana con novio en el frente, en un mito erótico destinado a inflamar los bajos instintos de la tropa. En un minucioso y complejo proceso, los autores nos describen el nacimiento de una heroína de papel (Poison Ivy) a partir de la modelo Dottie, y cómo poco a poco la personalidad del personaje de ficción se va imponiendo sobre su modelo para acabar anulándolo. La transformación física y moral de la joven Dottie en el personaje nacido de ella adquiere tintes casi trágicos, y el resto de personajes que la rodean actúan igualmente marcados por esa idea central: la de la ficción capaz de imponerse a la realidad. De este modo, el novio de Dottie, Joe, acaba olvidándose de la mujer de carne y hueso que dejó en su país y se enamora perdidamente de la heroína de las tiras de prensa, sin saber de quién se trata en realidad (aún a riesgo de resultar inverosímil para el lector, incapaz de explicarse cómo puñetas este imbécil no reconoce a su novia tras el disfraz de vampiresa); Earl. el aviador enamorado de Dottie. acaba chiflado por su imagen dibujada en el fuselaje de su avión; el creador de la farsa, el propio Milton (tratado con muy poco cariño para tratarse de un homenaje, todo hay que decirlo), da una vuelta de tuerca al viejo mito de Pigmalión y desea poseer no ya a su criatura, sino a la mujer que la ha inspirado.
Este juego entre realidad y ficción tiene su mejor exponente en la intercalación de las tiras cómicas de Poison Ivy, un magnífico recurso que permite a los autores dirigir y manejar a su antojo la relación entre Dottie y su novio, convertido también en un personaje de la tira. O sea, el cómic dentro del cómic, la historieta que se va modificando a impulsos de la vida real de sus personajes, y los personajes que ven su vida alterada y manejada por la propia ficción de la que supuestamente son protagonistas. La cosa podría quedarse simplemente en eso, en un complejo juego metalingüístico (que de por sí no es moco de pavo y que puede dar para mucho más de lo que aquí simplemente esbozo), pero espero no rizar mucho el rizo si, además, intuyo otras intencionalidades en el trabajo de Yann. Porque en realidad, Pin-up es una historia sobre la manipulación, una reflexión sobre los mecanismos del poder y de los medios de comunicación para transformarnos, para dirigirnos, para hacernos creer una realidad hecha a medida, acotada y falseada.
Al igual que en otros trabajos, Yann, en estrecha colaboración con su dibujante, utiliza un elemento simbólico recurrente para representar sus ideas; en este caso, la continua presencia del tabaco, de las cerillas, del fuego. apoyada también por el trabajo (nada casual) del colorista Topaze, basado en una reducidísima paleta centrada en el rojo y el ocre. La imagen que mejor representa esta serie no es, a mi entender, la sugerente y sensual pose de la pin-up de la portada, sino la de esa cerilla con forma de mujer que deja ver sólamente el cuerpo desnudo, consumida ya la cabeza por el fuego, de una modelo sin rostro ni personalidad.
Sin embargo, y a pesar de su indudable interés, Pin-up no llega a emocionarnos plenamente. A ello contribuye, en parte, el excesivo academicismo de Berthet, un dibujante muy del gusto francés pero que por estas tierras se nos antoja poco sugerente (resulta más brillante en su recreación de las tiras de Milton Caniff que en el desarrollo de su propio universo).
Pero fundamentalmente este tebeo se resiente del excesivo lastre de unos personajes poco creíbles, con los que cuesta trabajo conectar como lector: Se les nota demasiado que forman parte del juego, que no representan a personas de carne y hueso, sino a muñecos sobre papel al servicio de una historia preconcebida. En este sentido el final de este segundo tomo. una supuesta broma con un tono antimachista bastante burdo, me resulta particularmente ridículo por lo poco convincente. No deja de ser curioso que las fugaces e intermitentes inmersiones en las aventuras de Poison Ivy resultan, amén de más divertidas, más creíbles, porque se nos presentan como lo que son realmente: un tebeo, una divertida mentira sobre papel. Más carnaza, qué duda cabe, para los amantes de perderse por los laberintos del lenguaje de la historieta.
Enrique Bonet
U, el hijo de Urich #9 marzo 1998


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