martes, 19 de mayo de 2020
El ser más odiado de la galaxia
El Pais de las Tentaciones
Viernes 3 de Noviembre de 2000
Según Chris Gore, uno de los mejores críticos de cine que se encuentran ahora mismo en la Red -www.filmthreat.com—, el estreno de La guerra de las galaxias, en 1976, fue el Vietnam de la generación que hoy cuenta con treinta y tantos años. Cuando Gore dice Vietnam, en realidad está diciendo "gran acontecimiento cohesionador generacional". O sea, lo que puede convertir a cualquiera en camarada de un completo extraño. Jeff Cioletti, director de Millennlum's end: The fanthom menace, documental definitivo sobre el culto a la saga galáctica, le secunda: "Somos una generación muy afortunada por no haber vivido una guerra que nos robara la juventud como les ocurrió a nuestros padres y abuelos. Algo tan horrible como la guerra creó para ellos un vínculo cultural unificador. El fenómeno star wars demuestra que ese tipo de vínculos se pueden formar también bajo circunstancias felices". Maticemos: si uno no es serbio, croata, hutu, tutsi, palestino, israelí o de cualquier otra colectividad recién azotada por vientos de guerra, el fenómeno star wars puede ser su "gran acontecimiento cohesionador generacional", su Vietnam blando para unos tiempos blandos, su colectiva catarsis digital (o sea, inmaterial y, por tanto, sucedánea de una catarsis espiritual). Para los que vivimos en esta Disneylandia del alma que es el Occidente en paz, La guerra de las galaxias es, efectivamente, nuestro Vietnam: nuestro código para entender disfuncionalmente el mundo.
Tal circunstancia nos ha permitido escoger opciones vitales -Han Solo (o sea, sinvergüenza simpático) o caballero jedi (o sea, primo)- y entender de qué iba esto de la vida en la Tierra, pero, hasta hace bien poco, también había eliminado el concepto de odio de nuestro repertorio emocional. La idea del mal concebida originalmente por Lucas y encarnada en la figura de Darth Vader resultó demasiado carismática para ser odiada, aunque el cineasta acabara desvelando que, bajo su yelmo fuliginoso, anidaba un triste calvo con pinta de contable. Por eso, para que su cosmología fuera completa, George Lucas creó a Jar Jar Binks, el ser más odiado de la galaxia.
Se trataba de una solución guiada por la lógica: en un mundo donde, a la hora de generar señas de identidad grupales, la guerra virtual ha sustituido a la real, lo consecuente era que la idea de lo maligno (o lo nocivo) no adoptara una formulación moral (Darth Vader), sino estética (Jar Jar Binks). Mientras la Humanidad entera pensaba que Lucas había metido la pata, Jar Jar Binks estaba irradiando esas infalibles ondas que iban a sumir a toda una generación en un inédito estado anímico: el odio.
De Jar Jar Binks se ha dicho de todo: entre otras cosas, que era la primera lederona digital. El personaje ha inspirado las páginas web más agresivas del fenómeno star wars: en las que figuran, por ejemplo, animaciones que muestran a R2-D2 mordiéndole los testículos. George Lucas ha vuelto a triunfar: el Mal Rollo, en mayúsculas, ha entrado en su universo, por fin, complejo. Pero lo siguiente quizá no figuraba entre sus previsiones: Jar Jar Binks ha generado en el seno del culto a star wars su propia contracultura, propiciando la fermentación de un trash galáctico que acaba de dar su primer fruto. Se trata del corto Jar Jar Binks: The El True Hollywood story, de Leif Einarsson, falso documental, realizado a imagen y semejanza de un popular programa del canal E! Entertainment, que revisa la ascensión y caída del alienígena y su redención a manos de los mismos criticos franceses que reivindicaron a Jerry Lewis y John Ritter.
El objetivo del cortometrajista no puede ser más explícito: "La gente parece odiar a Jar Jar. Si hemos hecho bien nuestro trabajo, habremos creado una nueva y más benévola perspectiva sobre el personaje, haciendo que la gente se sienta mal por odiarlo y acabe amándolo". Amar lo horrendo: esa es la esencia de la cultura basura. Así, Jar Jar Binks, el equivalente galáctico de Támara, ha sido el pináculo que ha rematado la catedralicia construcción del fenómeno star wars: lo que ha elevado el conjunto, dotándolo de sentido, enfrentándolo a su propio infierno estético.
lunes, 18 de mayo de 2020
Los inventos de Meléndez
EL PAÍS DE LAS TENTACIONES Viernes 9 de junio 1995
No lucirá como Antonio Banderas ni brillará como Victoria Abril, pero en Hollywood se hablará de él. Se llama Francisco Meléndez, es dibujante y Disney ha decidido llevar al cine uno de sus extraños cuentos.
Texto: Luis Martínez
Sus creaciones no tienen nada que ver con el embeleso dulzón de los personajes de Disney. Los suyos son seres de mil dobleces, obsesivos, soñadores impenitentes o inventores de catástrofes. Todos ellos entregados a la conquista casi desesperada de un mundo diferente, distinto de la realidad más apremiante y a años luz del universo bonachón que acostumbra a poblar la literatura infantil. Detrás de este cosmos particular, y disfrazado con los seudónimos de Edmund Wallace, Oskar Keks o Annibal Gobelet, se esconde el autor zaragozano Francisco Meléndez, de 31 años.
Este hombre ha decidido imitar a cualquiera de los seres a los que ha dado vida y se dispone a viajar a un mundo completamente desconocido para él. Uno de sus libros, La verdadera historia del inventor del submarino, ha caído en las manos de Touchstone Pictures, la productora de Disney, y se convertirá en película. Así, a principios del año próximo, los nietos ricos del ratón Mickey animarán las industrias y andanzas de The mermaid and the major (La sirena y el comandante), versión inglesa de La verdadera historia del inventor del submarino.
El protagonista de la historia es el marqués Chevalier de la Tour. Meléndez ha creado un noble muy peculiar que responde también al nombre de Tobías Chimérique y que es capaz de hacerse amputar las piernas por su criado Annibal para implantarse una cola de pescado y acompañar a su amada sirena al fondo del mar. Pero también ha dado vida, en otras obras, a Leopold, que se empecina en imitar a los pájaros en su vuelo con los artefactos más disparatados que imaginar se pueda. Y a Mr. Boisset, que inventa la primera locomotora de vapor con vida propia (la máquina se llama Tomi y es una viajera infatigable a través del más lejano de los orientes: Japón). Y así hasta completar una infinita lista de locos atrapados en su genial demencia.
Un libro en la pantalla
"Imagino que lo que harán estará más cerca de la película Pesadilla antes de Navidad, de Tim Burton, que de La sirenita", sugiere Meléndez. Por lo demás, se muestra confiado sobre el producto final de la adaptación: "No me importa en absoluto que manipulen mi trabajo. He. vendido los derechos a la productora de Disney, Touchstone Pictures, y ellos sabrán lo que hacen".
Alejado de modas y completamente volcado en su particular mundo de personajes ilusos siempre a la busca de algún imposible, Meléndez no oculta su satisfacción (hace ya tres años que empezaron las conversaciones con Touchstone) al ver que sus libros, de ediciones limitadas y muchos ya descatalogados, den el salto al variado e inmenso público de Disneylandia, es decir, al mundo entero. "De todas formas, me preocupan más mis próximos proyectos",concluye el ilustrador con una modestia que se antoja tan irreal como el submarino del noble Chevalier de la Tour.
De la Tour es la estrella que ha interesado a los norteamericanos. Es un tipo inventado capaz de inventarlo todo: una torre para asaltar fortalezas (el musculus), un robot para servir chocolate caliente (el autómata-asistente), una banda de música mecánica sin músicos y un cañón de fuegos artificiales para animar a las tropas en su avance ("infusión aérea de valor a nuestra infantería para momentos de escaso rendimiento bélico").
De la Tour es eso y mucho más: el noble que, una vez acabada la guerra, se retira a estudiar el exoesqueleto de los cangrejos con el propósito de patentar una dieta a base de sopa de crustáceos para endurecer la piel de los soldados; el romántico que conoce a Marie Thérése, la sirena, ninfa marina o nereida que, sin ser inventora, acaba por hacerle descubrir, que no inventar, el amor; el enamorado que para alcanzar su sueño imposible termina por inventar el submarino, un absurdo aparato que no permite besar a las ninfas marinas; el loco que hace que su criado, Annibal Gobelet, le corte las piernas y le trasplante la cola de un enorme pez (¡un sireno!); el marqués ilustrado que decide ser feliz y se casa (¡la sirena y el sireno!); el inquieto inventor que se aburre de los inconvenientes de la vida subacuática (un emperifollado deambular de fiesta en fiesta y de ópera en ópera sin poder hacer burbujas al respirar, ni estudiar a los cangrejos); el genial Tobías Chimérique que después de tanto penar se acaba divorciando; el enamorado agraviado, en definitiva, que sin piernas y con la fortuna perdida no tiene más remedio que exhibirse en las ferias. Él, Chevalier de la Tour, Tobías Chimérique y/o Francisco Meléndez viajará a Hollywood.
Una vida entre inventos
Sin ser tan dramática, la vida de Meléndez, como la de su personaje, también ha discurrido entre inventos. Sus creaciones son los libros. En 1987 llevó a cabo su primera aventura editorial. Dos cuentos de E. T. A. Hoffman (El cascanueces y el rey de los ratones) le sirvieron de argumento para iniciarse en la profesión de ilustrador. Horacio Quiroga, Jonathan Swift y Bernardo Monterde fueron los siguientes autores a los que prestó su pincel.
No lucirá como Antonio Banderas ni brillará como Victoria Abril, pero en Hollywood se hablará de él. Se llama Francisco Meléndez, es dibujante y Disney ha decidido llevar al cine uno de sus extraños cuentos.
Texto: Luis Martínez
Sus creaciones no tienen nada que ver con el embeleso dulzón de los personajes de Disney. Los suyos son seres de mil dobleces, obsesivos, soñadores impenitentes o inventores de catástrofes. Todos ellos entregados a la conquista casi desesperada de un mundo diferente, distinto de la realidad más apremiante y a años luz del universo bonachón que acostumbra a poblar la literatura infantil. Detrás de este cosmos particular, y disfrazado con los seudónimos de Edmund Wallace, Oskar Keks o Annibal Gobelet, se esconde el autor zaragozano Francisco Meléndez, de 31 años.
Este hombre ha decidido imitar a cualquiera de los seres a los que ha dado vida y se dispone a viajar a un mundo completamente desconocido para él. Uno de sus libros, La verdadera historia del inventor del submarino, ha caído en las manos de Touchstone Pictures, la productora de Disney, y se convertirá en película. Así, a principios del año próximo, los nietos ricos del ratón Mickey animarán las industrias y andanzas de The mermaid and the major (La sirena y el comandante), versión inglesa de La verdadera historia del inventor del submarino.
El protagonista de la historia es el marqués Chevalier de la Tour. Meléndez ha creado un noble muy peculiar que responde también al nombre de Tobías Chimérique y que es capaz de hacerse amputar las piernas por su criado Annibal para implantarse una cola de pescado y acompañar a su amada sirena al fondo del mar. Pero también ha dado vida, en otras obras, a Leopold, que se empecina en imitar a los pájaros en su vuelo con los artefactos más disparatados que imaginar se pueda. Y a Mr. Boisset, que inventa la primera locomotora de vapor con vida propia (la máquina se llama Tomi y es una viajera infatigable a través del más lejano de los orientes: Japón). Y así hasta completar una infinita lista de locos atrapados en su genial demencia.
Un libro en la pantalla
"Imagino que lo que harán estará más cerca de la película Pesadilla antes de Navidad, de Tim Burton, que de La sirenita", sugiere Meléndez. Por lo demás, se muestra confiado sobre el producto final de la adaptación: "No me importa en absoluto que manipulen mi trabajo. He. vendido los derechos a la productora de Disney, Touchstone Pictures, y ellos sabrán lo que hacen".
Alejado de modas y completamente volcado en su particular mundo de personajes ilusos siempre a la busca de algún imposible, Meléndez no oculta su satisfacción (hace ya tres años que empezaron las conversaciones con Touchstone) al ver que sus libros, de ediciones limitadas y muchos ya descatalogados, den el salto al variado e inmenso público de Disneylandia, es decir, al mundo entero. "De todas formas, me preocupan más mis próximos proyectos",concluye el ilustrador con una modestia que se antoja tan irreal como el submarino del noble Chevalier de la Tour.
De la Tour es la estrella que ha interesado a los norteamericanos. Es un tipo inventado capaz de inventarlo todo: una torre para asaltar fortalezas (el musculus), un robot para servir chocolate caliente (el autómata-asistente), una banda de música mecánica sin músicos y un cañón de fuegos artificiales para animar a las tropas en su avance ("infusión aérea de valor a nuestra infantería para momentos de escaso rendimiento bélico").
De la Tour es eso y mucho más: el noble que, una vez acabada la guerra, se retira a estudiar el exoesqueleto de los cangrejos con el propósito de patentar una dieta a base de sopa de crustáceos para endurecer la piel de los soldados; el romántico que conoce a Marie Thérése, la sirena, ninfa marina o nereida que, sin ser inventora, acaba por hacerle descubrir, que no inventar, el amor; el enamorado que para alcanzar su sueño imposible termina por inventar el submarino, un absurdo aparato que no permite besar a las ninfas marinas; el loco que hace que su criado, Annibal Gobelet, le corte las piernas y le trasplante la cola de un enorme pez (¡un sireno!); el marqués ilustrado que decide ser feliz y se casa (¡la sirena y el sireno!); el inquieto inventor que se aburre de los inconvenientes de la vida subacuática (un emperifollado deambular de fiesta en fiesta y de ópera en ópera sin poder hacer burbujas al respirar, ni estudiar a los cangrejos); el genial Tobías Chimérique que después de tanto penar se acaba divorciando; el enamorado agraviado, en definitiva, que sin piernas y con la fortuna perdida no tiene más remedio que exhibirse en las ferias. Él, Chevalier de la Tour, Tobías Chimérique y/o Francisco Meléndez viajará a Hollywood.
Una vida entre inventos
Sin ser tan dramática, la vida de Meléndez, como la de su personaje, también ha discurrido entre inventos. Sus creaciones son los libros. En 1987 llevó a cabo su primera aventura editorial. Dos cuentos de E. T. A. Hoffman (El cascanueces y el rey de los ratones) le sirvieron de argumento para iniciarse en la profesión de ilustrador. Horacio Quiroga, Jonathan Swift y Bernardo Monterde fueron los siguientes autores a los que prestó su pincel.
Dos años después, él mismo se encargó de caligrafiar, maquetar, concebir sus proyectos editoriales y controlar la producción. "Me decidí por redactar mis propias historias porque los textos que me llegaban eran muy malos", dice sin mostrar ningún rubor y haciendo gala del mismo porte aristocrático que De la Tour. La verdadera historia del inventor del submarino, que le valió la medalla de plata en la exposición Los libros más bellos del mundo de Leipzig (Alemania), fue su consagración.
Con posterioridad llegaron media docena de publicaciones, entre las que él destaca tres: Leopold, la conquista del aire, que narra las aventuras del primer e imaginario inventor de un artefacto volador; Kifuko Yep-yep, nami gu, un alocado manual de antropología; y Tomi Kikansha (El tren Tomi), recién terminado, que intenta ser "una introducción a la cultura nipona" con una locomotora oficiando de cicerone. "Mi obra ha sido calificada de barroca, gótica y demasido sofisticada. Yo no me meto en valoraciones. Lo hago así porque me sale y porque es mi trabajo", sentencia.
Acto seguido reconoce que lo copia todo y que recurre a fuentes antiguas en su trabajo: "He aprendido mucho a pie de imprenta del oficio de los que trabajan ahí. Ellos son unos artesanos extra-ordinarios, por su cultura, su buen hacer y sus gustos artísticos. Es a ellos a los que más debo". Sobre los críticos que han catalogado sus creaciones como poco apropiadas para los niños, su contestación es tajante: "El lenguaje que utilizo es natural, incluso bestia, y plagado de arcaísmos. Los dibujos no son suaves. Pero esto no quiere decir que no lo pueda asimilar el público juvenil. La literatura para jóvenes al uso trata a éstos como si fueran tontos, y yo procuro no hacerlo".
'LA VERDADERA HISTORIA DEL INVENTOR DEL SUBMARINO'
narra las hazañas del noble Chevalier de la Tour; su amada, la sirena Marie Thérése, y su criado, Annibal Gobelet.
Así son estos tres seres:
CHEVALIER DE LA TOUR
"Chevalier de la Tour era lo que suele llamarse un espíritu ilustrado; hombre de eruditas lecturas, y con grandísima habilidad para la ingeniería en sus variadas ramas mecánicas, físicas, químicas, matemáticas y pirobalísticas". [Fragmento de 'La verdadera historia del inventor del submarino']. Por amor inventa lo que sea necesario. Idea el 'ictio-buque', es decir, el submarino, algo de lo que no puede presumir ni el mismísimo profesor Franz de Copenhague (el del TBO). Y es más: por su amada es capaz de amputarse los miembros inferiores e implantarse una cola de pescado. Un hombre excepcional sin duda.
ANNIBAL GOBELET
"Hasta dónde pudiese comprenderlos, no sabría decirlo: pero el bueno de Annibal no carecía de cierto talento natural y, cuando el alférez se lo indicaba, ponía aquí una rueda dentada, allá una polea, un arganeo e, incluso, una arcubalista".
¿Sancho Panza? Quizás. De respuesta rápida, borracho de vez en cuando y práctico, sobre todo práctico, Annibal Gobelet, que así se llama el criado del noble de pájaros en la cabeza, es el escritor del manuscrito gracias al cual tenemos noticia del submarino. Su intención es atraer a un editor para pagar las medicinas que curan el reúma de su amo.
MARIE THERESE
"El rey midió con la vista a su yerno: tenía la mirada fría. Era orgulloso y no le hacía demasiada gracia aquel capricho de su hija. ¡Casarse con un hombre de allá arriba! Pero sabía también que contrariar a Thérese no servía sino para empeorar la situación, de modo que condescendió". Marie Hiérese es una ninfa marina o nereida —sirena es muy vulgar—, una princesa antojadiza amante del ballet acuático y devoradora de cangrejos. Odia, por este orden, los submarinos, los estudios de su fiel esposo (que de amante no se dice nada, tal vez por la operación en las piernas) y las burbujas en la ópera subacuáticas (las de su marido, que no se acostumbra a respirar debajo del océano).
domingo, 17 de mayo de 2020
VIDA MOSTRENCA: El enigma Blissett (y II)
EL PAÍS DE LAS TENTACIONES
VIERNES 27 DE OCTUBRE DE 2000
Dispuesto a intoxicar con rumores y noticias falsas las redes de la información y a atentar con saña contra los sutiles mecanismos de control de nuestro presente, Luther Blissett-nombre múltiple de la más inteligente conspiración preapocalíptica-se ha construido un historial de agresiones a lo establecido que desmoralizaría incluso al más obsesivo agente del caos de la literatura pulp. La Iglesia católica ha sido una de sus dianas favoritas: el 27 de septiembre de 1997, Luther Blissett saboteó en Bolonia la celebración de ese Concilio Eucarístico Nacional que unió en perturbadora comunión espiritual a Bob Dylan con el papa Juan Pablo II. El llamado Ataque Psíquico sobre Karol Wojtyla consistió, entre otras acciones, en el reparto de falsas octavillas con el logotipo de la Congregación para la Salvaguarda de la Moral Cristiana en las que se denunciaba a la Iglesia por invitar al Concilio a un comunista judío (Dylan), y en la lectura del sermón El evangelio según Judas, herética disección de la figura de Cristo como construcción mediática, que proponía al propio (y plural) Blissett como mesias alternativo y motor del hipocalipsis, o la revolución desde abajo. También se atribuye al esquivo Blissett la construcción de una falsa página web del Vaticano poblada de blasfemias que logró pasar inadvertida en el espacio virtual durante más de un año. A mediados de agosto de 1999, la región de Calabria se vio sacudida por una oleada de robos de imágenes del Niño Jesús en sus iglesias: Blissett reivindicó la acción, reclamando a las autoridades eclesiásticas el pago de 100 millones de liras a los pobres de la zona para evitar la destrucción de las estatuas.
La versión italiana del programa televisivo ¿Quién sabe dónde? (Chi l'ha visto?), considerado por Blissett como "una expresión nazi-pop de la necesidad de control", fue otra sonada víctima de su devastador plan de actividades. Filtrando a una agencia de prensa la falsa noticia de la desaparición en el Friul de un inexistente artista conceptual británico, Harry Kipper, que recorría la región en bicicleta siguiendo el trazado de la palabra ARTE, la conspiración Blissett logró que el equipo del programa se pusiera en acción persiguiendo a la mismísima nada. El baño de ridículo televisado en horario de máxima audiencia fue antológico.
Pero la verdadera medida de su radicalidad la aporta su valiente intervención sobre las manipulaciones judiciales y mediáticas de un tema tan delicado como la pederastía. En 1996, Marco Dimitri, líder de la secta Bambini di Satana, y sus adeptos Piergiorgio Bonora y Gennaro Luongo fueron detenidos y acusados de practicar violaciones de niños, ritos satánicos y sacrificios humanos sin que hubiera evidencia alguna de sus presuntos crímenes. La campaña de prensa que precedió al juicio adquirió tintes inconfundiblemente inquisitoriales y esculpió en la opinión pública un monstruoso perfil de los acusados. El Proyecto Luther Blissett reaccionó con una campaña de contrainformación que sensibilizó a algunos periódicos italianos -entre los que figuraba La Repubblica-y desembocó en la exculpación y liberación de los detenidos, seguidores de un culto inocuo que se habían convertido en los chivos expiatorios de una campaña oscurantista y-paranoica iniciada por la fiscal Lucia Musti con la complicidad de la curia de Bolonia.
A estas alturas se preguntarán: ¿quién busca a Luther Blissett a través de esos enigmáticos carteles que han aparecido en nuestras calles? Espero que la solución del misterio -un tanto prosaica- no les defraude: los carteles forman parte de una imaginativa estrategia publicitaria previa a la publicación por parte de Grijalbo-Mondadori de Q, caudalosa y celebrada novela firmada por Luther Blissett, atribuida erróneamente a Umberto Eco y escrita en realidad por cuatro miembros de la conspiración -Federico Guglielmi, Luca di Meo, Giovanni Catabriga y Fabrizio Belletati-, que sitúa su acción en el siglo XVI, cuna, según los autores, "de todo lo que está podrido en la vida moderna: Europa, la comunica¬ción de masas, la policía estatal y el capital financiero". No sé qué estarán pensando ustedes, pero yo me muero de ganas por leerla.
sábado, 16 de mayo de 2020
VIDA MOSTRENCA:El enigma Blissett (I)
EL PAÍS DE LAS TENTACIONES
VIERNES 20 DE OCTUBRE DE 2000
Un tipo sale de casa de buena mañana y se encuentra la ciudad empapelada de enigmáticos carteles. Su texto: "Se busca. Desde el pasado 11 de julio falta de su domicilio el conocido mago Luther Blissett. Firmó como propia la novela Q. Luther Blissett tiene buena presencia física, mide 1,85, cabello castaño, ojos verdes, voz seductora y mirada penetrante. Quien facilite pistas que conduzcan a su paradero recibirá una suculenta recompensa. Si quieres saber más busca en: www.q-blissett.com".
El tipo que sale de casa es su mostrenco servidor. Al undécimo cartel con el atildado rostro de Blissett, me topo con Zebulón, mi amigo cibernauta. Zebulón apunta la dirección en un bono-bus sin que nada delate que ha percibido mi presencia. Tras guardarse el bono-bus, me dice: "Muchacho, creo que aquí hay temita", con el mismo tono que hubiese empleado si llevásemos toda la tarde charlando. Y se va. Durante los dos días siguientes, Zebulón me fue mandando un e-mail cada dos horas. Sin mensajes, ni título: sólo con algunos vínculos a diversas páginas de Internet que me han permitido ir reconstruyendo el rom¬pecabezas Blissett. Tal y como he creído entenderlo: así se lo cuento a ustedes.
Luther Blissett fue un jugador de fútbol de origen jamaicano en las filas del Watford, que fue fichado por el Milán durante la temporada 83-84. Los cinco ridículos goles que marcó a lo largo de los 30 partidos de esa etapa italiana le valieron una reputación de ídolo deportivo trash e inspiraron una reprobable tradición de chistes de marcado corte racista. Diez años después, el nombre de Luther Blissett fue adoptado por un nutrido grupo de agitadores culturales con base en Bolonia. Luther Blissett se convirtió, así, en un "nombre múltiple", concepto inaugurado por algunos artistas de vanguardia del mail-art de mediados de los setenta y que va mucho más allá de la simple idea de colectivo.
El uso de los "nombres múltiples" está directamente relacionado con la creación de una mitología imaginaria —varias acciones diversas son atribuidas a un solo individuo- y con la transgresión de las nociones de identidad, individualidad, valor y verdad propias de la filosofía occidental. El "nombre múltiple" barrena la idea de la propiedad intelectual, porque está a disposición de cualquier persona que lo quiera utilizar para reivindicar una determinada acción o firmar una determinada obra, y crea una situación abierta en la que se diluye toda responsabilidad. Según uno de los manifiestos inaugurales de lo que se ha dado en llamar el Proyecto Luther Blissett -una arborescente conspiración cultural que nació con un programa de acción de cinco años-, "hay que escapar de las identidades convencionales. Seguimos luchando contra el lenguaje de los poderes existentes (...) Luther Blissett representa el poder de la comunicación y la inteligencia colectiva".
Luther Blissett destila algunos planteamientos del dadaísmo, fluxus, el neoísmo, el punk y el mail-art. El movimiento opera en 32 países, entre ellos Gran Bretaña, Francia y España, con el objetivo primordial de sabotear los medios de comunicación mediante el pánico informativo. Luther Blissett ha aplaudido actos de terrorismo artístico, como el del italiano Piero Cannata, que fue encerrado en un manicomio tras "intervenir", brocha en mano, sobre un cuadro de Jackson Pollock. Una minucia comparada con los desmanes que Blissett es capaz de perpetrar...
(Continuará...).
DADA: EL PANDEMÓNIUM TOTAL Por ÁNGELA MOLINA
EL PAÍS, domingo 24 de julio de 2016
ARTE Tristan Tzara impulsó el fenómeno cultural más rompedor, influyente y viral del siglo XX. Una muestra reconstruye su inacabada antología de textos dadaístas
Surgió para bailar sobre la tumba de la cultura burguesa, y un siglo después la influencia de este movimiento aún es capital.
Cuenta la leyenda que el poeta rumano Tristan Tzara escogió al azar la palabra "Dada" de un diccionario alemán-francés. Según el testimonio de algunos oficiantes del acto, "un abrecartas se deslizó fortuitamente entre las páginas del Larousse". La frase del matemático y filósofo racionalista Rene Descartes, "No quiero ni siquiera saber si antes de mi hubo otros hombres" fue cabecera de una de las primeras publicaciones de este movimiento artístico que nació un frío día de febrero de 1916, en el Cabaret Voltaire de Zúrich (el nombre del autor de Cándido era un ataque contra los idiotas de la época). El dadaísmo había surgido para bailar sobre la tumba de la cultura burguesa, "Una misa de réquiem de la clase más procaz", advertía el pacifista y performer Hugo Ball. Sus integrantes eran poetas y estudiantes de arquitectura y filosofía que no creían en la política en el sentido específico del término.
A principios de los años veinte, Dada se había extinguido oficialmente o había sido subsumido de diferentes maneras, primero en el Surrealismo francés y en la Neue Sachlichkeit (Nueva Objetividad) alemana; después como la corriente antiartística, antiliteraria y antibelicista más longeva de la era moderna (Tzara había pronosticado que se propagaría por todo el mundo como un "microbio virgen"), el primer movimiento global y el que añadió un elemento al arte que hasta entonces no existía: el colectivo.
Han pasado cien años, las potentes Francia y Alemania —y no digamos la neutral Suiza, con sus banqueros corruptos— siguen echando madera al vagón precintado Dada, pues en efecto, París, Berlín y Zúrich son las capitales europeas que mejor sitúan a sus artistas en subastas, ferias de arte y museos. ¿Es posible que el sueño de la razón, el buen sentido de los más fuertes y las leyes capitalistas que apoyan todo tipo de carnicerías civilizadas sigan producien¬do y alimentando a artistas siempre dispuestos a soldar la fractura entre arte y vida, pues no hay du-da de que éste era, y sigue siendo, el significado más auténtico de Dada?
Una exposición en el MoMA saca a la luz los dibujos, fotografías y documentos, la mayoría inéditos, que formaron el Dadaglobe, una antología impulsada por Tristan Tzara en 1920 y que nunca llegó a publicarse, pues Francis Picabia rompió con él un año después y las obras se dispersaron. Tzara había enviado cartas a los integrantes del movimiento a ambos lados del Atlántico solicitando colaboraciones (cualquier cosa podía ser una obra de arte) con el propósito de editar una monografía de 180 páginas con un tirada de 10.000 ejemplares: "Enseñemos el nuevo arte en un circo al aire libre. Cada página debe ser una explosión", pedía el poeta en sus cartas de invitación. Dadaglobe Reconstructed muestra el dadaísmo como el fenómeno cultural más disruptivo, viral e influyente del siglo XX. Un pandemónium total. No es la primera vez que el museo neoyorquino aborda la influencia de este movimiento iconoclasta en la creación del siglo XX. En 1936, cuando el movimiento parecía ya olvidado, se inauguró Arte fantástico, Dada, Surrealismo, revisitada en el mismo museo en 1968, año de la muerte de Duchamp, como Dada, el Surrealismo y su legado; o la penúltima, Dada Blowout (2006) que dividía los experimentos dada por ciudades: Zúrich, Nueva York, París, Berlín, Hannover y Colonia.
Las revistas y manifiestos fueron el vehículo predilecto para difundir el virus nihilista. Se editaron hasta una docena. A la primera, Dada, editada en 1917 en Zúrich, le siguieron Dadaco y sus hermanas americanas Ridgefield Gazook y New York Dada de Man Ray y Marcel Duchamp, y 392 dirigida por Francis Picabia en Barcelona. En Francia, La Nouvelle Revue Francaise publicó un texto de André Gide donde el escritor afirmaba que en el futuro "nada estaría a la altura de Dada. Estas dos sílabas —escribe— han logrado esa inanidad sonora, una absoluta falta de sentido".
Dada convirtió las principales tendencias artísticas ya inauguradas en fabricaciones —y no objetos— anticubistas, antifuturistas y antiabstraccionistas. Para los dadaístas, lo importante era el procedimiento, la arbitrariedad, el uso de materiales inmundos y mostrencos. Una de las técnicas que mejor lo describe es el fotomontaje, cuya invención se atribuye a Raoul Hausmann, aunque John Hartfield ya se había anticipado cuando, en 1914, queriendo burlar la censura en el frente de guerra, enviaba extrañas postales compuestas de recortes de periódicos y revistas. También los Merz de Kurt Schwitters son todavía hoy un prototipo para exposiciones en galerías y museos en las que la obra se integra en un entorno total.
Prácticamente todas las corrientes artísticas de la segunda mitad del siglo XX son deudoras del mou-vement dada: Fluxus en Nueva York, Guta'f en Japón, los Nouveaux Réalistes en París, las composiciones de John Cage, las enseñanzas de Beuys, los assemblages de Rauschenberg, el Pop Art de Jaspers Johns y Andy Warhol, el arte-basura (Daniel Spoerri), los happenings, el accionismo, el povera, los grafittis de Basquiat-SAMO, el punk, Groucho Marx, los Monty Python... En música, su hermano gemelo, el jazz, impactó por primera vez durante la Gran Guerra para después hacer rugir los años veinte. En cierta ocasión, David Bowie exclamó en relación al impacto dadaísta: "Todo es basura y la basura es maravillosa". Pero nadie como John Lennon y su canción 'God' para simbolizar esa particular revuelta de los no creyentes contra los descreídos: "No creo en la magia, no creo en reyes, ni en Kennedy, ni en Jesús, ni en Buda ni en Elvis. No creo en los Beatles. Sólo creo en mí. En Yoko y en mi". Fin del sueño.
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