lunes, 11 de mayo de 2020
VIDA MOSTRENCA:El mostrenco del siglo (y 2)
EL PAÍS DE LAS TENTACIONES
VIERNES 4 DE FEBRERO DE 2000
Sigamos con Andy Kaufman, no sin antes recapitular: Kaufman era el cómico de culto americano cuya vida se glosa en el filme de Milos Forman, Man on the moon, protagonizada por un Jim Carrey que, al parecer, ha sufrido algún trastorno psicológico al ceñirse tan extravagante personaje. Kaufman ha sido el Gran Mostrenco del siglo XX, un espíritu desbocado víctima de su propia leyenda. Su estilo estaba más cerca del arte conceptual que de la comedia: como el Tony Leblanc que se zampó una manzana ante la estupefacta audiencia del programa de Iñigo, Kaufman era capaz de convertir en espectáculo incluso una de sus siestas o la lectura íntegra de El gran Gatsby ante un público que no daba crédito. En una ocasión, un empresario se empeñó en contratarle para una actuación el Día de Acción de Gracias. El cómico aceptó a regañadientes, pero se vengó con saña: se abrió el telón y sobre el escenario apareció la familia de Kaufman al completo -tíos, abuelos, padres, sobrinos...- sentada en una larga mesa. Y la actuación era eso: la cena del Día de Acción de Gracias de los Kaufman, sin chistes, ni sentido del espectáculo y con el habitual cúmulo de chascarrillos familiares desgranado de espaldas al público asistente.
A Kaufman le gustaba flirtear con los extremos: con el éxito y el fracaso, el aplauso y el abucheo, lo ingenuo y lo perverso... El cómico intentaba contrarrestar sus trastornos de múltiple personalidad con la práctica de la meditación trascendental, pero, a veces, su desequilibrio era la base de su peculiar idea del espectáculo. En ocasiones, sus seguidores se topaban con un Kaufman candoroso, de mirada desarmante y maneras tímidas, que interpretaba un play back naïf de la sintonía de los dibujos de Súper Ratón o dialogaba con uno de sus mitos infantiles, el muñeco de ventrílocuo Howdy Doody. Otras, el (en apariencia) apocado cómico judío sacaba a la bestia que llevaba dentro.
Kaufman debe haber sido uno de los pocos seres humanos que han conseguido convertir su particularísima perversión sexual en concurrido espectáculo público: como lo único que le ponía a cien era practicar la lucha libre con mujeres enfundadas en ajustadísimos panties, al humorista se le ocurrió protagonizar una serie de giras interestatales en las que desafiaba a las chicas del público a lanzarse con él (o contra él) al cuadrilátero. Dicen que ganó todos los combates y que muchas de sus contendientes acababan visitándole, tras la función, con intenciones más que amigables. El froterismo de masas tenía sus recompensas. Sátiro voraz e impenitente que gustaba de practicar la modalidad seudonecrófila (o necrófilo-suave) de hacer al amor a mujeres que yacían inmóviles, Kaufman se apostó en una ocasión con la madame de un famoso prostíbulo de Reno -el Mustang Ranch— que era capaz de acostarse con las 42 prostitutas del local en una se¬mana. Al parecer, ganó la apuesta.
Hombre austero y de hábitos ordenados, Kaufman vivía en un piso espartano, no fumaba, no bebía y era un vegetariano radical, pero la locura que anidaba en su interior le llevó a generar un Mr. Hyde propio: Tony Clifton, un entertainer sinvergüenza de Las Vegas venido a menos, gordo, alcohólico, putero, carnívoro y fumador empedernido. Cuando adoptaba esa personalidad, Clifton poseía a Kaufman, lo negaba: insultaba a su público, agredía -sin previo pacte— a presentadores de televisión y conseguía ser echado a patadas por los guardas de seguridad de clubes nocturnos y estudios televisivos.
Kaufman murió a los 35 años de cáncer de pulmón y las leyendas florecieron: el cómico quizá murió devorado por su álter ego, Tony Clifton, que le minó la salud con su mala vida. También se rumoreó que había simulado su muerte: obsesionado con engañar a su público, el cómico barajó, en los últimos años, la idea de impostar su fallecimiento para reaparecer, 10 años después, protagonizando, así, el mayor acto de escapismo de todos los tiempos y borrando de un plumazo la memoria del gran Houdini. Pero hay otra teoría: dado que Kaufman imitaba a Elvis como Dios, hay quien piensa que las sobrenaturales apariciones del Rey del rock and roll de las que, periódicamente, da cuenta la prensa sensacionalista no son sino manifestaciones de Kaufman en su nueva vida: la vida del Gran Mostrenco que quiere tomarle el pelo al siglo XX en pleno.
VIERNES 4 DE FEBRERO DE 2000
Sigamos con Andy Kaufman, no sin antes recapitular: Kaufman era el cómico de culto americano cuya vida se glosa en el filme de Milos Forman, Man on the moon, protagonizada por un Jim Carrey que, al parecer, ha sufrido algún trastorno psicológico al ceñirse tan extravagante personaje. Kaufman ha sido el Gran Mostrenco del siglo XX, un espíritu desbocado víctima de su propia leyenda. Su estilo estaba más cerca del arte conceptual que de la comedia: como el Tony Leblanc que se zampó una manzana ante la estupefacta audiencia del programa de Iñigo, Kaufman era capaz de convertir en espectáculo incluso una de sus siestas o la lectura íntegra de El gran Gatsby ante un público que no daba crédito. En una ocasión, un empresario se empeñó en contratarle para una actuación el Día de Acción de Gracias. El cómico aceptó a regañadientes, pero se vengó con saña: se abrió el telón y sobre el escenario apareció la familia de Kaufman al completo -tíos, abuelos, padres, sobrinos...- sentada en una larga mesa. Y la actuación era eso: la cena del Día de Acción de Gracias de los Kaufman, sin chistes, ni sentido del espectáculo y con el habitual cúmulo de chascarrillos familiares desgranado de espaldas al público asistente.
A Kaufman le gustaba flirtear con los extremos: con el éxito y el fracaso, el aplauso y el abucheo, lo ingenuo y lo perverso... El cómico intentaba contrarrestar sus trastornos de múltiple personalidad con la práctica de la meditación trascendental, pero, a veces, su desequilibrio era la base de su peculiar idea del espectáculo. En ocasiones, sus seguidores se topaban con un Kaufman candoroso, de mirada desarmante y maneras tímidas, que interpretaba un play back naïf de la sintonía de los dibujos de Súper Ratón o dialogaba con uno de sus mitos infantiles, el muñeco de ventrílocuo Howdy Doody. Otras, el (en apariencia) apocado cómico judío sacaba a la bestia que llevaba dentro.
Kaufman debe haber sido uno de los pocos seres humanos que han conseguido convertir su particularísima perversión sexual en concurrido espectáculo público: como lo único que le ponía a cien era practicar la lucha libre con mujeres enfundadas en ajustadísimos panties, al humorista se le ocurrió protagonizar una serie de giras interestatales en las que desafiaba a las chicas del público a lanzarse con él (o contra él) al cuadrilátero. Dicen que ganó todos los combates y que muchas de sus contendientes acababan visitándole, tras la función, con intenciones más que amigables. El froterismo de masas tenía sus recompensas. Sátiro voraz e impenitente que gustaba de practicar la modalidad seudonecrófila (o necrófilo-suave) de hacer al amor a mujeres que yacían inmóviles, Kaufman se apostó en una ocasión con la madame de un famoso prostíbulo de Reno -el Mustang Ranch— que era capaz de acostarse con las 42 prostitutas del local en una se¬mana. Al parecer, ganó la apuesta.
Hombre austero y de hábitos ordenados, Kaufman vivía en un piso espartano, no fumaba, no bebía y era un vegetariano radical, pero la locura que anidaba en su interior le llevó a generar un Mr. Hyde propio: Tony Clifton, un entertainer sinvergüenza de Las Vegas venido a menos, gordo, alcohólico, putero, carnívoro y fumador empedernido. Cuando adoptaba esa personalidad, Clifton poseía a Kaufman, lo negaba: insultaba a su público, agredía -sin previo pacte— a presentadores de televisión y conseguía ser echado a patadas por los guardas de seguridad de clubes nocturnos y estudios televisivos.
Kaufman murió a los 35 años de cáncer de pulmón y las leyendas florecieron: el cómico quizá murió devorado por su álter ego, Tony Clifton, que le minó la salud con su mala vida. También se rumoreó que había simulado su muerte: obsesionado con engañar a su público, el cómico barajó, en los últimos años, la idea de impostar su fallecimiento para reaparecer, 10 años después, protagonizando, así, el mayor acto de escapismo de todos los tiempos y borrando de un plumazo la memoria del gran Houdini. Pero hay otra teoría: dado que Kaufman imitaba a Elvis como Dios, hay quien piensa que las sobrenaturales apariciones del Rey del rock and roll de las que, periódicamente, da cuenta la prensa sensacionalista no son sino manifestaciones de Kaufman en su nueva vida: la vida del Gran Mostrenco que quiere tomarle el pelo al siglo XX en pleno.
domingo, 10 de mayo de 2020
VIDA MOSTRENCA: El mostrenco del siglo (1)
EL PAÍS DE LAS TENTACIONES
VIERNES 28 DE ENERO DE 2000
Scott Alexander y Larry Karaszewski son dos guionistas de Hollywood que, después de haber dado al género comedia con niño dos de sus títulos más explosivos (e incomprendidos) -Este chico es un demonio y su secuela-, decidieron reorientar su carrera de manera harto estimulante: cogieron un género cinematográfico de rancia tradición -el biopic— y le retorcieron el alma. Si las películas biográficas del viejo Hollywood se habían consagrado a glosar las vidas de los grandes hombres, Alexander y Karaszewski decidieron sublimar las existencias de individuos situados en los antípodas de lo ejemplar: primero se ocupa¬ron de Ed Wood -y contaron con un cómplice de altura: Tim Burton-; después, de Larry Flynt, padre del venéreo Hustler, y ahora le ha tocado -de nuevo con Milos Forman tras la cámara- a Andy Kaufman.
El público español puede tener de Kaufman un recuerdo tan tenue como insuficiente: era Latka, el emigrante centroeuropeo que mantenía una relación chiripitifláutica con su idioma de adopción en la telecomedia Taxi -una producción recuperada por Antena 3 en sus primeros años y por la llorada Álbum TV, de Canal Satélite Digital-. A Kaufman, cómico de choque, siempre le preocupó que se le acabase recordando por el trabajo que, en el fondo, más menospreciaba: el territorio en el que desarrolló su talento hasta las últimas consecuencias fue el de los clubes nocturnos de comedia... pero la vida cotidiana también fue para él un campo de experimentación sin límites. Alexander y Karaszewski han partido para escribir su guión del libro Andy Kaufman Revealed!, escrito por el que fuera su mejor amigo -y compinche de incontables tropelías- Bob Zmuda y editado por Little, Brown and Company (Nueva York, 1999).
El libro de Zmuda resulta una introducción ideal al universo kaufmaniano y compendia las suficientes hazañas como para que, desde aquí, no dudemos ni un instante en otorgar a Andy Kaufman el título de gran mostrenco del siglo XX. Diabólico manipulador de las reacciones del público, Kaufman, según afirma Zmuda, estaba más cerca del científico conductista que del cómico: obsesionado con la mecánica del fracaso, se construyó una carrera que parecía ir contra sí mismo. Si los Monty Python revolucionaron el lenguaje de la comedia televisiva al concluir que los sketches no tenían por qué tener un final, Kaufman revolucionó el humor americano tras llegar a la peregrina certidumbre de que la comedia no tenía por qué ser divertida. Kaufman se abrió camino en los circuitos de una manera casi suicida: previo acuerdo con el propietario del local, se apostaba entre el público y, durante las actuaciones del resto de cómicos, pedía a gritos, con acento vagamente ruso, que le dejasen subir al escenario. Kaufman conseguía subir y, utilizando un inglés de juzgado de guardia, empezaba a contar chistes sin gracia. El público no tardaba en empezar a reírse de él —y no con él- y a pedir que lo echaran a patadas. Cuando la situación empezaba a aproximarse a la tenue frontera que separa la increpación del linchamiento inminente, Kaufman anunciaba que, acto seguido, iba a imitar a Elvis Presley. En un segundo, el torpe centroeuropeo aspirante a cómico se transformaba en un Elvis perfecto, impecable, que conseguía enmudecer a la concurrencia con sus sincopados movimientos y su dicción erotizante. La manipulación del público había resultado perfecta y acababa de nacer el primer personaje memorable en el repertorio de Kaufman: el extranjero, germen del posterior Latka de Taxi y polo opuesto del otro álter ego del cómico, Tony Clifton, ese Mr. Hyde que acabó llevándole a la tumba... a los 35 años.
LA SERIE QUE ENLOQUECIÓ AL MUNDO
EL PAÍS DE LAS TENTACIONES
ViERNES 18 DE SEPTIEMBRE DE 1998
LOS VENGADORES DE LA TELE DE LOS SESENTA REGRESAN COMO PELÍCULA EN LOS NOVENTA. NI UMA THURMAN NOS CURA DE LA ADICCION MASIVA A AQUELLA TELE SERIE TAN POP.
TEXTO JUAN I. FRANCIA
En noviembre de 1960, Patrick Macnee se encontraba en Canadá haciendo pinitos en la producción. Había decidido abandonar su profesión de actor, pues no le daba para vivir. Fue entonces cuando, en un viaje a Inglaterra, se encontró con Sydney Newman, que preparaba una serie para la televisión y le dijo que contaba con él. Macnee aceptó corriendo, entre otras cosas porque aquello se traducía en 50 libras por semana, que no le venían nada mal.
Así nació John Steed, el singular gentleman británico que, armado de su paraguas y tocado con un peculiar bombín, participó en mil aventuras a cual más surrealista y dio rostro a la serie más avanzada de la historia de la televisión, Los vengadores. Aquello llevó rápidamente a Patrick Macnee al estrellato, reportándole la adoración de multitud de fans a lo largo de años. Pero al principio Macnee era sólo el ayudante del héroe, el Doctor David Keel, interpretado por Ian Hendry.
Por aquel entonces la serie se rodaba en directo y eso constituía un reto para los sistemas nerviosos. Aunque el equipo podía participar, aportar ideas para la emisión. "No éramos muy conscientes", ha asegurado Macnee, casi cuatro décadas después, "pero habíamos adquirido la costumbre de decir '¿no sería divertido hacer tal cosa?...', después tomábamos el guión y discurríamos cómo, sin transformarlo, se podría volver diferente. Pensábamos que ahí faltaba ese toque de locura que nos poseía. Cuantos nos movíamos en esa época alrededor de la serie estábamos dominados por aquella hermosa locura".
Los vengadores ha sido, probablemente, la serie más sutil, de estilo más deslumbrante y más autónoma. De hecho, una de sus grandes virtudes fue mantener una actitud de patricia dignidad ante intereses comerciales, de modo que terminó por conquistar, con su estilo british, el mercado americano y no a la inversa. Humor, imaginación, vestuarios atrevidos, decorados entre barrocos y psicodélicos, guiones desaforados..., una conjunción inspiradísima de todos esos elementos consiguió hacer de Los vengadores una serie de culto. Sus seguidores, de una fidelidad
condecorable llegan incluso a agruparse en clubes y editar fanzines; se cartean, intercambian mercadería y mantienen una actividad tal vez más constante y entregada que los trekis (fans de la serie Star trek).
Sus historias delirantes, de sentido del humor completamente libre, han sido siempre imprevisibles e inclasificables. Cada episodio podía modificar la temática en relación con los anteriores y los siguientes. Constante mezcla de géneros, lo mismo se descubría una aventura militar como de espionaje; una fantasía onírica o un cuento de ciencia-ficción. Sólo el sombrerete de Steed se salvaba de la furia transgresora de los guionistas y su obsesión por desviar los códigos narrativos.
CATEGORÍA DE MITO
En todo caso, esa originalidad y esa irreverencia son características comunes a todos sus episodios y pretexto esencial para elevar esta serie a la categoría de mito. Sus peripecias son audaces y los diálogos están repletos de mordacidad. Según John Brice, uno de sus primeros productores, mucha gente ha insistido en tomárselos en serio y eso es todo un piropo, sobre todo si se
contempla con la perspectiva del largo tiempo transcurrido.
A pesar de que la serie, en su primera época, se mantuvo seis temporadas en la programación, es preciso resaltar que no todas gozaron de igual fortuna y que, el verdadero cénit se alcanzó en 1965, con la llegada de Emma Peel, interpretada espléndidamente por Diana Rigg: precisamente las compañeras de Steed fueron otro de los elementos clave de Los vengadores. En lugar de damiselas inútiles eran, además de hermosas, independientes, espabiladas y expertas en la lucha.
Si Cathy Gale (Honor Blackman), una vez aparcadas las dos ruedas de su potente Triumph, podía poner en órbita a un villano de un soberbio volatín, la señora Peel lo dejaba hecho un ocho después de una buena llave. Son damas distinguidas y su llamativo vestuario forma parte esencial del personaje. Honor Blackman, la primera protagonista femenina, lució especialmente los modelos en cuero creados para ella por Michael Whittaker, uno de los modistas británicos de más pujanza en esa época. Diana Rigg, con quien la importancia de la vestimenta alcanzó su punto culminante, exhibió en una primera instancia las rutilantes creaciones de John Bates. Este creador dio con una mezcla de atavíos entre atrevidos y discretos, que compusieron la imagen que acompañaría a Emma Peel a lo largo de su presencia en la serie. Al llegar la época del color, fue otro famoso diseñador, Alun Hugues, el encargado de retocar su imagen incorporando minifaldas ciertamente atrevidas junto a cueros y conjuntos muy ceñidos, especialmente aptos para la acción. También fue Hugues el encargado de domeñar las apreciables curvas de la explosiva Linda Thorson-Tara King,
para que pudiera subir y bajar con soltura de su AC Cobra 428.
El estilo, ese toque de distinción que singularizó a Los vengadores partía, según Brian Clemens, productor, guionista y uno de sus progenitores más cualificados, de la falta de medios económicos, circunstancia que les empujaba a asumir verdaderos riesgos expresivos, que para la época fueron toda una revolución. "No utilizábamos figurantes", cuenta Clemens, "de modo que cada actor de la pantalla estaba allí para encarnar un personaje. No queríamos ser realistas, en la serie no había razas, ni drogas, ni problemas sociales, ni una sola gota de sangre. Era un mundo de cuento de hadas, donde Inglaterra era representada tal como a los extranjeros, les gustaba imaginársela".
UN MUNDO EXTRAVAGANTE
Para dar credibilidad a esta farsa, los productores, guionistas y directores crearon alrededor de la serie un mundo extravagante, en un constante hervidero de esquemas y códigos, con bastante poco sometimiento a la lógica. En un episodio, el entusiasta propietario de un comercio de artículos contra la lluvia prueba un paraguas nuevo, embutido en un impermeable amarillo y en el interior de una ducha instalada en la tienda a tal efecto, mientras canta: "¡La lluvia es maravillosa...!".
En otro, un criador de gatos bebe la leche de su vaso... a lengüetazos. Verdadero cómic con personajes reales, fue la serie pop por excelencia. Y no sólo porque la señora Peel fuera ataviada de pies a cabeza con creaciones que parecían salidas de las boutiques de Carnaby Street. ¿Alguien recuerda uno de los más famosos episodios de 1965, The house that Hack built, con sus delirantes corredores y laberintos que se activaban apretando un botón? ¿Y la canción del mismo título de Alan Price?
Los villanos de la serie sobrepasan en ingenio a otros malvados conocidos en la ficción. Resultan aún más perturbados y con mayor carga de megalomanía que los de James Bond, Batman o Superman. En Algo sucio en la guardería unas inofensivas pelotas, que se venden en una tienda de juguetes especiales para aristócratas, son impregnadas de droga para hacerse con la voluntad de influyentes caballeros. En otra ocasión los juguetes serán transformados en potentes bombas termonucleares. En El muerto viviente adiestran a un ejército subterráneo, en una ciudad excavada dentro de una vieja mina, cuya misión al salir a la superficie será tomar el Reino Unido. Estos malos procuran neutralizar a las heroínas para luego centrarse en su bestia negra, Steed.
Flemático, elegante e irónico, Mr. John Steed es el eje de la serie. Su Bentley Green de 1928 contrasta con el ultramoderno Lotus Elan conducido por la señora Peel. Bon vivant de modales anticuados, es aficionado al champán y experto en vinos, y sus perfectos trajes estilo Saville Row—pero creados por un joven diseñador llamado Pierre Cardin— salen intactos de cada pelea.
COMPENDIO DE CUALIDADES HEROICAS
Fuerte, pero no tanto como muchos de sus propios dobles, que aparecen a cada paso. Menos perfecto que Sherlock Holmes, menos seductor que James Bond y menos tunante que Simón Templar, Steed se muestra, sin embargo, como un compendio atemperado aunque irresistible de las cualidades de muchos héroes: es la figura que una serie semejante necesitaba.
Ya lo decía Tara King (Linda Thorson) en el episodio Pero, ¿quién es Steed?, cuando se produce un combate con el más temible de los falsos Steed. El verdadero ha de ganar la pelea, además de sobreponerse al enfrentamiento con su propia identidad. Entonces Steed sonríe y Tara le reconoce: "Sólo Steed podría sonreír en una situación semejante".
En La forma correcta de matar, cuando un malandrín entra de cabeza en el salón de Steed, propulsado por un mandoble de la señora Peel, el dueño de la casa pone a salvo las dos copas de vino que estaban a punto de beberse, sin traslucir ninguna emoción. En otra ocasión, tres cadáveres ocupan la misma sala cuando aparece un visitante inesperado. Con su flema de siempre, John Steed pide disculpas por el desorden. Solamente lee The Times y siempre cede el paso a las damas. A la historia ha pasado su famosa e inconfundible consigna, dictada por teléfono a la más emblemática de sus partenaires: "Señora Peel, nos necesitan".
"Para mí", ha declarado Patrick Macnee, "John Steed ha sido más que un papel. Era la prolongación de mi propia persona..., poniendo en la balanza todo mi entusiasmo, mi imaginación, mi sentido del humor, mi talento, me divertía como nadie". No parece que a los —muchos— admiradores ortodoxos de la serie les vaya a hacer gracia la adaptación cinematográfica. Ellos mismos lo dicen: "No hay vengadores sin Steed, ni Steed sin Macnee".
La serie Los vengadores se emite los fines de semana, a distintos horarios, en Álbum TV (Canal Satélite Digital). http://www.gsb.co.uk/avengers/
CUALQUIER PARECIDO...
LA VERSIÓN CINEMATOGRÁFICA DE LOS VENGADORES GUARDA POCAS SEMEJANZAS CON EL ORIGINAL
"He pretendido ser fiel a la atmósfera original. Para ello hemos escrito muchas versiones del guión, hemos visto 161 episodios de Los vengadores y otros 26 de Los nuevos vengadores. Y mantenido discusiones sin fin sobre qué demonios era realmente la serie: ¿una película de acción?, ¿una historia de amor?, ¿una comedia romántica?". Quien así se explica es Jeremiah Chechik, director de la resurrección cinematográfica de la serie menos clasificable de la televisión.
Chechick, fotógrafo canadiense que se forjó en la revista Vogue y realizando anuncios y videoclips para la televisión norteamericana, cuenta en su historial cinematográfico con aquel pastelón protagonizado por Johnny Depp titulado Benny and Joon y el fallido remake de Las diabólicas, revivido por Isabelle Adjani y Sharon Stone.
En el camino de readaptar Los vengadores a los tiempos que corren, Chechik y la Warner han prescindido -en esta producción de 9.000 millones de pesetas- de la estética alternativa, la química sexy entre sus protagonistas y el flemático humor de la serie antecesora. A cambio, el filme ofrece atracón de efectos especiales, decorados lujosos (con cierto aire timburtoniano) y un plantel de estrellas liderado por un melifluo Ralph Fiennes (el nudo de cuya corbata no alcanza la perfección del Windsor de Patrick Macnee, quien, por cierto, hace una carneo aquí poniendo voz al invisible Jones), una lozana Urna Thurman (sin los movimientos felinos de Diana Rigg), un desaprovechado Eddie Izzard (que se habrá desfogado lo suyo en Velvet goldmine) y un Sean Connery en uno de los trabajos más flojos de su brillante carrera.
Ciertamente, superar en refinamiento a los intérpretes de la serie era una tarea condenada al fracaso, cosa que la actriz que encarnó a Poison Ivy en Batman y Robin admite: "No pretendo imitar al personaje creado por Diana Rigg, que ella bordaba", ha declarado Urna Thurman. "Las mujeres encuentran a Emma Peel sexy y cool, mientras los hombres creen que es majestuosa y fría. Para mí es una mujer inteligente, viva, desenvuelta y llena de energía. Y no es que fuera fría: simplemente no estaba disponible". Alfonso Rivera
Los vengadores (The avengers) se estrena el día 25 en cines de toda España. http://www.the-avengers.com/
LAS SERIES POR TEMPORADAS
1961. Se trata de la época más clásica de Los vengadores. En el primer episodio, Hot snow, la novia del doctor David Keel (lan Hendry) es asesinada. Durante los siguientes capítulos, asistido por el eficaz John Steed, el médico intenta dar caza a los villanos -que pertenecen a un grupo criminal, cuyo jefe se llama Vance- aunque sin éxito, en un esquema clásico que será recuperado más tarde por la célebre serie norteamericana El fugitivo.
1962-1963. John Steed se convierte en el protagonista y llega la primera gran partenaire de la serie, Cathy Gale, interpretada por la futura chica Bond Honor Blackman, cuyos trajes de cuero y habilidad con las artes marciales le granjean una rápida popularidad y determinan que se comiencen a trazar las líneas maestras de la serie en materia de damas.
1963-1964. Las relaciones entre Cathy Gale y John Steed son casi íntimas, aunque sin el carácter ambiguo de las que el héroe mantendrá posteriormente con la señora Peel. Los guiones son más eficaces y los personajes se vuelven más contundentes. La tendencia hacia las aventuras insólitas es ya evidente y los malos son desmesurados e ingeniosos. Empieza a aparecer el tema de los dobles, que será recurrente durante el resto de las temporadas. Y también serán habituales las historias sobre guerras nucleares, bacteriológicas, criminales que pretenden conquistar el mundo a base de artimañas diabólicas, o diversos complós.
1965-1966. Los productores Brian Clemens y Albert Fennel deciden impulsar definitivamente la serie y contratan a una heroína abiertamente moderna. Sexy, elegante y aún más experta que Cathy Gale en el judo o el kárate, Emma Peel -que sólo podía haber sido encarnada por la espectacular morena Diana Rigg—da el espaldarazo definitivo a Los vengadores. Los guiones están cada vez más enganchados a la ciencia-ficción, sin abandonar los clásicos episodios de espionaje, los clones de Steed e incluso el ciberespacio.
1967. El hecho de poder ver a la señora Peel en color por vez primera contribuyó, en gran medida, a la consagración mundial de Los vengadores. Se respeta portante la pareja Steed-Peel, que funciona como un reloj y la serie continúa con su preferencia por lo fantástico, lo insólito, la ciencia-ficción y los espías. Todos los expertos coinciden en que se trata de la mejor temporada: pesadillas provocadas, extraterrestres, animales asesinos o que son cerebros de aviesas operaciones, aparatos para reducir el tamaño de las personas o para trasvasar los espíritus de un cuerpo a otro... Ese año, la serie es una auténtica fiesta.
1968-1969. En el primer episodio aparece el marido de Emma Peel, un piloto a quien ésta creía definitivamente perdido. Steed se despide de ella con visible pesar, pero enseguida da la bienvenida a la encantadora Tara King, interpretada por una jovencísima Linda Thorson, enviada a las pruebas nada menos que por John Huston. Su habilidad en la lucha no supera a la turgencia de sus formas y se convierte en un acontecimiento para el público masculino, aun-que los adictos a la serie tardarán algo más en olvidara Emma. También aparece Madre (Patrick Newell), el Invisible -hasta entonces- jefe de Steed, un paralítico gordísimo de caracter endiablado y de corrosivo sentido del humor. La serie luce un perfecto empaste entre la realización y los guiones y una excepcional calidad de fotografía y decorados. Algunos de sus capítulos rinden homenaje a películas o personajes de ficción. En el último episodio, titulado Bizarre, Steed y Tara King se largan a bordo de un cohete.
1976-1977. Los nuevos vengadores . El transformar una pareja que se había vuelto inmortal en trío no se puede decir que fuera un gran acierto, pero el hecho es que así sucedió. Y eran Steed -siempre a cargo de Patrick Macnee-, Purdey-Joanna Lumley- y Gambit -Gareth Hunt- y aunque no se separaban, su relación carecía de química. Steed ya vive en el campo criando caballos e interviene menos en la acción, tarea que delega en Gambit. Mientras, la serie va perdiendo su look británico, en función de una poco beneficiosa participación en la producción de Canadá y Francia. Al llegar la segunda temporada languidece definitivamente. □ J. I. F.
sábado, 9 de mayo de 2020
Los planos más rigurosos de la casa de ‘Los Simpson’ revelan una habitación que ni los fanáticos conocían
"Tenemos una habitación que aparece y desaparece; nuestra casa es muy rara para esas cosas", llegó a decir Marge. Un arquitecto español trata de darle sentido en sus bocetos (y lo consigue)
Recreación de la casa de Los Simpson del ilustrador Andrew Delong.
MIGUEL ÁNGEL BARGUEÑO
28 ABR 2020
Pocas series de televisión han sido sometidas a tan exhaustivo escrutinio, desde un sinfín de ángulos, como Los Simpson. Sus supuestas profecías, los cameos de famosos, la filosofía que desprenden sus diálogos…, han llenado páginas de libros y artículos periodísticos. Tampoco su casa se ha librado del proceloso análisis. Arquitectos y diseñadores han dedicado tiempo a estudiar el hogar del peculiar clan de Springfield, revisando con lupa episodios, evaluando proporciones, fijándose en detalles y plasmando el resultado en planos y alzados, como si de una casa real se tratase.
Uno de los trabajos más rigurosos es el plano que realizó Iñaki Aliste Lizarralde. Este diseñador de interiores bilbaíno se ha aficionado a trasladar al papel minuciosos croquis de decorados de películas y series de éxito. Entre los títulos que le han inspirado están filmes como Psicosis, La tentación vive arriba, La extraña pareja y Casablanca (el Rick’s Café) y series como Los Picapiedra, Mad men o Frasier. “Lo que busco para este proyecto —nos cuenta— es que las casas, apartamentos o negocios sean lugares icónicos y reconocibles, ya sea por su presencia o por su relevancia en la serie o película. Y Los Simpson lleva décadas en antena, su casa es muy reconocible”.
Para poder llevar a cabo la recreación en dos dimensiones del hogar de la familia Simpson, Aliste hubo de acometer una profunda labor de investigación. Esta comenzó, lógicamente, con el concienzudo visionado de la serie, de más de 630 capítulos. Simultáneamente, procedió a realizar bocetos y tomar notas de detalles concretos a modo de referencia para ir completando medidas y proporciones hasta obtener un plano final. “El plano lo voy rellenando con otra cantidad de notas y capturas de pantalla, para tener localizadas las piezas de mobiliario, atrezo y demás”, explica. “He trabajado muchos años como diseñador de interiores y digamos que he desarrollado mi capacidad para visualizar espacios y plasmarlos en forma de plano”.
Planta baja de la casa de 'Los Simpson' en el plano de Iñaki Aliste Lizarralde.
Al fondo a la derecha, la 'rumpus room', que solo ha salido fugazmente en dos o tres capítulos y que ha roto el coco a los fanáticos de la serie.
Cuando se trata de series como Los Simpson, el interiorista se enfrenta a un reto añadido: a diferencia de los decorados construidos en platós, los espacios inventados por dibujantes suelen alterarse a demanda del argumento. “En las series de animación, los fondos se cambian continuamente. A veces, una pared parece medir dos metros, y otras veces, cuatro. No tienes más que recordar aquellas series de Hanna-Barbera en la que un gato perseguía a un ratón y el fondo iba pasando siempre con el mismo sillón, la misma lámpara, el mismo aparador… Aquellos apartamentos parecían ser kilométricos”, apunta.
Plano de la planta superior de la casa de 'Los Simpson', según el arquitecto Iñaki Aliste Lizarralde.
Por tanto, añade, el resultado en el caso de Los Simpson es fiel en lo posible, “teniendo en cuenta que ellos mismos son infieles en el diseño”. Y pone varios ejemplos: “En muchos episodios vemos que se dirigen hacia el sótano desde la cocina, de lo que se deduce que las escaleras están en ese lateral de la casa junto al garaje; pero en un capítulo en el que Homer y Bart fabrican cerveza casera y la envían al bar de Moe metida en bolas de bolos, les vemos entrar al garaje por la puerta del hall. En otro episodio, esta puerta del hall es un armario ropero en el que se esconden los niños, y en otro, está lleno de baldas donde guardan juegos”. Y añade: “Digamos que son ellos los que se toman las licencias. Yo me limito a plasmar, en lo posible, lo que veo”.
Coincide con esa apreciación uno de los mayores expertos nacionales en Homer, Bart y compañía. Alejandro Tovar es doctor en Comunicación y autor de la tesis Los Simpson (1989-1997) y la representación de tres problemáticas esenciales de la sociedad contemporánea: medios de comunicación, emprendimiento y género. “Hay que partir de la base de que los responsables de la serie han ido creando la casa sobre la marcha”, explica Tovar. “En las primeras temporadas ni siquiera se respeta una estructura lógica. Como en Los Picapiedra, una puerta enlazaba con otra, y luego con otra y con otra, y así casi hasta el infinito. No les preocupaba la coherencia. Tan pronto aparecía una ventana como desaparecía".
"Luego la fueron depurando", narra Tovar. "En un episodio más o menos reciente, Marge llega a decir: ‘Tenemos una habitación que aparece y desaparece; nuestra casa es muy rara para esas cosas”. La posterior congruencia debe mucho al trabajo del español Javier Pineda, director de los fondos de Los Simpson desde 1999.
Tovar, que prepara un libro sobre la serie, aplaude que se reflejen zonas poco mostradas en los capítulos. “La salita que hay en la planta baja, al fondo a la derecha ha salido poquísimas veces”, detalla. Es la rumpus room, que a Aliste le costó localizar: “Es esa tercera sala de estar detrás del garaje y que solo ha salido fugazmente en dos o tres episodios”. Dicha sala, que contiene un televisor y un puf, “aparece casi de igual tamaño que el salón principal, que alberga el piano [en el extremo opuesto; el piano es morado]. Pero una cosa es la flexibilidad de la serie y otra, las exigencias de unas medidas en un plano”, matiza Tovar.
Por otra parte, Tovar asegura que “en la planta baja, justo al lado de la cocina, se ve un baño pequeño, como una cabina. Ese baño en la serie no aparece nunca”. A este respecto, el interiorista concede que dicho aseo “nunca se había mostrado. Solo había una referencia a su existencia en El motín canino, donde adoptan a un perro border-collie tan perfecto que orina en el aseo y lo vemos salir de este cuartito, pegado a la cocina. Oímos como suena la cadena del váter pero no lo vemos, así que tuve que inventarme cómo era. Pero en uno de los últimos episodios les dio por escribir una escena en la que Homer y Marge tienen un arrebato y se lo montan en ese aseo de la planta baja, que se muestra por primera vez”.
Una prueba del escrupuloso visionado que Aliste hizo de la serie es el garaje, donde ha situado una barra con cuatro taburetes. “En uno de los episodios, Homer se monta un bar en el garaje y esa fue la razón para dibujar eso en vez de un simple coche en su interior”, dice.
Similares limitaciones revela el alzado que realizó el estadounidense Andrew Delong. Tovar: “Las escaleras que se aprecian enfrente, entiendo que son la bajada al sótano, pero tampoco aparecen nunca ahí. En cuanto al alzado de la parte de arriba, lo veo completamente fiel”.
Planta superior de la vivienda de la familia Simpson en la recreación de Andrew Delong.
La recreación de Delong refleja con precisión los colores —una de las señas de identidad de la serie— desde los de las paredes a los de colchas y muebles. “Por un lado, los creadores de la serie dijeron que debían romper esquemas con colores vivos, para atraer la atención del espectador que estuviera haciendo zapping, pero también está la teoría de que los pantones de los colores primarios son más baratos, y como al principio no tenían pasta… Jugando también con la horterada de las casas americanas”, describe Alejandro Tovar.
Garaje multiusos, escaleras imposibles, baños cambiantes; un hogar disparatado que desafía las normas de la arquitectura. Como dijo Homer en una de sus intervenciones más célebres: “¡En esta casa obedecemos las leyes de la termodinámica!”.
El Pais
Recreación de la casa de Los Simpson del ilustrador Andrew Delong.
MIGUEL ÁNGEL BARGUEÑO
28 ABR 2020
Pocas series de televisión han sido sometidas a tan exhaustivo escrutinio, desde un sinfín de ángulos, como Los Simpson. Sus supuestas profecías, los cameos de famosos, la filosofía que desprenden sus diálogos…, han llenado páginas de libros y artículos periodísticos. Tampoco su casa se ha librado del proceloso análisis. Arquitectos y diseñadores han dedicado tiempo a estudiar el hogar del peculiar clan de Springfield, revisando con lupa episodios, evaluando proporciones, fijándose en detalles y plasmando el resultado en planos y alzados, como si de una casa real se tratase.
Uno de los trabajos más rigurosos es el plano que realizó Iñaki Aliste Lizarralde. Este diseñador de interiores bilbaíno se ha aficionado a trasladar al papel minuciosos croquis de decorados de películas y series de éxito. Entre los títulos que le han inspirado están filmes como Psicosis, La tentación vive arriba, La extraña pareja y Casablanca (el Rick’s Café) y series como Los Picapiedra, Mad men o Frasier. “Lo que busco para este proyecto —nos cuenta— es que las casas, apartamentos o negocios sean lugares icónicos y reconocibles, ya sea por su presencia o por su relevancia en la serie o película. Y Los Simpson lleva décadas en antena, su casa es muy reconocible”.
Para poder llevar a cabo la recreación en dos dimensiones del hogar de la familia Simpson, Aliste hubo de acometer una profunda labor de investigación. Esta comenzó, lógicamente, con el concienzudo visionado de la serie, de más de 630 capítulos. Simultáneamente, procedió a realizar bocetos y tomar notas de detalles concretos a modo de referencia para ir completando medidas y proporciones hasta obtener un plano final. “El plano lo voy rellenando con otra cantidad de notas y capturas de pantalla, para tener localizadas las piezas de mobiliario, atrezo y demás”, explica. “He trabajado muchos años como diseñador de interiores y digamos que he desarrollado mi capacidad para visualizar espacios y plasmarlos en forma de plano”.
Planta baja de la casa de 'Los Simpson' en el plano de Iñaki Aliste Lizarralde.
Al fondo a la derecha, la 'rumpus room', que solo ha salido fugazmente en dos o tres capítulos y que ha roto el coco a los fanáticos de la serie.
Cuando se trata de series como Los Simpson, el interiorista se enfrenta a un reto añadido: a diferencia de los decorados construidos en platós, los espacios inventados por dibujantes suelen alterarse a demanda del argumento. “En las series de animación, los fondos se cambian continuamente. A veces, una pared parece medir dos metros, y otras veces, cuatro. No tienes más que recordar aquellas series de Hanna-Barbera en la que un gato perseguía a un ratón y el fondo iba pasando siempre con el mismo sillón, la misma lámpara, el mismo aparador… Aquellos apartamentos parecían ser kilométricos”, apunta.
Plano de la planta superior de la casa de 'Los Simpson', según el arquitecto Iñaki Aliste Lizarralde.
Por tanto, añade, el resultado en el caso de Los Simpson es fiel en lo posible, “teniendo en cuenta que ellos mismos son infieles en el diseño”. Y pone varios ejemplos: “En muchos episodios vemos que se dirigen hacia el sótano desde la cocina, de lo que se deduce que las escaleras están en ese lateral de la casa junto al garaje; pero en un capítulo en el que Homer y Bart fabrican cerveza casera y la envían al bar de Moe metida en bolas de bolos, les vemos entrar al garaje por la puerta del hall. En otro episodio, esta puerta del hall es un armario ropero en el que se esconden los niños, y en otro, está lleno de baldas donde guardan juegos”. Y añade: “Digamos que son ellos los que se toman las licencias. Yo me limito a plasmar, en lo posible, lo que veo”.
Coincide con esa apreciación uno de los mayores expertos nacionales en Homer, Bart y compañía. Alejandro Tovar es doctor en Comunicación y autor de la tesis Los Simpson (1989-1997) y la representación de tres problemáticas esenciales de la sociedad contemporánea: medios de comunicación, emprendimiento y género. “Hay que partir de la base de que los responsables de la serie han ido creando la casa sobre la marcha”, explica Tovar. “En las primeras temporadas ni siquiera se respeta una estructura lógica. Como en Los Picapiedra, una puerta enlazaba con otra, y luego con otra y con otra, y así casi hasta el infinito. No les preocupaba la coherencia. Tan pronto aparecía una ventana como desaparecía".
"Luego la fueron depurando", narra Tovar. "En un episodio más o menos reciente, Marge llega a decir: ‘Tenemos una habitación que aparece y desaparece; nuestra casa es muy rara para esas cosas”. La posterior congruencia debe mucho al trabajo del español Javier Pineda, director de los fondos de Los Simpson desde 1999.
Tovar, que prepara un libro sobre la serie, aplaude que se reflejen zonas poco mostradas en los capítulos. “La salita que hay en la planta baja, al fondo a la derecha ha salido poquísimas veces”, detalla. Es la rumpus room, que a Aliste le costó localizar: “Es esa tercera sala de estar detrás del garaje y que solo ha salido fugazmente en dos o tres episodios”. Dicha sala, que contiene un televisor y un puf, “aparece casi de igual tamaño que el salón principal, que alberga el piano [en el extremo opuesto; el piano es morado]. Pero una cosa es la flexibilidad de la serie y otra, las exigencias de unas medidas en un plano”, matiza Tovar.
Por otra parte, Tovar asegura que “en la planta baja, justo al lado de la cocina, se ve un baño pequeño, como una cabina. Ese baño en la serie no aparece nunca”. A este respecto, el interiorista concede que dicho aseo “nunca se había mostrado. Solo había una referencia a su existencia en El motín canino, donde adoptan a un perro border-collie tan perfecto que orina en el aseo y lo vemos salir de este cuartito, pegado a la cocina. Oímos como suena la cadena del váter pero no lo vemos, así que tuve que inventarme cómo era. Pero en uno de los últimos episodios les dio por escribir una escena en la que Homer y Marge tienen un arrebato y se lo montan en ese aseo de la planta baja, que se muestra por primera vez”.
Una prueba del escrupuloso visionado que Aliste hizo de la serie es el garaje, donde ha situado una barra con cuatro taburetes. “En uno de los episodios, Homer se monta un bar en el garaje y esa fue la razón para dibujar eso en vez de un simple coche en su interior”, dice.
Similares limitaciones revela el alzado que realizó el estadounidense Andrew Delong. Tovar: “Las escaleras que se aprecian enfrente, entiendo que son la bajada al sótano, pero tampoco aparecen nunca ahí. En cuanto al alzado de la parte de arriba, lo veo completamente fiel”.
Planta superior de la vivienda de la familia Simpson en la recreación de Andrew Delong.
La recreación de Delong refleja con precisión los colores —una de las señas de identidad de la serie— desde los de las paredes a los de colchas y muebles. “Por un lado, los creadores de la serie dijeron que debían romper esquemas con colores vivos, para atraer la atención del espectador que estuviera haciendo zapping, pero también está la teoría de que los pantones de los colores primarios son más baratos, y como al principio no tenían pasta… Jugando también con la horterada de las casas americanas”, describe Alejandro Tovar.
Garaje multiusos, escaleras imposibles, baños cambiantes; un hogar disparatado que desafía las normas de la arquitectura. Como dijo Homer en una de sus intervenciones más célebres: “¡En esta casa obedecemos las leyes de la termodinámica!”.
El Pais
VIDA MOSTRENCA: Voces alegres
EL PAÍS DE LAS TENTACIONES
VIERNES 21 DE ENERO DE 2000
Texto: Jordi Costa Ilustración: Darío Adanti
El 11 de noviembre de 1999, mientras se hallaba sola en la lujosa casa de Los Ángeles que compartía con su marido, Mary Kay Bergman cogió una escopeta, apoyó su barbilla sobre el cañón, disparó y puso fin a su vida. Con un acto de tan inapelable radicalismo, la señora Berg-man consiguió ponerles las cosas bastante difíciles a cuantos redactores de necrológicas tuvieron que dar noticia de su muerte: la suicida no sólo se hallaba en la cúspide de su éxito, sino que también tenía uno de los trabajos más festivos a los que cualquiera haya podido aspirar en el siglo XX. Mary Kay Bergman tenía una voz divertida y su técnica de dicción le permitió multiplicarla en centenares de voces divertidas, que consolidaron una de las carreras más notables en el difícil arte del doblaje de dibujos animados. En sus últimos años se dedicó a doblar todas las voces femeninas de la serie de animación de culto South Park: las respectivas madres de Stan, Kenny, Kyle y Eric, así como las enfermeras Gollem y Goodly, la alcaldesa McDaniels, la conductora de autobús Mrs. Crabtree y la diabólica niña con la mandíbula ceñida por un aparato de ortodoncia Shelly Marsh, entre otras, hablaban a través de su boca versátil.
Mary Kay Bergman descubrió su vocación en el curso de una fiesta con karaoke: cuando subió al improvisado escenario y empezó a imitar a Ethel Merman, no tardó en acercársele un invitado -que, a la sazón, estudiaba en una escuela de doblaje—dispuesto a orientar esa hipohuracanada energía oral. Capaz de imitar a la suma perfección las voces de Meryl Streep, Gwyneth Paltrow, Meg Ryan, Jodie Foster, Madonna, Julia Roberts, Alanis Morissette, Marilyn Monroe, Judy Garland, Katherine Hepburn y Annie Lennox, entre muchas otras, la Bergman podía haber invertido su talento en el Lado Oscuro de la Fuerza, sembrando la confusión en el mundo del show-business con grabaciones piratas, psicofonías estelares o envenenados mensajes dejados en estratégicos contestadores, pero prefirió apostar por la luz. Desde 1989, se convirtió en la voz oficial de la Blancanieves de Disney en un buen número de juguetes, audio-libros y atracciones de parque temático. Sus perfectos ladridos y sonidos de cachorro la convirtieron en la dobladora ideal de la carnada al completo de 101 dálmatas, del revisitado clásico de la Disney. Anuncios, dibujos animados de sábado por la mañana y videojuegos completaron su amplísimo campo de operaciones.
Allí en esa otra vida a la que su certero disparo le habrá mandado, Mary Kay Bergman podrá encontrarse con los maestros de su rara especialidad: Mel Blanc y Clarence Nash. El primero de ellos fue la voz de los más histéricos toons de la Warner -Bugs Bunny, Porky, el pato Lucas...-y su interesantísima trayectoria describe la evolución de las voces divertidas -ese arte del siglo XX sin academias, ni demasiados exégetas-desde la primitiva radio americana hasta el excelso dibujo animado, pasando por la televisión. El segundo, Clarence Nash, fue un talento radical: hizo, de la dicción, abstracción, al articular el parpar del pato Donald y crear sus versiones en inglés, portugués, español, francés, italiano, alemán, holandés, sueco y chino.
Mary Kay Bergman se lo ha puesto, en efecto, difícil a quienes tengan que escribir su necrológica: es difícil pulsar alguna nota triste a partir de una trayectoria tan aparentemente alegre. Por eso, les invito a experimentar la alternativa mostrenca a la misa de difuntos: acercarse a la médium más cercana y convocar, a la vez, los espíritus de Blanc, Nash y la Bergman. Seguro que no puede concebirse un contacto con el más allá más desternillante.
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