domingo, 1 de octubre de 2017

Héroes de autor

 Panini Comics publica dos obras imprescindibles para todo buen 'marvelómano'

JOSÉ LUIS VIDAL
27 Septiembre, 2017



Antes que nada, queridos lectores, hagamos un ejercicio de autodesengaño y, poniendo los pies en la tierra, démonos cuenta de que (hablando de comics de superhéroes) la propiedad de todos esos enmascarados que visten mallas y capa es de una onmipresente compañía, en el caso concreto de Marvel y DC Comics, Disney y Warner, respectivamente.

Toda esta introducción viene a cuento de que, aunque un autor deje su huella en una de las colecciones en las que trabaja, mostrando su talento como guionista o dibujante, siempre puede venir otro detrás que mate, resucite o transporte en el tiempo a ese personaje (¿tengo que citar, por ejemplo, el caso de Frank Miller y SU Elektra?)

Es por ello que, con la imaginación que se nos ha otorgado, vislumbremos una enorme biblioteca donde se guardan esas etapas de autores. Sagas, miniseries, one-shots, novelas gráficas que merecen estar entre lo mejor que se ha producido en, concretamente, la Casa de la Ideas.

Y resulta que en este mes de septiembre, Panini Comics nos deleita editando dos volúmenes que pertenecen, por derecho propio, a esa imaginaria colección.




En primer lugar, a mi modesto parecer, una de las mejores historias que se ha escrito nunca sobre el trepamuros, Spiderman: La última cacería de Kraven, como su propio título indica nos presenta al cazador de cazadores como nunca. Desquiciado, obsesionado con su pasado familiar y sobre todo por obtener su última y más codiciada presa, el hombre araña.

El guionista de tan simpar obra, J.M. DeMatteis, nos lleva de la mano con unos textos que ilustran a la perfección la locura, el miedo, la furia, que se apoderan de los protagonistas, donde encontraremos a un Peter Parker que se va a enfrentar a uno de su peores enemigos, pero esta vez no habrá ocasión para los chistes fáciles ni las acrobacias. Kraven quiere matar a la araña. ¿Lo conseguirá?

Y el tercer vértice del triángulo de esta historia lo protagoniza un ser desvalido, perdido en las cloacas de la ciudad, Alimaña.

Estos son los tres actores de esta función, magníficamente ilustrada por uno de los grandes dibujantes del medio, Mike Zeck. Nunca vimos a un Kraven tan fiero, tan loco, poseído por una obsesión.

En el tomo se incluyen, tanto las portadas, como varias páginas a lápiz que demuestran la maestría de Zeck y, cómo no, el maravilloso acabado final del entintador Bob McLeod.

La jungla urbana puede ser la más peligrosa de todas, y uno de los tres personajes no saldrá con vida de ella…




Tanto ésta como las aventuras de Los Vengadores de la Costa Oeste, recopiladas en otro tomo, se realizaron en la década de los ochenta, unos años en los que en la editorial Marvel hubo una maravillosa 'revolución creativa'. Nuevos autores, algunos de ellos muy jóvenes, habían cogido las riendas de las colecciones y estaban dándole peso, personalidad y dramatismo a los personajes creados por los 'padres fundadores', Stan Lee y Jack Kirby.

John Byrne fue uno de ellos, que en la cúspide de su fama (ya había pasado por los X-Men y 4F, entre otras) puso su talento en los nueve números que se incluyen en el volumen titulado La búsqueda de La Visión. En ellos, usando sus vastos conocimientos sobre el Universo Marvel, Byrne vuelve a contar la historia del sintezoide que tan de moda está en los últimos tiempos (gracias, claro está, a la magnífica miniserie firmada por Tom King y Gabriel Hernández Walta).

Esta división de Los Vengadores, formada por Ojo de Halcón, recibirá un fuerte golpe cuando uno de sus miembros, la citada Visión, desaparezca. Su esposa, la Bruja Escarlata, se encuentra al borde de la locura al desconocer qué ha ocurrido con su marido.

Byrne, con pulso firme va plantando líneas argumentales que, poco a poco, se irán resolviendo. Una de ellas es el extraño comportamiento de Tygra, la aparente traición de Pájaro Burlón, el misterio con los hijos gemelos de La Visión y Wanda, la llegada de un nuevo líder que no va a ser recibido con los brazos abiertos, la presentación de un nuevo grupo de 'héroes'…

Todo esto y mucho más podréis encontrar en una lectura que te atrapa de principio a fin, en la que su autor, John Byrne, dejó patente muestra de su increíble capacidad, tanto como dibujante, como en la labor de guionista, sabiendo mezclar a la perfección momentos dramáticos con alguna pizca de humor y, como no podía ser menos, unas trama espectacular.

Dos obras dos, que una vez más muestran las maravillosas historias que se han narrado en el Universo Marvel. Nuff Said!


Malaga Hoy



lunes, 25 de septiembre de 2017

La gran aventura del pintor de aves Audubon, en cómic

‘Sobre las alas del mundo’ recrea la vida del célebre ornitólogo

JACINTO ANTÓN
Barcelona 21 SEP 2017

Una ilustración de 'Sobre las alas del mundo, Audubon' (Norma Editorial)

El ornitólogo más famoso que ha existido, J. J. Audubon (1785-1821) , naturalista y artista en la época de la frontera y la colonización del Oeste en los Estados Unidos (de origen francés se llamaba Jean Jacques, pero como estadounidense se le conoce como John James), afrontó el inmenso reto de dibujar todas las aves del nuevo país en formación recorriéndolo lápiz, pinceles y cuaderno en mano como un pionero y explorador más y viviendo las mismas grandes aventuras y peligros (en la otra mano llevaba el rifle).

Tras una vida de esfuerzos y penalidades en la que el birder se mezclaba con el trampero, Julian Huxley con Daniel Boone, la realidad con el mito, Audubon produjo el asombroso The birds of America, un libro colosal en el que se dejó prácticamente la vida, consistente en 435 grandes láminas (el tamaño se denominó folio “elefante”) con dibujos de pájaros a escala natural coloreadas a mano. Es la obra ornitológica más famosa que se ha hecho jamás: de la primera edición, publicada por partes entre 1827 y 1838 y de la que se realizaron solo 200 ejemplares, algunos incompletos, se vendió uno en 2010 por la friolera de 12 millones de euros. Las láminas muestran 497 especies de aves de Norteamérica, incluidas seis actualmente extintas, como la cotorra de Carolina, la paloma migratoria y el alca gigante. Audubon bautizó 91 especies de pájaros (es verdad que en algún caso hasta cinco veces la misma).

El Audubon real, en un retrato de la época.

Ahora, el guionista Fabien Grolleau y el dibujante Jérémie Royer han acometido otro reto aparentemente igual de descabellado que es el de llevar la vida y la empresa de Audubon al cómic. Y lo han hecho maravillosamente en una novela gráfica, Audubon, sobre las alas del mundo (Norma editorial) cuya publicación coincide muy pertinentemente (y ahí se celebrará) con el Delta Birding Festival, la gran cita ornitológica que abre hoy viernes sus puertas en el Delta del Ebro (hasta el domingo), con numerosas propuestas científicas y de ocio.

Dibujar la biografía de Audubon no implica solo reconstruir y plasmar su compleja personalidad, (con aspectos de visionario) y su época y los grandiosos paisajes naturales en los que se adentró buscando sus aves, sino dibujar los propios pájaros, y, para complicarlo aún más, las láminas que Audubon pintó. Someterse a la comparación con la maestría artística de Audubon es meterse en un buen embolado.Añadamos que la vida del naturalista, sembrada de leyendas, es de todo menos fácil de reconstruir y ha sido tradicionalmente un quebradero de cabeza para sus biógrafos.

Nacido en la entonces colonia francesa de Saint-Domingue, hoy Haití, como resultado de la relación entre un capitán de la marina francesa y una criada que murió al poco de nacer él, Jean-Jacques fue llevado a Francia y a los 18 enviado a Pensilvania, donde su padre tenía una plantación, para evitar que lo reclutaran en los ejércitos napoleónicos. El chico sin embargo tenía la cabeza llena de pájaros (no lo podríamos decir mejor) y se consagró a realizar dibujos de aves, su gran obsesión.

Una página de 'Sobre las alas del mundo, Audubon'.

El cómic, que mezcla el realismo con algunas imágenes de tinte surrealista como alucinaciones de la mente de Audubon, nos muestra parajes virginales, los vapores de palas de Nueva Orleans, indios, osos, bisontes, y sobre todo, claro, pájaros, con momentos sublimes.

El relato sigue a Audubon en varios momentos de su vida y flash backs arrancando con una expedición ornitológica al Misisipi en 1820. Lo primero que vemos, incluso antes que a él, es una bandada de gansos del Canadá. Su tesón aparece muy bien retratado, así como su entusiasmo, su valor y su testarudez en conseguir su propósito, aún a costa de su vida familiar, y en lograr que la comunidad científica se interese por su trabajo considerado demasiado artístico.. Asistimos a momentos que dieron pie a algunas de sus grandes estampas, como el de los cuitlacoches rechazando el ataque de una cascabel a su nido o los halcones peregrinos despedazando a una presa,. Aparece también el famoso flamenco. Las viñetas plasman toda la complejidad y la ambiguedad de Audubon, un hombre que no solo no dudaba en matar las aves que le fascinaban para dibujarlas (era lo lógico en una época en la que no existían cámaras de fotos capaces de captarlas al natural) sino que opinaba que cuantos más ejemplares cazaras mejor. El pasaje del cómic en que dispara sobre una pareja de carpinteros reales (picamaderos picomarfil) y luego los exhibe muertos pone los pelos de punta a cualquier birdwatcher con corazón....Pero, en fin, es el santo patrono, era Audubon.


El Pais


Vance / Van Hamme XIII


Jordi Sánchez

XIII Vance/Van Hamme


Grijalbo-Dargaud

No es improbable que el lector receloso, cegado por lo evidente, caiga en la tentación de juzgar al prolífico Jean Van Hamme como «uno de esos autores que, aunque con cierta gracia, siempre escriben la misma historia». Y es seguro que es el propio autor belga el culpable del dislate: su reino no es de este mundo. La apuesta narrativa de Van Hamme chirría a menudo en un medio en el que la parca imaginación parece generalizada, y las urgencias arguméntales son moneda común. Ante este mundo de argumentos fabricados con anécdotas despachadas a vuelapluma, Van Hamme aboga por la resurreción de materiales nobles, por el trazado de nuevas geometrías para elementos ya conocidos. Y, no hace falta decirlo, todo ello desde los estrictos dominios de la ortodoxia.

Oigo voces exaltadas que acusan al belga de tramposo; tienen razón: la trampa es el combustible (¿inagotable?) de su literatura más característica; escamotear información al lector, jugar con él, si se hace bien, puede ser un bello recurso. Van Hamme lo hace condenadamente bien.

He hablado de la literatura característica de Van Hamme, lo cual es, probablemente, un concepto erróneo. Intentar hallar una literatura verdaderamente característica entre toneladas de papel (el belga lleva cerca de veinte años escribiendo novelas, guiones de cine, historieta y televisión), acaso sea un trabajo tan arduo como finalmente infructuoso. Aunque, desde luego, no sería gratuito aplicar lo anteriormente dicho a dos de las obras que han convertido a Van Hamme en uno de los maestros indiscutibles de la historieta actual; dos seriales modélicos cuyos últimos volúmenes aparecieron casi simultáneamente el presente año: XIII y Largo Winch.

Como cabía suponer, Por María, el noveno título de XIII, es una nueva vuelta de tuerca en el angustioso periplo vital de Jason MacLane, alias Jason Fly, alias mil personas más. MacLane, definitivamente proscrito tras haber despechado al corrupto presidente Sheridan, aparece en el punto de mira de una ignominiosa organización secreta, que pretende sus servicios, a la par que es codiciado por el Padre Jacinto, líder espiritual de un grupo de rebeldes centroamericanos, quien le asegura que su verdadera identidad es la de Kelly Brian, un tránsfuga del IRA, casado con la hija del presidente electo y derrocado de Costa Verde. XIII cae, así, de nuevo en una demencial espiral de revelaciones, en un nuevo capítulo del inclemente juego de espejismos en el que se ha convertido su vida. La genial arquitectura escénica de Van Hamme alcanza un nuevo cénit en esta Por María, embrión de otro desfile de piezas clave que no llevan a ninguna parte. El último, por el momento, capítulo de una soberbia tragicomedia policial, eterna metáfora de una indagación en la incordiante, dolorosa, deriva vital del ser humano.

El boceto argumental de Largo Winch es similar al de XIII; el problema no es ahora la identidad de un hombre, sino los contúrbenos enemigos que un joven, un heredero multimillonario aterrizado súbitamente en el mundo de las altas finanzas, se ve obligado a encarar con gallardía.
Tras haber acabado con el conspirador de los dos primeros álbumes de la serie, Largo se enfrenta, en O.P.A., a serias complicaciones: irrumpen en escena un presunto psychokiller; la decadente actriz Lizza-Lu, un prodigioso producto del lifting capaz de todo por casarse con el dinero de Largo, y la inquietante y bella Melly, una mujer que se debate entre una creciente atracción por Largo y su deber, que parece ser acabar con él.

O.P.A. dibujado por Philippe Francq, abre una linea cuya intriga puede llevar al joven millonario (y al lector) a una suerte de paraíso del suspense hi-tech. Aviso: si Van Hamme se desmelenara y el público apreciara de verdad la historieta, James Bond podría acabar en el ingrato asilo que el último rincón de la memoria reserva para los mitos periclitados.


Un Año de Tebeos 1993. Editorial Glenat


Tabary IZNOGUD


Jesús Palacios


Grijalbo-Dargaud


Es el menos popular de los personajes creados por Rene Goscinny, a mayor gloria de la historieta francesa, pero es también su criatura más singular. Iznogud, auténtico personaje de culto, es sólo para paladares exquisitos, de esos que disfrutan más con la metafísica parda de monsieur Aquiles Talón que con el heroísmo de Asterix o de Lucky Luke, creaciones memorables ambas del propio Goscinny, pero que tienen en su contra un exceso de bondad, de virtudes (en el caso del galo, casi provincianas), que hacen recaer las simpatías del lector sensible antes en sus enemigos que en ellos mismos.

He ahí, amigos mios, la primera gran virtud de Iznogud: es un villano. Eterno conspirador, en la clásica tradición de todos los visires orientales, Iznogud ha hecho que la frase «quiero ser califa en lugar del califa» se inscriba con letras de oro en la historia del comic. Cierto que siempre fracasa en sus planes conspiratorios, pero no por ello encontramos en su perverso y divertido universo oriental, parodia confesa de Las Mil y Una Noches y sus mil y un prodigios, algún personaje positivo que le dé replica. No, todos los personajes de la saga de Iznogud no son sino una galería de seres cruelmente estúpidos, ridículos y torpes. Incluso el propio Iznogud, siempre con la colaboración de su sanchopanzesco y no menos torpe criado, es incapaz de llevar a buen término ninguno de sus complejos y absurdos planes, para delicia del lector y su inagotable sadismo, que sabe que, así, el malvado visir deberá volver a intentarlo en una nueva aventura.

Goscinny solía decir que él era «un bufón y nada más, ni un moralista, ni un filósofo», pero yo mas bien le veo, a través de su Iznogud, como un satírico (el descendiente, en definitiva, del bufón medieval), que juega, con este absoluto negativo del Zadig volteriano, a manejar todos los recursos clásicos de la sátira en un marco de referencia, el oriental, que le emparenta con las obras de Congreve y Beckford (¡Que gran Vathek llegaría a ser Iznogud si consiguiera al fin su califato!), y con las de sus compatriotas ilustrados Montesquieu y Voltaire, a las que añade no unas gotas, sino unos litros de nonsense carrolliano y trabalenguas lingüísticos, que dejan reducidos los juegos de palabras de un Cabrera Infante a meros pasatiempos . En manos de Goscinny, el satírico, Iznogud y sus «amigos» (todos, insisto, ridículos y falaces) crecen como gigantes o disminuyen como liliputienses, viajan al pasado y al futuro, se vuelven invisibles, se ven obligados a decir palabras que no quieren pronunciar o enmudecen de repente, y engañan y son engañados constantemente, pasando revista a todas las situaciones que la sátira, como genero, es capaz de imaginar, para acabar dándonos una visión sutilmente cruel, mordaz y hasta amoral, ausente en Asterix o en Lucky Luke, de la humanidad en su conjunto, ridiculizada con amoroso cinismo en las infinitas ansias de poder del Gran Visir, condenado a fraguar inútiles complots, condenados a su vez al fracaso de antemano.

Iznogud es, también, el personaje que mejor ha sobrevivido a la muerte de su creador. Dejado ya sólo en manos del dibujante Tabary, que lleva con él desde su aparición en 1961, éste, mejor que Morris o Uderzo, ha sabido captar el mordaz mensaje del maestro, que ha reflejado siempre con su trazo suelto y vivaz. Por ello, en Iznogud no notamos tanto la ausencia de Goscinny (aunque se nota, se nota) como en Asterix o Lucky Luke, quizá porque, en el fondo, este pequeño y malvado visir es mucho más humano, más real y comprensible que héroes sin tacha y tan íntegros como son el pequeño galo y el solitario cowboy. Tabary, como nosotros mismos, lo entiende mejor, lo quiere más porque, también como cada uno de nosotros, lleva en su interior a un pequeño, maligno y feroz Iznogud que quiere, como todos, ser califa en lugar del califa.






Schultheiss EL SUEÑO DEL TIBURÓN


Ediciones Glénat




 Jordi Sánchez

El hecho de haber nacido en una ciudad en ruinas no debe ser del todo ajeno a la torturada personalidad (a juzgar por su obra, en público es un interlocutor estupendo) de Matthias Schultheiss. La obra de un esteta de la violencia extrema, un demiurgo del vértigo y la suciedad, no podría haber tenido otro lugar de origen que los escombros de Nuremberg.

Un caso raro, este Schultheiss: una obra de tal solidez sólo podría haberla diseñado el más americano de los alemanes; tanta independencia y rigor sólo existe en los más europeos de los autores americanos. Claro ejemplo, por tanto, de un modelo extrañamente transnacional de historietista (como Andreas Martens, otro alemán), Matthias Schultheiss ha gestado en doce años una bibliografía heterogénea y valiente (también ampliamente controvertible) de la cual El Sueño del Tiburón /El Hormigero de Lagos es la cota más alta. El álbum narra la historia de Patrick Lambert, «un cerdo blanco en plena decadencia», como lo define un policía nigeriano, un pirata psicópata en Lagos, Nigeria, un infierno de muerte y delirio venéreo. Lambert, que al comienzo de la obra ya es un criminal atroz, convierte su mente, después de sufrir una terrible sesión de tortura genital, en un pestilente cenagal. Con unos pocos trucos y la credulidad de un puñado de desarraigados nigerianos, Lambert, al que muchos creen un poderoso mago, se torna leyenda viva y capitanea una feroz tripulación pirata.

El demente marino, un verdadero personaje, no un monigote, se envilece progresivamente mientras, en admirable desarrollo, la trama va crispándose, endureciéndose, con la irrupción de nuevos personajes. Traficantes de alta tecnología militar, máximos dirigentes de parodias de estados, y hasta insaciables esposas de diplomáticos, inundan un argumento en el que la degradación moral de los actores corre pareja al incremento del vigor de la acción. Diálogos sucios, afilados como navajas, litros de sangre, humedad, moscas, miseria, basura, mucha basura, y sexo, jalonan una historia, desfile de traiciones y trampas mortales, que desemboca en uno de los finales más alucinados de la historia del medio. Ese tiburón que emerge violentamente, partiendo de una dentellada al desgraciado Shagari, es una imagen especialmente acertada. Ese último, hórrido cuadro, se erige en estremecedor anuncio: por muy tremenda que nos haya parecido la historia de Lambert, lo peor todavía esta por llegar. El horror no es finito.






Romita Jr.-Byrne / Keown-David IRON MAN / HULK


Agustín Álvarez

Comics Forum


Cuando lean estas líneas, Hulk / Iron Man habrá desaparecido ya de los kioskos o estará a punto de hacerlo. Por motivos que aquí no entraremos a analizar, el público no ha sabido acoger con el merecido entusiasmo la que, sin duda, era actualmente mejor colección de comic book de Comics Forum. Y la elección no era mala: dos personajes clásicos que no terminaron de cuajar a nivel de ventas, compartiendo revista en uno de los momentos más dulces de sus respectivas trayectorias (al menos, en lo que a equipos creativos se refiere).

Del Hulk de Peter David y Dale Keown puede decirse, sin temor a dudas, que es la mejor etapa de la colección desde sus principios. Peter David es un guionista hábil, coherente y verosímil, amén de un excelente dialoguista. Sus historias, sin olvidar que hablamos siempre del mundo de los superhéroes, dejan un sabor a realidad: los personajes se comportan como deben, toda causa tiene su efecto, si bien a veces adolece de un empleo excesivo del chiste fácil. Demasiado amparado en los mass media, sus diálogos son inteligentes y bien resueltos. Sabe reírse de sí mismo, y al tiempo salir airoso de meteduras de pata que otros autores cometieran con los personajes que él maneja. Ha sabido transformar Hulk en una colección en la que, si antes los personajes básicos eran Hulk, su alter ego Bruce Banner, su impenitente novia Betty Ross y su futuro y obseso suegro, ahora desfilan por ella todo un elenco de personajes de un modo más o menos fijo, a cada cuál más atractivo. Rick Jones, Mario, Doc Samson, Agamemnon, el resto del Panteón... logrando con ello zafarse de la monotonía que parecía condición sine qua non de cualquier tebeo de la colección desde el primer número.

En la parte artística, puede decirse que ha sido realmente afortunado. Comenzó con McFarlane cuando éste aún no se había viciado de su estilo actual, y se le podía leer. Le siguió un Jeff Purves limitado, pero eficaz, dependiendo del entintador de turno. Algún fill-in que otro de por medio y le llegó el turno a Dale Keown, procedente de la independiente Night Wynd , que si bien nunca deja de recordarnos a Byrne, ha logrado hacerse con un estilo propio y de gran calidad. Junto a Peter David, redefiniría al personaje, dotándole de su actual estado y apariencia, con lo que el personaje allá en los USA lograría triunfar.

En lo que respecta al Iron Man, la parte literaria recae en John Byrne. Tablas son tablas, y cuanto menos, se puede decir de él que es un guionista competente. Farragosos diálogos al servicio de la historia, normalmente ingeniosa y bien propuesta, pero también normalmente mal o precipitadamente resuelta. Al igual que Peter David, sabe manejar a la perfección los subplots, introduciendo en cada historia elementos prólogo de futuros episodios, creando una línea argumental continua y consistente. Suelen sobrarle los personajes secundarios, y el resultado de sus guiones depende bastante de la competencia del dibujante, lo cual nos lleva a un John Romita Jr. en su madurez. Las tintas de Bob Wiacek no son las de Al Williamson, pero aun así, como buen narrador que es, sabe dotar de fuerza y dinamismo a sus personajes, y ha logrado dar a Iron Man una plasticidad hasta ahora inédita.
En suma, se trata de una más que recomendable colección con la que se puede pasar un rato divertido (Hulk) y entretenido (Iron Man), y que si el lector aún no conoce, bien le convendría tratar de hacerse con ella antes de que termine.






sábado, 23 de septiembre de 2017

XXII JORNADAS DE CÓMIC DE AVILÉS “El cómic no es literatura, es un arte donde lo esencial es la imagen”

 Un nutrido grupo de guionistas norteamericanos, franceses y españoles reflexionan sobre el escribir tebeos desde Avilés



Imagen del 'Watchmen' de Alan Moore.


ÁNGEL LUIS SUCASAS
Avilés 20 SEP 2017

Bandes designes. Tebeos. Fumetos. Graphic novels. Se llamen como se llamen, todos describen lo mismo: la narración en viñetas. ¿Y qué es una viñeta? Una vidriera a un espacio y un tiempo que el lector puede completar en su propio tempo. Esa vidriera se compone de dos facetas, el guión y la ilustración. Pero el guión de un cómic no es meramente la escritura del relato, sino la disposición y relación entre esas ventanas a un espacio y un tiempo concreto.


Sobre cuáles son los engranajes que hacen girar un guion de cómic departieron una nutrida mesa la semana pasada en las XXII Jornadas del Cómic de Avilés. Larry Hama, como representante de la industria de Estados Unidos, Matz y Morvan, guionistas de la viñeta francesa, y José Manuel Robledo y Antonio Altarriba por parte del tebeo español. La meta, describir su arte, que, como no podía ser de otra manera, adquiere matices muy personales.


Larry Hama, que firmó 155 guiones consecutivos de G.I. Joe para Marvel, describió con humor por qué se convirtió en guionista. Fue una cuestión de lo más mundana, llegar bien a fin de mes: "Como dibujante, en los 70, cobraba 23 dólares por página. Y como mucho daba hecho una página al día. Me enteré de que los guionistas cobraban 50 dólares por página. Así que me pasé 10 años pidiéndoles a DC y Marvel que me dejaran escribir. Al final, me ofrecieron 'G.I. Joe', porque todos los demás guionistas de la industria habían rechazado escribirla".


Un momento de la charla sobre guión de cómic desde las jornadas de Avilés. De izquierda a derecha: Ángel de la Calle, Antonio Altarriba, José Robledo, Larry Hama, Diego García Cruz, Matz y Morvan.

Una de las claves que definen el tipo de narrador que uno es se halla en el proceso de trabajo. Se dice que, a grandes rasgos, hay dos tipos de escritores: de brújula y de mapa. Y lo que se quiere decir con esto es que los de brújula no saben adónde van, no van por delante de su trama, y los de mapa lo planifican todo previamente y luego lo escriben.

En esta mesa se vio ejemplos de ambas metodologías. Hama, por ejemplo, siempre ha trabajado con brújula. "No sé si compartiréis conmigo esa desagradable sensación de empezar a ver una película o leer un tebeo y saber a las pocas páginas y minutos como va a acabar. Eso es algo que siempre he querido evitar. Mi método consiste en no saber qué va a pasar. En los cómics de G.I. Joe no había jamás un continuará precisamente por esto, porque ni yo, ni el editor, ni nadie sabíamos cómo continuaba la historia".


Una portada del 'G.I. Joe' guionizado por Larry Hama.

Pero hay otros guionistas que sí tienen un método concreto. Robledo, que se considera dibujante antes que guionista, describió el suyo al detalle: primero, unas semanas de documentación; luego, un storyboard general; luego algo más detallado para escenas con "cohesión", trascendentes, que desarrollen una idea en tres o cuatro páginas. Y lo último que se ponen son los diálogos y cartelas. La pereza tiene también mucho que decir en ese proceso. El francés Morvan decide cada día si va a escribir en la ducha: "Funciono por inspiración. Así que si durante la ducha veo que no tengo ganas, pues ese día no escribo. Ahora bien, cuando me entran las ganas me puedo pasar horas y horas y olvidarme hasta de comer".

Altarriba destacó, por lo variopinto de la mesa, que si bien en el método y en las reflexiones sobre el cómic había puntos en común, España es diferente por tener una industria menos profesional: "En España, el guionista tiene que ser un poco el motor de todo. Tú no te sueles presentar a un editor con una idea, como podrías hacer en Francia, y que él te busque el dibujante. Tú te presentas con todo atado, unas páginas dibujadas y el guion completo para vender el proyecto. Creo que esta es la gran diferencia, que aquí todo es menos profesional. Un guionista en Francia o Estados Unidos está trabajando simultáneamente en varias series, sin descanso. Aquí, en España, yo iba guion a guion. Y entre tebeo y tebeo me he pasado meses sin guionizar nada de cómic".

Viñetas de una página del tebeo 'Estela' del francés Morvan.

Otro punto clave en escribir tebeos es que es, muchas veces, un baile a dos. Bien agarrado. El dibujante y el guionista tienen que convivir en sus egos artísticos y ambiciones creativas. A veces, esa convivencia es compleja. "Con el dibujante de Asesino [Luc Jacamon] siempre le hacía el mismo castigo cuando nos peleábamos. Odiaba dibujar coches. Así que después de un cabreo, le mandaba diez o doce páginas de persecución sobre ruedas", apuntó Matz, entre risas. Hama cree que "a mayor talento, más pesado el equipaje", en el sentido de que los dibujantes que más merecen la pena, los que hacen "vibrar el alma", suelen ser bastante impresentables profesionalmente. "Hay un caso del que siempre me acuerdo, porque estos genios suelen pasar de coger el teléfono. Lo llamaba, dejaba que sonara una vez, colgaba y luego lo rellamaba. Me cogía sijempre, porque ese era el código secreto de su novia". Hama tuvo que adoptar estrategias extremas con otro de sus ilustradores, también para hacer posible la comunicación al auricular: "Había dejado de pagar a la compañía telefónica para no recibir llamadas. Así que la pagué yo por él para que tuviera línea".

Pero el tebeo tiene también mucho de catarsis. Antonio Altarriba la vivió en primera persona con el cómic El arte de volar. "Fue mi manera de reconciliarme con el suicidio de mi padre. Creo que, aparte de ese runrún de fondo en el que percibes cómo influye la biografía en un guionista, los cómics pueden tener un efecto catártico para reflexionar o incluso superar un trauma". Hama describe la escena del tebeo norteamericano como una gran familia y recuerda que tanto en su caso como en el de un colega, que afrontaban la lenta muerte por enfermedad de sus madres, el resto de escritores asumieron las tareas pendientes que tenían con las editoriales.


Portada del tebeo español 'El arte de volar'.

Hay una cuestión mayor en el candelero desde la recuperación cultural del cómic. La manía de llamarlo novela gráfica para que la literatura, de alguna manera, fagocite el medio. Altarriba no está de acuerdo con esta tendencia: "No son literatura. El cómic, es ante todo, un medio visual. Cuenta con imágenes. Esto no lo hace ni mejor ni peor que la literatura. Lo hace distinto, con sus fortalezas y también con alguna debilidad", explica. De esa concepción del cómic como arte de las imágenes sabe mucho Hama, que en los 70 llevaba la contraria a casi todos los guionistas coetáneos prescindiendo de los diálogos y de las cartelas para expresar los pensamientos de los personajes. "Por entonces me consideraban un loco por hacer esto. Recuerdo en una ocasión que escribí una historia de Lobezno completamente visual y me dijeron que no se podía, que había que meter cartelas. Y lo hice, pero en vez de hablar Lobezno, hablaba Electra, con lo que el cómic era una yuxtaposición entre las imágenes que contaban una historia y los textos que contaban otra. Por supuesto, nadie se dio cuenta. Lo que me reconforta es que hoy en día se considera que los cómics deben de prescindir del texto cuando no es necesario. Que deben narrarse en imágenes".



El Pais