domingo, 21 de agosto de 2016

La diseñadora de los sueños de Hollywood

 Collen Atwod ha creado el vestuario de unas 70 películas, trajes inolvidables que protagonizan exposiciones
ROCÍO AYUSO
Los Ángeles 23 JUL 2016 

"No quieren que hable de Tim”, dice Colleen Atwood (Washington, 1948) obviamente hablando de su amigo y continuo colaborador, el director Tim Burton. La diseñadora de vestuario tres veces ganadora del Oscar y con 11 candidaturas a esta estatuilla no va a poder evitarlo. Habla rodeada de algunos de sus mejores trabajos, en una exposición que es un despliegue de sus diseños para Las crónicas de Blancanieves: El cazador y la reina del hielo. “Este traje de oro que diseñé para Charlize Theron es uno de los preferidos de mi carrera”, asegura señalando un vestido tan majestuoso como brillante que lo dice todo sobre el personaje de la Reina Ravenna. Atwood las ha vestido a todas y a todos. “También a Antonio y Penélope”, recuerda de su trabajo en Philadelfia (1993) y Nine (2009) con Banderas y con Cruz, respectivamente. “Y estaría bien tomarle medidas al marido de Penélope”, añade con picardía esta leyenda del vestir en Hollywood en referencia a Javier Bardem. Es ambiciosa y no esconde sus metas. También le gustaría trabajar con Pedro Almodóvar y empaparse de la moda isabelina. “Me encantaría hacer algo sobre el siglo XV español. Un gran periodo y un estilo que nunca he tocado”, confiesa dejándose llevar por sus sueños.


Tres de los bocetos de Collen Atwod para la película 'Las crónicas de Blancanieves: El cazador y la reina del hielo'.

La diseñadora vuelve una y otra vez a vestir las pesadillas de Burton, alguien con quien trabajó por primera vez en 1990, en Eduardo Manostijeras. “Ya ni cuento las veces”, afirma. En total 12 trabajos juntos, entre ellos el primer Alicia en el país de las maravillas (2010) que le valió el último de sus Oscar (los otros dos son por Chicago y Memorias de una Geisha). Una docena de películas que incluye su próximo estreno en septiembre, El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, y la futura colaboración en Dumbo. “Fue una decisión difícil porque tuve que abandonar Mary Poppins, pero me quedé con Tim. Ya tenemos nuestro propio lenguaje”, confiesa.

Atwood diseñó el bozal de Hannibal Lecter en El silencio de los corderos (1991), el jersey de angora de Ed Wood (1994) o las capas rojas de Caperucita en Into the Woods (2014) y de la nueva Supergirl televisiva. Eso entre los cerca de 70 títulos de una carrera que, dice, comenzó tarde, cuando se acercaba a la treintena. “Ahora suena tan joven”, afirma a sus 67 años del día en el que se quedó prendada del trabajo de Piero Tosi en El gatopardo y decidió ser diseñadora de vestuario. Hoy ella es la fuente de inspiración de las nuevas generaciones y alguien que se encarga de vestir a las mayores bellezas en la pantalla. “Vestir a Charlize es como engalanar una obra de arte”, agrega volviendo a su trabajo juntas en Las crónicas de Blancanieves. “Pero el trato es el mismo con estrellas o primerizas. Les comento mis planes, les pregunto sus ideas y, a partir de ahí, dejo que fluya la locura”, revela. El método es igual con los actores. “Chris (Hemsworth) es otra obra de arte a la que le encantan mis diseños porque son cómodos y le quedan bien”, apunta señalando otro de los modelos en exhibición de El cazador y la reina del hielo.

La próxima película de Atwod es de nuevo junto al director Tim Burton. Estos son tres de sus diseños para 'El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares'.

Nacida en la era del poliéster, a Atwood le encanta trabajar con tejidos naturales. Pero también está contenta con los avances tecnológicos, como las impresoras 3D que agilizan su trabajo, especialmente a la hora de fabricar abalorios. Lo que no ha cambiado tanto a su alrededor en sus años de carrera son las desigualdades que existen en Hollywood. “A mi no me afectan tanto porque trabajo en lo que nos dejan a las mujeres, vestuario, peluquería y maquillaje”, afirma. “Pero es complicado. Veo muy de cerca las inseguridades de todas esas actrices que en cuanto pasan los 35 ya no son tan valiosas en esta industria donde quieren chavalas”, afirma ofreciendo su apoyo a todas esas mujeres que con sus diseños hace inolvidables. Ese será también el resultado de su trabajo en El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares: “Una película mágica —anticipa volviendo al tema de partida del que no debía de hablar—. Un Tim de los buenos”.


El Pais, sabado 23 de julio de 2016

Las aventuras de Dieter Lumpen. Un clásico moderno




 El presente texto no ha sido realizado para esta revista; en realidad lo escribí en su versión inicial hace algunos años para la revista argentina Comiqueando. De lo que no estoy muy seguro es de si finalmente llegó a publicarse allí o no: su realización coincidió con la desaparición de la revista motivada por la profunda crisis económica que sacudió aquel país.

De modo que ahora mismo no se muy bien si apareció en el último número de Comiqueando, o si el
 dichoso corralito argentino impidió que viese la luz.

Sea como fuere, cuando Ángel me pidió un artículo sobre un clásico moderno, y tras muchas ideas demenciales, decidí recuperar este texto -actualizándolo ligeramente- como una suerte de homenaje a mi amigo Andrés Accorsi y a su revista. He decidido también respetar la estructura del texto, que era siempre la misma en la sección en la que apareció -o debía aparecer- y que llevaba por título Grandes Series Europeas.



 LOS AUTORES
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No resulta fácil determinar si los autores de Las Aventuras de Dieter Lumpen son el guionista Jorge Zentner y el dibujante Rubén Pellejero, o lo es en realidad una personalidad, genial y única, que surge cuando ambos autores unen sus fuerzas. Digo esto porque pocas veces un tándem de autores ha logrado tal compenetración como la que demuestran Jorge y Rubén.

Jorge Zentner -Basavilbaso, 1953- periodista y psicólogo, comenzó su carrera como escritor de cómics en 1979 -según cuentan, instigado por Carlos Sampayo- en colaboración con un joven dibujante catalán llamado Rubén Pellejero -Badalona 1952-.

Pellejero ya llevaba entonces un par de años trabajando como dibujante de agencia, produciendo trabajos para países como Inglaterra, Italia o Noruega, y antes de comenzar su colaboración con Zentner, ya había visto publicada en la revista Cimoc una serie llamada Historias de una Barcelona. Las aventuras de Monsieur Griffaton, realizada en 1983, e Historias en F.M., elaborada en 1984, serían los dos primeros trabajos de dúo, que en 1985 daría luz a su creación más conocida: Dieter Lumpen.






Las Aventuras de Dieter Lumpen ocuparían la actividad el tándem durante casi siete años, tras los cuales también realizarían el álbum El cautivo, dentro de la colección de libros que se editó durante la conmemoración del Quinto Centenario del descubrimiento de América; amén de diversas historias cortas con diferente destino. Posteriormente realizarían, en 1995, esa obra maestra que lleva por título El Silencio de Malka -ganadora de uno de los premios del salón de Angouleme del año 97, entre otros galardones- y un álbum recopilando historias cortas que hasta ahora solo ha visto la luz en francés. Tabú-1999- es la penúltima de sus colaboraciones editada hasta el momento, en castellano por Glenat; mientras que esa especie de viaje iniciático apresurado, en forma de dos tomos editados aquí también por Glenat-España, que es Aromm, con-forma su último trabajo conjunto.

Ambos autores también han mantenido una actividad fuera del tándem que forman desde hace veinte años. Así Pellejero ha trabajado con Denis Lapiére en el álbum Un peu de fumée blue, editado por Glenat en castellano, mientras que Zentner ha escrito en los últimos años varios guiones para autores como David Sala -Replay y Nicholas Eymerich Inquisidor editados en castellano por Astiberri-, Santos de Veracruz -Flamenco, editado por Astiberri-, Carlos Nine -La adelantada de los mares del sur, aparecido en la colección del Quinto Centenario, y Pampa, editada por Sins entido-, Bernard Olivé -Caravana, editado por Astiberri- o Lorenzo Mattotti -El cosmógrafo Sebastián Caboto, reeditado recientemente por Glenat-España, y El rumor de la escarcha, editado por Planeta-.


LA SAGA ••••••••••••••••
Dieter Lumpen es un individuo sin oficio, ni beneficio cuya principal cualidad viene a ser una innata facilidad para viajar alrededor de todo el mundo y meterse en líos allá donde va. Sus creadores nunca han fijado de forma clara cuál es la época en la que se desarrollan las andanzas de Lumpen, si bien parece estar situada cerca de la mitad del siglo pasado. Lumpen, tan pronto se emplea como chofer para todo de una vieja dama en Estambul, como debe pagar sus deudas de juego en las islas griegas; se puede ver envuelto en una madeja semi incomprensible de interés políticos y económicos en Túnez con la misma facilidad con la que es escogido para protagonizar una producción de cine norteamericana que se está filmando en el Caribe, y eso por no mencionar un viaje de Venecia a Estados Unidos pasando por la China sin otro fin que perseguir las faldas de distintas mujeres.





 Viñetas de La voz del maestro. Por Zentner y Pellejero. En la edición de Cairo n° 35. Norma editorial.


El transcurso de la serie, unido a su éxito, facilitó que los autores pudiesen ir aumentando la longitud de sus relatos con lo que los guiones de Zentner podían explorar con más intensidad el mensaje subyacente bajo la formula de aventura del relato, y posibilitaba a Pellejero una mayor capacidad de lucimiento, tanto en el desarrollo narrativo, como en la exploración de la capacidad expresiva, primero del blanco y negro y posteriormente, del color.

LOS PERSONAJES
Dieter es el absoluto protagonista de la serie. Su presencia es la única que se repite de un episodio a otro, de una aventura a otra.

No existen secundarios que le roben protagonismo en más de una ocasión. Sin embargo, y como paradoja, hasta bien avanzada la serie, Dieter no suele ser el protagonista total y directo de las historias, sino más bien el testigo privilegiado de lo que acontece a los demás.

No será hasta las dos últimas narraciones, Caribe y El precio de Caronte, cuando asuma el protagonismo absoluto de las historias.

Como personaje, Dieter es un individuo cuyo principal interés parece ser el de vivir tranquilo con el menor esfuerzo posible, pero que parece especialmente obstinado en contradecirse a sí mismo y meterse en problemas a las primeras de cambio. Sí bien la serie presenta claramente una temática de aventuras, no se puede decir que Dieter responda al perfil de aventurero; y de hecho algunas de sus actuaciones, sobre todo la de la historia El malo de la película, le confieren una moralidad más que dudosa. Esa es seguramente la peculiaridad más importante de la serie: Dieter Lumpen puede tener su nombre como cabecera de la serie, pero dista mucho de ser un héroe.








EN CASTELLANO
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La serie ha visto todos sus episodios editados en castellano, si bien el último de ellos fue producido ya originariamente para una editorial francesa y su edición en álbum, a cargo de la misma editorial.
Dos álbumes recopílatenos fueron también el resultado de estas historias cortas. Enemigos Comunes, realizada en 1986, sería la primera historia larga del personaje, que vería la luz dentro de la revista Cimoc, anteriormente a su edición en álbum. A ella, seguiría Caribe, que realizada en 1988, también sería serializada previamente en Cimoc.

Entre 1989 y 1991, Pellejero y Zentner completarían El precio de Caronte, última andanza de Lumpen hasta el momento, y la única de ellas en la que han podido salirse del esquema de páginas habitual de un álbum para irse hasta las 68 planchas. La obra apareció serializada en la revista Top Comics de Ediciones B en 1993.

Planeta reeditó la serie en 1999, en una edición en formato comic book y en blanco y negro -excepto el último álbum que apareció en color dividido en nunca ha sido editado en álbum en español. Dieter Lumpen arrancó su andadura en 1985 en la revista Cairo de Norma Editorial, a través de ocho historias cortas: las cuatro primeras de ellas realizadas en blanco y negro y posteriormente coloreadas para dos cuadernillos-. Una edición que sirvió para acercar el personaje a los lectores más jóvenes, pero que no presentaba el soporte más adecuado para disfrutar de la calidad gráfica de una de las obras esenciales del cómic realizado en castellano en las últimas décadas.





Viñeta de Bomba de tiempo. Por Zentner y Pellejero. En la edidión de Cairo n° 33. Norma editorial.


Publicado en la revista Dentro de la Viñeta nº28, año 2004.

The Ultimates por Millar y Hitch












¿Los Vengadores definitivos?
La Línea Ultimate nació con un planteamiento básico: publicar colecciones de los personajes clásicos de Marvel donde se partiera de cero; y así poder prescindir de la "temida" continuidad de treinta o cuarenta años que parecía haberse convertido en un lastre para muchos lectores. Con el nacimiento de esta línea se perseguían dos objetivos primordiales: 1º) actualizar estos grandes personajes ante la llegada del siglo XXI, y 2º) (y casi más importante) lograr que las nuevas generaciones se pudieran interesar por
ellos.

La Línea Ultimate fue presentada por medio de Ultimate Spider-Man; y poco después aparecieron Ultimate X-Men y Ultimate Marvel-Team-Up. Pero una vez que este nuevo proyecto ha sido cimentado en el mercado, gracias a un éxito realmente importante, los editores de Marvel decidieron que había llegado el momento de "la colección definitiva"; o sea, había llegado el momento de The Ultimates.

Lo primero que es importante destacar es que The Ultimales no son, como podría parecer en un principio, una "lógica" versión Ultimate de Los Vengadores. La intención de su guionista, Mark Millar, es romper con todas las convenciones previas para plantear un grupo de superhéroes absolutamente distinto a lo visto con anterioridad. De hecho, este escritor ha comentado que "sus" personajes tienen poco que ver con aquellos que aparecen en el título mensual de Los Héroes Más Poderosos de la Tierra.

El primer punto en el que se difiere es en el mismísimo comienzo de la acción. Originalmente Los Vengadores empezaron su andadura en la época contemporánea y, poco después, recibieron el ingreso del legendario Capitán América. En cambio, la acción de The Ultimates se inicia en plena Segunda Guerra Mundial, ya que se respeta escrupulosamente el orden cronológico de aparición de sus componentes. De ahí que el primero en ocupar la atención del lector sea el Centinela de la Libertad, el cual se nos mostrará más súpersoldado que nunca.

Otra de las diferencias radica en lron Man, uno de los personajes que más ha cambiado. En esta versión, su armadura no es una especie de segunda piel que, además, puede llevarse a cualquier sitio con gran facilidad. Todo lo contrario. El Ultimate lron Man tiene una armadura que se asemeja más a la de una avión-caza F-14, y para ponérsela necesita un completo equipo de técnicos.

Por su parte, el resto de los componentes del grupo también ofrecen grandes diferencias con respecto a sus homólogos del Universo Marvel de toda la vida...

El Bruce Banner del Universo Ultímate no odia, ni de lejos, a su mastodóntico alter-ego. De hecho, se encuentra muy cómodo como Hulk, ya que se podría decir que le permite exteriorizar muchas de las inhibiciones que sería incapaz de mostrar cuando es un científico normal y corriente.

El Henry Pym que hemos conocido siempre ha sido uno de los biólogos más importantes de su tiempo... Pero lo cierto es que esta inteligencia no ha tenido una proyección en otras facetas. En esta colección, la situación será "algo" distinta, ya que Mark Millar tiene la intención de convertirlo en el cerebro de muchas de las operaciones del grupo.

Y algo parecido ocurre con la Avispa, cuya versión Ultimate es una consumada experta en informática.

Y finalmente tenemos a Thor, quien se ve a sí mismo como una especie de mesías, en lugar del dios magnánimo y "normalizado" que siempre hemos conocido.

En resumen, el objetivo de Mark Millar no ha sido, sencillamente, el de escribir una nueva colección de Los Vengadores, ambientada en una realidad donde la trayectoria del grupo acaba de empezar desde cero. Es evidente que sus planes van mucho más allá.

Desde el primer momento ha tratado de imaginar nuevamente a Los Héroes Más Poderosos de la Tierra (la Ultimate, naturalmente) para responder a una pregunta: ¿cómo serían Los Vengadores si los creara a principios del siglo XXI? La respuesta a esta pregunta es una colección rompedora, donde todo es realmente nuevo y en la que el concepto Ultimate es llevado hasta sus últimas consecuencias. De ahí que su título no haga referencia al grupo del que ha surgido.

Dicho de otra forma, parece claro que los componentes de este grupo son más definitivos que Vengadores ■ Raimon Fonseca





Conjugando un futuro perfecto
Resulta arriesgado escribir la historia al mismo tiempo que está ocurriendo, pero las sensaciones sí pueden describirse- Y las sensaciones dictan que The Ultimates marca un antes y un después similar al que supondría en 1986 la publicación de Watchmen. Puede que en apariencia tengamos ante nuestros ojos la puesta al día de Los Héroes Más Poderosos de la Tierra, pero eso sería quedarse en la superficie. En estas páginas, Millar y Hitch reinventan el género de superhéroes, y lo hacen con la insolencia y la convicción de los que no albergan miedo a ser ambiciosos. Si el fin último de la línea Ultímate consiste en hacer el mundo del cómic accesible a la nueva generación de lectores cosechada por Marvel gracias a sus adaptaciones cinematográficas, The Ultimates va un paso más allá, al cambiar el lenguaje y el modo en el que entendemos la narrativa gráfica, acercándola a las técnicas cinematográficas.

Así lo demuestra el primer arco argumental de la serie, que termina con el presente número. La historia se despliega como si de una espectacular película se tratase, de tal manera que las primeras páginas, con esa última misión del Capitán América que emula los mejores momentos de Salvar al soldado Ryan o la teleserie Hermanos de sangre, sirve como prólogo a ese hipotético filme, con una doble página posterior (la de Tony Stark en lo alto del Everest) donde el guionista había imaginado los títulos de crédito. A partir de ahí, la acción va construyéndose mediante los diálogos entre personajes y las situaciones cotidianas, con una calculada dosificación de las escenas que quitan el aliento (la conversión de Hank Pym en Hombre Gigante, el despertar del Capí, la entrada de Iron Man en el edificio de Stark Internacional...), hasta que la cataclismica batalla contra Hulk acalla las criticas de los que echaban de menos algo más de acción en estas páginas.

The UItimates 6, epílogo de la primera historia, rompe con algunas de las ideas que en las páginas anteriores pudiera haberse formado el lector sobre los protagonistas, lo que evidencia el cuidado de los autores por mantener el suspense y la sorpresa como arma de interés. Es un capítulo que abre el interés sobre lo que va a ocurrir a continuación. ¿Y qué será? Después de conocer a los principales miembros del grupo. Millar y Hitch procederán a presentarnos a aquéllos que llevan a cabo las operaciones encubiertas, las que nunca salen a la luz pero que posibilitan que los ciudadanos duerman tranquilos por la noche. Mientras tanto, los sucesos de este número tendrán sus consecuencias entre los integrantes del equipo, justo a tiempo para afrontar una invasión extraterrestre que, lejos de romper el aire de cotidianeidad que impregna la serie, sirve para asentarlo, hacerlo más real y, tal vez por ello, más terrible.

En Marvel son conscientes del extraordinario juguete que tienen entre manos, y por ello se han propuesto cuidarlo al máximo. En otras series, la incapacidad de muchos dibujantes para entregar un episodio completo al mes ha sido solucionada mediante un suplente, pero eso no ocurrirá en The Ultimates. Tanto Mark Millar como Brian Hitch han manifestado su intención de mantenerse en la colección durante un periodo de dos años. Para eso es necesario que un artista tan lento (pero de resultados tan contundentes) como Hitch cuente con el tiempo suficiente para finalizar todos los episodios. Ése es el motivo por el que, en Estados Unidos, la cadencia del título es muy irregular, con números que han de anunciarse dos y tres veces en los catálogos hasta que por fin llegan a la librería. Lo cierto es que la inmensa mayoría de los lectores prefieren esperar quince o incluso treinta días más para leer el siguiente número que tener que soportar cambios continuos en el equipo artístico que, al final, sólo consiguen desinflar la serie. En su edición española, The Ultimates reaparecerá periódicamente en forma de miniseries que agrupen los diversos arcos arguméntales. En el momento de escribir estas líneas, falta por completarse el segundo de esos arcos en EE.UU., y sólo entonces se verá publicado entre nosotros. Es una manera de mantener vivo el interés del fan sin que pierda durante largo tiempo el hilo de la historia que está leyendo. Por lo tanto, recordad: muy pronto volveremos a estar con vosotros. Como habréis ya imaginado... ¡Esto no ha hecho más que comenzar! ■ Julián M. Clemente









 La reconstrucción del héroe
Fin. Que pasen los títulos de crédito. Fin de la primera parte, porque Los Ultimates volverán. Todavía no sabemos cuándo ni en qué circunstancias. Si los trece primeros números que componen el primer volumen americano de la serie han tardado la friolera de dos años completos en ver la luz, a día de hoy no se sabe cuándo comenzará el segundo volumen ni mucho menos está garantizada su periodicidad mensual. Que nadie se alarme, porque Marvel no va a dejar que caiga en el olvido la que se ha convertido en su serie más rentable y esperada, pese a los enfados que se cogen los lectores cada vez que ven retrasarse un episodio. A lo largo de estos dos años, Mark Millar y Bryan Hitch han renovado el género de superhéroes como no ocurría desde la publicación de Watchmen en 1986. En cierta forma, The Ultimates sigue el discurso de la obra maestra de Alan Moore y Dave Gibbons: asume su discurso destructor del arquetipo heroico para a continuación superarlo e incluso negarlo. Veamos cómo.

En el primer arco argumental de The Ultimates, nos encontramos con el grupo de élite creado por Nick Furia para hacer frente a las crecientes amenazas padecidas por unos americanos que han sufrido los ataques del terrorismo y se sienten, por primera vez en su historia, inseguros dentro de las fronteras de su país. De las connotaciones de tal argumento con la realidad actual de Estados Unidos ya hablamos el mes pasado y no es el objetivo de este artículo reiterarlas. Lo cierto es que Millar y Hitch no se quedan ahí, sino que analizan las consecuencias del planteamiento. Mientras que otros personajes del Universo Ultímate, como Spiderman o La Patrulla-X, realizan acciones heroicas, la unidad de combate liderada por Furia escapa a tal calificativo. Sí, es cierto que el Capitán América se presenta como un héroe de guerra, pero enseguida entra en el engranaje institucional que le proponen, mientras los objetivos de sus compañeros tampoco quedan del todo claros: el Hombre Gigante y la Avispa parecen más interesados en la investigación que en otra cosa, Bruce Banner tiene serios problemas de autoestima, Tony Stark es víctima de su hedonismo y Thor de sus desvarios. Una vez organizado el grupo, no hay amenaza a la que combatir, hasta que el peligro nace de ellos mismos en forma de Hulk. Sí, Los Ultimates salvan la situación, vencen al coloso gris y vuelven a casa glorificados, pero, ¿merecen esa gloria? Toda la tragedia ha sido desencadenada por uno de sus integrantes, y por razones de lo más egoístas. No, al final del primer arco argumental no estamos ante héroes. Estamos ante peones del poder en el mejor de los casos, ante tipos desorientados y peligrosos en el peor, conclusión similar a la alcanzada por Moore en la mencionada Watchmen.

En el segundo arco argumental esos peones, esos individuos desestabilizados, han de enfrentarse a un auténtico peligro que amenaza el destino de la Tierra. Si todo empieza con una operación encubierta, tan propia de las agencias de inteligencia con dudosa moralidad, la acción enseguida escapa a cualquier control, teniendo como consecuencia una guerra abierta contra una potencia extraterrestre. Todos, en mayor o menor medida, se ven entonces obligados a luchar por el destino del planeta, a costa de sus vidas si hiciera falta. Esa, y no otra es la gran diferencia de estos, ahora sí, héroes con los del Universo Marvel clásico nacido en los años sesenta: mientras que aquellos respondían a un carácter fundamentalmente desprendido, éstos se convierten en héroes a su pesar y forzados por las circunstancias. Ni ellos mismos llegan a creerse su recién adquirida condición, como prueban las palabras finales que pronuncia la Avispa en este número.

Según la tesis planteada por los autores, el mundo en el que vivimos no tiene nada que ver con el inocente escenario que presentaban los sesenta, pero tampoco con el vacío y el descreimiento que trajeron los ochenta. La tragedia nos ha golpeado y nos ha hecho ver las cosas de otra manera. Sólo en esos momentos, en los verdaderamente duros, es cuando surgen los hombres y las mujeres capaces de conducir nuestro destino y salvarnos del horror. Puede que ellos nunca pensaran en hacerse cargo de semejante responsabilidad, pero, ¿quién tiene la opción de elegir la vida que quiere llevar? Los Ultimates han visto cara a cara el destino que les espera, tan distinto al que ellos habían planeado. Ahora es cuando de verdad empieza su historia ■ Julián M. Clemente




 The Ultimates y The Ultimates volumen 2, Comics Forum, mayo de 2003 a julio de 2003 y marzo de 2004 a junio de 2004. Editorial Planeta DeAgostini, Barcelona.

sábado, 20 de agosto de 2016

MANUAL DE BÚSQUEDAS APUNTES PARA EL USO DE LA BRÚJULA EN MARES TURBULENTOS


Periódicamente nos enfrentamos a una renovación de géneros, de maneras y de miradas en Historieta. ...-También en literatura, en cine, en música, en artes plásticas...- A menudo, eso que identificamos como renovación no es más que una recuperación de esquemas anteriores echados en el olvido. A veces, se trata de una auténtica revolución; no sólo porque se recuperen viejos temas o estilos ya olvidados que, con el tiempo, se revelan frescos, casi insólitos: porque se les aplica una mirada y una sensibilidad contemporáneas, porque se les da la vuelta, porque se destruyen para volver a imaginarlos, a elaborarlos, desde cero. Porque se abordan como si fueran algo nuevo, algo nunca visto, nunca leído, nunca experimentado.

por FRANCISCO NARANJO






Ocurrió en la década de los años ochenta y en ámbitos tan alejados como la BD o el tebeo de consumo norteamericano. De un lado, estaban los renovadores de la línea clara y los dinamiteros del folletón: Clerc, Chaland o Loustal, por ejemplo; y Yann, guionista rompedor que trabajó desde el corazón de los géneros tradicionales francobelgas para sacudir sus cimientos, para aplicar una mirada moderna y referencial, para recuperarlos de un anquilosamiento polvoriento y lamentable. De otro lado, los yanquis empeñados en hacer crecer a sus superheroes: Miller, Sienkiewicz. Y los británicos empeñados en hacer crecer a los superheroes yanquis, sin olvidar su poquito de disciplina -e ironía- inglesa: Moore, Morrison, Delano. Y los independientes empeñados en romper barreras y límites, empeñados en imponer la disciplina punk -la anarquía pop- en sus viñetas reveladoras: Sim, los Hernández-







Ocurre otra vez ahora en Francia. La semilla de la independencia arraigó con fuerza gracias a iniciativas dispersas, y cuajó en un colectivo: L'association. Un puñado de autores con ideas, con ganas de hacer cosas diferentes, personales, con afán de no transitar rutas ya conocidas. Algunos de esos autores decidieron dar el salto e instalarse en el mercado comercial, trabajar desde dentro de los grandes sellos en proyectos propios: Trondheim, Sfar, David B... Todos ellos triunfaron, en alguna medida. No tengo claro hasta qué punto lo han hecho en ventas, pero sí está claro que han arrasado en lo que respecta a influencia: es ahora difícil hablar de BD sin traer a colación, de una u otra forma, a alguno de ellos, a sus trabajos. Y lo han hecho gracias, sobre todo, a una mirada fresca. Han retomado géneros clásicos y los han bautizado como propios. Han elaborado una inteligente mezcla de estructuras ya conocidas y tratamientos nuevos -en la medida en que son contemporáneos, no contaminados de viejas páginas y sí, en todo caso, de otros medios actuales-.

Un autor
Christophe Blain es uno de esos nombres, uno de esos autores de los que es inevitable hablar, antes o después, cuando se habla de Historieta contemporánea. Blain ha construido una carrera interesante, quizá irregular en su trazado, pero segura en la solidez de su horizonte y en la regularidad de sus logros, progresivamente crecientes. Su trabajo en La Mazmorra, el título que, de alguna manera, sirve de crisol referencial para toda una generación de creadores, fue sin duda revelador para el gran público: ahí había un narrador sólido, un ilustrador con garra, amigo de las atmósferas turbias, góticas; minucioso e impresionista a la vez, capaz de dotar a sus personajes de una expresividad insólita, ágil a la hora de adoptar universos ajenos y hacerlos propios.

Pero es Isaac el pirata su título de cabecera, la serie que le ha dado notoriedad y que mejor resume
sus virtudes. Publicada aquí por Norma, en Francia apareció en la colección Poisson Pilote, de la mano de Dargaud; una colección que parece pensada para acoger los trabajos de toda esa nueva generación de talentos nacidos a la sombra de la independencia: Larcenet, Delisle, Trondheim, Sfar, el propio Blain. -De hecho, y a falta de confirmación, probablemente es una colección pensada para ello...- El título es, a la vez, transparente y engañoso. Transparente porque delimita género y tratamiento. Engañoso porque, bueno, no acaba de respetar los límites estrictos del género, y porque el tratamiento es muy diferente a lo que uno esperaría de una clásica BD histórica y aventurera francobelga. Muy diferente. Y, sin embargo, qué gran tebeo de aventuras.






 A grandes rasgos -no soy partidario en absoluto de explicar argumentos por escrito, quien me lea lo sabe ya de sobra-, Isaac el pirata sigue la peripecia de un pintor, que da nombre a la serie y acaba, por un cúmulo de circunstancias en el que se unen azar e insatisfacción personal, enrolado en un barco pirata. Su condición de artista lo convierte en persona respetada por la tripulación, y lo convierte también en testigo privilegiado de una forma de vida y de una aventura a la que, de otra manera, no habría sobrevivido. Hasta aquí, título y argumento corren por calles paralelas, hasta cierto punto. -Por supuesto, la diferencia con trabajos que podrían asemejarse está en el tratamiento, en el punto de vista: la mirada. Una mirada que abarca no ya lo que se cuenta, sino cómo se elige contarlo...- Pero luego, Isaac regresa a su París para encontrarse con que la situación familiar ha cambiado a peor; para descubrir que su prometida ha desaparecido, y que lo ha hecho enamorada de otro hombre; para verse enrolado en una extraña banda de ladrones y carteristas, de aliento dickensiano, asistido por un compañero superviviente, como él, de la aventura marina, un Jacques de agilidad sobrehumana -uno no puede evitar ver en él la sombra del simio de la calle Morgue- que se verá seducido, a su vez, por la misteriosa sensualidad de una señorita de voraz fijación oral. Todo ello, en un carrusel de persecuciones y disfraces, conspiraciones intuidas, ausencias, delirios, amores y desamores. Todo ello, en escenarios minuciosamente insalubres, escenarios en los que abunda la penumbra y las arquitecturas laberínticas, escenarios cuajados de bruma y transitados por multitudes hostiles. Escenarios de cuento de hadas perverso. Escenarios que, estoy seguro, se deben parecer mucho al París de la época, como se parecen a los barrios más viejos, más oscuros, de casi toda capital. Como se parecen, claro, a los escenarios de todo buen tenebroso folletón.








Una mirada
Porque es ahí, precisamente, donde Blain tiene su fuerte: la atmósfera. Él es, en lo narrativo, un buen alumno de la mejor escuela francobelga. Un excelente alumno. Pero es en su manera de abordar lo gráfico que se aleja de sus mayores, por así decir. Su planifcación es clásica, sin alardes; eficaz, invisible. Son los escenarios, es su manera de abordarlos, de mostrarlos, lo que lo convierten en alguien único. Se me ocurren dos nombres con quien puede emparentarse la mirada de Blain, por improbable que en un principio pueda resultar el paralelismo: Sfar por un lado, con su obsesión por dibujarlo todo y su énfasis en plasmar las texturas emocionales y ambientales de sus desaforados argumentos; Conrad por otro, gracias a las atmósferas malsanas que supo elaborar en los primeros títulos de Los Innombrables -Shukumei, Aventura en amarillo...-, detallistas y gráficas, brumosas, intoxicantes: una serie, por cierto, que guionizó Yann, quizá su mejor trabajo, y que será publicada en nuestro país, con casi dos décadas de retraso, por Dibbuks. Pero es un paralelismo más conceptual que visual, en realidad: son tres mundos que comparten referentes plásticos y penumbras, pero poco más. -Bueno, sí: son tres maneras de dinamitar preconcepciones, son tres formas frescas de abordar la Historieta-

Lo sorprendente en Blain -como en sus compañeros de escuela, si de escuela podemos hablar- es el desparpajo con que aborda los géneros tradicionales para construir algo nuevo, distinto, estimulante. Y lo hace sin traicionar las convenciones: las fuerza, en todo caso; las empuja, cambia los límites, añade nuevas referencias. Se enfrenta a los géneros como se enfrenta al medio, a la página en blanco: con la audacia de quien disfruta haciendo lo que hace.

Blain es un narrador. Un fabulador con mundo propio y muy personal, que no rechaza la oportunidad de rastrear nuevas rutas en el campo gigantesco de la ficción de género, hoy que los géneros tradicionales están siendo puestos en entredicho y que se discute su necesidad, su conveniencia, su razón de ser. Hoy, cuando los mismos que defienden con fervor a E. R. Burroughs o a Robert E. Howard -o a Silver Kane, o al bueno de George H. White, que en paz descanse- atacan los trabajos de puro género fantástico o aventurero de Sánchez Pinol o de Ruiz Zafón, por citar nombres cercanos y no sé si, a ojos de muchos, improbables. Hoy, sí, Blain se dedica a contarnos, y a disfrutar haciéndolo, historias de piratas.

Por muchos años, espero.





Todas las ilustraciones proceden de la edición brasileña de Isaac el Pirata. La editorial Conrad, en 2005, recogió en un precioso libro, en el blanco y negro original, los tras primeros títulos de la serie.


Publicado en la revista Dentro de la Viñeta nº32, año 2006

jueves, 18 de agosto de 2016

Lobezno. Portadas (y 2)



Segunda parte, comienzo en octubre de 1994, los guiones continuan siendo de Larry Hama y al dibujo, un digno hijo del padre, Adam Kubert, hijo de Joe Kubert. La cosa seguirá muy caótica, con muchos intentos de, no se, algo, tanto en los guiones como en el diseño de las páginas. Así durante trece números, ahí me rendí, lo admito, no podía más, fue en noviembre de 1995. Posiblemente la última de la cabeceras que seguí regularmente.



















Muere el escritor Víctor Mora, creador del ‘Capitán Trueno’ y ‘El Jabato’


El novelista es también el autor de 'Las crónicas del Sin Nombre'

ÁLVARO PONS
Valencia 17 AGO 2016
Víctor Mora con la presentación de un libro sobre su héroe. ALBERTO ESTÉVEZ EFE

La labor del guionista de cómic ha sido, casi siempre, protagonista de un obligado silencio. En la historia del tebeo español su nombre era muchas veces – quizás todas- olvidado en los títulos de crédito de los cuadernillos y revistas que inundaban los quioscos en los años 40 y 50. Los niños y jóvenes que devoraban esos tebeos ignoraban que, tras las aventuras de sus personajes preferidos, se encontraba la pluma de grandes escritores como Pedro Quesada o Rafael González, en una constante que se rompería con un guionista que se convertiría en uno de los grandes renovadores del tebeo hispano: Víctor Mora, que ha muerto este miércoles a los 85 años en Barcelona.

Nacido en una Barcelona que todavía festejaba la proclamación de la República, con apenas cinco años conoció el exilio huyendo de las persecuciones de la Guerra Civil. Educado en Francia, volvió a la capital catalana tras la muerte de su padre pasando por todo tipo de trabajos hasta recabar en la Editorial Bruguera, donde sus pocas aptitudes para el dibujo le llevaron pronto a escribir para series como Dr. Niebla o Inspector Dan, subiendo poco a poco en el “escalafón” hasta que Rafael González le dio en 1956 la oportunidad de crear una serie completamente nueva. Mora aprovechó para plasmar en esa nueva serie todo lo que había aprendido tanto de sus admirados autores franceses, con Jean-Michel Charlier y Jijé a la cabeza, como de los grandes maestros de la aventura del cómic americano de prensa, de los Milton Caniff, Lee Falk o Alex Raymond.

Lo que era un encargo para hacer frente al éxito de El Cachorro, de Iranzo, se convirtió pronto en el gran innovador del cómic patrio: El Capitán Trueno. Junto a un dibujante hiperdotado como Ambrós, Mora cambió radicalmente el discurso taciturno y responsable de los héroes que poblaban las viñetas por una aventura festiva y dinámica llena de humor, un héroe de sonrisa contagiosa que tuvo un éxito arrasador con más de 300.000 ejemplares semanales vendidos. Pero el triunfo no impidió que el guionista y su compañera pasaran ese mismo año unos meses en la cárcel Modelo de Barcelona por su militancia comunista. Pese al éxito de la serie, que multiplicó la presencia de Mora en creaciones como El cosaco verde, El Jabato o El Sheriff King, el compromiso político del guionista le llevó a un nuevo exilio político en Francia en 1963. Allí comenzó sus primeras novelas, como Els platans de Barcelona o La pluja morta, mientras continuaba trabajando en la historieta francesa y española, con obras tan importantes como Sunday, con Víctor de la Fuente o la carismática Dani Futuro, principio del camino de la autoría personal de Carlos Giménez.



Cómics diferentes, que trasladaban tímidamente la frescura del tebeo francés a las revistas españolas de historieta, todavía sometidas a una censura franquista que les impedía crecer más allá del público infantil. En ese camino de reconocimiento de la historieta, en los 70 firma junto a Luis García una de las obras fundamentales del cómic adulto español: Las Crónicas del Sin Nombre, en la que proyecta sus inquietudes políticas y personales. Pero no abandona su pasión por la aventura más clásica, por el género puro que practica en series como Los ángeles de acero, con dibujos de Víctor de la Fuente, o Los inoxidables, junto a Víctor Parras.


Mora representa como pocos el constante esfuerzo de superación de la historieta española, siempre constreñida por la situación política o por la cortedad de miras de una industria, pero también la reivindicación de la autoría. Su lucha por el reconocimiento de los derechos de autor de El Capitán Trueno le convirtieron en ejemplo para todas las generaciones anteriores y posteriores.

Con su muerte, desaparece una de las grandes figuras de esa época dorada del cuadernillo de aventuras, de los tebeos que forjaron el imaginario colectivo de la España de posguerra. Pero se pierde, también, a uno de los grandes renovadores de la historieta española.

SIN SUERTE EN EL CINE
A pesar de su éxito, el Capitán Trueno no ha tenido en el cine la suerte que tuvo en las viñetas, Juanma Bajo Ulloa intentó adaptar sus aventuras sin mucha suerte y naufragó. En 2010, se encargó el proyecto a Daniel Calparsoro, pero al final el director de El Capitán Trueno y el Santo Grial fue el menos conocido Antonio Hernández. El encargado de dar vida al cruzado fue Sergio Peris-Mencheta.

Como dato que ilustra hasta donde llegó la popularidad del personaje, el grupo Asfalto dedicó en los setenta una canción al personaje con el estribillo de "Ven Capitán Trueno, haz que gane el bueno".

SU LUCHA CONTRA LA DICTADURA
EL PAÍS

El tebeo, editado por primera vez en 1956, llegó a vender más de 300.000 ejemplares semanales, pero algunos lo veían como una historia que avalaba el franquismo y utilizaba la historia para alabar los éxitos de los españoles. Nada más lejos de la realidad. El mismo año de su creación, Mora sufrió la represión del régimen de primera mano a causa de sus afiliaciones políticas en el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), ilegalizado en la época. La Brigada Social le detuvo junto a su mujer Armonia Rodríguez, secretaria de la editorial Bruguera, durante seis meses acusados de "masonería y comunismo". "Sentía la obligación moral de hacer lo posible contra el régimen de Franco. Fui de aquellos ilusos que creía que la cosa no podía durar mucho si todos arrimábamos el hombro".

Paradójicamente lo que siempre había querido ser Mora era dibujante, pero sus garabatos nunca interesaron a los editores. El dibujante Ambrós se convirtió al final en uno de sus grandes amigos. No así los editores de Bruguera, catalogados por él mismo como "esclavistas". Su lucha y la de otros escritores la retrató Paco Roca en El invierno del dibujante.

En los sesenta compaginó su trabajo entre viñetas con el de novelista, donde criticó más abiertamente la situación política. Y en 1962 emigró a Francia. "Viví allí de pequeño, con mis padres, que estaban exiliados. Cuando mi padre murió, mi madre y yo volvimos a Barcelona. A veces me han preguntado por qué no emigré definitivamente a Francia, un país libre mientras España vivía una dictadura, y siempre respondo lo mismo: que a mí me gusta mi país. Y, sobre todo, mi ciudad, Barcelona", reflexionaba en el año 2000.

El Pais

miércoles, 17 de agosto de 2016

KURT BUSIEK, El Arte de contar historias.


 por Agustín Oliver

Un amigo mío mantiene que la mejor Patrulla-X que ha leído en años son los Híbridos de Astro City. Mi amigo y yo tenemos bastantes cosas en común. Los dos compramos historieta en cantidades nocivas para nuestra economía y empezamos en este vicio de la misma forma, a través de los tebeos de Bruguera y el esporádico álbum de Astérix, Tintín o Spirou que nos dejaban o que caía por Navidad o para el cumpleaños. Ambos pasamos luego a aquellos viejos Marvel que sacaba Vértice, unos tebeos que, a pesar de su insoportable irregularidad, de que no era nada raro que te dejaran colgado en medio de una aventura, de que a menudo hablaban y asumían muchas cosas de las que tú no tenías ni idea, a pesar del espantoso dibujo de la primera edición -mucho después descubriríamos estupefactos que no era así, que había sido desfigurado aposta-, a pesar de todo esto, nos ofrecían resplandores de un mundo abierto, coherente, vibrante, en el que se podían mezclar sin problemas sagas de proporciones monstruosas y trascendencia cósmica con pequeñas historias cuasicotidianas en las que tan importante como detener al malo era arreglar el problema con la novia o el dinero del alquiler.

Luego vinieron las revistas, los álbumes, un nuevo mundo de sensaciones para nosotros, todo aquello, en fin, que se dio en llamar cómic adulto, qué definición tan desafortunada. Aún entonces seguimos leyendo superhéroes.  O,  mejor dicho, nunca dejamos de leerlos que no es, ay, lo mismo. Algo había cambiado. Cada vez resultaba más duro seguir una serie determinada. Por alguna razón encontrar ese fondo de vida detrás de cada personaje se hacía más y más complicado, como si todo el Universo Marvel hubiera degenerado en un magma incoherente de burbujas estancas con poca o ninguna conexión con el resto. Que, por otro lado, eso no es que sea malo en sí mismo. De hecho, algunas de esas burbujas pueden ser obras del calibre de, por ejemplo, La Tumba de Drácula de Marv Wolfman y Gene Colan o Sang-Chi de Doug Moench y Paul Gulacy. El problema es que las series, digamos, principales, es decir, las que de verdad nos hacían ir al quiosco a comprar tebeos, Spiderman, los Vengadores, los 4 Fantásticos, ya no eran lo mismo.

© Eclipse Comics, 1987

Por entonces, repito, ya leíamos más cosas. Las revistas ocupaban con holgura ese hueco y nuevas historietas e historietistas estaban con nosotros. También nuevos personajes, claro.  Bloodstar, Adele Blanc-Sec, Superlópez o Peter Pank; incluso, glups, El Mercenario, hacían que comprásemos y leyésemos con fruición cada entrega. Sí, ellos, los personajes, tanto o más que los propios autores, seguían y, si me apuran siguen siendo, el gancho, perdón por la aspereza,   que  nos  llevaba al quiosco primero y luego a la librería especializada a buscar nuestra dosis de historieta.

Marvel Book nº0  Dibujos de Alex Ross Guiones de Kurt Busiek. Marvel Comics, 1994

Todo este largo preámbulo viene al hilo de que buena parte de esa magia Marvel a la que me refería al principio nos la traían unos guionistas que eran los que le daban coherencia e interés al asunto y cuya labor oscura no alcanzábamos a valorar frente a la de los dibujantes que ya sí sabíamos apreciar -tampoco es que apreciáramos demasiado el trabajo de los otros guionistas; los tebeos eran de Corben, Bilal, Jan o Raúl, no de Strnad, Christin, Efepé o Hernández Cava-.Y, sin embargo, el talento de estos guionistas era lo que marcaba la diferencia realmente con esas otras historias posteriores que no acababan de emocionarnos.

Luego llegó la revolución superheroica y con ella la reivindicación del guionista que inopinadamente llega a eclipsar al dibujante.

Repentinamente todo el mundo buscaba como loco las obras de los Moore, Gaiman, Morrison y compañía -ser inglés vestía mucho, sólo Miller parecía estar a la altura-. Eso estuvo bien porque también trajo    la    aceptación    de muchos otros. El problema que, como siempre, para le alguien suba, alguien tiene que bajar y para ello marginó aún más a otro tipo de autores: los artesanos   cuyas historias   no alcanzaban  a  deslumbrar por lo ingenioso y original de sus planteamientos. Autores como Kurt Busiek, víctimas de otra de las injusticias, una más, que se cometen torno al tebeo: la adopción tácita de esa teoría que triplica que hay algo así como dos tipos de autores Historieta: el de fondo y el de lujo. Por lo general, esta  distinción se aplica más bien a dibujantes pero creo que podemos generalizar sin problemas. Así, los autores de lujo serían, naturalmente, los más dignos de respeto, los que desarrollan una obra personal, no apta más que para paladares preparados, para mentes abiertas capaces de distinguir la auténtica joya entre la bisutería. En cambio, los otros, los de fondo, serían los paridores de obras inmensas en extensión que no en profundidad, estajanovistas de la página, aspiran-, como mucho a la obra entretenida y correcta pero olvidable. Gente, ademas de Busiek como Vance, Messner-Loebs o el recientemente fallecido Greg, capaces de llevar a buen puerto una producción que a otros haría marear, entreteniendo con historieta de sabor a menudo muy clásico, como de toda la vida, sin las enormes y valiosísimas innovaciones formales de los otros, de los buenos. Sin ir más lejos, hace poco hablaba con un conocido y me decía que no le interesaba lo más mínimo Roger Stern porque lo veía incapaz -¡incapaz!- de hacer nada que no hubiera hecho previamente Roy Thomas.


Edición española del n° 15 Thunderbolts. Guión de Busiek y dibujos de Bagley. Forum, 1999


Y si alguien puede ser el paradigma del blanco de estas iras, me temo que éste es  Kurt Busiek, alguien al que cabría denominar casi como un todoterreno del superhéroe, si no fuera porque es discutible que Marvels o Astro City sean tebeos de superhéroes. Lo son, sí, pero también son historias comunes, rozando el costumbrismo, con gente normal que vive vidas normales dentro de lo que cabe. Por poner un ejemplo, la historia del periodista novato de Astro City tendría cabida en cualquier antología de relatos sobre los medios de comunicación. Así que habremos de dejarlo en un todoterreno a secas; alguien que es, o fue, si se prefiere, un mayorista del guión, aceptante en sus inicios de muchos trabajos de esos que se ha dado en llamar, tan despectivamente, alimenticios. Tebeos correctos sin más, unas veces más que otras, pero rara vez memorables. Y, sin embargo, visto con perspectiva y asumiendo el casi nulo control real sobre su obra que puede tener en las grandes editoriales americanas un guionista novato, ya pronto vislumbramos una serie de constantes temáticas que se repetirán a lo largo de toda su carrera y, sobre todo, un conocimiento profundo de los personajes que le permite llevar con coherencia y respeto sus planteamientos, aprovechando los matices de cada uno sin caer en inanes despliegues ególatras a lo Byrne. Una labor nada desdeñable desde el momento en que hay tablas con más inflexiones que algunos personajes superheroicos.



Claro que, a veces, esa misma falta de matices puede ser un punto de partida. Algo así como una escultura: cuanto menos maleado esté el bloque del que se parta, mayor margen permitirá. De hecho, eso fue, junto con la defensa de los derechos de autor, lo que esgrimieron los fundadores de Image como razón para crear su compañía -algún cínico añadiría alguna mínima nimiedad crematística, pero en fin...-.

Como ya descubrieran Stan Lee en los sesenta y Chris Claremont en los setenta, los personajes, además de salvar al mundo cuando sea menester, para poder funcionar, tienen que comer, dormir e irse a tomar cervezas con la novia y los colegas. Si no, resulta imposible insuflar ese mínimo de realismo en un género que por definición se pretende increíble. No puede ser que cada vez que un héroe sale a comprar el pan se encuentre con Galactus en la cola. Debe hacerse, claro, es algo implícito en la misma esencia del género, pero sin abusar. Como las pastillas, sólo cuando sea necesario o recomendable. Si en las series de televisión buenas los personajes sólo mueren en el último capítulo de cada temporada será por algo.

Si Armageddon o Ragnarok tuviesen que suceder todos los días 7 y 21 de cada mes, pues perderían como mucha chispa ¿no?. Esto es algo que Busiek entiende a la perfección y por eso desarrolla también historias de ésas que antes llamaba pequeñitas, sin proezas cataclísmicas. Sabe ver, incluso en una serie que se presta tanto a ello como los Vengadores, que no todo Goya son aguafuertes ni enormes lienzos en El Prado. Y es que esto, por obvio que parezca, es algo que se le escapa a mucho genio del tema que entiende que la única manera de realizarse artísticamente cuando se trabaja sobre personajes ya establecidos es la demolición para poder plantar un nuevo edificio que sea mucho más alto, brillante y moderno. Algo como que el próximo guionista de Spirou decidiese que, para ponerlo al día, la mejor manera fuera vestirlo de cuero negro y darle un lanzagranadas o una pistola láser. O las dos cosas, que en estos asuntos es mejor no ser cicatero. Bueno, pues este demencial punto de vista fue el habitual en Marvel durante buena parte de los noventa. El que un determinado personaje o serie evolucionara era visto como un lastre que impedía que se acercaran lectores nuevos que sustituyeran a los que por la razón que fuera se iban alejando.  Hasta que alguien decidió volver la vista atrás, un poco, tampoco mucho, y analizar un tebeo que había visto la luz unos pocos años antes. Ese tebeo era Marvels, de Kurt Busiek y Alex Ross.





Cuando apareció Marvels, se produjo un fenómeno curioso. En un principio, su publicación se dirigió a ese público ya madurito, teóricamente minoritario, que seguía comprando tebeos Marvel por nostalgia y al cual se podría esquilmar conveniente con un producto lujoso y caro. Sorprendentemente el éxito fue tal que, además de llevarse algún premio, hubo de ser reeditado varias veces y llevó a sus autores a la fama. Toda una sacudida cuyos efectos, extrañamente, tardaron unos años en dejarse notar. Por misteriosas razones, las mentes pensantes de la editorial, obsesionadas en la búsqueda de un público que no acababan de encontrar a pesar de la creación continua de monstruosas mega-sagas que involucraban a decenas de personajes cada vez, no repararon en que a lo mejor lo que hacía falta eran más obras así. Porque Marvels, una vez despojado de todo el andamiaje nostálgico es, sobre todo, un excelente tebeo, inteligente, en el que Ross, con un dibujo pausado, sin estridencias, desarrolla perfectamente la idea que plantea Busiek, un relato sosegado, casi intimista, en el que se plantea una nueva a la vez que respetuosa, casi reverente, visión de historias legendarias, de historias que habían marcado a toda una generación de lectores de tebeos, ofreciéndoles el punto de vista que siempre se había tomado de forma inconsciente: el del observador asombrado que intenta asumir los prodigios que dan nombre a la serie, convertidos ahora en un telón de fondo frente al que vive gente normal cuya vida bien podría transcurrir entera sin cruzarse nunca con uno de estos seres fabulosos y sin embargo no puede huir de ellos. Una idea que Busiek retomará en su gran obra maestra: Astro City.


Astro City, Volumen II N° 1. Guión de Busiek y dibujos de Anderson y Blyberg, en la edición española de World Comics, originalmente en Homage Comics. Image, 1996.

Como Moore en Miracleman y Watchmen, Busiek descubre que los habitantes de un mundo con superhéroes no pueden ser como nosotros. Nadie en sus cabales puede abstraerse de la idea de que existen seres capaces de destruir el planeta casi sin proponérselo. Como si el terror nuclear se manifestase continuamente con alguna pequeña bomba aquí o allá. La gran diferencia entre Busiek y Moore es que donde el inglés es básicamente pesimista, Kurt asume también que la existencia de superhéroes ayudaría a la gente normal a sentirse más segura frente a la existencia cotidiana, que les ofrecería algo, por ingenuo que fuese, en lo que creer.

Sería un error reducir al guion puro y duro el mérito de Marvels. Hay otras facetas que lo convierten en un gran tebeo. Una de ellas es la planificación visual. Ya hemos dicho que el ritmo es templado. Se alternan planos cortos y largos, buscados cuidadosamente, aunque a veces es discutible la ruptura de la viñeta, recurso del que Ross abusa un poco. Todo ello da un aspecto clásico, con soluciones a veces ajenas al código estándar de los febeos de superhéroes hoy en pía, más cercano a los quiebros y requiebros visuales de un Jim Lee, por ejemplo.

Busiek comprende y aprecia lo bastante las normas no escritas del género como para ser capaz de sortearlas sin romperlas. Es capaz de moverlas y girarlas lo suficiente como para que ofrezcan nuevas vistas de lo mismo sin necesidad de alterarlas en su esencia. De ahí viene, supongo, el que ahora a Busiek y a otros como él, Mark Waid sin ir más lejos, se les llame neotradicionalistas. Sorprende, como mínimo. El tebeo de superhéroes, como el cine de vaqueros, siempre me han parecido los géneros más proclives al desarrollo de un código cerrado, algo que se puede achacar a que son los más propios en sus respectivos campos. Es decir, los más vírgenes, los que, de alguna manera nacen y crecen con el medio que les da vida. Y eso tiende a generar unas reglas más estrictas desde el momento en que se dificulta la importación de hallazgos desde otros medios. En cambio, al mismo tiempo facilita el desarrollo de nuevas posturas narrativas, de enfoques novedosos sobre situaciones que no tienen porque serlo, lo que, paradójicamente, los puede hacer más flexibles. Y eso es lo que tenemos en Astro City.



Sea Devil nº1 Guión de Busiek yDibujos de Giarrano y Palmer. DC Comics, 1997


El desenvolvimiento y estudio del mismo concepto de superhéroe y sus implicaciones en la sociedad en la que se desarrolla. Algo que difícilmente podría llevarse a cabo, al menos hasta el punto que quiere Busiek, utilizando los personajes de las grandes editoriales, siempre atentos a las implicaciones de las historias en la imagen de los personajes. Así que se inventa un entorno nuevo, propio. Eso tiene un problema, claro, que es la dificultad para poder realizar las historias cortas, aquellas en las que sólo quiere mostrar una faceta puntual, un bosquejo, de un determinado personaje, sin tener que recurrir a una innecesaria y probablemente tediosa presentación. Así que hace una trampilla: los personajes que pueblan su nuevo y personal mundo no son totalmente cosecha propia. Generalmente son versiones básicas, estilizadas, de personajes ya conocidos a los que luego moldea y redefine a su gusto. Con ello consigue que cuando inicia una historia cualquiera, el lector avisado tenga las coordenadas básicas de partida. Ese conocimiento previo ayuda sin llegar a ser imprescindible, sin impedir el disfrute de la serie a quienes carezcan de él. Sólo añade algunas lecturas en una serie trufada de ellas, de historias de todos los tamaños, grandes y pequeñas, de éxitos y de fracasos, historias dentro de historias, con su planteamiento, nudo y desenlace -¿alguien duda de que, tarde o temprano se nos ofrecerá la del Agente de Plata?-. Historieta con mayúsculas, además espléndidamente dibujada. Como casi todos los dibujantes que colaboran con Busiek, Anderson se implica plenamente en el proyecto con un dibujo sugerente y trabajado que aporta matices nuevos a cada narración.

Pero ya hemos dicho que Busiek es un autor polivalente y, al tiempo que Astro City, lleva varias series más. Aparte del un tanto discreto Iron Man -discreto para él, cuidado, que no es un mal tebeo en absoluto- también guioniza con regularidad tanto Thunderbolts como Los Vengadores. Dos series que han desatado entre los aficionados línea dura, los que escriben a los correos y discuten en las tiendas especializadas, una polémica curiosa, por decirlo finamente, sobre qué serie es más interesante, si Thunderbolts que parte de una idea original suya, o Los Vengadores, una serie de toda la vida, con treintaitantos años de historia pero también de lastre. A mí me recuerda a lo de si queríamos más a papá o a mamá. Al final todo es cuestión de puntos de vista, algo en lo que, ya debería haber quedado claro a estas alturas, considero a Busiek un maestro. En el primer caso retoma la idea de la redención, la ruptura con el pasado, algo que le atrae ya desde sus inicios con Liberty Project y que ahora, con más experiencia y tiempo, afronta desde dentro, desde los propios personajes, a los que toma de entre los muchos secundarios infrautilizados que han visto la luz en cerca de cuatro décadas, auténticas páginas en blanco, resolviendo las situaciones de modo mucho más sutil, creíble y, para qué negarlo, entretenido.

Todo lo contrario que con Los Vengadores. Los principales actores de la serie ya están definidos desde el principio, dificultando el estudio de personalidades y motivaciones que sí puede llevar a cabo con los Thunderbolts. Son héroes que hacen lo que hacen porque sí y punto. En ese sentido es significativo el que decida cambiar de serie a Ojo de Halcón, su personaje favorito y el que siempre ha considerado más desaprovechado por la editorial. Y, sin embargo, se las arregla para ofrecer una nueva luz sobre las andanzas de los héroes más poderosos de la Tierra. Sólo que ahora la luz viene de fuera, como corresponde a unos personajes sujetos a un intenso seguimiento por parte de todo el mundo, poco menos que obligados a salvar la humanidad cada vez que aparece una amenaza de suficiente calibre.

No me gustaría terminar sin resaltar otra de las características más notables de Busiek, que es su capacidad de buscar dibujantes apropiados para cada uno de sus proyectos. O, si se prefiere, de adaptarse a las facultades de los que trabajan con él. Alex Ross, Brent Anderson o George Pérez, para mi los mejores dibujantes con los que ha contado, dan lo mejor de sí mismos que, dicho sea de paso, no es poco. Algo que, por otra parte es uno de los valores habituales de esos guionistas de raza de los que hablaba al principio y a los que he pretendido también rendir un pequeño e insuficiente tributo en estas líneas. Autores que, como Busiek, hacer tebeos siempre dignos, capaces del verter su talento en cualquier proyecto que se impongan o se les imponga sobreponiéndose al impulso ególatra que tanto daño hace a veces. Pergeñadores de historias, algo tan bonito como cuentistas, una palabra que hemos cubierto de tantos significados peyorativos que al final hemos tenido que inventar la cursi redundancia de cuentacuentos o, aún más redundante, escritores de cuentos, como si no pudieran ser escritores a secas. Ojalá algún día valoremos a todos estos autores oscuros que también hacen grande la Historieta. Que el gran premio del Saló de Barcelona a los hermanos Quesada no sea un espejismo sino la primera señal palpable de que al final se va a hacer un poco de justicia en esto de la historieta.


Publicado en la revista Dentro de la Viñeta nº8 , año 2000