sábado, 7 de mayo de 2016
CLANDESTINE por Alan Davis
EN ESCENA: CLANDESTINE Y.. ALAN DAVIS
De entre la pléyade de historietistas británicos que nos ha dado a conocer el mercado norteamericano, Alan Davis destaca con luz propia. A sus escasos cuarenta años, pocos autores podrían hacer gala de una carrera tan sólida y brillante, avalada además por numerosos éxitos. Éxitos, sin embargo, que no han alejado a Davis de su determinación de no rehusar a la calidad en esa búsqueda casi alquímica de la diversión. Una obstinada determinación que ha tenido que pagar cara en más de una ocasión en la arena del duelo editorial. Hijo de una familia de tradición dibujante, Davis creció en su Northamptonshire natal entre tebeos de superhéroes donde abundaban firmas como las de Jack Kirby o John Buscema, aunque un autor en especial sería su más admirado y el que, a la larga, dejaría un sello más indeleble e identificable: Neal Adams. Otros nombres no menos célebres hoy, pero desconocidos entonces, acompañaron sus primeros pasos: Jamie Delano y Alan Moore. Con ambos se iniciaría en la serie de relatos protagonizados por el personaje Night Raven (Marvel UK, 1983-84), aunque su trabajo conjunto más notorio llegaría con la serie Captain Britain, en la que Davis venía trabajando hacía ya algún tiempo con Dave Thorpe [Marvel UK, 1981-86). Por aquellas mismas fechas, unido de nuevo a Moore, ilustraría las nihilistas andanzas del revisado Marvelman (Quality, 1982-84), que aquí en España conoceríamos -a través de la versión coloreada de la norteamericana Eclipse- como Miracleman. Poco después, aprovechando el importante trasvase de talentos propiciado por la explosión del comic-book USA a mediados de la década de los ochenta, Davis se incorporaría al mercado norteamericano, principalmente con sus trabajos en los distintos títulos del hombre murciélago, como Batman and the Outsiders y Detective Comics (DC, 1985-87), aunque un par de colaboraciones con Chris Claremont en las colecciones Uncanny X-Men y New Mutants (Marvel, 1986-87) pronto le valdrían su participación como co-creador y dibujante de la nueva colección Excalibur (1987), en la que permanecería, salvo sustituciones puntuales, hasta su número 24 (1990).
Al año siguiente, y tras haberse ocupado de un par de proyectos especiales de Lobezno (Wolverine: Bloodlust, Marvel,1990) y de Batman [Batman: Fulll Circle, DC, 1991), Davis volvería a Excalibur en su número 42, esta vez en calidad de autor completo, para realizar una prodigiosa labor de puesta a punto. Atando con notable ingenio los principales cabos sueltos dejados atrás por Claremont e incorporando sucesivas ideas propias, Davis convirtió la colección en uno de los tebeos más memorables que haya podido ofrecer el mercado del comic-book en mucho tiempo. Fue entonces cuando los que lo habíamos seguido hasta entonces meramente por su excepcional dibujo aprendimos a esperar con impaciencia cada nueva dosis mensual de diversión inteligente en su estado más puro. Leer los guiones de Davis se reveló como una de las recompensas más gratificantes para los aficionados, torturados por la avanzadilla del ejército de vacuidades hipertrofiadas que hoy asola el mercado.
Desgraciadamente, las presiones de la superioridad editorial -que no veía con buenos ojos el que Davis hubiera convertido la colección en su coto personal, aislado en cuarentena de mutantes, para preservar su calidad-, acabaron por motivar su marcha (n° 67,1993). Al poco tiempo, Davis volvía a alegrar nuestras retinas, cerebros y corazones con una nueva muestra de su impagable talento: ClanDestine. En tan sólo ocho números, Davis construyó para nosotros un nuevo mundo de personajes verosímiles, emocionantes aventuras y misterios apasionantes. Y, en tan sólo ocho números, Marvel volvió a colmar la paciencia de Davis. Con el número nueve, el tándem Glen Dakin/Pino Rinaldi lo relevaría al frente de la colección, emprendiendo un trabajo esmerado pero muy alejado de las líneas sentadas por el maestro británico.
Ahora Forum os ofrece una oportunidad que no debéis dejar pasar, con la edición de esos ocho primeros números, más el noveno que os permitirá juzgar por vosotros mismos los méritos del nuevo equipo. Hacedme caso y sumergios en las páginas de ClanDestine; el talento de Alan Davis es como una de esas estrellas fugaces que a veces nos sorprenden si sabemos dónde mirar; no dejéis que mañana otro os cuente lo que os habéis perdido ■ José M. Méndez
Además de demostrar su excepcional talento, primero para el dibujo y más tarde en los guiones, si algo ha dejado claro Alan Davis a lo largo de su carrera es que no está interesado en saltar de colección en colección, regurjitando tópicos y repitiendo la misma historia una y otra vez, para luego extender la mano y recoger su cheque a fin de mes. Por fortuna para todos los lectores que hemos estado alguna vez delante de sus páginas, este tozudo británico se ha esforzado en buscar algo nuevo en cada uno de sus sucesivos trabajos, ha procurado introducir precisas variaciones en los parámetros más tradicionales del género, regalándonos con historias que no son ni de antes ni de ahora, sino felizmente atemporales en virtud de su calidad, ajena a las épocas y los ejercicios de estilo.
En el caso de ClanDestine, el propio Davis ha reiterado en cuantas ocasiones ha tenido la identidad del parámetro en cuestión, el elemento del género con el que ha decidido jugar esta vez: la estructura familiar. Ejemplos clásicos de "familias" de superhéroes los encontramos sin irnos muy lejos en dos de las creaciones más longevas de la casa Marvel: La Patrulla-X y Los 4 Fantásticos. Sin embargo, un análisis un poco más estricto pone muy en duda su cualificación al respecto. Por un lado, los celebérrimos mutantes no son una familia en el sentido real del término; es cierto que sus miembros conviven bajo un mismo techo, tutelados por una figura "paterna". Pero, en realidad, se asemejan más a la comuna de rapaces delincuentes de Oliver Twist, unidos para defenderse de un mundo en el que no tienen cabida, vinculados fundamentalmente por un lazo no de cariño, sino de miedo, y vigilados por un "padre" que es más bien un "comandante" que rige sus destinos. Los 4 Fantásticos se acercan más al modelo de familia atómica al que estamos acostumbrados, pero, en realidad, tan sólo existen vínculos sanguíneos entre dos de sus miembros, y lo que los une es la amistad, fortalecida también por un cúmulo de circunstancias peculiares y adversas. En ClanDestine, Davis pretende explotar -que no explorar- el vínculo realmente familiar como elemento fundamental de la acción. Allí donde La Patrulla-X y Los 4 Fantásticos eligen funcionar como grupo para defender una cierta concepción del bien, los miembros de ClanDestine tan sólo se preocupan de vivir la vida -una vida inusitadamente prolongada- y proteger el bienestar de sus familiares; unos familiares a los que no han elegido, unidos no por vínculos singulares como el miedo o la amistad, sino por la compleja y desentrañable maraña de sentimientos que pueden provocar en cada uno de nosotros nuestros distintos familiares. Una amalgama de sensaciones en la que a menudo conviven sentimientos opuestos, que van desde el amor más entrañable al odio más despiadado.
Y es que en la familia Destine, como en las nuestras, todos son conscientes de lo ineludible de su vínculo consanguíneo... pero eso no tiene por qué gustarles.
En realidad, tampoco ClanDestine es una familia en el pleno sentido de la palabra. Quizá, de haber permanecido Davis más tiempo en la colección, se nos hubiese revelado como tal. Pero, por lo que llega a mostrarnos, tan sólo asistimos a relaciones paterno-filiales y fraternales. Ausentes están relaciones tangenciales, pero relevantes, como las de los tíos y sobrinos -y que tanto juego podrían haber dado siguiendo la fórmula marco de la colección-, y ausente está, sobre todo, el trato con la madre. De modo que, por la razón que fuere, Davis tan sólo nos presenta los conflictos que surgen entre padre e hijos, y entre los hermanos, separados -como tan a menudo sucede- por filosofías de la vida bien distantes, cuando no opuestas. ClanDestine no es ni pretende ser un estudio, o una aproximación siquiera, a las complejas relaciones familiares. Pero, en su incansable búsqueda de nuevos mecanismos arguméntales, Alan Davis encontró aquí una bomba en potencia ■ José M. Méndez
viernes, 6 de mayo de 2016
Barcelona, capital mundial del cómic
El Salón abre con más espacio y presencia de grandes dibujantes y guionistas nacionales e internacionales
Barcelona 5 MAY 2016 - 23:45 CEST
El Salón del Cómic de Barcelona celebra los 80 años de Ibáñez
Barcelona se convierte en estos días en la capital mundial de la historieta con la celebración del 34º Salón Internacional del Cómic, una convocatoria que reúne a un plantel excepcional de artistas como el estadounidense Frank Miller, el gran renovador de Batman y del género, o la libanesa Zeina Abirached, conmovedora cronista de Beirut.
Entre los atractivos de esta edición de la feria, inaugurada ayer jueves y sustancialmente mayor que las anteriores (45.000 metros cuadrados, un 25 % más que el año pasado), destacan la exposición central dedicada a los vehículos en el cómic y que cuenta con una veintena de coches y motos reales, la consagrada a las superheroínas y su evolución en las viñetas y la que homenajea a Francisco Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón, que acaba de cumplir 80 años.
El cartel del salón es precisamente este año obra de Ibáñez, del que se descubren curiosidades profesionales y personales en la exhibición que se le dedica (y en la que figuran inéditos). La feria incluye numerosas actividades que van desde un taller de seguridad vial y la colaboración con el Museo del Prado y el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), hasta las habituales conferencias, mesas redondas, presentaciones de álbumes, firmas de autores o concursos de disfraces de superhéroes.
Ibáñez, padre 'Mortadelo y Filemón', en el Salón del Cómic. Massimiliano Minocri
Entre las 11 exposiciones hay que destacar también la dedicada a los cómics comprometidos, con la exhibición de trabajos en los que aparecen el desahucio, la emigración, la pobreza o la lucha social. El salón, que aspira a batir todos sus récords de público, estará abierto hasta el domingo.
miércoles, 4 de mayo de 2016
Los amigos de Hergé por Ramón de España
En la fotografía Hergé en el año 1933,
caricatura de Hergé visto por Joost Swarte.
REALMENTE, NO PUEDE DECIRSE QUE BELgica se haya dedicado durante estos últimos cincuenta o sesenta años a brillar con luz propia en lo que a contribuciones al mundo cultural se refiere. Su capital, Bruselas, es una ciudad muy pulcra —casi tanto como el viejecito que se en¬cuentran los Beatles en un tren en «Que noche la de aquel día»— en la que no se aprecia, así a primera vista, un gran movimiento en el campo de las ideas. En Bruselas, encontrar una librería cuesta bastante, no te topas con ellas cuando paseas, como suele suceder en otras ciudades. Lo que sí te encuentras (¡y en cantidad pasmosa!) son pastelerías, salones de té y charcuterías. Toda la ciudad está trufada de lugares repletos de viejecitos comiendo «pannekoeken», de tiendas que albergan los más sofisticados embutidos y de puestos ambulantes de patatas fritas (la pasión del belga por la patata frita es algo fuera de lo común). Bruselas huele a pastelito más que a papel impreso, desde luego; y los belgas son considerados por sus hermanos franceses como unos bobos redomados. Y sin embargo... Algo hay en Bruselas que es de vital interés para el mundo de la cultura en general y para el mundo del comic en particular: una escuela de dibujantes que han impuesto un estilo y una estética única, de la que hoy en día muchos —artistas y aficionados— nos confesamos fervientes admiradores. Estética cuya cabeza visible ha sido el señor Hergé y su Tintín pero que cuenta con otros personajes de enjundia, desconocidos por lo general fuera de los países de habla francesa pero capaces de llegar al alma del lector sensible. Personajes como Edgar Fierre Jacobs, Jacques Martin o Bob de Moor, a los que dedicaremos los siguientes párrafos.
EDGAR PIERRE JACOBS ES, INDUDABLEMENte, el personaje más interesante de esa entelequia que ya ha dado en llamarse «escuela franco-belga». Perteneciente a la quinta de Hergé —Martin y de Moor son algo más jóvenes— Jacobs es, asimismo, amigo personal del padre de Tintín, con quien ha colaborado en más de un álbum. Debemos pensar que los años dorados de la revista «Tintín» se cimentaron en un equipo pequeño dirigido por Hergé —una historia muy similar a la de la primera época de Pilote, cuando Goscinny y Charlier escribían todo lo que había que escribir y Uderzo trabajaba de dibujante «o tout faire»— y que el contacto de éste con Jacobs, Martín o de Moor tuvo que ser forzosamente muy cercano. Sepamos pues que muchos fondos y vestuarios de «Las siete bolas de cristal» o «El cetro de Ottokar» —la mejor época de Hergé— se deben al pincel de Jacobs y que gran parte de « Vuelo 714 para Sidney» y « Tintín y los Picaros» está dibujada por Bob de Moor. La balanza del genio se decanta de un modo evidente del lado de Jacobs, cuyas contribuciones a la obra hergeniana son algo serio.
Por lo que respecta a su propia obra —que debiera publicarse en España con la mayor brevedad posible, querido editor de CAIRO— he de decir que resulta, probablemente, lo más atmosférico que nunca se haya hecho en el campo del comic de aventuras. Vade retro pues, fans de Hugo Pratt o del gran Frank Robbins, que sin quitarle mérito a sus ídolos vengo dispuesto a poner los puntos sobre las íes: cuidado conmigo.
Los pinitos de Jacobs tuvieron lugar durante la segunda guerra mundial, cuando las cosas de la situación impidieron que llegaran a Bélgica las páginas de Flash Gordon que publicaba una revista de Bruselas. Como Jesús Blasco en España, Jacobs se vio obligado a continuar las aventuras de Gordon conociendo de vagas oídas de qué iba la historia. Antes de eso, el hombre jamás había pensado dedicarse a la historieta y su profesión era la de tenor operístico: tengo en casa una foto suya vestido de Fausto que vale un Perú.
Después de esto, el poco brillo que conlleva para el mundo de la ópera la sociedad de posguerra, acabó de meter al hombre en el medio. Dibujó «Le rayón U» —historia de fantasía encargada por un editor que le obligó a crear unos personajes clavados físicamente a Flash Gordon, Dale Arden y el doctor Zarkov— y, después, creó a los personajes que le granjearían la fama en el mercado franco-belga y mi devoción eterna de paso. Se trataba del profesor Mortimer y el capitán Blake, defensores de la justicia y paladines del bien que a través de una serie de álbumes han salvado al mundo de sucesivas amenazas.
Dotadas de un diseño más realista que el empleado por Hergé, las aventuras de Blake y Mortimer son muy adecuadas para el ensueño. Hemos asistido a la amenaza china, al peligro amarillo desatado sobre occidente haciendo saltar ante nuestros ojos a la mismísima torre Eiffel —«Le secret de l'espadon»— hemos ido a Egipto y gozado de su misterio eterno —«le mystére de la grande pirámide»— nos hemos enfrentado al loco doctor Septimus, el tremebundo inventor de la letal onda Mega —«La marque jaune»— o hemos participado en la recuperación del collar de María Antonieta —«L'affaire du collier». En todas esas historias —y en las demás aventuras de estos personajes— asistimos a una lucha tan divertida como maniquea entre el bien y el mal. Blake y Mortimer representan al bien y el mal lo monopoliza un ser magnífico, gloria suprema de todos los villanos del comic: el infame coronel Olrik. Cuando algo va mal en el mundo, Olrik está siempre detrás. Es capaz de unirse a los chinos, de trasladarse a Egipto disfrazado de sabio o de servir de conejo de indias al profesor Septimus. El hombre, con tal de dominar el mundo y quitar de enmedio a Blake y a Mortimer es capaz de todo.
Su relación con los dos héroes es, de hecho, muy similar a la del Coyote con el Correcaminos o, especialmente, a la de Fumanchú con Nayland Smith y el doctor Petrie. Al igual que estos tres caballeros, los personajes de Jacobs tienen montada una guerra aparte más importante que el destino del mundo, que se usa como simple excusa para que Fumanchú y Olrik se vuelvan locos tratando de eliminar a sus eternos enemigos. Buenos y malos se admiran y se respetan porque saben que pertenecen a una casta selecta: la formada por aquellos que deciden por dónde tiene que tirar el futuro. El amor a la ópera de Jacobs ha hecho que sus historias tengan mucho de épico, de pasional, de dramático. Las apariciones de Olrik son totalmente teatrales y domina como nadie el arte de dar un salto en el momento adecuado o de lanzar una carcajada aterradora en mitad de la noche. Por eso es de lamentar que los álbumes de Jacobs no hayamos podido leerlos en nuestra infancia —cuando no teníamos distancias intelectuales o irónicas sobre las cosas— y hayamos tenido que esperar a que un alma caritativa —Ignacio Molina, en mi caso— nos descubriera un universo de papel al que nos trasladaríamos gustosos ahora mismo.
Si bien las aventuras de Lefranc resultan sosas —pese a un dibujo que tiene momentos de interés— la saga de Alix es una cosa bastante seria que no llega a producir la emoción que te embarga al leer a Jacobs, pero puede hacerte pasar algunos buenos ratos. Lo que ocurre es que la estética hergeniana resulta más adecuada a historias rocambolescas que a reconstrucciones históricas. Cosa que queda plenamente de manifiesto en Bob de Moor. Bob de Moor tiene un buen montón de álbumes consagrados a temas históricos que no consiguen ser más que agradables a la vista. Pero cuando se pone tintiniano el muchacho florea. «L'enigmatique mon-sieur fiare» recoge las andanzas de un famoso actor que lleva una doble vida, la de la farándula y la de desfacedor de entuertos. El estilo de de Moor en esta ocasión recuerda al de un cantante especializado en grabar versiones «cover» de éxitos ajenos: de un modo escalofriante reproduce el estilo de Hergé a la perfección. Creativamente hablando eso es muy discutible, pero hay que reconocer que al lector entusiasta puede hacerle babear. Asimismo permite conceder un gran crédito a quienes afirman que « Tintín y los Picaros» está dibujado íntegramente por Bob de Moor.
Autor indudablemente menor, el amigo Bob tiene con «L'enigmatique monsieur Barellh su obra menos «personal» pero más lograda. Además, tal vez sea una postura inteligente ser un buen imitador cuando no se es un gran creador.
La herencia moderna
LA ESTÉTICA FRANCO-BELGA PERVIVE EN LA actualidad y vive ahora mismo uno de sus mejores momentos. Las aventuras de Adele Blanc-Sec constituyen un perfecto «aggiornamiento» de sus postulados, Swarte está loco por Hergé y lo mismo le pasa a Riviére y Floc'h —véase en estas mismas páginas esa maravilla que atiende por "El dossier Harding»—, o a Winninger, o al amigo Roger.
Las razones están claras. Las aventuras de Tintín y de Blake y Morfimer son básicamente atmosféricas y crean espacios en los que todos quisieran meterse. Son sagas sólidas que nos recuerdan la importancia de la Aventura, sanos escapismos que nos fascinan y son, por cierto, lo único bueno que han hecho los belgas en su vida aparte de servir de material para chistes y de comer patatas fritas a todas horas.
Publicado en la revista CAIRO nº2, Norma Editorial, Barcelona, año 1981
GROO EL ERRANTE , GROO EL DRAGÓN por Sergio Aragonés y Mark Evanier
A estas alturas se ha escrito de todo (y, además, casi siempre bueno) sobre Groo y sus autores. De acuerdo, Sergio Aragonés es un gran narrador, Mark Evanier escribe unos diálogos geniales y las más de 3.400 páginas que ha protagonizado el Urtain de los bárbaros a lo largo de sus catorce años de existencia constituyen una de las obras más sólidas y de mayor calidad que jamás ha dado el comic USA. Pero, ¿Y Rufferto? ¿Por qué no se han escrito decenas de sesudos ensayos sobre el inconmensurable Rufferto?
Sí, uno de los mayores hallazgos de Aragonés es ese can barrigón y un tanto lelo que se siente orgulloso de hasta el más injustificable de los desmanes de Groo. Para él no existe el patán lerdo pero bienintencionado que hunde barcos y devasta pueblos enteros por error. No, Rufferto piensa que su amo es un héroe legendario, un guerrero de proporciones épicas, un tipo inteligente, vaya. Fiel hasta la extenuación, es capaz de plantarle cara a las tropas de la infame Groella y hasta de morder la cola de un dragón para hacer feliz a Groo, pero... ¿compartirlo? ¡Jamás! ¡Hasta ahí podíamos llegar!
Ah, los celos... la peor pesadilla de Rufferto es que algún día el espadachín narizón se case con Chakaal y cuelgue sus espadas para convertirse en un feliz padre de familia. (Vaya, a ver si este saco de huesos va a saber más de la vida de lo que parece...). Recapitulemos.
Es feo, celoso, torpe, malicioso... y, desde luego, aunque es un poco más listo que el pobre Rantanplán no se puede decir que sea tan mono como Ideafix. Por no compararlo con Milu, claro.
Pero, a pesar de no ser precisamente un dechado de virtudes, Rufferto tiene una cosa clara: lo único que realmente importa es Groo. Lo suyo no es fidelidad sino devoción. Y, cuando se lo propone, es capaz de ser simpático. Hasta tierno, me atrevería a decir.
Mmmm... yo quiero un perro ladre a mi novia.
En serio.
Además, sin él, las aventuras de Groo tendrían muchísima menos gracia (y, si nos creemos lo que dice Evanier, el único chiste de Groo se quedaría en medio chiste).
¡Arf!
David Muñoz
GROO EL ERRANTE, GROO EL DRAGÓN un libro de la editorial Planeta-DeAgostini, Barcelona, mayo 1996. Comprende el material de Groo the Wanderer nºs 63 al 68 (II/90 al VIII/90).
Todo Daredevil
'Daredevil de Frank Miller y Klaus Janson' reúne en casi 900 páginas los cerca de cuatro años que el dúo permaneció al frente de la cabecera.
JAVIER FERNÁNDEZ
Ya sabrán ustedes que Frank Miller viene este año al Salón del Cómic de Barcelona, lo que supone, sin duda, una oportunidad única de conocer en persona a una de las leyendas vivas del noveno arte. Con motivo de la ocasión, ha aparecido recientemente un buen número de reediciones para que los felices afortunados que logren una dedicatoria o una firma puedan verla estampada en su álbum favorito. Los habrá que lleven 300 o Sin City bajo el brazo, los que prefieran abordar al genio con Ronin o sus importantísimos cómics de Batman, de los que El regreso del Caballero Oscuro y Año Uno permanecen como cúspides de un estilo y una forma de entender la historieta, o los que se decantarán por alguna de sus obras menores. Pero apuesto a que la mayoría se le acercará con un Daredevil en las manos. Y es que una generación entera descubrió a Miller gracias a su seminal interpretación del superhéroe ciego de Marvel.
Eso mismo ha debido pensar Panini, que ha colocado en librerías tres títulos de la recién bautizada Colección Frank Miller, tan bonitos que es imposible cogerlos de la mesa de novedades y volver a dejarlos donde estaban. Son el grueso volumen Daredevil de Frank Miller y Klaus Janson, la también compilación Daredevil: Born Again y la novela gráfica Elektra Lives Again. De los dos últimos les hablo en otro lugar de esta misma página, de modo que les ahorro más comentarios; el primero recupera en un solo tomo la primera etapa de Miller con el personaje que lo lanzó a la fama hace ya tres décadas y media. Yo no podré ir a Barcelona, pero si estuviese allí, confieso que este sería el libro que querría que Miller me firmase. Daredevil de Frank Miller y Klaus Janson reúne en casi 900 páginas los cerca de cuatro años que el dúo permaneció al frente de la cabecera Daredevil, entre mayo de 1979 y febrero de 1983, esto es, los números 158 a 191 (excepto el 162, que fue un episodio de relleno). A dicho material, con el que Miller reinventó el personaje y el género, se suman los What if? 28 y 35, también dibujados por él, así como ochenta y tantas páginas de extras, que incluyen entrevistas, portadas de recopilatorios, dibujos promocionales, bocetos, reproducciones de originales, guías de color y un sinfín de maravillas, algunas de ellas inéditas en España hasta la fecha.
El jovencísimo Miller llegó a Daredevil cuando las ventas agonizaban, lo que le permitió jugar con la serie a su antojo. Se soltó primero en la mesa de dibujo, poniendo imágenes a los guiones de Roger McKenzie, y tomó completamente las riendas a partir del número 168, el de la presentación de Elektra. Citando a David Fernández: "Miller echó mano de sus variadas influencias: desde el más áspero género negro hasta las películas de artes marciales orientales, pasando por los estimulantes mangas procedentes de Japón", sin olvidar la sombra siempre presente de Will Eisner y The Spirit. Por su parte, Janson comenzó como entintador, aunque acabó haciéndose cargo de los lápices y el color ya entrada la etapa. Juntos hicieron historia.
Malaga Hoy
Desde las cenizas
JAVIER FERNÁNDEZ
DAREDEVIL: BORN AGAIN. Frank Miller y David Mazzucchelli. Panini. 208 páginas. 25 euros.
Los cuatro años de Frank Miller al frente de Daredevil, entre 1979 y 1983, habrían bastado para asegurarle un espacio entre los grandes creadores de superhéroes. En ese tiempo, redefinió no solo el personaje, sino la misma naturaleza del género, trastocando fondo y forma en un ejercicio que ofreció a los asombrados lectores, en palabras de David Fernández, "ambientes oscuros, violencia a raudales, y una secuenciación de la acción que por su grado de dinamismo y experimentación se situaba años por delante del trabajo realizado por sus contemporáneos". El festín de aquel Daredevil, ya digo, terminó en 1983 y los lectores tuvimos que buscar emociones en otra parte. Recuerdo vívidamente la tristeza que me causó la marcha de Miller, y recuerdo con igual intensidad la punzada de emoción al enterarme, años más tarde, del inminente regreso del artista. Claro está que surgieron dudas: ¿Estará a la altura? ¿Será más de lo mismo? ¿Por qué deja el dibujo en manos de un dibujante prácticamente desconocido? Bastó la primera página del número 227 de Daredevil para disiparlas todas.
Born Again (renacido) es el título genérico de la segunda venida de Miller a Daredevil, entre los números 227 y 233 (febrero-agosto, 1986), y pasa por ser uno de los tebeos de superhéroes más celebrados e influyentes de la Historia, con su emocionante recuento del derribo y resurgimiento del héroe. Puede leerse como una novela gráfica independiente, aunque opino que gana alcance si se conoce bien la primera etapa de Miller con el personaje. Cuenta con las maravillosas viñetas de esa bestia parda, entonces emergente, que es David Mazzucchelli, inmenso aquí en el dibujo y pletórico en el storytelling. También en palabras de David Fernández, Born Again muestra "la perfecta compenetración de dos genios cuya interacción posibilitó el nacimiento de un clásico que 30 años después conserva su vigencia y frescura intactas". Panini recupera ahora esta auténtica obra maestra, con un formato grande, encuadernación holandesa y más de 20 páginas de material extra.
Malaga Hoy
Misterio y elegancia
JAVIER FERNÁNDEZ
ELEKTRA LIVES AGAIN. Frank Miller y Lynn Varley. Panini. 80 páginas. 15 euros.
Publicada originalmente en 1990, y premio Eisner al mejor álbum gráfico de novedad en 1991, Elektra Lives Again significó el retorno de Frank Miller a su personaje fetiche, la asesina Elektra Natchios. Volvió Miller, y lo hizo con un dibujo espectacular, pleno de recursos narrativos e inolvidables composiciones de página, antesala de la inminente saga de Sin City. Pero si llamativo es el arte de Miller, no menos importante en esta novela gráfica es el trabajo de la colorista Lynn Varley, que dotó de atmósfera, volumen y personalidad propia a una obra que, sin ser redonda, resulta de lo más estimulante y puede calificarse de imprescindible para cualquier aficionado al género de superhéroes. Misteriosa y elegante, Elektra Lives Again reaparece en librerías en la bella edición ofrecida por Panini con motivo de la venida de Miller al Salón de Barcelona.
Malaga Hoy
Un trabajo hipnótico
JAVIER FERNÁNDEZ
Corría el año 1986 cuando Frank Miller, convertido ya en celebridad gracias a la exitosa miniserie Batman: El regreso del Caballero Oscuro, y un Bill Sienkiewicz en estado de gracia dieron a imprenta Elektra Asesina. Pocas veces en la historia de los superhéroes se ha visto un trabajo tan heterodoxo, hipnótico y fascinante como el conjunto de estos ocho cómic books que rompen las fronteras de los géneros para componer una sátira política cargada de violencia y sensualidad. Panini recopiló esta serie alucinante en un solo volumen, con un tamaño de página ampliado y una estupenda sección de material extra que incluye los carteles promocionales y las portadas de las diversas recopilaciones que ha conocido esta obra maestra.
Malaga Hoy
jueves, 28 de abril de 2016
domingo, 24 de abril de 2016
Fernando Vicente: El juego de las emociones
Las Pin-up de Fernando Vicente, por Fernando Vicente, publicado por editorial Dibbuks, Madrid, 1ª edición, octubre 2.004.
El haber estado veinte años al tanto de la evolución de sus trabajos creo que me confiere una pequeña autoridad para afirmar que todo el quehacer de Fernando Vicente, como el de buena parte de los artistas del siglo pasado y del que recién comenzamos, responde más a conceptos que a sensaciones.
Cuando la consideración clásica del desnudo femenino se vio sometida al desmembramiento en manos de las vanguardias, se emprendió un camino de no retorno en el que los nuevos artificios que evocaban las suaves transiciones del cuerpo femenino hicieron más hincapié en la capacidad significativa de sus formas, perfectas unidades, que en el placer que de esas delicadas superficies pudiera derivarse.
Frente a ese énfasis de la síntesis en las nuevas estilizaciones, otro arte, más apegado a lo popular y a la creciente satisfacción del gusto de las masas, tejió en cambio unas propuestas de idealización de la belleza física que pudieran seguir despertando las emociones sometidas por la modernidad a un serio desplazamiento.
No deja de ser significativo que en un contexto en el que el papel social de las mujeres se confirmó con un imparable salto hacia delante, las revistas y los calendarios "para hombres" se llenaran de representaciones, como las de los grandísimos Alberto Vargas o George Getty, en las que la comunicación de muy concretos sentimientos idealizados se anteponía a la de las ideas mismas. El paroxismo de esa paradoja lo encontramos en una guerra en la que los aviones y las taquillas de los soldados se desbordaban con representaciones de unas mujeres que eran la antítesis de las que se incorporaban en la retaguardia a la vida laboral para evitar que la máquina de la producción se paralizase.
Ante la rítmica sensual de aquellos cuerpos que se exhibían en unas posturas que podríamos sistematizar, por lo reiterativo, en un número limitado de variantes, la mirada masculina reconocía una perfección de las formas al servicio de una narrativa que otras artes mayores estaban perdiendo, sin reparar en que el proceso de abstracción que había en esas voluptuosidades era prácticamente igual de notorio. Las "pin-ups" parecían, como sucede con los espejismos, más vivas y reales que las mujeres de Picasso, un suponer, pero esa impresión era absolutamente falsa. La única dicotomía entre unas y otras estribaba en la elección de un juego de apariencias diferente.
El concepto del desnudo ha ido siempre tan aparejado a nuestra noción del orden y del diseño que cuando la fotografía irrumpió en nuestras vidas bajo el manto equívoco de la convicción de que la sensibilidad de la cámara podía informar más objetivamente sobre la naturaleza ese sentido dibujístico de las formas se les antojara a muchos menos vivido.
Bien es cierto que la justificación última de muchos de estos nuevos desnudos femeninos que nos inundan es sólo la prosaica idealización nostálgica de la otredad de un género sexual que, por mor de la modificación de modelos, nos resulta hoy más extraño y desconcertante, y en cuya percepción sensual de papel nos gustaría pensar que se encierra un orden simplificado y más complaciente con nuestras antiguas y elementales convicciones. Miramos, en efecto, esa creación artificial de la mujer, que se exhibe picaramente o con inmodestia, a la búsqueda de un algo imaginado en nuestra memoria de especie como la noción convencional de la belleza de ese sexo al que queremos seguir apreciando como un imposible.
Lo bueno de Fernando Vicente, lo mejor de él, en ese diálogo con la belleza física de la mujer, es que su espejo descansa más en lo artístico que en lo natural, y que su concepción de esta escuela del desnudo, por la que siempre se ha sentido atraído como dibujante y coleccionista, se relaciona con unas estructuras nada contemporáneas de la experiencia imaginativa.
Estamos ante un proceder de regustos muy manieristas en el que se rinde culto a una concepción del gusto [ajena por Igual al gran gusto de los renacentistas y al pequeño gusto de los académicos decimonónicos] que no es demasiado proclive a rendir pleitesía a esta contemporaneidad de demasiadas desnudeces explícitas y prosaicas. Es el suyo un juego de virtuoso en el que, de igual manera que hubo, hace siglos, artistas perspicaces que preferían basarse en los logros escultóricos de la escultura antigua antes que en la observación directa del desnudo, Fernando Irrumpe para trabajar sobre la idealización formal de un tiempo pretérito muy concreto. Y, en ese añadir idealismo a lo ya de por sí idealizado, se comporta como uno de aquellos artistas del siglo XV que basaban todo su saber en el dibujo del desnudo y en el dibujo de lo antiguo. Es, por decirlo no mejor sino más claro, como si hubiera dejado que ambas opciones dlfuminaran sus lindes y se interpenetrasen. Es, sencillamente, mirar a la mujer en su apariencia a la manera de unos creadores que reclamaban la elegancia como uno de los conceptos de la desnudez que puede despertar más arrebatadoras emociones. Es, lisa y llanamente, mirar el desnudo "a la antigua".
Todas las "pin-ups" que recoge este libro, y que nacieron con la posibilidad de conformar una baraja, son símbolos Inexistentes [el que yo haya reconocido el rostro de Isabel, la mujer del artista, en alguno de ellos también quiero leerlo desde esa óptica], en cuya capacidad de sugerencia se encierra la pérdida evidente de un paraíso ilusorio salvo para cierto sistema de valores masculinos. Pero esa quimera nos sigue complaciendo, cuando esté bien resuelta, como es el caso, porque viene a reafirmar una imaginería del erotismo en la que los arquetipos, que eso y sólo eso eran, nos resultaban vagamente familiares.
Felipe Hernández Cava
BUDAPEST REVISITADA
Budapest, urbe histórica, es el centro turístico de la Europa del Este. El Puente Fernando, escenario de un episodio de «RAPSODIA HÚNGARA».
• IGNACIO VIDAL
Hasta la reciente lectura de Rapsodia Húngara, tenía yo en el olvido mi lejano viaje a Budapest. Este tuvo lugar en 1957, poco después de la invasión soviética de Hungría, con motivo de un congreso del Partido en el que habían de prepararse dos grandes acciones contra la dictadura —a la que creíamos, ay, en irrefrenable decadencia—: la huelga general y la creación del movimiento estudiantil antifranquista. De los dos proyectos, sólo el segundo llegaría a buen fin, y ello a costa de cuántas caídas y cuántos sacrificios.
Si desde el tren me impresionó la belleza de la inmensa llanura panónica, rica en caballos, en cultivos y en bosques (la distribución de las tierras en granjas agrícolas explotadas en régimen de propiedad privada ha creado riqueza en Hungría, que para las naciones del pacto de Varsovia es el lugar ideal para pasar las vacaciones), la capital me sorprendió aún más agradablemente.
Budapest es dos ciudades: en la margen derecha del Danubio se yergue la antigua Buda, cuyo carácter aristocrático queda realzado por la especificidad de sus monumentos: la antigua ciudadela, la catedral, la bastilla de los pescadores. En la otra orilla,- el Parlamento y los comercios le dan a Pest sus señales de identidad como ciudad burguesa.
Ha pasado tanto tiempo desde mis paseos por Buda, que la capital magiar se me aparece envuelta en una espesa bruma de la que apenas sobresale, gracias a los dibujos de Giardino, una memorable esquina en Ferenc Hegy, o la visión maravillosa, desde las torres de la catedral, de los airosos puentes sobre el Danubio.
En 1957, la apretada agenda de trabajo me impidió vivir plenamente Hungría. ¿Qué sabemos de ese país desconocido? Sabemos de su larga convivencia y sometimiento al turco, al que expulsó hace apenas trescientos años y que dejó su carácter alegre y extrovertido en herencia al pueblo magiar. Sabemos del sueño imposible del imperio Austro-Húngaro; del expansionismo germánico; del despojo del territorio húngaro hasta reducir a la tercera parte el territorio nacional. Y sabemos —hoy las cosas se ven de otra manera— que la última invasión, la soviética ha arrancado de cuajo los últimos vestigios de identidad nacional al pueblo húngaro. Sabemos, en fin, que aquel es el país de las bombillas Osram, el inventor del salami, la patria de los zíngaros, de Dvorak y de Lucácks... en la distancia, Hungría es vagamente la tierra de todos y de nadie.
El bastión de los pescadores, donde Fridman mantiene una acida discusión con su enlace.
Rapsodia está llena de errores, pero en muchas cosas me parece genial. No logro comprender cómo pude meter en ella tantas ideas. En ese sentido, es magnífica.
Vittorio Giardino
Guionista reflexivo, Giardino ha escogido esa ciudad centroeuropea, vacía de sí misma y evocadora de no-se-sabe-bien-qué, como lugar de la acción; un protagonista hebreo, espía y viajero—tres formas extremas de desarraigo—; y una época en que el mundo andaba en crisis: la segunda preguerra mundial.
Personaje, tiempo y lugar, tres elementos particularmente dramáticos para crear la atmósfera de una historia a la que sirven de telón de fondo, y sobre el que se puede construir —Giardino construye— cualquier historia.
El autor y sus personajes
Entre otras cosas, construye, con notable agudeza psicológica, una decena de personajes secundarios, paradigmas de otras tantas pasiones y actitudes vitales. En ese amplio coro que envuelve a Max Fridman, la ingenuidad, la estupidez, el pragmatismo, la crueldad, la sensualidad, el encanallamiento, el idealismo, la incompetencia, la puerilidad, la lucidez, etc. se encarnan en personajes emblemáticos, la reunión de los cuales en la obra dibuja una visión del mundo y del destino del hombre asaz crítica y exhaustiva; y, gracias al especial talante obviamente humanista del autor, no exenta de respeto ni de cariño. Que además de esa función conceptual cada personaje tenga gestos que le son propios, ropas y oficios concretos y reconocibles en la realidad; que estén arropados por una amplia comparsería; que se muevan, en fin, en un escenario política, histórica y socialmente identificable, les rescata de la abstracción y hace la obra, más acá del mensaje y la trascendencia, verosímil; que es, en definitiva, lo que requiere la primera lectura de un relato.
Naturalmente, un autor y una obra así no surgen por generación espontánea. En sus entrevistas al fanzine Fumo di China y a la revista Orient Express, Giardino recela del talento natural y afirma que formarse en la historieta es cuestión de aprendizaje y de experiencia, y reconoce la influencia de Muñoz en sus primeras obras y la de Le Carré, Koestler o Greene en el guión de «Rapsodia».
Sea como fuere, es el caso que al cerrar El Mago, donde, recién llegado a la profesionalidad, publicaba cuando aún no era el célebre ganador del Yellow Kid, Giardino no se puso a la caza de otro editor que le garantizara las lentejas de su familia: contra toda lógica editorial, se encerró en su casa, para realizar una historieta de cien páginas y a color. Aquí ya no se trata de influencias o de aprendizajes: esa convicción y esa tenacidad deben ser una forma del talento.
Publicado en la revista CAIRO nº26, Norma Editorial, Barcelona, julio de 1.984
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