El caos como principio, y la mayoría de la veces como final. Caos, bendito o maldito, caos al fin y al cabo. Una completa amalgama de autores, bocetos, fotografías; pruebas de azul, tinta, color, aguadas, tintas; ilustraciones, comics, ideas y no se cuantas cosas más se acumulan en carpetas, libretas, folios. Donde sea y como sea, y eso que casi no hago nada.
miércoles, 19 de agosto de 2015
lunes, 17 de agosto de 2015
¿QUIEN TEME AL LOBEZNO FEROZ?
POR TRAJANO BERMUDEZ
¿Qué tienen en común Batman, Lobezno y El Castigador? Ante todo, una respuesta obvia: el éxito. Tres personajes, siete series. Si esto no es lo más "bot" del mercado... ¿Y de dónde han salido estos jovencitos rompedores? Pues más bien habría que preguntarse dónde estaban escondidos El Castigador (1973) cumple 16 años, que ya está bien. En los dos últimos encontramos la gloria. En los anteriores la pena, penita. Lobezno (1975) no es ningún crío a estas alturas. La edad de Batman se merece un más que venerable respeto. ¿Cuál es el rasgo que comparten estos tres personajes o, al menos, sus más recientes versiones? ¿Cuál es el talante que puede definir su éxito? Son veteranos, son duros, son violentos, son infalibles, no tienen sentido del humor, no tienen mas poderes que la mala leche, no responden ante nadie. Son Sylvester Stallone vestido con mallas. Hace veinte años, los superhéroes eran jovencitos, dulces, pacifistas, inexpertos, hacían bromas mientras peleaban, gozaban siempre de algún poder original, se veían cargados con "la gran responsabilidad que supone todo gran poder", eran Dustin Hoffmann en El Graduado.
¿Convendremos, entonces, en que se ha producido una renovación del género? ¿El superhéroe ha madurado, se ha hecho mas adulto y realista con nuestra década? ¿Ha tomado el nuevo aliento que necesitaba? Los 60 fueron el entusiasmo juvenil, los 70 el agotamiento árido. ¿Los 80 el renacer de un tono más adulto...?
Que los héroes de hoy en día no son un "buen ejemplo", que son una panda de filibusteros y desclasados, nadie lo va a negar. Que el comic-book es un mercado y la oferta aumenta cuando aumenta la demanda, tampoco. Hay un clima de degradación moral en la juventud americana. Hay un desánimo por el mundo y por la vida. Los chavales de los ochenta parecen viejos desilusionados, y mas si los comparamos con los de hace veinte años. Mayo del 68 y los hippies. El idealismo al poder. La poesía salió a la calle. El LSD estimulaba la creatividad. Spiderman combate las drogas y Flecha Verde se enfrenta a los problemas de la injusticia social. Los valores se han trasladado: materialismo y republicanismo. El darwinismo al poder. Spiderman se ha casado" y Flecha Verde se enfrenta a violadores y torturadores de mujeres. Pero no tratan de denunciar nada. No son tebeos "relevantes". Son tebeos de exhibición y morbo. Los tebeos no han cambiado la mentalidad de sus lectores. Más bien ha ocurrido al revés. La violencia de los tebeos es efecto, y no causa, de la violencia social. Pero todos sabemos qué la violencia engendra violencia, y así la de los superhéroes acaba incitando a la de los adolescentes. (No como causa primera, pero sí realiza una contribución). Lobezno no era así. Al principio, ni siquiera era un personaje importante en La Patrulla-X, dominada por las personalidades de Cíclope o Tormenta, dotados antaño de caracteres acusadamente morales y espirituales, respectivamente. Lobezno se quejaba porque, tras años de terapia y tratamiento, seguía cediendo a su lado animal bajo una fuerte presión. Podía perder una pelea, y nadie dudaba de que era accesible a la muerte. En cualquier caso, no destacaba mucho, pues al fin y al cabo era, probablemente, el menos poderoso del grupo y no tenía demasiado que hacer cuando las cosas se ponían difíciles. Cuentan las malas lenguas que esta marginación estuvo instigada por Cockrum. El caso es que la llegada de Byrne a la serie fue cambiando el papel de Lobezno paulatinamente, hasta la eclosión definitiva: "Wolverine: Alone" (X-Men n.° 133). Ese episodio no sólo es legendario, sino que se ha convertido en en punto de referencia. Cambió muchas cosas. Para empezar, el concepto de que los buenos se distinguen de los malos no sólo por su calidad moral, sino también por sus métodos. Además, empezó a poner de moda la estética de lo sucio, de lo roto, de las alcantarillas. Pero aquello, en 1980, no era sino una nota de frescura, aquello no presagiaba nada. Hizo falta el cambio en los gustos (en el mal gusto) para que la gente pidiera más, y, en los comics, hizo falta el impacto de Frank Miller.
Hay una tercera influencia en el comic-book americano que hoy acapara las loas. Es, claro, la de Alan Moore. En sus historietas encontramos también sangre, también actos de violencia abominables (especialmente en Miracleman). Ninguno puede ser influencia perniciosa. El temor de Moore es fantástico, es irreal, es ficticio, es artístico. El terror de Moore está en una obra de arte, para gozarlo, si se quiere, no para traerlo a nuestro mundo por puro aburrimiento.
Pero, con un poco de suerte, la censura, despistada, podrá proyectar su sombra en otros lares, si se hace cierto el desplazamiento que se empieza a adivinar. Hay signos de que la marea de violencia está remitiendo, está empezando a cansar y a ser sustituida. ¿A cambio de qué nuevo producto? Puede que por el del humor. Ahí están las series que lo tratan o pretenden tratarlo: La Liga de la Justicia, Excalibur (Claremont se apunta a un bombardeo) y lo que viene. Los 60 fueron el entusiasmo juvenil, los 70 el agotamiento árido, los 80 la adaptación a los nuevos tiempos, ¿los 90 la ansiada madurez? ■ Trajano Bermúdez
(*) Batman, frente a El Castigador o Lobezno, mantiene un respeto sagrado por la vida humana, que en sus inicios no parecía tener en tanta estima. Sin embargo, sus lectores eligen exterminar a su compañero juvenil en cuanto les dan oportunidad de decidirlo.
VERTIGO: AL FILO DEL INVIERNO
VERTIGO: AL FILO DEL INVIERNO (Col. Vertigo nº69) Marzo de 1.999
Publicado por Norma Editorial
Portada y contraportada realizada por Brian Bolland
VERTIGO: AL FILO DEL INVIERNO 2 (Col. Vertigo nº113) Diciembre 1.999
Publicado por Norma Editorial
Portada y Contraportada realizada por Mike Allred y Laura Allred
Lola Lorente, la atracción por el límite
Autora revelación con su primera obra, la dibujante ultima un nuevo álbum en Angulema, la meca del cómic
TEREIXA CONSTENLA 16 AGO 2015
Ilustración de Lola Lorente.
Lola Lorente trabaja en Angulema (Francia), en una casa en cuesta, con la que sueñan autores de cómic de todo el mundo: La Maison des Auteurs. Allí tiene un pequeño estudio, con luz natural, tazas de té, fotos, libros y dibujos por las paredes. En esa casa en cuesta, que gobierna Pili Muñoz, una descendiente de españoles, se afanan talentos futuros y consagrados, valores de países emergentes y de potencias venidas a menos, dibujantes que darán que hablar y autores que ya han dicho mucho. Solo necesitan un proyecto que les haga merecedores de un estudio donde dibujar (hay cinco individuales y nueve colectivos).
Lograr una plaza para crear en la maison no es criba fácil, aunque los autores españoles tendrán más oportunidades a partir de este año, tras el acuerdo alcanzado entre Acción Cultural Española y la Ciudad Internacional del Cómic y de la Imagen de Angulema para financiar una residencia de cuatro meses. La iniciativa cubre el vacío que dejó la supresión en 2012 de la Beca Alhóndiga, que ayudó a autores como Álvaro Ortiz, Martín Romero, Alfonso Zapico o la propia Lola Lorente. “No gané la beca, pero en la maison vieron mi proyecto y me llamaron”.
Hasta ese espacio de “retiro profesional” arrastró su propia mesa. Allí ultima las páginas finales de La alumna, un álbum protagonizado por Mary Pain, una mujer de treinta y algo que debe regresar a su pueblo, tras más de una década de ausencia, para cuidar a su abuelo enfermo. Una mujer en la frontera entre la juventud y la madurez, una protagonista que deambula por filos autobiográficos sin que por ello se deba confundir a Lola Lorente y Mary Pain. De nuevo, alguien en pleno tránsito. “No sé cuántas etapas hay en la vida... puedo hablar por las que yo paso y lo que me toca vivir. Me atrae el límite psicológico entre lo racional y lo irracional. Me atraen los bordes”.
Página de 'Sangre de mi sangre'.
En Sangre de mi sangre (Astiberri), su primer libro, exploraba la migración de la niñez a la adolescencia con una mezcla desasosegante de ternura y crueldad. Había niños que tanteaban nuevas identidades sexuales y niños de una ortodoxia malvada. Había pérdidas irreparables, ingenuidades a deshora y juegos macabros. Los adultos vivían noqueados por pérdidas y carencias, un tanto fuera de lugar. “Era un tipo de cuento que me servía para contar el tránsito desde la infancia. En este he intentado hacer una historia bastante más cruda, muy realista”.
De nuevo se sirve del blanco y negro —con tinta china— y de singulares criaturas, como la propia Mary Pain, que nació el día que Lorente se puso a dibujar así porque sí y le salió una mujer boteriana de larga trenza. “Me pareció enigmática. Al verla empecé a crear páginas y pensé que tenía que hacer algo con ella, intentar comprender el personaje, que va macerándose en mi cabeza. Parto de un boceto y luego hago un guion bastante abstracto, como un escultor que tiene un trozo de piedra y va dándole forma poco a poco”. Calla y confía: “Un proceso muy angustioso, la verdad, porque yo dudo muchísimo y un libro obliga a tomar decisiones todo el rato”.
Y aunque ahora la dibujante tiene brotes de inseguridad producidos por los coletazos finales de la obra, que se publicará en 2016, a la vuelta de la esquina le aguarda el gran dilema: seguir en Angulema, ya sin el paraguas de la Casa de los Autores y las sucesivas becas (VEGAP y Centro Nacional del Libro de Francia), o retornar a España, donde quiso y no pudo encontrar trabajo. Un poco como Mary Pain, que regresa forzada, que afronta incertidumbres económicas y que encara una nueva transición biográfica.
Notas biográficas
Lola Lorente (Bigastro, Alicante, 1980). Estudió Bellas Artes en Valencia e Ilustración en Barcelona. No pensaba en el cómic hasta que empezó a colaborar en el Fanzine Enfermo y se le abrió un mundo de historias. Allí publicó una historieta corta que luego creció hasta convertirse en su primera novela gráfica en 2011, Sangre de mi sangre (Astiberri). Con ella ganó el Premio al Autor Revelación en el Salón del Cómic en Barcelona en 2012. El libro está traducido al francés y el italiano.
El Pais Revista de Verano 16 de agosto de 2015
domingo, 16 de agosto de 2015
El ojo invisible de la Nouvelle Vague
Muestras y ensayos reivindican la figura de Raymond Cauchetier, el fotógrafo que inmortalizó la revolución del cine en los sesenta
CARLES GÁMEZ Valencia 15 AGO 2015
Una pareja pasea por los Campos Elíseos. Ella, cabellos cortos masculinos, pantalones capri y camiseta con el logo New York Herald Tribune. Él, un joven aprendiz de gánster con sombrero Borsalino y aire desgarbado. La actriz Jean Seberg y un casi debutante Jean-Paul Belmondo son fotografiados por Raymond Cauchetier durante el rodaje de Al final de la escapada(1966), la obra que pondrá el nombre de Jean-Luc Godard en los rótulos luminosos del nuevo cine y lanzará la Nouvelle Vague como marca. Acababa de nacer una de las imágenes icónicas del siglo XX.
Después de permanecer olvidado durante décadas, Cauchetier (París, 1920), a sus 95 años, disfruta finalmente del reconocimiento; su obra se exhibe en centros oficiales y galerías mientras le dedican ensayos y estudios críticos. “Hice mi debut en el mundo del cine sin saber que iba a ilustrar una revolución cinematográfica”, recordaba en uno de los homenajes que han ido sucediéndose en los últimos tiempos.
Entre 1959 y 1968 su Rollefleix recoge a estos nuevos héroes, protagonistas de la vida moderna que imponen su estilo, la generación Nouvelle Vague bautizada por la directora de la revista Elle Françoise Giroud. Aquellas imágenes mal pagadas y material de trabajo de producción acabarán por transformarse en el mejor documental de ese nuevo cine. Cauchetier asiste desde la primera fila a la insurrección visual. “Si tuviera que quedarme con algunos de los mejores recuerdos, sería el rodaje de Al final de la escapada y la sensación de estar asistiendo a la reinvención de cine”.
La vida de Cauchetier está marcada por la historia del siglo XX. A los 20 años entró en las filas de la Resistencia francesa luchando contra el ejército nazi. Acabada la guerra, se marchó a Indochina para trabajar en el servicio de información y prensa del ejército francés. A su regreso a París, a finales de los años cincuenta, el azar lo lleva hasta las puertas de esa revolución cinematográfica que acababa de comenzar capitaneada por los jóvenes críticos de la revista Cahiers du Cinema, autodidactas como él.
Sus fotos, casi sesenta años después, son la memoria rescatada de sus protagonistas: directores como Jean-Luc Godard, Jacques Demy o François Truffaut y sus musas, Anna Karina, Jeanne Moreau, Anouk Aimée o Françoise Dorléac. Una generación de actrices representantes de una forma de vivir más libre. “Tuve la suerte que los actores que fotografié eran guapos y fotogénicos”. Su cámara fue testigo del primer encuentro entre la actriz Jean Seberg y Godard con motivo del rodaje de Al final de la escapada. La estrella estadounidense, acostumbrada a Hollywood, no pudo esconder su nerviosismo ante un director que le ofrecía los diálogos escritos en unos improvisados trozos de papel.
Promotor de un nuevo realismo cinematográfico y de estética neorromántica, sus imágenes han forjado una serie de iconos que cada temporada sirven de munición gráfica al mundo de la moda, la fotografía, la publicidad o el diseño gráfico. Fotógrafas como Ellen Von Unwerth para el Vogue estadounidense o realizadoras como Zoe Cassavetes, uno de los nombres fetiches del cine publicitario de moda, no han dudado en inspirarse en la Nouvelle Vague y las imágenes de Cauchetier como objetos de remake.
CARLES GÁMEZ Valencia 15 AGO 2015
La actriz Anouk Aimée en la cinta de 1961 'Lola'. La película está ambientada en Nantes y cuenta la historia de Lola, una bailarina de cabaret, que espera el regreso de su novio Michel y padre de su hijo, y que hace siete años emigró a América con la promesa de volver cuando se hiciese rico. Durante su ausencia, Lola es cortejada por Roland, un amigo de la infancia, y por el marinero americano Frankie.
RAYMOND CAUCHETIER
Una pareja pasea por los Campos Elíseos. Ella, cabellos cortos masculinos, pantalones capri y camiseta con el logo New York Herald Tribune. Él, un joven aprendiz de gánster con sombrero Borsalino y aire desgarbado. La actriz Jean Seberg y un casi debutante Jean-Paul Belmondo son fotografiados por Raymond Cauchetier durante el rodaje de Al final de la escapada(1966), la obra que pondrá el nombre de Jean-Luc Godard en los rótulos luminosos del nuevo cine y lanzará la Nouvelle Vague como marca. Acababa de nacer una de las imágenes icónicas del siglo XX.
El director de cine fraco-suizo Jean-Luc Godard y su musa la actriz Anna Karina, en una imagen en París. El director fue el encargado de convertir a Karina en "la princesa de la Nouvelle Vague".
RAYMOND CAUCHETIER, COURTESY JAMES HYMAN GALLERY, LONDON
Negativos de la cinta 'Jules y Jim'. La película francesa fue dirigida por François Truffaut en el año 1962 y forma parte del movimiento cinematográfico denominado Nouvelle vague. El filme está basada en un libro de Henri-Pierre Roché.
RAYMOND CAUCHETIER, COURTESY JAMES HYMAN GALLERY, LONDON
'Al final de la escapada', es una película francesa de 1960, en blanco y negro, dirigida por Jean-Luc Godard y con Jean-Paul Belmondo, Jean Seberg, Daniel Boulanger y Jean-Pierre Melville, en los papeles principales.
AYMOND CAUCHETIER, COURTESY JAMES HYMAN GALLERY, LONDON
Imagen de la cinta 'Jules y Jim', 1962, protagonizada por Jeanne Moreau, Oskar Werner y Henri Serre.
RAYMOND CAUCHETIER, COURTESY JAMES HYMAN GALLERY, LONDON
El fotógrafo desembarcó en el set de ese nuevo cine, libre, directo, enemigo acérrimo de esa cinematografía academicista que imperaba en la Francia de la posguerra, y se convirtió en el ojo invisible en el plató de esa nueva ola que se reconoce tanto en el lenguaje de Robert Bresson y Jean Vigo como en su pasión por el cine norteamericano de Hitchcock y Hawks.
Imagen de Anna Karina en la cinta 'Una mujer es una mujer' de 1961. En la cinta Karina interpreta a una artista de striptease francesa desesperada por convertirse en madre.
RAYMOND CAUCHETIER, COURTESY JAMES HYMAN GALLERY, LONDON
Imagen de la película francesa de 1964 'La piel suave'. La cinta protagonizada por Jean Desailly, Françoise Dorléac, Nelly Benedetti, cuenta la historia de Pierre Lachenay, un famoso escritor, casado y con una hija de 10 años, que abandona el hogar conyugal tras iniciar una relación con Nicole, una azafata.
RAYMOND CAUCHETIER
Promotor de un nuevo realismo cinematográfico y de estética neorromántica, sus imágenes han forjado una serie de iconos que cada temporada sirven de munición gráfica al mundo de la moda, la fotografía, la publicidad o el diseño gráfico. Fotógrafas como Ellen Von Unwerth para el Vogue estadounidense o realizadoras como Zoe Cassavetes, uno de los nombres fetiches del cine publicitario de moda, no han dudado en inspirarse en la Nouvelle Vague y las imágenes de Cauchetier como objetos de remake.
En 1963 fue el encargado de retratar al elenco de la cinta 'La estafadora', dirigida por Marcel Ophüls.
RAYMOND CAUCHETIER, COURTESY JAMES HYMAN GALLERY, LONDON
Gracias al director Roger Vadim, Y Dios creó a la mujer (1956), y a la figura infractora de Brigitte Bardot en el papel de Juliette la pantalla centelleaba con un nuevo modelo femenino; una generación de actrices definía ese nuevo estatus entre la modernidad y transgresión. Las fotos de Cauchetier, medio siglo después, devuelven ese momento de cambio y mutación estética.
'Al final de la escapada', ganó el Oso de Plata a la mejor dirección en la edición de 1960 del Festival Internacional de Cine de Berlín.
RAYMOND CAUCHETIER, COURTESY JAMES HYMAN GALLERY, LONDON
RAYMOND CAUCHETIER, COURTESY JAMES HYMAN GALLERY, LONDON
Imagen de la cinta 'Una mujer es una mujer'.
RAYMOND CAUCHETIER, COURTESY JAMES HYMAN GALLERY, LONDON
El Pais Revista de Verano sabado 15 de agosto de 2015
Adiós a las etiquetas por ALVARO PONS
Durante mucho tiempo, las ilustradoras que querían hacer carrera en este país tenían que romper una a una las paredes de las muchas celdas con las que se encerraba a la mujer. Primero, tenían que demostrar que Su pasión por el arte no era una simple afición, un entretenimiento mientras esperaban al apuesto muchacho que fuera padre de sus hijos. Después, tenían que soportar que la sociedad —e incluso aquellos que practicaban su misma profesión—las mirara con menosprecio, mientras la industria intentaba recortar sus alas reduciendo sus posibilidades expresivas a la ilustración para niños y, si era posible, solo para niñas. Pero ni siquiera así se podía encerrar su capacidad creadora: en los años treinta ya Lola Anglada daba muestras de virtuosismo ilustrando Alicia en el País de las Maravillas, mientras Pitti Bartolozzi rompía esquemas con su trazo moderno en las aventuras de Canito y su gata peladilla, igual que después retrataría la crueldad de la guerra con dibujos de doloroso surrealismo.
Tras la guerra, autoras como Pili Blasco, Rosa Galcerán, Carmen Barbará, Mercé Llimona o Purita Campos, pese a ser obligadas a trabajar únicamente en revistas para niñas pensadas por editores masculinos, lograron que su trabajo brillara, abriendo las puertas a la revolución que llegaría a finales de los años setenta. Con el ejemplo del trabajo provocador que venía de Francia firmado por autoras como Bretecher, Montellier, Cestac o Claveloux, jóvenes ilustradoras como Nuria Pompeia, Marika Vila, Montse Clavé, Pilarín Bayés o Asun Balzola, por solo citar algunas, se dedicaron a ensanchar la corta mirada de la sociedad con trabajos ajenos a las etiquetas con las que se prejuzgaban. Ellas dejaron el camino despejado para la gran generación de jóvenes autoras que llegaría durante los años ochenta, donde nombres como los de Ana Juan, Ana Miralles, Victoria Marios, Marta Balaguer, Marta Guerrero, Antonia Santolaya, Montse Ginesta o Laura Pérez firmaban un cambio de rumbo que se certificó en la exposición Papel de Mujeres, organizada por el Instituto de la Juventud en 1988. Treinta años después, la lista de autoras que trabajan en la ilustración y el cómic es tan-interminable como variada y rica: Sonia Pulido, María Herreros, Emma Ríos, Paula Bonet, Moderna de Pueblo, Cristina Duran, Mamen Moreu, Elena Odriozola, Noemí Villamuza... Solo una pequeña muestra de las docenas de autoras que pueblan con sus trazos libros ilustrados y tebeos, dentro y fuera de nuestras fronteras, y que han conseguido, por fin, dejar aparcada esa visión paternalista que seguía ahondando hasta hace poco en la "visión femenina" o en la "sensibilidad especial", para que sus trabajos se valoren solo por su calidad y no por su género.
El Pais. Revista de Verano. Domingo 16 de agosto de 2015
Ellas pintan mucho
Las ilustradoras arrasan con libros que caricaturizan la vida cotidiana propia o cercana
El fenómeno, que explotó en Internet, es un maná para el estrangulado mercado editorial
Ilustrar lo cotidiano
TEREIXA CONSTENLA 16 AGO 2015
Si un día Agustina Guerrero, por esas cosas tontas de la vida, se encuentra a los ladrones que entraron en su piso y se llevaron ilustraciones y tecnologías, excepto un viejo cacharro informático donde almacenaba una serie de dibujos protagonizados por La Volátil, podría abrumarles con un libro dedicado. “Si no me hubiesen robado, no estoy segura de que hubiese mostrado aquellos dibujos”, recuerda ahora. Las congojas de La Volátil son un éxito de masas. En Facebook superan el medio millón de admiradores. En el mundo físico, tan depreciado pese a que traduce la admiración en ingresos (los dibujantes también comen), el libro Diario de una volátil (Lumen) va por la sexta reimpresión, más de 20.000 ejemplares vendidos en un año y distribución en diez países. El segundo, La Volátil. MammaMía!, diario gráfico de sus vicisitudes de embarazada, está en la calle desde primavera y con ganas de repetir el éxito del anterior (tres reimpresiones, unos 10.000 ejemplares).
El caso de Agustina Guerrero (Chacabuco, Argentina, 1982) no es único. Junto a ella se expanden tanto en la Red como en la realidad las obras de Alejandra Lunik (otra argentina aunque nacida en Chile, otra evidencia de la inagotable cantera creativa en la patria de Quino, Maitena o Liniers), Sara Fratini, Paula Bonet o Sara Herranz. Tendencia, fenómeno, moda, llámese como se quiera, lo cierto es que arrasan con caricaturas de sus propias vidas o de las observadas. Las autoras se sacuden demonios, ajustan cuentas y coquetean con personajes que conocen a fondo porque en el fondo tal vez son ellas. Y sus pifias, aciertos, miedos, gracias y desgracias son compartidas por miles y miles de seguidores.
En el mundo líquido de Internet, el termómetro de los me gusta se dispara en las páginas de Facebook de Agustina Guerrero (524.775), Alejandra Lunik (310.904), Sara Herranz (92.363) o Sara Fratini (70.617). En el mundo sólido de la imprenta, donde las tiradas medias de una novela han caído hasta igualar las de un cómic (alrededor de 2.000), sus libros se despachan con alegría, disputando espacio a cualquier best-seller en las tiendas del aeropuerto. “Todo esto ha sido posible gracias a las redes sociales. Aunque siempre ha habido mujeres creando, con las redes se ven más. Y hay un círculo de seguidores, que más allá de tener las ilustraciones disponibles en Internet, quiere tenerlas en papel”, defiende Sara Fratini, autora de La buena vida (Lumen), que agotó su primera tirada de 4.000 ejemplares al mes —febrero— de la edición.
El libro de Fratini (Puerto Ordaz, Venezuela, 1985) es una antología de viñetas autoconclusivas, protagonizadas por una mujer optimista con caídas regulares en la duda. “A veces soy yo, a veces no. Yo soy muy insegura y estos dibujos son una forma de darle la vuelta a esa inseguridad”, cuenta por teléfono desde Italia, donde dirige el festival de cine de La Guarimba, en la localidad calabresa de Amantea. “Una de las cosas que he visto en común en este grupo de autoras es que dibujan la vida cotidiana”, añade Fratini, que estudió Bellas Artes en Madrid.
Escriben y dibujan pegadas al ahora. “Que la vida es demasiado corta para no besar con lengua”, proclama un personaje en la novela gráfica Todo lo que nunca te dije lo guardo aquí (Lunwerg). Su autora, Sara Herranz (La Laguna, 1986), deseó ser periodista hasta que la crisis —se licenció en 2009 en Comunicación Audiovisual— se encargó de retorcerle el camino. “El dibujo fue una válvula de escape. Se convirtió en una forma de liberarme, de expresar que no estamos solos, que todos sufrimos de manera parecida y al final lo único que nos queda es ser fieles a nosotros mismos”, reflexiona por correo electrónico. Estrenó un diario-blog ilustrado, que poco a poco se fue llenando de seguidores hasta que un día un editor de Random House le pidió que ilustrase la portada de la novela Un buen chico, de Javier Gutiérrez.
Otro buen día, mientras tomaba el primer café, recibió un correo con dos frases. La segunda decía así: ‘¿Hacemos un libro?’. “Recuerdo quedarme mirando la pantalla del ordenador un buen rato incrédula. Fue como si volviese a ser una niña el día de Navidad”. Su obra, que va por la tercera reimpresión (salió este año), expone un territorio íntimo. “Escribo sobre mi universo y en ese sentido hay mucho de mí en mis historias. Sí que me gusta jugar con la línea que separa la ficción de la realidad”, sostiene.
Alejandra Lunik (Santiago de Chile, 1973) es caso aparte. Acaba de sacar a la calle Lola (Lumen), su primer libro como autora total —guion y dibujo—, pero su trayectoria abarca más de dos décadas en la ilustración profesional, numerosos títulos infantiles y varias exposiciones individuales (Buenos Aires, Münster, Washington). Hasta llegar aquí, pasó de todo. “Cuando empecé algunos chicos que hacían fanzines me decían que no podía publicar porque era mujer. O también encontré comentarios que decían ‘dibujás muy bien, dibujás como un hombre”. Ahora la última revelación (en España) del lápiz argentino, Liniers, se rinde a su lápiz: “Alejandra hace algo que no es tan común: dibuja gracioso y dibuja bien”.
“No. Yo no soy Lola”, zanja Lunik sobre su protagonista. O no solo. “Todos los personajes tienen algo de mí o características de gente que me rodea. Estoy en todos”, añade por teléfono desde su casa de Buenos Aires. También en La Hormona Asesina, que caricaturiza los subidones y bajones femeninos de la menstruación. “Con mis amigas siempre había comentarios de cómo se sentían y quería encontrar la manera de representarlo. El tema del síndrome premenstrual fue usado primero como un arma en nuestra contra. Yo creo que esa pulsión animal que tenemos y que tenía que representar de alguna manera, tiene cosas negativas y alguna positiva”, explica Lunik, que tiene previsto completar una trilogía con Armando, la pareja de Lola, y La Hormona Asesina.
Elena Odriozola (San Sebastián, 1967) acumula más de un centenar de libros ilustrados. Su estilo, más pictórico, nada tiene que ver con las anteriores. Pero su último hito apuntala el momento de gloria que viven las autoras en España. Este año recibió el Premio Nacional de Ilustración. Es la tercera mujer que lo consigue desde que se creó en 2008.
El fenómeno, que explotó en Internet, es un maná para el estrangulado mercado editorial
Ilustrar lo cotidiano
TEREIXA CONSTENLA 16 AGO 2015
Autorretrato de Alejandra Lunik, realizado para EL PAÍS.
Si un día Agustina Guerrero, por esas cosas tontas de la vida, se encuentra a los ladrones que entraron en su piso y se llevaron ilustraciones y tecnologías, excepto un viejo cacharro informático donde almacenaba una serie de dibujos protagonizados por La Volátil, podría abrumarles con un libro dedicado. “Si no me hubiesen robado, no estoy segura de que hubiese mostrado aquellos dibujos”, recuerda ahora. Las congojas de La Volátil son un éxito de masas. En Facebook superan el medio millón de admiradores. En el mundo físico, tan depreciado pese a que traduce la admiración en ingresos (los dibujantes también comen), el libro Diario de una volátil (Lumen) va por la sexta reimpresión, más de 20.000 ejemplares vendidos en un año y distribución en diez países. El segundo, La Volátil. MammaMía!, diario gráfico de sus vicisitudes de embarazada, está en la calle desde primavera y con ganas de repetir el éxito del anterior (tres reimpresiones, unos 10.000 ejemplares).
El caso de Agustina Guerrero (Chacabuco, Argentina, 1982) no es único. Junto a ella se expanden tanto en la Red como en la realidad las obras de Alejandra Lunik (otra argentina aunque nacida en Chile, otra evidencia de la inagotable cantera creativa en la patria de Quino, Maitena o Liniers), Sara Fratini, Paula Bonet o Sara Herranz. Tendencia, fenómeno, moda, llámese como se quiera, lo cierto es que arrasan con caricaturas de sus propias vidas o de las observadas. Las autoras se sacuden demonios, ajustan cuentas y coquetean con personajes que conocen a fondo porque en el fondo tal vez son ellas. Y sus pifias, aciertos, miedos, gracias y desgracias son compartidas por miles y miles de seguidores.
Caricatura de Sara Fratini.
En el mundo líquido de Internet, el termómetro de los me gusta se dispara en las páginas de Facebook de Agustina Guerrero (524.775), Alejandra Lunik (310.904), Sara Herranz (92.363) o Sara Fratini (70.617). En el mundo sólido de la imprenta, donde las tiradas medias de una novela han caído hasta igualar las de un cómic (alrededor de 2.000), sus libros se despachan con alegría, disputando espacio a cualquier best-seller en las tiendas del aeropuerto. “Todo esto ha sido posible gracias a las redes sociales. Aunque siempre ha habido mujeres creando, con las redes se ven más. Y hay un círculo de seguidores, que más allá de tener las ilustraciones disponibles en Internet, quiere tenerlas en papel”, defiende Sara Fratini, autora de La buena vida (Lumen), que agotó su primera tirada de 4.000 ejemplares al mes —febrero— de la edición.
El libro de Fratini (Puerto Ordaz, Venezuela, 1985) es una antología de viñetas autoconclusivas, protagonizadas por una mujer optimista con caídas regulares en la duda. “A veces soy yo, a veces no. Yo soy muy insegura y estos dibujos son una forma de darle la vuelta a esa inseguridad”, cuenta por teléfono desde Italia, donde dirige el festival de cine de La Guarimba, en la localidad calabresa de Amantea. “Una de las cosas que he visto en común en este grupo de autoras es que dibujan la vida cotidiana”, añade Fratini, que estudió Bellas Artes en Madrid.
Autorretrato de Agustina Guerrero.
Escriben y dibujan pegadas al ahora. “Que la vida es demasiado corta para no besar con lengua”, proclama un personaje en la novela gráfica Todo lo que nunca te dije lo guardo aquí (Lunwerg). Su autora, Sara Herranz (La Laguna, 1986), deseó ser periodista hasta que la crisis —se licenció en 2009 en Comunicación Audiovisual— se encargó de retorcerle el camino. “El dibujo fue una válvula de escape. Se convirtió en una forma de liberarme, de expresar que no estamos solos, que todos sufrimos de manera parecida y al final lo único que nos queda es ser fieles a nosotros mismos”, reflexiona por correo electrónico. Estrenó un diario-blog ilustrado, que poco a poco se fue llenando de seguidores hasta que un día un editor de Random House le pidió que ilustrase la portada de la novela Un buen chico, de Javier Gutiérrez.
Otro buen día, mientras tomaba el primer café, recibió un correo con dos frases. La segunda decía así: ‘¿Hacemos un libro?’. “Recuerdo quedarme mirando la pantalla del ordenador un buen rato incrédula. Fue como si volviese a ser una niña el día de Navidad”. Su obra, que va por la tercera reimpresión (salió este año), expone un territorio íntimo. “Escribo sobre mi universo y en ese sentido hay mucho de mí en mis historias. Sí que me gusta jugar con la línea que separa la ficción de la realidad”, sostiene.
Alejandra Lunik (Santiago de Chile, 1973) es caso aparte. Acaba de sacar a la calle Lola (Lumen), su primer libro como autora total —guion y dibujo—, pero su trayectoria abarca más de dos décadas en la ilustración profesional, numerosos títulos infantiles y varias exposiciones individuales (Buenos Aires, Münster, Washington). Hasta llegar aquí, pasó de todo. “Cuando empecé algunos chicos que hacían fanzines me decían que no podía publicar porque era mujer. O también encontré comentarios que decían ‘dibujás muy bien, dibujás como un hombre”. Ahora la última revelación (en España) del lápiz argentino, Liniers, se rinde a su lápiz: “Alejandra hace algo que no es tan común: dibuja gracioso y dibuja bien”.
Sara Herranz, dibujada por ella misma.
“No. Yo no soy Lola”, zanja Lunik sobre su protagonista. O no solo. “Todos los personajes tienen algo de mí o características de gente que me rodea. Estoy en todos”, añade por teléfono desde su casa de Buenos Aires. También en La Hormona Asesina, que caricaturiza los subidones y bajones femeninos de la menstruación. “Con mis amigas siempre había comentarios de cómo se sentían y quería encontrar la manera de representarlo. El tema del síndrome premenstrual fue usado primero como un arma en nuestra contra. Yo creo que esa pulsión animal que tenemos y que tenía que representar de alguna manera, tiene cosas negativas y alguna positiva”, explica Lunik, que tiene previsto completar una trilogía con Armando, la pareja de Lola, y La Hormona Asesina.
Elena Odriozola (San Sebastián, 1967) acumula más de un centenar de libros ilustrados. Su estilo, más pictórico, nada tiene que ver con las anteriores. Pero su último hito apuntala el momento de gloria que viven las autoras en España. Este año recibió el Premio Nacional de Ilustración. Es la tercera mujer que lo consigue desde que se creó en 2008.
El Pais Revista de Verano 16 de agosto de 2015
sábado, 15 de agosto de 2015
MONOCROMO: VENANTIUS
Ya he comentado en más de una ocasión que Venantius es un verdadero motor gráfico, un dibujante que me impresiona con su facilidad para la resolución gráfica. Y como yo no paro de buscar excusas para que dibuje (y todo aquel que pillo, incluido yo mismo) realicé unas pequeñas libretas de formato apaisado para realizar una tiras. Como siempre, confiado al caos, todo fue un bonito ejercicio que cada semana en la que nos encontrabamos realizaba.
viernes, 14 de agosto de 2015
El regreso del mito
'Camelot 3000', recuperada por ECC, es una espectacular recreación del mito artúrico en clave de ciencia ficción y con estética superheroica.
JAVIER FERNÁNDEZ
Camelot 3000 de Mike W. Barr, Brian Bolland. ECC. 320 páginas. 30,50 euros.
ECC sigue apostando fuerte por la reedición de clásicos de DC Cómics, y la selección de títulos que nos ofrece mensualmente da cuenta de la enorme calidad del fondo de armario del gigante estadounidense. Por ejemplo, este mismo mes ha regresado a librerías Camelot 3000, la espectacular recreación del mito artúrico en clave de ciencia ficción (y con una estética abiertamente superheroica) realizada por el escritor Mike W. Barr y el dibujante Brian Bolland entre diciembre de 1982 y abril de 1985.
En su día, Camelot 3000 fue una maxiserie de 12 números y fue también el primer proyecto de DC comercializado exclusivamente en el entonces incipiente mercado directo, esto es, en librerías especializadas. Es por ello que el producto se benefició de un cuidado especial: mejor papel, mayor calidad de impresión, una temática e intenciones más adultas en comparación con los cómics de superhéroes. Barr era un joven editor que había hecho sus pinitos en la escritura de cómics y que, gracias a su trabajo en la serie, pudo dedicarse a la creación a tiempo completo (más tarde firmaría una interesante etapa de Batman en Detective Comics, la novela gráfica Batman: Son of the Demon o la serie Batman and the Outsiders, entre otras cosas). Bolland, por su parte, había ganado fama en su Inglaterra natal como el dibujante definitivo del Juez Dredd, y tuvo con Camelot 3000 la oportunidad de deslumbrar al mundo entero. Su nombre figura hoy en la lista de los mejores dibujantes del medio y en su bibliografía destacan las innumerables cubiertas para la línea Vertigo o la perturbadora obra maestra Batman: La broma asesina, con guión de Alan Moore.
Juntos tejieron una sólida historieta de acción ambientada en el año 3000, y en la que una invasión alienígena, que amenaza con destruir a la humanidad, provoca el regreso a la vida del rey Arturo y sus caballeros, listos para librar de los asesinos a su país de origen. Como recuerda Barr en su introducción: "La distribución de las serie a través del mercado directo en lugar del mercado tradicional de kiosco significaba no estar sujeto a la aprobación del llamado Comics Code Authority [el código de censura de la historieta estadounidense], lo que dio lugar a innovaciones tales como Sir Tristán, un personaje que no podría haber aparecido bajo el Comic Code de la época. Dicho esto, tras añadir un caballero transexual, lesbianismo, incesto y varios otros quebrantamientos del Comic Code, sentí que había sobrepasado los límites sobre lo lejos que se podía ir en aquel momento". También la violencia plasmada por Bolland sobrepasa los estándares de hace tres décadas, aunque los riesgos temáticos y gráficos asumidos por aquel entonces ya no sean tan patentes hoy día, acostumbrados como estamos a obras mucho más explícitas.
Además de los cómics originales y sus cubiertas, la reedición de ECC contiene la nueva introducción de Barr antes citada y una docena de páginas extra, con bocetos, fotos, dibujos promocionales y un pequeño extracto del guión. Es lo que se dice una gozada.
Malaga Hoy
Lecturas enriquecidas
Misterios de un asesinato de Neil Gaiman, Craig Russell. ECC. 112 páginas. 13,50 euros.
Hablando de reediciones, cuando se trata de servir nuevamente un material conocido la clave es vestirlo de manera adecuada. Ahí tienen Misterios de un asesinato, la estupenda novela gráfica de Neil Gaiman y Craig Russell sobre un asesinato en el mismísimo Paraíso. El libro es en sí valioso, firmado como está por los siempre sobresalientes Gaiman y Russell, pero como quiera que la anterior edición ya era atractiva y estaba bien de precio, ECC nos ofrece una experiencia enriquecida: a las sesenta y tantas páginas del propio tebeo se suman aquí otras 40 de material extra. El plato principal es una larga entrevista con Russell, en la que el artista nos desvela jugosos detalles de su método de trabajo, y se acompaña de un nutrido apartado de bocetos. Van también dibujos del proceso de creación de la nueva portada que embellece el volumen, junto con la reproducción de la portada de la anterior edición. Ya ven que este Misterios de un asesinato se diferencia bastante del anterior, y se convierte en un bocado apetecible no solo para quienes desconozcan la obra, sino también para los que ya la hayan leído.
Pero ¿qué pasa cuando existen previamente ediciones completas, exhaustivas, ampliadas, como en el caso de Watchmen? La obra maestra de Alan Moore y Dave Gibbons se ha publicado en mil y un formatos, desde la encuadernación en grapa hasta el tomo gigante en cartoné, pasando por la compilación en álbumes a la francesa. Disponemos además de numerosos ensayos sobre y alrededor de Watchmen, de tal modo que resulta casi imposible acercarse al tebeo sin tener en cuenta su relevancia, leerlo sin que nuestra mirada haya sido pre-dirigida. En tal caso, se hace necesaria una edición austera, sencilla, que ofrezca la propia obra sin más aparato crítico. Esta es precisamente la mayor virtud que encuentro en la última edición de Watchmen por parte de ECC, que carece de todo ruido y permite el acercamiento a un libro muy capaz de saciar por sí solo al lector. No me extraña que lleve cinco impresiones en dos años.
Malaga Hoy
Delicioso título de fantasía
Arrowsmith de Kurt Busiek, Carlos Pacheco. ECC. 160 páginas. 16,95 euros.
Basta asomarse a cualquier tebeo dibujado por Carlos Pacheco para entender que el gaditano es un dibujante como la copa de un pino. El suyo es un talento descomunal. La mayoría de su obra se enmarca dentro del género de superhéroes, pero a comienzos del siglo XXI firmó con Kurt Busiek un delicioso título de fantasía, Arrowsmith, recientemente recuperado por ECC en un solo tomo. Con la asistencia de Jesús Merino en las tintas y Alex Sinclair en los colores, Pacheco está sencillamente perfecto en su descripción del mundo de ambientación steampunk en el que se desarrolla Arrowsmith, y resulta gratificante verlo (aunque sea de vez en cuando) fuera de los registros superheroicos. Magia, dragones y tecnología victoriana se enfrentan en un año 1915 imaginario, y el joven soldado Fletcher Arrowsmith puede resultar decisivo para decidir quién ganará la guerra.
Malaga Hoy
Un mundo de superhéroes
Astro city: álbum de familia de Kurt Busiek, Brent Anderson. ECC. 224 páginas. 22 euros.
Otra magnífica serie que está siendo recuperada por ECC es Astro City, uno de los mejores títulos de superhéroes surgidos del catálogo de Image a mediados de los noventa y que se ha ido desarrollando con los años bajo el paraguas de diversos sellos editoriales. Álbum de familia compila los números 1 a 3 y los 10 a 13 del segundo volumen de Astro City, publicados originalmente entre 1996 y 1998. Como siempre, los sólidos guiones y dibujos corresponden a Kurt Busiek y Brent Anderson, y el tomo se completa con numerosos bocetos de Anderson y Alex Ross, comentados todos ellos, y las fenomenales portadas pintadas por Ross. Cualquier oportunidad es buena para engancharse a esta emocionante visión de un mundo repleto de superhéroes.
Malaga Hoy
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