martes, 31 de diciembre de 2024

La cosa del pantano / Alan Moore y John Totleben




Junto a cada brizna de hierba hay un ángel flotando que se inclina sobre ella y le susurra: «Crece, crece». Y a la brizna no le queda más remedio que crecer: los citoplasmas se desperezan y las vacuolas alargan las puntas de sus dedos. Las células de la brizna de hierba se ponen de puntillas hacia el sol y hacia las palabras del ángel, que tiran de ellas con la fuerza de mil marineros izando la vela mayor. Poco a poco, a la velocidad del amor, la brizna se hace más y más grande, hasta que ya no es una brizna. Ni siquiera es solo hierba. Junto a ella se han arremolinado varias hojas, dos o tres raíces y una flor; pero sigue creciendo cada día y el ángel sigue susurrando. Hasta que la brizna se convierte en un pequeño montículo verde y en su superficie aparecen dos minúsculos agujeros rojos que parpadean con curiosidad.

—Alec... ¿puedes verme? —dice el ángel.

—No... muy... bien..., pero sí... puedo... verte... Estás... preciosa.

Porque hace mucho tiempo que los ángeles no flotan encima de los Estados Unidos y quien susurra es Abby Arcane Cable, una mujer que estuvo en el infierno y regresó. Esa brizna de hierba le trajo de vuelta y por eso le habla y le ama.



El montículo que una vez fue brizna es ya una montaña verde de dos metros y ciento cincuenta kilos. Y camina con la consciencia de un hombre que se llamaba Alec Holland, pero sus hojas sienten el rocío que siente cada hoja que existe y que alguna vez ha existido en el planeta. Es una criatura universal conectada consigo misma y con todas las demás plantas a través de una red viva cuyo origen se pierde en las profundidades de la memoria. Es más antigua que el hombre y que el mundo. Es la Cosa del Pantano.

Cuando en 1983, Martin Pasko tuvo que abandonar los guiones del viejo personaje de Len Wein y Bernie Wrightson, DC Comics encargó la continuación a un inglés que apenas había cumplido los treinta. Es probable que a Wein, en ese momento editor jefe de DC, le hubiesen llamado la atención dos series aún incompletas que el joven escritor había empezado a publicar al otro lado del Atlántico: una tenía por protagonista a un superhéroe recientemente amnésico y la otra narraba las andanzas de un anarcoterrorista revolucionario que se ocultaba bajo la máscara de Guy Fawkes. Eran mucho más que eso, claro. Eran MiracleMan y V de Vendetta y el guionista se llamaba Alan Moore.

Y Alan Moore tenía claro que La Cosa del Pantano no podía ser ese personaje extraído de una película de serie B. Si la Cosa del Pantano iba a ser un verdadero cómic de terror, el terror tenía que construirse y deconstruirse a través de los ojos del país que iba a leerlo.

Y es que los Estados Unidos de América no son el Talmud y los ángeles no flotan sobre su hierba, pero podéis apostar el culo a que debajo de la hierba hay un infierno lleno hasta los topes. Quizá es un infierno joven como el propio país y quizá sus demonios también son jóvenes, pero son demonios al fin y al cabo. Y quien más sabe de estas lides demoniacas es otro inglés. Uno que es fumador empedernido, rubio y con la cara de Sting; que nació en las páginas de la Cosa del Pantano pero que acabaría siendo un icono del cómic americano: John Constantine.

Moore creó a Constantine casi como su propio álter ego. Un bri- tánico descreído y cínico que había visto demasiado horror. Un mago sin magia que había de guiar a la Cosa del Pantano por el oscuro y tortuoso viaje a través de los terrores de un país que es como un niño escondido entre las sábanas. En American Gothic, Alan Moore nos enseñó que los Estados Unidos son un chiquillo asustado con una linterna entre las manos, pero que no quiere iluminar debajo de la cama por miedo a que el monstruo que vive en su imaginación se transforme en carne.

Así, a lo largo de doce números, la Cosa del Pantano, que tiene un pie en la Tierra y otro en la eternidad, se cruzará con todos estos monstruos que habitan el subconsciente podrido del país más complejo y poderoso del planeta, pero que a la vez son los mitos de una sociedad que aún no ha tenido tiempo de crearlos. Mitos jóvenes, a veces propios y a veces importados, pero igualmente inconcebibles, herméticos e inmortales. Conducida por Constantine, que tiene un pie en la Tierra y otro en los campos de Lucifer, la montaña verde que una vez fue Alec Holland se enfrenta a vampiros en el fondo de un pantano de Illinois, a hombres lobo sedientos de luna en Maine, a zombis cabalgados por el viejo vudú de Luisiana y a pistoleros muertos en California.

Y al propio infierno.

Porque junto a cada glóbulo rojo y cada gota de savia hay un demonio que se retuerce bajo ellos y les grita: «Vuelve, vuelve».


Jot Down - Cien Tebeos Imprescindibles (2014)


El fotógrafo que quiso ser cineasta

Fundador de la revista 'Dazed and Confused', autor de sonadas campañas publicitarias y retratista de la reina Isabel II, el británico Rankin se pasa a las películas de la mano de la marca de ropa urbana Meltin' Pot, en su penúltima y muy peculiar aventura. Por Xavi Sancho.



01 DE MODA. Fotografia de Gisele Bündchen por Rankin. 

02 CON PODER. También ha retratado a Tony Blair.

03 REAL. La imagen que Rankin tomó de la reina para el jubileo.

04 GRACIOSO. Autorretrato del fotógrafo, en un taxi. 

05 DE CINE. Una de las protagonistas de la pelicula The life of the ainst.


¿Recuerda la mesa del desayuno en Médico de familia? Catarsis matinal en la que, aparte de tratarse grandes temas que afectaban a la sociedad española y a los maltrechos valores familiares, se colocaba toda clase de productos con el logo mirando a la cámara. Product placement, una estrategia comercial que ha avanzado mucho Ahora tenemos a Lego anunciándose en grúas en Santiago de Chile, a Gillette patrocinando a los limpiacristales en Nueva York (utilizan una esponja con forma de cuchilla de afeitar) y a Meltin' Pot, firma italiana de ropa urbana chic, produciendo un filme en el que los actores llevan su ropa.


El responsable de esta inteligente y casi estremecedora acción es Rankin, fotógrafo y editor británico de 39 años; fundador, junto a Jefferson Hack, de Dazed and Confused, una de las biblias de la tendencia global; responsable de campañas como la reciente y celebrada de Dove (la de las mujeres normales), además de director creativo de la firma italiana. Ahora, también director cinematográfico. "Tras dirigir el anuncio para Meltin' Pot en Suráfrica pensamos que podríamos dar un salto en términos de marketing con algo más original y con más impacto" recuerda el fotógrafo. "Empezamos hablando de un corto, hasta que decidimos coger el toro por los cuernos y dirigir un largometraje. Es curioso, porque nuestras fechas de entrega no debían coincidir con festivales o entregas de premios, sino con la campana de marketing de la marca". El filme se titula

The life of the ainst y fue presentado en el pasado Festival de Málaga. No permitan que los árboles del marketing no les dejen ver el bosque del arte: es una película en toda regla, codirigida por el fotógrafo junto a Chris Cottam (director de series para la BBC) y con guión de Toni Grisoni (Miedo y asco en Las Vegas). Una fábula casi shakespeariana que narra la vida de un chaval cuya habilidad para convertir en realidad los sueños de una pléyade de personajes despreciables viene acompañada de un peaje insostenible "En ningún momento sentí que mi rol en Meltin' Pot fuera incompatible con mi papel como codirector. Lo que sentí fue una enorme presión. Para un fotógrafo, acostumbrado a tratar con dos o tres personas, verse al frente de mas de sesenta y convivir con ellas durante semanas es terrible. Pero divertido, la verdad". El nuevo rey Midas del product placement, uno de los personajes que mejor

han sabido abrazar el marketing sin dejar falto de cariño al arte, tiene pensado repetir, esta vez con una adaptación de Boking on a star, de Daren King.


El hombre tiene una capacidad de absorber trabajo admirable, y, por incapacidad emocional o tozudez, mucho de lo que le acompañó desde el primer día es hoy todavía vital en su consagrada carrera. "Empecé en esto para conocer chicas y porque mi trabajo en contabilidad era muy aburrido", recuerda. "Mi primera experiencia fue Dazed and Confused. Lo montamos pensando que llegar al mes siguiente seria un éxito, y ya llevamos 15 años. Si no hubiese funcionado, tal vez hoy sería un gran emprendedor y me expresaría mediante coches caros, casas grandes y chicas incluso mas grandes". Rankin mantiene fama de duro, aunque el fotógrafo escogido para retratar a la reina en su jubileo (su currículo es amplio y especialmente ecléctico) no esta de acuerdo con el mito. "La gente sólo habla de ti si eres interesante", apunta. "Admito que me porté mal en algunas sesiones de fotos, llegando tarde y diciendo estupideces; pero era joven, me pavoneaba. Jamás hice nada especialmente malo. Portarse mal aburre rápidamente".


El Pais Semanal número 1.556

Domingo 23 de julio de 2006






lunes, 30 de diciembre de 2024

El rey Candaules y el paciente inglés

El faro del fin del mundo / Jacinto Antón



Ha querido la casualidad o el destino que el resurgir actual del pintor Jean Léon Gérôme, autor de Pollice verso vía Gladiator II, me haya coincidido con la maravillosa llegada, como si el simún o el khamsin la arrastrara, de arena del desierto. Y no de una arena cualquiera sino una procedente del Gran Mar de Arena del desierto líbico, la tierra sin mapas, los predios extensos, claro, y perdonen por el bucle del que creo que no saldré nunca, del conde Almásy, el explorador protagonista de El paciente inglés.

Entre las pinturas famosas de Gérôme, aparte de las de gladiadores, me gusta especialmente La reina Rodope observada por Giges (1859), que recrea el famoso y morboso episodio del monarca libio Candaules que narra Herodoto en el libro I de su Historia y que aparece en El paciente inglés (la novela de Michael Ondaatje y la película subsiguiente de Anthony Minguella).

"El tal Caudales", cuenta el gran historiador griego, "estaba enamorado de su mujer y, como enamorado, creía firmemente tener la mujer más bella del mundo", así que no paraba de comentárselo a su oficial favorito, Giges. Pensando que este no se lo acababa de creer, le dijo: "Prueba a verla desnuda". Giges trató de rechazar la insólita oferta, pero el rey se empeñó, y el renuente voyeur acabó escondido en la alcoba real, donde observó, cómo la reina (Herodoto no da el nombre pero según otras fuentes se llamaba Nisia o Rodope) se iba despojando de la ropa. Aprovechando que la mujer de Caudaules se daba la vuelta y se dirigía al lecho donde la esperaba el rey, al que todo aquello debía ponerle mucho, pues si no de qué (de hecho la historia ha dado nombre a una práctica sexual, el caudaulismo, excitarse al ver a tu pareja desnudarse ante otra persona, que ya es vicio curioso), Giges salió por piernas, aunque no antes de que ella lo descubriera. Al día siguiente, la reina, cabreada, le planteó: "O bien matas a Candaules y te haces conmigo y con el reino o bien eres tú quien debe morir para evitar que, en lo sucesivo, por seguir todas las órdenes de Candaules, veas lo que no debes". Giges optó por conservar la vida y mató al rey. Y, cuenta Herodoto, "se hizo con la mujer y con el reino de los lidios".

En El paciente inglés, donde el episodio cobra un sentido muy diferente como preámbulo a una arrebatadora relación romántica, el trío lo componen el rico Geoffrey Clifton, su mujer Katherine y el conde Almásy. Los tres forman parte de una expedición en el Gran Mar de Arena y el marido no deja de cantar las excelencias de su esposa y lo enamorado que está de ella. Pero Katherine, que le ha pedido al conde explorador algo de lectura (lo que nunca es buen síntoma en el viaje de bodas) y este ha acabado dejándole su Herodoto anotado, lee durante una fiesta en las dunas el pasaje de Candaules. Y Almásy señala en el libro de Ondaatje, resumiendo magníficamente la novela: "Esta es la historia de cómo me enamoré de una mujer que leyó determinada historia de Herodoto".

Hay otros cuadros que describen el episodio central de la historia de Candaules. Pero para mí, el mejor es el de Gérôme. Tan obsesionado he llegado a estar con el lienzo que en una ocasión fui a verlo donde lo tienen, que es bastante a desmano: el Museo de Arte de Ponce, en Puerto Rico. También hay otras revisiones literarias del pasaje de Candaules, como la de Theóphile Gautier (1844) y la de Mario Vargas Llosa y su estimulante Elogio de la madrastra (1988).

Decía que el recuerdo de Candaules me ha llegado con una ráfaga de arena del desierto líbico. Me la ha enviado Ángel Carlos Aguayo, que ha estado por allí. La dorada arena, en la que he escarbado para ver si estaba enterrada en ella el ejército perdido del rey persa Cambises, que tanto buscó Almásy, venía metida en una botella de agua mineral egipcia de la marca Siwa, que procede de los manantiales del célebre oasis. Siwa es el oasis de Amón, famoso en la antigüedad por su oráculo y que menciona a menudo Herodoto. Y es adonde los beduinos llevan al paciente inglés (Almásy) abrasado tras caer con su avión ardiendo en el Gran Mar de Arena. Ángel Carlos ha añadido al envío otra botella de Siwa (Natural Water from Siwa Oasis, pone en la etiqueta), esta con el agua original, con la bonita sugerencia de que la use para bautizar a mi nieto Mateo. No se me ocurre mejor idea: un bautismo de aventuras y leyenda, con Herodoto en las lecturas, y el conde Almásy de padrino.


El Pais, sábado 14 de diciembre de 2024


COSMOKNIGHTS 1. PALADINES DEL ESPACIO

Lo siento, pero tu princesa está en otra estación espacial

Bamf



Cosmoknights 1. Paladines del espacio

Hannah Templer 

Editorial Astronave 

EE. UU.

Rústica con solapas 

216 págs.

Color

Traducción: Laura Obradors Noguera

Obras relacionadas

Cosmoknights 2. Libro segundo

Hannah Templer

(Editorial Astronave)

De otro planeta: Las indecentes aventuras de Patricia Highsmith

Grace Ellis y Hannah Templer

(Sapristi Cómic)

Bitch Planet

Kelly Sue DeConnick y Valentine de Landro

(Astiberri Ediciones)

Saga

Brian K. Vaughan y Fiona Staples 

(Planeta Cómic)



Ninguna corriente artística puede recrearse de igual forma que cuando tuvo lugar originalmente. Todo es producto de su contexto y de su zeitgeist. Lo que venga después estará, consciente o inconscientemente, influenciado por lo que la situación previa haya alterado, sumado o provocado en distintos ámbitos. El tramo final de 2014 y todo 2015 fue un periodo de efervescencia feminista en la vertiente más mainstream del cómic anglosajón, coincidiendo en el tiempo títulos de ficción histórica como Sally Heathcote: Sufragista (La Cúpula, 2015); propuestas superheroicas a las que se les concedía un mayor recorrido debido al interés que suscitaba un protagonismo coral femenino total, como el Fuerza-Vde Marvel Cómics (Panini Comics, reeditado en 2024), títulos reivindicativos, combativos y antisistema desde un sector editorial otrora independiente, como el Bitch Planet, de Image Comics (Astiberri, 2017), e incluso un bombazo juvenil sin precedentes como lo fue Leñadoras (Sapristi, 2017). Un caldo de cultivo único en un momento de máxima exposición de un feminismo en proceso de ser fagocitado y asimilado por el mercantilismo dominante —para bien o para mal—.

La magia, la chispa, el corazón de Cosmoknights reside en el hecho de que, pese a iniciar su andadura en formato webcómic (www.cosmok- nights.space) en 2019, año en el que el feminismo secuencial no es en modo alguno extraño pero se encuentra quizás dividido entre un ni- cho académico, específico y autoconsciente por una parte, y otro nicho generalista, comercial y vacuo por otro, Hannah Templer consigue replicar, a través de la aventura, la emoción, el entretenimiento y el color, una experiencia que transmite la energía contestataria, ilusionante y con ganas de romper moldes de épocas previas sin convertirse en un manifiesto farragoso que peque de excesivo didactismo, algo más apropiado para etapas previas. El “feminismo distópico” de Bitch Planet se une con fuerza a la space opera post-Star Wars y post-Firefly del Saga, de Vaughan y Staples (Planeta Cómic, 2012), y al drama personal, humor e inocencia de She-Ra y las Princesas del Poder (Netflix, 2018-2010) a través de algunos de los tropos más sanadores e infalibles que hay: el del grupo de inadaptadas, rebeldes embaucadoras, mordaces e ingeniosas —todas ellas con pasado misterioso, traumático o sencillamente complicado— que luchan contra el orden establecido y la injusticia de un sistema futurista-feudalista y patriarcal. No se trata de un sistema intrínsecamente malvado porque sí, sino más bien un reflejo claro de las insalvables contradicciones y callejones sin salida morales propios del sistema capitalista en el que vivimos. Templer no peca de maniqueísmo, sino que encuentra precisamente aquí uno de sus fuertes: una constante postura de abogada del diablo utilizando los diferentes puntos de vista ideológicos de todas sus protagonistas, uniéndose frente a la adversidad —y desde la diversidad— pese a sus diferencias, formando una familia encontrada y de elección, que puede ser más poderosa que la sangre.

Una obra que gana estabilidad y fondo conforme avanza, de la que puedes quedarte con el mensaje —anticapitalista, antipatriarcal, de rebelión adolescente y llegada a la madurez—; con la diversión fresca de sus ágiles y épicamente lapidarios diálogos, el drama de adolescentes a la fuga y el empoderamiento de sus princesas, que son también caballeros que se rescatan a sí mismas de una forma más compleja que hasta ahora; con su estética de atardeceres galácticos y siluetas fluorescentes que le dan un toque mágico a lo futurista, fusionando las bodegas de carga de naves ajenas a la ley y los edificios ciclópeos estilo Blade Runner con las escenas etéreas y oníricas de Utena (Norma Editorial, reeditado en 2023); o simplemente deleitarte con la siempre poderosa estética de los romances sáficos con espadones y láseres de por medio y cocinados a fuego muy lento. En su conjunto, Cosmoknights es una esperanzadora épica coral futurista de crecimiento personal que envuelve interesantísimos debates y perspectivas acerca de cuál sería la manera correcta o más efectiva de destruir el status quo, en un marco de ciencia-ficción, pero con un discurso perfectamente aplicable a cualquier sociedad real contemporánea. Una oda —simultáneamente futurista, medieval y actual— a la familia de elección, a la lucha de clases, a los tropos románticos y a la diversidad como realidad innegable, con suficiente corazón como para poblar varios planetas, y quedando de sobra para completar el aforo de unos cuantos estadios de violentos deportes espaciales... y alguna que otra nave de contrabando repleta de piratas, pícaras y rufianas de alma noble.


Jot Down Comics 2024


domingo, 29 de diciembre de 2024

El perfume invisible / Milo Manara




«El arte no es casto, se debería prohibir a los ignorantes e inocentes [...] el arte es peligroso. Si es casto, no es arte».

Pablo Picasso

Los personajes femeninos de Milo Manara parten de la influencia de Crepax y, luego, de Moebius, pero cobran fuerza y personalidad gracias a una vasta cultura clásica: los dibujos de Rafael, la luz de Botticelli... Manara considera maestros a Hugo Pratt y a Fellini; ayudó a mitificarlos con HP y Giuseppe Bergman (1978), un metacómic muy felliniano en el que el álter ego de Manara convierte a Hugo Pratt en «maestro de aventuras». Pero Pratt y Fellini son maestros en un sentido más sentimental que artístico. Ha trabajado con ambos, los admira y ha plasmado en imágenes tanto las fantasías que nunca llevó al cine el director de Rímini como un par de historias que no tuvo tiempo de dibujar el creador de Corto Maltés (1967); sin embargo, Pratt habla de Manara con cariño pero con condescendencia. A propósito de Verano indio (1986), la primera colaboración de ambos, reivindica el erotismo sutil pero turbador de Milton Caniff frente al explícito de Manara, que «tuvo el fallo de tomar como modelo el grafismo de Moebius. No comprendió que él tenía sus propias cualidades»; «Todo el mundo sabe lo que es un pito y lo que es un chichi. Entonces, ¿para qué mostrar un pito entrando en un chichi? [...] A Manara le gusta eso»; o «El dibujo de Manara me parece bello en extremo, pero falto de profundidad». Otros le acusan de lo mismo en sus historias. El propio Manara presume del carácter intrascendente de su obra: dice no estar seguro de que el cómic sea un arte, o será «un arte sui géneris, no equiparable al arte figurativo normal». Incluso cuando se refiere a las excepcionales recreaciones de clásicos del arte de Il pittore e la modella (2001, en España, Sensualitars) dice que quería humanizar a los grandes artistas colocando a sus chicas como modelos; una excusa para meter a sus chavalas en pelotas, vamos. Pero pretendo defender la trascendencia de su intrascendencia.



El perfume del invisible (1985) cuenta la historia de un científico que descubre la fórmula de la invisibilidad y se la aplica en el cuerpo sobre una base de caramelo (el «perfume») para poder contemplar a su amada (Beatriz, una bailarina famosa y déspota). Antes de comenzar es descubierto por la asistente de Beatriz, la joven y autosuficiente Miel (a la que llaman así por el sabor dulce de su coño). Muchos amantes de la historieta consideran que este es el mejor cómic erótico de todos los tiempos, ¿por qué?

Manara recoge la tradición del cómic erótico europeo desde los años sesenta y la tradición clásica de representación del desnudo femenino, y da forma, pese a otras influencias, a un estilo reconocible, con mujeres hermosas y carnales, sensuales y autónomas, epicúreas, libidinosas, que protagonizan historias eróticas oníricas y excitantes, con culos exuberantes, ganas de follar y mucha naturalidad.

La obra que le hizo mundialmente famoso fue El clic (1983), sobre una mujer sexualmente insaciable gracias al efecto perturbador de un aparato a distancia que un hombre maneja a su antojo. Una excusa de voyeur para, sin menospreciar la crítica implícita a la hipocresía de la sociedad burguesa, presentar una sucesión de situaciones eróticas absurdas. Aunque excitante, deja dudas sobre el grado de voluntad de la mujer. El perfume del invisible presenta dos elementos que la ha- cen preferible: la protagonista, Miel, convertida en un icono erótico desde su aparición, no necesita que la obliguen a practicar el sexo, lo hace por voluntad propia, con total naturalidad. En El clic, el mirón que provocaba las subidas de libido femeninas buscaba identificarse con el lector; aquí, el voyeur es un pobre hombre que quiere espiar a su amada, pero el protagonismo es para la iniciativa, la frescura y la autosuficiencia de Miel. Con ella, las excusas para sacar la parte animal del ser humano en lo relativo al sexo resultan innecesarias, es así de forma natural.

Manara tiene en sus manos la fantasía del voyeur (ver sin ser visto), pero no se centra en ella: ¡eso ya define a cualquier lector de cómic erótico! La fantasía aquí es la personalidad femenina autónoma e interesada por el sexo sin complejos. Por eso es una obra erótica más madura, en la que la protagonista absoluta es una mujer (no el espectador, no un aparato, no el sexo), una mujer independiente.

Sobre la influencia de Fellini, tanto Miel como otros personajes del autor poseen el «furor uterino» de la Volpina de Amarcord (1973) y las historias de ambos se materializan cuando aparece una mujer; pero los argumentos de Manara no son tan existenciales como los del Fellini posneorrealista; y la lubricidad, carnalidad, autonomía e independencia de sus personajes femeninos, tienen mucho más que ver con los de Tinto Brass: ambos despojan a la sexualidad del velo de convencionalismos sociales. La película El hombre que mira (1993), por ejemplo, también es una historia en la que el voyeur pierde su poder ante unas mujeres que, como las de Manara, son fuerzas de la naturaleza que ponen en jaque las estructuras masculinas y la propia masculinidad. Y así como Tinto Brass se acerca a Manara, este recupera el espíritu orgiástico de la película Calígula (1980) en el cómic Los Borgia (2005).

Manara representa el erotismo hasta cierto punto insustancial que es la norma en el cómic erótico, pero que no deja de ser subversivo y de cumplir una función: esa explosión de nuestra animalidad.

Resulta chocante que se tilde a Manara de machista. Es cierto que apuesta por el erotismo y que su visión puede ser más masculina que femenina (es un hombre), pero parece que la crítica procede del debate, ya superado, de si la pornografía puede ser feminista o no. Aunque Manara no hace pornografía, sino erotismo más o menos explícito (como Tinto Brass). Sea como fuere, creo que Milo Manara es feminista. En el cómic de Alison Bechdel Unas bollos de cuidado (1985), una de las protagonistas dice que no va a ver películas que no cumplan los siguientes requisitos: 1. Que salgan al menos dos personajes femeninos; 2. Que dichos personajes se hablen en algún momento; 3. Que dicha conversación no trate sobre hombres (no limitado a relaciones románticas). Algunos proponen otro: que los personajes femeninos tengan nombre. Como curiosidad, El perfume del invisible pasa el test de Bechdel. Esto no prueba nada, pero se utiliza para evaluar brechas de género.

Los personajes femeninos de Manara no son partenaires de un héroe masculino, ni representan la versión femenina de un héroe masculino (como Batgirl), son mujeres fuertes, con carácter y cualidades propias. Si el feminismo propugna que la mujer no esté en segundo plano o que no tenga poca presencia, si se identifica lo feminista con la igualdad y la emancipación, los personajes de Manara lo cumplen sobradamente. Si se trata de establecer las relaciones de poder entre hombres y mujeres, el poder lo tienen las mujeres. Si se trata del concepto general de la realidad, no existe una visión androcéntrica pero quizá sí masculina: ¿es eso machista? Me resisto a creerlo. El machismo niega el papel de la mujer como sujeto y promueve su negación; en lo sexual, promociona la inferioridad de la sexualidad femenina como sujeto pasivo o la negación del deseo femenino. A Milo Manara no creo que se le pueda acusar de machismo. Sobre si Manara excluye los deseos y las fantasías de las mujeres, habría que hacer una encuesta entre las mujeres.

Que la violencia sexual (presente en los cómics de Manara) y la pornografía se consideren formas de «sadismo cultural» que alimentan el dominio sexual de los hombres sobre las mujeres, es una visión del feminismo de los ochenta ya superada. El feminismo defiende ahora, en primer lugar, el respeto a las diferentes formas de entenderlo, y que la lucha contra la violencia incluya la lucha por ampliar las cotas de placer y libertad sexual de las mujeres y de las minorías sexuales, huyendo de los presupuestos más coitocéntricos y heterosexistas, pero con espacio para la fantasía.

Y en lo referente a fantasías eróticas, Manara rompe tabúes, hace frente al poder con una sexualidad femenina agresiva y emancipatoria, se entrega a la diversión, a los juegos, a la sátira, a la ironía... no hay que perder de vista el sentido del humor, un humor excéntrico y rebelde que en sí mismo es transgresor. De esas pequeñas transgresiones surgen las actitudes revolucionarias que cuestionan el orden establecido, también en temas de género.


Jot Down - Cien Tebeos Imprescindibles (2014)


Mis libros de texto por Pablo Carbonell



"Por raro que parezca, yo no era el más tonto de mi clase, pero mis notas eran las peores. Mi cuadernillo de notas era una ración de calamares, una cadena del retrete, un rosco multiplicado por infinito... Compartía el honor de ser el último con un niño que queria ser pollero, y, mira por dónde, él tiene su puesto de pollos; en cambio, yo, que iba a ser misionero en Africa, aquí me veo, y sin negra ni nada...

¿Quién tuvo la culpa? Mi hermano el mayor. El iba a mi mismo colegio, pero un ano antes, y destrozaba los libros que luego yo heredaría. A él le daban todos los años unos libros preciosos, y a mí, unos lamidos por el aburrimiento, descuajaringados, subrayados en los sitios más absurdos.

Hubo una vez que tuve que llevarlos todos al zapatero para que me los cosiera, con lo cual, aparte del tufo a fracaso, el olor de la cola me marcaba y me producía alucinaciones. De ahí me viene el mote ese de El Místico que acarreo todavía. ¡Cómo los odiaba! Para mí eran el camino hacia la descualificación profesional. Esos eran mis libros, y no había nada que hacer. Salvo dedicar las clases a distorsionarlos, acercarlos a mi personalidad, hacerlos mis libros.

Mi primer trabajo de demolición fue pintarles un traje de hombre rana a los reyes godos. Ya no habría posibilidad de distinguirlos de la tripulación del Calipso. La foto de Franco parecía la de Fidel Castro después del trabajo que le hice con el boli. Todos los hombres ilustres tenían una botella de vino bajo el brazo. Mi afán descognitivo era tal que, después de vestir de traje y corbata a los indígenas precolombinos, decidí anular toda pretensión educativa en mis libros.

Alteré las palabras tachando letras hasta conseguir crear un nuevo mensaje, absurdo, sí, pero más cercano. La tabla de los elementos la transformé en la alineación del Cádiz Club de Futbol; las facetas que cultivar eran macetas que cultivar; las puertas eran todas putas; los cálculos, culos; los otoños, coños; las ampollas, pollas, y las declinaciones latinas eran las imprecaciones que lanzaba la niña de El exorcista. ¡Qué orgulloso me sentía ahora con mis libros! Por fin, sus textos e ilustraciones formaban parte de mi proceso degenerativo-existencial. Una degeneración existencial hacia mi reconocimiento en el mundo. Yo sacaba las peores notas, pero siempre era elegido delegado de curso porque todos los de mi clase envidiaban mis libros. Y me los pedían para reírse, y amablemente me ayudaban en la tarea de destrucción de contenidos, tachaban y tachaban letras, y me preguntaban que cómo era que mis padres no me decían nada. Yo les decía que es que yo era de familia numerosa. Y se morían de envidia." •

El Pais Semanal nº 1.258

Domingo 5 de noviembre de 2000


sábado, 28 de diciembre de 2024

Nuestro hombre en el laberinto

 El faro del fin del mundo / Jacinto Antón

Ángel Carlos Aguayo, con la fotografía de Pendlebury, y su libro y un ojo de pega. J.A.


Cuando pienso en Creta, la primera persona que me viene a la cabeza, después del Minotauro, al que no sé si puedo considerar completamente persona, con esos cuernos, es Patrick Paddy Leigh Fermor (1915-2011), el osado agente británico que secuestró al comandante alemán de la isla durante la II Guerra Mundial y que además, como decía el escritor Thom Jones del púgil Sonny Liston, fue mi amigo (algo que no puedo decir del Minotauro). Luego está John Pendlebury (1904-1941), al que no conocí, fundamentalmente porque lo ejecutaron los paracaidistas alemanes durante la invasión aerotransportada de Creta (episodio al que yo no llegué hasta 2019, algo tarde para combatir), pero del que me habló mucho Paddy, que sí que lo conoció y lo admiraba tanto como yo a él. Pendlebury era arqueólogo y también fue militar y guerrillero filohelénico, igual que Leigh Fermor. Fue el segundo conservador del yacimiento de Cnossos después del célebre y controvertido Arthur Evans -que restauró el palacio como si lo hubiera amueblado Ikea-, pero excavó asimismo en Tell el Amarna. No conozco otra persona que haya estado en la capital de Minos y en la Akenatón, excepto Sinuhé el Egipcio de Mika Waltari, que pierde a su primer amor, artista de la taurocatapsia, en el laberinto cretense. De Pendlebury, el héroe tuerto de Creta, es fama que dejaba su ojo izquierdo artificial en la mesa del despacho cuando iba a sus cosas de agente de inteligencia y guerrillero. El ojo original lo había perdido a los dos años en circunstancias nunca aclaradas (se clavó un lápiz o una espina).

Otras personas que relaciono con la isla son Teseo, Antony Beevor, Nikos Kazantzakis, que era cretense y escribió, entre sirtaki y sirtaki, la novela En el palacio de Cnosos, en la que aparece el Minotauro más patético que conozco, incluido el de tamaño natural y apolillado qye exhiben en la tienda de souvenirs a la entrada del yacimiento; George Psychoundakis, el correo de la resistencia cretense, amigo también de Paddy (ya ven, somos como una gran familia), María Belmonte, que se ha pateado el Ida (y vuelta), y Lawrence Durrell que alumbró algunas de las páginas más hermosas sobre Creta en su libro acerca de las islas griegas -aparte de El laberinto negro-. Durrell señala la pasión de los cretenses, "los escoceses de Grecia", por las botas altas de cuero, que se combinan perfectamente, subraya, con una pistola en la faja y una daga en la cadera. Paddy y Pendlebury, oficiales y guerrilleros a los que les gustaba vestir como para ir de farra con Lord Byron, le darían la razón.

Desde hace unos años he incorporado a mi grupo de cretenses a Ángel Carlos Aguayo, que se ha convertido en un fan tan radical de Pendlebury que me da miedo que un día se saque un ojo y se vaya a buscar pelea con paracaidistas. Ángel Carlos (Madrid, 40 años), historiador del arte, es de las personas que conozco que más veces ha estado en Creta sin ser cretense, 12, la mitad de ellas como guía de viajes arqueológicos de la agencia Pausanias. Es el único que ha puesto más flores que yo en la tumba de Pendlebury en el cementerio aliado de Suda Bay, añadiendo libaciones de whisky y haciéndole cantar a un escocés que pasaba por ahí En los campos de Flandes. También ha visitado a menudo, con fetichismo expansivo, el famoso punto de la carretera de Cnosos a Heraclión donde Paddy and friends secuestraron al general Kreipe y que ya es como el punto de reunión de los que veneramos a Leigh Fermor y a todos los héroes extravagantes que se nos pongas a tiro (valga la palabra).

Desde la pandemia, Aguayo, con su fijación por Pendlebury, andaba enfrascado en la publicación en España de A handbook of to the palace of Minos at Knossos, la guía del sitio que hizo el estudioso en 1933. Le había cogido como una obsesión y tras unas serie de vicisitudes ha conseguido que la publique Confluencias, con edición, introducción, epílogo y traducción (con Elena Magro) del propio Aguayo. El proyecto ha tardado tanto que Almuzara se adelantó y publicó el año pasado la guía, integrada en el volumen Arqueología de Amarna y Cnosos. Pero la edición de Ángel Carlos tiene el encanto de la mirada del especialista y ferviente admirador: el epílogo, en el que actualiza la guía, está escrito en forma de carta a Pendlebury y sólo por eso ya vale la pena el libro, que además está concebido para llevar en la mano durante la visita a Cnosos, como el hilo de Aridna.

Quedé el otro día con Aguayo en los locales de Pausanias en Madrid para hablar del libro y me recibió entre el fresco del príncipe de los lirios de Cnosos y la famosa foto de Pendlebury en la que luce un collar de Amarna sobre el torso desnudo. Aguayo comenzó por recordar que era la víspera de la celebración ortodoxa del arcángel san Miguel (Mihail´s Day, 8 de noviembre) y descorchó, como hemos hecho preceptivo los fans de Leigh Fermor (Michael, Miguel, era su segundo nombre y el que le dieron en la resistencia cretense), una botella de un buen vino de Tokaj con el que acabamos, tras una serie de animados brindis "por los héroes", dándole vivas a Paddy, a Pendlebury, y hasta al Minotauro.

La guía de Pendlebury, con mapas y planos, es una excelente compañía para  orientarse en Cnosos, un conjunto monumental tan rico y abigarrado que como te pierdas no sales (quizás esa complejidad inspiró el mito del laberinto). Por supuesto, 91 años después había que ponerla al día. "Y se me ocurrió hacer esa actualización como una carta a Pendlebury". Aguayo, que hasta carga una gominola en forma de ojo postizo, se siente muy identificado con él, incluso en detalles familiares e intimos, por no hablar del espíritu aventurero. "Siento que Pendlebury me inspira, me transmite su energía y su fuerza, se levendia". Levendia, la virtud que combina todos los atributos del héroe clásico, incluido la agilidad de palabra y la destreza con las armas. Aguayo se arremanga y muestra la palabra tatuada en el brazo. Levendia. "¡Por John!", exclama alzando una vez más la copa llena de líquido ambarino, el licor de los héroes. ¡Por John! Y por todos los que nos elevan sobre la penumbra de nuestras vidas con el brillo dorado de su valor.


El Pais , sábado 16 de noviembre de 2024