Revista Cairo nº6
Barcelona
A todos nos gustaría tener un vecino como Tatsu. Un hombre que se implica en las actividades del vecindario, que está siempre pendiente de las ofertas disponibles en el supermercado y que te ayuda con sus trucos de limpieza. El único problema es que perteneció a la yakuza, pero ya ha dejado sus actividades en la mafia japonesa y solo se dedica a su hogar.
En estas pocas líneas podríamos resumir perfectamente Gokushufudo: Yakuza amo de casa, una obra de Kousuke Oono que ha llegado a las librerías españolas de la mano de Ivrea, que cuenta actualmente con un total de ocho volúmenes publicados en nuestro país y que permanece abierta en Japón.
A grandes rasgos, se trata de una obra de carácter costumbrista donde nuestro protagonista, Tatsu, tiene que lidiar con toda una serie de problemas diarios, que van desde enfrentarse a una mancha muy difícil de quitar, al torneo de voleibol del vecindario, pasando por toda una serie de encontronazos con la policía o los miembros pertenecientes a otros grupos de la mafia.
Teniendo en cuenta lo comentado hasta el momento, podemos deducir sin problema alguno que este título se centra en el humor, destacando la capacidad de Oono al tomar situaciones habituales y darles la vuelta en clave de absurdo cómico. Evidentemente, esto viene de la mano del propio Tatsu, que, debido a ese pasado tan truculento del que solo podemos vislumbrar algunos fragmentos, sufre secuelas y exagera su reacción frente a algunos eventos cotidianos. No obstante, nuestro amo de casa no es el único participante en las acciones que aquí se muestran, y es que, a pesar de que esta no es una obra coral, no podemos dejar de lado al resto de personajes que se encuentran en su entorno. Este es el caso de su pareja, Miku, una ejecutiva obsesionada por la serie de animación del momento, protagonizada por policías de lo más kawaii que se dedican a combatir el crimen gracias a la magia. Los agentes de la ley no están exentos de aparecer en esta historia, y es que ellos también se han visto afectados por las acciones de Tatsu como yakuza, por lo que muestran cierta desconfianza. Las vecinas de la zona y sus secretos como amas de casa también tienen aquí un papel fundamental.
Esta es la primera vez que llega a nuestro país una obra de Kousuke Oono, y lo cierto es que, si nos centramos en su producción, solo podemos mencionar un título más: el caso de Kaidanbayashi, una historia de terror con un tono más serio que la que aquí nos ocupa. No obstante, Gokushufudo ofrece algo un poco diferente, partiendo de la interpretación de la yakuza. Son muchas las series y películas de origen nipón que han llegado hasta nosotros y que, de una manera u otra, han construido la imagen de la mafia japonesa como una organización despiadada, mortal y peligrosa. Oono no deja de lado esto, puesto que Tatsu es un personaje temido por aquellos que lo han conocido en el pasado, pero esas actitudes y costumbres se tornan exageradas y tontas cuando cambiamos el contexto al de un barrio cualquiera y las armas se ven sustituidas por productos de limpieza. Quizá ese sea uno de los encantos principales de la obra, sumado al carisma de los personajes comentados anteriormente. También hemos de tener en cuenta la simplicidad de cada uno de los capítulos, que podrían leerse de forma independiente, como una serie de gags concretos que empiezan y terminan en unas pocas páginas.
El estilo de dibujo es otro elemento a tener en cuenta a la hora de hablar de los matices de este título. Realista, duro y con una exageración ocasional que favorece los momentos de tensión, de drama y de acción, ya que no todo son risas, y podemos asistir a peleas de distinta naturaleza. Aunque bien es verdad que todo termina en la comedia.
El éxito y difusión de Yakuza amo de casa es algo que se pone de relieve si tenemos en cuenta las recientes adaptaciones de la serie. En primer lugar, en formato animado para la plataforma
Netflix, donde se toman, de forma prácticamente literal, las viñetas del manga para dotarlas de movimiento y dar voz a sus personajes, aunque querría detenerme un poquito más en la adaptación live action, donde Hiroshi Tamaki interpreta de forma notable a Tatsu y la dirección se permitió incluir algunos cambios, que intentan hablar de temas como la reinserción social de Tatsu u otros miembros de la yakuza, sin dejar de lado, como no podía ser de otra manera, un humor cercano a la sitcom más clásica.
Gokushufudo: Yakuza amo de casa se trata de una historia que descontextualiza a su protagonista, siempre en clave de comedia y con mucho ingenio y frescura. Una apuesta de Ivrea que, a pesar de ofrecer algo distinto a manos de un autor no demasiado conocido en nuestro país, se ha acabado haciendo un hueco en nuestras estanterías, atrayendo a lectores de todas las edades.
Okujima Hiromasa y Shoowa
(Ediciones Tomodomo)
Jot Down Comics 2021
Marino Benejam Ferrer nace en Ciudadela, Menorca, en 1890. Lo ignoramos todo de su infancia y juventud y lo encontramos en Barcelona ya dibujando: publicidad, ilustración de libro infantil y finalmente historieta, mientras que, para comer fijo y seguro, trabaja en un banco. En los primero años 30 aparece en las páginas del TBO, donde realiza muchas historietas de media y una página y tiras y crea su primer personaje, “Melitón Pérez”, en la línea clásica del hombrecito solitario y un tanto estrambótico que vive situaciones cotidianas con el toque de absurdo. En 1931-32 trabaja para Pocholo y otras publicaciones infantiles, sin suspender su colaboración con TBO, que se hace más activa en 1936 cuando además comienza a ilustrar“Aventuras de Eustaquio Morcillón”bar la”guerra civil realiza publicidad, ilustraciones de cuentos infantiles como Pescuezo Largo, pequeñas historietas para publicaciones fugaces que crean los editores de TBO, y finalmente vuelca en esta revista toda su producción a partir del momento en que se logra regularizar la edición. Es entonces cuando dibuja miles de historietas, utilizando las firmas Benejam Ferrer, su segundo apellido, y el seudónimo Rino, siempre, según mi saber, sobre guiones ajenos, dando vida gráfica, además de a numerosísimas historietas sin continuidad, a las series "Aventuras de Eustaquio Morcillón" y “La Familia Ulises”. Hasta que a finales de los años sesenta sufre una grave enfermedad, de resultas de la cual comienzan a pasarle a tinta su serie más famosa, “La Familia Ulises”, siendo sustituido totalmente en su realización a partir de 1971, cuando Benejam está ya medio ciego. En 1973 el Club DHIN le rinde homenaje con una cena y una Exposición de sus dibujos. En 1975 muere Marino Benejam Ferrer.
De Benejam a Barcelona
Si de las historietas de Tardi puede decirse que aquello, la “cosa”, es París, de las historietas de Benejam puede decirse que son Barcelona. Por supuesto, que alguien exclamará “¡Hombre, que no es para tanto!”. Por supuesto que no es para tanto.
Pero, al fin y al cabo, cada país y cada paisanaje tiene los mitos que puede permitirse y de alguna manera, para las gentes que vivíamos allende las fronteras, en el gran poblachón manchego, Barcelona ha sido nuestro Meca de los catalanes de Barcelona y Nueva York es hoy el París de cuantos europeos se precian de serlo y para serlo hacen cruz y raya de pasados esplendores y miran deslumbrados hacia occidente.
Así, muchos de nosotros hicimos nuestro primerísimo aprendizaje de Barcelona gracias al TBO y gracias a Benejam y es que probablemente sea Benejam uno de los dibujantes más ligados a esta ciudad, que no en vano los escenarios por los que se mueve la familia de don Ulises Higueruelo son los de la Barcelona de Gracia y el Ensanche y Pueblo Seco y demás barrios clásicos.
No, Barcelona no es París, pero se le parece, por lo menos por lo mucho que nosotros desconocíamos ambas ciudades. Y es que igual que los españolitos de los años cuarenta y cincuenta no sabíamos lo que era París, salvo que de allí venian los niños, también es un hecho que de Barcelona sólo sabíamos que estaba llena de catalanes, gente con un carácter muy raro, sin que lográramos acceder a la comprensión real del significado que lo catalán y lo barcelonés tenían.
Pero, a lo que íbamos. Benejam no es Tardi, vale tíos. Barcelona no es París, claro. Pero es que tan lejos estaba Barcelona como París para los niños castellanos, andaluces, vascos, murcianos o gallegos. Bueno, quizá no. Para los andaluces y murcianos estaba algo más cerca, aunque Barcelona fuera solamente los suburbios de la Mina, las Casas Baratas o Bellvitge. Benejam tampoco podía inventar lo que no existía.
Barcelona había existido, pero en las postrimerías de los años treinta se había ido difuminando, hasta que con el final de la guerra civil prácticamente se perdió. Sólo quedaron botiguers, mozos en edad militar, maquis urbanos y muchas fuerzas de ocupación -que curiosamente y a salvo de nombres concretos, pocos, las formaban los propios catalanes que habían ganado la guerra-. El resto eran algunos cientos de miles de inmigrantes y muchos señores de buena fe pero de mente estrecha que seguían leyendo en el retiro de su mesa camilla la vieja y manoseada colección de En Patufet, mientras pensaban en la caseta y el hortet que perdidos con la guerra reconquistarían con la paz. Eso y unos intelectuales. Con Barcelona había desaparecido también una gigantesca masa anónima y silenciosa de ciudadanos, que sólo recuperarían su identidad de tales cuando se la volvieran a conceder, por decreto, un 15 de junio de 1977.
Barcelona y la historieta
Al paso alegre de la paz Barcelona volvió lentamente, muy lentamente, a aparecer. Dinero llama a dinero. Y de entre las ruinas del resto de España fue justamente en Barcelona donde renació la industria editorial de tebeos.
Industria que en nada se diferenciaba de la de anteguerra. Ni siquiera en los editores, que continuaban siendo pequeñas empresas familiares, conservadores, aferradas a la ganancia pequeña y constante, basadas en un trabajo sordo y sin brillantez pero base de los valores tradicionales. Ni siquiera en los autores, que continuaban siendo gentes de clase media baja poseídas por el afán de medrar y por ello sin mentalidad o capacidad para interpretar el mundo y juzgarlo.
Unicamente había variado el público lector, sociológicamente, que es la manera más dificil de estudiar porque vale todo. El público era más, se amontonaba en las ciudades y tenía ganas de marcha, porque creía que después de ellos el diluvio. Y, cosa curiosa, no todos los lectores eran ya niños. Por aquí vendría el cambio, aunque sería un proceso de muchos años. A un país en ruinas una cultura ruinosa. Ahí el triunfo del clásico cuaderno de historietas, con preferencia temática por una fantasía heroica y con miedo a la realidad, cosa nada extraña dado el cariz que éste tenía. Tan sólo el humor dio la nota. Fue a través del humor como se mostró a los lectores la cara amarga del mundo en que vivían, a través de una ironía cutre y fácil que no acertaba a ocultar la miserabilidad de los vencidos y de sus vencedores, protagonistas unos y otros, más aquellos, del submundo de la historieta del humor española de los años cuarenta.
Siendo así no puede extrañar a nadie que Benejam sea el cronista, uno de los cronistas mejores, de la España que surge de la guerra civil. Y fíjense que digo España y no Cataluña, porque salvando todas las distancias, y aunque los niños de Sevilla o Madrid no conoceríamos Barcelona hasta 1965, lo cierto es que don Ulises Higueruelo no protagonizó la crónica de las clases medias urbanas catalanas sino españolas. O, si se quiere matizar, habrá que decir que lo catalán, los catalanes y, claro está, Barcelona y lo barcelonés, se convirtieron en el paradigma y ejemplo mejor de lo español surgido de 1939.
Volviendo al principio habrá que resumir los juegos de palabras y acabar por reconocer lo que ya es tópico. Si Benejam es el cronista de la Barcelona española, lo cual implica inseparablemente el arrastre de las connotaciones propias de la cultura catalana, lo es gracias a su serie más importante. Y ello obliga a resumir que decir Benejam equivale a decir “Familia Ulises”.
Por lo cual y antes de seguir adelante convendrá insistir en un punto clave de la biografía profesional de Benejam: que él no fue el autor de los guiones de sus historietas. Este mérito corresponde en el caso de “La Familia Ulises” a Joaquín Buigas, editor y director de TBO, quién creó personajes y serie en 1944, desarrollándola hasta 1963 fecha de su muerte, momento en que se hizo cargo de los guiones Carlos Bech, redactor jefe de la revista.
Barcelona como final
Don Ulises nunca podría ser el atrevido cazador Eustaquio Morcillón, ni siquiera cambiando su traje de oficinista por las ropas de aquel explorador. Como mucho podría ser el sumiso Babalí, si es que éste no tiene ya el carnet de algún frente de liberación nacional africano. Igualmente, está claro que tampoco podría ser Melitón Pérez ya que a éste le sobra todo lo que al bueno de don Ulises le falta: acritud y conciencia de sí mismo.
Por ello, lo curioso es que sea precisamente se personaje más débil, más blando, el más mísero, el más cobarde, el que haya dado mayor fama a Benejam. Quizá se trate de masoquismo.
Creo que, además se trata del buen hacer del guionista, que mimó de manera preferente esta serie. Ejemplo de varón domado, don Ulises se subsume en el seno de la familia, se funde con el grupo hasta renunciar a su perfil propio y aceptar voluntariamente su negociación como individuo para ser solamente el órgano reproductor -y no sólo sexualmente, también económico, o ¿es que nadie se ha fijado en lo curioso que resulta que en esta familia tan solo trabaje uno de sus miembros?- que unifica la acción de todos los miembros del grupo. Y es aún más curioso que sea el personaje más mísero y ridículo quien encarne el ejemplo del español medio ante los lectores, preferentemente niños dado el carácter familiar de TBO.
Se trata, sin duda, de masoquismo. Pero con una vena de sadismo, que el bueno de don Joaquín Buigas, editor, director y guionista, debió ocultar celosamente a sus propios, pero que debió ser una de los componentes básicos de su personalidad como lo fue de su obra. Cosa fácil de demostrar rastreando el sadismo implícito a multitud de historietas publicadas en TBO, antes y después de la guerra.
Sólo un problema: Buigas jamás firmó sus guiones. Y esto, que puede suponer una dificultad para identificar el total de su obra -para lo que sería necesario el análisis comparativo entre distintos trabajos, buscando las similitudes de estilo y lenguaje-, revirtió en este caso en favor de Benejam, que así quedó ante los lectores como único autor de “La Famillia Ulises”.
En resumen: Benejam ha sido devorado por el mito pequeño, de su mejor obra. Esa en la que confluyen historieta, reflejo de la sociedad española y ambiente barcelonés en las tragicómicas andanzas de don Ulises Higueruelo, bien que la historieta que éste protagoniza no sea su historieta sino la de su familia.
¿Y qué mejor proyecto para la sociedad española de posguerra? Casualidad, por supuesto, ya que a Buigas le bastaba con asomarse a la puerta de su tienda y reflejar lo que veía en las calles de Barcelona, pero casualidad feliz porque la ironía del guionista y su convivencia como editor conectaban con los supremos intereses de aquella España, que pasaban por la familia, el municipio y el sindicato.
Muerto Buigas, la serie comenzó a perder su identidad lentamente. Muerto Benajam, al menos como dibujante en activo, habría que hablar ya de una serie completamente diferente a la creada y desarrollada por ambos autores. Y eso precisamente en los momentos en que Barcelon recobraba su completa encarnadura y redefinía su identidad, convirtiéndose en nuestro París particular. Ironías de la Historia. Durante veinte años Buigas y Benejam habían hecho la crónica de un mundo caótico, en constante proyecto, constantemente apuntalado para que no se derrumbara, y cuando comenzaba a adquirir consistencia ambos morían. Eso sí, aún les había dado tiempo de “situar” a los Higueruelo, apuntándolos al desarrollo del país.
Y a nosostros nos quedaba Barcelona…
Revista Cairo nº 7
Barcelona, año 1982
Nunca el oído, el tacto, el paladar, el olfato y la vista fueron tan letales como en este relato
JOSÉ LUIS VIDAL
08 Marzo, 2023
Hay una pesadilla que persigue a Hannah desde que aquel quinteto de desconocidos llegó a su pueblo y, casi sin mediar palabra, masacraron a rodos sus habitantes, incluida su hija, la pequeña Erica. Se marcharon dejando un infierno de desesperación a sus espaldas.
Planeta Cómic
Es por ello que, aunque le cueste la vida, ha dedicado lo que le reste de existencia a buscar, perseguir, a los desalmados asesinos, personas que comprobará no son como los demás…
Y justamente en un bar de carretera cualquiera, una mujer que viste de manera extraña, ocultando parte de su rostro, llega y consume una comida. Alguien la mira atentamente, sabiendo que su primera presa está a punto de caer.
Esta mujer posee una facultad muy peligrosa, al igual que las de sus compañeros. Una vez levanta el pañuelo que oculta sus ojos, su mirada se convierte, como la del mitológico basilisco, en lo último que verás.
Pero ella lleva tiempo separada de su grupo, ha huido, evitando matar. Eso a Hannah le da igual, ya que va a usarla como medio, cebo, para atraer al resto que, escoltados por un grupo de peligrosos “fieles”, a los que encabeza Barret, se les van acercando peligrosamente.
Y así se iniciará la letal cacería. Por una parte, Hannah y Regan. Y, en el otro lado, la infantil Cara; el violento Jimmy Boy; Manny, el más tranquilo del grupo y Vanessa, que los lidera y es la más sanguinaria de todos, como podremos comprobar una vez que surge su letal poder.
Utilizando sus facultades, que tiene relación con los cinco sentidos, se inicia un sendero donde la violencia, la sangre y el horror serán los principales protagonistas.
¿Habrá un descanso final para Hannah, que obtendrá su deseada venganza? ¿Quiénes son estas cinco personas, y cómo adquirieron esos peligrosos 'poderes'?
Cullen Bunn, prolífico guionista que ha dejado su indeleble y personal firma en las principales editoriales norteamericanas, y al que ya conocemos muy bien en nuestro país, se caracteriza por regalarnos unas historias que van desde lo fantástico hasta el terror más descarnado. En Basilisk regresa con un 'road comic' en el que el peso del pasado tiene mucha importancia (atención a los flashbacks que encabezan cada capítulo), y demuestra que bajo la piel de algunos monstruos se esconde un corazón muy humano.
A destacar en este cómic el aparatado gráfico, donde el dibujante alemán Jonas Scharf (Avengers of the Wasteland, Bone Parish, Power Rangers, The Witcher, House of waxwork…) realiza un extraordinario trabajo, tanto en los pasajes de flashbacks (donde la aportación del colorista Alex Guimarâes es crucial) como en las páginas que retratan el presente de esta historia repleta de misterio, y que no ha hecho más que comenzar.
Malaga Hoy
En un país como el nuestro, de glorias pequeñas y talentos malogrados, la historieta no ha parido Popeyes, Little Nemos o Charlies Browns, ni, por supuesto, grupos familiares con la entidad de los Abner. Y, sin embargo, pese a la falta de aprecio de la mayoría de los críticos, la historieta española de humor ha sido el género más vivo dentro de este medio, por cuanto ha permanecido cercana al sentir de las gentes comunes y ha sabido hacer reír a un pueblo que lo necesitaba como pocos y al que convenía, sobre todo, aprender a reírse de sí mismo.
Una numerosa nómina de historietistas de humor estás en la base de la existencia del comic nacional, el cual surge, se hace y desarrolla desde la sátira y el humor, para, más tarde, incorporar el género realista. La mayoría de estos historietistas no pasará nunca a la gran historia del comic universal, por haber elegido, voluntariamente, reducirse a un ámbito local, donde su relación con los lectores ha sido viva y directa. Es precisamente esto lo que ahora queremos rescatar desde estas páginas, que esperamos se conviertan en sección para centrarse en la obra -a pedido de la autoridad competente- de los autores posteriores a 1939, entre los que es posible destacar en una primera relación, abierta, a los Peñarroya, Escobar, Boix, Coll, Karpa, Cifré, Jorge, Gabi, Puigmiquel, Liceras, Alamar, Tínez, Vázquez, Iranzo, Figueras, Gordillo, Soriano, Pena, García, Soravilla… y los más veteranos Opisso, Benajam, Urda, Castanys y tantos más.
El hecho de que esta sección se abra con José Coll, a petición de los miembros del consejo de redacción de Cairo, gente toda cuya media de edad no sobrepasa y quizá ni alcanza los 30 años, es sintomático, Se trata de algo más que una curiosidad, señala por donde van hoy los gustos. Será cosa del interés por lo retro y la recuperación de los viejos colores y los viejos sabores de antaño, será, más simple, el gusto por las lecturas de la infancia… El hecho es que entre numerosos dibujantes y gentes del comic -sobre todo las más ligadas a lo que podríamos llamar la “nueva cosa” de la historieta española- se produce un gran interés por autores como Urda, Coll, Benejam, Opisso o Escobar, Peñarroya y Cifré, cuyo peculiar encanto conecta muy de cerca con los datos básicos de la educación sentimental de las nuevas generaciones.
El cómo y el por qué de esta conexión constituye materia para un artículo aparte. Baste con señalar que tiene mucho que ver con la Magdalena proustiana -y pido perdón por el cultismo-, ya que se liga a ese tejido de recuerdos hecho de una trama de historietas, novelas de aventuras, programas de radio, cromos, películas en tecnicolor, seriales y libretas del colegio ilustradas con monigotes propios o copiados… Así, junto al interés por los clásicos del comic americano, propio de una generación muy concreta, a caballo de los años 30/40 españoles, y hoy regurgitado por algún crítico, hay que alinear el gusto por la escuela franco-belga, más propio de la generación crecida en la década de los 50/60, para finalmente llegar a esas gentes de hoy que vuelven a los orígenes y se encoñan con los inventos del TBO, las chafarderías de Tribulete o los trucos mágicos de El Barbas.
José Coll y Coll, nacido en Barcelona en 1923, sintió desde muy pequeño, cuando a los cuatro años descubrió el TBO, la llamada de la historieta, para quedar años más tarde entusiasmado por los dibujos de Urda, Moreno y Benejam hasta el punto de desear ser dibujante como ellos. Pronto hizo sus primeros pinitos con el lápiz y la plumilla, si bien estos dibujos no pasaban de ser el típico trabajo de aficionado e iban directos al cubo de la basura. Albañil, cantero y otra vez albañil, no será hasta después de haber hebcho la mili cuando Coll vuelva a dibujar, para ya en 1948 comenzar a hacerlo de manera profesional en las páginas de Chispa, revista infantil publicada por Toray, donde creo el que había de ser el único personaje fijo de toda su obra, “Cocoduro, el Conde de Calvatiesa”.
Siguen otras colaboraciones en Mundo Infantil, KKO, La Risa, Pocholo y Nicolás, si bien en estas publicaciones será ave de paso y es en el TBO donde, a partir de 1949/50 y tras un año y medio de trabajo continuo Coll se convierte definitivamente en dibujante de historietas, ligándose su firma a la marca TBO de tal manera que hoy ambas nos parecen consustanciales. Es aquí donde, a salvo de una breve colaboración en la revista de humor Tururut, Coll dejaría los varios miles de historietas que componen el máximo de su obra, solo interrumpida en una o dos ocasiones, hasta su definitivo abandono del dibujo, mediados ya los años sesenta.
Durante dos décadas Coll será el dibujante más moderno del TBO y una de los más agiles y sugestivos de la historieta de humor española. Pese a la amplitud de su obra, que muchas veces se bifurca en variaciones sobre un mismo tema. Coll no se basará nunca en el TBO en personajes fijos, con continuidad, sino que, por el contrario, se vuelca e incluso excede en la creación de personajes-tipo, los cuales han caracterizado su obra: los náufragos, los automovilistas, los ladrones, los vagabundos, los cazadores, los antropófagos, los médicos… y aún más que todos ellos los personajes cotidianos, vulgares: un hombre sentado en un parque leyendo un periódico, un niño que va a hacer un recado a su madre, un señor que quiere echar una carta a un buzón, etc, gentes comunes a las que sucede algo inesperado.
El mecanismo es muy simple, se trata de desmontar las relaciones de funcionamiento que impone la realidad y volver a montarlas introduciendo una ligera distorsión. Es algo así como el reflejo de un espejo cuyo baño de azogue fuera ligeramente defectuoso y nos devolviera imágenes desiguales respecto al modelo reflejado. Ahí la clave del interés de la obra de Coll, maestro en narrar situaciones, con historietas donde apenas si hay anécdotas y por supuesto no hay nunca grandes historias, llegándose al caso extremo de que, incluso, falte lo que podríamos llamar un auténtico guión, limitándose el autor a descomponer un gag en distintas fases o momentos del mismo, que luego dibuja con minuciosidad. Pero, esto, que ya habían hecho y hacen otros dibujantes, realizando historietas sin historia, adquiere un tratamiento especial, propio, en Coll, el cual prescinde del dramatismo -dramatismo cómico, ¿por qué no? -inherente a toda situación límite, como es un gag, para quedarse tan sólo con su ritmo, en cuya descripción gráfica se recrea.
Virtuoso de la historieta muda, ha logrado auténticas viguerías de expresividad gracias a su capacidad de síntesis, su dominio de la perspectiva y su concepto de planificación. Buscando la simplicidad, Coll huye del detalle innecesario que puede recargar la viñeta sin aportar nada a la narración: logra así una síntesis de elementos gráficos que ordena según un criterio expresivo personal, en el que cuenta especialmente su dominio de la perspectiva, gracias al cual logra una gran profundidad de campo y una notable solidez técnica viñeta a viñeta, mientras que el conjunto de la historieta adquiere un sentido peculiar debido a la abundancia, y quizá exceso de planos generales, que hacen que la acción se convierta en algo lejano para el lector-espectador, el cual queda siempre “fuera” de la historieta, sin participar en su desarrollo.
El balance no puede cerrarse aquí. Sólo una etapa en la obra de este historietista. Capaz de renunciar a algo para lo que creía haber nacido, cualquier día Coll puede volver a la historieta. Así nos lo ha dicho…
Entrevista
Hablar con un historietista es siempre una experiencia. Hacerlo con Coll, el mítico Coll de nuestra infancia, lo es más, ya que se trata de un hombre de una modestia apabullante, que huye de cuanto signifique publicidad o fama. Así y todo hemos logrado llegar hasta su domicilio, que nos dedique la tarde de su último día de vacaciones y grabar una larga conversación-entrevista, de la que ahora selecciono varios temas a través de los cuales comprender mejor al autor y su obra.
-Su obra, señor Coll, se distingue por su carácter y personalidad, por favor háblenos de su dibujo…
-Bueno, yo comencé copiando a Benejam, que me gustaba mucho por el movimiento que daba a los personajes, pero, poco a poco me fui distanciando de él para encontrar una personalidad propia. Entonces me dediqué a no mirar nada de los demás sino lo mío sólo, todo el conjunto de lo que dibujaba, para así ver los defectos y mejorarlo. Yo tengo un dibujo lento, para hacer una página necesito dos días, completos, porque si un monigote no me ha salido bien lo borro y lo vuelvo a hacer y luego me lo vuelvo a reflexionar y a mirar bien y digo “estaría mejor un poco más curvado”, lo vuelvo a borrar y lo curvo un poco más, “demasiado curvado, no”, lo vuelvo a borrar… y así hasta que digo “ahora está bien”. Y entonces sigo adelante y, claro, cuando me doy cuenta, caramba, se me ha pasado el día y aún me falta pasarlo a tinta. Trabajaba mucho al lápiz y a la goma, era con lo que estaba, luego la tinta ya no, el pasar a tinta era para mí como un descanso, aunque aún aprovechaba para pulir y rectificar muchas cosas. Ya le digo… dos días completos. Sin tener en cuenta el tiempo de pensarme la historieta y el tiempo de encajarla.
-¿Quiere decir que se hacía usted mismo los guiones?
-Sí, bueno, a última hora había un guionista del TBO que me hacía algunos, pero pocos, porque francamente yo prefería guiones míos, porque así encajaban más con mi estilo, y cuando hacía guiones de guionistas tenía que adaptarme a ellos y a lo mejor no me entregaba, me quedaba la historieta un poco…que no era mi estilo. Yo estaba absorto en el dibujo y allí ponía todas mis horas, y por las mañanas me iba a pasear por ahí, para despejar la mente, y luego, cuando regresaba, me tendía en la cama y entonces el subsconsciente me iba dando todas las ideas que por la mañana había yo visto, que en aquel momento yo no las veía, pero el subsconciente sí que las veía. Me estiraba en la cama y me iban viniendo historietas, entonces me levantaba y cogía una libreta donde iba apuntando: el tema tal, el señor que va a pescar y le pasa… Luego, por la noche, me dedicaba a hacer los guiones. Y así se pasaba la semana, domingos y todo. Servicio permanente, como la Guardia Civil. Ahora que con el tiempo me di cuenta de que con esto yo no llegaría a ninguna parte, y lo dejé.
-Es verdad, usted dejó de dibujar justo cuando había alcanzado el éxito, ¿por qué esta decisión?
-Porque veía que el mundo transcurría y yo no ganaba bastante. Yo dibujaba porque lo llevaba dentro y no me miraba aquellas cosas ni del dinero ni nada, la gente prosperaba a mi alrededor y yo no me enteraba. Estuve catorce años dibujando, pero un día me dije “¿a dónde voy yo con esto?”. Intenté dibujar para el extranjero y mandé muestras a Escocia, México, Alemania, Francia y el norte de América, pero por mi estilo yo no tenía ningún campo fuera y aquí, en España, sólo tenía el TBO y, aunque me pagaban bien, con esto sólo no podía vivir. Entonces decidí ponerme a trabajar, hablé con dos amigos que tenía, que eran albañiles, por que yo antes de dibujar era albañil, les pregunté cuanto ganaban y yo me dije “caramba, pues si estoy perdiendo el tiempo haciendo monigotes”… O sea, que en el tiempo que yo hacía una página no ganaba ni medio jornal de lo que ganaban mis amigos poniendo ladrillos. Y fue cuando dejé las historietas. Aunque aún me convenció el señor Viña, el joven, para que dibujara unos meses más para el TBO; es que me encontró un día y me dijo “hombre, ¿dónde se ha visto un dibujante como usted haciendo de albañil…?”. Pero, la realidad es que esto de la historieta es, francamente, una faena para peones, económicamente; para una persona que está acostumbrada a ganar dos realitos sí, es una cosa independiente, pero si hay que sacar una familia adelante… Y a última hora a uno se le agotan las ideas, no es que se agoten, es que se cansa uno de hacer y hacer historietas, buscando siempre.
-Esto debe ser especialmente duro cuando no se trabaja con personajes fijos. En su caso, ¿fue una decisión propia o imposición de los editores?
-En la revista, desde luego, no me hubieran dicho nada. Yo no quise un personaje fijo porque entonces tienes que hacer la historieta para él y según que temas no se adaptan. Pensé que me vería obligado nada más que a hacer temas para este individuo, y a lo mejor me saldría un tema mucho más interesante y lo rechazaría o lo dejaría de banda para hacer solamente lo que se adaptara al personaje fijo, y trabajaría condicionado. Manera de evitarlo: si me sale una historieta, pues mira, aquí se presta un tío delgado pues hago un tío delgado, aquí se presta un tío delgado pues hago un tío delgado, aquí se presta un medio-roto pues un medio-roto. Y a cada uno le daba el tratamiento según la historieta que era: si requiere un individuo gordo, muy gordo, las piernas delgadas, pues tiene que hacer muchos movimientos con las piernas y si las hago gordas no tendrá gracia. Yo buscaba la perfección, dentro de lo que cabía, claro. Me miraba de no recargar mucho las historietas, hay quien las recarga de detalles, yo buscaba la simplicidad, lo más preciso y práctico… los elementos fundamentales y fin. Que hubiera una armonía total, o sea que guardara toda una relación.
Revista Cairo nº1
Barcelona