Marino Benejam Ferrer nace en Ciudadela, Menorca, en 1890. Lo ignoramos todo de su infancia y juventud y lo encontramos en Barcelona ya dibujando: publicidad, ilustración de libro infantil y finalmente historieta, mientras que, para comer fijo y seguro, trabaja en un banco. En los primero años 30 aparece en las páginas del TBO, donde realiza muchas historietas de media y una página y tiras y crea su primer personaje, “Melitón Pérez”, en la línea clásica del hombrecito solitario y un tanto estrambótico que vive situaciones cotidianas con el toque de absurdo. En 1931-32 trabaja para Pocholo y otras publicaciones infantiles, sin suspender su colaboración con TBO, que se hace más activa en 1936 cuando además comienza a ilustrar“Aventuras de Eustaquio Morcillón”bar la”guerra civil realiza publicidad, ilustraciones de cuentos infantiles como Pescuezo Largo, pequeñas historietas para publicaciones fugaces que crean los editores de TBO, y finalmente vuelca en esta revista toda su producción a partir del momento en que se logra regularizar la edición. Es entonces cuando dibuja miles de historietas, utilizando las firmas Benejam Ferrer, su segundo apellido, y el seudónimo Rino, siempre, según mi saber, sobre guiones ajenos, dando vida gráfica, además de a numerosísimas historietas sin continuidad, a las series "Aventuras de Eustaquio Morcillón" y “La Familia Ulises”. Hasta que a finales de los años sesenta sufre una grave enfermedad, de resultas de la cual comienzan a pasarle a tinta su serie más famosa, “La Familia Ulises”, siendo sustituido totalmente en su realización a partir de 1971, cuando Benejam está ya medio ciego. En 1973 el Club DHIN le rinde homenaje con una cena y una Exposición de sus dibujos. En 1975 muere Marino Benejam Ferrer.
De Benejam a Barcelona
Si de las historietas de Tardi puede decirse que aquello, la “cosa”, es París, de las historietas de Benejam puede decirse que son Barcelona. Por supuesto, que alguien exclamará “¡Hombre, que no es para tanto!”. Por supuesto que no es para tanto.
Pero, al fin y al cabo, cada país y cada paisanaje tiene los mitos que puede permitirse y de alguna manera, para las gentes que vivíamos allende las fronteras, en el gran poblachón manchego, Barcelona ha sido nuestro Meca de los catalanes de Barcelona y Nueva York es hoy el París de cuantos europeos se precian de serlo y para serlo hacen cruz y raya de pasados esplendores y miran deslumbrados hacia occidente.
Así, muchos de nosotros hicimos nuestro primerísimo aprendizaje de Barcelona gracias al TBO y gracias a Benejam y es que probablemente sea Benejam uno de los dibujantes más ligados a esta ciudad, que no en vano los escenarios por los que se mueve la familia de don Ulises Higueruelo son los de la Barcelona de Gracia y el Ensanche y Pueblo Seco y demás barrios clásicos.
No, Barcelona no es París, pero se le parece, por lo menos por lo mucho que nosotros desconocíamos ambas ciudades. Y es que igual que los españolitos de los años cuarenta y cincuenta no sabíamos lo que era París, salvo que de allí venian los niños, también es un hecho que de Barcelona sólo sabíamos que estaba llena de catalanes, gente con un carácter muy raro, sin que lográramos acceder a la comprensión real del significado que lo catalán y lo barcelonés tenían.
Pero, a lo que íbamos. Benejam no es Tardi, vale tíos. Barcelona no es París, claro. Pero es que tan lejos estaba Barcelona como París para los niños castellanos, andaluces, vascos, murcianos o gallegos. Bueno, quizá no. Para los andaluces y murcianos estaba algo más cerca, aunque Barcelona fuera solamente los suburbios de la Mina, las Casas Baratas o Bellvitge. Benejam tampoco podía inventar lo que no existía.
Barcelona había existido, pero en las postrimerías de los años treinta se había ido difuminando, hasta que con el final de la guerra civil prácticamente se perdió. Sólo quedaron botiguers, mozos en edad militar, maquis urbanos y muchas fuerzas de ocupación -que curiosamente y a salvo de nombres concretos, pocos, las formaban los propios catalanes que habían ganado la guerra-. El resto eran algunos cientos de miles de inmigrantes y muchos señores de buena fe pero de mente estrecha que seguían leyendo en el retiro de su mesa camilla la vieja y manoseada colección de En Patufet, mientras pensaban en la caseta y el hortet que perdidos con la guerra reconquistarían con la paz. Eso y unos intelectuales. Con Barcelona había desaparecido también una gigantesca masa anónima y silenciosa de ciudadanos, que sólo recuperarían su identidad de tales cuando se la volvieran a conceder, por decreto, un 15 de junio de 1977.
Barcelona y la historieta
Al paso alegre de la paz Barcelona volvió lentamente, muy lentamente, a aparecer. Dinero llama a dinero. Y de entre las ruinas del resto de España fue justamente en Barcelona donde renació la industria editorial de tebeos.
Industria que en nada se diferenciaba de la de anteguerra. Ni siquiera en los editores, que continuaban siendo pequeñas empresas familiares, conservadores, aferradas a la ganancia pequeña y constante, basadas en un trabajo sordo y sin brillantez pero base de los valores tradicionales. Ni siquiera en los autores, que continuaban siendo gentes de clase media baja poseídas por el afán de medrar y por ello sin mentalidad o capacidad para interpretar el mundo y juzgarlo.
Unicamente había variado el público lector, sociológicamente, que es la manera más dificil de estudiar porque vale todo. El público era más, se amontonaba en las ciudades y tenía ganas de marcha, porque creía que después de ellos el diluvio. Y, cosa curiosa, no todos los lectores eran ya niños. Por aquí vendría el cambio, aunque sería un proceso de muchos años. A un país en ruinas una cultura ruinosa. Ahí el triunfo del clásico cuaderno de historietas, con preferencia temática por una fantasía heroica y con miedo a la realidad, cosa nada extraña dado el cariz que éste tenía. Tan sólo el humor dio la nota. Fue a través del humor como se mostró a los lectores la cara amarga del mundo en que vivían, a través de una ironía cutre y fácil que no acertaba a ocultar la miserabilidad de los vencidos y de sus vencedores, protagonistas unos y otros, más aquellos, del submundo de la historieta del humor española de los años cuarenta.
Siendo así no puede extrañar a nadie que Benejam sea el cronista, uno de los cronistas mejores, de la España que surge de la guerra civil. Y fíjense que digo España y no Cataluña, porque salvando todas las distancias, y aunque los niños de Sevilla o Madrid no conoceríamos Barcelona hasta 1965, lo cierto es que don Ulises Higueruelo no protagonizó la crónica de las clases medias urbanas catalanas sino españolas. O, si se quiere matizar, habrá que decir que lo catalán, los catalanes y, claro está, Barcelona y lo barcelonés, se convirtieron en el paradigma y ejemplo mejor de lo español surgido de 1939.
Volviendo al principio habrá que resumir los juegos de palabras y acabar por reconocer lo que ya es tópico. Si Benejam es el cronista de la Barcelona española, lo cual implica inseparablemente el arrastre de las connotaciones propias de la cultura catalana, lo es gracias a su serie más importante. Y ello obliga a resumir que decir Benejam equivale a decir “Familia Ulises”.
Por lo cual y antes de seguir adelante convendrá insistir en un punto clave de la biografía profesional de Benejam: que él no fue el autor de los guiones de sus historietas. Este mérito corresponde en el caso de “La Familia Ulises” a Joaquín Buigas, editor y director de TBO, quién creó personajes y serie en 1944, desarrollándola hasta 1963 fecha de su muerte, momento en que se hizo cargo de los guiones Carlos Bech, redactor jefe de la revista.
Barcelona como final
Don Ulises nunca podría ser el atrevido cazador Eustaquio Morcillón, ni siquiera cambiando su traje de oficinista por las ropas de aquel explorador. Como mucho podría ser el sumiso Babalí, si es que éste no tiene ya el carnet de algún frente de liberación nacional africano. Igualmente, está claro que tampoco podría ser Melitón Pérez ya que a éste le sobra todo lo que al bueno de don Ulises le falta: acritud y conciencia de sí mismo.
Por ello, lo curioso es que sea precisamente se personaje más débil, más blando, el más mísero, el más cobarde, el que haya dado mayor fama a Benejam. Quizá se trate de masoquismo.
Creo que, además se trata del buen hacer del guionista, que mimó de manera preferente esta serie. Ejemplo de varón domado, don Ulises se subsume en el seno de la familia, se funde con el grupo hasta renunciar a su perfil propio y aceptar voluntariamente su negociación como individuo para ser solamente el órgano reproductor -y no sólo sexualmente, también económico, o ¿es que nadie se ha fijado en lo curioso que resulta que en esta familia tan solo trabaje uno de sus miembros?- que unifica la acción de todos los miembros del grupo. Y es aún más curioso que sea el personaje más mísero y ridículo quien encarne el ejemplo del español medio ante los lectores, preferentemente niños dado el carácter familiar de TBO.
Se trata, sin duda, de masoquismo. Pero con una vena de sadismo, que el bueno de don Joaquín Buigas, editor, director y guionista, debió ocultar celosamente a sus propios, pero que debió ser una de los componentes básicos de su personalidad como lo fue de su obra. Cosa fácil de demostrar rastreando el sadismo implícito a multitud de historietas publicadas en TBO, antes y después de la guerra.
Sólo un problema: Buigas jamás firmó sus guiones. Y esto, que puede suponer una dificultad para identificar el total de su obra -para lo que sería necesario el análisis comparativo entre distintos trabajos, buscando las similitudes de estilo y lenguaje-, revirtió en este caso en favor de Benejam, que así quedó ante los lectores como único autor de “La Famillia Ulises”.
En resumen: Benejam ha sido devorado por el mito pequeño, de su mejor obra. Esa en la que confluyen historieta, reflejo de la sociedad española y ambiente barcelonés en las tragicómicas andanzas de don Ulises Higueruelo, bien que la historieta que éste protagoniza no sea su historieta sino la de su familia.
¿Y qué mejor proyecto para la sociedad española de posguerra? Casualidad, por supuesto, ya que a Buigas le bastaba con asomarse a la puerta de su tienda y reflejar lo que veía en las calles de Barcelona, pero casualidad feliz porque la ironía del guionista y su convivencia como editor conectaban con los supremos intereses de aquella España, que pasaban por la familia, el municipio y el sindicato.
Muerto Buigas, la serie comenzó a perder su identidad lentamente. Muerto Benajam, al menos como dibujante en activo, habría que hablar ya de una serie completamente diferente a la creada y desarrollada por ambos autores. Y eso precisamente en los momentos en que Barcelon recobraba su completa encarnadura y redefinía su identidad, convirtiéndose en nuestro París particular. Ironías de la Historia. Durante veinte años Buigas y Benejam habían hecho la crónica de un mundo caótico, en constante proyecto, constantemente apuntalado para que no se derrumbara, y cuando comenzaba a adquirir consistencia ambos morían. Eso sí, aún les había dado tiempo de “situar” a los Higueruelo, apuntándolos al desarrollo del país.
Y a nosostros nos quedaba Barcelona…
Revista Cairo nº 7
Barcelona, año 1982




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