El primer ejemplar de "SWAMP THING" escrito por Alan Moore que tuve oportunidad de leer se titulaba "Pog". Era el número 32 de la serie y contaba una triste fábula sobre la muerte y la civilización de sorprendentes tonos ecologistas y poéticos, apoyándose en el grafismo amable de Shawn McManus y en unos diálogos complejos que hacían gala de un inglés repleto de contracciones y deformaciones ficticias, una suerte de desarrollo lingüístico lógico a partir de unas pautas de pensamiento que podemos entrever en la construcción de las palabras nuevas (generalmente contracciones de dos o más conceptos con afinidades netamente visuales). Era difícil de leer, pero intrigante y satisfactorio. Y no por el "mensaje", que no era en absoluto novedoso, sino por un algo más, una indefinible sensación de que en esas páginas había un filón de oro puro listo para ser explotado. Yo aún no sabía quién era el tal Alan Moore. Hoy, tras leer mucha de su producción, después de conocer sus opiniones y proyectos, sigo sin tenerlo nada claro. Seamos sinceros, nadie que escriba así debería haberse limitado al restringido campo del cómic (especialmente si tenemos en cuenta el mediocre tono general del cómic anglosajón). Al menos, nadie en su sano juicio (eso puede ser una pista). Sea como sea, nunca terminaremos de agradecérselo.
Dicen los que de estas cosas dicen entender que Goya estaba loco cuando decoró su casa con lo que luego conocimos como "pinturas negras". Que éstas son producto de una mente enferma por la soledad y la frustración, la mente de un hombre sordo y violento, encerrado en sí mismo (en compañía de sus monstruos, que son quizá los nuestros también). Cuando las contemplo, sin embargo, no puedo evitar la sensación de hallarme ante los resultados de la época más lúcida de ese lúcido retratista que fue Goya. Hay frustración y caricatura en ellas, sí, y una presencia tal vez obsesiva de la muerte, pero Goya era un hombre viejo, y a edades como la suya hasta las personas más equilibradas piensan en ella, duermen y sueñan con ella. El pintor había presenciado la ruina de todas sus ilusiones, el hundimiento de su vida misma, había sufrido la incomprensión y el desengaño, la estupidez gregaria de los hombres, la guerra, y todo ello lo plasmó con brocha rápida y enérgica sobre los muros de su casa, feroces visiones de pesadilla que eran en el fondo retrato de su época (como lo es el resto de su pintura). Goya fue ante todo un pintor costumbrista, hasta cuando cargó sus pinceles de ocre y negro para hablar del lado oscuro que en todos nosotros acecha. Quizá por eso pienso en él cuando leo algunos capítulos de 'SWAMPTHING" (recuerdo ahora especialmente la saga de la América gótica). Se me ocurre que Alan Moore, como Goya, hace un lúcido retrato de su época (nuestra época) a través de sus pesadillas, de sus monstruos. Se me ocurre que ese viaje a través de mil horrores no deja de ser un echar un vistazo a lo que hay detrás del decorado (como lo es, en el fondo, toda literatura fantástica). No importa que el escenario se llene de vampiros acuáticos o mujeres-lobo, porque son todos en realidad símbolos de algo más, disfraces que adopta caprichosamente ese "algo va mal" que nos viene quitando el sueño desde hace diez o quince años.
III
Es quizás sintomático que la acción tome la forma del clásico viaje iniciático, con su descenso "ad ínferos" y su recompensa final (de aprendizaje, casi siempre). Lovecraft, por ejemplo, solía utilizar también esa estructura en sus cuentos. De hecho, es una forma de relato recurrente a través de los siglos y que ha sido adoptada por culturas muy distintas (recuerdo ahora todo el folclore faérico y más o menos siniestro de herencia céltica, o las epopeyas nórdicas). Tiene incluso su lado freudiano (asi en frío, es casi como un trasunto primitivo del psicoanálisis). Y no hablemos ya de la América gótica únicamente. Así, en la guerra contra Gotham es la ciudad misma la que desciende a los infiernos (verdes y cálidos infiernos tropicales) y descubre oscuros instintos que creía enterrados para siempre, y es Batman quien aprende algo (él y Gordon, y los demás jefazos, sí, algo parecido a la derrota, incluso humildad).
Resulta también curioso comprobar cómo el más terrible monstruo que ha generado la serie (el que horrores más cercanos y reales conjura) se muestra no sólo capaz de matar al protagonista, sino que al hacerlo le abre la puerta a un nuevo viaje, a un nuevo aprendizaje que será también el inicio del definitivo. Hablamos, claro, de Nukeface, el hombre podrido por la radiación pero vivo y dispuesto a extender su enfermedad por toda América. Nukeface, que mata al azorado Swampy por simple imposición de manos (como una suerte de perverso profeta, de santo macabro) y, merced a eso, le muestra las posibilidades de su capacidad regenerativa (en el inolvidable "Pautas de crecimiento", espléndido prólogo a la feria de pesadillas de la América gótica). Vemos, pues, que no hay aprendizaje sin dolor, y que el viaje más espeluznante, el que más descubrimientos ofrece, es el interior.
IV
Tengo una amiga a la que le gusta jugar a ser medio bruja. Tiene ojos casi azules y maneras terriblemente naturales (de una espontaneidad como estudiada, no sé si me explico). A veces me recuerda mucho a la Maggie de Jaime Hernández (este verano incluso la he visto con un pie vendado). Lee las cartas y los posos del café, predice el clima, pinta y, según creo, hasta escribe a ratos perdidos. Uno habla con ella y todo son sorpresas (la alegría de la casa). Recuerdo especialmente una conversación casual que, merced a no sé qué hechizo o descuido, se convirtió en duro interrogatorio peligrosamente íntimo. Ella dice que es su manera de juzgar a la gente, de saber si realmente alguien merece la pena. Recuerdo que, cuando la cosa derivó a terrenos artísticos, mencioné con mi característico entusiasmo "El triunfo de la muerte", de Brueghel el viejo. Tuve que explicar con todo lujo de detalles qué veía yo en un cuadro tan absolutamente macabro. Todo esto viene a cuento del cuadro mismo, que sigo considerando una de las obras cumbre del arte flamenco y que me recuerda también, inevitablemente, algo de lo que Alan Moore ha utilizado en sus historias de "SWAMP THING". Pero dejad que os hable del cuadro. Es grande, enorme, y representa exactamente lo que el título expresa, el triunfo de la muerte sobre todas las cosas terrenales. Todos, desde reyes a campesinos pasando por clero y comerciantes, todos medidos por un mismo rasero: el de su mortalidad.
La guadaña segará nuestras cabezas sin que la altura de nuestra cuna o la santidad de nuestras acciones tengan la menor importancia. Es un cuadro terrible, lleno de escenas macabras y feroces. Descarnados esqueletos matan y violan por doquier, ejércitos espectrales arrasan cuanto encuentran a su paso, el pánico y la muerte pintan de blanco los rostros. En el horizonte, incendios y desolación. Las entrañas de la tierra se abren para vomitar nuevas huestes infernales, las entrañas de los hombres son salvajemente arrancadas de sus cuerpos aún vivos. Y en una esquina, aparentemente ajenos al caos que les rodea, ignorados por el terror que arrasa el Mundo, una pareja de amantes se mira a lo ojos, ensimismados el uno en el otro. En el corazón mismo de la pesadilla, el amor sobrevive al desastre. Indiferente, tal vez puro y limpio. ¿No es un poco como esa relación de Abby con el monstruo del pantano, una relación que les aparta de la cotidiana tragedia, que les mantiene firmes ante la locura conjurada por el ubicuo Constantine (intrigante maestro de ceremonias), una relación capaz cuando se ve amenazada de sumergir en el caos a una ciudad entera?
Pero si hay un pintor que le va a Alan Moore como anillo al dedo es, definitivamente. El Bosco. Contemplo esos cuadros retorcidos y llenos de simbolismos y referencias y pienso cómo los guiones de Alan Moore son también así, cómo se entrelazan, extienden zarcillos, medran y profundizan en zonas cada vez más oscuras, sacando a la luz ocultas pesadillas y fantasmas largo tiempo olvidados. Mi amiga casi bruja y yo hemos mantenido largas conversaciones ante las tablas de El Bosco, hemos intentado analizar, descubrir, comprender donde otros miran con indiferencia. Todo inútil, claro. Su pintura es intelectual, alegórica, de símbolos. Está construida con referencias teológicas y morales de la época, disfrazadas siempre de costumbrismo o, en los casos más célebres ("El jardín de las delicias"), de grotesco onirismo. Un arte para leer entre líneas, por decirlo así, pero no con referentes actuales, de aquí y ahora. Tendríamos que ser para entenderlo hombres cultos de esos tiempos, y aún así nos costaría esfuerzo. Todo lo cual me lleva a los guiones de Alan Moore, que son también como enormes rompecabezas móviles cada una de cuyas piezas se nos revela importante en sí misma, pero importante también en la construcción de un todo que poco a poco va tomando forma ante nuestros ojos. Se me ocurre que toda la saga de Swamp Thing sería como un enorme tapiz del que Moore nos ha ido mostrando fragmentos, uno cada vez, ha dejado que nos construyamos una imagen mental a partir de todos esos datos que ha ido entrelazando con los hilos de la trama principal. Pero no es esa imagen nuestra la definitiva, la real, sino sólo una interpretación hecha con lo que hemos sido capaces de arrebatar a los oscuros enigmas entretejidos, Al final, sólo el demiurgo conocerá toda la historia, nadie podrá estar seguro de no haber pasado por alto algo que quizá cambiase por completo lo que creía haber entendido. Y todo sin caer en cripticismos, respetando siempre esa regla del juego esencial, la legibilidad, la linealidad, la claridad.
VI
Sorprende la capacidad literaria y fabuladora de Alan Moore. Revisando sus guiones (seguimos ceñidos a su trabajo en 'SWAMP THING") encontramos todo un rico cuerpo de referentes culturales (literatura, cine, pintura...), de recursos estilísticos (pasmosa la soltura con que utiliza distintos puntos de vista en el desarrollo de la acción sin que aparezca nunca el temible fantasma de lo artificioso), de prosa rica y segura, de ritmo. Sabe cómo contar una historia utilizando todos los recursos del hombre orquesta afinado, controlando todos los elementos con precisión matemática, dejándonos ver sólo lo que él quiere que veamos, pero sin ocultarnos nada. Además, sus historias no son simples parodias o excusas para lucimientos gráficos, son siempre disparos certeros y demoledores a esa parte de nuestra anatomía que nos obliga a pensar (a soñar, a veces). Y lo mejor es que Alan Moore habla siempre de gente normal, como la que podamos encontrarnos cualquier mañana en el metro, y la mueve entre las viñetas con naturalidad irritante, como si estuvieran todos más vivos que nosotros mismos. A veces, cuando termino de leer, me pregunto dónde podré encontrar a alguien tan humano como Abby o su verde amante, sólo para charlar y compartir neuras, ya me entendéis (eso mismo me pasa también con "LOVE AND ROCKETS", y con casi nada más, lo que no dice mucho en favor del panorama actual de los cómics).
VII
Todo convierte a Alan Moore en un elemento atípico dentro de) cómic anglosajón. Se le descubren al primer vistazo referencias literarias, musicales, cinematográficas, incluso políticas (no es un subdito feliz y sumiso de Ms. Thatcher quien escribió "The Nukeface papers", por ejemplo). Montones de referencias culturales. Por el contrario, no son muchos los tebeos que nos ofrezcan algo que no sean variaciones eternas sobre la misma vacía situación. Escribía en alguna parte nuestro muy sesudo coordinador que el nivel cultural de los guionistas yanquis suele ser lamentable en la mayoría de los casos. Son gente que se limita a escribir todo eso que de pequeñitos les hacía vibrar de emoción entre cocacola y cocacola. En un paisaje así de desolador, un tipo como Claremont, que parece que algo sí ha leído, el chico, despunta quizá más de lo que merecería en un contexto más normalizado. Y alguien como Moore merece, como mínimo, todo un movimiento religioso en torno suyo.
NOTA.- Todo esto no ha sido más que una relación de impresiones no muy claras y asociaciones de ideas tal vez demasiado arriesgadas. He dejado mucho en el tintero, a la espera de que alguien con más cabeza para las cosas ordenadas y pormenorizadas se atreva a ello. Me hubiera gustado hablar de Constantine, por ejemplo (una proyección del propio Moore como personaje conductor de la acción más allá de la mera narración, o eso creo), o de esa especie de maldición que persigue al bueno de Alan (¿por qué son todos su dibujantes tan malos?). También hubiera querido extenderme en cuestiones técnicas, de narrativas y tal, pero eso necesita mucho tiempo y un estudio sistemático del que me declaro desde ya completamente incapaz.
Por último, advertir que Goya y El Bosco no están aquí al azar, sino porque el propio Moore los cita conscientemente en episodios distintos de "SWAMP THING".
Francisco Naranjo
Publicado en la revista URICH nº8 Enero 1986
III
Es quizás sintomático que la acción tome la forma del clásico viaje iniciático, con su descenso "ad ínferos" y su recompensa final (de aprendizaje, casi siempre). Lovecraft, por ejemplo, solía utilizar también esa estructura en sus cuentos. De hecho, es una forma de relato recurrente a través de los siglos y que ha sido adoptada por culturas muy distintas (recuerdo ahora todo el folclore faérico y más o menos siniestro de herencia céltica, o las epopeyas nórdicas). Tiene incluso su lado freudiano (asi en frío, es casi como un trasunto primitivo del psicoanálisis). Y no hablemos ya de la América gótica únicamente. Así, en la guerra contra Gotham es la ciudad misma la que desciende a los infiernos (verdes y cálidos infiernos tropicales) y descubre oscuros instintos que creía enterrados para siempre, y es Batman quien aprende algo (él y Gordon, y los demás jefazos, sí, algo parecido a la derrota, incluso humildad).
IV
Tengo una amiga a la que le gusta jugar a ser medio bruja. Tiene ojos casi azules y maneras terriblemente naturales (de una espontaneidad como estudiada, no sé si me explico). A veces me recuerda mucho a la Maggie de Jaime Hernández (este verano incluso la he visto con un pie vendado). Lee las cartas y los posos del café, predice el clima, pinta y, según creo, hasta escribe a ratos perdidos. Uno habla con ella y todo son sorpresas (la alegría de la casa). Recuerdo especialmente una conversación casual que, merced a no sé qué hechizo o descuido, se convirtió en duro interrogatorio peligrosamente íntimo. Ella dice que es su manera de juzgar a la gente, de saber si realmente alguien merece la pena. Recuerdo que, cuando la cosa derivó a terrenos artísticos, mencioné con mi característico entusiasmo "El triunfo de la muerte", de Brueghel el viejo. Tuve que explicar con todo lujo de detalles qué veía yo en un cuadro tan absolutamente macabro. Todo esto viene a cuento del cuadro mismo, que sigo considerando una de las obras cumbre del arte flamenco y que me recuerda también, inevitablemente, algo de lo que Alan Moore ha utilizado en sus historias de "SWAMP THING". Pero dejad que os hable del cuadro. Es grande, enorme, y representa exactamente lo que el título expresa, el triunfo de la muerte sobre todas las cosas terrenales. Todos, desde reyes a campesinos pasando por clero y comerciantes, todos medidos por un mismo rasero: el de su mortalidad.
La guadaña segará nuestras cabezas sin que la altura de nuestra cuna o la santidad de nuestras acciones tengan la menor importancia. Es un cuadro terrible, lleno de escenas macabras y feroces. Descarnados esqueletos matan y violan por doquier, ejércitos espectrales arrasan cuanto encuentran a su paso, el pánico y la muerte pintan de blanco los rostros. En el horizonte, incendios y desolación. Las entrañas de la tierra se abren para vomitar nuevas huestes infernales, las entrañas de los hombres son salvajemente arrancadas de sus cuerpos aún vivos. Y en una esquina, aparentemente ajenos al caos que les rodea, ignorados por el terror que arrasa el Mundo, una pareja de amantes se mira a lo ojos, ensimismados el uno en el otro. En el corazón mismo de la pesadilla, el amor sobrevive al desastre. Indiferente, tal vez puro y limpio. ¿No es un poco como esa relación de Abby con el monstruo del pantano, una relación que les aparta de la cotidiana tragedia, que les mantiene firmes ante la locura conjurada por el ubicuo Constantine (intrigante maestro de ceremonias), una relación capaz cuando se ve amenazada de sumergir en el caos a una ciudad entera?
Pero si hay un pintor que le va a Alan Moore como anillo al dedo es, definitivamente. El Bosco. Contemplo esos cuadros retorcidos y llenos de simbolismos y referencias y pienso cómo los guiones de Alan Moore son también así, cómo se entrelazan, extienden zarcillos, medran y profundizan en zonas cada vez más oscuras, sacando a la luz ocultas pesadillas y fantasmas largo tiempo olvidados. Mi amiga casi bruja y yo hemos mantenido largas conversaciones ante las tablas de El Bosco, hemos intentado analizar, descubrir, comprender donde otros miran con indiferencia. Todo inútil, claro. Su pintura es intelectual, alegórica, de símbolos. Está construida con referencias teológicas y morales de la época, disfrazadas siempre de costumbrismo o, en los casos más célebres ("El jardín de las delicias"), de grotesco onirismo. Un arte para leer entre líneas, por decirlo así, pero no con referentes actuales, de aquí y ahora. Tendríamos que ser para entenderlo hombres cultos de esos tiempos, y aún así nos costaría esfuerzo. Todo lo cual me lleva a los guiones de Alan Moore, que son también como enormes rompecabezas móviles cada una de cuyas piezas se nos revela importante en sí misma, pero importante también en la construcción de un todo que poco a poco va tomando forma ante nuestros ojos. Se me ocurre que toda la saga de Swamp Thing sería como un enorme tapiz del que Moore nos ha ido mostrando fragmentos, uno cada vez, ha dejado que nos construyamos una imagen mental a partir de todos esos datos que ha ido entrelazando con los hilos de la trama principal. Pero no es esa imagen nuestra la definitiva, la real, sino sólo una interpretación hecha con lo que hemos sido capaces de arrebatar a los oscuros enigmas entretejidos, Al final, sólo el demiurgo conocerá toda la historia, nadie podrá estar seguro de no haber pasado por alto algo que quizá cambiase por completo lo que creía haber entendido. Y todo sin caer en cripticismos, respetando siempre esa regla del juego esencial, la legibilidad, la linealidad, la claridad.
VI
Sorprende la capacidad literaria y fabuladora de Alan Moore. Revisando sus guiones (seguimos ceñidos a su trabajo en 'SWAMP THING") encontramos todo un rico cuerpo de referentes culturales (literatura, cine, pintura...), de recursos estilísticos (pasmosa la soltura con que utiliza distintos puntos de vista en el desarrollo de la acción sin que aparezca nunca el temible fantasma de lo artificioso), de prosa rica y segura, de ritmo. Sabe cómo contar una historia utilizando todos los recursos del hombre orquesta afinado, controlando todos los elementos con precisión matemática, dejándonos ver sólo lo que él quiere que veamos, pero sin ocultarnos nada. Además, sus historias no son simples parodias o excusas para lucimientos gráficos, son siempre disparos certeros y demoledores a esa parte de nuestra anatomía que nos obliga a pensar (a soñar, a veces). Y lo mejor es que Alan Moore habla siempre de gente normal, como la que podamos encontrarnos cualquier mañana en el metro, y la mueve entre las viñetas con naturalidad irritante, como si estuvieran todos más vivos que nosotros mismos. A veces, cuando termino de leer, me pregunto dónde podré encontrar a alguien tan humano como Abby o su verde amante, sólo para charlar y compartir neuras, ya me entendéis (eso mismo me pasa también con "LOVE AND ROCKETS", y con casi nada más, lo que no dice mucho en favor del panorama actual de los cómics).
VII
Todo convierte a Alan Moore en un elemento atípico dentro de) cómic anglosajón. Se le descubren al primer vistazo referencias literarias, musicales, cinematográficas, incluso políticas (no es un subdito feliz y sumiso de Ms. Thatcher quien escribió "The Nukeface papers", por ejemplo). Montones de referencias culturales. Por el contrario, no son muchos los tebeos que nos ofrezcan algo que no sean variaciones eternas sobre la misma vacía situación. Escribía en alguna parte nuestro muy sesudo coordinador que el nivel cultural de los guionistas yanquis suele ser lamentable en la mayoría de los casos. Son gente que se limita a escribir todo eso que de pequeñitos les hacía vibrar de emoción entre cocacola y cocacola. En un paisaje así de desolador, un tipo como Claremont, que parece que algo sí ha leído, el chico, despunta quizá más de lo que merecería en un contexto más normalizado. Y alguien como Moore merece, como mínimo, todo un movimiento religioso en torno suyo.
Por último, advertir que Goya y El Bosco no están aquí al azar, sino porque el propio Moore los cita conscientemente en episodios distintos de "SWAMP THING".
Francisco Naranjo
Publicado en la revista URICH nº8 Enero 1986
















