lunes, 3 de agosto de 2015

Un nuevo mundo ilustrado

 Ni novela gráfica ni libro infantil: el álbum se abre paso en el mercado con cuidadas ediciones que reivindican el arte de los ilustradores

JORGE MORLA 31 JUL 2015

Ilustración de Gabriel Pacheco para 'Moby Dick'.

Las cifras no son concretas porque el álbum ilustrado sigue, a efectos de estudio, englobado dentro de la categoría de infantil y juvenil. Sin embargo, el último informe del Observatorio de la Lectura del Ministerio de Cultura señalaba que “el álbum ilustrado está viviendo una época dorada”. No son libros para niños ni novelas gráficas, son relatos cosidos con ilustraciones. Ediciones cuidadas al máximo en las que la lectura es acompañada, guiada, por ilustradores que, lejos de limitarse a adornar un texto, lo complementan, mientras van ganando su propio espacio como creadores. Ocurre en casi todas las librerías, y cada vez con más frecuencia. Desde una cubierta, Caperucita Roja mira, con ojos enormes y verdes, cómo los negros arpones dibujados por Gabriel Pacheco trepanan las costillas de la blanca Moby Dick; junto a ellos, el Drácula imaginado por Bram Stoker y reinterpretado por el dibujante Fernando Vicente cruza una mirada con el santo Bebedor de Joseph Roth, encarnado en los carbones de Pablo Auladell.

El mundo editorial sucumbe al poder de la ilustración, del mismo modo que la propia palabra ilustrar sucumbe al poder de la polisemia. El diccionario de la RAE y sus definiciones de este verbo son una buena brújula para explorar el fenómeno:

Ilustrar: 1. tr. Dar luz al entendimiento. U. t. c. prnl.

Fue en Salamanca, en 1997, en un acto de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. “Allí unos cuantos editores acuñamos el término álbum ilustrado”, recuerda el editor Samuel Alonso. “También entonces certificamos la defunción de la ilustración en España. Los noventa habían sido años muy duros en ventas, pensábamos que el negocio no tenía futuro”, continúa, antes de encogerse de hombros. “Luego, todo mejoró poco a poco, hasta llegar al optimismo de hoy”. Alonso es editor de Libros del Zorro Rojo, sello independiente nacido en 2004 con el firme y sano propósito de reivindicar el libro ilustrado como espacio de experiencias estéticas y literarias propias. En 2011 ganó el Premio Nacional a la mejor labor editorial. “Ahora tenemos 170 títulos, 15 de ellos agotados. El ciclo de vida de un álbum ilustrado es distinto al de un libro; puede esperar en cualquier librería, porque no lo despacha la prisa por venderse”.


Ilustración de Agustín Comotto para 'La caída de la casa Usher', de Edgar Allan Poe.
Ediciones realizadas con mimo que llegan a los 2.000 y 3.000 ejemplares, que pueden esperar en un rincón, acechando, dispuestas a meterse por los ojos del lector cuando pasa por delante. Con esa mentalidad han surgido editoriales en torno al mundo ilustrado, mientras que otras ya formadas se han sumado al fenómeno. Chucherías de Arte, Gallo Nero, Lata de Sal, Impedimenta, Modernito Books, Reino de Cordelia, la Decadente, Tres Hormigas, Silonia, Edelvives… la lista sigue creciendo. Algunas de ellas trabajan también con textos propios, aunque no es la norma entre los álbumes. “En general, el nivel de los ilustradores en España es muy superior al de los escritores de libros ilustrados. Nosotros trabajamos solo con textos clásicos en gran medida por eso”, confiesa Diego Moreno, editor de Nórdica. Esta es una opinión generalizada en el sector. “España es una cantera estupenda de ilustradores, en cuanto a talento estamos a la cabeza de Europa. Los textos propios, es cierto, no están al nivel”, corrobora el editor de Zorro Rojo.

“De lo que no cabe duda es de que vivimos un momento ilustrado. El lector está educado en la imagen, y es imagen lo que demanda”, opina Santiago Tobón, de Sexto Piso, otra de las editoriales que ha participado de este auge, y que también obtuvo el Premio Nacional a la mejor editorial, en 2008.

2. tr. Aclarar un punto o materia con palabras, imágenes, o de otro modo.

Diego Moreno creó Nórdica Libros en 2006 y, dos años después, recibió el premio a mejor labor editorial. En su caso, al contrario que en Libros del Zorro Rojo, el crecimiento hacia la ilustración fue paulatino.


Ilustración de Fernando Vicente para 'Drácula' (Reino de Cordelia).
“En principio, el álbum ilustrado era una de las tres patas que formaban Nórdica (junto con la literatura nórdica propiamente dicha y la colección Otras latitudes, que edita textos descatalogados de literatura universal). Ahora representa el 40% del volumen de venta de la editorial, forma parte indisoluble de nuestra marca y nos hace reconocibles”, aclara. “Es un orgullo que, por ejemplo, en la Feria del Libro de Madrid, nuestro trabajo compita con las novedades más importantes”. Como muestra un botón: el último domingo de la Feria, diez ilustradores firmaban ejemplares en la caseta de Nórdica rodeados de lectores. También de cámaras de televisión de los principales informativos. “La visibilidad que ha ganado el sector es enorme, y su repercusión, cada día mayor”.

Un lapicero amarillo con pies y manos negras se paseaba por la pantalla del ordenador, y de su portafolio sacaba una lista de nombres. Esa era la portada de Ilustrísimos, un directorio digital de ilustradores españoles que el Ministerio de Cultura elaboró en 2005 con motivo de la Feria del Libro Infantil de Bolonia. “Así hicimos nuestros primeros contactos en Nórdica”, recuerda Moreno. “Cogimos aquel catálogo y nos pusimos a marcar números”. Así de fácil. Ana Juan, Ajubel, Isidro Ferrer, Arnal Ballester o Max son solo algunos de los 73 nombres que aparecían allí. Muchos de ellos se han alzado con el Premio Nacional de Ilustración desde entonces.

3. tr. Adornar un impreso con láminas o grabados alusivos al texto.

Uno de los viñetistas de habla hispana con más renombre acaba de ilustrar Crímenes ejemplares, de Max Aub. “Este encargo me llegó en un momento en el que no aceptaba trabajos, estaba saturado”, cuenta Ricardo Siri, Liniers (Buenos Aires, 1973). “Libros del Zorro Rojo me convenció porque me transmitió la ilusión de hacer la mejor versión posible del texto, creo que esa es la clave del éxito de los libros ilustrados. Y también hay algo muy importante para mí”, añade. “Y es que esta gente son unos auténticos fanáticos de las cosas lindas”.

¿Es este un movimiento a contracorriente? “Pasamos del e-book al libro-objeto. Eso dota al álbum ilustrado de una dignidad que a la gente le interesa mucho, son objetos preciosos, editados con mimo y mucho respeto”, señala el editor de Nórdica. Todo por atrapar esa magia que tienen las cosas únicas, por revalorizar algo que se puede oler y tocar. Liniers llegó, incluso, a dibujar una a una las 5.000 portadas de uno de sus trabajos en Argentina. “Al final se trata de convencer al lector de que entre sus manos tiene algo especial. Y, como ilustrador, quieres hacer cosas distintas”. Porque también, en paralelo a cómo se revalorizan los libros como objeto, los propios ilustradores dejan la segunda línea y van ganando en presencia y peso.


Ilustración de Jorge González para Memorias del subsuelo, de Dostoievski.


4. tr. Hacer ilustre a alguien o algo. U. t. c. prnl.

Junto a esa cosecha ya consagrada de Ilustrísimos, una nueva generación de ilustradores se abre camino ahora, una generación que también se ha exhibido en las redes sociales e Internet, nuevo caladero de talento para las editoriales.

Kike de la Rubia (Madrid, 1980) estuvo en la Feria del Libro cinco días firmando, siempre con gente interesada en su trabajo. Su primer álbum lo publicó en 2012 Nórdica, ilustrando un poemario de Emily Dickinson. Ahora el libro va por la séptima edición. Para él, hay dos factores que explican el fenómeno del álbum ilustrado: “Por un lado está la cultura visual en la que los nuevos lectores llegan formados, que hace que las cosas entren por los ojos”, comenta. “También el propio trabajo del autor. Cada vez se tiene más la concepción del ilustrador como creador, se le reconoce y se le busca”, admite. Este año ha vuelto a poner su arte al servicio de la poesía, ilustrando La extensión de mi cuerpo, de Walt Whitman, también en Nórdica.

“Es necesario contrarrestar la inmediatez. Reivindicar el libro como obra unitaria y preciosa tiene también una parte que me gusta menos, y es que quizá ya no se puede atraer al lector solo con el texto, y hay que ofrecerle más”, reflexiona De la Rubia. Pero las oscuras implicaciones que esboza con esta teoría las diluye pronto en una afirmación optimista. “En realidad es algo maravilloso, porque muchos compran por los ojos y luego se quedan a vivir en la literatura. Si es así, si mi trabajo llama la atención en una librería y a través de él un lector descubre a Dickinson, yo me doy por satisfecho”.

5. tr. Instruir, civilizar. U. t. c. prnl.

“Hace siete años, cuando la gente oía hablar de ilustración decía: ¿ilustración? Ah, los libros esos para niños”, cuenta Sabela Mendoza, directora de Ilustratour, el festival sobre ilustración que, tras siete años en Valladolid, se celebró la pasada semana en el Matadero de Madrid, y que contó con la participación de 50 editoriales y 30 artistas invitados del calibre de Liniers, William Grill, Ana Ventura o Aitor Sarabia, que impartieron talleres y clases magistrales.


Ilustración de Luis Scafati para 'El castillo' de Kafka (Sexto Piso).

Este año, en el marco del festival se celebró un seminario cuyo nombre ilustra bastante bien la situación actual: Entre el boom y el crash. “Es cierto que el fenómeno del libro ilustrado está creciendo, que cada vez hay más ojos puestos sobre esto, y que hay una explosión en la creatividad de los ilustradores; pero también es cierto que la profesionalización no se está dando al mismo nivel, que todavía cuesta mucho vivir de esto, que los creadores, excepto casos muy contados, se sacrifican demasiado”, reflexiona Mendoza, sentada entre los puestos del mercado de la ilustración montado en el Matadero, rodeada por cientos de portadas.

“Por eso es importante algo como lo que nosotros intentamos en Ilustratour. Un punto de visibilización, pero también de encuentro, en el que las diferentes editoriales se conozcan, los ilustradores hablen… que se cree una industria, que es lo que hace falta”.

6. tr. Rel. Dicho de Dios: Alumbrar interiormente a las criaturas con luz sobrenatural.

Teresa Durán (Barcelona, 1949), además de escritora e ilustradora con más de 100 libros a sus espaldas, es profesora de Educación Visual y Plástica de la Universidad de Barcelona, y da una visión global, casi antropológica, del fenómeno: “Cuando miramos la historia de la literatura vemos un punto de inflexión muy importante: el momento en que se pasa de lo oral a lo escrito”, relata. “En ese momento se pierde la interpretación que el orador hacía del cuento, su propia pátina personal, porque el texto quedaba anclado en su forma escrita. Por eso es tan estimulante el mundo de la ilustración, porque esa interpretación se recupera. El texto pierde sus corsés y se reinventa”.

No escatima Durán en elogios hacia el trabajo del ilustrador. “El ilustrador tiene una característica maravillosa, y es que ejerce de primer lector. Es el más atento”, cuenta. “Cumple la misma función que un director teatral, que se ocupa de la puesta en escena de un texto escrito por otro. En un álbum ilustrado, cada brochazo, cada pincelada son su particular atrezo”.

Kafka, Dostoievski, Milton o Melville, expresados ya no solo en palabras, sino en formas; rojos, amarillos y azules que se unen al negro de cada letra. Clásicos de la literatura que han encontrado, si no réplicas, al menos compañeros de viaje que llevar de la mano en la más titánica de las tareas: la de llegar al lector.

“Al final somos como los escritores. Hay un ilustrador para cada lector”, apostilla De la Rubia. “Y cuando ese lector te encuentra, se queda contigo”.


Ilustración de Kike de la Rubia para 'La extensión de mi cuerpo', de Walt Whitman'.



Trazos clásicos

El señor de las moscas, de William Golding, ilustrado por Jorge González (Libros del Zorro Rojo, 2014).

Moby Dick, de Herman Melville, ilustrado por Gabriel Pacheco (Sexto Piso, 2014).

La extensión de mi cuerpo, de Walt Whitman, ilustrado por Kike de la Rubia (Nórdica, 2015).

Los diarios de Adán y Eva, de Mark Twain, ilustrado por Sara Morante (Impedimenta, 2015).

Drácula, de Bram Stoker, ilustrado por Fernando Vicente (Reino de Cordelia, 2014).


 El Pais Babelia nº1.236  01.08.15


La moda pinta más que nunca

 La ilustración vive una nueva edad de oro. Pero, paradójicamente, el regreso a lo artesanal, trazo a trazo, encuentra su mejor escaparate en las redes sociales.

ANA FERNÁNDEZ ABAD 02 DE AGOSTO

Obra de Katie Rodgers.
Foto: Katie Rodgers

Tinta, una libreta en blanco y mucha capacidad de observación. Con estos elementos, el británico David Downton (@daviddownton) puso por primera vez un pie, hace 19 años, en la semana de la moda de París. El dominical del Financial Times le había encargado captar su efervescencia: los desfiles, el backstage, las fiestas, las modelos. «De pequeños, todos dibujamos. Muchos niños dejan de hacerlo cuando encuentran otros entretenimientos, pero si no paras entonces, no lo dejas nunca», afirma Downton, quien ha realizado trabajos para The New York Times, Vanity Fair o Harper’s Bazaar. «Todo empieza con el trazo; lograr que llegue al mundo es la siguiente fase de la evolución de la obra. Para conseguirlo, hoy mandan las redes sociales y las colaboraciones con diseñadores», sostiene para justificar el regreso de la moda a la ilustración. «Es un hecho que esta disciplina se encuentra ahora en un momento álgido. Vivimos un renacer de la creatividad que había desaparecido en décadas anteriores», confirma Roser Masip, directora del posgrado de Ilustración de Moda de la Universidad de Barcelona.


Robert Tirado da clases de Ilustración en el IED Madrid.
Foto: Robert Tirado

Donald Robertson, con su cuenta @drawbertson en Instagram; Carly Kuhn (@thecartorialist); Blair Breitenstein (@blairz); o Katie Rodgers (@paperfashion) encarnan la fuerza del tirón de Internet. Gracias a su popularidad y a sus seguidores, transforman sus bocetos en encargos y colaboraciones con revistas y marcas. La estadounidense Rodgers, quien ha trabajado para Balenciaga o Elie Saab, confiesa que se hizo «adicta a las acuarelas» a los siete años. Cree que el renacer del dibujo se debe a que «la gente en la actualidad quiere ver el toque humano, artístico e imperfecto, en un sector saturado de fotos demasiado perfectas». Volver al trazo, pero con el poder difusor de los likes. «¿Imaginas que Picasso o Miguel Ángel hubieran tenido Instagram?», pregunta mientras recalca «el poder de combinar lo artesano con lo digital, que es fascinante, porque el mundo entero puede verlo al instante».

«En entornos en los que todo se ha masificado y automatizado a ritmo frenético, hay quienes echan de menos el alma y la exclusividad del trabajo hecho a mano, la calidez de la obra exclusiva», reflexiona Robert Tirado, profesor de Ilustración de Moda en el IED Madrid. Como Rodgers, Tirado aboga por «encontrar un equilibrio entre la versatilidad de lo digital y la singularidad de las técnicas tradicionales».


Zapatos de Louboutin, vistos por Katie Rodgers, conocida como Paper Fashion.
Foto: Louboutin

Lo que cuentan los bocetos. Marcus Kan (@mistermkan) ejemplifica el maridaje de ambos mundos. Consciente del alcance de los nuevos medios de comunicación, creó en 2012 Draw a Dot, una plataforma online de ilustradores que organiza convocatorias abiertas en Instagram (denominadas Open Calls) junto a distintas marcas –de Giambattista Valli a Dolce & Gabbana o Valentino– para que dibujantes de todo el mundo den su visión de los productos de las firmas en la Red. «En cierto modo, estos trabajos se convierten en parte de la historia de la moda y pueden servir de referencia para la industria», comenta Kan. En los certámenes de Draw a Dot, añade, «se ven nuevas propuestas muy refrescantes y creativas, totalmente diferentes a lo que se hacía en los 80». Pero ¿qué hay que tener para destacar? El secreto de una buena propuesta gráfica, en su opinión, reside en que «debe contar una historia y conseguir que la gente se identifique con lo que está viendo». Esa capacidad narrativa en cuatro pinceladas es lo que codician las firmas y lo que ha llevado a la canadiense afincada en Nueva York Meagan Morrison (meaganmorrison.com, @travelwithdraw) a recibir encargos de Calvin Klein o Rebecca Minkoff. Comenzó garabateando las anécdotas de sus viajes; luego se centró en accesorios y ropa. Gracias a su fama en las redes, las marcas comenzaron a llamarla. «Fue un proceso de lo más natural. La primera colaboración la hice con Emporio Armani hace un año y medio. Ellos siempre buscan trabajar con artistas que reflejen su estética y que tengan una audiencia asegurada», indica Morrison.


Marcus Kan es el creador de Draw a Dot. En sus Open Calls de Instagram propone crear campañas con ilustraciones para distintas marcas, de Valentino (imagen superior) a Giambattista Valli. Su hashtag es #drawadot.
Foto: Marcus Kan

Otra historia de casualidades y fortuna es la de Tiffany Cooper (@tiffanycooper), la ilustradora de cabecera de Karl Lagerfeld y su inseparable gato Choupette. Un estilo muy simple y mucho humor identifican sus obras. «Le mandé una carta a Karl con unos dibujos que había hecho de él un año antes y le sugerí que creáramos algo juntos. Me invitó a colaborar en una colección cápsula y diseñé una serie de falsos pósteres de películas llamada Karlywood. Acabo de terminar una novela gráfica sobre su vida y en septiembre lanzaremos algo nuevo», relata la francesa.

Una larga historia en común. Con un estilo totalmente opuesto al de Cooper –cuellos largos y figuras estilizadas, definidas por contornos irregulares en negro, son su seña de identidad–, Megan Hess (@meganhess_official) también sabe cómo ganarse a público y anunciantes. «Para ser un buen ilustrador de moda hay que conseguir que quien lo vea quiera ser la chica que sale en la viñeta», sostiene. La carrera de esta australiana despegó al diseñar la portada del primer libro de Sexo en Nueva York; ahora figuran entre sus clientes Chanel, Dior, Tiffany & Co. o Cartier. Además, ha sido una de las seis creadoras elegidas para dar vida a base de líneas y color a Prada Raw Avenue, la última campaña de las gafas de la firma italiana.


Megan Hess ha documentado las semanas de la moda en sus dibujos y trabajado con Dior o Tiffany & Co. Robert Tirado (a la izquierda) da clases de Ilustración en el IED Madrid.
Foto: Megan Hess

Hess no entiende la moda sin la ilustración: «Siempre han ido juntas. Al principio, todos los modelos se dibujaban a mano y hoy en día continúa siendo una gran vía de expresión. Lo maravilloso es que sobre el papel las piezas pueden ser más exageradas y es posible darles más emoción que a sus homólogas de la vida real». En la muestra New for Now, que hasta el 27 de septiembre puede visitarse en el Rijksmuseum de Ámsterdam, se aprecia la evolución de esta relación. Allí se explica el origen de las revistas de moda a través de 300 estampas publicadas en las mismas entre el año 1600 y principios del siglo XX: desde los imposibles tocados con plumas, flores y lazos franceses de 1790 a los trajes de noche que el taller de Doeuillet diseñaba en 1920, reseñados en la Gazette du Bon Ton, biblia de lo trendy entre 1912 y 1925. Georges Barbier, Raoul Dufy o Georges Lepape son algunos de los expertos del trazo que retrataron los cambios en el gusto femenino a principios del siglo XX.

En España, esta disciplina empezó a valorarse en el XIX. «Hacia 1830 se vieron aquí las primeras revistas especializadas en protocolo y saber estar, que incluían los figurines. Estas imágenes informaban, porque no había tanta fotografía, y en 1925, con el art déco, se hicieron muy populares. Después, entre 1945 y 1950, hubo una crisis y este formato casi desaparece. En los años 80 se recupera para mostrar el estilo de vida y actualmente existe mucha libertad y variedad de técnicas», resume Marta Riera, autora del libro 200 años de ilustración en España (Comanegra).

David Downton, uno de los maestros de la ilustración de moda, destaca la importancia de las redes para difundir su trabajo.
Foto: David Downton

Debido a esa libertad, las herramientas cobran especial importancia en la creación, como explica el español Arturo Elena (@arturoelena_official): «Yo sigo trabajando con rotuladores sobre cartulina para hacer mis figuras. La ilustración tradicional no desaparecerá nunca. Para mí no es lo mismo un dibujo hecho a mano que uno terminado por una máquina». La londinense Sonya Parra (@sonyaparra), sin embargo, ha lanzado su carrera gracias a una tableta: logró el patrocinio de una firma tecnológica para retratar en vivo la última semana de la moda de Londres y su destreza ya se ha traducido en negocio: «Pronto lanzaré una línea de ropa que ha surgido por las peticiones de mis seguidores», anuncia con emoción, constatando la pujanza del estilo de vida ilustrado.

Blair Breitenstein es una de las seis ilustradoras seleccionadas para la nueva campaña de gafas de Prada Raw Avenue.
Foto: Blair Breitenstein






BOCETOS DE UNA HISTORIA
Marta Riera analiza la evolución del dibujo de moda en España: "En 1658 se publican los primeros y en 1945 se vive una crisis por el auge de la fotos".


Desde el origen
Suzy Menkes inauguró la exposición New for Now, (en el Rijksmuseum hasta el 27 de septiembre). La muestra repasa los orígenes de la ilustración de moda, con dibujos de las primeras revistas especializadas.




El Pais Revista Smoda núm. 202 1 de agosto de 2015

Marta Alonso Berná: La portavoz de los excéntricos


'Recuerdos de Perrito de Mierda' fue el asombroso primer álbum de Marta Alonso Berná, que un buen día cambió la informática y el arte conceptual por el cómic



Dibujo de Marta Alonso Berná para la serie 'Viñetas al sol'.

Marta Alonso Berná (Barcelona, 1971) es, de momento, autora de un solo cómic. Pero es probable que se trate de la dibujante que más libros ha firmado para perros.

Aunque las mascotas no guardan cola, tienen unos dueños obsequiosos que se ocupan de hacerlo por ellas. “Me llevan las fotos para que les dibuje y les dedique el libro a Chuchi o comoquiera que se llame el perro”, relata divertida. Marta Alonso Berná es la autora de Recuerdos de Perrito de Mierda (Dibbuks, 2014), surreal, naíf, hilarante y tierno cómic, que lleva de la carcajada a la mueca pasando por la sonrisa. Los protagonistas de esta tragicomedia son una catedrática de Filosofía llamada María Fuencisla, que escribe ensayos sobre “la percepción nonagenaria de la realidad”, y un chihuahua epicúreo llamado Sartre II. Y hasta aquí debemos leer.

El álbum es la respuesta que la autora se dio a sí misma. “Un día mientras iba por la plaza de San Ildefonso vi a una señora con una bolsa de la compra muy grande y un perrito muy pequeño, y me pregunté qué pasaría si aquella bolsa grande caía sobre aquel perrito pequeño”. Dibujó una historieta corta y ganó un premio. Luego hizo otra entrega y ganó otro. Y así, entre capítulos entrecortados y premios animosos, fue desenvolviendo una historia que, cuando de verdad tomó forma, fue a partir del nacimiento de su hija Leah en 2011. Un día que a la pequeña le preguntaron a qué se dedicaba su madre, balbuceó con paradójica claridad:
—A perrito de mierda.

Se desconoce cómo encajó la revelación el interlocutor de Olmedo. Porque entonces la creadora se había mudado a la pequeña localidad (menos de 4.000 habitantes) de Valladolid, una parada exótica en la ruta que hasta entonces se había trazado por Berlín, Angulema, Madrid o Nueva York. Convengamos que elegir como protagonistas a un chucho —por más pedigrí que tenga— y una viuda —por mucha filosofía que maneje— resulta una excentricidad en estos tiempos. No parece que a Alonso Berná, que renunció a continuar una carrera en el mundo del arte conceptual —ha expuesto en Nueva York, Berlín, Madrid y Curitiba, entre otros lugares— y en la animación —a pesar del reconocimiento que obtuvo con sus primeros cortos—, le intimiden los seres raros, los giros biográficos o las tramas inverosímiles.

Su próximo cómic, Bárbara Maravilla, mantiene la onda: una mujer que se acerca los 40, que vive con sus padres, que trabaja como ingeniera informática y que es tímida hasta la tara, recibe de pronto un superpoder que pondrá su realidad patas arriba. “Está inspirado en alguien que conocí, que no se relacionaba con nadie y sólo salía de su casa para trabajar. Al final si no te relacionas con nadie desarrollas una forma de independencia, un tanto enfermiza, pero independencia”, reflexiona por teléfono. “En la cultura faltan mucho las voces de las mujeres, yo he conocido a muchas que me han llamado la atención por su independencia y que apenas están representadas”, añade.

María Fuencisla la filósofa lo es, aunque su estética convencional invite a confundirla con una atareada ama de casa sin más pasado que la vida doméstica. Tampoco la historietista se resigna a circular por un carril predeterminado por la vida. Quería hacer Bellas Artes y la rechazaron. Así que lo consiguió en su segunda intentona. Estudió Ingeniería Informática. Fue programadora sin convicción. Tanteó luego el mundo de la animación después de hacer un máster en Angulema. Expuso sus creaciones en galerías internacionales. Recibió algunos premios por sus cortometrajes (Papou&Horacious, Why me, Why not you?) pero había algo que tenía que ver con la independencia que la desató definitivamente del mundo audiovisual. “Soy muy autora, y muy reticente a formar parte de una gran cadena. En el mundo de la animación vi que podía ser una pieza del engranaje, pero que no podía controlar todo el proceso ni el resultado”.

Nomadismo en cuerpo y alma

Marta Alonso Berná tiene espíritu nómada. Ha vivido en Angulema, Berlín, Nueva York y ahora se debate entre seguir en Olmedo (Valladolid) o trasladarse a Bristol. Las mudanzas también afectan a lo profesional. Estudió Ingeniería Informática y animación por ordenador. A pesar de que sus cortos recibieron premios, no acabó de convencerle una actividad donde solo era parte de una cadena y no dueña total de la obra. En 2010 se licenció en Bellas Artes. Intenta vivir del cómic y del dibujo. En 2013 participó en el libro colectivo ‘Nueve preguntas’ (Dibbuks) y, un año después, publicó ‘Recuerdos de Perrito de Mierda’ (Dibbuks).


El Pais Revista de Verano domingo 19 julio 2015


jueves, 30 de julio de 2015

Javier de Isusi



TEREIXA CONSTENLA 27 JUL 2015

Ilustración de Javier de Isusi para la serie Viñetas al sol.


El día que pudo elegir entre emprender un viaje incierto a cualquier parte y el camino (algo más) seguro de un arquitecto, escogió lo primero. Javier de Isusi (Bilbao, 1972) acabó Arquitectura, trabajó cuatro meses en un estudio donde se entusiasmaron con él y donde renunció a continuar. Hizo un petate y se fue a México, a ver a sus padres, en primer lugar, y a los zapatistas a continuación. Luego a Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y unos cuantos países más hasta llegar a Brasil. Invirtió un año en el puro placer de vagar de país en país. “Cada sitio me iba llevando al siguiente. El camino fue surgiendo, fue distinto al que tenía en mi cabeza cuando empecé”, recuerda ahora, 15 años después, desde el pequeño pueblo de Cáceres donde vive junto a la ilustradora Leticia Ruifernández y sus tres hijos.

En aquel vagabundeo, De Isusi encontró la fuerza necesaria para darse a sí mismo la oportunidad de hacer lo que quería —narraciones y dibujos: arte secuencial— y, de paso, capturó las historias. “En ese viaje pensé que siempre tendría la puerta abierta de la arquitectura, pero que antes tenía que intentarlo con el cómic”. A la vuelta publicó una tetralogía en blanco y negro, Los viajes de Juan Sin Tierra (Astiberri), donde aprovecha sus experiencias en la aldea zapatista de La Realidad (La pipa de Marcos), la isla nicaragüense Ometepe, donde escribe el guion de La isla de Nunca Jamás, en el Ecuador amazónico (Río Loco) y en Brasil (En la tierra de los Sin Tierra). Durante su periplo conoció al argentino Luciano Saracino, con quien ha firmado otros títulos. Un viaje fecundo, similar al del escritor Jorge Carrión, que mientras rondaba por el mundo se le iban desvelando las novelas que escribiría al volver a la tierra firme de la rutina. “Mi vida”, asiente De Isusi, “cambió un montón”. Sus novelas gráficas tuvieron una gran acogida, incluso exterior (se ha traducido a varios idiomas) y le afianzó en su decisión. “Yo doy un pasito y luego otro. No sé si lo dejaré en cinco años o no, pero seguiré contando historias. Soy un contador de historias”.

La última que ha contado, He visto ballenas (Astiberri), fue una de las primeras incursiones del cómic español en el conflicto vasco, sus desgarros y la vida después de la violencia. “Uno de mis objetivos era que pudiera leerlo gente de sensibilidades opuestas. A gente con familiares en la cárcel y a gente que ha vivido con escoltas les ha gustado muchísimo y esa es una de las mayores satisfacciones que he tenido”, cuenta. Gracias a este álbum fue el único español que compitió en el Festival Internacional de Angulema de 2015 por el premio a la mejor obra. No se le ha subido a la cabeza. “Los autores de cómic somos unos francotiradores locos. Un dibujante de cómic está más cerca de un artesano que de un artista, es un fabricante de historias”.


El Pais domingo 26.07.15



Las legiones sufren una barbaridad en el bosque


En Teutoburgo, en la actual Baja Sajonia alemana, las tribus germanas frenan con hierro la expansión de Roma y aniquilan tres legiones gracias a una emboscada perfecta

JACINTO ANTÓN 25 JUL 2015



'Furor teutonicus'(1899). La batalla de Teutoburgo vista por el artista serbio Paja Jovanovic.

Cuando estoy muy mal y todo se desmorona alrededor cojo mi espada y me voy al bosque. La espada es una réplica perfecta de un gladio romano, el arma básica del legionario. Me la regaló Daniel Fernández, el editor de Edhasa, que no en balde publica a Lindsey Davis y a Simon Scarrow entre otros autores de novelas sobre la antigua Roma. Es una herramienta mortal, pensada para acuchillar más que para dar tajos. La extraigo de su vaina de cuero teñido de rojo y la sopeso en la mano notando en la palma los relieves del mango de hueso. Apuntando la hoja hacia los árboles y los arbustos y girando sobre mí mismo trato de imaginar cómo se sentían los soldados de Varo en el bosque de Teutoburgo, rodeados por los germanos que se aprestaban a matarlos con sus largas frámeas.

Teutoburgo: una de las grandes derrotas de Roma, tres legiones aniquiladas (XVII, XVIII y XIX) junto con sus tropas auxiliares (20.000 efectivos), las águilas —los sagrados estandartes— perdidos, el emperador Augusto golpeándose la cabeza contra los muros de palacio gritando como un poseso: “Quintili Vare, legiones redde!” (“Quintilio Varo, devuélveme mis legiones”), una reclamación injusta pues lo más que pudo devolver el comandante fue su propia cabeza enviada a Roma por Maraboduus, rey de los marcomanos, al que se la había regalado el vencedor de la batalla, el querusco Arminio, y que no debía saber muy bien dónde ponerla.

Anacronismo
 En un anacronismo impropio —pues son de 170 años después—, mientras las sombras se ciernen y vuelan como venablos los chotacabras, recito armado en el bosque las frases del general Máximo Décimo Meridio, de Gladiator, comandante de los ejércitos del norte: “Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad, “No nos ocurre nada que no estemos preparados para soportar”, “Fuerza y honor”. Todo eso no soluciona los problemas, pero los relativiza, un poco, porque por mal que te vayan las cosas, peor les fueron a los legionarios de Varo.

El inolvidable arranque de Gladiator, junto con algunas escenas iniciales también de La caída del imperio romano, son lo mejor que tenemos para visualizar la lucha de Roma contra los bárbaros germanos. En ambos casos se trata de la guerras marcomanas de Marco Aurelio y no la que nos ocupa, muy anterior como he señalado, pero es que curiosamente no existe aún un filme memorable sobre la batalla de Teutoburgo. Esas imágenes de los germanos aullantes emergiendo de los bosques y lanzándose salvajemente sobre el orden de las cohortes a fin de desbaratarlas a base de fuerza bruta tienen una fuerte carga psicológica. Para los hombres de Varo fueron mucho más: la última visión antes de perecer. Eso los que tuvieron suerte. A los prisioneros, excepto algunos vendidos como esclavos, se los sacrificó de maneras atroces a los dioses germanos como Donar, que para eso eran poco sutiles. Las fuentes nos dicen que a algunos se los quemó vivos en cestas o hirvió en potes. Tácito menciona los altares en los bosques, “tristes lugares de aspecto y memoria siniestros”, donde se inmoló a los tribunos y centuriones, y que había cabezas clavadas en el tronco de los árboles.

Como sucede con todas las grandes batallas, la de Teutoburgo (en Kalkriese, Baja Sajonia) no es sencilla de explicar en toda su extensión. Una versión la presenta como una rápida masacre, con las legiones desarticuladas al llevarlas a un terreno donde no podían desplegarse efectivamente y los romanos convertidos en una masa desordenada y aterrada mientras los germanos los aniquilaban en una gran emboscada. Otra, más acorde con lo que debió pasar, nos ofrece una destrucción progresiva del ejército, una columna de 15 kilómetros, a lo largo de cuatro días en los que las legiones iban desangrándose y desintegrándose en pequeñas unidades, dejando atrás el bagaje y los heridos, culminando el 11 de septiembre (¡hay que ver cuantas cosas pasan esa fecha!) en una degollina final.

Desastre
Ambas versiones coinciden en que el desastre fue total y fruto de la brillante (y artera) mente de Arminio, noble querusco que había sido educado en Roma y a la sazón mandaba la caballería auxiliar de Varo mientras preparaba la trampa. El supuesto amigo germano planificó desde dentro la destrucción de las legiones: sabía cómo reaccionarían los romanos, en cada momento, los cegó al encargarse él mismo de las tareas de reconocimiento del terreno y logró que las tribus lucharan disciplinada y homogéneamente, ateniéndose a la estrategia diseñada. Arminio cambió la ruta de Varo —de regreso a sus cuarteles de invierno tras la campaña de verano por el Barbaricum que consistía básicamente en un imperial marcar paquete— inventando una pequeña revuelta que el comandante romano decidió sofocar. Atrajo así a las legiones a parajes donde quedaban imposibilitadas de marchar ordenadamente y maniobrar y las fue castigando concienzudamente con ataques que las iban diezmando en un verdadero vía crucis sembrado de cadáveres, miembros cortados y vísceras desparramadas. Además llovía.

En un punto de la extensa geografía de la batalla —la Killing zone, como la llama gráficamente Peter S. Wells en The battle that stopped Rome—, donde el paso se volvía estrecho entre las montañas y los pantanos, hizo levantar un terraplén, un cuello de botella artificial, para encajonar aún más a los legionarios y hostigarlos desde lo alto. La lucha en ese sector fue uno de los puntos culminantes de la batalla.

Varo, un hombre antipático que solía crucificar a los rebeldes, no estuvo a la altura; del reto hizo oídos sordos a los indicios de traición. A media batalla decidió matarse arrojándose sobre su espada como habían hecho su padre y su abuelo (hay que ver cómo pesa la familia). Veleyo Patérculo lo juzga sumariamente: “Tuvo más coraje para morir que para la lucha”. Los legionarios lo incineraron a medias —no estaba el ambiente para sutilezas— y lo enterraron, pero luego Arminio lo hizo desenterrar y decapitar.

Alemania hubiera sido muy distinta

Teutoburgo no fue el peor desastre de las legiones -compiten en esa categoría Cannas, Carras y Adrianópolis (todas dignas de esta serie), pero fue la batalla que detuvo a Roma en el Rhin e impidió la incorporación plena de Germania al mundo romano. Tras el desastre de Varo y las turbulencias que le siguieron, los romanos abandonaron los planes de llevar su frontera noreste hasta el Elba y convertirlo en el límite de su civilización creando la provincia de Germania Magna. Resultaba demasiado costoso. Y eran otros tiempos: Hispania también había sido difícil de conquistar, con muchas guerras y revueltas, pero la República alentaba más la pugna de los cónsules -un cargo provisional- por conseguir nuevas provincias que la nueva formulación imperial unipersonal de Augusto y sus omnímodos sucesores. En todo caso lo más relevante es que de no haber sido por Arminio y su victoria en el bosque de Teutoburgo -convertidos ambos en iconos nacionalistas con un eco siniestro en la época nazi-, los alemanes seguramente hablarían hoy un idioma latino y quizá su cultura no hubiera dado un Kant, un Bach, un Goethe, pero tampoco un Bismarck ni un Hitler. Ni una Merkel. Una Alemania romanizada difícilmente hubiera desatado dos guerras mundiales y el Holocausto y sin duda entendería mucho mejor a los griegos.

El Pais, revista de verano, Una de batallas 26 de junio de 2015


Neil Gaiman, padre de 1.001 mundos


Estrella de los libros, autor de películas y tebeos, busca conquistar las series de televisión

ÁNGEL LUIS SUCASAS Madrid 26 JUL 2015
El escritor Neil Gaiman en Madrid. / LUIS SEVILLANO

Cambió a su padre por dos peces de colores. Se enfrentó a Grendel y el dragón del Beowulf. Se tomó a pecho aquello que escribió Pat Ballard para las Chordettes: “Mister Sandman, bring me a dream”. Hizo dueto con Terry Prachett para narrar el fin del mundo sin perder la sonrisa. Sumergió la mano en hielo para aguantar las 4.000 firmas por día de su última gira. Y ahora su incansable pluma se encuentra trabajando en su primera gran serie de televisión. La adaptación para Starz (los de Spartacus) de American gods, su visión de una América en la que los dioses de todas las civilizaciones que enhebran la madeja de Estados Unidos sufren la ignorancia de sus antiguos siervos.


Neil Gaiman (Port Chester, 1960) no para. Ni quiere. Ni siquiera abordo de un tren se toma un respiro. No es para menos. Después de 25 años ha vuelto a su Sandman, la novela gráfica que lo convirtió en leyenda en los 90 y que según la MTV ha pasado ya de los 30 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. Ahora, cuando solo queda un número para que Sandman Obertura (ECC Ediciones) llega a su fin, Gaiman arquea la ceja ante la pregunta inevitable: “¿Cuándo llegará?”. “Cuando esté acabado”.

A Gaiman no le gusta que le metan prisas. Menos escribiendo. Porque lo suyo es crear “icebergs”. “Mis historias son así. Solo se les ve la cumbre. Pero hay mucho más bajo las aguas”. Tanto hay que le da para ser padre de mil mundos por todas las sendas imaginables. Videojuegos (Wayward manor), cómics (Sandman, Orquídea negra), novelas (El océano al final del camino), libros infantiles (El galáctico, pirático y alienígena viaje de mi padre) y también películas (Coraline, Beowulf). Suma más de 40 millones de libros vendidos en el mundo —según el blog de literatura fantástica Wertzone que lleva cuenta de los autores más vendidos de la historia en este género— y fue autor número 1 de la lista de best seller de The New York Times con varias de sus novelas.


Gaiman ha servido de inspiración a innumerables artistas, como Charles Vess, que ilustró su cuento de hadas 'Stardust'.

Pero su gran bombazo ha sido volver a Sandman. Su precuela, Obertura, completa en los huecos de este tebeo que presenta las cuitas shakesperianas de siete hermanos, Los Eternos: Destino, Muerte, Desespero, Deseo, Destrucción, Delirio y el protagonista, Sueño. “Siempre me llamó la atención que nadie se preguntara por sus padres. En Obertura contaré quiénes son”. Nada menos que dos dioses griegos: Nix, deidad de la noche a la que hasta Zeus temía, según contó Homero. Y Cronos, el Saturno que devora a sus hijos en la obra maestra de Goya.

Narrar le viene a Gaiman de familia. “Mi madre no era muy buena contando historias, pero recuerdo leer con ella libros con ilustraciones, como La Sirenita. Mi padre sí podía inventarlas. Y mi abuelo. Las de mi padre eran sobre ardillitas que vivían al otro lado de la ventana. Las de mi abuelo, sobre un elefante”. Los otros grandes cocineros de historias para Gaiman fueron los libreros, auténticos guardianes de los tesoros de su niñez. “Recuerdo lo grande que fue para mí el préstamo interbibliotecario. De pronto descubrí que no solo tenía que conformarme con los libros que allí había, sino que podía pedir cualquier otro libro”. Y no paró de aprovecharlo. C.S. Lewis, J.R.R. Tolkien, Borges, Lewis Carroll… Y por supuesto, tebeos. Especialmente los de Batman, del que acabaría escribiendo su muerte en el celebrado Whatever happened to the cape crusader (DC Comics, 2009).


Portada de John H. Williams III para 'Sandman. Obertura', el nuevo álbum de Neil Gaiman sobre su personaje más famoso.

Hablar de su infancia y juventud guarda una estrecha relación con lo que Gaiman está escribiendo en estos años. Sus dos últimas novelas, El libro del cementerio (Roca Editorial, 2009) y El océano al final del camino (Roca Editorial, 2013) hablan precisamente de la infancia: en el primer caso de cómo se deja atrás, en el segundo, de cómo se recobra. “Son muy distintos. El libro del cementerio es un homenaje al Libro de la jungla de Kipling. Se me ocurrió gracias a mi hijo, Michael, cuando aún era muy niño. Estaba obsesionado con su triciclo y no lo encontraba por la casa. Así que salí a la calle a buscarlo y me lo encontré en un cementerio. Se lo veía feliz, sonriente mientras pedaleaba su triciclo entre las lápidas. Pensé en lo curioso que sería escribir algo así, un niño criándose en un cementerio”. Su océano se lo debe a su mujer, la cantante Amanda Palmer: “Estaba de gira y la echaba de menos. Así que este libro fue la forma de hablarle de mi infancia y de expresarle lo mucho que la añoraba”.

Lo que no añora Gaiman son los tiempos antes del torrent y Piratebay. Es más, el autor sostiene que la piratería es algo “bueno” para los escritores. Al menos, para los escritores a los que la gente quiere leer. Lo explica con una anécdota. Una de sus primeras sesiones de firmas en Estados Unidos, en la que compartía mesa con un autor de bestsellers del The New York Times del que no quiere revelar su nombre. Una lectora de ese autor le da su libro para que se lo firme. El escritor ve que es un ejemplar de saldo de una librería. Y le espeta: “Esto no te lo voy a firmar. Con este ejemplar no he ganado nada, así que no te lo firmo”. La mujer, abochornada, se fue llorando. “¿Sabes qué pasó luego”, pregunta retóricamente Gaiman. “Varios lectores de los que estaban a su cola, se pasaron a la mía. Por los pocos centavos que gana con un ejemplar, perdió a una lectora para siempre, a esa gente que se cambió de cola y a todos con los que hablaran los que vieron la escena. Me prometí: nunca seré como él. Y para mí pasa lo mismo con los que atacan la piratería. Que te pirateen es una oportunidad a que te lean y tal vez te compren”.

Gaiman ve el futuro con la misma idea que ha visto toda su carrera: “Mientras siga pudiendo hacer cosas en las que no soy aún bueno, sentiré que estoy vivo y que merece la pena”. Así dejó de dedicarse en cuerpo y alma al cómic tras terminar Sandman, así piensa en ir dejando la novela ahora que la domina. Entonces, ¿qué? Pasarse al ensayo... Para niños. “Hace años que nadie escribe un buen libro sobre mitología. Y los que hay son muy antiguos y aburridos para un niño. Así que lo voy a escribir yo”. ¿Para cualquier chaval? “Para el que era yo a los 12 años”.

Antes de poner punto y final a la entrevista, Gaiman, amante de sorprender, se sorprende. Frente a él, una servilleta en blanco ¿Se atreverá a escribir un relato en directo? Gaiman se lo piensa… Por un instante. Abre su chaqueta negra y saca un puñado de plumas. Las mira escrupulosamente y escoge una. Negra, obviamente. Empieza a escribir. 15 minutos después…

Luego, Gaiman se levanta, se sienta un par de filas atrás y se echa a dormir


El Pais domingo 26.07.2015



viernes, 24 de julio de 2015

MICHAEL WM. KALUTA SKETCHBOOK





Las imágenes de este sketchbook pertenecen a libretas de dibujo de 9x12 pulgadas (unos 22x 30 centímetros) realizados desde el año 1972 hasta 1992.

Michael William Kaluta, nacido en Guatemala en 1947 y criado en Virginia, ha vivido y trabajado como artista en la ciudad de Nueva York desde 1969. Trabajando independientemente o como parte de The Studio con Jeff Jones, Barry Windsord-Smith y Berni Wrightson, ha realizado numerosos comics, ilustraciones y posters. The Studio fue documentado en 1980 con un libro del mismo nombre desde Dragon´s Dream en el mismo formato que los libros de Roger Dean. En los comics Kaluta es conocido por su trabajo en The Shadow (La Sombra) de DC Comics a mediados de los años 70. También trabajó en Carson of Venus de Edgar Rice Burroughs, en Korak:Son of Tarzán, The Spawn of Frankenstein, la adaptación gráfica de la película Abyss, y varias portadas desde Batman a Vampirella. Kaluta ha ilustrado libros de Robert E. Howard, The Lost Valley of Iskander y The Sword of Shahrazer, Metropolis de Thea Von Harbou y Bill The Galactic Hero de Harry Harrison, The Alan Parsons Proyect. Startruck, con la escritora Elaine Lee.

Kaluta aún vive en el Upper East Side en Manhattan donde la cocina oriental es abundante.































Michael Wm. Kaluta Sketchbook publicado por Kitchen Sink Press, Northampton, Massachusetts, septiembre de 1993.

viernes, 17 de julio de 2015

Juanjo Guarnido, Juan Diaz Canales y Marcos Martín ganadores de los Premios Eisner 2015






Arriba, portada del quinto album de Blacksad: Amarillo. Abajo, portada del número 10 de la serie The Private Eye. Trabajos premiados con un Eisner. El album de Blacksad: Amarillo, obra de Juan Diaz Canales al guión y Juanjo Guarnido al dibujo, fue premiado como mejor obra de reedición estadounidense de material internacional, publicado por Dark Horse. Y The Private Eye, obra de Brian K. Vaughn al guión, Marcos Martín al dibujo y Muntsa Vicente al color, premiado como mejor comic digital, publicada en internet en panel syndicate ( el guionista Brian K. Vaughn repetía Eisner con la serie Saga con dujo de Fiona Staples publicada por Image). 

Mis felicitaciones y saludos a unos grandísimos autores españoles, que como una costumbre ancestral, han tenido que triunfar fuera de su país de origen.


MOUSETRAP by Johane Matte








Flight Volume Two. Ballantine Books, New York, año 2.005

miércoles, 15 de julio de 2015

Una forma de hablar por Jorge Zetner





En la primera entrega de este lento y enrevesado divagar acerca de los cómics decía yo algo obvio; algo que ahora resultará más obvio todavía, pues lo repetiré: la necesidad de contar y de que nos cuenten historias viene de lejos, de muy lejos, está en los orígenes mismos de la humanidad.
En ese sentido intuyo -¡y cuánto me gustaría no equivocarme!-, que la característica singular, exclusiva del ser humano, es precisamente su capacidad -podríamos decir: su necesidad- de contar historias.

O, lo que es lo mismo, su capacidad -su necesidad- de articular un lenguaje -es decir, un aparato simbólico- a partir de la experiencia no verbal.

Según esa intuición por la que siento tanto apego, el primer ser humano habría sido aquel que -tal vez con una extraña mezcla de gestos y gritos- contó la primera historia. O, mejor todavía: aquel individuo que hubiera contado la primera historia -y gracias a haber¬la contado- habríase convertido en el primer ser humano. Un individuo al que llamaré Abuelo Narrador.

Puede que mi intuición resulte errónea. En cambio, es innegable que, desde aquel hipotético Abuelo primer Narrador hasta nuestros días, la humanidad se ha ido sirviendo de diferentes soportes para plasmar materialmente las narraciones tan necesarias.

En el momento en que una narración abandona su estado potencial para hacerse materia, lo hace adoptando, necesariamente, una forma.

Ese proceso de normalización es, precisamente, lo que convierte a la historia en algo capaz de ser transmitido. Transmisión que se produce, es obvio, si quien formaliza la historia y quien recibe esa forma establecen, previamente, los códigos de lectura necesarios.

¿A dónde quiero llegar?

Pues a recordar que las particularidades de los soportes gracias a los cuales una historia se materializa determinan la forma de los relatos.

Toda historia, quiero decir, dependerá del soporte material que usemos para plasmarla, para darle forma.

En la medida en que cambiar de soporte Implica cambiar de forma, implica asimismo cambiar de historia.

Lo cual, dicho sea de paso, torna inútil cualquier disputa acerca del famoso concepto de adaptación -de novela a cómic, de cómic a cine, etc. etc.-. En el marco que estamos usando, toda adaptación sería sinónimo de narrar otra -una nueva- historia.

En este punto, recuerdo que cuando hablo de Forma no me estoy refiriendo a una parte de la historia. Si hablo, por ejemplo, de la forma en cómic, no estoy pensando sólo en el dibujo, o sólo en los diálogos, o sólo en el color, o sólo en el tamaño y cantidad de páginas, o sólo en el llamado argumento, o sólo en la suma de esas partes. Invito a que consideremos un cómic como una forma compleja, exclusivamente abordable a través de una experiencia también muy compleja llamada lectura -incluya dicho cómic unos textos o no-.

Un cómic, como cualquier otra narración, está constituido tanto por elementos directamente perceptibles por los sentidos como por otros imperceptibles pero igualmente actuantes durante la lectura. Entre tales elementos esenciales de esa forma narrativa lla-mada cómic encontramos el tono, el ritmo, el punto de vista, la extensión, etc..

El abuelo narrador

Tras la aclaración, me gustaría volver a nuestro ancestro, el Abuelo primer Narrador. Un narrador de la época de las cavernas. Un narrador para quien, debido a su escaso -si lo comparamos con el nuestro-desarrollo tecnológico, el único soporte material de que disponía para formalizar un relato era... su propio cuerpo y lo que su cuerpo pudiera dar: la voz, en la gama de tonos e inflexiones que fuera capaz; su propia presencia física, con la consecuente capacidad mímica o gestual.

Posiblemente porque alguien, alguna vez, para referirse al lejanísimo pasado usó la expresión noche de los tiempos, a mí me gusta imaginar a aquel Abuelo primitivo Narrador por la noche, junto al fuego. Es decir, imagino un narrador nocturno; alguien que relata a esa hora en la que, también hoy, miles de años después y tras haber desarrollado la tecnología, solemos mirar la tele, ir al cine, leer un libro o contar historias a los niños.

Estamos, pues, en el pasado. Tenemos un grupo de gente, todavía a la intemperie, protegida por unas rocas. Esas personas se han reunido en torno al fuego, seguramente bajo las estrellas. Unos están allí para escuchar, para recibir el relato; otro para contar, para transmitir algo que sólo podrá materializarse y adoptar una forma en su voz. En su voz y, seguramente, con la ayuda de otra forma frágil, efímera, que produce su cuerpo: la mímica, los gestos.

Es llamativa -por evidente- la proximidad que existe entre esta imagen traída desde la infancia de la humanidad y otra muy familiar para todos nosotros: la del niño a quien, por la noche, sus padres cuentan una historia.

Lo que me gustaría destacar de ambas situaciones es su nocturnidad -la hora del día en que se producen-, y la puesta en escena.

Si observamos con atención, veremos que ambas situaciones parecen compartir lo que podríamos llamar una necesidad de penumbra. Penumbra en torno a un punto de luz donde se sitúa el narrador -fuego, vela, lámpara, pantalla-. Penumbra que viene a enmarcar, a recortar, el espacio donde la historia se hará materia, adoptará forma, diferenciándolo de ese otro espacio Infinito que es el universo. Delimitando, si se me permite la expresión, el espacio de la lectura.
Como si el lugar donde la historia habrá de hacerse forma necesitara ser, siempre, un espacio específico, diferenciado, único; algo así como un escenario o el interior de una página o de una viñeta.

¿Por qué ese acotamiento del espacio de la representación? Seguramente porque es la única manera de delimitar el lugar donde entrará en vigencia el código de lectura capaz de permitir el acceso hasta las formas narrativas que se ofrecen.

El público, como en el teatro y en el cine, permanece en las sombras, invisible; el relato ocupa el lugar de la luz.

Me cuesta creer que esta recurrente misse en scene sea fruto de la casualidad o del hábito. Yo, humilde guionista, artesano de la narración, prefiero ver allí algo así como una necesidad del ejercicio narrativo. Como si ese foco de luz -el fuego junto a la caverna- invitara a la concentración de la atención de los oyentes en la voz del narrador. Como si, más allá de ese punto de atención, sólo existieran, literalmente, sombras, oscuridad, misterio.

La historia proviene del y se dirige hacia el misterio; proviene del y se dirige hacia la zona de sombra, cual mariposa nocturna que pasa. Sólo por un momento pasa, atraviesa ese punto de luz, ese espacio iluminado que es el espacio narrativo.

Los límites en penumbra -marco que encuadra ese espacio narrativo- brindan, al receptor de lo narrado, al público, al lector, la ilusión de un principio y un final.

A ese espacio narrativo, a ese lugar iluminado donde pasa el relato, los comiqueros lo llámame página.


Dentro de la Viñeta nº10, año 2000