viernes, 13 de marzo de 2026

La memoria del constructor Ops/El Roto/Andrés Rábago Diputación de Sevilla


Han vuelto los buenos tiempos para los que, como yo, buscan diariamente la segunda página del suplemento local de El País y coleccionan físicamente o en la memoria las creaciones de El Roto. El motivo es que ha salido a la venta una hermosa caja exquisitamente editada por la Diputación de Sevilla, con dos volúmenes de obras relativamente recientes de ese personaje multifronte y de perfiles no muy bien conocidos, al que algunos recuerdan por sus ya lejanas colaboraciones en Hermano Lobo- para ellos es Ops-, otros, los menos, por su labor más puramente artística - para quienes aparece como Andrés Rábago- y casi todos por su labor ¿humorística? de notario siniestro de la realidad transeúnte y, lo que es más importante, de su poso inmanente, es decir, de la vida misma (El Roto).

Nos encontramos, pues, ante una excelente ocasión para enriquecer nuestro pequeño arsenal de recopilaciones del trifásico autor, en una calidad que mejora notablemente la de sus soportes habituales y que, en el caso de la obra pictórica, dando por supuesto que muchos no somos habituales de las galerías de arte, nos va a permitir a casi todos un primer acercamiento a las paletas y pinceles de Andrés Rábago.

La memoria del constructor, pórtico general de los dos volúmenes que forman la compilación, actúa ya como un poderoso aperitivo de lo que nos espera en el interior. Ambiguo como el personaje triple cuyos frutos acoge, el título sirve sin embargo para aventurar esta conclusión que extraigo a título completamente personal: Rábago-Ops-El Roto, uno y trino, trifurca su personalidad para expresar sentimientos y opiniones que a menudo tienen poco que ver entre sí, porque pertenecen a sectores distintos de la realidad, pero consigue mantener una unidad, un cierto hilo conductor que subyace en la observación de todas sus obras. Esa identidad es ciertamente difícil de expresar con palabras, y podría intentar resumirse en la idea de que planos distintos de percepción requieren códigos distintos de comunicación. En el fondo encontramos un solo cimiento, pero en la forma la diferencia es palpable. De ahí la memoria del constructor, el cuadro resumen comparativo de quien cuenta siempre lo mismo, pero con diferentes versiones y técnicas.

El primero de los volúmenes recoge la contribución de Ops a las fenecidas revistas Madriz y El Público, y datan de los años 80. A continuación encontramos algunos rotos de los años 92 a 96, aparecidos en diversas publicaciones, seguidos de una colección de óleos de Rábago, todos ellos de los noventa. El segundo volumen se debe por entero a El Roto, también noventero, aunque los recursos técnicos empleados varíen según el medio al que estuviese destinado el original. Además, para los muy academicistas, como no podía faltar en una edición seria, ambos libritos se abren con varios microensayos que nos acercan (más bien poco) a la vida, obra, modos de trabajo y pensamiento del autor.


Una cosa es segura. En todos ellos: ideogramas, viñetas macabras y composiciones al oleo, encontrará el aficionado material suficiente para el ejercicio neuronal. Los fríos jeroglíficos de Ops o esas escenas llenas de color paralizadas por Rábago en un momento eterno de un mundo interior que tal vez es mejor no conocer, cuyos títulos no siempre sirven para aproximarnos al contenido, sino que únicamente son un método convencional de identificación, una etiqueta; los macabros bocados con que El Roto se abre paso a dentelladas a través de la realidad, ese aguafuerte que corroe el óxido de la actualidad y la deja convertida en sedimento puro, en esencia, desprovista ya del oropel con que la reviste la apariencia, los agujeros de lucidez que nos permiten ver lo que de verdad se oculta tras un universo en descomposición, todos ellos nos muestran algo evanescente, que se nos escapa, que no sabemos muy bien qué es, pero que huele a filosofía y a moral, esas dos viejas disciplinas arrumbadas en algún archivo inaccesible de la memoria. En su contemplación no sabemos a qué carta quedarnos, pero sí tenemos claro que hay algo en ello que nos duele, que nos ha tocado una fibra sensible y que queremos que nos siga tocando. Ese algo debe ser el hilo conductor, el contenido organizador del que hablaba líneas arriba, la preocupación honrada e incoercible por el tema social, por los grandes asuntos individuales y colectivos, la soledad de los débiles, el futuro de la vida humana, la misma inexistencia del hombre, el afán simbólico, metafórico, alegórico, el desprecio comedido por lo comercial, que se manifiesta en el pulimento de la anécdota hasta que de ella no queda nada, un despliegue, en fin, de sana demagogia. Como ayer, como hoy mismo, como siempre, Ops- El Roto- Rábago y todos los desdoblamientos potenciales de este artista esquizoide, parecen gritarnos que frente a tanta hipocresía rampante, nos quedan aún parcelas de opinión y de creación que se mantienen hipercríticas, irreductibles, deseosas de herir directamente en el cuello de todo lo que sea susceptible de ser ridiculizado, destrozado, diseccionado, reinterpretado y, paradójicamente, inmortalizado por los trazos fuertes de quien no necesita pinceles, sino que graba directamente en nuestra sensibilidad con las aristas agudas de su inteligencia.

Eugenio Izquierdo


U, el hijo de Urich #10 mayo 1998


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