Julie Doucet es una historietista que se dibuja a sí misma en una proporción relevante de sus historietas. También tiene una conexión más con el underground clásico, al que se remite quizá más que los otros contemporáneos de su círculo de artistas independientes norteamericanos. Se trata del dibujo, que participa, sobre todo en las historietas más antiguas, de un cierto desmadejamiento, una falta de voluntad por el acabado lustroso y profesional.
Sus orígenes provienen del mini-cómic autoeditado, circuito de bastante vigor hace unos años en Canadá, su país de origen. De ahí a su propio y " profesional" comic book en Drawn & Quarterly, a través del cual, en pocos números para bastantes anos, Doucet ha ido evolucionando y puliendo ese dibujo deslavazado, afianzando los rasgos que, finalmente, parecen constituir un estilo. Otra característica gráfica que resalta poderosamente es la obsesión por el horror vacui que le lleva, en ocasiones, a rellenar con cenefas y adornos los intersticios entre las viñetas, porque no seria razonable meter también allí personajes. Además de animar botellas, tostadoras, cafeteras y todo tipo de utensilios domésticos que acompañan a la autora/personaje a falta de gato o perro.
Lo que más le atrae, o le atraía hasta últimamente, lo que más se podrá ver de su producción en este álbum auspiciado por los chicos de Los muertos, es pasar a papel todo tipo de situaciones, con ella de prota, en las que la mente no funciona bajo los parámetros de la vigilia consciente. Es de las que tiene la costumbre de registrar lo que sueña, y la suerte de soñar cosas que se ve que el subconsciente ha elaborado, que ha trabajado. Y luego, lo pasa a historieta.
Lo que interesa es cómo te mete en un argumento onírico, aunque no sólo son sueños, la manera en que te lleva, al principio, cuando no te ha dicho aún si esto es normal o no y aquello empieza a deformarse de mala manera. Luego, muchos acaban en sangre. Incluso, exceso de sangre, en general, masculina.
En relación con las cuestiones sexuales, estos son sueños que no necesitan interpretación. Pero están bien, son bestias, las ideas se pasan, ves que la lógica se ha ido y eso es contar bien un sueño. No es tan directo, no le sale a todo el mundo y a ella le funcionan.
De todas formas, tienes la sensación de que tanta brutalidad sádico-sexual, con el desparpajo que le pone, es el sano ejercicio de despiojamiento de una persona bastante tranquila y, como muchas que conocemos, en esa franja de edad, buscándose la vida en la gran ciudad, intentando hacer algo suyo.
Porque siempre se presenta tras el salvoconducto onírico. Incluso cuando no se trata de sueños, el tono es el mismo, lo que contribuye a que funcione el absurdo, cuando hace su aparición, de forma natural.
Un punto que le falta es la arena de la historieta larga. O del continuará de Dan Clowes o Chester Brown. No parece que le interese, le apetezca o vaya a pasar, de momento, de esa fase en que las ideas surgen y pasan a la historieta virgenes, directas, breves, puntuales. Sí tiene, aparte ella misma, algún personaje recurrente, como Monkey, del que se ofrece alguna historia en este tomo, que, paradójicamente, es una gata con cuerpo de mujer. Lo de gata son la cabeza y el rabo, pero la cabeza la dibuja tan pegote que parece, en realidad, una máscara. No puedes evitar pensar que es también una forma de ella misma. Un intermedio entre lo que sería un vehículo para contar sueños y un personaje para que le pasen aventuras que, al ir como enmascarado, no importa que no vengan narradas al amparo de la lógica onírica.
Vais cogiendo la imagen, ¿no? La fuerza de esta chica radica en el empuje bruto de su subconsciente, sin mucha elaboración y estructura, ofrecido con su frescura por lo que pueda valer. Tiene una vía de conexión, desde luego, con cosas que ha hecho Crumb y las obsesiones sexuales también aparecen sinceras y desatadas, inadmisibles, seguro, para mucha mente algo cerrada. Pero le distancia de Crumb la cercanía de miras, la falta de discurso y la poca necesidad que tiene, de momento, no creo que permanezca así mucho, de estructurar por encima de un nivel o una longitud.
La línea autobiográfica también aparece entre el abanico de motivos de su producción porque, bueno, en los sueños, ya se sabe, la vida no avanza. Sin embargo, sí suele ofrecer algún episodio cotidiano de naufragio y despiste en que aparecen otros personajes que pueden ser reales. No sé si es porque es chica o por esa afición a florecerle el inconsciente que tiene, pero en éstas también aporta un punto que no dan otros autobiografistas underground, colgados, viñeta a viñeta, con el café, los discos, bajar a la esquina, la resaca. La impresión final que te deja es, en cualquier caso, incluidas mutilaciones y malos encuentros, alegre, de buen rollo un poco, como la expresión bobalicona y abierta con que dibuja su rostro, caricatura de inseguridades, deseos y miedos, siempre dispuesta a sobreponerse o a meter los problemas en un nuevo sueño.
Enrique Vela
U, el hijo de Urich #10 mayo 1998

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