lunes, 24 de octubre de 2011

Mecedora Electrica de Ted Benoit







INTUICIONES DEL CAOS "Diez millones de muertos. El gas. Passchendaele. Dejémoslo ora en una cifra elevada, ora en una fórmula química, ora en relato histórico. Pero, querido lord, no el Horror lnnombrable, el súbito prodigio que se echa encima de repente sobre un mundo desprevenido. Todo los vimos. No se produjo innovación alguna, ni especial quebrantamiento natural, ni suspensión de los principios que nos eran familiares. Si sobrevino como una sorpresa para el público, entonces la Gran Tragedia es su ceguera, más que la guerra." Con estas palabras resume uno de los personajes creados por THOMAS PYNCHON el ineluctable proceso que sumerge al Universo en el Caos. La Catástrofe Inminente no debe ser recibida por el ser humano con las cejas arqueadas del asombro: el Fin no será más que la lógica consecuencia de la cadena de desastres que empezó con el mismo origen del Mundo. No es ninguna Conciencia Superior, omnipresente y benévola, quien rige nuestros destinos, sino la implacable ley de la entropía. Avanzando un poco más en las densas páginas de 'V"., la fundamental novela de PYNCHON, uno topa con la siguiente carga de verdad: "El único cambio es hacia la muerte. Decaemos al principio y decaemos al final". Superando las quinientas páginas, el novelista norteamericano compone una ramificada trama de controladísima estructura que le permite fabricar una reflexión total, en clave de ficción, sobre el Caos, uno de los conceptos filosóficos fundamentales en la segunda mitad de este siglo. Pero, aunque PYNCHON sea quizá quien ha formulado artísticamente estas ideas de forma más completa brillante, no ha sido el único. Varios son los individuos cabales que, en diversas obras más o menos inolvidables, han diseminado sus visiones del Caos a lo largo de los últimos años. Novelistas como KURT VoNNEGuT, compañero generacional del esquivo PYNCHON, o el afamado Jim Ballard han desarrollado una fértil trayectoria literaria con la Destrucción como una de sus primordiales constantes temáticas. Los japoneses, la única nacionalidad del planeta que ha visto el Horror Nuclear de frente, filtrándose por los poros de su piel y envenenando sus cromosomas, han construido una cultura popular, con Godzilla como emblema, alrededor del Holocausto atómico y sus secuelas. En el terreno del cómic, ALAN MOORE —quien, por cierto, cita a PYNCHON en el rincón de una viñeta de "V for Vendetta", ha flirteado repetidamente con el tema hasta dar de lleno en el clavo con los irrepetibles "Watchmen". Todas estas obras se sustentan, sin embargo, en una curiosa paradoja: siendo proféticas figuraciones del Caos, ocultan una construcción hecha de precisión y rigor. Los sistemas del pensamiento no son sino espejismos que difuminan la cruda verdad de la constante carrera hacia el Desastre. El Caos vence al Orden. Por eso, es en cierta medida un despropósito hablar del Caos a través de una arquitectura Impecable. Y ahí se plantea uno de los problemas básicos de la estética de nuestro tiempo: ¿cómo dar con la fórmula que permita transmitir fielmente la aniquilación del Sentido de la existencia sin sacrificar el sentido del discurso? Ante la irresolubilidad de la cuestión, las obras de estos autores aparecen como hermosísimos monumentos al fracaso, quizá magistrales sistemas pudriéndose en un mundo asistemático.






Con más astucia, o quién sabe si con mayor inconsciencia, en otros autores el Caos no parece haber sido el móvil de la creación artística, sino que se ha colado en los resultados como por casualidad. Y, en estos casos, el encuentro con el Caos ha sido bastante más espeluznante para el desprevenido lector ¿Quién esperaría encontrarse con verdades terribles en un tebeo de línea clara? ¿Quién está en guardia ante las imágenes del Desastre al abrir un álbum de la escuela franco-belga? Quizá por eso "La Estrella Misteriosa" alimentó durante tanto tiempo mis pesadillas infantiles. Un efecto igualmente desasosegante se dresprende de "LA MECEDORA ELÉCTRICA" de TED BENOIT.






A simple vista, Benoit parece un calígrafo seguidor de sus maestros, uno de tantos autores que, a principios de los 80, agarraron las convenciones del cine y la literatura popular para concebir una aventura distanciada, de esas que se miraban a los mitos de antaño por encima del hombro, con insolente desfachatez de moderno botarate. Nada más lejos de la realidad. El protagonista del relato, Ray Banana, ya aparece en la misma portada como un vulnerable tipo presa del desconcierto. Pocos autores de la generación de Benoit han resistido la tentación de trabajar con héroes de una pieza. En Este sentido, LA MECEDORA ELÉCTRICA es una obra ejemplar. El lector que hojee rápidamente el álbum creerá que ésta es una obra hecha de retales de film noir de los 50, un divertimento en el que se destilan centenares de influencias ajenas. Cuando se decida a leer el álbum, se encontrará con un producto eminentemente extraño: una obra de cristalina forma y tumultuoso fondo. Le parecerá al lector que tortuosos conductos subterráneos se entrecruzan entre las diversas viñetas del álbum, permitiendo que intermitentes ráfagas de sentido reaparezcan en el lugar más inesperado. Numerosos son los elementos que descolocarán al incauto comprador de este álbum.


En LA MECEDORA ELÉCTRICA se habla del Caos, de la entropía.

Aparece una secta de insensatos, o probablemente de iluminados, que leen la Historia de manera harto particular. El título alude a un cotidiano electrodoméstico de hipnóticas virtualidades.




Se sugiere en la trama que los ídolos públicos de nuestro tiempo —músicos de rock, astronautas rusos— podrían ser deidades involuntarias de alguna liturgia esóterica. Y el azar se revela como el motor de la acción: Ray Banana —un tipo entre despistado y oscuro que impide toda identificación con el lector— se equivoca de coche en una desafortunada noche y se ve abocado a una agitada historia que tardará en comprender. El azar determinará también la entrada de los variopintos personajes en el relato, como bien sugiere BENOIT al comienzo de cada capítulo.




Todo ello, además, transcurre en una tierra de nadie espacio-temporal más cerca de la fantasmagoría que de la recreación nostálgica. Como puede verse, confluyen en estas páginas demasiadas cosas raras para una simple aventurilla de línea clara. Mientras muchos de sus colegas perdían el tiempo escuchando papilla Tecno-Pop o deglutiendo daiquiris en la barra de un bar moderno, BENOIT creó LA MECEDORA ELÉCTRICA para demostrar que un inofensivo tebeo de línea clara podía ser buen receptáculo para algunas de las grandes cuestiones que atañen al hombre contemporáneo. Esta suma de detalles, estos destellos, estas intuiciones del Caos no deberían retraer, sin embargo, al futuro lector de esta obra. En LA MECEDORA ELÉCTRICA también se puede encontrar placer de lectura y una peregrina explicación final que aliviará a quien lo precise. LA MECEDORA ELÉCTRICA no es una de esas obras apocalípticas que he citado al principio. LA MECEDORA ELÉCTRICA es una obra que apuñala por la espalda.




JORDI COSTA

1 comentario:

Unknown dijo...

Me encontré la semana pasada en una librería de Montevideo con ese ejemplar de Benoit y es apasionante. Sumo a tu análisis otra referencia que viene al caso, hablando de maestros del caos: Leon La Terreur de Van Den Boogards y Schippers. Saludos, Otto