jueves, 5 de marzo de 2026

Dani Futuro Victor Mora/Carlos Giménez Planeta-DeAgostini


El estreno cinematográfico de 2001. Una Odisea del Espacio en 1968 supuso el espaldarazo intelectual a la ciencia-ficción, género que por aquellos años recuperaba el favor de un público que, si bien nunca le volvió completamente la espalda, había quedado saturado por los excesos de la década anterior: Un año antes Pierre Christin y Jean-Claude Mézières habían creado para Pilote Valérian, serie destinada a un público infantil y juvenil ambientada en el género, prácticamente ausente en la historieta francesa del momento. En 1969 Antonio Martín, a la sazón director de Gaceta Junior, buscaba series nacionales que pudieran tanto acompañar, y con el tiempo substituir, al material francobelga del que se nutría la revista como venderse en el mercado europeo. Posiblemente pensó que la ciencia-ficción era una apuesta segura (ahí estaban 5x Infinito y Delta 99 para demostrarlo); tal vez. Victor Mora, uno de los guionistas contactados para la empresa, deseara continuar trabajando en un género que abría un abanico amplio de posibilidades y le permitía eludir la gris realidad tardofranquista. El caso es que el prolífico escritor barcelonés, aceptando el encargo, creó Dani Futuro. Cuando se le pidió que seleccionara al dibujante que consideraba apropiado para la serie, contactó con Carlos Giménez. El artista madrileño había abandonado Delta 99 en el momento en el cual Mora substituyo a Jesús Flores Thies en los guiones. El último episodio ilustrado por Giménez fue el primero escrito por Mora, quien quedó muy satisfecho con la resolución gráfica del mismo y deseoso de volver a colaborar con el dibujante.

Dani Futuro supuso un punto de inflexión en la carrera de Giménez, el momento en el que traspasa el umbral entre la etapa de formación y la plenamente profesional; es el trabajo en el cual el grado de madurez apreciable en Delta 99 eclosiona en un estilo propio. Las influencias de Iranzo, Ambrós, López Blanco y, sobre todo, Frank Robbins cristalizaron en un grafismo semirrealista, distanciado del realismo épico característico de dibujantes consolidados del momento como Antonio Hernández Palacios o Víctor de la Fuente, que ira refinándose hasta convertirse en la perfecta expresión gráfica del lirismo patético que tiñe sus historias más personales. Tal vez por encontrarse con un dibujo más suelto y haber desarrollado un estilo personal, Giménez empieza a prestar mayor atención a la narrativa visual y a regalar puestas en escena menos encorsetadas; a experimentar con la planificación de la página, la secuenciación y los elementos del dibujo como medios de expresar emociones además de sucesos. A esta investigación en torno a las posibilidades dramáticas del medio contribuyeron las relaciones excelentes que mantuvo con el escritor. Víctor Mora construyó unos guiones que, conforme la serie se asienta y dispone de mayor número de páginas para desarrollar sus historias, permitieron al dibujante moverse con gran libertad, manejar resortes y desplegar una imaginación desbordante.


Ha llegado a afirmarse que la sociedad reflejada en Dani Futuro puede interpretarse como una proyección del modelo de convivencia que Víctor Mora -cuya vasta obra necesita una revisión profunda, ser objeto de un análisis que transcienda la postura política del autor para centrarse en sus valores intrínsecos y formales- soñaba como sucesión a la dictadura Franquista. Comentarios de este tipo adolecen de cierta búsqueda de transcendentalidad, del deseo de encontrar los tres pies al gato: la justificación ideológica a un trabajo que no la necesita. La serie, producto de su tiempo, se inscribe en las corrientes imperantes en la ciencia-ficción del momento, en la tendencia a ofrecer una visión almibarada y optimista del progreso humano, tanto científico como social, que la segunda mitad de la década de los setenta y los primeros años de la de los ochenta se encargaron de variar. Tomando como punto de partida la idea manida de la animación suspendida del protagonista, nacido en el siglo XX y revivido en el siglo XXII, y obviando el trauma que una experiencia de tal calibre pudiera ocasionarle, las historias se pueblan de una atractiva nómina de personajes secundarios que se mueven en el marco de un futuro aséptico e ingenuo. Los guiones se inscriben, en general, dentro de las coordenadas aventureras que ofrece toda exploración de un mundo aún por descubrir para Daniel Blancor (y, por ende, para el lector), recurriendo la mayoría de las ocasiones al motor dramático del enfrentamiento maniqueo entre el bien y el mal, matizado por cierto tono de reivindicación social que caracteriza gran parte de la obra de Mora, conflicto originado las más de las veces por la emergencia puntual de relictos de los violentos usos del pasado decadente de la Humanidad. Los primeros episodios de Dani Futuro, destinados a presentarnos los personajes y su mundo utópico, se ven lastrados ligeramente por el tono didáctico, muy en la línea de Arthur C. Clarke, empleado a la hora de exponer las bases científicas de los avances tecnológicos que aparecen en sus páginas. En una etapa posterior de la serie, aquella producida específicamente para el mercado francobelga y protagonizada por un Daniel Blancor a punto de abandonar la adolescencia, los argumentos abandonan parte de su ingenuidad para hacerse eco de las preocupaciones heredadas de la crisis petrolífera de 1973, siempre sujetos a las directrices de divertimiento destinado a un público mayoritariamente infantil y juvenil.

La trayectoria editorial de Dani Futuro ha sido accidentada como pocas. Al cierre de Gaceta Junior en 1970 le sucede una breve estancia en el diario barcelonés La Vanguardia aquel mismo año. La resolución de unos problemas legales relativos a la posesión de los derechos del personaje llevó la serie a las páginas de la revista belga Tintín, donde permaneció entre los años 1972 y 1975. Editorial Bruguera adquirió los derechos de publicación y regaló a los lectores españoles una calamitosa edición que no fue precisamente mejorada por la adaptación de algunos episodios a formato apaisado que, con la connivencia del propio Carlos Giménez, realizara en 1981 Hittpres (Toutain) dentro de la colección El Tebeo Semanal. La edición actualmente en curso, a cargo de Forum, parece que será la definitiva de un material que, según palabras de su dibujante, "ha estado siempre disperso, incompleto, mal editado y mal rotulado". Para ella se han rescatado y vuelto a colorear las cubiertas originales de Giménez, se han rotulado nuevamente bocadillos y textos de apoyo y se han encargado una serie de artículos que contextualicen la obra al lector. Todo el proyecto rezuma cariño por parte de sus responsables y goza de una realización técnica casi impecable, empañada por el aspecto retro, casi podría calificarse como rancio, de su diseño de cubierta, poco atractivo para el público más joven, y por algunas erratas en los artículos. La más ostensible aquella que atribuye el tema Capitán Trueno a Suburbano, cuando pertenece al repertorio de Asfalto.

Nos encontramos, en definitiva, ante un sólido producto de entretenimiento, fruto de la colaboración de dos de los historietistas más importantes de nuestro país. Concebido para deleitar, cumple con creces sus pretensiones. La serie cuenta, además, con el valor añadido de haber supuesto el primer trabajo de madurez de Carlos Giménez, la plataforma donde comenzó a experimentar una gramática visual, a buscar unas soluciones en las cuales profundizó en su magna obra posterior. Puede aducirse que el paso del tiempo se ha dejado notar en algunos aspectos, tanto en el tono de las historias como en elementos estéticos y decorativos, muy influenciados por el movimiento hippie del momento. Sin embargo otros, especialmente su concepción narrativa y su puesta en escena, aparecen asombrosamente modernos en el panorama actual, tan saturado de vacuas demostraciones supuestamente esteticistas. Dani Futuro supone una sana diversión, un producto apreciable por lectores de cualquier edad que, ojalá me equivoque, posiblemente pase desapercibido para nuevas generaciones y su difusión quede relegada a un puñado de compradores nostálgicos. Aquellos que, a buen seguro, disfrutarán descubriendo guiños como las continuas referencias a Valérian que salpican sus primeros episodios.

Eduardo García Sánchez

U, el hijo de Urich #10 mayo 1998


Premio Nacional de Cómic 2007. MAX

 





















Del libro Premio Nacional de Cómic / 10 años (2007-2017)
Umaeditorial. Universidad de Málaga. 2017

miércoles, 4 de marzo de 2026

El camino del dibujante

¡Paren las máquinas! ¡A las librerías llega la quinta entrega de la revista Autores de cómic!


José Luis Vidal

27 de febrero 2026


La editorial sevillana Isla de Nabumbu está dejando patente su buen hacer a la hora de editar cómics y revistas, hecho este que les ha hecho merecedores un año más del premio de Diario de Avisos como mejor publicación.

Y ahora vuelven a alegrarnos la vida a todos aquellos a los que nos interesa conocer la trayectoria, biografía y avatares de algunos de los grandes nombres del cómic de nuestro país.



Ficha

Autores de Cómic nº 5: Javier Rodríguez

Tapa blanda

Color

150 págs.

15 euros

Isla de Nabumbu


Y en esta ocasión se sumergen en la carrera de uno de los artistas más seguidos del momento, debido a su enorme éxito en el universo de los cómics de superhéroes, hecho este por el que se ha convertido en uno de los autores españoles (y ya van unos cuantos) galardonado con un Premio Eisner por su increíble labor como dibujante de la exitosas colección Absolute Martian Manhunter.

En esta nueva entrega, la más extensa hasta el momento, Javier Alcázar y Pablo Portillo, junto a Javier Rodríguez, nos regalan una larguísima entrevista en la que vamos a hacer un recorrido vital por aquellos primeros años en la vida del autor, en cómo una serie de hechos le llevaron a estudiar Arte y Oficios, sus primeros trabajos, su vida como miembro de un grupo musical, el salto a la ciudad de Barcelona, aquellos primeros cómics en los que comenzó a labrarse un nombre en la depauperada industria patria de los años noventa, su amistad con otros grandes de la viñeta como Javier Pulido o Marcos Martín, la peripecia que resultó ser su salto al mercado francés y, finalmente, el inicio de su carrera como colorista en los Estados Unidos…

Este recorrido nos llevará de la mano a aquellos años en la editorial Marvel y cómo su rol cambió de colorista a dibujante con una primera historieta protagonizada por el Trepamuros. El resto ya es historia de una carrera en la que su trazo, composición de las páginas y paleta se han hecho super reconocibles para todos aquellos que le seguimos.

Daredevil, Spiderwoman, Doctor Strange, The Exiles, la Historia de Marvel Cómics… Y de ahí, el salto a DC Comics, donde en relativamente poco tiempo, acompañando al Hombre de Acero en una de sus aventuras y sumergiéndose en el mágico mundo de Zatanna, ha seguido cosechando los éxitos que le han permitido formar tándem artístico con uno de los guionistas más interesantes del panorama actual, Deniz Camp.

Además de la jugosa entrevista, para todos aquellos completistas de la obra de Javier Rodríguez, un buen puñado de historias inéditas, acompañas por reseñas de sus principales trabajos y, finalmente, una extensa y super documentada bibliografía.

Poco más se le puede pedir a esta revista que tantas alegrías nos está dando a sus acérrimos seguidores. Bueno, sí… Que la próxima entrega no tarde mucho en llegar, para administrarnos una nueva dosis comiquera de Autores de Cómic.


Diario de Cadiz


lunes, 2 de marzo de 2026

Slayboy by Adam Hughes

 
















Roco Vargas Daniel Torres Norma


Cuando las aventuras siderales de Roco Vargas empezaron a serializarse en las páginas de Cairo n°12 (1982), fue para compartir revista con un puñado de series de lo más heterogéneo. Roco se codeaba con clásicos y modernos, nacionales y francobelgas, como la Cleopatra de Mique Beltrán, el Freddy Lombard de Chaland, la Cita en Sevenoaks de Rivière y Floc'h o los Blake y Mortimer de Jacobs. Si algo relacionaba todas estas obras era, indudablemente, la Aventura, así, con mayúsculas. La Aventura era lo más para el apostolado de la línea clara, y si sus artífices se habían amamantado con la Aventura sin dobleces de los maestros, a los jóvenes herederos les correspondía mantener la llama de una Aventura posmoderna y de diseño, más bien escéptica, pero Aventura al fin y al cabo. Por eso no tenía nada de sorprendente que el nuevo esfuerzo de Daniel Torres (1958), arrebatado para la causa a las huestes chungas de El Víbora, fuese un poco disimulado homenaje al Flash Gordon de Alex Raymond dibujado, eso sí, con algo más que una respetuosa reverencia hacia Miguel Calatayud. Tritón nació del conflicto de impulsos de un Torres que buscaba desesperadamente un estilo, una historia que contar; y, por supuesto, un éxito comercial incontestable. "Había hecho una especie de análisis a fondo de lo que yo quería hacer y de lo que quería el mercado de mí, tanto el español como el extranjero, y el resultado fue Roco Vargas". (Daniel Torres. Historietas. Ilustraciones, 1992). Si bien el planteamiento a priori parece tan calculado como la mayoría se ha acostumbrado a esperar de Torres, el resultado no es ni mucho menos una formularia faena de oficio, entre otras cosas porque el autor carece entonces del oficio suficiente. Tritón es apenas un borrador, un palo de ciego levantado con las cuatro piezas básicas para componer una historia de sencillez automática que funciona como reflejo de historias e iconos que tenemos asumidos en nuestro bagaje de lectores familiarizados con los tópicos del género de la ciencia ficción estilo space opera. El protagonista, Armando Mistral, es un escritor de éxito que compone novelas de género a la par que regenta un sofisticado club nocturno. Su suntuosa vida, habitada por personajes tan tópicos como la secretaria eternamente enamorada y el fiel criado negro (en este caso verde, que es marciano) se ve alterada por la irrupción de figuras de su pasado secreto. Al ponerse en marcha la trama, descubrimos que Mistral fue el legendario aventurero del espacio Roco Vargas. A medida que se sucedan los álbumes, iremos conociendo nuevas piezas de ese pasado que Mistral quería enterrar, y veremos cómo el reticente héroe se ve obligado a aceptar la Aventura que invade su cómoda existencia. Torres da un paso detrás de otro con extremo cuidado, como el niño tambaleante que apenas empieza a andar. Lo importante es, en el trecho recorrido, cuánto ha mejorado su sentido del equilibrio.

El borrador que es Tritón tiene éxito antes de lo que el mismo autor esperaba (Rafa Martínez, editor de Norma, lo coloca rápidamente en diversos mercados extranjeros), lo cual anima a Torres a insistir con renovada fe en esta serie. Entre el final de Tritón y el inicio de El misterio de Susuro apenas transcurren unos meses. Sin embargo, la distancia que separa ambos títulos es una distancia que la mayoría de los autores tardan años en recorrer. Entre uno y otro, Torres ha realizado el singular álbum Sabotaje, en el que, como explicaría el dibujante, "Comencé a utilizar el pincel, y a hacer un dibujo más realista" (El Maquinista n° 3. 1991). Pero si en lo gráfico el influjo de Calatayud va quedando atrás a medida que la imagen gana en volumen y textura, en aspectos temáticos y argumentales y en despliegue de personajes El misterio de Susurro también muestra a un autor mucho más seguro y con un repertorio más amplio. Si bien este álbum podría tomarse como un retorno a territorio ya transitado (la novela negra del primitivo Claudio Cueco), el avance hacia un estándar de calidad profesional desinteresada por la pose underground y capaz de ofrecer un acabado comercial de primera linea (sin ningún matiz peyorativo) es notable. 'Torres juega con el guion, y parece descubrir complacido que con seis fichas puede plantear jugadas mas sorprendentes que con dos, y al mismo tempo experimenta con sus capacidades como ilustrador y como historietista, capacidades que progresan a la par sin solaparse nunca la una a la otra. Pero sobre todo, El misterio de Susurro lanza una promesa que la obra posterior de Daniel Torres, con mayor o menor acierto, ha cumplido siempre: no estamos ante un dibujante de historietas, estamos ante un historietista. Un narrador que ha elegido este medio para contarnos historias, y la historia siempre será el fin hacia el que tiendan todos los accesorios que le ofrece la página. Al final de El misterio de Susurro, nos queda la sensación de que el autor no es el mismo que hizo el esquematizó Triton, y no nos resta sino esperar una tercera referencia para establecer el contraste.


Esa tercera referencia, que resulta ser Saxxon, es algo mas que la confirmación de lo apuntado por El misterio de Susurro, es también su ampliación. El Torres de Saxxon, aun cuando el confesaría que sigue en periodo de aprendizaje, ya no parece titubear ante nada. Por el contrario. se recrea en la grandiosidad de los decorados, se divierte enredando una trama que va no rinde tributo a esto o a aquello, sino que cambia de nota según la sintonía avanza, y alterna los silencios con los estruendos, lo íntimo y lo multitudinario, lo frívolo y lo aterrador, incluyendo una escalofriante escena cuando Vargas es tentado por la oscuridad donde descubrimos que debajo de la lacada accesibilidad de su estética laten agrios tumores y se hinchan vísceras humeantes. Esa escena ejerce de bisagra para abrirnos la puerta hacia una estancia que hasta entonces Torres nos había mantenido disimulada detrás de los agobiantes decorados. la estancia de los sentimientos. Es la estancia en la que vamos a quedarnos durante el final de Saxxon y durante toda La Estrella Lejana, y es la estancia donde el autor termina de convencernos de su madurez y de que existe en sus complicados montajes técnicos una dimensión que nos interesa como personas. Comparese el tratamiento emotivo que se da a la muerte de Saxxon en el tercer álbum con el que recibe la del profesor Covalski en Tritón. Son de distintas magnitudes, y no porque un personaje pese mas que otro -en todo caso, debería pesar mas Covalski- sino porque una y otra obra están ya a años luz de distancia en planteamientos. La ironía a la que se aferraba Torres -y sus compañeros de generación- para justificar el sobe de tópicos de Triton, resbala sobre los momentos mas acongojantes de Saxxon y La Estrella Lejana, aun a pesar de los esfuerzos del mismo autor, que en algún momento da casi la impresión de no comprender que se ha sumergido en profundidades narrativas donde no importa ser listo, sino ser lo bastante grande para manejar una gran historial una historia de siempre.

Para rematar la serie, La Estrella Lejana cambia completamente de tercio, alejándose desconcertantemente de la contada efectividad de Saxxon para probar una nueva audacia. un vastísimo flashback salpicado de flashbacks menores en el que conocemos no tanto el pasado como el interior de los personajes. Si en los títulos anteriores habíamos asistido a las peripecias mas o menos despendoladas de un grupo de variopintos aventureros, aquí se trata de hacer acopio de los pasajes decisivos que les han dado motivación. Ya no importa tanto la Aventura, importa más la vida. Por eso el tono nostálgico, la melancolía del decorado nocturno y lluvioso sobre el cual Roco relata su historia, imaginamos que con voz queda y pausas de plomo. Al final, Vargas ha hecho las paces consigo mismo. Ha pasado una crisis de madurez.

Y es que los periodos de crisis son los que parecen atraer al narrador Torres como la luz a la polilla. Es algo que resulta palpable en obras posteriores como El Octavo Día y que también se revela en Roco Vargas. Torres imagina una ficticia historia solar que corre paralela a la historia que conocemos, y hace a los Chicos Siderales y el Doctor Covalski actores privilegiados del drama de las grandes crisis coloniales y las guerras imperalistas entre los distintos planetas que, inmaduros, tratan de ajustarse violentamente a la difusión de la tecnología (especialmente la de transportes) y, por lo tanto, a la convivencia con el vecino, con el otro. A pesar de los préstamos superficiales de Flash Gordon en Tritón, considerar al personaje de Raymond modelo de Roco Vargas conduciría al error. Flash Gordon se enfrentaba a un gran enemigo, a un supervillano, Ming. En el sucinto Tritón, Torres prueba a parodiarlo con Ming y rápidamente lo desecha. Para él no tiene interés. Él no quiere plantear historias de buenos contra malos. Roco se parece más a Tintín, un hombre (o un grupo), manteniéndose a flote en mitad de las corrientes de la historia, de los grandes acontecimientos, de conflictos políticos y bélicos en los que se cierran etapas universales para dar paso a periodos nuevos y desconocidos


Vista la obra en conjunto des de nuestros días, asombra como Torres ha conseguido recrear, el solo y en apenas cuatro historias el ciclo histórico del cómic de género comercial. Triton representa la Edad de Oro, los argumentos lineales y los dibujos caricaturescos e inseguros: El misterio de Susurro y Saxxon, la confirmación de los resortes convencionales y la deriva hacia el realismo: La Estrella Lejana, la reinvención de los tópicos ) la desactivación de los lastres acumulados en la etapa anterior. Lo mejor de todo es que tal representación se percibe instintiva, en absoluto producto de un engorroso plan maestro para plantear un estéril ejercicio de semiótica académica. Si, es cierto que Torres ilumina toda su obra con el faro de la ironía, pero a veces esa ironía esta más en la mirada del autor hacia sus páginas que en el mismo contenido de éstas.

El rescate de Norma de esta obra magna del cómic español que ya ha cumplido los diez años sirve para comprobar como ha sobrevivido al mas duro de los exámenes la prueba del tiempo. De propina nos trae paginas de bocetos y textos adicionales firmados por Torres y por el mismo Vargas. Quizás sea el momento de que alguien emprenda el examen a fondo de esta densa saga que requiere ser observada desde diversas perspectivas (temas guión, ilustración, arquitectura artes decorativas. etc.) para revelar todos sus secretos.

Un ultimo apunte: cuando inició Roco Vargas. Daniel Torres tenía 24 años. Lo que para él, evidentemente, era una promesa de futuro, para la mayoría de nuestros jovenes autores es sólo una excusa.

Trajano Bermúdez

U, el hijo de Urich #9 marzo 1998


Mutts Patrick McDonnell Planeta-DeAgostini


Tras la desaparición de Calvin & Hobbes y The Far Side, los seguidores de las tiras de prensa norteamericanas nos aferramos a For Better or for Worse, la excelente serie familiar de Lynn Johnston, convencidos del naufragio de una forma de entender la historieta que nos ha legado, literalmente, miles de páginas indiscutibles, firmadas por algunos de los mejores dibujantes que el medio ha producido en sus más de cien años de existencia (y no estamos aquí para exagerar ni un ápice: Walt Kelly, Segar, Caniff, Sterrett, Herriman, Raymond... una lista interminable). Sin embargo, en septiembre de 1994 comenzaban a publicarse bajo el sello de King Features las primeras entregas de Mutts, un trabajo delicioso firmado por Patrick McDonnell. Cuando por fin nos llegó el primer libro editado por Andrews & MeMeel, no quedó más remedio que reconciliarse con el medio.

En esencia, Mutts no es más que la estilización de la clásica animal strip (de la misma forma que lo fue Calvin & Hobbes de la kid strip, o como la obra de Lynn Johnston lo es de la eterna family strip), pero también se trata de un trabajo contemporáneo que asume sus referencias y explora nuevos paisajes expresivos allá donde otros se abandonaron a la monotonía. Centrada en las barrabasadas cometidas por Earl y Mooch, cachorros de perro y gato respectivamente, la obra de McDonnell recupera la estructura minimalista y la atmósfera poética del mejor Herriman, beneficiándose además de una concepción plástica decididamente camp e intemporal que resulta paradójicamente moderna, basada en reducir al mínimo los elementos de cada viñeta, una composición exquisita y la fragilidad de una línea limpia, cristalina.


Patrick MeDonnell nació en 1956 en New Jersey, y creció razonablemente sano merced a una dieta rica en Pogo y Peanuts (y en Jack Kirby, lo crean o no). En los primeros 80 tocó la batería en el grupo Steel Tips (el irresistible arrebato punk inevitable por entonces), y asistió también a la Escuela de Artes Visuales de Nueva York, donde recibió clases de Eisner y Jerry Moriarty y conoció a un buen puñado de gente relacionada con Raw Magazine y su entorno más snob. La idea de convertirse en dibujante de tiras de prensa, una fijación infantil, no se le iba de la cabeza, así que no dejó de considerarla mientras llevaba a cabo diversos trabajos de ilustración en títulos tan dispares como The New York Times Magazine, Readers Digest, Parade, Village Voice, Forbes, Parents. Además. trabajó durante cuatro años en la elaboración del excelente libro Krazy Kat. The comic art of George Herriman, en colaboración con Karen O'Connell y Georgia R. de Havenon (Abrams, 1986: un título imprescindible). Fue ya a principio de los 90 que se puso a trabajar en serio en posibles proyectos para su daily, que cuajaron en un contrato con la King (la casa madre, no lo olvidemos, de Krazy Kat o Thimble Theatre) y el éxito fulgurante de Mutts (se publica en más de 400 periódicos, y se han editado libros recopilatorios en siete países, lo cual no es mal curriculum para una obra que aún no lleva cuatro años publicándose).

En el actual paisaje historietistico norteamericano, la tira diaria continúa estando a la cabeza del medio, bien merced a mutaciones agresivas como Ernie (de Bud Grace) o Grimmy (de Mike Peters) o bien gracias a la inteligente renovación formal de estilistas como Patrick McDonnell. Quizá la idea de que en las tres o cuatro viñetitas minúsculas de una tira haya más inteligencia que en una pila de comic books amontonados al azar pueda parecer aventurada o, cuando menos, exagerada. No obstante bastará la lectura de un par de páginas de Mutts para confirmarla.

(A la hora de redactar este texto aún no ha aparecido la edición española, de la que únicamente podemos decir que no incluirá las sundays y que la traducción ha sido un trabajo agotador y, en ocasiones, imposible. Los diálogos de Mutts, como los de Krazy Kat o los de Pogo, son en sí mismos intraducibles, están llenos de juegos de palabras, de chistes fonéticos, la mitad de su belleza proviene del ritmo interno de las frases, y todo eso se pierde al verterlo a otro idioma. Habría que llevar a cabo, en todo caso, una reescritura, con los riesgos consiguientes. No dudo, sin embargo, en aplaudir la iniciativa de Planeta, que de vez en cuando nos obsequia con algo más que pan duro. Con mucho más, en este caso. Queda por ver que el público, por una vez, responda.)

francisco naranjo


U, el hijo de Urich #9 marzo 1998


El íntimo eco de una relación prohibida

 Por Noelia Ibarra y Álvaro Pons

La vida ajena nos atrae con un magnetismo perturbador, resulta indudable, pero no la que se narra de una forma canónica desde el género biográfico, con su estricta cronología progresiva y análisis concienzudo, sino esa que vemos a través de la ventana abierta de un vecino, como Jeff desde su silla de ruedas en la película de Hitchcock. Lo que nos produce esa pulsión es lo prohibido, la exposición de una intimidad a la que lógicamente no estamos invitados, pero que nos despierta una fascinación casi pecaminosa. Cuando Kim compró en el rastro un cuaderno con unas bonitas letras doradas impresas que decían "El meu diari", puede que solo existiera el germen de esa curiosidad, similar al de una foto encontrada en la calle desde la que mirar la vida de los demás. Sin embargo, conforme la propietaria de aquel diario desgranaba sus preocupaciones y sentimientos, el dibujante de obras maestras como El arte de volar o El ala rota iba descubriendo la historia esbozada tras cada entrada y la necesidad de compartirla, la de un amor prohibido entre una joven de la burguesía catalana y un acomodado hombre casado en la Barcelona de la guerra y la posguerra.

Página del cómic El diario de la señorita Litgi, de Kim Aubert. Norma


Se trataba además de una época bien conocida por Kim, gracias a sus trabajos con Antonio Altarriba, pero decidió trasladar a la viñeta con exquisito respeto el texto encontrado porque la señorita Litgi, como decidió llamar a la desconocida protagonista, escribía a un hombre ausente del que estaba profundamente enamorada. No podía juzgar esa relación prohibida, solo aproximarse al abismo de la voz interior de alguien que se desnuda sin tapujos ante el ser amado. Una compleja caligrafía tras la que escribía una mujer cuya relación amorosa era prohibida por la moral imperante, pero que no podía ni deseaba renunciar a ella, y al tiempo, abriéndose paso en el terreno laboral de forma autónoma frente al papel destinado a las mujeres en la posguerra, como esposas y amas de casa.

En esa interrelación entre la sumisión al modelo romántico y la emancipación Kim se convierte en simple transmisor de unas palabras que, además, se expresan en un catalán perseguido entonces. Con exquisita rigurosidad, compone un escenario de fondo que revela el contexto sociohistórico de la dictadura en esa burguesía catalana, evitando con sensibilidad cualquier estereotipo al dibujar a sus personajes para no traicionar el manuscrito original, para recuperar esa memoria íntima de una vida privada que nunca tuvo la intención de ser conocida. No importa su opinión, solo participa para dialogar con el lector en torno a sus dudas sobre los silencios y periodos en blanco, compartidos como pósits sobre las páginas de un diario que, acertadamente, decide incluir en su adaptación.

Como en aquellas deliciosas Historias Selección de Bruguera, el texto convive con las viñetas creando espacios desde los que contemplar la vida de esta mujer que resquebrajaba moldes establecidos al estudiar Medicina en la universidad y enfrentarse a su familia por elegir su propio destino, mientras en la intimidad asistimos a la construcción de un ideal heredero de esa representación adornada y maquillada del amor que la poesía y la literatura romántica imponían. Contradicciones de una vida que se nos antoja real al intentar refugiarse en las ficciones que convierten nuestra existencia en más llevadera, esas mentiras que vamos componiendo sobre nuestro día a día para soportar las dudas que nos infligen las falsedades de los demás. Ella rellena las ausencias de su amado tejiendo para él un relato de sus sentimientos, a modo de extraña hibridación entre la Penélope resignada a la soledad de la separación y la necesidad de la desconocida de Zweig para que el amado sepa de ella. Da igual todo lo que ocurre a su alrededor, no importa la batalla contra la norma, toda su vida gira en torno a ese amor que se subleva desde una realidad tóxica a la entronización de un ideal. Sin embargo, tras la traducción a viñetas, nos aguarda un sorprendente giro de guión: Kim abandona el pasado para buscar desde el presente a la protagonista de su relato. Las viñetas en tonos sepia dejan paso al color y la luz de la Barcelona de hoy, creando el diálogo entre realidades, entre épocas donde las lecturas realizadas desde la libertad reescriben a aquella mujer desde nuevas perspectivas. El autor que lleva años satirizando la actualidad con Martínez el facha torna ahora como protagonista de un objeto que resulta ser poliédrico, que compone un relato donde todas las paradojas e incoherencias comienzan a entretejerse para crear algo nuevo y diferente, donde los límites de la ficción y la verdad se confunden con naturalidad, se entrecruzan dejando espacio para la verosimilitud, para que la voz de la señorita Litgi sea no solo la de una mujer enamorada que cree en esos modelos de cartón piedra con los que ha crecido desde niña, sino la de toda una sociedad que reclamaba libertad mientras ellos vivían su amor prohibido y la vida transcurría a su alrededor sin apenas molestarles. Kim ha creado con El diario de la señorita Litgi una obra con infinitas lecturas. Tantas como tiene el amor. Tantas como tiene la vida. Tantas como tiene la historia.


El diario de la señorita Litgi

Kim Aubert

Norma Editorial, 2025 

128 páginas. 24,95 euros


Babelia Núm. 1.788 Sábado 28 de Febrero de 2026