Tras la desaparición de Calvin & Hobbes y The Far Side, los seguidores de las tiras de prensa norteamericanas nos aferramos a For Better or for Worse, la excelente serie familiar de Lynn Johnston, convencidos del naufragio de una forma de entender la historieta que nos ha legado, literalmente, miles de páginas indiscutibles, firmadas por algunos de los mejores dibujantes que el medio ha producido en sus más de cien años de existencia (y no estamos aquí para exagerar ni un ápice: Walt Kelly, Segar, Caniff, Sterrett, Herriman, Raymond... una lista interminable). Sin embargo, en septiembre de 1994 comenzaban a publicarse bajo el sello de King Features las primeras entregas de Mutts, un trabajo delicioso firmado por Patrick McDonnell. Cuando por fin nos llegó el primer libro editado por Andrews & MeMeel, no quedó más remedio que reconciliarse con el medio.
En esencia, Mutts no es más que la estilización de la clásica animal strip (de la misma forma que lo fue Calvin & Hobbes de la kid strip, o como la obra de Lynn Johnston lo es de la eterna family strip), pero también se trata de un trabajo contemporáneo que asume sus referencias y explora nuevos paisajes expresivos allá donde otros se abandonaron a la monotonía. Centrada en las barrabasadas cometidas por Earl y Mooch, cachorros de perro y gato respectivamente, la obra de McDonnell recupera la estructura minimalista y la atmósfera poética del mejor Herriman, beneficiándose además de una concepción plástica decididamente camp e intemporal que resulta paradójicamente moderna, basada en reducir al mínimo los elementos de cada viñeta, una composición exquisita y la fragilidad de una línea limpia, cristalina.
Patrick MeDonnell nació en 1956 en New Jersey, y creció razonablemente sano merced a una dieta rica en Pogo y Peanuts (y en Jack Kirby, lo crean o no). En los primeros 80 tocó la batería en el grupo Steel Tips (el irresistible arrebato punk inevitable por entonces), y asistió también a la Escuela de Artes Visuales de Nueva York, donde recibió clases de Eisner y Jerry Moriarty y conoció a un buen puñado de gente relacionada con Raw Magazine y su entorno más snob. La idea de convertirse en dibujante de tiras de prensa, una fijación infantil, no se le iba de la cabeza, así que no dejó de considerarla mientras llevaba a cabo diversos trabajos de ilustración en títulos tan dispares como The New York Times Magazine, Readers Digest, Parade, Village Voice, Forbes, Parents. Además. trabajó durante cuatro años en la elaboración del excelente libro Krazy Kat. The comic art of George Herriman, en colaboración con Karen O'Connell y Georgia R. de Havenon (Abrams, 1986: un título imprescindible). Fue ya a principio de los 90 que se puso a trabajar en serio en posibles proyectos para su daily, que cuajaron en un contrato con la King (la casa madre, no lo olvidemos, de Krazy Kat o Thimble Theatre) y el éxito fulgurante de Mutts (se publica en más de 400 periódicos, y se han editado libros recopilatorios en siete países, lo cual no es mal curriculum para una obra que aún no lleva cuatro años publicándose).
En el actual paisaje historietistico norteamericano, la tira diaria continúa estando a la cabeza del medio, bien merced a mutaciones agresivas como Ernie (de Bud Grace) o Grimmy (de Mike Peters) o bien gracias a la inteligente renovación formal de estilistas como Patrick McDonnell. Quizá la idea de que en las tres o cuatro viñetitas minúsculas de una tira haya más inteligencia que en una pila de comic books amontonados al azar pueda parecer aventurada o, cuando menos, exagerada. No obstante bastará la lectura de un par de páginas de Mutts para confirmarla.
(A la hora de redactar este texto aún no ha aparecido la edición española, de la que únicamente podemos decir que no incluirá las sundays y que la traducción ha sido un trabajo agotador y, en ocasiones, imposible. Los diálogos de Mutts, como los de Krazy Kat o los de Pogo, son en sí mismos intraducibles, están llenos de juegos de palabras, de chistes fonéticos, la mitad de su belleza proviene del ritmo interno de las frases, y todo eso se pierde al verterlo a otro idioma. Habría que llevar a cabo, en todo caso, una reescritura, con los riesgos consiguientes. No dudo, sin embargo, en aplaudir la iniciativa de Planeta, que de vez en cuando nos obsequia con algo más que pan duro. Con mucho más, en este caso. Queda por ver que el público, por una vez, responda.)
francisco naranjo
U, el hijo de Urich #9 marzo 1998


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