jueves, 22 de diciembre de 2022

Esos días que desaparecen El futuro se escribe hoy

Por Bouman



Estamos ante una obra fascinante, de una madurez pasmosa, en la que no faltan los elementos fantásticos sin que desentonen en una historia de corte realista con su dramatismo correspondiente siendo al final altamente emocional, y todo ello realizado de forma magistral por un joven autor que contaba tan solo con 27-28 años. Esos días que desaparecen es la tercera obra producida por Timothé Le Boucher (Francia, 1988) pero la primera en llegar traducida a España de la mano de Dibbuks.

Lubin es un prometedor acróbata que tras un leve accidente durante un espectáculo comenzará a vivir algo inusual dentro de su vida cotidiana. Tras perder una apuesta con su amigo y compañero de trabajo, se da cuenta que solo recuerda uno de cada dos días, pero enseguida es consciente de que el resto de días «no vividos» alguien está usurpando su cuerpo con una personalidad totalmente distinta a la suya. Esta extraña situación le traerá problemas para mantener el ejercicio que le exige su carrera artística además de seguir de forma normal con su vida personal. Todo deriva a caminos insospechados y fascinantes que no voy a desvelar porque sería arruinar la experiencia del lector primerizo, aunque sí apuntaré que el cómic termina por explorar distintos aspectos de la vida que afecta a todos sus protagonistas. El autor mantiene la intriga y el interés narrativo siguiendo la historia desde el único punto de vista del protagonista descubriéndonos qué está sucediendo a la vez que lo averigua o lo vive. Las reglas cambian y Lubin debe aprender un nuevo modo de afrontar la vida, de aprovechar cada minuto para recuperar el control mientras la situación le fuerza a reorganizar sus prioridades. Las casi doscientas páginas del álbum permiten a Le Boucher desarrollar a fondo la complicada situación y su problemática conciliación; también da juego para estirar el tiempo del que dispone Lubin a su antojo y cómo lo aprovecha, siendo de lectura más tranquila al inicio del cómic con pocas viñetas por página, para acabar con una estructura más tensa a medida que avanza la historia, disponiendo unas últimas páginas repletas de viñetas. Se pueden sacar valiosas lecciones de esta lectura que se rumian al cerrar el álbum en un cómic que arranca como una obra aparentemente de evasión e intriga y termina siendo un análisis de muchos aspectos de la vida moderna.

Si nos adentramos en la trayectoria de Le Boucher, en sus primeros dos cómics contaba con un estilo gráfico más ágil y menos definido que podría recordar, por actitud, al de Bastien Vivès. Sin embargo, en Esos días que desaparecen realiza un gran salto de calidad consiguiendo un dibujo más estilizado con unos escenarios de fondo tratados con el mismo nivel de detalle, seña de identidad que ha mantenido en su siguiente cómic Le patient, un thriller inédito hasta la fecha aquí. Otro punto destacable es el uso del color, del que también ha habido un cambio drástico respecto a sus trabajos previos, donde juega un papel más discreto acotándose a la realidad, ya que es la historia la que condiciona las atmósferas de los protagonistas: a oscuras en el cine o en una habitación, de iluminación más fantasiosa en el teatro, o lúgubre de noche en la piscina, por ejemplo. Narrativamente no hay peros, Timothé Le Boucher crea una historia que nos pone en la terrible situación de sentirla propia, de hacernos imaginar cuál podría ser nuestra respuesta ante la misma situación…

Conseguir la satisfacción del lector en esas condiciones ofreciéndole una conclusión a la altura de la premisa propuesta pudiera parecer un reto sumamente difícil; y sin embargo, Le Boucher hace que parezca fácil.

Esos días que desaparecen nos presenta a un autor completo con un estilo gráfico fino y un control de la historia minucioso. Con cuatro obras a sus espaldas, es sin duda uno de los jóvenes con más proyección de futuro del cómic.


Jot Down Comics


martes, 20 de diciembre de 2022

Cómic. Tebeos para pensar, enseñar, divertir y recordar por Alvaro Pons

 Con casi un tercio de las novedades y dos tercios de las ventas, el manga se ha convertido en una potente locomotora

No es difícil imaginar que los grandes titulares del cómic en 2022 se los llevará el manga: ha protagonizado un espectacular crecimiento que, al calor de los éxitos editoriales del año anterior, ha favorecido la apertura de nuevos sellos dedicados al cómic japonés en los grandes grupos de edición y la aparición de pequeñas editoriales que buscan su nicho especializado dentro de las diversas demografías y tendencias. Con casi un tercio de las novedades producidas y, según se rumorea, casi dos tercios de las ventas, el manga se ha convertido en una potente locomotora no solo de la industria del cómic, sino en general del libro en nuestro país. Pero, más allá de la omnipresencia nipona, es interesante comprobar cómo se han ido instalando en segundo plano otras tendencias que pueden influir decisivamente en el desarrollo del cómic. En primer lugar, la confirmación del ensayo gráfico como una especialidad en auge de la historieta: ya sea desde la aproximación periodística, la reflexión ensayística o la biografía, el cómic se ha revelado como un potente lenguaje para el ensayo que ya forma parte de la oferta establecida, incluso con una editorial, Garbuix Books, que ha encontrado en este ámbito su especialidad, con obras tan interesantes como El meteorito de Hodges, de Fabien Roché (traducción de Montse Terrones). Una línea que permite la reflexión de actualidad como la que plantean alrededor de la emergencia climática El meteorito somos nosotros, de Dario Adanti (Astiberri), o El mundo sin fín, de Jean-Marc Jancovici y Christophe Blain (Norma Editorial; traducción de Daniel Cortés). Libros que también podrían ser usados sin ningún problema en el aula, reforzando otra de las grandes tendencias de este año que, además, abre un nuevo camino a la historieta: su uso como herramienta didáctica. La presencia del cómic en el espacio educativo es ya una realidad que está protagonizando un indudable interés desde la academia y la profesión como un instrumento de gran potencia para las nuevas metodologías que se están implantando. Si la Colección Científicos de Jordi Bayarri o la línea Mamut Listo de Mamut Cómics estaban demostrando el indudable papel del tebeo para la divulgación científica, autores como el prolífico profesor Pedro Cifuentes están apostando por el noveno arte como un lenguaje de gran eficacia para la enseñanza de Humanidades desde la experiencia personal: la aparición de Prehistoria. Historias de España se une a la serie de Historia del Arte editada también por Desperta Ferro Ediciones, a la par que Harper Collins estrena su aproximación a la literatura en Un viaje por las letras. Una línea en la que no hay que olvidar otras contribuciones como la de la editorial Cascaborra, especializada en el cómic histórico y que este año ha publicado obras tan fundamentales como la reflexión sobre la España vaciada y la memoria de la Guerra Civil de Tito, Soledad; o las obras que desde el manga exploran la filosofía en la editorial Herder.


Un fragmento de la portada Escucha, hermosa Márcia, de Marcello Quintanilla. ASTIBERRI

Se aprovecha así el potencial para la enseñanza de un lenguaje visual que en el pasado fue denostado como una forma cultural solo para la infancia y que hoy reclama ese espacio con fuerza lejos de los prejuicios de antaño. El cómic infantil y juvenil está viviendo una auténtica explosión desde el papel pionero de la colección Mamut Cómics, con superventas como Superpatata, de Artur Laperla, o el indudable tirón de autoras como Raina Telgemeier, que han demostrado que el tebeo para los más pequeños vive un momento de renovado interés, favoreciendo la aparición de sellos dedicados al cómic infantil y juvenil en las editoriales, con un movimiento que incluye tanto al manga como su versión infantil, el kodomo, como a los superhéroes, y que ha permitido la publicación de obras tan sugerentes como Perdido en el futuro, de Álex Fuentes y Damián (Astiberri); La charada de la corte, de Flore Vesco y Kerascoët (Astronave), o El tapiz de los dragones de té, de Katie O´Neill (La Cúpula). Una pujanza a la que quizás se debe añadir la nostalgia de las lecturas de la infancia, con líneas tan celebradas como la Albión de la editorial Dolmen que recupera a héroes como Zarpa de Acero, Mytek o Kelly Ojo Mágico, que se une a la reivindicación de clásicos americanos de prensa y de series españolas tan recordadas como Esther y su mundo o El Guerrero del Antifaz.



El Pais. Babelia nº 1.621. Sábado 17 de diciembre de 2022


lunes, 19 de diciembre de 2022

Los 10 mejores cómics del año por Babelia

Del ensayo biográfico a títulos donde el protagonista es el dibujo, una selección de las excelentes obras publicadas a lo largo de estos 12 meses.

Hierba, de Keum Suk Gendry Kim (Reservoir Books; traducción de Joo Hasum)

Un durísimo relato de los abusos cometidos por el Ejército japonés sobre las mujeres coreanas, narrado por una de aquellas "mujeres de consuelo". La autora consigue un testimonio tan importante como estremecedor.










Túneles, de Rutu Modan (Salamandra Graphic; traducción de Ayeleth Nirpaz. En catalán, por Ed. Finestres; tracucción de Eulàlia Sariola)

Sorprendente tebeo de aventuras, canónico en una forma casi tintiniana, pero que la autora traduce en una reflexión sobre el enfrentamiento, la naturaleza humana y el papel de las ficciones que no deja indiferente.

La cuenta atrás, de Carlos Portela y Sergi San Julián (ECC Cómics)

Veinte años después, la tragedia del Prestige es analizada con precisión y brillantez formal para intentar buscar, más que culpables, respuestas. Una ficción que resulta más cercana a la realidad que el discurso oficial.

Escucha, hermosa Márcia, de Marcello Quintanilla (Astiberri; traducción de Mercedes Vaquero)

Un thriller cotidiano que tiene como escenario un Brasil de injusticias y desigualdades que se traduce en relato de empoderamiento y lucha que deja un espacio para la esperanza.

Dulce de leche, de Miguel Vila (La Cúpula; traducción de Inés Sanchez)

Sugestiva incursión en los mecanismos de la atracción que se olvida de los filtros de las redes sociales para mostrar una perspectiva sórdida y visceral de la otra cara del romanticismo.

Paracuellos 9, de Carlos Giménez (Reservoir Books)

Punto final para la gran obra maestra del cómic español, que el autor aprovecha para hacer un recorrido por toda la serie y sus personajes, cerrando un ciclo que ha escrito la memoria de este país.

Goya.Saturnalia, de Manuel Gutiérrez y Manuel Romero (Cascaborra)

El momento de creación de las Pinturas negras es aprovechado por los autores para acercarse a la biografía del pintor aragonés usando todo el potencial simbólico del lenguaje del cómic y reflexionar sobre la creación como impulso en su contexto.

Breve historia del Robo sapiens, de Ringo Yoto (Héroes de Papel; traducción de Marc Bernabé)

El género robótico es habitual del manga, pero aquí se conjuga con habilidad con la poética de la obra de Bradbury para encontrar un relato propio, tan sugerente como magnético, sobre la relación entre la humanidad y sus creaciones.

La joven y el mar, de Catherine Meurisse (Impedimenta; traducción de Rubén Martín)

El dibujo como puente entre culturas y, sobre todo, como celebración de la vida. La autora francesa logra transmitir pasión por el arte y contagiar su amor a la naturaleza con una obra donde el dibujo toma todo el protagonismo.

La pequeña genia y la partida de shatranj, de Álvaro Ortiz (Astiberri)

Divertidísimo cómic infantil que mezcla sin problemas todo tipo de referentes para crear una historia que atrapa desde su primera página. Desde el relato clásico de Las mil y una noches hasta temas candentes, tratando al lector infantil de tú a tú sin prejuicios.


El Pais. Babelia nº1.621. Sábado 17 de diciembre 2022


domingo, 18 de diciembre de 2022

La importancia de la cotidianidad en las tiras de prensa

Por Francisco Saez

Terry y los piratas 1936 1937 pag 3

Una de las consecuencias positivas derivadas del aumento del número de cómics publicados en nuestro país en los últimos años ha sido la reedición de alguno de los clásicos de las tiras de prensa estadounidenses, de manera que, actualmente, iniciativas como la colección Sin Fronteras de Dolmen o el trabajo de Manuel Caldas, junto con la publicación de otras series importantes de una forma más puntual por parte de otras editoriales, permiten que el lector español tenga acceso a algunas de las series más importantes del cómic clásico de los Estados Unidos. De esta forma, actualmente se encuentran disponibles en las librerías ediciones de buena calidad de etapas de gran interés de series emblemáticas como Flash Gordon, Príncipe Valiente, Tarzan o Terry y los piratas junto con otras menos conocidas como Lance o Casey Ruggles. Sin embargo, pese a ese esfuerzo editor, estamos todavía muy lejos de disponer de ediciones que nos permitan conocer toda la riqueza de las tiras de prensa publicadas en los Estados Unidos durante algo más de la primera mitad del siglo XX, que fue el periodo dorado de este tipo de cómic.

Para entender la importancia de las tiras de prensa debemos retroceder un poco en el tiempo. Nos situamos en octubre de 1989, cuando expertos de varios países se reunieron en el Salón Internacional de Lucca para determinar el origen del cómic. Prácticamente por unanimidad dicho origen se dató el 25 de octubre de 1896 con una página de The Yellow Kid de Richard F. Outcault en la que se introducen dos aspectos que se consideraron fundamentales: una cierta narrativa secuencial y el uso del bocadillo como elemento que aportaba un significado adicional a las imágenes. Hoy en día ya sabemos que esta decisión es claramente discutible, ya que obvia el trabajo que muchos otros autores llevaban haciendo en Europa en la primera mitad del siglo XIX, encabezados por Rodolphe Topffer que parece que, actualmente, ofrece un consenso mayor si fuera necesario (¿lo es realmente?) poner origen a un medio que se basa en la narración por medio de imágenes, algo que el hombre lleva haciendo durante siglos de una u otra manera. Por otro lado, ni siquiera en los Estados Unidos se puede considerar que la primera página de cómic publicada sea esa página de The Yellow Kid ya mencionada y algunos autores consideran que el trabajo de dibujantes como James Swinnerton o E. M. Howarth anteceden a la obra de Outcault en el uso de la narrativa secuencial.

Sin embargo, la elección de The Yellow Kid tiene un significado, además del obvio que era encontrar una fecha para poder celebrar el primer centenario del cómic, y es que durante mucho tiempo se consideraba que el origen del cómic estaba en la prensa de los Estados Unidos. Y una de las explicaciones que tiene este fenómeno, además del posible desconocimiento, es que si volvemos a retroceder en el tiempo, en este caso hasta la fecha de 1896 ya mencionada, podríamos ver que The Yellow Kid sí que tuvo un carácter pionero, si consideramos que su enorme éxito fue la causa del comienzo de una industria que llevaría a que, en pocos años, en todos los periódicos de los Estados Unidos (a excepción de The New York Times) se publicaran, con gran éxito, diferentes series de cómic tanto en forma de tira diaria en blanco y negro como de página semanal publicada en el suplemento dominical a todo color, de manera que el cómic de prensa se convierte en el formato donde se produce un desarrollo más continuado del cómic durante muchos años. Un desarrollo que, desde muy pronto, tiene una gran repercusión en el lector como prueba que, ya en el año 1916, Julio Camba, corresponsal del diario ABC en Nueva York, muestra en una de sus crónicas diarias su asombro ante la fascinación de los estadounidenses por las tiras de cómics.

Otra prueba muy importante de esta repercusión, realizando un nuevo salto en el tiempo esta vez hacia adelante, es el hecho de que cuando en el año 1946 se publica el libro While you were gone para mostrar a los soldados que regresaban de la guerra cómo habían sido estos años en el país que habían dejado atrás, se encargó a Milton Caniff, uno de los autores más importantes de la época gracias al éxito de su serie Terry y los piratas, que escribiera un capítulo dedicado a los cómics. Hay que tener en cuenta que en este libro se recogían todos los aspectos que se consideraban relevantes para la sociedad de la época, incluyendo la política, la economía, el arte y el entretenimiento. En este último apartado, el cómic (y esencialmente el cómic de prensa) tenía la misma consideración que otros medios artísticos, como el cine, el teatro o la literatura.

En el capítulo dedicado a los cómics en While you were gone se muestra una lista de los diez cómics de prensa con un número mayor de lectores durante los años 1944 y 1945. La lista es la siguiente:


Joe Palooka de Ham Fisher 40 mill. de lectores

Blondie de Chic Young 35 mill. de lectores

Li’l Abner de Al Capp 32 mill. de lectores

Little Orphan Annie de Harold Gray 32 mill. de lectores

Terry y los piratas de Milton Caniff 31 mill. de lectores

Dick Tracy de Chester Gould 30 mill. de lectores

Moon Mullins de Frank Willard 28 mill. de lectores

Gasoline Alley de Frank King 27 mill. de lectores

Bringing Up Father de George McManus 26 mill. de lectores

The Gumps de Gus Edson 26 mill. de lectores

Varias cosas nos pueden llamar la atención de este listado. En primer lugar, el número de lectores diarios que tenían estas series demuestra su enorme popularidad, ya que están al nivel o incluso superan a las audiencias de las principales series de TV actuales, siendo el cómic, por tanto, en este periodo un verdadero medio de comunicación de masas, lo que explica su consideración como elemento importante de la sociedad de los Estados Unidos de entonces. En segundo lugar, es interesante reseñar que la mayoría de las series que consideramos más importantes hoy en día, protagonizadas por los héroes aventureros de King Features Syndicate (como Phantom, Flash Gordon o Príncipe Valiente) no aparecen en la lista. Eso no quiere decir que no tuvieran varios millones de seguidores, que los tenían, pero estaban por debajo de las series más populares del momento. De hecho, en esta lista solo aparecen tres series que podemos definir como de aventuras, que son Joe Palooka (y con ciertas reservas), Dick Tracy y Terry y los piratas.

Si atendemos a la división que en muchas de las historias del cómic posteriores se ha realizado de las tiras de prensa en series de humor o series de aventuras, podemos caer en el error de pensar que el resto de las series son humorísticas, cuando realmente solo se pueden considerar que, de la lista, tienen un carácter cómico Blondie o Bringing Up Father. Por tanto, lo que tienen en común las series que, de entre las más leídas, no son de aventuras, no es su carácter cómico, sino un aspecto fundamental de las tiras de prensa que ha sido obviado en estudios posteriores. Este aspecto es que el desarrollo diario de estas series estaba basado en la representación de la cotidianidad, en la narración de la vida diaria en diferentes ámbitos de los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX. Una cotidianidad que nos permite reconstruir los modos y costumbres de la sociedad de aquel país durante esos años y a la que ayudaba la publicación seriada de forma diaria en los periódicos añadiendo una componente temporal que reforzaba ese sentimiento de pedazo de vida que desprendían estas series.

Así, los lectores sentían que los personajes principales de los cómics publicados en la prensa formaban parte de su vida, porque en el fondo así era, gracias a que cada día de la vida del lector, durante el momento de la lectura, accedía a un pedazo de la vida de esos personajes. Esta situación tenía como consecuencia que sintieran esas vidas ficticias como propias. En series tan maravillosas como Gasoline Alley, cuando Skeezix es llamado al frente durante la Segunda Guerra Mundial, hay una conmoción nacional porque los lectores sentían como si fuera a la guerra alguien de su familia, ya que habían crecido con el personaje (hay que recordar que en Gasoline Alley el tiempo de la serie transcurría al mismo ritmo que el tiempo del lector). O en The Gumps la muerte de un personaje como Mary Gold causó un luto nacional que se repetirá con la muerte de Raven Sherman en Terry y los piratas, serie que, por otro lado, pese a ser catalogada como de aventuras, muchos lectores seguían a modo de crónica cotidiana de los soldados en la Segunda Guerra Mundial, como la correspondencia recibida por Milton Caniff atestigua.

Se trata de series que, en cierta medida, por su carácter de narraciones de la vida diaria, se pueden considerar las predecesoras de la novela gráfica o, más bien, novelas gráficas publicadas por entregas. Series que además muchas de ellas, como las ya mencionadas Gasoline Alley o The Gumps u otras como Little Orphan Annie o Moon Mullins, mantienen un alto nivel artístico durante la mayor parte de su trayectoria y que han influido a muchos autores actuales como Seth o Chris Ware. Por ese motivo, la recuperación de las series de prensa de aventura con la que se iniciaba este artículo es fundamental para que el lector tenga a su disposición una parte muy importante de la historia del cómic, en general, y de los Estados Unidos, en particular. Pero no debe quedarse ahí, sino que debe ser el inicio de una recuperación del patrimonio del cómic de prensa que contemple uno de sus aspectos más importantes y menos recordados por los lectores actuales: esa cotidianidad que hizo que fueran seguidos, día tras día, por millones de lectores durante décadas.



Jot Down Comics


sábado, 17 de diciembre de 2022

El Inmortal Hulk Terrores nocturnos

Por Joel Mercé



Hurgar en la cabeza de Bruce Banner es uno de los pasatiempos favoritos de los guionistas que reciben el encargo de contar las aventuras de Hulk. El monstruo esmeralda es la manifestación de todo aquello que reprime su mitad humana y, según hemos ido viendo a lo largo de los años, Banner tiene mucho que reprimir. Desde un enfoque distinto, la nueva serie de Hulk (que ahora lleva delante la coletilla «El inmortal») supone otra vuelta de tuerca a lo que se cuece dentro de esa cabeza.

A Bruce Banner le vimos morir en las segundas Guerras Civiles de los superhéroes, atravesado por una flecha disparada por Ojo de Halcón. Banner tenía demasiado miedo de perder el control y acabó planeando su propio final. Fue demasiado optimista. En el tiempo en que estuvo criando malvas, tuvimos a Amadeus Cho ocupando su lugar como monstruo gamma. Una encarnación floja, sin demasiado espíritu, que empezó como una versión más luminosa y amable del personaje pero acabó siendo más de lo mismo, pero descafeinado. No perdimos de vista a Banner y a su cadáver, ya que hubo un par de intentos de resurrección. No hay nada que guste más a un guionista Marvel que sacar a un personaje de la tumba.

Y de ahí, literalmente, salió Bruce Banner durante el gran evento de los Vengadores conocido como Sin rendición. Como tantas otras veces había hecho antes, el monstruo volvía de la muerte. Más despiadado, más cruel, pero totalmente lúcido y controlado. En palabras de Simon Williams, alias el Hombre Maravilla, en su primera lucha con el renacido Hulk: «no es Banner, es… el otro tipo».

De la aventura cósmica de los Vengadores saltábamos al número 1 de Inmortal Hulk, un cómic con una atmósfera muy distinta a anteriores colecciones del monstruo de piel verde pero que, a la vez, tiene muchísimos elementos que nos sonarán del pasado. Bruce Banner vuelve a ser el paria que huye de pueblo en pueblo, escondiéndose, mientras el monstruo campa a sus anchas de noche. Esta dicotomía de Banner de día, Hulk de noche, se recupera de los primeros tiempos del personaje. Y ese huir por lo más profundo de Estados Unidos recuerda poderosamente a la serie televisiva de los años 70. El guionista, Al Ewing, nació en 1977: ese Hulk de Bill Bixby y Lou Ferrigno es el de su infancia, como el de tantos otros que fuimos niños en esa misma época. También recordaba a esa serie la etapa de Bruce Jones como guionista de los cómics de Hulk, muchas veces denostada de forma injusta.

Pero hay algo nuevo en este Inmortal Hulk: es más un tebeo de terror que de superhéroes. Cuando cae la noche y el monstruo sale, no tiene piedad. Mutila, destroza, es una máquina de causar dolor. Se toma su tiempo para la venganza y la ejecuta de forma cruel. Banner muere durante el día en ocasiones, pero ahí está Hulk acechando para traerlo de vuelta en cuanto se esconde el Sol. No es ninguna de las encarnaciones más típicas del Coloso Esmeralda: ni el Hulk salvaje, ni el Hulk gris, ni el Hulk inteligente. Es algo nuevo y amenazador, algo que se enconde dentro de Banner esperando su momento para salir, con un brillo de maldad en los ojos. El dibujante de esta serie, el brasileño Joe Bennet, contribuye a crear esta atmósfera de una manera magistral. Es de largo su mejor trabajo y no solo borda las terroríficas apariciones del monstruo, sino que se atreve con peleas más superheroicas y con lo que le echen.

A medida que la serie avanza, vamos conociendo más de esta nueva encarnación del personaje. Hay bastante de la etapa de Paul Jenkins, que fue un festival de las personalidades múltiples del Coloso Esmeralda, en este nuevo Hulk de Al Ewing. Regresan los traumas de su infancia, especialmente el que más le marcó y que muchos guionistas se han encargado de remarcar como el origen del monstruo. Y flota en el aire una presencia inquietante, la de una misteriosa puerta verde, que acompaña a Hulk desde su regreso en la serie de los Vengadores y que esconde algo peor, mucho peor, que este nuevo y despiadado Hulk.

Se agradece el intento de hacer algo nuevo con Hulk pero que, a la vez, recupere elementos del pasado y sea coherente con la historia anterior. Aunque a medida que avanzan los meses empiecen a aparecer otros superhéroes y aunque el tono tremendamente sombrío de los primeros ejemplares se vaya suavizando en los posteriores, no dejamos de estar ante un tebeo que es más de terror que de superhéroes. Y, por la experiencia reciente con otras series que han acabado rompiendo, cuando Marvel se atreve a apostar por la mezcla de géneros y la experimentación acaba saliendo algo bueno. Como este Inmortal Hulk.


Jot Down Comics



Adiós desde Planilandia, Calpurnio por Alvaro Pons

El ilustrador, creador de Cuttlas, un vaquero con el que triunfó su línea minimalista, falleció el jueves en Valencia, a los 63 años, tras una larga enfermedad.

Hace unos años, en los tiempos de la pandemia, Calpur me llamó para que le echara una mano en un nuevo proyecto que tenía entre manos. Era un proyecto misterioso porque, en otras ocasiones, me había mandado un PDF para que le diera mi opinión o incluso le escribiera un prólogo, pero, esta vez, la explicación fue escueta: "Vente a mi casa y ya lo verás". El enigma se resolvió rápido y no me pareció tan, tan arcano: quería hacer un Libro gordo Calpurnio, un grueso volumen que recopilara toda su obra más allá del cómic.



Calpurnio, en 2016 en el Salón del Cómic de Zaragoza./ DANIEL SURUTUSA

Aunque la obra de Calpurnio -fallecido el jueves en Valencia a los 63 años, tras una larga enfermedad- en el mundo del cómic era inmensa, su curiosidad de niño inquieto le había llevado a explorar todos los caminos imaginables. La lista, sin querer ser exhaustiva, incluye muralismo, publicidad, ilustraciones, videoinstalaciones, música, merchandising, muñecos de felpa, barajas de cartas, portadas de discos, decoración de locales, diseño de escenarios de películas, dibujos para textiles, cartelismo, señalética, posavasos...¡Hasta una taza de váter! Me decía, con sorna tranquila, porque Calpur era un hombre apacible y extremadamente humilde, que ante todo ese despliegue parecía que tenía un déficit de atención, pero era solo que le gustaba probar de todo. Y aunque uno hubiese leído los tebeos de Calpur desde que sus monigotes aparecieran en el fanzine El Japo hace ya unas décadas; aunque conociera bien que la obra de este zaragozano nacido en 1963 como Eduardo Pelegrín Martinez de Pisón, pero transformado por obra y gracia de apellido en nueva reencarnación del romano Cayo Calpurnio Pisón, era variada y poliédrica, el torrente de imágenes que vomitaba la pantalla del ordenador superaba con creces lo que podía asimilar en una visita a domicilio.

Ya en casa, al pasar las páginas y páginas de ese libro gordo que dejaba a Petete en parvulitos sin imaginación, empecé a comprender lo equivocado que estaba con Calpurnio. Obnubilado por las implicaciones que suponían para el noveno arte los descubrimientos de El bueno de Cuttlas, el vaquero samurái que se había convertido ya en, más que marca de la casa, su álter ego, había confundido su minimalismo con una cualidad intrínsica de su obra y de su personalidad. Pero ante esa visión global de su obra, entendí el misterio al sentirme como el señor cuadrado de la Planilandia de Edwin Abbot.

El trazo minimal y sencillo no era la expresión característica de la obra del dibujante, sino el triste resultado de nuestra limitadísima percepción: la obra de Calpurnio es un objeto multidimensional, un inmenso y complejo poliedro de infinitas líneas que se prolongan por dimensiones matemáticas que escapan a nuestra imaginación, en constante mutación por espacio, tiempo y otras variables que ni siquiera llegamos a concebir. Calpurnio había estado en el hotel infinito de Hilbert -nos lo dejó caer en Mundo Plasma-, pero en todas las habitaciones a la vez, en múltiples realidades que se solapaban simultáneamente para descubrir detrás de cada puerta la belleza escondida de cualquier objeto. Los murales con líneas geométricas ya no eran simples entramados decorativos, sino mantras visuales que abren momentáneamente la percepción a esos estados alterados donde, apenas por un instante, podemos adivinar una ínfima parte del inmenso fractal creativo que Calpurnio podía ver.

Las páginas de El bueno de Cuttlas son testimonios del paso por esas dimensiones alternativas: la belleza de una fórmula matemática que se codea con la luz anaranjada de un atardecer, con música de Kraftwerk, la obra de Chirico, la última batalla entre indios y vaqueros o la paz que da recibir un correo en el desierto. Y, de paso, además de darnos envidia por esas visitas imposibles para el resto, dejaba un catálogo de recursos narrativos sin fin que conseguían, además, capturar la esencia de un noveno arte acostumbrado a ser elusivo con su definición.

La pandemia y la enfermedad se aliaron y El libro gordo de Calpurnio es posible que nunca vea la luz, que se pierda por ese multiverso en el que me gustaría pensar que está ahora él. Recorriendo de la mano de Cuttlas caminos que se bifurcan sobre sí mismos en dimensiones inexplicables, mientras nosotros nos quedamos aquí, en Planilandia, sin poder ver por dónde anda, sin poder siquiera imaginar lo que él está viendo fascinado, anclados en una percepción limitada de la que él supo liberarse. Este puñetero 2022, que tanto nos ha quitado, nos cierra de golpe la ventana por la que nos dejaba mirar a un visionario, Calpurnio.


El Pais. Sábado 17 de diciembre de 2022


Formas de viajar por Javierroyo

 Pequeños placeres

El Pais. El Viajero 2023. Viernes 10 de diciembre de 2022