sábado, 29 de agosto de 2026

“Oh, negro muro de España...”: el horror de Goya y Motherwell ante la guerra

 El Museo de San Telmo de San Sebastián contrapone el espanto de su recién adquirida serie ‘Los desastres de la guerra’ del pintor español con la fúnebre ‘Iberia’ del norteamericano


'Estragos de la guerra', de la serie 'Desastres de la guerra, 30', de Francisco de Goya (1810-1823), en la Colección San Telmo Museoa de San Sebastián.

Enrique Andrés Ruiz

29 AGO 2026 

Muy a comienzos de los años cuarenta, Robert Motherwell trató estrechamente, en México, a Roberto Matta y a Wolfgang Paalen, que ya eran efigies en la panoplia surrealista. A su vuelta compuso, entre otras, una pintura geométrica, casi plasticista —¡y soberanamente blanca!— que lleva por título Spanish picture with window. Era un primer homenaje a un país que no conocía; y que no conocería hasta 1958, en el viaje de novios con su tercera esposa, Helen Frankenthaler; fue entonces cuando contempló en el Prado las Pinturas negras de Goya, un pintor para él decisivo. Pero su sistema de asociaciones —algo determinante en su manera de trabajar— contaba ya desde su juventud con una imagen de España bastante bien perfilada en sus rasgos trágicos y románticos, su noche y su sangre, la poderosa imagen difundida entre tantos jóvenes norteamericanos por la guerra civil española: heroísmo, muerte y tierras calcinadas. Es posible también que por las fechas de su viaje mexicano ya conociera la poesía de Lorca. Esa España y su desgarro expresivo, tauromaquia incluida, aflorarían igualmente en Clifford Still (quien mencionó en sus diarios a Juan Belmonte como modelo de artista sujeto de una especie de inmolación) o Frank Stella (quien tituló Luis Miguel Dominguín una de sus obras) o Frank Kline (quien pintó también una Spagna bravía, blanca y negra).

Sin embargo, las relaciones de Motherwell primero con el surrealismo que, una vez trasplantado, marcó con fuerza el nuevo arte de Estados Unidos, y luego con las maneras más comunes con las que sus colegas de la gran abstracción norteamericana afrontaban sus obras, estuvieron también determinadas por diferencias decisivas. En vez de tomar del surrealismo la gestualidad automática como huella de una identidad psíquica, lo que interesó a Motherwell a partir de los cincuenta, cuando se asientan sus formas más definitorias, es el lado atávico, litúrgico, que la nostalgia primitivista del surrealismo había llamado a rescatar para la obra de arte, el sueño de su carácter ritual, diríamos, perdido en algún incierto origen imaginario. Por otro lado, y en vez de acuñar una especie de marca de fábrica inconfundible (como hicieron Rothko, Still o Pollock), Motherwell trabajaría durante toda su vida en series muy singularizadas, a las que volvía una y otra vez llevado de aquella posibilidad de repetición infinita, propia de los ritos, para añadir a la serie nuevas variaciones, como en la música. Entre esas series célebres se encuentran las Elegías (más de un centenar) o las que llevaron por título Iberia, que comenzó a pintar durante aquella luna de miel española, en 1958.

Con motivo de la reciente adquisición por el modélico Museo de San Telmo, de San Sebastián, de una colección de Los desastres de la guerra —el Goya horrorizado ante los empalamientos y las violaciones de la guerra de la Independencia—, el museo encomendó a la sabiduría de María Bolaños la tarea de hacer sonar junto a Los Desastres otra nota que —a la vez contemporánea y ancestral— sirviera de complemento, aunque también de contrapunto. En este alucinado trabajo íntimo —Goya no conoció su publicación— cualquier trozo de metal le servía, urgido por el espanto ante la gran masacre callejera de los cuerpos y las almas. Junto a las estampas horripilantes, la pintura elegida para acompañarlas terminó siendo la extraordinaria Iberia, de Motherwell, que conserva el Guggenheim de Bilbao, una pintura casi completamente negra, aunque, como decía André Malraux en un ensayo dedicado al Saturno devorando a sus hijos, hay cosas que sólo se pueden ver en la oscuridad de la noche. De hecho, en el gran lienzo fúnebre suceden muchas cosas, uñadas, barridos, depresiones, como en la tiniebla de los desmontes españoles. “Yo lo vi”, inscribió Goya bajo una de las ochenta estampas, declarando su propósito testimonial, opuesto por completo a la tradición épica de la guerra. La matanza y la saña sobrecogen. Pero, llegado un momento, el pintor se da cuenta de que no es suficiente, de que el delirio de la realidad exige que la pintura o el grabado sean sacados de sus casillas para ser auténticamente leales a los hechos, más allá de lo que ven los ojos. La última sección de la exposición, titulada ‘Qué locura!’, reúne esas estampas que rebasan el límite de lo concebible y llenan de monstruos los territorios de la locura.


'Iberia', de Robert Motherwell, en la exposición 'Negro Goya. Negro Motherwell' del San Telmo Museoa de San Sebastián.

IKER AZURMENDI (SAN TELMO MUSEOA)

La advocación goyesca de Robert Motherwell venía al menos de la mitad de los cuarenta. En las paredes del estudio siempre hubo una lámina del Saturno… Cuando su viaje a España y su encuentro directo con Goya, una Elegía a la República española había sido seleccionada para figurar en la exposición The New American Painting, que debía llegar a Madrid en pleno despliegue del arte norteamericano. El Gobierno español exigió el cambio de título, y Motherwell, muy airado, se negó (aunque fueron expuestas otras obras suyas). Unos años después, descubrió los versos de A la pintura, de Alberti, y reconoció lo que sin duda es el gran libro: un tratado de pintura. Luego compuso una veintena de litografías para editarlas con los versos; un día, en Roma, Rafael Alberti recibió una enorme caja blanca… Se conocieron en 1980, en la inolvidable exposición que dedicó al pintor la Fundación Juan March. Alberti declamó entonces ‘Negro Motherwell’, el poema que le había dedicado: “Oh, negro muro de España…”.

Parte de la elocuencia lograda en esta exposición, en la que también figuran algunas ediciones y fotografías, proviene del contraste entre dos sentidos de la temporalidad. Mientras el negro de Goya es el negro aire de la historia — “sucedió una vez”, nos vienen a decir las estampas—, la negrura pertenece para Motherwell a un espacio ceremonial, a un lugar apartado del tiempo histórico y reservado para la celebración de un conjuro que nos defienda, precisamente, del insufrible horror de la realidad histórica. Y esos son sus pinturas: ceremonias ritualmente repetidas una y otra vez.


‘Goya Black, Motherwell Black: Ochenta desastres y un abismo’. Museo San Telmo. San Sebastián. Hasta el 27 de septiembre.


Babelia Núm. 1.814. Sábado 29 de agosto de 2026


!Los colores que vinieron del espacio!

Varios trozos de roca, pertenecientes al planeta de origen de Superman, se van a convertir en una inesperada amenaza


José Luis Vidal

25 de agosto 2026

En los comic books norteamericanos, la sagrada continuidad puede llegar a convertirse en una pesada losa que hace que el cansancio creativo surja, ya que los equipos formados por guionistas y dibujantes no pueden salirse del sendero marcado por hechos del pasado.

Es por esto que suele resultar de lo más interesante cuando, editoriales como DC Comics, deja libertad absoluta para que el talento brille en la creación de una historia totalmente nueva y original.



Ficha

Superman: El espectro de la kryptonita.

Guion: W. Maxwell Prince

Dibujo: Martin Morazzo

Tapa dura

Color

184 págs.

26 euros

Panini Comics


Precisamente es el caso de este cómic, enmarcado dentro de la línea Black Label, que ya de por si es sinónimo de calidad. En El espectro de kryptonita vamos a ser testigos del descubrimiento de otros tipos de rocas provenientes del extinto planeta de nacimiento del Hombre de Acero.

Púrpura, cobalto, moteada y arcoíris serán los nuevos nombres con los que se las bauticen. Y claro, ya conocemos que Kal–El siempre ha tenido ese ansía por conocer cuando más y mejor sobre Krypton, por lo que va a pedir ayuda a la única persona que, además de tener bastantes conocimientos científicos es lo suficientemente resolutivo si algo sale mal en el experimento, Batman.

Obviamente, como ya podéis imaginar, el exponerse a la radiación de estas rocas va a meter a los protagonistas en más de un embrollo, con el consiguiente peligro para los habitantes de Metrópolis, y más concretamente para cierta intrépida reportera y un joven fotógrafo de pelo rojizo…

En este cuadro no podía faltar ese que siempre maneja los hilos, cuyas acciones y maquiavélicos planes están guiados por el rencor y el odio más extremo hacia Superman. Por supuesto, se trata del megamillonario Lex Luthor, que en vez de utilizar sus inagotables recursos para el bien, va a poner sobre el tablero a una serie de peligrosos enemigos que harán que el caos surja frente a la delicada situación de un Superman que, debido a la influencia de las diferentes rocas de colores, va a perder la noción del tiempo, llenando su cabeza de instantes del pasado, el presente y el futuro más próximo, convertidos en un auténtico galimatías.

Pero este tan solo va ser el principio de un vía crucis que llevará al protagonista a crecer de manera desmesurada, convirtiéndose sin querer en una amenaza para todos para después, en un abrir y cerrar de ojos, tenga que compartir apartamento y juventud con Billy Batson, alias Shazam.

¿Creéis que este será el final de la aventura? Para nada, con un Batman cada vez más atribulado, Kal-El será enviado de cabeza a la loca, loquísima Quinta Dimensión, donde se verá las caras con algún que otro rostro conocido.

Os preguntaréis quiénes son los padres creativos de tremenda peripecia, ¿verdad? Pues la verdad es que se trata de un muy bien avenido dúo de creadores que desde hace ya algún tiempo vienen demostrando que el horror más absoluto se esconde tras la sonrisa de un vendedor de helados.

Sí, ellos son el guionista W.Maxwell Prince (Ice Cream Man, Swan Songs, Judas: The las days…) y el dibujante argentino Martin Morazzo (She could fly, Snowfall, Art Brut…) que han creado una historia super original, sazonada con una pizca de ironía y en la que vamos a ver varias facetas de Superman que nos eran desconocidas, como los fragmentos pertenecientes a Krypton.

Ha sido tal el éxito de esta miniserie, que el tándem se ha enmarcado desde hace algunos meses en narrarnos una nueva historia protagonizada por uno de los personajes más enigmáticos del Universo DC, Deadman.


Ahí es nada.


Diario de Cadiz


martes, 18 de agosto de 2026

‘Ulises y Cyrano’: la cocina francesa y las heridas de la Segunda Guerra Mundial en uno de los mejores cómics del año

El volumen de los guionistas Antoine Cristau y Xavier Dorison y el dibujante Stéphane Servain es un tebeo sorprendente, que ofrece una mezcla temática tan improbable como conseguida


Página del cómic 'Ulises y Cyrano', de los guionistas Antoine Cristau y Xavier Dorison y el dibujante Stéphane Servain. NORMA EDITORIAL


Guillermo Altares


17 AGO 2026 


La colaboración con los ocupantes nazis durante la Segunda Guerra es todavía una herida dolorosamente abierta en Francia. No solo apareció en la campaña de las últimas elecciones presidenciales, con el negacionismo del candidato ultra Éric Zémmour, que sostuvo que el régimen filonazi de Vichy salvó a los judíos franceses (olvidándose que colaboró en las deportaciones más allá incluso de lo que exigían los alemanes). Es también un tema central del último libro de Emmanuel Carrère, Koljós (Anagrama), porque la madre del escritor, la académica Hélène Carrère d’Encausse, vivió gran parte de su vida con miedo a que se supiese el gran secreto familiar: que su padre había sido un colabo, asesinado por la Resistencia en 1945 (el escritor lo reveló en un libro anterior, lo que provocó un profundo cisma). Además, uno de los grandes éxitos de taquilla en Francia en 2026 ha provocado un intenso debate entre historiadores sobre la exactitud de la película Les Rayons et les ombres, que relata la vida del empresario Jean Luchaire, fusilado en 1946. Es como si el fango y la vergüenza de la colaboración siguiese pringando el presente de la vida cultural y política francesa.

Este tema inagotable aparece, de manera sorprendente, en uno de los mejores cómics franceses de los últimos años, Ulises y Cyrano (nada que ver con los personajes de Homero y Edmond Rostand). ¿Se puede hacer un tebeo que mezcle la cocina francesa con la depuración de los colaboracionistas y que, además, incluya un drama familiar, el relato de una amistad insólita entre dos personas que vienen de mundos muy lejanos y una historia de amor? Los guionistas Antoine Cristau y Xavier Dorison y el dibujante Stéphane Servain lo han logrado con este cómic que, cuando se publicó en Francia en 2024, ganó tanto premios para libros de cocina (incluye unas cuantas recetas al final) como galardones de novela gráfica.

Dibujado con una expresiva línea clara, coloreado con brillantez y con un trabajo documental enorme para reflejar no solo la Francia de los años cincuenta, sino la forma en que se cocinaba en aquella época, Ulises y Cyrano cuenta la historia de un joven que se refugia con su madre en una casa de campo, cuando su padre, un industrial millonario, es acusado de haber colaborado con las autoridades de Vichy (y por lo tanto con los ocupantes nazis). Allí entablará amistad con un cocinero genial, con un carácter tan intenso que fue capaz de quemar su propio restaurante (no es un spoiler, se cuenta en las primeras páginas), y descubrirá que la cocina es la pasión de su vida, aunque tenga que hacerlo a escondidas porque su padre imagina un destino muy diferente para él.

El cómic idealiza, tal vez un poco demasiado, la vida rural en la Francia profunda, pero le salva la ironía y la frescura con la que sus autores envuelven temas eternos, desde el peso de la Historia sobre vidas individuales hasta el camino de alguien que trata de salirse de los caminos trazados por sus padres. El tebeo está lleno de guiños literarios y culinarios. Las relaciones dentro de la familia, por ejemplo, recuerdan a Los Thibault, ese enorme fresco de la Francia anterior a la Primera Guerra Mundial, del premio Nobel Roger Martin du Gard (que ha reeditado recientemente Punto de Vista). También encontramos ecos de grandes cineastas franceses, de Claude Chabrol a Louis Malle, de clásicos de la literatura popular como La guerra de los botones y, por qué no, hasta Ratatouille.

Pero, más allá del amor y la familia, dos temas se imponen por encima de los demás: la huella que la colaboración dejó en la sociedad francesa (algo que ocurre en cualquier país que se enfrente al mal absoluto, cuando se pueden tomar decisiones poco honrosas solo para sobrevivir o aprovecharse de la desgracia para enriquecerse). El otro es el inmenso placer de la cocina, como una de las señas de identidad de un país que quiere reconocerse culturalmente en los fogones. Ulises y Cyrano nos muestra que, tal vez, no están tan alejados.




Ulises y Cyrano 

Xavier Dorison / Antoine Cristau / Stéphane Servain

Traducción de Eva Reyes de Uña

Norma, 2026

172 páginas. 38 euros


Babelia 17 de agosto de 2026


domingo, 16 de agosto de 2026

Cien años de Goscinny, el padre de Astérix, Lucky Luke y El Pequeño Nicolás

El guionista que revolucionó el cómic, un genio que "siempre" quiso "hacer reír a la gente", nació el 14 de agosto de 1926 en París.


El guionista René Goscinny, a la derecha, con Maurice Bévere, dibujante de 'Lucky Luke'. / Efe

Agencias

14 de agosto 2026


Los irreductibles Astérix y Obélix, el vaquero Lucky Luke, que disparaba más rápido que su sombra, el malvado visir Iznogud de Bagdad o El Pequeño Nicolás... Todos esos personajes inolvidables de cómic salieron de la imaginación del guionista René Goscinny, un genio que revolucionó el universo del cómic y de cuyo nacimiento se cumplen este viernes cien años.

"Siempre he querido hacer reír a la gente", solía decir Goscinny, que con su humor y su ternura conquistó el corazón de medio mundo y vendió 500 millones de libros y cómics traducidos a casi 150 idiomas.

"Es uno de los autores, quizá incluso el autor francés, más leído en el mundo en el siglo XX", afirma a EFE Aymar du Chatenet, administrador de la Fundación René Goscinny y autor de numerosos libros sobre él.

Un humor internacional forjado entre Argentina, Francia y Estados Unidos

Detrás de este éxito internacional había un hombre tímido y un trabajador incansable, con una mirada cosmopolita forjada entre Francia, Argentina y Estados Unidos.

Antiguo despacho de Goscinny, hoy un instituto que recuerda al guionista. / Edgar Sapiña / Efe

Nacido en París el agosto de 1926 en una familia judía de origen polaco, siendo muy niño se trasladó con sus padres a Buenos Aires, donde pasó casi toda su infancia y adolescencia, una etapa que marcaría su humor, su imaginación y su manera de contar historias.

"Empezó su vida siendo un extranjero", explica Du Chatenet. Vivió, de hecho, "más tiempo en el extranjero que en Francia", lo que, a su juicio, se refleja en un humor "internacional, cosmopolita, todo menos provinciano. Un humor internacional que todo el mundo entiende".

Su estancia en Argentina también permitió a la familia Goscinny escapar del Holocausto, aunque muchos de sus familiares y amigos que permanecieron en Europa fueron asesinados durante la Segunda Guerra Mundial. Según la página oficial de Astérix, esa tragedia le acompañó durante toda su vida y dejó una profunda huella en su obra.

El nacimiento de Astérix

En 1943, tras la muerte de su padre, Goscinny emigró a Nueva York, donde empezó a abrirse camino en el mundo del cómic. En 1951 regresó a Francia, donde comenzó una colaboración decisiva con un joven dibujante francés con raíces italianas llamado Albert Uderzo.

Fruto de esa colaboración, el 29 de octubre de 1959 apareció en la revista Pilote la primera aventura de Astérix, el pequeño guerrero que resiste al Imperio romano gracias a una poción mágica.

La serie se convirtió rápidamente en un fenómeno editorial y dio proyección internacional a un humor basado en los juegos de palabras, la sátira y las referencias culturales. Goscinny y Uderzo crearon 24 álbumes convertidos en grandes clásicos del cómic.

Según Du Chatenet, Goscinny tenía un don para convertir los pequeños rasgos culturales en situaciones cómicas. Así ocurre con los españoles, británicos, corsos o suizos que aparecen en las aventuras de Astérix: "Ponía el dedo en su particularidad y tenía un talento extraordinario para convertir pequeñas cosas en cosas extremadamente divertidas".

Una influencia intacta

Goscinny escribió, además, los guiones de 36 álbumes de Lucky Luke junto a Morris, creó con Jean Tabary al visir Iznogud y, junto a Sempé, convirtió a El Pequeño Nicolás en un clásico de la literatura infantil.

Su secreto, según Du Chatenet, está en haber sabido captar comportamientos humanos que apenas cambian. "Es esa capacidad de captar las pequeñas cosas de la vida, la intemporalidad del comportamiento humano".

El Pequeño Nicolás es quizá el mejor ejemplo: "Hay decenas de miles de personas en el mundo que han aprendido francés con El Pequeño Nicolás, desde España hasta Seúl". Creado en 1959, "no ha envejecido", dice.

Goscinny murió el 5 de noviembre de 1977, a los 51 años, durante una prueba de esfuerzo médica, cuando todavía trabajaba en Astérix en Bélgica.

Casi cincuenta años después, sigue siendo una de las figuras más influyentes del cómic europeo y un referente del humor francés.


Diario de Cadiz


viernes, 14 de agosto de 2026

La pintora sensual

Tamara de Lempicka es una de las pintoras con más fuerza y personalidad del siglo XX. Venerada como una diosa en la Europa de entreguerras, sus cuadros, tan sensuales y voluptuosos como su vida, quedaron arrinconados hasta mediados de los noventa. Un libro lo cuenta todo. Por Julia Luzán.

Avasalladora, excéntrica y con gran talento, la pintora Tamara de Lempicka ha sido una de las personalidades más seductoras del arte contemporáneo. Escandalizó a la sociedad de entreguerras con sus aventuras sexuales y con el ambiente de sus fiestas, en las que no faltaban las drogas y en las que criados desnudos atendían a los invitados. Sus pinturas fueron calificadas a veces de porno blando, pero sus obras de los años veinte y treinta han sido comparadas con las de dos grandes del siglo XX, Léger y Picasso. Hoy es una de las pintoras más buscadas por los coleccionistas, y su influencia en muchos de los artistas actuales ha sido finalmente reconocida. El hedonismo de su pintura es uno de sus rasgos más atrayentes. Tanta sensualidad desprenden algunos de sus cuadros que la leyenda de que antes de pintarlos se acostaba con los modelos ha sentado cátedra.

El misterio rodea su vida. Tamara de Lempicka se dedico a falsear su propia identidad sembrando de mentiras, como si fueran minas, toda su biografía. Oculto hasta su fecha de nacimiento, probablemente en un gesto de coquetería. Se calcula que nació entre 1894 y 1902. Unas veces afirmaba que nació en Polonia, otras que en Rusia.

Por eso, reconstruir la vida de Tamara, nombre que le dio su madre en recuerdo de la heroína de un poema ruso, ha desanimado a más de un biógrafo. Hasta que una profesora norteamericana, Laura Claridge, ha conseguido desbrozar la leyenda de la realidad y ha escrito la que puede ser su biografía definitiva (Tamara de Lempicka, publicada por la editorial Circe).

'GLAMOUROSA: Tamara de Lempicka, con aire a Greta Garbo, fotografiada cuando se encontraba en la cúspide de su fama, en los años treinta, en París.

El 19 de marzo de 1994, Tamara de Lempicka renace de sus cenizas gracias a la subasta de la colección de arte de la actriz y cantante Barbra Streisand. El todo Nueva York asistía en la sala Christie's de la Quinta Avenida neoyorquina a una lujosa exhibición de cuadros, lamparas y muebles. Cuando apareció el cuadro Adán y Eva, pintado por Tamara de Lempicka en 1931, un grito de admiración se levantó entre el público. La sensual y luminosa pintura fue adjudicada por dos millones de dólares (alrededor de 400 millones de pesetas) y significó la vuelta a la vida artística de la pintora. El afán de poseer un lempicka se apoderó de Hollywood: Jack Nicholson, Madonna y Sharon Stone compraron su obras. Finalmente fue reivindicada como un icono deslumbrante de la edad del jazz.

Tamara de Lempicka es una de las pintoras con más fuerza del siglo XX, pero también de las más olvidadas. Su nombre no aparece en ninguna de las principales enciclopedias de arte moderno y hasta la subasta de Christie's ha sido prácticamente ignorada. Influida por los cubistas franceses y por los maestros del Renacimiento, se inventó un estilo propio que etiquetaron como art déco. Cuando vivía en París se pasaba horas y horas en el Museo del Louvre delante de los cuadros de sus admirados Bellini y Caravaggio para intentar captar el efecto translucido de sus pinturas, recordando el viaje que a la edad de 12 años hizo con su abuela desde su Polonia natal hasta el sur de Italia. El descubrimiento de Boticcelli fue para su mirada ingenua un fogonazo, y su influencia le marcó para el resto de su vida. Eso, y las clases de pintura que recibió en Montecarlo mientras su abuela jugaba a la ruleta en el casino.

Su vida no presagiaba una dedicación a las artes. La joven Tamara se integró en la rica sociedad de San Petersburgo, donde acudía con frecuencia a visitar a sus tíos. Fue allí, en 1912, en un baile de disfraces, donde conoció a un elegante Tadeusz Lempicki, un joven abogado de 22 años. "Al momento me enamoré de él por ser tan guapo", confesaría años después una vulnerable Tamara. En 1917, el matrimonio Lempicki sufrió los efectos de la revolución bolchevique. Una noche, la policía secreta entró de noche, por sorpresa, en su casa y detuvieron a Tadeusz "por actividades contrarrevolucionarias"



LOS MEJORES AÑOS. Arriba, Tamara de Lempicka en su estudio (1940), en Hollywood. Grupo de cuatro desnudos pintado en 1926. Con su única hija, Kizette, en 1919, en el sur de Francia. Mujer en un coche verde" (1929), autorretrato que hizo para la revista 'Die Dame! A la izquierda, 'Adán y Eva' (1931), el cuadro que revalorizó en 1994 la pintura de Lempicka.


Cuenta Claridge que la impresión que sufrió Tamara ante esos policías con chaquetas de cuero negro fue tal que la persiguió de por vida. Consiguió escapar de Rusia, pero ya nada volvió a ser como era. Cada vez que en su presencia se pronunciaba la palabra comunismo, Tamara palidecía. A partir de entonces decidió, como Scarlata O'Hara ante las ruinas de Tara, que nunca más pasaría hambre ni privaciones.

Europa vivía el final de la Primera Guerra Mundial cuando los Lempicki se instalan en París. El matrimonio y su pequeña hija pasan las amarguras tipicas de una familia de refugiados, agravadas por las tensiones entre Tamara y Tadeusz: "No tenemos dinero y él me pega", comentó en una ocasión. Fue en aquel momento cuando el destino marcó su vocación de pintora, como un oficio para poder trabajar. Un ano después ya había vendido sus primeros cuadros. 

Es el principio de su carrera artística. Siente que ha conquistado París. Alquila un piso en Montparnasse, frecuenta los cafés e inicia una relación con "una muchacha muy rica que vivía al otro lado de la calle", una pelirroja que posó para muchos de sus cuadros. Es la época de Jugador de cartas (1920), un lienzo en el que se aprecian fuertes influencias de los colores de Gauguin y pinceladas que recuerdan a las de Van Gogh. Su estilo tan característico se define ya claramente: los cuerpos con volumen llenan todo el cuadro y la perspectiva se aplana. "En mis pinturas apenas hay fondo, lo que yo quiero es que se vea la figura", comenta. Esculpía más que pintaba.

Durante el día lleva una vida convencional, pero al caer el sol se transforma en otra mujer. Tamara de noche se mueve en ambientes sórdidos, consume cocaína y tiene encuentros sexuales en los chamizos que se levantan al lado del Sena. Por las mañanas consume valeriana para calmar los nervios y se codea con duquesas y princesas. Frecuenta salones literarios, como los de Gertrude Stein; conoce a André Gide, a Jean Cocteau y al italiano Marinetti, creador del manifiesto fu-turista. Su parecido con Greta Garbo despierta admiración. Quiere convertirse en una mujer nueva, pero rechaza el ideal físico de la mujer liberada creada por Coco Chanel.


VIDA EN HOLLYWOOD. Con uno de sus sempiternos cigarrillos, en la casa que alquilo a King Vidor durante su estancia en Hollywood. Abajo, 'Modelo, pintado en 1925, y 'Hombre inacabado' (1927), el retrato de su primer marido, Tadeusz Lempicki, pintura que interrumpió (la mano izquierda está sin terminar) cuando se separaron. Abajo, con sus nietas, Chacha y Victoria, en Houston (Tejas), en 1963. Tamara prefiere retratar a una mujer voluptuosa y narcisista, como La bella Rafaela, "quizá el desnudo más importante del siglo XX".

Claridge dice en su libro que la pintora hizo un pacto con el placer que le duró toda la vida. En 1925 ya gana dinero con sus cuadros, y los ricos y famosos la adulan. Se entusiasma con el jazz y los musicales de Cole Porter, y asiste al estreno de Rapsody in blue, del compositor Gershwin. Consigue apalabrar una exposición en Milán y participa también en el Salón de Otoño de París.

Conoce al poeta italiano Gabrielle d'Annunzio, y éste la invita a visitarle en su palacio en el lago de Garda, un lugar que también frecuentaba Mussolini, donde iniciaron una corta relación. Fue la gota que colmó el vaso de su matrimonio con Tadeusz, del que pinta su Retrato de hombre inacabado, cuadro que abandona cuando, en 1928, él le anuncia que se separa de ella.

Viaja a Nueva York y descubre Harlem, "un barrio con los mejores clubes del mundo", y los rascacielos de Manhattan, que encajan de maravilla en sus pinturas. De vuelta a París, Tamara de Lempicka pinta algunos de sus mejores cuadros, entre ellos una obra clave, Adán y Eva (1931); dibuja las portadas de la revista alemana de moda Die Dame, y se casa con el barón Raoul Kuffner, un aristócrata alemán coleccionista de dureros y paisajes del siglo XVII.

La llegada de Hitler al poder hace comprender a Tamara que su situación en Europa no va a ser fácil. Entra en una fase depresiva que ni siquiera sus estancias en casas de reposo suizas logran mitigar. "Cuando uno crea, saca tantas cosas de dentro que acaba por secarse y deprimirse". Sus orígenes judíos son un problema, y, aterrada, decide poner tierra de por medio. En 1939 se instala con su marido en el Waldorf Astoria, y desde allí la pintora polaca inicia su estrategia para conquistar Manhattan. Expone sus pinturas en la galería de Paul Reinhardt, en la Quinta Avenida, confiando en su consagración definitiva, pero aquellas obras (Músico viejo, Virgen santa, San Antonio...) no eran las que los neoyorquinos esperaban de ella. Desengañados, los Kuffner eligen como residencia Hollywood, con el objetivo de establecer adecuadas relaciones sociales con ayuda de gacetillas pagadas en los periódicos: "Tamara de Lempicka, la baronesa polaca Kuffner, acaba de llegar a Norteamerica, y sus pinturas serán expuestas en Chicago, Los Ángeles y San Francisco". En otro empujón artístico, Tamara decide distanciarse de lo que para ella era anticuado modernismo y abraza el surrealismo, algo que su amigo Salvador Dalí aplaude.

En Hollywood alquila la lujosa mansión del director de cine King Vidor. Las fiestas de la condesa polaca deslumbran a los actores de Los  Ángeles. Cuando se aburre de ellos, regresan a Nueva York, donde compran un glamouroso apartamento con vistas al East River. Tamara de Lempicka reanuda su vida social, pero sus pinturas no despiertan ningún interés. Se siente profundamente dolida cuando Peggy Guggenheim inaugura su museo dedicado al arte del siglo XX y no cuenta con ninguna de sus obras.

Los últimos años de su vida, Tamara de Lempicka los pasa con más pena que gloria. Ya no es una mujer fatal, sino una vieja ridícula. Se traslada a vivir a Cuernavaca (México), donde muere, en 1980, entre el humo de sus cigarrillos, un vicio que no abandonó jamás, a pesar de tener que inhalar, entre calada y calada de tabaco, un chupito de oxigeno para que sus pulmones atacados por el enfisema pudieran bombear algo de aire.

Dejó como legado 500 pinturas que han entrado en la historia del arte. •

'Tamara de Lempicka", de Laura Claridge publicada por la editorial Circe). la biografía de una de las más interesantes artistas del siglo XX.


El Pais Semanal Núm. 1.263 Domingo 10 de Diciembre de 2000