viernes, 14 de agosto de 2026

La pintora sensual

Tamara de Lempicka es una de las pintoras con más fuerza y personalidad del siglo XX. Venerada como una diosa en la Europa de entreguerras, sus cuadros, tan sensuales y voluptuosos como su vida, quedaron arrinconados hasta mediados de los noventa. Un libro lo cuenta todo. Por Julia Luzán.

Avasalladora, excéntrica y con gran talento, la pintora Tamara de Lempicka ha sido una de las personalidades más seductoras del arte contemporáneo. Escandalizó a la sociedad de entreguerras con sus aventuras sexuales y con el ambiente de sus fiestas, en las que no faltaban las drogas y en las que criados desnudos atendían a los invitados. Sus pinturas fueron calificadas a veces de porno blando, pero sus obras de los años veinte y treinta han sido comparadas con las de dos grandes del siglo XX, Léger y Picasso. Hoy es una de las pintoras más buscadas por los coleccionistas, y su influencia en muchos de los artistas actuales ha sido finalmente reconocida. El hedonismo de su pintura es uno de sus rasgos más atrayentes. Tanta sensualidad desprenden algunos de sus cuadros que la leyenda de que antes de pintarlos se acostaba con los modelos ha sentado cátedra.

El misterio rodea su vida. Tamara de Lempicka se dedico a falsear su propia identidad sembrando de mentiras, como si fueran minas, toda su biografía. Oculto hasta su fecha de nacimiento, probablemente en un gesto de coquetería. Se calcula que nació entre 1894 y 1902. Unas veces afirmaba que nació en Polonia, otras que en Rusia.

Por eso, reconstruir la vida de Tamara, nombre que le dio su madre en recuerdo de la heroína de un poema ruso, ha desanimado a más de un biógrafo. Hasta que una profesora norteamericana, Laura Claridge, ha conseguido desbrozar la leyenda de la realidad y ha escrito la que puede ser su biografía definitiva (Tamara de Lempicka, publicada por la editorial Circe).

'GLAMOUROSA: Tamara de Lempicka, con aire a Greta Garbo, fotografiada cuando se encontraba en la cúspide de su fama, en los años treinta, en París.

El 19 de marzo de 1994, Tamara de Lempicka renace de sus cenizas gracias a la subasta de la colección de arte de la actriz y cantante Barbra Streisand. El todo Nueva York asistía en la sala Christie's de la Quinta Avenida neoyorquina a una lujosa exhibición de cuadros, lamparas y muebles. Cuando apareció el cuadro Adán y Eva, pintado por Tamara de Lempicka en 1931, un grito de admiración se levantó entre el público. La sensual y luminosa pintura fue adjudicada por dos millones de dólares (alrededor de 400 millones de pesetas) y significó la vuelta a la vida artística de la pintora. El afán de poseer un lempicka se apoderó de Hollywood: Jack Nicholson, Madonna y Sharon Stone compraron su obras. Finalmente fue reivindicada como un icono deslumbrante de la edad del jazz.

Tamara de Lempicka es una de las pintoras con más fuerza del siglo XX, pero también de las más olvidadas. Su nombre no aparece en ninguna de las principales enciclopedias de arte moderno y hasta la subasta de Christie's ha sido prácticamente ignorada. Influida por los cubistas franceses y por los maestros del Renacimiento, se inventó un estilo propio que etiquetaron como art déco. Cuando vivía en París se pasaba horas y horas en el Museo del Louvre delante de los cuadros de sus admirados Bellini y Caravaggio para intentar captar el efecto translucido de sus pinturas, recordando el viaje que a la edad de 12 años hizo con su abuela desde su Polonia natal hasta el sur de Italia. El descubrimiento de Boticcelli fue para su mirada ingenua un fogonazo, y su influencia le marcó para el resto de su vida. Eso, y las clases de pintura que recibió en Montecarlo mientras su abuela jugaba a la ruleta en el casino.

Su vida no presagiaba una dedicación a las artes. La joven Tamara se integró en la rica sociedad de San Petersburgo, donde acudía con frecuencia a visitar a sus tíos. Fue allí, en 1912, en un baile de disfraces, donde conoció a un elegante Tadeusz Lempicki, un joven abogado de 22 años. "Al momento me enamoré de él por ser tan guapo", confesaría años después una vulnerable Tamara. En 1917, el matrimonio Lempicki sufrió los efectos de la revolución bolchevique. Una noche, la policía secreta entró de noche, por sorpresa, en su casa y detuvieron a Tadeusz "por actividades contrarrevolucionarias"



LOS MEJORES AÑOS. Arriba, Tamara de Lempicka en su estudio (1940), en Hollywood. Grupo de cuatro desnudos pintado en 1926. Con su única hija, Kizette, en 1919, en el sur de Francia. Mujer en un coche verde" (1929), autorretrato que hizo para la revista 'Die Dame! A la izquierda, 'Adán y Eva' (1931), el cuadro que revalorizó en 1994 la pintura de Lempicka.


Cuenta Claridge que la impresión que sufrió Tamara ante esos policías con chaquetas de cuero negro fue tal que la persiguió de por vida. Consiguió escapar de Rusia, pero ya nada volvió a ser como era. Cada vez que en su presencia se pronunciaba la palabra comunismo, Tamara palidecía. A partir de entonces decidió, como Scarlata O'Hara ante las ruinas de Tara, que nunca más pasaría hambre ni privaciones.

Europa vivía el final de la Primera Guerra Mundial cuando los Lempicki se instalan en París. El matrimonio y su pequeña hija pasan las amarguras tipicas de una familia de refugiados, agravadas por las tensiones entre Tamara y Tadeusz: "No tenemos dinero y él me pega", comentó en una ocasión. Fue en aquel momento cuando el destino marcó su vocación de pintora, como un oficio para poder trabajar. Un ano después ya había vendido sus primeros cuadros. 

Es el principio de su carrera artística. Siente que ha conquistado París. Alquila un piso en Montparnasse, frecuenta los cafés e inicia una relación con "una muchacha muy rica que vivía al otro lado de la calle", una pelirroja que posó para muchos de sus cuadros. Es la época de Jugador de cartas (1920), un lienzo en el que se aprecian fuertes influencias de los colores de Gauguin y pinceladas que recuerdan a las de Van Gogh. Su estilo tan característico se define ya claramente: los cuerpos con volumen llenan todo el cuadro y la perspectiva se aplana. "En mis pinturas apenas hay fondo, lo que yo quiero es que se vea la figura", comenta. Esculpía más que pintaba.

Durante el día lleva una vida convencional, pero al caer el sol se transforma en otra mujer. Tamara de noche se mueve en ambientes sórdidos, consume cocaína y tiene encuentros sexuales en los chamizos que se levantan al lado del Sena. Por las mañanas consume valeriana para calmar los nervios y se codea con duquesas y princesas. Frecuenta salones literarios, como los de Gertrude Stein; conoce a André Gide, a Jean Cocteau y al italiano Marinetti, creador del manifiesto fu-turista. Su parecido con Greta Garbo despierta admiración. Quiere convertirse en una mujer nueva, pero rechaza el ideal físico de la mujer liberada creada por Coco Chanel.


VIDA EN HOLLYWOOD. Con uno de sus sempiternos cigarrillos, en la casa que alquilo a King Vidor durante su estancia en Hollywood. Abajo, 'Modelo, pintado en 1925, y 'Hombre inacabado' (1927), el retrato de su primer marido, Tadeusz Lempicki, pintura que interrumpió (la mano izquierda está sin terminar) cuando se separaron. Abajo, con sus nietas, Chacha y Victoria, en Houston (Tejas), en 1963. Tamara prefiere retratar a una mujer voluptuosa y narcisista, como La bella Rafaela, "quizá el desnudo más importante del siglo XX".

Claridge dice en su libro que la pintora hizo un pacto con el placer que le duró toda la vida. En 1925 ya gana dinero con sus cuadros, y los ricos y famosos la adulan. Se entusiasma con el jazz y los musicales de Cole Porter, y asiste al estreno de Rapsody in blue, del compositor Gershwin. Consigue apalabrar una exposición en Milán y participa también en el Salón de Otoño de París.

Conoce al poeta italiano Gabrielle d'Annunzio, y éste la invita a visitarle en su palacio en el lago de Garda, un lugar que también frecuentaba Mussolini, donde iniciaron una corta relación. Fue la gota que colmó el vaso de su matrimonio con Tadeusz, del que pinta su Retrato de hombre inacabado, cuadro que abandona cuando, en 1928, él le anuncia que se separa de ella.

Viaja a Nueva York y descubre Harlem, "un barrio con los mejores clubes del mundo", y los rascacielos de Manhattan, que encajan de maravilla en sus pinturas. De vuelta a París, Tamara de Lempicka pinta algunos de sus mejores cuadros, entre ellos una obra clave, Adán y Eva (1931); dibuja las portadas de la revista alemana de moda Die Dame, y se casa con el barón Raoul Kuffner, un aristócrata alemán coleccionista de dureros y paisajes del siglo XVII.

La llegada de Hitler al poder hace comprender a Tamara que su situación en Europa no va a ser fácil. Entra en una fase depresiva que ni siquiera sus estancias en casas de reposo suizas logran mitigar. "Cuando uno crea, saca tantas cosas de dentro que acaba por secarse y deprimirse". Sus orígenes judíos son un problema, y, aterrada, decide poner tierra de por medio. En 1939 se instala con su marido en el Waldorf Astoria, y desde allí la pintora polaca inicia su estrategia para conquistar Manhattan. Expone sus pinturas en la galería de Paul Reinhardt, en la Quinta Avenida, confiando en su consagración definitiva, pero aquellas obras (Músico viejo, Virgen santa, San Antonio...) no eran las que los neoyorquinos esperaban de ella. Desengañados, los Kuffner eligen como residencia Hollywood, con el objetivo de establecer adecuadas relaciones sociales con ayuda de gacetillas pagadas en los periódicos: "Tamara de Lempicka, la baronesa polaca Kuffner, acaba de llegar a Norteamerica, y sus pinturas serán expuestas en Chicago, Los Ángeles y San Francisco". En otro empujón artístico, Tamara decide distanciarse de lo que para ella era anticuado modernismo y abraza el surrealismo, algo que su amigo Salvador Dalí aplaude.

En Hollywood alquila la lujosa mansión del director de cine King Vidor. Las fiestas de la condesa polaca deslumbran a los actores de Los  Ángeles. Cuando se aburre de ellos, regresan a Nueva York, donde compran un glamouroso apartamento con vistas al East River. Tamara de Lempicka reanuda su vida social, pero sus pinturas no despiertan ningún interés. Se siente profundamente dolida cuando Peggy Guggenheim inaugura su museo dedicado al arte del siglo XX y no cuenta con ninguna de sus obras.

Los últimos años de su vida, Tamara de Lempicka los pasa con más pena que gloria. Ya no es una mujer fatal, sino una vieja ridícula. Se traslada a vivir a Cuernavaca (México), donde muere, en 1980, entre el humo de sus cigarrillos, un vicio que no abandonó jamás, a pesar de tener que inhalar, entre calada y calada de tabaco, un chupito de oxigeno para que sus pulmones atacados por el enfisema pudieran bombear algo de aire.

Dejó como legado 500 pinturas que han entrado en la historia del arte. •

'Tamara de Lempicka", de Laura Claridge publicada por la editorial Circe). la biografía de una de las más interesantes artistas del siglo XX.


El Pais Semanal Núm. 1.263 Domingo 10 de Diciembre de 2000



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