Revista Imagine FX - Noviembre 2023
miércoles, 15 de mayo de 2024
Sketchbook: Jessica Taylor
martes, 14 de mayo de 2024
Ozan Pulat
Ozan es un ilustrador y artista freelance de Turquía. Descubrió la magia del dibujo en el papel desde muy pequeño y no ha parado desde entonces.
ArtStation, Instagram, Behance, Artgram
lunes, 13 de mayo de 2024
LA FÓRMULA DE LA COCA-COLA Alberto García Marcos
Laberintos
Charles Burns
Reservoir Books
Estados Unidos
Cartoné
64 págs.
Color
Traducción: Carlos Mayor
Obras relacionadas
Agujero negro
Charles Burns
(Ediciones La Cúpula)
Vista final
Charles Burns
(Reservoir Books)
Más allá del valle de Richard
Michael DeForge
(Editorial Barrett)
Serie de Frank
Jim Woodring
(Fulgencio Pimentel)
El arriba firmante leyó por primera vez a Charles Burns en verano de 1983, en las páginas del n.o 41 de la revista El Víbora. Era una de las primerísimas historias del autor, y la impresión que causó en aquel lector de diez años (esa viñeta en la que, de una herida en la mano, surgen huevos de insecto) fue imborrable y posiblemente traumática. La historia se titulaba «Mal criado», la dibujó en 1979 (unos años después de que Cronenberg estrenase su Vinieron de dentro de..., lo cual puede que no sea casual) y releyéndola hoy se aprecia una importante consistencia con la carrera artística que Burns ha desarrollado a lo largo de más de cuatro décadas: ahí están ya la narración en primera persona, la ambientación en las décadas de los cincuenta o primeros sesenta, la profanación del cuerpo, el terror psicológico... Incluso, como en el Laberintos que nos ocupa, la pantalla de cine como eco de la realidad. Burns descubrió muy pronto su personal fórmula de la Coca-Cola (puede que ese descubrimiento temprano y duradero sea la esencia de todos los artistas), una fórmula que otros pueden imitar, pero jamás reproducir con exactitud. Así pues, que nadie espere Seven-Up o Fanta de esta nueva obra del autor. Es, para lo malo y para lo bueno, más de lo mismo.
La primera parte de Laberintos es tan solo un atisbo de lo que será la trilogía al completo y se resiste a la sinopsis argumental, se limita a ser una presentación de personajes y situación que puede resumirse en un «chico conoce a chica», pero con sabor a Burns, con regusto a chamusquina. El chico es indistinguible del resto de protagonistas jóvenes del autor. Burns, capaz de esos retratos tan precisos de famosos para la revista The Believer, hace de los «héroes» de sus tebeos personajes anodinos, casi abstractos. Son héroes de papel, bidimensionales, en sentido literal, como también lo es la chica, por mucho que sea pelirroja y haga una entrada a lo Mary Jane Watson, quizá en un homenaje, consciente o no, a John Romita. Pero algunos elementos comienzan a prefigurar el fondo de la historia, entre ellos, y de forma notable, el propio título. Aunque el término español Laberintos es sugerente y alude tanto a la confusión y al encierro como a las circunvoluciones del cerebro, carece de algunas de las connotaciones del Screens original (difícilmente traducible y poco atractivo como título en nuestro idioma; se agradece la adaptación), que puede entenderse como «pantallas» (el cine está muy presente en la historia), pero también como «membranas», como esa fina lámina que separa el interior del exterior. Por ejemplo, del cuerpo humano. O como la que define la cápsula en la que se envuelven algunos insectos durante su proceso de metamorfosis. Y solo con esto, por no hablar de la importancia que tiene en Laberintos la película La invasión de los ladrones de cuerpos, ya tenemos sobre la mesa el clásico tema de Burns: la separación entre el mundo interior y exterior de sus personajes, o, dicho de otro modo, el cuerpo como límite entre dos mundos irreconciliables y la posadolescencia como la época en la que esa alienación o bien se asume o bien se hace insoportable. Para encajar, sus personajes adoptan una apariencia de «normalidad», pero siguen siendo incapaces de reprimir la realidad «anormal» que se desarrolla en su interior y recurren como vía de escape a la ficción, donde pueden plasmar o encontrar, plasmadas por otros, sus miedos y fantasías. Ese es el caso de Laberintos.
En una escena onírica de Laberintos, que transcurre en un bosque oscuro (la metáfora al escenario de lo subliminal es obvia), la protagonista femenina le dice al personaje masculino: «Todo este rollo de la ciencia ficción ya cansa, ¿eh? ¿No se te ocurre nada más original? Ah, calla... A lo mejor es una simple excusa para verme desnuda». Da la sensación de que Burns se estuviera hablando a sí mismo, explorando el motivo por el que dibuja (¿para dibujar chicas desnudas?) y cuenta las cosas que cuenta. Esa sensación se intensifica en otra frase del libro: «No mires nunca a cámara». Es decir, no rompas la suspensión de la incredulidad, no abras una puerta entre el subconsciente y el yo consciente, no obligues al lector a confesarse que la fantasía —enquistada, malsana— que habita en su interior es de algún modo tan real como el mundo que lo rodea, por- que es entonces cuando suceden cosas inquietantes, tanto dentro como fuera de la pantalla, del laberinto, de la mente. En Laberintos, los niveles de realidad se superponen y entremezclan: Burns dibuja escenas de una película, dibuja los dibujos del protagonista en una libreta... El autor «mira a cámara» (mirar, lo visual, es un aspecto fundamental en su obra: la imagen, primero mental y luego plasmada en el papel, como punto de partida), abre la puerta que conecta los dos mundos, rasga la membrana. Utiliza el género (la ciencia ficción, el terror) para apelar al inconsciente del lector, con la esperanza de que en sus estereotipos se oculte una verdad que va más allá de aquella transmitida por documentales y libros de historia. La verdadera historia oculta de los Estados Unidos, la vida secreta de los jóvenes. La fórmula de la Coca-Cola.
Jot Down Comics nº7 Año 2023
Robin Garrett Cuevas
Este mejicano tiene una mirada cristalina ayudado por el 3D y las texturas de la fotografía y la pintura.
Cyberbrutalismo “Aquí quería que todo pareciera lo más miserable y artificial posible. Una perspectiva sombría de las zonas marginadas de una utopía casi post-apocalíptica”.
Revista Imagine FX- Diciembre 2023
domingo, 12 de mayo de 2024
Hamish Frater
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Los fantasmas también pueden morir
Un nuevo y misterioso caso hará que esta pareja de peculiares sabuesos den lo mejor de ellos
JOSÉ LUIS VIDAL
29 Marzo, 2024
¿Qué no haría uno por amor? Hasta los espectros tienen su corazoncito, y da igual lo lejos que tengan que trasladarse, si así puede volver a ver a su amada. Y algo de esto hay, ya que con la excusa del conocer nuevos lugares y huir del aburrimiento, Charles Rowland y Edwin Payne, jóvenes muertos y detectives, han viajado gracias a su peculiar squashear, trasladándose a los soleados Los Angeles, donde los ánimos no han cambiado demasiado…
Guion: Pornsak Pichetshote
Dibujo: Jeff Stokely, Javier Rodríguez
Tapa dura
Color
176 págs.
24 euros
ECC Ediciones
Pero claro, donde ellos están siempre les persigue el misterio, en este caso van a toparse, de manera inesperada, con un trío de lo más curioso que, al igual que ellos, también han fallecido. Se trata de unos jóvenes thailandeses: Mervin, un chaval algo malhumorado que puede transformarse en una gigantesca y terrorífica serpiente; Jai, a la que mejor no le digáis que os enseñe la espalda… Y Tanya.
Con el tiempo conocerán que, al igual que los protagonistas, estos chavales fueron víctimas del más terrible racismo, el bullying más violento que, como podréis imaginar, desembocó en tragedia.
Y eso no será todo, ya que este trío, junto a Dom, se han autobautizado como los cazafantasmas de los espectros tailandeses que, como supondréis, no tienen nada que ver con lo que hemos conocido hasta ahora. Y además, resulta algo inaudito que estos se estén manifestando y cometiendo atroces crímenes en tierras norteamericanas. Siempre ha habido una invisible frontera, por llamarla de algún modo, que ha mantenido a los fantasmas y monstruos locales en su tierra…
Obviamente, alguien sabe lo que está ocurriendo, y mientras esta nueva pandilla hace sus pesquisas, encontrándose con el peligro en varias ocasiones, hay una persona, alguien que ha vivido durante cientos de años y ahora permanece inmovilizada, prisionera, esperando su momento que, tal vez, no tarde en llegar.
Unas de las víctimas de estos ataques va a ser el propio Charles, que continúa triste y taciturno, pensando únicamente en su perdido amor londinense, Crystal. El contacto con una horda de pequeños fetos hará que comience a pudrirse. Y sí, tal como reza esta reseña, hasta los que están en el más allá pueden morir, por lo que el tiempo corre tanto para salvar a Charles como para detener los violentos ataques de la terrorífica krasue, cuya presencia hiela la sangre de cualquiera.
Pornsak Pichetshole, el guionista de este cómic, no solo utiliza la mitología de su país natal, Thailandia, sino que en medio de una historia de misterio, pone sobre la mesa los tópicos con que los occidentales siempre relacionamos a su país, además de tratar esa lacra llamada bullying, que convierte en un infierno las vidas de los más jóvenes.
Jeff Stokely, con un estilo gráfico cercano al cartoon, rebaja algo la dureza de ciertos momentos en los que la violencia y el terror más absoluto se disparan. Y como gran sorpresa, nos encontramos con nuestro y admirado Javier Rodríguez, que ilustra con talento uno de los capítulos de esta miniserie.
Malaga Hoy
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