miércoles, 20 de marzo de 2024

Darwyn Cooke (1962-2016)


Fallecido a los 54 años, enamorado de los comics, es sorprendente como le negaron un espacio en los comics al principio, para después, tras trabajar en la animación, junto a Bruce Timm,  demostrar que sí, que valía para hacer comics.  

Supongo que se podría considerar que hace falta que seas poco menos que un genio para poder alzarte sobre los editores cegatos de las editoriales americanas de comic. Darwyn Cooke en tan solo 16 años había conseguido cinco premios Eisner, máximo galardón del tebeo en Estados Unidos. El cancer se lo llevó demasiado pronto.

Revitalizó personajes de DC Comics, como Catwoman, creó grandes aventuras de Superman, Batman, Green Latern y la Liga de la Justicia, retomó The Spirit, y engrandeció la novela negra con su visión de Parker, personaje de Richard Stark. 


























































































El conde Almásy revive en Madrid

 El faro del fin del mundo / Jacinto Antón

El explorador húngaro Lászlo Almásy, alrededor de 1931. Ullstein Bild (Getty)

El conde Almásy ha vuelto. Con todo intacto: su amor por el desierto, sus gafas de vuelo y su inextinguible anhelo de encontrar el oasis de Zerzura. Ha reaparecido almásy en el Ateneo de Madrid y en muy buena compañía. Como parte de un programa de conferencias dedicado a exploradores y aventureros del siglo XX que comparten ser una obsesión rayana en lo patológico para los conferenciantes que los han traído. Tienen en común también los cuatro personajes del ciclo no aparecer ninguno -injustificablemente en mi opinión- en el por otra parte estupendo Dictionnaire amoureux des explorateurs de Michel Le Bris (Plon, 2010), en el que, en cambio, tienen entradas, aparte de una gran cantidad de franceses, Flash Gordon, Jungle Jim, y Blake y Mortimer. Digo yo que merecerían más estar los que nos ocupan: Leo Frobenius, John Pendlebury, Byron Khun de Prorok y no hablemos ya de Almásy, el único de los cuatro que no tiene peli. A Frobenius, el Lawrence de Arabia alemán, nos lo trajo al Ateneo Rocío Da Riva; a Pendlebury, que unió a excavar en Tell el Amarna y Cnossos organizar la guerrilla cretense contra los nazis, Ángel Carlos Aguayo; y a Khun de Prorok, que excavó en Cartago y buscó las minas del rey Salomón, Jorge García Sánchez. A Almásy, claro, lo llevé yo.

O quizá debería decir lo encarné yo, dado el grado de identificación que tengo con el personaje y que supera largamente en malsana intensidad todo lo que pudieran echarle en los suyos mis compañeros de ciclo. Tanto que pude exclamarme a mitad de mi charla en un arrebato de entusiasmo "Almásy cést moi!". En mi charla, a la que acudí cargando con buena parte de mi bibliografía almasyana, incluido un librito sustraído de la biblioteca del castillo de su familia, traté de trazar el perfil de aventurero real que inspiró la novela de Michael Ondaatje El paciente inglés y la película consiguiente. Marcando las diferencias entre, por un lado, el enjuto Lászlo Ede Almásy de verdad, húsar y aviador en la Gran Guerra, piloto de pruebas de coches, audaz explorador del desierto líbico puesto luego al servicio de Rommel durante la Segunda Guerra Mundial, Cruz de Hierro de primera clase, y homosexual. Y por otro lado el atormentado (y abrasado) conde Ladislaus de Almásy novelesco y cinematográfico, el arrebatador aventurero con los rasgos en pantalla de Ralph Fiennes, enamorado de la mujer de otro; efectivamente: Katharine (Kristin Scott Thomas). Ay, Katherine. "Sus dedos rascaban la arena en mi cabello".

Pero mientras iba hablando, se me mezclaban los Almásys. El de verdad, el literario, el de celuloide de Minghella y yo mismo, que llevo tantos años tras ellos que me he fundido con los tres y hasta creo que podría pilotar un aeroplano y seguir el rastro en el Gilf Kebir. Por no hablar de tener una cita en la Cueva de los Nadadores del wadi Sora o en aquel cuarto de El Cairo para recorrer con los labios el Bósforo de Almásy. Expliqué entonces la historia de mi deslumbramiento. Que empezó al leer la novela en 1995, y que se tornó incandescencia al ver la peli en 1996. En el camino, he ido descubriendo retazos de la vida del Almásy verdadero. Y vivo mi almasianismo como un culto, una devoción y un sacerdocio ¡Hasta escribí el prologo de la edición en catalán de El paciente inglés! ("Del amor y otros desiertos"). La verdad, pensaba que lo tenía superado. Pero ha sido volver a ponerme las antiparras y el gorro de vuelo (en sentido figurado y literal), para el bolo en el Ateneo, y oye, volver a dar vueltas sobre el Mar de Arena escudriñando fogonazos entre las dunas anaranjadas. Me temo que es algo crónico.

Tras dos horas largas de hablar en un estado de intoxicación romántica, caí en la cuenta de que tenía público. Fue como salir de un sueño o una caminata por el desierto sin sombrero. Al menos la gente estaba con los ojos muy abiertos. Cené algo con Pendlebury y Khun de Prorok y me marché a las tantas sin un destino fijo (ya era muy tarde para el Ave y me había olvidado de reservar un hotel). La noche en Madrid era oscura, ancha y solitaria. Pero yo lo único que deseaba era caminar por una tierra sin mapas. Y paladear mi reencontrada pasión. "Morimos con un rico bagaje de amantes y tribus, sabores que hemos gustado, cuerpos en los que nos hemos zambullido y que hemos recorrido a nado como si fueran ríos de sabiduría, personajes a los que hemos ocultado como cuevas", recité. Y añadí en una invocación final mientras me tragaba la noche como la arena al ejército fantasma de Cambises: "Deseo que todo esto esté inscrito en mi cuerpo cuando muera".


El Pais. Cultura. Sábado 2 de marzo de 2024


martes, 19 de marzo de 2024

Homenajes a Toriyama (Via Catsuka)

 


Catsuka es una página genial. El homenaje espontáneo, brutal, inmenso sobre la figura de Akira Toriyama. 
Aparte del video, hay una página de tributo a Toriyama: catsuka.com/toriyama_tributes contiene publicaciones originales de los artistas, de Instagram, Twitter, Youtube, Tumblr... (así como algunas publicaciones de la red social china Weibo, poco conocida en el extranjero).


lunes, 18 de marzo de 2024

El Día del Comic, en 2024

Día de celebración.  Fue ayer 17 de marzo, pero para mí siempre es el día del comic.  Como fanático recalcitrante, fetichista incluso y feroz defensor de un arte que con papel y lápiz es capaz de trasladarte a universos fantásticos, representar la Historia, toda ella, y todo lo que quieras y seas capaz de representar, celebrémoslo. Hablo por supuesto, del cómic: historieta, fumetti, tebeo, bande dessine, quadrinhos, manga, y como quiera que lo llames en cualquier parte del mundo. 

Estupendo cartel de Borja González


La guerra aérea como nunca se ha visto

 Jacinto Antón


Un momento de Los amos del aire.

Enjambres de cazas alemanes atraviesan como mortíferas centellas las formaciones de bombarderos estadounidenses en un cielo surcado por las estelas de condensación y el fulgor asesino de las trazadoras. Un combate furioso, desesperado, se desarrolla allá arriba, en un campo de batalla infinito. Los B-17 caen derribados, picando hacia la eternidad o girando sobre sí mismos como gigantescas hojas de árbol incendiadas. Los pilotos de las Fortalezas Volantes tratan de mantener la formación para no convertir sus aviones en presas solitarias. Y en medio de la tormenta de destrucción, el artillero en la expuesta torreta ventral de uno de los grandes aparatos estalla en una nube de sangre al ser alcanzado.

Austin Butler y Callum Turner, en el cuarto episodio de la serie.

"Soberbia", ha dicho el británico James Holland, uno de los historiadores militares de moda, de la nueva serie bélica Los amos del aire. Desde luego, nunca se ha visto la guerra aérea, concretamente la de los bombarderos pesados estadounidenses lanzados sobre Alemania y la Europa ocupada, con el realismo y la emoción con que aparece en esta miniserie de nueve capítulos de Apple TV+, Los amos del aire está basada muy fidedignamente en el extraordinario libro de 2006 de Donald L. Miller del mismo título que acaba de publicar en castellano Desperta Ferro.

Con la misma exitosa fórmula de Hermanos de sangre (infantería paracaidista) y The Pacific (marines) y Tom Hanks y Steven Spielberg de productores, Los amos del aire resigue la campaña de una unidad estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial a lo largo de la contienda. Esta vez la historia se centra en los miembros del "sangriento 100", un sufrido Grupo de Bombardeo de la famosa 8º Fuerza Aérea de EE UU que volaban, desde sus bases en la campiña inglesa, las célebres Fortalezas Volantes, los impresionantes bombarderos cuatrimotores Boing B-17 preñados de devastación, con los que se pretendía doblegar a la Alemania nazi.

Presenciamos a lo largo de la serie, con el corazón en un puño, asombrados de lo que es capaz de sufrir (e infligir) el ser humano en guerra, escenas sensacionales y escalofriantes. Como la de los Messerschmitts Bf 109 atacando a los bombarderos de frente y rociándolos de balas que abren grandes boquetes en la cabina, en el fuselaje y en la carne de los aviadores. O la de las letales nubecillas negras de la Flack (la defensa antiaérea alemana) sembrando el cielo, agitando los aparatos con sus explosiones como una mano gigante (ríete tú de las turbulencias) y reventando literalmente los aviones y a sus tripulaciones. En un momento, desde un B-17 ven cómo cae una lluvia de restos de otros bombarderos desintegrados, incluido un cuerpo que va a dar contra el ala. Otras escenas impactantes son la del tripulante enganchado en la compuerta de bombas al tratar de saltar en paracaídas, o la del aviador que, al regreso de una misión, mientras los sanitarios extraen a sus compañeros destrozados, sintetiza todo lo que ha pasado cayendo de rodillas en la pista de aterrizaje y vomitando compulsivamente.

La serie muestra muy bien el contraste entre los poderosos bombarderos, maravillas de la tecnología aeronáutica de la época que despegan en impresionantes falanges, y la forma en que son destruidos. Como resumió un piloto al tratar de asimilar la visión de diez hombres y tres toneladas de metal reducidos a una nube de humo negro, "parece imposible que algo tan grande pueda desaparecer tan rápido". En la escena de un aterrizaje forzoso de un B-17 acribillado, con dos motores inutilizados y sin ruedas, varios tripulantes muertos o malheridos, es imposible no estremecerse cuando el piloto suelta la tan familiar (en otro contexto) frase: "Crew, prepare for landing".

La mayoría de esas escenas provienen del libro, y de los testimonios reales recogidos por Miller. Lo más increíble de la serie es que de verdad fue así. Y que esos jóvenes procedentes de las cuatro esquinas de EE UU y salidos de todas las clases sociales fueran capaces de, tras sobrevivir a misiones sangrientas y aterradoras, volver a encaramarse en sus aviones al día siguiente en vez de salir corriendo. Murieron 26.000 aviadores de la 8º Fuerza Aérea, más bajas mortales que el Cuerpo de Marines. Los amos del aire muestra fehacientemente que si hubo algo peor que servir en submarinos fue hacerlo en los bombarderos, que sumaban el vértigo a la claustrofobia (¡qué espanto el constreñido interior de los B-17!) y a la pesadilla de combatir en un medio hostil. La falta de oxígeno y el frío fueron -y la serie lo muestra muy bien-, junto con las condiciones atmosféricas, dos de los peligros mortales que sufrieron los aviadores. En un capítulo se ve cómo a un ametrallador que trata de desatascar su arma quitándose los guantes se le quedan las manos pegadas al metal y se desgarra la piel.

Guapos "Bomber Boys"

La peripecia del colectivo se representa especialmente -como en el libro de Miller- a través de un conjunto de personajes reales, aquí interpretados por actores; a la cabeza, los mayores Gale Buck Cleven (Austin Butler) y John Buck Egan (Callum Turner). La acreditada fórmula de contar una historia desde dentro de una unidad de combate y recalcando la dimensión humana de sus integrantes vuelve a funcionar en Los amos del aire (sufrimos inevitablemente por esos jóvenes que lo pasan realmente mal en sus aviones), todo y la dificultad de despertar afinidad e identificación, precisamente ahora, con militares que siembran el caos y la destrucción y arrasan ciudades matando con sus bombas a población civil.

Y es que si hay algún arma con la que cuesta empatizar es con los bombarderos. El debate sobre la destrucción atroz que provocó el bombardeo estratégico desde gran altura estadounidense en la Segunda Guerra Mundial aparece en el libro de Miller y en la serie, en la que algunos aviadores se cuestionan la matanza de población civil. En todo caso, tanto la serie como el libro optan por la tranquilizadora tesis de que ese sufrimiento fue necesario para acabar con los nazis. Otro tema complejo que mencionan libro y serie es el del racismo: los democráticos EE UU permitieron que algunos negros volaran en cazas pero de ninguna manera en los bombarderos.

A destacar de la serie la exactitud técnica y operativa (las misiones que se cuentan son auténticas) y un diseño de producción que cuida minuciosamente todo, desde los aviones hasta el más pequeño elemento de época. También los muchísimos buenos detalles históricos. Entre ellos, el secretismo con las miras Norden, el instrumento decisivo de los bombarderos estadounidenses. La serie plasma muy acertadamente, en tramas paralelas, cómo funcionaban las redes de evasión para pilotos derribados y la vida de los aviadores capturados e internados en campos de concentración. 

Entre las pegas, el acentuado -y a veces excesivo- sentido épico de la narración, y cierto esteticismo (es dudoso que los bomber boys fueron todos tan guapos y posaran bien). Dos cosas que desde luego contribuyen a hacer de Los amos del aire un grandísimo espectáculo, pero que casan poco con la realidad última de cómo dejaban los bombarderos el mundo allá abajo a su paso.


El Pais. Cultura. 27 de enero de 2024



Studio La Cachette: 10 años de Kairos (y créditos de Annecy)




KAIROS Trailer from Studio La Cachette on Vimeo.

Hace apenas 10 años, se publicó en la red Kairos un tráiler animado de un cómic del mismo título (de Ulysse Malassagne), destacando así a un estudio de animación muy joven, La Cachette, que firmó allí su primera producción.

Una fecha de aniversario recordada por Oussama Bouacheria (en Instagram), cofundador del estudio con Ulysse y Julien Chheng.

10 años después, habrán conseguido grandes cosas para otros (Mune, Love Death + Robots, Star Wars Visions, Primal, Unicorn Wars Eternal e incluso Catsuka ;-), y además siguen desarrollando proyectos propios, como Mehdi Avis de Pasaje, Muyi o The Black College.

Feliz cumpleaños !



domingo, 17 de marzo de 2024

La oscura melancolía de los Sardaukar

El faro del fin del mundo / Jacinto Antón

Es dificil quedarse con un aspecto de Dune: parte 2, la excepcional segunda entrega de la saga cinematográfica de Denis Villeneuve sore la gran novela de Frank Herbert. Todo es extraordinario: la lucha en torno a la cosechadora en las dunas, la cabalgada del gran gusano Shai Hulud, el combate en el anfiteatro de Giedi Prime (planeta a evitar), la apoteosis de Muad´Dib como mahdi en el consejo Fremen, la llegada de la corte imperial, incluidas cinco legiones Sardaukar, a Arrakis y la batalla definitiva, la pelea a muerte final entre Paul Atreides y el Harkonnen Feyd-Rautha, tan hamletiana... Las escenas impresionantes se encandenan una tras otra sin solución de continuidad, sin dar respiro, en un increíble crescendo que parece no tener fin. ¿Es el martilleador de arena, Reverenda Madre?, ¿o los latidos de mi corazón?

Los Saudaukar imperiales se despliegan en Arrakis en la segunda entrega de Dune

Si hay que elegir algo, yo escojo el tratamiento de los Sardaukar, las temidas tropas imperiales. Dune, es también, quizá inesperadamente, la historia de la decadencia de esa fuerza galáctica, que da sopas con honda, en su terrible trayectoria, sus habilidades y su profundidad existencial, a las tropas imperiales (Stromtroopers) de La Guerra de las Galaxias. Mezcla de espartanos, jenízaros, Waffen-SS y Navy Seals, fuerza especiales espaciales, los Sardaukar (la sonoridad de su nombre es otro de los hallazgos lingüísticos de Herbert: dices "Sardaukar" y se te pone cara de mala hostia), arrastran una musculada melancolía que Villeneuve ha sabido ver y plasmar muy bien. Y a mí me pueden. En la novela, Frank Herbert nos lo fue explicando -como todo su mundo- poco a poco. Los Sardaukar son formados, con un rigor que deja a los marines como boy scouts, en Salusa Secundus, el planeta prisión imperial, convertido en un infierno ideal para el entrenamiento militar. Fuertes, duros y feroces, convencidos de su propia superioridad y embebidos de una mística de secta secreta guerrera, brutales y con un desprecio casi suicida por la seguridad personal, los Sardaukar son tan mortíferos que unos pocos marcan la diferencia en cualquier batalla.

Se dice que su habilidad de espadachines corría pareja con la del Ginaz de décimo grado (sea eso lo que sea) y que su astucia en el combate equivalía a la de una adepta Bene Gesserit. El emperador los gestiona para sus intereses y muchas veces los suministra para operaciones clandestinas poco edificantes. En Dune, se los alquila a los Harkonnen. Villeneuve nos los sirve magníficamente, a los Sardaukar. La escena de Dune 1 en la que vemos como reciben el sasacramentum (que dirían los legionarios romanos) en medio de un ritual sangriento, ominoso y lluvioso en su jodido planeta, bajo un cielo desesperanzador de cenizas, es de lo mejor que ha dado nunca el cine de ciencia ficción: con un oficiante que les canta un himno como para salir corriendo (con una voz gutural de chamán mongol), un bautismo con la sangre que chorrea de los reclutas que no han pasado el corte, y un ambiente sobrecogedor. Pero, curiosamente, pese a su terrorífica fama y la arrogancia y el desdén que irradian, es indudable que en Dune, los Sardaukar van a la baja, que ya no son lo que eran, vamos. Sucede así porque el autor quiso enfatizar la pujanza de los nuevos guerreros de referencia, los Fremen, esa gente recia que te homenajea a escupitajos, y a los que Paul Muad´Dib acaudillará en la Jihad galáctica. Yo me siento muy identificado con los Saudakar. Son unos has been de élite que viven de su fama pero que intuyen lo resbaladizo de su posición, lo que no mejora su carácter. En las pelis de Villeneuve, pese al display con que los adorna, el director hace que los maten a puñados. Me fascina el ensimismamiento melancólico de los Sardaukar, que parecen conocedores de su destino. Los vemos por última vez (en el libro y en la peli) alrededor del trono de Shaddam IV formando un arco para proteger al emperador antes de que sea depuesto. Cae el telón con un último y sordo redoble de tambor para los orgullosos Sardaukar, sometedores de mundos, tan fieles como al final, prescindibles.


El Pais. Cultura. Sábado 16 de marzo de 2024