miércoles, 6 de marzo de 2024

Villanos como nosotros

El fin de todo lo que conocemos se acerca, y solo ellos podrán detenerlo


JOSÉ LUIS VIDAL

05 Marzo, 2024 

Una terrible tormenta, como nunca se había conocido, está arrasándolo todo a su paso. Nada queda en pie. Ciudades, pueblos, sus habitantes, caen eliminados sin piedad, atrapados en su inmisericorde vórtice de destrucción.




La Frontera

Guion: Jacopo Paliaga

Dibujo: Alessio Fioriniello

Tapa blanda

Blanco y negro

224 págs.

18 euros

Nuevo Nueve


Los habitantes del pueblo llamado Caldwell miran hacia el horizonte y respiran aliviados al constatar que este oscuro fenómeno se ha detenido a las afueras del lugar.

¿Ha llegado el final o es simplemente una tregua?

La respuesta parecen tenerla cinco forasteros que, con su sola presencia, alterarán la frágil paz que reina en el lugar. Y es que ellos sí que saben lo que ocurre, y han llegado allí con un claro propósito…

Comandados por la rubia y bella Jane, sobre cuya cabeza revolotean dos cuervos que se transforman en sus letales armas cuando es necesario; Butch, un antiguo y cruel sheriff que carga con unas cadenas y un letal puño metálico, recordatorio de todo el daño que infringió en el pasado; Clint, un tipo que usa la ironía, además de sus temibles poderes, y cuya lascivia parece no tener límites físicos; Kaya, una indígena que guarda en su interior una dolorosa deuda que hará pagar, tarde o temprano y, finalmente, el miembro más extraño del quinteto, Notte, un ser de apariencia humana, que levita y parece ser la más poderosa del grupo.

Ellos son La Frontera.

En respectivos flashbacks conoceremos el origen de cada uno, cómo en los momentos más extremos, se cruzó en su camino un tipo de eterna y aterradora sonrisa, impecablemente vestido de blanco y con quien todos han firmado un ominoso contrato que sí, les otorga poderes, pero a cambio de realizar la tarea que Mr. Bone les encarga…

En medio de la violencia, de lo inesperado, surgirá algo, un cambio de rumbo que hará que el argumento de esta apasionante historia ponga a sus protagonistas en la mira del que hasta ahora ha dirigido sus pasos. La rebeldía e incumplimiento de los pactos es lo que tiene.

Con La Frontera nos encontramos con un pastiche, una hábil mezcla de géneros como son el western y el de los personajes con superpoderes, aunque en esta ocasión visto desde la óptica de los villanos. El lado oscuro siempre ha sido más atractivo, obviamente.

Pero la cosa no queda ahí, ya que formato y el estilo gráfico de su dibujante, Alessio Fioriniello, remiten directamente al manga japonés, el formato que triunfa en nuestro país y en Francia.

Junto a él, completando el tándem autoral, Jacopo Paliaga, que escribe un argumento tan loco y divertido, violento, y que al final de esta primera entrega nos deja con ganas de saber más sobre todos los misterios que se han colocado ante nuestros ojos de lectores.

Y es que esto, amigos, no ha hecho más que empezar.


Malaga Hoy

martes, 5 de marzo de 2024

El desdichado barco de la isla de Luf

EL FARO DEL FIN DEL MUNDO / JACINTO ANTÓN


El barco de la isla de Luf, en el Humboldt Forum (Berlín)./ JÖRG CARSTENSEN (GETTY)

Hasta ahora pensaba que el barco más infeliz del mundo era el de mi cuñado, La perla negra como le llamábamos su tripulación de corso y que, tras naufragar en el artero arrecife de Chipiona, se descompone en un astillero en Galicia en espera de desguace. En el ínterin, el velero ha perdido, por enfermedad, tras el contramaestre Eusebio, a otro de sus tripulantes, Nacho —tan valeroso en el naufragio y tan gran tipo—, con lo que la lista de bajas ya es digna de la Surprise tras enfrentarse al Acheron. En comparación, la famosa nave con batanga (que no es un ritmo caribeño sino el estabilizador, balancín o flotador lateral) de la isla de Luf podría parecer una embarcación feliz. Ni mucho menos.

Está anclada en una de las salas más espectaculares del flamante Humboldt Forum de Berlín, al que han ido a parar las formidables colecciones etnográficas del Ethnologisches Museum de Berlin-Dahlem, que se han desplegado en su nuevo y espacioso hogar en plena polémica sobre la descolonización de los museos. El barco de Luf navega en medio de esa tormenta.

Cuando lo observas por primera vez, en el área dedicada a la navegación en Oceanía, el corazón te da un brinco. El barco, una enorme canoa melanesia de más de 15 metros de largo, dos palos con velas de estera rectangulares y batanga unida con una gran plataforma, parece salido de una novela de aventuras o de las viñetas de La balada del mar salado (Norma, 2006), de Hugo Pratt, la primera historia de Corto Maltés. Casi oyes tambores, cánticos y el rítmico golpear de los remos en las olas mientras imaginas cómo avanza la nave orlada de espuma. De hecho, el mundo en que se construyó el barco de Luf era muy similar al del álbum de Pratt, cuando surcaban esa zona del Pacífico los cruceros y cañoneras del Káiser.

El barco, de finales del XIX, procede de Luf, la mayor de las 12 islas Hermit (Ermitaño), en el archipiélago de Bismarck, actualmente integradas en el Estado de Papúa Nueva Guinea pero entonces parte del protectorado alemán de Deutsch-Neuguinea.

Dan ganas de subirse al barco y partir en busca de la isla La Escondida, las Fiyi, Tonga, Samoa, y al fondo a la derecha, pasada Pitcairn, Pascua. O de merienda con Viernes. Desafortunadamente para los mitómanos, a diferencia de la Kon-Tiki —la legendaria balsa de Thor Heyerdahl— en su museo de Oslo, en este caso no es posible meterse de polizón, ya que la borda es muy alta. Pero cuando conoces la historia de la embarcación se te pasan las ganas de fiesta.

El Luf-Boot, como le llaman los alemanes, es un precioso navío construido sin un solo clavo (ensamblado con fibras vegetales), decorado con motivos marinos y simbólicos y heredero de una tradición de tecnología naval que se remonta a miles de años. Con el barco de Luf, que tenía capacidad para llevar, con velas o remos, a 50 viajeros o guerreros, estamos en el mundo de los increíblemente diestros navegantes del Pacífico sobre los que nos instruyó David Lewis.

El barco de Luf parece estar flotando en la sala del Humboldt Forum y es de entrada, como decía, una visión animosa y estimulante cuando llegas después de visitar las salas en las que se presenta con gran aparato crítico el material saqueado en las colonias alemanas de África. Sin embargo, la historia de la embarcación es un drama de aúpa. Construida hacia 1895, fue la última de su clase y cuando quisieron botarla los habitantes de la isla de Luf se encontraron con que eran demasiado pocos para hacerlo. La población había sido diezmada —por las expediciones punitivas alemanas y las enfermedades traídas por los europeos en su cóctel de civilización y sifilización— hasta tal punto que no había gente suficiente para llevar un barco tan grande hasta el mar. La gran canoa debía ser el barco funerario de un jefe recientemente fallecido, Labenan, para su entierro en mar abierto, pero al ser imposible arrastrar la nave no se pudo cumplir esa piadosa tarea.

El barco abandonado fue adquirido de manera turbia en 1903 por el empresario colonial Max Thiel y vendido al Museum für Völkerkunde de Berlín, antecesor del Museo Etnológico. Se le critica ahora al Humboldt Forum exponer la embarcación, que se ha llegado a calificar de “memorial de los horrores de la época colonial alemana” y similar a las propiedades robadas por los nazis, y no devolverla. Aunque el Museo Nacional de Papúa Nueva Guinea, en Port Moresby, ha declinado pedir el navío, que considera un embajador de las culturas del Pacífico y buen reclamo turístico, es difícil no estremecerse ante la embarcación varada en Berlín.

Asomado al barco de Luf, la maravillosa y desgraciada nave que nunca pudo navegar por falta de brazos, ya no ves sólo la gran aventura de los marinos del Pacífico, sino el corazón de las tinieblas, que está en todas partes.


El País. Cultura. Sábado 3 de Febrero 2024

ETERNOS Del Génesis al apocalipsis - Neil Gaiman/John Romita JR.(Ilustraciones)

 



































Donde Shakespeare hace la guerra

El faro del fin del mundo / Jacinto Antón

Ya es curioso que alguien que ha expresado el amor como nadie también haya hablado como ningún otro de la guerra. Claro que resulta menos sorprendente si ese alguien es Shakespeare. Es dificil escoger una de sus grandes frases sobre la guerra, desde las célebres de Enrique V en la inflamada arenga a su pequeño ejército en Azimcourt, el día de San Crispín, "We few, we happy few, we band of brothers", "nosotros pocos, felices pocos, hermanos de sangre", hasta lo no menos icónica de Marco Antonio en Julio César: "Cry ¡havoc! and let splip the dogs of war", "grita '¡devastación!' y suelta a los perros de la guerra". Pensaba en eso el miércoles en Londres mientras me dirigía al National Army Museum (NAM), el museo militar en Chelsea, donde puede visitarse (hasta el 1 de septiembre) la exposición Shakespeare and War, Shakespeare y la guerra.

Laurence Olivier, en un momento de Enrique V

No todo ha de ser la Tate. El NAM, en el que vuelve a exhibirse el maniquí con ropa de Lawrence de Arabia que ha estado un tiempo de baja (¡hosanna!), es el único museo que conozco en el que puedes tomar el té con un helicóptero de combate Westland Lynx al alcance de la mano y sumergirte en las guerras victorianas como si tuvieras en Las cuatro plumas, La última carga o Zulú. Tal y como está hoy el mundo, un museo militar -con un tanque Challenger 2 en la puerta y una decena de Cruces Victoria auténticas en las vitrinas -parecería no tener mucho gancho, pero pensar eso es no conocer a los británicos. La exposición es pequeña pero muy sugerente. Se destaca de entrada que Shakespeare estaba avezado en las cuestiones militares hasta el punto de que no se descarta que pudiera haber sido soldado. En 26 de las 38 obras de Shakespeare la guerra aparece en primer plano o como referencia. El escritor describió campañas y batallas, desde la guerra de Troya a la de las Dos Rosas (seis obras), pasando por las guerras civiles de la Antigua Roma y la de los Cien Años. Entre sus personajes se cuentan guerreros militares reales y ficticios como Aquiles, Coriolano, Julio César, Marco Antonio, Tito Andrónico, Macbeth, Hotspur, Enrique V, Juana de Arco, Ricardo III, Hamlet (padre) y Otelo; hizo hablar en el escenario tanto a líderes como a soldados de a pie como el abanderado Pistol. Desde que se estrenaron, las obras de Shakespeare, recalca la exposición, han cobrado incluso mayor significado cuando Gran Bretaña ha ido a la guerra, sirviendo de inspiración, ejemplo y consuelo a militares y civiles.

Las guerras napoleónicas vieron una abundante utilización de Shakespeare, al igual que las victorianas. Durante la Segunda Guerra Mundial, más allá de su eco evidente en los discursos de Churchill, Shakespeare se convirtió en un símbolo de la resistencia de la cultura y los valores amenazados por los nazis. Y como parte de la propaganda de guerra hay que ver la patriótica adaptación cinematográfica de Enrique V por Laurence Olivier (1944). La exposición tiene uno de sus más interesantes apartados en el de los conflictos recientes y de qué manera han influido en adaptaciones teatrales de Shakespeare, de Irak a Ucrania. En la muestra se echa a faltar a Flastaff, el antihéroe en el que el Bardo representó el contrapunto a la épica y el valor de Enrique. Falstaff, el hombre del gran discurso de la sana cobardía y que proclama su escéptico catecismo sobre la guerra en el campo de batalla de Shewsbury antes de salir por piernas: "¿Qué necesidad tengo de meterme donde no me llaman?¿Qué es el honor? Una palabra. ¿Quién lo posee? El que murió el miércoles". Unas palabras muy convenientes para rebajar el entusiasmo cuando paseas por el museo entre redobles de tambor, valientes húsares y lanceros de Bengala.


El Pais.Cultura. Sábado 17 de febrero de 2024

lunes, 4 de marzo de 2024

Alejandro Jodorowsky, los 95 años de un autor de culto

por Jorge Morla

El escritor y artista Alejandro Jodorowsky, en su casa de París. Foto: Samuel Aranda.

Hollywood prepara la adaptación cinematográfica de ‘El Incal’, el más célebre cómic del escritor, cineasta, autor de cómic y psicomago chileno Alejandro Jodorowsky.

Hay muchas excusas para entrevistar a Alejandro Jodorowsky (Tocopilla, Chile, 1929). En breve vuela a Los Ángeles para inaugurar una exposición conjunta con su mujer (Pascale, con la que vive desde hace 20 años) en la galería BLUM. Allí asistirá también a la American Cinematheque, que prepara una retrospectiva de sus películas, y visitará a los responsables de la adaptación al cine de su obra maestra del cómic, 'El Incal'.

Entretanto, busca financiación para su siguiente película, 'El viaje esencial'. Acaba de publicarse su último libro, 'De la psicomagia al psicotrance', en Francia, donde se ha agotado en dos semanas. En mayo viajará a España para presentar el libro y dar una charla en la escuela de artes TAI de Madrid. Es decir, no para. Pero para justificar la charla quizá baste la excusa de que, pese a su lucidez y a su agenda, su carné de identidad dice que tiene 95 años.

El creador de la psicomagia recibe en su piso de París, atestado de montañas de libros. ¿Cómo está? “Mmmm… Estoy”. ¿En qué anda metido? “Hago lo que quiero hacer y no lo que otros quieren que haga”. ¿Es libre, entonces? “Soy libre, sí. Hasta cierto punto”.

¿Y es feliz? Aquí comienza el mambo: “Bueno, si yo me considero feliz, entonces no soy feliz; me estoy viendo, me divido en dos. Alguien que se observa se divide en dos: no ha vencido a su ego”. ¿En qué anda trabajando? “¡Tengo 25 proyectos en marcha!”. ¿Y cómo lleva la edad? “Hago 95 años. ¡Y hablo y pienso! Es una maravilla estar vivo”.

¿Y a su edad... piensa en el mañana? “A los 95 uno estira la pata”, suelta, y se queda pensando. “¿Por qué esa expresión…? Estirar la pata… caminas, te vas a otro sitio”, reflexiona. “Es posible que la muerte no exista, que sea un mito nuestro. La verdad no existe en este planeta, solo los caminos a la verdad.

¿Por qué me voy a considerar una persona que va a morir? Sí me considero una persona que va a cambiar. Pero si he desarrollado un espíritu, ese puede quedar, y ese puede ser eterno”. Y la pregunta que formula en voz alta queda resonando en la sala: “¿Por qué no atreverse a luchar para conquistar la eternidad?”. Por qué no.

De todos esos proyectos en los que anda metido, quizá el que más repercusión mediática ha levantado es la adaptación cinematográfica de El Incal (1980, guionizado por él y dibujado por Moebius) que prepara el cineasta Taika Waititi (Jojo Rabbit, Thor: Love and Thunder). "Al final la va a hacer Hollywood. Y eso que yo siempre hablé mal de Hollywood; pero ahora hemos visto decaer Hollywood. Se han alimentado de los cómics, pero ha terminado incluso la moda de los superhéroes. Por eso se puede hacer la película ahora”.

Con 'El Incal', Jodorowsky cede las riendas de su obra para adaptarla, pero hubo un momento en el que estuvo en el otro lado. A mediados de los setenta del siglo pasado preparó la adaptación de Dune, malograda, pero en la que intervinieron H. R. Giger, Pink Floyd o Dalí.

La mejor película que nunca llegó a rodarse, la han definido muchos. “¿Has visto el documental 'Jodorowsky’s Dune'? Yo hice lo que yo quería con 'Dune'. Ahora es tiempo de que Waititi haga lo que quiera con 'El Incal'”. Está dispuesto a pasar al otro lado del espejo: “'El Incal' ya no es mío”.


Jodoroswky es autor del cómic 'El Incal'.

Cine, literatura, cómic, música, artes plásticas. Pero todo ello gravita en torno a otra cosa: el tarot. Redescubridor del Tarot de Marsella, que reclama como único, verdadero, ha ligado su vida a los arcanos mayores, que para él son “un método de conocimiento y de acceso al inconsciente”. Resuena el místico: “Yo sé cosas que no sé. Mi cerebro está en el inconsciente, en la unión de todas las familias, de todos los universos”, y se señala la cabeza: “Lo que llevamos aquí dentro es inimaginable. Es lo que nos guía”.

¿El mundo de hoy da la espalda al inconsciente? “Se la daba, hasta Freud, que, sin embargo, cometió un terrible error: pensar que el inconsciente era nefasto. Jung, su alumno, descubrió otra cosa: que está unido con todo. Que hay un milagro en cada ser”.

El trabajo de Jodorowsky es indisociable de la interdisciplinariedad. ¿Cómo define el arte? “El arte no es la verdad, es una búsqueda de la verdad. Es abrir una ventanita al inconsciente”. En ese viaje inconsciente primero vino la psicomagia: “Es abrir los límites, para que aparezca en ti la riqueza que tú tienes. Y qué hacer con ello para sanarte, para eliminar el sufrimiento”.

“El tarot va a explicarte quién eres”, abunda. “Cuando abandonas la enfermedad de no conocerte entras en el psicotrance”. Es el centro de su último libro. “Psicotrance es poner de lado las definiciones. Las palabras, los idiomas. Cesar de pensar sin convertirse en un idiota. Al punto de que puede lograr cosas maravillosas: se puede curar a otro ser”.

El libro expone 80 casos de curación a través de la psicomagia, su gran descubrimiento. ¿Cómo la define? “La psicomagia es la aplicación del inconsciente a la curación”. Siempre la practicó de manera gratuita, como el tarot, que echó durante 10 años en el café debajo de su casa, al que peregrinaba gente de todo el mundo.

A aprender de él han ido personalidades de toda índole, de Dennis Hopper a David Lynch, pasando por Kanye West o Darren Aronofsky, prueba de la huella que ha dejado en la cultura del siglo anterior y la de este.

¿Cómo ve el mundo del futuro? Pues es optimista. “Hace tres años se sentía la catástrofe. Pero ahora hemos salido, veo un cambio en la juventud. Se está preparando el cambio, viene un año de creatividad. El ser humano está mejorando”, cree. Y en lo personal, lo repite: “Estar vivo es maravilloso”.

Dos horas de conversación (tirada mediante) dan para resumir una vida. ¿Hubiera hecho algo diferente? "¡Todo!". Salió de Chile a los 24 años: "No me convenía, no era para mí". Ha vivido en Francia, en Estados Unidos, en México. Destaca un hecho luminonísimo: "A los 76 años me encontré con Pascale". También ha sufrido la negra espada del tiempo. "Tengo dos hijos muertos, y dos vivos. Es dura la vida, ¿eh? Pasan cosas que ni te sospechas que van a pasar. Pero ahí vamos". Ahí vamos. "No estoy muy seguro de llegar a mi cumpleaños", dice, socarrón. La entrevista tuvo lugar el martes. "Hasta las doce del mediodía del sábado son cuatro días. Pero pueden ser una eternidad... hasta que llegue no estaré tranquilo", ríe. Pero el sabado, puntual, ha llegado. Y Jorodowsky ha llegado a los 95.


El Pais. Cultura. Sábado 17 de febrero de 2024



Constantinopla: la puerta de San Romano está a desmano

El faro del fin del mundo / Jacinto Antón



Desayunábamos fuerte en la embajada y navegábamos el Bósforo entre Europa y Asia hacia el mar de Mármara, observando volar y zambullirse a los cormoranes, para desembarcar luego en la entrada del Cuerno de Oro y pasear por el corazón de Estambul antes de quedar a comer con amigos. Aunque parezca mentira, este ha sido el plan que hemos tenido unos días Guillermo Altares y yo, convertidos en la extraña pareja y pellizcándonos (cada uno a sí mismo) para creernos que era verdad, tú, que nos habíamos colado en una vida tan distinta a la nuestra habitual. “Oye, ¿no te sientes como un personaje de Lawrence Durrell?”, decía Guillermo, acodado tan ricamente en la barandilla de la motonave, chupando displicentemente una delicia turca mientras veíamos pasar embajadas, mezquitas, puentes y palacios (y baqueteados cargueros ucranios procedentes del mar Negro) en nuestra tranquila singladura desde Büyükdere. La bandera turca flameaba a popa poniendo una nota de rojo, luna y estrella en la lenta espuma de nuestra estela.

Pues sí, ya quisiéramos ser gente de esa, Darley, Mountolive o Pursewarden, aunque cuadrábamos más en la categoría de personajes pillastres de Eric Ambler, que no en balde escribió (además de La máscara de Dimitrios) La luz del día, llevada al cine como Topkapi, que era uno de los sitios ―el palacio― que, precisamente, íbamos a visitar. Vamos, que sólo nos faltaba Akim Tamiroff en el grupo.

Habíamos viajado a Estambul no para robar la daga de Mahmud I (inicialmente), sino para una actividad organizada por la Embajada de España en Turquía: una conversación sobre periodismo cultural que se desarrolló en el Instituto Cervantes de la ciudad. Nos alojábamos en la residencia de verano de la embajada, uno de los edificios diplomáticos más bellos de Estambul, un palacete de 1854 obra de los hermanos Fotassi con vistas al Bósforo y maravillosamente decadente. Dado que el anfitrión, el embajador Javier Hergueta, promovió un dress code y un ambiente desenfadados (sin etiqueta alguna ni Ferrero Rocher) nos sentimos como en casa (¡y qué casa!). Más aún porque tomando una copa en el jardín, Hergueta me explicó que allí mismo había estado el almirante Canaris, el jefe de la Abwehr, la inteligencia militar del III Reich (y había empezado su caída a raíz de la defección del matrimonio Vermehren, llevados por un submarino británico).




Una imagen del Bósforo en Estambul.Matteo Colombo (Getty Images)

Hergueta sabe cómo captar tu interés, ya sea hablándole a Guillermo de Mladic o de los misiles Patriot o a mí de Lola, una camella terca que tenía durante su destino en Yemen y a la que trataron infructuosamente de lavar con champú Raíces y Puntas los miembros de las fuerzas especiales que protegían la embajada. Me contó que entonces tenía hasta 66 hombres armados y le dije que, caramba, podría haber aprovechado para hacerse allá abajo un reino propio, como Brooke, Mayrena o Dravot: no pareció sorprenderle la idea. Dado que en la residencia estaban también el agregado cultural, José Luis Martín-Yagüe; el jefe de prensa y consejero de diplomacia pública, Gregorio Laso, y la escritora y poeta Rosa Cuadrado, autora del precioso libro Estambul inesperado, realmente la atmósfera era muy durrelliana, aparte de la estupenda tortilla de patatas de la embajada y que difícilmente se reunirían en toda Turquía tantos admiradores de Lawrence de Arabia.


José Luis comentó que había visto un jaguar (en la selva amazónica, no en Estambul) y lo sabroso que es el pangolín asado, y no sé quién recordó que los eunucos imperiales turcos se reconvirtieron con Atatürk en cobradores de tranvías. Ese era el ambiente. En fin, por la mañana, como decía, bien desayunados, nos íbamos a nuestros compromisos Guillermo y yo, que consistían en ver todo lo que nos apetecía de Estambul. Tomábamos un ferry que parecía salido de un álbum de Tintín y pasábamos casi dos deliciosas horas navegando frente a las preciosas villas del lado europeo, con las pardelas rozando con las alas las cúspides de plata de las olas, hasta llegar al muelle de Eminonu y desparramarnos en busca de alegrías, culturales por supuesto. “Os doy la ciudad para que la disfrutéis como un banquete”, animó el Conquistador a sus soldados, arengándolos para el último asalto: ese era el espíritu.


En Santa Sofía el ambiente ha cambiado mucho desde que Erdogan la ha convertido en mezquita (hasta agosto de 2020 era un museo). Curiosamente, ha perdido solemnidad y la fea moqueta verde le da un aire como del Sónar, más aún porque la gente se estira como si estuvieran de pícnic. Pasada la Sublime Puerta en obras visitamos el estupendo Museo Arqueológico y luego entramos en el palacio de Topkapi, más atraídos por la armería que por el serrallo (hay que pagar una entrada extra y ya no hay odaliscas). Vimos en la primera hermosas espadas, entre ellas la de Mehmed II (de tan mal recuerdo para su bella esclava Irene), mazas, arcos, escudos, cascos… Y fuera, en los jardines, junto a cornejas cenicientas y gorriones, los omnipresentes minás comunes, esos bonitos pájaros asiáticos de pico y anteojos amarillos. En cambio, no encontramos el célebre manto del Profeta, ausente sin explicación de su vitrina en las salas de Reliquias. Cruzamos al lado asiático de la ciudad luego para una comida con los periodistas Andrés Mourenza y Mikel Ayestaran, de los que te sorprende, vistas su capacidad de análisis y su valentía ante los riesgos (Mikel se volvía ya a Kiev, vía Moldavia) no sólo tener el mismo oficio, sino pertenecer a la misma especie.




Vista del Bósforo desde un ‘ferry’ en Estambul.Anton Petrus (Getty Images)

Bueno, pero yo también iba a hacer periodismo de guerra. De guerra algo vieja por eso. Entre mis muchos planes B para el viaje estaba satisfacer una de mis obsesiones constantinopolitanas: encontrar y visitar por fin uno de los tramos de la antigua muralla en la que hubo más trajín cuando cayó la ciudad en la nefasta fecha (no para los turcos) del 29 de mayo de 1453. La puerta de San Romano está a desmano y cuando recorres la muralla de Teodosio, que cierra el lado de tierra de Estambul, seis kilómetros entre el mar de Mármara y el Cuerno de Oro, todo el paño te parece igual. Conseguí arrastrar conmigo a Guillermo, José Luis, Gregorio y Seljuk, los cuatro con la guardia baja después del almuerzo. Yo es que es llegar a Estambul y enloquecer con la muralla como otros con la comida turca. He visitado varios lugares importantes, pero la puerta de San Romano (o del cañón) es la zona cero poética del asalto: donde el último emperador bizantino Constantino Paleólogo echó el resto y cayó peleando, y donde se produce el momento culminante de El ángel sombrío, la hermosa novela de Mika Waltari sobre la caída de Constantinopla.

Tras confundirnos varias veces, acabamos dando con la puerta, el Last Stand del postrer porfirogeneto de la última Roma. En el acceso de la puerta, desde dentro de la muralla, se alzan a lado y lado dos impresionantes estatuas de guerreros turcos, jenízaros, para dar el ambiente marcial que resta, en cambio, un vecino jardín público. La gente, que desciende del tranvía afuera, atraviesa el paso sin prestar ninguna atención. Esa puerta que marcó tantos destinos. Hay muchos gatos, gatos de Estambul, de aire recio y resabiado. Mis acompañantes deambularon sin tampoco especial emoción. Mientras, yo apuraba el tiempo que me era concedido (como hizo Juan Angelos) degustando cada minuto, releyendo los pasajes de mi viejo ejemplar de la novela de Waltari. “Nos encontramos en la puerta de San Romano como prometiste, ni siquiera sabía dónde se hallaba, pero el destino me ha traído a ella”. Aleo e polis!, la ciudad está perdida, redoblan los tambores de los jenízaros y refulgen sus cimitarras rápidas como el rayo. En el terreno fuera de la muralla una mujer vació una bolsa llena de pan viejo y cientos de gaviotas se cernieron sobre ella y se lanzaron a tierra entre grandes chillidos. Las alas subieron y bajaron como los gorros de los jenízaros, atravesando la brecha de la muralla y la puerta de San Romano.

Más tarde fuimos al Instituto Cervantes. Hablamos ante un público muy entregado y amable de la teoría y la práctica del periodismo cultural, de sus grandezas y miserias. Nos pusimos serios e hicimos reír (bastante). Contestamos algunas preguntas -¿cuál ha sido su peor experiencia?, ¿el entrevistado más difícil?, ¿qué piensa de la IA?- y el “conversatorio” se cerró con aplausos, cosa que no dejó de sorprendernos. Rematamos la velada en una de las célebres pastelerías de la calle Istiklal ante unas tartas del tamaño de los proyectiles del cañonero de Mehmet, Orban. Pero nada pudo endulzar el hecho de que el bolo se acababa, y de que nos marcharíamos de Estambul dejando sólo la huella de nuestra sombra en las calles de la ciudad, las piedras de las murallas, las aguas espejeantes del Bósforo y el recuerdo de los amigos.



El Pais Sábado 10 de junio de 2023

domingo, 3 de marzo de 2024

El caballo y el mono

Prepárense, lectores ávidos de emociones fuertes, porque este viaje al mundo de los sueños puede dejar permanente secuelas en sus retinas



JOSÉ LUIS VIDAL

29 Febrero, 2024

Si os hablo de Pepín López Cebolledo es bastante posible que así, a primera vista, no sepáis quién es. Chaval joven, de lustroso tupé, chupa de cuero plagada de chapas y parches, la mayor parte del tiempo metido en ambientes no demasiado recomendables y con unas amistades que para qué…





Los sueños del Niñato

Autor: Miguel Gallardo

Tapa dura

Color

112 págs.

25,90 euros

Ediciones La Cúpula


Junto a sus sufridos padres, claramente de origen sureño, vive en una barriada de San Adrián de Besós, caldo de cultivo para una generación que pasó por el infierno de las drogas y que muchos, por desgracia, no pudieron superar, quedándose en el camino.

El protagonista de este buen puñado de historias se niega a no meterse su chute diario, y cuando no tiene pelas para hacerlo es cuando la pesadilla, inevitable, le atrapa, llevándolo a paisajes desconocidos, en los que, como si de un títere se tratara, va a ir dando tumbos, con las pupilas dilatadas ante el alucinante y alucinado periplo al que se enfrenta.

Sí, Pepín es El Niñato, personaje ochentero nacido de la imaginación de dos grandes nombres del cómic patrio como Miguel Gallardo y Juanito Mediavilla, papis del menda en las primeras historias y al que Gallardo haría suyo por completo en el resto.

Gallardo, con una versatilidad gráfica que hace palidecer, nos va a coger de la mano, y de un fuerte tirón, introduce en una imaginaria galería, en la que junto al sudoroso protagonista, vamos a recorrer un universo de viñetas en las que el autor vuelca sus pasiones, múltiples guiños y a todos aquellos grandes nombres del Noveno Arte (y de los otros) a los que admira.

La cosa comienza con un tour, con mucho cachondeo, por el universo de La Casa de las Ideas, la Marvel yanqui, en la que el chaval se va a encontrar con los peores villanos, malos malosos de cuya influencia tan solo podrá huir gracias a la intervención de cierta familia compuesta por cuatro famosos miembros…

Pero no solo se llevará al protagonista a universos comiqueros ajenos, sino que el cine y las películas también tendrán un especial protagonismo en sus peripecias oníricas, ya sea la escalofriante, terrorífica Poltergeist o esa otra que muchos recordamos con cariño, y está protagonizada por un alienígena que tan solo quería regresar a su casssa.

Clásicos personajes de la literatura serán también utilizados para narrar las historias de este Niñato, como la oscura y violenta personalidad que se escondía en el interior del Dr. Jekill.

En el aspecto gráfico señalar que Gallardo va a utilizar diferentes técnicas, estilos de dibujo, para adecuarse a cada relato, convirtiendo los diferentes capítulos en una inesperada y gustosa experiencia, que van desde Heinz Edelmann hasta Vázquez. Casi nada.

Estos ejemplos son tan solo un aperitivo de lo que vais a encontrar en este tesoro de la historieta patria, que vuelve a confirmar (si es que hacía falta hacerlo) la genialidad de su autor, al que la enfermedad nos arrebató antes de tiempo, pero que nunca se irá de nuestro lado gracias a ésta, y muchas otras, de sus obras.

Y la editorial La Cúpula, que siempre ha sido el hogar de Miguel Gallardo, nos regala esta imprescindible edición, de gran formato, que incluye todo, todito el material protagonizado por este díscolo jovenzuelo, preso del chute y el síndrome de abstinencia en un mundo de pesadillas.


Malaga Hoy