sábado, 21 de enero de 2023
La posguerra en Pulgarcito por Salvador Vazquez de Parga
¡Corre, bárbaro, corre!
El deseo hará que el bárbaro cimmerio se juegue la vida para alcanzar su preciado objetivo en medio de unos parajes gélidos
JOSÉ LUIS VIDAL
20 Enero, 2023
A lo largo del tiempo hemos conocido las múltiples caras del inmortal personaje creado por el escritor norteamericano Robert. E. Howard. Conan ha sido bárbaro, pirata, ladrón, monarca… y soldado.
En esta novela corta, La hija del gigante helado, que viene a sumarse a las adaptaciones llevadas a la viñeta, nos reencontramos con él en el ambiente que más le gusta, la batalla. Las espadas y las hachas hablan el lenguaje de la violencia más descarnada, y cuando todo parece perdido para el cimmerio, ese fuego que arde en su interior renace para coronarlo como único superviviente que se alza en medio de una masacre que ha teñido de color sangre la nieve del lugar.
Conan El Cimmerio Vol. 4
Autor: Robin RechtTapa dura
Color
88 págs.
18,95 euros
Planeta Cómic
Pero realmente, Conan es en esta ocasión un simple peón, observado por los pícaros ojos de una joven, Atali. Esta chica es más de lo que parece, y no le importa caminar por el lugar exhibiendo su desnudez y cautivadoras curvas ya que no es humana.
Ella es la hija del poderoso Ymir, y por ello puede hacer lo que le plazca, como seducir a los hombres, curtidos guerreros a los que, valiéndose de sus atributos, conducirá a la perdición, ya que ninguno ha logrado alcanzarla y tan siquiera poder acariciar sus rojos cabellos…
Lo que ella desconoce es que el hombre que se alza, rodeado de cadáveres, no es cualquiera y, cegado por su cautivadora presencia, emprenderá una carrera imparable, a través de la nieve, superando todos los obstáculos con tal de poder calmar su sed junto al cuerpo de Atali, que divertida al principio, se irá dando cuenta poco a poco que tal vez en este peculiar juego del gato y el ratón a ella le ha tocado perder, hecho que nunca hasta ahora había sucedido.
El argumento de esta historia, rechazada en su momento por los editores de las revistas pulp, como bien viene a referir Patrice Louinet en el epílogo de este álbum, debido a su fuerte carga erótica, te atrapa desde el principio. Pero he de confesar que la traslación que el ilustrador galo Robin Recht (Notre Dame, Elric, La cage aux cons…), hace de él me parece magistral, dejando boquiabierto al lector con su magistral trazo y composición de viñetas, espectaculares dobles páginas y genial uso del color y las onomapeyas en un momento muy concreto del argumento.
Estoy seguro que si el padre de la criatura, Robert E. Howard, pudiera deleitarse con esta adaptación, se quitaría el sombrero ante el brutal porte de su creación, la sensual condición de la joven Vanir, cómo la sangre de la batalla salpica desde las viñetas y una resolución en la que Conan, un hombre sin miedo a enfrentarse a lo desconocido, le planta cara a una auténtica fuerza de la naturaleza, de la cual ha mancillado su fruto más preciado.
Esta colección de relatos, adaptados por autores de cómic francobelga está suponiendo una constante alegría con cada nueva entrega, ya que en sus páginas vuelcan todo su talento para ofrecernos sus particulares versiones de un buen puñado de relatos protagonizados por Conan, el Cimmerio.
Malaga Hoy
viernes, 20 de enero de 2023
Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo Psicopatología de la vida cotidiana
Por Jorge Quinoa
La obra de Ware es tan inclasificable como inquietante la naturaleza de los personajes que nos muestra. Una sarta de perdedores incapaces de encauzar su vida que se conforman con lo que les va viniendo sin más aspiración que la de no meterse en demasiados problemas.
Aparentemente, cuando nos enfrentamos a la obra de Ware, enfrentarse es la palabra, sí (el mismo autor, en un detalle de los múltiples caprichos que nos enseña en la detallada y maravillosa sobrecubierta del libro, ya nos advierte de esto definiendo la obra como «un osado experimento sobre la paciencia del lector, disfrazado»), tenemos la sensación de que no ocurre nada, de que los personajes apenas ven la vida pasar sin inmutarse. Dedicado a una narración que empuja a la contemplación, te aleja de la realidad sin ni siquiera permitirte un capricho y te sumerge en el intrincado y desalentador mundo de Jimmy Corrigan, un perdedor de proporciones bíblicas reflejo de la propia identidad del autor, ya que, como él mismo ha asegurado más de una vez, la obra es altamente autobiográfica y, por tanto, redentora. Parece pues, que el autor utiliza el cómic para psicoanalizarse, para sanarse. La relación entre el autor y el libro se nos presenta casi como la del paciente y su terapeuta en un ejercicio de absoluta sinceridad sin restricciones.
Encontramos un par de situaciones, apenas al principio del libro, que nos dejan claras todas estas cosas. Por un lado, el enamoramiento de Jimmy por una chica del trabajo que no solo no le corresponde sino que, además, le desprecia. Aun y así, Jimmy es incapaz de desistir en su empeño y se mantiene fiel a su fantasía. Por otro lado, una viñeta especialmente reveladora, en la que desde el cubículo en el que trabaja, ve cómo un tipo disfrazado de superhéroe se suicida saltando desde la azotea del edificio de enfrente después de saludarle. Entendemos pues que Jimmy, además de ser el chico más listo de la tierra, es un adulto con trazas infantiloides y una evidente dependencia emocional respecto a la idealización de un padre desaparecido, y este gesto nos muestra un primer paso hacia su liberación intelectual en busca de su fantasía de autosuficiencia.
A partir de aquí empiezan las aventuras que, para nuestro protagonista, supondrán comenzar un viaje a la otra punta del país para conocer a su padre biológico, tras recibir una carta del mismo y descubrir, entre otras cosas, que tiene una hermana de la que no tenía la más remota idea. Algo que no impide que sus miedos, temores y paranoias salgan a la luz imaginándose, por ejemplo, en diferentes situaciones y circunstancias, el momento de su muerte a manos de su padre, al que acaba de conocer y en la casa del cual se aloja.
La obsesión que tiene Ware por los detalles también roza lo enfermizo. Intercalados en la historia principal, encontramos una gran cantidad de páginas repletas de textos larguísimos, anuncios de productos ficticios completamente bizarros y una gran cantidad de recortables con un montón de detalles e instrucciones apenas legibles. Esta pasión por los detalles ha sido un quebradero de cabeza para más de un editor, tanto en su país como fuera de él, interviniendo personalmente en la edición de las versiones exportadas de su obra, cuidando en muchas ocasiones hasta el último detalle de forma literal. Juegos y manías más dignos de un diseñador gráfico psicópata que de un dibujante de cómic.
Nos plantea también, en numerosas ocasiones, una gran cantidad de viñetas muy similares entre sí, utilizando la repetición de los fondos sobre los que los personajes apenas se mueven para mostrar el vacío existencial de su vida, marcando un paso del tiempo meticulosamente lento, monótono, aburrido, desesperante, con lo que consigue no solo mostrar sino que, de una manera brutal, empaticemos con Jimmy y su desesperación, ligada a la idiosincrasia de un niño, y no tan niño, deprimido y absorbido por las necesidades enfermizas de una madre narcisista y sobreprotectora. Jimmy Corrigan es, por tanto, un niño de grandes carencias, asustado, incapaz de acceder a la inteligencia emocional necesaria para enfrentarse al mundo, en parte por la ausencia de un padre que abandonó a su madre, y a él mismo, siendo todavía un niño. Durante todo el libro aparecen claras referencias a la obsesión que tiene por los superhéroes, enmascarados y con capa, como proyección de esa carencia de la figura paterna que tanto ansía, algo que Freud y Winnicot estarían encantados de sentarse a analizar, tomando un café, sin que les supusiera demasiado trabajo desentrañar la naturaleza del protagonista.
Durante trescientas ochenta páginas uno siente en varios momentos la extraña sensación de si realmente no estará perdiendo el tiempo. Incluso puede ser que las reflexiones que el lector baraja entre sus manos torpes le obliguen a replantearse sus capacidades de comprensión a la hora de descifrar lo que tiene ante sí. Y es que Ware, pese a mantener con insistencia una historia aparentemente falta de contenido, con sus constantes saltos temporales y detención en los detalles, consigue despistar al lector. Consciente de ello, apenas leída una quinta parte del libro, se atreve a hacer una pausa en la historia y entretenerse en un breve resumen al más puro estilo «y en capítulos anteriores…».
El dibujo y la técnica con la que Chris Ware nos deleita es pura síntesis, líneas simples y colores planos son lo que lo caracteriza, sin dejar de mostrar por ello un gusto exquisito, obligándonos a detenernos en todas y cada una de las páginas para admirar la formidable composición con que están formadas. Sus raíces se hunden en la herencia de varios autores de principios del siglo XX como Winsor McCay y su Little Nemo in Slumberland, George Herriman con Krazy Kat e incluso Frank King con Gasoline Alley. Eso no significa que Chris Ware sea un copión, ni mucho menos, sino todo lo contrario. A día de hoy se le considera, y con razón, unos de los innovadores en la composición y estética del cómic actual.
Para entender la importancia de la obra de Ware y la impactante revelación que ha supuesto para el mundo de las artes en general, solo tenemos que mirar la vitrina de logros que le han ido atribuyendo diferentes instituciones de prestigio a lo largo de los últimos años. Entre los numerosos galardones que ha obtenido, destacan el primer premio al mejor álbum en el Festival del Cómic de Angulema, Francia, en 2003; por no mencionar el The Guardian Book Award en 2001, con el que destrozaba alguna que otra convención social por ser la primera vez que una novela gráfica, si es que podemos limitar tanto la descripción de su trabajo, ganaba un premio literario en el Reino Unido. Sin olvidarnos de la repercusión fuera de las limitaciones que vienen implícitas en una hoja de papel y por conquistar, por mérito propio, entrar en algunos circuitos de arte, siendo expuesta su obra en diversos museos como el Whitney Museum of American Art, allá en el 2002 y en el Museum of Contemprary Art de Chicago, cuatro años después.
Pese a que Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo, se publicó íntegramente en el año 2000, el personaje apareció por primera vez en 1993 —en los cómics de la serie Acme Novelty Library—, fecha en la que se podría decir que Chris Ware cambió el mundo del cómic.
Jot Down Comics
jueves, 19 de enero de 2023
Experimentos. Prueba y error
Nunca me dedicaré profesionalmente a trabajar en el cómic, ni nada que se le parezca de lejos. Pero como entretenimiento personal, no tiene precio. Mi fascinación por la imagen, y en particular por la fuerza de la síntesis del blanco y negro. En las reproducciones de las obras de muchos grandes autores del comic no se aprecia el trabajo inmenso que realizaron. La viñeta de Cisco Kid del maestro Jose Luis Salinas, publicada en una tira para los periódicos, luce brutal en DIN A3. Debajo está Tarzán de Harold Foster, aún dibujando a tamaño folio no he podido reproducir los detalles de la obra.
De todas formas, en mi búsqueda de la síntesis del blanco y negro, como si del Santo Grial se tratase, y llevado de la mano de algunos otros autores, por ejemplo Mike Mignola, o Eduardo Risso, por citar a dos, intento llevar cualquier imagen a los límites de las manchas y los claros.
Por último, he comenzado a machacar las películas de cine negro americano de los 40 a los 60. Su fotografía juega con las sombras de una forma increíble.
Lo dicho. Experimentos. Prueba y error.
La casta de los Metabarones Paleodiversión para bios
Por Tirso Montanez
El Metabarón era un personaje que aparecía en El Incal donde, aunque apenas se profundizaba en su personalidad, se daba a entender que se trataba de un mercenario respetado y conocido, tal vez el más poderoso de la galaxia. Pero ¿quién era? ¿Cómo se había convertido en un formidable guerrero? Todos estos interrogantes se contestaron en una saga donde se desarrolla la historia de su clan. Para ello, Jodorowsky formó equipo con Juan Giménez, a quien casi se le ajusta mejor la definición de ilustrador que de dibujante ya que cada viñeta tiene tanto detalle y calidad como una portada. Obviamente, dibujar un cómic con ese nivel de acabados es una tarea descomunal: Giménez dedicaba del orden de cinco o seis días de trabajo por página… ¡en una obra que tiene más de quinientas! La casta de los Metabarones se trata pues de un spin off de El Incal, y análogamente a lo que sucedió con las series televisivas Cheers y Frasier, no solo tiene vida y consistencia por sí misma, sino que incluso supera a la historia matriz. Parte del éxito se puede achacar a que Giménez, que ocasionalmente también escribía sus propios guiones, acotara la, denominemos eufemísticamente, «fantasía» del psicomago-guionista Jodorowsky, resultando una obra menos mística que El Incal y más cercana a la ciencia ficción clásica o la acción pura, sin dejar de lado las subtramas románticas o la búsqueda de la felicidad de esta desdichada casta.
Los Metabarones son un linaje que surgió a partir de los Castaka, una familia que seguía un código de honor (el Bushitaka) parecido al de los samuráis, que explotaban un planeta formado íntegramente de mármol y preparaban los pedidos de bloques con una velocidad pasmosa mediante un proceso secreto. Un día, accidentalmente, el secreto fue revelado: el planeta escondía una sustancia fabulosa con propiedades antigravitatorias, la epifita, que les permitía manejar los gigantescos bloques de mármol con facilidad y rapidez. El descubrimiento de la epifita atrajo la atención de toda la galaxia, acabando con la apacible vida de los Castaka y convirtiéndolos en multimillonarios cuando cedieron los derechos de explotación de la epifita. Pero la avaricia por la epifita y el dinero de los Castaka hizo que Othon, el primer Metabarón, perdiera a su mujer e hijo y que fuera brutalmente mutilado, y toda esa ira la encauzó hacia el combate, convirtiéndose en un despiadado mercenario. Los Metabarones se autoimpusieron dos tradiciones iniciáticas: las mutilaciones rituales tras las cuales incorporaban a sus cuerpos apéndices, órganos o extremidades biónicas y la sucesión por combate de modo que, en un acto cargado de simbolismo edípico, el hijo tenía que matar a su padre para ocupar su lugar como Metabarón. Pero una historia que de por sí ya parece bastante compleja se complica con esterilidades varias, sexualidades confusas, incestos a nivel espiritual o muertos que no lo están tanto, por lo que un escéptico podría sentenciar (equivocadamente) que es un culebrón venezolano con caballeros Jedi. Por cierto, los robots narradores de la historia nos evocan a la pareja cómica de La guerra de las galaxias C-3PO y R2-D2, que Jodorowsky usa hábilmente para hacernos bajar la guardia con tanto diodo quemado y goteos de aceite de esos pelmas y así colarnos uno de los grandes giros de la historia. No hay más parecidos con la saga de George Lucas, aunque no se puede decir lo mismo respecto a Dune: a mediados de los setenta, Jodorowsky estuvo embarcado en un proyecto delirante (y fallido) para llevar al cine la serie de novelas de ciencia ficción de Frank Herbert, con Dalí como protagonista y Moebius y H. R. Giger en el apartado artístico; mientras que en El Incal se desarrollan parte de los diseños con los que Moebius trabajó en preproducción, en La casta de los Metabarones hay otra evidente reminiscencia: ambas comparten la existencia de una sustancia valiosísima (la especia en Dune y la epifita en la historia de los Metabarones) que convulsiona la galaxia. Además, se adivina la influencia de los bocetos e ideas de Giger en la estética biomecanoide de los Cetaborgs o el Suprapiojo, o la conjunción de ser vivo y máquina de la casta. Tratando el concepto de cíborg, Jodorowsky deja uno de sus recados metafísicos: ¿qué nos hace humanos? ¿Cuánto puedes perder de tu cuerpo sin perder tu humanidad? Con Cabeza de Hierro, probablemente el mejor personaje de la saga, aborda satisfactoriamente todas estas cuestiones.
Pero aunque el guion y la trama son imaginativos y atrayentes, es el dibujo el apartado más espectacular de este cómic. Juan Giménez exhibe un domino apabullante de la perspectiva, con ángulos complicadísimos que te sumergen en mitad de una batalla o bajo una nave gigantesca (Giménez tenía formación en diseño industrial y sus máquinas son realistas y vistosas), con una lograda sensación tridimensional —como, por ejemplo, en la viñeta de la sección del Metabunker— apoyada en un colorido que nos hace palpar ese fabuloso universo de los Metabarones, donde convive la estética asiática medieval con la tecnología más avanzada.
La primera edición de La casta de los Metabarones estaba compuesta por ocho tomos (1- Othon, el tatarabuelo, 2- Honorata, la tatarabuela, 3- Aghnar, el bisabuelo, 4- Oda, la bisabuela, 5- Cabeza de Hierro, el abuelo, 6- Doña Vicenta Gabriela de Rokha, la abuela, 7- Agora, el padre-madre y 8- Sin Nombre, el último Metabarón), cada uno de ellos con una portada inspirada en los retratos que realizaba Rembrandt a la realeza, según confesó Giménez. Estas ocho entregas se complementaban con La casta de los ancestros, un tomo con bocetos, comentarios de Jodorowsky y Giménez y una historia corta anterior al número uno donde se explica el origen del tatuaje de los Castaka. Hoy en día se puede encontrar todo unido en un inmanejable único tomo de casi seiscientas páginas.
Jot Down Comics
Los combates cotidianos La odisea de las pequeñas cosas
Por Alfredo Martin-Gorriz
Hay una insistencia tan constante en la felicidad que dan las pequeñas cosas que toda una «industria» de la autoayuda se basa en su mención constante. Mágicas recetas, pensamiento positivo para permanecer contento las veinticuatro horas y sin demasiada medicación. Las pequeñas cosas. Las pequeñas cosas. Las pequeñas cosas. Los mimbres de esta factoría dedicada a la sonrisa bobalicona son tan fuertes que la única razón para que la persona de su lado no sea un «coach» es que lo sea usted mismo. Las pequeñas cosas. Ni tan siquiera la ironía de Groucho Marx ha podido hacer mella en este campo, «hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…». Las pequeñas cosas. Ah, las pequeñas cosas… En lugar de quedarse en un aforismo, el autor francés Manu Larcenet ofrece en Los combates cotidianos toda una guerra a la concepción superficial de la vida ordinaria, el transcurrir del tiempo y, precisamente, la búsqueda de la felicidad. Ese punto de vista inofensivo que fomenta la mansedumbre y que se encuentra institucionalizado por los organismos oficiales de todo pelaje y los medios convencionales de comunicación, encuentra aquí un sobresaliente contrapunto. Su lectura le produciría un ictus inmediato a cualquier gurú de la alegría que cobre por horas para asesorar al personal de una oficina o a un político oportunista, valga la redundancia. Larcenet opone la inteligencia de las pequeñas cosas contra su uso como elemento narcótico, vulgar y adocenante.
Los ataques de ansiedad, el sexo, el amor, la paternidad, la relación con los familiares, la pérdida de seres queridos, la relación con las mascotas y la naturaleza, las frustraciones laborales, el desengaño derivado de conocer a ciertas personas a las que admirábamos, la dignidad del trabajo bien hecho, el aburrimiento, el no saber muy bien qué hacer… son algunos de esos combates cotidianos con los que tiene que lidiar el protagonista, una persona normal y corriente sometida al azar, los miedos y, en definitiva, todo aquello que compone realmente la vida mientras los sueños y las esperanzas van por otro lado.
Esta historieta fue premiada como mejor álbum en el Festival de Angulema de 2004. Llama la atención en sus primeras páginas por la elección de un tipo de dibujos que en principio parecen más propicios para un tebeo de humor de otro tipo. Sin embargo, poco a poco, entendemos las razones de lo que no es sino un acierto. Este tipo de trazos consiguen no solo trasladar multitud de emociones corrientes, también gracias a los cambios de color —por ejemplo, sepia para lo que equivaldría a la «cámara subjetiva» del protagonista, rojo para la angustia— puede alterar el tono de los sentimientos sin romper la continuidad del estilo, que solo varia en un puñado de ocasiones cuando Larcenet opta por dibujar retratos realistas o bien monólogos interiores donde muestra diversas escenas (de nuevo en sepia, para señalar su visión). Este contraste refleja perfectamente la madurez derivada de diversas experiencias y justifica que el autor escogiese para la mayor parte del tebeo una apariencia engañosamente simpática.
Otro de los grandes aciertos del cómic es tomar como hilo conductor a un personaje que, siguiendo el título, es muy normal. Eso no solo refuerza la perspectiva del lector acerca de los acontecimientos frecuentes y habituales que le suceden a cualquiera en el transcurso de su vida en una sociedad desarrollada (y por tanto, salvo desgracia mayúscula, carente de grandes altibajos o experiencias extremas), sino que consigue plasmar, mediante la aparición de personajes secundarios, desde familiares a compañeros de profesión, desde el propio gato del protagonista a vecinos malencarados, cómo las relaciones de cualquier especie son las que van modificando nuestra vida tanto interior como exteriormente. Este modo de representación logra que dichos secundarios sean especialmente atractivos, lo que se relaciona con la profesión de fotógrafo del personaje principal. Es en cierto modo su mirada común pero precisa la que realza, y volvemos al principio, esas pequeñas cosas que siendo igualmente comunes también pueden ser decisivas, maravillosas, anodinas, terribles y que, en definitiva, son las que componen el destino de cualquiera, un destino sin mayúsculas, de andar por casa. Pero, al fin y al cabo, nuestro.
El humor, la ternura, la angustia o la tristeza se ven complementados con la pasmosa habilidad que tienen muchos artistas de Francia para analizar y criticar a su propio país sin romper con la trama, todo lo contrario, complementándola y demostrando en este caso que los grandes hechos de la economía y la política están fabricados con la misma sustancia que las anécdotas, y que nos movemos en la red resultante un poco a la deriva y otro poco por voluntad propia. La agudeza de Larcenet consigue ligar con más que meritoria sencillez la guerra de Argelia con las transformaciones industriales de la actualidad en el caso de unos astilleros. Precisamente el tratamiento del tiempo en general es otro de los talentos del autor, que con una excelente utilización de la elipsis logra trasladar al lector informaciones básicas sobre lo que está sucediendo, sin añadir absolutamente nada más.
Los amantes de la naturaleza tienen aquí sus bosques. Los amantes de los niños tienen aquí a una maravillosa niña. Los amantes de los gatos tienen aquí a un travieso gato. Los amantes de las historias de amor cuentan con su historia de amor. Los amantes de los malos tienen a unos cuantos malos complejos. Los amantes de los buenos tienen también su repertorio. Lo que no hay son héroes ni villanos. Solo el pasar de los días. Solo el ver qué ocurre. Solo una vida como tantas otras.
Jot Down Comics
Mariko parade La nouvelle manga como nodos de una misma historia
Por Ángel L. Fernández
Desde pequeño siempre he tenido la creencia de que dibujar es una cualidad innata y que, si bien se necesita experiencia y aprendizaje para hacerlo con maestría, sin ciertas condiciones naturales es imposible hacerlo correctamente. A raíz de los avances en neurociencia y los fascinantes descubrimientos sobre la laterización cerebral de las habilidades y los procesos implicados, llegué hasta Aprender a dibujar con el lado derecho del cerebro, un manual que prometía ser el remedio para mi incapacidad manifiesta de hacer viñetas. En mitad de la revelación descubrí a Frédéric Boilet, un dibujante de comic que trabaja sobre fotografías y cuya técnica me hizo desterrar el manual y descubrir que hasta para calcar fotos hay que ser un artista.
Frédéric Boilet es el fundador de lo que se ha dado en llamar la nouvelle manga, un movimiento creativo de narrativa gráfica que combina estilos de dos de las escuelas más importantes del noveno arte, la historieta franco-belga y el manga japonés. El primero en mencionar el término manga nouvelle vague —rápidamente reducido a nouvelle manga—, en 1999, fue Kiyoshi Kusumi, antiguo director de la revista mensual de arte Bijutsu Techô, y lo hizo refiriéndose al francés Frédéric Boilet, el cual adoptó el término para sí y alentó a otros artistas a utilizarlo.
El dibujo de Boilet tiene un estilo hiperrealista muy original y es que acostumbra a grabar en vídeo o fotografiar los storyboards de lo que será su arte final. Como sus relatos son autobiográficos e intimistas, con el uso del objetivo consigue capturar en sus viñetas pequeños detalles que cargan de intensidad el rostro y los gestos de sus protagonistas.
El caso es que Boilet, además de ser francés y un seductor, o al menos así se muestra en la parte autobiográfica de su obra —básicamente, toda— tiene una habilidad especial para las relaciones sociales franconipófilas y así consiguió embarcar a algunos paisanos suyos, como Étienne Davodeau, Joann Sfar o François Schuiten y otros hasta ocho, junto con otros tantos autores japoneses, en un libro de historietas muy original en el que los autores europeos viajan a Japón para mostrarnos en ocho relatos sus impresiones en el país del sol naciente y a los que los dibujantes japoneses responden con otras ocho historias en las que nos enseñan su tierra con sus leyendas y su modernidad. Pero esta obra además de ser una propuesta novedosa en la que se entrecruzan miradas tan diferentes, le sirve a Boilet para entrelazar amistades, en especial con Aurita, relación fruto de la cual la autora japonesa realizará su autobiografía sexual Fresa y Chocolate.
El primer cómic que Boilet publica en España es Tokio es mi jardín, con guion de Benoît Peeters, también autor del texto de la fantástica saga de Las ciudades oscuras de Schuiten y con la colaboración de Jiro Taniguchi. Tokio es mi jardín narra la historia de un representante de vinos franceses enviado por su empresa a Japón para abrir mercado y que tras una breve estancia queda inesperadamente encantado por el país. Los números del negocio de representación no acaban de salir, por lo que David (que así se llama el protagonista) empieza a tener sudores fríos ante la perspectiva de tener que abandonar Japón y para colmo de males se enamora. Toda la historia está impregnada de la fascinación de David por los ideogramas y la caligrafía kanji, y le vemos explorar las reglas nemotécnicas que se utilizan para aprenderlos. Tras Tokio es mi jardín Boilet publica La espinaca de Yukiko, en el que nos cuenta el breve idilio que tuvo con Yukiko Hashimoto. La relación amorosa entre ambos está repleta de ternura y de instantes hermosos. Como se reseña en la solapa (y es que yo no lo podría decir mejor), las formas en que Boilet retrata a la mujer que ama transforman la propia creación del cómic en perpetuar en la página el acto de hacer el amor con ella. La primera edición de La espinaca de Yukiko se agotó, tal como pasó con Mariko parade, de la que hablaremos a continuación. La obra más reciente de Boilet publicada en España es Ellas, donde el autor se recrea en las relaciones amorosas y sexuales con las protagonistas de sus anteriores trabajos, alcanzando el momento de máximo realismo visual de todas sus historietas.
De toda la obra de Frédéric Boilet, sin duda alguna Mariko parade es la que más me gusta. Está realizada a cuatro manos con Kan Takahama. Ambos se conocieron a raíz de un email que Takahama le envió a Boilet, quedaron a tomar unas copas en el Café Relations Humaines —no me digan que no es un nombre bonito—. Ella era admiradora del francés y supongo que tenía ganas de fiesta, ya que el mismo día que quedaron, tal y como cuenta ella, tras amanecer embrutecidos por tanto alcohol se dijeron: «¡Tenemos que hacer algo juntos!». Ese «algo juntos» bullía de forma insconciente en la cabeza de Takahama que, fascinada con La espinaca de Yukiko, y tras comentarlo con Boilet, propuso volver a sumergirse en el universo sutil de los amantes para continuar de algún modo la historia. A partir de las fotografías y vídeos de Mariko, la modelo que usó Boilet en La espinaca de Yukiko, Takahama construyó una historia preciosa.
Mariko parade comienza con una sucesión de viñetas en las que se ve a la protagonista leyendo el libro de La espinaca de Yukiko mientras viaja en el tren con el propio Boilet. Ambos discuten sobre si la narración del manga es una historieta o un documental autobiográfico y entre las páginas se intercalan las láminas de Las doce quimeras del zodiaco que Boilet había preparado para otro proyecto. «Cuando estás en el paisaje es como si mi dibujo, mis historias, echaran a andar por su cuenta».
El dibujo de Takahama es simplemente magnífico, realizado con lápiz y carboncillo y después retocado digitalmente, cada viñeta es una bella ilustración. Con esta misma técnica, Takahama ha publicado en España otros dos albumnes, Kinderbook, que es una recopilación de relatos cortos publicados en revistas manga japonesas, y Awabi, obra más madura en la que el protagonista es el amor — tema recurrente de la nouvelle manga—, pero desde una perspectiva mucho más pesimista que la de Boilet, impregnada de esa atmósfera de fatalidad en lo emocional propia de la cultura clásica japonesa.
Jot Down Comics
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