domingo, 22 de abril de 2018

La más combativa (y brillante) de las parejas de Marvel

Kelly Sue DeConnick y Matt Fraction son autores de una personalísima obra y propietarios de una visión muy particular del género

LAURA FERNÁNDEZ
Barcelona 16 ABR 2018

Matt Fraction y Kelly Sue DeConnick en Barcelona. M. MINOCRI

Kelly Sue DeConnick y Matt Fraction son autores de una personalísima obra que contribuye al fin del maniqueísmo superheroico, y no sólo eso: él se ha llevado un Eisner por su última creación (Sex Criminals) y ella es la creadora la mitológico bizarra Bella Muerte (Pretty Deadly) y la galáctico carcelaria feminista Bitch Planet. Estos días andan de paso por el 36 Salón Internacional del Cómic de Barcelona.

Desde hace poco comparten habitación, y él se pone cascos para no tener que escuchar la música clásica que ella necesita para trabajar, y ella cree que la de los cascos debería ser ella desde que él se ha comprado un teclado que imita el sonido – y hasta el aspecto – de una vieja Underwood. “Antes escribíamos por separado, pero nos mudamos y empezamos a compartir despacho. Nos sentamos incluso a la misma mesa”, dice ella. Ella es Kelly Sue DeConnick (Ohio, 1970), la responsable de la demoledora Bitch Planet, suerte de soap space opera, una distopía futurista en la que la Tierra está gobernada por el Protectorado, un patriarcado cristiano capitalista (radical) en el que la vida de las mujeres deben aceptar el lugar que les ha tocado en la sociedad, el de florero (así lo designa el Consejo de Padres), y si no lo hacen, serán consideradas NC (No Conformes) y enviadas al Puesto de Obediencia Auxiliar, al Planeta de las ZorrasBitch Planet–, esto es, un planeta cárcel. Pero no sólo eso. DeConnick también firmó la primera Capitana Marvel decididamente feminista, y si Juan Antonio Bayona pudo dirigir parte de una serie llamada Bella Muerte fue porque ella tuvo un día la idea de que eso fueran un puñado de cómics.

“No sé, tengo la sensación de que siempre hablamos de lo mismo. Todos tenemos tres o cuatro temas a los que les damos vueltas una y otra vez. No importa la forma que tomen esos temas, son siempre los mismos. Nuestras obsesiones”, dice. A su lado, Matt Fraction, nombre propio en el universo Marvel – le dio la vuelta a Ojo de Halcón, haciéndolo, también, mujer; se hizo grande con Uncanny X-Men (Patrulla X, en España), y los radiantes FF–, y fuera de él –sus Sex Criminals, serie de viajes en el tiempo, en realidad, de atrapados en el tiempo – hay parejas que, cuando lo hacen, detienen, literalmente, el mundo, y, claro, pueden robar bancos y ese tipo de cosas mientras el tiempo no pasa –ha sido merecedora de un Eisner, asiente. “Tú, por ejemplo”, le dice Kelly Sue, “sobre todo hablas de amor”. “Y tú del papel secundario que se le otorga a la mujer y de cómo se rebela contra eso y se vuelve protagonista. Hablas del abuso, pero también de su condición de musa, de la cosificación de la mujer”, dice Matt.


Viñeta de 'Sex Criminals', guionizado por Matt Fraction y dibujado por Chip Zdarsky.

Se conocen bien. Podría decirse que son la pareja de moda de Marvel si no hubiera un puñado de otras parejas de moda en Marvel, y si lo suyo fuese cosa de hace no demasiado. Pero en realidad llevan juntos mucho tiempo. Tienen dos hijos (uno de diez años, “súper sensible”, la otra, de siete, “una tipa dura”, dicen). También tiene un perro, un gato y un camaleón. A su paso por Barcelona – son uno de los principales atractivos del 36 Salón Internacional del Cómic que se celebra hasta el domingo en la capital catalana – hablan de cómo empezó todo, del poder de la viñeta hoy en día – “el cómic es política”, asevera DeConnick –, de la diferencia entre trabajar para una major o para una minor, y hasta de cómo, todo lo que hacen, no está nunca exento de lo que viven – “mi hijo Henry me dio el inicio de Bella muerte contándome una pesadilla que tuvo”, confiesa Kelly –. ¿Lo último que puede leerse en español de cada uno? En el caso de Matt, Sex Criminals, y en el de DeConnick, Bitch Planet (ambas en Astiberri).

PREGUNTA.- Uno no llega a guionista de cómics de casualidad. ¿Cuándo empezó el amor de cada uno por la viñeta?

MATT FRACTION.- En mi caso, la verdad es que, desde que tengo uso de razón, me recuerdo dibujando cómics. Desde los seis o siete años. ¿Recordáis las impresoras de papel continuo? Teníamos una en casa, y yo utilizaba el papel, con aquellos agujeritos que tenía por los costados, para hacer mis cómics. Los dibujaba y luego con un hilo, los cosía, para que tuviesen forma de libreto. Luego se los prestaba a la gente. Supera eso, Kelly.

KELLY SUE DECONNICK.- Uhm. Mi historia es mejor. Crecí en Bases de las Fuerzas Aéreas, así que es como si hubiera vivido hace 900 años, en una época en la que no había televisión, en realidad, sí, pero sólo teníamos un canal que pudiéramos ver y digamos que no era muy fan de la programación infantil, así que básicamente mi entretenimiento eran los cómics. ¿Por qué? Porque los soldados eran muy jóvenes y todos eran fans de los superhéroes y los sábados se organizaba un mercadillo improvisado en el que vendían los que ya habían leído o los intercambiaban por otros. Yo ahorraba toda mi paga para comprarme cómics, y no hacía otra cosa que leerlos. No me preguntaba entonces qué ocurría con la perspectiva de género en ese tipo de cómics, sólo era una lectora voraz.

P.- Hablando de la perspectiva de género, tanto el uno como el otro habéis intentado acabar con los convencionalismos en el cómic, algo de vital importancia en el momento que estamos viviendo y teniendo en cuenta lo influyentes que son los cómics en tanto que literatura popular, ¿creéis que los niños y las niñas del futuro serán un poco más libres de lo que fuimos nosotros gracias a eso?

M. F.- Yo espero que jamás lleguen a plantearse si el mundo fue alguna vez de otra manera. Es decir, que vean normal que hombres y mujeres sean iguales, en todos los sentidos. Mis hijos y sus amigos son los suficientemente jóvenes como para no darse cuenta de lo extraordinario de Black Panther, y espero que no se den cuenta nunca.

K. S. D.- Yo entiendo a los humanos como células de un gran organismo, la humanidad, que se está enfrentando hoy en día a problemas muy serios que ponen en peligro a la especie entera, y no podemos permitirnos dejar que alguien que puede aportar algún tipo de solución, una solución brillante, por más extraña o contra todo que ésta nos parezca, quede al margen del sistema, porque le necesitamos. Necesitamos esas otras visiones de nuestro mundo, porque sólo nosotros podemos cambiarlo.

P.- En su caso, Bitch Planet es un gigantesco paso adelante en ese sentido.

K.S.D.- Bueno, Bitch Planet nació por mi deseo de trabajar con el dibujante Valentine De Landro. Estábamos esperando la oportunidad de poder trabajar juntos en un superhéroe, pero un día Valentine me llamó y me dijo: '¿Por qué no creamos algo nuevo? ¿Por qué tenemos que esperar a que aparezca otra Capitana Marvel? Y me dije que tenía razón. Eché un vistazo a mi libreta de ideas y le solté unas cuantas. Soy muy fan del cine exploitation, y a la vez del género cárceles de mujeres, y de todo lo que tiene que ver con la venganza, y sé que todo eso junto es, por decirlo suavemente, peligroso para una feminista como yo, pero no puedo evitar sentirme atraída por esos temas. Y queriendo luchar contra ellos se me ocurrió ese planeta cárcel. Creo que las ideas que te plantean problemas, que te generan dudas, son el terreno más fértil para la ficción.

P.- ¿Y es muy distinto trabajar para Marvel o para una indie, hasta qué punto puede uno ser él o ella misma en una gran editorial?

M. F.-  Cuando trabajas para Marvel tienes que ser consciente de que estás trabajando con símbolos, con personajes icónicos, con los que ciertos temas funcionan y otros no. Por ejemplo, el tema que quería tratar en Sex Criminals no hubiera funcionado en el universo Marvel en absoluto.

K.S.D..- Por otro lado, si niegas el potencial de la cultura popular estás negando el potencial del pueblo. Que quede claro: no todo lo que se publica en una gran editorial es basura ni todo lo que se publica en una pequeña, una obra maestra. Hay basura y obras maestras en unas y otras. En cualquier caso, yo no sé dejarme a un lado cuando escribo. Es decir, todo lo que hago tiene algo de mí, y no pienso renunciar a eso. Haga superhéroes o no los haga. Y creo que a todo el mundo le ha quedado claro, porque me llaman para proyectos en los que mi voz encaja a la perfección.

P.- ¿Qué otras cosas os fascinan más allá de los cómics? ¿De dónde vienen todas vuestras ideas?


M. F.- En mi caso, me fascinan los cómicos. Me encanta cuando un stand-up comedian te cuenta cómo construye sus monólogos. He leído un montón de libros al respecto. Y diría que mi libro favorito es Look, I Made a Hat, de Stephen Sondheim. Tengo la sensación de que la idea del ritmo de un cómico de escena es idéntica a la de un guionista de cómic. Sabes que las cosas deben ser así porque deben ser así. El ritmo interno es muy importante.

K.S.D. En mi caso, lo que pasa es que no pienso de forma visual, y no tengo por qué hacerlo, en realidad, así los dibujantes son mucho más libres. Yo escribo a la manera en que un actor analiza un guión. Porque me formé en el mundo del teatro, fui actriz, y escribo como lo haría un dramaturgo.

M. F.- En tu caso además es un muy evidente que todo lo que te fascina más allá de los cómics, acaba colándose en lo que sea que estés haciendo. Desde un dato estadístico hasta una historia que te hayan contado los niños.

K.S.D.- Sí. De hecho, una de las historias que da pie a Bella muerte partió de una pesadilla de nuestro hijo mayor (Henry). Creyó que había matado a un colibrí con una pistola de agua y se despertó llorando, y yo le hice entender el poder de las historias, de cómo podían llegar a hacernos sentir sin ser ciertas. Luego estuve investigando sobre el colibrí. Pesa poquísimo. Pesa tan poco que cuando llueve, físicamente, no tendría por qué poder volar. Pero redoblan sus fuerzas para volar. Me pareció tremendo. Cómo en los peores momentos, todos redoblamos nuestras fuerzas para salir adelante. Tomé eso como punto de partida para una de las historias de Bella muerte. Si lo pienso bien, en realidad, todo Bella muerte tiene mucho de nuestro hijo, mientras que Bitch Planet está completamente basada en el carácter de nuestra hija.


El Pais






sábado, 21 de abril de 2018

EL GRAN SALTO (THE HUDSUCKER PROXY) Por Xavi Roca + Pascual Ferry





El Jueves Nº 908 octubre 1994

FNAC Cómics Primavera 2014






Jaime Martín, dibujante, ilustrador y excelente contador de historias

Los guiones de Isabel Franc y los dibujos de Susana Martin crearon una magnífica "Alicia en el mundo real".

Así nos imaginamos siempre a Miquelanxo Prado, con un lápiz en la mano.

Son unas gozadas sus ilustraciones, y cada trabajo que hace lo reafirma. Premio Nacional del Comic con "Las Serpientes ciegas"

Polls y Sempere, entre los mejores autores y dibujantes de este país.

J.M. Martín Saurí forma parte de la historia de la ilustración española y también internacional. Puedes disfrutar de nuevo de una de sus espléndidas obras, La Odisea.

De los lápices de Jordi Lafebre han salido alguna de las páginas más deliciosas de la ilustración española.

Bié es otro de los historietistas salidos de la escuela Joso, pero no es solo eso, tambien es diseñador de moda, de animación o incluso de cerámica. Todo un artista, como los de antes.

Damián Campanario, educador social metido a guionista ha participado en libros como "Barcelona TM" o "Revolución Complex". En "Blechkoller" desarrolla un estupendo guión dibujado por Javier Hernández.

No se podía arrancar mejor con una obra y Javier Hernández lo ha hecho con "Blechkoller", con guión de Damián, que obtuvo el Pris VSD de la BD en Francia.

Aleix Saló

No dejes de leer a Homs si quieres disfrutar de uno de los mejores artistas de este pais.




jueves, 19 de abril de 2018

Dibujar en contra de uno mismo

El italiano Gipi firma ‘La tierra de los hijos’, un tebeo para el que se impuso 10 reglas que rompieran con su estilo habitual y sus obras anteriores

TOMMASO KOCH

Madrid 16 ABR 2018


Escenas de 'La tierra de los hijos'.

Encima de la mesa, había un intruso. Estaban los lápices, el borrador y todo lo que un dibujante necesite para crear un tebeo. Pero, entre tantos papeles aún en blanco, uno llevaba tiempo rellenado. Allí Gipi (Pisa, 1963) había redactado 10 reglas férreas, que mantuvo a su lado durante el desarrollo del cómic. El italiano se despojaba así de todas sus armas, que le valieron premios y aplausos, para sabotearse. “Nunca uses una voz narradora, ni toques los colores”, recuerda algunas. Y otra: “Cada vez que estés cansado, dibuja otra página”. Se pasó meses creando en contra de su propio estilo, de nueve de la mañana a nueve de la noche, deseando cada día deshacer aquel decálogo que terminó por respetar a rajatabla. El resultado son 288 páginas en blanco y negro tituladas La tierra de los hijos (Salamandra Graphic).

He aquí el relato de un padre y dos hijos condenados a sobrevivir y entenderse en un entorno primitivo, despiadado e inundado, donde un puñado de humanos fía su existencia al trueque, despelleja perros callejeros y huye del contacto mutuo casi como de la emotividad. “Amor” o “bien” son palabras que el padre ha prohibido a sus chicos, para que nunca añoren un mundo mejor que no llegaron a conocer; prefiere endurecerlos a gritos y palos -su método para salvarlos- mientras entrega a un cuaderno lo que de verdad habita su cabeza.

“Sobre las causas y los motivos que condujeron al fin habrían podido escribirse capítulos enteros en los libros de historia. Pero después del fin ya no se escribieron más libros”, alerta en su arranque La tierra de los hijos. Y los fans habituales también quedan avisados: en ese universo distópico, Gipi ambienta una obra que difícilmente reconocerán.

Maestro de la acuarela y la reflexión, el italiano suele pintar con tintes autobiográficos tebeos donde la intuición y las emociones dibujan la línea argumental. Los sentimientos permanecen, pero aquí manda una historia estructurada, con un comienzo, una evolución y un fin: “Lo considero mi mejor trabajo. A los otros les tengo cariño, pero ahora que noto tanta autobiografía me saca de quicio, porque no permite la libertad. Este libro no ha sido mi tradicional sesión de psicoterapia”. Coherente, en el fondo, con un creador que odia acomodarse y asegura “huir” en cuando percibe haberse asentado.

En su tabla rasa de tradiciones, sobrevivió apenas una rutina: dibujar con la radio encendida, siempre con el mismo programa. Así que, con La zanzara de fondo, en directo o en podcast, Gipi creó unas 35 páginas. Pero se bloqueó: “No sabía de qué trataba, quiénes eran, qué hacían”. Para descubrirlo, tuvo que viajar a las raíces mismas del proyecto. “Estoy muy viciado. Hago el trabajo que me gusta, cuando me apetece. Y soy el peor enemigo de mí mismo: me gustan los videojuegos, tocar la guitarra… Por razones de pereza, antes de volcarme un año y medio en algo, me hace falta comprender su corazón. No basta una infatuación por los personajes, necesito una exigencia mía más profunda. En este caso, la historia se centraba en el amor. Ya decía Truffaut que solo merece la pena hablar de eso y de la muerte”. Una vez detectado el núcleo de lo que pretende contar, para el italiano, lo demás va surgiendo: ambientación, diálogo o elecciones estéticas se rinden a la idea.

Su nueva vida también influyó. Gipi reconoce que en sus obras siempre buscaba que el lector le quisiera. Pero, desde la anterior, Unahistoria (Salamandra Graphic) -primer tebeo finalista al Strega, el premio literario más importante de Italia-, mucho ha cambiado. Se casó, dejó su Pisa natal por Roma y fichó a un joven asistente para ayudarle y sacudir sus equilibrios. Sus inseguridades permanecen, aunque ya no le importan tanto: “Me siento culpable por defecto. Pero, con 53 años, puedes dejar de mirar qué hay de malo en ti”.

Tal vez por eso se deshizo de más cadenas. A ratos La tierra de los hijos solo sugiere, y cada cual interpreta. “Odio las sobreexplicaciones, pero tiendo a simplificar la comprensión al público. Aunque no tengo valores en mi existencia, y el concepto en sí me asquea, la libertad total sí me apasiona. Esta vez quise dejársela a los lectores”. Superó así también los temores que le susurraban que la gente “no entendería una mierda” o le echaría en cara alguna elección de la trama.

Más insultos recibe el dibujante por su ocupación actual: cortometrajes de sátira política en la televisión italiana. “Se meten también con mi madre, de 98 años. Vete a entenderlo”, dice. Tiene entre manos un segundo filme “loco” ya terminado, a la espera del estreno, y hace dos años creó un juego de rol de cartas. ¿Y los cómics? “De momento nada. Tengo una historia, muy difícil. A ver si sale”. Suena justo a reto incómodo: demasiado tentador.

RELIGIÓN, REDES SOCIALES Y CINCO ESTRELLAS
La idea de La tierra de los hijos le surgió a Gipi, aunque le avergüenza admitirlo, de Gaia. Así se titula un minidocumental de Gianroberto Casaleggio, ideólogo fallecido del Movimiento Cinco Estrellas que es hoy el partido más votado de Italia. En el vídeo, el gurú preveía una tercera guerra mundial, dos décadas de regreso a las cuevas y el resurgimiento de una nueva sociedad basada en Internet. “Es una idiotez decir ‘dentro de 20 años, emergerá la Red’, como si hoy nos salvaran los faxes. Pero me dio pie a pensar en cómo sería la gente que saldría tras tanto tiempo en un búnker”, explica el dibujante. Entre otros, imaginó una banda de fieles enloquecidos, entregados a la religión del dios Wapo, los ‘me gusta’ y los vídeos de gatitos. “Las redes como propaganda del ego me resultan aterradoras. Me parece que la comunicación contemporánea se basa en gran parte en una emotividad de fachada: no hay participación real en los eventos, pero sí reacciones emocionales exageradas. Nos indignamos por unos niños muertos que luego no dejan huellas en nuestra vida; la gente ataca ferozmente al presunto autor de un crimen, durante dos horas. El sentimiento acaba por encima de la razón, es vomitivo”.


El Pais


Bill Sienkewicz: “Mi meta ha sido lograr un mayor respeto artístico para el tebeo”

Ka-Boom se sienta con el mítico ilustrador que creó 'Legión' para hablar del proceso creativo tras sus rompedoras viñetas

Doble página de 'Elektra assassin', obra maestra de Bill Sienkewicz.

ÁNGEL LUIS SUCASAS
Madrid 5 ABR 2018

Si hubiera que definir a Bill Sienkewicz (Blakely, Estados Unidos, 1958) con una palabra, la mejor probablemente sería inusual. Le sienta mejor que bizarro o extraño porque lo que hace no siempre es extraño. Pero sí es inusual. Contracorriente. Innovador, por más que esa voz haya perdido el respeto de aquel que ame las palabras.

Este legendario ilustrador del tebeo, que lleva décadas reinventándose con los guionistas más reputados de cada época y abordando cualquier tipo de historia, está últimamente en el candelero gracias a que un personaje de su invención, el hijo de Charles Xavier Legión, se ha hecho famoso en la tele. Pero la huella de Sienkewicz dura mucho más que un efímero clickbait. Su huella habla de la consolidación del tebeo como arte complejo y libre de ataduras, como vía de expresión genuina y plural, amiga de cualquier tipo de retorcimiento de sus supuestos preceptos o lugares comunes.

En la charla que mantuvo con Ka-Boom en la pasada Heroes Comic-Con de Madrid, Sienkewicz hizo un poco de Roy Batty. Brilló con enorme y fugaz intensidad durante la breve tertulia. El rastro luminoso de sus palabras y entusiasmo se encuentra bajo estas líneas.

Pregunta. ¿Cuál es el primer recuerdo que guarda de dibujar?

Respuesta. El primer recuerdo probablemente fuera el momento en el que me di cuenta de que lo que podía hacer era distinto a lo que otros niños podían hacer. Recuerdo mis primeros intentos en las paredes con el carmín de mi madre. Recuerdo también las ceras de colores. Recuerdo dibujar a los Beatles cuando tocaron en el programa de Ed Sullivan, en 1964. Recuerdo haberme fijado en que John Lennon se alzaba sobre sus piernas separadas. Aunque los dibujos no eran buenos, me recuerdo ya capturando detalles físicos de las posturas y gestos de las personas que retrataba. Pero eran dibujos para mis padres y para mí.


El artista Bill Sienkewicz.

Cuando fui a la guardería, dibujé un esquimal, lo que yo me imaginaba que era un esquimal. Figura completa, silueteando el anorak, las botas reforzadas. Lo hice con ceras de colores en un periódico usado. Todos mis amigos me preguntaron: “¿Cómo lo has hecho?”. Y yo les contesté: “¿Qué queréis decir? ¿Esto no lo hace cualquiera?”. Yo pensaba, honestamente, que todos los niños sabían dibujar como yo. Y tengo que admitir que al darme cuenta de que no era así, que tenía un don, me gustó la sensación [risas].

P. Cuando se tiene un talento natural, es muy difícil saber que es un talento, precisamente porque es natural.

R. Es eso. Es algo a lo que estás acostumbrado. Pero también como niño el ser el centro de atención, gusta. Incluso con cinco años, aunque no sabía por qué, me gustaba ser el centro de atención de los adultos y los otros chicos por lo que hacía con unas ceras. Los tebeos y el dibujar son una herramienta muy interesante de comunicación. Se saltan la barrera de cualquier lenguaje.

P. Como la música, es un lenguaje universal.

R. Absolutamente.

P. Viendo su trabajo… Me pasa como me pasa con Dalí, con Dave McKean, con Picasso… Me siento dentro de un sueño. ¿Son los sueños algo importante para sus visiones y para las técnicas tan extrañas con las que las plasma?

R. No sé si alguna vez he racionalizado por qué hago determinadas cosas en mi obra. Mayormente, es algo inefable. Como un ritmo improvisado de una jam de jazz. O como un sueño, como has dicho tú. Lo cierto es que la obra en sí me dice cómo quiere ser hecha. Por ejemplo, estoy trabajando en algo a color y de pronto es la obra la que dicta que tiene que ser en blanco y negro o que debería hacerla como collage.

Una página del segmento de 'The Sandman: Endless Nights' ilustrada por Bill Sienkewicz.

Hablando de mi trayectoria como dibujante de cómics, creo que lo marca un poco mi diferencia es lo influenciado que estaba por las bellas artes, el diseño gráfico e incluso la moda. Quise llevar todas esas influencias que me fascinaban a mis viñetas. Y hay otras cosas… Mi padre quería que tuviera un trabajo de verdad, así que me enseñó a cómo ejecutar instalaciones eléctricas. De hecho, llegué a trabajar como electricista en platós televisivos. Ese conocimiento de los circuitos eléctricos también lo integré en mi arte. En definitiva, mi objetivo, para el que me encontré cierta resistencia, era lograr un mayor respeto para el tebeo como medio de expresión y que, en consecuencia, su atractivo fuera más amplio y diverso, que el público fuera más diverso. Viendo cómo ese enfoque influyó en artistas como Dave [McKean], que luego se convirtió en un maestro de lo suyo. En fin, que me enorgullece mucho y que me reafirma en lo que creo sobre el cómic: que aguanta lo que quieras tirarle.

Así que, sí, volviendo a la pregunta, es un poco como crear entre sueños. Pero también volver a la academia, a estudiar a los maestros y a la vez estar al tanto de lo último en tecnología. Porque esto es como ser ducho en muchas lenguas. Cuantas más técnicas conozcas, más puedes mezclar. Así que hay una pizca de magia y una pizca de trabajo duro. Bueno, en realidad de trabajo duro hay mucho más que una pizca [risas]. Por ejemplo, yo estudié anatomía al nivel de un médico, como si estuviera haciendo una tesis sobre el tema. Ya he olvidado más nombres de lo que recuerdo, pero la imagen de cómo todos los tejidos humanos se interconectan, la conservo. Eso sí, cuando estás frente a la página en blanco, te tienes que olvidar de todo y seguir tu instinto sobre lo que se siente adecuado. Conectar con la gente a un nivel subconsciente.

P. Así que hay una fusión entre el conocimiento…

R. Y lo onírico… De hecho, me cuesta mucho analizar qué siento ante mi propio obra. Si veo la reacción del público, me encuentro con extremos. Gente que ama mi obra y gente que la odia. Pero creo que prefiero esas reacciones antes que la apatía. Porque la apatía la odio. Yo lo que creo es en la pasión.


P. Cuénteme algo de ese París que preparan usted y la escritora Kelly Sue DeCornick en Parisian white. ¿Qué abordaje estético piensa darle?

R. Pues eso es lo que estoy intentando descubrir. Me interesa muchísimo ese periodo, el parís de los años veinte. Fue un momento de florecimiento increíble de todas las artes. También estoy pensando mucho en el concepto de exageración. Creo que el tono va a ser más de cómic europeo que de americano. Aunque estemos en el París de los años 20, creo que va a ser mi París de los años 20. Habrá cosas documentadas y habrá fantasía. Además, los artistas de esa época, de los pintores a los escritores, eran todos soñadores. Creo que va a ser su propio mundo contenido, creo que es lo que me pide esta obra.


El Pais








CRISIS por Alberto Vázquez

Alberto Vázquez (A Coruña, 1980). Con las viñetas de este dibujante gallego, ganador del Premio Goya al mejor cortometraje de animación en 2012 por Birdboy, la adaptación cinematográfica de su cómic Psiconautas.








El Pais Semanal Nº 1.870 Domingo 29 de julio de 2012.