domingo, 18 de octubre de 2009

Conferencia en la Sorbona sobre Murena

La página aquí:http://bd75011.blogspot.com/2009/10/conference-la-sorbonne-sur-murena-ou.html

La traducción "básica" (a través de Google)

Conferencia en la Sorbona sobre Murena
Después de Alix de Jacques Martin, Jean Dufaux y Philippe Delaby, Murena se convirtió en un hit de culto para los amantes de la antigüedad. El próximo número especial de la historia mensual que se publicará en 22 octubre de 2009 Tratado de Roma de la época de Nerón. Este será un Murena especial que contiene dibujos originales. El nuevo album de la serie, el 7, estará en las librerías el 13 de noviembre de 2009. Entre las dos fechas, una cita para no perderse la conferencia sobre "Neron BD: historia y ficción en Murena”.


En asociación con Cliopéa de la Universidad París-Sorbona, organizará un debate el Miércoles, 4 de noviembre a las 18:00 en la presencia del diseñador Philippe Delaby, Claude Aziza, Profesor Emérito de la lengua latina y la literatura, también co-autor con Cathy Rousset del álbum de América Murena Murex y Aurum (también publicado 13 de noviembre), los maestros de la historia romana y contemporánea François Chausson y Pascal Ory, y Audy Rodríguez, estudiante de doctorado en París I.

También una exposición de Murena el 27 noviembre de 2009 en la Galería de Artes Gráficas - 4 rue Dante - 75005 Paris. Philippe Delaby dedicará su álbum el 28 de noviembre por la tarde. Como en su tiempo Alix, Murena será enriquecido con una obra en latín. Con el conocimiento de Claude Aziza (Universidad de La Sorbonne Nouvelle, París III) y Cathy Rousset (College Park Grand Lycée Condorcet, Université de Bordeaux III), el álbum debut Murex y Aurum servirá como un libro de educación por no mencionar un tema educativo importante que evoca el contexto histórico de la serie.


Y el comentario sería: "Ojalá hiciésemos lo mismo con El Ojo de Melkart". Ganas no nos faltan, eso lo aseguro.


sábado, 17 de octubre de 2009

Agora de Alejandro Amenábar



Agora de Alejandro Amenábar

Le doy vueltas a la cabeza pensando como resumir el devastador efecto que ha supuesto ver una película como Agora. Sinceramente, no puedo.

Para mi, particularmente, es La película, el perfecto documental de la vida en el siglo IV después de Cristo. Fiel a su palabra, Amenábar quería representar la realidad de esa época, como era realmente. En Cannes recortó quince minutos (a fin de cuentas esto también es un negocio, y menudo negocio con los 50 millones de euros que ha costado, muy bien aprovechados por cierto) y aún así no ceja para mostrarnos detalles, la lista sería interminable, de hecho lo es. Así como la ambientación, el vestuario, en definitiva un magnífico trabajo, que si bien cinematográficamente cuesta de arrancar, el final es emotivo, a fuerza de insistir en la crueldad del hombre.

Pensando en nuestra historieta, Amenábar acaba de ahorrarnos un montón de tiempo y trabajo. Al igual que nosotros, se ha inspirado en las grandes películas ambientadas en la época: Espartaco, Gladiator, La Caida del Imperio Romano, Ben-Hur, ha investigado para ser fiel al tiempo en que se vivió. En definitiva, Alejandro Amenábar y su película Agora serán una parte importante del Ojo de Melkart.
















miércoles, 7 de octubre de 2009

El Prado repara su deuda con el siglo XIX


La muerte de Viriato

FEDERICO DE MADRAZO




Aún dicen que el pescado es caro

JOAQUÍN SOROLLA


Juana la Loca

FRANCISCO PRADILLA



El Prado repara su deuda con el siglo XIX

ESTRELLA DE DIEGO 06/10/2009

Un tesoro oculto ve la luz. El museo cierra al fin su círculo de grandeza. Un total de 176 obras del XIX se integran en la colección permanente para llenar el vacío entre Goya y Picasso. Justicia poética para el Ochocientos español

Impresionaba en la galería Tretiakov de Moscú la emoción con la que el visitante se acercaba a los poderosos lienzos plagados de relatos decimonónicos que contaban las grandes hazañas, las hagiografías, las vidas de las gentes humildes incluso.

"Fin de un exilio"

Aspecto de las nuevas salas del museo,con La muerte de Séneca, de Manuel Domínguez, de fondo.- ÁLVARO GARCÍA


Se sentía envidia, de pronto, al pasear por la Tretiakov -por tantos museos europeos- frente a la emoción y el orgullo de poder detener la mirada entre los grandes lienzos y dejar que se quedara presa de un pequeño rincón, apenas una tela, la textura de un rostro, un paisaje, un gesto imperceptible... Nuestro gran Prado, perfecto -siempre perfecto-, lleno de pinturas deslumbrantes, aparecía un instante en su vacío. El siglo XIX español, expulsado del edificio principal, montado en el Casón entre desconchones y desidia como si de la hermana boba se tratara, desaparecía de repente un día subrayando una impresión falsa y manipuladora, la escenificación de los ignorantes, incluso de aquellos funcionarios que en tiempos de Franco daban por cierta una mentira repetida, una historia deshilachada que pasaba de Goya a Picasso. O mejor aún, creando la impresión errónea de que la historia que merecía la pena contar terminaba en Goya. ¿Quién querría ver nuestro aburrido XIX al lado de los "grandes maestros"?

Por eso la emoción es doble al pasear ahora por el Prado. No sólo se ha roto el maleficio dejando que la historia fluya, sino que se ha terminado con el falso y tedioso lugar común de que nuestro XIX no vale la pena. El visitante se siente atrapado por una sensación rara, de deuda saldada. Pero es mucho más que eso. Mucho más incluso que volver a ver a los viejos amigos tanto tiempo secuestrados. En el paseo van apareciendo esos cuadros que muestran la fuerza de la producción del XIX en España con una selección que, además, en ningún momento se deja seducir por el cliché. Muy al contrario. Pese a estar representados la mayor parte de los cuadros míticos de la colección, desde los retratos "neoclasicistas" de Vicente López hasta la espectacular Muerte de Viriato, de José de Madrazo, pasando por los especialísimos paisajes, el conjunto va a sorprender a más de uno. El recorrido se completa con los retratos modernos de Fortuny o el propio Sorolla, entre otras piezas.

La pintura de historia es la que va a causar más asombro entre los espectadores desde su nuevo emplazamiento, donde ha adquirido una fuerza inesperada. Ante El fusilamiento de Torrijos, de Gisbert, La muerte de Lucrecia, de Rosales, Las hijas del Cid, de Dióscoro de la Puebla, pasando por Los amantes de Teruel, de Muñoz Degrain, o la impresionante Doña Juana la loca, de Francisco Pradilla, el visitante se dará de bruces con unos trabajos que, seguro, no recordaba tan potentes.

La emoción no surge -o no sólo- de poder contemplar las pinturas de una forma que ni ellas se hubieran atrevido a soñar, al lado de los "grandes maestros". La emoción surge de un lugar sutil y profundo: rebosa de los cuadros mismos, que tras haber recuperado el lugar en el relato y entre las paredes del museo, han impuesto su auténtica fuerza, pictórica también. Y el visitante se conmueve en las nuevas salas del XIX del Prado, quizás por la sensación de un merecido regreso. O porque sus ojos se pasean ávidos por la superficie de los lienzos como se paseara la mirada del espectador de la Tretiakov y siente ese placer antiguo de la pintura. De ahora en adelante, ninguna narración nos hará creer que la Historia acaba en Goya y vuelve a comenzar en Picasso. Al fin, las pinturas del XIX están de vuelta en casa.


Chicos en la playa

JOAQUÍN SOROLLA

Fusilamiento de Torrijos

ANTONIO GISBERT

Viejo desnudo al sol

MARIANO FORTUNY

Los poetas contemporáneos

ANTONIO MARÍA ESQUIVEL

Vista de Madrid

AURELIANO DE BERUETE

La condesa de Vilches

FEDERICO DE MADRAZO

martes, 6 de octubre de 2009

Pentel Brush Pen GFKP

Quien nos iba a decir a nosotros que la escritura japonesa nos ayudaría a rematar los dibujos. Trazos de tinta perfectos, e infinitos. Me explico. En Japón, los signos caligráficos, las letras, tienen volumen y formas que los instrumentos normales (lápiz, estilográfica, bolígrafo, ect...) no satisfacen, de ahí una estilográfica con cerdas, con "pelos", y una carga de tinta en cartucho. De repente, te encuentras entintando olvidándote de las manchas de tinta, de mojar más o menos. Aseptico, diabólico, aún estoy algo anonadado.
De la peripecia para comprarlo mejor que lo cuente en su día el sufridor principal: Venantius, que también tiene una.

martes, 29 de septiembre de 2009

Ver lo visible



ANTONIO MUÑOZ MOLINA IDA Y VUELTA

Ver lo visible


En un cuadro de Vermeer hay sólo una o dos figuras y unas pocas cosas en una habitación y sin embargo no se termina de ver nunca. La luz que entra por una ventana situada a la izquierda viene filtrada por gruesos cristales y es casi siempre una luz de invierno o de patio, que roza delicadamente las caras, los tejidos, los objetos, y favorece sombras suaves, como halos de presencias fantasmas. No sucede nada o casi nada en apariencia y hay algo escondido que está sucediendo siempre, delante de los ojos que miran, que descubren más cosas cuanto más atentamente recorren el cuadro, mientras la conciencia deja en suspenso los propios pensamientos y la agitación de alrededor y poco a poco se queda apaciguada en una quietud muy semejante a la que representa la pintura. El cuadro, como una música, sucede en el tiempo. El silencio de la habitación interior se traspasa a la sala del museo. La luz nublada atraviesa la ventana con la monotonía de una mañana de invierno, reflejándose en una pared de yeso desnuda, pero uno de los cristales está roto, y en consecuencia un pequeño tramo del marco está más vivamente iluminado. Pero no es luz lo que fluye, aunque lo parezca: es una diminuta pincelada rosa, y haberla advertido es una satisfacción tan íntima como la de fijarse en el clavo de la pared y después en el agujero de un clavo arrancado. Al fin y al cabo, esta pared no es la de uno de esos gabinetes en los que las damas de Vermeer leen cartas o permanecen pensativas o escuchan una música o el relato de un viajero, sino la de una cocina, una cocina más bien destartalada en la que debe de hacer frío, y en la que una sirvienta de brazos fuertes y enrojecidos por el agua helada de los fregaderos está vertiendo poco a poco la leche de una jarra en un cuenco, sobre una mesa en la que hay un cesto de mimbre y panes de corteza rubia y crujiente, y una jarra de cerámica azul marino que probablemente contiene cerveza.

La lechera (1657-1658), de Vermeer, se exhibe en el Metropolitan.-


En el laberinto formidable del Metropolitan, un pequeño cuadro de cuarenta centímetros de lado borra esta mañana de septiembre todo lo demás: tesoros de milenios, templos egipcios enteros, ríos de turistas, hectáreas de pintura alegórica. Delante de esta mujer de Vermeer que mira ensimismada cómo el hilo de leche se desborda de la jarra y cae lentamente en el cuenco uno sabe que toda urgencia ha desaparecido, que al menos hoy no va a sentir la impaciencia de ver o hacer más cosas. Desde lejos deslumbra por encima de todo un azul que ninguna reproducción puede trasmitir fielmente, con una vibración de mineral y de ascua, hecho con lapislázuli molido. El blanco de la leche deslizándose sobre el pico rojizo de la jarra es el mismo que el del tocado sobre la cabeza de la criada, que tiene una textura tan áspera como su ropa de trabajo invernal, y está disuelto en los grises de la pared y en los cristales de la ventana. Incluso en una escala tan pequeña, la figura humana y las cosas humildes que la rodean tienen una cualidad escultórica, el misterio de una liturgia, la dignidad de un trabajo manual que se hace en la parte menos noble de la casa y sin embargo requiere destreza y concentración absolutas. La cocinera está probablemente preparando una especie de pudding; en el cuenco hay ya huevos batidos, y después de añadir la cantidad adecuada de leche y tal vez la cerveza de la jarra azul se pondrán en remojo los trozos de pan, y el cuenco, con una tapadera también de barro, se dejará en el horno durante varias horas. La caja que hay en el suelo es un brasero de pies: fijándose más se ve un recipiente de barro en el que hay unas ascuas, lo cual refuerza la sensación del invierno, de un frío acentuado por la humedad que oscurece la pared debajo de la ventana. Un cesto de mimbre cuelga de la pared, muy alto, porque se guardarán en él alimentos fuera del alcance de los ratones; junto a él, una vasija de cobre refleja la luz con un brillo metálico y proyecta una sombra débil sobre la superficie no muy limpia del yeso. Ajena a todo y ensimismada en su tarea, la cocinera tiene una expresión casi risueña, de labios entreabiertos y ojos entornados, complacida en lo que ven sus ojos y lo que tocan sus manos, el asa de barro cocido que sostiene la derecha y la panza que se apoya en la palma abierta de la izquierda.

El éxtasis de la mirada sobre las cosas concretas tiene una parte de misticismo y de poesía y otra de adelanto científico. Es probable que Vermeer conociera la invención enigmática de la cámara oscura, que permitía proyectar las imágenes de la realidad sobre un plano luminoso, ofreciendo un grado alucinante de detallismo. Pero sus habitaciones, pobladas de objetos tangibles que se repiten de unos cuadros a otros, son espacios ideales y no lugares cotidianos, y las damas elegantes que aparecen en ellas no tienen nada que ver con la vida del propio Vermeer, un artesano de éxito moderado que cayó en la ruina un poco antes de morir, a la edad temprana de 43 años. En las casas de la pintura de Vermeer intuimos un recogimiento entre contemplativo y sensual, habitado por voces que cuentan cosas en voz baja, por ecos de pasos sobre tarimas muy pulidas y tal vez ráfagas de música que vienen tras una puerta entornada, mezclándose con un tintineo sutil de copas de cristal. Pero la casa en la que él vivía y pintaba era de dimensiones mucho más mezquinas, y aunque cerrara la puerta de su taller no dejaría de escuchar el estrépito de sus 11 hijos, las voces de su mujer, que pasó embarazada la mayor parte de su vida adulta, el trajín de las criadas.

En la misma calle, en una casa cercana, alguien más se dedicaba al extraño oficio de mirar las cosas habituales como nadie las había mirado nunca antes. A unos pasos de Vermeer vivía Antonie van Leeuwenhoek, fabricante de microscopios y quizás también de cámaras oscuras, a quien se deben algunas de las primeras descripciones detalladas de los seres invisibles que pululan en una gota de agua o de saliva, en los restos de comida que quedan entre los dientes. Vermeer observa una corteza de pan o la superficie de la pared de una cocina y está viendo y mostrándonos mundos tan asombrosos como los que había descubierto Galileo cincuenta años atrás al mirar por su telescopio. Quizás Van Leeuwenhoek, que tenía una edad parecida a la suya y fue su albacea testamentario, le hizo observar las cosas ínfimas agigantadas por la lente del microscopio. No había nada que mirado atentamente no fuera memorable. Pintar era una tarea tan material, tan sagrada, como verter leche en un cuenco y preparar un alimento sabroso. Pintar era apresar ese instante fugitivo que parece inmóvil y sigue sucediendo todavía.

Vermeer's Masterpiece The Milkmaid. Hasta el 29 de noviembre. Metropolitan Museum de Nueva York. www.metmuseum.org/

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 26/09/2009

lunes, 28 de septiembre de 2009

El concepto de dibujo

Capitulo primero

El concepto de dibujo

Juan José Gómez Molina

Los límites de la palabra

El Dibujo es una de esas palabras que sobrepasan el ámbito del discurso artístico para instalarse en un marco más amplio de referencias; otras palabras, como “escultura”, también penetran en el lenguaje cotidiano, enriqueciéndolo de aquellos valores que la práctica artística le proporciona, pero la palabra Dibujo se introduce en él con un valor que parece exceder el uso de esa disciplina, para nombrar una serie de valores que pertenecen al fundamento de una actividad esencial, es un hecho mismo de comprender y nombrar las cosas. Es este valor excesivo el que proporciona al término su riqueza y la dificultad de su comprensión.

El dibujo es un término que está presente como concepto de muchas actividades, en lo que determina el valor más esencial de ellas mismas, en el hecho mismo de establecerse como conocimiento. Está siempre relacionado con movimientos, conductas y comportamientos, que tienen de común el ser sustento ordenador de una estructura, a través de gestos que marcan direcciones generativas o puntuales que sirven para establecer figuras sobre fondos diferenciados. Está referido también a los procedimientos que son capaces de producir esos trazos definidos, y al uso, y a las connotaciones que estos procedimientos han adquirido en su práctica histórica.

El dibujo se establece siempre como la fijación de un gesto que concreta una estructura, por lo que enlaza con toda las actividades primordiales de expresión y construcción vinculadas al conocimiento, a la descripción de las ideas, las cosas y a fenómenos de interpretación basados en la explicación de su sentido por medio de sus configuraciones.

El estructuralismo trató de reconstruir ese esfuerzo primario del pensamiento a través de unas ideas madre que explicasen el mundo como un proceso de creación de sentido: enlazaba con una tradición ancestral por explicar la estructura de los fenómenos por medio de sus gestos y las trazas de sus huellas. Cualquier acción humana termina por ser huella de ella misma, cualquier comportamiento formaliza su estructura y nos crea una imagen análoga de su razón más profunda. Las estructuras que determinan los gestos, marcan las propiedades con las que percibimos y reducimos el mundo antrópico de la percepción.

Las estructuras de los gestos

Los trazos que reconocemos son los rastros fijos de esos gestos que nos ayudan a comprender el proceso con el que las personas representan los conceptos de las cosas. Los fenómenos visuales permiten establecer el orden jerárquico de aquello que se valora. La enseñanza ha desarrollado a través de estos componentes: gestos y estructuras, los instrumentos para la interpretación de las ideas que en ellos se concretan. A través de esto, el dibujo, al mismo tiempo que configura una idea, comunica e informa de la estructura con la que cada persona capta el fenómeno, reflejando al mismo tiempo el valor simbólico que asume.

Todo del sistema compositivo estructurado es reductible a un análisis de sus partes, proporciones, ritmos, etc., y cada persona puede nuevamente traducir un orden estilístico por medio de su apropiación en un gesto personal, de la misma manera que las nuevas escuelas de Diseño, basándose en la creencia de un principio básico y común de la forma, desarrollaron un proceso de reducción formal para encontrar los elementos y las leyes interdisciplinares que sustentasen el auténtico estilo moderno. Un estilo que sería la superación de todos aquellos otros, atávicos y parciales; en sí mismo antiestilo, en cuanto rompía con la evolución histórica de ellos, y daba paso a la llegada de una nueva era, imperfectible, final de todas las utopías; estilo que surgía directamente del gesto íntimo, como afirmación personal y, por tanto, carecía del valor negativo y coercitivo del anterior sistema académico.

La práctica legal ha avalado desde Roma esta aseveración, convirtiendo a la escritura y sobre todo la firma, por lo que tiene de gesto personal, en el elemento fundamental de identidad individual. El gesto prototipo de este signo expresivo ha sido comparado con las antiguas practicas mágicas, que los etnólogos conocen muy bien, según las cuales, gracias al vínculo mítico que une la persona con el nombre que porta, bastaba perforar la firma para que la persona resultase perjudicada. Mientras que la estructuración del dibujo lo dirige a la objetivación, el gesto lo reintegra con la individualidad y retoma el valor animista de interrelación unívoca entre el signo de la persona y la persona misma.


La Épica Eslava (Slovanská epopej) por Alfonso Maria Mucha


La Épica Eslava (Slovanská epopej)

Alphonse Mucha , como cualquier buen artista que se precie, buscaba nuevas metas. No quería que su obra fuese únicamente el material publicitario de artistas de teatro, o diferentes anuncios. Decía Dalí que el día que crease el cuadro perfecto, se cortaría el cuello al instante porque ya no tendría nada más que hacer en la vida. Sin exagerar, Alfonso Maria Mucha aspiraba a crear una obra magna y ello se dedico al final de su vida. Los cuadros, paneles enormes de seis metros de alto, veinte escenas de la historia religiosa, cultural y militar de los eslavos en general y de los checos en particular.
Esta obra estuvo mucho tiempo oculta. En 1935 se enrollaron y guardaron los cuadros. Mucha murió en 1939. Y hasta 1963, casi 30 años después no se volvieron a exhibir, y tan solo nueve de los cuadros de la saga. En 1967 se expondría al publico toda la saga. En el castillo de Moravsky Krumlov, un lugar a varias horas de Praga, y tan solo se abría en primavera y verano debido a la dureza del invierno. En 2006 anunciaron que serian trasladados a Praga, pero hasta ahora no se ha hecho nada. La familia Mucha espera que antes de 2010 la exposición se pueda ver en Praga.

'Slovanska Epopej' Poster promocionando la exposicion, probablemente mas famoso que los cuadros que presentaba.


La exposición Klementium. La figura sentada es Mucha



1

Slavs in their Original Homeland

Los Eslavos en su Patria Originaria

Between the Turanian Whip and the sword of the Goths -

Entre el látigo de losTuranios y la espada de los Godos




2

*The Celebration of Svantovit - La Celebración de Svantovit

When Gods Are at War, Salvation is in the Arts

Cuando los Dioses están en Guerra, la Salvación está en las Artes


3

The Introduction of the Slavonic Liturgy - La Introducción a la liturgia Eslava.

Praise the Lord in Your Native Tongue - Alaba al Señor en tu Lengua Natal.




4

The Bulgarian Tsar Simeon - El Zar Búlgaro Simeón

The Morning Star of Slavonic Literat

- La Estralla de la Mañana del Literato Eslavo.




5

The Bohemian King Premysl Otakar II - El Rey de Bohemia Premisl Otakar II

The Union of Slavic Dynasties -

La Unión de las Dinastias Eslavas.


10

After the Battle of Grunwaldu Después de la Batalla de Grunwaldu

The Solidarity of the Northern Slavs

La Solidaridad de los Eslavos del Norte



14

Defense of Sziget against the Turks by Nicholas Zrinsky

Defensa deSziget contra los Turcos por Nicholas Zrinsky

The Shield of Christondom

El Escudo de Christondom


16

The Last days of Jan Amos Komensky in Naarden

Los Ultimos días de Jan Amos Komensky en Naarden

A Flicker of Hope

Un Rayo de Esperanza



17

Holy Mount Athos

La Montaña Sagrada de Athos

Sheltering the Oldest Orthodox Literary Treasures.

Protegiendo los Tesoros de la Antigua Literatura Ortodoxa


18

The Oath of Omladina under the Slavic Linden Tree.

El Juramento de Omladina bajo el Arbol de Tilo Eslavo.