miércoles, 12 de abril de 2017

Riad Sattouf, la nueva estrella del cómic francés


Riad Sattouf retrató su infancia en Libia y Siria en ‘El árabe del futuro’, una de las novelas gráficas más celebradas de los últimos años. Ahora se inspira en la vida real de una deslenguada niña parisiense en ‘Los cuadernos de Esther’.



Álex Vicente
 

Fotografía LÉA CRESPI

RIAD SATTOUF no tiene patria. “Siempre he sentido un gran desarraigo. Lo bueno es que podría vivir en cualquier lugar del mundo”, sostiene en el pequeño despacho que su editorial parisiense ha puesto a su disposición y que se encuentra cerca de la plaza de la República. Nació en París hace 39 años, pero vivió en Libia hasta los 4 y en Siria hasta los 13. Sattouf es hijo de un profesor universitario de Homs que rechazó un puesto en Oxford para regresar a su país y de una bretona que aceptó seguirle hacia esos lejanos paisajes. De esa particular infancia surgió El árabe del futuro (Salamandra), que ya va por el tercer volumen. Su éxito lo ha convertido en un nombre fundamental del cómic francés. Los dos primeros volúmenes vendieron un millón de ejemplares y han sido traducidos a 18 lenguas.



Sattouf en su mesa de trabajo; y dibujo de Esther, la heroína de su nueva novela gráfica. / LÉA CRESPI

Ahora Sattouf cuenta con otra heroína, la protagonista de Los cuadernos de Esther (Roca), una nueva saga inspirada en la deslenguada hija de una pareja de amigos. Esa niña parisiense no cobra derechos de autor, aunque debería: cada viñeta se inspira en una historia que le relató al autor. “El color de piel da igual, lo que importa en la vida es la belleza”, sentencia en un bocadillo del tebeo. Para la pequeña, los homosexuales son “hombres calvos que se aman”. Su máximo sueño sería que su padre le comprara un iPhone. “Pero no puede, porque somos pobres”, se consuela este cruce de Mafalda y Pequeño Nicolás. “El proyecto surgió de la voluntad de comparar mi infancia con la de una niña de hoy”, resume Sattouf. En realidad, nada ha cambiado en el patio del colegio desde los ochenta. Los niños juegan al fútbol y las niñas escriben cartas de amor. “La fábrica del género sigue funcionando igual”, confirma el autor.


Una de las estanterías de su despacho donde reposan ediciones en varios idiomas de El árabe del futuro.  LÉA CRESPI

Sattouf dibuja la niñez como un universo conservador. “Una vez leí un estudio de una universidad sueca que decía que la infancia era de derechas”, sonríe. “Esther es muy tradicional: sueña con casarse y quiere formar parte del grupo. Pero tal vez su criterio evolucione. Por eso quiero seguirla hasta los 18 años, si no se cansa antes de mí”. Otro cambio que ha notado Sattouf es la obsesión de los jóvenes por el consumo. “Esos vídeos de hip-hop que tanto les gustan están llenos de marcas. Son como la isla de Stromboli en Pinocho: un lugar donde vas a divertirte, pero sin darte cuenta terminas convertido en asno”, resume. El retrato de esa niña parece esconder otro del autor. ¿Esther, c’est moi? “Tiene cosas de mí, pero es más positiva. Yo siempre me he puesto del lado de los excluidos. Esther es una excepción en mi trayectoria”.


 LÉA CRESPI

   
POR
Álex Vicente
Periodista cultural asentado en París que escribe para distintos medios españoles como El País, Babelia, S Moda, Icon, ‘Fotogramas’ y ‘Les Inrockuptibles’.

 El Pais Semanal Nº2.114 / Domingo 2 de Abril de 2017

La obsesión de Edmond Rothschild

El quinto de los "reyes" Rothschild, el barón Edmond, atesoró más de 40.000 grabados, joyas nunca vistas fuera del Louvre de París, donde se guardan. Por primera vez, 83 de estas obras se muestran en la Fundación Juan March de Madrid. Por Enric González


"Retrato de mujer joven" (1500) de Gerard David

El Baron coleccionista. El barón Edmond de Rothschild (1845-1934) llevaba el coleccionismo en sus genes. 



A ninguno de los "cinco reyes" Rothschild se le permitió olvidar jamás su origen. El viejo Meyer Amschel, el fundador de la dinastía más importante del siglo XIX, vivió hasta el fin de su vida en la misma Judenstrasse de Francfort, en el corazón de un gueto-cárcel que se cerraba todas las noches, todos los festivos y cuatro días en Semana Santa. Meyer Amschel, nacido en 1744, formaba parte de la aristocracia del gueto y estaba destinado al rábinato, pero optó por aventurarse hacia el exterior y, tras varios años como aprendiz de un banquero de Hannover, fundó una compañía de negocios que, con el tiempo, gestionó la fortuna del príncipe Guillermo de Hesse, uno de los hombres más ricos de la época. El primer Rothschild financió la reacción antinapoleónica, nutrió la maquinaria de guerra de Wellington y murió en 1812 en la Judenstrasse, poco antes de que Waterloo convirtiera a sus descendientes en dueños de la mayor banca del mundo y de una riqueza inagotable.

Los Rothschild manejaban una red de intereses planetarios. Los cinco hijos, simbolizados en las cinco flechas del blasón creado para la dinastía, se repartieron las funciones: Amschel, el mayor, siguió viviendo en Francfort, como Salomón, encargado de las gestiones diplomáticas; Nathan se estableció en Londres; James fue enviado a París y Cari asumió la oficina de Napóles. Todos, sin embargo, siguieron anclados en el gueto, donde se celebraban las bodas y reuniones familiares. Los Rothschild, que utilizaban una clave semisecreta para escribirse entre sí, no estaban dispuestos a fragmentar un patrimonio que ellos consideraban colectivo, y 16 de los 18 descendientes del fundador se casaron con primas carnales. El tesoro y los genes de Meyer Amschel quedaron en familia.

Edmond de Rothschild fue el más extraño y oscuro de los nietos. Visto desde el siglo XXI, fue también el que dejó una huella más profunda. Edmond no quiso hacer negocios. Mientras sus hermanos y primos compraban el mundo, Edmond se dedicó a comprar la historia, y a cambiarla.
Edmond James de Rothschild nació el 19 de agosto de 1845, a las diez de la noche, en un palacio cercano a París. Su padre, James, el Rothschild francés, tenía ya 53 años; su madre, Betty Salomón, 40. Todos sus hermanos eran mayores. Salomón, el más cercano, había cumplido los nueve años. Edmond, vastago imprevisto, callado, antipático, suscitó escaso interés. El padre prefería a su heredero en el negocio, el primogénito Alphonse; la madre sólo tenía ojos para Salomón. Edmond se refugió en la religión y en el silencio.






Al niño Edmond se le inculcaron los orígenes del gueto, los preceptos judaicos y la fe antirevolucionaria de la dinastía. Un comentario de su preceptor, Léopold Thibault: "Edmond es el más hermoso pequeño reaccionario que he conocido". Había nacido, sin embargo, en un entorno físico muy lejano a la Judenstrasse y a la sinagoga. El palacio de su padre había sido decorado por Henri Duponchel, un conocido director operístico, y constituía un gigantesco escenario teatral con 10 galerías espectaculares, repletas de luces y arte. Esa contradicción marcó su futuro de coleccionista al tiempo gargantuesco y místico, ilimitado, incomprensible.

Compró su primer grabado a los nueve años. A los 14 era dueño de piezas de Durero, y a los 16 manejaba una red de anticuarios e informadores que le tenía al corriente de todo lo que circulaba en el mercado del arte. Los grabados le obsesionaban. Amaba la precisión de Durero y la oscura complejidad del último Rembrandt, viudo, desengañado, refugiado en la técnica minuciosa de la impresión.

En los libros sobre la saga de los Rothschild, Edmond es descrito como un personaje marginal, tortuoso, afectado por la enfermedad de la posesión de objetos. La profesora Elizabeth Antevi sostiene, en una biografía de reciente publicación, que las ambiciones de Edmond iban mucho más allá; que su coleccionismo, fruto de los genes Rothschild, fue sólo el instrumento de un proyecto gigantesco volcado en la creación de una nueva Europa y un nuevo judaismo. En el siglo XIX, eso equivalía a cambiar radicalmente el mundo.






El gen del coleccionismo era indudable. Veamos: el primo Henry acumuló máscaras mortuorias y autógrafos; la tía Adela, libros; el tío Ferdinand y la prima Béatrice, obras de arte; la tía abuela Charlotte y su primo Arthur, anillos de matrimonio; la prima Myriam, manuscritos; el primo Alphonse, sellos, y su hermano Charles, moscas. El afán de posesión y la devoción por el detalle eran una característica familiar.

Edmond fue, simplemente, más allá. Hacia los 30 años había reunido ya el grueso de una colección que llegó a alcanzar los 40.000 grabados y 3.800 dibujos. No era un ciudadano Kane que compraba para almacenar. Edmond de Rothschild conocía perfectamente cada una de sus piezas. En su vejez, casi sin vista, hacía que le mostraran grabados y los describía de memoria: la pequeña mancha de la esquina, la nube casi imperceptible, el trazo inusualmente grueso de un perfil...









Ése era el hombre que, a los 37 años, por razones que nunca explicó del todo, concentró su inusual talento en Palestina. Mucho más tarde, en 1925, pronunció en Tel Aviv un discurso en el que quiso reflejar su testamento espiritual y habló de que "en aquella época lejana" vio por primera vez "el territorio cubierto de piedras y maleza" de la Tierra Santa, conoció el "abominable sufrimiento de las poblaciones judías del este de Europa, abrumadas por la opresión, aterrorizadas por pogromos sangrientos", y soñó con establecer cerca de Jerusalén "un centro de desarrollo del genio judío". Pesaron también, probablemente, otros factores: el impacto de la derrota francesa frente a Prusia en la guerra de 1870, la aversión al nacionalismo (lo que durante mucho tiempo le hizo asumir la condición de enemigo de los sionistas) y, sobre todo, el horror que sentía ante los matrimomos mixtos, el laicismo y la creciente integración de los judíos en las distintas culturas nacionales europeas.
La vaguedad de sus propósitos iniciales se refleja en su ambición de comprar, para añadirlo a su colección, el Muro de las Lamentaciones. Hizo hasta tres intentos por adquirirlo. El Imperio Otomano no estaba para ventas.


En los años siguientes, Edmond se dedicó a comprar Israel. En menos de dos décadas invirtió una suma equivalente a 100 millones de dólares de hoy en fincas y creó colonias judías con nativos e inmigrantes. Se empeñó en reimplantar la vid y en fabricar vino (su padre era propietario del mítico Chateau Laffite), y en cultivar plantas y frutales de las variedades más selectas; envió a Palestina las mejores razas de cabras y gallinas; tuteló sus colonias con la misma obsesión detallista que había guiado la acumulación de sus colecciones de grabados.







En 1899, las colonias seguían dependiendo de las subvenciones del barón (no soportaba que le llamaran otra cosa: barón, a secas, sin el apellido), procedentes de la caja inextinguible de la Banca Rothschild en Londres. Toda la familia estaba harta de las excentricidades religioso-palestinas de Edmond, salvo el primo londinense, que por alguna razón sentía debilidad por él y le cedía la llave de la caja fuerte. Edmond pagaba también excavaciones arqueológicas e investigaciones académicas, empeñado en reconstruir la historia de los reyes y profetas del Israel bíblico y engarzarla con la realidad de sus colonias.

Ese año, 1899, una comisión de colonos expresó su queja en un documento: "Por una excesiva devoción al proyecto de las colonias por parte de todos aquellos que participan en él, se ha llegado a establecer sobre los colonos una especie de tutela; se asumen todas sus necesidades (de los colonos) y no se considera necesario contar con sus opiniones y sus tendencias, lo que poco a poco ha reducido entre ellos la iniciativa privada". El despotismo más o menos ilustrado del barón Edmond había creado un sistema de socialismo real mucho antes de la Revolución de 1917, en el lugar donde menos podía funcionar.

El 14 de febrero de 1901, esas quejas fueron planteadas personalmente a Edmond, que efectuaba su tercer viaje a Palestina. El barón, conocido por su autoritarismo hermético, se indignó. El líder de los colonos, el filosionista Ahad Ha'ham, se indignó igualmente: "Es un escándalo que después de 20 años de esfuerzos de todas las fuerzas nacionales judías, una persona pueda decir: 'Israel soy yo, yo soy quien lo ha creado todo".

Por entonces, Edmond de Rothschild había conocido ya al periodista austríaco Theodor Herzl, el creador del sionismo. No se soportaban. Herzl era laico y nacionalista, y aspiraba a la creación de un Estado judío, en Palestina o en cualquier otro sitio (se sondeó la posibilidad de establecerlo en Uganda); Rothschild era religioso y prefería los imperios, que consideraba menos fanáticos, menos racistas y más manejables que la nación prototípica del siglo XIX. El affaire Dreyfuss, al que asistió con horror desde su palacio, y las teorías de purismo étnico que prosperaban en Francia y Alemania le habían convencido de que valía más transigir con un gran visir o un emperador otomano. Creía en la convivencia, y en todos los centros académicos que fundó (incluida la Universidad de Jerusalén) la enseñanza era bilingüe, en hebreo y árabe. En último extremo, se atenía a un principio clarividente: "Yo no quiero acabar con el judío errante creando el árabe errante", decía. Pero el hombre que compró el pasado no pudo controlar el futuro. Llegaron la I Guerra Mundial de 1914 y, en 1917, dos acontecimientos de enorme trascendencia: la revolución soviética y la Declaración Balfour. Una provocó la primera gran oleada de inmigración eslava hacia Israel; la otra, en realidad una carta dirigida a un primo de Edmond por el jefe de la diplomacia de Londres, estableció la voluntad del Imperio Británico de favorecer la creación de un "hogar judío" en Palestina. Los diplomáticos de Su Graciosa Majestad, que a través del llamado Lawrence de Arabia habían hecho miles de promesas a los árabes para que se rebelaran contra los turcos, empezaron a jugar con dos barajas. En 1919, el auténtico vencedor de la Gran Guerra, el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, cerró definitivamente el ataúd de los sueños del barón con su declaración sobre "el derecho de las nacionalidades a dirigir su propio destino", dentro de la conferencia de paz de París.


Uno de los grandes historiadores del judaismo, Walter Laqueur, opinó que el gran proyecto de Edmond de Rothschild no había sido otra cosa que "una misión filantrópica". Las aspiraciones del barón, en efecto, tuvieron que plegarse a la pujanza del sionismo nacionalista y a la agresividad de las autoridades religiosas musulmanas de Jerusalén, que descubrieron pronto que azuzar a sus feligreses contra los judíos les proporcionaba interesantes ventajas en términos políticos. El conflicto generado entonces es bien conocido: basta leer los periódicos.

Edmond de Rothschild creó la infraestructura inicial de lo que después fue el Estado de Israel. Desecó pantanos, construyó carreteras y escuelas, plantó huertos. Fue mucho más que un filántropo. Cuando murió, el 2 de noviembre de 1934, con casi 90 años, 12.000 personas (entre ellas el diputado socialista Léon Blum) asistieron al entierro en el cementerio parisiense del Pére Lachaise. Se avecinaban la tragedia del nazismo y la II Guerra Mundial.

En 1954, los restos de Edmond de Rothschild y su esposa fueron inhumados y trasladados a Israel, para reposar definitivamente entre los justos. Dos de los patriarcas del moderno Israel, Elie Krause y Ben Gurion, le rindieron homenaje: "Sin él, la Declaración Balfour no habría sido proclamada y el Estado judío, en el que vivimos hoy, no habría sido fundado". Alrededor de sus tumbas fueron depositados 42 sacos de tierra, uno por cada una de sus colonias. El gesto inspiró a Steven Spielberg el final de la película La lista de Schindler. •

La exposición 'Maestros de la invención de la colección Edmond de Rothschild del Museo del Louvre' puede verse en la Fundación Juan March de Madrid (Castelló, 77) a partir del próximo 6 de febrero.

El Pais Semanal Nº 1.426/ 25 enero de 2004


Cortázar, un cronopio entre viñetas

Nórdica publica el primer cómic biográfico del autor de ‘Rayuela’, firmado por Jesús Marchamalo y Marc Torices

CARLES GELI
Barcelona 10 ABR 2017


Una de las páginas del primer cómic biográfico de Cortazar, de Marchamalo y Torices.

Su madre se sentó en la cama y se lo preguntó: “Julio, decime la verdad, ¿los has copiado?”. El niño, tapado con la sábana hasta la nariz, no responde: mira fijo al frente mientras la amarilla luz de la luna va menguando en su rostro, como en una serie de fotogramas, dejándole sumido en desoladora oscuridad. “El hecho de que mi madre pudiera dudar de mí… Yo se los había dado diciéndole que eran míos; fue como la revelación de la muerte, ¿sabés? Esos primeros golpes que te marcan para siempre…”, confesaría ese muchacho años después, ya hito de la literatura, en una mítica entrevista del televisivo A fondo de Joaquín Soler Serrano. No hace falta imaginar ambos episodios: pueden verse, con realismo y sensibilidad notable, en Cortázar (Nórdica), el primer cómic biográfico sobre el autor de Rayuela, que firman Jesús Marchamalo y Marc Torices.

Cortázar, siempre abierto y juguetón con la literatura, hizo el guion de, al menos, dos cómics: Fantomas contra los vampiros multinacionales (pastiche de corte pulp, de 1975) y La raíz del ombú (alegoría sobre la historia argentina desde 1930, con el artista plástico Alberto Cedrón, de 1981). El primero fue su respuesta al también cómic, éste mexicano, La inteligencia en llamas, que, escrito por Gonzalo Martré y con dibujos de Víctor Cruz, cuenta la misteriosa destrucción de grandes bibliotecas de todo el mundo y la amenaza que unos escritores bien reconocibles —Octavio Paz, Alberto Moravia, Susan Sontag y el propio Cortázar— reciben para no publicar más libros. Fantomas acabará enfrentándose al malvado que urde el plan. Ahora, Cortázar es el único protagonista de una historieta gráfica.


Uno de los dibujos en los que se reproduce la entrevista de Soler Serrano.

“La propuesta son dos miradas generacionales sobre un escritor muy generacional”, resume el libro Marchamalo. Con razón: entre él (Madrid, 1960) y el ilustrador (Barcelona, 1989) median 29 años. Para el guionista, responsable de dos exposiciones y de un libro sobre la biblioteca del argentino, “Cortázar fue un escritor fetiche para los de mi época: poco solemne y con un clarísimo compromiso político”. Las lecturas personales y de nueve biografías permitieron a Marchamalo liofilizar en apenas 35 folios vida y obra del gigantesco escritor de 1,92 centímetros, pero con el sagaz añadido de algunos requiebros de la vida que marcarán una trayectoria, como el propio episodio de desconfianza de la madre ante la inimaginable calidad de los textos de un mocoso.

En ese hilo de lo inopinado se tienden también los recuerdos de un dragón de colores que bien pudiera ser la evocación onírica de la salamandra del Park Güell donde jugaba Cortázar de niño, cuando la familia se refugió en Barcelona por la Gran Guerra. O la tristeza recurrente y silenciosa por el abandono de su padre; los pavores que le despertaba el sótano de su casa en Banfield; el médico que recetó el absurdo de que debía racionársele las lecturas o el hallazgo de Opio, el libro de Cocteau, en un escaparate de una librería de Corrientes y que cambió su vida y la de la historia de la literatura castellana; o hasta una muestra de los 40 destornilladores que tenía de todo color y condición.

Todo ello lo afronta Torices con el bagaje de “algunas lecturas de relatos y biografías”, pero con una riqueza de registros gráficos notable. “Durante una vida una persona cambia, pasa por etapas, y eso debía reflejarse”, asegura. Incluso hay un mensaje subliminal en el color. “Al principio domina el rojo, que para mí es entusiasmo; cuando empieza a irse y al llegar la muerte manda el amarillo, el ocre y el negro”. Hay lujos y guiños de todo tipo: se muestran reproducciones de las anotaciones que Cortázar hacía en sus libros y los edificios han sido reconstruidos con exactitud, en especial las aulas de la argentina Universidad de Cuyo donde impartió el escritor, que la policía tomó y que ya no existen, con su rompedor suelo ajedrezado: “Me acabaron encontrando tres fotos que sirvieron para documentarme”, recuerda el ilustrador, impresionado por la personalidad que Cortázar destila en la charla con Soler Serrano, hasta el extremo de que funciona como discreto nexo visual de la biografía.


Una de las viñetas de las cubiertas interiores del cómic sobre Cortázar.

La presencia de las hipnóticas espirales que tanto seducían al autor y que depositaba en cartas o libros convive con una geométrica aparición de Carol Dunlop, última compañera del escritor, 32 años más joven. Ella, la Osita; él, el Lobo. Y éste aúlla en solitario en el bosque cuando su último gran amor “se fue como un hilo de agua entre los dedos”, como le describió su muerte a su madre. Sobre la supuesta asfixiante relación que mantuvo el escritor con su progenitora como apuntaba la biografía Julio Cortázar. El cronopio fugitivo, de Miquel Dalmau (2015), el cómic no dice nada; tampoco de las posibles relaciones incestuosas con la hermana ni de las obsesiones sexuales del autor de 62, modelo para armar o de su muerte por combinación letal de cáncer y sida, al parecer por sangre contaminada, temas todos escabrosos apuntados en el mismo estudio. “Eludimos aposta ese libro y otras polémicas porque nos hubieran viciado de origen y porque son aspectos intrascendentes, no cambian la esencia del personaje ni de la literatura que hizo”, opina Marchamalo.

Donde sí creen los autores que su biografía gráfica se moja es en el compromiso político de Cortázar, en especial en el famoso caso Padilla, cuando sólo el padre de Historias de cronopios y de famas, junto a Gabriel García Márquez, eludieron firmar la carta de los intelectuales contra Fidel Castro por aquella detención. La adhesión al escritor con la revolución cubana se plasma en una estética gráfica de corte revolucionaria y con la presencia de reconocibles cameos, como los del dictador cubano y el de Camilo Cienfuegos, o los de, en otros momentos, Gabo, José Lezama Lima, Ernest Hemingway, Carlos Fuentes o Francisco Ayala, quien le encargó las traducciones de Poe.

Con delicadeza felina, como asoman los gatos del escritor (Adorno o Flanelle), Torices (coeditor de Zángano Cómics) resuelve la muerte de Cortázar difuminando su rostro en un paisaje. El libro se cierra con una fotografía decorada de la tumba de Cortázar en el cementerio de Montparnasse. Siempre hay en ella flores, notas, guijarros, rayuelas dibujadas en billetes de metro… y algún libro suyo subrayado. Esta biografía gráfica bien pudiera también reposar ahí.



El Pais

lunes, 10 de abril de 2017

La rebelión de los soñadores

Los autores señeros de Bruguera fundan 'Tío Vivo' en 1957 para dejar atrás un monstruo explotador
Ibáñez y otros fueron punta de lanza en el reconocimiento de los derechos de autor

GERARDO MACÍAS
10 Abril, 2017






Esta es la historia real que gira en torno a un tebeo nacido en 1957, a partir de la rebelión de los soñadores, que causó grandes quebraderos de cabeza: Tío Vivo, semanario de humor para mayores. Los dibujantes estrella de Editorial Bruguera (Escobar, Peñarroya, Conti, Cifré y Giner), hartos de que no se reconozca su trabajo, deciden independizarse para fundar su propia revista, con la que no sólo buscan un modelo de negocio más justo para los artistas, sino también dar un tono más adulto y crítico a sus historietas.

En las páginas de este cómic, el valenciano Paco Roca explica la relación de Bruguera con sus dibujantes. En el franquismo, en Editorial Bruguera se trabajaba sin parar, cobrando a tanto por página (o viñeta). Los dibujos originales eran propiedad de la empresa y los dibujantes estaban obligados a renunciar a los derechos de autor. A cambio recibían un sueldo con el que ir tirando.

Durante el franquismo, los historietistas soportaban muchas injusticias: la censura coartaba su creatividad, el trabajo era excesivo y mal pagado. Al trabajar para la editorial, sólo cobraban por la página que hacían y cuando la hacían, aunque se reeditara y se volviese a vender al lector. Si cambiaban de editorial no tenían derecho a dibujar a sus personajes. Es como decirle a Pérez-Reverte que no le pertenece El Capitán Alatriste.

Rafael González fue periodista en diarios como La Noche o La Vanguardia. Durante la Guerra Civil hubo de exiliarse en Francia. Volvió a España, pero seguía obligado a alejarse del periodismo. En 1946 entró en la Editorial Bruguera, donde escribió guiones para historietas como El Inspector Dan y El repórter Tribulete. Pero sobre todo, sería el director editorial de la misma hasta 1978. Él es quien se enfrenta a los dibujantes rebeldes, y aparece en estas páginas como un amargado que ha dado toda su vida a la editorial y que a cambio lo pierde todo.

Editorial Bruguera crecía, y se alejaba de la empresa familiar que acogió a perseguidos del franquismo para convertirse en un monstruo explotador de dibujantes.

Mención aparte merece Vázquez, que acepta la derrota sin luchar. Queda retratado como un golfo gracioso, pero también como un cobarde. Un talento caradura cuya vida mereció una película (El gran Vázquez, Óscar Aibar, 2010).

Aparecen también un primerizo Ibáñez, un inseguro Víctor Mora y su futura esposa Armonía, y González Ledesma (recordado por el seudónimo Silver Kane), entre otros secundarios de lujo.

Paco Roca desgrana la personalidad de cada dibujante, complementada con una representación gráfica basada en las caricaturas que los propios dibujantes hacían de sí mismos.

En la portada de El invierno del dibujante hay un guiño a la del primer número de Tío Vivo: en ambas salen autobuses de dos plantas que realizan el mismo trayecto.

El libro lo forman ocho capítulos, cada uno situado en una estación del año, como se aprecia en el color de las páginas del libro: azul para el invierno, rosa para la primavera, amarillo para el verano y marrón para el otoño. Se juega con los flashbacks, alternando escenas de presente (invierno de 1959) y pasado (verano de 1957) y un epílogo ambientado en el futuro (1979). Además, el cambio del color del papel es un homenaje, ya que así se hacía en los tebeos de la época.

Para quien tenga curiosidad por saber qué pasa después de este libro: Francisco Ibáñez abandonó Editorial Bruguera en 1985, y logró que un tribunal prohibiera editar o reeditar historietas de Mortadelo y Filemón, cortando así la principal fuente de ingresos de la empresa. Este fue el golpe de gracia para Bruguera, que venía arrastrando problemas monetarios debido a la crisis económica, como muchas empresas españolas de la época.

El Grupo Zeta compró Bruguera y todo su archivo, marcas, etcétera, por el precio simbólico de una peseta de 1986. A cambio, se queda con todas sus deudas y crea Ediciones B (B de Bruguera).

A partir de ese momento, Francisco Ibáñez (Mortadelo), José Sanchís (Pumby), Víctor Mora (Capitán Trueno), Jan (Superlópez) y otros, fueron la punta de lanza para que a todos los historietistas españoles se les reconocieran por fin su propiedad intelectual y derechos de autor, y algunos de ellos volvieron a Ediciones B.


Malaga Hoy


¡No mires a la pantalla!

Panini Comics da vida a las historias del género terrorífico de 'Tales from the darkside', con las prestigiosas firmas de Joe Hill y Gabriel Rodríguez

JOSÉ LUIS VIDAL
10 Abril, 2017


Panini Comics publica dos antologías que harán las delicias de los amantes del género terrorífico y el fantástico.

Y empezamos por el medio catódico, ya que Tales from the Darkside toma su nombre de la serie de televisión emitida a mediados de los años ochenta en la televisión norteamericana. Creada por el director de cine George A. Romero, su staff de guionistas fue de una calidad muy alta, contando con nombres como Cliver Barker, Fritz Weaver y, entre otros, Stephen King… Y de ahí, saltamos al vástago de éste, Joe Hill, talentoso escritor de literatura fantástico-terrorífica que ha sabido labrarse un exitosa carrera no sólo en el medio literario (Fantasmas, Cuernos, NOS4A2…), además de cultivar los cómics como guionista (The Cape, Locke & Key…). Pues resulta que Hill propuso a una productora recuperar la cabecera de la serie de televisión, aprovechando el tirón que estas tienen en la actualidad (Que levante la mano quién no vea al menos una…). Puso manos a la obra, junto a un staff de escritores, a crear un nuevo universo oscuro, compuesto por historias cortas, pero que compartían un hilo conductor, ese "lado oscuro", misterioso y temible…

Pero, como ocurre en no pocas ocasiones, el proyecto quedó en el limbo. Afortunadamente, la editorial IDW Publishing, donde Joe Hill ha publicado la mayoría de su producción comiquera, le dio la oportunidad de insuflar nueva vida a esas historias escalofriantes. Y lo mejor es que sería con el chileno Gabriel Rodríguez, su partner in crime en uno de los mejores tebeos de terror-fantasía que se han parido en los últimos años, Lock & Key (también publicado por Panini en dos lujosos tomos que ya deberías haberte leído, avezado lector) y el guionista Michael Benedetto, que se encarga de adaptar los relatos a la viñeta.

Pues bien, sumerjámonos de la mano de este ingenioso trío en un mundo donde impera el terror y lo desconocido: En Sonámbulo conoceremos a Ziggy, un fiestero vigilante de piscina que va a padecer en sus carnes el cometer el peor de los pecados en su labor, quedarse dormido. A partir de entonces la maldición del sueño cae sobre todos los que tienen contacto físico con él, con consecuencias inesperadas y terribles…

En La caja negra, Brian Newman es un hombre que, desde la más tierna infancia, viene padeciendo una temible maldición que ha hecho que su existencia se convierta en un infierno. Posee poderes psíquicos de los que quiere librarse a cualquier precio. Una misteriosa empresa, Britterside, parece ser la solución a su problema. Pero la pesadilla para él y los que lo rodean solo acaba de comenzar…

Y para dar remate a estos relatos que provocan escalofríos, en Se abre una ventana vamos a ser testigos de que el trabajo de canguro no es tan sencillo como lo pinta, y si no que se lo digan a Joss Waldrop, que tendrá que lidiar con una pareja de niños de lo más peculiar.

Y ahora, de la mano de Alan Moore (Todos los conocéis, ¿no?) nos vamos al cine, a un lugar llamado Cinema Purgatorio, un sitio oscuro, extraño, gris y en el que se proyectan extrañas, bizarras películas. En esta antología nos vamos a encontrar con lo mejorcito del cómic, nombres que se han labrado exitosas carreras en el mundo de las viñetas: En primer lugar, el "jefe de pista" Alan Moore, junto a su colaborador de los últimos años, Kevin O´Neill (juntos nos han regalado las aventuras de The League of Extraordinary Gentlemen): En su Cinema Purgatorio vamos a ver tres ignotas producciones. En la primera, un sentido homenaje a los Keystone Cops, aquellos torpes policías que perseguían en las películas mudas a Charlot, Harold Lloyd y demás estrellas de la época… Pero esta vez algo cambia, y de un modo muy, muy violento.

¿Qué pasaría si unos personajes de ficción, dentro de un péplum, se dieran cuenta de la falsedad de todo lo que los rodea?

Y como tercer plato, en esta eterna proyección, las aventuras de un héroe, La Llama del Remordimiento, de la que no podrás escapar jamás, hagas lo que hagas…

El resto del staff de esta absorbente antología está compuesta por los siguientes grandes autores: Garth Ennis y Raulo Cáceres, que en su Código Pru nos presentan a una paramédico, la dedicada Prudence, que sin comerlo ni beberlo, deberá lidiar con vampiros, hombres artificiales y monstruosos parásitos.

Kieron Gillen e Ignacio Calero nos trasladan al mundo de Modis, un lugar postapocalíptico y letal, donde los peregrinos deberán enfrenarse a todo tipo de peligros junto a sus "mascotas", como es el caso de la protagonista, Marginal, y su daimona, la pacífica Peluscardona…

En Una Unión más perfecta, el escritor y guionista Max Brooks, junto a Michael DiPascale nos trasladan a una realidad paralela en la que, inmerso en la Guerra de Secesión norteamericana, los enemigos no son los que pensamos.

Y para rematar esta sesión quíntuple, no podían faltar los monstruos gigantes, en Colosal, Christos Gage y Gabriel Andrade nos muestran el camino de muerte y destrucción de un enorme ser bautizado como Apex y como Janna Pleshette, una piloto y sus compañeros deberán sobrevivir en lo que ha quedado de Anchorage, Alaska.

Un buen puñado de historias, que levitan entre los fantástico y te horror, servidas en su punto por un puñado de lo mejor que el Noveno Arte puede ofrecer en estos momentos.

La luz se apaga. ¿Estáis preparados?


Malaga Hoy

LA ESTÉTICA MAN RAY

Fue un artista total. Pintó, diseñó y creó con la cámara imágenes insólitas. Surrealista, vanguardista, revolucionó la moda, la publicidad y el retrato. Man Ray liberó a la fotografía de sus funciones documentales. La elevó a la categoría de arte. por Alberto Martín.



 RELATOS CON CÁMARA. Man Ray (arriba), en La Croisette de Cannes, a principios de los años treinta. Y retrato de la bailarina Ady Fidelin (1937), su musa.


 "Yo creé a dada cuando era niño y mi madre me zurraba. Yo podría proclamar que soy el autor de dada en Nueva York". Así se expresaba Man Ray (Filadelfia, 1890; París, 1976) en un texto para el catálogo de la gran retrospectiva de dada en Dusseldorf que aparece reproducido en su autobiografía, titulada Autorretrato. Y de hecho, en lo fundamental, y a pesar de su progresiva asimilación con el surrealismo, puede decirse que Man Ray mantuvo su espíritu dadaísta hasta el final de sus días. El carácter combativo y provocador del movimiento dada se ajustó perfectamente a la personalidad inquieta, individualista y un tanto contradictoria de Man Ray. Quien llegaría a ser uno de los principales responsables de la toma en consideración de la fotografía como arte, publicó un famoso opúsculo con el rotundo título de La fotografía no es un arte. Preguntado años después si seguía manteniendo esa opinión, respondió que había revisado un poco su actitud, llegando a la conclusión de que "el arte no es fotografía". Probablemente sea esa actitud irónica y aparentemente distanciada, plagada de afirmaciones provocadoras, la que mejor defina no sólo su personalidad, sino también su trayectoria artística y la posición que ocupó en la vanguardia artística de la Europa de entreguerras.
Su afán de experimentación y búsqueda había dado comienzo ya en Nueva York, sobre todo a raíz del descubrimiento del arte de vanguardia europeo en el Armory Show en 1913, y de su encuentro con Marcel Duchamp en 1915, con quien iniciaría una amistad y una colaboración que duraría el resto de sus vidas. En esa época inició una intensa militancia dadaísta y comenzó a aplicar nuevas técnicas en su trabajo, como sus pinturas aerógrafas, en las que colocaba objetos y plantillas sobre el lienzo que luego rociaba con pintura, o el método del clichéverre para hacer impresiones de dibujos hechos directamente sobre el negativo. Y sobre todo empezó a utilizar la cámara para fotografiar objetos construidos, o descontextualizados y separados de su función originaria gracias al pie de foto (como la famosa imagen de la batidora de huevos titulada Mujer); objetos que después siguió realizando a lo largo de casi toda su vida, y a los que llamó "objetos de mi afecto". Toda esta evolución iniciada por Man Ray en


 Sus amigos. Paul Eluard tira del carro en el que están Man Ray. Nusch Eluard y la señora Cuttoli (Saint Paul de Vence, Francia, 1938)


 Nueva York encontraría su caldo de cultivo perfecto en el París de los años veinte. De hecho, el núcleo fundamental de la obra fotográfica de Man Ray, y sus principales aportaciones al medio, tuvieron lugar de manera casi inmediata en Francia, a lo largo de apenas dos décadas: desde 1921, año de su llegada a París, hasta 1940, cuando vuelve a Estados Unidos forzado por la ocupación alemana. De este periodo son precisamente la mayor parte de las 84 obras reunidas en la exposición Luces y sueños, que puede verse ahora en Madrid tras haber visitado Girona y Valencia. Con el atractivo añadido de que la inmensa mayoría de las copias expuestas son vintages, primeros tirajes realizados por el propio autor o, en caso de ser posteriores, controlados por él mismo. En esta selección se encuentran casi todos los aspectos de su obra: el desnudo femenino, uno de sus temas predilectos; la fotografía de moda, de la que fue sin duda el gran renovador; su intensa y prolongada relación con Marcel Duchamp; sus autorretratos y los excelentes retratos que le dieron fama e impulsaron su carrera; la estrecha relación con sus modelos femeninos, en este caso con la bailarina mulata Ady Fidelin, que también fue su pareja durante unos años; el interés por los procedimientos técnicos ligados a la fotografía sin cámara, como sus conocidos rayogramas; su interés por los objetos banales y cotidianos, así como por los objetos construidos -"objetos de mi afecto"-, y su atracción por el ajedrez, tanto por la geometría del tablero como por las posibilidades de desarrollo formal de las piezas del juego, de las que llegó a diseñar y vender varios modelos.



Sus trabajos en exterior se limitaron prácticamente a tomar registro de su vida personal, de viajes y fiestas o de su círculo de amigos. Destacan entre estas imágenes, por su intensidad e interés, las que tomó en los veranos de 1936 y 1937, en Mougins y Antibes, de los encuentros y reuniones de un extraordinario grupo formado por Picasso y Dora Maar; Paul Éluard y su mujer, Nusch (con quien además realizó algunos de sus mejores desnudos); Roland Penrose y Lee Miller (que había sido su ayudante y amante algunos años antes), o Max Ernst, entre otros. Imágenes que reflejan fielmente la atmósfera creativa, libre y desinhibida en la que se desenvolvían.



Man Ray fue ante todo un fotógrafo de estudio, de taller, para el que la manipulación en el laboratorio, el reencuadre, la ampliación o el retoque eran elementos esenciales. Su interés primordial se dirigió hacia la ampliación del mundo de lo visible, hacia la exploración de la visión interior, propiciando la aparición de lo irreal y lo extraño, de lo fantasmagórico; la modificación de la identidad de las cosas, la irrupción de lo real poetizado. Para él, "el fotógrafo es un explorador maravilloso de los aspectos que nuestra retina no registra nunca. (...) He tratado de plasmar las visiones que el crepúsculo, la luz demasiado viva, su fugacidad o la lentitud de nuestro aparato ocular sustraen a nuestros sentidos". Precisamente por eso, uno de los elementos que más destacan de su obra es la amplia gama de procesos que empleaba para manipular la imagen: como la rayo-grafía (la colocación de objetos tridimensionales en el papel fotográfico que luego se expone a la luz), la solarización (entrada de luz en el negativo durante el proceso de revelado, que provoca que los contornos aparezcan muy contrastados y las formas representadas se conviertan casi en siluetas), la exageración del grano de la imagen, las distorsiones, las sobreimpresiones o las fragmentaciones a través de la ampliación de detalles. De hecho, una de sus principales obsesiones era cómo conseguir restar realismo a la imagen, lo que le llevó a fracturar la realidad, a crear escisiones, capaces de provocar nuevas asociaciones, significados y sensaciones.


Pero lo verdaderamente destacado es que reunió y desarrolló todos estos procedimientos, que ya eran conocidos, pero aplicándolos de una manera diferente y con arreglo a un programa estético y creativo radicalmente nuevo, y sobre todo que consiguió introducirlos rápidamente y de un modo tremendamente eficaz en el ámbito de la fotografía comercial: la fotografía de moda, la publicidad y el retrato. Revistas como Bazaar, Vogue o Vanity Fair dieron entrada a esa nueva forma de mirar. En ese momento, la fotografía se hizo verdaderamente consciente de la importancia de la página impresa, y viceversa. Así, la obra de Man Ray no sólo supuso un avance definitivo en la consideración de la fotografía como un medio artístico autónomo, sino que también influyó poderosamente en el uso comercial y mediático de la imagen con sus nuevas referencias estéticas.



Lo curioso y significativo es que durante toda su vida deseara, por encima de todo, ser pintor, y finalmente fuera reconocido como fotógrafo. Él mismo describe, con cierta acritud, esa paradójica situación en la madurez de su trayectoria, poco antes de volver de nuevo a Francia en 1951: "A un pintor convertido en fotógrafo se le perdona fácilmente, pero un fotógrafo conocido, como era yo, que se convierte en pintor, aunque algunos lo reconozcan como pionero, siempre será mirado con recelo".



Man Ray fue un personaje complejo que consiguió conciliar aspectos tan difíciles de equilibrar en su momento como la pintura y la fotografía, la experimentación y la actitud vanguardista con el uso comercial de la fotografía y su difusión en las revistas de moda de la época, la vida bohemia de artista con su condición de fotógrafo de la buena sociedad y su enorme facilidad para moverse en diversos círculos sociales, y manteniéndose, al mismo tiempo, neutral ante las diferentes querellas y divisiones que surgieron entre las filas de la vanguardia. El epitafio que figura sobre su rumba en el cementerio de Montparnasse resume bien su compleja postura y posición artística: "Unconcerned but not indifferent", que se podría traducir como "no implicado, pero tampoco indiferente", o aún mejor, y como reflejo también de su postura vital, "despreocupado, pero no indiferente". •

DE Moda. "Mujer con sombrero" (1930). Man Ray se consolidó como fotógrafo de moda en la revista "Harper´s Bazaar" y consiguió tener la exclusiva de las presentaciones de temporada en París.


 DUCHAMP, SU GRAN AMIGO, Marcel Duchamp, entre Teeny (a la derecha), su mujer, y Juliet, la de Man Ray (éste, de pie)
'Man Ray. Luces y sueños' puede verse en la Fundación Carlos deAmberes (Claudio Coello, 99. Madrid) del 12 de enero al 25 de febrero, www.fcamberes.org.


El Pais Semanal Nº 1.580. 7 de enero de 2007

jueves, 6 de abril de 2017

2004 FOTOGRAFÍA EL ADIÓS A TRES GENIOS


Hay años especialmente malditos. 2004 fue para la fotografía, probablemente, el más maldito de todos ellos, pues además de las muestras individuales y colectivas de la crueldad y la barbarie a las que puede llegar el ser humano, tanto en su acepción 'terrorista' como en las respuestas bélicas que encuentra en los diversos Gobiernos, en este arte el año que ahora acaba se llevó por delante a Henri Cartier-Bresson, Helmut Newton y Richard Avedon, tres de sus mayores estrellas.

Por Ángel S. Harguindey



HELMUT NEWTON
En noviembre de 1981 realiza para la edición francesa de Vogue un reportaje sobre cosméticos y salud corporal. Esta fotografía forma parte de dicho trabajo. Después se convertiría en una de sus fotografías más emblemáticas. Newton en estado puro.
 THE HELMUT NEWTON ESTATE / MACONOCHIE PHOTOGRAPHY. ESTA IMAGEN DE LA COLECCIÓN TASCHENN SE PUEDE VER ESTOS DÍAS EN EL MUSEO REINA SOFÍA DE MADRID.


Los tres fueron geniales y, por tanto, su influencia -directa o indirecta- fue enorme. Distinguir entre ellos cuál fue el mejor sería una despreciable grosería. Sigamos, pues, un orden más neutral: el cronológico. El mayor de ellos fue Cartier-Bresson (1908-2004). Su concepto de la fotografía, de la sensibilidad artística y de su obra lo explicó muy bien en unas pocas frases: "Cézanne expresó en una a: 'Cuando pinto y me pongo a pensar, todo huye'. Los artistas de hoy miran menos y piensan demasiado. El resultado es un supuesto academicismo de vanguardia. Hay que vivir el instante en plenitud, sólo así uno puede estar en lo que hace", una reivindicación de la intuición del artista, de la espontaneidad, frente al predominio de la razón. Al fin y al cabo su primera y juvenil inquietud fue la pintura; sus primeros ídolos fueron Dalí, Ernst o Cocteau, y quien más le influyó en los inicios de su formación fue André Bretón. Corrían los años de la depresión económica en Estados Unidos, de la prolongada y desalentadora resaca de la I Guerra Mundial y de la eclosión surrealista, una respuesta provocadora ante lo establecido. Como él mismo reconoció en The Early Works, con el surrealismo comprendió la importancia de la rebeldía.

Camerún, Alemania. Francia. Polonia, Austria, España, Italia, México..., Cartier-Bresson, ya con su primera Leica, prefiere la fotografía al pincel para dejar constancia de las "cicatrices del mundo". El rebelde encuentra su destino. En 1935 expone en Nueva York con Walker Evans. Se alista en el Ejército para combatir en la Segunda Guerra Mundial. Tres años como prisionero de los nazis y dos intentos de escapada. Las cicatrices del mundo están cada vez más cerca. Poco después de finalizada la contienda funda con sus amigos y compañeros Robert Capa, David Seymour y Georges Rodger la primera agencia cooperativa de fotografía, Magnum Photos. Viaja por el Extremo Oriente: "Mi guía no paraba de reírse, no comprendía que hiciera fotos a todo lo que veía. Probablemente no sabía que gracias a la fotografía yo he aprendido a vivir, porque ella me ha enseñado respeto y tolerancia".

Viaja a la URSS en 1954, y un año más tarde es invitado por el Louvre, en París, para convertirse en el primer fotógrafo en exponer en este museo. En los primeros años setenta cuelga definitivamente su Leica y retoma el pincel: se cierra el círculo. "Todo lo que ahora ansio es pintar, la fotografía nunca ha sido más que una manera de pintar, un tipo de dibujo instantáneo". Muere el 3 de agosto de 2004 a los 95 años de edad y deja tras de sí una extraordinaria crónica de las cicatrices del mundo.



HENRI CARTIER-BRESSON
El fotoperiodismo de un maestro. La escena se fotografió en 1944, en el transcurso de la liberación de París. El miliciano conduce detenido a punta de fusil a un previsible colaboracionista. El joven con la maleta rebaja la intensidad dramática de la situación. Un ejemplo de la muy reivindicada por Cartier-Bresson "plenitud del instante".


La pasión de un cosmopolita
La muerte de Helmut Newton no pudo tener una escenografía más apropiada para quien consiguió con su obra ser sinónimo de lujo y glamour: el viernes 23 de enero de este maldito año de 2004 perdió el control de su Cadillac y se estrelló contra un muro a la salida de su hotel en Los Ángeles, el muy selecto, caro y confortable Chateau Marmont. Tenía 83 años de edad.

 Si Cartier-Bresson es el paradigma de la naturalidad, de la sencillez, Newton podría ser el de la sofisticación de la puesta en escena, incluso en sus desnudos más sobrios, directos y frontales. Son dos opciones y conceptos distintos de un mismo arte que explican los condicionamientos del quehacer cotidiano: el reportaje, el fotoperiodismo frente a la fotografía de moda. Lo que en el primero es prioritario -la necesidad de mostrar lo que ocurre, de informar- en el segundo lo es el impacto visual, la capacidad de seducir. Newton es sobre todo un cosmopolita, un ciudadano que pertenece al mundo, y que, por tanto, el mundo, el cosmos, es su tierra. Berlín, Singapur, Melbourne, París, Londres, Monaco, Nueva York o Los Ángeles son siempre su ciudad. No hay nostalgia de su Alemania natal ni rencor por las leyes nazis que prohibían la educación conjunta de judíos y arios, ni porque su primera maestra de la fotografía, Yva (Elsa Simón), muriera gaseada en Auschwitz, ni siquiera porque el redactor jefe de su primer trabajo como fotógrafo de prensa en Singapur le despidiera a los dos meses por inútil. Newton siempre se amoldó a las circunstancias vitales, pero sin renunciar a la belleza ni a la fascinación que le producían las mujeres. En el prólogo de su autobiografía recuerda y apunta lo que pudo haber sido uno de los momentos determinantes de su vida, el origen de su pasión por las mujeres: "Fue cuando vi a mi niñera arreglándose para salir, medio desnuda".

 Sus series White Women, Big Nudes o They 're Corning son ya historia del arte del siglo XX. Quizá sigan siendo, de igual modo, piedra de escándalo para los autosatisfechos -desde el ex ministro de Justicia estadounidense Ascroft, que mandó recubrir las estatuas desnudas de su departamento, lo que, al parecer, no pudo evitar en las escenas de los prisioneros iraquíes de Abu Ghraib, hasta quienes consideran que el desnudo femenino o masculino, supongo que desde Mirón y Fidias, es un atentado a la dignidad humana-. La erótica de Newton con sus fantásticas mujeres, más que despertar las pasiones del espectador se aproximan al tributo del admirador, de quien sabe que son fuertes, bellas,
decididas, capaces de mostrarse sin reparos ni complejos porque la belleza está de su lado, una belleza que poco o nada tiene que ver con la sumisión o con la transgresión de normas morales judeo-cristianas, ni siquiera con el concepto masculino de la misma, más vindicativa que hedonista. Newton es un ciudadano del mundo y desde niño descubrió que una de las joyas, de las escasas joyas que lo habitan, son las mujeres. No son las únicas, y ahí están sus retratos o su fascinación por la naturaleza en la última etapa de su vida, pero desde que un día vio cómo se vestía su niñera decidió aplicar su enorme talento y sensibilidad a rendirles su personal y constante homenaje.

El retratista implacable
El tercer pilar de la sabiduría fotográfica que se llevó por delante el catastrófico 2004 fue Richard Avedon. Le mató una hemorragia cerebral a los 81 años de edad cuando trabajaba en San Antonio (Tejas) en el reportaje On Democracy para The New Yorker. En la obra del genial neoyorquino se unen las cualidades de Cartier-Bresson y de Newton: la espontaneidad, información y plenitud del instante con la sofisticación, la ironía y la reflexión. Asumió dos de las grandes tendencias desde sus comienzos profesionales, alternando sus reportajes de moda con sus crónicas sobre los derechos civiles en el sur de Estados Unidos -con James Baldwin publicó el libro Nothing Personal- o sobre los generales y las víctimas de la guerra de Vietnam para The New York Times.



RICHARD AVEDON
Lo fotografió todo: desde reportajes de moda para Harper's Bazaar hasta la lucha por los derechos civiles en el sur de EE UU. Su mirada es indispensable para conocer un tiempo y un país. Boda del Sr. y la Sra. H. E. Kennedy. City Hall, Nueva York. 29 de abril de 1961.
IMAGEN DE SU LIBRO AN AUTOBIOGRAPHY. RICHARD AVEDON'

Con sus reportajes de moda para Harpers's Bazaar y Vogue rompió con lo establecido: sacó de los estudios todo el lujo y el esplendor de los diseños y modelos y los plantó en la calle. Una de sus fotos más populares, 'Dovima con elefantes', fue el comienzo de una nueva era en la puesta en escena de la fotografía de moda. Sus retratos en blanco y negro eran implacables, en ocasiones hasta demoledores, por su rechazo absoluto a la mixtificación: todo en ellos era auténtico y sobrio. Marilyn, Henri Miller, Bogart, Capote, políticos, nuevos ricos... El crítico del semanario Time, Richard Lacayo, lo expresó muy bien: "Con cada arruga y flacidez mostrada en altorrelieve, hasta el plutócrata más poderoso aparece como un disminuido mortal más". Cabría añadir que consideraba el retrato como su aportación al conocimiento del ser humano, a las huellas que el paso del tiempo deja en sus rostros. Las siete fotografías sobre el envejecimiento de su padre con las que finaliza el libro Portraits, de 1976, no dejan lugar a dudas.

Quizá su obra cumbre sea In the American West, un encargo de 1979 del Museo Amon Cárter, de Fort Worth (Tejas). Avedon recorrió durante cinco años el Oeste de Estados Unidos para retratar a docenas de seres anónimos, granjeros, mineros, vagabundos, amas de casa, oficinistas o prostitutas. Nunca figurarán en los libros de Historia, pero han protagonizado la mejor literatura estadounidense, desde Hemingway a Carver, y tras Avedon forman parte de la antropología y el arte del pasado siglo. Dignos y elegantes en su sobriedad, su contemplación nos revela que el sueño americano sólo se puede explicar desde la demagógica ocurrencia de un estúpido patriota borracho.

2004 fue un año maldito que nos obliga a reconocer la brutalidad del ser humano, pero, también, nos permite recordar su grandeza con la obra de tres maestros de la fotografía. •


El Pais Semanal Nº 1.474 26 de diciembre de 2004



miércoles, 5 de abril de 2017

El viaje en el desierto



05 Abril, 2017



'Inside Moebius, Tomo 1'. Moebius. Norma. 220 páginas. 29 euros.

Con los tres volúmenes de Inside Moebius, el siempre genial Moebius dejó su testamento gráfico, culmen de una de las bibliografías más impresionantes de la historia del cómic. Juego de desnudez emocional y ejercicio de improvisación narrativa realizado "sin esbozo preliminar a lápiz y sin guión, bosquejando lo más rápidamente posible para conservar una mayor espontaneidad", la serie parte de la voluntad del autor de dejar atrás la marihuana y explorar la propia inspiración, apoyándose en figuras tan emblemáticas como el Mayor, Arzak o el teniente Blueberry. Dichos personajes acompañan en el viaje por el desierto a un Moebius envejecido físicamente, pero cuyo espíritu se conserva joven y rebelde. Una auténtica obra maestra.


Malaga Hoy


Los rincones de 'The Spirit'

JAVIER FERNÁNDEZ
05 Abril, 2017


'Los archivos de The Spirit, 25'. Will Eisner y otros. Norma. 200 páginas. 35 euros.

El tomo 25 de Los archivos de The Spirit nos ofrece las tiras diarias completas de la serie, publicadas originalmente entre 1941 y 1944. Según Will Eisner: "Las tiras de The Spirit fueron en su mayor parte escritas y dibujadas por mí durante las primeras seis semanas de su existencia. Entonces fui llamado a filas y el dibujo pasó a ser realizado por Lou Fine siguiendo mi guion. Recuerdo hacer los bocetos y bocadillos por la noche en los barracones (…). Después esto se volvió demasiado difícil, y Jack Cole se ocupó de la tira. (…) La tira de The Spirit murió, desafortunadamente, después de menos de un par de años, porque Jack Cole tenía demasiado trabajo con el resto de historias que hacía (como Plastic Man), mientras que Lou Fine no deseaba hacer una tira diaria". Un libro histórico que nos acerca a un rincón poco conocido del cómic por excelencia.


Malaga Hoy

Melodía de sublevación

Jacques Tardi introduce de nuevo en los horrores bélicos en su última obra, que llega acompañada de un CD de Dominique Grange y el grupo Accordzéâm

05 Abril, 2017


'El último asalto'. Jacques Tardi. Norma. 112 páginas. 25 euros.

"Esto ya dura dos años y no hay nada que haga pensar que se acerca el fin de los combates. En ambos bandos hay hombres agotados, enfangados en las tumbas que ellos mismos han cavado, aplicados en matarse los unos a los otros metódicamente. No hay peor guerra que una guerra de trincheras que se eterniza". Así comienza El último asalto, el reciente álbum de Jacques Tardi, que nos introduce de nuevo en los horrores bélicos, sumándose a otros títulos estremecedores como La guerra de trincheras, ¡Puta guerra! o Yo, René Tardi. Prisionero de guerra en Stalag IIB.

En esta ocasión, la historieta se acompaña de un CD musical de Dominique Grange y el grupo Accordzéâm. Dice Grange, en el epílogo que añade las letras de las canciones, diversos textos de Tardi y fotografías del espectáculo audiovisual titulado ¡Puta guerra: "Tardi y yo teníamos en común, como millones de mujeres y hombres de nuestra generación", "que nuestros cuatro abuelos partieron al frente por lo que creían que sería una guerra alegre y rápida. (…) Compartimos el shock traumático de esa monstruosa sangría llevada a cabo en todo un pueblo para único interés del vampiro industrial que se alimenta de los beneficios del esfuerzo de guerra y de lo que reporta a grandes empresas capitalistas que cotizan en Bolsa. (…) Cuando éramos niños, este trauma familiar nos fue relatado a ambos mediante las historias de nuestros abuelos, dejando en nuestra imaginación marcas indelebles que tuvimos que exorcizar de alguna manera, dándole vida de nuevo a algunos de esos destinos brutalmente detenidos, sacrificados en el altar del crimen masivo legalizado que es la guerra".

Y me van a permitir que siga citando, pues en los nutridos paratextos de la excelente edición de Norma se encuentra una información más clara y valiosa que la que pueda aportar mi simple opinión sobre este emocionante y espectacular híbrido artístico: "El libro que tienes en las manos", aclara el preámbulo de Benoît Mouchart, "no existiría sin el disco que lo acompaña. Del mismo modo, el CD que estás a punto de introducir en el equipo de música no se habría grabado si antes no se hubiese realizado el cómic que te dispones a leer. Los dos proyectos son tan indisociables como sus autores, pues en su vida privada, igual que previamente en su faceta creativa, Dominique Grange y Tardi forman un tándem artístico, rebelde y sentimental. Desde hace varios decenios comparten un mismo fervor por expresar mediante las palabras, la música y el dibujo su indignación ante las injusticias y la explotación del hombre a manos del hombre, tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra. Mediante su compromiso y sus respectivas expresiones artísticas (…), demuestran que se puede ser pacifista y rabioso al mismo tiempo. Este libro y este disco, acompañados por las orquestaciones del grupo Accordzéâm, demuestran la urgencia y la necesidad de una sublevación contra todas las formas de masacre que los seres humanos se infligen los unos a los otros, de generación en generación, desde la noche de los tiempos".



Malaga Hoy

Un paso más

JAVIER FERNÁNDEZ
05 Abril, 2017


'Roco Vargas. Júpiter'. Daniel Torres. Norma. 80 páginas. 18 euros.

Hace ahora un año, me reencontré con la obra de Daniel Torres. El dibujante valenciano había sido muy importante en mi entendimiento del tebeo español y sus posibilidades, allá por la década de 1980. Había coleccionado entonces todos y cada uno de sus álbumes, pero fui dejando de lado sus títulos más recientes; no por falta de interés, más bien por descuido. Esto cambió con La casa (2015), ese asombroso y voluminoso trabajo sobre el sentido y el desarrollo de la vivienda a lo largo del tiempo. Como a tantos otros lectores, me explotó la cabeza, y me puse a recuperar el tiempo perdido. Y en esas estaba, releyendo viejos tebeos y disfrutando como un niño con los nuevos, cuando ha llegado Júpiter, la siguiente aventura de Roco Vargas, el personaje más carismático e importante de la bibliografía de Torres.

Las aventuras de Roco Vargas, escritor de ciencia ficción, piloto, héroe y explorador espacial, agraciadas con la fértil imaginación y la estética clara y hermosísima de Torres, comenzaron en 1983 con la publicación seriada del álbum Tritón en la añorada revista Cairo, y se pueden subdividir en distintas fases. La primera la componen los cuatro álbumes iniciales de la serie (el ya citado Tritón, El misterio de Susurro, Saxxon y La estrella lejana, publicados entre 1984 y 1987 y recopilados, más tarde, en un solo tomo titulado sencillamente Roco Vargas). La segunda abarca desde 2000 hasta 2006, periodo en que el dibujante retornó a la serie con otros cuatro títulos: El bosque oscuro, El juego de los dioses, Paseando con monstruos y La balada de Dry Martini. Ahora, con Júpiter, Torres recupera de nuevo su juguete favorito, quién sabe por cuánto tiempo. Visual y literariamente, Júpiter tiene algo del mejor Moebius, siempre desde la óptica personalísima de Torres, y supone tanto la conclusión del larguísimo camino recorrido hasta aquí como la revelación de un horizonte nuevo y misterioso para el personaje. En pocas palabras, es verdaderamente espectacular, les recomiendo que no se lo pierdan.


Malaga Hoy

La novela gráfica

Will Eisner es al cómic lo que Orson Wells al cine, fundó las bases del futuro y dio nombre a los premios más prestigiosos del género. Triunfó con sus obras literarias gráficas.

Will Eisner, en su estudio neoyorquino
GERARDO MACÍAS
05 Abril, 2017

El tan traído y llevado término de novela gráfica, muchas veces utilizado como eufemismo para no hablar de cómics, tebeos o historietas, se hizo popular en 1978 de la mano de Will Eisner.

Fue ese año cuando Eisner concibió Contrato con Dios. Inspirado por las novelas en imágenes publicadas en los años 30 por el ilustrador estadounidense Lyn Ward, se propuso crear una obra literaria gráfica, y utilizó el término novela gráfica, con el fin de venderle el proyecto a una editorial. Obtuvo un gran éxito de ventas y crítica.

El libro Contrato con Dios incluye cuatro historietas ambientadas en la Avenida Dropsie, una calle de ficción situada en el Bronx, una de las áreas más deprimidas de Nueva York. La acción está ambientada en la Depresión post-crack del 29, con una atmósfera lúgubre. La primera historia, Contrato con Dios, recoge la ilusión de un inmigrante judío ruso que deja su país para alcanzar el sueño americano. Su comportamiento es bondadoso, hasta que el contrato que ha realizado con Dios queda roto tras un acontecimiento que cree que es injusto. En la segunda, El cantante callejero que da título al relato llama la atención sobre una antigua diva, artística y sexualmente. El Súper se centra en el administrador de un edificio humilde, frustrado sexualmente y utilizado por una lolita. Por último, Cookalein se aleja del escenario neoyorquino con un veraniego retablo de juego sexual, pérdida de inocencia y ambiciones sociales.

En 1983, Will Eisner publica la segunda parte de esta trilogía que cuenta la vida en un bloque de pisos del número 55 de una avenida imaginaria del Bronx: Ansia de vivir. Desesperación es el tema de este segundo libro. Los personajes que por aquí desfilan urden todo tipo de tramas para escapar de su destino. Poco a poco, las historias de cada uno de ellos se van entremezclando con el discurrir del barrio. Esta novela gráfica se divide en once relatos cortos: Izzie, El fugitivo, En el piso de arriba vivía Dios, Shabbasgoy, La mano negra, El príncipe encantado, El revolucionario, Mejoría, Santuario, América, América y Supervivencia.

La conclusión de esta trilogía es La Avenida Dropsie, novela gráfica publicada en 1995 que concede su protagonismo a la propia calle, y a partir de sucesivas generaciones cuenta su historia al completo, desde 1870 hasta la época de su autor, más de cien años forjados con incendios provocados, chanchullos inmobiliarios, enfrentamientos raciales y religiosos y una constante lucha por la supervivencia. La Avenida Dropsie va a experimentar cambios, los achaques de la Historia. Colonos irlandeses construirán los edificios que más adelante serán ocupados por afroamericanos, hispanos e italianos; los hippies y los yonquis se arrastrarán por los bajos abandonados, una vez que la especulación inmobiliaria y la crisis financiera conviertan en ruinas lo que habían sido viviendas de prestigio. Los holandeses no quieren vivir al lado de los ingleses. Los ingleses quieren echar a los nuevos vecinos irlandeses, quienes reclaman la expulsión de los inmigrantes italianos, enfrentados por la llegada de judíos al barrio. Sí que se levantan todos frente a la llegada de la población negra. Aunque toda esta serie de quejas sociales termina siempre sofocada por un atisbo de inteligencia que une a todos los grupos sociales presentes en cada momento.

Este dibujante criado en Brooklyn en el seno de una familia judía decidió componer una obra que reflejara el Nueva York de su vida, la extrema dureza vital de la ciudad y su gente.

En este tomo se aprecian destellos del genio de Eisner: viñetas en las que las figuras salen literalmente de ellas, ángulos altamente creativos en la composición de algunas escenas, primeras versiones primitivas de las splash pages. Todo ello sentó las bases del cómic adulto.

La obra de Will Eisner es considerada de culto: Will Eisner es al cómic lo que Orson Welles es al cine. En USA, los premios de mayor prestigio del cómic estadounidense se llaman Eisner en su honor.

Entre sus creaciones destaca Wonder Man, que empezó a publicarse unos meses después de Superman (y por el que su editor fue acusado de plagio), y The Spirit, un personaje histórico del cómic norteamericano.


Malaga Hoy

Nouvelle Vague por David Aja idea Javi Sanchez