sábado, 25 de febrero de 2017

LA PIEDRA DORMIDA guión y dibujo: José Ibarrola


 En el invierno de 1985 comencé a recopilar las historietas publicada en el suplemento infantil dominical de el periódico El Pais. Tengo ejemplares del dominical desde 1980 hasta el día de hoy. Pero fue durante los 80 y 90 cuando, de una forma artesanal y autodidacta, encuadernaba mis propios tebeos. Tebeos que estaban fuera de mi poder de adquisición, o incluso que no llegaron a editarse y venderse en la tiendas. Esos tebeos, muchos de ellos inconclusos (no siempre era posible comprar o encontrar el periódico dominical) formaban parte del principio de una biblioteca dedicada a la historieta, de una pasión que hoy día, muchos años después no ha cambiado demasiado.

Uno de esos tebeos, que me mostraban historias e imágenes que no había visto aún, se titulaba La Piedra Dormida, y su autor, Jose Ibarrola.

Curiosamente nunca supe como terminaba la historieta, pero para mi, que nunca había visto un cómic igual a ese (aún), dejaba una especie de final abierto como pocas veces he disfrutado, y bueno, como siempre, siempre, me surge la duda, sobre lo incorrecto o no de publicar en internet, a la vista de todos el trabajo de otra persona, sin que haya remuneración alguna, o tan siquiera su permiso, aunque en mi descargo puedo suponer que más de treinta años después tampoco seria un descalabro enorme para el gran artista plástico que ha llegado a ser Jose Ibarrola (página web: joseibarrola.com).

En mi ignorancia y mi deseo de que todos puedan disfrutar como yo lo hice antaño, estas son las páginas que han sobrevivido en mi casa treinta y dos años después.










































Publicado en el suplemento infantil del periodico El Pais, año 1985

viernes, 24 de febrero de 2017

Olor sepiado



El Olor es la araña invisible que toma al asalto, silenciosamente, los cuarteles desguarnecidos de nuestra memoria. El paso del tiempo procura esta especie de memoria en salazón que es el olor. La literatura, los libros, siempre han gozado de un olor sagrado que luego, con el paso de los años, se convierte en el más íntimo y preciado de los tesoros. La literatura modesta de los tebeos también participa de esa gloria sentimental del olor. De ahí el título, evocador y brumoso, que José María Conget ha escogido para su libro: El olor de los tebeos, que publican al alimón la editorial Pre-Textos y la Diputación de Sevilla.

Hemos llamado con cariño literatura modesta al universo sepiado de los tebeos. Hay que recordar que la modestia es el orgullo que entra por la puerta de servicio, como dice el ácido Jules Renard. Cognet muestra con orgullo su memoria sentimental de lector, apareada entre libros y tebeos, a partes iguales, sin exclusiones, lo que prueba que a veces son los lectores los que salvan la literatura del engolamiento de los escritores. En estos ensayos, que aparecieron algunos en diversas revistas y suplementos culturales, Conget afirma haber disfrutado con los comics de toda la nacionalidad y escuela (americana y franco-belga sobre todo, también los muchos tebeos españoles). Viñeta personal de la memoria, El olor de los tebeos no defraudará nuestras nostalgias más preciadas.

Publicado en la revista Mercurio. Septiembre 2004


Humor español en el imperio mexicano del 'albur'

El Ateneo de Ciudad de México inaugura una exposición sobre el trabajo de los viñetistas republicanos exiliados que llegaron al país en la década de los cuarenta

DAVID MARCIAL PÉREZ
México 24 FEB 2017


Exposicón sobre humorismo gráfico republicano en Ciudad de México OSWALDO RAMÍREZ

Cuando el barco de los exiliados españoles llegó al puerto de Veracruz, una de las pancartas de bienvenida decía: El sindicato de tortilleras está con la República. “Claro, los españoles al ver eso debieron pensar “qué avanzados son aquí que hasta las lesbianas están sindicalizadas”, recordaba este jueves el historiador Agustín Sánchez González en una de las salas del Ateneo Español de Ciudad de México. A ese terreno movedizo del lenguaje se tuvieron que aclimatar los miles de republicanos que llegaron en los años cuarenta. Algunos incluso convirtieron ese juego polisémico en la materia prima de su oficio. La exposición Los humoristas gráficos y el exilio en México, organizada por la institución cultural española, recoge el trabajo de algunos de los mejores viñetistas expulsados por el golpe militar de Franco y que colaboraron de manera importante en el auge de la caricatura mexicana.

Obra de Ángel Rueda

“Es muy difícil trasladar el humor de un país a otro. Los códigos y las referencias culturales son muy distintas, y más en México que somos maestros del albur”, explicó la directora del Ateneo, Carmen Tagüeña. Albur es la palabra coloquial para definir precisamente el desdoblamiento de significados que suelen tener las palabras y del que nace ese ingenioso y proverbial humor de la cultura mexicana.

Ángel Rueda, que había llegado en el Ipanema con apenas 14 años, supo metabolizarlo. En una viñeta de 1983 uno de sus personajes le dice a otro, dibujado con cuerpo humano pero con cabeza picassiana como recién sacada del Guernica: “¡También yo admiro a Picasso pero tú, te mandas!”.

No todos los viñetistas españoles lograron digerir tan fácilmente el nuevo entorno cultural y político. “Hay que entender que muchos llegaron agradecidos por la generosa acogida y fascinados por el discurso de la Revolución. Pero al poco tiempo se dieron cuenta que no era cierto, que no había libertad de prensa, ni elecciones libres, ni pluralidad de partidos. El control sobre los caricaturistas fue muy fuerte durante décadas. La figura presidencial, por ejemplo, fue intocable hasta los setenta”, subraya Sánchez, comisario de la exposición y autor de un libro del mismo título promovido por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y la UNAM.


Obra de Rivero Gil OSWALDO RAMIREZ

A Francisco Rivero Gil, un delineante cántabro que llegó a colaborar en diarios españoles republicanos como el Sol o Libertad, también le empujaron fuera de los periódicos mexicanos. “Mi padre venía de hacer humor político y nunca soportó que le cambiaran los pies de sus dibujos. Entendía que era un tipo de censura y se quejaba mucho. Hasta que la dirección del Excélsior decidió despedirle”, relató durante el acto de inauguración su hijo Rivera García. Era mediados de los 40 y su familia venía de sobrevivir a la odisea de los campos de concentración franceses o la República Dominicana del dictador Trujillo. “Rivero Gil tenía un gran talento y siguió trabajando en medios de comunicación hasta su muerte en 1972”, apuntó el comisario de la exposición.

Además de prensa escrita, los dibujantes republicanos encontraron su sitio en la televisión, en el diseño de carteles para el cine mexicano –que por entonces atravesaba su llamada época de oro– o en el teatro. “Nombres como el catalán Tísner fueron claves en el desarrollo de la escenografía de los noticieros mexicanos”, añadió Sánchez.

Entre la selección de artistas aparece también Sergio Aragonés, uno de los humoristas gráficos actuales de más prestigio. Estudió arquitectura en la UNAM, teatro con Jodorowsky, participó en algunas de las publicaciones de humor blanco más famosas de México y desde los sesenta vive en California, trabaja para la icónica revista Mad y hasta ha sido uno de los dibujantes que ha perfilado a Lisa Simpson.

 El Pais

jueves, 23 de febrero de 2017

Komikigunea abre sus páginas

La Diputación recuerda la posibilidad de realizar visitas guiadas gratuitas a este búnker de cultura popular que atesora 30.000 referencias, de las cuales han sido catalogadas 17.000.

UN REPORTAJE DE JUAN G. ANDRÉS. FOTOGRAFÍAS RUBEN PLAZA - Domingo, 19 de Febrero de 2017


La catalogadora Irune Arnaez, en el sótano con los armarios compactos que albergan los más de 30.000 documentos que custodia Komikigunea en la calle Reyes Católicos de Donostia.

Esta historia, o más bien historieta, comenzó a mediados de la pasada década, cuando la Diputación de Gipuzkoa adquirió el fondo del coleccionista e investigador donostiarra Luis Gasca. Decenas de miles de cómics, biografías, libros sobre cine, revistas, dibujos originales y carteles pasaron a manos forales y sembraron la semilla de lo que luego se convertiría en Komikigunea. Entonces aún no tenía ese nombre: sólo era una gran página en blanco en un amplio local de la calle Reyes Católicos que no tardaría en llenarse con más fondos y donaciones.

Finalmente, en octubre de 2014 Komikigunea abrió sus puertas a investigadores y aficionados que hoy pueden consultar a su antojo las cerca de 17.000 referencias catalogadas y almacenadas en este búnker de cultura popular. Sin embargo, el fondo completo, aún sin inventariar, asciende a 30.000 referencias. Centrada desde 2009 en esa labor de clasificar el material, la Diputación es consciente de que muchos ciudadanos desconocen todavía qué tesoros custodia el centro, por lo que hace unos días volvió a recordar a la ciudadanía que existe la posibilidad de realizar visitas guiadas gratuitas.

La catalogadora Irune Arnaez, que también ejerce de cicerone en el recorrido por Komikigunea, reconoce que a la gente le cuesta vencer el miedo a entrar, pese a que el centro está abierto de lunes a viernes ininterrumpidamente de 8.30 a 19.30 horas. “Quizá es porque al llegar aquí no puedes fisgonear y coger cómics de un sitio o de otro. Esto funciona como un archivo y los ejemplares no se pueden sacar de aquí. Están guardados en el sótano y para verlos tienes que hacer una petición, pero es muy sencillo y rápido: nosotros ayudamos a cualquiera que quiera consultar cómics por pura afición o para realizar alguna investigación”, explica.

Arnaez recuerda que Komikigunea se ha construido sobre el fondo Luis Gasca, enriquecido después con muchas otras aportaciones: la Fanxinoteka de Arteleku, el millar de ejemplares cedidos por la biblioteca de Angulema o los fondos entregados por personas como el artista Iñaki Larrimbe Larri; el director artístico de la editorial Planeta, Pere Olivé, y la reciente y “significativa” donación efectuada por nueve historietistas vascos.

Visita guiada

La visita comienza en la planta baja en torno a una gran mesa repleta de publicaciones que Irune ha escogido de entre las más significativas. Algunas aparecen clasificadas por formatos, desde las primitivas revistas ilustradas de finales del siglo XIX a las actuales novelas gráficas, pasando por el comic book estadounidense de los años 60 con sus inmortales superhéroes o los cuadernillos de personajes tan españoles como Capitán Trueno o Jabato. Por su valor, llaman la atención las referencias más antiguas, como el almanaque humorístico ilustrado El tiburón (1863), en el que ya se aprecia cómo el texto va perdiendo fuerza a favor de la ilustración, o El universal (1909) de Venezuela, así como una edición francesa de 1908 de las aventuras de Buster Brown.

También es muy vistoso el material guardado en los planeros, repletos de ilustraciones originales de artistas como Iván Zulueta, más conocido por su faceta de cineasta, o Juan Carlos Eguillor, así como páginas que permiten entender el proceso de creación de un cómic. Hay también dibujos dedicados, como un Tarzán que el fallecido Joe Kubert regaló a Luis Gasca en 1984, o tebeos más recientes firmados por sus autores como Zebra efektua, de Iñaki G. Holgado y Harkaitz Cano.

La visita finaliza en el sótano, una especie de catacumba cultural en la que descansan las más de 30.000 referencias de Komikigunea, a las que se sumarán las que sigan llegando. El lugar cuenta con las condiciones atmosféricas propicias para la conservación del material más sensible y todo se almacena en armarios compactos que no sólo permiten ahorrar espacio, sino también proteger los documentos ante eventuales incendios o inundaciones.

Completar el fondo vasco

Según destaca Arnaez, no hay muchas infraestructuras similares en el Estado. A bote pronto, cita la Fundación Sancho el Sabio de Vitoria, que en su fondo de cultura vasca guarda material sobre cómic, y un centro de Murcia más volcado en la historieta de hoy en día. Salvando la inmensa distancia y con toda la humildad, Komikigunea prefiere mirarse en Angulema, ciudad francesa de referencia en el sector que cuenta con un festival y un museo especializado que archiva cada ejemplar de cómic publicado en Francia. “Nosotros queremos completar el fondo vasco y reunir todo el material editado en Euskal Herria desde los inicios del cómic, aunque aún nos faltan muchos títulos”, afirma.

Además, Komikigunea aspira a ser un “punto de encuentro” para creadores y aficionados: los primeros pueden disponer del local para organizar reuniones de trabajo, talleres o incluso dibujar en un ordenador equipado con programas específicos, y los segundos pueden visitar el centro de manera gratuita, tanto en grupos de hasta 20 personas -centros escolares, euskaltegis…- como de manera individual. Sólo hay que reservar cita en el número 943 24 96 90 o escribir al correo komikigunea@gipuzkoa.eus. Si alguien desea curiosear los fondos disponibles para luego consultarlos in situ, todos están registrados en el catálogo digital del Koldo Mitxelena.

Este centro, por su parte, cuenta con un espacio consagrado al cómic contemporáneo, la Komikiteka, que a diferencia de los fondos de Komikigunea, sí puede sacarse en préstamo como cualquier otro libro de la biblioteca.


Diario de Noticias de Guipuzcoa

miércoles, 22 de febrero de 2017

Antiguo y futuro rey

Desde el siglo XX el epitafio del rey Arturo se cumple y tanto él como sus Caballeros de la Mesa Redonda resucitan para reinar de nuevo con un trono compartido junto a otros mitos.

GERARDO MACÍAS
22 Febrero, 2017



'Camelot 3000'. Mike W. Barr y Brian Bolland. ECC Ediciones. 320 páginas.

Según se cita en un verso de La mort d'Arthur (1485) del inglés Sir Thomas Malory, el epitafio grabado en latín en la lápida de Arturo Pendragon fue: Hic iacet Arthurus, rex quondam, rexque futurus (Aquí yace Arturo, antiguo y futuro rey).

Desde el siglo XX al menos, este epitafio se ha cumplido. Tanto él como sus Caballeros de la Mesa Redonda resucitaron para reinar de nuevo, aunque sea compartiendo trono con otros mitos contemporáneos como Tarzán, Superman, Flash Gordon o Sherlock Holmes.

El cómic Camelot 3000 (1982-1985), del guionista Mike W. Barr (Batman y los Outsiders, Batman: El hijo del demonio) y el dibujante Brian Bolland (Juez Dredd, La broma asesina), mezcla mitos artúricos y ciencia ficción, situándonos en Londres, año 3000, para narrar la continuación directa de las historias de Sir Thomas Malory.

La Tierra está siendo invadida por alienígenas. El joven arqueólogo Tom Prentice se refugia en el yacimiento arqueológico de Glastonsbury -donde cuenta la leyenda que está enterrado el Rey Arturo- y encuentra de casualidad el mítico sarcófago. Abre la tapa para esconderse dentro, y, asombrosamente, Arturo resucita y nombra a Tom Prentice su escudero.

Tom Prentice sirve, además, de nexo entre el rey y el año 3000, ya que Arturo es un personaje con mentalidad medieval en un mundo que no conoce, lo que da lugar a situaciones curiosas.

Según la leyenda, Arturo regresará en época de necesidad de Inglaterra. Tendrá que probar su derecho al trono sacando de nuevo a Excalibur de la roca, y volver a formar la Mesa Redonda. El Rey Arturo recurrirá a Merlín y juntos reunirán a la reina Ginebra y a sus seis mejores caballeros, reencarnados en nuevos cuerpos. Para complicar las cosas, también regresa Morgana Le Fay, la siniestra hechicera que según el mito es medio hermana de Arturo.

Arturo, Merlín y Morgana son las versiones de Malory, pero los Caballeros de la Mesa Redonda presentan cambios significativos que dan mucho juego: Sir Galahad es un samurái; Sir Gawain, sudafricano; y Sir Perceval, un gigantesco y mudo monstruo extraterrestre. Sir Tristán se reencarna en una mujer, de la que Tom Prentice se enamora sin ser correspondido. Tristán sigue enamorado de Isolda, lo que da pie a las primeras escenas lésbicas en un cómic de la DC, algo insólito en 1982. Esta trama explora temas como la no aceptación de la propia sexualidad, la homosexualidad y el machismo.

Estos personajes reencarnados volverán a cometer los errores del pasado; la reina Ginebra y Lancelot no tardarán en volver a enamorarse para sufrimiento de Arturo.

Como en todo ciclo artúrico que se precie, la búsqueda del Santo Grial forma parte importante tanto de la trama como del desenlace de la misma. Y detrás del Santo Grial siempre encontraremos a Mordred, hijo bastardo de Arturo y de su medio hermana Morgana LeFey, transformado aquí en asesor del presidente de Estados Unidos, que a su vez es una parodia de Ronald Reagan.

Sin desvelar la conclusión de esta historia, podemos decir que cumple perfectamente con su condición de ciclo, deja el final abierto, pero no necesita continuación ni secuela.

Si lo primero que atrapa en esta serie es el dibujo de Briand Bolland, pronto queda patente que el guión no se queda atrás. Lo que empieza como una historia de extraterrestres que quieren conquistar la Tierra y a los que se opone un selecto grupo de héroes, se transforma en un relato que sorprende por su épica y su narrativa.

Mike W. Barr convierte la historia del Rey Arturo en una suerte de cómic de superhéroes, consciente de que éstos son la versión moderna de las historias mitológicas que se llevan narrando desde que el ser humano es tal.

Esta historia es la recreación de un mito, pero también una visión crítica del mundo actual y una profunda reflexión sobre valores como el heroísmo, el deber y la amistad.

Este cómic se ha quedado anticuado en tecnología del futuro, pero, ¿quién iba a decir que en los últimos treinta años íbamos a dar este gran salto con la aparición de las nuevas tecnologías? Aun así, Camelot 3000 es de los cómics de referencia de la década de los 80.

Cuatro ediciones van en España de esta obra que, a causa de la lentitud de Brian Bolland, necesitó tres años para completarse y llegar a las librerías.


Malaga Hoy

Un clásico del siglo XXI

JAVIER FERNÁNDEZ
22 Febrero, 2017



'Invencible. Ultimate Collection, 2'. Robert Kirkman, Ryan Ottley. Aleta. 352 páginas. 34,95 euros.

Con década y media a su espalda, Invencible es un clásico del cómic de superhéroes del siglo XXI, una de las mejores series regulares de los últimos tiempos. Y justo ahora que se celebran los 15 años de vida del personaje creado por Robert Kirkman y Cory Walker (cabe citar también a Ryan Ottley, que lo ha desarrollado visualmente durante más de cien números), se anuncia el inminente final de la saga. En España, las aventuras de Mark Grayson y compañía las viene sirviendo puntualmente Aleta, que también nos ofrece la imprescindible Ultimate Collection, recopilación en formato de lujo. El segundo volumen de esta colección, en el que el protagonista debe rehacerse tras los sorpresivos acontecimientos del primer tomo, contiene los números 14 a 24 de Invincible (2004-05), más el 0 (2005), el especial del Free Comic Book Day de 2004 y un sinfín de extras.


Malaga Hoy

Artemis vs. Diana

En 'El torneo' se narra cómo Diana es despojada del título de Wonder Woman, que pasa a manos de otra amazona, Artemis, más expeditiva.

JAVIER FERNÁNDEZ
22 Febrero, 2017



'Grandes auotres de Wonder Woman: William Messner-Loebs y Mike Deodato Jr. - El torneo'. William Messner-Loebs, Mike Deodato Jr. ECC. 312 páginas. 30 euros.

El próximo estreno de la película de Wonder Woman ha desatado en nuestro país un buen número de publicaciones sobre el personaje, y ECC ha abierto la línea Grandes autores de Wonder Woman, que recuperará etapas o arcos argumentales notables del pasado reciente de la amazona. El primer título de esta nueva colección, similar a las ya existentes de Batman, Superman o la Liga de la Justicia, lleva por título El torneo y ofrece los números 90 a 100 del volumen 2 de Wonder Woman, más el número 0 especial, todos publicados originalmente entre 1994 y 1995. Se trata del final de la intervención del interesante guionista William Messner-Loebs, del que todavía se recuerdan un puñado de buenos tebeos como los que realizó con Sam Keith (Epicuro el sabio y The Maxx), más o menos por aquellos mismos años.

Messner-Loebs tuvo la difícil tarea de continuar el reboot iniciado por George Pérez tras Crisis en Tierras Infinitas, y contó para ello con un dibujante muy de los 90, Mike Deodato Jr., cuya versión gráfica de la superheroína se encuadra en la moda del bad girl art, esto es, una exageradísima representación del cuerpo femenino en la que abundan las curvas y escasea la ropa, que tuvo su mayor auge con el éxito de la entonces naciente editorial Image. Esta sexualización de Wonder Woman contrasta abiertamente con los tintes feministas que habían predicado Pérez y su editora Karen Berger (abro aquí un paréntesis para recordar que la larga etapa inicial del citado volumen 2 reflexiona con frecuencia sobre la igualdad de género, una intención que no se queda solo en lo temático, como revela, por ejemplo, el hecho de que el segundo Annual de la colección, publicado en 1989 y escrito por Pérez, estuviese editado, dibujado, entintado, rotulado y coloreado solo por mujeres). Siguiendo con el hilo ideológico, bien es cierto que el erotismo ha estado presente en la trayectoria del personaje ya desde su mismo inicio en la década de 1940, pero las turgencias de Deodato Jr. poseen un sencillo cariz exhibicionista, en tanto que a los motivos sadomasoquistas de los viejos episodios de William Moulton Marston y H. G. Peter (los creadores de la superheroína) se le asocian intenciones subversivas.

Más allá de estas lecturas, que siempre surgen al considerar un icono del calibre de Wonder Woman, El torneo compila el clímax de una etapa vibrante y divertida, cargada de acción y de giros argumentales. Sin ir más lejos, aquí se nos narra cómo Diana es despojada del título de Wonder Woman, que pasa a manos de otra amazona, Artemis, más expeditiva en su uso de la fuerza y cuyo breve paso por la serie sirve tanto para analizar la verdadera naturaleza de la superheroína como para elevar la temperatura emocional de la serie. Por el presente arco circulan oponentes del calibre de Cheetah, el Joker o Poison Ivy, que suman interés al conflicto Diana-Artemis, y el trabajo creativo de Messner-Loebs y Deodato Jr. se redondea con las atractivas portadas de Brian Bolland, todo un clásico en estos menesteres.


Malaga Hoy

Una familia extraterrestre

JAVIER FERNÁNDEZ
22 Febrero, 2017



'Invencible: Ultimate Collection, 3'. Robert Kirkman, Ryan Ottley. Aleta. 352 páginas. 34,95 euros.

El tercer volumen de Invencible. Ultimate Collection recopila los números 25 a 35 (2005-06) de la cabecera de Image, todos realizados por Kirkman y Ottley, más el número 4 de la miniserie The Pact (2006), escrito por Kirkman y dibujado por Jason Howard, y numerosos extras. Entre los rasgos distintivos de Invencible destacan los continuos giros argumentales que mantienen vivo el interés del lector número tras número. Aquí, el joven protagonista descubre que su padre sigue vive y tiene otra familia, eso sí, extraterrestre. Tras combatir a los Viltrumitas en el espacio, el superhéroe regresa a la Tierra con su nuevo hermanastro y volverá a perderse en un viaje interdimensional que lo conducirá al mismísimo universo Marvel.


Malaga Hoy

Reescribiendo el origen

JAVIER FERNÁNDEZ
22 Febrero, 2017




'Grandes autores de la Liga de la Justicia: Mark Waid - Año uno'. Mark Waid, Barry Kitson. ECC. 328 páginas. 31 euros.

Si es usted lector habitual de cómics superhéroes ya conoce de sobra el tópico del "Año uno". Para los demás, aclaro que dicho título se aplica a reescrituras modernas del origen de tal o cual personaje, de las que la seminal Batman: Año Uno (1987), de Frank Miller y David Mazzucchelli, sigue siendo más que probablemente el pináculo y el modelo a imitar. En las últimas décadas, se han sucedido los "Año uno", buenos y malos, como es natural, y hoy les traigo dos que acaban de ser reeditados por ECC y que bien merecen una oportunidad.

Año Uno es el título del reciente tomo de Grandes autores de la Liga de la Justicia dedicado al guionista Mark Waid, uno de los escritores más sobresalientes del género y uno de los que más y mejor han retratado a la JLA desde los años 90 en adelante. Suyos son hitos como Kingdom Come o La Torre de Babel, y en la miniserie de 12 números JLA: Year One (1998) se marcó, con el dibujante Barry Kitson, una estupenda actualización del origen de la Liga de la Justicia en la continuidad posterior al evento Hora Cero. Flash, Green Lantern, Canario Negro, el Detective Marciano y Aquaman son aquí los miembros principales del supergrupo por excelencia de DC, en tanto que pesos pesados como Superman o Batman pasan a un segundo término. Como es habitual, Waid se luce con las caracterizaciones, y Kitson, que mejoraría en años sucesivos, realiza un trabajo notable.

Año Uno es también el título de la inolvidable miniserie sobre los inicios de Robin, escrita por Chuck Dixon y Scott Beatty que cuenta con espectaculares dibujos de los españoles Javier Pulido y Marcos Martín. Los cuatro números que componen Robin: Año Uno vieron la luz originalmente en 2001, y fue una grata sorpresa que Dixon, gran conocedor del universo de Batman, escogiera narrar las aventuras del joven Dick Grayson, es decir, del Robin original, que ya hacía años que se había emancipado del Hombre Murciélago y seguía en la lucha contra el crimen bajo el nombre de Nightwing. En pocas palabras, un tebeo excitante y visualmente delicioso.

Malaga Hoy


La aventura de crear un cuento con Idígoras y Pachi

Los humoristas gráficos de SUR publican ‘El gran libro de los cuentos de los niños y las niñas de Málaga’, una obra que toma como base una selección de historias de los talleres de animación a la lectura y escritura que han impartido a casi 1.300 escolares malagueños

Pachi e Idígoras presentaron el libro con un ejemplo de taller para animación a la escritura. / Ñito Salas

ESTER REQUENA
17 febrero 2017

¿Qué es lo más importante para crear un cuento? «Papel», «lápices», «tranquilidad»... Estas eran las respuestas que siempre se encontraban Idígoras, Pachi y Pablo R. Codes cada vez que con ella iniciaban un taller de animación a la lectura y escritura que, durante el pasado curso escolar, impartieron en trece bibliotecas municipales. Enseguida los niños, de entre ocho y once años, daban con la tecla: «¡la imaginación!». Eso llevaba a la siguiente cuestión: «De todos los habitantes del planeta, ¿quiénes son los que más imaginación tienen?». Los pequeños también tardaban lo suyo en contestar hasta que se daban cuenta que eran ellos mismos, los niños, quienes más fantasía atesoran. Ni los escritores, ni los pintores, ni los astronautas... ni nadie más.

Estas preguntas eran el punto de partida para dar rienda suelta a la fantasía de los pequeños y crear todo tipo de cuentos infantiles. A partir de ahí empezaban los juegos para inspirarles. «Nuestro propósito era sólo el de facilitarles, mediante herramientas, que surgiera la chispa que prendiera sus historias», recordó ayer Idígoras. Y de esas tardes de talleres municipales surgieron todo tipo de cuentos de casi 1.300 escolares de 5º y 6º de Primaria de una veintena de colegios de la ciudad. Una selección de ellos son las base ahora de ‘El gran libro de los cuentos de los niños y las niñas de Málaga’ que, además de las ilustraciones de los humoristas gráficos de SUR, así como Pablo R. Codes (artista e hijo de Ángel Idígoras), incluye los juegos para fomentar la creatividad en casa o en el aula.

La creación de un monstruo e inventarse una historieta sobre él, jugar con los prefijos y sufijos para dar origen a nuevas palabras o las claves para convertirse en guionistas de cómics son la base para hacer volar la imaginación de los más pequeños de la casa. «Son sólo herramientas para crear una situación de la que pueda nacer o desarrollarse un cuento, pero la narración, las aventuras, los conflictos, los viajes, las soluciones, los embrujos... se los debemos por entero a los niños y a las niñas. Ellos son los autores de este libro; nosotros sólo lo hemos ilustrado», puntualizó Ángel Idígoras en la presentación de la obra en la biblioteca municipal Manuel Altolaguirre y en la que junto con Pachi (Pablo R. Codes se encontraba de viaje) realizó un taller para los alumnos de 5º de Primaria del Colegio Hernández Cánovas.

«Territorio infinito»

‘El gran libro de los cuentos de los niñas de Málaga’ no saldrá a la venta al público, aunque sí se encuentra ya en la red de bibliotecas municipales para su consulta así como en distintos colegios de la capital gracias al Plan Municipal de Fomento de la Lectura, como anunció la directora general del Área de Cultura, Susana Martín Fernández, impulsora de la obra.

Ahora ya sólo queda que los niños malagueños sigan dando rienda a su imaginación a través de sus juegos y quizás gracias a ellos salga un escritor o ilustrador, como detalló Pachi. «Y es que la fantasía del niño es un territorio infinito», concluyó Idígoras.


En detalle
Título. ‘El Gran Libro de los cuentos de los niñas de Málaga’, de Idígoras, Pachi y Pablo R. Codes.
Contenido. Un total de 55 páginas con una selección de los cuentos creados en los talleres de animación a la lectura y escritura impartidos por los autores y a los que han asistido casi 1.300 escolares de 5º y 6º de Primaria de 20 centros escolares. También se incluyen los juegos y herramientas para ayudar a los niños a fomentar su creatividad.
Dónde encontrarlo. No se encuentra a la venta, aunque puede consultarse en las bibliotecas municipales y en los colegios.

Diario Sur


martes, 21 de febrero de 2017

MUERTE VIVA.(Segunda parte) Desde el corazón de la oscuridad producido por CHRIS CLAREMONT y BARRY WINDSOR-SMITH

Segunda parte de MUERTE VIVA, una historia de amor.



























Publicado en La Patrulla X/Especial Primavera, abril de 1987, editorial Planeta-DeAgostini, Barcelona.

Antonio Hernández Palacios: cómic, guerra y paz


El sello Graphicomics recuerda la figura del dibujante, autor de la legendaria y frustrada serie 'La Guerra Civil'

JAVIER L. LOZANO

12/12/2016

"Yo he sido como un corcho zarandeado por la corriente, de aquí para allá en medio del huracán, pero en esos momentos no puedes bracear porque te ahogas. Lo importante es dejarte llevar y seguir siendo uno mismo". Antonio Hernández Palacios, el dibujante español que firma la cita nadó entre las circunstancias más crudas: vivió en primera persona la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial, se amarró al dibujo trabajando en lo que saliera y batalló desde el cómic histórico con series como El Cid o Manos Kelly frente a la incomprensión de España, un país del que se acercó y se alejó según las mareas del éxito.Como homenaje a la obra del historietista, que falleció con 80 años en el año 2000, el sello Graphicomics ha elaborado Épica y corazón, un libro que recopila y desantraña sus diversos proyectos dentro del cómic y, como no podía ser de otra forma, se acompaña de multitud de ilustraciones y viñetas procedentes tanto de sus más reconocidas series hasta sus trabajos más inéditos. Carlos Uriondo, uno de los impulsores del proyecto como nos describe a Hernández Palacios como un hombre "humilde en su trabajo, pero no acomplejado. Tanto en el dibujo como en la vida él daba la cara". La persecución por sus intereses le llevó a realizar proyectos osados como la saga de La Guerra Civil, iniciada en 1979 y de la que sólo se terminó cuatro de los hasta 24 tomos que tenía planeados. Aparte del duro trabajo de documentación del que precisó, en aquellas entregas quedaron plasmadas las experiencias personales de su pasado, cuando a los 15 años fue partícipe de la contienda desde el bando republicano. Descubierto por Rafael Alberti, Hernández Palacios realizó carteles de propaganda que retrataban el combate. Su interés por la historia, por presenciarla y estar en ella, hizo que no huyera de aquella experiencia que para siempre lo marcó. Del mismo modo y con la contradicción ideológica que entraña, se alistó en la División Azul y viajó con ella al frío. Él mismo explicó aquella decisión: "Fui porque a mí me ha gustado siempre ser testigo de la Historia y pensé que la invasión de Rusia era algo que tenía que vivir por mí mismo, para conocer la verdad".

Diario El Mundo


Crónica en cómic de un secuestro



En 'Escapar' (Astiberri), Guy Delisle encierra al lector en el cubículo donde estuvo recluido en Chechenia el cooperante francés Christophe André.

DARÍO PRIETO

18/02/2017

¿Cómo sobrevivir con la nada, cuando nunca pasa nada? Guy Delisle (Quebec, 1966) ha contado en cómics el delirio norcoreano (Pyongyang) o el laberinto palestino (Crónicas de Jerusalén), pero cuando se planteó Escapar (Astiberri), el reto era distinto: relatar el secuestro del cooperante francés Christophe André a lo largo de los 111 días en los que estuvo retenido en Chechenia, pero hacerlo sin recurrir a explicaciones sociopolíticas. Sólo el punto de vista del secuestrado, encadenado día y noche a un radiador salvo el tiempo para dos comidas y una visita al baño diarias, sin conversación, lectura ni entretenimiento."Me gusta trabajar con pequeños detalles", explica Delisle sobre el cómic que acaba de presentar en España. "Y sabía que este trabajo sería un montón de pequeños detalles, porque cuando Christophe me estaba contando la historia, me pareció fascinante. Pensé que si dibujaba exactamente lo que decía, el lector estaría igual que yo cuando escuchaba su relato. Estaba seguro de que la gente quería saber cómo iba a acabar el secuestro, si sobreviviría o qué. Así que me centré en los detalles; no quería dejarme nada fuera y eso se nota en la cantidad de páginas que tiene el libro".Los captores de André, que pidieron un millón de dólares por él, apenas hablaban inglés y él no sabía checheno, por lo que el extrañamiento y el aislamiento aumentan a medida que van pasando los días. "Es un ciclo loco", explica Delisle. "Quería que, incluso si pasaba rápidamente las páginas, el lector siguiese clavado en aquella habitación. Conseguir de alguna forma esa sensación física". También le interesaba "mostrar que el tiempo puede ser muy, muy largo. De ahí que el libro invierta tanto en ese primer día de secuestro. Hubiese sido más fácil poner un rótulo de 'dos semanas después' y mostrarle más cansado y con la barba más larga. Pero mi intención era que el lector tuviese una inmersión, que sintiese lo que Christophe siente y le acompañase todo el tiempo. Y esa repetición es importante, porque es ahí donde las pequeñas variaciones toman importancia. Un día se olvidan encadenarle y, aunque su habitación está cerrada, el hecho de poder pasearse y tocar la pared contraria es toda una aventura". Delisle respeta a Joe Sacco, aunque dice que este trabajo está muy alejado del cómic-periodismo que practica éste. "Esto sucedió tras la Primera Guerra de Chechenia. Pero no quería tratar el contexto histórico ni la situación socio-política, porque quería centrarme en Christophe. No importaba si hubiese sido secuestrado en Colombia o en México: para mí la situación sería la misma. Él nunca sabe quiénes son secuestradores, y todavía hoy sigue sin saberlo".

Diario El Mundo



Certezas en la historia

Estudiar el pasado supone salir del tiempo actual para poner sentido en la narración de los que fue y ya no es

SANTOS JULIÁ
Madrid 16 OCT 2016
Maa’t, diosa egipcia de la verdad.   GETTY IMAGES

Desde que existe, el oficio de historiador consiste en investigar y documentar actos, hechos, vidas, acontecimientos, instituciones, procesos, costumbres, mentalidades, culturas y, con más ahínco en los últimos años, representaciones o historias que se han contado como memorias del pasado. Esa es la primera tarea del historiador: indagar, documentar; eso es lo que le mueve a salir de casa, abandonar el tiempo que le ha tocado vivir, para adentrarse en un país remoto y extraño en busca de las huellas de lo que un día fue y ya no es, del pasado. El de historiador es un oficio para gente curiosa, capaz de salir de sí misma, gente que quiere saber cosas que la experiencia de cada día no le ofrece, quiere saber lo ocurrido en un tiempo que fue y a unas gentes que ya no son.


No hay historiador que no sienta pasión por los hechos del pasado. No es la misma que también puede sentir un policía, un juez, un político, un legislador, que orientan sus miradas sobre actos del pasado para encontrar al culpable de un crimen, emitir una sentencia o usarlo para imponer una creencia o una memoria con el propósito de legitimar su poder; tampoco es la de un memorialista. El historiador no es juez, ni policía, ni político legislador, como no es un gestor de la memoria: no sale en busca del pasado más que con el propósito de documentar, interpretar, comprender, explicar, desentrañar tramas de significado, representar; en definitiva, conocer lo que ocurrió y narrarlo en la plaza pública. Cuando lo logra, es porque ha mantenido como marca distintiva de su oficio lo que Marc Bloch llamó despojo del propio yo como condición de penetrar en la conciencia extraña, separada de él por varias generaciones.

Sin duda, el historiador no puede prescindir de lo que es, de su mirada, de su lengua, de sus experiencias, de su ideología o de su visión del mundo, de su presente, en fin. Es consciente de que el pasado se construye en el presente, y va a su trabajo equipado con todo lo que le constituye en un ser de un tiempo y de un lugar determinado.

Como escribía otro historiador, también judío, Josef Hayim Yerushalmi, lo que le mueve a indagar en el pasado es la pasión austera por el hecho, por la prueba, con la intención única de que nada del pasado se pierda, de interferir en la menor medida posible en las voces que le llegan de otro tiempo. Es esa austeridad o sobriedad, entendida en el sentido de no poner su narración al servicio de nada que no sea el conocimiento de lo que fue y ya no es, lo que le obliga a abrir los oídos para no perder ni un matiz, ni un susurro de las voces que le llegan del pasado.

Cuando comienza su trabajo, no sabe lo que va a encontrar y permanece abierto a cualquier eventualidad. La sorpresa del hallazgo es parte fundamental del placer de este oficio: tropezar con algo no esperado, que obliga a modificar o reelaborar o enriquecer hipótesis, a darles mayor profundidad, a situar lo que ha descubierto en un contexto inacabado, a formular nuevas preguntas, a comenzar y recomenzar una y otra vez en un apasionante trabajo sin fin porque al cabo la verdad nunca es una posesión sino un horizonte.

Tras la indagación, habrá que elaborar lo hallado para que hable: “la historia nunca es mera crónica de hechos, sino un intento de reconstrucción espiritual y humana”, decía Pere Bosch Gimpera en 1937. Y los autores del diccionario de autoridades ya sabían, a mediados del siglo XVIII, que la historia es una “relación hecha con arte: una descripción de las cosas como ellas fueron” y que “el primor de entretejer los sucesos a fin de que parezcan los unos digresiones de los otros, es la mayor dificultad de los historiadores”. Dificultad porque lo que enseña la práctica de este oficio es que, como respondieron Perry Anderson y Carlo Ginzburg a Hayden Waite, la representación tiene límites exteriores a ella: los hechos documentados que imponen una trama en la que nada de lo encontrado se puede suprimir, esa supressio veri que marca indefectiblemente los relatos de memoria cuando olvidan o borran aquello que daña el fin para el que se recuerda, como Stalin suprimiendo a Trotsky de la foto para así imponer la memoria de la revolución sobre la que él construía su poder absoluto.

De manera que la narración en la que el historiador presenta en el espacio público el resultado de su indagación es siempre una recreación, una invención, como también lo es una novela, una película, un monumento: no hay forma de representar el pasado que no sea invención del sujeto que narra. Pero esa invención, para ser historia, para que aspire a narrar el pasado tal como fue, tiene que sentirse en todos sus pasos severa, firmemente constreñida por los hechos investigados y documentados, esto es, por eso que hoy no goza de buena fama, lo real como distinto del sujeto, una realidad que está ahí, fuera del texto, que solo percibimos cuando nos ponemos a la escucha de las voces del pasado y que impone una constricción a nuestra libertad de intérpretes, una disciplina narrativa, no para luego esgrimir la verdad como un trofeo al fin conquistado, sino para avanzar en el camino de su búsqueda.

En tiempos que ahora suenan lejanos, C. Wright Mills escribió que el historiador representa la memoria organizada de la humanidad, y que esa memoria, en cuanto historia escrita, es enormemente maleable. Que lo sea no impide que únicamente sobre hechos registrados pueda elaborarse una narración verídica que es a todo lo que puede aspirar el historiador. Cierto, nadie tiene el monopolio del pasado, no lo tiene el historiador, tampoco los gestores de memoria ni los constructores de identidades. Tony Judt decía a Timothy Snyder que de esas dos hermanastras que son la memoria y la historia, ésta era hoy la menos solicitada del baile, aunque, antes o después, el péndulo oscilaría hacia el otro lado: la historia como disciplina narrativa sólida volverá, pensaba Judt. De hecho, nunca se ha ido y nunca se irá porque de ella depende que nada de lo ocurrido se borre para siempre. Por eso, quizá la figura ideal de nuestra relación con el pasado, la que define a una sociedad que cultive una conciencia de sí crítica y, por la misma razón, abierta al futuro sea, como escribió el último Paul Ricoeur la de “una memoria instruida por la historia y frecuentemente herida por ella”.

Santos Juliá es historiador. Su último libro publicado es Nosotros, los abajo firmantes. Una historia de España a través de manifiestos y protestas (Galaxia Gutenberg).

miércoles, 15 de febrero de 2017

Jiro Taniguchi, el dibujante que rompió las barreras del manga

El autor japonés, fallecido el sábado, supo convertir historias cotidianas en universales con un dibujo perfecto

GUILLERMO ALTARES

Madrid 14 FEB 2017



Plancha de 'El gourmet solitario', de Jiro Taniguchi (Astiberri)

Jiro Taniguchi, el dibujante japonés fallecido el sábado a los 69 años, fue el principal divulgador del manga fuera de su país y un autor que logró dotar a sus tebeos de una poesía de la vida cotidiana que cautivó a millones de lectores en todo el mundo. Una visita a un cementerio, un paseo junto a un río, una conversación en la yerba, un cuenco de ramen... Cualquier cosa se convertía bajo los trazos de este artista en una experiencia estética y vital única.


Fue también un autor de mangas de aventuras, muy populares en su país, pero su gran salto creativo y estético se produjo con obras como El gourmet solitario, Barrio lejano, El almanaque de mi padre, El caminante o Los años dulces. Taniguchi era un dibujante minucioso, que nunca utilizó ordenador, y supo reflejar las calles del Japón actual, pero también la historia de su país. El Festival del Cómic de Angulema, que le rindió un homenaje en 2015, le definió como "el más transversal y ecuménico" de los dibujantes japoneses por su capacidad para unir diferentes tradiciones de tebeo sin abandonar nunca el manga.

Ninguna obra resume su estilo de una manera tan precisa como Barrio lejano, que Ponent Mon reeditó recientemente (junto a Astiberri es la editorial española en la que se encuentran la mayoría de sus tebeos). En Francia su éxito fue tan contundente que se realizó una versión cinematográfica y una obra de teatro. Relata la historia de un hombre que se confunde de tren, en un acto fallido que le lleva a la ciudad de su infancia. Decide, ya que está allí, acercarse al cementerio donde reposa su madre. Se queda dormido y, cuando despierta, ha regresado a su adolescencia, aunque conserva todos los recuerdos de un adulto. ¿Conseguirá cambiar lo que entonces salió mal?




Taniguchi en su estudio en Tokio en 2012. KARYN NISHIMURA-POUPEE AFP

El tebeo es a la vez una reflexión sobre los recuerdos y los remordimientos, un cómic fantástico —puesto que implica un viaje en el tiempo— sin fantasía y una magnífica recreación de Japón en dos épocas diferentes, cuidada hasta los más mínimos detalles. Es una de esas raras obras maestras a la que se puede volver y una otra vez. Sus mangas ofrecen un viaje temporal similar: sin quererlo, nos enfrentan con nuestros propios recuerdos, gracias a la profunda empatía que emanan.

Cuando anunció el sábado su fallecimiento, la editorial francesa Casterman emitió un comunicado en el que aseguraba que "el humanismo que marcó su trabajo resultará muy familiar a sus lectores, pero el hombre en sí era mucho menos conocido, porque su carácter era muy reservado y quería que su trabajo hablase por sí mismo". Esa humildad queda reflejada en sus viñetas y en sus historias, en la precisión cristalina de su trazo y en su capacidad para hacer que sus lectores se metan en el pellejo de unos personajes.

"No sé por qué he tenido tanto éxito fuera de Japón", reflexionaba en 2012 en una entrevista en Tokio con la agencia AFP. "Quizás porque mi trabajo se acerca a los cómics occidentales, que seguí durante más de 30 años y que han influido mi subsconsciente", agregó. La misma agencia citaba al dibujante Vincent Lefrançois, un comiquero francés residente en Japón que ha adaptado alguna de sus obras: "El ritmo de su narración, su trazo realista y puro, su economía de medios, su énfasis sin caricaturas permitieron que muchos lectores occidentales superasen los prejuicios sobre el manga".

Nacido en Tottori, en el sur del país, en 1947, dos años después del final de la II Guerra Mundial cuando Japón se estaba recuperando de una destrucción total, era imposible que su obra no reflejase la historia contemporánea, pero lo hace de forma sutil, mucho más a través de sus personajes que de tesis. Sus protagonistas tratan de adaptarse a un mundo que cambia demasiado rápido y también a los profundos e implacables códigos sociales japoneses.

El almanaque de mi padre (Planeta) es seguramente su cómic que mejor refleja la transformación de Japón durante la posguerra, a través de la historia de una familia, pero los dos tomos de El Gourmet solitario (Astiberri) describe con fidelidad el Japón actual. La historia no puede ser más sencilla: relata las comidas de un viajante de comercio, glotón, que siempre se ve obligado a comer en sitios diferentes. Aparte de dar una lección inolvidable de gastronomía, Taniguichi describe todas las normas que rigen la comida en Japón, la relación entre los clientes y los cocineros y artesanos, pero también el delicado equilibrio entre los ingredientes. Lo que parece sencillo nunca lo es, ni en la vida ni en la obra de ese maestro inolvidable de los tebeos.


El dibujante español que llevó a Marvel a la quiebra

 Pasqual Ferry entró en la editorial en plena crisis. 20 años después, su carrera está llena de éxitos

ENEKO RUIZ JIMÉNEZ

Madrid 15 FEB 2017




Ilustración de 'Alice'.

Pasqual Ferry (Barcelona, 1961) llevó a Marvel a la bancarrota. "Supera eso". Esa es la broma que hace el dibujante de cómic sobre el momento en el que cumplió uno de sus grandes sueños. Porque, aunque Ferry, junto a Carlos Pacheco y Salvador Larroca, fuera, a mediados de los noventa, uno de los primeros españoles en entrar por la puerta de las oficinas neoyorquinas del famoso bullpen, lo hicieron en un momento complicado: en plena quiebra de una de las mayores editoriales del mundo: "Nada más firmar el contrato, empezamos a recibir cartas de abogados citándonos a los tres. No sabíamos de qué nos hablaban. Cada Navidad despedían a cientos de personas. Los editores no duraban ni meses. Pero, eso sí, si entonces una colección vendía 50.000 ejemplares, la cancelaban. Ahora te besan la rabadilla si llegas", reflexiona Ferry en uno de los momentos de tranquilidad entre firma y firma de la última Expo-cómic de Madrid.




Unos 20 años después, y aunque le costó un tiempo que reconocieran su trabajo, Ferry siente que ha "alcanzado el éxito": "he aprendido, he ganado dinero haciendo cómics —algo inaudito—, he sido reconocido y respetado...", ratifica. El artista ha cumplido metas que parecían inalcanzables para un español que compraba los tebeos en el quiosco de su barrio. Ha dibujado a la Patrulla X, Superman, Thor, los Cuatro fantásticos, Héroes de alquiler y El Juego de Ender. Hoy, sin embargo, ha perdido cierta pasión por esos tebeos de superhéroes que veneraba en su infancia. Todavía hace portadas o algún encargo puntual para "las grandes", pero sus metas están en un terreno más personal. El dibujante acaba de lograr financiación mediante crowdfunding de su próxima aventura en viñetas: Alice, una historia que mezcla la fantasía de la niña de Lewis Carroll con física cuántica, mundos paralelos, robots y un drama familiar. La idea, como otras muchas, rondaba su cabeza desde hace una década, pero solo ahora, ya más maduro, la ha podido germinar. Una aventura que, además, le deja volver a sus orígenes como guionista, trabajo mucho más difícil de lograr al otro lado del charco.

 Reconoce que esta decisión de probar con el micromecenazgo nació también de una necesidad: "Mi ritmo bajó por circunstancias editoriales y personales. Ahora me podía permitir no trabajar con esas fechas de entrega tan duras. Así que lo tenía claro. Dije: Tengo 55 años, y ya no soy ni un joven aunque tampoco un viejo; o lo hago ahora o me iba a pasar la vida pensando que lo tenía que haber hecho. Pero ¿qué editorial iba a quererlo? Decidí invertir en mí mismo. Y así empezó. En un principio era un cómic digital, pero estaba empeñado en verlo en papel. El objeto sigue siendo importante". Entonces surgió la posibilidad de colaborar con la editorial Spaceman, que le ofrecía también ventas internacionales: "No me importaba vender poco en cada país, pero quería crear mercado. Yo podía escribir, entintar, colorear, rotular... pero hacer de editor se escapaba de mis posibilidades. Ellos me cubrían esa necesidad y me convencieron de este cauce".





El objetivo que se pusieron fue recaudar 40.000 euros, y, aunque no llegaron a esta abultada cifra, la propia editorial puso lo que faltaba. Ferry ya tiene terminado el primer capítulo de los cuatro que forman una aventura de 200 páginas que llegará a las tiendas en marzo de 2018 y cuyo centro temático es la familia. "Al ponerme a ello ni siquiera tenía claro el tema, pero los guiones, según tu madurez, cobran vida e incorporas vivencias y detalles".

Esta técnica de recaudación ha llevado a Ferry a un mundo ajeno a su trabajo hasta el momento, abriéndole puertas de aspectos empresariales que desconocía: "Esto demuestra cómo ha cambiado la industria. En mis inicios no había Internet, ni móviles, ni aviones", ironiza: "Hasta ahora, había un dominio total de la editorial. Luego apareció el editor aficionado, que no esperaba dar un pelotazo ni pagar adecuadamente. El crowdfunding abre puertas de muchas cosas. Y la posibilidad de dar tu trabajo gratis y dejar que la gente pague también funciona. El público es agradecido".




"Los editores tendrían que plantearse más estos nuevos métodos. Ya no te necesito, no tengo que venir a tu oficina. Sin este soporte, este cómic no se habría hecho", explica Ferry, que no esconde su hastío sobre cómo se hacen los cómics de superhéroes hoy. Ya no le motiva como antes: "Quizás los de ahora ya no me gusten tanto. Me he vuelto un carroza. Los diseños copian demasiado a las películas, cada vez más recauchutados y menos simples. Como autor completo, lo que quiero hacer es estar al servicio de una historia que me apasione. Las de superhéroes me han dejado de apasionar. Siempre es igual: una amenaza, el malo, muere o no muere, peleas... Es monótono. Tenía un guionista que me decía: Pasqual, quiero seis páginas de peleas, tú ya sabes lo que hacer". No es ajeno tampoco a las dificultades del mercado actual. Y, pese a su posición en la industria, lo entiende: "El enemigo de los cómics son las películas y los videojuegos. No puedes gastar tres dólares para que no te impacte nada y leerlo en minutos. Compras un videojuego de segunda mano y recibirás muchas más horas e impactos. Y los cómics son ya parte de las películas, y no al revés. No han mejorado su salud ¿Qué puedes ofrecer que supere eso? El forofo de cómic de superhéroes es ya alguien viejete. Lo ves en las convenciones. Son de mi edad".




Ferry reconoce, aun así, que se lo ha pasado "muy bien" dibujando superhéroes, incluso aunque fueran los personajes menos conocidos, como Adam Strange, los que más satisfacciones le dieron: "Con Thor, por ejemplo, yo empezaba a estar cansado de la industria. Por fin me iban a dejar dibujar a Spiderman, mi sueño, pero el editor Joe Quesada me dijo que la película del dios del trueno iba a ser un pelotazo y que la serie triunfaría al coincidir, que era mi oportunidad. Al final fue uno de los trabajos menos inspirados del guionista Matt Fraction. Cuando te venden algo tan bien, todo saldrá mal. En cambio, después de dibujar Superman, que fue un fracaso, pedí a DC dibujar Adam Strange. Solo quería pasármelo bien. Y esa fue la primera vez que me entinté y comencé a utilizar los grises. Ese cómic, más pequeño, aumentó mi caché y mi estatus. Y la jugada me salió bien. Marvel me hizo un contrato en exclusiva".

Esos altibajos, o "puntuales picos de éxitos" como él los llama, sirven a un autor tan personal y reconocible de un vistazo como Ferry para describir toda su carrera: "Ultimate Iron Man y El Juego de Ender de Orson Scott Card fueron durísimos, pero muy gratificantes. Pero al final, todos los guiones me parecían similares y no sabías cuándo algo era bueno". Ferry, además, siempre buscaba hacer una aportación extra a esa narración, añorando su labor como guionista que llevó a cabo en España como humorista en El Jueves o Pulgarcito y con historietas de adultos como Crepúsculo (1989) y Agorafobia (1990): "Yo quería aportar un relato claro, subrayar escenas, crear un decorado, diseñar y dar énfasis a cosas rompiendo viñetas. Por eso me sigue gustando más el guion antiguo no tan minucioso, donde el dibujante podía aportar más. Scott Card, por ejemplo, no sabía visualizar bien. Tenía la idea del literato. Y eso no es fácil de cambiar".




Lejos queda hoy ese epíteto que se colgó en su juventud. "El dibujante Tha siempre se jactaba de haber hundido el TBO, a lo que yo también contribuí. En España no hacíamos más que cerrar editoriales". 20 años después de la quiebra de Marvel, Ferry puede seguir bromeando con el hundimiento de Marvel, aunque, en realidad, junto a sus coetáneos y exitosos amigos, lo que hizo (además de buenos tebeos) fue romper un techo de cristal para varias generaciones de dibujantes europeos que comenzaron a llegar en tropel a la oficina donde en su día colaboraron Stan Lee, Jack Kirby y Steve Ditko. Algo a todas luces inalcanzable. Todavía hoy le brilla la cara al hablar de ello: "Pedías una plumilla, y te metían en un cuarto lleno de plumillas; te encontrabas a Frank Miller en un ascensor; llenabas convenciones... Y cuando renovabas un contrato, te trataban como una estrella. Éramos niños viviendo un sueño".

 El Pais