martes, 2 de agosto de 2016

Monumento ilustrado a la nostalgia


El célebre dibujante Seth analiza su trayectoria, el mundo de los cómics y su amor por el pasado en su primera entrevista con un medio español

TOMMASO KOCH

Madrid 26 JUL 2016

Una viñeta de 'Un verano en las Dunas'. SETH

Seth siempre lleva sombrero. Un elegante fedora, en concreto. Calcula que nunca ha salido de casa sin él en décadas. De la misma manera, el dibujante vive trajeado, su hogar luce decoraciones de antaño y su garaje hospeda un coche vintage. Queda claro por qué le llaman “el artista de la nostalgia”. Aunque su defensa de la morriña no se limita a la apariencia. “Soy una persona muy nostálgica. Debo de tener algún gen de eso. Vivo en una especie de burbuja, flotando hacia pensamientos del pasado”, responde en un correo electrónico. De hecho, no sale a menudo de ahí. Ni mucho menos para dar entrevistas. Tanto que esta es su primera para un medio español.

Inéditas en España eran también sus primeras historietas. Pero la editorial Fulgencio Pimentel ha buceado en el pasado del dibujante del pasado. Y ha sacado a la luz Un verano en las Dunas, un volumen que reúne dos tebeos que Gregory Gallant (Clinton, 1962) realizó antes de convertirse en uno de los historietistas más apreciados del planeta. Pese a su amor por lo que fue, Seth no había releído estas obras: “Solo vería los fallos. He aprendido que un artista a menudo es el peor juez de su propio trabajo. Está demasiado cerca. Es como mirar una foto embarazosa de uno mismo”.

Además, los episodios de Un verano en las Dunas son ya bastante incómodos de por sí: Seth relata cómo perdió la virginidad con la mujer de su entonces jefe y la primera vez –hubo una segunda- que le pegaron por su aspecto. “¡Como heterosexual, me han atacado por la calle por homofobia más que a mis amigos gays!”, destaca. Pero el libro sirve sobre todo para descubrir los comienzos del hombre que lanzaría cómics clave como La vida es buena si no te rindes o Palookaville. Ahí están los gérmenes de su dibujo estilizado, sus pequeñas historias de vida cotidiana, su humor amargo y todas las peculiaridades de un tipo tremendamente distinto.

El dibujante Seth.

“Me gusta arrastrarme por casa y sentirme melancólico. A menudo me decepciona la cultura contemporánea pero me puedo retirar en mi pequeño mundo y escaparme. Estoy muy agradecido de haber vivido en la era anterior a la penetración de Internet”, asegura. Seth cuenta que huye de la conexión constante, las opiniones masivas o la tecnología. Tanto que una de sus actividades favoritas es encerrarse en su estudio y desaparecer. “La Red te grita para mantenerte distraído. Corta tu vida interior al tenerte ocupado todo el tiempo”, añade.

Su filosofía se resume en “un empeño en estar fuera de la era moderna”. No se trata, aclara Seth, de añorar un pasado más feliz. De hecho, está en la mejor época de su vida. Simplemente, todo lo que se cocía “entre los veinte y los sesenta” le atrae mucho más. Y propone un ejemplo singular: “Me gusta cierto formalismo en la ropa y en los modales. Nuestra era es muy informal. Todos parecen obsesionados con la autenticidad, y con que para lograrla sea necesario no hacer esfuerzos. Qué idea más rara, como si cualquier cosa fascinante ocurriera por casualidad”.

 Desde luego, sus cómics son el caso opuesto. Le exigen muchísima dedicación y todavía más tiempo. “Soy tan lento en los tebeos que podrían no ver nunca la luz”, afirma. Seth reconoce que ha estado “obsesionado” con las historietas durante 40 años. Y ahora, al parecer, ha ampliado su abanico artístico, con pequeñas esculturas, impresiones y diseños. Eso sí, sigue amando su oficio principal: “La mejor parte de ser historietista son la soledad y la autonomía. Nadie te dice qué hacer o cómo hacerlo”.

Hablando de los tebeos, por una vez, el artista se lanza a una oda al presente. “Es una época dorada para los cómics artísticos. Están mejor que nunca. Me encanta la obra de Michael Deforge, Nick Dymstra, Ethan Rilly o Kevin Huzinga ”, afirma Seth. Todos, eso sí, dibujantes alternativos. En cuanto al grueso de la industria, el veredicto es opuesto: “Los tebeos mainstream son horribles. No puedo ni mirarlos”.

Otra de las páginas de 'Un verano en las Dunas'. SETH

Ya puestos, Seth les pega un bofetón también a los superhéroes. De pequeño era un lector ávido de sus historias. Todavía tiene estanterías llenas de esas obras, “inocentes y dirigidas a estimular la fantasía de los niños”. Hoy, sin embargo, cree que aquellos grandes mitos se han rendido: “Todos esos viejos y dulces personajes han sido arruinados. Los superhéroes de los cómics de ahora me repugnan. Parece fetiches más que otra cosa. Son parte de ese mundo infantilizado del que me mantengo lejos”.

Aunque el primer ministro de su país, Justin Trudeau, ha sido retratado hace poco como un superhéroe en un cómic. En un mundo que premia egoísmo y populismo, un político feminista que acoge refugiados y lucha por las minorías parece venido de otro planeta. ¿Qué opina Seth de él? “Me gusta mucho. Aunque era todavía mejor su padre, Pierre Trudeau [quien también fue primer ministro de Canadá]”. Es imbatible: es el pasado.

UNA LISTA PARA EL ORGULLO
¿Qué es lo que más le enorgullece de su carrera? "Es difícil contestar. Diría que el simple hecho de que, cada vez que publican una lista, se me considere uno más entre los mejores historietistas de mi generación. Aparecer junto con Chester Brown, Daniel Clowes, Adrian Tomine, Julie Doucet, Chris Ware, Ben Katchor, Joe Matt, Charles Burns y muchos más es muy gratificante". 

El Pais


domingo, 31 de julio de 2016

Cuatro genios condenados a cambiar la historia

El célebre matemático Cédric Villani lleva al cómic los dramas de Turing, Heisenberg, Szilard y Dowding, decisivos y castigados por la guerra

JAVIER SALAS

31 JUL 2016
Turing narra en primera persona su desdicha como héroe desconocido y represaliado por ser homosexual.

"En 50 años descubrimos el átomo, la teoría de la información y ahora la genética. El progreso científico ha sido apabullante y no se trata sino del comienzo de la revolución. Pero nada ha cambiado en la mente de las personas. Einstein decía que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Yo añadiría que... Es más fácil quebrar un código secreto que un prejuicio". Alan Turing nos habla así desde su cuarto, momentos antes de suicidarse, roto por la condena que le tenía encerrado y sometido a un tratamiento químico para corregir su homosexualidad. Había sido una pieza decisiva para ganar la Segunda Guerra Mundial al descifrar los códigos secretos nazis, pero su premio era el olvido y la castración.


Una de las páginas de 'Soñadores'.  ASTIBERRI

Turing es uno de los cuatro genios que retrata Soñadores (Astiberri), un cómic que somete a un "careo con su conciencia" a cuatro hombres que fueron determinantes en esa guerra, gracias a su ingenio y su talento para la ciencia. Turing repasa sus logros y desdichas antes de matarse. El físico Werner Heisenberg relata el alivio y la frustración por no conseguir la bomba atómica para los nazis, justo tras descubrir que los estadounidenses ya han lanzado la suya, y mientras resuelve en unas horas el enigma de cómo lo lograron. Su colega Leo Szilard muestra la lápida que lleva sobre sus hombros, por su decisiva contribución a la construcción de esa bomba. Finalmente, Hugh Dowding, el militar que diseñó con la meticulosidad de un científico la batalla aérea para defender Reino Unido de los nazis.

Miles de libros y películas retratan los sacrificios personales de los peones de aquella guerra y el episodio decisivo del desarrollo de la bomba atómica. En los últimos tiempos, por ejemplo, se ha llevado al cine la heroicidad de Turing o se ha narrado el drama cotidiano de la creación de la bomba en la serie Manhattan. Pero este relato es distinto. Plasmado por el dibujo sucio de Edmund Baudoin, uno de los más grandes del cómic francés, y sobre todo relatado por el influyente matemático Cédric Villani, tiene una gran carga espiritual.

Los autores, Baudoin y Villani, conversan y nos adentran en los retos de la humanidad que de pronto cristalizaron en la voluntad de estos hombres. Y ellos mismos piensan en voz alta, en sus bocadillos, contándonos —como hace Szilard— la congoja que se siente cuando descubres, mirando a una pantalla en negro junto a Niels Bohr y Enrico Fermi, que "la bomba era posible".

"En muchas ocasiones, la historia no reconoce sus méritos. Y cuando la acción termina y tienen suficiente tiempo para dejar que divague el pensamiento, ¿cómo se juzgan ellos mismos? Participaron en una gran batalla en la que estuvo en juego la suerte de su país o del mundo entero: ¿se sienten orgullosos, avergonzados, desamparados, resentidos...?", leemos en un pasaje de Soñadores.

'SOÑADORES'




Portada del libro.
Editorial: Astiberri

Precio: 19 euros

Páginas: 192, blanco y negro.

El guion escrito por Villani es capaz de mostrar la responsabilidad que aplastaba a estos científicos y también logra explicar por qué fueron decisivos para que lo entienda cualquiera. Pero con la sensación de que el matemático nos sumerge un poco, aunque sea la punta del pie, en la complejidad de las ideas, fórmulas y diseños que los hicieron irrepetibles. "Construida a tientas, la ciencia, obra colectiva de largo recorrido, hizo milagros, reveló las leyes del mundo invisible y permitió explotarlas", explica.

Villani suele involucrar los sentimientos en sus reflexiones sobre las matemáticas, por eso es tan convincente esta defensa de la ciencia a través de las torturadas emociones sus sufridos héroes. Baudoin está acostumbrado a asomarse a las tinieblas de la realidad y la historia, por ejemplo en su libro sobre los horrores de Ciudad Juárez (¡Viva la vida!, Astiberri), y también a la introspección biográfica, con su trabajo sobre Salvador Dalí.

Juntos han conseguido que sus reflexiones, su conversación, su tinta y sus números, describan la tragedia de ser un héroe mitológico —Turing, como Ariadna y Teseo, hackeando el código del laberinto para matar al Minotauro— en una época en los que los dioses jugaron con la humanidad dejando a su alcance las armas más mortíferas que vieron los tiempos.

El Pais

sábado, 30 de julio de 2016

Hombres de letras

Catherine Meurisse firma un hilarante comic sobre la historia de la literatura francesa

Por Maria Peñil



A la ilustradora Catherine Meurisse le gusta jugar con la historia y sus personajes. Por protección, dice. Así puede esconderse tras los hechos y las palabras de otros. La editorial Impedimenta acaba de editar La comedia literaria, un comic en que la caricaturista de la revista satírica Charlie Hebdo hace un repaso personal e hilarante de la historia de la literatura francesa.




El Pais Semanal nº2.078/ Domingo 24 de julio 2016

Epicuro el Sabio: A caballo del Sol guión: Bill Messner-Loebs dibujo: Sam Kieth


















Publicado en la revista Avance Rápido volumen 1, Editorial Zinco año 1993

HISTORIA DEL DIBUJANTE DE COMIC ESPAÑOL ESCRIBEN Y COORDINAN ANTONIO MARTIN Y JOSEP TOUTAIN


Una exposición serializada, sin orden cronológico, de las vicisitudes, odiseas, éxitos y frustraciones de nuestros profesionales del cómic, dentro y fuera del estado español, descrita por sus propios protagonistas.

La emigración a América

Difícil es encontrar una sola revista de cómics en cualquier país del mundo occidental donde no se estén publicando, o no hayan publicado alguna vez, dibujos de algún artista español. Revistas de gran difusión como Valentine, Marilyn, Roxy, Boyfriend y Jackie (Gran Bretaña, 1958 a 1963), Suplemento de La Religión (Venezuela, 1951), Vampirella, Psycho, Nightmare (Estados Unidos, 1971 a 1974), revistas de la editorial Artima (Francia, 1955), Universus (Italia, 1979) y Bastei Verlag (Alemania, 1979), para citar las primeras que nos vienen a la memoria, incluían en sus páginas únicamente historias ilustradas por dibujantes españoles. Todo esto ha sido debido, no solamente a la gran cantidad de artistas que desde Barcelona, Valencia y Madrid, principalmente, colaboraban para esas revistas de modo directo o a través de agencias, sino por el gran número de emigrantes, casi siempre forzosos, que esta vapuleada profesión ha originado.

Mientras que la emigración de dibujantes a Europa se da en dos momentos históricos concretos (final de la guerra civil y la crisis editorial 1951-53), los emigrantes a América partieron paulatinamente entre las dos fechas siguiendo la corriente de emigración hacia El Dorado, como otros obreros y profesionales de la época. Excepto los primeros, naturalmente, que lo hicieron temerosos de represalias políticas. Argentina, Estados Unidos, Venezuela, Brasil y Chile fueron los países que acogieron mayor número, sino todos. Pero a diferencia de los emigrados a países europeos que, con más o menos dificultades, pudieron seguir desempeñando su profesión, la inmensa mayoría de emigrantes a América tuvieron que pasarse a la publicidad, el diseño o la decoración, por falta de mercado. Argentina (Carlos Freixas y Fernando Fernández), Estados Unidos (Fontseré) y Brasil (Domingo Cervera) fueron pobres excepciones; porque si bien en esos países existía, y existe todavía, un importante mercado para el cómic, los dos primeros daban prioridad a los dibujantes nativos y el tercero importaba casi todo el material de los Estados Unidos o Europa.

Dos emigrantes a América: ALFONS FIGUERAS (Venezuela, desde 1954 a 1963) y RAMÓN DE LA FUENTE (Argentina, 1950 a 1963), nos hablan del tema partiendo de sus propias experiencias.







¡¡AMERICA!!

Ismael Smith, Segrelles, Bartolí, Miret, Les, Tísner, Bosch, Quelus, Guasp, Bofarull, Arteche, Luis d'OI, Alloza, Fontseré, Emilio Freixas, Carlos Freixas, Artur Moreno, Ángel Puigmiguel, Félix Más, yo mismo... Una larga lista de humoristas, ilustradores, historietistas nuestros marcharon al nuevo mundo estableciéndose desde los Estados Unidos hasta Argentina. Podría escribirse todo un libro de las andanzas de esos artistas por aquellas tierras. Casos curiosos de los  que  daré  algunos   pequeños ejemplos:
Segrelles, que marcó un estilo en los "pulps" yanquis con un colorido mediterráneo  riquísimo,   hasta  el extremo de que se pusieron de moda unas corbatas llamadas "Azul
Segrelles".
Miret, que de publicar historietas en el popular Virolet barcelonés, pasó a dibujar en los estudios de la "20th Century Fox" en Hollywood.
Bartolí, dibujante de la "Soli", se convirtió en el mejor ilustrador que jamás haya tenido la celebérrima revista Hollyday.
Bosch, ilustrador de muchas de las novelas Biblioteca Oro de la Editorial Molino y otras publicaciones barcelonesas, pasó a ser uno de los puntales gráficos de revistas como Vogue, etc.
Fontseré, cartelista de la guerra civil, dibujaría cómics "western" para la casa Dell...
¡Oh, la aventura americana!... Ismael Smith, quizá el primero que emigró, un nonagenario fallecido hace pocos años, empezó de dibujante y acabó de maquillador de cadáveres en una funeraria neoyorquina.

Y por lo que a mí respecta, no pude colocar ningún cómic en América... Pero, eso sí, podía ver mis dibujos y tiras publicadas en los periódicos mejicanos, colombianos, uruguayos, etc., comprados directamente en Barcelona a Creaciones Editoriales.

Junto con Puigmiguel, gran genio del cómic, nos hinchamos de trabajar... para la televisión. ¡Hasta de actores si se presentaba el caso! ALFONS FIGUERAS


***

Nuestra aventura americana empezó el 19 de abril de 1950. Con un incesante xirimiri que no cesó en los seis días anteriores al embarque (ese era el plazo previo que se exigía de presentación en Bilbao), subimos al "Monte Urbasa", un barco correo en el que mi hermano Chiqui, un primo lejano y yo, emprenderíamos el viaje hacia el soñado Buenos Aires. Terminado el incesante papeleo, retiraron la escalerilla pero el barco no pudo zarpar aún debido a una violenta tormenta. Por fin, levamos anclas. Al llegar a Argentina, como no llevábamos muestras, lo primero que hicimos fue preparar un catálogo con nuestros trabajos. Y entonces comenzó el itinerario, más bien peregrinaje, por las editoriales bonaerenses con un continuo NO por respuesta. Las plantillas estaban completas y con excelentes profesionales: José Luis Salinas, Divito, Roume, Breccia (poco convincente aún por aquel entonces con su Vito Nervio), Cozzi, Walter Molino, Premiani, Roux, los hermanos Del Castillo... Finalmente encontramos trabajo... en una fundición de acero. Chiqui y yo dibujábamos los modelos de las piezas que se fundían en sus fichas correspondientes. Aquello nos encabronaba más que otra cosa y las historietas que no podíamos dibujar se iban en los márgenes de aquellas fichas de fundición. ¡Cuántos vaqueros, cabalgadas y guerreros se quedaron en aquellas fichas! Recuerdo que Chiqui las llenaba de chicas "a lo Divito". Al cabo de dos años, harto de fichas, volví a dar una batida por las editoriales. El momento no pudo ser más inoportuno: se acababa de ordenar una reducción en el cupo del papel de prensa y como resultado los periódicos y revistas tuvieron que reducir páginas y aumentar precios. La respuesta en todas las editoriales era la misma: no sabían qué hacer con sus dibujantes fijos. Un buen día conocimos a un catalán llamado Plaza relacionado con la Escuela Panamericana de Arte. A través de él empezamos a contactar con la gente del ramo. Allí conocimos al gran Alberto Breccia, que entonces aún no era tan grande, y nos hablaron mucho de otro chico de aquí, llamado Carlos Freixas, el hijo de Emilio, y que era profesor en la Escuela Panamericana, pero no llegamos a ponernos en contacto con él. Con quien más relación tuvimos fue con Arturo Del Castillo y su hermano Jorge, dos grandes tipos. Arturo se hacía historietas interminables para "Intervalo" en sólo tres días: el primero bocetaba todo el cuaderno, el segundo lo pasaba a tinta y el tercero rellenaba los negros. ¡Todo un récord!





Finalmente, conseguí que me publicaran mi primer trabajo en la Editorial Columba, en la revista P.B.T. Se trataba de hacer, a página entera y con el rostro de alguna "starlet" de moda en aquel momento, un dibujo bonito y erótico. Me rechazaron más que me aceptaron, pero iba entrando bastante bien. El día que vi mi primer dibujo publicado, tuve una alegría tan grande que se me olvidó ir a cobrar los diez pesos que me pagaban por él. Cuando había conseguido por fin meter la cabeza en una editorial, tuve que regresar a España por motivos familiares, y Chiqui se encargó de ir cobrando los dibujos míos que se iban publicando en Argentina. Nunca hicimos vida de emigrantes. Aquel 19 de abril de 1950 embarqué en el puerto de Bilbao con 400 pesetas en el bolsillo, y tres años después desembarcaba en Barcelona... con 400 pesetas igualmente. RAMÓN DE LA FUENTE




DIBUJANTES QUE EMIGRARON A EUROPA Y AMÉRICA

Gabriel Arnao «Gabi», Pedro Alférez, Manfred Sommer, Francisco Hidalgo, Josep Toutain, J.M. Fernández Bielsa, J. Ramón Larraz, J.B. Miguel, J. González Vilanova, José Laffond, Batet, Antonio Parras, Florencio Clavé, Jorge Domenech, Julio Ribera, Monzón, Huescar, Juan Arranz, S. Martín Salvador, Arnal, Bartolí, Bofarull, Tísner, Bartolozzi, Ballvé, Sola, Luis Martínez, Enrique Montserrat, Juan Fuster, Luis García, Víctor de la Fuente, Ismael Smith, Segrelles, Miret,  Les, Bosch,  Quelus,  Guasp, Arteche,  Luis D'Ol, Alloza,   Fontseré,   Emilio  Freixas,   Carles  Freixas,   Artur Moreno, Ángel Puigmiquel, Félix Mas, Ramón de la Fuente, Chiqui de  la Fuente,  Manuel Huete,  José  Luis Sagasti, Domingo Cervera, Luis Vigil, y entre los guionistas, Ricardo Acedo y J. Canellas Casals.

La mayor parte de ellos regresaron físicamente, aunque su mercado  sigue  siendo  el  extranjero.   Algunos  difícilmente regresarán jamás:
Hidalgo, Batet, Parras, Clavé, Domenech, Ribera, Monzón, Huescar, Félix Mas, Víctor de la Fuente, «Gabi»...


Publicado en la revista Ilustración + COMIX Internacional nº3 por Toutain Editor, año 1980

jueves, 28 de julio de 2016

Daniel Clowes: “Ya no existe una cultura dominante”

 El dibujante regresa con ‘Paciencia’, mitad ciencia ficción y mitad melodrama, en el que sigue explorando nuevos caminos para el cómic estadounidense

ÁLEX VICENTE
28 JUL 2016 
Imagen del propio Clowes, y la portada de 'Paciencia'.

Hace más de veinte años que Daniel Clowes (Chicago, 1961), personalidad imprescindible del cómic estadounidense, reside en la ciudad californiana de Oakland. El paisaje de fondo que figura en sus cómics se parece sospechosamente al de esta localidad en vías de gentrificación, situada en el extremo este de la bahía de San Francisco, de la que Oakland parece una especie de doble más asequible y menos agraciada. La ciudad es un concentrado de esos Estados Unidos suburbanos, de clase media y sin atributos especialmente memorables, que vuelven a brotar en su último cómic. Paciencia (Fulgencio Pimentel) relata el asesinato del personaje femenino que le da título y aborda la sed de venganza de Jack, su compañero, que utilizará una máquina del tiempo para regresar al pasado y alterar el final de su trágica historia.

Imagen de 'Paciencia', de Clowes.

Pese a virar hacia la ciencia ficción, el dibujante admite que pocas cosas le inspiran tanto como dar una vuelta por barrios como Piedmont o Rockridge, repletos de carteles que piden el voto por Bernie Sanders. “Sería incapaz de firmar un cómic que transcurriera en Nueva York, Londres o París, lugares algo sobrecogedores sobre los que ya han hablado tantos autores. En Oakland conozco las particularidades de todos los barrios y me siento en casa como no me ha pasado en la vida”, explica Clowes. El autor vive con su esposa e hijo en una zona residencial apacible, pero pegada a un cementerio donde descansan glorias locales como el fundador de la escuela pública en California o el primer jugador de beisbol abiertamente homosexual.

En casi cada esquina parece asomar uno de sus personajes, hombrecillos patéticos pero en el fondo entrañables, irascibles e incomunicados, de mentes insanas en cuerpos insanos y decididamente misántropos. Un prejubilado arrellanado en un banco podría pasar por el antihéroe de Wilson, o tal vez por el cuarentón divorciado que protagonizaba Mister Wonderful. En la concurrida Piedmont Avenue, repleta de comercios y restaurantes, abundan los jóvenes taciturnos que pudieron haber inspirado David Boring. Y en el barrio de Elmort, en la vecina Berkeley, dos universitarias observan el vacío desde el otro lado de la ventana de un diner algo decrépito. Lo han adivinado: podrían ser Enid y Rebecca, las cáusticas protagonistas de Ghost World. Con el conjunto de sus obras y la ayuda de aliados como Chris Ware o Charles Burns, el dibujante ha logrado alterar el rumbo de la viñeta estadounidense, muy sujeta a los superhéroes y las tiras cómicas, hasta elevarla a la categoría de novela gráfica. Una denominación, por otra parte, que Clowes siempre ha aborrecido. “Cada vez que oigo esas palabras, me entra un dolor de barriga visceral”, admite el autor. “Es un nombre estúpido, aunque los propios dibujantes tuvimos la oportunidad de encontrar uno mejor y no lo logramos. Yo prefiero llamarlo simplemente cómic”.

En su último volumen no falta su habitual humor negro ni su cinismo existencial, aunque también sobresalga en él una inhabitual carga sentimental. Paciencia es pura ciencia ficción, pero también un melodrama en toda regla, que parece dar a entender que el afecto es el único motor vital que acabe sirviendo de algo: un auténtico exotismo en la obra de Clowes. “Un viaje mortal por el tiempo y el espacio hasta el infinito primordial del amor eterno”, define el propio autor desde la contraportada del libro. No está claro si lo hace con sorna. “Trabajé sin saber cómo quedaría. No era consciente, en todo caso, de haber firmado un libro feliz e inspirador. Y, de todas formas, todo eso es muy relativo: todavía hay muchos lectores que me siguen encontrando cínico y oscuro”, relativiza.

Imagen de 'Paciencia', de Clowes.

De todas formas, Clowes nunca ha estado de acuerdo con quienes solo logran distinguir nihilismo y misantropía en sus páginas. Pero sí concede, tras insistir un poco, que algunas experiencias recientes han logrado moderar su cáustico punto de vista sobre la existencia, que ahora cree que también respondía a una pose adolescente. La primera fue una operación a corazón abierto, hace una década, durante la que descubrió ser “una persona más valiente de lo que creía”. La segunda, en 2008, fue la muerte de su padre, que se marchó pocos días antes de poder ver a su hijo firmar su primera portada para The New Yorker, esa consagración simbólica para todo dibujante estadounidense. La tercera fue tener un hijo, Charlie. “Es algo que altera profundamente tu identidad. Inevitablemente, te preguntas qué quieres enseñarle y qué tipo de ejemplo deseas ser para esa persona”, afirma. “A los 25 años, tenía una visión de mi mismo que no correspondía a quien soy en realidad. A partir de cierta edad, uno deja de protegerse tras una fachada. Ahora tengo claro quién soy, qué me interesa y cuáles son mis valores, incluidos los estéticos”.

El futuro que Clowes dibuja en su libro es un conglomerado de seres alienados, pantallas inteligentes y cuerpos sexualizados. Un porvenir, por tanto, que no es más que una versión ligeramente exagerada de nuestro presente. Alérgico a la digitalización imperante y a las redes sociales, el autor se dice perplejo ante los cambios que experimenta el mundo, así como el propio sistema cultural. “Cuando crecí, la cultura mainstream lo invadía todo. Era un monocultivo muy oprimente. Incluso las películas independientes estaban producidas por los grandes estudios. Existía una cultura underground muy interesante, pero a la que era muy difícil acceder. Hoy sucede lo contrario. Invéntate una afición y búscala en Google: seguro que existe un grupo de apasionados por lo mismo”, dice Clowes. “La contracultura se ha diluido. Para lo bueno y para lo malo, ya no existe una cultura dominante como la hubo en otra época. Puedes vivir sin televisión o escuchando solo la música que te gusta. Por ejemplo, no he escuchado una canción de Beyoncé en la vida. En los ochenta, en cambio, hubiera sido imposible evitarla”.
Imagen de 'Paciencia', de Clowes.

Pese a su cambio de perspectiva vital, Clowes sigue pareciéndose bastante a sus personajes: no logra entender el interés de conformarse a la norma o de pertenecer al grupo, que muchas veces le parece más bien un rebaño. Sus viñetas no traducen el reverso agridulce del sueño americano. Más bien hablan de quienes ni siquiera empezaron a fantasear con él. Su misión ha consistido en criticar el dogma de la sonrisa perfecta y el optimismo obligatorio, como muchos artistas judíos desde la posguerra estadounidense. “En realidad yo no tengo orígenes judíos. O, para ser más precisos, los tengo pero no los descubrí hasta que fui bastante mayor”, confiesa. “Mi abuela era judía, pero fue tan discriminada por serlo durante su juventud en Texas que decidió ignorar que lo era y nunca nos habló de ello”. Pasados los veinte años, descubrió la verdad. Entendió entonces por qué le gustaba tanto Mad Magazine, la revista satírica que ridiculizaba la cultura oficial y la sociedad de consumo, liderada por dibujantes judíos. Escuchó también el eco de los mitos hebreos en los cómics de Marvel que devoraba de niño. Pero descubrir esa filiación no cambió demasiado las cosas. “Conecto con esa cultura a un nivel secular, pero mi aversión a la religión me ha impedido ir más allá”, concluye Clowes.


El Pais

miércoles, 27 de julio de 2016

Leo Verdura (II) por Rafael Ramos Morales


























Publicado en El Pais, en el suplemento El Pequeño Pais.


El Roto Reflejos de modernidad


 Muy probablemente usted desayuna todos los días con el diario sobre la mesa. Da un bocado al croissant, bebe un sorbo de café con leche y pasa una página tras otras del periódico, deteniéndose en unos cuantos titulares y en unas pocas noticias desarrolladas.

A estas alturas, con varias páginas detrás, con casi toda seguridad usted lleva encima un enfado considerable. No news, good news dice el viejo proverbio periodístico y hace unos cuantos años el gran Sánchez Ferlosio abundó: "Los diarios son realmente estimulantes. No conozco nada mejor para cabrearse".

Entonces, si usted lee El País, para cuando llega el momento de enfrentarse -la palabra, sin duda alguna, portantes motivos, es enfrentarse- a la viñeta de El Roto, debería tener el estómago ya acostumbrado a los malos tragos.

Pero no. El Roto, que nació Andrés Rábago allá por 1947 en Madrid, siempre consigue atragantarnos el café, el croissant y lo que tengamos a bien llevarnos a la boca. El Roto-pocas misiones más nobles para un periódico o un periodista- consigue que detengamos la lectura, que respiremos hondo y reflexionemos por un momento acerca de cuánta verdad, cuánta violencia, cuánta absurdez, encierra ese pequeño pero tremendo fogonazo en forma de viñeta: unos cuantos trazos, unas pocas líneas.

Ahora El Roto ha recopilado una nueva antología de sus dibujos diarios, que responde al título de Vocabulario Figurado, y ha decidido recibirnos -en una rara deferencia como hemos podido comprobar después- en su estudio madrileño, con la mesa de dibujo esperándole y un caballete a pocos metros que carga un cuadro a medio hacer.


En el prólogo del libro, Luis Goytisolo señala que si bien las viñetas la mayoría de veces van orientadas a buscar la risa, las suyas normalmente espantan...
Yo no creo que las viñetas necesariamente tengan que producir gracia. La sátira en concreto, que es el trabajo que yo realizo, sólo participa de lo que podíamos llamar humor en algunas ocasiones, no siempre. Portante lo que pretende no es provocar hilaridad sino más bien ayudar a la reflexión o ayudar a la puesta en cuestión de lo que se entiende como establecido.

¿Cómo elige los temas a tratar?
Normalmente tomo nota de historias que me interesan y que la mayor parte de las veces no tienen que ver con hechos inmediatos. Me interesan los temas a medio y largo plazo, sobre todo, los temas de fondo, no los de superficie.

Su trabajo, más aún en el libro donde cada viñeta va titulada con una palabra, sirve como una reflexión sobre la forma en que se tergiversa el lenguaje, cómo las palabras se vacían de contenido en beneficio de según qué intereses...
Bueno, esa es la forma en que se ha planteado el libro. No quería hacer una mera recopilación sino que quise que tuviese algún formato, algún nexo común en todos los dibujos. Ese nexo común, precisamente, es la reflexión sobre el lenguaje, sobre la forma en que las palabras son malinterpretadas, tergiversadas, utilizadas de manera que dejan de tener el sentido original, que ya hemos olvidado, y pasan a tener sentidos que interesan al poder de turno. No pretendo restablecer la palabra en su origen, ése es un trabajo de los filólogos, sino buscar una utilidad práctica hoy en día o al menos limpiarla un poco de los contenidos que se le han ido añadiendo.

Esa voluntad de limpiar el grano de la paja, por llamarlo de alguna manera, en cuanto a significantes y significados, ¿estaba en el inicio de su carrera?
Yo creo que la sátira tiene que ver con el intento de descubrir lo que está más allá de la neblina que nos rodea. Hay una contaminación mental que es también visual y acústica. Esa contaminación no es casual, es una contaminación bien dedicada y que ayuda a que nadie sepa en qué terreno se mueve. El intentar limpiar o clarificar algo ese terreno es la función básica de este tipo de trabajo.



¿A qué cree que responde, siguiendo en esta línea, el poco aprecio, esa falta de respeto, que parecen tener los políticos y muchos periodistas por el lenguaje, su principal herramienta de trabajo? 
Supongo que tiene que ver con el utilitarismo. Para ellos el lenguaje es un mero útil de trabajo y lo utilizan en su provecho, en su beneficio, de la manera que les parece más conveniente. Pero evidentemente, el lenguaje es mucho más que eso, el lenguaje constituye, en su forma más profunda, la forma en que percibimos las cosas. Y cuando se convierte en un mero útil, todo lo que gira alrededor de él, que es básicamente la propia realidad, es algo que puede ser fácilmente transformado en mercancía. Que es de lo que trata todo esto en el fondo.

Al ser sus viñetas un fogonazo, una instantánea, una polaroid sobre ciertos temas, encierra toda la violencia que hay, de alguna manera, mediatizada en la prensa. ¿Es consciente usted de la violencia que comportan sus dibujos?
No, la verdad que no. Lo que pasa es que este lenguaje de la sátira tiene unas normas de funcionamiento, y entre esas normas se encuentran: la inmediatez, la concreción, la rapidez de transmisión de la idea y la contundencia en la forma en que se presenta. Evidentemente no es un discurso o una reflexión filosófica, pero tiene algo de máxima, algo de lenguaje resumido. Y eso es lo que produce ese impacto, que debe ser rápido, inmediato, antes de que el lector pase la página y se vaya a otro tema.

¿Qué dibujantes o ilustradores fueron sus principales modelos cuando se inició en este oficio?
Nunca he tenido una especial predilección por el dibujo satírico. Siempre he creído que la sátira es una de las formas que adopta la plástica y yo siempre he tenido preferencia por los grandes creadores de la plástica, que generalmente son pintores más que dibujantes. Dentro de lo que es la sátira, los mejores están en Inglaterra y Francia. En España el gran nombre es Goya. En Inglaterra hay muchos nombres, para mí el más importante sería Hoggarth, y en Francia Doré, claro. Posteriormente, en la Europa de entreguerras también hubo una generación imbatible de gente de una enorme calidad. Para mí de ese grupo el predominante sería Grosz. No conozco demasiado lo que se hace hoy en día, no soy un estudioso del género, soy sólo un activista de él.

¿A qué responde su pseudónimo?
Se originó en tiempos de Hermano Lobo, cuando simultaneaba este nombre con el de Ops. Y El Roto surgió porque el dibujo era así, muy deslavazado, roto, sin ninguna calidad. Y bueno, como todas las cosas nacen sin pensarlo demasiado y van creciendo, hasta convertirse ya en una especie de nombre de pila.

Al encontrarse entre las páginas de un periódico y suponer una reflexión sobre la realidad, sobre temas que acontecen diariamente, ¿considera su trabajo como periodismo?
Yo creo que sí, forma parte del periodismo, es una rama lateral de él. Sobre todo porque me nutro mayoritariamente, a la hora de elegir los temas, de la información del propio periódico.. Y también a la hora de elegir las imágenes que acompañan el dibujo o son sustantivas en el dibujo provienen de la prensa.

¿Cómo trabaja, cómo es su día de trabajo?
Pues bastante tranquilo, leer los periódicos temprano por la mañana, tomar alguna nota. A continuación venir al estudio a pasar la mañana pintando y por la tarde retomar las ideas que había tomado por la mañana. Ver cuál de ellas se mantiene, tiene todavía interés, desarrollar esa idea o esas ideas, y realizar el dibujo que no va a salir, lógicamente, al día siguiente, porque procuro siempre que haya una distancia entre el momento de hacer el dibujo y el momento de publicarlo, para que haya un enfriamiento de esa idea, esa imagen, y así cotejar mejor si tiene validez o es una mera ocurrencia del momento.

Diego Salazar

Vocabulario Figurado (2006) está editado por Círculo de Lectores.


Publicado en la revista Club Cultura#12, Julio-Agosto 2006