miércoles, 27 de julio de 2016

Cronista de la América invisible


El fotógrafo Bruce Davidson construyó su leyenda retratando la realidad social de su país desde los márgenes

ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS

Barcelona 29 MAY 2016
'Brooklyn, Nueva York, 1959'. BRUCE DAVIDSON MAGNUM PHOTOS

Bruce Davidson (Oak Park, Illinois, 1933), miembro histórico de la agencia Magnum conocido por su inmersión desde los años 50 en la realidad más invisible de EE UU, posee ese don que convierte a unos pocos en grandes: esa capacidad para atrapar con una clarividencia y naturalidad pasmosa el alma de un momento. Bajo su premisa, de poco sirve la mejor técnica o la mejor cámara sin la coherencia, ética y, sobra decirlo, humanidad del fotógrafo. Una retrospectiva en la Fundación Mapfre de Barcelona, que incluye 190 imágenes, recoge por primera vez en España la obra del hombre que documentó durante cinco años los movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos, que durante otros dos convivió con los vecinos del Spanish Harlem neoyorquino cuando ni la policía se atrevía a entrar allí o que amansó con su trípode a las fieras de las bandas de adolescentes encallados en el Brooklyn de los años sesenta. Historias marginales que él, con paciencia y sin un atisbo de impudicia o sensacionalismo, abordó, en palabras de Carlos Gollonet, comisario de la exposición, “sin excesos sentimentales, moralistas o compasivos”.

A sus 82 años, Davidson se despoja de la gorra y tiende la mano con educación. Al verlo acompañado por su mujer, sus dos hijas y dos asistentes, todo mujeres, la primera pregunta resulta obligada: ¿Qué importancia tuvo su madre soltera en su destino como fotógrafo? “Mi padre huyó, no sabemos bien, es probable que acabara en la cárcel. Mi madre era muy menuda, pero allá del que se cruzara en su camino. A mi hermano, 17 meses más pequeño que yo, y a mí, nos enseñó a ser limpios, a comer bien y a saber encauzar nuestra masculinidad, sabía defenderse. Fue ella quien me instaló a los diez años un cuarto oscuro en el sótano de casa, algo muy raro en aquella época. Mi hermano era un estudiante brillante pero yo estaba totalmente a la deriva. Hasta que entré en ese cuarto oscuro y una imagen surgió entre mis manos. Por primera vez, me sentí vivo. No sé qué hubiera sido de mí sin aquel descubrimiento”.

La primera imagen que tomó, de una cría de búho, iluminó el camino. Pero fue su primer proyecto, con 22 años, el que sentaría las bases de su futuro trabajo. Durante meses, mientras hacía la mili en Arizona, se instaló en la casa de una pareja de ancianos, John y Kate Wall, de 94 y 79 años, que había conocido en la carretera, en la frontera con México, y a los que pidió fotografiar. Los Wall le acogieron y hoy, más de medio siglo después, estas sombras crepusculares, delicadas e intensas aún sobrecogen. “Crecí viendo películas de vaqueros, intuyendo que el Oeste moría. Cuando conocí a los Wall sentí de una manera muy fuerte que pertenecían a ese mundo que se desvanecía”. Esa misma atracción hacia un mundo en transición le acercó al circo y a otra de sus series más reconocidas, El enano, la primera para Magnum. Al preguntarle por los límites emocionales que se impone al trabajar recuerda una anécdota del año (1959) que vivió junto a los pandilleros de Brooklyn. “Les advertí de que nunca me metería en sus asuntos pero que si la cosa se ponía fea haría algo: llamar a los bomberos. Eran más rápidos que la policía y el agua enfría como nada los ánimos”.

El fotografo Bruce Davidson, esta semana en Barcelona. JOAN SÁNCHEZ EL PAÍS

Aclara que no se le puede confundir ni con un activista (“eso se lo dejo a mi mujer y a mi hija Anna”) ni con un fotoperiodista. Menos aún con un artista, pese a que su famosa serie del Spanish Harlem, Calle 100 Este, se expuso completa en el MoMA en 1969. “Yo soy fotógrafo. Mis fotos están colgadas en museos pero ese no soy yo”. Integrado en la corriente de los Concerned Photographers, término acuñado por Cornell Capa para definir a los fotógrafos embarcados en la cruzada de cambiar con su cámara el mundo, Davidson recuerda que no existe una buena foto que no se cuestione a sí misma. “La fotografía requiere preguntas éticas que deben estar presentes antes, durante e incluso después de disparar. A mí, por ejemplo, nunca me interesó sacar fotos sexies de aquellos adolescentes conflictivos, yo quería saber por qué la sociedad les había olvidado, qué ocurría en sus hogares, donde radicaba tanta desesperación”.

Estudió filosofía, pintura y fotografía en Yale y trabajó por encargo para cabeceras como Vogue o Life para poder financiarse sus proyectos. La edad le impide aventurarse como antes pero sigue trabajando, le basta perderse en su vecindario neoyorquino. “Tengo un proyecto en el Museo de Ciencias Naturales, lo hago de forma clandestina; si pidiese permiso me arruinarían la idea”, dice con picardía. Sobre las nuevas tecnologías, pregunta obligada, no merece ni discutir: “Mi mujer y yo somos la única pareja que conozco que no tienen iPhone. Vivo apegado a un mundo que ya no existe”.

Las siguientes fotografías, junto a muchas más, se encuentran en la página de la Agencia Magnum, aquí . Estas pertenecen a las series tituladas USA del año 1958 y Banda de Brooklyn del año 1959.








































El Pais domingo 29 de mayo de 2016

La “oscurísima” España de Carlos Saura

 El cineasta expone 92 fotos de los años cincuenta que retratan un país de miseria y tristeza

MANUEL MORALES
Segovia 21 JUN 2016

Fotografía del cineasta Carlos Saura de su serie 'Cuenca'. CARLOS SAURA

“Yo ahí no entro”. El director Carlos Saura, un clásico del cine español con más de 40 películas, entre las que se incluyen títulos fundamentales como La caza (1965), Cría cuervos (1975), El Dorado (1988) y ¡Ay, Carmela! (1990), tira de su habitual ironía cuando descubre que 92 de sus fotos de la España de los cincuenta se exponen en el Centro de Creación La Cárcel, en Segovia, un espacio que conserva el aspecto de su primer uso: barrotes, cabinas de vigilancia, celdas y cerrojos. Una vez dentro —“tiene su humor negro encerrar fotos en una celda”—, Saura (Huesca, 1932) se deja fotografiar con paciencia, dedica ejemplares del libro homónimo editado con motivo de la exposición Carlos Saura. España años 50 y hace fotos a los reporteros con su Fuji digital de aspecto retro.

Más de 60 años atrás, la cámara que llevaba era una Leica, comprada en 1953, “una de las primeras que llegaron a Madrid”, con la que retrató “un país medieval”, dice, que sobrecoge en la galería y celdas de La Cárcel por sus imágenes de hombres en harapos, niños sucios, mujeres enlutadas, caminos sin asfaltar y pueblos de miseria, una España que Saura tilda de “oscurísima”. La descorazonadora sensación que deja el recorrido por sus instantáneas es la de un país triste, como la mirada de ese pequeño de la localidad zamorana de Sanabria encerrado en una jaula de madera en la calle sin que sepamos por qué.


El cineasta recordó en la presentación, el pasado martes, 7 de junio, su etapa de fotógrafo: “Un oficio que nadie me enseñó”. Con solo 19 años mostró sus primeros trabajos en la Real Sociedad Fotográfica de Madrid. Después, cubrió como reportero gráfico festivales de música y danza, lo que aprovechó para recorrer Andalucía y Castilla y retratarlas en su cruda realidad. Saura tuvo la opción de hacerse profesional cuando la revista Paris Match le ofreció un puesto en 1959. Sin embargo, en ese momento estaba preparando su primer largometraje, Los golfos. Él recuerda que esa noche no durmió, cavilando qué camino tomar. “Pero yo soy tímido, y no me veía haciendo reportajes de guerra… no me arrepiento de la decisión, habría sido un desastre”, asegura con socarronería. Esa decisión le impulsó a continuar en la Escuela de Cine y aparcar la fotografía, que no la afición por hacer fotos. En 1964, expuso su obra en el Círculo de Bellas Artes junto a su amigo el gran fotógrafo Ramón Masats (“Con el que jugaba al póquer y desplumábamos a Mario Camus”).



La muestra de Segovia, abierta hasta el 31 de julio, supone la primera vez que esta ciudad se suma al festival PHotoEspaña. Está dividida en ocho secciones que, en su mayoría, son geográficas: Cuenca, Andalucía, Castilla, Madrid… En la capital, tomar fotos a una estación de tren le llevó varias horas a comisaría, registrado y detenido por fotografiar objetivos militares. Otro capítulo está dedicado a Sanabria. Allí acudió como ayudante para un documental y le impresionaron “las calles embarradas sin higiene alguna, carretas con bueyes y que acabasen de inaugurar la luz eléctrica”. Las imágenes de Carlos Saura. España años 50 no tienen información, pero cada apartado está acompañado de textos del propio autor.


Saura confiesa que posee un archivo “de miles de fotos”, que daría para más exposiciones. Sin embargo, solo amplía a 30 por 40 las que le interesan, como cuando, de joven, llevaba a sus novias al cuarto oscuro para impresionarlas con la magia del revelado. “Era muy erótico”, dice ante el público que llena el auditorio de La Cárcel minutos antes de la inauguración. Es complicado que Saura responda a las preguntas de la gente porque en seguida se remonta a recuerdos, anécdotas, sus películas o cita a Bernard Shaw: “El fotógrafo es como el bacalao, produce un montón de huevos para que madure solo uno”. Y acaba hablando de sus tres mujeres y siete hijos: “Cuando me separé la primera vez, me fui a un piso en Atocha y no puse nada, pinté las paredes de blanco y ya está. Luego vino una chica, empezó a decorarlo con plantas y cosas y me dije: ‘Esto es que está embarazada, y efectivamente…”. Tras las risas, alguien le interroga por la fotografía de hoy, que ve en una doble vertiente: “Se ha democratizado, cualquiera puede hacer una buena foto con un móvil, pero a la vez se ha banalizado”. Lo que no es trivial es ese centenar de fotos en blanco y negro, memoria de un pasado que parece muy remoto, pero que recuerda cómo fue la negra España de los cincuenta.




martes, 26 de julio de 2016

Liniers Una mirada infantil



Es imposible no caer rendido ante . Enriqueta, esa niña de cara redonda y lógica aplastante que comparte vida y reflexiones con un gato y un inerte oso de peluche que responde al nombre de Madariaga. Es imposible no caer muerto de risa ante esa tropa de duendes y el absurdo de nuestra vida diaria que queda estampado en cada una de las viñetas ilustradas por Liniers. Es imposible no esbozar una sonrisa gigante ante esas Cosas que, a lo mejor, le pasaron a Picasso o los pingüinos que sueñan con volar igual que el resto de las aves. Todos ellos residentes ilustres de Macanudo Vol. 7.

Y es imposible porque Liniers, que nació Ricardo Liniers Siri en Buenos Aires allá por 1973, tiene un don extraño, similar al que tenían esos dos faros rectores de la tira cómica diaria: Bill Watterson ("Watterson hizo la mejor tira diaria de los últimos 40 años, en mi opinión") y Charles Schulz ("Schulz aportó una profundidad psicológica a la historieta"). Liniers echa una mirada extrañada, infantil, de una perversa inocencia, pero no exenta de ternura, sobre nuestra acelerada y caótica realidad. "Es raro ser niño -dice Liniers desde Buenos Aires- Enriqueta tiene partes de mi hermana, esa cara redonda; de mi mujer que lee mucho; y de mis recuerdos de cómo era ser niño".

No debe ser fácil ilustrar una viñeta diaria, una viñeta que ponga una sonrisa cómplice en la boca de quien desayuna titulares casi siempre catastróficos, un café con leche y un croissant. "Yo creo que existen tantos sentidos del humor como personas. Me gusta mucho cuando descubro alguien con un sentido del humor que no conocía. A lo mejor el sentido del humor es un bicho raro con antenas y bonete. A lo mejor es otra cosa" dice Liniers para explicar de qué se trata este oficio raro del humor.

Un oficio que tiene ilustres cultivadores en su Argentina natal: "Creo que, paradójicamente, las crisis hacen que las personas descubran el humor. En Argentina tenemos mucho de eso para alimentar. Aunque en otros países también se sufren crisis, y no aparecen los humoristas. La verdad es que no sé cual es la razón. Quizá haya algo raro en el agua" dice el dibujante, procurando no hacerse un lío con las explicaciones, para a continuación señalar su profunda admiración por Mafalda y el maestro Quino, quien abrió la puerta por la que luego se colarían esos genios llamados Chris Ware, Daniel Clowes, David B., Marjane Satrapi o Joe Sacco, incluso Juanjo Sáez y, cómo no, la rubísima Maitena,"amo a Maitena".

Liniers, además de la tira diaria para La Nación en Argentina (de la que Macanudo es una antología), ha terminado recientemente un libro para niños y se prepara para editar una versión recopilatoria de sus cuadernos de bocetos. ® Ignacio Chacaltana

Macanudo Vol. 1 (2006) ha sido publicado por Reservoir Books, Mondadori.


Publicado en la revista Club Cultura #12. Julio-Agosto 2006


viernes, 22 de julio de 2016

Leo Verdura por Rafael Ramos Morales



Leo Verdura, obra de Rafael Ramos Morales, tiene interesantes enlaces en wikipedia. Personaje, publicado en el suplemento infantil del periodico El Pais, El Pequeño Pais.