sábado, 13 de junio de 2026

H.P. Y GIUSEPPE BERGMAN Milo Manara Norma



La presente revisión del título más emblemático de Manara, dividido en dos partes por imperativos comerciales, comparte curiosamente iniciativa y formato en esta especie de obras completas con su idolatrado Hugo Pratt. Título que en su día, 1978, vino a confirmar las expectativas despertadas por el dibujante de Bolzano con su labor en Il Corrieri dei Ragazzi y con editoriales como Larousse o Bonelli, prestigio creciente que permitió su debut como autor completo en un A Suire en pleno apogeo. También en plena efervescencia del "cómic de autor" en Europa, conciencia para Manara gestada ya en El Rey Mono junto a Silverio Pisu. Eran en su Italia natal, por ejemplo, nombres como los de Toppi, Buzelli, Pazienza, Giardino...

Era la euforia del dibujante como factótum único, plenipotenciario y a ser posible comprometido; las intenciones parecían justificar los resultados, presunta garantía de calidad que tan provechosa se demostraría para el propio Manara en el futuro.

Como premisa argumental, el encargo de "protagonizar una aventura" recibido por el impulsivo y políticamente concienciado Giuseppe Bergman, quizá trasunto del propio autor. La Aventura, pues, ya pergeñada en El monje del Tibet, y una preocupación ideológica, tímidamente ensayada en La parolla alla giuria (y plenamente en el mencionado Rey Mono), serían guías de este largo relato cuyo protagonista fue bautizado, se dice, con un nombre regalado por el propio Pratt. Y es este Hugo Pratt quien oficiará no sólo como consabido maestro, sino como sacerdote iniciático en un trayecto de búsqueda tanto física como anímica; la primera en virtud del largo itinerario desde Venecia hasta un rincón de Centroamérica, la segunda en tanto que descubrimiento de la verdad entre las trampas del tópico. Trayecto, por supuesto, con las pertinentes pruebas a superar y los enigmas de rigor por resolver, incluso con su ceremonia, oficiada por "H.P." interpretando su papel de chamán con un desdén no exento de burla. Semejante tono escéptico marca la distancia con el romanticismo libertario del difunto Pratt, en quien la aventura era vehículo para plantear una postura ética. Manara la despoja a priori de su trascendencia: si para el primero es un medio, en el segundo es un fin. Un fin per se, a tenor de la filiación política de este autor (socialista militante por aquella época), un instrumento de libertad individual e independencia, un instrumento del pueblo. Manara comienza donde Pratt termina. El protagonista se pregunta continuamente por su propio rol; la duda continua reafirma el ejercicio del libre albedrío, ese constante "¿por qué?" digno del Haxtur de Víctor de la Fuente. Bergman incluso cuestiona al propio Manara cuando coarta tales derechos, rebelión inútil a la postre que confirma al autor como demiurgo definitivo de sus vidas de papel. El ejercicio metalingüístico que implica semejante pugna (continuado en posteriores entregas sin excesivo sentido) también desvela los mecanismos del género, la tramoya tras la farsa, tanto al lector como al protagonista. En descubrir la verdad, decimos, está la clave: no es un pasatiempo para domingueros, tampoco para el compromiso real sirven los "activistas de salón".

Y así, el ingenuo Giuseppe recita, histriónico, su papel y asume convencido una peripecia que insiste en calificar de "comprometida". Se libera de las pautas de comportamiento impuestas por la sociedad opresora para asumir los coercitivos clichés de otro nuevo rol, el de protagonista de una Aventura que por otra parte se nos demuestra controlada por ese Sistema al que teóricamente se opone. Es obvia la trampa de la evasión como eficaz "opio del pueblo", dilema que el propio autor explicita constantemente por boca de sus personajes secundarios: "¡Todo es bueno mientras os permita huir de los problemas de la vida moderna!" reprocha uno; "¿La aventura tiene que hacernos olvidar nuestros problemas o sugerir un nuevo modo de afrontarlos?" se pregunta otra. En semejante dialéctica se debate inerme el personaje central mientras los tópicos del género se derrumban a su alrededor. Escasamente ayudado por su "maestro", aprende (apenas) de sus errores, dolorosamente o bordeando el ridículo y, a menudo, sumergiéndose en él de pleno. En su trayecto, la "realidad" se distorsiona paulatinamente (y, paradójicamente, se clarifica) hasta el delirio tragicómico en un viacrucis donde no ha faltado la tentación luciferina y que corona como prueba final la imprescindible muerte y subsiguiente "resurrección". No por simbólica menos significativa.

Todo el proceso, en cualquier caso, también proporciona al espectador una aventura. Más bien ligera, no exenta de humor y ciertamente amena. H.P. y Giuseppe Bergman permite, pues, un doble nivel de lectura, separado por la distancia irónica que va desde lo real a lo imaginado, de la experiencia a la teoría o de la reflexión a la diversión. El fatigoso "laberinto" recorrido bien puede transmutarse en el "estrecho pasaje de la nostalgia", ese acceso al callejón oculto de la infancia de Pratt rebosante de aquel esoterismo tan caro al autor de Rímini. Patio secreto y mágico auspiciado por una figura diabólica, sí. No en vano, Lucifer fue custodio del Conocimiento, de la consciencia del Bien y del mal, fundamento de ese libre albedrío sin el que la aventura no tendría sentido. Cosa que Hugo Pratt sabía. Y parece que Manara también.

Tan redondo desenlace no ha impedido cuatro secuelas hasta la fecha, donde tal postulado se diluye en fantasías de diverso calado erótico so pretexto de elucubraciones lingüistico-narrativas o de visitas a la Historia del Arte. Con un grafismo atractivo y a menudo espectacular, eso sí. Grafismo que en la obra que nos ocupa ha depurado ya el barroquismo previo de sus tramados hasta asimilar la técnica de Moebius a la sazón imitada por doquier (por Bilal, Blanc-Dumont...), si bien este prolijo relato se cimenta en un diseño de página muy tradicional en donde las cuatro filas de uniformes viñetas solo se ven alteradas por ocasionales splash pages a modo de impactantes acentos narrativos. Como Miller en su Dark Knight, sí. Aunque el reducido tamaño de esta edición no favorece precisamente a tal acumulación de viñetas, originalmente publicadas en formato de álbum, ni mucho menos al mencionado tramado manual, sea de quien fuere la influencia.



Capítulo aparte merece el ineludible componente sexual, plásticamente perfeccionado en los populares cuadernos de Yolanda de Almaviva y aquí pretendida fuente de liberación del ser a la par que elemento transgresor como provocación al Sistema; coherente, por tanto, con la mencionada intención ideológica de Manara, pero en la práctica desmentido por el rol degradante o puramente decorativo de sus féminas dibujadas. La orientación posterior en tan específico y fructífero sentido, por cierto, no ha impedido a su producción preservar el estatus de "cómic de autor" y le ha convertido en respetado best-seller. La relación con intelectuales y artistas de la talla de Fellini, Luc Besson o el propio Pratt, su postura de autopublicitado liberalismo y un engranaje editorial arropado por producciones de qualité, le han rescatado de la etiqueta "X" y el cuasi ghetto de otros especialistas del género reservados a fans erotómanos o frikis. También esa intuitiva elegancia formal a la hora de plasmar incluso las escenas más escabrosas, presunto erotismo de buen gusto más deudor de la estética que de la ética y definitiva solución a cualquier duda existencial. Para Giuseppe y para Manara.

YEXUS

U, el hijo de Urich #18 Diciembre 1999


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