EL FARO DEL FIN DEL MUNDO / JACINTO ANTÓN
El magnífico espectáculo del Hamburg Ballet sobre el bailarín es una buena ocasión para repasar la vida del legendario personaje, su locura y su fabuloso salto
Una escena de 'Nijinsky'.
KIRAN WEST
Jacinto Antón
25 ABR 2026
Entre las diversas cosas que he querido ser y no me ha dado la vida para ello está bailarín de danza clásica. Me parecía más fácil que actor porque no había que memorizar texto y la verdad es que algunos maestros de lo corporal como Pawel Rouba o su mujer Irene consideraban que tenía aptitudes e incluso un salto de elevación más que notable. Ahora ya no, y ni digamos cómo me quedan las mallas. En su momento hice mucha barra, lo que me permitía intimar con las bailarinas que, con las sirenas y las amazonas, han sido siempre mi perdición. Pensaba en ello mientras releía el otro día, tras ver el tan exitoso y espectacular (medio centenar de bailarines en escena) Nijinsky de John Neumeier en el Liceo, mi vieja y baqueteada edición de La danza de Sergei Lifar (Labor, 1973), uno de los libros que marcaron mi interés por el ballet y en el que el creador y bailarín de Ícaro repasaba la historia del arte de la danza desde los griegos hasta Béjart pasando por los Ballets Rusos de Diaghilev y su estrella Nijinsky y poniéndose él, Lifar, modestamente en el centro de su desarrollo. A mi entonces Serge Lifar me parecía la repera y tengo todo su libro subrayado trémulamente desde la cita del principio, "la Danse est mon foyer ardent", que es una frase del propio Lifar, claro, y en la que foyer, vaya, significa hogar. Luego he sabido que este mi primer "dios de la danza" era un tipo de aúpa que se peleó con la viuda de Nijinsky, Romola, por quién se enterraría más cerca del legendario bailarín y que confraternizó con los nazis.
En fin, decía que fui a ver Nijinsky, al que descubrí precisamente en el libro de Lifar y que es el verdadero "dios de la danza" pese a que el autor lo ningunea un poco ("bailarín genial, desprovisto de toda clase de cultura"). Vaslav Nijoinsky (nacido en 1889 en Kiev de padres polacos) es palabras mayores y para mí el propio nombre resulta una onomatopeya del salto. Es decir Nijinsky y se me ensancha el corazón y sueño con volar, inmaterial, sobre el escenario (la Paulova miraba en el interior de las zapatillas del bailarín para ver si estaba ahí el secreto de sus saltos prodigiosos) y comerme el mundo a base de grand jetés, tours en l´air y sissonnés. Comulgo menos con algunas de las inclinaciones sexuales de Nijinsky y sobre todo con su obsesión culpable (pero sostenida) por la masturbación, que encontró un eco artístico (y provocó escándalo) en el momento en que su fauno plus nu que nu de La siesta de un fauno se autosatisfacía visiblemente en el escenario sobre el pañuelo de una ninfa. a ver si la locura le habrá venido de eso como sostenían los curas.
Me gustó mucho el planteamiento de Neumeier de situar el arranque de su espectáculo en la famosa velada en el salón de baile del hotel Suvretta House de Saint-Moritz, donde Nijinsky bailó ante el público por última vez, el 19 de enero de 1919, calificando la actuación -ya andaba un poco loco- de sus "bodas con Dios". Los presentes vieron a Nijinsky bailar, recoge Lucy Moore en su impactante biografía Nijinsky (Profile Books, 2013, que tengo dedicada por Mijaíl Baryshnikov de una vez que estuvo en Barcelona, ya que el propio Nijinsky, que murió en 1950, no se encontraba a mano), como si estuviera en un campo de batalla. El Nijinsky del Hamburg Ballet recoge eso casi al pie de la letra con una danza de inmenso nivel técnico, aunque a mi profano parecer algo fría, para continuar como un ballet narrativo y alucinado en el que parece que entremos en la atormentada mente del gran bailarín (Aleix Martínez en el reparto que yo vi) para repasar momentos de su vida. El ballet de Neumeier se abona a la teoría de que fueron la Gran Guerra y sus horrores lo que lo desestabilizaron y no la ruptura sentimental y profesional con Diaghilev.
El reencuentro con Nijinsky ha sido muy emocionante, aunque ya advirtió Darysnikov (que le interpretó en Letter to a Man) que ningún bailarín contemporáneo puede bailar los papeles en los que brilló Nijinsky mejor que él, y que esas obras no funcionan con nadie más. O sea que el salto de Nijinsky es inigualable, aunque podamos soñar en darlo.
El Pais. Cultura. Sábado 25 de abril de 2026

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