De entrada, confieso que Jean Pierre Gibrat, el autor de La prórroga, ha sido un verdadero descubrimiento, una auténtica sorpresa, a pesar de no tratarse, en absoluto, de un autor nuevo. Antes de la edición en nuestro país de La próroga, ya habían podido leerse dos obras dibujadas por él, publicadas igualmente por Norma: Pinocha y Marea baja, dos productos que se mueven dentro de criterios estrictamente comerciales, y de los que apenas podemos recordar la especial habilidad de Gibrat en el dibujo de los volúmenes femeninos y su facilidad para el diseño de escenarios fantásticos. Un buen dibujante, solvente, espectacular a menudo, hábil colorista y magnífico diseñador de ambientes. En definitiva, un dibujante eficaz y muy profesional del que no cabía esperar grandes sorpresas.
Que un dibujante así, con una tranquila carrera asegurada como ilustrador de fantasías ajenas, haya decidido liarse la manta a la cabeza para lanzarse a la autoría de sus propias obras, merece un respeto. Y que lo haga con un tebeo como La prórroga merece admiración. Gibrat ha decidido iniciar su carrera como autor apartándose del género que hasta ahora le había dado de comer para abordar un relato intimista, centrado en el estudio de los personajes y la descripción de ambientes, aunque eso sí, sin dejarnos olvidar que es un gran dibujante y que le gusta lucirse como tal. Como él mismo nos explica en el revelador prólogo de esta edición, la historia de La prórroga nace a partir de sus inquietudes y sus gustos como dibujante. A partir de esa atracción gráfica por una época concreta y unos lugares determinados (la Francia rural durante los años de la Ocupación nazi), Gibrat fue construyendo la historia de Julien, un muchacho que decide desertar y refugiarse en su pueblo, Cambeyrac, cuando era conducido a Alemania. La casualidad querrá que se le dé oficialmente por muerto, lo que le obligará a permanecer permanentemente escondido en una casa abandonada, bajo la única protección de su tía Angèle, sin que nadie, más que su tía y él mismo, sepan de su existencia. Desde el estratégico lugar elegido como refugio, un ático desde el que domina todo el pueblo, Julien se convertirá en un testigo privilegiado, con una mirada algo distante y socarrona, de la vida de Cambeyrac; gracias a la ayuda de un telescopio, Julien observa y estudia con detalle a sus vecinos, apenas alterados por los inconvenientes e incomodidades de una guerra que parece vivirse con bastante distancia, y se dedica a espiar como un auténtico voyeur a Cécile, su gran amor. La guerra se vive en las charlas del café, en las conversaciones y discusiones cotidianas, que enfrentan sin demasiada virulencia a los amigos de la Resistencia con los milicianos colaboracionistas, pero la actitud general del pueblo hacia la ocupación, en realidad, es un poco como la del mismo Julien: la de desentenderse de todo. Poco a poco, Gibrat consigue que no sea la guerra ni los nazis lo que nos preocupe, centrando paulatinamente el punto de mira de su interés (y del nuestro) en los anhelos y sufrimientos amorosos de Julien. Conscientemente, Gibrat ha trazado la historia de un pueblo ocupado sin que la Ocupación ni la guerra sean el principal tema; más bien son el telón de fondo, la excusa perfecta para poder situar a un personaje como Julien en una situación extrema y paradigmática: aislado, solo, invisible, necesariamente mudo e imposibilitado de expresar todo lo que siente y de actuar ante todo lo que ve, cuando eso es lo único que puede hacer, ver y observar. Julien es como nosotros, los lectores, o como Gibrat, el autor que nos lo ha puesto delante para que miremos por sus ojos, espiemos junto a él a la bella Cécile u observemos a los personajes que pueblan la aldea.
La narración avanza lentamente, al ritmo de los días monótonos del pueblo y del triste encierro de Julien. Habra quien objetara que el tono general de la obra es demasiado amable para tratarse de una historia ambientada en plena Ocupación; creo que es una decisión personal del autor, una decisión que, ademas, consigue dar un mayor contraste, y por tanto, mayor fuerza dramática. a la única escena de violencia que encontramos en sus páginas. todo transcurre con cierta placidez hasta la llegada repentina de ese momento fatal, de una muerte cruel e innecesaria que, fatalmente, cambia la vida de los habitantes del pueblo y les hace recordar violentamente que, a pesar de todo, el horror y la muerte rondan muy cerca.
No cabe duda de que para un guionista primerizo como Gibrat, describir la vida de un pueblo desde el único punto de vista de un personaje que debe permanecer prácticamente inmóvil es francamente un reto difícil (si en vez de Gibrat se llamara Hitchcock, la cosa sería diferente). Pero lo hace con soltura y con elegancia, con un magnífico sentido del ritmo y del encuadre que consigue que apenas nos demos cuenta de que la mayor parte de la historia se nos esta narrando desde la ventana de una habitación. Gibrat se apoya, por supuesto, en la enorme calidad de su dibujo, detallista y preciso, sin el cual, insisto, una historia como esta apenas tendría sentido. Ha optado también por un colorido cálido y suave y por una ausencia de entintado (dejando a la vista el trazo del lápiz) que refuerza el tono general amable, intimista y algo nostálgico de la obra. Pero por encima de la riqueza de sus decorados y ambientes, del rigor y del gusto por los detalles, la labor del Gibrat dibujante brilla, sobre todo, en su gran sentido de la expresión y el movimiento. Sus personajes siempre están haciendo algo: moviendose de un lado a otro, gesticulando, sirviéndose la comida, hablando con la mirada. Todas las escenas que se desarrollan entre Julien y su tia Angèle son, en este aspecto, magistrales, un prodigio de expresividad, movimiento, planificación y encuadre.
La lectura del segundo y último tomo, sin embargo, es imprescindible para valorar en su justa medida esta obra. De momento habrá lectores que echen en falta algo más de enjundia narrativa, una trama más elaborada y compleja que ayude a acelerar el interés. En esa dirección avanza el final de este tomo, lo suficientemente interesante -e intrigante- para animar a conocer la conclusión de la historia. En las manos de Gibrat está el pasar de ser una agradable sorpresa a consolidarse como uno de los grandes autores de la historieta europea del momento.
Enrique Bonet
U, el hijo de Urich #13 noviembre 1998



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