viernes, 22 de mayo de 2026

El sueño del monstruo Enki Bilal Norma



El mismo extraño futuro geopolítico que Bilal venía perfilando en la llamada Trilogía de Nikopol le sirve de pertinaz teatro de operaciones para esta nueva historia que ahora, aparentemente de modo tangencial, como propiamente viniendo de alguien que lo ha vivido desde fuera pero innegablemente emocionalmente implicado, entronca con un pasado (presente nuestro) concreto, real, actual de su nativa Yugoslavia. A diferencia de la mencionada trilogía, o bien el tema o su momento personal, despojan este nuevo álbum del ligero tono de comedia surrealista, un poco a la Boris Vian, con que se teñían los negros futuros fantacientíficos de La feria de los inmortales y sus secuelas. Donde surgían giros argumentales, mutilaciones y muertes que servían al propósito de la parodia política, personajes absurdamente destructores e indiferentes, donde se provocaba la sonrisa, aparecen ahora, con la misma negrura biotecnológica por marco, interacciones emocionales cuyas consecuencias ya no nos apetece, como lectores, saldar con una risita cómplice.


Limitado en su dibujo, con unos referentes muy claros en lo gráfico que se remontan hasta el fértil tronco de Moebius, Bilal nos devuelve, álbum tras álbum, las mismas caras protagonistas con distintos (no tanto: Nike, Niko, ¿Enki?) nombres y diferentes colores de pelo. El aspecto de sus páginas continúa bajo la servidumbre, pese a todo, de un dibujo-espectáculo que no deja del todo de pretender el lucimiento, personal e inconfundible a pesar de sus nada ocultas deudas, que lo convirtieron en estrella del cómic en otra época, muchos de cuyos valores ya no tienen vigencia. Por ello, miradas desde una sensibilidad abierta, sin el influjo del fanatismo que en otro tiempo despertara, sus páginas pesan visualmente, se atragantan. A ello contribuyen también los negros y cuadrados textos de apoyo, tipografías y recortes de prensa que suele intercalar en sus narraciones. Incluso el color y el diseño con los que quizá se aparta más de sus referentes originales y revela unas direcciones e ideas algo más locas, responde a pautas estéticas que difícilmente estimularán un ojo de los 90.

Nos engañaríamos, sin embargo, si no le concedemos a este álbum la oportunidad de la lectura. Porque, como narrador, sí que Bilal se ha depurado y ha afilado sus armas y todo lo pesado que podía haber resultado leerle, con todo ese tiempo que te hace detenerte en viñetas 10x20, ha conseguido moderarlo, acompañarlo de textos medidos, incluso un poco prosa poética que sabe utilizar de contrapunto nada redundante, para entregarnos una narración sorprendentemente rítmica en alguien tan... sólido.

Poniendo en juego el recurso de la memoria que va ejecutando a golpe de flash una regresión hasta el día cero, Bilal va segregando su relato hasta completar una historia cíclica (que estaríamos tentados de adjetivar de redonda) de recuperación emocional de vidas destrozadas que podrían ser las de cualquier persona atrapada en, o sobreviviendo a, la guerra de Bosnia. Prudentemente, el yugoslavo elige no desarrollar ese desierto, ese destrozo emocional entre acontecimientos y localizaciones de la propia guerra en los años 90 de nuestro siglo. Sólo 18 días de retrorreflexión poética desde la cuna de un hospital bombardeado pertenecen realmente al segmento espaciotemporal del conflicto yugoslavo, que una añagaza típica de escritor de ficción científica le permite al protagonista narrarnos con todo detalle y al historietista, el ejercicio de adoptar el punto de vista del recién nacido.

Sin embargo, ningún relato de Bilal hasta éste había tenido la virtud de dejar al lector tocado, impregnado de un regusto amargo con viscosidad de caramelo. Si, desde luego, el yugoslavo nunca ha resultado un optimista, si sus futuros siempre han sido irrespirables, al menos hasta ahora, parecían irreales. Pero esa declaración con que comienza el relato, ese "Yo soy el mayor y juro por las estrellas que brillan por encima del techo desaparecido que los protegeré siempre", marca el álbum no sólo con un objetivo argumental, sino con un tono emocional que no deja margen para la comedia o la parodia. Y el resto del decorado típico de Bilal, en realidad, no se ha ido. Sigue ahí la crítica política, sigue incluso algún toque de cinismo irreverente que recuerda el Nikopol, las organizaciones opresoras, la ciencia-ficción... Pero la gente, es más gente que nunca y el relato, con seguir las normas clásicas que le marca su propio planteamiento, no es cerrado: el reencuentro previsto desde aquella primera frase no se produce del todo, la imagen programática de la portada no llega a concretarse en el interior.

Si existe una diferencia. una madurez en este cuento está ahí. Lo irreparable es irreparable. La contradicción perenne que es la vida nos golpea en la cara:

-Llega en mal momento... Estoy perdiendo a mi padre.

- Lo siento... ¿Está muy enfermo?

- No. Está muy feliz.

A pesar de todas sus limitaciones y del bagaje que arrastra, Bilal ha producido con El sueño del monstruo una auténtica historia de personajes que el lector vive como dolorosamente reales, que le deja el ánimo de distinto fario que antes de empezar a leerlo, en el que se ve sorprendido, cuando termina, del cariño que les ha cogido a esos personajes desesperados del ladrillo del Bilal, que ya se le van para siempre.

Enrique Vela


U, el hijo de Urich 15 marzo 1999


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