El faro del fin del mundo / Jacinto Antón
Al principio no di mucho crédito a lo que oí de unos exploradores que aseguraban haber resuelto el misterio del oasis perdido de Zerzura. La atribuí a un intento desprestigiar al aventurero conde Làszlo Almásy, que había resuelto el tema en los años treinta, y en consecuencia, dado que es uno de mis héroes favoritos, me lo tomé como algo personal. Más aún por la sospechosa coincidencia con la aparición de mi nuevo libro, en cuyas páginas iniciales rindo sentido tributo al explorador húngaro que inspiró El paciente inglés. A lo mejor era un complot para hundirnos a los dos.
Las primeras noticias oficiales, el lunes, mencionaban además que en la expedición que habría descubierto la ubicación real de Zerzura en el desierto de Chad y no en el de Egipto como sostenía Almàsy participaban entre otros un piloto de submarinos y un viajero apellidado Vaquerizo, lo que hay que convenir que no inspiraba mucha confianza. Resultó que el experto en sumergibles era el ingeniero gallego Héctor Salvador, primer español en bajar a la fosa de las Marianas (al Abismo de la Sirena, a 10.706 metros de profundidad) en 2021; mientras que el mencionado Vaquerizo no era como yo temía Mario, cuyo viaje más extremo ha sido Alaska, sino el periodista y escritor de viajes Enrique Vaquerizo. La expedición estaba avalada por la Sociedad Geográfica Española (SGE) y dirigida por Miguel Gutiérrez-Garitano, acreditado viajero y escritor vasco, especializado en seguir la pista de viajeros célebres y desentrañar misterios geográficos e históricos.
Vamos, que había que prestar oídos a la noticia. Y mira que me pesaba, porque soy un ferviente admirador (y hasta me considero un espurio miembro) del romántico Club Zerzura, la comunidad de exploradores y soñadores que han buscado el legendario-oasis y su no menos mítica ciudad blanca como una paloma a la que los cuentistas árabes llenaron de maravillas. Almàsy fue uno de los que marcharon tras su pista y creyó encontrar el oasis en el uadi Abd El Melik, un valle del altiplano del Gilf Kebir -la muralla donde rompe al sur el Gran Mar de Arena-, llamado así por el viejo beduino sanusí Ibrahim Abd El Melik que le describió el lugar al explorador húngaro al que luego encarnaría, mejorándolo mucho, Ralph Fiennes. Atribuyó el nombre de Zerzura o Zarzura a los pajarillos que abundaban allí, zarazir, plural de zarzur, identificados por Almàsy como la collalba negra de Brehm. El lugar realmente no tiene especial gracia más allá de estar lejos de todo. Y en ello se ha basado Gutiérrez-Garitano para dudar de la identificación.
Para el explorador, todo el Club Zerzura (institucionalizado por una expedición británica en un bar griego en Wadi Halfa en 1930 y refundado varias veces; véase el fascinante El oasis perdido, Desperta Ferro, 2018), es -Dios le perdone- una pijería de los viejos europeos que no hicieron demasiado bien los deberes, recrimina, empezando por Almàsy. "Buscaron donde les era más fácil", me cuenta por teléfono mientras tiemblo ante la idea de fácil del explorador vasco. "No estoy de acuerdo con Almàsy", zanja, "no hay nada allí donde él situó Zerzura, no encaja".
Para el investigador, la leyenda de Zerzura está basada en la región aislada y remota de los lagos de Ounianga, al noroeste de Chad, en medio del desieto, donde se concentró una población humana desde el Neolítico. Allí, a mil kilómetros de distancia de la localización de Almàsy, viajó con la expedición de diez miembros, incluidas cuatro mujeres, en cuatro vehículos todoterreno, durante un mes que no estuvo exento de peligros. Encontraron tumbas megalíticas, que en las leyendas podrían imaginarse como llenas de tesoros, dos colinas gemelas con forma de esfinges que habrían podido dar pie a la idea del rey la reina dormidos y petrificados de Zerzura, y sobre todo unas canteras de caliza fortificadas en altura que sugieren la mítica ciudad blanca "como una paloma". Del hecho de que las aves utilicen masivamente los lagos de agua salada y dulce del lugar pueden haberse derivado también, apuntan, la conexión de Zerzura con los pájaros como llave para encontrar la ciudad.
Gutiérrez-Garitano, "inconformista de Almàsy", confiesa al menos que le gustó El paciente inglés, aunque cree que tanto la película como la novela en que está basada "romantizaron" mucho la peripecia del conde y de los otros exploradores, "que en realidad aprovecharon para mapear el desierto de cara a la Segunda Guerra Mundial".
En fin, si vamos a Zerzura no nos cuesta nada dar un rodeo y pasar por Ounianga a echar un vistazo antes de proseguir hacia el Gilf Kebir, o a donde quiera que nos lleven nuestros viejos zapatos llenos de arena, de libros y de sueños.
El Pais, sábado 9 de mayo de 2026

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